EL Rincón de Yanka: enero 2020

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viernes, 31 de enero de 2020

ROGER SCRUTON: "LAS SOCIEDADES NO DURAN SI SUS MIEMBROS NO SON CAPACES DE SACRIFICIO" 💡



El conservadurismo 
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio. El sentido de lo sacrificial permea toda la obra de Scruton. Es indisociable del sentido de lo sagrado, y ambos se están perdiendo a toda velocidad en nuestro mundo contractual de maximización de utilidades". "Ningún contrato moverá al soldado a entregar su vida por su país, ni a una madre a sacrificarlo todo por sus hijos", ni a una pareja a vincularse hasta que la muerte la separe".
"El valor de una civilización se mide 
no por lo que sabe crear, 
sino por lo que sabe conservar". 
Eduard Herriot

El verdadero instrumento del progreso radica en el factor moral. El verdadero avance de una sociedad no se mide por su riqueza material o tecnológica, sino por la elevación ética y moral de sus ciudadanos. Giuseppe Mazzini
Para Mazzini, el progreso político y social era indisociable de una revolución espiritual y moral. Sostenía que las instituciones libres y la democracia republicana no podían sostenerse en el tiempo si los individuos no cultivaban virtudes como el sentido del deber, la solidaridad y el amor por la justicia. En su visión, los derechos debían ir siempre de la mano de los deberes hacia la comunidad.
¿No es el conservadurismo evidente por sí mismo? No. La ideología dominante es progresista

A Roger Scruton (1944) le apasionan muchas cosas: el arte, la música, la filosofía, la religión, la política, la universidad, la biología, la neurociencia… Su enorme cultura le permite ser muy crítico con las modas y los tópicos intelectuales, y su brillantez oral y escrita le ha convertido en referencia intelectual obligada.

El domingo 12 de enero de 2020 murió Sir Roger Scruton. Su muerte física fue precedida por la civil —o quema del hereje en el cadalso de la corrección política— a cuenta de las opiniones "supremacistas blancas, homófobas y sexistas" vertidas hace unos meses en una entrevista del New Stateman que dio pie a su expulsión (¡por el gobierno "conservador" británico!) de la comisión "Building Better, Building Beautiful". "Nadie con las ideas de Scruton tiene sitio en una democracia moderna", sentenció el diputado laborista Andrew Gwynne.

Sir Roger afrontó ambas muertes con la entereza elegante de un gentleman victoriano (ese biotipo en extinción, junto a tantas otras fibras de la identidad británica, como lamentó en su libro England: An Elegy, teñido de una melancolía que recuerda a la de la poesía de Philip Larkin). Se le diagnosticó su enfermedad en julio de 2019: "Mi reumatólogo me habla de mi conferencia sobre Parsifal…; alarmado por lo que ha visto en el scan, me pone en manos un oncólogo, que comienza a trabajar conmigo inmediatamente, pues de lo contrario podría estar muerto de cáncer en una semana. Esa semana se ha prolongado por el momento, pero, ¿por cuánto tiempo más? […] Sin embargo, como ocurrió con la entrevista diseñada para destruirme, lo bueno sobrepuja a lo malo. Nunca antes me habían llegado tantas muestras de afecto, y gracias a mi oncológo he sido capaz de seguir trabajando en mi escritorio […]". En A Political Philosophy, Scruton había escrito que el conservador sabe que su lucha contra el caos está condenada a fracasar finalmente frente a la segunda ley de la termodinámica: "La entropía siempre crece, y todo sistema, todo organismo, todo orden espontáneo sucumbirá tarde o temprano al caos. Sin embargo, aunque eso sea cierto, no por ello el conservadurismo es un empeño vano en cuanto práctica política, igual que la medicina no es fútil simplemente porque 'a largo plazo, todos muertos'. Más bien deberíamos reconocer la sabiduría de Lord Salisbury cuando señaló que 'el aplazamiento es vida [delay is life]'".

La última frase del último artículo de Scruton es: 
"Cuando te acercas a la muerte, empiezas a comprender lo que significa la vida, y lo que significa es gratitud". 
La gratitud por —y la afirmación de— lo bueno, lo verdadero y lo bello es la esencia del conservadurismo de Scruton. Solía repetir que el conservadurismo trata sobre el amor, y por tanto, la voluntad de preservar todo lo valioso que hemos recibido de los antepasados. El conservador sabe que "las cosas buenas son destruidas fácilmente, pero es mucho más difícil crearlas. Eso es especialmente cierto en lo que se refiere a bienes colectivos como la libertad, la civilidad, el espíritu público, la seguridad de la propiedad y la vida de familia" (How To Be A Conservative).
Cuando te acercas a la muerte, empiezas a comprender lo que significa la vida, y lo que significa es gratitud
¿No es el conservadurismo evidente por sí mismo? No. La ideología dominante es progresista: el pasado fue una larga noche de machismo, homofobia, racismo y dominación de clase; "antiguo" es sinónimo de opresivo y discriminatorio; el "argumento" ¡¿pero no querrás hacernos retroceder X años?! zanja cualquier discusión.

Nacido en 1944 en una familia humilde, con un padre socialista y amante de la naturaleza (una pasión heredada por Scruton, experto caballista, dueño de una granja y autor de una Green Philosophy, que lamenta que el ecologismo haya sido secuestrado por la izquierda, y sostiene que el conservador debe aspirar a la preservación de la belleza paisajística), Scruton, estudiante excepcional, comenzó imbuido del progresismo que ya en los 60 era la cosmovisión por defecto en Oxbridge. Su caída del caballo tuvo lugar en el Mayo del 68 parisino, al que asiste en directo como estudiante de posgrado. "Estaba en el Barrio Latino viendo a los estudiantes volcar coches, romper ventanas y lanzar adoquines, y por primera vez en mi vida sentí una oleada de indignación política. De repente me di cuenta de que estaba en el otro bando. […] Cuando pregunté a mis amigos qué intentaban lograr, todo lo que me contestaron fue un centón de perezosos tópicos marxistas. Me irritó y pensé que debía de haber un camino de regreso a la defensa de la civilización occidental". Los soixante-huitards habían gozado todas las bendiciones de esa civilización: prosperidad (Francia crecía al 5% anual en los 60), acceso a la educación superior (200.000 universitarios en 1958, 500.000 en 1968), libertad, democracia… Su reacción era considerar todo ello un engaño fascista –la libertad es "libertad": las comillas despectivas fueron la gran aportación intelectual del 68— y/o un aburrimiento ("Ya no hay Guernica, ya no hay Auschwitz, ya no hay Hiroshima. ¡Bravo! Pero, ¿y la imposibilidad de vivir, y la mediocridad asfixiante, y la ausencia de pasión?", escribió Raoul Vaneigem, uno de los "situacionistas", tan influyentes en el 68). Como rechazo a la forma de vida de sus padres –la generación que había sufrido la ocupación nazi, la dura reconstrucción, la guerra de Argelia…— decidieron hacerse maoístas (justo en el momento en que la Revolución Cultural arrasaba en China cualquier vestigio de civilización).

En realidad, los sesentayochistas no tenían ningún recambio realista al prosaico bienestar y la "falsa libertad" de sus padres: lo suyo era la negación por la negación, el "gran rechazo" que había cantado Marcuse en El hombre unidimensional. Pero tampoco Marx o Lenin disponían de una alternativa viable –como testimoniaba el fracaso del socialismo, suficientemente patente en 1968 para quien quisiera saber— al orden liberal-conservador-capitalista laboriosamente generado mediante ensayo y error a través de milenios de historia occidental. Si la esencia del conservadurismo es la afirmación, la conservación y el amor –pues "lo bueno sobrepuja a lo malo"— la de la izquierda es la negación, la destrucción y el odio. Scruton dedicó a mediados de los 80 una obra (Fools, Frauds, and Firebrands: Thinkers of the New Left) a la refutación de los mâitres-à-penser del 68, los Sartre, Foucault, Althusser, Lacan, Deleuze… En el capítulo de conclusiones de ese libro –que desencadenó una tormenta de críticas y terminó precipitando su salida de la Universidad— viene a decir que, vista la pasión con la que la izquierda rechaza a la derecha ("una vez identificado como de derechas […], tus opiniones son irrelevantes, tu reputación está ensuciada, tu presencia en el mundo es un error: ya no eres un oponente al que se deba contraargumentar, sino una enfermedad que debe ser curada"), uno tendería a pensar que la izquierda posee un modelo de recambio infinitamente mejor. Sin embargo, "abarcando con la vista el paisaje desolado que he recorrido en este libro, encuentro solo negaciones". La izquierda es como el Mefistófeles de Fausto: "el espíritu que siempre niega", "un grito que condena lo vigente en nombre de lo incognoscible [a cry against the actual on behalf of the unknowable]". La izquierda "representa como 'estructuras de dominación' todo lo que los demás consideran simplemente instrumentos del orden civil": familia, empresa, mercado, moral sexual, propiedad, religión, nación, escuela (al menos, la escuela "tradicional", dedicada a la transmisión del conocimiento), asociaciones voluntarias (los little platoons de Burke, que Scruton tenía siempre en los labios).
Una vez identificado como de derechas […], tus opiniones son irrelevantes, tu reputación está ensuciada, tu presencia en el mundo es un error
Antes de abandonar una Universidad ya convertida en feudo neomarxista, Scruton tuvo tiempo de asistir a la victoria de Margaret Thatcher (1979). Su relación con el thatcherismo fue ambigua: de un lado, saludaba la aparición de una derecha intelectualmente asertiva y la apuesta por el mercado, las privatizaciones y el aligeramiento del Estado. Sin embargo, Scruton lamentaba la estrechez de una visión economicista, que pretendía ganarle la batalla intelectual a la izquierda solo a base de "soluciones de mercado", "economía del lado de la oferta" y "soberanía del consumidor". "Creo que la libertad no es una respuesta suficiente a la pregunta sobre aquello en lo que creen los conservadores" (How To Be a Conservative). Y no porque la libertad no sea un valor, sino porque es un valor penúltimo: "Como Matthew Arnold, yo creía que la libertad es un excelente caballo para cabalgar, pero para cabalgar a algún sitio". La libertad es valiosa de manera instrumental, si sirve para alcanzar fines valiosos. El liberalismo, para tener sentido, presupone una jerarquía objetiva de valores: o sea, el liberalismo necesita al conservadurismo.

Scruton rechazaba la famosa afirmación de Thatcher "no existe la sociedad". En el fondo, piensa Scruton, Thatcher sabía que la economía de mercado solo podía funcionar en un marco político-cultural muy específico, integrado por elementos que están más allá de la economía. Uno de ellos es, por ejemplo, el Estado-nación: "sus discursos más importantes, y también sus políticas, derivaban de una conciencia de lealtad nacional". Pero Thatcher, que era una patriota, no sabía expresar su patriotismo en lenguaje thatcheriano: "La lástima era que no tenía una filosofía con la que articular ese ideal". El neoliberalismo se le quedaba corto.

Y sí, otro de los aspectos del conservadurismo de Scruton –compatible con el liberalismo económico, aunque no con el fundamentalismo libertario— es el nacionalismo. Es una faceta de su pensamiento que se reforzó después de su estrecha colaboración con disidentes anticomunistas en la Europa central de los 80: "Sentí una inmediata afinidad con aquella gente. Y comprobé que nada era más importante para ellos que la supervivencia de su cultura nacional". Ardiente defensor del Brexit, Scruton piensa que la mano invisible de Adam Smith requiere un marco de corresponsabilidad basado en cierta identidad común: "Un mercado puede conseguir una asignación racional de los bienes y servicios solo allí donde hay una confianza previa entre los participantes" (How To Be A Conservative). Y la confianza previa se da entre los compatriotas, los que comparten un sentido del "nosotros" nacional (que se extiende, no solo a la generación actual, sino, como quería Burke, "a los muertos, los vivos y los que han de nacer"): "la sociedad [nacional] es una herencia compartida en aras de la cual estamos dispuestos a hacer sacrificios, que nos permite sentirnos parte de una cadena de transmisión y recepción, y reconocer que no tenemos derecho a estropear las cosas buenas que heredamos". El Estado-nación es también el ámbito natural para el ejercicio de las libertades democráticas: "Es porque somos capaces de definir nuestra ciudadanía en términos territoriales que, en los países occidentales, disfrutamos de las libertades elementales" (Scruton contrapone la territorialidad liberal de las naciones occidentales a la universalidad teocrática de la umma islámica, que no reconoce fronteras). "La democracia necesita fronteras, y esas fronteras son las del Estado-nación" (How To Be A Conservative).

El liberalismo economicista de los thatcherianos se quedaba corto también en otro aspecto: no tenía conciencia de la irremplazabilidad de instituciones como la familia; o bien, daba su conservación por supuesta, sin comprender su rápido deterioro, fruto a su vez de esa liberación de las costumbres que fue el verdadero legado de los nihilistas de 1968.

El fundamentalismo libertario saluda la disolución de los vínculos familiares (ataduras insufribles de la libertad individual), o bien concibe el matrimonio como un contrato que debe ser fácilmente rescindible. Scruton escribió páginas muy profundas sobre la diferencia entre "contrato" y "voto" [vow], y lamentó la contractualización libertaria de los votos. Un contrato contempla obligaciones definidas, y tiene una duración limitada. Un voto, en cambio, implica "una mutación existencial": "Los votos son compromisos indefinidos […], vinculan a las partes en un destino compartido". "Un voto es una entrega definitiva de sí mismo, en la cual se invita al otro a confiar. El paradigma de esto es el matrimonio, tal como fue concebido hasta hace poco". "Las sociedades que ya no insisten en ese compromiso, o que permiten la erosión del matrimonio, primero mediante su redefinición como un simple contrato, y después como una opción que los padres pueden o no elegir, son sociedades que ya no ofrecen seguridad a los hijos" (The Soul of the World). "En toda sociedad sostenible, el orden de los acuerdos voluntarios está enmarcado por otro orden en el que las obligaciones son trascendentes, los vínculos sagrados".
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio"
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio". El sentido de lo sacrificial permea toda la obra de Scruton. Es indisociable del sentido de lo sagrado, y ambos se están perdiendo a toda velocidad en nuestro mundo contractual de maximización de utilidades. "Ningún contrato moverá al soldado a entregar su vida por su país, ni a una madre a sacrificarlo todo por sus hijos", ni a una pareja a vincularse hasta que la muerte la separe.

Una sociedad necesita, pues, un sentido de lo sagrado. Los compromisos familiares definitivos (de los cónyuges a la manera tradicional, y de los padres con sus hijos) apuntan a lo sobrenatural. También lo hace la experiencia estética, a la que Scruton dedicó varios libros: "la música nos transporta más allá de los límites de la realidad natural", y la belleza parece no ser de este mundo (tuvo el valor de denunciar la impostura del arte posterior a las vanguardias de los años 20, y la inhumanidad de la arquitectura racionalista post-Bauhaus. Y nuestra aspiración al conocimiento, que va más allá de las necesidades prácticas de supervivencia: "podríamos haber evolucionado como especie sin necesidad de entender el reino de las verdades matemáticas […], nuestra curiosidad se extiende infinitamente más allá de los problemas que necesitamos resolver" (The Soul of the World).

Con todo, que necesitemos o presintamos lo sobrenatural no implica de suyo que lo sobrenatural exista. Scruton, que tocaba el órgano en la iglesia anglicana local (pero el anglicanismo es ya solo estética, no teología), era ambiguo sobre la cuestión de la existencia de un Dios personal. "No puedo responder la pregunta de cómo un ser que existe fuera del espacio y el tiempo pueda manifestarse dentro de ellos. Pero tampoco puedo responder la pregunta de cómo un ente puede ser un organismo [sujeto al determinismo físico-químico] y al mismo tiempo un sujeto libre que está llamado a dar cuenta de sus actos con razones". O sea, que Dios es un misterio, como lo es la libertad humana (según terminó reconociendo Kant, que concibió a ambos como "postulados de la razón práctica" incomprensibles por la razón teórica). "La fe nos pide que aprendamos a convivir con misterios, que no los borremos, pues al borrarlos estaríamos borrando también el rostro del mundo" (The Soul of the World).

Dios es un misterio, como lo es la libertad humana

Espero que Scruton haya entendido ya que su combate por la verdad, la belleza y la justicia era algo más que un aplazamiento salisburyano de la victoria final de la nada.


PERLAS DEL PENSAMIENTO SCRUTONIANO
  • La búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, amplía nuestras alegrías y consuela nuestras penas.
  • El relativismo es el primer refugio de los canallas.
  • Un filósofo que diga “no hay verdades, solo opiniones”, se arriesga a que le pregunten: “¿Eso es una verdad o una opinión?”
  • Una sociedad libre es una comunidad de seres responsables, unidos por la benevolencia y las obligaciones del amor familiar.
  • El matrimonio no existe para beneficio de la presente generación, sino de la siguiente.
  • El vino no solo es un objeto de placer, sino de conocimiento.
  • La belleza está amenazada por el culto a la fealdad en el arte, y por el culto a lo útil en la vida ordinaria.
  • Para ser original, un artista también debe pertenecer a la tradición de la que parte.
  • Ser impopular nunca es fácil, aunque serlo por una buena causa es una garantía frente a la desesperación.
  • La música es el ejemplo perfecto de algo que está en este mundo pero que no es de este mundo.
  • Cuando los políticos fallan, sus esfuerzos no se dirigen a cambiar, sino a cambiar la creencia de la gente de que ellos han fallado.
  • En ausencia de una religión organizada, el único vehículo de redención es el arte.
  • El feísmo convirtió el arte en una broma que hace ya tiempo dejó de tener gracia.
  • Los grandes artistas del pasado sabían que la vida está llena de sufrimiento, pero tenían un remedio: la belleza.
  • La obra de arte bella trae consuelo en la tristeza, afirmación en la alegría, y muestra que la vida vale la pena.
  • Nuestras instituciones docentes han dejado de salvaguardar la cultura, al tiempo que la vida pública se ha imbecilizado de forma deliberada.
  • La oración y la penitencia se han interrumpido, pero no olvidado. Así que la vida ética sigue siendo posible para quienes deseen recuperarla en las catacumbas de la alta cultura.
  • Confucio no ofrecía una filosofía, pero nos animaba a vivir como si nuestros actos tuvieran consecuencias eternas.
CONFESIONES 
DE UN HEREJE


En esta selección, que abarca desde el arte y la arquitectura hasta la política y la conservación de la naturaleza, Scruton desafía la opinión popular sobre aspectos clave de nuestra cultura: 
¿Qué podemos hacer para proteger los valores occidentales contra el extremismo islamista? ¿Cómo podemos fomentar una verdadera amistad a través de las redes sociales? ¿Por qué vale la pena preservar el Estado-nación? ¿Cómo debemos lograr una muerte oportuna frente a los avances de la medicina moderna?
Más que una postura de nostalgia, su defensa de la tradición y la cultura occidental es un intento de recordar que la modernidad no puede construirse negando sus fundamentos. Al mismo tiempo, es una invitación a examinar el mundo que habitamos y las ideas con las que convivimos, en vistas a vivir una vida profunda y valiosa.

La obra de Roger Scruton es un llamado a la reflexión en «tiempos volátiles», y Confesiones de un hereje no es una excepción. El libro no es solo una recopilación de ensayos, sino también un testimonio intelectual, son el resultado de una carrera intelectual «fuera de las instituciones» y llena de «pedradas ideológicas malintencionadas» al desafiar los lugares comunes de la modernidad. Scruton adopta el término «hereje» para el título de este libro porque su pensamiento conservador lo situó en una posición incómoda tanto para la izquierda como para la derecha, como señala Douglas Murray en la introducción. «A lo largo de toda su carrera, hasta el final, sufrió extraordinarios ataques de personas que creían comprenderle, pero que no se habían molestado en rascar su superficie», algo incide no solo en sus posibilidades en la academia, sino también como intelectual en la vida pública.

Scruton sostiene en el ámbito político que las naciones cumplen una función similar: ofrecer a los ciudadanos un sentido de pertenencia y continuidad, arraigo cultural y político. En Gobernar correctamente y Por qué son necesarias las naciones, Scruton explora las consecuencias de la búsqueda del hogar al nivel político y social. En el primero, el autor reflexiona sobre la crisis de la democracia liberal, la creciente desconfianza en las instituciones y el auge de ideologías que, en su opinión, buscan socavar la idea de una sociedad basada en la libertad y la responsabilidad individual. Su propuesta añade una defensa del pensamiento conservador como aquel que puede «delimitar el verdadero ámbito del gobierno y establecer los límites más allá de los cuales la acción del gobierno constituye una violación de la libertad del ciudadano». Destaca la importancia de encontrar un equilibrio entre el cambio y la conservación, entre el espíritu liberal y el espíritu público y reconoce con espíritu crítico que los conservadores no siempre «han sido capaces de ofrecer al electorado un proyecto creíble para ello».

En continuidad con estas ideas, en Por qué son necesarias las naciones, se articula una defensa de la nación y la pertenencia como elementos clave para esta tarea. Frente al cosmopolitismo abstracto, reivindica la comunidad nacional como el espacio donde la libertad personal encuentra un marco de referencia concreto en la historia y la identidad común de la sociedad. En su visión, «las naciones no son meras construcciones políticas; son comunidades de pertenencia, forjadas por la historia, la cultura y la lealtad compartida». De ahí que critique el proyecto europeo y su multiculturalismo desdibujado. Señala que no favorece a la lealtad nacional ordinaria, un sentimiento que «no solo es natural, sino esencialmente legitimador», permite a la «comunidad resolver sus disputas y lograr el equilibrio en las cambiantes circunstancias de la vida». Esta defensa está lejos de los nacionalismos ideológicos y, de hecho, el apoyo de Scruton al Brexit tiene más que ver con estas ideas que con el rechazo a Europa y su cultura.

En este sentido, en Defender Occidente, Scruton advierte contra el progresismo que busca desmantelar la noción de identidad nacional, promoviendo en su lugar una sociedad sin raíces ni lealtades. A su juicio, esta actitud no solo es ingenua, sino peligrosa, ya que debilita los lazos sociales y erosiona el sentido de pertenencia. En este ensayo expone su inquietud por el declive de los valores occidentales y la amenaza que representa su relativización en el debate contemporáneo frente a la visión islámica tradicional de la sociedad. 

Scruton quiere demostrar que la defensa de la civilización occidental no es un acto de exclusión o supremacía, sino un reconocimiento de los logros culturales, políticos y filosóficos que han dado forma al mundo moderno. Por ello expone algunos de los rasgos de la herencia occidental y sugiere que la manera de preservar Occidente supone, en la esfera pública, «proponernos proteger las cosas buenas que hemos heredado. Y eso significa no hacer concesiones a quienes quieren que cambiemos la ciudadanía por el sometimiento, la nacionalidad por la conformidad religiosa, la ley laica por la Sharía, la herencia judeocristiana por el islam, la ironía por la solemnidad, la autocrítica por el dogmatismo, la representación por la sumisión y la alegre bebida por la abstinencia censora». Además, en la esfera privada también hay mecanismos para conservar Occidente, que para Scruton se traducen en «mirar con sobriedad y espíritu de perdón las heridas que recibimos, y mostrar, con nuestro ejemplo, que esas heridas no consiguen nada, salvo desacreditar a quien las inflige».

Invitación a ser «hereje»

Lejos de ser una obra complaciente, Confesiones de un hereje interpela al lector y lo invita a cuestionar muchas de las certezas asumidas en el pensamiento contemporáneo. Con este libro, el autor deja un testamento intelectual que, lejos de agotarse en la polémica, nos invita a una reflexión profunda sobre la belleza, la pertenencia y la responsabilidad moral en el mundo moderno. Scruton no busca la aprobación del lector, sino su implicación en un debate que trasciende la coyuntura inmediata y apunta a las raíces mismas de nuestra cultura. Más que una postura de nostalgia, su defensa de la tradición y la cultura occidental es un intento de recordar que la modernidad no puede construirse negando sus fundamentos. Al mismo tiempo, es una invitación a examinar el mundo que habitamos y las ideas con las que convivimos, en vistas a vivir una vida profunda y valiosa.

 
¿Qué es ser conservador?
 PEDRO LUIS PEDROSA.

El pensador y político irlandés del siglo XVIII, Edmund Burke, es ampliamente conocido por sus reflexiones sobre la sociedad y la política, especialmente en el contexto de su feroz crítica a la Revolución Francesa.
Edmund Burke veía la sociedad no como una simple colección de individuos, sino como una entidad orgánica y compleja, profundamente arraigada en la tradición, la moral y la religión. Pero, ¿cuáles son los aspectos clave en su visión de la sociedad?

La sociedad es un contrato

Para Burke, la sociedad representa el bien común, un acuerdo sobre costumbres, normas y valores que rige la vida en comunidad. No obstante, su concepto de sociedad no se limitaba a las personas vivas en un momento dado, sino que incluía también a las generaciones pasadas y futuras. Burke veía la constitución política como parte de un «gran contrato primigenio de la sociedad eterna», donde incluso Dios desempeñaba el papel de garante supremo.
Burke describía la sociedad como una especie de contrato social, pero no en el sentido en que lo entendían pensadores como Rousseau o Hobbes. 
Para Burke, el contrato social era un pacto no solo entre los vivos, sino también con los muertos y los que aún no han nacido; lo cual implica una continuidad histórica y, lo que es más importante, una responsabilidad hacia las generaciones futuras.

La importancia de la tradición

En este sentido, Burke sostenía que las tradiciones y costumbres acumuladas a lo largo del tiempo tienen un valor intrínseco porque representan la sabiduría colectiva de generaciones pasadas. Creía que cambiar radicalmente estas tradiciones podría ser desastroso, ya que estas prácticas habían evolucionado para satisfacer las necesidades humanas de manera efectiva y estable.
Para Burke, la sociedad no era solo una agrupación de individuos con intereses económicos, sino una comunidad intergeneracional unida por valores y tradiciones compartidas. 
La tradición, según Burke, es el legado de la sabiduría acumulada a lo largo de generaciones, y debe ser respetada y preservada. Para él, esta tradición ofrece un marco moral y ético que guía tanto el comportamiento individual como el colectivo.

Además, Burke advertía contra los cambios políticos radicales que pudieran desarraigar estas tradiciones. Creía que la organización política debía evolucionar de manera natural y gradual, permitiendo que la sociedad se adaptara y creciera sin perder sus fundamentos. Esta perspectiva conservadora valoraba la estabilidad y la continuidad, viendo en las instituciones tradicionales una fuente de fortaleza y cohesión social.

El papel de la religión

Al mismo tiempo, para Burke, la religión jugaba un papel central en la sociedad, proporcionando un fundamento moral y un sentido de comunidad. Consideraba que la religión contribuía a mantener el orden social y la cohesión, y veía la secularización radical como una amenaza al tejido moral de la sociedad.
En este sentido, un pilar central en la filosofía de Burke es la doctrina del pecado original, que sostiene que los seres humanos nacen con una predisposición al pecado. Esta visión explica su falta de simpatía por quienes culpan a la sociedad de sus propios comportamientos.

Burke también rechazaba la idea de John Locke de que la educación podía transformar esencialmente a las personas, sugiriendo en cambio que la tradición y la moralidad heredada eran necesarias para guiar el comportamiento humano. Para Burke, la tradición proporcionaba los cimientos morales indispensables, en consonancia con la idea de David Hume de que el hábito es el gran guía de la vida humana.
La jerarquía y la desigualdad
Burke no veía la desigualdad social como un problema a ser corregido por medio de la revolución o la reforma radical. Argumentaba que las jerarquías naturales eran una parte integral de la sociedad y que cada clase social tenía un papel y una función que contribuía al bienestar general. La movilidad social debía ser gradual y basada en el mérito y el respeto a la tradición.

Aunque Burke era crítico del materialismo de la sociedad moderna, defendía fervientemente la propiedad privada. Consideraba que la propiedad privada no solo era un derecho económico, sino también un componente crucial para la libertad y la estabilidad social.
Además, miraba con optimismo el mercado libre, viendo en él una fuente de prosperidad y libertad económica. Esta visión ha llevado a que Burke sea considerado el padre del conservadurismo moderno, una filosofía que valora tanto la libertad económica como la tradición.
Burke era un crítico feroz de los cambios radicales y las revoluciones. En su obra más famosa, 'Reflexiones sobre la Revolución en Francia' (1790), argumentó que las revoluciones tienden a destruir el orden social y a llevar al caos y la tiranía. Creía que las reformas debían ser lentas y respetuosas de las instituciones existentes.

La sociedad como un organismo vivo

Burke veía la sociedad como un organismo vivo, en el que cada parte tiene un papel y está conectada con las demás. Este enfoque orgánico implicaba que los cambios en una parte de la sociedad afectarían inevitablemente a todo el conjunto, por lo que cualquier reforma debía ser considerada y cuidadosa.
Burke veía la sociedad como una estructura orgánica profundamente arraigada en la historia. Creía que la organización política de la sociedad debía evolucionar de manera natural a lo largo del tiempo, sin cambios abruptos que pudieran desestabilizar el orden social. Esta perspectiva lo llevó a oponerse firmemente a la Revolución Francesa de 1789, advirtiendo sobre sus peligros mucho antes de los eventos más violentos de la revolución, como la ejecución del rey y el Reinado del Terror.

Referencias: 

jueves, 30 de enero de 2020

LIBERTAD Y CEREBRO: LA MENTE NO ES UNA EMANACIÓN DEL CEREBRO 🔍


La mente 
no es una emanación del cerebro, 
El cerebro es un órgano tangible del cuerpo, que forma parte del sistema nervioso central. La mente forma parte del mundo invisible y trascendente de cada persona. El problema de la mente y el cerebro, es que, siendo dos realidades perceptibles e irreductibles, no se pueden desvincular entre sí.
La Neurobiología es una de las áreas más dinámicas y de mayor expectativa social de la investigación biomédica. Ello se debe al auge de las nuevas tecnologías que permiten hoy analizar con más profundidad que nunca las causas de las enfermedades mentales y neurodegenerativas, quedando abierto además un espacio de discusión sobre la relación entre el cerebro y la mente.
Aunque sobre la relación entre la mente y el cerebro se han vertido chorros de tinta, las ideas que van surgiendo a raíz de los últimos avances consecuencia de proyectos multinacionales, hace necesario abundar sobre el significado de ambos conceptos. El cerebro y la mente no son lo mismo.
El cerebro es un órgano tangible del cuerpo, que forma parte del sistema nervioso central y que se encuentra alojado en la parte anterior y superior de la cavidad craneal. La mente forma parte del mundo invisible y trascendente de cada persona, al que se asocian la consciencia, la memoria, la voluntad y toda la serie de procesos psíquicos, que en el ser humano adquieren una dimensión superior respecto al resto de las criaturas sintientes.
El cerebro es un órgano material, con sus limitaciones determinadas por su composición a base de neuronas, vasos sanguíneos y demás elementos, mientras que la mente es abierta y potencialmente moldeable e ilimitada en sus capacidades de conocimiento y flexibilidad, en función de la voluntad y el deseo de cada persona. La mente es inmaterial y para desarrollar sus funciones impregna a todo el ser humano, no sólo las células y demás componentes cerebrales.
El hecho de la relación inseparable de la mente y el cerebro no implica una supeditación de una a la otra de ambas realidades, como si una fuese la consecuencia de la otra
El problema de la mente y el cerebro, es que, siendo dos realidades perceptibles e irreductibles, no se pueden desvincular entre sí. El filósofo José Luis González Quirós dice que «el problema de la naturaleza de lo mental no puede separarse del problema de la naturaleza, porque mente y naturaleza son ámbitos de la realidad que no se presentan separadamente» [1].
Pero el hecho de la relación inseparable de la mente y el cerebro no implica una supeditación de una a la otra de ambas realidades, como si una fuese la consecuencia de la otra. Algunos científicos se empeñan en materializar la mente y tratan de explicar –que no de demostrar-, la existencia de un determinismo biológico de nuestra conciencia, y como consecuencia de nuestra conducta. De ser esto cierto, quedaría condicionada nuestra libertad, y todo lo espiritual se convertiría en una secreción del cerebro, como piensa por ejemplo el neurofisiólogo portugués Antonio Damasio, Premio Príncipe de Asturias en 1985 [2]. Si así fuese, las actividades humanas estarían dominadas por un automatismo al dictado de las neuronas y nosotros seríamos unas marionetas sujetas por los hilos del gran órgano rector, que sería el cerebro.

En el otro extremo se sitúan los metafísicos y racionalistas que, con una concepción dualista, consideran el cuerpo como una realidad separada y sometida a los dictados de un espíritu trascendente, algo complicado de explicar sin que medie un atrevido salto al vacío y la especulación.
En realidad, lo que caracteriza a los seres humanos, son sus dos realidades biunívocamente unidas y complementarias, cuerpo y alma –cerebro y mente-. Suele tenerse como una definición clásica del término persona la del filósofo romano Boecio (480–525), según el cual la persona es «sustancia individual de naturaleza racional».
Al margen de los significados, a principios del siglo XXI, las neurociencias, sobre la base del magnífico conocimiento adquirido sobre el cerebro, tratan de reducir la mente, la sustancia racional, a lo puramente material. Esta visión reduccionista se parece mucho a lo que ocurrió a principios del siglo XX, cuando emergió la ciencia de la Genética, tras el descubrimiento de las leyes de la herencia. Entonces fueron los genes, los que se convirtieron en los responsables de todo, los caracteres físicos las enfermedades, el comportamiento, la inteligencia, etc.
Ni somos esclavos de nuestros genes, ni nuestros actos obedecen automáticamente a lo que dictan nuestras neuronas
Ahora son las neuronas las responsables de los pensamientos, la voluntad y todas las demás manifestaciones de la mente, como simples reacciones a los estímulos del mundo exterior de cada persona. Los riesgos de esta visión materialista son evidentes si pensamos en las consecuencias de lo que ocurrió en la década de 1920, hace ahora un siglo, cuando se deshumanizó la sociedad y surgió la eugenesia social, un movimiento que justificaba la búsqueda de la perfección y el mejoramiento de los seres humanos mediante acciones concretas sobre las poblaciones.
Sus doctrinas no sólo eran populares, sino que se pusieron en práctica con leyes que restringían severamente la inmigración y el matrimonio en función de la calidad genética, o llevaron a la institucionalización y esterilización de decenas de miles de ciudadanos en países desarrollados, llegando a justificar el racismo, cuna del nazismo y los nacionalismos supremacistas.

Aquello se apagó, cuando se profundizó en el conocimiento de lo que realmente diferencia lo genético de lo adquirido, lo hereditario de lo cultural. Así, quedó demostrado gracias a grandes genetistas como el americano de origen ucraniano Theodosius Dobzhansky (1900-1975), que entendió que, al margen de los genes «la especie humana ha evolucionado de un modo único para componérselas con el ambiente. Este modo es la cultura. La cultura no se transmite de generación en generación, por medio de los genes, aunque esa sea la forma en que se transmite su base biológica» [3].

Ni somos esclavos de nuestros genes, ni nuestros actos obedecen automáticamente a lo que dictan nuestras neuronas.

La investigación del cerebro puede explicar muchas cosas sobre la fisiología del sistema nervioso, el funcionamiento de las neuronas, las redes neuronales, y las causas de muchas enfermedades mentales y neurodegenerativas, pero esto no es suficiente para explicar la conciencia y la voluntad. El trabajo sobre cómo funciona la interfaz mente-cerebro es arduo y difícil dada la naturaleza inmaterial de uno de los componentes del dilema. Decía nuestro premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal (1852–1934) que «pasarán siglos y acaso millares de años antes de que el hombre pueda entrever algo del insondable arcano del mecanismo no solo de nuestra psicología, sino de la más sencilla, de un insecto» [4].
Las neuronas son componentes del cerebro, no de la mente, y sus respuestas a estímulos externos son de tipo electroquímico, no una actividad autónoma que explique la conciencia. La mente, mediante un proceso de deliberación y contrastación psicológica, es la que dicta las órdenes y determina la decisión a adoptar ante un estímulo externo, si bien, puede haber diferentes niveles de reacciones que van desde lo meramente instintivo y reflejo a lo racional, en que sería imposible la autonomía del cerebro. El sistema nervioso no es el responsable de nuestros actos, sino en todo caso su brazo ejecutor.

El Prof. José Luis Velayos, Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la Universidad de Navarra, señala las importantes diferencias en el funcionamiento de la mente y el cerebro humano respecto a los animales: «La uniformidad en el obrar de los animales tiene que ver con los instintos, ya que siguen de forma necesaria lo que les indican los mismos. El hombre, en cambio, puede dominar la esfera inferior, puede salirse del presente y proyectarse hacia el futuro, pues conoce que conoce, piensa que piensa. […] No hay una explicación neurocientífica definitiva de cómo se produce la consciencia, a pesar de que existen zonas en el encéfalo que intervienen en la elaboración de la misma. En consecuencia, no se puede ejercer la libertad en el sueño, en el estado de coma, en el Alzheimer, etc.; y la libertad está cercenada en situaciones de miedo, de coacción, de amenaza, en la embriaguez, etc». [5].

Si el cerebro fuese un aparato que dictase nuestras acciones de forma automática y las neuronas o los genes, fuesen los dueños de nuestras capacidades y de nuestros actos, habría perdido su sentido el esfuerzo, la conducta exploratoria, la voluntad, la libertad y todas las demás facultades relacionadas con el deseo de progresar o adaptarse al medio en que vivimos y de ser lo que somos o lo que queremos ser. Sería la negación de lo más genuinamente humano, su racionalidad.

[1] J.L. González Quirós. Mente y cerebro, (Iberediciones, Madrid 1994)
[2] A. Damasio, Y el cerebro creó al hombre. (Ed. Destino-Planeta, Barcelona 2010).
[3] Th. Dobzhansky. Diversidad genética e igualdad humana. (Labor, Barcelona 1978).
[4] S. Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, (Crítica. Barcelona 2006).

Libertad y cerebro

Por José Luis Velayos, Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid.

La pasión por la libertad es uno de los signos positivos de nuestro tiempo. La libertad es el mayor don del hombre. Por la libertad, el ser humano puede elegir entre el bien y el mal; y eligiendo el bien hace un uso adecuado de la misma; pues así como el ojo es para ver, la libertad está dirigida al bien.
En el animal, la relación de un objeto con una imagen o un gesto no es sintaxis, es simplemente reflejo, incluso condicionado. La uniformidad en el obrar de los animales tiene que ver con los instintos, ya que siguen de forma necesaria lo que les indican los mismos.
El hombre, en cambio, puede dominar la esfera inferior, puede salirse del presente y proyectarse hacia el futuro, pues conoce que conoce, piensa que piensa.
Son actos del hombre, por ejemplo, la digestión, la presión arterial, el metabolismo de los hidratos de carbono, los ensueños que acontecen durante el sueño, etc., es decir, actos en que no interviene la voluntad. En cambio, son actos humanos los que se realizan libremente, voluntariamente; aquellos en los que el hombre toma una decisión.

En condiciones normales el ser humano, para poder ejercer su libertad, tiene que estar consciente. A este respecto, no hay una explicación neurocientífica definitiva de cómo se produce la consciencia, a pesar de que existen zonas en el encéfalo que intervienen en la elaboración de la misma. En consecuencia, no se puede ejercer la libertad en el sueño, en el estado de coma, en el Alzheimer, etc.; y la libertad está cercenada en situaciones de miedo, de coacción, de amenaza, en la embriaguez, etc.
Cuando un animal aprende una acción y luego la olvida, se dan cambios estructurales neuronales. Trasladado este hecho al cerebro humano, puede afirmarse que la actividad mental influye en la bioquímica y morfología neuronal. Podría ponerse en relación con este asunto la frase de Cajal: «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro, y aun el peor dotado es susceptible, al modo de las tierras pobre, pero bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies».
Por eso, se puede decir que los actos humanos, libres, dejan su impronta en el cerebro.
En base a los estudios del Premio Nobel Sperry, se asume que en el hemisferio cerebral derecho se desarrollan las funciones que requieren una visión intelectual sintética de muchas cosas a la vez, y en el izquierdo se desarrollan la funciones que precisan un pensamiento analítico y elementalista. La conexión de ambos hemisferios permite una función globalizadora, sistemática y continua, que discurre prácticamente en simultaneidad. Se suele admitir que el hemisferio derecho interviene en la elaboración de los elementos subjetivos y emocionales, además de la creatividad; y el izquierdo tendría que ver con el pensamiento lógico, verbal y analítico. Por lo tanto, ¿podría decirse que el hemisferio cerebral izquierdo tiene más relación con los actos libres que el derecho?

Y el proceso voluntario (un movimiento concreto, por ejemplo), según Libet, empieza 400 milisegundos antes de tener consciencia del mismo, y el darse cuenta del mismo sucede 150 milisegundos antes de iniciarse el acto voluntario. Es una actividad que se registra fundamentalmente en el área motora suplementaria del lóbulo frontal. En este sentido, podría pensarse que el hombre no es libre. Pero se trata, sin embargo, en estos experimentos, de actos motores puntuales, particulares; en cambio, los actos más complejos no se explican tan fácilmente desde el punto de vista neurológico.
Para ejercer la libertad es preciso darse cuenta de lo que uno hace, es decir, ha de haber atención. Para la atención es importante la corteza parietal derecha, que tiene que ver con la idea del propio cuerpo y del espacio exterior. Su lesión provoca la ignorancia («neglect») del lado izquierdo del cuerpo y del espacio exterior. En cuanto a la corteza prefrontal, muy desarrollada en el humano, sus lesiones hacen que haya un retraso en la consciencia de lo sensorial. La corteza prefrontal es esencial en la actividad global, unitaria, del sistema nervioso. Interviene en múltiples actividades, como por ejemplo, la planificación del futuro. Recibe información de todas las cortezas asociativas, de ahí su gran importancia. Su lesión entorpece la libertad.

Dice Reinoso: «En el cerebro de las diferentes especies, y en el caso del cerebro humano en relación con el de otros mamíferos, existen diferencias anatómicas, funcionales, genéticas y de desarrollo que son necesarias para configurar tipos neuronales específicos y esencialmente complejas redes neuronales que le son propias. Por añadidura, además de todas las grandes diferencias neurobiológicas con el cerebro de otros seres vivos, el cerebro humano tiene característica específica de ser humano«.

Es oportuno citar la frase del Evangelio: “La verdad os hará libres”, y la afirmación de San Pablo: “Vuestra vocación es la libertad” (Gal 5, 13).


"De todos los objetos conocidos por la ciencia, desde las galaxias más lejanas hasta los agujeros negros más densos, ninguno se compara con la asombrosa complejidad del cerebro humano. Con más de ochenta y seis mil millones de neuronas conectadas por billones de sinapsis, este órgano es el escenario donde se manifiesta el mayor misterio de todos: la conciencia.
¿Cómo es posible que impulsos eléctricos y reacciones químicas den lugar a la capacidad de sentir, amar y preguntarnos por nuestra propia existencia? Al observar esta arquitectura perfecta que la física y la neurociencia aún no logran explicar por completo, resulta inevitable contemplar la mano de Dios en cada conexión neuronal. Estamos ante la materia intentando comprender a su Creador a través del pensamiento.



miércoles, 29 de enero de 2020

HÉROES DEL PROGRESO 3: JONAS SALK, ALEXANDER FLEMING Y RONALD ROSS 🔬

Héroes del Progreso,
Parte 5: Jonas Salk

Alexander C. R. Hammond cuenta la historia de Jonas Salk, quien desarrolló la vacuna contra la polio a la cual se le atribuye el haber salvado cientos de millones de personas de una parálisis incapacitante y gracias a la cual la enfermedad está cerca de ser erradicada a nivel global.
Hoy es la quinta edición de una nueva serie de artículos de HumanProgress.org titulada “Héroes del Progreso”. Esta columna provee una introducción breve a los héroes desconocidos que han realizado una contribución extraordinaria al bienestar de la humanidad. 
Nuestro quinto Héroe del Progreso es Jonas Salk, el hombre que estrenó la primera vacuna efectiva contra la polio.
La polio es una enfermedad viral altamente infecciosa que muchas veces es transmitida al tomar agua que ha sido contaminada con las heces de alguien que porta el virus. El virus se esparce fácilmente en regiones con sanidad pobre. Lo síntomas incluyen: fiebre, fatiga, jaquecas, vómito, rigidez y dolor en las extremidades. Muchos pacientes infectados se recuperan. En uno de cada 200 casos, el virus ataca el sistema nervioso derivando en una parálisis irreversible. De aquellos paralizados, entre 5 y 10 por ciento mueren cuando los músculos respiratorios se inmovilizan.
La polio tiene una periodo de incubación relativamente largo —puede esparcirse durante muchos meses sin ser detectado— haciendo que esto sea extremadamente difícil de monitorear. Según Max Roser de la Universidad de Oxford, “Hasta el siglo 19, las poblaciones experimentaron solamente con pequeñas epidemias [de polio]. Esto cambió alrededor de principios del siglo XX. Las principales epidemias ocurrieron en Noruega y Suecia alrededor de 1905 y luego también en EE.UU.”
El primer brote importante de polio se dio en EE.UU. en 1916, cuando la enfermedad infectó a 27.000 personas y mató a más de 7.000 personas. El segundo mayor brote de polio en el siglo XX en EE.UU. se dio en la década de 1950. Aquí es cuando Jonas Salk entra en nuestra historia.
Jonas Edward Salk nació el 28 de octubre de 1914 en Nueva York. Salk se volvió un apasionado de la bioquímica y de la bacteriología durante su tiempo en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. Luego de graduarse en 1939 empezó a trabajar en el prestigioso Hospital Mount Sinai. El enfoque de Salk se desvió hacia la investigación de vacunas en contra de la polio en 1948, cuando fue identificado por la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil —una organización que el mismo Presidente Franklin D. Roosevelt, quien sufría de polio, ayudó a fundar.
Luego de un gran brote de polio alrededor de EE.UU. en 1952, las donaciones empezaron a acumularse en la fundación y en la primavera de 1953, Salk produjo una prometedora vacuna anti-poliomielítica. La fundación rápidamente empezó a realizar pruebas con 1,83 millones de niños alrededor de EE.UU. Estos niños llegaron a ser conocidos como “los pioneros de polio”. La fundación de Salk recibió donaciones de dos tercios de la población estadounidense y una encuesta incluso sugirió que más estadounidenses sabían acerca de estas pruebas de campo que aquellos que sabían el nombre completo del entonces presidente (Dwight David Eisenhower).
El 12 de abril de 1955, el supervisor de Salk, Thomas Francis, anunció que la vacuna de Salk era segura y efectiva para prevenir la polio. Solo dos horas después, el Servicio de Salud Pública de EE.UU. emitió una licencia de producción para la vacuna y un programa nacional de inmunización empezó.

Poco después, el Dr. Albert Sabin, un polaco-estadounidense que trabajaba como investigador médico en los Institutos Nacionales de Salud, introdujo una vacuna contra la polio que podía ser administrada de manera oral, haciendo que los esfuerzos de vacunación sean menos costosos conforme los trabajadores de salud con preparación no eran requeridos para administrar las inyecciones. De un record de 58.000 casos en 1952, EE.UU. fue declarado libre de polio en 1979.
En 1988, la Iniciativa Global para la Erradicación de la Polio (GPEI, por sus siglas en inglés) fue fundada para administrar la vacuna a nivel global. Cuando GPEI inició sus esfuerzos, la polio paralizaba a 10 niños para toda la vida cada 15 minutos, alrededor de 125 países. Desde 1988, más de 2.500 millones de niños han sido inmunizados y los incidentes de infecciones de polio han caído en más de 99,99 por ciento. Esto es, cayeron de 350.000 casos anuales, a solo 22 casos nuevos alrededor de 3 países en 2017. Este año África está cerca de ser declarada libre de polio—esto es, si ningún caso se encuentra en Nigeria, que es el último país en la región que reporta infecciones nuevas de polio.

Siguiendo el descubrimiento de la vacuna, Salk recibió docenas de premios, una citación presidencial, cuatro títulos honorarios, media docena de condecoraciones en el extranjero, y cartas de miles de conciudadanos agradecidos. En 1963, Salk estableció el Instituto Jonas Salk para los Estudios Biológicos —una facilidad de primera categoría para realizar investigaciones enfocadas en biología molecular y genética, neurociencia, y biología de las plantas. Salk dedicó sus últimos años a investigar una vacuna en contra del VIH/SIDA. Murió el 23 de junio de 1995.
El trabajo de Salk salvó cientos de millones de personas de una parálisis incapacitante, y millones de muertes. Gracias a sus vacunas, una enfermedad que ha plagado a la humanidad desde el Egipto faraónico ha sido casi totalmente erradicada, y dentro de pocos años, la enfermedad (ojalá) será historia. Por esta razón es que Jonas Salk merece ser nuestro quinto Héroe del Progreso. 

Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (EE.UU.) el 9 de noviembre de 2018.

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Héroes del Progreso, 

Alexander C. R. Hammond cuenta cómo Alexander Fleming desarrolló la penicilina, la cual sentó las bases para el desarrollo posterior de los antibióticos.
Hoy es la sexta edición de una nueva serie de artículos de HumanProgress.org titulada "Héroes del Progreso". Esta columna provee una breve introducción a los héroes desconocidos que han realizado contribuciones extraordinarias para el bienestar de la humanidad. 
Nuestro sexto Héroe del Progreso es Alexander Fleming, el hombre que descubrió la penicilina. El descubrimiento de Fleming lideró el camino hacia la invención de los antibióticos, a los que se les atribuye el haber salvado 80 millones de vidas hasta ahora.

Alexander Fleming nació el 6 de agosto de 1881, en Ayrshire, Escocia. Cuando tenía 13 años, Fleming se mudó a Londres para asistir al Royal Polytechnic Institution. Luego de heredar algo de dinero de un tío a los 21 años, se inscribió en la Escuela de Medicina del Hospital St. Mary’s en Londres. Fleming se graduó con distinción en 1906 y se quedó el Escuela de Medicina como un investigador en bacteriología bajo Sir Almroth Wright —un pionero en la terapia de vacunas e inmunología.
Cuando la Primera Guerra Mundial empezó, Fleming se inscribió en el Cuerpo Médico de las Fuerzas Armadas. Volvió al Hospital St. Mary’s para trabajar como un orador en 1918. Sin embargo, pasarían 10 años más antes de realizar el descubrimiento que cambiaría al mundo.

El 3 de septiembre de 1928, Fleming volvió a su laboratorio habiendo pasado el mes de agosto de vacaciones con su familia. Fleming era conocido por mantener un laboratorio desordenado y cuando regresó descubrió que había dejado una pila de staphylococci (una bacteria común encontrada en 25 por ciento de las personas sanas) en placas de Petri. Luego de realizar unas investigaciones se dio cuenta de que la bacteria había sido destruida e infectada con hongos —todas menos un pequeño anillo en una de las placas donde el hongo no crecía.
Luego de algunos experimentos iniciales, Fleming aisló el organismo responsable de prohibir el crecimiento de los hongos. Él identificó esto como algo derivado del género de la penicillium; así, que la llamó penicilina.

Las investigaciones adicionales de Fleming revelaron que la penicilina era capaz de combatir todas las bacterias gram-positivas (un tipo de bacteria con una pared celular más penetrable), lo cual incluye aquellas que causan la difteria, la meningitis, la fiebre escarlata y la neumonía. La penicilina lucha contra las bacterias agarrándose a la pared celular e interfiriendo con la capacidad de la bacteria para producir nuevas paredes celulares cuando éstas se dividen.
Fleming publica su descubrimiento en 1929 en el British Journal of Experimental Pathology. Sin embargo, sus descubrimientos recibieron poca atención en ese entonces. Él continuó con sus experimentos pero se dio cuenta de que la cultivación de la penicilina era difícil. Luego de haberse producido el moho, aislar el agente antibiótico demostró ser extenuante. Sin tener los fondos y la fuerza laboral requerida para realizar una investigación más comprensiva, Fleming abandonó su causa luego de una serie de experimentos inconclusos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Howard Florey y Ernst Boris Chain de la Universidad de Oxford lograron obtener una cepa cuidadosamente preservada de la penicilina de Fleming. Florey y Chain empezaron a realizar investigaciones a gran escala, esperando ser capaz de producir a escala masiva el antibiótico.
La producción masiva empezó luego del ataque a Pearl Harbor y para el Día D en 1944, suficiente penicilina se había producido para poder tratar a todos los soldados heridos.
En 1944, Fleming fue nombrado caballero por el Rey Jorge VI y se convirtió en “Sir Alexander Fleming”. El próximo año, Fleming, Florey y Chain ganaron en conjunto el Premio Nobel por su contribución a desarrollar el antibiótico.

Mirando en retrospectiva al día de su descubrimiento, Fleming una vez dijo, “Uno algunas veces encuentra lo que uno no está buscando. Cuando me levanté... Yo ciertamente no me propuse revolucionar toda la medicina descubriendo el primer antibiótico o matador de bacteria. Pero supongo que eso es exactamente lo que hice”.
Posteriormente Fleming recibió numerosos premios: fue un miembro honorario de casi todas las sociedades médicas y científicas alrededor del mundo, se volvió el “Freeman” de muchos suburbios y ciudades, y recibió doctorados honorarios de casi treinta universidades alrededor de Europa y América. Murió a los 73 años en 1955.
El descubrimiento de la penicilina que realizó Fleming sentó las bases para el desarrollo de la droga milagrosa que es al antibiótico, a la cual se le atribuye el haber salvado 80 millones de personas. La penicilina revolucionó el campo médico y es probable que muchas personas leyendo esto hoy se hayan beneficiado del descubrimiento de Fleming en algún momento en sus vidas. Por esta razón Alexander Fleming merece ser nuestro sexto Héroe del Progreso.

Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (EE.UU.) el 26 de noviembre de 2019.
Héroes del Progreso, 
Parte 7: Ronald Ross

Alexander C. R. Hammond destaca el trabajo del doctor Ronald Ross, quien descubrió que la malaria se esparce a través de los mosquitos, salvando así millones de vidas.
Hoy presentamos la séptima edición de una serie de artículos de HumanProgress titulada “Héroes del Progreso”. Esta columna provee una breve introducción a los héroes desconocidos que han realizado una contribución extraordinaria al bienestar de la humanidad. 
Nuestro séptimos Héroe del Progreso es Ronald Ross, el hombre que descubrió primero que la malaria se esparce a través de los mosquitos. El trabajo de Ross sentó las bases para una método nuevo de combatir la enfermedad, salvando así millones de vidas.

Ronald Ross nació el 13 de mayo de 1857 en Almora, en la India Británica. Su padre, que era un general en las Fuerzas Armadas Británico-Indias, inscribió a Ross en la St. Bartholomew’s Hospital Medical College en 1874. Luego de graduarse en 1879, Ross se unió al Servicio Médico Indio y fue enviado a lugares alrededor de India y Paquistán entre 1881 y 1894.
Mientras estaba en un descanso de su carrera en 1888, Ross empezó a estudiar bacteriología en Londres. EN 1894, Sir Patrick Manson, un pionero físico escocés que llegó a ser conocido como “el padre de la medicina tropical”, introdujo a Ross la investigación de malaria. Se dice que incluso antes de que sus maletas salieran de aduana cuando volvió a la India en 1895, Ross estaba en el Hospital Civil de Bombay buscando a pacientes con malaria. Sin embargo, los experimentos de Ross fueron interrumpidos cuando fue enviado a Bangalore para investigar una epidemia de cólera. En junio de 1896, fue transferido de vuelta a Secunderabad para continuar investigando la malaria.

En julio de 1897, luego de casi dos años de fracasos, Ross encontró un parásito malarial dentro de las tripas de mosquitos diseccionados. Sus descubrimientos fueron publicados en la edición de 1897 del British Medical Journal. En 1898, Ross encontró que el parásito malarial estaba almacenado adentro de la glándula salival del mosquito y que se liberaba con las mordidas. También pudo demostrar la transmisión de la malaria desde pájaros infectados, a través del mosquito, hacia pájaros sanos —estableciendo así el ciclo de vida completo del parásito malarial. Esto explicaba cómo la malaria era transmitida a los humanos.
Ross recibió el Premio Nobel de fisiología y medicina en 1902, convirtiéndose en el primer Nobel nacido fuera de Europa. Poco después, el zoólogo italiano Giovanni Batista Grassi identificó Anófeles como el género del mosquito que era responsable de esparcir la enfermedad. Una vez que los científicos entendieron el papel de los mosquitos, fueron capaces de desarrollar programas dirigidos a detener el contagio de la enfermedad.

Luego de dejar el Servicio Médico Indio en 1899, Ross dio clases en la Escuela de Liverpool para la Medicina Tropical y continuó trabajando en la prevención de la malaria en distintas partes del mundo. En 1911 el Rey Jorge V le concedió el título de caballero. Posteriormente en su vida, fundó el Ross Institute and Hospital for Tropical Diseases en 1926 y fue Director Ejecutivo hasta que murió en 1932.
Aunque mucho trabajo todavía queda pendiente, el descubrimiento de Ross permitió un progreso considerable en el combate de la malaria. Los incidentes de malaria continúan cayendo alrededor del mundo. La Organización Mundial de la Salud estima que las muertes por causa de malaria cayeron más de 47 por ciento entre 2000 y 2015. Sin el trabajo de Ross, el progreso obtenido en el combate de la malaria sería mucho menos sofisticado y millones de personas no estarían vivas hoy. Por esta razón Ronald Ross es nuestro séptimo Héroe del Progreso.

Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (EE.UU.) el 11 de diciembre de 2018.


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