EL Rincón de Yanka: REACCIONARIO

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viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria«El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre

lunes, 19 de agosto de 2024

LIBROS "LA LUCHA CON EL DRAGÓN": LA TIRANÍA DEL EGO Y LA GESTA HEROICA INTERIOR 🐉, "LA VÍA DE LA ACCIÓN" y "SABIDURÍA ACTIVA": LA ACCIÓN HUMANA COMO EXPRESIÓN DE LA LUZ Y LA VERDAD por ANTONIO MEDRANO

LA LUCHA CONTRA EL DRAGÓN
🐉
La Tiranía del EGO y la gesta heroica interior

Esta es sin duda la obra más completa y profunda publicada sobre el mito del combate con el dragón. El autor se centra sobre todo en el significado antropológico y espiritual pero también social y cultural del símbolo.
El dragón ha sido empleado por culturas aparentemente muy dispares pero, como muestra el autor, los significados que adopta son sorprendentemente análogos. Chinos, germanos, hindúes, musulmanes, todos ellos emplean el símbolo del dragón para referirse a lo peor que todos debemos superar en nuestro interior para dar lo mejor de nosotros.
Estas páginas nos ofrecen un cuadro fascinante sobre lo que somos y lo que estamos llamados a ser, sobre los peligros que se ciernen sobre nuestra vida, amenazando nuestra felicidad y libertad.

Extracto de la obra

El episodio de la lucha entre el héroe y el dragón juega un papel capital en los poemas épicos y los libros de caballería, que tanto auge adquirieron durante la Edad Media. En este ámbito, habría que citar en primer lugar el famoso poema de Beowulf, célebre obra épica anglosajona del siglo VIII que lleva el nombre de su protagonista, príncipe de los getas de Jutlandia. En el Beowulf confluyen de manera llamativa y con gran fuerza dramática la herencia germánica y cristiana.

Dos de las principales hazañas de Beowulf se refieren precisamente a la lucha con el dragón: la victoria sobre Grendel y su madre, seres diabólicos que asolaban el país, y la lucha contra el Dragón alado de fuego, en la que el héroe perecerá por confiar demasiado en sus propias fuerzas. Grendel es descrito como un ogro o monstruo infrahumano- mitad bestia, mitad hombre- en cuyos ojos refulge una feroz y siniestra llamarada; un ser de inclinación nocturna, que hace acto de presencia al anochecer y del cual se dice que está emparentado con Caín, el Leviatán bíblico y los gigantes rebeldes contra Dios.

Por lo que se refiere al Dragón de fuego (Fire-Dragon o Fire-Drake), es una terrible criatura que habita junto al mar, en una cueva de la que brota un manantial de agua hirviente y humeante; de sus ollares surgen dos haces de fuego, sus ojos arrojan destellos de llamas y sus escamas resplandecen en la oscuridad de la noche a causa de la masa ígnea que bajo ellas chisporrotea. Durante el día se oculta en su guarida y sólo sale de noche para llevar a cabo sus incursiones de pillaje en el mundo humano, aprovechando la protección que le brindan las tinieblas. Entonces destruye cuanto le sale al paso, incendia casas y bosques, devora personas y animales. El poema relata con las siguientes palabras los hábitos del dragón al iniciar sus correrías destructoras: “Al fin terminó el día para gozo del dragón; no permaneció por más tiempo dentro de su guarida; salió de su cubil, exhalando fuego y envuelto en llamas”. Y unos versos más adelante: “Antes de la luz del amanecer emprendió la retirada hacia el tesoro escondido en su cámara oculta”.

Se trata como ha indicado A.M. Arent en sus comentarios al viejo poema anglosajón, de un ser satánico que pertenece a la misma categoría que Grendel y que se presenta como “el Archienemigo”, el enemigo por excelencia de los hombres y de los dioses. En una de las modernas transcripciones de la leyenda, las devastadoras correrías nocturnas del Fire-Dragon se nos describen con las siguientes palabras: “la luz deslumbradora de sus escamas de fuego asemejaba al brillo de la aurora en el cielo, pero su paso dejaba tras él cada noche, para afrontar el sol naciente, un rastro de desolación negra, carbonizada”. Las llamas de su aliento son de tal magnitud, que, cuando Beowulf le ataca protegido por un enorme escudo de hierro, éste se pone al rojo al caer sobre él la densa nube de fuego.

A ambos monstruos se enfrenta Beowulf en feroz combate que tendrá muy diverso desenlace: favorable en el primero; nefasto, en el segundo. Gracias a la ayuda sobrenatural, el heroico caudillo vikingo consigue vencer a Grendel y su vengativa madre, descubriendo en la guarida de los monstruos inmensos tesoros. Sucumbe, sin embargo, en la lucha con el Dragón de fuego, por no contar con la protección celestial y confiar demasiado en sus fuerzas humanas, que le fallan en el momento decisivo. Sus hombres le abandonan, llenos de pavor, dejándole sólo ante el peligro, junto a su fiel Wiglaf. Su espada Naegling se hace pedazos contra la cabeza de la fiera ígnea, la cual, presa de ira por el golpe recibido, clava en el cuello del héroe sajón sus colmillos venenosos. Será Wiglaf quien dé muerte al dragón y quien descubra el tesoro que la fiera guardaba en la caverna marina, tesoro que Wiglaf pone a los pies del héroe agonizante, mientras refresca sus sienes con el agua del manantial próximo a la guarida de la fiera, el cual ha dejado de hervir y humear una vez muerto el dragón.

Vivir para llegar a ser quien estás llamado a ser.

INTRODUCCIÓN 

De todos es conocida la figura de San Jorge montado sobre un caballo blanco y alanceando al dragón bajo la mirada de una doncella que contempla a cierta distancia la bélica escena, en posición orante, rezando por el triunfo de su campeón y liberador. Cuadro que reaparece, casi con los mismo detalles, en infinidad de mitos, leyendas, sagas, cuentos y relatos épicos, en los que se describe el combate que el héroe, caballero o príncipe protagonista de la historia tiene que librar contra un monstruoso dragón para poder llegar ante la princesa encantada y liberarla de la abyecta esclavitud que sufre o de la terrible amenaza que sobre ella se cierne. 

¿Quién no se ha sentido fascinado por esa escena mítica, la cual, aun cuando uno quizá no sea capaz de explicarla o de comprenderla en todo su alcance, se presiente cargada de un hondo y misterioso significado? 
¿No sentimos, cada vez que la contemplamos, que en ella hay algo que nos habla de manera muy inmediata y directa, yo diría incluso personal? 

Es éste, de la lucha con el dragón, un motivo universal y de raíces milenarias que figura como elemento central en la cosmovisión y la iconografía de casi todas las culturas tradicionales. Con ligeras variantes, este combate contra el fabuloso monstruo acusa su presencia entre los más apartados pueblos de la tierra, sin distinción de épocas ni latitudes, en lo que constituye una clara muestra de coincidencia inter-cultural o inter-tradicional, ofreciéndonos una imagen cargada de un profundo mensaje espiritual, de tan innumerables como ricas connotaciones. Se trata de una figura que nos introduce de lleno en la visión mítica y simbólica, tan difícil de comprender para el hombre actual, aprisionado en un racionalismo obtuso y en un horizonte mental demasiado prosaico, extremadamente empobrecido. 

Una figura o representación de contenido inagotable, que nos hace penetrar en los más recónditos secretos de la vida. Por medio de ella nos adentramos en la estructura misma de la realidad: no sólo de la realidad humana, con sus luces y sus sombras, sino también de la realidad cósmica, en toda su complejidad y riqueza. Semejante arquetipo simbólico nos ayuda a comprender mejor el mundo en que vivimos y a comprendernos mejor a nosotros mismos. Entre otras muchas cosas, la imagen del combate entre el héroe solar y la bestia de los abismos nos ilustra, por ejemplo, acerca de asuntos como los siguientes: el proceso cosmogónico, las fuerzas en pugna por la configuración y mantenimiento del orden universal, el encuentro o el choque entre hombre y naturaleza, la génesis de la cultura y la civilización, el papel de la feminidad y la masculinidad, los peligros que amenazan a la humanidad en su desarrollo histórico y cíclico. 

En suma, de todas aquellas cuestiones que más vitalmente nos conciernen y que son tema capital para una filosofía del hombre y de la cultura. Tendremos ocasión de verlo conforme vayamos avanzando a lo largo de estas páginas, que no pretenden ser sino una glosa o reflexión razonada de los datos suministrados por el mito y la leyenda. Vamos a tratar de desentrañar el mensaje de tan importante mito-símbolo. Para ello, nada mejor que proceder a un estudio comparado de los elementos o ingredientes simbólicos que intervienen en los múltiples y muy variados relatos relacionados con la dracomaquia que nos son conocidos, manejando al mismo tiempo, a la hora de interpretarlos, el lenguaje conceptual de diversas tradiciones espirituales. 

Es evidente que, con semejante procedimiento, no se intenta ofrecer una vulgar y superficial interpretación sincretista del símbolo en cuestión, sino lograr una visión de síntesis, capaz de llegar al meollo de las distintas tradiciones analizadas y de percibir la unidad subyacente a todas ellas, pero respetando sus lógicas y legítimas diferencias. Tras pasar revista a los diversos mitos y leyendas en los que aparece la figura del dragón, analizaremos los distintos aspectos, dimensiones y niveles a que se presta la interpretación de los mismos, para centrarnos finalmente en un aspecto concreto, aquél que más directamente nos afecta a todos y cada uno de nosotros, pues va directamente referido a nuestra propia vida personal: en dragón como símbolo del ego, de las fuerzas oscuras que habitan dentro del hombre y que, desde el propio submundo o bajos fondos del individuo, conspiran contra su libertad y su felicidad. 

Trataremos de descubrir qué enseñanzas prácticas encierra el mito de la lucha con el dragón para la correcta articulación de nuestra vida, qué directrices nos marca, qué rutas nos muestra y qué orientaciones nos proporciona a la hora de enfocar nuestra singladura vital. Y lo haremos de la mano de los grandes maestros espirituales, tanto de Oriente como de Occidente. A medida que vayamos avanzando en la exposición, el lector irá descubriendo matices insospechados y de la mayor trascendencia, muchos de los cuales se refieren a hechos de la vida cotidiana que le resultan harto conocidos. 

Es todo un mundo de inusitada grandeza y riqueza lo que ante nuestros ojos se despliega al considerar la escena intemporal del combate con el dragón. Un mundo que nos habla de la victoria de la auténtica humanidad, de la luz intelectual y espiritual, sobre las sombras de la irracionalidad, sobre la oscuridad bestial e inhumana que acecha agazapada en el fondo de cualquier ser humano, sea hombre o mujer.

EL COMBATE ENTRE EL ESPÍRITU Y EL ALMA 

La vida es combate, guerra incesante, lucha y esfuerzo para alcanzar la meta. Y esto, lo queramos o no; nos guste o nos disguste; nos demos o no cuenta cabal de ello. El hombre es por naturaleza un ser combatiente: nace con una misión luchadora y realiza su destino combatiendo, venciendo obstáculos, resistencias y fuerzas hostiles. Vivir es combatir, pelear a brazo partido para superar las dificultades que surgen en nuestro camino, bregar contra los impedimentos que se oponen a nuestros propósitos y proyectos. No se puede tener una vida auténticamente humana sin pelear duro, de forma valiente y tenaz. Nuestra existencia cobrará sabor y sentido en la medida en que nos impliquemos combativamente en ella. Vivere militare est, “el vivir es guerrear”, sentencia Séneca en una de sus cartas (Séneca, Carta a Lucilio, XCVI, 6). Idea que ya encontramos formulada en la Biblia, en el Libro de Job, donde expresamente se afirma: “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job 7, 1)”. 

La gran guerra santa 
El mito de la lucha con el dragón nos habla de este guerrear, de esta milicia.
Pero aquí la contienda tiene sobre todo una proyección interior: es guerra contra uno mismo, combate contra los impedimentos que hay en el propio ser, lucha sin cuartel contra el ego. Se trata de una guerra intestina en la que está en juego aquello que más nos importa -o que, al menos, más nos debiera importar-, a saber: nuestra libertad, dignidad y felicidad. 
Un combate interior que será tanto más intenso cuanto mayor sea la nobleza de la persona, cuanto más altas y nobles sean sus aspiraciones. 
Quien no combate internamente, pierde su vida. Quien no quiera pelear consigo mismo, estará condenado a vivir como un despojo viviente, como un perpetuo derrotado, como un trozo inerte zarandeado por los acontecimientos y por la fatalidad del destino.
Pero la dimensión combativa de la vida alcanza su máximo nivel cuando el vivir se encauza por una vía espiritual, guiado por la luz de la Gnosis o Sabiduría. Entonces, la existencia humana se perfila como una guerra sagrada, una gran batalla o prueba heroica que tiene como objetivo el conocimiento de nosotros mismos, nuestra liberación y realización integral. Una batalla, prueba o trance en que somos al mismo tiempo el héroe liberador, la víctima a liberar y el enemigo a vencer, el tirano a derribar. Contemplada desde una elevada perspectiva espiritual, gnóstica y sapiencial, la vida no es sino eso: guerra en el sendero de Dios por la instauración de la paz, el orden y la armonía; combate por la conquista de nuestra propia Iluminación; lucha por el Conocimiento, por la Sabiduría, por la Visión trascendente que ha de trasformar nuestro ser y que nos ha de aportar la felicidad plena; esfuerzo audaz y perseverante para derribar los obstáculos que se interponen entre nosotros y la Realidad; empresa guerrera al servicio de la Luz, esa Luz del Ser y de la Verdad que es suprema fuerza liberadora. Y es de esta gesta heroica interior de lo que nos habla el mito universal de la lucha con el dragón. Pocas imágenes expresan esta idea de modo tan directo, gráfico y vigoroso como la del héroe solar alanceando a la negra bestia del averno.

  

LA VIA DE LA ACCION: 
EL HACER JUSTO Y CORRECTO 
FRENTE AL DESORDEN ACTIVISTA
El mundo actual se torna cada vez más inóspito y agresivo pero ¿por qué? ¿a qué se debe que se vea continuamente sacudido por crisis políticas y personales? En medio de todo ello ¿como podemos obrar con la seguridad de colaborar al bien del entorno, con la seguridad de tener una vida más feliz, libre y armónica? Cuando todo el mundo piensa que hay que "hacer algo" es muy posible que dichas acciones discurran por derroteros de perdición o que queden en simple activismo. Es necesario por tanto que la acción transcurra de una manera "correcta", y esta es la cuestión fundamental que el autor pretende desentrañar, de acuerdo con los mandatos de la sabiduría peremne y universal.

ADVERTENCIA AL LECTOR 

El libro que el lector tiene en sus manos es la primera parte de una obra más amplia que intenta recoger las enseñanzas de la Sabiduría universal o Filosofía Perenne sobre el modo correcto de enfocar la vida activa, es decir, la forma justa y adecuada de realizar las diversas acciones que integran y configuran la vida humana. El plan de la obra, tras este primer volumen introductorio, que pretende dar una visión global sobre la doctrina de la recta acción y su antítesis, la desviación activista, será el siguiente: 

1. Sabiduría activa. La acción humana como expresión de la luz y la verdad. 
2. La acción heroica. Nobleza y desinterés en la actividad cotidiana. 
3. Vivir el presente. La acción realizada en el Aquí y Ahora. 
4. Milicia del Grial. La vivencia sacrificial de la acción. 
5. Ecología sacra. La acción cósmica y universal. 

Aunque los distintos volúmenes son autónomos y pueden leerse como si fueran obras independientes, sin que sea necesario haber leído el resto, conviene no perder nunca de vista que todos ellos versan sobre un mismo tema y se insertan en un estudio de mayor estén unidos por un mismo hilo conductor, por lo cual se hace a veces indispensable remitir a las ideas expuestas en alguno de los volúmenes restantes. Teniendo bien clara esta idea, la lectura de cada uno de ellos resultará mucho más inteligente y provechosa.

INTRODUCCIÓN

Esta obra va dirigida a todos aquellos que, en un mundo agitado y caótico como el actual, desorientado y desmoralizado, sumido en la confusión y desgarrado por toda clase de tensiones y conflictos, buscan una orientación que dé sentido a su vida, que les ayude a encontrarse a sí mismos y a conquistar la libertad, la paz y la armonía. A cuantos no se confirman con una existencia rutinaria, superficial y vacía, y sienten la urgente necesidad de contar con una sólida base de apoyo desde la que poder hacer frente a los problemas que plantea la existencia cotidiana y superar la grave crisis existencial que la civilización moderna crea, de forma cada vez más acentuada, en amplios sectores de población. 

Un libro de este tipo únicamente dirá algo a quienes, no dejándose llevar por la corriente de apatía y pereza mental hoy dominante, todavía conservan un reducto de autonomía interior y están abiertos al influjo vivificante de la Verdad. Dicho con otras palabras: quienes no se contentan con lugares comunes y automatismos pasivamente aceptados; quines saben unir pensamiento y vida, teoría y práctica, y son capaces de intuir la inagotable capacidad renovadora que en sí encierra, en cualquier momento, toda vida humana. Capaces de intuirla y de ponerla en acción. Pues de nada sirve lo que aquí se dice, si no existe la voluntad decidida de llevarlo a la práctica. Lo que evidentemente supone dos cosas: una insatisfacción con la propia vida y un propósito de renovación radical de la misma. 

El tema que vamos a abordar es de capital importancia para la vida de cualquier ser humano; pues, como veremos en su momento, la acción abarca la totalidad de la vida y prácticamente se identifica con ella. de ahí que hayamos hablado de renovación de la vida y de dar sentido a la vida al referirnos al objetivo último de este estudio doctrinal sobre la acción. He pretendido recoger aquí las orientaciones básicas que para el recto encauzamiento de la acción ofrece la Sabiduría universal o Philophia Perennis, también llama “Doctrina tradicional”. Esto es, la herencia sagrada y milenaria de la humanidad, el depósito sapiencial que ha inspirado a todas las culturas normales de la tierra a lo largo de la historia, durante milenios, y que, en virtud de ese mismo carácter de universalidad, bien podría designarse con el nombre de “Verdad ecuménica”. 

En las páginas que siguen analizaremos las condiciones que debe reunir la acción para convertirse en una palanca eficaz en la obra de transformación interior del hombre. Trataré de exponer los principios que rigen la vida activa y hacen posible que ésta se oriente de forma recta y legítima, contribuyendo así a la edificación de la persona, a la plenitud y a la perfección del ser humano. 

Vamos a ver, dicho de otro modos, cuáles son los requisitos que ha de cumplir la actividad humana para convertirse en una auténtica experiencia espiritual o para insertarse en una vía de realización integral; para poder ser, en definitiva, una verdadera “vía de la acción”. No se pretende, por tanto, analizar qué acciones se debe o no se debe realizar, sino cómo se han de realizar todas las acciones que ejecutamos a lo largo de la vida y en los diversos momentos de nuestra existencia cotidiana. Nuestro propósito no es tanto ver lo que se puede hacer, desde una perspectiva ética o moral, como descubrir la manera justa y correcta de hacerlo. 

¿Cómo llevar a cabo nuestras acciones para conseguir la felicidad, la paz interior y la armonía con el entorno? ¿Cómo hacer las tareas, trabajos y actividades que tenemos que hacer en el diario faenar para que resulten eficaces, gratificantes y constructivas? ¿Cuál es la actitud que hemos de adoptar para que podamos llevarlas a cabo con el menor desgaste y tensión posibles? ¿Cómo afrontar los problemas, sinsabores, traspiés y contratiempos que encontramos en nuestros quehaceres y proyectos? ¿Cómo resistir a las presiones hostiles que el mundo exterior ejerce sobre nosotros? ¿Cómo enfocar nuestra vida activa para que, en vez de destruirnos, nos construya como personas, como auténticos seres humanos, y nos permita construir también un mundo mejor? He aquí algunos de los interrogantes a los que pretende responder esta obra. 

Las enseñanzas de las tradiciones espirituales de la humanidad sobre la vía de la acción nos ayudarán a encontrar la respuesta a estas preguntas que todos nos hacemos, de forma más o menos consciente e intensa, quizá a veces incluso de manera angustiada. Siguiendo tales enseñanzas, siempre vivas y actuales, descubriremos el camino a seguir para que nuestras actividades alcancen la perfección o al menos se aproximen a ella. 

Aprenderemos, en última instancia, a enraizar nuestras actividades en lo Real y Eterno, haciendo de ellas una expresión de nuestra verdadera naturaleza y orientándolas hacia nuestra meta última. Lo cual quiere decir transformar la vida activa, que de ordinario no es sino un factor de agitación, de apego pasional, de esclavitud y sometimiento a las oscuras corrientes de lo material y lo psíquico, en fuerza de luz y de libertad, en potencia creadora de orden y estabilidad, en arma de liberación espiritual. 

He procurado dar a la exposición un sentido eminentemente práctico, destacando normas y consejos directamente aplicables a la vida concreta de cada cual. Esto no quita, sin embargo, para que aquí y allá hagamos alguna que otra exposición de índole simbólica, cosmológica, teológica o metafísica, imprescindible para la recta comprensión de los temas tratados, aunque para las personas no habituadas a este tipo de disquisiciones pueda resultar algo ardua. 

Creo que en las orientaciones aquí recogidas, la persona interesada podrá encontrar un caudal suficiente para encauzar su propia vida, para rectificar su visión de las cosas y adoptar una postura más sana y positiva ante las vicisitudes de la existencia, y, en suma, para infundir orden, autenticidad y sentido a su actuación de todos los días, sea ésta del tipo que sea.

Propuestas como antídoto contra la fiebre activista que hoy nos amenaza por doquier, las consideraciones que haremos a lo largo de las páginas que siguen resultan, por tanto, válidas para todos, siendo aplicable a los diversos momentos de la vida real y cotidiana de cualquier persona. Aunque, lógicamente, las orientaciones contenidas en ellas tendrán un valor adicional, muy concreto y particularmente valioso, para aquellos que, movidos por una vocación dirigente, activa y emprendedora, orienten su vida a una acción de transformación de la sociedad y del mundo. Y de modo especial, para cuantos luchan por el retorno de Occidente a una situación de salud y normalidad.

Se achacará quizá como defecto a esta obra el ser muy poco original, el aportar pocas novedades y limitarse a repetir lo que otros han dicho. Poco hay, en efecto, de “propia cosecha”- para decirlo con las castiza expresión castellana- en estas páginas. Pero estoy convencido de que esto, lejos de ser un defecto quizá sea, con toda probabilidad, su más alta virtud. 

En primer lugar, porque mis ideas no tienen la menor importancia, y poco pueden interesar al lector sensato. 
En segundo lugar, porque no hay tarea más sugestiva, valiosa y enriquecedora, que la de descubrir y recoger los tesoros espirituales de la humanidad, que, olvidados o ignorados, dispersos por los más recónditos parajes de una geografía secreta y en obras prácticamente inaccesibles para la mayoría, yacen hoy ocultos bajo la losa de silencio e incomprensión con que ha pretendido sepultarlos en los últimos tiempos una mentalidad hostil a toda realidad espiritual, a toda revelación de lo alto y a toda sabiduría sagrada. 

Por último, señalemos que no puede encontrarse mejor camino para desarrollar una labor auténticamente creadora y hacer una aportación realmente importante que el de borrarse uno mismo y anular cualquier pretensión individual a fin de convertirse en impersonal instrumento de la Verdad. 

La elaboración de este trabajo ha estado guiada por la norma de activa impersonalidad enseñada por las Filosofías Perennes. Consciente de que en cualquier campo, pero más aún en éste de las orientaciones y análisis doctrinales, en afán de originalidad y de protagonismo personal no es sino un semillero de errores, he dejado el menor margen posible para las aportaciones o invenciones propias. Las opiniones personales y las florituras literarias han quedado reducidas a la mínima expresión, en aras de la claridad del mensaje. 

Aunque esto pueda parecer en principio algo empobrecedor, no abrigo la menor duda de que contribuirá al enriquecimiento de la obra y del lector, sobre todo porque permite que destaque con más fuerza el principal tesoro de este trabajo, que es la recopilación de voces cualificadas y textos sapienciales de todos los tiempos sobre el tema tratado. Me daría por muy satisfecho, si de ella pudiera decirse que constituye una buena antología de la sabiduría universal sobre la acción. 

NOTA: 

La portada reproduce la figura del célebre Discólobo de Mirón, en el que podemos ver el símbolo de la recta acción, vigorosa, disciplinada, ajustada al orden. Es el atleta esforzado que lanza con decisión y energía el disco solar de la propia alma y de la vocación personal hacia el horizonte de su destino, realizando el movimiento justo, rítmicamente medido. En esta escultura helénica se nos presenta la idea de la vida como quehacer deportivo, como tarea atlética y heroica, como empresa olímpica.

EL INMUNDO MODERNO 

En los últimos tiempos la Humanidad ha estado construyendo una realidad social, civilizatoria e incluso cósmica, que más que “un mundo” (un todo ordenado y armonioso, un hogar en el que vivir) es “un inmundo” (des-mundo, infra-mundo, sin-mundo o contra-mundo). Un conglomerado caótico, antinatural, inclemente, inhumano e inhóspito, en el que se extiende y domina la negatividad; un inmundo lleno de inmundicia, no sólo física (basura contaminante) sino también y sobre todo inmundicia moral, intelectual y emotiva, con serias y muy negativas repercusiones en todos los ámbitos y a todos los niveles. 

Es des-mundo porque en él imperan el desmadre, el desorden, la desorientación, el descreimiento, la desintegración, el desgarro (interno del ser humano), la desvinculación, el desarraigo, el desplome, la descomposición (con el hedor que esto produce y conlleva). Se trata de un mundo completamente desprincipiado, desmoralizado y desnortado. Es contra-mundo porque en él se extienden de forma imparable el contrasentido, lo contranatura, el contrafuero, los contravalores, la contracultura, la contraventura; todo lo que es contrario a la realidad y al orden cósmico, al orden del ser, al justo y sano orden (la contrarealidad y el contra-dios). Es sin-mundo porque en su seno avanza arrolladoramente la sinrazón, el sinsentido, la sinsustancia, la sinconciencia, la sinventura y el sinsabor (el pesar y la desazón moral). 

En este sinmundo, que lleva consigo el sin-raíces, sin-trabajo y sin-horizonte, la vida se convierte en un Es infra-mundo porque afloran por doquier las fuerzas y tendencias que vienen de abajo, de lo más inferior e infernal del alma humana; fuerzas y tendencias que a su vez tiran hacia abajo, hacia los niveles más ínfimos y degradantes, hacia lo infrapersonal e infrahumano. Y es in-mundo, finalmente, porque en él se imponen con ímpetu despótico y lo van invadiendo todo la inmoralidad, la indecencia, la insolencia, la irrespetuosidad, la incoherencia, la incomunicación, la inconsciencia, la irresponsabilidad, la injusticia, la infamia, la impersonalidad (el anonimato gregario y anulador), la infirmeza (o sea, la enfermedad), la insaciabilidad (que quisiera devorarlo, consumirlo y poseerlo todo). 

Elementos característicos de este inmundo, y a la vez causas que están en su origen: 
1) el eclipse de las dos fuerzas que sostienen la vida humana y cósmica: la Luz (la sabiduría, la inteligencia) y el Calor (la calidez del amor, de la compasión, de la bondad). 
2) la hipertrofia de la Civilización (las tecnicidades, las técnicas de poder y dominio) con la relegación e incluso supresión de la Cultura (las humanidades, el cultivo del ser humano); lo cual lleva consigo la primacía de la cantidad (lo cuantitativo, lo accesorio, banal y superficial) sobre la calidad (lo cualitativo, lo profundo y esencial). 
3) el avance arrollador de los contravalores (o invalores) y el retroceso de los valores, los más altos y nobles valores, que constituyen el entramado de la Cultura: la Verdad, el Bien y la Belleza; la confianza, la lealtad, la concordia, el honor, el respeto, la amabilidad, la honradez, la humildad, la humanidad, la alegría de vivir. 
4) el predominio absoluto del tener y el hacer sobre el ser (la dimensión más importante, fundamental y esencial del ser humano). Lo que significa el triunfo del devenir sobre el ser, así como de las tendencias rajásica y tamásica sobre la sátvica, la tendencia hacia el Principio, hacia el Centro, hacia el Ser, hacia la luz y hacia lo alto. 
5) la potencia invasora, negativa, corrosiva y destructiva del antiespíritu (der Ungeist), visceral enemigo del Amor y la Sabiduría, verdadero forjador del inmundo (Unwelt), abanderado de la inmoralidad (Unmoral), del absurdo y el sinsentido (Unsinn), de la discordia (Unfriede), de la infelicidad y la desgracia (Unglück), de la incultura y la anticultura (Unkultur). La consecuencia de todo ello es una atmósfera invernal, infernal (oscura y fría) en la que todos nos sentimos atrapados y que nos causa mucho sufrimiento, así como infinidad de problemas de todo tipo en nuestro diario vivir. El diagnóstico claro y correcto de los males causantes del inmundo en que vivimos es la condición previa para la superación de la grave crisis que atraviesa la Humanidad en la actualidad y para conseguir sanar nuestras propias dolencias individuales.

La reflexión sobre el inmundo no debe llevarnos, sin embargo, a una actitud negativa, derrotista o pesimista, sino todo lo contrario: debería conducirnos a adoptar la actitud correcta ante la vida, afirmadora y combativa, para que las fuerzas y tendencias negativas no se apoderen de nosotros, con lo cual seriamos nosotros mismos los inmundos portadores del inmundo, al interiorizar su funesto legado. En este caso, tendríamos también un inmundo en el otro significado que lleva consigo el prefijo in-, el sentido de “dentro de”: el inmundo lo sería entonces además por estar dentro de nosotros (in-mundo como “mundo dentro de mí”, mundo negativo interiorizado), la peor de las situaciones. 
Parafraseando la sabiduría que encierra la sentencia evangélica, podemos decir que estamos en el inmundo, no podemos evitarlo; pero no somos del inmundo. Estamos en el inmundo para vencerle, para transformarlo, para purificarlo y salvarlo.


SABIDURÍA ACTIVA
La acción humana 
como expresión de la luz y la verdad
Frente a la contemplación muchos han contrapuesto la acción como vía más adecuada para mejorar el mundo, pero nada queda más lejos de la realidad que esa falsa disyuntiva.
Acción y contemplación son dos caras de la misma moneda que se complementan con el nexo indestructible de la verdad.
El presente libro marca las directrices para conseguir una acción sabia, inteligente y sensata como fuerza liberadora del hombre, a la vez que señala la importancia de la verdad a la hora de fundar las propias acciones.
En una época consumida por el activismo febril, nada podría ser más interesante. Toda una propuesta para modelar y reorientar la propia vida al calor de una visión rigurosa, de gran altura espiritual y filosófica.

Extracto de la obra

La primera condición que debe reunir la acción para desarrollarse de manera correcta es la subordinación a la verdad. Toda obra o actividad humana, sea del tipo que sea y con independencia de su importancia o del plano en el que se desarrolle, tiene que fundarse en la verdad, la cual le marcará las normas y condiciones a que se ha de ajustar. Esta formulación podrá parecer demasiado teórica y abstracta, poco útil y mínimamente aplicable a la vida cotidiana, pero a medida que vayamos entrando en materia, iremos captando su enorme trascendencia y su tremendo valor práctico.

Para que sea digna del hombre, la acción ha de ser siempre una acción inteligente: no ha de obedecer a la pasión, sino a la claridad y objetividad intelectual; ha de seguir en todo momento la pauta que le marca la inteligencia, la cual a su vez cumple su misión natural cuando tiene por norte la verdad. “La verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre”, afirma el Papa Juan Pablo II en su encíclica Spendor Veritatis, donde subraya el tremendo poder de la verdad como fuerza que permite al hombre desarrollar una acción sana, libre e inteligente.

Ninguna de las acciones que realizamos a lo largo del día puede ser irracional, estúpida o idiota, menos aún delirante o demencial. Todas ellas tienen que ser siempre sensatas, racionales, sagaces y prudentes, pues sólo así pueden ser correctas y diestras. Todo lo que sea apartarse del criterio inteligente y racional, daña a la acción y a su autor. Es éste un principio que Leonardo da Vinci- aquel hombre bueno, sabio y artista, cuyo aspecto recuerda al de un viejo druida y cuya vida se desarrolló bajo el signo del águila, ave simbólica del sol y de la sabiduría- supo plasmar en bella fórmula, cuando declaraba que su máxima aspiración consistía en ser “obrero de la inteligencia”.

Todo cuando se piensa, se dice y se hace o se produce (esto es, se crea, fabrica, construye) debe hacerse de una manera inteligente, buscando siempre lo mejor, esforzándose por conseguir una obra bien hecha. La tríada platónica del bien, la verdad y la belleza, debería constituir el objeto o móvil inspirador de todos y cada uno de nuestros movimientos del cuerpo y del alma. No hay que olvidar que el movimiento es acción y que la acción es movimiento; toda acción supone, en definitiva, un movimiento en el que van implicados tanto el cuerpo como el alma. Y la inteligencia y la verdad son la garantía de que ese movimiento se hará con orden, reflejando el bien y la belleza.

Por desgracia, esto, que debiera ser la norma, es más bien una rara excepción. Pues, por lo general, los seres humanos prefieren actuar de manera poco inteligente, a menudo manifiestamente estúpida, incluso como dementes o lunáticos, sin tener en cuenta para nada la orientación que proporciona la verdad. Y más aún en estos tiempos confusos y convulsos en que vivimos, en lo que se acentúa al máximo la estupidificación de las masas y se registra una auténtica epidemia de locura colectiva: locura que va desde el consumismo y la búsqueda alocada del placer material a la proliferación de las sectas más absurdas y grotescas, desde el culto al dinero a la obsesión deportiva capaz de estallar en violencia asesina, desde la extensión arrolladora de la drogadicción o la idolatría de personajes despreciables a la práctica del genocidio y la autodestrucción.

No es que la acción sabia, racional e inteligente haya sufrido de repente un retroceso y se haya convertido como por ensalmo en una rareza. Ya lo era en tiempo de Leonardo, cuando se incia la crisis espiritual de Occidente, pero hoy la línea de declive ha avanzado considerablemente y está llegando a su punto más bajo, con la lógica consecuencia, que es el agravamiento de todos los fenómenos de descomposición. Lo que, entre otras cosas, se traduce en un incremento y afianzamiento de la acción ignorante y ciega, necia y alocada, contraria a la verdad.

Cosa inevitable en un mundo dominado por el individualismo, en el que se pone en duda o se niega pura y simplemente la existencia de una verdad objetiva, y en el que el subjetivismo proclama su poder absoluto. Mundo cuya tendencia dominante responde a lo que Sciacca llamó l’oscuramento dell’intelligenza, “el oscurecimiento de la inteligencia”: un ambiente caliginoso en el que la verdad y la sabiduría se ven suplantadas por opiniones subjetivas ingeniosas (la doxa de la filosofía helénica, como opinión arbitraria, ajena e insensible a la verdad); un clima inhóspito donde cada cual funciona a su antojo y todo se hace guiándose exclusivamente por apetencias, deseos e impulsos irracionales, sugestiones mentales, prejuicios e ideas preconcebidas. El deseo interfiere de forma continua en el campo de la inteligencia, imponiendo su ley al pensamiento y desvirtuando así su normal funcionamiento. Lo curioso es que todavía haya quienes pretendan poner remedio a tal situación de desorden apoyándose en esa misma acción irracional e insensata que la ha ocasionado.

La verdad es la raíz y fundamento de la acción, la fuente misma de la actividad justa, recta y sana. Todo cuanto podamos pensar, decir o hacer debe partir de la verdad y apuntar a la verdad; debe estar inspirado en la verdad e ir enfocado hacia la verdad. Sin esta supeditación a la verdad, la actividad humana, ya sea individual o colectiva, pierde su legitimidad y su sentido. No puede ser de otro modo, pues la capacidad activa del hombre, su vida entera y su mismo ser, tienen como principio y fin último la Verdad.

Pero a todo esto, ¿qué ha de entenderse por “verdad”? Cuando decimos que nuestra acción debe ajustarse a la verdad y guiarse por ella, ?a qué verdad nos estamos refiriendo? ¿Cuál es esa verdad que resulta tan decisiva para nuestra vida activa? La verdad a todos los niveles, en sus diversas modalidades, grados de expresión o formas de manifestación: desde la Verdad absoluta, principal e increada, a la verdad relativa, creada, principiada, condicionada por el tiempo y el espacio; desde la verdad objetiva que nos llega desde fuera, del entorno en que vivimos, a la verdad subjetiva que nos habla desde dentro, desde el fondo de la conciencia; desde la verdad vital y personal, aprendida por la propia experiencia, a la verdad doctrinal, que se nos transmite por quien tiene autoridad para ensenárnosla o comunicárnosla; desde la verdad fáctica (la verdad de los hechos, la realidad tal cual es y no como nosotros quisiéramos verla) a la verdad lógica o racional; desde la verdad científica o matemática (siempre y cuando sean realmente tales, y no meras opiniones o conjeturas) a la verdad ética y estética, aquella que se ajusta al buen gusto y al buen sentido, que nos muestra lo que está bien, o lo que es bello y justo, y lo que está feo, lo que es incorrecto, indecoroso e injusto. La verdad como algo que percibe o descubre la mente, pero también la Verdad como Principio que alumbra la mente y le permite reconocer lo que es verdad y distinguir lo verdadero de lo falso.

LA LUCHA CON EL DRAGÓN: ANTONIO MEDRANO EN EL AULLIDO DEL LOBO



"EL CRISTIANO HA NACIDO PARA LUCHAR": 
PAPA LEÓN XIII

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan.
"La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha”. S.S. León XIII, Papa

SER CATÓLICO NO ES PARA COBARDES

«En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33)
Yo soy católico, apostólico y romano, por ello nada temo, ni a la misma muerte, y, de los que advierten a todos los que nos amenazan, “venid por la cruz y os encontraréis con la espada”.

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