EL Rincón de Yanka: octubre 2017

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martes, 31 de octubre de 2017

EL MITO DE LA CAVERNA DE PLATÓN: IMPRESCINDIBLE

El mito de la caverna de Platón, 

El mito de la caverna de Platón es una de las grandes alegorías de la filosofía idealista que tanto ha marcado la manera de pensar de las culturas de Occidente.

Entenderla significa conocer los estilos de pensamiento que durante siglos han sido los dominantes en Europa y América, así como los fundamentos de las teorías de Platón. Veamos en qué consiste.

Platón y su mito de la caverna
Este mito es una alegoría de la teoría de las ideas propuesta por Platón, y aparece en los escritos que forman parte del libro La República. Se trata, básicamente, de la descripción de una situación ficticia que ayudaba a entender el modo en el que platón concebía la relación entre lo físico y el mundo de las ideas, y cómo nos movemos a través de ellos.

Platón empieza hablando sobre unos hombres que permanecen encadenados a las profundidades de una caverna desde su nacimiento, sin haber podido salir de ella nunca y, de hecho, sin la capacidad de poder mirar hacia atrás para entender cuál es el origen de esas cadenas.

Así pues, permanecen siempre mirando a una de las paredes de la caverna, con las cadenas aferrándolos desde atrás. Detrás de ellos, a una cierta distancia y colocada algo por encima de sus cabezas, hay una hoguera que ilumina un poco la zona, y entre ella y los encadenados hay un muro, que Platón equipara a las artimañas que realizan los tramposos y los embaucadores para que no se noten sus trucos.

Entre el muro y la hoguera hay otros hombres que llevan con ellos objetos que sobresalen por encima del muro, de manera que su sombra es proyectada sobre la pared que están contemplando los hombres encadenados. De este modo, ven la silueta de árboles, animales, montañas a lo lejos, personas que vienen y van, etc.

Luces y sombras: la idea de vivir en una realidad ficcionada
Platón sostiene que, por estrambótica que pueda resultar la escena, esos hombres encadenados que describe se parecen a nosotros, los seres humanos, ya que ni ellos ni nosotros vemos más que esas sombras falaces, que simulan una realidad engañosa y superficial. Esta ficción proyectada por la luz de la hoguera los distrae de la realidad: la caverna en la que permanecen encadenados.

Sin embargo, si uno de los hombres se liberase de las cadenas y pudiese mirar hacia atrás, la realidad le confundiría y le molestaría: la luz del fuego haría que apartase la mirada, y las figuras borrosas que pudiese ver le parecerían menos reales que las sombras que ha visto toda la vida. Del mismo modo, si alguien obligase a esta persona a caminar en dirección a la hoguera y más allá de ella hasta salir de la caverna, la luz del sol aún le molestaría más, y querría volver a la zona oscura.

Para poder captar la realidad en todos sus detalles tendría que acostumbrarse a ello, dedicar tiempo y esfuerzo a ver las cosas tal y como son sin ceder a la confusión y la molestia. Sin embargo, si en algún momento regresase a la caverna y se reuniese de nuevo con los hombres encadenados, permanecería ciego por la falta de luz solar. Del mismo modo, todo lo que pudiese decir sobre el mundo real sería recibido con burlas y menosprecio.

El mito de la caverna en la actualidad
Como hemos visto, el mito de la caverna reúne una serie de ideas muy comunes para la filosofía idealista: la existencia de una verdad que existe independientemente de las opiniones de los seres humanos, la presencia de los engaños constantes que nos hacen permanecer lejos de esa verdad, y el cambio cualitativo que supone acceder a esa verdad: una vez se la conoce, no hay marcha atrás.

Estos ingredientes se pueden aplicar también al día a día, concretamente a la manera en la que los medios de comunicación y las opiniones hegemónicas moldean nuestros puntos de vista y nuestra manera de pensar sin que nos demos cuenta de ello. Veamos de qué manera las fases del mito de la caverna de Platón pueden corresponderse con nuestras vidas actuales:

1. Los engaños y la mentira
Los engaños, que pueden surgir de una voluntad de mantener a los demás con poca información o de la falta de progreso científico y filosófico, encarnaría el fenómeno de las sombras que desfilan por la pared de la caverna.

2. La liberación
El acto de liberarse de las cadenas serían los actos de rebeldía que solemos llamar revoluciones, o cambios de paradigma. Por supuesto, no es fácil rebelarse, ya que el resto de la dinámica social va en sentido contrario. En este caso no se trataría de una revolución social, sino de una individual y personal.


3. La ascensión

La ascensión a la verdad sería un proceso costoso e incómodo que implica desprenderse de creencias muy arraigadas en nosotros.


Platón tenía en cuenta que el pasado de las personas condiciona el modo en el que experimentan el presente, y por eso asumía que un cambio radical en la manera de entender las cosas tenía que acarrear necesariamente malestar e incomodidad. De hecho, eso es una de las cosas que quedan claras en su forma de ilustrar ese momento mediante la idea de alguien que trata de salir de una cueva en vez de permanecer sentado y que, al llegar al exterior, recibe la luz cegadora de la realidad.

4. El retorno
El retorno sería la última fase del mito, que consistiría en la difusión de las nuevas ideas, que por chocantes pueden generar confusión, menosprecio u odio por poner en cuestión dogmas básicos que vertebran la sociedad.

Sin embargo, como para Platón la idea de la verdad estaba asociada al concepto de lo bueno y el bien, la persona que haya tenido acceso a la realidad auténtica tiene la obligación moral de hacer que el resto de personas se desprendan de la ignorancia, y por lo tanto ha de difundir su conocimiento.

Esta última idea hace que el mito de la caverna de Platón no sea exactamente una historia de liberación individual. Es una concepción del acceso al conocimiento que parte de una perspectiva individualista, eso sí: es el individuo el que, por sus propios medios, accede a lo verdadero mediante una lucha personal contra las ilusiones y los engaños, algo frecuente en los enfoques idealistas al fundamentarse en premisas del solipsismo. Sin embargo, una vez el individuo ha alcanzado esa fase, debe llevar el conocimiento al resto.

Eso sí, la idea de compartir la verdad con los demás no era exactamente un acto de democratización, tal y como la podríamos entender hoy día; era, simplemente, un mandato moral que emanaba de la teoría de las ideas de Platón, y que no tenía por qué traducirse en una mejora de las condiciones materiales de vida de la sociedad.






Platón

Remontarse a muchos de los pilares de la estructura de nuestro pensamiento, de nuestra forma actual de ver el mundo, es remontarse a Platón. 

El primer filósofo, el de las anchas espaldas, aquel que llevó en sus libros la historia y la figura del gran Sócrates logrando que no se perdiera en el olvido del tiempo. Hoy en El Abrazo del Oso conoceremos al hombre y su pensamiento. A través de sus mitos, muchos y muchas quizá aprendimos a plantearnos las preguntas adecuadas. 

Aprendimos a darle forma a nuestro viaje por la vida y a nuestro deseo por descubrir de qué estaba conformada. Aprendimos a preguntarnos cosas y a disfrutar con ello. Quizá gracias a Platón muchos y muchas salimos de la caverna y nos subimos a un carro alado para darle sentido a esa búsqueda que dura para siempre y que tanto nos hace disfrutar. Hoy nos asomamos a los albores de la filosofía, seguro que le vamos a sacar mucho partido. Programa originalmente emitido en OMC Radio el 15 de octubre de 2017.



lunes, 30 de octubre de 2017

💀🎃 FRANCISCO ABUÍN FERREIRO: El sepulturero que lo sabe y lo escribe todo de los muertos

FRANCISCO ABUÍN FERREIRO: 
El sepulturero que lo sabe  
y lo escribe todo de los difuntos
💀🎃

Aprende cada día de quienes están enterrados; investiga los logros de las personas más ilustres y redacta sus historias.




«Aquí hai vida por todas partes». Lo dice así, Francisco Abuín Ferreiro, sepulturero de Pontevedra, Galicia, en medio del cementerio de San Mauro, en una mañana de sol a rabiar en la que la cercanía del día de Difuntos convierte el camposanto en un ir y venir de vecinos armados de cepillo y escoba para adecentar tumbas. Lo dice así y uno cree que se refiere a ese zafarrancho de limpieza que está presenciando. Pero no. Francisco Abuín es más profundo. Él ve vida en San Mauro aunque no haya nadie caminando por la necrópolis; ve vida cuando, en un día cualquiera del año, trabaja con las tumbas como únicas compañeras. 

La rica y heterogénea iconografía funeraria del cementerio de San Mauro. Un gato republicano, San Borondón y una iglesia abierta a todas las religiones destacan en la necrópolis municipal, contruida en 1879, así como los mausoleos construidos con mármol de Carrara.

¿Cómo puede ser eso? 
Lo explica citando a un autor al que nunca se cansa de leer:
«Gabriel García Márquez dicía que se ves a vida dende a morte descobres moitas cousas. E iso pásame a min. Estou aquí e aprendo cada día. Aprendo das persoas que son enterradas, moitas delas con vidas fascinantes, e aprendo a gozar do momento, a non perder o tempo xamais. A gozar de cousas tan sinxelas como o feito de que brille o sol cada día. ¿Paréceche que iso non é vida?», dice. Así, con Gabo como guía, empieza la visita al cementerio con Francisco. Él no es capaz de hablar estándose quieto. Necesita enseñar lo que hay detrás de cada panteón. Se para casi, casi en cada uno, sobre todo en la zona más antigua. Como un guía que enseña una ciudad al visitante, define arquitectónicamente cada tumba. Y, como un filántropo, trae al recuerdo a cada difunto.
«Aquí, no panteón dos Durán, está un home que veu embalsamado dende Cuba e doou no seu día o mármore de Carrara que ten a Virxe da Peregrina», cuenta. 

Sus ficheros
Es entonces cuando, para cerciorarse de la fecha de la muerte del señor Durán, uno se fija que coge su móvil, teclea, rebusca y enseguida encuentra el dato. No consultó Google. Resulta que Francisco lleva seis años compilando la historia de los muertos más ilustres de Pontevedra, buceando entre datos y haciéndoles homenajes de su puño y letra, que luego digitaliza. Así que ahora tiene un auténtico fichero.«Aprendín tanto deles...», dice con emoción.Ahí cuenta las vicisitudes de la vida de personajes pontevedreses como Alexandre Bóveda, cómo el entierro de Indalecio Armesto -que fuera presidente de la Diputación-, en la parte civil del cementerio se convirtió en una multitudinaria concentración de vecinos o rescata versos de Daría González. Pero también descubre a muchos anónimos.

«Escribín a historia dun home brasileiro que aínda segue vindo a visitar moi a miúdo a tumba da súa muller. Eles encontraron o amor no Amazonas, e tivéronse un ao outro para sempre», explica. El componedor de historias que es Francisco no deja fácilmente que uno componga la suya. Le cuesta dar datos. Pero acaba mirando en sí mismo. Nació en Ribadavia, en el barrio judío. Era hijo de un cantero y en sus genes venía el amor por la cultura del vino que define a su tierra ourensana. Él, que se enamoró de una maestra pontevedresa, trabajó desde bien joven en contacto con la muerte. Lo hizo, primero, en una fábrica de ataúdes. Luego, ya en Pontevedra, tuvo oficios dispares, pero todos con cierto aire distinto. Trabajó un tiempo en el campo de golf de A Toxa. Y, virtuoso de la carpintería y la pintura en madera como es, incluso dio clase de ebanistería en la cárcel de A Lama. Le quedó bien claro lo que vale «a liberdade».

Profesor en la cárcel
Acostumbrado a empaparse de historias, de la prisión se llevó algunas con él: 
«Recordo a un rapaz que levaba atracando bancos dende que era un adolescente... A esas persoas non podes ir alí contándolles unha milonga. O único que podía facer era demostrarlles que non era mal tipo e que podiamos pasar un rato agradable». Hace ocho años, salieron unas plazas de sepulturero y ni se lo pensó. Dice que no encontró un puesto de trabajo, que es mucho más que eso: 

«Isto é un oficio. 
A min cambioume a forma de entender a vida. É un orgullo enterrar aos teus veciños», señala con rotundidad. 
Seguimos recorriendo el cementerio. Continúa hablando de personajes ilustres. Cita ahora a Riestra, «gran benefactor». Y, fiel a su estilo, departe sobre la generosidad. Es citar esa palabra y que se le venga a la cabeza su personaje favorito:

«Eu non entendo o mundo sen Don Quijote.
Se por algo me sinto español é por el. Estou convencido de que se alguén ao que lle gustan as letras chega ao ceo sen ler a principal obra de Cervantes mándano de volta para abaixo, iso está claro. Eu necesito lelo a cada paso», cuenta. 
Uno le escucha, constata su entusiasmo y locuacidad, y hasta cree reconocer en él algún parecido con el hidalgo de la Mancha. Él no ve gigantes por molinos. Pero sí mucha vida donde otros solo observarían muerte. Todo un logro, desde luego. 

Su faceta poética 
Lo habitual es que Francisco compile en prosa datos curiosos sobre los personajes ilustres enterrados en San Mauro. Pero a veces también escribe poesía. Tiene una que habla sobre el cementerio civil, donde de cuando en vez un gato se empeña en colarse.

También escribió otra sobre una historia de amor que le llevó al alma. E incluso tiene versos cuyos protagonistas son la capilla que hay en el camposanto. 
«Non escribo moito, pero de vez en cando sáeme de dentro», dice sosteniendo uno de sus poemas.
Entre los visitantes que frecuentan a diario el camposanto de San Mauro se encuentra uno que no es humano. Es un gato, que ha encontrado en la zona del cementerio civil (que está plenamente integrada en el conjunto) un lugar que le resulta propicio para ponerse a la sombra o tomar el sol con la plena seguridad de que no habrá nadie que le moleste. 

El "gato republicano", como lo ha bautizado Francisco Abuín Ferreiro, no falta nunca a la visita diaria que efectúa a las tumbas de ilustres personajes de las familias Poza, Bóveda o Armesto. 
El propio supulturero le ha dedicado un verso al felino: 
"O gato do civil é republicano, na dos Poza toma o sol, ao fresco con Armesto, con Bóveda fai a cama e despois escapa pola porta republicana", señala en la composición poética, en la que se refiere a que el minino, después de la visita diaria, regresa a su hogar, situado en las inmediaciones del camposanto.

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Vivir aquí
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LUAR NA LUBRE - MEMORIA DA NOITE


Black Country Communion  

"Last Song For My Resting Place"

"La última canción para mi lugar de descanso"



LUAR NA LUBRE- ROMEIRO AO LONXE


EN EL PRESENTE. ENSAYOS POLÍTICOS DE HANNAH ARENDT




EN EL PRESENTE
ENSAYOS POLÍTICOS

HANNAH ARENDT


«Es muy posible que nos encontremos en uno de esos momentos históricos decisivos que separan toda una era de la siguiente. Para los contemporáneos que están enredados en las inexorables exigencias de la vida diaria, tal como lo estamos nosotros, las líneas divisorias entre épocas pueden resultar apenas visibles cuando se están cruzando; solo una vez traspasadas se convierten en muros que cortan de manera irremediable el pasado.»

«El fascismo ha añadido al viejo arte de mentir una nueva variante —la más diabólica—, la de mentir la verdad.»

«Mucho más decisivo que [las] consecuencias sociales y económicas [de la última crisis] es el hecho de que se haya permitido que las tácticas de las empresas publicitarias invadan nuestra vida política.»

«Es bien sabido que el más radical de los revolucionarios se volverá conservador al día siguiente de la revolución.»

Presentamos en este volumen una selección de ensayos en los que, con su lucidez y coraje característicos, Hannah Arendt reflexiona sobre algunos de los acontecimientos políticos más relevantes que le tocó vivir desde su salida de Alemania en 1933 hasta su fallecimiento en los Estados Unidos en 1975. El drama de los refugiados, las secuelas del régimen nazi, los orígenes de la Unión Europea, los conflictos raciales de los años cincuenta, la desobediencia civil de la década siguiente, el caso Watergate y el uso de la mentira en política: estos y otros asuntos son abordados por la autora, quien al mismo tiempo arroja luz sobre nuestro presente.
Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) es una de las figuras más relevantes de la teoría política del siglo XX, que alcanzó notoriedad por su análisis de la cuestión judía y del totalitarismo.
Nacida en el seno de una familia de origen judío, estudió Filosofía, Teología y Filología Griega en las universidades de Marburgo, Friburgo y Heidelberg, donde fue alumna de Martin Heidegger, Rudolf Bultmann, Edmund Husserl y Karl Jaspers. Dirigida por este último, se doctoró en Filosofía en 1928 con la tesis El concepto de amor en san Agustín.

En 1933, tras el ascenso del nazismo, se exilió en París, y en 1941 se estableció definitivamente en los Estados Unidos, donde ejerció la docencia en las universidades de Chicago y de Princeton y en la New School for Social Research de Nueva York.

Entre sus obras destacan Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963), Entre el pasado y el futuro (1961), Sobre la revolución (1963), Hombres en tiempos de oscuridad (1968), Sobre la violencia (1970), Crisis de la república (1972) y, editada póstumamente por Mary McCarthy, La vida del espíritu (1978).

NOSOTROS, LOS REFUGIADOS 
(1943)


En primer lugar, no nos gusta que nos llamen «refugiados». Nosotros nos llamamos unos a otros «recién llegados» o «inmigrantes». Nuestros periódicos se dirigen a «norteamericanos de lengua alemana», y, que yo sepa, los perseguidos por Hitler jamás han creado ningún club cuyo nombre indique que sus miembros son refugiados. Un refugiado solía ser una persona obligada a buscar refugio a causa de sus actos o de sus opiniones políticas. Pues bien, es cierto que tuvimos que buscar refugio, pero no habíamos cometido acto delictivo alguno, y la mayoría ni siquiera en nuestros sueños habíamos albergado una opinión política radical. 

Con nosotros, el significado del término refugiado ha sufrido un cambio: refugiados son ahora aquellos que han tenido la desgracia de llegar a un país nuevo sin contar con medios de subsistencia y han necesitado recurrir a los comités de ayuda. Antes del estallido de la guerra, el término nos gustaba aún menos. Hicimos todo lo posible para demostrar a los demás que no éramos sino inmigrantes comunes. Afirmábamos que habíamos partido por propia voluntad hacia países que nosotros habíamos elegido, y negábamos que nuestra situación tuviera algo que ver con los «llamados problemas judíos». Sí, éramos «inmigrantes» o «recién llegados» que un buen día habíamos dejado nuestro país porque ya no nos convenía quedarnos, o bien por razones puramente económicas. 

Queríamos rehacer nuestras vidas, eso era todo. Y para rehacer la propia vida es necesario ser fuerte y optimista. Así que somos muy optimistas. En efecto, aunque seamos nosotros mismos quienes lo decimos, nuestro optimismo es admirable. Finalmente, la historia de nuestra lucha ha llegado a conocerse. Perdimos nuestro hogar, es decir, la familiaridad de la vida cotidiana. Perdimos nuestra ocupación, esto es, la confianza de ser útiles en este mundo. Perdimos nuestra lengua, lo cual quiere decir que perdimos la naturalidad de nuestras reacciones, la simplicidad de los gestos, la sincera expresión de los sentimientos. Dejamos a nuestros parientes en los guetos polacos y nuestros mejores amigos han sido asesinados en los campos de concentración, lo que significa que nuestras vidas privadas se han roto. Sin embargo, tan pronto como fuimos rescatados —y la mayoría de nosotros lo fuimos varias veces— empezamos nuestras nuevas vidas y tratamos de seguir tan fielmente como nos fue posible todos los consejos de nuestros salvadores. 

Se nos dijo que olvidásemos, y así lo hicimos, con mayor rapidez de la que cualquiera podría imaginar. De manera amistosa, se nos recordó que el nuevo país se convertiría en un nuevo hogar, y tras cuatro semanas en Francia o seis semanas en los Estados Unidos pretendíamos ser franceses o norteamericanos. Los más optimistas entre nosotros incluso afirmaban que habían pasado su vida anterior en una especie de exilio inconsciente, y que solo ahora, gracias a su nuevo país, descubrían lo que es un verdadero hogar. 

Es cierto que a veces planteamos objeciones cuando se nos dice que olvidemos nuestro trabajo anterior, y que es difícil renunciar a nuestros ideales anteriores si está en juego nuestra posición social. Ahora bien, por lo que respecta al idioma, no hemos encontrado dificultades: después de un año, los optimistas están convencidos de que hablan inglés tan bien como su lengua materna, y pasados dos años juran solemnemente que lo hablan mejor que cualquier otra lengua —apenas recuerdan ya el idioma alemán. Para poder olvidar más eficazmente, preferimos evitar cualquier alusión a los campos de concentración o de internamiento que conocimos en casi todos los países europeos —mencionar eso podría interpretarse como pesimismo o falta de confianza en la nueva patria—. Además, ¿cuántas veces nos han dicho que a nadie le gusta oír hablar de ello? El infierno ya no es una creencia religiosa ni una fantasía, sino algo tan real como las casas, las piedras y los árboles. Según parece, nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos: 

aquellos que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos. Ni siquiera entre nosotros hablamos de ese pasado. En lugar de ello, hemos encontrado nuestra propia forma de afrontar un futuro incierto. Ya que todo el mundo planea, desea y espera, hacemos lo mismo. Pero, además de compartir esa actitud humana general, intentamos aclarar el futuro de modo más científico. Después de tanta mala suerte, queremos un rumbo completamente seguro. Por lo tanto, dejamos atrás la tierra y todas sus incertidumbres, y dirigimos nuestra mirada al cielo. Las estrellas nos dicen —mejor de lo que lo hacen los periódicos— cuándo será derrotado Hitler y cuándo nos convertiremos en ciudadanos norteamericanos. 

Creemos que dichas estrellas son consejeras más dignas de confianza que todos nuestros amigos; ellas nos dicen cuándo debemos compartir mesa con nuestros benefactores y cuál es el día más propicio para rellenar uno de esos incontables cuestionarios que nos acompañan en nuestra vida presente. Pero a veces ni siquiera nos fiamos de las estrellas, y recurrimos a la lectura de la mano o a la grafología. Así, averiguamos poco sobre los acontecimientos políticos pero mucho sobre nuestro querido yo, a pesar de que el psicoanálisis ha pasado de moda. Aquellos tiempos felices en que las damas y los caballeros de la alta sociedad, para combatir el aburrimiento, conversaban sobre las geniales travesuras de su tierna infancia son cosa del pasado. Ya no necesitan historias de fantasmas, lo que ahora les estremece son las experiencias reales. Ya no hay necesidad de hechizar el pasado, pues bastante hechizado está el presente. Por lo tanto, a pesar de nuestro proclamado optimismo, recurrimos a todo tipo de trucos mágicos para convocar a los espíritus del futuro. 

Desconozco qué recuerdos y qué pensamientos habitan en nuestros sueños nocturnos, y no me atrevo a pedir información, ya que yo también preferiría ser una optimista. Sin embargo, a veces imagino que, al menos durante la noche, pensamos en nuestros muertos o recordamos los poemas que una vez nos entusiasmaron. Incluso podría comprender que nuestros amigos de la Costa Oeste, durante el toque de queda, alberguen curiosas ideas que les hagan creer que no solo somos «ciudadanos potenciales», sino también, en el presente, «enemigos extranjeros». A la luz del día, cómo no, solo somos enemigos «técnicamente» —todos los refugiados lo sabemos—. 

Ahora bien, cuando razones técnicas te impiden dejar tu casa durante las horas de oscuridad, no es fácil evitar las oscuras especulaciones sobre la relación entre lo técnico y la realidad. Algo va mal con nuestro optimismo. Entre nosotros hay curiosos optimistas que, después de pronunciar un montón de discursos plagados de dicho optimismo, vuelven a casa y hacen un uso peculiar del gas o de la altura de un rascacielos. Parecen demostrar que nuestro proverbial buen humor se basa en una peligrosa predisposición a la muerte. Educados en la convicción de que la vida es el más alto bien y la muerte la mayor desgracia, nos hemos convertido en testigos y víctimas de un terror peor que el de la muerte —y sin haber sido capaces de descubrir un ideal más elevado que la vida—. 

Así pues, aunque para nosotros la muerte ha perdido su horror, no hemos tenido ni la voluntad ni la capacidad de arriesgar nuestras vidas por una causa. En lugar de luchar —o de pensar en cómo ser capaces de devolver los golpes—, los refugiados nos hemos acostumbrado a desear la muerte de amigos o parientes; cuando alguien muere, nos alegramos al imaginar todo el sufrimiento del que se ha librado. Al final, muchos terminamos por desear también para nosotros el ahorrarnos sufrimiento, y actuamos en consecuencia. Desde 1938 —desde que Hitler invadió Austria— hemos visto con qué rapidez el elocuente optimismo puede transformarse en mudo pesimismo. Conforme iba pasando el tiempo, nos pusimos peor —nos volvimos aún más optimistas y más propensos al suicidio—. 

Bajo el gobierno de Schuschnigg, los judíos austriacos eran personas tan alegres que todos los observadores imparciales los admiraban. Resultaba sorprendente ver cuán convencidos estaban de que nada podía sucederles. Sin embargo, cuando las tropas alemanas invadieron el país y los vecinos gentiles empezaron a causar disturbios en las casas judías, los judíos austríacos empezaron a suicidarse. A diferencia de otros suicidas, nuestros amigos no dejan explicación alguna de su acto, ninguna acusación, ningún cargo contra un mundo que ha forzado a un hombre desesperado a hablar y a comportarse con alegría hasta el último día de su vida. Las cartas que nos dejan son documentos convencionales, carentes de importancia. Por lo tanto, los discursos fúnebres que pronunciamos ante sus tumbas abiertas son breves, y están llenos de vergüenza y esperanza. Nadie se preocupa por los motivos, pues a todos nos parecen claros. 

Hablo de una realidad incómoda; y empeora las cosas el hecho de que, para probar mi punto de vista, no disponga de los únicos argumentos que hoy en día impresionan a la gente: las cifras. Por lo que se refiere a estas, incluso aquellos judíos que niegan de forma vehemente la existencia del pueblo judío nos conceden bastantes probabilidades de sobrevivir: ¿de qué otro modo podrían probar que solo unos pocos judíos son criminales, y que muchos judíos están muriendo en esta guerra como buenos patriotas? Gracias a sus esfuerzos por salvar la vida estadística del pueblo judío, sabemos que este tiene la tasa más baja de suicidios de todas las naciones civilizadas. 

Estoy bastante segura de que esas cifras ya no son correctas, y si bien no puedo probarlo con nuevos datos, ciertamente puedo hacerlo con nuevas experiencias. Esto podría ser suficiente para aquellos espíritus escépticos que nunca estuvieron demasiado convencidos de que la medida del cráneo de una persona da una idea exacta de su contenido, o de que las estadísticas de delitos indican el nivel exacto de la ética nacional. En cualquier caso, dondequiera que los judíos europeos estén viviendo hoy, ya no se comportan según las leyes estadísticas. Los suicidios se producen no solo entre quienes son presa del pánico en Berlín y Viena, en Bucarest o París, sino también en Nueva York y Los Ángeles, en Buenos Aires y Montevideo. En cambio, cuando se trata de los suicidios en los guetos y en los campos de concentración, sabemos muy poco al respecto. Es cierto que teníamos muy poca información sobre Polonia, pero hemos estado bastante bien informados sobre los campos de concentración alemanes y franceses. 

En el campo de Gurs, por ejemplo, donde tuve la oportunidad de pasar algún tiempo, solo oí hablar de suicidio en una ocasión, y se trataba de la propuesta de una acción colectiva, aparentemente un tipo de protesta para hacer reaccionar a los franceses. Cuando algunos de nosotros objetamos que, en cualquier caso, nos habían enviado allí «pour crever», 1 el estado de ánimo general se convirtió de forma repentina en una apasionada voluntad de vivir. Predominantemente, se pensaba que si uno todavía era capaz de interpretar la situación como un caso de mala suerte personal e individual, y en consecuencia terminaba con su propia vida de forma personal e individual, tenía que tratarse de alguien anormalmente asocial y despreocupado de los acontecimientos generales. Pero esas mismas personas, tan pronto como volvieron a sus propias vidas individuales y tuvieron que hacer frente a problemas igualmente individuales, se entregaron una vez más a ese insensato optimismo que raya en la desesperación. Somos los primeros judíos no religiosos que sufren la persecución —y somos los primeros que, no solo in extremis, respondemos con el suicidio—. 

Quizás estén en lo cierto los filósofos que enseñan que el suicidio es la última y suprema garantía de la libertad humana: no siendo libres para crear nuestras vidas ni el mundo en que vivimos, lo somos no obstante para tirar nuestra vida por la borda y abandonar este mundo. Ciertamente, los judíos piadosos no pueden alcanzar esta libertad negativa; entienden el suicidio como un asesinato, es decir, como la destrucción de lo que el hombre no puede nunca producir, como una interferencia en los derechos del Creador. Adonai nathan veadonai lakach («El Señor lo da, el Señor lo quita»); y tal vez añadan: baruch shem adonai («bendito sea el nombre del Señor»). Para ellos, el suicidio, al igual que el asesinato, significa un ataque blasfemo a la creación en su conjunto. El hombre que se quita la vida afirma que no merece la pena vivirla y que el mundo no es digno de albergarlo. Ahora bien, nuestros suicidas no son locos rebeldes que lanzan un desafío a la vida y al mundo, no intentan matar en sí mismos al universo entero. La suya es una forma silenciosa y modesta de desaparecer, y parecen disculparse por la violenta solución que han encontrado para sus problemas personales. 

En su opinión, los acontecimientos políticos no tienen en general nada que ver con el destino individual; ellos creen únicamente en su personalidad, tanto en los buenos como en los malos tiempos. Y ahora encuentran en sí mismos unas misteriosas carencias que les impiden seguir adelante. Dado que desde su más temprana infancia han creído que tienen derecho a una determinada posición social, se ven como unos fracasados si no pueden seguir manteniendo dicha posición. Su optimismo es un vano intento de mantenerse a flote. Tras esa fachada entusiasta luchan contra sí mismos de forma desesperada, sin tregua. Finalmente, mueren de una especie de egoísmo. Si nos salvan nos sentimos humillados, y si recibimos ayuda nos sentimos degradados. Luchamos como locos por una existencia privada y un destino individual, ya que tenemos miedo de llegar a formar parte de ese miserable hatajo de schnorrers 2  a los que muchos de nosotros, antiguos filántropos, recordamos demasiado bien. Y así como en su día no logramos entender que el denominado schnorrer era un símbolo del destino judío y no un estúpido cenizo, hoy no creemos tener derecho a la solidaridad judía; somos incapaces de entender que no se trata de nosotros, sino del pueblo judío en su conjunto. Y a veces nuestros protectores han reforzado esta incapacidad de comprensión. 

Así, recuerdo al director de una gran institución benéfica de París que, siempre que recibía la tarjeta de un intelectual judío de origen alemán, con el inevitable título de «doctor» impreso en ella, solía exclamar «Herr Doktor, Herr Doktor, Herr Schnorrer, Herr Schnorrer!». La conclusión que extrajimos de tan desagradables experiencias fue bastante simple: ya no nos bastaba con tener el título de doctor, y aprendimos que para construir una nueva vida primero era necesario mejorar la anterior. Para describir nuestra conducta, se inventó un bonito cuento de hadas; según este, un triste perro salchicha exiliado, en su desolación, comienza a hablar: «Una vez, cuando yo era un san Bernardo…». 

Nuestros nuevos amigos, abrumados por tantas estrellas y famosos, apenas entienden que en el fondo de todas nuestras descripciones del pasado esplendor yace una simple verdad humana: hubo un tiempo en que éramos personas por quienes la gente se interesaba, teníamos amigos que nos querían y los caseros sabían que pagábamos regularmente el alquiler. Hubo un tiempo en que podíamos comprar nuestra comida y montar en el metro sin que nos llamaran indeseables. Nos hemos vuelto un poco histéricos desde que los periodistas empezaron a detectarnos y a decirnos públicamente que dejemos de ser desagradables cuando compramos la leche y el pan. Y nos preguntamos cómo es posible hacer eso que nos piden, pues ya nos comportamos con excesivo cuidado en cada aspecto de nuestra vida cotidiana con el objetivo de evitar que la gente adivine quiénes somos, qué clase de pasaporte tenemos, dónde fueron rellenados nuestros certificados de nacimiento —y que no le gustábamos a Hitler—. 

Hacemos todo lo que podemos para encajar en un mundo en el que tienes que adoptar una mentalidad política cuando vas a hacer la compra. En semejantes circunstancias, el san bernardo crece y crece. No puedo olvidar a aquel joven que, cuando se esperaba que aceptara un determinado tipo de trabajo, respondió: «Usted no sabe con quién está hablando; fui jefe de sección en Karstadt [unos grandes almacenes de Berlín]». Pero está también la profunda desesperación de aquel hombre de mediana edad que, después de hacer cola en innumerables comités de refugiados, finalmente exclamó: «¡Y nadie aquí sabe quién soy!». Dado que nadie lo trataba con la dignidad debida a un ser humano, comenzó a enviar telegramas a grandes personalidades y a los importantes contactos que tenía. Rápidamente descubrió que en este mundo insensato es mucho más fácil ser aceptado como un «gran hombre» que como un ser humano. 

Cuanto menos libres somos para decidir quiénes somos o vivir como nos gusta, más intentamos construir una fachada, esconder los hechos y representar un papel. Fuimos expulsados de Alemania porque éramos judíos, pero tan pronto como cruzamos la frontera francesa nos convirtieron en boches 3. Incluso nos dijeron que, si realmente estábamos en contra de las teorías raciales de Hitler, teníamos que aceptar que nos llamasen así. Durante siete años interpretamos el ridículo papel consistente en intentar ser franceses —o al menos futuros ciudadanos—; de todas formas, nada más comenzar la guerra fuimos internados como boches. Sin embargo, la mayoría de nosotros nos habíamos convertido efectivamente en unos franceses tan leales que ni siquiera podíamos criticar una orden del gobierno francés; así, declaramos que nos parecía bien que nos internasen. 

Fuimos los primeros prisonniers volontaires conocidos en la historia. Y después de que los alemanes invadieran el país, el gobierno francés tan solo tuvo que cambiar el nombre de la empresa; habíamos sido encarcelados por ser alemanes, y ahora no se nos liberaba porque éramos judíos. 


1. Para que reventásemos, para morir. (N. del T.)
2. Expresión yidis que significa pordiosero o gorrón. (N. del T.)
3. Expresión francesa con la que se designaba de forma despectiva a los alemanes. (N. del T.)








domingo, 29 de octubre de 2017

EL PACIENTE DE LA VENTANA

EL PACIENTE DE LA VENTANA

Dos hombres gravemente enfermos compartían habitación en el hospital. A uno de ellos le hacían estar recostado durante una hora al día sobre el respaldo para favorecer un drenaje. Su cama quedaba al lado de la única ventana del cuarto. La cama del otro paciente quedaba en el otro extremo, en parte de la puerta, por lo que no podía mirar por la ventana.

Los enfermos, en la medida en que su salud se lo permitía, pasaban horas conversando desde sus camas, compartiendo anécdotas sobre sus familias, el trabajo, amigos, viajes…

Todas las tardes, cuando los enfermeros sentaban al enfermo cercano a la ventana en su cama, este se pasaba toda la hora que duraba el tratamiento describiendo al otro lo que veía fuera. Durante aquel rato era cuando su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades del mundo exterior.

La ventana daba a un parque con un hermoso lago. Cisnes y patos jugaban en el agua mientras que los niños hacían volar sus cometas. Las parejas de enamorados paseaban de la mano entre las avenidas de flores. Al fondo, en el horizonte, podía divisarse la ciudad.

A medida que el hombre de la ventana describía todas estas escenas con exquisitos detalles, el hombre que compartía habitación con él cerraba los ojos y se las imaginaba. Desde hacía días, había comenzado a vivir de nuevo a través de las animadas escenas descritas por su amigo.

Una tarde, una banda de músicos con uniformes de vivos colores desfilaba por el parque atrayendo a todos los paseantes. Claro que la ventana cerrada impedía a los enfermos escuchar la música. Lástima, pero evidentemente y a juzgar por el entusiasmo de la gente descrito por el enfermo debían tocar bastante bien.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Una mañana, la enfermera llegó para lavar a los pacientes y encontró, con tristeza, el cuerpo sin vida del enfermo de la ventana, quien había muerto plácidamente mientras dormía. Seguidamente llamó a los celadores para que retirasen el cuerpo.

Tiempo después y tan pronto como le pareció oportuno, el otro enfermo pidió a la enfermera si podían desplazarlo al lugar de la ventana. Esperaba ver con sus propios ojos las coloridas imágenes que durante tantos días su amigo le había descrito.

La enfermera, contenta de poder proporcionarle ese servicio, le cambió de lugar y, en cuanto constató que el enfermo estaba cómodo, le dejó solo.

Lentamente este se deslizó en su cama hasta lograr incorporarse lo suficiente como para mirar a través de la ventana. Pero para su sorpresa, a pocos metros de ella, se interponía un enorme muro de hormigón blanco que no le permitía ver nada excepto la pared.

Contrariado, el enfermo preguntó más tarde a la enfermera qué había podido mover a su antiguo compañero de habitación a describirle todas aquellas maravillosas cosas que ocurrían a través de la ventana, si lo único que podía ver por la ventana era un muro. “Es imposible que viera nada de aquello”, contestó la enfermera, “su compañero era ciego y, evidentemente, no podía ni tan siquiera ver la pared de enfrente. Tal vez solo intentaba animarle”.

Nada nos cuesta hacer que el mundo de los demás sea maravilloso, si todos pensáramos así no cabe duda de que este mundo sería muy diferente.



sábado, 28 de octubre de 2017

DE LA SEDICIÓN A LA REBELIÓN, A LA TRAICIÓN Y A LA LESA PATRIA

Don Roberto Centeno González





Según el pensador y referencia de los repúblicos, Antonio García-Trevijano, en Cataluña es preciso declarar el estado de sitio en Cataluña, según el artículo 116.4 de la Constitución.


“Rajoy todo lo fía -dice Trevijano– a la aplicación del artículo 155 que es una tomadura de pelo, pues lo único que permite es que Rajoy ordene a Puigdemont que cese en la rebelión. La política defensiva de cualquier Estado no está encomendada al Código Penal, puesto que la jurisdicción penal no tiene la fuerza ni los conocimientos para acabar con problemas tan graves como la sedición, rebelión y traición. En todos los estados de Derecho hay medidas excepcionales para afrontarlos. 


En el caso de España es el estado de sitio, contemplado en el artículo 116.4 de la Constitución, que no dura mucho tiempo, pero que permite a la jurisdicción militar juzgar a los traidores y que se restituya -como pidió el Rey a Rajoy y éste lo ha ignorado totalmente- el orden constitucional”.


En relación con el jefe de los mossos, Josep Lluís Trapero, que se ha enfrentado a la Policía y a la Guardia Civil, “debe ser juzgado por un tribunal militar” y los 16.000 mossos disueltos como cuerpo y repartidos por otras unidades policiales.


El artículo 116.3 dice que "el estado de excepción será declarado por el Gobierno mediante decreto acordado en consejo de ministros, previa autorización del Congreso de los diputados". La proclamación del estado de excepción deberá determinar expresamente los efectos del mismo, el ámbito territorial a que se extiende, y su duración, que no podrá exceder de 30 días, prorrogables por otro plazo igual, con los mismos requisitos.

El apartado cuatro del mismo articulo de la CE establece que "el estado de sitio será declarado por la mayoría absoluta de Congreso de los diputados a propuesta exclusiva del Gobierno. El Congreso determinará su ámbito territorial, duración y condiciones. La diputación permanente del Congreso de los Diputados esta constitucionalmente legitimada para declarar los estados de excepción y de sitio".

La proclamación del estado de excepción deberá determinar expresamente los efectos del mismo, el ámbito territorial a que se extiende, y su duración

En el apartado cinco del mismo artículo 116 de la CE, se dice que "disuelto el Congreso o expirado su mandato, si se produjere algunas de las situaciones que dan lugar a dichos estados (alarma, excepción y sitio), las competencias del Congreso serán asumidas por su diputación permanente". Por lo tanto, la única medida hoy posible es la aprobación por la diputación permanente del Congreso de la declaración por el Gobierno de estado de excepción.

Pues no es necesario que se suspenda el ejercicio de los derechos individuales, basta con que se anulen y deroguen todos los acuerdos y resoluciones del Parlamento y de la Generalitat. Si cuando la huelga de controladores aéreos, los ministros Blanco y Rubalcaba consiguieron del Gobierno la declaración del estado de excepción, incluso con la intervención militar directa, ¿cómo no va a ser pertinente el estado de excepción en un asunto infinitamente mas grave cual es la sedición de Cataluña? Y si el estado de excepción no bastara para que el Gobierno acabara de raíz con la cuestión sediciosa, el Gobierno no tendría que dudar un segundo en añadir la declaración de estado de sitio.

Antonio García-Trevijano es jurista especializado 
en Derecho Constitucional.





LA BUFOTRAGEDIA CATALANA