EL Rincón de Yanka: MANIPULACIÓN

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sábado, 24 de octubre de 2026

LA MACDONALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD 🍔 por DANIEL ARIAS-ARANDA

La Macdonalización de la sociedad
🍔

Es el título de un libro de George Ritzer "LA MACDONALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD" escrito a principios de este siglo y, cada día, por desgracia, de más rabiosa actualidad. La sociedad se parece cada vez más a un restaurante de comida rápida y tú, querido lector, no eres consciente de las horas de tu vida en que trabajas para otros sin cobrar un céntimo. Y esto es aplicable a la economía, a la educación o a la política, entre otros.
Hoy he ido a comprar fruta a un supermercado siguiendo sus directivas. He cogido la bolsita de plástico, he introducido la fruta, he pesado la bolsa, he pegado la pegatina que la máquina ha escupido con el precio y el código de barras, he cerrado la bolsa y la he echado en el carro. he repetido este proceso 3 veces con la fruta y 4 con verduras.

La sociedad se parece cada vez más a un restaurante de comida rápida.

Cuando he ido a pagar a la caja, al parecer un código de barras era ilegible. La cajera, a regañadientes ha ido a repesar las mandarinas. Cuando ha regresado, me ha mostrado la nueva etiqueta con cara inquisitoria. Resulta que yo había marcado el código 33 de las mandarinas tipo A en lugar del 34 del tipo B. Había una diferencia del precio total de 22 céntimos (a mi favor).

—Hay que marcar lo que uno se lleva —ha añadido.

Mi primer impulso fue pasar del tema y marcharme, pero el insurgente que vive dentro de mí se rebeló y sin pensarlo demasiado le espeté:

—¿Y por qué tengo que pesarlo yo y no lo pesas tú?

Su mirada me desnudó. Había cola en la caja, pero me daba igual. Allí me quedé plantado esperando su respuesta.

—Por que eso lo hacen los clientes, yo no tengo por qué hacerlo.
—¿Tú tienes el carné de manipulador de alimentos? —le enchufé directamente.
—Por supuesto—. Su mirada era casi furibunda, nerviosa al observar la cola impaciente crecer.
—Pues yo no. Así que no tengo por qué saber ni cómo se pesa ni que teclita pulsar. A tí te pagan por tu trabajo y a mí no. Piénsalo antes de tener esa actitud. 

En cualquier frutería te pesan la fruta y te la meten en la bolsa. Al hacerlo yo, te estoy quitando trabajo a ti a cambio de nada.
La chica sin mirarme tan solo replicó: —¿Efectivo o tarjeta?
Pagué tras neutralizar a mi insurgente interior y me marché.

Tú, querido lector, no eres consciente de las horas de tu vida en que trabajas para otros sin cobrar un céntimo.

La cajera no tiene culpa alguna. hace lo que dicen. Pero yo tampoco la tengo y el hecho me ha hecho reflexionar. Y he llegado a la conclusión de que estoy hasta los web0s.

Voy a la gasolinera y me echo yo la gasolina sin tener carné de manipulador de combustibles y me mancho las manos a cambio de nada, voy al banco y me dicen que mejor use la aplicación para obtener un certificado de la cuenta, voy al médico y no me exploran, sino que el médico se dedica a mirar su monitor y a teclear, voy a una administración pública y me dicen que pida cita y les mande los documentos por la web... y así podría seguir poniendo ejemplos.

Son ladrones de tu tiempo como lo es ocupar más espacio en tu cocina para separar los residuos y tirarlos cada uno a su contenedor y que luego el camión de la basura lo mezcle todo (visto por mis ojitos) o soportar anuncios en Prime Video después de que has pagado religiosamente la suscripción.

El remate ya ha sido en mi (ahora ex) facultad que ha elaborado una app para que el profesorado se encargue de escanear los justificantes de gasto, los suba en el orden establecido, introduzca todos los datos (decenas) y supervise que todo está correcto para que el Personal de Administración y Servicios (PAS) se lo encuentre todo ordenado y tan solo tenga que pulsar el botón de Bien o Mal. Si sale mal eres tú el encargado de corregirlo.

Son ladrones de tu tiempo como lo es ocupar más espacio en tu cocina para separar los residuos.

Yo no he opositado a PAS (quizás viviría mejor si lo hubiera hecho) y nadie me paga por hacer burocracia, pero la trampa de las apps me traslada a mí ese trabajo sin eliminarme el de dar clase, investigar y evaluar. Quizás debería llevar a secretaria el tocho de exámenes corregidos para que el administrativo de turno meta las notas en el acta. Pero ¿qué pasaría? Pues que me diría que esa tarea no entra dentro de sus obligaciones.

¿Y sí que entra en las mías rellenar formularios que deberías rellenar tú?

George Ritzer tenía razón. Vamos al MacDonalds, hacemos cola, pagamos antes de obtener la comida, nos sentamos en mesas incómodas sin mantel ni cubiertos, limpiamos la mesa y encima estamos agradecidos.
En política, nos tragamos decretazos, mentiras, corrupción, polarización, invasiones, muertes en la vía, inflación y falsas promesas de la misma manera que devoramos una hamburguesa que quita el hambre pero no nutre, ni es sana.

A partir de ahora compraré la fruta solo en fruterías...



ritzer-george-la-mcdonalizacion-de-la-sociedad.pdf by Edson Carbajal Moran


lunes, 5 de octubre de 2026

LIBRO "LAS REDES DEL CAOS": 🖧 LA HISTORIA SECRETA DE CÓMO LAS REDES SOCIALES EMPOBRECEN LA MENTE Y EROSIONAN EL MUNDO por MAX FISHER

 
LAS  REDES  
DEL  CAOS
🖧
La historia secreta de cómo 
las redes sociales 
empobrecen la mente y 
erosionan el mundo

Un portentoso trabajo de investigación periodística que revela qué se esconde tras los likes y la aparente frivolidad de las redes sociales, al tiempo que describe una sociedad peligrosamente a merced de unos gigantes tecnológicos que eluden cualquier principio ético ante la perspectiva del lucro.
En 2018, un grupo de investigadores descubrió que el algoritmo de YouTube podía identificar correctamente un vídeo de un niño semidesnudo y determinar que esa característica era el atractivo de la grabación, al tiempo que lo promocionaba entre usuarios que buscaban contenido pedófilo. En Facebook tardaron poco en darse cuenta de que los usuarios pasaban muchas más horas en su página cuando las informaciones que leían sobre vacunas eran alarmistas o conspirativas, con lo que no dudaron en promocionar ese tipo de publicaciones, en especial entre grupos de madres.

Las redes sociales son probablemente el mayor experimento colectivo de la humanidad y su influencia es mucho más profunda de lo que imaginamos. Nuestras mentes, hijos y democracias están a merced de una industria carente de toda ética cuyo único objetivo parece ser apropiarse de nuestro tiempo y atención.
Basándose en años de reportajes en todo el mundo, Max Fisher cuenta la historia de cómo Meta, Twitter, YouTube y otras redes sociales han explotado la fragilidad psicológica de sus usuarios para crear algoritmos que potencien la radicalización, el extremismo y la violencia. Todo ello con un único objetivo: maximizar sus beneficios y la cuenta de resultados de sus empresas.

PRÓLOGO

Consecuencias

Entrar en la sede central de Facebook puede parecer como entrar en el Vati­cano: un centro de poder rodeado de hermetismo y opulencia que abochor­naría a cualquier oligarca ruso. La empresa destinó 300 millones de dólares solo a la construcción del número 21, una espaciosa plaza de acero y cristal formada por jardines, patios y restaurantes gratuitos que visité a finales de 2018. Entre reuniones, me llamó la atención un mural de dos pisos de altura que había en un muro trasero, pues me recordó a un famoso artista chino al que poco antes se le había dedicado una exposición en el Museo Guggen­heim. Pregunté a la responsable de relaciones públicas que me acompañaba durante la visita si habían pintado el muro a propósito, imitando el estilo de ese artista. Ella sonrió con educación. No se trataba de una imitación. Habían traído al artista en avión expresamente para que pintara un original en los muros de Facebook. Y lo mismo con otros muchos artistas. A todo mi alre­dedor, programadores con un sueldo magnífico iban ajetreados de aquí para allá por pasillos adornados con murales de un valor incalculable.

Dentro de mi mochila, entre varias libretas, estaba mi tique de entrada: más de 1.400 páginas de documentos internos, procedentes de zonas de todo el planeta, que ponían al descubierto cómo la mano invisible de Facebook establecía los límites de lo aceptable en política y en los discursos para 2.000 millones de usuarios de todo el mundo. Para el trabajador que me los había filtrado, los archivos eran una prueba de la negligencia y los atajos de la com­pañía para intentar frenar el creciente revuelo internacional que, según él, los productos de la empresa agravaban o incluso provocaban. Para mí, eran mucho más que eso. Eran una ventana que permitía ver qué opinaban los di­rectivos de Facebook sobre las consecuencias de la aparición y el crecimiento de las redes sociales.

Como otras muchas personas, de entrada yo había supuesto que los peligros de las redes sociales provenían sobre todo del mal uso que de ellas hacían personajes malvados -propagandistas, agentes extranjeros o vende­dores de noticias falsas- y que, en el peor de los casos, las distintas plataformas eran una vía pasiva por la que discurrían problemas que la sociedad ya tenía de antes. Sin embargo, en casi todos los sitios a los que viajé por mi actividad periodística para informar sobre déspotas, guerras y revueltas de países lejanos, se vinculaban una y otra vez hechos extraños y extremos a las redes sociales. Unos disturbios repentinos, una nueva organización ra­dical o la creencia generalizada en alguna estrambótica conspiración: todo ello tenía un vínculo común. Y, a pesar de que en Estados Unidos aún no había estallado la violencia, las similitudes con lo que estaba ocurriendo allí eran innegables. Todas las semanas salía alguna noticia sobre una conspira­ción de Twitter que llegaba a la política nacional, una subcultura de Reddit que derivaba en el neonazismo o un adicto a YouTube que perpetraba una masacre.

Y la inesperada victoria de Donald Trump en 2016 se había atribuido, en parte, a las redes sociales. Aunque el papel de las plataformas aún se enten­día poco, ya era evidente que el ascenso de Trump se debía a unos nuevos y extraños movimientos de base y a unas opiniones muy polarizadas que proliferaban en internet, además de a unos agentes rusos que habían sacado partido de las tendencias de las redes sociales para distorsionar la realidad y reforzar la identidad. Ese patrón mundial parecía indicar algo fundamental de la tecnología, pero nadie era capaz de decirme qué era aquello exacta­ mente, por qué estaba sucediendo o qué significaba.

En el otro extremo del mundo, un joven al que llamaré Jacob -empleado de una de las muchas empresas a las que Silicon Valley subcontrata el trabajo sucio- albergaba más o menos las mismas sospechas que yo. Había hecho sonar todas las alarmas que había podido. Sus jefes le habían escuchado con preocupación, decía, incluso con solidaridad. Habían visto las mismas cosas que él. Había algo en el producto que supervisaban que estaba yendo peligro­samente mal.

Jacob, un chico delgado y amante de los libros, había crecido enamorado de internet y se había pasado años jugueteando con ordenadores. Aquellas tecnologías parecían representar lo mejor de Estados Unidos. Jacob admiraba mucho a magnates de internet como Mark Zuckerberg, director ejecutivo y fundador de Facebook, quien sostenía que conectar el mundo lo convertiría en un lugar mejor. Cuando Jacob encontró un trabajo en una empresa que revisaba contenido de usuarios de Facebook e Instagram, una de las varias agencias que la compañía subcontrata en todo el mundo, le pareció que em­pezaba a formar parte de la historia.

Cada día su equipo revisaba miles de publicaciones de todo el mundo y señalaba todas aquellas que incumplieran una norma o se pasaran de la raya. Él tenía la sensación de que era una tarea agotadora pero necesaria. No obstante, a lo largo de algunos meses de los años 2017 y 2018, se habían dado cuenta de que las publicaciones estaban cada vez más cargadas de odio, de conspiraciones y de extremismo. Y notaban que, cuanto más incendiaria era la publicación, más la difundían las plataformas. Les parecía que había un patrón, algo que se repetía en las decenas de sociedades e idiomas que tenían el encargo de supervisar.

Además, creían que su capacidad de frenar el odio y la incitación crecientes se veía limitada por lo mismo que supuestamente tenía que ayudarlos: los montones de reglamentos secretos que dictaban qué podían permitir en las plataformas y que tenían que eliminar. Para los más de 2.000 millones de usuarios de Facebook, estas normas son en su mayor parte invisibles. Están pensadas para que las plataformas sean seguras y civilizadas, y lo regulan todo, desde la frontera entre la libertad de expresión y los discursos de odio hasta los límites de los movimientos políticos permisibles. Pero a medida que los reglamentos se demostraron insuficientes para contener los perjui­cios que con frecuencia creaba la propia plataforma, y a medida que la super­ visión empresarial de esta parte -muy poco glamurosa- del negocio iba a la deriva, las guías internacionales habían ido ampliándose hasta convertirse en cientos de páginas confusas y a menudo contradictorias. 

Algunas de las más importantes -sobre cómo identificar el reclutamiento de terroristas o la supervisión de elecciones polémicas- estaban llenas de erratas, errores fácticos y vacíos legales obvios. La chapucería y las lagunas indicaban una peligrosa indiferencia por una labor que Jacob veía como una cuestión de vida o muerte, y eso en un momento en que las plataformas estaban repletas de un extremismo que cada vez más hacía derramar sangre en el mundo real. Tan solo unos meses antes, en Birmania, las Naciones Unidas habían acusado formalmente Facebook de permitir que su tecnología contribuyera a provo­car uno de los genocidios más atroces desde la Segunda Guerra Mundial.

Jacob anotó las conclusiones y las preocupaciones de su equipo para en­viarlas a instancias superiores. Pasaron meses. El aumento del extremismo en internet no hizo más que empeorar. Él iba todos los días al trabajo y esperaba delante de su ordenador a que llegase una respuesta de la sede cen­tral, en los lejanos Estados Unidos, pero nunca llegó. Jacob tuvo una idea. Consistiría en meterse dentro del sistema de seguridad en el trabajo, extraer a escondidas archivos confidenciales y filtrarlos al extranjero, y luego con­ vencer a los medios de que publicasen sus advertencias en su lugar: todo ello con la esperanza de hacer llegar la información a la pantalla de una persona: Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook. Jacob estaba seguro de que la distancia y la burocracia le impedían llegar a las personas responsables. Con que pudiera hablar con ellos, seguro que querrían arreglar las cosas.

Jacob se puso en contacto conmigo por primera vez a principios de 2018. Una serie de artículos míos en los que había investigado el papel de las redes sociales en el aumento de la violencia masiva en lugares como el pe­queño país asiático de Sri Lanka, le parecieron una confirmación de que los problemas que él había observado en la pantalla eran reales. Y que tenían unas consecuencias cada vez mayores y a veces mortíferas. Pero sabía que su palabra por sí sola no sería suficiente. Tendría que sacar a hurtadillas de los ordenadores de su oficina los reglamentos internos de la empresa y los do­cumentos sobre formación. No sería fácil -las máquinas estaban muy bien protegidas y las oficinas estaban monitorizadas de cerca-, pero era posible: un año antes, alguien había logrado hacer llegar algunos de los archivos a The Guardian y más adelante también se filtraron documentos a Vice News. Jacob creó un programa para sacar los archivos sin ser visto, encriptándolos y eliminando las huellas digitales con las que pudiera encontrarse su rastro o incluso que pudiera conducir hasta el país donde estaban ubicadas sus oficinas. Me envió algunos archivos mediante un servidor seguro. Al cabo de algunas semanas, me subí a un avión para ir a recoger el resto de los archivos y para reunirme con él.

Facebook, al saber lo que había obtenido, me invitó a su elegante sede central y me ofreció la posibilidad de entrevistarme con varios directivos de la empresa. Todos ellos eran profesionales tenaces. Algunos se habían gran­jeado una admirable reputación en Washington, en ámbitos como la lucha antiterrorista o la ciberseguridad, antes de sumarse a la fiebre del oro de Silicon Valley. Otros tenían un historial impresionante en el ámbito de los derechos humanos o la política. Nada tenían que ver con los hackers de garaje y los soñadores que no habían terminado los estudios que antes gobernaban las plataformas, aunque más adelante se vería a las claras que las ideologías y sesgos de residencia estudiantil de la primera época de Silicon Valley aún se defendían con una convicción casi religiosa en sus campus y seguían inte­grados en la propia tecnología que difundía esos mismos ideales al resto del mundo.

En mis conversaciones en la sede central de Facebook detecté un extraño patrón. Un ejecutivo me explicaba el desafío que consumía sus días: impe­dir que los terroristas reclutaran adeptos en la plataforma, ser más listo que los hackers de Gobiernos hostiles, determinar qué combinación de palabras constituía una inaceptable incitación a la violencia. Casi cualquier pregunta que formulaba, por sensible que fuese, daba lugar a una respuesta directa y matizada. Cuando un problema estaba por resolver, lo reconocían. Ninguno tuvo que comprobar sus notas para decirme, por ejemplo, cuál era la política de Facebook con respecto a las organizaciones independentistas kurdas o para explicarme sus métodos para elaborar las normas sobre los discursos de odio en tagalo.

Me preguntaba: con unos directivos tan meticulosos y ultracualificados, ¿por qué los problemas para los que articulan unas respuestas tan razonadas parecen ir siempre a peor? Cuando organizaciones pro derechos humanos alertan a Facebook de un peligro inminente salido de su plataforma, ¿por qué tan a menudo la empresa no actúa? ¿Por qué periodistas como yo, con tan poca capacidad de escudriñar las operaciones de la plataforma y una dimi­nuta parte de su personal o presupuesto, siguen publicando informaciones sobre atrocidades y sectas nacidas en Facebook que parecen cogerlos por sorpresa? Pero en algún momento de cada entrevista, cuando les preguntaba por los peligros causados no por personajes malvados que hacen un mal uso de la plataforma, sino por la plataforma en sí, era como si se levantase un muro mental.

«Los abusos que ves no son ninguna novedad -dijo la jefa de políticas internacionales de la compañía cuando le pregunté por las consecuencias de la plataforma-. Lo que es distinto en este caso es el poder de amplificación de algo como una red social». 
«Como sociedad, aún nos queda mucho para entender todas las consecuencias de las redes sociales», dijo el jefe de ci­berseguridad de la compañía dando a entender que el cambio principal pro­vocado por la tecnología había sido sencillamente reducir la «fricción» en la comunicación, lo cual permitía que los mensajes viajasen más deprisa y más lejos.

Aquella era una imagen extrañamente incompleta de cómo funciona Fa­cebook. En la empresa, muchos parecían casi no ser conscientes de que los algoritmos y el diseño de la plataforma configuran de forma deliberada las experiencias y los incentivos de los usuarios y, por tanto, a los propios usuarios. Estos elementos son el núcleo del producto, la razón por la que cientos de programadores iban de un lado para otro mientras hablábamos. Era como entrar en una fábrica de cigarrillos y que los directivos te dijesen que no entendían por qué la gente se quejaba de los efectos sobre la salud de las cajetillas de cartón que ellos vendían.

En un momento dado, mientras hablaba con dos empleados que supervisa­ban la respuesta ante las crisis, dejé a un lado el modo periodista y los alerté de algo preocupante que había visto. En países de todo el mundo estaba aflo­rando un rumor espantoso, de forma al parecer espontánea, en Facebook: que unos misteriosos forasteros secuestraban niños locales para convertirlos en esclavos sexuales y extraerles los órganos. Las comunidades expuestas a ese rumor estaban respondiendo de maneras cada vez más peligrosas. Cuando a través de Facebook y WhatsApp el rumor llegó a una zona rural de Indonesia, por ejemplo, en nueve aldeas se habían formado turbas que habían atacado a transeúntes inocentes. Era como si ese rumor fuera algún virus misterioso que convertía comunidades normales en muchedumbres sanguinarias, y aquello parecía salir dela propia plataforma. Los dos emplea­ dos de Facebook escucharon y asintieron con la cabeza. Ninguno preguntó nada. Uno comentó de paso que tenía la esperanza de que, algún día, una ins­tancia independiente investigase cosas como aquellas, y luego cambiamos de tema.

En cualquier caso, en Facebook siguieron apareciendo versiones del rumor. Una versión estadounidense, que había surgido primero en el tablón de men­sajes 4chan bajo la etiqueta «QAnon», había llegado poco antes a Facebook como una cerilla a un charco de gasolina. Más adelante, cuando QAnon se convirtió en un movimiento con decenas de miles de seguidores, un informe interno del FBI lo identificó como una amenaza terrorista nacional. Durante todo el proceso, los motores de recomendación de Facebook fomentaron los grupos de QAnon hasta alcanzar enormes cifras de lectores, como si ese no fuera sino otro club más, con lo cual contribuyeron a agrandar la conspira­ción hasta que tuvo el tamaño de un partido político minoritario, al parecer por ninguna otra razón que los clics continuos que generaba el contenido de QAnon.

No obstante, dentro de los muros pintados de Facebook, el convencimiento de que el producto era algo positivo parecía inquebrantable. El ideal funda­ mental de Silicon Valley según el cual hacer que la gente pase más y más tiempo conectada a internet enriquecerá su mente y hará del mundo un lugar mejor estaba muy extendido entre los ingenieros que crean y mol­dean los productos. 
«A medida que la plataforma llega a más países y más personas, aumentan los riesgos -afirmó una ingeniera veterana sobre el importantísimo canal de noticias de Facebook-. Pero también creo que hay mayores oportunidades para que la gente esté expuesta a nuevas ideas.» Y me aseguró que eliminarían cualquier riesgo derivado de la misión de la pla­taforma de maximizar la participación de los usuarios.

Más adelante me enteré de que, poco antes de mi visita, varios investiga­ dores de Facebook --designados por la empresa para estudiar los efectos de su tecnología en respuesta a las sospechas crecientes de que el sitio podía estar empeorando las divisiones políticas en Estados Unidos- habían aler­tado a nivel interno de que la plataforma estaba haciendo justo aquello de lo que los ejecutivos de la compañía, en nuestras conversaciones, habían hecho caso omiso. 

«Nuestros algoritmos sacan provecho de la atracción del cerebro humano por la división», alertaron los investigadores en una presentación de 2018 que luego se filtró al Wall Street Journal. De hecho, decía también la presentación, los sistemas de Facebook estaban diseñados de tal forma que ofrecían «un contenido cada vez más divisivo para captar la atención de los usuarios e incrementar el tiempo que estos pasaban en la plataforma». Los ejecutivos guardaron el estudio en un cajón y rechazaron gran parte de las recomendaciones que en él se hacían. 

Esos consejos habrían consistido en modificar los sistemas de promoción que elegían lo que ven los usuarios y podrían haber reducido el tiempo que pasaban conectados. La pregunta que yo había traído a los pasillos de Facebook -¿cuáles son las consecuencias de hacer pasar una porción cada vez mayor de la política, la información y las relaciones sociales humanas a través de unas plataformas de internet dise­ñadas expresamente para manipular la atención?- allí era un absoluto tabú. Los meses posteriores a mi visita coincidieron con lo que fue el periodo de mayores críticas públicas de la historia de Silicon Valley hasta entonces. Los gigantes de las redes sociales tuvieron que comparecer ante el Congreso estadounidense, se vieron forzados a aceptar leyes extranjeras, multas multimillonarias y amenazas de fragmentación forzosa. Los personajes públicos se referían de forma habitual a las compañías como una de las mayores ame­nazas de nuestro tiempo. En respuesta a eso, los directivos de las empresas se comprometieron a hacer frente a los daños que emanaban de sus servicios. Inauguraron salas donde se controlaría la integridad de las elecciones y actualizaron sus políticas de revisión de contenidos. Pero su modelo de negocio -mantener a las personas pegadas a sus plataformas cuantas más horas al día mejor-y la tecnología subyacente desplegada para alcanzar este objetivo no cambiaron casi nada. Y mientras los problemas que habían prometido re­solver no hacían más que empeorar, ganaban más dinero que nunca.

La nueva década trajo una ola de crisis. La pandemia del coronavirus, conflictos raciales en Estados Unidos, el ascenso meteórico de una nueva ex­ trema derecha violenta y el intento de destrucción de la propia democracia estadounidense. Todas esas crisis pusieron a prueba la influencia de las pla­taformas en nuestro mundo. O la pusieron al descubierto, ya que sacaron a la luz ramificaciones que llevaban años formándose.

En verano de 2020, una auditoría independiente de Facebook -encargada por la compañía ante la presión de organizaciones de derechos civiles- llegó a la conclusión de que la plataforma era todo lo que sus ejecutivos me habían insistido en que no era. Sus políticas permitían una desinformación descon­trolada que podía alterar elecciones. Sus algoritmos y sistemas de recomen­ dación estaban «conduciendo a los usuarios hacia cámaras de resonancia en las que se potenciaba el extremismo», lo cual les enseñaba a odiar. Pero quizás lo peor de todo era que el informe concluía que la empresa no entendía cómo sus productos afectaban a sus miles de millones de usuarios.

Sin embargo, había unas pocas personas que sí lo entendían y, bastante antes de que muchos de nosotros estuviéramos preparados para oírlo, inten­taron alertarnos. La mayoría empezaron siendo unos verdaderos creyentes obsesionados con la tecnología, algunos formaban parte de Silicon Valley, motivo por el cual precisamente estaban mejor situados para darse cuenta pronto de que algo estaba yendo mal, para investigarlo y evaluar las conse­cuencias. Pero las empresas que afirmaban que querían entender esas ideas obstaculizaban sus iniciativas, cuestionaban su reputación y ponían en duda sus conclusiones, hasta que en muchos casos las empresas se vieron forzadas a admitir, aunque fuera solo de forma implícita, que quienes habían hecho sonar las alarmas tenían razón desde el principio. Hicieron su trabajo, al menos de entrada, de forma independiente, empleando métodos muy distin­tos para abordar la misma pregunta: 
¿cuáles son las consecuencias de esta tecnología? Este libro trata sobre la misión de responder a esta pregunta, y está narrado, en parte, a través de las personas que la llevaron a cabo.

Se demostró que la creencia popular inicial de que las redes sociales fo­mentan el sensacionalismo y la ira, aunque era cierta, se quedaba muy corta. Una cantidad cada vez mayor de pruebas, recogidas por muchos académicos, periodistas, informantes y ciudadanos preocupados, hace pensar que sus efectos son mucho más profundos. Esta tecnología ejerce tal influencia en nuestra psicología y nuestra identidad, y es tan omnipresente en nuestras vidas, que cambia nuestra manera de pensar, comportamos y relacionarnos unos con otros. El efecto, multiplicado por miles de millones de usuarios, ha sido la transformación de la propia sociedad.

No se puede culpar a Silicon Valley de las flaquezas psicológicas que nos llevan a hacer daño a los demás o a actuar contra nuestros propios intereses. Ni de la profunda polarización cultural, en Estados Unidos y en otras partes, que allanó el camino para convertir esos nuevos espacios en campos para el conflicto partidista, donde se destruye todo sentido compartido de bienestar o realidad. Ni siquiera puede culparse a las compañías más grandes de Silicon Valley del modelo de financiación del sector de la alta tecnología que permitió su aparición, que consiste en ofrecer inversiones multimillonarias a veinteañeros con dificultades sociales y luego exigirles una rentabilidad in­ mediata y exponencial, sin que importen mucho los obscenos incentivos que eso genera. 

Aun así, esas compañías acumularon algunas de las mayores for­tunas empresariales de la historia sacando provecho de esas tendencias y de­bilidades, en un proceso que ha dado lugar a una época totalmente nueva de la experiencia humana. Las consecuencias -aunque, visto desde el presente, parecen casi previsibles al cien por cien, si alguien se hubiese tomado la molestia de prestar atención- quedaban escondidas detrás de una ideología según la cual las personas serían más felices y libres si pasaban más tiempo en internet. Y quedaban ocultas también detrás de una cepa del capitalismo de Silicon Valley que promueve una subcultura de ingenieros contestataria, descarada y casi mesiánica para dirigir las empresas que gobiernan nuestras mentes.

Cuando se presionó a esas compañías para que se comportasen, al menos en parte, como las instituciones de Gobierno de facto en las que se habían convertido, terminaron en el centro de crisis políticas y culturales de las que eran culpables parciales. Siendo benévolos, podríamos calificar el arbitraje de una democracia empeñada en su propia destrucción como una labor ingrata: si las compañías no hubieran alcanzado posiciones de tanto poder, no se habrían negado a asumir responsabilidades hasta que se les forzó a hacerlo a punta de pistola regulatoria y, en casi cada etapa del proceso, no habrían puesto en riesgo el bienestar de sus usuarios para seguir generando miles de millones de ingresos mensuales. Puesto que los gigantes de las redes sociales tenían pocos incentivos para afrontar el coste humano de sus imperios -un coste asumido por el resto de las personas, igual que un pueblo situado en el tramo inferior de un río en el que una fábrica desecha residuos tóxicos en su pozo comunitario-, tendrían que hacerlo en su lugar decenas de personas alarmadas externas al sector y desertores de Silicon Valley.

VER+:


sábado, 3 de octubre de 2026

LIBRO "LOS MAGOS DE LA OSCURIDAD": LOS SEÑORES DEL PODER: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y TECNOCÉSARES por CRISTINA MARTÍN JIMÉNEZ


LOS  MAGOS  
DE  LA  
OSCURIDAD

Los nuevos señores del poder:
inteligencia artificial y tecnocésares

Una denuncia de las élites tecnológicas que aspiran a rediseñar la sociedad, concentrar el poder y decidir el destino de millones de personas.
¿Y si la revolución tecnológica que vivimos no estuviera cons­truyendo un futuro mejor, sino preparando un nuevo sistema de poder basado en el control, la vigilancia masiva y la guerra?
¿Y si figuras supuestamente comprometidas con el progreso de la humanidad, como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Peter Thiel o Alex Karp, estuvieran impulsando la lla­mada «Ilustración Oscura», un movimiento que propone el re­greso a unas estructuras políticas antidemocráticas y totalitarias, en las que la inteligencia artificial sea «el ojo que todo lo ve» y «la mente que todo lo decide», destruyendo nuestro conoci­miento y los avances de la civilización?
Cristina Martín Jiménez desvela los planes de la nueva élite del poder que, carente de códigos éticos y morales, está po­niendo en jaque las democracias y aspira a sustituirlas por un modelo de gobierno totalitario controlado por una minoría privi­legiada. Una transformación que amenaza la libertad, la igualdad, la justicia, la ciencia y el conocimiento que, en última instancia, conduce a la aniquilación de la esencia del ser humano.

INTRODUCCIÓN

Creo que una de las cosas más subversivas 
que uno puede hacer en nuestra sociedad 
es tratar de pensar por uno mismo.
 PETER THIEL

En marzo de 2016, por las vibrantes calles de Roma comenzaron a correr extraños rumores acerca de la llegada del Anticristo. No, no me lo estoy in­ventado... Y no hacía falta que lo anunciara ningún periódico. Roma siempre ha tenido sus propios canales de información: los pasillos, las sacristías, los cafés, las sombras del Vaticano y esa mezcla tan italiana de fe, miedo y po­lítica. Mientras el mundo moderno fingía haber enterrado las profecías bajo capas de progreso, allí, en la ciudad que ha visto caer imperios, coronar Papas y ocultar secretos, volvía a pronunciarse una palabra que nunca desaparece del todo: Anticristo.

El protagonista de aquella escena no era un predicador descalzo ni un iluminado de plaza pública. El magnate estadounidense Peter Thiel, uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta, se paseaba por la Ciudad Eterna, henchido de orgullo y envuelto en un secretismo casi litúrgico, anun­ciando su particular «buena nueva» a todo aquel que quisiera escucharla. Mejor dicho, al reducido grupo de elegidos que tuvieron la dicha de asistir a las charlas de este nuevo y oscuro «profeta» de nuestro tiempo. Ni el lugar exacto de los encuentros ni la lista de invitados fueron revelados pública­ mente. Tampoco se permitió el uso de teléfonos móviles ni de dispositivos de grabación en las sesiones, no vayamos a confundir la «palabra de Belcebú» con un irrelevante concierto de Rosalía o de Taylor Swift. Hay misterios que deben protegerse del vulgo.

Resulta difícil no reparar en el escenario elegido para hablar de esta especie de Apocalipsis 2.0. Roma, con sus ruinas, sus iglesias, sus símbolos impe­riales, sus mármoles y sus pasillos de poder. Roma, la ciudad en la que se tejieron algunos de los hilos más enraizados de la civilización occidental y a escasos metros del Estado del Vaticano, sede central del gobierno de la Iglesia católica y residencia de los Papas desde 1377. Nada era casual. En hombres como Thiel, casi nada lo es y la puesta en escena también forma parte del mensaje. Porque Peter Thiel no solo acumula fortunas; también acumula re­latos. Y sabe perfectamente que, en nuestro tiempo, quien controla el cuento controla mucho más que una conversación; controla el marco mental desde el que millones de personas interpretarán el mundo. Mientras unos siguen creyendo que el poder se ejerce desde los Parlamentos, otros llevan años ejerciéndolo desde los medios de comunicación, las universidades, los fon­ dos de inversión, los laboratorios de microdatos, las empresas de seguridad y las tecnologías aplicadas a la guerra. Palantir Technologies, su criatura más conocida, no es precisamente una anécdota en esta historia. Es una pista. Y bastante luminosa.

Si vas a diseñar un nuevo mundo, necesitas un nuevo relato, mejor aún, toda una Biblia. ¿Y dónde mejor que Roma para a escribirla? ¿Dónde poner el primer ladrillo de su «Tecnópolis» sino en el corazón del símbolo, en el alma del imperio que inspiró a los posteriores? Consciente de que toda civilización necesita una cosmogonía fundacional, el «tecno-san Pedro» -Peter es Pedro en inglés; hasta en su nombre hay símbolo- sabe que no basta con levantar una nueva estructura de poder: necesita una fe, un dogma, una promesa de salvación y un enemigo al que combatir y condenar. El nuevo Pedro ya no edificará su Iglesia sobre la roca, sino sobre el silicio.

El caso es que la fecha sigue conectando con imperios antiguos, ciudades sagradas y guerras de poder. Apenas unos días después de que, el 28 de fe­brero, la Administración Trump y el Gobierno de Benjamín Netanyahu bombardearan Irán, Peter Thiel se preparaba para hablar del fin de la civilización, del fin de la democracia, del fin de la religiosidad y la espiritualidad, del fin de la libertad y de la justicia... En definitiva, del fin del ser humano como prota­gonista de progreso y de vida. Lo interesante es que, por lo poco que sabemos, Thiel y sus seguidores hablan de la llegada del Anticristo como una amenaza que nada tiene que ver con ellos -ni con sus empresas ni con el mundo que están construyendo-y dela que, por tanto, debemos protegernos. Es decir, nos alertan de que el Maligno está a la vuelta de la esquina y de que debemos prepararnos. Seríamos tontos si no lo hiciéramos. A fin de cuentas, como dice el refrán, el que avisa no es traidor. A la humanidad le espera un futuro pla­gado de lacras y sufrimiento-nos viene a decir Thiel-, a no ser que optemos por ceder nuestra dignidad y nuestra capacidad crítica para someternos a los designios de quienes saben lo que está sucediendo -o está a punto de suce­der- y, sobre todo, lo que nos conviene. La vieja táctica de todos los poderes ilegítimos: asustar primero para decretar después. Presentar la obediencia como protección. Convertir la sumisión en prudencia y vender la jaula como refugio. Él lo explica con una solemnidad calculada:

En nuestro presente hay fuerzas incesantes, más o menos ocultas, comprome­tidas en destruir lo que queda del Occidente que nos es querido e hipotecar el des­tino de la humanidad y su dignidad.

La frase suena grave. Incluso hermosa, si uno no la mira demasiado de cerca. Pero conviene hacerse algunas preguntas. ¿Cuáles son exactamente esas «fuerzas incesantes y ocultas» a las que se refiere Thiel? ¿De qué modo se «hará carne» el Anticristo? ¿Y en qué rostro podremos reconocerlo? ¿En el del político, en el del regulador, en el del crítico, en el del ciudadano que todavía se atreve a preguntar?

No es fácil responder a estas cuestiones porque al secretismo se añade una jerga pseudoteológica difícil de descifrar. Pero el fondo empieza a distin­guirse con bastante nitidez. Para Thiel, el Anticristo no parece ser la deshu­manización tecnológica, ni la vigilancia masiva, ni la concentración obscena de poder en unas pocas compañías privadas, ni siquiera la conversión de la vida humana en datos explotables. No. Para Thiel, el Anticristo es todo lo contrario de lo anterior: cualquier intento de limitar o cuestionar el avance tecnológico.

El Anticristo puede ser un Gobierno que pretenda regular el uso de las redes sociales. Puede ser un legislador que pregunte qué se hace con los datos de millones de ciudadanos. Puede ser un usuario de ChatGPT que denuncie que la información ofrecida por la inteligencia artificial es incorrecta, ses­gada o directamente falsa. Puede ser un periodista incómodo. Un profesor crítico. Un juez. Un Parlamento. Una ley. El Anticristo puedes ser tú.

Dicho de otro modo: para uno de los hombres más poderosos de la Tierra, el Maligno se encarna en todo aquel que le lleve la contraria o le critique y, por si alguien se atreviera a dudar, en la democracia en su conjunto, porque -a pesar de todos sus defectos y corrupciones- la democracia exige delibe­ración, límites, controles y responsabilidad, y es el sistema que mayor pen­samiento crítico y regulación requiere para funcionar. Es decir, todo aquello que molesta profundamente a quienes prefieren un mundo gobernado por la velocidad del dinero, la opacidad de los algoritmos y la ley del más fuerte.

No deja de ser fascinante observar que los mismos que convierten la liber­tad en un dato, la identidad en un perfil -o en una variable sociológica- y la política en una arquitectura invisible de control nos pidan que confiemos en ellos para salvarnos del mal. Porque lo que Peter Thiel calla es que, en realidad, quienes están «hipotecando el destino de la humanidad y su dig­nidad» son él mismo y toda la tribu de tecnocésares que planean convertir su palabra «divina» en hechos. Y para ello, cómo no, recurren a esta suerte de «mensaje» pseudorreligioso que parece ser el resultado de una borrachera delirante. Saben bien que «la fe mueve montañas» y, sobre todo, que los principios religiosos y civilizatorios, como la justicia, la bondad, el amor y el respeto al prójimo promueven conductas éticas y morales que moldean las normas sociales y las decisiones políticas de los Estados. Conceptos pasados de moda, piensan Peter Thiel y sus compañeros de farra nocturna. Ya hemos tenido bastante amor y respeto al prójimo durante dos milenios. Ahora ha llegado el momento de crear nuevos dioses a los que adorar y nuevos tiranos a los que obedecer. Y se han puesto manos a la obra.

En resumidas cuentas, de lo que se trata es de crear el caldo de cultivo adecuado para imponer una agenda plutocrática dirigida a acabar con las formas de gobierno tradicionales -democracia o dictadura- y sustituirlas por la tiranía de las élites tecnológicas y económicas, carentes del menor có­digo ético o moral. Y para ello, qué mejor que construir y difundir una nueva teoría -con tintes religiosos- que dé sustento a sus macabros planes de dominio. A fin y al cabo, en eso consiste la llamada «Ilustración Oscura», un movimiento reaccionario que propone un retorno a construcciones sociales y formas de gobierno -basadas en las monarquías absolutas- propias del Antiguo Régimen y la Edad Media, como el feudalismo y el vasallaje. Eso sí, con ellos, los tecno-oligarcas, en la cima, como dueños y señores del Orbe, de­cidiendo cómo hemos de pensar, sentir y comportarnos todos los demás.

En realidad, y como veremos en las siguientes páginas, los creadores y ejecutores de esta macabra teoría del apocalipsis obedecen a la misma fuerza motora que ha guiado el mundo desde sus inicios: la sed de poder... y el miedo a perderlo. No les basta con haber acumulado millones de dólares volviéndonos a todos adictos a las redes sociales y a sus productos tecnoló­gicos, sino que ahora aspiran a atemorizarnos con la llegada del Anticristo si no nos sometemos a sus planes de aniquilación. Porque, en última instancia, el objetivo es acabar con el libre albedrío que nos define como humanos para construir un «Estado mundial en red» dirigido por los tecno-oligarcas de Silicon Valley y por empresas que, como Palantir, controlan todos nues­tros datos y, a través de modelos de inteligencia artificial, nos espían -como ocurre con el famoso ICE (Servicio de Control de Aduanas e Inmigración de Estados Unidos), encargado de vigilar y expulsar a los migrantes que pre­viamente introdujeron como experimento geopolítico-, nos evalúan y nos condenan al exterminio ya la guerra. Pero Thiel también tiene miedo. ¿A qué teme? A perder sus 27.000 millones de dólares y a morir. Ni siquiera en la Ciudad Eterna entendió que él también es mortal.

En las siguientes páginas haremos un recorrido por las sombras más os­ curas del poder, por ese vasto territorio que ni se ve ni se oye abiertamente, aunque lo cierto es que su inconfundible hedor nos llega a todos. Mientras escribo estas páginas, me entero de que el ideario político de Palantir Technologies se resume en una de las noticias más llamativas que ha abierto un informativo en la televisión: «Mili universal y obligatoria, la tecnología al servicio de la guerra, impunidad para los líderes y la religión interviniendo en la política». O sea, que ya no se esconden, porque, como les ocurre a los gánsteres, su soberbia les impide mantener en secreto sus fechorías durante demasiado tiempo y siempre terminan presumiendo de sus conquistas. Ellos tienen el poder, así que ¿para qué seguir ocultándolo? Como veremos, esta siniestra y opaca compañía colabora directamente con Donald Trump, Ben­jamín Netanyahu, la OTAN, la Unión Europea y los Gobiernos de Ucrania y de muchos países de Hispanoamérica -aunque habría que preguntarse quién colabora con quién y quién rinde cuentas a quién- en sus aventuras bélicas, actuando como el cerebro de inteligencia artificial encargado de seleccionar los objetivos automáticamente, ya sea un enclave militar oculto en las mon­tañas, ya seamos nosotros en el salón de nuestras casas. Es decir, estamos ante la empresa encargada de sembrar la muerte y la destrucción donde más daño provoque.

No nos engañemos: la mal llamada guerra de Irán en ningún momento buscó acabar con el régimen de los ayatolás y llevar la democracia y el res­ peto por los derechos humanos a la principal potencia islámica de la región. La conquista del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, es sin duda una pieza codiciada del tablero. Pero ahí no termina la partida. No. La guerra, en realidad, no es solo contra la soberanía de los iraníes, sino contra todos nosotros: contra nuestra libertad, contra nuestros valores, contra nuestra capacidad de pensar, opinar y decidir.

•••

Tecnología versus ser humano. Inteligencia artificial versus inteligencia humana. Tecnotiranía versus democracia, justicia y derechos humanos... Sé que parece una distopía, pero es real y está pasando ahora. No se trata de que las máquinas se rebelen y actúen contra las personas por propia iniciativa, como ocurre en multitud de libros y películas de ciencia ficción -y como al­gunos pretenden hacernos creer-, sino de cómo unos cuantos humanos han configurado -y lo siguen haciendo- la «inteligencia» de las máquinas (la IA) para actuar contra la civilización, acabar con ella y, a continuación, cons­truir desde cero su nueva Tecnópolis.

De este pequeño grupo de humanos nos ocuparemos en este libro. Todos tienen en común que son hombres-me pregunto dónde quedan las mujeres en su esquema mental- que dominan y controlan la tecnología y que tie­nen un ilimitado afán de control e influencia política. Están asentados en el corazón más oscuro del poder y anhelan manejar a su antojo todos los hilos que mueven el mundo. Nos pueden parecer locos o, en el mejor de los casos, excéntricos, pero lo cierto es que sus planes -y las consecuencias de estos­ están pensados al milímetro.

En la primera parte hablaremos de algunos viejos conocidos, esos «chi­cos» de Silicon Valley que llegaron para quedarse y abrir una senda que tarde o temprano todos recorreríamos, pese a las consecuencias nefastas que ha traído consigo: adicciones, abusos, suicidios, crímenes, desinformación, censura, adoctrinamiento masivo... Personajes como Elon Musk (X, SpaceX, Neuralink, xAI y Grok) o Mark Zuckerberg (Meta; es decir, Facebook, Insta­gram, WhatsApp y ahora Meta Al) aparecieron en escena a finales del siglo xx y principios del XXI para cambiarnos a todos la existencia2.. En un abrir y cerrar de ojos se convirtieron en multimillonarios y sus decisiones comen­zaron a mover los cimientos de nuestras vidas con el uso masivo de Internet y las redes sociales. Pero aquello solo era el inicio... Faltaba el siguiente golpe, que ellos mismos, junto con otros «eminentes colegas» (Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, o Sundar Pichai, CEO de Alphabet y Google), se encargaron de dar: el desarrollo de la inteligencia artificial y, con ella, la construcción de un nuevo orden mundial cognitivo diseñado a su gusto. Ellos mandan, censuran, crean opinión, programan algoritmos, ponen y quitan Gobiernos, intervienen en elecciones, declaran guerras y manejan a su antojo a los líderes políticos que se ponen a tiro, hayan salido o no de las urnas.

Como compañeros inevitables de los «chicos» de Silicon Valley aparecie­ron otras figuras que supieron aprovechar la coyuntura para dictar su doc­trina. Me estoy refiriendo a esos otros magos de la oscuridad que, desde sus particulares «tecnopúlpitos», se encargan de teorizar, de convertir sus haza­ñas y aspiraciones en programas políticos y de justificar sus acciones cons­truyendo un marco pseudofilosófico que nos conduce irremediablemente a la nada. Me estoy refiriendo a personajes como Peter Thiel y Alex Karp (fundador y director general, respectivamente, de Palantir Technologies), y de Curtis Yarvin y Nick Land (padres ideológicos de la Ilustración Oscura), de quienes hablaremos en la segunda parte del libro. Todos ellos invierten millones de dólares, dan charlas, aconsejan, financian campañas políticas, escriben libros de éxito -o, en su caso, blogs en Internet con millones de seguidores-y, loquees más importante, introducen en nuestro imaginario colectivo cuál es la dirección que debe tomar el mundo y el papel que en él desempeñará el «tecnohumano» que diseñan.

Como en mis libros anteriores, lo que propongo a mis lectores es un acto de reflexión tras conocer los datos. Y los datos (y las biografías de los pro­tagonistas) hablan por sí mismos. El orden mundial surgido del final de la Segunda Guerra Mundial ha colapsado y, como ocurre con todas las caídas definitivas, estas traen catástrofes y, al mismo tiempo, oportunidades. Ellos predican las ruinas. Nosotros estamos llamados a responder, porque nos en­contramos en la antesala de una nueva era regida por un tecnofeudalismo voraz e insaciable.

Para los protagonistas de este libro, el ser humano es el principal obstáculo del progreso tecnológico, por lo que debe ser «superado» y «mejorado». Para ello cuentan con la biomedicina y la inteligencia artificial, una herramienta que no deja de crecer, que se alimenta de sí misma -y de nuestros datos y conocimientos- para construir un mundo sin alma, sin sentimientos, sin principios. Es la era del transhumanismo (nos detendremos en este asunto en la tercera parte del libro), esa que algunos visionarios ya nos anunciaron en sus novelas distópicas, como George Orwell y su 1984; Aldous Huxley y su Un mundo feliz, o la mismísima Mary Shelley y su maravilloso Frankens­tein o el moderno Prometeo.

Lo que parecía el producto de la más pura fantasía se está convirtiendo en realidad, una realidad inmoral e inquietante -por no decir aterradora- que debemos conocer para hacerle frente.

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jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». 

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE