EL Rincón de Yanka: PROGRESO

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lunes, 10 de agosto de 2026

LIBRO "¡BASTA DE HISTORIAS!": LA OBSESIÓN LATINOAMERICANA CON EL PASADO Y LAS 12 CLAVES DEL FUTURO por ANDRÉS OPPENHEIMER

¡Basta de historias!
La obsesión latinoamericana con el pasado 
y las 12 claves del futuro


Para Andrés Oppenheimer la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación en la región latinoamericana es urgente, y la razón es simple: el XXI será el siglo de la economía del conocimiento.
Andrés Oppenheimer, periodista influyente y siempre dispuesto a desafiar las modas políticas con inteligencia y humor, aporta en ¡Basta de historias! ideas útiles para trabajar en la principal asignatura pendiente de América Latina, la única que podrá sacarla de la mediocridad económica e intelectual: la educación.
La obsesión de América Latina con su pasado ¿la ayuda a prepararse para el futuro o la frena en la tarea de competir en la economía de conocimiento del siglo XXI?
Para Andrés Oppenheimer la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación en la región latinoamericana es urgente, y la razón es simple: el siglo XXI será el de la economía del conocimiento. Contrariamente a lo que pregonan presidentes y líderes populistas latinoamericanos, los países que avanzan no son los que venden materias primas ni productos manufacturados básicos, sino los que producen bienes y servicios de mayor valor agregado.
¡Basta de historias! sale a la luz en momentos en que buena parte de Latinoamérica está festejando el bicentenario de su independencia. La obsesión con el pasado es un fenómeno característico de la región, algo que curiosamente no ocurre en China, India y otros países asiáticos y de Europa del Este, a pesar de sus historias milenarias. Entonces, vale la pena entonces preguntarnos: ¿Es saludable esta obsesión con la historia? ¿Nos ayuda a prepararnos para el futuro? ¿O, por el contrario, nos distrae de la tarea cada vez más urgente de prepararnos para competir mejor en la economía del conocimiento del siglo XXI?


Prólogo  

Este libro sale a la luz en momentos en que buena parte de Latinoamérica está festejando el bicentenario de su independencia, y la región está dedicada con mayor entusiasmo de lo habitual a conmemorar, discutir y revisar su pasado. La pasión por la historia es visible por donde uno mire. Los gobiernos –incluyendo el de España, que creó una Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios- han destinado millones de dólares a los festejos. En los medios de comunicación ha habido acalorados debates sobre cuáles figuras del siglo XIX deberían ser consideradas próceres e la independencia y cuáles enemigas de la patria. En las librerías, los best-sellers del momento son las novelas históricas sobre la vida de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Antonio José Sucre, José de San Martín, Bernardo O’Higgins, Miguel Hidalgo, José María Morelos y otros héroes de la emancipación latinoamericana. 

El "presidente" de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de desenterrar los restos de Bolívar en una solemne ceremonia difundida en cadena nacional para iniciar una investigación sobre si el prócer fue asesinado; hace sus discursos al país delante de un retrato del prócer, y hasta le ha cambiado el nombre al país por el de “República Bolivariana de Venezuela”. 
Los presidentes de Bolivia y Ecuador se proclaman herederos de legados históricos que siguiendo los pasos de Chávez- evocan constantemente para consolidar sus propios proyectos de acaparamiento del poder y justificar la “refundación” de sus países bajo nuevas reglas que les dan poderes absolutos. En todo el continente, desde Argentina hasta México, hay una verdadera pasión por redescubrir la historia. 

La obsesión con el pasado es un fenómeno que, si bien está exacerbado por los festejos de la independencia, es característico de la región. Curiosamente, no he observado el mismo fenómeno en mis viajes recientes a China, la India y otros países asiáticos, a pesar de que muchos de ellos tienen historias milenarias. Entonces, vale la pena hacernos algunas preguntas políticamente incorrectas, pero necesarias. 
¿Es saludable esta obsesión con la historia que nos caracteriza a los latinoamericanos? ¿Nos ayuda a prepararnos para el futuro? ¿O, por el contrario, nos distrae de la tarea cada vez más urgente de prepararnos para competir mejor en la economía del conocimiento del siglo XXI? 

Este libro argumenta que los países latinoamericanos están demasiado inmersos en una revisión constante de su historia, que los distrae de lo que debería ser su principal prioridad: mejorar sus sistemas educativos. Sin poblaciones con altos niveles de educación, la región no podrá competir en la nueva era de la economía del conocimiento, donde los productos de alta tecnología –desde programas de software hasta patentes de la industria farmacéutica- se cotizan mucho más en los mercados mundiales que las materias primas, o las manufacturas con poco valor agregado. 

Para buscar ideas sobre cómo mejorar la calidad de la educación en nuestros países, en los últimos años he viajado a países que tienen en común el haberse destacado por sus avances en la educación, la ciencia y la tecnología. Viaje a China, la India, Singapur, Finlandia, Suecia, Israel y otros países de diferentes colores políticos, pero que –cada uno a su manera- han logrado mejorar sus niveles educativos y reducir dramáticamente la pobreza. Y luego viajé a México, Brasil, Chile, Argentina y otros países iberoamericanos para ver qué estamos haciendo –de bueno y de malo- en la región. Realicé más de 200 entrevistas a figuras calve del mundo –incluyendo el presidente Barack Obama; el fundador de Microsoft, Bill Gates, y el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz- y numerosos otros jefes de Estado, ministros, rectores universitarios, científicos, profesores, estudiantes y padres y madres de familia. 

Para mi sorpresa, descubrí que mejorar sustancialmente la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación no son tareas imposibles. Hay coas muy concretas, y relativamente fáciles, que se están haciendo en otras partes del mundo, y que podemos emular en nuestros países. Este libro está lleno de ejemplos al respecto. 

La tarea es impostergable, porque el siglo XXI es, y será, el de la economía del conocimiento. Contrariamente al discurso de la vieja izquierda y la vieja derecha en la región, los recursos naturales ya no son los que producen más crecimiento: los países que más están avanzando en todo el mundo son los que le apostaron la innovación y producen bienes y servicios de mayor valor agregado. No en vano el país con el mayor ingreso per capitán del mundo es el diminuto Liechtenstein, que no tiene ninguna materia prima, mientras que países con enorme riqueza de materias primas, como Venezuela y Nigeria, están entre los que tienen más altas tasas de pobreza. Y no en vano los hombres más ricos del mundo son empresarios como Gates, el mexicano Carlos, Slim o Warren Buffet, que producen de todos menos materias primas. 

El mundo ha cambiado. Mientras en 1960 las materias primas constituían 30 por ciento del producto bruto mundial, en la década de 2000 representaban apenas 4 por ciento del mismo. El grueso de la economía mundial está en el sector servicios, que representa 68 por ciento, y en el sector industrial, que representa 29 por ciento, según el Banco Mundial. 

Y esta tendencia se acelerará cada vez más. La reciente crisis económica mundial hizo tambalear los precios de las materias primas de Sudamérica y las exportaciones de manufacturas de México y Centroamérica. Además, la crisis ha reducido el tamaño del pastel de la economía mundial, lo que deja mejor posicionados a los países más competitivos; o sea, los que pueden producir bienes y servicios más sofisticados a mejores precios. La receta para creer y reducir la pobreza en nuestros países ya no será solamente abrir nuevos mercados –por ejemplo, firmando más acuerdos de libre comercio –sino inventar nuevos productos. Y eso sólo se logra con una mejor calidad educativa. 

Ojalá este viaje periodístico alrededor del mundo sirva para aportar ideas que nos ayuden a todos –gobiernos y ciudadanos comunes- a ponernos las pilas y empezar a trabajar en la principal asignatura pendiente de nuestro país, y la única que nos podrá sacar de la mediocridad económica e intelectual en la que vivimos. 

Finamente, quisiera agradecer muy especialmente a Bettina Chouhy, Annamaría Muchnik y Angelina Peralta, que durante los últimos años me han ayudad en la investigación y la logística que hicieron posible este libro. Sin ellas, esta obra hubiera sido imposible.

Andrés Oppenheimer

Cuando funcionarios de todo el mundo vienen aquí para ver por qué los estudiantes de Singapur obtienen tan buenos resultados en exámenes internacionales de ciencia y matemática, no les lleva demasiado tiempo descubrir el secreto: hay una obsesión nacional con la educación.
Es una obsesión que, como pude observar a los pocos minutos de llegar al aeropuerto, se manifiesta hasta en los billetes de dólares del país. Mientras los billetes en Estados Unidos y América latina muestran imágenes de próceres del pasado, el billete de dos dólares de Singapur muestra un aula con alumnos escuchando al profesor, con una universidad en el fondo. Debajo se lee una palabra: "Educación".

En el transcurso de una visita de una semana, encontré en todas partes síntomas de esta obsesión nacional: hay bibliotecas públicas en los centros comerciales, enormes titulares en los medios sobre estudiantes que sobresalen académicamente y un ministro de Educación que también es ministro alterno de Defensa. Hay algunas cosas que muchos países latinoamericanos, y Estados Unidos, podrían aprender del papel de la educación acá.

Hace apenas cuatro décadas, cuando Gran Bretaña le retiró a Singapur su estatus de colonia británica, este pequeño país era tan pobre que ninguna otra nación quiso hacerse cargo de su territorio. Su PBI en los años 60 era menos de la mitad del de la Argentina y similar al de México y Jamaica.
Hoy, en gran parte por su énfasis en la educación, Singapur es el noveno entre los países más ricos del mundo en ingreso per cápita . Comparativamente, Estados Unidos ocupa el 10° lugar y la Argentina, el 81°.
En lo que hace a su sistema educativo, la historia de Singapur es asombrosa. Hace cuatro décadas, tenía un alto nivel de analfabetismo. 
Hoy, Singapur ocupa el primer puesto en los exámenes internacionales destinados a evaluar la capacidad de los estudiantes de 4° y 8° grado en matemática y ciencias.

"Para nosotros, la educación es una cuestión de supervivencia", me dijo el presidente de la Universidad Nacional de Singapur, Tan Chorh Chuan. "Singapur no tiene recursos naturales, de manera que no podemos sobrevivir si no nos concentramos en formar gente".
¿Cómo lo hizo Singapur? Según funcionarios y académicos locales, el fundador del país, Lee Kwan Yew, tuvo la visión de convertir a Singapur en un país angloparlante con educación bilingüe, donde los estudiantes aprenden inglés como primer idioma y su lengua materna -mandarín, tamil o malayo- como segundo. Eso contribuyó a convertir a Singapur en un centro importante del comercio mundial, afirman.
También convirtió el sistema educativo en una de las más duras meritocracias del mundo, que produce trabajadores altamente calificados y que exporta cada vez más productos de alta tecnología. 
La meritocracia académica de Singapur empieza en primer grado, donde los niños son clasificados en un ranking según su desempeño académico, desde el primero hasta el último.
En la escuela primaria Rulang, especializada en enseñanza robótica, los maestros me miraron un poco perplejos cuando les pregunté si informarle a una niña de siete años que es la última de su clase no es someterla a una presión excesiva.

"No", me dijo la directora de la escuela, Cheryl Lim. "Les decimos en qué lugar del ranking están para dejarles saber qué lugar ocupan en este momento y que pueden mejorar el año próximo".
Según el resultado que obtengan en un riguroso examen nacional al finalizar la primaria, los estudiantes son destinados a diferentes secundarias, cada una de las cuales tiene una especialidad particular. Por medio de un proceso de "canalización", las escuelas identifican las capacidades de los estudiantes y los encauzan en diferentes vertientes académicas que finalmente los conducen a la universidad o a escuelas técnicas o vocacionales.

Al finalizar la primera etapa del secundario, los estudiantes deben rendir otro examen y, según el resultado, pueden ir a institutos que ofrecen tecnicaturas especializadas o certificados en peluquería, asistencia de enfermería y otros oficios. Las autoridades educativas y académicas niegan que sea un sistema draconiano. Señalan que esos institutos proporcionan una carrera a todo el mundo.
"Esa es la joya de mi corona", me dijo el ministro de Educación, Ng Eng Hen. "Casi todos los países tienen buenas universidades, pero pocos tienen un buen sistema de escuelas vocacionales.´´

Mi opinión: por su pequeño tamaño y su régimen autoritario, no se puede presentar a este país como un modelo por seguir. No obstante, podemos aprender algo de su obsesión con la educación y de su red de seguridad académica para estudiantes de bajo desempeño. Tal vez deberíamos empezar por poner la palabra "educación" en nuestros billetes, para recordarnos la importancia de un buen sistema educativo en la economía global, cada vez más basada en el conocimiento.

Los pronósticos que hace el FMI para 2022. El crecimiento global será de 3,2 %; para Asia, de 6,2 %; para África, de 3,4 % y para América Latina, de 0,6 %.
Éstas cifras reflejan la mirada hacia el futuro que tienen los asiáticos, mientras que los latinoamericanos vivimos en el pasado. Para ilustrar su argumento dice que una observación a los billetes comprueba su hipótesis. Mientras que en los nuestros aparecen los próceres de la independencia representando el pasado, en Singapur aparece una universidad con estudiantes esmerados y entusiastas hacia el futuro.

No hay duda de que Singapur es un caso extraordinario de desarrollo económico. De un país pobre y subdesarrollado en la década de los sesenta pasó a ser uno de los países más desarrollados del mundo. En el índice global de competitividad del Foro Económico Mundial (FEM) de 2019 aparece como el país más competitivo del mundo, por encima de Suiza, Japón y Alemania.
Revisando el índice con más detalle se advierte que es el país que tiene la mayor expectativa de vida saludable del mundo. Es también donde se observa la menor tasa de homicidios: dos asesinatos al año por cada millón de habitantes. La carga regulatoria sobre el sector privado es mínima, la eficiencia del sistema judicial para resolver disputas es la más alta del mundo y la corrupción casi no existe. Singapur ha tenido, pues, un sobresaliente desempeño durante los últimos setenta años.


Los Peligros Del Desdoblamiento Populista | "Yo No Soy Yo, Yo Soy El Pueblo".


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lunes, 27 de julio de 2026

LIBRO "GRÜNARRIANISMO": De la Gnosis Progre-Luciferina 👿👥 de Anselm Grün por Dr. Federico Highton, S.E.


 GRÜNARRIANISMO
De la Gnosis Progre-Luciferina
de Anselm Grün
👿👥

 Dr. Federico Highton, S.E.

El objeto de estudio de este trabajo (o, mejor dicho, el subiectum, si seguimos la epistemología aristotélica), es la doctrina del teólogo alemán, Anselm Grün, «considerado el monje más famoso de Alemania» (Alonso, 3 de julio de 2020) y, según dice Castro Cubells en el prólogo a una obra de este monje germano, «conocido hoy en casi todo el mundo» (Grün, 2004a, p. 10).

El problema científico principal que ocupa este trabajo que aquí comenzamos, esto es, el gran tema a resolver o la gran pregunta a desentrañar en estas líneas puede resumirse en este interrogante: «¿es o no católica la doctrina de Grün?».
Nuestra hipótesis investigativa es doble y se resume en dos proposiciones: 1) la doctrina de Anselm Grün no es católica y 2) la doctrina de Anselm Grün es gnóstica.

Escribir un libro sobre Grün encierra un especial desafío ya que para él no hay ninguna autoridad: ni la Escritura (que él interpreta a su manera al punto de decir disparates aplicando el principio luterano del libre examen en grado máximo) ni el Magisterio infalible de la Iglesia (que él desprecia llamándolo «dogmatismo romano») ni Santo Tomás y la Escolástica en general (que él cree superados por la Teología Moderna) ni los argumentos de razón (que él elude con un pseudo-misticismo onírico gnóstico).

¿Cómo vamos a refutar a un sujeto que no acepta ninguna autoridad sino que es un librepensador en grado sumo? Nuestra estrategia será simple: nos limitaremos a demostrar que su pensamiento es profundamente contrario a la doctrina católica. De este modo, advertiremos a los fieles que en sus escritos no se encontrará la Verdad sino veneno a medida del gusto del hombre moderno.

Nos hemos tomado el trabajo de leer, citar y refutar, total o parcialmente, 79 obras (la mayoría libros y algunos ensayos) de Anselm Grün, lo cual es suficientemente representativo para conocer y desenmascarar a este lobo con piel de cordero (de la Introducción).

Hace casi catorce años asistíamos a la primera Misa del Padre Federico Highton (¡si hasta parece mentira todo lo que ha pasado desde ese entonces!).

Era una capilla pequeña en un orfelinato, con apenas un par de personas mayores y algunas niñas. Pero sabíamos que nuestro antiguo alumno, amigo y camarada, estaba comenzando un ministerio que daría que hablar; alguien que, como muchas veces nos alentamos mutuamente, buscaría por todos los medios terminar su vida o mártir, o exhausto de cansancio por predicar la verdad. Todo, menos esos obituarios aburridos y patéticos que dicen: “aquí yace Fulano de Tal: que nació tal día y murió tal otro”.

Tuve la gracia de que me pidiera predicar y la segunda gracia de guardar esa homilía que, en sus partes finales, decía:

“Por último, Padre Federico, quedan las palabras que a vos se dirigen. Esas palabras que sólo se pueden decir en el marco de una primera Misa de alguien que va a hacer mucho bien a la Iglesia si, como creo, te mantienes fiel y radical como hasta ahora.

Hacía meses que esperaba esta ordenación y ayer no pude contener las lágrimas al imponer mis manos sobre tu cabeza, mientras imploraba del Espíritu Santo el don de Consejo, ese don que ilumina la inteligencia para saber cómo obrar en cada instante.

Pero no las diré de mi boca, sino de boca de aquel santo que ha guiado gran parte de nuestro camino de formación y que hoy, providencialmente celebramos en sus primeras vísperas: San Francisco Javier.

Así decía el gran santo navarro desde Japón a sus compañeros jesuitas que se hallaban en España:

‘Venid a la misión; disponeos a buscar mucha humildad persiguiéndoos a vosotros mismos en las cosas que sentís repugnancia… y de aquí creceréis en mayor Fe, esperanza y confianza y amor de Dios y caridad del prójimo’”.

Pues hoy, más de una década después, es lo que exactamente el Padre Federico ha hecho: estar en la primera línea de misión, haciendo la opción preferencial por los pobres, los de verdad, los paganos que no conocen a Cristo y, desde allí, con un poder de concentración que hasta ahora no he visto en otro mortal, leer y refutar con sus escritos algunos temas tan fundamentales como repugnantes, sean éstos el budismo tibetano, el islamismo herético o la cábala talmudista.

Y esta vez ha entrado en las profundidades de otro tipo, el del psicologismo newageísta barnizado de catolicismo de una de las últimas vacas sagradas de la espiritualidad progre contemporánea: el monje benedictino Anselm Grün.

Hay libros que nacen para adornar bibliotecas… y hay otros que nacen para hacerlas temblar. El que el lector tiene entre manos pertenece, sin duda, a la segunda especie, haciendo con este libro lo que muchos consideran imprudente y otros directamente imposible: leer, estudiar, analizar… y luego juzgar no uno, sino decenas de las obras del monje alemán, cuyas obras han sido traducidas a más de 30 idiomas con más de 15 millones de libros vendidos.

– Perdón, ¿dijo “juzgar”?

Exacto. El padre Federico juzga -a pesar de que esa palabra cause urticaria en muchos oídos “tolerantes” de hoy. Y el fenómeno que analiza —con paciencia de cirujano y sin anestesia retórica— es uno de los más curiosos de nuestro tiempo: el éxito masivo de ciertas propuestas “espirituales” que, cuanto más se alejan de la fe católica, más parecen gustar… incluso dentro de ambientes que se dicen “católicos”.

Uno podría preguntarse: ¿pero cómo es posible? La respuesta es incómoda: porque muchas veces se prefiere una mentira agradable a una verdad exigente. Y aquí es donde este libro cumple su función: desmontar, paso a paso, una construcción que ha seducido a no pocos, mostrando sus presupuestos, sus fuentes y, sobre todo, sus consecuencias.

No se trata de una crítica superficial ni de un panfleto apresurado. Es el producto de una tesis doctoral en teología; estamos ante un trabajo serio, documentado, trabajado con ese raro equilibrio entre inteligencia y combatividad que caracterizaba a los grandes polemistas católicos de otras épocas, cuando todavía se entendía que la caridad no consistía en callar la verdad, sino en decirla a tiempo.

Pero alguno dirá que este libro es “duro”. Probablemente lo sea. Pero conviene distinguir: no es duro con las personas; es duro con los errores. Y eso, lejos de ser un defecto, es una obra de misericordia espiritual, tan olvidada como necesaria. Porque el error —especialmente en materia de Fe— no es un simple desacierto académico: es un veneno. Y si no se alerta sobre los venenos, terminamos bebiéndolos.

Y el Padre Highton, aún desde su hábitat propio de la misión, ha decidido no mirar para otro lado. Y eso tiene un costo. Siempre lo tiene. Pero también tiene un mérito: el de servir a la verdad sin negociar con la moda. Al lector le espera, entonces, un recorrido exigente pero iluminador. No encontrará aquí frases hechas ni concesiones al espíritu del tiempo, sino algo mucho más valioso: argumentos.

Y en una época que ha reemplazado el argumento por la emoción, eso ya es, en sí mismo, una forma de resistencia.

Terminemos con una advertencia —o, si se prefiere, una invitación—: este no es un libro para quien busca confirmación de prejuicios, sino para quien todavía cree que la verdad existe… y que vale la pena defenderla.

Los demás, probablemente, lo encontrarán incómodo.

Y eso, lejos de ser un problema, es una excelente señal.

P. Javier Olivera Ravasi, SE 

INTRODUCCIÓN

Palabras preliminares o motivos de la confutación

Anselm Grün (o Anselmo Verde, como lo llamaba graciosamente Caste­llani), «considerado el monje más famoso de Alemania», «conocido hoy en casi todo el mundo», autor de «"best-sellers" espirituales», «uno de los escritores cristianos de lengua alemana más leídos» y aun «uno de los es­critores cristianos más leídos de la actualidad» e incluso uno de los autores espirituales más leídos del mundo, leído «tanto en círculos progresistas como conservadores» (principalmente por mujeres), citado por muchos scholars como una autoridad en Teología, que ostenta «una reputación de es­cribir libros que combinan la reflexión espiritual y  una buena investigación [=scholarship] general», traducido a más de treinta lenguas (al punto de ser, curiosamente, uno de los más editados en República Checa e incluir lenguas como el chino, el ruso, el noruego y hasta el swahili), me irritaba por un simple motivo: su impostura se intuía con solo ver la tapa de los libros «de este monje benedictino que, según dice el prologuista de uno de sus libros, toca una cuerda particular en el corazón del hombre contemporáneo», lo cual torna urgente refutarlo ya que, como enseña el escoliasta Gómez Dávila (cuya «escritura fragmentaria» y «estética reaccionaria» iluminará nues­tro libro), «La idea deletérea no alcanza a veces a corromper a su inventor, pero corrompe a toda una posteridad imprudente».

Me sorprendía que sus obras ocupasen el centro de las vitrinas de tantas brillosas librerías católicas y que tantas señoras instruidas se gozasen de leer a este autor. Desde el vamos olía a gato encerrado. Luego se me fue la irritación, pues me habitué a sufrir la agobiante omnipresencia del espíritu progresista que, en el ámbito de la espiritualidad, termina infiltrando en las almas una especie de tibieza militante (si se nos permite el oxímoron), que acaban dispuestas a todo menos a defender la Verdad.

Como bien observa Caal Coy, no hay mucho escrito sobre Anselm Grün. Hace muchos años, el buen Padre Gabino Tabossi (que en paz descanse) re­futó a Grün y hace poco mi amigo el Padre Horado Bojorge, en una entrevista online en el portal QNTLC, denunció con lucidez y firmeza la heterodoxia de los gruñidos de Grün, todo lo cual es de suyo suficiente para que los bautizados decentes descarten a semejante impostor; pero como la plaga sigue en curso, sus libros se siguen vendiendo por millones, los videos online son difícilmente citables y siguen habiendo muchos laicos generosos que con santas intenciones apostólicas insisten en usar la pseudo-espiritualidad grü­niana para predicar retiros de conversión. 

Mi gran amigo el Dr. Carlos Romero Berdullas, uno de los pocos penalistas tomistas de la Argentina, me venía in­sistiendo para que refute sistemáticamente a Anselm Grün, a quien podemos llamar el profetastro más vendido de la espiritualidad moderna católica, que de católica no tiene casi nada y que, en el fondo, no tiene nada ya que cuando se mezcla la fe con la herejía ya no queda fe sino un caos doctrinal, si bien Grün dice que él «procura salvaguardar el tesoro de la tradición».

Le dije varias veces que no tenía tiempo, pero finalmente cedí y así me dispuse a hacer un opúsculo, que terminó siendo una tesis doctoral en Teo­logía y luego un libro (que alarga la tesis y la adapta levemente), que busca desmontar de una vez a este sofista contemporáneo, que ofende al buen Jesús diciendo que «Jesús era buen bebedor», que calumnió a los santos mártires de la Iglesia primitiva calificándolos de masoquistas y que no temió inter­pretar en clave psicologista los exorcismos del Señor y hasta la misma señal de la cruz, diciendo que «el hombro izquierdo representa lo inconsciente; y el derecho, lo consciente» y, a la vez, «la izquierda lo femenino, la derecha lo masculino.

Valga aclarar que no hicimos una enciclopedia refutando absolutamente todos los errores de Anselmo Verde y cada uno de sus tomos (escribió una gigantesca cantidad de libros) sino que, por el contrario, nuestro propósito no fue sino el de elaborar un libro de estudio para demostrar de modo contun­dente e irrefutable que este autor no sólo es pródigo en errores gravísimos sino que creó una cosmovisión gnóstico-cristianoide radicalmente contraria a la Santa Fe Católica, esto es, escribimos este libro para probar que Grün no es un autor católico que tiene algunos errores sino el fautor de un sistema gnóstico radicalmente anticatólico, lo cual es muy grave ya que, como en­seña Meinvielle, «para destruir al cristianismo había que vaciarlo por dentro dejando toda su apariencia exterior. Y éste es el trabajo de los gnósticos, incluyendo a Anselm Grün, el más vendido de los gnósticos-cristianos en la actualidad.

Nos hemos tomado el trabajo de leer, citar y refutar, total o parcialmente, 75 obras (la mayoría libros y algunos ensayos) de Anselm Grün, lo cual es suficientemente representativo para conocer y desenmascarar a este lobo con piel de cordero. Como el autor escribió «más de trescientos libros» con «media de unos diez títulos por año», hemos elegido los más pedidos y los más vendidos en las librerías pretendidamente católicas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires, que es donde empezamos a escribir el libro con ocasión de un problema de salud ocular que la Trinidad Sacrosanta se dignó enviarnos para Su mayor gloria.

No creemos que nadie nos reproche que no citemos 300 libros, lo cual sólo serviría para que nadie lea este. Leer, citar y confutar más de 75 obras de este monje modernista que hace gala de su ignorancia al afirmar que «los mayores moralistas nunca hacen lo que exigen a los otros».2.Z, es suficiente si queremos evitar ser víctimas de alguna psicopatía. Además, no hace falta citar 300 libros de un autor moderno ya que hoy «Nadie se empeña tanto en opinar como el que es simple eco». De todos modos, si aún así alguien nos reprocha no haber citado toda la biblioteca grüniana, lo invitamos a que busque alguna retractación que este autor haga de alguna de sus tesis y con gusto la publicaremos.

Es urgente refutar a Grün ya que es uno de los principales autores gnósti­cos de la era contemporánea (mas se hace pasar por católico) y dado que hoy la gnosis está tan vigente que, como bien dice Gómez Dávila («el solitario de Dios»), «En todas las sectas que hoy pululan fermenta una soteriología gnóstica»: Si Grün no tuviese vestidura de monje católico y no ostentase la etiqueta de benedictino, nadie lo leería ni publicaría y en tal caso no valdría la pena refutarlo, pero pasa lo contrario.

Si bien Grün reconoce que, al tratar un tema, lo que más le atrae es ex­ ponerlo primero sobre el fondo de la actual psicología, y después en diálogo con las otras religiones y sus tradiciones místicas, Grün atribuye su éxito de ventas al hecho de que, como él dice, «hay un gran anhelo por una espiri­tualidad cristiana que sea sana». Ahora bien, él les vende una espiritualidad que no es ni cristiana ni sana, por lo que hay que concluir que, allende sus in­ tenciones (él dice que los benedictinos no deben engañar a las personas en el nombre de Dios, que su Padre le enseñó a ser francoli y que él siente el reto de «convertirse en roca para los demás), la obra de Grün es una gran estafa, una estafa grave ya que él insiste en que él «no pretende dar consejos, sino poner a la gente en contacto con la sabiduría cristiana», cuando en realidad pone a sus lectores en contacto con lo que San Pablo llama «ineptas fábulas», esto es, «mitos ridículos» (1Tim v, t) y, más específicamente, mitos gnósticos secularizados con fachada cristianoide. Mas, Grün dice: «en cualquier caso, para mí es importante permanecer fiel a mi mensaje [¿no al de Cristo?, nos preguntamos] y llevarlo adelante» y «debo escuchar una y otra vez a mi voz interior [¿y si no es la de Cristo?] y seguir mi camino (¿y si no es el de Cristo?)»

Pero, ¿por qué decimos que no es ni cristiana ni sana? Ante todo, porque es una obra gnóstica, como veremos a lo largo de nuestro libro.

De todos modos, como admite su biógrafo, otro de los móviles por los cuales Grün escribe es el de «desahogarse de los anhelos por medio de la escritura»12, anhelos que, como su escritura evidencia, son en gran medida tenebrosos.

Nos dirán que somos unos intolerantes y que no amamos al prójimo, mas es al revés, no solo porque «Sólo es respetuoso el que subraya con vigor las diferencias» sino también porque era mucho más cómodo para nosotros no escribir nada y usar el tiempo en dormir más y hacer más deporte que en refutar imposturas, pero por el bien de las almas, al cual nos debemos y con­sagramos desde el día de nuestra ordenación sagrada, decidimos privarnos de legítimas comodidades, sacar tiempo de donde no tenemos y proceder a la clarificación doctrinal, ya que como dijo el único Salvador del género hu­mano: «conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn. 8, 32). Sabemos que -salvo un milagro- los libros de Grün se seguirán vendiendo dado que «el tonto no renuncia a un error mientras no pasa de moda», aunque también sabemos que «Matar un error no es posible, pero es posible apalearlo». Al fin de cuentas, como bien dice Grün, «A la larga, no se puede vivir impune en­frentando a la verdad», y «Jesús obliga a la verdad», y por eso lo refutamos.

No faltan quienes, con el afán de defender al famoso monje de Münsterschwarzach, dicen que los que lo atacan son «la derecha de la Iglesia», lo cual no deja de ser simpático no sólo porque las vulgares etiquetas derecha-izquierda son ineptas para describir el pensamiento católico sino porque, como reco­noce la editorial Herder (la cual, desde su viraje progresista, le publica los libros), «su trabajo se nutre de las influencias de (...) Karlfried Dürckheim», un propagandista nacionalsocialista que en 1938 fue enviado por quien poco después devino el Canciller del III Reich, Joachim Von Ribbentrop, al Japón, para estudiar la educación nipona y la posibilidad de usar actividades cultu­rales para promover los objetivos políticos de la Alemania de Hitler en Japón y toda zona asiática bajo el dominio imperial nipónil. Es más, el mismo Jung, una de las máximas fuentes de la doctrina de Grün fue, a juicio de varios estudiosos, como Eric Harper, antisemita, a tal punto que, según Harper, ésta fue una de las principales razones de que la ruptura entre Freud y Jung.

Terminamos este prólogo pidiendo al Espíritu Santo que nos llene de su luz y así nos salve «de la confusión que propagan los falsos maestros», es­pecialmente de aquellos que tienen «ingenio teológico», que, según el gran pensador bogotano, «consiste hoy día en inventar formas subrepticias de apostasía», concluyendo estas líneas inaugurales convocando a los lectores a prepararse para reírse ya que, como decía el citado poeta colombiano, ante el progresismo actual, «el católico viejo se indigna primero, se asusta des­pués, finalmente revienta de risa».

Subiectum: problema, hipótesis, objetivos y estructura del trabajo

El objeto de estudio de este trabajo (o, mejor dicho, el subiectum, si segui­mos la epistemología aristotélica), es la doctrina del teólogo alemán, Anselm Grün, «considerado el monje más famoso de Alemania» (Alonso, 3 de julio de 2020) y, según dice Castro Cubells en el prólogo a una obra de este monje ger­mano, «conocido hoy en casi todo el mundo» (Grün, 2004a, p. 10).

El problema científico principal que ocupa este trabajo que aquí comenza­mos, esto es, el gran tema a resolver o la gran pregunta a desentrañar en estas líneas puede resumirse en este interrogante: «¿es o no católica la doctrina de Grün?».

Nuestra hipótesis investigativa es doble y se resume en dos proposiciones:

1) la doctrina de Anselm Grün no es católica 
y 2) la doctrina de Anselm Grün es gnóstica.

Nuestro trabajo tiene objetivos de dos tipos: general y específico. El objetivo general de este trabajo es investigar dos asuntos conexos: 
1) si la doctrina de Anselm Grün es católica (o no) 
y 2) si su doctrina es gnóstica (o no). 
Al fin de cuentas, ambos asuntos pueden formularse en una sola proposición ya que, como enseña J. Meinvielle (y veremos a lo largo de este trabajo), en el fondo sólo hay dos concepciones posibles: la católica o la gnóstica, como leemos al comienzo de la conclusión de la obra maestra del dicho autor: «A través de toda la historia humana no hay sino dos formas fundamentales del pensa­miento y de la vida: la católica y la gnóstica» (Meinvielle, 1970, p. 456).

Para ahorrar equívocos desde el comienzo, precisemos en qué consiste la concepción católica y en qué la gnóstica: La concepción católica es la concep­ ción revelada por Dios y enseñada oficialmente por la Iglesia en Magisterio bimilenario infalible, la cual fue expuesta magníficamente por Santo Tomás de Aquino, que es el mayor Santo de los Sabios y el mayor Sabio de los Santos, siendo tan importante su exposición que es el único Doctor Universal vene­ rado por la Iglesia con el glorioso título de Doctor Universalis.

Por otra parte, como enseña Meinvielle, «Se llama gnosis y cábala a toda concepción de Dios, el mundo y el hombre que asigna una única sustancia, homogénea, a estas tres realidades» (Meinvielle, 1970, p. 18).

Consecuentemente con lo ya señalado, los objetivos específicos de este tra­ bajo son dos: 
1) investigar el itinerario intelectual de Anselm Grün, sus fuen­ tes y, en la medida de los estrechos límites permitidos por la longitud de una tesis doctoral y que lo pida la mejor consecución de nuestro objetivo general, estudiaremos las fuentes de las fuentes grünianas, trazando una especie de árbol genealógico de la doctrina grüniana y, por ende, en cierta medida, de la gnosis alemana moderna; 
2) investigar los principales puntos de la doctrina de Anselm Grün siguiendo el orden temático empleado por Santo Tomás en la Summa Theologice, que comienza con Dios y termina con Cristo, pasando por los ángeles, los hombres y, luego, la moral.

Que el petiso Grün tenga el apoyo entusiasta de la progresía y de la milenaria Abadía benedictina de Münsterschwarzach, en la que él vive, no da ninguna garantía de ortodoxia, sino al contrario. De hecho, Grün contra­ dice la doctrina católica en todos o prácticamente todos los grandes temas. Por eso, podemos hablar de "gruñidos grünianos" teniendo en cuenta que el gruñido es un sonido emitido por un animal en señal de ataque o amenaza, metáfora esta que nos sirve para denotar los gruñidos con los que el lobo amenaza o ataca a la grey católica falsificando la fe.

El eje de nuestro trabajo, entonces, consiste en desenmascarar los gruñi­dos grünianos, lo cual haremos siguiendo la siguiente estructura: primero, describiremos las fuentes, influencias y clave del pensamiento grüniano; segundo, salteando lógicamente algunos puntos, expondremos la doctrina grüniana siguiendo el orden expositivo de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino (citado aisladamente en algunas de sus obras por Grün 2):

1) Dios Uno y Trino; 2) el hombre; 3) Teología moral (general y especial); 4) Cristo (y la Virgen); 5) Liturgía; 6) escatologíall. 
Este libro, podríamos decir, es como una especie de Anti Suma Teológica. Alguno nos preguntará quizá por qué tratar tantos temas y la respuesta es, parafraseando al escoliasta bogotano, que «Sobre toda idea noble la Teología moderna ha sabido dejar la huella digital de su calumnia».

Status quo investigativo y metodología empleada

Escribir un libro sobre Grün encierra un especial desafío ya para él no hay ninguna autoridad: ni la Escritura (que él interpreta a su manera al punto de decir disparates aplicando el principio luterano del libre examen en grado máximo) ni el Magisterio infalible de la Iglesia (que él desprecia llamándolo «dogmatismo romano») ni Santo Tomás y la Escolástica en general (que él cree superados por la Teología Moderna) ni los argumentos de razón (que él elude con un pseudo-misticismo onírico gnóstico).

¿Cómo vamos a refutar a un sujeto que no acepta ninguna autoridad sino que es un librepensador en grado sumo? Nuestra estrategia será simple: nos limitaremos a demostrar que su pensamiento es profundamente contrario a la doctrina católica. De este modo, advertiremos a los fieles que en sus escritos no se encontrará la Verdad sino veneno a medida del gusto del hom­bre moderno.

Lo novedoso de este trabajo

Nuestra tesis es novedosa ya que no hay ningún trabajo científico que demuestre el carácter gnóstico del pensamiento grüniano a partir de los es­critos del mismo autor. El valiosísimo trabajo del Padre Tabossi se basa más bien en citas de citas, mas el nuestro en las citas primarias. Por otra parte, nuestro trabajo es novedoso ya que nunca fue estudiado el corpus grüniano siguiendo el orden temático de la Summa Theologiae, que es lo que hacemos en este trabajo doctoral.

 
ANSELM GRÜN. Libro del P. Federico Highton. "De la gnosis progre-luciferina de Anselm Grün"

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viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria: «El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime? 

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre