EL Rincón de Yanka: PARAGUANÁ

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martes, 28 de abril de 2026

LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA: LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

 



LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA
LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

hasta que entiendes de dónde vienen.

Miles de españoles cruzaron el océano
buscando una oportunidad…
y en ese camino, dejaron algo mucho más grande:
Trabajo, conocimiento, cultura
y una huella que aún sigue viva.

Desde el campo…
hasta la industria,
desde la gastronomía…
hasta las ciudades que crecieron con su esfuerzo.

Cada historia, cada negocio, cada receta
forma parte de lo que hoy conocemos como Venezuela.

Porque este país no se construyó de un solo origen…
sino del encuentro de muchos.

👉 Si tienes raíces españolas, 
este carrusel también es parte de tu historia.

viernes, 10 de abril de 2026

LIBRO "PUNTA CARDÓN, PARAGUANÁ, LA HUELLA DE UN PASADO" 🌵 por SAMUEL LÓPEZ


PUNTA  CARDÓN,
LA  HUELLA  DE  UN   PASADO
🌵

PUNTA CARDON en la historia

Anteriormente esta región estaba conformada por la Etnia Caquetía entre las cuales se destacaban “Los Guaranaos”. En el año de 1600 al 1700 existía lo que hoy se llama Punta Cardón; Ese nombre se deriva del calificativo que tenia la región es decir le llamaban la punta del cardón debido a que solo existían cardones, tunas, y cujíes como flora autóctona del lugar.
En el año de 1787 Punta Cardón aparece en los primeros mapas de Paraguaná que reposa en el archivo de Indias registrando 15 casas y 116 habitantes. Aunque no se conoce la fecha exacta de su fundación se dice que llegó a las costas paraguaneras un Alférez de origen vasco llamado Esteban de Ollarvides. Quien al acercarse a la orilla gritó “Eleguey” (echen anclas, en vasco) que se supone que expresaba alegría; Ollarvides extasiado por la belleza de la región se radicó en el Cardón donde se unió con María Josefa Zavala, promoviendo la construcción de casa, corrales de chivos, tanques de agua y jagueyes construidos para almacenar el agua de lluvia para contrarrestar la sequía de la zona.

El alférez Ollarvides compra a los Reyes de España más de 14 mil hectáreas de terreno por la cantidad de 100 Reales el 28 de Diciembre de 1718. Según el Sr. Samuel López quien es autor del libro titulado “semblanzas de mi Pueblo” y nativo de la parroquia, en el año de 1652 existió un jagüey (zanja llena de agua) y luego un modesto establecimiento pecuario en el área aledaña de la punta del cardón. 

En la pobreza y humildad nació un pequeño pueblo llamado Punta Cardón (Paraguaná, Edo. Falcón, Venezuela), de nobles pescadores; en un clima árido, con muchas brisas esparcidas, pero donde había todo lo que un ser humano necesitaba para vivir: amor, paz, trabajo y un inmenso mar. Es un hecho histórico que alguien escriba y que otros lean. Este libro a la razón contará su propia historia, llena de personas brillantes, orgullo para nuestro pueblo, para el paraguanero y para el estado Falcón. Leerán un libro que aspira a ser fascinante para el lector, lleno de crónicas, de muchas experiencias y de nombres quizás relacionados con nuestras propias familias.

Acudir a la memoria y atar a esa memoria los recuentos testimoniales para describir lo que ha sido la historia de un pueblo humilde y emprendedor, enclavado en una península con forma de cabeza humana que es la mayor saliente en el norte que tiene el territorio venezolano: es esa la forma singular en que está escrita esta obra. Las palabras de un colega local, Guillermo de León Calles, definen Punta Cardón. La huella de un pasado como el aporte a la cultura nacional y local que es: “… Punta Cardón, a las claras está, no puede pasar un instante de su vida sin desenterrar La Botija. A veces la nostalgia se les revela en forma de debudeques horneados por el barro, o como un Salvador Tremont, soltando versos en el bar Zenith, del recordado negro Fresser. Y es que ese barrio, agujereado por las filtraciones petroleras, tiene casas completas en la memoria de los que la habitaron y cuyo testimonio está en las décimas del ‘Tinche’ Blanco, y en las melancólicas y alegres a la vez, composiciones de Frank Calles. La Botija, de esta manera, emerge a flor de tierra y de garganta. Lo de este terruño cardonense, tan bien tratado por uno de sus radiólogos sentimentales, Samuel López, es palabra repetida que no cansa. Reposición de los mismos capítulos sin que se ahoguen en las marejadas del tiempo.

Presentación

Cuenta la bella historia que en el pueblo de Nazaret, en un humilde pesebre, nació un niño bendito llamado Jesús, y alrededor de Él, María y José. Era tanto el amor que rodeaba ese pesebre, que no hacía falta nada. 
En la pobreza y humildad nació un pequeño pueblo llamado Punta Cardón, de nobles pescadores; en un clima árido, con muchas brisas esparcidas, pero donde había todo lo que un ser humano necesitaba para vivir: amor, paz, trabajo y un inmenso mar. Es un hecho histórico que alguien escriba y que otros lean. 

Este libro a la razón contará su propia historia, llena de personas brillantes, orgullo para nuestro pueblo, para el paraguanero y para el estado Falcón. Leerán un libro que aspira a ser fascinante para el lector, lleno de crónicas, de muchas experiencias y de nombres quizás relacionados con nuestras propias familias. No se trata de un libro cualquiera que recoge apenas los momentos vividos; es una verdadera historia que reúne los más importantes acontecimientos, con el mérito de haber sido comprobados todos y cada uno de ellos. 

Libros como este permiten conocer de nuestro hermoso pasado y sembrar conciencia a través del legado de quienes crearon la grandeza de nuestra comunidad. A pesar de que nuestro pueblo tiene enemigos políticos y económicos que luchan por acabarlo o derrumbarlo, no podrán hacerlo; y aunque muchas veces digan con desprecio “Ese es de Punta Cardón”, no saben que con esa forma peyorativa están refiriéndose a gente que es espléndida, maravillosa, luchadora; que alza su cara orgullosa de haber nacido aquí; gente preparada profesionalmente; personas de alto nivel que hacen de nuestro pueblo un lugar cada vez más pujante. También es gente que reclama valientemente sus derechos y puede decir con orgullo: ¡Yo soy de Punta Cardón!
Dr. Jaramel López P.

Prólogo

La historia es una disciplina científica; una de las ciencias sociales y humanísticas. Ser historiador es similar a ser académico porque se está obligado a estudiar, investigar, narrar y enseñar. El historiador que no busca con objetividad la verdad de los hechos, que no escudriña la realidad, que no confronta diversos documentos para rescatar de ellos los datos auténticos y fiables, estará haciendo un flaco servicio a la construcción verídica de los acontecimientos. 

Un cronista no tiene por qué ser historiador. Tampoco requiere de estudios académicos para rescatar de los pueblos, de los libros y demás documentos (archivos, anuarios, libros mercantiles, etc.), los hechos tal como sucedieron o como fueron narrados o reseñados en dichos documentos. 

Nuestro querido amigo Samuel López intenta ser ambas cosas: quiere reconstruir la historia de Punta Cardón basándose en sus propias vivencias y las de sus allegados, sin dejar de acudir a los libros y demás documentos que sobre el particular existan. La aspiración de documentar la historia de nuestro pueblo es el mayor mérito y el más alto honor de un nativo de Punta Cardón. 

En un pueblo como el nuestro pueden existir muchas mentes preclaras, nacidas en la región... pero una sola puede tener la doble intención de dejar plasmadas en un texto las vivencias que pueda recordar de ese pueblo. Para Punta Cardón, ese es Samuel; alguien que mantiene su interés en reseñar nuestro lar, como otrora se escribiera: “Punta Cardón, un pueblo que se negó a morir”.

Samuel entreteje lo afectivo, lo social, lo político, lo deportivo, lo ético y lo religioso. Narra aquí, con sus propias palabras, parte de lo que ha pasado en nuestro pueblo durante los siglos xix y xx, así como antes y después de la era petrolera con la instalación de la compañía Shell en Venezuela (Refinería de Punta Cardón). Es un trozo de historia tamizada por las vivencias e intereses de su autor, de sus referencistas o informantes. Son pedazos de recuerdos… de los que nos unen al pasado de nuestra querida Punta Cardón. 

No encontraremos aquí pasajes de nuestras historias personales porque la óptica del autor es la que prevalece; para que así fuese, tendríamos cada uno de nosotros que narrar la historia de Punta Cardón desde nuestras perspectivas personales, lo cual enriquecería muchísimo nuestro conocimiento del pueblo y favorecería la construcción del devenir. 

La historia de Punta Cardón, escrita nuevamente por uno de sus hijos desde lo anónimo a lo esencial, sin resistirse al paso de los años transcurridos, la va nutriendo con las novedades del ayer para demostrarnos hoy lo que somos y lo que por derecho podamos llegar a ser los puntacardonenses. Nos da allí la posibilidad a unos, de recordar; a otros, de descubrir; y a la mayoría, de aprender a amar lo nuestro. Aquí aparecen personajes involucrados, sucesos, anécdotas y otros tantos episodios de nuestra cotidianidad ya pasada. 

Lo esencial de buscar información sobre la historia de los pueblos no está solo en la contribución de las personas que las aportan, sino en quien la escribe. Rescatarlas, plasmarlas y difundirlas es de mucho valor. Es probable que algunas y algunos de nosotros encontremos en esta obra historias de nuestras familias que no nos gustaría que se contaran, de esas que preferimos olvidar por aquello que dice la conseja popular: “Hay cosas que por sabidas se callan… y otras que por calladas se olvidan”.

Samuel habla desde el corazón y lo hace anecdóticamente, coloquialmente, cual hijo de un pueblo que no tiene dobleces. No aspira a ser ubicado en un estilo literario en particular, solo quiere que sus relatos formen parte de la historia oficial del pueblo, por lo menos con la óptica que él les imprimió. Otros se encargarán de desmentirlo con documentos fiables o testigos reales que demuestren lo contrario, por lo tanto, esto queda como un testimonio fiel de todo lo que aquí se expresa. 

Lcda. Judith Manzanares H.
***
...Con la llegada del sacerdote de origen cubano, Cristóbal Novoa García, a encargarse de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria el 14 de mayo de 1962, se continuó con el mismo movimiento e incluso formó un equipo de béisbol con el mismo nombre, realizando juegos en Campo Shell, Judibana, Pueblo Nuevo y otros sitios donde fuésemos invitados. Entre los jugadores estábamos Manuel Sánchez, Víctor Rojas, Aurelio Tremont, Hugo Colina, Felipe Sánchez, y este servidor. Desde 1957 hasta la presente fecha, nuestra iglesia ha tenido los siguientes sacerdotes: 
Andrés María Santiago, Cristóbal Novoa, Ignacio Serrano, Lucas Arcila, Rafael Vites, Padre Francisco, Danilo Blanco, Eladio Bedoya, José Luis Cortés, Luis Martínez, David Gutiérrez y Ronny Damas. Orgullosos nos sentimos todos los católicos puntacardonenses al tener como representantes de Dios a dos sacerdotes nacidos en nuestro pueblo: David Gutiérrez y Nelson Abel Figueroa.

Recuerdo que el cura era de origen cubano, llamado Cristóbal Novoa García, quien había llegado el 14 de mayo de 1962 a encargarse de la iglesia, en sustitución del padre Santiago María Andrés. Nos fuimos en cambote hasta la Casa parroquial y empezamos a cantarle al sacerdote. No recuerdo cuál fue la primera de ellas y de las demás que siguieron. El reloj marcaba las once de la noche. Por supuesto, el padre dormía y se molestó. Nosotros, prendidos y envalentonados, le dábamos más serenata. Se nos olvidó que el cura era uno de los pocos que tenían teléfono en el pueblo y llamó a la policía. Al instante se presentaron varios agentes, nos rodearon y nos llevaron detenidos a la estación policial al frente de la iglesia. Allí, el comandante de la policía, Pedro Milano, nos reprendió duramente y criticó semejante barbaridad. Recuerdo que nos preguntó por qué le habíamos faltado al respeto al cura.

Yo conocí al P. Novoa, un cubano corpulento. Una persona muy afable y sencilla. Todavía tenía un marcado acento cubano. Yo lo conocí gracias a una invitación que nos hizo al grupo de Renovación Carismática de Judibana junto al P. Sebastián Mauceri, el Club Serra por medio de él, en Punta Cardón. Quería conocer nuestros testimonios juveniles sobre nuestras conversiones al Cristo Rey. Cuando terminamos, se dirigió a nosotros, y nos respondió que él estaba vacunado contra nuestro movimiento. Al cabo de unos meses nos invitó a dar un retiro cuaresmal, y fue un gran encuentro por y para la Gloria del Señor. Cuando estuvimos orando por la efusión del Espíritu Santo, él mismo, el padre Novoa, pidió que intercediéramos por él, y le impusimos las manos como signo de comunión eclesial. Fue algo impresionante cuando dio su testimonio. 

Un pueblo es el conjunto de vivencias de sus moradores en el diario sudor que derraman sus hijos. Es un río que se forma con el caminar de la gente que circula por sus calles y de las cosas que hacen cada uno de ellos. Es la lucha por la subsistencia cotidiana, teniendo como meta el engrandecimiento y progreso de su terruño. 
Un pueblo es la historia viviente de esos personajes que día a día logramos encontrarnos en su rutinaria vida, llena a veces de ese calor humano, donde despliegan paciencia, odio, paz, amor, rencor, egoísmo, bullicio, paisanidad, perdón, y demás sentimientos agradables y desagradables que llenan el espacio vivencial de sus calles. 

Punta Cardón es el pueblo donde la hermandad, la fraternidad y el buen vivir van de la mano, haciendo honor a los principios éticos, morales y sentimentales de su gente. Tratando, por segunda vez, de dar a conocer los orígenes, luchas, sueños y prioridades insatisfechas de nuestro conglomerado, y de resaltar sitios al igual que personajes emblemáticos de su entorno pueblerino, inserto este caleidoscopio fotográfico, que será para todos nosotros como la huella de un pasado para entender mejor nuestras raíces; esas raíces que muchos paisanos desconocen y que, modestia aparte, bien pueden servir de guía para las generaciones futuras.


PUNTA CARDÓN, PARAGUANÁ: LA HUELLA DE UN PASADO por SAMUEL LÓPEZ by Yanka


PUNTA CARDÓN, LA HUELLA DE UN PASADO 

por SAMUEL LÓPEZ


jueves, 9 de abril de 2026

JUDIBANA: EL SUSURRO DE LO QUE FUIMOS por TEO LÓPEZ (EL NUEVO PELÍCANO)


JUDIBANA:
EL SUSURRO DE LO QUE FUIMOS



"Si las palabras no sirven para refrescar 
en los otros el recuerdo y lograr que ahí florezca 
la memoria de Dios, no sirve para nada".
"LA VIDA NO ES LO QUE UNO VIVIÓ SINO LO QUE UNO RECUERDA"

Caminar por nuestras calles en las madrugadas es un ejercicio de memoria. El corazón nos dicta un paisaje distinto al que ven los ojos: recuerdo la avenida Juan Crisóstomo Falcón vestida de gala, con jardines rebosantes y esa grama que parecía una alfombra verde dando la bienvenida a los visitantes. Nunca olvidaré, tampoco, las películas del momento en el Teatro Judibana. 

Añoramos la risa de los niños en la Plaza Bolívar los fines de semana; venían incluso desde Punto Fijo a disfrutar de estos espacios cuando eran todo un jardín, donde la sombra de los árboles era un refugio y no un recuerdo ganado por el polvo. Queremos recuperar ese hogar donde el agua fluía constantemente por las tuberías y el servicio eléctrico no conocía de pausas largas; aquel tiempo donde el personal de aseo barría cada una de nuestras calles. 

No escribo desde el reproche, sino desde el anhelo. Judibana nació bajo el signo del orden y la armonía; ese ADN sigue vivo. Soñar con calles sin baches y jardines florecientes no es pedir un imposible; es, simplemente, querer de vuelta el hogar que construyeron nuestros padres y abuelos con tanto esmero.

"Cuidar nuestro pasado es sembrar nuestro futuro".
Teo López

reafirmo que Judibana no es solo un lugar en el mapa, 
sino un estado del corazón que nos pertenece a todos...


En un mapa del tiempo, en Paraguaná,
nací en un jardín de acero, sudor y dignidad.
Es que nos trajo sueños con adheridas de luz.
Y el cují de Diego, a su viento voraz.
Campo médico, Los Bloques, los mundos en paz.
Un pueblo que escribió su historia sin retroceder.

Judibana es prueba, crónica y verdad.
Y en las páginas de Toro Martínez
se escucha el latido de un pueblo fiel.
70 años, no son cicatrices,
son raíces que crecen hacia el amanecer.

Judibana, 70 huellas en la arena, Judibana.
70 lunas en sus calles, son besos,
tus gentes son bandera,
su ciudad jardín que el tiempo no volará.
Judibana, nadie apagará tu nombre,
que eres Falcón y eternidad.

Buenos abuelos que generan su amor,
en la Plaza Bolívar siembran su voz,
su gente pervive con risas y sal.
Y La Refinería no se parará la voz.
Existen cují, existe valor.

Judibana no muere,
y en sus venas corre el sol,
petróleo o esperanza.
Aquí nace la flor.
Judibana en tu tierra hay futuro y raíz.
Somos hijos del viento, del cují, del tapiz.

70 años son solo el primer capítulo,
en tu leyenda no cabrá ningún olvido.
Judibana en tu nombre hay princesa y crisol;
petróleo y cují; y un pueblo en acción,
mientras tú lleves esta canción.




VER+:


domingo, 1 de febrero de 2026

"VENEZUELA NO HA PERDIDO LA LUZ"... por RAYITO DE LUZ ✨ y CANCIÓN "CONTANDO LOS DÍAS, LAS HORAS" por SAMUEL PÉREZ, PARAGUANERO, VENEZOLANO

 


Venezuela no ha perdido la luz.
La ha sostenido tanto tiempo
que hoy necesita reposarla en el corazón.

Descansar no es rendirse.
Es permitir que la vida vuelva a respirar dentro de ti.
Es confiar en que incluso en la pausa,
el alma sigue trabajando.

Hoy no te pidas fuerza.
Pídete presencia.
Respira…
y deja que la esperanza te sostenga a ti. 

Contando los días, las horas | Canción original - SAMUEL PÉREZ

miércoles, 28 de enero de 2026

JUAN TORO MARTÍNEZ, LA VOZ DE PARAGUANÁ: "CANTAGUANÁ"


Durante su labor como radiodifusor en el estado Falcón conversó con algunas personas notables en el campo de las ideas, del arte y de la cultura. Entre ellas: Morrella Muñoz, (Destacada cantante de música lírica y popular venezolana), Aquiles Nazoa, (Poeta, Escritor, periodista, y humorista), Alirio Díaz (guitarrista y músico venezolano), Alfredo Armas Alfonzo (escritor), William Faulkner (Famoso novelista norteamericano, ganador del premio Nobel de literatura en 1949), James Michener (Novelista, ganador del premio "Pulitzer"), y Graciano Gasparini (Arquitecto, fotógrafo artístico, pintor y venezolano reconocido en la academia de la arquitectura universal). Entre la más alta jerarquía de la iglesia católica, se encontró a Francisco José Iturriza Guillén, a quien Juan Toro Martínez, le realizó diversas entrevistas en sus programas de radio. Investigador de la comunicación social, logró desenvolverse como un buen pedagogo a través de la radio. 

Optimizó el uso de este medio para comunicar y llevar a los radioescuchas conocimientos y entretenimiento. Además de periodista y locutor del acontecer diario, fue designado Cronista del municipio Los Taques y más tarde, individuo de número XIV de la Academia de Historia del estado Falcón, donde ocupó la presidencia en el año 2000. 
En la columna "Fijo y en punto" que aparecía los días viernes en el diario "Médano" se recogían eventos que se disfrutaban en Paraguaná, entre ellos las tradiciones como la Cruz de Mayo y la solemnidad a la Santísima de la Virgen del Valle, tradiciones que fueron reseñadas con frecuencia en el espacio escrito. Trabajó en la provincia de Paraguaná. Toro Martínez, es uno de los casos más notables de constancia y consecuencia entre los escritores que se han radicado en la provincia. Desde que llegó a Paraguaná no dejó de escribir para lograr tener publicaciones nacionales y extranjeras. Estrenándose como cronista, entrevistó en Caracas a Guillermo Meneses, cronista de la capital, en ocasión de la celebración de la VI convención de cronistas de Venezuela, llevada a cabo en el año de 1974.

Literato por excelencia En Juan Toro Martínez, resulta importante identificar sus rasgos, fortalezas, virtudes, debilidades y carisma. Escribió una vez: "Hoy podemos decir con abierta propiedad y con el sentimiento iluminado que no hay lugar más hermoso, que no hay mejor gente en ninguna parte, y que por ello debemos darlo todo por este terruño de nuestra querencia”. Fue un insigne Literato, que se encargó de difundir y compaginar los géneros literarios con el periodismo. Tal vez sin saberlo, estuvo en la escuela de Gabriel García Márquez con la corriente de Nuevo Periodismo. Incorporó las figuras de la literatura con los géneros periodísticos y con ellas recreó la crónica y la crítica. Fue poeta y declamador desde los 19 años.

En la obra de Juan Toro Martínez destacan "La gente de allá lejos" (1970), donde se evoca la necesidad del conocimiento de la provincia, en ella inmortaliza para las generaciones futuras la expresión "se ama el país de origen cuando se le camina". "Adiós Adaro" (1998), calificada como una obra intimista que narra los acontecimientos de la llegada del núcleo familiar Toro Álvarez a Paraguaná, Falcón. "Montehondo" (1992) libro costumbrista que valoriza el sentido de convivencia y permanencia del paraguanero, específicamente del municipio Los Taques -en coautoría con su hija Hildamar Toro-. "La Siesta de las Fieras" (1997), es una reflexiva que analiza la conducta del político venezolano, durante las décadas entre 1969 y 1990. "Amuay 40" (1990) editado por la oficina de Asuntos Públicos de la Refinería de Amuay. En ella se recopilan 40 años de la trayectoria del centro refinador. Toro Martínez destaca aquí el trabajo y esfuerzo del hombre venezolano en la refinación de los hidrocarburos, "Paraguachero" (1986) en la que él resalta los valores costumbristas del hombre de la zona de la Península, y como se dice en este ensayo, fue la denominación que él dio a las personas que sin ser nativos eligieron vivir en esta región. También publicó "Alfredo Sadel" (1994) donde relata la obra del tenor de Venezuela y en "Buenos recuerdos de la radio" (1997) trata de su gran amistad con el cantante venezolano. Es un elogio al trabajo y proyección que Sadel le dio a Venezuela.

"El general generoso" (1978), es calificado como una obra integral. En ella comenta los inicios de la radio, habla sobre su vida, sobre las personas que entrevistó en su carrera hasta ese momento, sobre la belleza de Paraguaná, e incluye su obra poética y expresa el recuerdo de su familia. Son vivencias personales que se desarrollan a través de su discurso narrativo, es una obra querenciosa acerca de la crónica y la poesía. 
"Grandes pájaros bravos" (1973) expone acerca del aburrimiento que le causaba la actuación de los políticos, para él el ejerció de la política era considerado una ridiculez, porque quienes la ejercían no ejecutaban. A Juan Toro Martínez, se le hacía completamente indiferente el llamado juego de la política criolla. No estaba de acuerdo por la sencilla, razón de que oía hablar a los líderes, los cuales mostraban su mediocridad y su vocinglería. 

"No puedo estar de acuerdo. No quiero", señala. Además, expresa que no hay excepciones políticas "Todos están medidos desde la necedad y la petulancia hasta la falsedad y el ridículo", para más adelante expresar "lo único que querría sería que algunos hicieran el bien". 
"A mí que me toquen una dulce musiquita" (1978) recoge un grupo de poesías escritas por él al igual que la novela "Casi como una trampa" (1972). Especial mención merecen en la obra de Toro Martínez las publicaciones. 
"HITO, la memoria pintada" (2000) fue escrito en el páramo La Culata en Mérida. Su autor alquiló por un mes una casa y entre recuerdos tristes y alegres, dedica a su esposa las líneas donde destaca la obra pictórica de su esposa ya fallecida. Igual mención a "Los días que vienen mañana" (1998) un ensayo que refleja el sentimiento de la pérdida de su hijo Héctor Toro Álvarez de 46 años acaecida luego de un infarto el 28 de marzo del mismo año de su publicación. 

Están dos obras en preliminares "La Iguana de Acero" que aborda la vida del petrolero en la década de los 70 y 80 y "Jubilana", escrito durante su convalecencia. En él contiene su preocupación, ya a sus 73 años de ver cómo las nuevas generaciones de los habitantes de Judibana emigran para estudiar y él intuye que no van a regresar, lo que convertiría a este campo petrolero en una ciudad de jubilados, de allí el juego de su nombre.


CANTAGUANÁ


Aquí en Paraguaná nació la Iguana, el mismo día que cantó el chuchube y que Dios dibujó el primer crepúsculo.
Ese día también aparecieron el agua y el pez vela, el viento ya mayor y el asombro del relámpago. 
Aquí nace el brisote benigno que a las 5 de la mañana inauguran los pájaros. 
Aquí estrena la Acacia, un rojo de acuarela, el matorral silvestre lleva el pelo desordenado por la ventolera, el polvo se hace nube corredora que arenilla portales y ventanas. 
El mar de aquí parece una sabana, la sabana parece un cementerio con su larguísimo silencio pero, Paraguaná tiene un misterio y no se sabe bien por qué se queda como una pega-pega aquí en el pecho. 
Debe ser porque vista desde lejos se hace el milagro del acercamiento. 

Aquí hay una mujer de cara indiada que ha debido llamarse Venezuela, es honda y caquetía su mirada y esbelta que parece una bandera. Yo voy a preguntar cómo se llama esa bella mujer paraguanera que tiene caquetía la mirada y tanto se parece a Venezuela. 

Aquí en paraguaná brota la pitaya con el olor salvaje del cují para espantar la plaga y el mal de ojo. 
Aquí, los aguaceros son diluviones del paraguanero. Aquí sí que es verdad que truena feo, que son feas las noches con relámpagos, que hasta que se creen fantasmas que desfilan un gran desfile de descabezados que bailan en Cuadrilla, la danza de los endemoniados. Menos mal que uno sabe el Padrenuestro y se acuerda, y lo reza eestos casos. 

Este lugar, ¡qué bello se va haciendo!, así los rostros de sus moradores testimonian angustias y nostalgias, porque nos vamos pareciendo al indio, porque nos trata con amistad purísima y confiada, y ya tenemos que quererlo mucho, porque nos mira hondo cuando habla: 
- Yo soy como eres tú, - nos dice manso mientras que lento menea la cabeza. 
- Yo sí quisiera ser como eres tú, hermano. 
La palabra le sale como de un manantial y hasta se le humedece la mirada. Esta gente es así como agua clara, porque cuando lo dice, ya uno sabe que hay un hombre de pan en su palabra. 
entonces, uno sí comprende, por qué el lugar se nos va haciendo bello. 

Aquí hierve la tuna cuando agosto amanece echando fuego. La raíz de la tierra se reseca y hasta el cují, envejece antes de tiempo. Las chicharras se esconden, los chivos se encabritan, las taras se persignan, los chuchubes se vuelven paraulatas. El que se queda es el hombre y su iguana. 

Aquí apunta la sábila y alza el ajonjolí cuando arrecia la lluvia e inunda los terrones sedientos, la flor estrena ropa verde y amarilla, los pájaros celebran su día de fiesta nacional. Es el prodigio de las aguas, la plenitud del surco, la bendición del pan, el hallazgo del hombre. 

Aquí cuando paseamos, cada camino nos lleva hacia alguna parte, allá lejossss vemos la cardonera que se acerca, vemos los cujisales que caminan, se mueven y que se precipitan, que nos circundan, nos baten, que nos palpan, nos lamen, que nos silvan, en las raíces de la sangre, y oímos como si quisieran decirnos cosa, o es que somos nosotros, los paseantes empequeñecidos y asombrados que queremos creer, oyendo fábulas e historias. Viendo el camino, creo, que fue el primer camino, que caminó Dios junto al indio. 

Aquí en Paraguaná también, se estira la soledad más solerosa. Es esa vastedad de estáticos cardones sobre tierra rojiza, en donde nunca anida ni el zamuro; pero, esa soledad paraguanera que fecunda la tuna y la chamiza se parece a aquellos increíbles caquetíos con su silencio impenetrable, tan cerca de las piedras que hasta el mismo Pico de Santana, más que un cerro boscoso, es un paraguanero gigantesco, que talló con sus manos de greda cualquier indio, cualquier hermano tuyo, el día que se inventó el mundo.

Declamación poema CANTAGUANÁ de Juan Toro Martínez

sábado, 14 de junio de 2025

EL CRONISTA ALÍ BRETT MARTÍNEZ EVOCA EL RECUERDO DE "AQUELLA PARAGUANÁ" 🌵


🌵
Emociones que no razones son las que inducen al quehacer microhistórico. Las microhistorias manan normalmente del amor a las raices” asi ilustra González (2010:14) la sensibilidad que aflora en el historiador para dar un toque quizá, de mayor complejidad en la inclusión de métodos y técnicas diversas al estudio temporo-espacial que logra superar las barreras tradicionales del mundo historiográfico. Así encontramos sumido en esta vertiente al cronista de Paraguaná, Alí Brett Martínez, con una prosa que delinea el enigma de las tierras falconianas. Su itinerario intelectual abarca su experiencia por las reivindicaciones laborales en la conocida huelga petrolera de 1936. Entre los años 1953 al 55 es columnista del periódico Médano de Punto Fijo. También fue corresponsal en Paraguaná del diario La Calle, y dos años después en el diario El Nacional. En 1963 aparece en la revista Momento, de 1964 al 67 es redactor de Variedades, el Gallo Pelón, El Venezolano, El Siglo, La Verdad, Diner's y Bohemia, así como en Panorama y Crítica de Maracaibo.

Entre sus obras se menciona con especial querencia "Aquella Paraguaná", son páginas que atesoran los orígenes de la población de la Península de Paraguaná y de los personajes que habitaron el territorio, junto a la transformación que sufrió su sociedad durante el siglo XX desde la llegada de las empresas petroleras, perdiendo el carácter colonial que le caracterizaba tras el súbito influjo de extranjeros en la población. El libro que fue editado en dos oportunidades (1971, 1988), de acuerdo con Petit abarca los amorosos testimonios que adquieren una particular y mágica dimensión. Un viaje donde nos invita a ser testigos de excepción, para mostrar una realidad en la que narra espontáneamente la vida de un pueblo y que nos permite vivir, fuera de distanciamientos, la Paraguaná que en ese momento existía, sin el punto ni la raya que el progreso con sus hombres fijaría en los mapas de la Paraguaná contemporánea.

Qué mejor homenaje a la obra del notable cronista que traer de vuelta las páginas de Aquella Paraguaná:
  • Paraguaná era Faustino Riera en Adícora; el doctor Otero y el bachiller Peña en Pueblo Nuevo; Salustio y Lulio Sierralta en La Florida; Elicelis Blanco y David García en Jadacaquiva, Diógenes Osorio, de Acaboa, maniático, ilustrado y quijotesco que nos hacía repetir lámpara, lámpara, lámpara, para divertirse luego escuchando paralam, paralam, paralam; Regino Pachano Plaza en su mantuana estancia de Jacuque, orgulloso de sus vínculos familiares con el Mariscal Falcón y con mesoneros de rancio estilo aristocrático; los Hermoso en Isito y La Italia; Genaro Ruiz, Tiolai Alvarez, los Brett y los Irausquín en Los Taques; Hilario Bracho en Amuay y también José María Romero, faculto en medicamentos por su parentesco con el doctor Otero, y Chita Ocando, su esposa, elegida administradora del correo local mediante votación popular; Don Hipérides Ocando, en Jayana y Cumujacoa, purista del idioma hasta el punto de caminar varias leguas para convencer a un porfiado, diccionario en mano, que múcura no es lo mismo que cantimplora; los Ocando y Gerónimo Lugo en La Vela; Esteban Brett, los García y Leónidas Ocando en La Trinidad; Martín Yagua, las Caches y Atanasio Aular en Quitaire; Nanito Pulgar y Eleazar Quintero en Buena Vista; Octaviano Zavala, Antonio Ochoa y Chobo Padilla en Punta Cardón; Modesto López en Moruy; los Naranjos en Yabuquiva; Cristóbal y Francisco Medina en El Cardón; los Cayama en Santa Ana; Teodoro Thielen en las Margaritas; Hilario Villa en La Vaca; Porfirio Pelayo, el de la Libertadora, en El Cayude con aquel inolvidable reloj de piedra; los Iturbe en Cunacho: Amoroso Altuza en Cerro Atravesado; los Puente en Santa Elena; los Aldama en Jayana, y los Thompson en Los Pozos.
  • Paraguaná también era una casa blanca de cumbrera y camareta para la inercia de una solterona que culpaba de su suerte a la mata de macasar de su patio.
  • Paraguaná era asimismo alguna vez una casa de campo mirando hacia una escuela a través de un camino por donde iban y venían, de tarde en tarde, enlazados de las manos, una muchacha fragante como rosa recién abierta y un joven atemorizado por los submarinos nazis.
  • Paraguaná era Pancha Ramirez refiriendo cuentos de muertos y de fantasmas por las noches a la hora de repartir la mazamorra en el patio de la casa familiar mientras pasaban las daras hacia Sariano y Caseto. Una vez que alguien no trajo pescado de la costa, Pancha Ramírez dijo: a que si yo diba tria, que no era otra cosa a que si yo hubiera ido hubiera traído. Contaba también pasajes del refranero español como éste en el cual un cochino y un pájaro -transformado por ella en chuchube- aparecían como protagonistas y que ella relataba, con sonsonete de rezandera así:
  • “Agua que apaga candela – candela que quema palo – palo que mata gato – gato que mata ratón – ratón que agujera pared – pared que sujeta viento – viento que lleva nube – nube que tapa sol – sol que derrite puerco – puerco que patica quebró”.
  • Paraguaná era Marinchare y Comencho doblados por la miseria y seguidos por un rebaño de perros que se les fueron muriendo de hambre por los caminos.
  • Paraguaná era el grito del jopeador que venia con los rebaños de vuelta de Paso de León o Pozo de Piedra.
  • Paraguaná era la banda de música de los Núñez, la mas famosa de la península, tocando en el club de Pueblo Nuevo de donde una vez sacaron a alguien por el “delito” de ser negro. Estúpida y aldeana discriminación producto de un mantuanismo sin sustentación de clases. En Paraguaná se conocen casos de familias que desheredaron a sus hijas por haberse casado con negros.
  • Paraguaná era una muchacha en espera de un novio que había ido a Maracaibo o Aruba a hacer los cobres para el matrimonio.
  • Paraguaná era una loca que salía para el monte en los días previos a su parto y regresaba con un hijo en un brazo y un haz de leña en la cabeza.
  • Paraguaná era el pueblo que tenía como médicos a los curanderos Julio Atacho y Agustín Medina. Atacho vivía en Moruy, siempre cargaba la camisa por fuera, le gustaba el trago y recomendaba remedios botánicos como, por ejemplo, los guarapos de la raspadura del yabo. Medina era más solicitado que Atacho y a la casa donde estaba recetando un paciente siempre llegaban varias personas a buscarlo, para llevarlo a otro lugar. Agustín Medina vivía en Caracagua, siempre andaba en una mula y cargaba un rebaño de perros atrás.
  • Paraguaná era una mujer que la noche de la boda le hizo un huequito al traje con que fue al lecho nupcial para evitar que el marido le viera el cuerpo. Que distanciados estamos de aquellos tiempos en esta época de mini-faldas y pantalones calientes. Un episodio como éste está relatado en la apasionante novela Cien Años de Soledad del colombiano García Márquez.
  • Paraguaná era un peón jalando azada de sol a sol por un bolívar diario y la manutención.
  • Paraguaná era el hombre con la azada en el hombro hacia el conuco, contento porque había caído la anhelada nortada para echar la semilla en el surco.
  • Paraguaná eran varias muchachas pintadas con carmín de papelito, vestidas de colores chillones caminando por una vereda, rumbo a la casa de un compadre donde había unos valses con el clarinete de Silvestres Lanoy, con la tambora de Mónico Guanipa o con el cornetín de Persides Bracho.
  • Paraguaná era un joven que envió un telegrama a su papá después de haber recibido un palo en el ojo, en estos términos: Palo echado, ojo afuera, mande anteojo.
  • Paraguaná era una familia que viajaba hasta cinco leguas a pie con los zapatos en la mano para asistir a una fiesta de Los Taques. Los zapatos en los campos de la península duraban hasta diez años porque la gente se los ponía únicamente en tiempos de fiesta. Se acostumbraba ir en alpargatas hasta las cercanías del lugar de la celebración. Aquí se calzaban los zapatos y escondían las alpargatas en el monte para tomarlas al regreso y hacer lo mismo que a la venida.
  • Paraguaná eran las Oviedo en Buena Vista con su filosofía personal para comunicarse con los criados. A un policía que comía en su casa cuando le ofrecían huevos fritos y leche le decían: “Arrime lo que le cuelga y venga a comer manjar de ano y zumo de entrepiernas”. Al mandar al peón al jaguey a buscar agua para el café con leche ordenaban: “Muchacho, toma el madero hueco y vete a la profundidad a coger el líquido cristalino para hacer el blanco oscuro”. Para decirle al criado que tomara la escopeta y matara el gavilán comedor de pollos, le explicaban: “Coge la estrepitosa y corre a matar el rapi-rapi que no le deja pío-pío a la cloc-cloc.
  • Paraguaná era Cayetano Otero que media sus monedas con las de los demás para demostrar que las suyas eran más grandes. El mismo que ponía a descansar su carro debajo de un cují después de regresar de un largo viaje, como se hace con las bestias. Alababa las dimensiones de su casa y decía que ésta era tan grande, pero tan grande, que gritaban Cayetano en la cocina y el eco repetía: Caaayetaaanooo. Sólo las oes se oían en la sala, las demás letras se quedaban en los recovecos de la distancia, según la fantasía del personaje.
  • Paraguaná era un viejo que tapaba los caminos de los alrededores de su casa para evitar que los carros de los enamorados de sus hijas llegaran.
  • Paraguaná era un gallero desconfiado que al vender los huevos de sus gallinas de raza los pasaba por agua caliente o los traspasaba con una aguja para que nadie cogiera crías de sus animales.
  • Paraguaná era un lugar cuya gente consideraba que Fulano estaba corriendo tierra porque se había ido para Cumarebo. Era aquí asimismo donde decían Maracay de tierra, como si existiesen dos ciudades con este mismo nombre.
  • Paraguaná era un pueblo donde su gente caminaba cinco y más leguas en busca de una cucaracha para destriparla y freirla como medicamento contra el dolor de oído. Conocemos el caso concreto de uno que anduvo diez kilómetros a medianoche en solicitud de uno de estos insectos. Las tripas del animal las freian con aceite de comer y después la introducían en el oído al enfermo. Para estos dolores acostumbraban también cocinar el excremento del conejo.
  • Paraguaná era el balbuceo del chivato en los corrales en tiempos de frescura y rifazón. Animal que casi habla al declararsele a la cabra, a la cual le ofrece hasta camisón en su lenguaje fácilmente descifrable. Los más entendidos y suspicaces aseguran que el chivato en el acoso a la cabra le pide sexo por su nombre.
  • Paraguaná es el pueblo donde uno pregunta por un enfermo y le responden: está aliviaíto. Lo mismo que preguntarle, ¿cuándo viniste?, y ¿cuándo te vas?, a quien acaba de llegar.
  • Paraguaná es ahora un grupo de mujeres jugando canasta todo el día en un campo petrolero; las que se levantan en la tarde sorprendidas al ver su nivada colorama porque están comprometidas en la organización del baby-shower de Súsan Camber, quien antes de vivir en el Senior Staff se llamaba Susana Cambero.
  • Paraguaná es un lugar tan moderno ahora que cuando uno pregunta por un amigo en una casa de las urbanizaciones petroleras, la señora responde: él está en el aire. Uno piensa que el amigo ha ingresado a una escuela de aviación, o por lo menos que es un radioaficionado. Decir en un campo petrolero de Punto Fijo, Fulano está en el aire, significa que está en el cuarto del aire acondicionado.
  • Paraguaná es una casa de pretiles, con un tanque, un corral de chivos, un cují debajo del cual está amarrado un burro, y más allá otro cují donde en tiempos de frescura está montado cincho con un queso “encargado de por empleado de la Chel que se lo va a llevar a su compadre, un doctor que vive en Caracas”.
  • Y es así mismo la península un hombre del pueblo que busca desesperadamente por las playas una hueva de lisa para regalarsela al médico que se portó muy bien cuando la operación de su señora.
  • Paraguaná es el chuchube columpiando su canto a las tres de la tarde desde los copos del cují mientras “el viento de las vacas” bate el chinchorro de los que sestean en los corredores.
  • Paraguaná es una mujer de manos encantadoras haciendo muñecas de trapo con recortes de cretona.
  • Paraguaná es el cují jorobado por el viento; es el chiguare convertido en la peluca del médano que termina donde comienza la fulgurante e interminable salineta.
  • Paraguaná es un camino con cruces que recuerdan a los que murieron de hambre el año 12 o a los que fallecieron tupidos con semeruco.
  • En Paraguaná era frecuente la gente que se tupía con semeruco. A los tapados acostumbraban a meterle una paleta por el recto y posteriormente le daban un purgante de aceite para que expulsaran las semillas.
  • Paraguaná es el aguacero echando banderitas amarillas para anunciar las lluvias que tanto regocijan al conuquero. En la península cuando llueve se acostumbra a pedir albricias, es como pedir recompensa cariñosa a un padre por darle la buena nueva del nacimiento de su primer hijo.
  • Paraguaná era un pueblo donde el padre de familia le examinaba las manos al pretendiente de su hija antes de arreglar el compromiso. El aspirante con callos en las manos tenía ventaja sobre los demás, pues con ello demostraba su condición de “hombre de trabajo”, cualidad de primer orden para la gente de esta tierra.
Referencia Bibliográfica.
Brett-Martínez Alí (1971). 
Aquella Paraguaná. Ed. Adaro: Caracas

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