EL Rincón de Yanka: PELICULA

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viernes, 2 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA CIUDADELA" (THE CITADEL), 1938 🏙

 LA CIUDADELA 
(THE CITADEL)

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NOVELA DE A. J. CRONIN: La conmovedora lucha de un médico contra la corrupción del sistema sanitario en la Europa de entreguerras. El primer trabajo de Andrew Manson, un joven médico idealista, es en un pueblo minero de Gales donde se enfrentará a todo tipo de problemas médicos y humanos. Más tarde, cuando se traslade a Londres, el materialismo hará cambiar, momentáneamente, su visión de la vida, que recuperará gracias a la integridad de su mujer y sus amigos.
La Ciudadela es una novela poderosa y provocadora escrita por A.J. Cronin, publicada por primera vez en 1937. Ambientada en un pequeño pueblo minero galés, la historia sigue la vida y la carrera del Dr. Andrew Manson, un joven y ambicioso médico que sueña con marcar la diferencia en el campo de la medicina. A medida que Manson se enfrenta a los desafíos y dilemas éticos de la práctica médica, se desilusiona cada vez más con el sistema de salud corrupto y movido por el lucro del que forma parte. 

La novela es una crítica mordaz de la profesión médica y de los efectos deshumanizadores del capitalismo en la atención médica. Explora temas como la ambición, la ética, la clase social y la lucha por la integridad en un mundo dominado por la codicia y el poder. A través del viaje de Manson, la novela plantea importantes interrogantes sobre el propósito y la responsabilidad de los profesionales de la salud, el papel de la medicina en la sociedad y las concesiones morales que las personas pueden verse obligadas a hacer en busca del éxito. La Ciudadela es una obra que invita a la reflexión y conmueve profundamente, desafiando a los lectores a meditar sobre los valores y las prioridades que dan forma a sus propias vidas. 

Es una historia atemporal y universal que sigue siendo relevante y conmovedora en el mundo actual, donde el acceso a la atención médica, su asequibilidad y la ética continúan siendo objeto de intensos debates. Con sus personajes ricamente desarrollados, su trama apasionante y su poderoso mensaje, La Ciudadela es una novela clásica que continúa inspirando y provocando a los lectores más de 80 años después de su publicación inicial.

5 lecciones clave de La Ciudadela

1. Los escollos de la profesión médica: La Ciudadela pone de relieve la corrupción y los dilemas éticos presentes en el campo de la medicina. El protagonista, el Dr. Andrew Manson, se enfrenta a desafíos al lidiar con la burocracia y la codicia que imperan en el sistema de salud.
2. La importancia de mantenerse fiel a los propios ideales: A lo largo de la novela, el Dr. Manson lucha por mantener su integridad profesional y su ética en medio de las presiones sociales. La importancia de mantenerse fiel a la propia brújula moral es un tema clave en La Ciudadela.
3. El impacto de la clase social y el estatus: La novela explora el impacto de la clase social y el estatus en las oportunidades y el éxito de una persona. El ascenso del Dr. Manson en el campo de la medicina está influenciado por sus contactos y su capacidad para adaptarse a las normas y expectativas sociales.
4. La búsqueda de la felicidad personal: La Ciudadela profundiza en el tema de la felicidad y la realización personal. La búsqueda del éxito y el reconocimiento profesional del Dr. Manson se contrapone a su lucha por encontrar la verdadera felicidad y satisfacción en su vida personal.
5. El poder de la redención y el autodescubrimiento: La novela enfatiza, en última instancia, el poder de la redención y el autodescubrimiento. El camino del Dr. Manson hacia la autoconciencia y el crecimiento personal transmite un poderoso mensaje sobre la importancia de la introspección y la superación personal.

"EL TRABAJO DE UN MÉDICO NO ES PARA ENRIQUECERSE SINO PARA AYUDAR A LA HUMANIDAD".
"La mayor alegría en la vida es la satisfacción de saber que has marcado una diferencia positiva en la vida de otra persona".
"El ejercicio de la medicina requiere una mente aguda, una mano firme y un corazón compasivo".
"La práctica de la medicina es un trabajo en equipo, y el éxito solo se puede lograr mediante la colaboración y la comunicación entre todos los miembros del equipo de atención médica".
"La vida es un regalo precioso, y es deber del médico hacer todo lo que esté a su alcance para preservarla y protegerla".
"Un médico debe tener la humildad de reconocer sus propias limitaciones y el valor de buscar ayuda y consejo cuando sea necesario".


Andrew Manson, un joven médico que consigue su primer empleo en una población minera de Gales, se entrega al cuidado de trabajadores enfermos y gentes oprimidas. Las circunstancias, sin embargo, acabarán poniendo a prueba sus principios morales.

Excelente película, como excelente es su director King Vidor —poco conocido por esta obra "La ciudadela" y mucho más por otras cuyas historias resultan menos profundas o esenciales, como son el caso de "Duelo al sol" (1946), "El manantial" (1949), "Pasión bajo la niebla" (1952), "La pradera sin Ley" (1955) o "Salomón y la reina de Saba" (1959); sólo supera a "La ciudadela", por la enjundia y contenido, su film más laureado con toda razón "Guerra y paz" (USA 1956)—.
La película es una estupenda exposición crítica de las componendas, sinvergonzonerías e intereses creados que se dan en la profesión médica, válida no ya sólo para la primera mitad del siglo XX (tiempo en que se sitúa la historia), sino también para antes de esas fechas, para nuestros días, e igual y por lo que vemos continuamente para las décadas que aún no han llegado.

King Vidor nos narra fílmicamente, de manera espléndida, contundente y sobrecogedora, la vida de un médico desde que llega a su primer destino en una aldea, después de titularse como facultativo, con los problemas primeros de novato inexperto, con las adversidades que representan la gente ignorante o malintencionada y el medio en que hay que trabajar, con las luchas sostenidas con los propios colegas y sus círculos acotados donde no quieren que nadie les haga sombra ni perder sus cotas de poder, etc.
Es decir, una magnífica película que debían de pasarle en el primer año y de nuevo en el último, a los estudiantes que quieren licenciarse en medicina (al menos para que tengan constancia imantadora y magnífica de lo que son los primeros ideales de la profesión, y que el protagonista encarna de forma magistral, además de las tentaciones de hacer del ideal un negocio para enriquecerse y sobre todo para que observen bien a las claras qué es moral médica, o si lo prefieren, qué es ética médica).

En definitiva, y como K. Vidor bien hace decir a la mujer del médico protagonista, en un momento en que éste ha perdido todos sus ideales y dignidad humanitaria, habiendo caído en la práctica médica sólo como negocio y modo de enriquecerse: «Tu trabajo no es ganar dinero, sino ayudar a la Humanidad.»
"La ciudadela" es de las mejores y más concienciadoras películas, que pueden hallarse en la historia de la cinematografía, sobre el tema de profesionales médicos y el ejercicio de la medicina ya con moral ya con inmoralidad. Maravillosa película que hace llorar de emoción y que vista una vez les aseguro guardarán como una joya y volverán a ver complacidamente numerosas veces más; o sea una verdadera obra de arte.

El film suma drama, romance, crítica social y medicina. Explora las dificultades con la que se ha de enfrentar un médico recién licenciado a causa de su inexperiencia, la ignorancia de la población a la que asiste, la fuerza de los prejuicios colectivos y las inercias que obstaculizan la aceptación de nuevos remedios y nuevos métodos de diagnóstico. Por lo demás, el idealismo y la intransigencia propios de la juventud pueden suscitar la hostilidad de algunos colegas deseosos de evitar problemas, amparándose en prácticas y corruptelas inconvenientes: prescripción de medicinas que no curan y no perjudican (pero gustan a los enfermos), demora del anuncio de diagnósticos alarmantes (foco de tisis), etc. Otros peligros son la ofuscación que producen la fama y el éxito y las tentaciones que genera la codicia. Las reflexiones sobre las obligaciones del médico y los peligros que le acechan tienen una validez que va más allá de los profesionales de la medicina. Son de aplicación a todas las profesiones y a todo tipo de profesionales.
Para la correcta interpretación del film se ha de tener en cuenta que se refiere a una etapa temporal anterior a la reforma sanitaria que se aplica en el RU tras la IIGM, durante el gobierno laborista de Clement Attlee (1945-51) con la creación, gestionada por el ministro de sanidad Aneurin Bevan, del National Health Service (NHS).

“Te conocí con la esperanza en la mirada 
y arrojo en el corazón”

Si hay algo que me haya producido desencanto en la vida, es encontrar a tres excompañeros de la universidad, con los que pregonábamos la justicia social y la transparencia en el ejercicio de nuestra educación, matriculados dos de ellos después, en rancios y corruptos partidos políticos, y el tercero haciendo de médico en uno de esos hospitales donde la honestidad apenas entra por una rendija. Ver a un par de amigos, con los que compartí experiencias alrededor del arte en el que nos movíamos ávidos de despertar conciencias y elevar el nivel cultural de nuestro pueblo, haciendo de pastor, el uno, en una desvergonzada iglesia, y el otro sirviendo a un laboratorio de fármacos donde cuenta vender pero nunca sanar; y mayor desencanto me ha producido, ver a uno de mis exalumnos a quienes tanto insistí sobre el carácter y la dignidad, y sobre el respeto a sí mismos y hacia los demás, trabajando para una de esas empresas donde ganar dinero es lo único que cuenta… y hasta lloré, el día en que descubrí a una preciosa alumna que ahora estaba prostituyéndose.

¿Qué es lo que nos cambia? ¿Qué es lo que nos arranca ese esplendoroso brillo que teníamos en la mirada con el cual podíamos ver amorosamente a cada ser humano? ¿Qué es lo que nos saca de la luz y nos mete en la oscuridad como si en esta hubiera esperanza alguna?

En “LA CIUDADELA” hay algunas respuestas. King Vidor ha hecho un filme directo, objetivo y basado en hechos reales, pues el autor de la novela, el escocés A. J. Cronin (Archibald Joseph Cronin, 1896-1981) fue un médico cirujano graduado con honores y quien ejerció en lugares como los que vemos en la película pues, algo de ficción, pero mucho de autobiográfico resplandece en ella, y el objetivo era mostrar como, una ciencia nacida para servir a la humanidad y no para llenarse de dinero, en adelante ha funcionado completamente a la inversa. De no ser por una tomas con back-projection donde se evidencia demasiado el proceso, creo que “LA CIUDADELA” hubiera sido una película perfecta. Pero, en cualquier caso, es imprescindible.

Se trata aquí de un médico, Andrew Manson (muy bien representado por el estupendo Robert Donat) quien junto a su gran amigo, Philip Denny (magnífico Ralph Richardson), comienza un ejercicio limpio y consecuente de la medicina, pero cansado después de las limitaciones y de la obtusa oposición que encuentra en sus proyectos, se deja seducir por una particular oferta donde, con algo de maña, trabajando en un particular equipo, y sabiendo cobrar a quienes se puede cobrar, es muy fácil llenar una caja de caudales y poder acceder a todos los lujos que nos ofrece el mercado.

Vidor trata a sus personajes con la mayor altura, no hace juicios, no condena a nadie -excepto a un personaje que colma la tasa del atrevimiento- pero la denuncia está ahí, directa y muy precisa. Y cuanto nos duele saber que, ¡77 años después de escrita la novela y 76 de realizada la película “LA CIUDADELA”!, las cosas siguen peor y la medicina es cada vez un negocio más oportunista, excluyente e infame, con un espíritu de servicio elevado a la mínima potencia.

Me llega al alma la frase que, Philip, tiene el valor de decirle a su amigo Andrew en un momento crucial: “El mundo está lleno de miserables, pero cuando tu mejor amigo se une a ellos, eso es lo que duele… y en realidad duele mucho”.

LA CIUDADELA, 1938

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LOS PLANTADOS DE LA TIRANÍA CASTRISTA DE CUBA


LOS PLANTADOS
DE LA TIRANÍA CASTRISTA DE CUBA

“Los Plantados. Solos, desafiando al tirano con los brazos abiertos cual cruz clavada en un desierto.” Nerín Sánchez

PLANTADO: “Preso político cubano que se opuso al trabajo forzado y se negaba a aceptar los planes de rehabilitación durante el mandato de Fidel Castro. Se caracterizaba por mantener una posición férrea, vertical, firme, inquebrantable, de estoicismo y de rebeldía, sin claudicación”. Miguel Sánchez

Cuando escuchamos o leemos la palabra “Plantado”, todos los que hablamos español, pensamos de inmediato que se refiere a un árbol que se ha sembrado. Realmente ése es el significado; pero los prisioneros políticos cubanos, al tomar una posición firme, estoica, sin claudicación, frente a los maltratos físicos, mentales y humillantes que le infligían los esbirros de la dictadura de Fidel Castro, agregaron otro significado a la palabra “Plantado”. Los “Plantados” sólo son seres humanos que con dignidad, se yerguen ante los comunistas y al abandono del mundo. Ni los pinchazos con bayonetas, ni los planazos con machetes, ni los golpes con cadenas, ni los años en calzoncillos, desnudos, incomunicados de los familiares y del mundo, las torturas físicas y mentales, las celdas tapiadas, de castigo, las condenas de años injustificados, las humillaciones personales y a sus familiares, hicieron que estos hombres se doblegaran. Al contrario, nunca antes en la historia del mundo, había existido tanto estoicismo, con tanta dignidad frente a un tirano, tan salvaje.


ORIGEN e HISTORIA DE LOS PLANTADOS: 
¡Prohibido Olvidar! PLANTADO TM

En 1964, Fidel Castro, implementó en la prisión de Isla de Pinos, Cuba, el abusivo y sanguinario “Plan de Trabajo Forzado, Camilo Cienfuegos.” Todos, eran obligados a trabajar a punta de bayonetas, no podían negarse, a patadas, palos, a tiros, y fuertes golpizas. Lo mismo en la agricultura, que en las canteras de mármol. Entre un total de 7,000 a 11,000 prisioneros políticos, tres prisioneros, se atrevieron a negarse a trabajar a la fuerza: el primero, Alfredo Izaguirre Riva (Periodista), seguido por Emilio Adolfo Rivero Caro (Abogado), y Onirio Nerín Sánchez Infante (ex Capitán del Ejército Rebelde, y jefe de guerrillas en el Escambray), estos tres valientes idealistas, al PLANTAR al trabajo forzado a punta de bayonetas y golpizas, crearon el concepto conocido como “PLANTADO”. Según el libro de Armando Valladares, “Contra toda esperanza”, estos tres primeros plantados, Izaguirre, Rivero Caro, y Nerín Sanchez; llevaban en las ergástulas más de un año, aislados del resto de los demás prisioneros. Eran forzados a caer a punta de bayonetas, palos, y unas varas largas, constantemente en las aguas negras (mojonera), luego eran confinados en celdas tapiadas y gavetas, de día y noche, pero NUNCA los doblegaron, ¡jamás claudicaron!.

Había un grupo de valientes que aunque trabajaban, lo hacían despacio, al paso, hacían una férrea resistencia, se paraban cuando les daban golpes, y no retrocedían cuando les tiraban. Todos eran golpeados con cabillas, palos y a planazos de machete, varios fueron asesinados a bayonetazos y a tiros; pero jamás se rindieron. De este grupo de valientes, 21 prisioneros entre 1965 a 1967 fueron dejando de trabajar uniéndose a los tres primeros: Alfredo Izaguirre Riva, Emilio Adolfo Rivero Caro, y a Onirio Nerín Sánchez Infante; llegando a ser 24 los prisioneros que plantaron al trabajo forzado en la prisión de Isla de Pinos entre 1964 hasta que cerraron la prisión en 1967.

Al ser cerrada la prisión de Isla de Pinos en 1967 y trasladados a la prisión grande, Cuba, los que trabajaban despacio, se unieron a los primeros 24, haciendo que miles de prisioneros políticos, engrosaran la lista de los titanes PLANTADOS. Todos, dejaron de trabajar, vestían su uniforme amarillo (caqui), o se mantenían en calzoncillo, así se unieron negándose a aceptar el plan de rehabilitación que les ofrecía la dictadura, que conllevaba vestir el uniforme de los presos comunes (azul).

“Los plantados, nunca se doblegaron, jamás claudicaron; al contrario, nunca antes en la historia del mundo, había existido tanto estoicismo, con tanta dignidad frente a un tirano tan salvaje”. Miguel Sánchez (Proyecto Los Plantados, Inc.) losPlantados.com
Miguel Sánchez, presentó a la Real Academia de La Lengua Española, avalado por un grupo de plantados históricos, el significado de la palabra PLANTADO:
“Preso político cubano que se opuso al trabajo forzado, negándose a aceptar los planes impuestos de rehabilitación durante el mandato de Fidel Castro : Posición inquebrantable, firme, estoica, de rebeldía, sin claudicación”.

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“Plantado”, una palabra que antes del 1959 en el léxico Español, tenía una sola connotación: plantar un árbol o planta. Al llegar la tiranía de Fidel Castro al poder en Cuba; a la palabra Plantado se le agregó otro significado, único en el mundo, y a la vez, convirtiéndolo autóctono de la Cuba Castrista: Plantado, Los Plantados:
“PLANTADO”, ”Los Plantados”: “Preso político cubano que se opuso al trabajo forzado y se negaba a aceptar los planes de rehabilitación durante el mandato de Fidel Castro. Se caracterizaba por mantener una posición férrea, vertical, firme, inquebrantable, de estoicismo y de rebeldía, sin claudicación”. Miguel Sánchez

Los plantados por Miguel Sánchez

Los constantes ruidos de las descargas de los pelotones de fusilamiento, se convertían en el eco de cada madrugada. El sonido de las balas que acababan con otra vida más. Las puntas de las bayonetas atravesaban la piel, mientras, las botas con fuerza bruta quebraban las costillas de los que se atrevieron a no claudicar. Las feroces golpizas los dejaban exhaustos en el piso manchado de sangre; pero volvían a levantarse. La voluntad, era de hierro.

En la búsqueda de una Cuba Libre y democrática, estudiantes, obreros, campesinos, blancos y negros. Revolucionarios y batistianos, todos en un mismo empeño, se unieron para luchar contra la dictadura de Fidel Castro. Miles de hombres murieron en combate, en las montañas y en los llanos. Los sobrevivientes y los que se organizaron en las ciudades se encontraban ahora, en los edificios circulares y cuadrados de la prisión política de Isla de Pinos, Cuba.
Todos los prisioneros fueron llevados allí, a la prisión Modelo de Isla de Pinos construida entre 1926 – 1928 por el General Machado con capacidad para 2500 reclusos y en la dictadura de Castro, encarcelaron allí cerca de 4000 prisioneros de conciencia. 

Los primeros prisioneros políticos fueron miembros del ejército constitucional de Cuba, o sea batistianos, y de inmediato comenzaron a multiplicarse por los revolucionarios, compuestos por miembros del Ejército Rebelde, estudiantes, campesinos, intelectuales, blancos y negros. A todos se les dio el uniforme (caqui) del gobierno anterior de Fulgencio Batista. Al principio hubo mucha confrontación entre los prisioneros de Batista y los revolucionarios, que al final tuvieron que unirse para combatir a un solo enemigo, Castro. Más tarde le pusieron al uniforme, para identificarlos, una P en una pierna y espalda.

Largas filas de familiares se concentraban a la entrada de la cárcel. Venían de todos los rincones de Cuba. Llegaban allí en un ferry que daba viajes desde el puerto de Batabanó, en la ciudad de La Habana. Después de esperar por horas, con las jabas de alimentos para sus seres queridos, los más afortunados, lograban abrazarse.
El resto ese día, se enteraba que el preso estaba castigado, o había sido fusilado. Lágrimas y gritos, eran costumbre y compañía de aquel aterrador lugar.
A finales de 1963, se implementó un plan piloto para trabajar en la agricultura llamado Plan Morejón en la misma Isla de Pinos, nombrado así por el apellido del que fungía en ese momento como jefe del penal. Los primeros prisioneros llevados a la agricultura, no resultaron como esperaban, por lo que en junio de 1964, se implementó el plan forzado, “Camilo Cienfuegos”, siendo los prisioneros del Edificio 6 los primeros en comenzar. El trabajo forzado se convirtió en constante resistencia pacífica, los guardias armados de fusiles tiraban para intimidar, y luego para matar; dieron plan de machete, y a punta de bayonetas implementaban cada día forzadamente el trabajo despiadadamente.

El abuso de los carceleros y guardias era feroz, ejemplo, el cabo Arcia Rojas le atravesó el corazón con una bala a Francisco Novales, conocido como “Paco Pico”, este mismo guardia había asesinado cuatro meses antes, a Julio Tang.
En los campos de concentración, hubieron muchos muertos, y mutilados. Los pabellones de castigo, y constantes golpizas eran el diario vivir entre la horda asesina y los patriotas de conciencia. Las gavetas, eran celdas de castigo súper reducidas de espacio, donde los prisioneros más rebeldes eran castigados; teniendo algunos que dormir de pie, pegados unos con otros y amontonados, mientras los otros se acostaban en el piso sin apenas poder moverse.

Estando aún en La Isla, en el año 1964, el gobierno de los hermanos Castro les ofreció a todos los prisioneros políticos un plan de rehabilitación con mejores beneficios. La mayoría cansada de luchar, o por otras razones, terminó aceptando. El presidio político se dividió en dos: los del nuevo plan aceptó vestir el uniforme azul y llevados a los edificios cuadrados, y al menor grupo, que no aceptó dicho plan, y vestía en amarillo (caqui) o en calzoncillo, se les llamó los Plantados. El principal objetivo de la dictadura era doblegar a los prisioneros de conciencia a que aceptaran el plan de rehabilitación. Desde la negación al trabajo forzado, la rehabilitación, que incluía al uniforme fue lo que convirtió el concepto Plantado en una condición de lucha frontal. Durante este largo proceso, las dos tendencias que dan significado y describen lo que es un Plantado fueron: primero el plante al trabajo forzado, y como consecuente nunca más aceptaron trabajar, luego vino plantar al uniforme azul de los prisioneros comunes; aunque el régimen trató por la fuerza bruta además de volver a proponer un plan de rehabilitación, los plantados prefirieron largas condenas, golpizas, huelgas, no ver a sus familiares hasta por años, pero nunca claudicar.

La dictadura comprometida en doblegar la férrea y estoica posición de los plantados, ideó otro siniestro plan llamado Plan Progresivo, donde muchos plantados aceptaron comenzando vestidos de amarillo o caqui y luego fueron cediendo al nuevo plan.
Después de cerrada la prisión de isla de Pinos en 1967, todos los prisioneros políticos fueron repartidos por toda la cárcel grande, Cuba. Con los años los cientos de miles de hombres y mujeres que engrosaban la lista de valientes, hizo que varias cárceles en diferentes ciudades de Cuba se llenaran de presos políticos. La Cabaña, El Príncipe, Boniato, El Combinado del Este, Taco-Taco, Kilo Siete, Kilo Ocho, Cinco y Medio, Agüica, Melena I, Melena II, Nieves Morejón, Manacas, Guanajay, Nuevo Amanecer, Castillo de San Severino y muchas más.

Las huelgas de hambre y de sed eran la única arma para protestar o pedir sus derechos. Años después, por reclamar estos mismos derechos, Pedro Luis Boitel, Roberto López Chávez, Carmelo Cuadras, Olegario Charlo Pireta, Enrique García Cueva, Reynaldo Cordero, todos, murieron inmolados en huelga de hambre. Los comunistas no podían mancillar sus principios, a pesar de que estaban solos e ignorados por el mundo.
En la Prisión de la Cabaña, fue muy difícil subsistir. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cuba Libre!, eran los gritos de los patriotas antes de recibir los impactos de las balas en el pecho.

Manadas de hienas golpeaban a los valientes plantados, con patadas, machetes, cables, cadenas y tubos. Cabezas, costillas, brazos y piernas rotas hacían brotar chispas para la inmolación. A la fuerza se les obligaba a vestir el uniforme azul, aun adoloridos, se lo quitaban y quedaban desnudos. Los más intransigentes, eran castigados e incomunicados en tapiadas[1] y gavetas[2] por meses. Otros, eran empujados con la punta de las bayonetas a caer en las aguas albañales repletas de excremento (mojonera), y dejados luego en celdas sin agua por días. Las bayonetas de los AK-47 se hundían en la carne de los que no se arrodillaban.

La férrea posición vertical, inquebrantable, de estoicismo y de rebeldía, sin claudicación conocida como Plantado, les costó largos años de prisión a la mayoría de ellos. Los prisioneros más rebeldes, eran enviados a las celdas tapiadas. Con escasa y mala alimentación eran encerrados en estas celdas sin ventanas, oscuras y con poca ventilación. Sin colchón, ni sábanas, y a veces desnudos, compartían el frío piso de concreto con las cucarachas y ratones. Por su estoicismo, sus familiares eran castigados meses o años sin verlos.
Las constantes humillaciones de los carceleros formaban parte de la intención de doblegarlos; pero al contrario, la férrea voluntad de los Plantados, los transformaba en gigantes. Los ideales iban escalando hacia su pedestal.

La abnegación, y entrega a la patria en la prisión de Isla de Pinos, hiso que naciera el fundamento y origen de Los Plantados; la posición de rebeldía de negarse al trabajo forzado consagró la definición de Plantados en toda su existencia: cuando tres prisioneros políticos se negaron a trabajar a la fuerza, en condiciones infrahumanas, en la agricultura y en las canteras, o sea, se opusieron al trabajo forzado del régimen de los Castro, y decidieron no trabajar a la fuerza; estos tres hombres le dieron forma y nombre al concepto de “Plantado”: Alfredo Izaguirre Riva (el primero), Emilio Adolfo Rivero Caro, seguido por Onirio Nerín Sánchez Infante. Unos meses después, este grupo inicial de tres, fue apoyado y seguido por otro grupo de prisioneros que se unieron por el mismo propósito y posición de plante al trabajo forzado en el siguiente orden: Odilo Alonso Fernández, José Varona Primelles, Eriberto Bacallao Espinosa, Gregorio Ariosa Rubio, Ernesto Toledo López, Carlos Moreno Pacheco, Ricardo Vázquez Pérez, Israel Abreu Villareal, Pedro Luis Boitel Abraham (muerto en huelga de hambre), Servando Infante Jiménez, Enrique García Cueva (muerto en huelga de hambre), Ramón Lezcano, José Piloto Mora, Orlando Almanza, Antonio Vigo Cancío, Roberto López Chávez (muerto en huelga de hambre), Ricardo Rangel Mendoza, Julio Reyes Suárez (se volvió loco en el pabellón de castigo), Antonio Rodríguez Galano, Juan Pérez Báez, y Roberto Pavón Pena.

Estos fueron los 24 prisioneros políticos plantados que entre 1964 al 1967, se negaron al trabajo forzado y dieron a la palabra PLANTADO su verdadero significado. Dicho orden y nombres, fueron verificado por un grupo de los mismos que estuvieron en este estoico grupo.
Los Plantados, eran los que más golpizas recibían. Los más castigados, los que eran enviados a las gavetas, a las tapiadas, los que más pinchazos de bayonetas recibían, los que eran recondenados sin juicio, los que menos visitas recibían. Los que más años de prisión cumplían. Entonces, entre los indomables, surgieron los tres primeros prisioneros políticos Plantados que se negaron a trabajar en el Plan de Trabajo Forzado “Camilo Cienfuegos” en Isla de Pinos: Alfredo Izaguirre Riva, el primero, seguido por Emilio Adolfo Rivero Caro y Onirio Nerín Sánchez Infante. [i]

Es necesario mencionar, que en 1953, Fidel Castro, Raúl Castro, Juan Almeida, Ramiro Valdez, y Chanes de Armas, fueron hecho prisioneros por asaltar el entonces Cuartel Moncada y solamente cumplieron un año de prisión. Cuando Fidel asume el poder, sanciona al Comandante Chanes de Armas, antiguo compañero de prisión, asaltante del Moncada, y expedicionario del Granma, por relevarse contra su plan de llevar el comunismo a Cuba, y lo sanciona a 30 años de prisión. Chanes cumplió íntegramente hasta el último día, Plantado, siendo el prisionero de conciencia, PLANTADO, que cumpliera más años en prisión en el mundo, incluso más que Mandela.

PLANTADOS NOTABLES CON POSICIÓN FIRME EN TODO MOMENTO, HASTA EL FINAL:
Alfredo Izaguirre De La Riva, Emilio Adolfo Rivero Caro, Onirio Nerín Sánchez Infante, Gregorio Ariosa Rubio, Pedro Luis Boitel, Huber Matos, Mario Chanes de Armas, Ángel de Fana Serrano, Luis Gónzalez Infante, José Oscar Rodríguez (Napoleoncito), Servando Infante Jiménez, Heriberto Bacallao Espinosa, Odilio Alonso Fernández, Eusebio Peñalver Mazorra, Israel Abreu Villareal, Juan Roque Maya, Carlos Moreno Pacheco, Andrés Vargas Gómez, Martín Pérez, Tony Lamas, Lauro Blanco, Alberto Grau Sierra, Ángel Cuadra, Silvino Rodríguez Barrientos, Armando Valladares, Eduardo Cuencio Sobrino, Reynaldo Aquít Manríquez, Roberto Alberto Azcuy Cruz, Cesar Páez Sánchez, Alberto Fibla, Atilano Gómez, Roberto Perdomo, Reinaldo López Lima, Rodolfo Rodriguez San Román, Ramón San Román Novo, Osvaldo Figueroa Gálvez, Eduardo F. Capote Rodríguez, Ramón Grau Alsina, Jesús Silva Pontigo, Luis M. Zúñiga Rey, José L. Pujals Mederos, Eleno Oviedo Álvarez, Tomas Regalado Molina, y muchos más.

Ver relación firmantes de la carta contra el dialogo, estaban plantados hasta el final: http://losplantados.com/carta-contra-el-dialogo-1977-1978/

Las huelgas de hambre y de sed eran la única arma para protestar o pedir sus derechos. Años después, por reclamar estos mismos derechos, Pedro Luis Boitel, Roberto López Chávez, Carmelo Cuadras, Olegario Charlo Pireta, Enrique García Cueva, Reynaldo Cordero, todos, murieron inmolados en huelga de hambre.

[1] Celdas sin ventanas. Puerta cubierta por una plancha de metal.
[2] Celdas de 5’ x 6’ por 17” de ancho situadas a la intemperie, sin servicio sanitario, ni ventilación. Eran ubicados en grupos de a 6 por celda.

[i] BIBLIOGRAFIA:

CONTRA TODA ESPERANZA, Armando Valladares.
Pg.257…Allí se había concentrado el pequeño grupo de los que se negaron a trabajar, unidos a Izaguirre, Rivero Caro y Nerín, que llevaban en las ergástulas más de un año aislados.
Pg.266…Y llegaron unos camiones. Sacaron del hospital a Boitel. Y a algunos de las celdas de castigo, entre ellos a Izaguirre, Rivero, Nerín y otros.

COMO LLEGO LA NOCHE, Huber Matos.
Pg.446. Tengo aquí buenos amigos. Entre ellos el padre Miguel Ángel Loredo, Cesar Páez, José Antonio Villarnovo, Alfredo Izaguirre, Emilio Rivero Caro, Alberto Muller, el doctor José Misrashi. También Nerín Sánchez, quien viene del Castillo del Príncipe…
Pg.458.Están los oficiales del Ejército Rebelde Juramentado. dirigidos por Nerín Sánchez. Nerín ha mantenido una posición muy firme en Isla de Pinos, negándose al trabajo forzado y a otras imposiciones del régimen castrista.
Pg.460. Cuando dan por un hecho que iniciaré la huelga. Nerín Sánchez me aconseja que la posponga hasta después del invierno. Me dice que enero y febrero son poco recomendables para iniciarla; las bajas temperaturas y un estómago vacío pueden frustrar el objetivo del ayuno, que es el de prolongarlo durante el mayor tiempo posible. Le doy la razón.
Pg.462 Me conmueven Lauro Blanco y Nerín Sánchez. Se acercan y me dicen: —Huber, vamos a la huelga contigo.
Los observo y medito. Sus ojos cansados y el maltrato a que han sido sometidos sus cuerpos hacen aún más meritoria su decisión.
Pg.463. Ellos llevaran allí la noticia de que estoy en huelga de hambre y que Lauro Blanco y Nerín me acompañan.
Pg.486. Los compañeros en las galeras están dispuestos a declararse en huelga de hambre, principalmente por la pésima calidad de la comida y otras razones. Nosotros alcanzamos el propósito de nuestra huelga y logramos, <>,
que nos devolvieran el uniforme de preso político y que se nos permitiera la visita de nuestros familiares. Quisiéramos sumarnos a esta protesta, aunque después de ciento sesenta y cinco días de ayuno y penurias, no creemos poder soportar otra prueba igual.
La huelga ha comenzado; Lauro, Nerín y yo deliberamos. Decidimos ser solidarios y acordamos acompañarlos cueste lo que cueste. Hace sólo veinte días terminó nuestra huelga de hambre.

CRÓNICAS DEL BLOQUE 19, por Evelio Ancheta.
Pg.35. Unas semanas después, el ex-capitán del Ejército Rebelde Nerín Sánchez se sumó al dúo de Alfredito y Emilio Adolfo, a compartir las salvajes palizas.

CRÓNICAS DEL BLOQUE 19, por Evelio Ancheta.
Pg. 36. Dedicado a: Alfredo Izaguirre, Emilio Adolfo Rivero Caro, Nerín Sánchez, por su valentía y firmeza en su posición, casi suicida en aquellos momentos, y que siempre apoyamos y respetamos aunque no era compartida; de hecho muchos de los que participaron en la resistencia colectiva perdieron la vida, resultaron lisiados y terminaron con más heridas, o peor aún, más de 200 perdieron la razón. Pg. 36. Dedicado a: Alfredo Izaguirre, Emilio Adolfo Rivero Caro, Nerín Sánchez, por su valentía y firmeza en su posición, casi suicida en aquellos momentos, y que siempre apoyamos y respetamos aunque no era compartida; de hecho muchos de los que participaron en la resistencia colectiva perdieron la vida, resultaron lisiados y terminaron con más heridas, o peor aún, más de 200 perdieron la razón.

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Escrito por Miguel Sánchez

Carta contra el Diálogo 1977-1978

En 1978, el Comandante Huber Matos, en la prisión del Combinado del Este, en una visita familiar, entregó copia de esta carta, a su mensajero oficial, Miguel Sánchez, quien en ese momento tenía 18 años de edad. Miguel, pudo sacar la balita escondida y enviarla a la esposa de Matos, María Luisa a Costa Rica, quien luego la hizo llegar al Presidente, Rodrigo Carazo Odio, quien le pidió a Fidel Castro la excarcelación de Huber Matos, y el resto de los firmantes de la carta, los cuales salieron hacia Costa Rica, el 23 de octubre, de 1979.

Entre los años 1977 y 1978, después de permitir la entrada controlada de ciudadanos cubanos que vivían en el extranjero, los famosos “Vuelos de la Comunidad”, la dictadura de Fidel Castro comenzó conversaciones con personas y grupos en el exterior, entre ellas entrevistas públicas como la de la conocida periodista norteamericana, Barbara Walters y un grupo de cubanos radicado en Miami, llamado “El comité de los 100″, comenzando así el proceso de negociación para la salida de los prisioneros políticos cubanos. El gobierno totalitario de Cuba teniendo de antemano decidido lo que quería hacer, accedió a permitir los primeros indultos, dejando para último a los más rebeldes, los llamados PLANTADOS, que iban siendo liberados dependiendo de su condena. Todos los prisioneros esperaban la libertad con vehemencia, no importaba el precio; pero para 138 “Plantados”, unidos en una lucha frontal con un aval de fusilados, mutilados, recondenados, maltratados, una negociación o componenda con el régimen de Castro, era imposible: ¡ni la libertad, era negociable!

A continuación la carta original, escrita en la prisión, Combinado del Este, en La Habana, por un grupo de los PLANTADOS cuando se hablaba sobre el conocido Diálogo. La misma fue publicada en varios periódicos de países del mundo libre.


DECLARACION DE PRESOS POLITICOS CUBANOS AL PUEBLO DE CUBA, AL EXILIO Y AL MUNDO.

Prisión Habana del Este 10 de octubre de 1978
Año del Centenario de la Protesta de Baragua

Nosotros, los abajo firmantes, presos políticos que hemos resistido sin claudicación durante casi veinte años al régimen carcelario más oprobioso y abusivo de América a lo largo de su historia, desde una posición vertical de rebeldía, consolidado por un rosario de mártires y una elevada cuota de sangre, sacrificios y humillaciones, informados y convencidos de que se está utilizando la cuestión de nuestra posible liberación como engañosa maniobra que compromete seriamente al exilio y nos afecta muy directamente, exponemos por este medio, en esta fecha patria memorable, de manera clara y precisa nuestra posición:

PRIMERO: Abogamos por la libertad de todos los presos políticos sin exclusión y por la reunificación de las familias cubanas. Para esto solo hay que ordenar:
a) que se abran las rejas de todos los presidios de Cuba para que las mujeres y hombres componentes de este presidio y que tanto han padecido puedan reunirse con sus familias y
b) autorizar igualmente a los cubanos residentes en el territorio nacional o en el extranjero, la entrada y salida del país que han estado solicitando, o que lo hicieran en el futuro, para unirse temporal o definitivamente a sus respectivos familiares. 

Pero para ninguna de estas medidas hay que acudir a dialogo alguno. Que hable el gobierno con hechos concretos si es que desea rectificar en algo su política de dispersión de la familia cubana. Tiene escasa fuerza moral para convocar al dialogo quien ha sembrado el luto y el odio en los hogares cubanos y ha dividido y mantenido arbitrariamente separada a la familia cubana.

SEGUNDO: Repudiamos el dialogo entre el gobierno de Castro y supuestos representantes del exilio cubano, dialogo que con el aval de nuestras experiencias derivadas de los horrores, atropellos y rejuegos característicos del régimen, no es más que una farsa montada por el Sr. Castro con el propósito de engañar al pueblo de Cuba y al mundo en general; y muy especialmente se pretende engañar y dividir al exilio con huecas palabras de paz y conciliación cuando en la realidad se está atizando muy sutilmente la guerra entre los cubanos, que imposibilitados de vivir bajo condiciones despóticas en el suelo patrio, hallaron refugio y levantaron sus hogares en otras tierras.

TERCERO: Repudiamos asimismo cualquier tipo de dialogo o compromiso que signifique libertad a precio de claudicación. Nadie, absolutamente nadie, personalidad o miembro de la emigración cubana, está autorizado para concertar con el gobierno de Cuba nuestra libertad a cambio de concesiones de nuestra parte. Nuestra libertad tiene que ser sin condiciones conforme a nuestra indoblegable posición histórica mantenida con singular estoicismo. Igualmente, ninguna de esas personas podrá adjudicarse nuestra liberación el día que se produzca.

CUARTO: Si Castro y su gobierno entienden que es poco el precio pagado por el presidio político, con su carga de mártires, sus inválidos, sus locos, sus mutilados, sus tapiados, sus cumplidos, y recondenados, sus heroicas mujeres envejecidas pero activas frente a los golpes y las rejas; en fin, si creen que es poco el precio pagado con tan inmensa suma de sacrificio y dolor humano, pueden hacer lo que mejor estimen. Nosotros estamos seguros de tener aun reservas morales para mantenernos firmes y decididos frente a la represión como lo hemos estado desde hace casi veinte años.

NO NEGOCIAMOS NUESTRA LIBERTAD
PORQUE NO NEGOCIAMOS NUESTROS PRINCIPIOS

Estas palabras dejan diáfanamente definida nuestra posición, para cual agregamos nuestras firmas, avaladas por los años de sacrificio que el deber patrio reservó para nosotros.

Osvaldo Figueroa Gálvez
Víctor M. Cantón Gómez
Cecilio Emiliano de la Fe Mirabal
Eduardo F. Capote Rodríguez
Roger Reyes Hernández
Antonio López Muñoz
Silvino Rodríguez Barrientos
Reynaldo Figueroa Gálvez
Ramón Grau Alsina
Alberto Grau Sierra
Rodolfo Rodríguez San Román
Ramón San Román Novo
Agustín Robaina Rodríguez
Heriberto Bacallao Espinosa
Gustavo Areces Álvarez
Jesús Silva Pontigo
Servando Infante Jiménez
Argelio Aparicio Betancourt
Luis M. Zúñiga Rey
José L. Pujals Mederos
Reemberto Zamora Chirino
Eugenio Silva Gil
Tebelio Rodríguez San Román
Gerardo Rodríguez San Román
Pablo Guerra Santos
Francisco Chanes de Armas
Israel Estévez Velázquez
Eleno Oviedo Álvarez
Domingo Madruga Herrera
Ángel D’Fana Serrano
José O. Rodríguez Terrero
Waldo Muñoz Fraga
Armando Yong Martínez
Baldomero Pérez Álvarez
Pablo Prieto Castillo
Jorge Águila Roque
Juan Valdés Terán
Guillermo Escalada Montalvo
Lázaro Frayle Vichot
Omelio Rodríguez Hidalgo
Eloy Rodriguez Rodriguez
Felipe Alonso Herrera
Fernando Fernández Mesa
Mario Peraza Martí
Dagoberto Rodríguez Acevedo
Pedro Santana Camejo
Isidro García Arrieta
Miguel A. Lucena López
Miguel A. Fernández García
Amado Ravelo Travieso
Armando Martínez Echevarría
Bruno Salas Ledo
Santiago Méndez García
Rudesindo Rodríguez Blanco
Justo Amaro Balado
Ramón García Salcedo
Roberto Alberto Azcuy Cruz
José A. López Rodríguez
Oscar Legra Galano
Genaro Dita Morfa
Raúl Arteaga Martínez
Jesús Pérez Cruz
Norberto Abreu Guzmán
René L. San Juan Rivadulla
Manuel Hernández Cruz
Raúl Morales López
Nilo Raúl Ledon Pérez
Raúl Alonso Parra
Everett D. Jackson
Ignacio Cuesta Valle
José E. Velazco Santa Cruz
Joaquín Valdés Curbelo
Vidal Sánchez Vega
Elías Acevedo Santiago
Anselmo Gala Medero
Roberto R. Álvaro Díaz Díaz
Néstor Ruidiaz Marichal
Arnaldo Fraga López
Guillermo Cáceres Izquierdo
Carlos M. Pórtela Orosa
Edilberto Llerena Abreu
Domingo Núñez Trujillo
Orestes T. Espinosa González
Enrique Vázquez Rosales
Teodoro González Alvarado
Reinaldo Pérez Rodríguez
Rigoberto Pérez Roque
Ramón Placeres Alfaro
Arnaldo Castellanos Esquivel
Troadio Martínez Bartolomé
José M. del Pino González
Marcelo Morgado Cruz
Ramón Rodríguez Lago
Juan González González
Eladio Ruiz Sánchez
José R. Lefran Echeverría
Wilfredo Martínez Roque
Manuel Valdés Ponce
Eliodoro Pérez Lizano
Miguel Mendoza Rojas
Herminio Gómez Suarez
Juan R. Díaz González
Evaristo Paulino Jiménez
Eusebio Peñalver Mazorra
Ramón Hernández Padrón
José M. Soca Domínguez
Wilfredo Echevarría Alpuin
Delio Blando Soto
Rafael Alzamora Álvarez
Dagoberto Romero Figueredo
Ángel R. Arguelles Garrido
Luis Cruz Díaz
Orlando García Plasencia
Oscar Cáceres Valdivia
Raúl Núñez Valdez
Juan F. Valdés Camejo
Rene Ramos González
Carlos M .Calvo Sanabria
Orlando Pedroso Monogas
Alejandro M. Novo Álvarez
Jacinto Bao Ramos
Ernesto Palomeque Bussier
Juan González Ruiz
Fabio Ramos Molina
Pedro M. Montey Hernández
Juvencio Díaz González
José Grau Suarez
Andrés Vargas Gómez
Julio Enrique Lamar
Enrique García Palomino
Tomas Regalado Molina
Vicente Salazar López
Antonio Sánchez Pérez
Claudio Rodríguez Molina
Aldo Cabrera Heredia

Carta original de las 138 firmas

RELACIÓN DE PRISIONEROS POLÍTICOS QUE SE ENFRENTARON A LA DICTADURA DE LOS HERMANOS CASTRO ENTRE 1959 A 1980.
Este importante documento histórico, fue concebido en las prisiones cubanas. Lo continuó hasta el día de su muerte el ex prisionero político Plantado, Raúl Pérez Coloma (el queso). En estos momentos lo sigue actualizando el expreso político, José Manuel Bello. 

“Honrar Honra”. José Martí

Hombres

Mujeres:



Miguel Sánchez tenía apenas seis años cuando comenzó a visitar a su padre en las prisiones políticas de Cuba. A los doce, aquellas visitas se convirtieron en una misión secreta: llevar y sacar «balitas», diminutos mensajes y documentos ocultos que debían atravesar los controles de las cárceles.
Durante años llevó comunicaciones de presos políticos al exterior y ayudó a sacar escritos y testimonios vinculados a figuras como Huber Matos, Armando Valladares, Nerín Sánchez y Eduardo de Juan.
En 1978, a los 18 años, recibió una de sus misiones más delicadas: transportar la Carta de los 138 Plantados contra el Diálogo.
Cada visita era un riesgo. Cada registro podía descubrirlo.
Miguel no escribió aquellos libros, pero ayudó a que algunas de sus páginas atravesaran las rejas y llegaran al mundo.
Esta es la historia de Miguel Sánchez, “el Niño Mensajero”.
Este episodio está dedicado a la memoria de Los Plantados y de todos los presos políticos cubanos que sufrieron prisión y represión bajo el régimen comunista de Cuba.
A quienes resistieron, a quienes no regresaron y a quienes sobrevivieron para contarlo.
Esta historia continuará…

Armando Valladares, Huber Matos Messenger
 
Plantados - película Tráiler (2021)




Como Llegó La Noche - Huber Matos by miguelpaltino


domingo, 27 de septiembre de 2026

LIBRO "DE LA MUERTE DE DIOS A LA MUERTE DEL HOMBRE": LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE LA DECADENCIA DE OCCIDENTE por PALOMA HERNÁNDEZ


DE  LA  MUERTE   DE   DIOS
A LA MUERTE DEL HOMBRE

LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE
LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

PALOMA HERNÁNDEZ


Vivimos una época fascinada por la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la promesa de superar todos los límites de la condición humana. Pero esta revolución tecnológica plantea una pregunta mucho más profunda que cualquier avance científico, ¿qué significa hoy ser hombre?
Desde la Antigüedad hasta nuestros días, la idea de hombre ha sido el fundamento de la filosofía, la política y la civilización occidental. Sin embargo, esa concepción no nació de forma espontánea. Fue el cristianismo el que elevó la dignidad de la persona hasta situarla por encima de cualquier otra criatura, convirtiendo al ser humano en el centro de una visión del mundo que marcaría el rumbo de Occidente durante siglos.

CUANDO EL HOMBRE DEJA DE MIRARSE DESDE DIOS, ACABA SOÑANDO CON DEJAR DE SER HOMBRE.

Este ensayo recorre el largo camino que conduce desde el humanismo cristiano hasta el transhumanismo contemporáneo. Analiza cómo la proclamación de la «muerte de Dios» desemboca, paradójicamente, en la «muerte del hombre»: un individuo cada vez más aislado, desarraigado y dispuesto a sustituir su propia naturaleza por un ideal biotecnológico de perfección.
Frente a la promesa de fabricar seres aumentados, inmunes al dolor, al envejecimiento y a la muerte, Paloma Hernández plantea una reflexión de enorme actualidad sobre el precio que estamos dispuestos a pagar por ese supuesto progreso. 
¿Qué ocurre cuando el sufrimiento, el esfuerzo, la vulnerabilidad o incluso la libertad dejan de formar parte de la experiencia humana? ¿Qué queda de la dignidad personal cuando el hombre pretende rediseñarse a sí mismo?
Con rigor histórico, profundidad filosófica y una mirada crítica sobre los grandes debates de nuestro tiempo, esta obra invita al lector a comprender que el verdadero desafío del siglo XXI no consiste únicamente en transformar al hombre, sino en decidir si queremos seguir siéndolo.

PRÓLOGO DE J. J. ESPARZA

Normalmente es el autor el que pide que alguien le escriba un prólogo. En este libro ha sido al revés: aquí ha sido el prologuista el que ha pedido escribir estas breves páginas. Porque este es un libro fundamental, como lo es ya su autora.

Primero, la autora. Paloma Hernández es una firma indispensable. Para quien no la conozca, contemos lo más importante. Artista, youtuber, acti­vista, divulgadora, pensadora... Paloma posee ese raro don de Dios que te permite hacer cosas hermosas con las manos. Su carrera como artista plás­tica la avala. Pero en un cierto momento, movida por la íntima necesidad de contribuir a la supervivencia de su nación, de su patria, dejó de lado los pin­celes para entregarse a la tarea de reflexionar sobre la identidad española. Ese es el sentido de su intensa participación en la Escuela de Oviedo. Y el fruto mayor de ese impulso fue el canal Fortunata y Jacinta, que se convirtió muy pronto en banderín de enganche, aula, fortín y lugar de encuentro, todo a la vez, para cientos de miles de personas. Lo más importante que ha pasado en la cultura española en el último cuarto de siglo ha sido el movimiento espontáneo, popular, nacido de la gente, de recuperación de nuestra identi­dad cultural e histórica. En ese combate -porque está siendo un combate-, Paloma es una referencia ineludible porque nadie ha abordado de una manera tan extensa, sistemática y profunda -y divertida, todo sea dicho-­ los asuntos centrales de la identidad española, sus grandes momentos, sus grandes debates. En la estela de Fortunata y Jacinta surgieron, entre otras cosas, los Encuentros Forjados -aquí entra el lado activista-, que han ve­nido reuniendo a ponentes de lo más variopinto en algo que es al mismo tiempo reflexión y convivencia. Y Juego está la obra, claro: el análisis crítico de las relaciones entre arte y propaganda política-frente básico de la guerra cultural-, la revisión de la evolución dela izquierda, quede ser una doctrina «de clase» ha pasado a convertirse en instrumento de la ideología globalista, y la singular contorsión del feminismo en el contexto de la incipiente islami­zación de las sociedades europeas. 

Los tres libros editados en Sekotia y tres cuestiones clave no solo para entender nuestro tiempo, sino también para hacerle frente. Era absolutamente inevitable que, en esa sucesión de explora­ciones por cuestiones clave, Paloma Hernández desembocara en la cuestión clave por antonomasia: la que aborda este nuevo libro.

En realidad, es el tema de nuestro tiempo. Nuestra civilización, la civili­zación occidental moderna, borró a Dios (lo «matón) y puso en su Jugar al hombre con su razón universal. En buena medida, ese fue el acto fundacional de la propia modernidad. Aquel hombre, convertido en centro del cosmos, no tardó en verse a sí mismo como una suerte de nuevo Dios, un ente supremo y autosuficiente capaz de ordenar todas las cosas. Ahora bien, el hombre es una criatura menesterosa y la universalidad de su razón es, cuando menos, discutible. Y si hemos borrado a Dios y el hombre ya no nos vale, ¿cuál es el siguiente paso que debemos dar? Es una pregunta filosófica, pero no es, ni mucho menos, una pregunta solo para filósofos: de hecho, de la respuesta que demos dependen mil cosas en nuestras existencias, desde los conceptos de lo que está bien y lo que está mal, y su porqué, hasta el sentido general de nuestras vidas. Algunos, hoy, creen que pueden hallar una respuesta en la máquina, pero eso, al cabo, es como fabricar un muñeco con apariencia hu­mana, declararlo dios y rendirle pleitesía: una impostura. Así que la pregunta permanece y se va haciendo más y más lacerante cuanto más nos negamos a plantearla. Hemos perdido el rumbo. Y cuando uno pierde el rumbo, lo más aconsejable es volver sobre los propios pasos para averiguar en qué punto uno se extravió. Eso es lo que Paloma Hernández se propone, y de manera brillante, en este ensayo.

La cuestión de la muerte de Dios es absolutamente esencial, así que con­ viene precisar de qué estamos hablando. Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento. Nietzsche utiliza expresamente la fórmula de una esponja que borra el hori­zonte, y es una figura muy adecuada: en un determinado momento, a Dios se le deja de ver porque el hombre decide que ya no está ahí. 
¿Cuándo ocurrió eso? Marx y Engels decían que fue con Descartes, al que consideraban el primer materialista porque con él se establece por primera vez -eso pensa­ban ellos- una clara diferencia entre el mundo del alma y el mundo de las cosas, y si en el primero aún late Dios, el segundo es enteramente territorio del hombre. Seguramente esa interpretación habría escandalizado al propio Descartes, que era un ferviente católico. Lo mismo pasa con otro antecedente clásico del borrado de Dios: la célebre fórmula de Hugo Gracia «etsi Deus non dareturn, «como si Dios no existieran. La verdad es que Gracia nunca dijo exactamente eso: arrojado en la barbarie de un mundo en guerra, Gracia trató de sentar reglas de naturaleza que todo el mundo pudiera aceptar fuera cual fuere su religión. Por eso escribió, textualmente, que «la ley de la naturaleza no perdería validez incluso si admitiéramos que Dios no existe o que no se ocupa de las cuestiones humanas, cosa por lo demás -precisa el holandés -que no se puede conceder sin cometer el mayor delito». O sea que Grocio, como Descartes, lo último que tenía en la cabeza era quitar a Dios del mapa. Y sin embargo, así se escribe la Historia.

Lo interesante es subrayar que ese borrado de Dios primigenio tenía truco: es un instrumento intelectual para tratar de encontrar la verdad objetiva de las cosas, pero siempre en la convicción de que Dios está detrás. En este sen­tido, no sobra recordar que el ejercicio empezó bastante antes, y basta citar el precedente de la Escuela de Salamanca. Podemos resumir la cuestión así: nosotros tenemos ideas muy concretas sobre lo bueno, lo bello, lo justo, lo verdadero, etc., ideas que consideramos objetivas y que se inscriben en una concepción general delas cosas presididas por la presencia del Dios cristiano. Pero, si prescindiéramos de Dios, ¿nuestras ideas seguirían siendo válidas? La pregunta tiene todo el sentido del mundo si la ponemos en el contexto de la España del siglo XVI, confrontada al encuentro -siempre conflictivo con realidades culturales enteramente ajenas. ¿Cómo saber si nuestro concepto de la justicia es el correcto cuando hemos de aplicarlo a realidades materiales donde nuestro Dios es un desconocido? Aquí es donde la reflexión sobre las leyes naturales se hace trascendental. En cierto modo, es la conse­cuencia del encuentro con el Otro, o con lo absolutamente Otro, como podía ser el caso de las culturas amerindias. Como se sabe, el encaje de la ley de Dios con la realidad natural es una obsesión permanente del pensamiento cató­ lico. Desde un punto de vista filosófico, el cristianismo es frecuentemente la ley de Dios -y también su amor- enunciados en los términos de la filosofía griega. La gran obra de los escolásticos puso los fundamentos decisivos. Para que la justicia sea justa, por ejemplo, debe seguir siéndolo también cuando se aplica en contextos donde el otro la reconocerá como tal aun cuando des­ conozca su fundamento divino, es decir, «Como si Dios no existiera». Pero la consecuencia final es que, en efecto, la idea correcta de la justicia es la nues­tra porque es la racional, la natural. Por eso Benedicto XVI insistía tanto en la naturaleza esencialmente racional de la visión cristiana del mundo. Dios es racional y no puede no serlo.

Pero algo pasó después. Algo que llevó a ciertos espíritus a apartar a Dios, a borrarlo, ya no como hipótesis de trabajo para ver si el esquema seguía «funcionando», sino como pena de exilio, como expulsión, para dejar el campo enteramente a merced del hombre triunfante. Referencia clásica: Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) y su idea del «hombre máquina», del hombre sin alma, como una máquina compleja con capacidad para orde­nar el funcionamiento de otras muchas máquinas a su alrededor. Natural­mente, no es solo una cuestión filosófica: el movimiento es inseparable del carácter prerrevolucionario de la época, del ascenso de la burguesía como clase dominante, de la emancipación de lo económico respecto de lo político y lo espiritual, etc. Aquí cambia completamente el esquema. Aquí sí puede decirse que se ha «matado» a Dios, que se le ha borrado. Es un ejercicio de poder: desmontar el mundo anterior, donde Dios estaba en el centro a pesar de todo, y volver a montarlo con un orden nuevo donde el centro lo ocupa el hombre, pero ya no como criatura (aún era así en el emblemático «Hombre de Vitruvio», por ejemplo), sino como rey. La modernidad propiamente dicha empieza con esta expulsión de Dios. Tiene todo el sentido del mundo que prosiguiera con la decapitación de un monarca.

Este prólogo no puede ser una exégesis del libro de Paloma Hernández ni un diálogo con él. Eso lo tiene que hacer el lector. Lo esencial es esto: si el borrado de Dios y la coronación del hombre abrieron una era, hoy esa era se cierra. Los últimos dos siglos de historia de la humanidad se han carac­terizado por un despliegue extraordinario de poder técnico sobre la materia y, simultáneamente, por una ruina absoluta del espíritu. Por utilizar una figura elemental, hemos construido el vehículo más perfecto imaginable pero hemos olvidado adónde ir con él. Así que el reinado del hombre ofrece hoy la imagen de un pobre sujeto aferrado a una banqueta que un día creyó trono, mirando alrededor sin saber muy bien cómo ha llegado hasta ahí ni qué hacer ahora. Por eso es tan urgente la pregunta sobre aquel Dios que un día fue borrado. Probablemente jamás podamos volver a ver el mundo como lo vieron nuestros antepasados. Tres siglos de secularización han dejado su huella. Pero tal vez sí sea posible volver a pensar las cosas «como si Dios exis­tiera». Tal vez entonces todo empiece a cobrar otra vez sentido. Y los funda­mentos para eso se hallarán en este nuevo libro de Paloma Hernández.

INTRODUCCIÓN

Vivimos en una época que gusta presentarse como la más racional, científica y emancipada de toda la historia. Se nos repite insistentemente que hemos dejado atrás las supersticiones religiosas y que el progreso consiste en la ampliación constante de derechos individuales y en el perfeccionamiento de las instituciones democráticas. Sin embargo, pese a que esté muy extendida la creencia de que nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas ya no operan con entidades metafísicas, tales como Dios o la verdad, lo cierto es que sí lo hacen. Lejos de haber desaparecido, las ideas metafísicas continúan organizando la vida de nuestras sociedades, son abundantísimas, y se pre­sentan a sí mismas como absolutas y revestidas de los mismos atributos que antes se reservaban a Dios o a la verdad.

Todo orden político necesita una nematología, es decir, un entramado de ideas, valores, símbolos, mitos, creencias y doctrinas que legitimen su poder. Esto significa que, para poder llevar a cabo determinados planes y programas políticos y geopolíticos, estos tienen que ir acompañados de un conjunto de teorías-ficción, un entramado ideológico que justifique las acciones y deci­siones de los gobernantes. Desde la perspectiva católica, la reflexión alcanza una profundidad extraordinaria, dado que, si la comunidad política elimina a Dios como principio ordenador de la vida colectiva, será cualquier realidad mundana lo que termine ocupando el lugar de lo absoluto: la democracia, la naturaleza, el bienestar, la raza, el mercado, la identidad o incluso el indivi­duo autónomo.

Desde esta perspectiva, la crisis actual adquiere una magnitud mucho mayor que la de un simple cambio de leyes o de instituciones políticas, eco­ nómicas o culturales. Se trata de una crisis de civilización, cuyas raíces se hunden en la misma rebelión que atraviesa toda la historia de la salvación: la tentación del Génesis de «Seréis como dioses»; la soberbia de Babel, que pretende alcanzar el cielo por sus propias fuerzas; y la desobediencia del rey Saúl, que antepone su propia gloria a la obediencia debida a Dios. En todos los casos se repite el mismo patrón: el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y convertir su propia voluntad en la medida última de la realidad. El problema aparece cuando cualquier forma de poder deja de reconocerse sometido a un orden objetivo y comienza a presentarse como creador de ese mismo orden. Es entonces cuando reaparece Babel.

En nuestros días, el régimen liberal-progresista pretende decidir qué es el matrimonio, qué es la familia, qué es un padre, qué es la vida, qué es la muerte, qué es el hombre, qué es la mujer, qué es la verdad, qué es la justicia y, en definitiva, qué es el bien y qué es el mal. En otras palabras, vuelve a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Desde esta perspec­tiva puede comprenderse con mayor profundidad la doctrina tradicional del Reinado Social de Cristo, que no constituye un proyecto de poder teocrático, sino que expresa que toda sociedad necesita reconocer un principio común y superior a sí misma si quiere evitar que el poder político termine con­virtiéndose en una tiranía. La doctrina del Reinado Social de Cristo Rey no destruye ni niega la legitimidad de las instituciones políticas, cuya necesidad histórica reconoce, sino que salva al poder temporal -a la política- de con­vertirse precisamente en idolatría.

La novedad de la modernidad revolucionaria no reside en que existan go­bernantes impíos o persecuciones contra la religión, pues eso ha ocurrido en otros momentos de la historia. Lo verdaderamente singular es la pretensión de edificar un orden social, moral y político que se fundamente explícita­ mente al margen de Dios, e incluso contra Dios, haciendo de la autonomía absoluta del hombre el principio rector de la vida pública. Por primera vez, la negación de toda referencia trascendente deja de ser una actitud personal o circunstancial para convertirse en el fundamento mismo de un proyecto de civilización. Para comprender esta deriva será necesario identificar el subje­tivismo como uno de los principales vicios del pensamiento contemporáneo. 

En buena medida, los errores de nuestro tiempo nacen de la tendencia a convertir las percepciones, emociones o preferencias individuales en criterio último de verdad. Este vicio, disloque o distorsión condiciona la forma de ra­zonar y, por tanto, la forma misma de interpretar el mundo y sus fenómenos. Nos referimos a la propensión a situar la subjetividad -la vida interior del individuo, sus emociones, deseos y estados psicológicos- como centro de la comprensión de la realidad. Desde esta perspectiva, la experiencia subjetiva se erige en criterio supremo de verdad y de legitimidad, de modo que las instituciones tradicionales -la familia, la escuela, la Iglesia o el Estado-­ pasan a contemplarse principalmente como estructuras de las que el indivi­duo debe emanciparse para realizar plenamente su libertad.

Esta tendencia venía gestándose desde siglos atrás. Con el nominalismo comienza un proceso de disolución de los fundamentos sobre los que des­ cansaba la filosofía jurídico-política que había configurado el régimen civi­lizatorio de la Cristiandad. A partir de entonces, la realidad fue dejando de entenderse como un orden objetivo e inteligible para pasar a depender cada vez más de la conciencia y de la voluntad del sujeto, hasta quedar reducida, en último término, a sus percepciones subjetivas.

El subjetivismo feroz de nuestros días, unido al rechazo a las tradiciones propias, derivará hacia una concepción psicologista de la existencia. La búsqueda de la trascendencia y de la salvación no desaparecerá, sino que em­pezará a ser entendida como el cultivo del individuo egoiforme, del narciso, quien de forma obsesiva se embarcará en el inagotable proyecto del autoco­nocimiento y de la autodeterminación, tratando de detectar, «deconstruir» y combatir toda suerte de presuntos traumas y opresiones que le acecharían por todas partes. Estos individuos flotantes, desnortados, precisarán cons­tantemente de la orientación y guía «espiritual» de costosos psicólogos, de exóticos maestros ayahuasqueros, de todo tipo de terapéuticas anticientíficas y de gurús ideológicos.

Por razones históricas, la Iglesia católica de nuestros días ya no es la Igle­sia católica regida por la teología tomista, donde el sacerdote atesoraba dos mil años de sabiduría y cumplía de forma gratuita su función como padre espiritual, uno de cuyos cometidos consistía en destruir, precisamente, el principio subjetivista del individuo, esa inercia enfermiza a expansionarse en pensamientos obsesivos y autorreferenciales. Como dirá Chesterton, las máximas del mundo moderno no eran más que las antiguas virtudes cristia­nas desquiciadas, o sea, sacadas de su quicio, separadas de su fundamento, que no era otro sino la fe en el Dios Uno y Trino, ahora sustituido por el «yo interior», el fuero interno de la conciencia.

Los predicadores del liberal-progresismo dan por supuesto que, en nom­bre de la «Razón», la «Libertad» y el «Progreso», es necesario abolir cualquier vestigio de culto religioso porque las religiones son instrumentos del poder para mantener el control sobre las masas. Como mucho, las tradiciones reli­giosas serán toleradas como meras manifestaciones culturales, siempre que renuncien a toda pretensión de orientar la vida moral o el orden político y acepten quedar relegadas al ámbito estrictamente privado.

Nuestro propósito en este libro consistirá en estudiar las ideas que han hecho posible la crisis civilizacional que vivimos. Porque las leyes, reformas educativas o transformaciones sociales no son ideológicamente neutras, sino que aparecen siempre justificadas filosóficamente por una determinada idea del hombre, de la libertad, de la autoridad, de la familia, del Estado y del bien común.

Desde esta perspectiva, sostendremos que buena parte de las transfor­maciones experimentadas por Occidente durante los últimos siglos solo pueden comprenderse reconstruyendo el itinerario que conduce desde de­ terminadas rupturas filosóficas y teológicas de la Baja Edad Media y el pro­testantismo hasta las corrientes liberal-progresistas contemporáneas. No se trata de establecer relaciones mecánicas de causa y efecto ni de reducir la historia a una única explicación, sino demostrar cómo ciertas concepciones acerca de la naturaleza humana, la libertad, la verdad o la autoridad han ido modificándose progresivamente hasta configurar el horizonte disolvente en el que hoy vivimos.

Una de las tesis que recorrerá estas páginas es que la secularización no ha eliminado la dimensión metafísica de la política. Lo sagrado no ha desapare­cido, sino que se ha desplazado de lugar. Lo que ha cambiado son los objetos de la sacralización. Allí donde antes Dios constituía el fundamento último del orden moral y político, hoy encontramos nuevas realidades elevadas a la condición de absolutos: el individuo autónomo, la identidad, el mercado, el Estado, el progreso, la democracia, la ciencia o determinados discursos sobre los derechos humanos. Surgen, entonces, dos problemas: 
el primero es que esas nuevas ideas sacralizadas se presentan como verdades indiscuti­bles, inmunes a toda crítica y revestidas de una autoridad semejante a la que antes se atribuía a los dogmas religiosos. 
La segunda consecuencia es aún más grave, porque mientras Dios opera como principio ordenador del Todo, funcionando como parámetro compartido, colectivo, común a todos los miembros de la sociedad política, un parámetro trascendente, supraindivi­dual, situado por encima de los intereses particulares de individuos, grupos, gremios, partidos políticos, clases sociales, etc., los mitos liberal-progresistas son disolventes, fraccionadores de la realidad social y política.

Desde la perspectiva católica, esta transformación adquiere una profun­didad todavía mayor porque cuando el hombre ocupa el lugar que anterior­ mente correspondía a Dios, reaparece la vieja tentación del Génesis: decidir por sí mismo qué es el bien y qué es el mal. Es entonces cuando todo se frag­menta, se relativiza y se disuelve en un entramado de intereses particulares y rupturistas. La crisis contemporánea deja entonces de ser exclusivamente política para convertirse también en una crisis antropológica y civilizacional: de la muerte de Dios a la muerte del hombre.

El lector no encontrará aquí una simple denuncia de los males de nuestro tiempo ni una nostalgia estéril por el pasado. Encontrará, sobre todo, una in­vitación a pensar filosóficamente los presupuestos ideológicos que dominan nuestra época, porque comprender las ideas que la sustentan es el primer paso para comprender el mundo en que vivimos y, a partir de ahí, poder reac­cionar con inteligencia, prudencia y esperanza.


¿Por qué un libro titulado De la muerte de Dios a la muerte del hombre?

Porque quería subrayar que la crisis contemporánea no es solo existencial, psicológica, moral o política. Es una crisis antropológica y civilizacional: si borras a Dios destruyes también al hombre. El título describe un proceso histórico que se inició hace unos 250 años y que supuso el paso del orden histórico-político de la Cristiandad a un régimen progresivamente secularizado, en el que Dios y la religión fueron desplazados del centro de la sociedad y de la política. Se trataba de construir una sociedad sin Dios, o mejor dicho, contra Dios… contra el Dios de los católicos, para ser exactos.
Evidentemente, Dios no muere porque el hombre deje de creer en Él. La «muerte de Dios» significa su expulsión del horizonte público y, finalmente, de la propia comprensión del ser humano. José Javier Esparza lo explica con precisión en el prólogo que ha escrito para el libro: «Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento (…) Nuestra civilización, la civilización occidental moderna, borró a Dios (lo “mató”) y puso en su lugar al hombre con su razón universal».
Primero se destronó a Dios para coronar al hombre y después se declaró que el propio hombre era una construcción cultural modificable. Por eso el libro sostiene que ambas muertes están relacionadas: «sin el Creador, la criatura desaparece». Al perder a Dios, el hombre no se ha encontrado a sí mismo; más bien se ha perdido, se ha quedado sin saber quién es y cómo debe vivir.

¿Cuál es su propósito con este libro?

Mi principal objetivo era responder a la pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí y también ofrecer un camino para iniciar la reacción y la reconstrucción. Un camino accesible a todo el mundo, por cierto, porque debo advertir que en el libro hay teología y filosofía, pero que no se trata de un ensayo reservado únicamente a especialistas en teología o en filosofía. Todo lo contrario, está escrito para que cualquier persona pueda entender las conexiones que van desde el Génesis hasta la misión de san Pablo; desde el reinado del rey David hasta la monarquía temperada del Imperio español, pasando por el Imperio romano, el Anticristo de san Juan, el katéchon de san Pablo y la doctrina del Reinado Social de Cristo. También abordo el hilo que va de Lutero al krausismo, así como la ofensiva modernista contra el cristianismo, los fundamentos de la francmasonería, el proceso de folclorización de la fe o la papolatría, tan en boga hoy en día.
El caso es que hoy día muchos viven convencidos de que la religión es un lastre y que había que eliminarla para así alcanzar por fin la plenitud, pero esa es la gran mentira de la modernidad: creer que no necesitábamos a Dios, que el borrado de Dios nos haría definitivamente libres y felices. Pero resulta que el individuo se encuentra hoy más aislado, desarraigado, desesperanzado y desorientado que nunca, incapaz incluso de entender que ahora está más sometido y tiranizado que hace trescientos años.

Lo que estamos comprobando hoy día en España y en todas las regiones del mundo que conformaron o fueron herederas del régimen de la Cristiandad es que cuando se elimina a Dios como principio ordenador de la realidad, las consecuencias alcanzan a todos los órdenes de la vida… todo se disuelve, se rompe, se destruye… la moral, la familia, la educación, la economía, la sociedad y también, por supuesto, la política. Europa se construyó desde coordenadas cristianas y una civilización no puede borrar su fundamento sin que todo el edificio termine resquebrajándose. Más teniendo en cuenta que uno de los peligros más inmediatos es el crecimiento de una ideología político-religiosa llamada islam.

Antes ha hablado del peligro de la papolatría, ¿cómo definiría usted ese fenómeno?

Bueno, la papolatría comienza cuando la autoridad pretende ocupar el lugar que corresponde a la Verdad. Es decir, cuando se actúa como si una afirmación fuese verdadera simplemente porque procede de una autoridad eclesiástica, y no porque esa autoridad esté custodiando y transmitiendo fielmente la Verdad revelada por Cristo. La autoridad del papa no es absoluta ni creadora, sino que está al servicio de la Revelación, de la Tradición y de la misión recibida por la Iglesia. Y nuestra función, como la de san Juan Bautista, es señalar a Cristo y decir: «Este es el Cordero de Dios». Esa es la misión de la Iglesia militante, señalar a Cristo.
Hoy día hay mucha confusión interesada sobre estos temas, pero la tradición católica ha dejado siempre muy claro que la dignidad del cargo eclesiástico no garantiza por sí sola la santidad personal. Toda autoridad humana, también la más elevada dentro de la Iglesia, permanece sometida al juicio de Cristo, único Señor y Cabeza de la Iglesia. De ahí que la veneración hacia el ministerio petrino nunca implicara la divinización de la persona del papa ni la identificación automática de todas sus decisiones con la verdad revelada.

Hoy día, sin embargo, pocos saben que un católico puede criticar ciertas ideas, decisiones o conductas de un papa, sin incurrir por ello en desobediencia. La crítica se puede y se debe hacer, aunque siempre desde la caridad, el respeto y la fidelidad a la Iglesia, es decir, sin cuestionar la institución del papado ni la autoridad del papa como sucesor de san Pedro. Y Pedro era una persona de carne y hueso, no necesariamente santa ni impecable. El papa es el sucesor de Pedro, no el sucesor de Cristo. Cristo continúa siendo Cabeza de la Iglesia, de manera que toda autoridad eclesiástica permanece subordinada a Él. Esto significa que la autoridad del papa es vicaria y ministerial, por lo que su misión consiste precisamente en servir a una Verdad que no le pertenece y que no puede cambiar de forma caprichosa o voluntarista para adaptarse al mundo.

¿Por qué las ideas que pretendieron destronar a Dios son las mismas que amenazan hoy con acabar con el hombre? ¿Cuáles son estas ideas?

Porque esas ideas parten de un mismo error: considerar al hombre un ser autosuficiente, capaz de darse a sí mismo su naturaleza, su verdad y su ley moral. Es la vieja tentación del Génesis: «Seréis como dioses». Es decir: proclamaos soberanos absolutos y podréis decidir por vosotros mismos qué es el bien y qué es el mal. Ese es también el principio que impulsa la ideología laicista: negar el Reinado Social de Cristo, expulsar a Dios de la vida pública y recluirlo en el fuero interno de la conciencia individual.
Entre esas ideas encontramos el voluntarismo, el subjetivismo, el individualismo, el relativismo moral, el fundamentalismo científico, el mito del progreso indefinido, la felicidad canalla o la consideración de la libertad como pura autodeterminación. Todas ellas confluyen en la pretensión de que el hombre no recibe una naturaleza, sino que la construye mediante su voluntad.
Pero el mismo principio que prometía liberar al hombre permite ahora afirmar que el cuerpo carece de significado, que la diferencia sexual es una construcción social, que una vida enferma puede dejar de ser digna, que el aborto libre es un «derecho humano» que los Estados están obligados a brindar constitucionalmente, que la familia es una institución opresora, que la maternidad es una «injusticia biológica» o que el ser humano es débil y defectuoso y debe ser superado tecnológicamente. Lo que vemos es que las ideologías que proclamaron la soberanía absoluta del hombre han terminado convirtiéndolo en material disponible y fungible para el Estado, el mercado y la tecnología.

Desde los inicios de la modernidad, ha persistido la seductora idea de que es posible construir una sociedad perfecta, libre de sufrimiento y de conflictos. ¿Por qué se desatan estas utopías tras la ruptura del régimen de la Cristiandad?

Porque el catolicismo siempre ha mantenido una perspectiva realista sobre la condición humana y sobre la naturaleza del mundo, una visión que mantuvo a las sociedades católicas a salvo de idealismos pánfilos y de aspiraciones irrealizables. Si rompes el orden de la Cristiandad, consigues derribar el dique que frenaba la expansión de todo ese tipo de irracionalismos.
Diversos socialismos, los utópicos, los marxistas, también ciertas visiones liberales, los anarquistas, el feminismo en cualquiera de sus corrientes, filosofías propias de la Ilustración, el krausismo, la paz perpetua kantiana, el fundamentalismo democrático, también el globalismo oficial, el humanismo metafísico de nuestros días, etc., todas estas corrientes se presentan como ideologías salvíficas. En nuestros días, los autotitulados progresistas han asimilado estas funciones soteriológicas, mesiánicas, razón por la que se presentan como los nuevos redentores de la humanidad: la sociedad perfecta es posible y sólo nosotros sabemos cómo construirla, ¡vótanos!

Y entonces llega el transhumanismo, que da un paso más allá…

Exacto, el proyecto de comprender al «Hombre por el Hombre», y no «desde Dios», también ha dado lugar al peligroso proyecto del transhumanismo: ya no se trata de construir una sociedad perfecta, sino de crear al hombre perfecto. Gracias a la biotecnología, dicen, podemos transformar la imperfecta naturaleza humana en una naturaleza superior: aumentaremos la inteligencia, eliminaremos el sufrimiento, prolongaremos la vida e incluso venceremos la muerte… La clave es entender que la ideología transhumanista interpreta la imperfección humana como un fallo técnico, susceptible de corrección.
Para confrontar esa aberración aparece la Verdad de la teología católica, que sostiene que el mal tiene una dimensión moral y espiritual y que no puede eliminarse solo con tecnología. La perspectiva católica devuelve las cosas a su quicio, pone orden en toda esta confusión… En primer lugar, el catolicismo advierte que el problema fundamental del hombre no es su limitación biológica, sino la desorientación de su voluntad. Por eso, la solución no es huir del sufrimiento, sino integrarlo en una vida de amor, donde la libertad no se pierde, sino que alcanza su plenitud a través de la gracia, la vida moral y el ejercicio de la virtud.

En segundo lugar, desde la visión católica podemos entender con claridad que el transhumanismo representa un intento de salvación inmanente, una salvación sin Dios que, aseguran, podríamos llevar a cabo los hombres aquí en la Tierra solo con nuestras fuerzas. Pero no olvidemos que esta búsqueda de una redención sin trascendencia es el error de la Torre de Babel… En realidad, nuestras sociedades descristianizadas son la Torre de Babel 2.0… Además, según el transhumanismo solo se salvarían los elegidos, no todos los hombres. No hay que olvidar que la ideología transhumanista cuenta con numerosos apoyos en el sector tecnológico y financiero internacional, y que cuando hablan de generar seres «aumentados», perfeccionados, no están pensando en proveer a toda la humanidad de esas «bondades», sino únicamente a los «elegidos» que puedan pagarla.

¿Cuáles han sido las principales revoluciones que han desencadenado la decadencia de Occidente desde la Cristiandad medieval hasta la posmodernidad?

Bueno, en el libro no planteo una sucesión mecánica en la que cada acontecimiento produzca necesariamente el siguiente, pero sí existe una genealogía filosófica. El primer gran quebrantamiento aparece en la Baja Edad Media con el nominalismo y el voluntarismo, que debilitan la comprensión de la realidad como un orden objetivo e inteligible. Después llega la revolución protestante. El libre examen rompe la unidad religiosa de la Cristiandad, subjetiviza la fe y prepara su progresiva reducción a un asunto privado… el individuo se comunicaría directamente con Dios y para nada necesitaría a los curas ni a la Iglesia ni los sacramentos ni nada de nada más que su fe y su sentimiento. Ese es el gravísimo error luterano que, lamentablemente, está ahora penetrando en amplios sectores católicos… Jamás en la historia de España había habido una apostasía tal generalizada de la misa y de los sacramentos.

Pero bueno, tras Lutero aparece la Ilustración, que desplaza la soberanía de Dios hacia una Razón humana abstracta, mientras que la Revolución francesa intenta traducir esa ruptura al orden político mediante la destrucción del trono y del altar. Las revoluciones liberales del siglo XIX profundizan en la secularización del Estado, la educación y la sociedad. Posteriormente, el marxismo convierte la política en un proyecto de redención terrenal y presenta la religión como una forma de alienación. Finalmente, la revolución cultural y sexual del siglo XX dirige el combate contra la familia, la autoridad, la moral sexual y la propia naturaleza humana. La posmodernidad culmina el proceso: ya no se limita a negar a Dios, sino que niega también la verdad y la propia naturaleza del hombre y de la sociedad. Y así llegamos hasta nuestros días.

El problema es que hemos borrado de nuestra brújula el norte verdadero, que es Dios. Y ya sabemos qué ocurre cuando acercamos un imán a una brújula: la aguja no deja necesariamente de señalar una dirección, sino que empieza a señalar un norte falso. Eso es precisamente lo que hacen las ideologías. Una vez retirado Dios como principio ordenador, cualquier ideología basura que disponga de suficiente poder político, económico y mediático puede imantar la brújula de una sociedad, falsear su sentido de la orientación y convencer a millones de personas de que caminar hacia el precipicio es avanzar en la dirección del progreso.

¿Cómo luchan las ideologías por suplantar los grandes ideales de la fe católica?

Haciendo una sustitución. Las ideologías modernas no han eliminado la necesidad humana de creer, esperar y encontrar una salvación. Lo que han hecho es secularizar esas aspiraciones y dirigirlas hacia nuevos objetos. Tampoco han destruido el sentido de lo sagrado, lo que se ha producido ha sido un desplazamiento: se han desacralizado unas cosas y se han sacralizado otras. La fe en Dios ha sido sustituida por la fe en el progreso, en la ciencia, en la democracia o en el Estado; la esperanza en la vida eterna ha sido sustituida por la promesa de una sociedad perfecta o de un hombre perfecto; las virtudes cristianas, por un conjunto de buenos sentimientos; la caridad cristiana, por un sentimentalismo humanitario que habla constantemente de solidaridad, pero prescinde de la Verdad, de la Justicia y del Bien.
También se sustituye el Bien por el bienestar, el pecado por la opresión social o la gracia por la terapia, el entretenimiento o el asistencialismo estatal. Todos son desplazamientos y sustituciones. El resultado son doctrinas políticas con estructura religiosa: el liberal-progresismo, por ejemplo, tiene dogmas que no pueden discutirse, pecados ideológicos, inquisidores, herejes, rituales públicos y, sobre todo, promesas de salvación. El liberal-progresismo es una ideología mesiánica cuyos voceros se autopresentan como los nuevos redentores de la humanidad y de la pachamama.

Por eso sostengo que nuestras sociedades no son verdaderamente posmetafísicas. No han dejado de sacralizar; simplemente han cambiado de dioses… se han paganizado. La democracia, la identidad, el mercado, la naturaleza, el bienestar o los derechos individuales ocupan ahora el lugar de lo absoluto. Pero son falsos absolutos porque no ordenan el conjunto, no responden al Bien Común, sino a los particularismos, por lo que finalmente terminan enfrentando, fragmentando y disolviendo la sociedad.

¿Por qué el transhumanismo no es más que una continuación de los viejos mitos de Prometeo o de Frankenstein?

Exactamente, recordemos que Prometeo representa la voluntad de arrebatar a los dioses un poder reservado al ámbito divino. Frankenstein, cuyo subtítulo es precisamente El moderno Prometeo, presenta a ese hombre que pretende producir vida mediante la técnica, pero que finalmente se muestra incapaz de gobernar moralmente aquello que ha creado. El transhumanismo reproduce esa misma tentación. Ya no propone únicamente curar enfermedades o aliviar padecimientos, objetivos perfectamente legítimos, sino rediseñar la naturaleza humana, como decíamos antes.

Por eso es tan importante entender la diferencia que hay entre medicina y transhumanismo. La medicina trata de restaurar la naturaleza humana cuando está dañada; el transhumanismo considera esa propia naturaleza un defecto que debe ser superado. Ya no acepta al hombre como criatura, sino como materia prima de un proyecto tecnológico. Es una nueva promesa de salvación, pero una salvación inmanente, sin Dios y reservada únicamente a quienes puedan pagarla. Es toda una impostura… el hombre pretende emanciparse de dios para convertirse en creador de sí mismo, pero termina fabricando una criatura sometida como nunca antes a los poderes tecnológicos, financieros y políticos que controlan ese proceso.

¿Por qué no tiene ningún sentido que la criatura se rebele contra un Creador todopoderoso que la va a juzgar?

Porque la criatura no existe por sí misma, el hombre no es causa sui. Todo cuanto posee —la vida, la inteligencia, la libertad y la capacidad de obrar— lo ha recibido de Dios. Rebelarse contra Él es utilizar los dones recibidos para negar la fuente misma de esos dones. Obedecer a Dios significa confiar —tener fe— y ordenar nuestra vida conforme a la verdad de lo que somos. El problema es que nuestra rebelión no perjudica a Dios ni amenaza su soberanía. Quien resulta destruido es el propio hombre, como el sarmiento que pretende vivir separado de la vid. En eso consiste la tragedia del pecado: la criatura quiere alcanzar su plenitud separándose de quien constituye precisamente su principio y su fin. Dios permite esa rebelión porque creó al hombre libre, pero la libertad no elimina las consecuencias ni el juicio. Podemos rechazar el orden de Dios, pero no podemos construir una realidad en la que Dios deje de ser Dios, por eso vamos tan desnortados.

Frente al espejismo utópico de un mundo sin dolor, ¿por qué es más actual que nunca la propuesta de Cristo, que con su muerte en la cruz da un sentido profundo al dolor?

Porque el proceso de descristianización ha generado una sociedad sin referentes ejemplares: vidas modélicas de personas que enseñen que el sufrimiento forma parte de la vida y que, lejos de evitarlo a toda costa, es necesario dotarlo de sentido y dignidad. Porque de lo que se trata, en suma, es de dignificar esa vida humana doliente. Jesús de Nazaret es el mayor ejemplo que tenemos: una persona que soporta el escarnio, la traición, el abandono, la incomprensión, las tentaciones más duras, un extremo sufrimiento físico y moral, calumnias, etc., pero que se sobrepone, aguantando con fortaleza y perseverando hasta el final por una causa que trasciende su propia vida. Cristo, crucificado, se sacrifica por algo que está por encima de Él mismo: el Amor al Padre. Esa idea está desapareciendo, la idea de que en la vida unas veces vienen bien dadas y otras mal dadas, y que en el momento en que las cosas vienen mal dadas hay que ejercitar la fortaleza. Cristo no promete una existencia sin dolor, sino que entra en el sufrimiento humano, lo asume y lo transforma. En la Cruz, el dolor deja de ser únicamente una desgracia absurda y puede convertirse en entrega, amor, sacrificio y redención.

Esto no significa glorificar el sufrimiento ni dejar de combatir la enfermedad, la pobreza o la injusticia. El cristianismo nunca ha dicho que debamos buscar el dolor por sí mismo. Lo que afirma es que, cuando el sufrimiento inevitablemente llega, no destruye la dignidad ni vuelve inútil la vida. Unido a Cristo, puede adquirir un sentido sobrenatural. Las utopías modernas prometen eliminar el sufrimiento mediante la política, la psicología, la tecnología o el consumo. Pero, cuando no pueden eliminarlo, terminan eliminando al que sufre. Ahí están la eutanasia, el aborto e incluso ciertos proyectos transhumanistas. La Cruz ofrece una respuesta radicalmente distinta: no te dice que tu vida carezca de valor porque sufras, sino que Dios mismo ha entrado en tu dolor y puede transformarlo.

¿Por qué está en juego la dignidad del hombre y su vocación dentro del plan de Dios?

Porque estamos enfrentando dos ideas radicalmente distintas del ser humano, incompatibles entre sí. Para la antropología contemporánea, el hombre debe convertirse en un individuo autónomo que pertenece únicamente a sí mismo y cuyo valor depende de su voluntad, su salud, su productividad o su capacidad para disfrutar, consumir y votar. Para el catolicismo, en cambio, el hombre es criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza, dotado de razón y libertad y llamado a convertirse, mediante la gracia, en hijo adoptivo de Dios. Su dignidad no depende de que esté sano, sea autónomo, resulte útil o pueda colmar todos sus deseos. La posee desde su concepción hasta su muerte natural.
Por eso está en juego mucho más que un debate cultural. Está en juego la propia idea de hombre, porque de eso dependerá que cualquiera pueda ser descartado si no cumple ciertas exigencias sociales, biológicas o ideológicas. Pero sobre todo está en juego la vocación sobrenatural del ser humano. El hombre no está llamado a convertirse técnicamente en una criatura superior, como promete el transhumanismo; está llamado a participar de la vida divina.

¿Cómo, a raíz de su conversión, comprende más profundamente el misterio del hombre y su relación con Dios?

Mi conversión me permitió comprender que el hombre no puede explicarse completamente desde la política, la sociología, la psicología, la filosofía o la biología. Todas estas disciplinas iluminan aspectos verdaderos, pero parciales. La razón natural no alcanza por sí sola. Cristo no solo revela quién es Dios: también revela la verdadera naturaleza del hombre: quién es realmente, cuál es su herida, cuál es su dignidad y para qué ha sido creado. La conversión, en mi caso particular, tiene que ver con el entendimiento: entender los límites de la razón humana, los peligros del exceso de mundanización, el sentido de la vida y de la historia… Tiene que ver, en definitiva, con una suerte de comprensión de la estructura que lo ordena todo… con un asentimiento ante el principio que ordena la voluntad, la vida familiar, la política, la economía, las artes, la educación, etc. Tiene que ver con la certeza de que Dios es necesario.

¿Por qué merece la pena leer el libro?

Porque no es simplemente un catálogo de quejas contra la modernidad. Tampoco propongo una nostalgia estéril por el pasado, sino una invitación a comprender las ideas que gobiernan nuestro presente y una guía para reaccionar frente a ellas con inteligencia y con propósito, de forma realista, sin triunfalismos ni derrotismos.
Muchas personas perciben que algo no funciona: el triunfo del narciso, el individualismo estrecho, el nihilismo político, la conversión del Estado en policía de la conciencia, la destrucción del individuo desde el sistema educativo, la pérdida de autoridad de padres y maestros, la desmaternalización de las mujeres, la feminización de los hombres, la desintegración de la familia, la soledad, la eutanasia, el aborto, el abandono de la patria, la sentimentalización de la fe, el neopaganismo, la infantilización de la sociedad, el victimismo constante… Muchos lo ven, pero contemplan estos fenómenos como problemas separados. El libro muestra que están relacionados porque proceden de una determinada idea de Dios, del hombre, de la libertad, del cuerpo, de la verdad, de la política y del bien.

Además, el libro culmina con un último apartado que he llamado «Del desorden al orden» porque no basta con diagnosticar la enfermedad: en la medida de lo posible hay que intentar curarla. La crítica radical no sirve de nada si no va acompañada de una reacción posible, inteligente y eficaz, capaz de reconstruir la vida moral, social y política. Primero hay que reconocer los errores, comprender sus causas y medir sus consecuencias; después, hay que recuperar un principio de orden. No basta con criticar y triturar, hay que poder reconstruir. Así que el libro ofrece una respuesta: el camino del desorden al orden continúa abierto y todos podemos actuar, no es una tarea que debamos confiar únicamente en los políticos.

Por Javier Navascués

 
El Sagrado Corazón contra el mundo moderno con J. Barraycoa. FORJA 367



"SAGRADO CORAZÓN" | TRAILER OFICIAL ESPAÑOL