EL Rincón de Yanka: EMIGRANTE

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domingo, 17 de mayo de 2026

ORACIÓN POR LOS EMIGRANTES Y EL CESE DEL SUFRIMIENTO Y "VERSITOS DEL EMIGRANTE" por NADIT LEÓN

ORACIÓN POR LOS EMIGRANTES Y EL CESE DEL SUFRIMIENTO

"Dios de la Vida, misericordia, mira a tus hijos que caminan con miedo, 
lejos de su tierra, buscando solo vivir y sostener a los suyos.
Acompaña a cada migrante que hoy huye, que se esconde, 
que espera una oportunidad. 

Calma los corazones endurecidos, 
detén la violencia, disipa el odio y la persecución.
Señor, te pedimos que la justicia camine de la mano de la compasión. 
Que las autoridades no olviden su humanidad y la vida sea siempre respetada.

Abraza a las familias que hoy lloran, 
especialmente a quienes han perdido a un ser amado. 
Dales consuelo y fortaleza.

Que llegue pronto un tiempo de paz, de diálogo y de respeto, 
donde nadie sea tratado como amenaza 
por el solo hecho de buscar un futuro.

Te encomendamos a los refugiados, 
desplazados y víctimas de trata. 
Tú, que eres el Dios de los pobres y humildes, 
acompaña a tus hermanos en este movimiento.

Jesús, tú que fuiste extranjero, 
acompaña a cada emigrante en los países lejanos, 
sé su refugio, esperanza y paz.

En ti confiamos, Amén."


Dejé mi casa y mi acento colgados en la memoria.
Me vine buscando historia y encontré viento y silencio.
El alma en desplazamiento, la raíz en otro suelo.
Y aunque me abrace este cielo que no sabe a lo que fui,
hay un país dentro de mí que no cabe en el desvelo.

Cargo la fe en la maleta y el miedo bien escondido.
Un sueño recién nacido y una pena que no aprieta.
La distancia es una grieta que no se deja coser.
Pero me obliga a crecer como árbol sin estación,
con la esperanza en la voz y el coraje de volver.

Soy extranjero en la acera, en la lengua y en la mirada.
Pero llevo mi jornada con dignidad verdadera.
No hay frontera que detenga lo que empuja el corazón 
ni papel ni condición que me quite lo vivido.
Porque aunque esté dividido, soy entera en mi razón.

No me fui por valentía, me fui porque no quedaba,
ni pan, ni fe, ni palabra que sostuviera mis días.
Ahora cargo la agonía de no ser de ningún lado,
con el corazón partido entre el ayer y el después,
soy mitad de lo que es y mitad de lo que he dejado.

Me fui porque me empujaron con hambre, miedo y censura.
No fue pura aventura. Fue un país que me negaron.
Mis pasos no desertaron. Fue la tierra la que hirió.
Fue la historia que torció mi derecho a quedarme, 
y ahora quieren llamarme el que su patria vendió. 

No soy cifra ni expediente, ni mano de obra barata, 
soy la herida que retrata lo que oculta el dirigente, 
y aunque... levante otro trecho y me acostumbre al extraño, 
no se domestica el daño ni se olvida lo deshecho. 

Yo no traicioné el derecho de quedarme y resistir, 
pero no es vivir sufrir sin futuro ni salida, 
y a veces, salvar la vida,  también es saber huir. 


martes, 5 de mayo de 2026

LIBRO "VOLVER A CUÁNDO": LA GRAN NOVELA SOBRE LA VENEZUELA DEL POSCHAVISMO Y SUS EMIGRANTES por María Elena Morán

VOLVER A CUÁNDO


Hoy es más grande tu hambre, 
uno menos la comparte. 
ALÍ PRIMERA
Un hombre libre, cuando fracasa, 
no culpa a nadie. 
JOSEPH BRODSKY

PREMIO DE NOVELA CAFÉ GIJÓN 2022

La gran novela sobre la Venezuela del poschavismo y sus emigrantes.
Una nueva voz que vale la pena leer.
«Una novela de enorme envergadura literaria sobre la inmigración venezolana».
Diego Gándara, La Razón

La vida en la revolución fue bonita mientras fue promesa. Luego vinieron los fracasos, los del país y los propios. Cuando Nina pidió el divorcio, Camilo no solo se separó de ella, sino también de su hija Elisa: o eran los tres o no eran. En 2018, mientras Camilo ve pasar la crisis por la ventana, Nina es atropellada por ella. Su padre, el país y la revolución parecen haber muerto al mismo tiempo. Después de que Nina se va para Brasil, dejando a Elisa con la abuela, Camilo reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina es apenas una réplica íntima del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien.

Mediante un excelente dominio de los tiempos, la acción y la estructura del relato por medio de las diversas voces narrativas, la novela se ciñe a la narrativa moderna inaugurada por Flaubert en La educación sentimental, donde por primera vez se integró la Historia en el conflicto personal del protagonista. Con una escritura coloquial de gran musicalidad y hallazgos expresivos muy sugerentes, Volver a cuándo habla, a través del drama de una familia afectada por las consecuencias sociales del poschavismo, de cómo sobreviven —y en qué condiciones— los ideales y las esperanzas de la gente en el campo de minas de la realidad.

Volver a cuándo 

«Enloquecer es privilegio de los que tienen tiempo». 

Los desengaños pueden ser tan grandes como las promesas rotas que los provocan. Eso fue para Nina la revolución libertaria y democrática por la que había luchado tanto tiempo y que había terminado por trasmutar en una colección de falsos eslóganes y podios en los que ya no podía creer. En aquella Venezuela de 2018, los fracasos del país parecían ir parejos a los de Nina… La separación de Camilo, la muerte de Raúl, su padre, la inflación del 130%, la falta de comida… La crisis social, política y personal inunda cada rincón de su vida. El país y la revolución, al igual que su padre, parecen haber muerto. Solo queda salir de allí. 

«Tenía que haber otro Brasil más parecido al Brasil que su padre les había metido en el sueño a ella, a Elisa y a Graciela, que nunca quisieron soñar el sueño norteamericano porque el sur las imantaba a su suelo con una gravedad tan física como histórica; tenía que haber otro Brasil donde cupieran ella, sus mujeres y sus futuros, uno que empezaría en el momento en que ella se atreviera a pedir carona junto con los otros pocos que habían huido para el monte a esconderse mientras pasaba el aspaviento». 

Cuando Nina se divorció lo hizo con todas las consecuencias. Y su hija, Elisa, daba también la impresión de haber firmado aquel divorcio: su padre había sido tajante, «están conmigo o sin mí», una amenaza que, contrariamente a todas sus promesas, sí había cumplido. Sin recursos, Nina decide salir del país, emigrar a Brasil dejando a Elisa bajo los cuidados de la abuela Graciela, una mujer que vive el luto en todas sus implicaciones. Una vez en Porto Alegre, le espera un trabajo voluntario en un hostal a cambio de cama y dos comidas diarias. Siente que puede empezar una nueva vida. 

En una ciudad en la que todos son pobres, la miseria de Graciela es Elisa quien más la sufre… Día tras día, el «sálvese quien pueda» se instala en casi todos los hogares de Maracaibo, una cruel letanía que, a la niña, a sus solo doce años, le arranca la inocencia y le hace sentir desvalida. Mientras, a miles de kilómetros, Nina intenta organizar su precaria existencia para seguir mandando dinero a casa y, algún día, poder llevarse consigo a Elisa y a su madre.

«Desde que su padre murió, a su madre como que se le había olvidado qué era eso de ser madre, qué era ser abuela, como si de pronto nomás supiera ser viuda, y eso Nina lo entendía a la perfección, aun sin decir nada, porque sin su padre ella solo sabía ser huérfana, como huérfana debía estarse sintiendo Elisa, enlutada solita, con una madre mendigando ayudas tan lejos de casa». 

Solo cinco años atrás, el padre idealista se había desentendido de la hija. Ahora, aprovechando la ausencia de Nina, reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina no es más que una réplica a pequeña escala del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien y que ella ya no está dispuesta a aceptar. Y en medio de aquella crisis de poder (en todos los sentidos) y temores íntimos, Elisa se plantea, pese a su juventud, cuestiones de sentido común: si su madre se había largado, si el abuelo se había muerto de repente y hasta la abuela había desistido de cuidarla, ¿por qué ella no iba a tener derecho a verse con Camilo? 

Mirar atrás no resulta productivo cuando de lo que se trata es de cerrar heridas… El atentado contra el camarada Camilo, que según su mujer no fue tal, pero que dentro del partido se vio como un ejemplo de lucha; las interminables charlas que Graciela tenía con él: lo adoraba, pero no tanto como a su esposo, a quien añora y habla sin proponérselo… Acontecimientos de vida que se intercalan en el tiempo con las penurias que Nina pasa en Brasil (la más extranjera de los extranjeros) o los encuentros que Elisa tiene con un padre al que la fortuna parece haber sonreído. En ese contexto, reconstruir una vida resulta complejo y aún más, si cabe, volver. 

«La tristeza se pega como la gripe. Déjenme quietecita aquí, bien lejos de la cocina. No quería tener que cuidar a una nieta cuando lo único que quería hacer es cuidar mi luto, nutrirlo solo a él, sentirlo hasta el tuétano, dolerme como la perplejidad no me dejó dolerme los primeros días».

Protagonistas principales

NINA es una joven de ideales, contundente, decidida, soberbia, terca, chavista y pobre. Y todo en grandes proporciones. El fracaso de la revolución la condujo al más grande desencanto y el desengaño con Camilo, que era todo lo que ella quería, a la mayor desilusión. Como mujer reservada y escurridiza a la hora de hablar de su intimidad, desconoce que ese carácter, en el fondo, no hace sino provocarle más sufrimiento. Decide que es mejor recomenzar una nueva vida en una ciudad donde los venezolanos todavía no sean una peste… Porto Alegre, en Brasil. Desde allí se percata de que se ha quedado huérfana de padre, de casa y de lealtades. 

CAMILO es el hombre del que se enamoró Nina, un socialista de fuerte voluntad y buenas intenciones, pero inconsistente en sus propósitos. Hacía su revolución con un chaleco salvavidas que no era otro que la fortuna familiar (sus padres trabajan en la Texaco de Houston) y una visa con cifras en dólares. Convertido en héroe por un atentado en el que perdió un ojo, el miedo a la deriva política y social le hizo llevar un comportamiento errático y lo convirtió en un mal padre, del que Nina no dudó separarse. Con todas las consecuencias. 

ELISA es la hija de Nina y Camilo, tiene doce años, buena parte de los cuales los ha pasado alejada de su padre, sin saber nada de él. Despierta e inteligente, disfraza de madurez lo que es mera supervivencia… Está habituada a olvidarse de cualquier timidez o indignidad para seguir viviendo; está habituada a las migajas. Convencida de que la ha traicionado, desde que su madre partió a Brasil no ha hablado con ella, se niega. Silencio que se le hace verdaderamente duro si piensa que Nina, además de madre, es su mayor cómplice y amiga… Siempre han sido las dos contra el mundo.

«Malditas esa hora y todas las horas antes que llevaron a Nina a creer que la gente nace buena y que las intenciones revolucionarias son suficientes para callar la llama egoísta que tenemos dentro y nos conduce por donde le da la gana y se traga nuestras pobres, chiquitas y siempre boconas intenciones revolucionarias». 

GRACIELA es la madre de Nina y la que ahora cuida de Elisa, aunque a veces podría parecer lo contrario. Pobre y escéptica, está dispuesta a irse del país, pero para hacerlo tendría que llevarse consigo su casa, sus muertos y sus fantasmas. Desde que quedó viuda vive colapsada, desganada, hecha polvo, en ese espacio baldío que es la ruina. Está convencida de que, sin su marido para ayudarla a reconstruirse, ser ruina es su destino… No querría haber tenido que cuidar de su nieta, pues, en el fondo, lo único que le apetecía hacer era cuidar de su luto, sentirlo hasta el tuétano.

RAÚL es el gran ausente: el padre, el marido y el abuelo, que falleció antes de que la revolución fracasara, como si su muerte fuese la confirmación del final del movimiento revolucionario. Ejemplar en sus principios, Graciela y Nina apelan a su recuerdo (hablan incluso con él) para poder seguir luchando, para que el pasado más cercano simplemente se haga más llevadero.

Literatura de la supervivencia 

«Los llantos adultos se acaban por cansancio y, 
aunque puedan tener un motivo claro, nunca se conforman con él». 

El jurado del Premio de Novela Café Gijón reivindica su prestigio —en cuanto a dar a conocer a autores y señalar narrativas de alta calidad literaria— al entregar el galardón a una autora cuya obra es sinónimo de buena y profunda literatura. Con honestidad y enorme potencia emocional, Volver a cuándo cuenta una historia de tintes autobiográficos donde los personajes interiorizan su activismo y hacen propia la revolución social vivida en las calles, convirtiéndola en un fenómeno tan cercano y personal como catártico. Porque, en el fondo, todo vínculo o sentimiento tejido por el ser humano está íntimamente ligado a los acontecimientos sociales y políticos que acaparan su vida. 

«Es que tu cuerpo siempre fue más sincero que vos, Camilo. Tu cuerpo se permitía sentir y somatizar lo que vos no lograbas contarte ni siquiera a vos mismo, se engripaba cuando acumulabas funciones y presiones, te hacía vomitar cuando te emocionabas demasiado, enfebrecía cuando tu diplomacia amordazaba tus rabias. Podía contarse la historia de la Revolución bolivariana a través de tus quebrantos y la bala, fuera atentado o no, tal vez haya sido el clímax. El tuyo y el de la revolución». 

Desde la perspectiva de cinco personajes distintos, con sus respectivos puntos de vista, se cuenta la historia de Nina, de su fracaso personal e ideológico. Ya en las primeras páginas, con el trasfondo de la Operación Acogida, el éxodo venezolano causado por el descalabro de la revolución chavista se muestra como un drama que afectó no solo a aquellos que se fueron, sino también a los que se quedaron. Con la rabia y apremio del perdedor, Morán va desglosando vivencias que no parecen pertenecer a los protagonistas… Más bien, se presentan como imágenes colectivas recogidas de la realidad que golpean al ritmo narrativo de una autora que conoce la problemática desde los mismos fueros internos en que se cuece. 

«Elisa se pregunta quién es esa Nina que pasea por el sur de Brasil, que atiende turistas y aprende otro idioma trabajando en un hostal, como si fuera una joven estudiante que descubre el mundo. Las mamás no hacen eso. Menos todavía su mamá. Las mamás pueden ser todo lo aventureras que quieran, pero no pueden dejar a sus hijos atrás y comenzar de cero. O sí pueden, pero entonces los hijos también pueden inventarse otra vida sin pedir permiso. No hay amor a control remoto, mucho menos obediencia». 

Sorprendente y conmovedora, la novela va abriendo puertas por las que los efectos de la crisis política y migratoria se van colando hasta hacerse patentes, tan duros y veraces como descarnados. La dignidad, vestida de arrogancia, que en ocasiones impide hacer autocrítica o solicitar ayuda, se convierte, a ojos de los protagonistas, en diferentes maneras de ver la vida y de narrarla. Se abre así un vasto abanico de problemáticas particulares que, en línea con cada personaje, permite al lector ampliar su visión del conflicto central, hasta el punto de obligarlo a bajar la guardia y hacerlo suyo. Algo realmente apreciable en una narración como esta que, además de exploración íntima y familiar, muestra un profundo calado social. 

El desencanto, el paso del tiempo, la identidad, la ausencia, el vacío, la empatía en toda relación humana o la contradicción son tratados de forma tan realista como compleja, envueltos en una bruma narrativa de gran calidad literaria. En Volver a cuándo los personajes rezuman verosimilitud y credibilidad, transmiten inquietud, miedo, temor, pasión o desilusión en cada escala de este accidentado viaje emocional. María Elena Morán se descubre como una escritora de ideas claras y talante analítico, capaz de retratar con enorme maestría aquellas heridas de largo recorrido que más arraigan en el ser humano, las que nunca terminan de cicatrizar. 

«Para ella, la militancia, en la calle y en la casa, nunca fue algo que se imponía ni se exageraba, sino algo que iba creciendo dentro y que jamás renunciaba a la crítica, que era su derecho y, antes que nada, su deber. Ella actuaba como si no le debiera nada a nadie, ni a vos, ni a la revolución. Y ustedes le habían dado todo lo que ella tenía. Nina era una malagradecida, una egoísta: dos características que no combinan ni con revoluciones ni con matrimonios».

 

martes, 28 de abril de 2026

LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA: LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

 



LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA
LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

hasta que entiendes de dónde vienen.

Miles de españoles cruzaron el océano
buscando una oportunidad…
y en ese camino, dejaron algo mucho más grande:
Trabajo, conocimiento, cultura
y una huella que aún sigue viva.

Desde el campo…
hasta la industria,
desde la gastronomía…
hasta las ciudades que crecieron con su esfuerzo.

Cada historia, cada negocio, cada receta
forma parte de lo que hoy conocemos como Venezuela.

Porque este país no se construyó de un solo origen…
sino del encuentro de muchos.

👉 Si tienes raíces españolas, 
este carrusel también es parte de tu historia.

viernes, 24 de abril de 2026

LIBRO "PASAJE DE IDA": 15 ESCRITORES VENEZOLANOS EN EL EXTERIOR 🏃

PASAJE DE IDA

15 escritores venezolanos en el exterior

Para nadie es desconocida la actual diáspora de venezolanos en busca de mayor seguridad y mejor fortuna, un fenómeno que aún podemos llamar novedoso entre nosotros y que, por una parte, ha afectado en lo inmediato la cotidianidad y el mundo emocional de muchas familias, mientras por otra tal vez esté cambiando la propia idiosincrasia de toda una nación. Conformada en gran parte por la llamada clase profesional, a esta migración se suman artistas, intelectuales y escritores. De estos últimos se han reunido aquí quince testimonios como constancia de las dificultades, asombros y desasosiegos que este éxodo específico implico quehacer que es la creación literaria, estas voces de importantes poetasa, aminorados en cierto sentido, acrecentados en otro, por las facilidades de comunicación del actual mundo globalizado.
Sin querer -ni poder- renunciar a un origen que no es solo parte de sus recuerdos y vivencias fundamentales, sino también, y de manera inevitable, de ese íntim, narradores y ensayistas nos ofrecen muy variadas visiones sobre esta particular experiencia, donde lo dejado atrás, ese lugar llamado Venezuela, es hilo conductor y enlace. Estamos pues, como afirma en la introducción Silda Cordoliani, compiladora y presentadora del libro, ante «un caleidoscopio de la patria vista desde lejos»; aquí confluyen desde la nostalgia por ciertos sabores hasta reflexiones sobre el habla y la lengua, sin nunca desatender los sentimientos encontrados que despierta un país tan convulsionado como el nuestro.
Introducción


Desde hace algunos años las despedidas son parte de mi vida. Prolongadas despedidas que comienzan mucho antes del día en que esa persona tan querida toma el avión llevando lo menos posible de equipaje, mientras nosotros seguimos acumulando objetos que nos van dejando en prenda. Tal vez habría que agradecer entonces las tantas dificultades por vencer, el largo tiempo que transcurre entre la decisión y el adiós, porque llegado el momento definitivo de la partida, la tristeza del vacío ya se ha hecho costumbre.

Seguramente esa ha sido la principal razón por la que surgió este libro.

Después vienen las conversaciones a distancia, los chateos y correos como un ejercicio más, como un esfuerzo para no acabarse de ir, para que no se vayan del todo. La necesidad de superar la desazón y el desconcierto se hace mutua, como mutua la necesidad de apoyarnos en nuestros respectivos desarraigos. Porque el lugar de pertenencia, ese espacio que solemos llamar patria, son paisajes y cadencias, son experiencias y recuerdos, pero, sobre todo, son los afectos. Y si los paisajes se deterioran tan rápido, si las experiencias ya no sirven para entender la realidad y, además, los afectos se ausentan, también los que se quedan comienzan a vivir en estado de extrañamiento. 

“Me fui mucho antes de haberme ido”, dice Israel Centeno.

Para los venezolanos, la diáspora que hemos sufrido durante los últimos tiempos constituye una novedad, un fenómeno social insospechado pocas décadas atrás. Nos agarró de sorpresa, sin aparente aviso previo, y aun hay quienes guardan la secreta esperanza de que pueda ser revertida. Nada indica que hayamos asimilado todavía lo que significa para nuestra forma de vida, nuestra manera de relacionarnos y nuestra propia existencia, haber pasado de ser un generoso país de inmigrantes a un convulsionado país de emigrantes.

Sobre exilios sí aprendimos suficiente durante los regímenes dictatoriales del siglo pasado, sufridos en su gran mayoría por políticos e intelectuales. De estos últimos quizás los casos más emblemáticos sean Rufino Blanco Fombona, desterrado durante más de veinte años en Madrid, donde escribió buena parte de su obra y fundó la famosa editorial América, y Mariano Picón Salas en su exilio chileno, “un venezolano errante” como lo llama Gregory Zambrano.

Pero, aquí y ahora, no se trata exactamente de exilio. “Las acepciones rigurosas de los términos destierro o exilio me son ajenas”, sostiene Miguel Gomes, y con razón, pues en un mundo donde la saturación de posibilidades de comunicación disminuye en gran medida pesares y añoranzas, unas palabras como esas no guardan demasiada vigencia. Por otro lado, sea cual sea el motivo, nuestra migración es un apartamiento escogido, que poco se corresponde con la carga semántica a la que remite un término tan fuerte como exilio.

Los quince autores reunidos aquí son escritores o, más bien, creadores literarios, con al menos un libro publicado, a quienes se les solicitó una íntima reflexión sobre el país a partir de su quehacer literario. Poetas, narradores, ensayistas y críticos que han optado por una vida fuera de Venezuela, muchas veces por simples circunstancias del destino, otras impulsados (u obligados) por las nada favorables condiciones políticas y sociales. De cualquier forma, lo que parece agruparlos más allá de su pasión creadora es el improbable retorno. De allí tal vez que en la mayoría de estos textos resulte evidente un dolor que supera en mucho a la simple nostalgia. Y es que este país, como certeramente advierte Gustavo Guerrero, se ha convertido en una “materia problemática”, en un enigma cuya búsqueda de resolución quizás inquiete bastante más desde la distancia.

Nada de extraño tiene entonces que algunos de los invitados a este proyecto hayan insistido en su dificultad para escribir sobre el tema, o –siguiendo a Juan Carlos Méndez Guédez– para “hablar de Venezuela sin que les falte el aire”; dificultad que puede haber sido la causa de que algunos otros convocados no estén presentes. Asimismo, esto explicaría, en parte, la abundancia de textos fragmentarios, e incluso las imágenes fotográficas con que Verónica Jaffé y Doménico Chiappe complementan los suyos. En parte, digo, porque al tiempo que se trata de cohesionar los contradictorios sentimientos que despierta lo dejado atrás, las experiencias de extranjería también reclaman su lugar en el espacio emocional de los migrantes.

Recuerdos que emergen como una antigua película en sepia, intensos testimonios de vida, reflexiones sobre el país y el trabajo con la palabra que los une, querencias y asombros, imágenes y sueños emergen de estos textos tan variados como las vivencias y las voces literarias de quienes los ofrecen. Un caleidoscopio de la patria vista desde lejos. Ellos, escritores, diestros en el oficio y sus recursos, han logrado nombrar lo que tanto cuesta nombrar.

En un inicio contemplé la idea de agruparlos según los asuntos más resaltantes de cada trabajo para proponer así cierto orden de lectura. Más tarde comprendí que esto no iba a resultar del todo justo, pues al restringirlos podía restar importancia precisamente al carácter fragmentario de muchos de ellos y, por tanto, a la diversidad de aspectos a los que apuntan. Preferí entonces organizarlos de manera más convencional, de acuerdo con un orden temporal en este caso, comenzando por el autor que dejó el país más temprano, en 1983, hasta Blanca Strepponi, que partió en 2011.

Finalmente, creo importante señalar aquí que en ningún otro momento Venezuela ha tenido tantos de sus escritores fuera. Sabemos, y es ya un lugar común decirlo, que a diferencia de lo que ocurría con otros creadores latinoamericanos, sus viajes tuvieron siempre un pasaje de regreso. Incluso, ni los más férreos opositores de los gobiernos de la última mitad del siglo XX llegaron a emigrar. Para bien o para mal, Venezuela brindaba una seguridad (y comodidad) que nadie parecía estar dispuesto a poner en riesgo. Acaso –también se ha dicho– sea esta una de las razones por las cuales la literatura venezolana ha tenido tan poca proyección. Cabe pensar entonces que este flujo de escritores prolongando el país más allá de sus fronteras trae consigo buenos augurios para la literatura nacional, para una tradición cultural que mucho ha tenido de ensimismada. Como prueba: los nombres venezolanos que figuran cada vez más en catálogos editoriales extranjeros. Varios de ellos están presentes en este libro.

gregory-zambrano-las-patrias-circundantes-en-pasaje-de-ida by Elisa Pinilla Da Silva


lunes, 16 de marzo de 2026

LIBRO "VENEZUELA: LA VERDAD QUE EL MUNDO NO QUISO VER" y "EL CHAVISMO COMO ESPEJO DE VENEZUELA"


El libro que sacude conciencias

VENEZUELA:
La verdad que el mundo
no quiso ver


"La verdad no necesita 
permiso para existir"

Hay historias que el mundo prefiere ignorar.

Historias de madres que vieron a sus hijos partir sin saber si volverían. De familias separadas por miles de kilómetros. De un país que fue arrebatado a su gente en silencio, mientras el resto del mundo miraba hacia otro lado.
Este libro existe porque esas historias merecen ser contadas. Porque la memoria es el único territorio que nadie puede quitarnos.




Para los que tuvieron que irse

Estás en otro país,
pero Venezuela sigue en ti.

Saliste porque no quedaba otra opción. Dejaste atrás a tu madre, a tus amigos, a las calles que te vieron crecer. Y aunque hoy vives en otro continente, hay noches en que el peso de lo que pasó te aplasta.
No estás solo. Más de 7 millones de venezolanos cargamos esa misma mochila invisible. 
Este libro es para todos nosotros. Es el testimonio de lo que vivimos, de lo que perdimos, y de por qué nunca debemos olvidar.
Regálaselo a quien no entiende por qué te fuiste. 
Léelo tú mismo cuando necesites recordar que tu historia importa. Compártelo con tus hijos para que sepan de dónde vienen.

🏃Colombia 🏃España 🏃Estados Unidos  
🏃Chile  🏃Perú  🏃Argentina 🏃12 países más.

Fragmentos del libro
Palabras que no se olvidan

"No fue la pobreza lo que nos rompió. Fue ver cómo la esperanza se apagaba en los ojos de quienes más amábamos".— Capítulo III: El año en que todo cambió.
"Venezuela no murió. La enterraron viva. Y desde adentro del ataúd, su gente siguió gritando".—. Prólogo
"El exilio no es solo un lugar. Es una herida que sangra en silencio cada vez que alguien te pregunta de dónde eres".— Capítulo VII: Los que se fueron.




Es el momento
La historia de Venezuela
merece ser leída.

No dejes que el tiempo borre lo que pasó. 
No permitas que el silencio gane.
Por menos de lo que cuesta un café, tienes en tus manos el relato más completo y honesto sobre la tragedia venezolana. 


El chavismo como 
espejo de Venezuela
Superar el chavismo implica reconstruir una idea de ciudadanía, de responsabilidad cívica y de respeto por las instituciones. Solo así el país podrá recuperar no solo su democracia, sino también el respeto por sí mismo.

Durante un cuarto de siglo la política venezolana ha practicado con disciplina un deporte que ya forma parte de nuestra cultura pública: cambiar de villano como si con eso cambiara el país. Primero fue Hugo Chávez, el origen de todos los males, el hombre cuya desaparición —se prometía con solemnidad— abriría las puertas de la democracia, como si Venezuela fuera un melodrama donde basta con que el tirano caiga para que las instituciones florezcan a la mañana siguiente. Después fue Nicolás Maduro, el heredero grotesco, la caricatura tropical que muchos consideraron demasiado torpe para sostener el poder durante mucho tiempo. Ahora, llegaron los hermanos Rodríguez, convertidos en la nueva encarnación del mal burocrático, y para completar el catálogo de villanos siempre estuvo Diosdado Cabello, el personaje que la imaginación política nacional necesita para explicar cada derrota.

La fórmula es cómoda, casi terapéutica: si el problema es un hombre, basta con sacarlo del escenario para que el país vuelva a la normalidad. Lo único incómodo es que la realidad venezolana lleva más de veinte años desmintiendo esa fantasía con una paciencia pedagógica que debería avergonzarnos.
Porque el chavismo nunca fue solo Chávez, ni solo Maduro, ni solo Cabello, ni solo los Rodríguez. El chavismo es algo más incómodo de admitir: el chavismo fue y son venezolanos que crearon un sistema político que aprendió a sobrevivir no solo a sus enemigos, sino también a sus propias crisis, y que ha demostrado una capacidad de adaptación que algunos jamás se han tomado la molestia de entender y aceptar.

Y aquí aparece una pregunta que la política venezolana ha evitado durante años con una mezcla de pudor y autoengaño: ¿hasta qué punto una parte importante de la oposición terminó funcionando dentro del mismo sistema que decía combatir?
No se trata de una teoría conspirativa ni de una acusación moral simplista, sino de una observación empírica que la historia reciente del país repite con obstinación. Durante veinte años la oposición venezolana ha producido una sucesión casi religiosa de liderazgos providenciales, cada uno presentado como la última esperanza nacional, cada uno acompañado por la promesa de que esta vez sí, esta vez el régimen estaba acabado, esta vez la transición era inevitable.
La lista de líderes y figuras opositoras puede parecer el santoral político de una fe que siempre anuncia el milagro y siempre termina celebrando la próxima aparición del mesías. 
Cada ciclo ha tenido su liturgia completa: el líder emergente, la movilización multitudinaria, la narrativa épica, las negociaciones discretas, el desgaste progresivo y finalmente la adaptación al sistema que se prometía derrotar. No necesariamente por traición —aunque también las hubo— sino por algo más banal y frecuente en la política latinoamericana: cálculo, supervivencia, ambición personal o simple incapacidad estratégica.

Pero hay una verdad todavía más incómoda que la política venezolana rara vez se atreve a mirar de frente. El chavismo no apareció en el vacío ni fue un accidente histórico inexplicable. Su origen está profundamente conectado con la propia sociedad venezolana.
Mucho antes de que Chávez llegara a Miraflores, una parte importante del país —incluidas élites políticas, económicas y mediáticas— había normalizado algo que en cualquier democracia consolidada habría sido un escándalo irreversible: el aplauso abierto o silencioso a los intentos de golpe de Estado de 1992. Aquella conspiración militar contra la democracia no solo tuvo simpatizantes en los cuarteles; también encontró indulgencia en sectores civiles profundamente desencantados con el sistema político de la llamada IV República. Intelectuales, empresarios, dirigentes políticos y comentaristas públicos justificaron, relativizaron o incluso celebraron la irrupción del joven teniente coronel que prometía barrer con una clase política desacreditada.

Ese momento fundacional importa más de lo que muchos quisieran admitir, porque fue entonces cuando una parte significativa de la sociedad venezolana comenzó a legitimar la idea de que la democracia podía ser reemplazada por un redentor autoritario.
Cuando Chávez ganó las elecciones de 1998 lo hizo dentro de la legalidad electoral, pero también montado sobre ese clima de descomposición institucional y desencanto ciudadano. El chavismo, en ese sentido, no fue solo un proyecto político; fue también el síntoma y expresión de una crisis social más profunda. Pero con el tiempo ocurrió algo aún más decisivo: el chavismo no solo conquistó el poder, también transformó la cultura política del país.

Durante más de dos décadas el régimen consolidó un modelo basado en la lealtad clientelar, la distribución discrecional de recursos, la corrupción estructural y el uso sistemático del chantaje político como herramientas de gobierno. Programas sociales convertidos en mecanismos de control, redes de distribución de alimentos condicionadas políticamente, sistemas de vigilancia comunitaria y un aparato estatal diseñado para premiar la obediencia y castigar la disidencia fueron moldeando nuevas formas de relación entre ciudadanos y poder.
En ese ambiente prosperaron —y en muchos casos se profundizaron— rasgos culturales que ya existían en la sociedad venezolana: la llamada viveza criolla, la desconfianza hacia las instituciones, la percepción de que el poder es ante todo un espacio para obtener beneficios personales. 
El chavismo no inventó esas conductas, pero sí las potenció y convirtió en parte central del funcionamiento del sistema político. Tomó algunos de los rasgos más oscuros de la cultura política venezolana y los elevó a categoría de método de gobierno.

La corrupción dejó de ser una desviación para convertirse en estructura.
El oportunismo dejó de ser un vicio marginal para convertirse en estrategia de supervivencia. La manipulación dejó de ser una táctica ocasional para convertirse en política de Estado. En ese proceso ocurrió algo todavía más profundo: el propio significado de la venezolanidad comenzó a deformarse.
Durante décadas la identidad venezolana estuvo asociada —con todos sus problemas— a una idea de movilidad social, modernización democrática y convivencia civil. El chavismo, en cambio, fue construyendo una narrativa donde la nacionalidad terminó asociada a la precariedad institucional, al autoritarismo y al colapso económico. Venezuela dejó de ser percibida en gran parte del mundo como una democracia imperfecta y pasó a convertirse en sinónimo de crisis, migración masiva y régimen autoritario convertido en una organización del crimen trasnacional, narcotraficante y violador sistemático de los derechos humanos.

El daño no fue solo institucional; también fue simbólico. La identidad nacional comenzó a cargarse de una connotación negativa que el propio régimen explotó políticamente: un país acostumbrado a sobrevivir, a adaptarse, a resolver individualmente lo que el Estado destruye.
El chavismo, en ese sentido, no solo gobernó a Venezuela: reconfiguró parte de su cultura. Transformó prácticas sociales, degradó expectativas institucionales y normalizó formas de relación con el poder basadas en la dependencia, el miedo o el oportunismo. Y lo hizo porque esa transformación cultural también era funcional para conservar el poder.

Venezuela ha atravesado en veinticinco años una secuencia devastadora de crisis: colapso institucional, hiperinflación, empobrecimiento masivo, represión política y una migración que supera los ocho millones de personas. 
Ninguna sociedad atraviesa una experiencia histórica de esa magnitud sin cambiar profundamente. La Venezuela de hoy no es la que eligió a Chávez en 1998. Tampoco es la que llenaba las calles en 2014 o 2017. Es una sociedad fragmentada, fatigada y dispersa por el mundo. Y, sin embargo, incluso en medio de esa transformación, algo ha sobrevivido.
Porque si el chavismo logró deformar prácticas políticas y degradar instituciones, no logró borrar del todo una aspiración que sigue latente en amplios sectores de la sociedad venezolana: la idea de que la democracia sigue siendo el horizonte deseable. Paradójicamente, millones de venezolanos redescubrieron el valor de las instituciones democráticas viviendo en países que las conservaban, mientras el país de origen se acostumbraba a la normalidad autoritaria.

Tal vez por eso la reconstrucción democrática venezolana ha sido tan difícil. El país arrastra ahora una doble herencia: por un lado, la degradación institucional y cultural producida por el chavismo; por otro, una memoria democrática que aún sobrevive como nostalgia, como aspiración o como proyecto pendiente.
Por eso, la discusión sobre Venezuela no puede seguir reduciéndose al reemplazo de un nombre por otro en el palacio presidencial. 
El chavismo no es solo un gobierno: es un sistema que, durante veinticinco años, reorganizó el poder, degradó instituciones y deformó parte de la cultura política del país. Desmontarlo exige algo más que elecciones o acuerdos políticos; exige más que una transición tutelada por el gobierno norteamericano: exige una revisión profunda de la propia sociedad que lo hizo posible. Ninguna democracia se reconstruye si antes no se reconoce con honestidad el tipo de prácticas, valores y complicidades que permitieron su destrucción.

La verdadera transición venezolana será, inevitablemente, un proceso moral antes que político. Implicará recuperar la idea de que el poder no es un botín, que la ley no es una formalidad negociable y que la ciudadanía no se reduce a la supervivencia individual. Significará también construir una venezolanidad distinta a la que el chavismo explotó y degradó: una identidad fundada en la responsabilidad cívica, el respeto institucional y la conciencia de que la democracia no es un episodio ocasional de nuestra historia, sino una construcción que exige vigilancia permanente. El chavismo convirtió los peores rasgos de nuestra cultura política en sistema de gobierno. Superarlo exige exactamente lo contrario: reconstruir un país donde esos rasgos vuelvan a ser vergüenza pública y no método de poder. Solo entonces Venezuela podrá recuperar no solo su democracia, sino también algo más profundo: el respeto por sí misma.

domingo, 1 de febrero de 2026

"VENEZUELA NO HA PERDIDO LA LUZ"... por RAYITO DE LUZ ✨ y CANCIÓN "CONTANDO LOS DÍAS, LAS HORAS" por SAMUEL PÉREZ, PARAGUANERO, VENEZOLANO

 


Venezuela no ha perdido la luz.
La ha sostenido tanto tiempo
que hoy necesita reposarla en el corazón.

Descansar no es rendirse.
Es permitir que la vida vuelva a respirar dentro de ti.
Es confiar en que incluso en la pausa,
el alma sigue trabajando.

Hoy no te pidas fuerza.
Pídete presencia.
Respira…
y deja que la esperanza te sostenga a ti. 

Contando los días, las horas | Canción original - SAMUEL PÉREZ

jueves, 30 de octubre de 2025

LIBRO "¡CREER O MORIR!": HISTORIA POLÍTICAMENTE INCORRECTA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA 💥 por CLAUDE QUÉTEL y PELÍCULA SOBRE EMIGRACIÓN VENEZOLANA POR LA NARCOTIRANÍA

¡Creer o morir!
Historia políticamente incorrecta 
de la Revolución francesa



Libertad, Igualdad 
y  Fraternidad… 
o  LA MUERTE
¡Creer o morir! ¡He aquí el anatema pronunciado por espíritus ardientes en nombre de la libertad!
Así expresaba su indignación el periodista Jacques Mallet du Pan en el Mercure de France del 16 de octubre de 1789, al comienzo mismo de la Revolución francesa. Una proclama que desmiente la tesis, hoy casi oficialmente aceptada, de que hubo dos «revoluciones»: una buena, la de los derechos humanos, que se habría corrompido en una mala, la del Terror.
Pero… ¿y si toda la Revolución francesa hubiera sido un desastre enorme y lamentable desde sus inicios? ¿Y si, lo que durante mucho tiempo se ha presentado como el levantamiento de todo un pueblo, no fuera otra cosa que la locura asesina e innecesaria de un puñado de parisinos ebrios de ideología que provocaron una guerra civil cuya memoria aún divide al mundo entero?
Quétel ha osado romper el tabú. Para ello ha revisado las fuentes, retirando las capas de propaganda acumuladas para descifrar los hechos, liberándolos de las distorsiones de la historia políticamente correcta. Ofrece una nueva mirada, directa y sin prejuicios, que pone en cuestión relatos tan asumidos como el de la toma de la Bastilla y nos hace descubrir que antes del Gran Terror vino el Gran Miedo o que la Asamblea vivió sumida en un tumulto perpetuo y aplastando las libertades que proclamaba desde su inicio.
Este relato, detallado y apasionante, está dirigido a todos aquellos que deseen que finalmente se les cuente otra historia de la Revolución francesa. La verdadera historia.
PRÓLOGO

¿Se puede escribir un nuevo libro sobre la Revolución Francesa? ¿Tiene sentido? ¿No está todo dicho? 

Es probable que una gran mayoría responda que no vale la pena. ¿Para qué añadir más páginas a una bibliografía que ya supera lo que se puede leer durante una vida entera? 

Claude Quétel, por el contrario, ha tenido la audacia de responder que no, que no todo estaba dicho. Aún más, se ha atrevido a escribir ese libro que faltaba… ¡y ha salido airoso! Porque, digámoslo ya, esta Historia políticamente incorrecta de la Revolución francesa es un libro magnífico, de esos que hay que leer lápiz en mano, subrayando, y al que hay que volver con regularidad para refrescar esos hallazgos, esos apuntes, esos retratos que aportan una poderosa luz a sucesos que nos han llegado envueltos en brumas. 

¿Cuál es el secreto de Quétel? 

En primer lugar y, ante todo, un conocimiento exhaustivo y profundo del periodo. Saber, y saber mucho, es la primera condición para escribir algo original sobre cualquier tema, y aquí Quétel cumple con nota. Investigador en el CNRS (Centre national de la recherche scientifique), director científico del Mémorial de Caen, comisario del Centro nacional del libro en Francia, un dato nos pone sobre aviso acerca de con quién estamos tratando: sobre la toma de la Bastilla, un momento particular del proceso revolucionario, Quétel ha escrito tres libros en los que está todo, absolutamente todo, analizado y explicado. 

En segundo lugar, una mirada despojada de apriorismos ideológicos. Quétel no solo ha estudiado la Revolución francesa, sino también la historiografía de la misma y es muy consciente de hasta qué punto la toma de partido previa puede distorsionar la lectura que se hace de los hechos, resaltando unos, ocultando otros, retorciendo el relato para que encaje en aquella interpretación que se había decidido de antemano. El anexo final de ¡Creer o morir!, un repaso a las obras que han ido configurando a través del tiempo nuestra visión de la Revolución francesa, es la demostración de que la metáfora del lecho de Procusto es una realidad bien palpable. 

Quétel adopta la actitud contraria. Y empieza confesando su ambición: «hacer el relato, libre y detallado, de la Revolución francesa, fuera de todo academicismo y de toda postura. Un relato sincero». Ni a favor, ni en contra… lo que a veces puede resultar más devastador que aquellos relatos que, cargando en exceso las tintas desde sus primeras líneas, quedan irremisiblemente desacreditados. Algo, por otra parte, muy sencillo de enunciar pero que solo está al alcance de quien ha leído mucho, ha entendido mucho y ha alcanzado esa madurez que te permite ver el bosque sin olvidar cada uno de los árboles. Quétel se sabe al dedillo toda la historiografía, pero precisamente por ello prefiere ir directamente a los hechos, a las fuentes, a los textos contemporáneos. Los resultados son espectaculares, consigue un relato apasionante que se lee casi como una novela (como de costumbre, la realidad supera a la más exuberante ficción), en el que nada está predeterminado por fuerzas ciegas, en el que sus protagonistas no son peleles del destino, pero en el que las causas, por escondidas que estén, provocan invariablemente sus consecuencias. 

Así, con ¡Creer o morir!, Quétel nos muestra una Revolución francesa liberada de todas las capas que se le han ido añadiendo a lo largo de dos siglos. El ejemplo de la «épica» toma de la Bastilla es paradigmático. Los liberadores de la Bastilla, nos explica el autor, a pesar de lo mucho que buscaron y rebuscaron, solamente encontraron a siete presos: cuatro falsificadores en espera de juicio que aprovecharon para escaparse mientras que los tres otros eran paseados por las calles entre aclamaciones. El problema fue que enseguida resultó evidente que dos de esos tres son dementes que hay que encerrar al día siguiente en Charenton. El único prisionero, supuesta víctima de la crueldad absolutista, que se puede mostrar en público está preso por delito de incesto y pronto hay que apartarlo para no desprestigiar la memorable gesta. En definitiva, ni un prisionero presentable. 

¿Qué hacer? ¿Cómo erigir un mito heroico con estos mimbres? Claude Quétel nos explica que esta aparentemente difícil tarea no será un problema para los revolucionarios, los artistas de la propaganda y la manipulación: se inventarán un octavo prisionero, creación de su fantasía: un tal «conde de Lorges», cubierto de cadenas y encerrado desde hacía 32 años, que pasa a ocupar las portadas de las gacetas y panfletos del momento y del que se informa que, cuando expresó desorientado no saber adónde ir, la multitud, con una sola voz, le respondió: «la nación te alimentará». Todo producto de la calenturienta imaginación de los panfletistas revolucionarios, reforzada por cuadros poco escrupulosos encargados por los revolucionarios tras tomar el poder. Como se suele decir, así se escribe la historia. 

Nos preguntábamos al inicio si tenía sentido aún escribir (y leer) sobre la Revolución francesa. 
¿Vale la pena dedicar nuestro tiempo a unos sucesos de hace más de dos siglos? Me atrevo a afirmar que es imposible que, tras la lectura de este libro, alguien tenga la más mínima duda de que sí, y mucho. Y es que, para bien y para mal, la Revolución francesa es el acontecimiento que de forma más evidente inaugura el mundo en que vivimos. En cierto modo, lo que ocurre durante unos años en Francia está tan cargado de sentido que resulta como una condensación de todo lo que va a desplegarse en el ámbito sociopolítico desde entonces. Permítanme la exageración, pero todo lo que ocurre después ya sucedió durante la Revolución francesa. La demagogia parlamentaria, el terror, la manipulación de las masas, el arribismo, la reescritura de la historia, la propaganda política… Todo aquello que consideramos típico de diversos momentos y regímenes está ya presente en esa especie de tragedia griega (con su inexorable destino en forma de mecánica revolucionaria y sus insaciables saturnos devorando a sus hijos) que se desarrolla en Francia durante la última década del siglo XVIII.
Conocerla a fondo es comprender la historia contemporánea: no solo tiene sentido seguir estudiándola, sino que es crucial si queremos orientarnos en el presente. 

Algunos ejemplos servirán, o al menos eso espero, para convencerlos de la que quizás parezca a algunos una atrevida afirmación. Empezando por la constatación de que con la Revolución francesa se inicia el reinado de la opinión pública y, en consecuencia, los esfuerzos para conformarla. Pronto descubrirán los revolucionarios que la influencia de las obras baratas y populares es mucho mayor que la de las obras caras y prestigiosas. Quétel lo ilustra con una carta de Voltaire a d’Alembert en 1756 en la que podemos leer: 
«Querría saber qué daño puede hacer un libro que cuesta cien escudos. Jamás veinte volúmenes in-folio harán una revolución: 
son los libros pequeños de treinta sueldos los que hay que temer. 
Si el Evangelio hubiese costado doscientos sestercios la religión cristiana nunca habría sido establecida». Hoy podríamos decir que un youtuber es capaz de movilizar más que veinte tesis doctorales. 

Otro de los mecanismos que ya aparecen bien a las claras durante las jornadas revolucionarias y que nos resulta por desgracia muy familiar es la descalificación absoluta, radical, del discrepante, de quien se aparta de la doctrina oficial. Quétel nos advierte de que ya en la Revolución francesa el discrepante es declarado enemigo de la humanidad: 
«se convierte ipso facto en cómplice del oscurantismo y enemigo del progreso, es decir, del género humano». 
No es que pueda estar errado, algo siempre posible y en ocasiones incluso probable, es que se convierte en enemigo del pueblo, que es algo muy distinto. Como escribe Taine, «como el jacobino es la Virtud, no se le puede resistir sin cometer un crimen». Hoy son cada vez más quienes equiparan discrepancia con crimen y pretenden convertir en delito (de odio, climático, discriminatorio…) cualquier opinión que se desvíe de la doxa oficial del momento. 

Pero no se confundan, Quétel no es un nostálgico del Antiguo Régimen, dispuesto siempre a cargar las tintas contra los revolucionarios y a exonerar de toda responsabilidad a Luis XVI y los suyos. Lo decíamos antes, la originalidad de su enfoque es esa mirada libre, no predispuesta por ninguna toma de partido. Una mirada que le permite ver cómo el mito de una revolución «buena» y pacífica que va ser traicionada por una revolución «mala» y violenta es una invención que no resiste el más mínimo análisis de los hechos, que gritan a los cuatro vientos que el terror empieza con sus primeros pasos (para convertirse en Terror, con mayúscula, de forma natural, progresiva y consecuente). Sí, la «leyenda rosa» de la Revolución francesa queda herida de muerte tras la lectura de este libro. 

Pero esa misma mirada también muestra sin rodeos ni disimulos todas las deficiencias y errores del rey, sumido en la indecisión y que solo está a la altura de su estirpe y posición en los últimos momentos de su vida. Quétel no nos oculta, al contrario, el desacertado camino tomado por Luis XVI, combinando imprevisión, rigidez e indecisión, como cuando llama a los regimientos suizos a Versalles pero no les ordena actuar, sin comprender que, tal y como escribe Quétel, «la amenaza sin acción es la peor de las soluciones». Algo que, desde padres a gobernantes, deberíamos grabar a fuego en nuestras mentes.

¿Necesitan aún más muestras de que vivimos en el mundo nacido de la Revolución francesa? Fíjense en esta descripción de un conocido y popular político: 
«Sabía que el hombre de genio habla más a los sentidos que al espíritu: 
también su gesto, su mirada, el sonido de su voz, todo, hasta su manera de peinarse, estaba calculado sobre un conocimiento profundo del corazón humano. Su elocuencia ruda, salvaje, pero rápida, animada, repleta de metáforas audaces, de imágenes gigantescas, dominaba las deliberaciones de la Asamblea. Su estilo duro, rocalloso, pero expresivo, abundante, hinchado con palabras sonoras, parecido a un duro martillo en manos de un hábil artista, modelaba a su voluntad a hombres a quienes no se trataba de convencer, sino de aturdir y subyugar». 
Es la descripción que el marqués de Ferrières hace de Mirabeau y que Quétel recoge en este libro, pero encaja a la perfección, al menos parcialmente, en numerosísimos líderes políticos desde entonces, algunos, me atrevo a afirmar, presentes entre nosotros (les dejo a ustedes la tarea de ponerles nombre). Por cierto, Rivarol, refiriéndose al mismo Mirabeau, nos dejó esta perla a medio camino entre el elogio y la crítica mordaz: «Es capaz de todo, incluso de una buena acción». 

Y ya que destacamos las citas que recoge Quétel, no hay duda de que su método de dar voz al juicio, a la opinión, a los comentarios de quienes viven en presente la Revolución francesa es una de las claves que dan valor a este libro y que lo convierten en algo vivo y apasionante, muy alejado del árido tratado abstracto y aleccionador. Como cuando acude a los escritos de Arthur Young, un agrónomo inglés de visita en París, que es testigo de la escasez de trigo en París en 1789. Young se percata enseguida de cuál es la actitud de los revolucionarios y escribe: «Me parece que a los violentos amigos de los comunes no les molesta el alto precio del grano, pues es de gran ayuda para sus posturas y facilita así la apelación a los sentimientos apasionados del pueblo y facilita sus proyectos mucho más que si el precio fuera bajo». Aquello de «cuanto peor, mejor» ya funciona a pleno rendimiento en los albores de la Revolución francesa. 

O también cuando reproduce extractos de la carta del intendente de Alençon el 18 de julio de 1789, en la que explica la situación que se vive en aquella localidad del noroeste francés conocida hoy en día por ser la localidad natal de Santa Teresita de Lisieux: «Las revueltas se multiplican y la impunidad de que se jactan, porque los jueces temen irritar al pueblo con ejemplos de severidad, no hace más que enardecerlos». Observaciones que desde entonces han cruzado los Pirineos y son de aplicación a nuestra actualidad más próxima. 

O por seguir con los paralelos entre la Revolución francesa y la historia de España más reciente, llama la atención las similitudes entre el ambiente posterior a la caída de Robespierre, el «posTerror», y nuestra Transición, marcados ambos por el veloz realineamiento a la nueva situación. En cuestión de días el gorro rojo, «glorioso ayer, de repente se convierte en objeto de oprobio». París, ciudad sans-culotte, ahora es termidoriana: se recupera el hablar de usted, el trato de monsieur reemplaza al de ciudadano y el famoso pintor David, que antaño glorificara entre otros a Marat, diseña ahora el traje de los nuevos cinco directores que gobiernan Francia tras el golpe. Se llega incluso a que lo más chic sea tener un pariente guillotinado, que vendría a ser como el haber corrido delante de los grises. 

Confío en que si alguien lee estas líneas y duda aún si embarcarse o no en la lectura de ¡Creer o morir! deje atrás sus titubeos y se embarque en esta travesía por la sacudida que cambió el mundo. Se sumergirá en una década (1789-1799) inflamada de pasión, peligrosa, tremenda y cargada de enseñanzas, asistirá a sucesos decisivos casi como si de un espectador contemporáneo se tratara (con la ventaja de que no pondrá en riesgo su vida) y comprenderá mucho mejor no solo aquellos hechos, sino el mundo en que vivimos. Una propuesta que, aunque se pueda rechazar, hará bien en aprovechar.
Jorge Soley

INTRODUCCIÓN

Este libro solo tiene una ambición, pero es grande: contar la historia, libre y detallada, de la Revolución francesa, sin ningún tipo de academicismo ni postura. Un relato sincero. 

Pero ¿podemos observar la Revolución desde lo alto de Sirio, con toda serenidad, como lo haríamos desde otro período de la historia de Francia? Obviamente no. «No hay etnología posible en un paisaje tan familiar», escribe François Furet. El historiador de la Revolución francesa añade: 
«debe anunciar sus colores», dando de antemano «su opinión, esa forma de juicio que no se requiere sobre los merovingios, pero que es esencial en 1789 o 1793. Que dé su opinión y estará todo dicho, y tendremos al realista, liberal o jacobino». 

Sin embargo, resulta que el autor de este libro no es realista ni liberal, y mucho menos jacobino. No es, además, un especialista de la Revolución francesa (Furet tampoco), sino «del siglo XVIII». Esto le da una gran libertad frente a los entendidos del tema, los guardianes del templo, porque, de hecho, se trata de un santuario. 

El gran profanador fue Taine a fines del siglo XIX, tan radicalmente contrarrevolucionario que durante mucho tiempo se le impuso la ley del silencio. Un siglo después, el gran «revisionista» fue François Furet, quien dio una terrible patada en el hormiguero de los historiadores marxistas. De hecho, la tesis de una revolución popular confiscada por la burguesía ya había sido refutada por los historiadores anglosajones, pero esta no era una razón, a los ojos de los ortodoxos, para proclamarla en Francia. 

Sin embargo, y mirándolo más de cerca, el propio Furet no criticó radicalmente la Revolución. Con una ilación liberal inaugurada a principios del siglo XIX, salvó lo esencial al distinguir dos revoluciones sucesivas, la segunda resultante del «resbalón» de la primera, la de 1789 y la de 1790, la buena de alguna manera, ya que dio a luz a los derechos del hombre: «El Antiguo Régimen había sido la desigualdad de los hombres y la monarquía absoluta; en la bandera de 1789 aparecieron los derechos del hombre y la soberanía del pueblo. Es esta ruptura la que expresa más profundamente la naturaleza filosófica y política de la Revolución francesa; es lo que le da la dignidad de una idea y el carácter de un comienzo» (Diccionario de la Revolución francesa). 

Pero ¿cuáles son estos derechos humanos de los que seguimos oyendo hablar? ¿Los habría inventado la Revolución francesa? Obviamente no. La idea no era nueva, desde el cristianismo se asignó un valor único y absoluto a cada ser humano (ya que tiene un alma) hasta la filosofía de la Ilustración que puso siempre delante al hombre. La Declaración de Independencia de Estados Unidos los proclamó al universo el 4 de julio de 1776: «Todos los hombres son creados iguales; están dotados por el Creador de unos derechos inalienables: entre estos derechos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Y, de hecho, en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano del 26 de agosto de 1789 se hicieron eco de aquellos, comenzando con su famoso artículo 1: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». 

Entonces, si no los había inventado, ¿la Revolución francesa habría instituido los derechos humanos, los habría puesto en práctica? Nadie se aventuraría a decir que fue durante los diez años de su historia convulsa y mortífera. ¿El crédito valdría entonces para sus sucesores? ¿Para nuestras Repúblicas III, IV y V? 

Pero, salvo para traicionarlas constantemente, ¿qué libertad? ¿qué igualdad? ¿qué fraternidad? ¿Cuándo entraron estos nobles principios en la realidad histórica? ¿Desde cuándo la proclamación de los derechos del hombre lleva concretamente al respeto por los seres humanos como personas? ¿No será que, dicho de forma más trivial, la sociedad, como escribió en broma Chamfort en la época de la Revolución, está, incluso hoy, «compuesta de dos grandes clases: los que tienen más cenas que apetito y los que tienen más apetito que cenas»? 

En esta pseudoconquista de los derechos humanos, la Revolución francesa se engañó a sí misma y, paradójicamente, todavía nos sigue engañando a nosotros, en la doxa 1 republicana y, por consiguiente, en los libros de texto, pero también en la historiografía2, incluso reciente. ¡Oh! Por supuesto, ya no se celebra la Revolución como el glorioso episodio fundador de la República. Se le ha echado agua al vino. Se condena el Terror (sin embargo, hay una tendencia actual en la historiografía a relativizarlo e incluso reducirlo a un mito), pero se invocan hasta la saciedad los famosos derechos del hombre. ¿Una conquista semejante no valía una revolución, no importa cuál fuera su precio? Por gracia de la Revolución francesa, Francia se ha convertido en «la patria de los derechos humanos» y da lecciones al respecto, una y otra vez, a todo el mundo. «Desde el tiempo que Francia lleva brillando, escribía Jean-François Revel, me pregunto cómo no se ha muerto el mundo entero por insolación». 

Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Platón ya nos habló del fracaso de su apuesta política: no pudo hacer del tirano Dionisio el Joven un rey filósofo. La realidad del poder apagó la frágil llama de los principios filosóficos que parecía haber aprendido. El rey filósofo (como el rey-filósofo defendido por Fénelon en su Telémaco) es una figura imposible de la historia. Por lo tanto, concluye Platón, «no habrá tregua a los males sufridos por los Estados; no más, creo, que a los del género humano». 

Y ahora, desde los primeros siglos de la historia mundial, la justicia (en el sentido moral), la humanidad, la libertad, la fraternidad quedan relegadas al firmamento de los deseos piadosos, la utopía, la magia. Porque, ¿quién es este «hombre» al que la «razón» de los filósofos reconoce todos esos «derechos naturales», sino un hombre abstracto, libre de toda contingencia histórica, política y social, «fuera del suelo», si se puede decir así? Sin embargo, este es el hombre que blandió la Declaración de 1789. 

Pero no importa, ya que los derechos humanos se alejan de la política para proceder del Evangelio y del culto. Valentine Zuber (Le culte des droits de l’homme) ve en ellos «una religión civil republicana, un conjunto de creencias, símbolos y ritos relacionados con las cosas sagradas llevadas por una sociedad y alejadas del debate». 

Un mantra y, además, venenoso: «No se trata de sentir si un ideal es en sí mismo bueno, verdadero, etc. 
Se vuelve infernal si está más allá de nuestro alcance, cuando queremos tomarlo para hacerlo norma de gobierno de los hombres y de la organización de la sociedad», escribe Augustin Cochin. Toda la historia de la Revolución francesa está ahí. 

Sacralizados de esta forma, los derechos humanos son intocables. «Hoy resulta inconveniente, blasfemo y escandaloso, criticar la ideología de los derechos humanos tal y como antes lo era dudar de la existencia de Dios», según Alain de Benoist (Más allá de los derechos humanos)3. Bajo esta bandera, la Revolución francesa es igual de insospechada. Sigue avanzando, escondiéndose detrás de su mito universalista.

Ha llegado el momento de descubrir la impostura detrás de la postura y finalmente aceptar que la Revolución francesa fue un horrible episodio, de principio a fin, de la historia de Francia. No fue la sublevación magnífica de todo un pueblo, sino una locura asesina e inútil, una guerra civil cuya memoria continúa hoy dividiendo fundamentalmente a los franceses. El resbalón, invocado por François Furet, que se habría producido después de la mágica Declaración, fue en realidad el de toda la Revolución, desde los primeros días de los Estados Generales e incluso desde que se emitió la simpática idea de convocarlos. Luego todo fue de mal en peor, hasta el punto de que, para salvar a Francia de la anarquía, fue necesaria una dictadura militar.
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1 Opinión. [N.d.T.]
2 Cf. al final del volumen, un ensayo de historiografía crítica, «La Revolución es seguramente un bloque».



CUANDO SOLO QUEDA 
AFERRARSE A LA FE PARA VIVIR

"Creer o Morir" cuenta la historia de David, un niño alegre creyente de 8 años, 
que junto a su abuela Nasha de 85 años, descubrirá un mundo de fe, 
sueños y posibilidades, más allá de los que sus ojos pueden ver.

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