A medida que el matrimonio de Cynthia Wright se desmorona, se ve obligada a criar sola a su hijo adolescente, Isaiah. La presión de mantenerlos con su salón de belleza es un trabajo de tiempo completo. Cuando Cynthia ve que Isaiah se distancia y se refugia en los videojuegos, la tensión aumenta y siente que sus oraciones no son escuchadas. Enojado y dolido, Isaiah comienza a comportarse como el padre que lo abandonó, y Cynthia le da un ultimátum mientras busca el apoyo de su hermana gemela, Elizabeth Jordan. Elizabeth contacta a un experimentado intercesor que anima a Cynthia a orar con valentía y a creer en Dios para lo imposible.
Isaiah Wright tiene que madurar. Un año después de terminar la secundaria y sin planes para su futuro, su madre soltera y un exitoso hombre de negocios lo animan a trazar un rumbo mejor para su vida. Gracias a las oraciones de su madre y la enseñanza bíblica de su nuevo mentor, Isaiah comienza a descubrir que el propósito de Dios para su vida es mucho mayor de lo que jamás hubiera imaginado. De los hermanos Kendrick, creadores del éxito número uno WAR ROOM, llega THE FORGE,una nueva película llena de fe con viejos amigos y giros inspiradores.
Atrapado en medio de la adversidad, Isaías anhela respeto, pero no ve un camino claro para convertirse en un buen hombre. Desesperado por encontrar trabajo, entra en Moore Fitness, Inc. y conoce al dueño, Joshua Moore, quien le presenta el concepto de trabajar para un entrenador en lugar de un jefe. Necesitado del trabajo, Isaías comienza a regañadientes su programa de mentoría con Joshua. Mientras Cynthia se aferra a la esperanza, nadie ve las tormentas que se avecinan en la empresa y en el corazón de Isaías.
"La Forja" trata sobre el poder de la oración, la transformación que solo Dios puede lograr y la influencia duradera que una persona puede tener sobre los demás.
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;
y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
A veces el mundo se mueve tan rápido que encontrar paz parece algo imposible.
Sin embargo, el sosiego y el silencio son tesoros que se esconden tras los muros de los monasterios.
Si alguna vez te has preguntado cómo sería vivir como un monje en pleno siglo XXI…
El ser humano es una perfecta simbiosis de cuerpo, mente y alma.
Desde hace siglos España ha sido cuna de la Contemplación.
LIBRES es un viaje al interior del hombre en el que hemos logrado el permiso para entrar y hablar con personas que rara vez pronuncian palabra y lugares que permanecen cerrados para el mundo: LOS MONASTERIOS.
Esta es nuestra oportunidad de conocer, qué le lleva a una persona en pleno siglo XXI a decidir encerrarse entre cuatro muros por el resto de su vida. Cómo es su día a día, sus motivaciones, su vinculación con la Naturaleza pura y su vida exterior, que mucho tiene que ver con la interior.
La película «Libres» nace en la trágica pandemia del año 2020. Durante la misma, formé parte de un equipo de profesionales para realizar una campaña de comunicación. El objetivo era recaudar fondos para ayudar a religiosos de clausura que, al no poder vender sus productos, no tenían dinero para comprar alimentos si quiera. Me gusta pensar que de las buenas decisiones que en ocasiones tomamos en la vida, salen cosas grandes e inesperadas.
Cuando pudimos salir, dirigí una campaña publicitaria para la Fundación DeClausura. Esta vez, pasé cuatro días en un monasterio conviviendo con monjes. A mi regreso, empecé a investigar más sobre esta vida oculta tan especial y desconocida en el siglo XXI.
El mundo y la Iglesia os necesita como faros que iluminan el camino de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo».
¿Qué filosofía de vida o plenitud interior deben tener estas personas para que el Papa les ponga de referentes, de faros que nos iluminan?
Así comienza un camino que culmina con la película «Libres». Ojalá haga descubrir a muchos la verdad de algunos temas que nos afectan a diario y quizá el mundo en el que vivimos nos arrastra en otra dirección.
Desde hace siglos, muchos hombres y mujeres lo dejan todo para entregar su vida a la contemplación. LIBRES es un viaje al interior del hombre. Hemos logrado el permiso para entrar y hablar con personas que rara vez pronuncian palabra, en lugares que permanecen cerrados para el mundo: LOS MONASTERIOS. ¿Qué lleva a una persona a despojarse del mundo que conoce, a retirarse de él para el resto de su vida? ¿Cómo piensa una persona así? LIBRES se acerca a grandes cuestiones de la existencia del hombre, con un solo objetivo: escucharles.
Pasolini, que ha escrito asimismo el guion y ha producido la película con un presupuesto ínfimo, se ha inspirado en el trabajo real de los funcionarios que organizan los funerales de las personas que mueren solas. A partir de ello extrae una reflexión sobre la pertenencia a una comunidad, sobre el valor que damos a la persona que vive junto a nosotros en la más absoluta soledad.
"La idea de las tumbas solitarias y los funerales desiertos me llamaba mucho la atención", explica Pasolini. Es una imagen muy poderosa. Empecé a pensar en la soledad y en la muerte, y en lo que significa formar parte de una comunidad, y en cómo el concepto de vecindad ya no existe para mucha gente. Escribiendo el guion me sentí culpable de no conocer a mis vecinos ni la comunidad en la que vivo. Por primera vez fui a la fiesta de mi calle, porque quería participar en ese pequeño intento de crear un vínculo entre vecinos".
Esta sensación de falta de compromiso con la comunidad dio lugar a reflexiones más profundas sobre la sociedad moderna.
"¿Qué estamos diciendo sobre el valor que la sociedad adjudica a las vidas individuales?
¿Cómo es posible que haya tanta gente olvidada, que muere sola?", se pregunta el cineasta. "La calidad de nuestra sociedad se juzga por el valor que otorga a sus miembros más débiles, y ¿quién es más débil que un muerto?
Nuestra forma de tratar a los muertos es un reflejo de cómo nuestra sociedad trata a los vivos. Y en la sociedad occidental parece fácil olvidar cómo se honra a los muertos. Estoy convencido de que el reconocimiento de las vidas pasadas es algo fundamental para una sociedad que se pretende civilizada".
Para comenzar esta crítica, les proponemos una serie de naturalezas muertas. Varios encuadres fijos que Uberto Pasolini encadena con ritmo lacónico y con las que parece condensar una vida apagada. Traten de recrearlos en su cabeza como imágenes serenas, frías, sin vitalidad. Porque constituyen la perfecta síntesis de cómo se construye "Still Life" NUNCA ES DEMASIADO TARDE. Comencemos.
Un impersonal despacho de blanco apagado y estanterías de metal vacías.
La esquina de una calle residencial de casas de ladrillo pardo, en las que incluso sus elementos vivos parecen perennes: un hombre que siempre fuma en la ventana, un perro que siempre ladra en la lejanía. Una pequeña mesa con un mantel de blanco inmaculado, sobre la que se disponen una plancha y una austera bandeja de corcho. Un pulcro escritorio sobre el que reposa un flexo común, una cajita de herramientas y un álbum de fotos cerrado. Un cementerio en el que la niebla apaga los verdes de la vegetación y los grisáceos de las lápidas, mientras se escucha algún trinar de pájaros y el viento mece con suavidad la hierba. Un sencillo epitafio: nombre, nacimiento, muerte.
Si se animan a descubrir el segundo largometraje de Pasolini (ninguna relación de parentesco, ni sanguínea ni estilística, con el controvertido director de Salò), descubrirán que la concepción desapasionada de la vida que parece haber en esta serie de imágenes es solo una apariencia, parte del juego que intenta crear Still Life. Consideremos el doble sentido que permite su título (cuya desacertada traducción al español, Nunca es demasiado tarde, viene a destrozar). Porque el término “still life”, en inglés, designa lo que en español llamamos naturaleza muerta, el género pictórico del bodegón. Ahora bien, mientras que el nombre castellano tiene una connotación más lúgubre, en el inglés (literalmente traducido sería “todavía vida”) hay un deje esperanzador, que es precisamente al que se aferra Pasolini. Aunque lánguida en forma (sus colores apagados como por una especie de vaga niebla y sus escenas de composiciones estáticas, unidos a un montaje de estrictos planos fijos, remiten al rigor [cuasi] mortis del bodegón clásico), Still Life parece apuntar a un fondo en cierto modo optimista.
Eddie Marsan da cuerpo a John May, un trabajador del ayuntamiento que se dedica a encontrar a los familiares o allegados y organizar los funerales de las personas que mueren solas. El filme retrata su inquebrantable dedicación al trabajo, a la vez que su rutina solitaria, la de un hombre con una mesa de despacho ordenada y sin adornos que al regresar a casa, sin nadie que lo espere, cena una lata de atún con una rebanada de pan de molde, una manzana y una taza de té (un menú que, por cierto, constituye un buen ejemplo sobre cómo Pasolini utiliza la estética del bodegón para revelar psicológicamente a su personaje). Pero, lejos de la banalidad del típico funcionario kafkiano, a John le otorga un sentido de lo heroico su apasionamiento (velado por el semblante invariablemente mortecino que le pone Marsan) por el trabajo.
La épica callada que hay en el único hombre que se preocupa por brindar despedidas dignas a los que han fallecido exiliados de la sociedad. Una labor que, vista desde la perspectiva materialista dominante (encarnada en las críticas que recibe John por parte de su jefe, que no entiende por qué dedica tantos gastos a las exequias de gente muerta y sin familiares), se manifiesta carente de significado. Lo que para un John en el fondo profundamente ascético es vanitas (el dinero, la comida, las convenciones sociales...), para la sociedad que le rodea es lo principal, el ruido que acalla la consciencia de la mortalidad.
Pasolini escoge contagiarse de la concepción espiritual de su protagonista. Y aunque juegue a ratos a acercarse al pastelón romántico (todo ese discurso sobre las segundas oportunidades, el empezar una nueva vida y el descubrimiento del amor, que además alimenta el título español), termina desvelando que su búsqueda no es la de la felicidad “material” de su protagonista, sino la de una salvación incorpórea de todos los personajes solitarios a los que él ha enterrado y a los que tanto se parece. El fallecido al que John investiga durante la trama principal de la película, un vagabundo que murió entre decenas de botellas vacías, da buena cuenta de ello: cómo el escarbar en una vida llena de equivocaciones y malas decisiones, pero de vivencias intensas al fin y al cabo, puede terminar encauzada hacia una dignidad final que, más allá del logro de reunir a los damnificados en torno a su tumba, tiene un valor en sí misma. Para John, al menos. Y quizá para el espectador contagiado.
Aunque precisamente en este último aspecto está el mayor defecto de Still Life: el director, más que la empatía, parece buscar el ejercicio de fe del espectador, para a través del sentimentalismo infundirle esta concepción mística. Las melancólicas notas de piano, o los primeros planos del álbum de fotos que John elabora con sus “protegidos”, van preparando una atmósfera sensiblera que desemboca en el gran golpe de efecto final. Que, en el caso del que suscribe, no llegó a dar resultado. Porque el andamiaje dispuesto para despertar las emociones no está demasiado bien escondido. Y lo que se impone, más que la identificación, es el deseo teñido de compasión de que la entrega de John May sirva para algo.
Con todo, Still Life tiene méritos innegables. Sobre todo en su forma de jugar a indagar en un sentido profundo de la vida tras la aparente languidez de su forma. Su manera de presentar la vida cotidiana con un barniz lúgubre, de colores sin brillo, combina bien con sus acercamientos, bajo el mismo tono tranquilo, a realidades tan alejadas de ella como un cementerio y unas misas fúnebres, que son precisamente las escenas que abren la película. Además del buen hacer de Eddie Marsan (al que es una gran noticia ver en un papel protagonista) en su interpretación, que encarna perfectamente esa dualidad entre la apariencia indolente y la meticulosidad en esencia apasionada de John. | ★★★★★ |
En los años de la Gran Depresión, un matrimonio abandona las penurias económicas de la ciudad y se establece en una granja abandonada en medio del campo, para acabar formando una cooperativa agrícola regida por una comunidad solidaria.
La idea de Vidor era hacer una especie de secuela de su magnífica "Y el Mundo Marcha"(1928), retomando a sus dos protagonistas que encarnaban al americano medio y situándolos en el contexto de la Gran Depresión que azotaba al país por entonces. De hecho, para enfatizar esa idea, los protagonistas de El Pan Nuestro Cada Día se llaman igual que los de Y El Mundo Marcha, e incluso Vidor quiso que el protagonista fuera el mismo que el de la película muda, James Murray – por desgracia no pudo ser debido a que Murray estaba en plena fase de autodestrucción alcohólica.
Por otro lado, un film producido en Hollywood en que una joven pareja en paro crea una cooperativa agrícola es de entrada una idea totalmente descabellada, pero no para el emprendedor King Vidor. Una vez que todos los estudios se negaron a participar en un proyecto tan arriesgado y después de que los bancos le negaran crédito para el film, Vidor decidió producirla él mismo a su cuenta y riesgo. No fue un film muy exitoso pero el esfuerzo valió la pena artísticamente, se trata de una de las películas más interesantes de su carrera y uno de los primeros precedentes de cine social realizado en la glamourosa Meca del Cine.
El que sea una producción independiente es algo que se nota en cada plano de la película y que se agradece. Nada de grandes estrellas de moda, el reparto son en su mayoría actores desconocidos que dan más credibilidad a este relato que trata sobre los Juan Nadie, la América real, no la de las películas. Nada de decorados de cartón piedra, el film se rodó en el campo. Y nada de una gran producción lujosa, la escasez de medios se nota pero concuerda con el tipo de film que es y con la sinceridad de su mensaje. La suma de todos estos factores junto a lo atrevido de su mensaje, hacen de "El Pan Nuestro Cada Día" una película única en su contexto, que estéticamente parece más un film de otro país que una producción de Hollywood. De hecho la comparación con cierto cine soviético no es tan desacertada, ya que tienen en común detalles como ese cuidado retrato de la vida en el campo, el ennoblecer las tareas del humilde agricultor y el mensaje implícito de que la unión entre hermanos (ya sea hermanos proletarios o hermanos estadounidenses) hace la fuerza.
A partir de aquí el film se construye con una serie de estereotipos que, por manidos que sean, funcionan para el mensaje que desea transmitir Vidor: todos esos humildes hombres en paro con buenos corazones, el criminal redimido, la joven de ciudad que seduce a John y hace de elemento disruptivo dentro de ese pequeño universo idílico, etc. Porque "El Pan Nuestro Cada Día" no es solo un canto a la esperanza y a la lucha por la supervivencia a través de la unión, sino también a la América más humilde, a esos trabajadores honestos, inocentes y llenos de buenas intenciones, es la forma que tiene Vidor de transmitir la idea de «juntos lograremos levantar este país», una versión más seria del cine populista que Frank Capra practicaba en la misma época.
En definitiva, una película única y muy especial que cobra sentido precisamente en ese contexto tan particular en que fue gestada (Y TAMBIÉN SOBRE ESTOS TIEMPOS OPRESORES). Toda una rareza dentro del acartonado Hollywood clásico, un film que destila una autenticidad, pureza y honestidad raras en el cine americano de la época.
Pero esta bellísima historia, en la que resurgían los John y Mary de “La Multitud”, todavía trasegando por la difícil sobrevivencia en la irónicamente llamada “tierra de las oportunidades”, donde en realidad el Estado es invisible para la mayoría, sería muy bien acogida por la crítica internacional, y ahora es un clásico incuestionable por su profundo humanismo, su preciso sentido de la solidaridad y de la lucha mancomunada, y por la magnífica plástica de muchas de sus imágenes, donde hay momentos que son arte excelso, como la escena en que se subasta la finca; la actitud final de Loui Fuente (magníficamente representado por Addison Richards); o la maravillosa secuencia de la canalización del agua, con la que Vidor rinde su más sentido homenaje a la labor del hombre de campo, y en la que, él mismo, quiso sentirse parte de aquel encomiable grupo, apareciendo en un par de planos muy significativos.
Se necesita pleno conocimiento de lo que se habla, un gran sentido humano en lo que se escribe, y una cuidada estética en lo que se hace, para que un filme alcance la trascendencia. King Vidor sabía bastante de todo esto.
CONVENIO DE COOPERATIVA
- Cuando el capitán John Smith y su grupo llegaron a este continente, ¿qué hicieron? ¿Sentarse a quejarse del paro o quizá del valor del dólar? No. Se pusieron a trabajar para ganarse la vida. Construyeron sus casas y obtuvieron su propia comida.
En el Mayflower había un granjero, un impresor, un médico, un soldado, un contable y demás. Y eso es lo que tenemos aquí. Si ellos salieron adelante sin terratenientes y cuentas de supermercado, nosotros también. Lo que tenemos que hacer es ayudarnos a nosotros mismos ayudando a otros. Tenemos la tierra y tenemos la fuerza.
Y aquí no existen indios que vengan a cortarnos la cabellera.
No tenéis que quedaros. Podéis iros cuando queráis, pero si os quedáis, disponeos a trabajar y hagamos esto funcionar.
- Muchachos, tengo dos sacos de patatas en el maletero de mi Ford Flivver.Propongo que pongamos todo lo que tenemos junto en un montón comunal. Dinero, comida, todo.
- Sí. Yo pongo mis tres gallinas y el gallo.
- Yo una moneda de oro de 20 $.
- Yo dos sacos de harina.
- Yo pongo mi cabra.
- Yo 5,16 $.
- Yo 1, 80 $.
- Estupendo. Estupendo. Muy bien. Tú, el hombre de las patatas, ¿cómo te llamas?
- Aníbal. George Washington Aníbal.
- De acuerdo, Aníbal. Te encargarás de los suministros.
- Será un placer, señor.
- Bien. ¿Quién tenía esa moneda de oro?
- Aquí está. Tú estarás a cargo de la pasta. Las finanzas si las hay.
- De acuerdo.
- Señor presidente y amigos, ¿qué tipo de gobierno vamos a tener?
- Bueno, pues se hará lo que decida la mayoría.
- Yo sugiero, amigos míos, que nos comprometamos en un convenio sagrado y establezcamos una democracia inmortal.
- Fue ese tipo de palabrería la que nos ha traído a esta situación.
- Tiene razón, señor.
- No, debemos tener una forma de gobierno socialista. El gobierno tiene que controlarlo todo, incluso las ganancias.
- Bah... Esperad un momento, dejadme hablar. Yo ni siquiera sé qué palabras ha usado ese tipo socialista. Todo lo que sé es que aquí tenemos un gran trabajo y necesitamos un gran jefe. Y John Sims es nuestro hombre. Sims al poder. Hip hip... hurra...
Si hay un complot para atomizar la sociedad y dejar inermes a los ciudadanos, entonces ese complot tiene que pasar sí o sí por destruir las comidas en familia y las sobremesas con amigos. Frente al ritmo vertiginoso de la vida actual, la mesa de la cocina o del comedor son trincheras contraculturales que sostienen vínculos, sanan heridas emocionales y reconstruyen el sentido de comunidad desde lo cotidiano. Lo dice la experiencia. Y también la ciencia.
No es casual que en el castellano antiguo, hogar y cocina fuesen sinónimos. La mesa -ese altar cotidiano donde se cruzan miradas, se comparten historias y se transmite la vida- ha sido durante siglos el corazón palpitante de la familia. Y España ha dado al mundo un nombre propio para ese espacio en el que la comida se digiere mejor, porque lo nutritivo son los lazos que se construyen en torno a ella: la sobremesa. Un tiempo suspendido, ajeno al reloj, en el que tanto los comentarios como los silencios saben a complicidad, y las palabras tejen pertenencia. Hoy, sin embargo, ese reloj se ha roto en demasiados hogares.
La cultura de la prisa, los horarios fragmentados, la omnipresencia de pantallas y la crisis de sentido han desplazado las comidas familiares al terreno de lo ocasional. Ya no cocinamos juntos ni conversamos con lentitud. Se come de pie, se cena viendo una serie o se pica algo sin mirar a nadie. Y sin darnos cuenta, en ese proceso hemos perdido algo más que un hábito: hemos extraviado un a de las columnas invisibles que sostenía nuestra salud emocional y nuestra vida en común.
La mesa como protección
Puede parecer una exageración, pero las investigaciones más recientes lo confirman: comer juntos no es solo una costumbre entrañable, es una herramienta con la capacidad de prevenir enfermedades mentales -ese gran mal de nuestros días-, proteger la infancia y reconstruir el maltratado tejido familiar.
Un estudio de la Universidad de Oxford demuestra que quienes comen en compañía con frecuencia se sienten más felices, conectados y satisfechos con su vida. El dato, lejos de ser trivial, apunta a una de las raíces del malestar contemporáneo: el aislamiento afectivo y la soledad encubierta, incluso dentro de la familia.
España ha tenido históricamente un antídoto contra ese fenómeno: la sobremesa. A diferencia de otras culturas, aquí la comida no termina cuando se recoge el plato, sino que continúa en la conversación, la risa, el debate o la confidencia. Es un rito que enseña a esperar, a escuchar y a mirar a los ojos. Y ese pequeño milagro diario ha demostrado ser, además, un factor protector frente a trastornos como la ansiedad, la depresión o los comportamientos adictivos.
"Comer en familia es un acto profundamente contracultural. Y, por tanto, profundamente cristiano"
Cómo como, cómo comemos
La antropóloga Margaret Mead decía que uno de los signos más reveladores de una civilización es cómo y con quién se come. Comer en familia es, en este sentido, un acto de civilización: nos humaniza, nos pone en relación, nos recuerda que no somos autosuficientes.
En muchas familias, además, la comida es también un espacio sagrado, iniciado con una oración y vivido como un momento de gratitud y entrega. Así lo vivieron generaciones enteras, donde el pan se partía como se partía el tiempo: para darlo. Ese espíritu de donación está en la raíz de toda mesa cristiana. No en vano, la eucaristía -centro de la vida católica- es, al fin y al cabo, una cena.
La crisis de la mesa es también una crisis espiritual. Cuando los padres comen solos en la cocina, los adolescentes cenan en su cuarto y los niños aprenden a entretenerse con la tableta mientras mastican, se rompe la cadena de transmisión. No solo de la fe, sino del idioma afectivo, de la historia familiar, de la experiencia compartida. Y sin eso, ninguna comunidad resiste.
La ciencia lo confirma: comer juntos protege
Las evidencias empíricas sobre los beneficios de las comidas familiares son abrumadoras. El Family Dinner Project, una iniciativa académica nacida en Harvard, documenta que los niños que cenan con sus padres de forma regular tienen mayor autoestima, mejor rendimiento escolar, menor probabilidad de consumir drogas o alcohol, y una relación más sana con la comida y con su cuerpo.
En España, un estudio realizado en Terrassa (Cataluña) mostró que los adolescentes que cenaban en familia tenían una menor probabilidad de experimentar inseguridad alimentaria y presentar comportamientos peligrosos o dañinos fuera del hogar. Otro estudio publicado en la revista "Nutrients" concluyó que las comidas familiares frecuentes están asociadas con una menor incidencia de trastornos alimentarios entre los adolescentes.
Comer juntos enseña más que hablar
La mesa no es solo un espacio de conversación. Es también un lugar de silencios respetuosos, gestos que hablan y ru1inas que educan. Sentarse en torno a la mesa implica asumir un ritmo común, respetar turnos, aprender a ceder y a comportarse de forma cívica. Son aprendizajes pequ eflos, pero necesarios. Como lo son también las tareas de poner la mesa, servir al otro, recoger juntos. Pequeñas liturgias domésticas que enseñan el arte de vivir en comunidad.
En este sentido, la comida conjunta es una escuela de humanidad en la era de la tecnocracia y la fascinación adolescente de la Inteligencia Artificial.
"La sobremesa es un gesto de abundancia interior: cuando ya no queda comida, queda el tiempo"
Un acto contracultural que reconstruye
Recuperar las comidas en familia puede no parecer una pequeña revolución. Pero lo es. En un tiempo que glorifica la productividad la velocidad y el rendimiento individual detenerse para cocinar, servir, pone la mesa y comer en común es un acto profundamente contracultura!. Y, por tanto profundamente cristiano.
Porque una cultura sin vínculos estables, sin memoria y sin raíces no puede generar hombres fuertes, capaces de amar, venía a decir Benedicto XVI en Caritas in veritate. Y lo decía de forma expresa en Spe Salvi:
"Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencia están en profunda comunión entre entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal".
La mesa es precisamente uno de los espacios donde se cultivan las raíces, se genera memoria común y se aprende el arte del amor concreto: servir, escuchar, compartir, esperar.
Las consecuencias sociales son evidentes. Allí donde se pierde la mesa común, se multiplican las patologías del alma. El aumento de los problemas de salud mental en niños y adolescentes no es ajeno a la disolución del vínculo familiar cotidiano. Tampoco lo es el auge de la polarización social, el vacío espiritual o la banalización del sufrimiento.
La sobremesa: patrimonio emocional
No existe en inglés una palabra para sobremesa. Ni en francés. Es un invento español -como el tapeo, la siesta o la tertulia- que dice más de nuestra alma que los tratados de sociología o la cocina del CIS. La sobremesa es un gesto de abundancia interior: cuando ya no queda comida, queda el tiempo. Cuando ya no hay platos, hay historias.
En muchas familias, es el espacio donde los hijos escuchan relatos de sus abuelos, donde se comentan las noticias, donde se debaten temas de fe o de actualidad, donde se pregunta al otro cómo está. Donde se construye un "nosotros" que no nace de la sangre, sino del encuentro.
Big Think, una plataforma que difunde investigaciones sobre desarrollo humano, subraya que la sobremesa representa un sistema de valores: prioriza la conexión personal frente al aislamiento digital, el tiempo compartido frente a la eficiencia técnica, la escucha frente al monólogo.
Claves prácticas para restaurar la mesa familiar
Volver a la mesa requiere intención. No ocurre solo porque se desee. Hace falta orden, renuncias, decisiones pequeñas pero firmes. Algunas claves prácticas, señala el Family Dinner Project,pueden ayudar:
Establecer una comida diaria común. Aunque sea solo una, que tenga horario fijo y sea prioridad. La cena suele ser la más viable.
Involucrar en la preparación. Que los niños ayuden a poner la mesa, que se planifique el menú en familia, que cada uno tenga una responsabilidad.
Eliminar distracciones. Sin televisión, sin móviles, sin pantallas. Solo personas.
Cultivar el arte de conversar. Hacer preguntas abiertas, evitar discusiones innecesarias, escuchar con atención.
Valorar la sobremesa. Aunque sea breve, que no se levante nadi e hasta compartir al menos unos minutos de charla o agradecimiento.
Una mesa que sostiene a las familias
Porque en última instancia, la mesa no es solo un lugar donde se alimenta el cuerpo. Es, o puede ser, un santuario cotidiano donde se alimenta el alma, se refuerza la identidad y se cultiva la pertenencia. Es uno de los pocos espacios donde todavía se puede resistir al desarraigo, al individualismo, a la prisa. Donde se puede enseñar a vivir.
Tal vez por eso, como señalaba Chesterton: "el hogar sigue siendo la última fortaleza de la civilización. Y en el centro del hogar, siempre, hay una mesa.•
Hablar de «nuestramericanos» es remitirse a un gentilicio, un espacio geográfico y una forma de concebir a los países americanos.
En este trabajo académico, Mónica Luar Nicoliello Ribeiro sugiere, desde enfoques múltiples e interdisciplinarios, una posible respuesta al dilema que preocupa a la filosofía hispanoamericana: cuál es el camino para consolidar el desarrollo de nuestra comunidad en una región del mundo que, lejos de ser pobre, está muy bien dotada de recursos estratégicos. Este camino no puede hacerse a ciegas; requiere de un cambio cultural profundo sobre cómo nos vemos y cómo vemos el mundo.
El sistema técnico y económico del cual formamos parte está entrando en la V Revolución Industrial, cuyo secreto responde a la sinergia o combinación de energías que superan la suma de las esferas tecnológicas, sociales y culturales, la articulación de países, territorios y bloques en redes comerciales y en las diversas cadenas de valores.
Ante la pérdida de identidad regional, la autora plantea también la urgencia de reconstruir los nexos culturales e impulsar una mejor comprensión de nuestras profundas raíces civilizatorias, volver por los fueros de nuestros orígenes. Allí es donde encontraremos las primeras revoluciones auténticamente tecnológicas, las primeras formas de mundialización y, lo más importante, una mirada humanista para la cual cada vez más individuos son considerados como personas con un origen común y con una misma condición humana.
PREFACIO
El desafío de un diálogo, entretejido de múltiples dificultades, lo asume la historiadora Mónica Nicoliello en Indios, españoles y nuestramericanos (Tomo I).
Es el intento complejo e inconcluso, abierto al futuro, de tender puentes entre corrientes de pensamiento y prácticas latinoamericanas o nuestramericanas, dirigidas a la emancipación a través de la realización de la Patria Grande, así como de la tradición hispanoamericana de raíz hispanista. Esta es, a veces, desvirtuada por la nostalgia de viejas glorias imperiales, en lugar de cultivar lo realmente vivo de la cultura compartida.
La civilización de civilizaciones nuestramericana, de cuádruple raíz civilizatoria (indígena, afrodescendiente, hispano-latina y mestiza, o de síntesis), sigue a la búsqueda de la definitiva independencia a través de la concreción de una patria común, unida en un Estado federal plurinacional, como el proyecto de los Pueblos Libres de José Artigas, liberado de las potencias hegemónicas que históricamente han promovido su disgregación.
Aunque lo logremos, no marcará el fin de la historia. La mundialización continuará. En ella, seguiremos interactuando con otras civilizaciones, culturas, naciones y pueblos, en medio de conflictos sociales, renovadas luchas geopolíticas e innumerables desafíos tecnológicos. En consecuencia, en cualquier caso, estaremos en comunicación con los demás pueblos hispanohablantes del mundo: los de Europa, África y Asia. Nos espera, como una nueva esfinge, la interrogación abierta por el sentido y la posibilidad del encuentro que nos arroja la escritora Nicoliello, en tanto seamos parte de la fraternidad o de la comunidad humana universal (Fratelli tutti).
Luis Vignolo
Director General
de la Fundación Vivian Trías
(Uruguay)
INTRODUCCIÓN
¿Puede uno proyectarse hacia el futuro sin un adecuado conocimiento y valoración del pasado? ¿Es posible que se consolide ese prospecto sin un ambiente cultural que lo fomente? ¿Ese futuro está asegurado si las nuevas generaciones no toman la bandera de las anteriores? ¿Puede haber estabilidad política sin instituciones prestigiosas comunes, fundadas en valores claros, reconocidas por todos más allá de la pluralidad de opiniones y las diferencias de intereses? ¿Puede mantenerse esa estabilidad política sin integración económica y social, sin crecimiento y desarrollo?
La presente obra es una compilación de notas revisadas y ordenadas por la autora en los tres ejes temáticos que le dan nombre. Fueron escritas entre 2015 y 2020 como fruto de una militancia hispanoamericanista cuyo objetivo es afirmar los lazos de simpatía entre pueblos que tienen una historia común.1 Estos textos forman parte ele una primera entrega y quisieran ser un aporte para el fortalecimiento de una sensibilidad colectiva imprescindible para otras realidades, objetivas y necesarias, como la formación de mercados comunes o mecanismos de confederación política que potencien nuestras capacidades y recursos, procesos que,con interrupciones y frustraciones, hace siglos que están en curso. Entre esas realidades se encuentra, aunque no únicamente, una V Revolución Industrial y tecnológica, donde ya no es viable mantener un modelo agroexportador (de «desarrollo hacia afuera») en un contexto de balcanización, y cada vez es más importante la inversión conjunta de tecnología en sectores llamados «de punta». Por otro lado, las materias primas que interesan ya no son las tradicionales, sino las que resultan estratégicas para las nuevas fases de la Revolución Tecnológica.
Resolver las necesidades objetivas es imposible sin una construcción subjetiva, vale decir, ideas, creencias y actitudes. Como afirma Peter Birle, la superación de prejuicios y creencias; entre ellos, una forma de entender la soberanía para la cual un organismo supranacional implica una pérdida grave de soberanía local. Es el mismo diagnóstico de Juan Bautista Alberdi en 1844. Es verdad que hay un componente de imperiofobia en esto, co mo dice María Elvira Roca Barea.2 Por la misma razón es fundamental superar el desconocimiento y la desconfianza recíprocos entre países; trascender la tendencia a mirar fuera de la región buscando tablas de salvación, o, en el extremo opuesto, resolver los problemas en solitario. Factores subjetivos son también los ideológicos, el tipo de relato histórico distorsionado por diversos motivos; una imagen degradada de nuestros procesos políticos y sociales, en especial, una suerte de leyenda negra de los orígenes, pero también de la historia reciente, sobre todo si se piensa en el contraste que significa nuestra riqueza cultural e histórica con visiones negativas y autodestructivas introyectadas y naturalizadas. porque no somos suficientemente conscientes del valor de nuestro patrimonio histórico en el mundo.
Toda gran comunidad tiene algunas potentes imágenes orientadoras -y estimulantes para la autoestima de sus miembros- que cohesionan a millones de personas. Las tienen Rusia, China o el mundo anglosajón -la anglósfera-; sin esa cohesión se desmembrarían en débiles Rusias, Chinas o territorios anglosajones aislados, con grandes dificultades para la conservación de su patrimonio común, cultural y económico. Las federaciones o imperios que han implosionado han sido sustituidos de forma rápida por otros mecanismos de integración política y económica, como es el caso de la URSS. en lugar del Imperio ruso. reemplazada, a su vez, por la Comunidad de Estados Independientes, entre Europa Oriental y Siberia; el Imperio británico por la commonwealth -literalmente «Patrimonio común» formado por una misma herencia cultural y material- y su «relación especial» con EUA; o el Imperio chino por la República Popular China, con sus 1400 millones de habitantes; todos ellos con gran influencia política y económica en el mundo actual. Esto no ocurrió cuando se desmembró la monarquía hispánica. Aquí la tendencia fue la profundización de la desintegración entre países y dentro de los países.
La realidad es que América no se independizó de España ni de Filipinas ni de Guinea: la comun idad hispanohablante, en su conjunto, se desintegró.3 Sin embargo, la geopolítica nos muestra -decía Methol Ferré- la trascendencia de los estados continentales para los pueblos continentales 4 -como Canadá, EUA, Rusia y China considerados por separado-, y las uniones continentales del tipo de la Unión Europea, la Unión Africana o el Tratado Rusia-China para la Cooperación, de Shanghái.
Por otro lado, las talasocracias, producto de la conexión entre rutas marítimas, comerciales, y posiciones estratégicas, como el Imperio Británico y sucesores, son otro sistema de relaciones que domina el mundo. Es lo que fueron -además de Inglaterra-, Holanda, Portugal, España, Arabia, el este de África y Malasia. La comunidad hispanohablante cuenta con ambas posibilidades -tiene salida a más mares y océanos que cualquier otra-, pero, como factor subjetivo, por nuestra débil conciencia geopolítica, las hemos ido cediendo a las que ahora son grandes potencias.5 (...)
2 Cfr. Roca Barea, Maria Elvira, Imperiofobia y leyenda negra. Editorial Siruela, Madrid, 2019. La pregunta ya se la planteaba Juan Bautista Alberdi en una memoria del 12 de noviembre de 1844: ¿qué impide la reunión de un congreso hispanoamericano? El diagnóstico era muy parecido al actual:
4 Cfr. Methol Ferré, Alberto, "Los Estados continentales y el Mercosur". Editorial Hum, 2013. La idea de "Estados continentales" es elaborada por el político y docente chileno Felipe Herrera (1922-1996), militante de la integración hispanoamericana, al escribir sobre Estado Nación Continental o Pueblos Continentes. En esto fue sucesor de Joaquín Edwards Bello, quien en 1925 publicó "Nacionalismo continental", y de Antenor Orrego, con "Pueblo continente", en 1937. Alberto Methol Ferré (1929-2009) toma y desarrolla la idea, que recoge desde su planteo.
5 Esto es muy claro en el caso de México, sucesor de Nueva España, con dominio sobre los actuales estados del sur y oeste de los EUA. el Caribe, Centroamérica, el océano Pacífico y una serie de puntos estratégicos en Asia, como Filipinas, que fue Capitanía del Virreinato. pero también en el caso del Río de la Plata, con dominio sobre el Atlántico Sur, hasta Guinea, la Patagonia e islas australes como Malvinas y la Antártida.
Indios, españoles y nuestramericanos. Con Mónica Nicoliello Ribeiro
La historia nos demuestra que hemos sido grandes. La realidad nos revela que podemos volver a serlo.
Quinientos millones de hispanohablantes, una lengua perfectamente equipada y un ciberespacio que anula fronteras conforman el trinomio que puede convertir al mundo hispánico en una potencia global del siglo XXI. Carlos Leáñez Aristimuño, uno de los más lúcidos pensadores del hispanismo actual, nos presenta en esta obra una visión audaz y realista del potencial escamoteado de la hispanidad y nos indica cómo activarlo.
Este libro explora con rigor las raíces de nuestra grandeza histórica y desmonta los relatos inhabilitantes que nos mantienen fragmentados e irresolutos. Analiza el papel fundamental de la lengua española como nuestro verdadero territorio común y revela el poder transformador del ciberespacio, que nos permite superar distancias y barreras para forjar una comunidad hispánica global.
«Carlos Leáñez Aristimuño es quizás la persona que más y mejor ha reflexionado sobre el español como herramienta de futuro para los quinientos millones de personas que lo hablamos, desde su uso en internet hasta la inteligencia artificial. Este libro recoge sus ideas y sus estudios, y nos invita a pensar en las inmensas posibilidades de nuestra lengua común. Si quiere saber por qué, este es el libro que necesita». María Elvira Roca Barea, autora de Imperiofobia y leyenda negra.
«En el pensamiento de Carlos Leáñez Aristimuño acerca de la hispanidad, siempre ha primado la esperanza. Atento al futuro, nos desvela en este libro que se está gestando algo mayor que nosotros. Léanlo». José Luis López-Linares, director de Hispanoamérica, canto de vida y esperanza.
«Leáñez es una de las voces más incisivas y reputadas del panorama hispanista. Como profesor venezolano afincado en España, su detallado conocimiento de las dos orillas le permite vencer los complejos que suelen atenazar en nuestras elites académicas cualquier intento serio de defender lo obvio: la comunidad hispánica sería imparable a nivel global si administrásemos la lengua española sin complejos, con método, claridad de miras, recursos y un centro coordinador neto». Alberto G. Ibáñez, autor de El Sacro Imperio Romano Hispánico.
Prólogo
Hispanidad:
la lengua como
eje de un futuro promisorio
«Queda la lengua materna»
Hannah Arendt (1964), respondiendo
a Günter Gauss
al preguntar este
qué queda tras el horror nazi.
«En Hispanoamérica somos víctimas de un relato que es completamente falso… ¡y muy peligroso!». Con esta frase, que resuena ya
en la conciencia de muchos amantes de la Hispanidad, se inicia la
película Hispanoamérica, canto de vida y esperanza, de José Luis
López-Linares. Evidentemente, en esta decisión del director no
hay ninguna casualidad. Con elegante precisión, la oración enuncia y condensa en sí misma la esencia de este magnífi co largometraje. La formulación, además, se ve potenciada con el efecto que
ejercen la voz incisiva de su autor y la cadencia particular que
este le imprime a sus palabras. En este sentido, es llamativo que el
correlato visual ofrecido por López-Linares sea el de un río que se
abre paso en medio de la jungla, conduciéndonos sigilosamente
hacia lo remoto y lo desconocido. Desde el comienzo queda planteada así toda la gravedad del tema, mientras se siembra una profunda expectativa con respecto a lo que viene a continuación.
Puedo decir con orgullo que el autor de esa frase ya célebre es
mi gran amigo, el profesor Carlos Leáñez Aristimuño. En ella se
reconocen todos los rasgos característicos de su estilo particular,
plasmado por igual a lo largo de sus textos y conferencias. Muchas
veces he podido constatar el efecto que su estilo singular es capaz
de ejercer ante nutridos auditorios. Carlos Leáñez sabe expresar
lo profundo y signifi cativo con sencillez y brevedad, dotando de
color y textura lo que de otro modo podría resultar árido y opaco.
Se vale, para ello, no solo de un gran manejo de los tiempos y las
pausas, del énfasis y del humor, sino también de un sabio uso de
las metáforas y las vivencias personales.
Detrás de esa panoplia de recursos discursivos subyace el
hábito y el ojo experto del buen lingüista. Leáñez comprende a
cabalidad el poder performativo que las palabras ejercen sobre
los seres humanos y lo emplea con maestría. Acostumbra hurgar en cada vocablo, diseccionándolo para extraer de allí novedosas líneas de signifi cado. En otras palabras, analiza, refl exiona,
piensa. Desarma y rearma los edifi cios lógicos sobre los que
solemos discurrir de modo inadvertido.
A partir de esa base, y
mediante referencias constantes a vivencias concretas experimentadas en el mundo, nos plantea una nueva manera de entenderlo. De ahí ese eureka que muchas veces he visto refl ejarse en
los rostros de quienes lo leen o escuchan; esa sensación de que
ante ellos siempre hubo una realidad otra a la que previamente
no habían tenido acceso.
Pero nada son los conocimientos, capacidad y estilo personales si no cuentan con un objeto que fi je su atención, sin una pasión
que los motorice. Los afectos más profundos han llevado a nuestro autor a concentrar sus talentos en el estudio, defensa y promoción de la Hispanidad.
Desde su Venezuela natal, reconoce su
hogar en cada rincón de ese inmenso continente que es la lengua
española. Recordemos que, para los antiguos griegos, padres de
la civilización occidental de la que la Hispanidad es una frondosa
rama, la polis era aquel topos específico regido por un logos concreto; el territorio en el que la razón humana, materializada en palabras, le permite al ser humano levantar un universo dotado
de sentido frente al caos exterior.
En concordancia con lo anterior, Leáñez examina y defi ende la polis panhispánica desde los
cimientos de su lengua común.
De todos los pilares que han sustentado alguna vez la unidad panhispánica (la fe católica, la corona, las leyes comunes, la
unión monetaria, etc.), la más profunda y enraizada de todas; la
que mejor ha resistido los embates extranjeros y las pulsiones suicidas; la que ha preservado mejor la Hispanidad porque opera
desde un estrato previo a la conciencia es la lengua española. Se
ha mantenido allí, regularmente empleada pero en el fondo inaccesible para quienes, en vez de pensar, suelen discurrir a través
de fórmulas importadas y prefabricadas (práctica asidua y recurrente, por desgracia, entre nuestras élites).
La Hispanidad sigue
siendo un hecho colosal, a menudo contra sí misma, gracias a su
lengua; esa lengua que opera como una buena madre que vela
por la vida de sus hijos aún inmaduros, inconscientes todavía del
tesoro que en suerte heredan.
Como hispanista devoto y lingüista consumado, Leáñez
conoce, aprecia y se maneja con soltura en varias lenguas europeas, pero al mismo tiempo, sin que medie en ello contradicción
alguna y precisamente por ello, defi ende la nuestra con pasión y
fundamento. Así como su compatriota Andrés Bello —venezolano por nacimiento, chileno por adopción e hispanoamericano
por herencia y convicción— se aferró a nuestra unidad lingüística
como último e inexpugnable reducto para eludir la fragmentación total del imperio común, Leáñez propone ahora convertirla
en el pilar para una ofensiva civilizacional.
Una ofensiva que, tal como nos explica nuestro autor, solo
será posible tras experimentar una necesaria anagnórisis; ese (re)
conocimiento de sí, esa comprensión de la propia grandeza a la
que solo podremos acceder al identifi carnos con la dimensión
panhispánica que hoy custodia, de forma tan inadvertida como
solitaria, el insólito vigor de nuestra lengua común. Anagnórisis
que a su vez requiere la victoria de esa fuerza común sobre los pequeños intereses de élites parroquianas; los ánimos apocados de quienes no han sido enseñados a pensar en grande; la
ignorancia insulsa del idiota que vive ajeno a las dinámicas que
lo dominan; y las agendas externas que operan sigilosamente al
abrigo de la subordinación cultural disfrazada de prestigio social.
Leáñez observa que esa reacción está en marcha, por etapas, a
través de lo que llama la rebelión hispanista en curso. Una rebelión encabezada por un puñado de autores y divulgadores que,
sin embargo, crece sin cesar, y que hoy afronta su oportunidad
dorada, en un mundo en el que las principales distancias no son
ya temporales ni geográfi cas, sino culturales e idiomáticas. En ese
mundo nuevo que emerge con toda celeridad, dominado por las
dinámicas que imponen la interconexión permanente y la inteligencia artifi cial, el continente de la lengua española enfrenta retos
y oportunidades de las que solo saldrá airoso si la Hispanidad
cobra plena conciencia de sí, y si se decide a plantarles cara unida,
como bloque civilizacional fi rmemente articulado en torno a su
lengua común.
Es importante, además, señalar que Leáñez es un venezolano
del último entresiglo. Su vida, como la de tantos compatriotas
nuestros que a menudo dicen «venir del futuro», está marcada
por el drama de la destrucción absurda y total a la que nos pueden arrastrar no las guerras, no los desastres naturales, sino las
ideas aviesas y las voluntades torvas. Ideas y voluntades que en el
seno de la Hispanidad suelen seguir, invariablemente y al pie de
la letra, las patrañas forjadas al calor de la leyenda negra antiespañola.
Siglos después, esas patrañas nos siguen arrastrando al odio
pueril, a la vergüenza absurda, al acomplejamiento lacerante,
injustifi cado y vengativo.
La Venezuela de este primer cuarto
de siglo es, por desgracia, una muestra de los desvíos y peligros
que le aguardan a cada hispano, a la vuelta de la esquina, como no
seamos todos capaces de rescatar una visión común y equilibrada
de nuestro pasado, apta para entender quiénes somos en realidad
y las enormes potencialidades que tenemos aún por desarrollar.
Leáñez forma parte de la vanguardia que avanza indetenible
en ese rescate del hispanismo. Aporta elementos de juicio imprescindibles en un ámbito crucial como es el de la lengua, en el que
ha venido refl exionando durante décadas. En este libro, y con
su acostumbrada elocuencia, nos ofrece sus mejores recursos y
argumentos para ayudarnos a comprender el hecho inmenso de
la Hispanidad, el valor colosal de su lengua común, la naturaleza de los retos que afrontamos en el mundo de hoy, y las grandes oportunidades que podemos aprovechar si nos decidimos a
actuar conjuntamente.
Y lo hace con el mayor de los optimismos. Para Leáñez, el
futuro es hispano porque entiende y confía en el potencial gigantesco de la lengua española.
En ese gran buque que es nuestra
realidad panhispánica, la lengua lo es hoy casi todo. Es casco que
contiene; velamen que se hincha y propulsa; mástil que sostiene
las velas, y timón que marca la dirección. Solo hacen falta tripulación y gobierno dotados de ánimo y visión, con el corazón henchido de bravura y ambición, dispuestos a emprender una travesía que los lleve a descubrir y levantar nuevos continentes. Sopla
el viento de popa. Es hora de soltar lastre y cortar amarras.
Miguel Ángel Martínez Meucci *
Madrid, 16 de marzo de 2025
* Dr. en Conflicto Político y Procesos de Pacificación
por la Universidad
Complutense de Madrid.
Politólogo y consultor político, ha sido profesor
en
diversas universidades de Hispanoamérica.
Nosotros, los hispanos
A finales de los setenta del siglo pasado vivía yo en Alemania, en
la primorosa ciudad de Friburgo de Brisgovia, lejos de mi Caracas
natal. Todos los días almorzaba en el muy funcional e industrial
comedor universitario. Una vez depositada la bandeja sobre la
cinta transportadora que llevaba platos y cubiertos a un lavado
automático fascinante, se abría para los estudiantes una bifurcación: cafetería o salida.
Con frecuencia optaba por la primera.
Era una cafetería bulliciosa, grande, informal y llena de humo de
cigarrillos. La mayoría de la gente —alemanes— estaba en mesas
aisladas o en la barra. Pero, hacia un extremo, había casi siempre
un reagrupamiento de mesas y sillas del que emanaban carcajadas, apiñamiento, voz alta, mucho contacto físico. Allí había de
todo —mexicanos, uruguayos, peruanos, españoles, colombianos…— con tal de que hablase español. Era un recodo de afecto,
solidaridad, nostalgias y una suerte de ejercicio constante de
comparaciones en donde con frecuencia el tema era la sorpresa
que nos causaba el modo de ser alemán.
Es decir, ellos, una cosa;
nosotros, otra. Ellos, los alemanes; nosotros, los hispanos.
Cuando estamos ante los otros, como en esa cafetería alemana,
queda claro que somos un nosotros; cuando estamos entre nosotros, queda claro que somos argentinos, salvadoreños, venezolanos; cuando estamos entre venezolanos, queda claro que somos
orientales, maracuchos, andinos, caraqueños; cuando estamos
entre caraqueños… y así podemos subdividir adscripciones hasta llegar a cada individuo en concreto.
Cada persona se mueve a
todos los niveles, desde la humanidad, que a todos nos contiene,
hasta, pasando por toda una serie de instancias intermedias, su
individualidad irreductible. Pero la humanidad no es un idílico
paraíso: es un terreno de tensiones en el que grupos y entidades de todo tipo se despliegan para ser más poderosos que otros,
buscando con frecuencia dominar, o peor, eliminar a los otros.
Es decir, la hispánica mesa de la cafetería en Alemania, esa casa
grande común, podría desaparecer a manos de esos grupos. Cabe
entonces preguntarse: ¿podemos los hispanohablantes en modo
archipiélago hacer frente a los retos de la globalización sin correr
el riesgo de que nuestros rasgos se evaporen, sin que, dolorosamente, veamos cómo se desfigura nuestra lengua, se desdibujan
nuestras costumbres, se alejan los referentes de todo tipo que articulan nuestras vidas? Separados nunca.
Debemos arrimarnos al
más grande paraguas común disponible —el nosotros de la mesa
en Alemania— para ser fuertes ante los gigantes e impedirles que
sigan condicionando el timón de nuestra nave, manteniéndonos
en coordenadas de fragmentación, subordinación y alienación;
arrinconándonos en una periferia de hostelería, materias primas
y maquila.
Por encima de cada uno de nuestros países y antes de diluirnos en la humanidad toda, está nuestro nivel óptimo de inserción
en el mundo: la civilización hispánica. Óptimo porque en él estamos ante un grupo inmenso —500 millones— con rasgos básicos comunes absolutamente tangibles —lengua española, historia y tradiciones compartidas, una cultura de base católica— que
crean unas coordenadas —específicas y comunes— lingüísticas, religiosas, políticas, familiares y relacionales que generan
una manera distinta de estar en el mundo. Dada la potencia que
implica nuestro gigantesco tamaño y extraordinario legado cultural, si logramos reajustarnos y operar razonablemente unidos
ante el mundo, podemos encontrarnos entre las culturas que generan lo nuevo y se adaptan a los cambios sin perder su rostro en
el camino. Pero los hispanohablantes vivimos sumidos en relatos inhabilitantes que —desde comienzos del siglo XIX y hasta
hoy—nos mantienen irresolutos, desatinados y claramente dispersos. Y no solo eso: a coro con el resto de Occidente, ha cundido también entre nosotros, ya en el siglo XXI, una posmodernidad gaseosa y nihilista alérgica a todo lo que huela a grandeza. La
plaza del pueblo y la subjetividad radical parecen ser los nuevos
—y únicos— horizontes lícitos e imaginables.
Pero surgen en el horizonte signos robustos que envían señales
de detección, tanto de los relatos inhabilitantes, como del nihilismo. También de sus lamentables consecuencias. Lo que antes
era vivido como una condición real permanente es hoy percibido por muchos como una condicionante improbable e inducida
que puede —y debe— ser combatida. Y, en efecto, lo está siendo:
ha surgido una auténtica rebelión de hispanistas, divulgadores,
escritores, documentalistas, asociaciones, yutuberos y otros que
está generando un contraflujo de opinión que mucho nos ocupará en las líneas siguientes. No, no somos estandartes de la maldad, el atraso y la irracionalidad.
Los hispanos somos esa porción de Occidente que, de verse
a sí misma con nitidez, será clave para proponer una alternativa
civilizacional que supere los darwinismos, nihilismos, colectivismos, relativismos, totalitarismos y fundamentalismos que arrinconan al mundo. Hemos simplemente de, por un lado, reconectar —actualizándola— con nuestra grandeza histórica olvidada
de amplísimos horizontes y ejecutorias, y, por otro lado, percibir
cabalmente nuestro increíble potencial actual, hoy desperdiciado.
Pasaremos entonces de la periferia al centro, de la subordinación
al liderazgo, del victimismo al protagonismo, de la impotencia a
la fuerza, de la dispersión a la unidad, de la alienación a la autenticidad, de la vergüenza al orgullo, del resentimiento a la gratitud.
La plenitud hispana es factible como nunca antes y es lo que
busca hacer evidente este libro.
El futuro será hispano.
Por qué el futuro es hispano. Con Carlos Leáñez Aristimuño
Creo en el Dios de Jesús y de María, el Dios de los bienaventurados, sencillos y sabios humildes como Abraham y Sara; Isaac y Rebeca; Jacob y Raquel. Y no el de los expertos racionalistas e ideologistas teólogos y entendidos escribas de todos los tiempos, El Mismo JesuCristo nunca los eligió ni como apostóles ni como discípulos. Ni antes ni ahora. Soy Venezolano, Maracucho/Maracaibero, Zuliano y Paraguanero, Falconiano; Soy Español, Gallego, Coruñés e Fillo da Morriña; HISPANOAMÉRICANO; exalumno marista y salesiano; amigo y hermano del mundo entero.
La Línea Editorial de este Rincón es la Veracidad y la Independencia imparcial.
¡¡¡ Que El Señor de La Comunicación, de La Amistad, de La Paz con Justicia, te bendiga, te guarde, te proteja, siempre... AMÉN !!! ________________________________
¡La Paz del Señor sea contigo!
¡Shalom aleijem!
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#NoEstánSolos: Ya estamos hartos de que los criminales exterminen a los cristianos solo por su fe. Ha llegado la hora de movilizarse y defenderlos. Basta de cobardía. Se valiente y osado frente a los asesinos y defiende con ardor tu fe y a los que son perseguidos por la horda. Coloca en tu página el símbolo creado por el movimiento en defensa de los cristianos perseguidos para la campaña mundial que se ha iniciado para que no nos olvidemos de todos aquellos que están siendo perseguidos y masacrados por ser cristianos. El símbolo del centro es la letra N del alfabeto árabe, con la que los yihadistas están marcando las casas de los Nazarenos, que es como ellos llaman a los cristianos. Juntos hagamos que no se olviden aquellos hermanos perseguidos en todo el mundo por amar a su Dios. #NoEstanSolos #PrayForthem #ن #YoTambiénSoyCristianoPerseguido #Iglesia #Kenya #Siria #Irak #Afganistán #ArabiaSaudí #Egipto #Irán #Libia #Nigeria #Pakistán #Somalia #Sudán #Yemen y otros...
EL SILENCIO CULPABLE
QUE LA LUZ BRILLE SOBRE TI, TIERRA FÉRTIL #SOSVENEZUELA
VENEZUELA UN PAÍS PARA QUERER Y PARA LUCHAR
“Nací y crecí en un lugar donde dicen ” Pa’lante es pa’llá”, donde se pide la bendición al entrar, al salir, al levantarte y al acostarte, donde se comen arepas, cachapas y espaguetti con diablito, donde se menea el whisky con el dedo, donde se respira alegría aún en las adversidades, donde se regalan sonrisas hasta a los extraños, donde todos somos panas, donde aguantamos chalequeos, donde se trata con cariño sincero, donde los hijos de tus amigos son tus sobrinos, donde la gente siempre es amable, donde los problemas se arreglan hablando y tomando una cervecita, donde no se le guarda rencor a nadie y donde nadie se molesta por tonterías, donde hasta de lo malo se saca un chiste, donde besamos y abrazamos muchísimo, donde expresamos con cariño nuestros sentimientos, donde hay hermosas playas, ríos, selvas, montañas, nieve, llanos, sabana y desierto, un país de gente bella, cariñosa y alegre donde se mezclaron armoniosamente las razas, donde el extranjero se siente en casa y donde siempre encontramos cualquier motivo para celebrar con los amigos. Nací y crecí en VENEZUELA, me siento orgulloso de ser venezolano y seguiré manteniendo mi espíritu venezolano en cualquier lugar del mundo”
¡NO TE RINDAS!
♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥ Si la angustia te seca, si la ansiedad te asfixia, si la tristeza te ahoga, si el pesimismo te ciega... llora, grita, comunícate, exterioriza tu dolor.... pero JAMÁS te rindas.
Levanta tu mirada, respira hondo... ¡LUCHA..! amig@...lucha ... PORQUE Sí hay salida. Sí hay sentido. Sí hay ESPERANZA. Levanta tus manos y pide ayuda.
No te des por vencid@...y poco a poco verás La Luz. NO te rindas amig@, lucha. NO ESTÁS SOL@.
PORQUE VERÁS QUE SÍ VALIÓ LA PENA... ♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥
LA FUERZA INVENCIBLE DE LA FE
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
"Ya veis que no soy un pesimista, ni un desencantado, ni un vencido, ni un amargado por derrota alguna. A mí no me ha derrotado nadie, y aunque así hubiera sido, la derrota sólo habría conseguido hacerme más fuerte, más optimista, más idealista, porque los únicos derrotados en este mundo son los que no creen en nada, los que no conciben un ideal, los que no ven más camino que el de su casa o su negocio, y se desesperan y reniegan de sí mismos, de su patria y de su Dios, si lo tienen, cada vez que le sale mal algún cálculo financiero o político de la matemática de su egoísmo.
¡Trabajo va a tener el enemigo para desalojarme a mi del campo de batalla! El territorio de mi estrategia es infinito, y puedo fatigar, desconcertar, desarmar y doblegar al adversario, obligándolo a recorrer por toda la tierra distancias inmensurables, a combatir sin comer, ni beber, ni tomar aliento, la vida entera; y cuando se acabe la tierra, a cabalgar por los aires sobre corceles alados, si quiere perseguirme por los campos de la imaginación y del ensueño. Y después, el enemigo no podrá renovar su gente, por la fuerza o por el interés., que no resisten mucho tiempo, y entonces, o se queda solo, o se pasa al amor, que es mi conquista, y se rinde con armas y bagajes a mi ejército invisible e invencible...."
(Fragmento de una página del discurso de Joaquín V. González "La universidad y alma argentina" 1918). ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
COMBATE Y DENUNCIA A LOS PEDÓFILOS (PEDERASTAS)
SEÑOR, TE PEDIMOS QUE PROTEJAS A L@S NIÑ@S, TE LO PEDIMOS EN EL NOMBRE DE JESÚS. AMÉN. ¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeñitos! Mejor le fuera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos....... Lc 17,1-2 -- ÚNETE Y DENUNCIA --
SI LOS MEDIOS CALLAN, EL PUEBLO GRITA...
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EL SENTIDO COMÚN ES IMPRESCINDIBLE PARA EL BIEN COMÚN Y PARTICULAR
SOMOS ANTI-OBSOLESCENCIA: NUESTRA CALIDAD TIENE VALOR
OBSOLESCENCIA ES LA planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, nos conduce al CONSUMISMO exacerbado, por culpa de algo evitable, destruimos recursos, planeta y dinero por algo que podríamos tener durante mucho tiempo.