EL Rincón de Yanka: MEDIOS

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viernes, 31 de julio de 2026

LIBRO "LA FÁBRICA DE CRETINOS DIGITALES": 📱📺💻 LOS PELIGROS DE LAS PANTALLAS PARA NUESTROS HIJOS por MICHEL DESMURGET

La fábrica 
de cretinos 
digitales:
Los peligros de las pantallas para nuestros hijos 


📱📺💻
El uso de tecnología — smartphones , ordenadores, tabletas— por parte de las nuevas generaciones es absolutamente desproporcionado. Con solo dos años de edad, el consumo medio se sitúa en torno a las tres horas. De los ocho a los doce, la media se acerca a las cinco horas. En la adolescencia, la cifra se dispara casi a siete horas, lo que supone más de dos mil cuatrocientas horas al año en pleno desarrollo intelectual. En contra de lo que la prensa y la industria han difundido hasta ahora, el uso de la tecnología, lejos de ayudar al desarrollo de los niños y estudiantes, produce graves complicaciones de toda índole: sobre el cuerpo (obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida), sobre las emociones (agresividad, depresión, comportamientos de riesgo) y sobre el desarrollo intelectual (empobrecimiento del lenguaje, concentración, memoria…). Esta es una obra de denuncia imprescindible para padres y pedagogos preocupados por el desarrollo de sus hijos y alumnos. El prestigioso experto en neurociencia Michel Desmurget propone la primera síntesis sobre los peligros reales de las pantallas y nos alerta sobre las graves consecuencias que conlleva seguir promoviendo de forma acrítica el uso de estas tecnologías.
PREFACIO

No hay que tranquilizarse pensando que
los bárbaros todavía están lejos de nosotros, 
pues si hay pueblos que se dejan quitar 
la cultura de las manos, 
hay otros que la ahogan bajo sus pies. 
ALEXIS DE TOCQUEVILLE, historiador y político

El consumo de dispositivos digitales —en todas sus formas: smartphones, tabletas, televisión... 
— durante el tiempo de ocio es absolutamente brutal entre las nuevas generaciones. A partir de los dos años de edad, los niños de los países occidentales se pasan casi tres horas diarias de media delante de las pantallas. Entre los ocho y los doce años, esa cifra asciende hasta alcanzar prácticamente las cuatro horas y cuarenta y cinco minutos. Entre los trece y los dieciocho años, el consumo roza ya las seis horas y cuarenta y cinco minutos. Si lo expresamos en términos anuales, estaríamos en torno a mil horas en el caso de los niños de educación infantil (es decir, más tiempo del que pasan en el colegio durante todo un curso), a mil setecientas horas en el de los alumnos de cuarto y quinto de primaria (o sea, dos cursos) y a dos mil cuatrocientas horas en el de los estudiantes de secundaria (dos cursos y medio). Si lo expresamos en proporción al tiempo diario en que los menores se encuentran despiertos, estaríamos hablando, respectivamente, de una cuarta parte, de una tercera parte y de un 40 % de su jornada. 

Muchos de los expertos que suelen intervenir en los medios de comunicación, lejos de alarmarse ante esta situación, parecen estar encantados: psiquiatras, médicos, pediatras, sociólogos, miembros de diversos grupos de presión, periodistas, etc., mantienen un discurso benévolo y tranquilizan a los padres y al público en general. Sostienen que estamos en una nueva era, que el mundo pertenece ya a los que califican de «nativos digitales» e, incluso, que el cerebro de los integrantes de esta generación posdigital ha cambiado (por supuesto, para mejor). Nos aseguran que es más rápido, más veloz en sus reacciones, más capaz de procesar los diferentes datos en paralelo, más competente a la hora de sintetizar enormes flujos de información, más apto para el trabajo en equipo. En último término, esta evolución supone, según ellos, una extraordinaria oportunidad para la escuela, una ocasión única para refundar la educación, motivar a los alumnos, alimentar su creatividad, poner fin al fracaso escolar y acabar con la brecha de las desigualdades sociales. 

Por desgracia, este entusiasmo general choca frontalmente con la realidad que retratan los estudios científicos publicados hasta la fecha: las investigaciones sobre el uso lúdico de las pantallas ponen de manifiesto la larga lista de sus efectos nocivos, tanto para los niños como para los adolescentes. Todos los pilares del desarrollo se ven afectados: desde lo somático, es decir, el cuerpo (con consecuencias para la maduración cardiovascular o el desarrollo de obesidad, por ejemplo) hasta lo emocional (con agresividad o depresión, entre otras secuelas), pasando por lo cognitivo, o sea, lo intelectual (con efectos sobre el lenguaje o la concentración, entre otros aspectos). Y lo más probable es que todos estos daños tengan un impacto en los resultados académicos. Es más, parece que las actividades digitales con fines didácticos que se realizan en clase tampoco son especialmente beneficiosas. En este sentido, las famosas evaluaciones internacionales PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos), es un estudio internacional realizado por iniciativa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que, de forma periódica, y sobre la base de unas pruebas estandarizadas, compara el rendimiento escolar en matemáticas, lenguas y ciencias de los estudiantes de diversos países) arrojan resultados que son, como mínimo, preocupantes. Recientemente, el padre de este programa reconoció incluso en una conferencia que, «en realidad, esto [refiriéndose a lo digital] empeora las cosas». 

A la luz de estas contradicciones, da la impresión de que ciertos actores del debate que aquí se plantea no son muy competentes (por no decir que no son especialmente honestos). 
¿Debería incluirme en este grupo de expertos fallidos? A juzgar por la cantidad de veces que mis mediáticos compañeros me han tildado de paranoico, exagerado, extremista, alarmista y parcial, cabría pensar que sí. La mala noticia es que, si este retrato que hacen de mí es fiel, no soy el único que está delirando: aquellos de mis colegas neurocientíficos que conocen la literatura especializada que expondré en esta obra se empeñan tanto en proteger a sus hijos como yo mismo. En esto, por cierto, no hacen más que seguir el edificante ejemplo de multitud de ejecutivos de la industria digital, entre ellos Steve Jobs, el antiguo y mítico presidente ejecutivo de Appel.  A lo mejor el problema no reside tanto en mi supuesta locura como en la forma en que se está abordando este tema en nuestra sociedad. No sería la primera vez que los intereses económicos sesgan la información. 

¿Quién miente, quién se equivoca y dónde está la verdad? Esta «revolución digital» ¿constituye realmente una oportunidad para los más jóvenes o bien se trata de una oscura dinámica de fabricación de cretinos digitales? En esta obra trataré de dar respuesta a estas preguntas. Para ello, empezaré sentando las bases del debate a través de un breve prólogo, en el que comprobaremos, por una parte, que no todas las afirmaciones tienen el mismo valor (la opinión y el conocimiento son dos cosas radicalmente distintas) y, por otra, que para evaluar el impacto de las pantallas hace falta algo más que «sentido común». 
A este prólogo le seguirán dos extensas partes. En la primera, titulada «Homo mediaticus», cuestionaré en profundidad el entusiasmo general de los discursos públicos y demostraré que, con demasiada frecuencia —incluso aunque excluyamos de nuestro análisis a esos defensores de lo digital que, a todas luces, están comprados —, se apoyan en bases sorprendentemente ligeras y poco sólidas. 
En la segunda, bajo el nombre «Homo digitalis», ofreceré una síntesis, si no exhaustiva, sí al menos profusa, del conocimiento científico actual acerca de los efectos del uso lúdico de las pantallas en el desarrollo de niños y adolescentes. En esa parte estudiaremos sus consecuencias sobre la salud, el comportamiento y la inteligencia. También entraremos en el tema del rendimiento escolar, lo que nos llevará a ampliar un poco nuestro enfoque para incluir en el análisis la cuestión del uso de dispositivos digitales en el aula. 

Antes de empezar, me gustaría añadir un último comentario: el objetivo de esta obra no es decirle a nadie lo que debe hacer, creer o pensar. Tampoco culpabilizar a los padres ni criticar sus prácticas educativas. Las páginas que siguen pretenden, única y exclusivamente, brindar al lector una información todo lo exacta y honesta que sea posible, por muy molesta o incómoda que resulte. A partir de ahí, le corresponderá a cada cual utilizar las herramientas facilitadas como quiera o como pueda.

PRÓLOGO
¿A QUIÉN DEBEMOS CREER?

Si no tienes datos, solo eres una persona más con una opinión.
ANDREAS SCHLEICHER, 
director de Educación de la OCDE

A menudo, cuando se aborda el tema del uso de los dispositivos digitales, los discursos que recibe la opinión pública son contradictorios. Sin embargo, por muy molesta que sea esta disonancia, no debe sorprendernos. En realidad, no es más que el reflejo de una realidad dual. Por un lado, están los intereses económicos: la historia reciente nos ha enseñado que, en el terreno de la información, el afán de lucro y la honestidad no suelen hacer buena pareja. El tabaco, los medicamentos, la alimentación, el cambio climático, el amianto, la lluvia ácida... La lista de precedentes ilustrativos es extensa. Por otro lado, hay que tener en cuenta la naturaleza «no selectiva» de este tema: para hablar de pantallas no es necesario tener conocimientos muy profundos, así que es habitual que se califique de «experto» al primer comentarista que llegue, sobre todo si cuenta con un título académico convincente, que lo habilite, por ejemplo, como psicólogo, psiquiatra, psicoanalista, médico, profesor, investigador, etc. 

En este contexto, la incoherencia que parece caracterizar el discurso mediático en torno a las pantallas se debe no tanto a una supuesta heterogeneidad de las conclusiones científicas en esta materia como a la escasa fiabilidad de los especialistas a los que se consulta. El objetivo de este prólogo es demostrarlo. 

EL«NIÑO MUTANTE» DE LOS EJÉRCITOS DE LA PROPAGANDA 

Al principio apareció el habilis, el humano hábil: un competente bípedo, primer maestro de las herramientas. Después, como coetáneo tardío de habilis, surgió el ergaster, el hombre artesano: cazador, recolector, conquistador del fuego y frenético migrante. Por último, apareció el sapiens, el humano sabio: agricultor, ganadero, edificador, inventor de la escritura, de los números, del cálculo y de las matemáticas, padre de la Ilustración, visitante de la Luna, señor del átomo, tallador de la Pietà, autor de Las contemplaciones, (Poemario de Víctor Hugo. (N. de la t.), redactor de la Declaración Universal de Derechos Humanos y creador del globo aerostático, de los pañales desechables y del bolígrafo. 

Para los paleontólogos, la evolución se ha detenido, de momento, en este punto. «Si ustedes quieren conocer a algún sucesor del sapiens , vuelvan dentro de unos cuantos millones de años», nos dicen estos mohínos señores. ¡Qué ignominia! Menos mal que aún quedan algunas mentes preclaras y críticas: sin esos faros visionarios, viviríamos engañados y nuestros ojos distraídos habrían pasado por alto «una de las rupturas históricas más importantes desde el Neolítico»; nos habríamos perdido «una verdadera mutación antropológica» o, más aún, «una revolución a escala de toda la humanidad». En definitiva, habríamos permanecido ciegos ante el fulgurante advenimiento de digitalis , el humano digital.

En la abundante literatura que existe ya sobre el tema, este prodigio de la evolución aparece bajo diferentes denominaciones. Algunas de ellas, nombres vernáculos, son hermosamente evocadoras: «millenials», «digital natives», «e-generation », «app generation», «net generation», «touch-screen generation» o, incluso, «Google generation». Otras, más abstractas, resultan menos transparentes: se habla en un tono casi místico de las generaciones «X», «Y», «Z», «C», «alfa» o «lol». Por favor, absténganse los aguafiestas de lanzar sus sombrías pullas. Hay que ser sumamente mezquino para ver en esta ingente variedad léxica la prueba de una debilidad conceptual. La disparidad del vocabulario en este caso no es más que un reflejo de la fabulosa sutileza de los conceptos analizados. Podemos estar seguros: las pruebas de que está apareciendo una nueva especie en el árbol genealógico de los homínidos son ya irrefutables. 

Se necesitaron millones de años para llegar hasta sapiens , pero hoy, por obra y gracia de un verdadero «tsunami digital», el ritmo de la evolución se ha acelerado endiabladamente. Así, nuestros descendientes se encuentran ya a las puertas de un nuevo horizonte. «Probablemente, como nos explican los especialistas en esta materia, nunca antes, desde que el primer ser humano descubrió cómo utilizar una herramienta, el cerebro de nuestra especie se había modificado con tanta rapidez y de un modo tan amplio [...]. El hecho de que el cerebro humano haya requerido de tanto tiempo para desarrollar semejante complejidad convierte a la actual evolución cerebral — que se está produciendo en una sola generación, como consecuencia de la alta tecnología— en algo absolutamente excepcional.» ¡Así es! Debemos saber que «en este preciso instante nuestros cerebros están evolucionando a una velocidad nunca antes vista». Además, no nos equivoquemos, nuestros hijos ya no son puramente humanos: se han convertido en «extraterrestres», en «mutantes»: «con una cabeza diferente [...], no vive[n] en el mismo espacio [...], no hablan la misma lengua». «Piensan y procesan la información de un modo esencialmente diferente al de sus predecesores.» «Han nacido con un ratón en una mano y un smartphone en la otra [...], son multitarea, saben hacer de todo y pasan con genialidad de una cosa a otra.»  Sus «circuitos neuronales están especialmente cableados para las ciberbúsquedas de fuego rápido». Gracias al efecto beneficioso de todo tipo de pantallas, su cerebro «se desarrolla de un modo diferente». 
«Ya no [tiene] la misma arquitectura», y en estos momentos está siendo «mejorado, aumentado, perfeccionado, amplificado (y liberado) gracias a la tecnología». Estos cambios son tan profundos y esenciales «que ya no hay vuelta atrás posible». 

Por supuesto, las polvorientas herramientas educativas del pasado no pueden ni de lejos competir con la potencia del demiurgo digital. Así nos lo recuerdan los medios de comunicación a través de artículos, reportajes y entrevistas. Ahora que «se ha desmentido la peligrosidad de las pantallas», la verdad puede, al fin, salir a la luz. «Las pantallas son buenas para los niños»; «los videojuegos de disparos [como Call of Duty] son buenos para el cerebro»; «jugar con la tableta es bueno para los bebés»; los videojuegos, incluso los más violentos, «mejoran el pensamiento crítico y la comprensión lectora»; para los más pequeños, la televisión es «una ventana manifiestamente abierta al mundo [y] una aliada de la imaginación»; en el terreno escolar, «gracias a los recursos digitales, nuestros niños ganarán en confianza y aprenderán a valorar la solidaridad y el trabajo en equipo. Saldrán del colegio con sed de aprendizaje y conocimiento, lo cual debería ser uno de los objetivos prioritarios de nuestro sistema educativo». En las aldeas más remotas de Etiopía, unos niños analfabetos a los que se ha proporcionado tabletas «consiguen aprender a leer sin pisar el colegio, mientras que otros en Nueva York, que sí van a la escuela, no alcanzan este nivel». 

Podríamos continuar encadenando estos enfáticos ditirambos durante centenares y centenares de páginas. La lista sería especialmente sencilla de realizar, considerando que ningún rincón de este planeta está libre de este torrente de elogios. De Europa a América, pasando por Asia u Oceanía, el discurso es siempre el mismo: para nuestros pequeños, el advenimiento de los dispositivos digitales es una bendición casi divina. Dado que «las pruebas apuntan, en su conjunto, a que esta generación es la más inteligente de todos los tiempos», quien aún albergue dudas al respecto debe de tener, por fuerza, una mente enferma y perniciosa. 

LAS VOCES DE LA DISCORDIA 

Sin embargo, todavía hay espíritus amargados que, por desgracia, y contra toda lógica aparente, insisten en rechazar los mandamientos hagiográficos del nuevo evangelio digital. De forma inexplicable, este despreciable grupo contestatario encuentra partidarios no solo entre los ciudadanos descerebrados. De hecho, incluye en su seno numerosas almas ilustradas: premios Nobel de literatura, periodistas, profesores de universidad, psiquiatras, doctores en psicología, investigadores de neurociencia, y personal sanitario que trabaja sobre el terreno (médicos, logopedas, psicólogos, etc.). 
Estas personas, que en su mayoría han estudiado atentamente la literatura disponible, nos explican que la juventud actual es, a todas luces, la generación «más estúpida»; que la actual «locura digital [es] un veneno para los niños»; que las pantallas resultan «nocivas para el desarrollo del cerebro»; que «las nuevas tecnologías nos contaminan» y «colocan al cerebro en una situación permanente de multitarea para la que no está diseñado»; que los adeptos de Internet «saben más y comprenden menos»; que «no, los niños etíopes no aprenden solos a leer con sus tabletas»; que no, que el frenético reparto de ordenadores portátiles entre los chiquillos de los países en desarrollo «no mejora sus competencias en lectura o matemáticas»; que sí, que la introducción de dispositivos digitales en el colegio es un «desastre», «una broma que ha salido por sesenta mil millones de dólares», pero «no mejora los resultados de los alumnos», y que «las nuevas tecnologías generan un optimismo y una exuberancia que acaban por derrumbarse ante la decepcionante realidad». 

Ante estas observaciones, algunos ciudadanos de a pie y ciertos actores institucionales han decidido adoptar medidas profilácticas. Así, por ejemplo, en el Reino Unido los directores de varios centros de educación secundaria han amenazado recientemente con enviar a la policía y a los servicios sociales a aquellas familias que permitan a sus niños practicar videojuegos violentos. En Taiwán, país cuyos estudiantes están entre los de mayor rendimiento académico del planeta, existe una ley que prevé importantes multas para aquellos padres que dejen a sus bebés de menos de veinticuatro meses utilizar aplicaciones digitales o que no limiten adecuadamente el tiempo de uso permitido para los menores de entre dos y dieciocho años (el objetivo que se perseguía con esta medida es que no se superaran los treinta minutos seguidos). 
En Estados Unidos, los colegios que estuvieron a la vanguardia en el reparto de ordenadores entre sus alumnos decidieron, hace ya diez años (!), dar un giro de ciento ochenta grados, en vista de la ausencia de resultados concluyentes. Así, por ejemplo, como explicaba el presidente del consejo de centros de un distrito educativo neoyorquino que se había lanzado muy pronto a la aventura digital, «después de siete años no había ni una sola prueba de que se estuviese produciendo algún impacto en los resultados académicos. Ni una sola [...]. Es una distracción en el proceso educativo». También en Estados Unidos numerosos directivos de las industrias digitales ponen mucho cuidado en mantener a sus hijos lejos de las diferentes «herramientas digitales» que ellos mismos venden y desarrollan. Muchos de estos mismos geeks también matriculan a sus niños en caros colegios privados en los que no existen pantallas. Como explica uno de esos visionarios de Silicon Valley, «mis hijos [de seis y diecisiete años] nos acusan, a mi mujer y a mí, de ser unos fascistas y de estar excesivamente preocupados con las tecnologías. Además, nos dicen que ninguno de sus amigos tiene que seguir las reglas que les imponemos a ellos. Pero nosotros conocemos de primera mano los peligros de la tecnología [...]. No quiero que mis hijos pasen por eso». Conclusión del periodista y doctor en Sociología Guillaume Erner en Le Huf ington Post: «He aquí la moraleja de la historia: confiad vuestros hijos a las pantallas y, mientras tanto, los fabricantes de pantallas seguirán confiando sus hijos a los libros». 

LA ESTRATEGIA DE LA DUDA 

Entonces ¿a quién debemos creer? ¿De quién debemos fiarnos? ¿Hay que dar crédito a las molestas advertencias de los «alarmistas digitales» o escuchar los discursos tranquilizadores de los «viajantes de la industria digital»? Esta incertidumbre resulta aún más dolorosa si tenemos en cuenta que hay varios factores que confluyen para impedir que el ciudadano de a pie se forme fácilmente su propia opinión fundada sobre este tema. Señalaremos cuatro, que están entre los más importantes: en primer lugar, los recursos metodológicos y estadísticos que se utilizan en este ámbito de investigación no son, ni mucho menos, sencillos; en segundo lugar, la cantidad de estudios publicados sobre el tema (estaríamos hablando de, como mínimo, varios miles) es lo suficientemente elevada como para enfriar el entusiasmo más vehemente; en tercer lugar, la mayoría de los estudios dignos de ese nombre se han publicado en revistas internacionales anglófonas especializadas en investigación, así que para acceder a esta información es imprescindible dominar el inglés; en cuarto y último lugar, la literatura científica no es barata, (Cada año, las universidades y los institutos de investigación se gastan decenas de millones de euros para que sus trabajadores puedan consultar esta literatura), pese a esa leyenda que asegura que, por obra y gracia de Internet, «ahora todo el saber está al alcance de cualquier persona». 

Es esta dificultad extrema para reunir, entender y sintetizar el conocimiento científico disponible lo que determina que la credibilidad de las fuentes de información sea una cuestión crucial para el ciudadano o el progenitor medio. Evidentemente, podemos dar por zanjado este asunto argumentando que la ciencia no tiene nada que decir aquí, que los estudios se contradicen entre sí, que todos los científicos están vendidos en mayor o menor medida a diferentes intereses económicos y que, mire usted, las cifras son algo que, como ya se sabe, se puede manipular como se desee. Tomemos por ejemplo a Vanessa Lalo, una «psicóloga de lo digital» muy popular en Francia, apologista apasionada de las virtudes de los videojuegos y asidua de los debates en los medios de comunicación. Para esta autodenominada «investigadora», «la relación del menor con las pantallas es, ante todo, una cuestión de sentido común», sobre todo porque, según ella, las investigaciones académicas y científicas en este terreno dan risa o pena. De hecho, dejó muy clara su posición al final de cierta conferencia, cuando respondió a las perplejas preguntas de un oyente que, cita científica en mano, confesaba su preocupación al constatar cierta divergencia entre el tono cuanto menos tranquilizador del discurso que acababa de escuchar y la oscura realidad de los datos académicos disponibles. Lalo contestó entonces lo siguiente: 
«¿Sabe usted? He trabajado bastante en la investigación, sé que se puede hacer decir a una investigación lo que se quiera, se puede hacer decir a los números lo que se quiera. A partir del momento en que alguien nos paga y hacemos un protocolo, podemos saber ya de antemano cuál será el resultado de nuestra investigación. Personalmente, he dejado de leer las investigaciones. Me hacen reír; a veces me dan pena, a menudo me dan pena. Creo que hay que dejar de guiarse por el exterior. Hay que pensar por sí mismo». La verdad es que esta respuesta no está nada mal, para venir de una persona que asegura ser una «investigadora». 

Probablemente los comentarios de Vanessa Lalo acerca de la naturaleza del conocimiento científico son lo suficientemente lamentables como para no merecer más que silencio e indiferencia. El problema es que, a fuerza de ser ignoradas, este tipo de tonterías —que, como veremos a lo largo de esta obra, encontraremos en muchos otros «expertos»— acaba por rebasar ampliamente las fronteras de su espacio inicial y, poco a poco, debido a la exacerbación de la repetición, lo que en un principio no debía ser más que una idiotez puntual acaba convirtiéndose en una ideología muy extendida. Así pues, intentaré ser claro de una vez por todas: 
sí (!), se puede decir cualquier cosa si se llevan al extremo las conclusiones y los resultados de un estudio correctamente realizado; se puede decir cualquier cosa basándose en obras metodológicamente inaceptables; se puede decir cualquier cosa inventándose datos; se puede decir cualquier cosa parapetándose tras las conclusiones iconoclastas de un estudio que se ha refutado ya quinientas veces; se puede decir cualquier cosa atacando un trabajo del que no se ha comprendido (o no se ha querido comprender) absolutamente nada; se puede decir cualquier cosa argumentando que la naturaleza multifactorial y plurideterminada de un fenómeno impide realizar cualquier investigación creíble sobre él. Como poder, desde luego, se puede. Sin embargo, en todos estos casos lo que hay que cuestionar no es la herramienta científica como tal, sino la credibilidad de aquellas personas que, por ignorancia o por mala fe, desvirtúan su uso. Dicho de otro modo: 
que cualquiera pueda elaborar una obra absurda de carácter pseudocientífico por ineptitud o por afán de engañar no afecta en nada a la pertinencia de los estudios que, de forma rigurosa y honesta, llevan a cabo los investigadores competentes. Como escribió Georges Braque, grandísimo artista y padre del cubismo, «la verdad existe, solo se inventa lo ilusorio». 

Simpática coincidencia: en la época en la que Braque publicó estas palabras, el arte de lo ilusorio en forma de negación institucionalmente organizada y metódicamente difundida estaba despegando en Estados Unidos al amparo de los gigantes de la industria del tabaco. Aquel enfoque resultó ser peligrosamente eficaz por su capacidad de traicionar la realidad y cuestionar las verdades científicas más sólidas; tan eficaz, de hecho, que desde entonces muchos otros sectores lo han adoptado y lo han extrapolado a ámbitos como los de los medicamentos, la salud mental, el cambio climático o la alimentación. Este último, por ejemplo, ha destacado recientemente por el tema del azúcar. Durante años, los fabricantes han «pagado a científicos para que ocultaran el papel que desempeña el azúcar en las patologías cardíacas» y, en caso de necesidad, no han vacilado a la hora de acabar, sin escrúpulo alguno, con la reputación de los primeros investigadores que se atrevieron a denunciar el problema. Y la farsa continúa. Desde 2010, Coca-Cola ha gastado en Francia millones y millones de euros para que los «profesionales de la salud e investigadores olviden los riesgos asociados a sus bebidas».

El protocolo sigue prácticamente la misma secuencia en todos los casos: primero, se niega la mayor; más tarde, cuando continuar con esta estrategia es ya verdaderamente demasiado difícil, se minimizan los datos, se lanza la voz de alarma contra la culpabilización que se está haciendo de los usuarios, se apela a la libertad de los consumidores, se ensalza el sentido común (ese supuesto muro de contención que nos salva del reduccionismo científico), se denuncia el carácter exagerado, alarmista, reaccionario, moralizante o totalitario de las campañas y, sobre todo, y en último término, se suscitan dudas sobre la validez, la honestidad y la coherencia de los resultados molestos. Al fin y al cabo, a los mastodontes de la industria les importa poco el volumen de infracciones que sea necesario cometer: lo único que cuenta es la multiplicación de sus beneficios. 

Como han puesto en evidencia recientemente varios procesos judiciales, los expertos y los periodistas desempeñan un papel fundamental en esta carrera de cinismo. Hay una obra de Naomi Oreskes y Erik Conway, maravillosamente fundamentada, que no deja sombra de duda en este sentido. Para estos historiadores de la ciencia, «está claro que los medios de comunicación presentaron el debate científico sobre el tabaco como no resuelto mucho después de que los científicos hubiesen llegado a la conclusión de que sí lo estaba. [...] Un fenómeno similar sucedió con la lluvia ácida en los años noventa, cuando los medios de comunicación se hicieron eco de la idea de que aún no se había demostrado cuál era su causa —más de una década después de que eso ya no fuese cierto— [...]. Hasta fecha reciente, los medios de comunicación presentaron el calentamiento global como un debate en marcha… doce años después de que el presidente George W. Bush hubiese firmado el Marco de la Convención del Cambio Climático de Naciones Unidas y veinticinco años después de que la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos anunciase que no había ninguna razón para dudar de que el cambio climático se producía por el uso humano de combustibles fósiles». 

Evidentemente, esto no significa que todos los periodistas estén vendidos o sean tendenciosos. Muchos de ellos se equivocan de buena fe, engañados por unos dudosos especialistas que, aunque provistos de unos títulos académicos que inspiran confianza, tienen una honradez titubeante. No hay tarea más difícil para un lego —por muy riguroso que sea— que distinguir entre una persona honesta y un vasallo hipócrita. 

Tampoco sería justo olvidar que a menudo los medios de comunicación han contribuido de un modo decisivo a denunciar escándalos de salud pública incipientes o manifiestos (como ha ocurrido en Francia con el caso de la píldora adelgazante Mediator, con efectos letales, o del contagio de personas sanas a través de transfusiones de sangre ). Un ejemplo claro es el reciente caso de los implantes de uso sanitario, en el que más de doscientos cincuenta periodistas de treinta y seis países lograron demostrar, a base de muchísimo esfuerzo, la inusitada ligereza con la que las autoridades competentes concedieron permisos de comercialización a este tipo de dispositivos (prótesis mamarias, bombas de insulina, mallas vaginales, etc.); una ligereza que acabó siendo desastrosa para la salud de sus usuarios.

También hay que decir, en descargo de los medios, que no es fácil ignorar a determinadas fuentes, como bien ilustra el caso de un reciente cuaderno publicado por iniciativa de las academias de ciencias, medicina y tecnología de Francia (¡ahí es nada!). El documento, de veintiséis páginas, es un «llamamiento a una vigilancia fundamentada de las tecnologías digitales». «Se basa —según nos dice el inmunólogo encargado de coordinar su elaboración— en los profundos conocimientos de los miembros del grupo de trabajo, que han analizado la literatura existente, así como en el testimonio de unas quince personas.» Sin embargo, una de esas personas (un especialista en psiquiatría infantil) se quedó sorprendida al comprobar, una vez publicado el cuaderno, «la extrema prudencia adoptada por estas academias, que no quieren demonizar el producto y que están manteniendo una actitud que raya en lo pusilánime». Pero eso no hace titubear al inmunólogo citado, que sostiene que este documento constituye «una reflexión basada en hechos». 

Precisamente ahí es donde el asunto duele de verdad. Porque, en realidad, en el texto no se dice ni una palabra acerca de estos supuestos hechos. No se aporta ni una sola referencia. No se menciona ni un solo estudio. La credibilidad de este documento se basa exclusivamente en la autoridad científica de las academias firmantes. Estamos en lo de siempre: si, en materia de salud pública, hay algo que podamos deducir de las desilusiones del pasado es precisamente la certeza de que, seamos periodistas o ciudadanos de a pie, resulta sumamente peligroso confiar en los meros argumentos de autoridad, aun cuando provengan de instituciones oficiales. En el caso de este «llamamiento», por ejemplo, ¿por qué no se permite al lector consultar las fuentes de las afirmaciones expuestas si es cierto que, como los autores se esfuerzan en recordar, «los hechos que se presentan en el texto corresponden a referencias bibliográficas precisas»? Es evidente que aquí estamos dejando atrás el reconfortante espacio de los hechos para adentrarnos en las procelosas aguas de la fe. En definitiva, que el documento elaborado sea de buena o mala calidad, íntegro o parcial, no tiene mayor importancia: lo que cuenta, en realidad, es que está pidiendo al lector que confíe ciegamente en la honradez y la competencia de sus redactores. Por cuestión de principios, este hecho debería bastar por sí mismo para que los medios de comunicación y el público en general analizasen el texto de las academias francesas —y cualquier otra obra del mismo tipo, venga de donde venga y aborde la materia que aborde— con la máxima precaución. 

NO ES LO MISMO CIENCIA QUE OPINIÓN 

Como es obvio, independientemente de nuestro nivel concreto de conocimientos científicos, todos nosotros tendemos —con todo el derecho del mundo, además— a tener «opiniones». Por su propia naturaleza, estas opiniones nacen de nuestra experiencia personal. Reflejan la inclinación esencial del cerebro humano a organizar sus vivencias ordinarias de acuerdo con un sistema de creencias ordenadas. El problema aparece cuando algunas personas acaban viendo en sus creencias un sello de sabiduría. 

No en vano, tal y como subrayaba hace más de sesenta años el filósofo Gaston Bachelard, existe una «ruptura entre conocimiento común y conocimiento científico». El primero se basa en sensaciones subjetivas, mientras que el segundo se apoya en hechos controlados. Por ejemplo, yo mismo tengo opiniones acerca de todo: el cambio climático, los beneficios de la homeopatía, las visiones de la pastora santa Bernardita de Lourdes, la Inmaculada Concepción o las implicaciones fenomenológicas de la teoría cuántica. Seguramente estas opiniones sean muy oportunas en el bar de la esquina, pero no tienen cabida alguna en el espacio de la información pública ni en el terreno de las decisiones políticas. 
¿Hay datos? ¿De dónde proceden? ¿Son fiables? ¿Qué indican? ¿Cuál es su nivel de coherencia? ¿Cuáles son sus límites?... El verdadero experto es aquel que, a partir de su conocimiento del estado actual de la investigación científica, es capaz de responder a estas preguntas. 

Por tanto, hay que contemplar a los coristas de discursos vacíos como lo que realmente son: vendedores de humo. Y que nadie venga a decirme que mi afirmación es arrogante. Arrogante es presentarse a sí mismo como «experto» cuando en el propio bagaje intelectual no se tiene más que algunos juicios incompletos y parciales. Arrogante, por ejemplo, es afirmar pedantemente que «la dimensión liberadora y catártica [sic] de los videojuegos es muy importante para los jóvenes»,95 pese a que hace decenios que centenares de estudios sobre el tema están desmintiendo esta hipótesis de la catarsis. Arrogante (o despectivo, me atrevería incluso a decir) es sostener, cuando un periodista te pregunta si la televisión es nociva para el sueño, «[que] no hay ningún estudio que lo demuestre realmente», para acabar firmando dieciocho meses más tarde, junto con otros autores, un informe académico que indica justo lo contrario (y que, por cierto, se ha elaborado a partir de otros estudios que ya estaban disponibles en el momento en que se negó ese efecto). 
Arrogante, en el fondo, es envolverse en un halo de sabiduría y autoridad sin tener en cuenta el avance de las investigaciones en una materia dada. Arrogante, en suma, es presentar como conocimiento un mero puñado de opiniones personales. 

Evidentemente, en muchos casos el «especialista» mediático preferirá decir que lo suyo, más que «opinión», es «sentido común». Por desgracia, esta variante léxica no cambia lo más mínimo el problema. De hecho, el sentido común adolece de las mismas carencias crónicas que la opinión. Es de sus cenizas, precisamente, de donde nació la ciencia. El sentido común es lo que nos dice que la Tierra es plana e inmóvil. Se trata de la inteligencia del ignorante; una inteligencia que actúa como un recurso de primera línea y que necesariamente lleva a engaños y es incompleta. Decir lo contrario es pasar por alto tanto la complejidad del mundo como la tosca parcialidad que caracteriza a las percepciones individuales. El sentido común no nos dirá, por ejemplo, que consumir productos light aumenta el riesgo de padecer obesidad. Tampoco nos señalará que el agua caliente se congela a veces más rápidamente que el agua fría. En el caso de las pantallas que aquí nos ocupan, el sentido común no nos permitirá darnos cuenta de que dedicarse a los videojuegos después de haber hecho los deberes del colegio interfiere en el proceso de memorización, como también ocurre con la exposición repetida a las radiofrecuencias que emiten los teléfonos móviles. Y, por poner un último ejemplo, nuestro querido sentido común se olvidará igualmente de indicarnos que la omnipresencia de los contenidos violentos en la televisión no es consecuencia de una supuesta ansia de dolor y amargura por parte del espectador, sino de una voluntad comercial deliberada: este tipo de escenas estresan el cerebro y, de ese modo, lo ayudan en buena medida a memorizar las pausas publicitarias que se insertan en los programas que vemos. Por cierto, seguramente es a este tipo de manipulación al que se refería hacer unos años Patrick Le Lay, por aquel entonces director general del canal de televisión francés TF1, cuando explicaba que su trabajo consistía en «preparar» al cerebro para que, entre tanda y tanda de anuncios, estuviese «disponible». La idea no es nueva. Hace ya sesenta años Aldous Huxley denunciaba esta situación en su Nueva visita a un mundo feliz, argumentando que «al provocar deliberadamente el miedo, la cólera o la ansiedad, aumentaba en gran medida la vulnerabilidad del animal frente a la sugestión». 

En definitiva, aludir al sentido común para dar una fachada de credibilidad a lo que no son más que opiniones intuitivas constituye una estafa intelectual pura y dura. Insisto: es totalmente legítimo tener opiniones y debatir acerca de ellas con quien nos parezca. Lo inadmisible es confundir opinión, sentido común y saber. Les guste o no a los demagogos y a los detractores del elitismo, el experto es aquel que domina los conocimientos esenciales de su ámbito. Hay que «pensar por sí mismo», nos dice Vanessa Lalo. ¿Y quién está diciendo lo contrario? Sin embargo, para tener aunque solo sea un embrión de pensamiento congruente es necesario disponer de un saber preciso sobre el que apoyarse. Pensar en el vacío no es pensar: es divagar. ¿Cómo hablar de forma inteligente acerca del cambio climático, por ejemplo, si no se conoce nada acerca de climatología? La idea misma es absurda. Antes de revolucionar sus respectivos ámbitos, Picasso, Newton, Einstein, Kepler, Darwin o Wegener se pasaron decenios digiriendo el trabajo de sus predecesores. Fue esa paciente labor, y solo ella, la que permitió a todos estos autores pensar, primero, pensar por sí mismos, después, y, finalmente, pensar de un modo distinto. ¿Acaso no decía Newton que si había podido ver más allá que sus contemporáneos era precisamente porque se había subido a los hombros de los gigantes que lo habían precedido? 

¡VALE YA! 

Pues sí, ya estoy harto de estos autoproclamados especialistas que saturan el espacio mediático con su inepta verborrea. Estoy harto de esos despreciables lobistas disfrazados de expertos que serían capaces hasta de negar que la Tierra es redonda si eso fuese útil para impulsar su carrera y engordar sus beneficios. Estoy harto de esos periodistas insensatos que ponen sus plumas y sus micrófonos a disposición del primer fanfarrón que pasa, sin preguntarse si de verdad conoce el tema del que está hablando. 
La estructura mental del perverso narcisista, el potencial cancerígeno de las líneas de alta tensión, la llegada de los contadores eléctricos «inteligentes», el impacto del divorcio sobre la enuresis infantil, el trauma que provoca en los adolescentes el acné en estos tiempos de redes sociales, la influencia que ejerce sobre el apetito el cambio de hora en verano, la reforma de los horarios escolares: todos estos son temas sobre los que se me ha consultado... pese a que no tienen absolutamente nada que ver con mi especialidad, (Creo que el récord en este sentido le corresponde a un periodista de una importante emisora nacional de radio con el que en cierta ocasión hablé del tema de las imágenes violentas y que, unos meses después, en 2013, me propuso volver a entrevistarme (sobre la marcha), esta vez acerca del atentado perpetrado durante la maratón de Boston y el tiroteo que tuvo lugar también dentro del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Un poco sorprendido, le pregunté entonces qué tenía yo que ver con todo aquello. Su respuesta: necesariamente yo tenía que conocer el escenario, porque unos años antes había estudiado en el MIT, y, «por tanto», ¡mi testimonio podría ayudar a los oyentes a comprender mejor la secuencia de la persecución! No comment), como cualquiera puede comprobar con tan solo unos clics. 

Pues sí, ¡ya estoy harto! Harto de ver cómo se pisotean constantemente los intereses de los menores por pura codicia. Harto de que el afán de lucro prime tanto sobre el interés colectivo. Harto de que se les niegue a los padres el derecho fundamental de acceder a una información exacta y honesta. Harto de que el eco que los medios brindan a los portavoces del entusiasmo de los grupos de presión empañe hasta ese punto la nitidez del mensaje científico. Por favor, no quisiera que el lector viera en estas palabras el fruto de cualquier delirio persecutorio o paranoia relacionada con alguna teoría del complot. Sería demasiado simple. De hecho, en muchos de los asuntos sensibles que ya he expuesto hemos tenido ocasión de comprobar cómo la brecha entre el discurso de los medios de comunicación y el conocimiento científico crece brutalmente en cuanto aparecen las primeras investigaciones que pueden servir de base a los legisladores para tomar cartas en el asunto. 

Entonces ¿qué podemos hacer? Pues en realidad tenemos varias opciones, y tres de ellas no se corresponden con la posición que defiendo en este libro. 

(1) No se trata de abogar aquí por que se limite la libertad a los periódicos, a los medios de comunicación en general o a los productores de contenidos (películas, dibujos animados, etc.): cada cual escribe, piensa y crea lo que quiere (o lo que puede), aunque, eso sí, seguramente sería deseable que nuestros amigos los periodistas examinasen un poco mejor la integridad y las competencias de sus «expertos». 
(2) Tampoco se trata de apelar a los legisladores para que prohíban o restrinjan el uso de la televisión, las tabletas, los videojuegos y demás dispositivos digitales. (Salvo, seguramente, en caso de que este uso implique una exposición de los niños a contenidos «perjudiciales» que puedan suponer un riesgo para su salud (lo veremos en la segunda parte de este libro). Cada cual cría (si se piensa bien, ¡qué hermosa palabra!) a sus hijos con los métodos que le parecen más pertinentes; de hecho, he de decir que, personalmente, me resultaría insoportable e inoportuno que alguien viniese a entrometerse en mis decisiones educativas. No obstante, hay que reconocer que esta posición de partida también es discutible: por ejemplo, como ya hemos visto, Taiwán ha optado por la vía legislativa para proteger a sus menores de edad y, aunque podemos dudar de la eficacia de este planteamiento, lo que es indudable es que tiene un potente valor simbólico. 
(3) Por último, no se trata de exigir que se procese a los actores de la industria digital con el argumento de que algunos de ellos comercializan productos a sabiendas de que son perjudiciales, aun cuando esta simpática idea ya se haya propuesto en televisión y nuestros amigos estadounidenses la hayan aplicado en ciertos casos particulares. Hay una anécdota muy reveladora en este sentido. Hace unos diez años se amenazó a la compañía Disney con llevarla ante los tribunales «por prácticas desleales y fraudulentas», porque había argumentado, de forma engañosa, que sus vídeos Baby Einstein tenían un carácter educativo. Disney, que ante presiones anteriores ya había aceptado retirar la palabra «educativo» de sus discursos de marketing , accedió a devolver el dinero de su compra a todas las familias que hubiesen adquirido los productos señalados. Como explica Vicky Rideout, antigua vicepresidenta de la Kaiser Family Foundation, a medida que se iban conociendo los sinsabores de Disney, «muchas otras empresas empezaron a ser más prudentes en sus afirmaciones [...]. No obstante, aun cuando la palabra “educación” haya desaparecido, en buena parte del marketing se sigue aludiendo con claridad a los beneficios educativos [...]. Mi impresión es que los padres creen de verdad que estos vídeos son buenos para sus hijos o, al menos, que en el fondo no son malos». Y eso es precisamente lo escandaloso... 
¿Cómo es posible que, después de cincuenta años de coincidencia de resultados en las investigaciones, los padres sigan pensando que este tipo de productos tienen efectos positivos en el desarrollo de los niños? 

Esta última pregunta abre las puertas a una cuarta propuesta, que me parece más prometedora: ¡informar! La idea, pues, ya no es controlar, legislar, prohibir o amenazar, sino alertar y comunicar. Hay que denunciar abiertamente los discursos falaces de los lobistas corruptos. Hay que explicarles a los padres, a los periodistas, a los políticos y a los ciudadanos en general qué es lo que se sabe exactamente en la actualidad; exponerles, por supuesto, las cuestiones aún dudosas, pero también los espacios de certeza (que son más amplios de lo que se cree). Evidentemente, algunos se negarán —por convicción, obstinación, intereses o falta de honradez— a aceptar los hechos que se les presenten, pero quiero pensar que no serán la mayoría. Me atrevo a confiar en que el cuerpo social, en su conjunto, y por encima de las diferencias que lo recorren, se preocupa por el futuro de sus hijos. Porque, como decía de un modo muy hermoso Neil Postman, hace ya más de treinta años, «los niños son el mensaje vivo que enviamos a un futuro que no podremos ver». 

Pero es posible que al confiar así esté siendo algo ingenuo. Se me ocurrió pensarlo hace poco, tras una breve conversación que mantuve con un político francés que ejercía un cargo a nivel nacional. He de señalar, en su defensa, que aquel señor salía de un cóctel en el que, por lo que parece, había consumido algo más que agua. Se suele decir que el alcohol desinhibe, y seguramente es verdad. En fin, después del bla-bla-bla habitual acerca de los beneficios de los dispositivos digitales, poco a poco la conversación fue transcurriendo del siguiente modo (Tuve la precaución de poner por escrito aquel sorprendente diálogo en cuanto se terminó. Como es obvio, esta transcripción en diferido no recoge literalmente las palabras que se pronunciaron en aquella ocasión (salvo en el caso de ciertas expresiones especialmente llamativas: 
«Para estos puestos tampoco hacen falta personas muy formadas», «son solo de cara a la galería»). Sin embargo, refleja fielmente los argumentos expuestos y el sentido de la conversación):

—Yo: Todos los estudios demuestran una importante reducción de las competencias cognitivas de estos jóvenes, desde el lenguaje hasta la capacidad de atención, pasando por los conocimientos culturales y fundamentales más básicos. Y, como ya sabemos, sobre todo gracias a los informes PISA, la digitalización de los colegios no hace más que empeorar la situación.

—Él: Se habla de la economía del conocimiento, pero se trata de algo minoritario. En el futuro, más del 90 % de los empleos serán de escasa cualificación, en los sectores de ayuda a las personas dependientes, servicios, transporte, limpieza del hogar... Para estos puestos tampoco hacen falta personas muy formadas. 
—Yo: ¿Y entonces para qué hacer que todos estudien una carrera universitaria, si van a terminar como dependientes en Decathlon? 
—Él: Pues porque un estudiante sale más barato que un parado y está más aceptado socialmente. Todos conocemos ya el nivel de esos títulos. Son solo de cara a la galería. No hay que ser ingenuos. Además, cuanto más tiempo estén en la universidad, más nos ahorraremos en pensiones. (Supongo que lo que quería decir es que cuanto más tarde salgan de la universidad los estudiantes (si es posible, más allá de la edad de veinticinco años), más difícil les resultará acumular los cuarenta y dos años de cotización que prevé la legislación actual). 

Quiero pensar que aquello no era más que una estúpida bravuconada. Sí, lo confieso: me cuesta creer que exista una voluntad deliberada de idiotizar a las masas. Pero ¿por qué no habría de ser cierto? Después de todo, como sostenía Jean-Paul Marat, «para encadenar a los pueblos, hay que empezar por adormecerlos»... Y qué mejor somnífero que esta orgía de pantallas lúdicas que, como veremos en detalle, va corroyendo poco a poco el desarrollo más íntimo del lenguaje y del pensamiento. Aun así, he de decir que, personalmente, la hipótesis económica a la que aludía arriba cuando hablaba de determinados escándalos monumentales de salud pública que estallaron en el pasado me parece mucho más plausible en este caso que la teoría política de un embrutecimiento planificado. Que cada cual juzgue por sí mismo.

EPÍLOGO 

Cada uno de tus pasos de hoy es tu vida de mañana. 
WILHELM REICH, psiquiatra y psicoanalista

Dicen que escribir calma, pero me temo que no siempre es así. En ocasiones, las palabras no hacen más que avivar la cólera: se empieza exasperado y se termina completamente fuera de sí. Este libro es un buen ejemplo de ello. Al principio, cuando mi lectura de la bibliografía sobre este tema era aún fragmentaria, apenas sentía una vaga irritación. Después, a medida que iba analizando un volumen en constante crecimiento de estudios científicos inquietantes, por una parte, y una oleada de discursos públicos cada vez más lamentable, por otra, esa sensación se fue convirtiendo poco a poco en una rabia sorda y fría. Lo que estamos haciendo padecer a nuestros niños no tiene perdón. Probablemente nunca antes en la historia de la humanidad se había llevado a una escala tan amplia un experimento de descerebración como este. 

A veces me acusan de «despreciar» a las nuevas generaciones. No hay nada más insultante que esta sandez. Si de verdad despreciara a estos chicos, optaría por regalarles convenientemente los oídos. Les aseguraría que todos ellos son mutantes con un cerebro superior y les sugeriría todo tipo de aplicaciones «educativas» poco rigurosas (pero muy rentables). Los elogiaría por su fabulosa creatividad, al tiempo que explicaría discretamente a mi lucrativa clientela que, en realidad, estos chiquillos son demasiado estúpidos como para aguantar un anuncio que dure más de diez segundos. Ensalzaría su genialidad digital, pero, al mismo tiempo, me las ingeniaría para proteger a mis hijos. Me mostraría maravillado ante su inventiva léxica, en vez de lamentar su preocupante anemia lingüística. Si de verdad despreciara a estos chicos, en lugar de este libro habría escrito una hagiografía complaciente, abyectamente empalagosa y aprobadora. Para que todo esto quede muy claro, voy a repasar brevemente los datos de los que disponemos. 

¿QUÉ DEBEMOS RECORDAR? 

De esta obra pueden extraerse cuatro conclusiones principales. 

En primer lugar, cuando se aborda el tema del uso de los dispositivos digitales, la información que se proporciona a la ciudadanía adolece de una singular carencia de rigor y fiabilidad. Son muchos los periodistas que, obligados a cumplir unos objetivos imposibles de productividad, no tienen sencillamente el tiempo necesario para profundizar lo suficiente en su comprensión de la materia con el fin de, por una parte, expresarse de forma adecuada y, por otra, diferenciar entre expertos cualificados y fuentes incompetentes o corruptas. 

En segundo lugar, el consumo lúdico de los dispositivos digitales por parte de las nuevas generaciones no solo es «excesivo» o «exagerado», sino verdaderamente exorbitado y fuera de control. Entre las principales víctimas de esta orgía consumidora de tiempo se encuentran todo tipo de actividades esenciales para el desarrollo, como el sueño, la lectura, el diálogo intrafamiliar, los deberes, el deporte, el arte, etc. 

En tercer lugar, este voraz frenesí digital perjudica gravemente la correcta evolución del intelecto, de las emociones y de la salud de nuestros niños. Desde un punto de vista estrictamente epidemiológico, la conclusión que cabe extraer de estos datos es de lo más sencillo: las pantallas son un desastre. Cualquier trastorno que presentase similares credenciales (obesidad, alteración del sueño, tabaquismo, problemas de atención, retraso en el desarrollo del lenguaje, depresión, etc.) se encontraría enfrente a todo un ejército de investigadores. Pero en el caso de nuestros lucrativos juguetitos digitales esto no es así: lo único que se hace es lanzar, de cuando en cuando, algunas advertencias tímidas y llamamientos a una «vigilancia fundamentada». 

En cuarto lugar, si el efecto de las pantallas lúdicas es tan negativo se debe en buena medida a que nuestro cerebro no está adaptado a la furia digital que lo está atacando. Para estructurarse, necesita mesura sensorial y presencia humana, pero lo que le brinda la ubicuidad digital es justo lo contrario: un mundo construido a base de un constante bombardeo de estímulos y una terrible pauperización de las relaciones interpersonales. Ante esta doble presión, el cerebro sufre y tiene dificultades para desarrollarse. Dicho de otro modo: sigue funcionando, como es obvio, pero lo hace muy por debajo de su pleno potencial. Y esto resulta especialmente dramático si se tiene en cuenta que los grandes períodos de plasticidad cerebral de la infancia y de la adolescencia no son eternos. Una vez concluidos, ya no vuelven. Lo que se malgasta entonces se pierde para siempre. El argumento de la modernidad que tan a menudo se esgrime es, pues, completamente ridículo. «Hay que vivir de acuerdo con el espíritu de los tiempos», se nos dice. Desde luego que sí... pero primero habrá que informar a nuestro cerebro de que los tiempos han cambiado, porque, en realidad, él no se ha movido un ápice desde hace siglos. Y, por desgracia, para que se adapte perfectamente a su nuevo entorno digital (si es que consigue hacerlo algún día), ¡necesitará decenas de miles de años! 

Mientras tanto, la situación no parece en vías de arreglarse. Es más que probable que la realidad siga siendo igual de amarga. Sin duda, sería conveniente que también los partidarios de la digitalización a marchas forzadas del sistema educativo tomasen conciencia de ello. Hasta la fecha, solo hay un factor que haya demostrado ejercer una influencia verdaderamente positiva y profunda en el futuro de los estudiantes: el profesor cualificado y con una correcta formación. Este es el único elemento que tienen en común los sistemas escolares de mayor excelencia del planeta. 

Al escribir esto, soy consciente de que «nadie se huelga con el mensajero de malas nuevas», como escribió Sófocles en Antígona. Desde luego que me habría gustado que las cosas fueran diferentes. Me habría gustado que la literatura científica fuese más positiva, más alentadora, menos inquietante. Pero no lo es. Habrá quienes lamenten la naturaleza «alarmista» de esta obra. Doy fe de ello. Pero seamos objetivos: ¿acaso los elementos que he expuesto aquí no dan motivos para la alarma? Que cada cual juzgue por sí mismo. 

¿QUÉ HACER? 

Entonces ¿qué debemos hacer? En mi opinión, dos cosas. En primer lugar, no resignarnos. No hay nada ineluctable en este asunto. Como padres, tenemos margen para la acción, y nada nos obliga a dejar a nuestros hijos en manos del terrible poder corrosivo de todas estas herramientas digitales de ocio. Es cierto que no es fácil resistir, pero siempre es posible hacerlo, y muchos lo consiguen (sobre todo en los entornos acomodados). Por supuesto, conozco esa célebre leyenda del paria social, del pobre mártir que, privado del acceso a las redes sociales, a los videojuegos en línea y a los beneficios de esta «cultura digital común», acaba irremediablemente aislado y rechazado por sus semejantes. De hecho, a la hora de negociar la compra de un smartphone , una tableta o una consola, los niños y adolescentes demuestran haber entendido muy bien todo el provecho que pueden sacar de este tipo de discursos. En la práctica, sin embargo, esta falacia no se sostiene. A día de hoy no hay ningún estudio que indique que carecer de pantallas para las actividades de ocio conduzca al aislamiento social ni a ningún tipo de trastorno emocional. En cambio, son muchas las investigaciones que subrayan el impacto sumamente perjudicial —en forma de síntomas de depresión y ansiedad— que provocan estas herramientas en nuestros hijos. Dicho de otro modo: 
su presencia mutila, mientras que su ausencia no daña. Entre estas dos opciones, la elección parece clara, sobre todo si se tiene en cuenta que, en el fondo, aquí no estoy abogando por prohibir completamente el acceso a lo digital, sino por asegurarnos de que el tiempo de consumo se mantenga por debajo del umbral a partir del cual empiezan a aparecer los efectos negativos. 

Una vez descartada la validez de estos discursos en torno a la impotencia, la acción educativa puede recuperar el lugar que le corresponde. Así, los padres tendrán que establecer normas concretas de consumo, que, de acuerdo con la información expuesta a lo largo de esta obra, son, en esencia, siete. Siete normas que, por supuesto, cada cual puede adaptar según las características de sus hijos y el contexto de su familia. 

SIETE NORMAS ESENCIALES 

Antes de los seis años 

• Nada de pantallas. Para crecer adecuadamente, los niños pequeños no necesitan pantallas: necesitan que se les hable, que se les lean cuentos, que se les regalen libros; necesitan aburrirse, jugar, armar puzles, construir casitas con piezas de Lego, correr, saltar y cantar; necesitan dibujar, practicar deporte y música, etc. Todas estas actividades (y muchas otras por el estilo) construyen su cerebro de una forma mucho más segura y eficaz que cualquier pantalla lúdica. Además, hay que recordar que la ausencia de exposición a los dispositivos digitales en los primeros años de vida no tiene ningún efecto negativo, ni a corto ni a largo plazo. En otras palabras: el niño no se va a convertir en un discapacitado digital porque no se le haya puesto delante de las pantallas en sus seis primeros años de vida. 

Todo lo contrario. A partir de los seis años 

• Como máximo, entre treinta y sesenta minutos al día (¡en total!). Probablemente esta es «la» buena noticia del libro: en dosis moderadas, las pantallas no dañan (siempre y cuando, claro está, los contenidos sean adecuados). En particular, cuando el consumo diario permanece por debajo de la media hora, no parece provocar impactos negativos detectables. Cuando es de entre treinta y sesenta minutos sí que aparecen efectos, pero todo indica que son lo suficientemente bajos y, en consecuencia, resultan tolerables. Sobre la base de estos datos, sería prudente plantear una gradación por edades: treinta minutos como máximo hasta los doce años y sesenta minutos a partir de ese momento. Pensando en los padres, conviene recordar que casi todos los soportes digitales (tabletas, smartphones, videoconsolas, ordenadores, televisores, paquetes de Internet y otros servicios, etc.) ofrecen hoy en día, a través de opciones o aplicaciones descargables, sistemas prácticos y eficaces para controlar el tiempo: una vez que se alcanza el límite diario establecido, el aparato se bloquea. 
• Nunca en el dormitorio. Las pantallas en la habitación tienen consecuencias particularmente desfavorables, pues incrementan el tiempo de uso (sobre todo restando horas al sueño) y facilitan el acceso a contenidos inadecuados. El dormitorio debería ser un santuario libre de cualquier presencia digital. Y, para responder a una objeción que oigo habitualmente, diré que, por dos o tres euros, es posible encontrar despertadores que funcionan estupendamente... así que no hace falta recurrir a los smartphones (que pueden dormir muy bien en el salón).

• Nada de contenidos inadecuados. Ya sea en forma de videoclips, películas, series, videojuegos y demás, los contenidos relacionados con la violencia, el sexo, el consumo de tabaco o de alcohol, etc., tienen un profundo impacto en la manera en que los niños y los adolescentes perciben el mundo. Como mínimo, es importante respetar las recomendaciones por edades (pero sin perder de vista la impresionante permisividad de determinados sistemas de calificación, como es el caso del francés, en comparación, por ejemplo, con el de los países anglosajones, especialmente en lo tocante a las películas y las series). También en este caso existen aplicaciones para casi todos los dispositivos digitales que permiten bloquear de un modo bastante sencillo el acceso a contenidos inapropiados. Evidentemente, siempre está el riesgo de que se acceda a estos contenidos a través de terceros, por medio del smartphone , del ordenador o de la tableta de un amigo. Es imposible controlar este tipo de situaciones, así que resulta fundamental hablar del tema con los hijos (¡incluidos los adolescentes!). No es una solución perfecta, pero, por desgracia, es la única posible... al menos mientras los poderes públicos no se dignen a regular en serio el acceso de los menores de edad a los contenidos hiperviolentos, pornográficos, racistas, etc. 

• Nunca por las mañanas antes de ir al colegio. Los contenidos «excitantes» agotan durante mucho tiempo la capacidad intelectual del niño. Por las mañanas, permítale soñar, aburrirse y desayunar en un entorno sereno. Escúchelo, háblele... Verá como su rendimiento escolar mejora enormemente. 
• Nunca por las noches antes de acostarse. Las pantallas «nocturnas» alteran en buena medida la duración y la calidad del sueño (el menor se va a la cama más tarde y duerme peor). Una vez más, los contenidos excitantes son especialmente perjudiciales en este sentido. Apague todos los dispositivos por lo menos una hora y media antes de acostarlo. 
• Una cosa cada vez. Un último punto, aunque no por ello menos importante que los demás: las pantallas deben utilizarse por separado (una cada vez) y mantenerse fuera del alcance de los niños mientras están comiendo, haciendo sus deberes o hablando con el resto de la familia. Cuanto más se someta un cerebro en proceso de desarrollo a la multitarea, más permeable será a la distracción. Además, cuantas más cosas haga al mismo tiempo, menos rendirá, menos aprenderá y menos memorizará. Una última prueba —por si aún no tuviéramos bastantes— de que nuestro cerebro no está hecho realmente para las prácticas de la modernidad digital. 

MENOS PANTALLAS SIGNIFICA MÁS VIDA 

Estas normas, a buen seguro incómodas, no son en absoluto una vana ocurrencia, sino unas medidas sumamente eficaces, como ya hemos visto. En cuanto a las horas arrebatadas a la hegemonía de las pantallas, es preciso ponerlas a disposición de la vida. No se trata de una tarea sencilla ni inmediata, porque nos obligará a reorganizar toda la ecología familiar. Pero, con fuerza de voluntad, los niños se acabarán adaptando y el tiempo «vacío» podrá llenarse de nuevas actividades: charlar, debatir, dormir, practicar deporte, tocar un instrumento musical, dibujar, pintar, hacer esculturas, bailar, cantar, ir a clases de teatro y, por supuesto, leer. En caso de que los libros le parezcan demasiado áridos, no dude en recurrir a los tebeos: algunos de ellos tienen una riqueza creativa y lingüística asombrosa. (Yo no soy especialista en esta materia, pero a mi hija le encantaba Astérix , por ejemplo). 

Y si todo esto resulta difícil, si sus hijos ponen el grito en el cielo o lo atacan con el hierro candente de la culpabilidad, no olvide lo siguiente: cuando sean mayores le agradecerán que haya dejado espacio en sus vidas para la fertilidad liberadora del deporte, del pensamiento y de la cultura, en lugar de para la esterilidad perniciosa de las pantallas.

¿UNA LUZ DE ESPERANZA? 

«Un mosquito contra un elefante»: así describió Sebastián Castellio el combate que libró en Ginebra, hace casi quinientos años, contra la locura integrista y dictatorial de Juan Calvino, personaje fundamental de la reforma protestante.3 Cuando empecé a escribir este libro, hace prácticamente tres años, tenía en mente esas palabras. Por aquel entonces, la ola digital estaba en su zénit: era tan alta y tan poderosa que parecía indestructible. Después, las cosas comenzaron a cambiar. Imperceptiblemente, fueron llegando otros aires. Surgieron dudas, especialmente entre los profesionales que trabajan con la infancia. Diversos sindicatos y asociaciones de docentes, de logopedas, de padres y madres de alumnos, de pediatras y de enfermeros escolares se pusieron en contacto conmigo. Cada vez que lo hacían, repetían el mismo discurso, las mismas observaciones, las mismas preguntas y las mismas confesiones de impotencia. Esta observación personal no es en absoluto científica, evidentemente, pero tengo una impresión tenaz y persistente de que está cundiendo el escepticismo. La realidad es obstinada y el desastre empieza a percibirse. 

No es casualidad que el malestar aparezca principalmente entre los hombres y las mujeres que están en contacto directo con las nuevas generaciones. Estos profesionales describen con una sorprendente agudeza todo lo que he recogido en este libro: problemas de atención, de lenguaje, de impulsividad, de memoria, de agresividad, de sueño, de rendimiento académico, etc. Es una noticia triste para el presente, pero alentadora para el futuro: en efecto, parece que nos encontramos ante el germen de una saludable toma de conciencia. Espero con toda sinceridad que esta obra pueda contribuir a propagarla.

viernes, 19 de junio de 2026

LIBRO "LA INVOLUCIÓN DEL SIGLO XXI": DE HOMOSAPIENS A BONOBOS CON TECNOLOGÍA por A. CARLOS GONZÁLEZ


LA INVOLUCIÓN 
DEL SIGLO XXI
DE HOMOSAPIENS 
A BONOBOS CON TECNOLOGÍA

UNA CRÍTICA TAN DESPIADADA COMO NECESARIA 
DE LOS PRINCIPALES PROBLEMAS 
QUE AFECTAN A LA SOCIEDAD ACTUAL

EL PROGRESO SE HA DECONSTRUIDO, 
LOS VALORES SE HAN PERDIDO, 
EL ODIO SE HA IMPLANTADO


Podemos definir la involución como la detención y/o retroceso de una evolución, tanto si ésta es biológica, económica, cultural, política o social. En el último siglo se han producido más avances —a todos los niveles— que en toda la historia de la humanidad, pero existe una alta probabilidad de que en los anales de la historia se hable del siglo XXI para explicar cómo se produjo una de las mayores involuciones de la humanidad.

En el año 2004, las redes sociales entraron en escena. Al mismo tiempo, el movimiento feminista cobró fuerza, se aprobó la Ley Integral contra la Violencia de Género y comenzaron a darse toda una serie de eventos imprevistos. Las relaciones comenzaron a dañarse y el número de nuevos matrimonios comenzó a descender al mismo tiempo que los divorcios se comenzaron a disparar.

En los siguientes años llegaron los teléfonos inteligentes, y las redes sociales cambiaron su estrategia con el fin de obtener más ingresos, comenzando a gestar un problema que nunca antes ha experimentado la humanidad. Las personas comienzan a ser víctimas de este nuevo entorno, al mismo tiempo que comienzan a surgir discursos de odio entre hombres y mujeres como nunca antes se había visto. El periodismo desaparece por completo y ya sólo busca manipular la información y transformar las noticias convirtiéndose en parte del problema.

En el año 2015, por primera vez, el número de divorcios comienza a superar el número de nuevos matrimonios, coincidiendo con un aumento considerable de enfermedades de transmisión sexual. El porqué esta observación es importante, únicamente es para entender un proceso involutivo que ya ha vivido el humano en varias ocasiones y que nos avisa del inicio de un ciclo. Por otra parte, el concepto de belleza mínima estándar se vuelve preocupante por culpa, nuevamente, de las redes sociales. Los problemas relacionados con la salud mental se disparan de forma alarmante. La sociedad del siglo XXI se sumerge en una involución social disfrazada de progreso. Y estamos a tiempo de revertirlo.

A lo largo de este ensayo, sustentado en la biología, psicología y antropología, confrontaremos algunas de las principales ideas que nos están dirigiendo a abrir puertas que deberían permanecer cerradas.
  • Analizaremos a fondo la idea de deconstruir el matrimonio, la destrucción del concepto de familia y el fin de la monogamia, pues en el siglo XXI es el camino hacia el que nos dirigimos, y acabaremos pagando las consecuencias. Eso que algunos llaman "tradiciones anticuadas" es lo que ha mantenido viva a nuestra especie, siendo también lo que nos ha hecho progresar como sociedad. Ya dejamos de ser bonobos.
  • Veremos los motivos de esta guerra sin sentido entre hombres y mujeres.
  • Hablaremos de cómo los algoritmos y redes neuronales están destrozando (literalmente) nuestro cerebro y nuestra forma de vida en lo que es el mayor experimento en tiempo real y a escala masiva que el mundo haya conocido.
  • Analizaremos los peligros del nuevo estándar de belleza y de los problemas que está ocasionando en nuestros jóvenes y no tan jóvenes.
  • Y por supuesto, analizaremos desde varios ángulos las políticas de género y otros asuntos.Además encontrarás.¿Por qué los senderistas de Tinder tienen más probabilidad de contagiarte una ETS?
  • Conversaciones filosóficas con una prostituta.
  • ¿Por qué ellas siguen buscando hombres con dinero a pesar de que son económicamente independientes?
  • ¿Por qué no funcionan ni funcionarán las relaciones sexualmente abiertas?
  • y mucho más...
Hoy en día, tanto lo superficial como lo material están a la orden del día. El mundo seguirá girando en la dirección correcta gracias a esas mujeres que rechazan las locas ideas de odio y desunión que promueven este tipo de movimientos. La toxicidad se ha instalado en las altas esferas de la sociedad y pretende arrasar con todo sin importarle las consecuencias. No demos lugar a ello.

Me ha sorprendido la forma en que ha ido enlazando los diferentes estudios antropológicos para terminar llegando a conclusiones psicológicas. Si bien se nota que Carlos ha hilado para llegar a la conclusión deseada lo ha logrado hacer con maestría, de forma que como él mismo dice, «podrás estar de acuerdo o no, pero te costará refutarlo con coherencia». En este libro nos advierte de los peligros futuros de romper las relaciones sexoafectivas y el concepto de familia, del daño cerebral que están produciendo las redes sociales y las redes neuronales, de los peligros de estándar de belleza actual y otras muchas hipótesis que ha elaborado. Buen ensayo donde condensa de forma precisa, amena y al grano, sobre los principales problemas que se encuentran en la sociedad actual.
Y efectivamente, si nos dejamos arropar por las nuevas tecnologías e ideologías sin sentido crítico, simplemente nos involucionaremos de forma irreversible, tal como se plantea, aún estamos a tiempo de revertirlo.

Para Tenenbaum, al igual que para la escritora Virginia Woolf y Kate Millet, el matrimonio y las relaciones sexoafectivas son un constructo social reciente que oprime a la mujer. Este discurso parte de la premisa de que, en la prehistoria, las relaciones eran abiertas y polígamas. El matrimonio únicamente es una invención reciente cuyo propósito es poseer, dominar y oprimir a la mujer, pues la misión de la mujer ha sido la de corresponder y satisfacer los deseos de su marido, mientras que el marido podía mantener relaciones sexuales con otras mujeres sin que la mujer le pudiera reprochar absolutamente nada. La mujer simplemente aceptaba esta conducta del hombre. También se habla de esas épocas en las que los matrimonios eran en su mayoría por conveniencia y la mujer era obligada a casarse con un hombre que ella no había elegido. Es cierto que estas situaciones se han dado. En pleno siglo XXI ya no podemos comprar la teoría de ese feminismo marxista que relacionaba la monogamia con la opresión hacia la mujer, donde el matrimonio era comparable a la relación entre el capitalista (hombre) y el obrero (mujer).

Hoy en día ambas partes pueden decidir deshacer un matrimonio sin dar explicaciones; ni marido ni mujer están obligados a permanecer en esta unión por hipocresía o por guardar las apariencias; la mujer no está obligada a aguantar que su marido tenga relaciones extramaritales a cambio de comida, casa y validación social. El hombre es libre. La mujer es libre. Ambos miembros de la pareja pueden decidir quedarse o marcharse. Ahora existe otro discurso que podría partir de una base algo más egoísta. Para Tamara y un amplio grupo de mujeres y hombres, tener una relación de pareja estable monógama únicamente significa que te estás perdiendo la oportunidad de estar con otras personas; podrías perderte la oportunidad de estar con alguien mejor; podrías perderte la oportunidad de disfrutar mucho más. La relación perfecta, según la literatura feminista actual, sería tener una relación afectiva estable, pero al mismo tiempo, que la relación sea abierta sexualmente. Es decir, tener un novio o novia —marido o mujer—, pero si te apetece tener sexo con otra persona, hacerlo con total libertad.

Hoy día, un gran porcentaje de personas han incorporado el hábito de consumismo extremo al terreno de las relaciones. De la misma forma que consumimos productos, ahora consumimos personas. La pregunta sería si, al igual que ocurre con el consumismo desmedido—que no aporta más felicidad—, cuando consumimos personas de forma desmedida, ¿somos capaces de encontrar más felicidad? En principio, los niveles de infelicidad en las personas promiscuas nos indicaría que no. Debemos comprender que una de las cosas que está predominando en la sociedad del siglo XXI es el egoísmo de las personas y la búsqueda del placer inmediato y, a menudo, sin detenerse a pensar en las consecuencias. Tampoco estamos dispuestos a hacer ningún tipo de sacrificio si ese sacrificio conlleva perdernos algo de placer. Lo queremos todo; no queremos perdernos nada.
n tocarse, dormir, tener sexo y comer, los humanos tenemos ciertas obligaciones, incluso ciertos propósitos de vida, por lo que para fomentar las relaciones abiertas
A diferencia del chimpancé o el bonobo, cuyas únicas preocupaciones so, éstas deben sustentarse en otro tipo de discurso que no sea únicamente decir que la monogamia no está en nuestra naturaleza. Porque posiblemente la única naturaleza del ser humano sea la supervivencia, y fue debido —precisamente— a esa naturaleza de supervivencia que nuestros antepasados eligieron la monogamia. De lo contrario, en estos momentos seguiríamos haciendo lo mismo que hacen los bonobos.

Las relaciones abiertas surgen para darle una solución al desgaste que produce la pareja monógama estable. Estas personas piensan que la pareja durará más si normalizan el hecho de que pueden tener sexo con otras personas, teniendo fuera de casa lo que ellos consideran que va a fallar dentro de casa, pero en mucho casos, se acaban dando de bruces con la realidad. Y es que, además de los problemas que mencionamos en el apartado anterior, aquí surge otro problema. Las parejas abiertas tienen solucionado el problema del sexo, pero no solucionan los problemas que acarrea la convivencia ni solucionan los problemas que tenemos como seres individuales. Finalmente, este tipo de parejas acaban siendo almas libres sexualmente que conviven como compañeros de piso que, de vez en cuando, mantienen relaciones sexuales entre ambos (compañeros de piso con derecho a sexo). Pero no desaparecen los problemas que tienen las parejas monógamas, como es el hecho del reparto de tareas, el cuidado de los niños— en caso de que existan—, el carácter y personalidad de los partícipes, así como posiblemente, nuevas discusiones por este estilo de relaciones sexualmente abiertas. Esta situación es mucho peor en las relaciones poliamorosas, donde ya no es únicamente una cuestión de sexo abierto, sino que en este caso, también es una relación abierta afectivamente. En este tipo de relaciones “a tres” o más, existen —eso sí— unas claras ventajas, como puede ser un mejor y efectivo reparto de tareas y una mayor contribución económica al núcleo familiar. El problema de estos matrimonios poliamorosos es una cuestión de sentido común y matemáticas. Supongamos que una mujer está conviviendo con dos hombres. En una relación monógama, encontraríamos las discusiones típicas entre marido y mujer. Es decir, el marido puede tener ciertos problemas con su mujer y la mujer puede tener ciertos problemas con el marido. Evidentemente, al haber otro miembro más dentro de la relación, el problema se duplicaría.

Los hombres denominados INCEL (Celibato Involuntario), una subcultura que nace del resentimiento hacia la mujer, debido a que estos hombres tienen serias dificultades para mantener relaciones románticas y sexuales con mujeres. Según ellos, las mujeres se han vuelto demasiado exigentes y no logran atraer el interés de las féminas. Algunos simplifican el mensaje de esta “comunidad”, reduciéndolo a algo tan simple como: “Están molestos porque no consiguen follar”. Pero lo cierto es que su molestia va más allá del sexo. En realidad les duele la carencia afectiva.

Podríamos definir la hipergamia como el acto de buscar una pareja o cónyuge de mejor nivel socioeconómico que ella, es decir, una mujer buscaría una pareja que, como mínimo, tenga los mismos ingresos que ella, pero, preferiblemente, por encima de su nivel. En el caso del hombre, si éste tiene un nivel socioeconómico alto, la hipergamia consistiría en el interés de este hombre por una mujer que, independientemente de su nivel de ingresos, sea de un atractivo físico superior —o más juventud y belleza— que él mismo. Traducido a un lenguaje sencillo y coloquial— de la forma que circula en la actualidad por las redes sociales—, una mujer guapa sólo estaría interesada en un hombre con más dinero que ella, mientras que un hombre con dinero únicamente estaría interesado en una mujer más guapa y/o más joven. La mayoría de mujeres niegan que se fijen en el nivel de ingresos de un hombre a la hora de elegir pareja. Y posiblemente sea cierto, al menos el hecho de que lo hagan de forma totalmente consciente, racional y deliberada.

Posiblemente Tinder sea la aplicación de citas líder del momento, con más de 100 millones de descargas únicamente en la Play Store, y más de 50 millones de usuarios activos que cada semana interactúan deslizando su dedo hacia la izquierda o hacia la derecha en la búsqueda de ese deseado Match. Si bien la idea original de esta aplicación es que puedas encontrar el amor, todo indica que la mayoría de los usuarios —aun no descartando que se pueda encontrar pareja— la usan para tener encuentros sexuales (algunos de ellos ni siquiera saben que la usan con estas intenciones y lo descubren una vez que únicamente están teniendo encuentros sexuales). Muchas mujeres se quejan de que algunos hombres les entren directamente con sus intenciones sexuales cuando reciben un match, pero, posiblemente, estos hombres entren de esa manera, debido a que les ha funcionado con otras mujeres. 

En 2014 llegué a la conclusión de que en una aplicación de citas es más fácil quedar para practicar sexo que para tomarse un café. Y por desgracia, en 2022 es aún más fácil—más fácil tener sexo, más difícil encontrar algo serio—. Y también es cierto que la gente ahora miente bastante más. El mayor problema del VIH es que un alto porcentaje de los seropositivos no saben que son seropositivos, por lo que mantienen relaciones sexuales con otras personas dentro de la nueva moda sexual, que no deja de ser variada y desprotegida. Esto respondería a la pregunta que hacíamos en el apartado anterior: 
¿Importa la conducta y hábitos sexuales de una persona con la que vas a tener encuentros sexuales? Importa desde muchos puntos de vista, pero para este punto en cuestión, importa bastante. Con el uso de protección —preservativos en este caso— es cierto que eliminamos gran parte del riesgo, aunque no el 100% en la mayoría de enfermedades de transmisión sexual. En el caso del VPH, el preservativo es donde menos practicidad encontramos, pues los propios fluidos y roce de piel con piel pueden ser suficientes para contagiarte. De hecho, aunque poco probable, no es del todo descartable que una persona se pueda contagiar incluso con besos profundos. 

En este sentido, no todos los científicos se ponen de acuerdo. Algunos dicen que sí existe posibilidad, mientras que otros aseguran que la probabilidad es nula. Si algo debemos saber con respecto a la ciencia es que nunca existe el 100% de certeza en algo. Según las investigaciones, las mujeres (al igual que los hombres) son más propensas a tener sexo sin protección con una persona atractiva. Si a ésto le añadimos que, además, esa persona lleva —o aparenta llevar— un tipo de vida saludable, nuestra cabeza automáticamente descarta la idea de que esa persona pueda ser portadora de alguna enfermedad de transmisión sexual, por lo que la mujer bajará la guardia a la hora de protegerse en sus relaciones sexuales; algo que no haría, en la mayoría de los casos, con una persona físicamente menos atractiva o con un tipo de vida menos saludable. Y aquí es donde olvidamos que las enfermedades de transmisión sexual no entienden de atractivo físico, y únicamente entienden de cuántas veces has tenido sexo de riesgo con otras personas que eran portadoras de alguna ETS. A mayor actividad sexual, mayor probabilidad de dar con una persona que en ese momento esté infectada por alguna ETS, y por tanto, mayor probabilidad de ser infectado.

En la actualidad (2022), Internet —con las redes sociales al frente— se ha dividido en dos claros bandos. Por una parte, el discurso feminista radical donde se muestra un odio jamás antes visto hacia los hombres, tachándolos de potenciales violadores y maltratadores. Por otro lado, esos hombres que, viendo el panorama y los discursos de odio de las mujeres hacia los hombres, deciden combatirlo con el mismo odio. Artículos y vídeos virales en ambos sentidos donde se parte de una peligrosa deducción: la generalización de géneros. “Todas las mujeres son…” y “todos los hombres son…” Todo sea dicho de paso, aquí el problema también se debe a los vendedores de odio. Un hombre y una mujer no son iguales. Es más, no deberían serlo, pues gracias a eso, se ha mantenido viva nuestra especie. Las primeras diferencias entre ambos géneros, como ya hemos visto, tienen mucho que ver con la biología, y otras muchas diferencias sí que podrían estar interpuestas por causas culturales, aunque en cierto modo, como ya explicamos antes, algunas de las causas culturales se han dado debido a las causas biológicas. Y con esto no estoy insinuando que una mujer deba estar en casa y su marido trabajando. Simplemente que, al igual que en una empresa o en un equipo deportivo, todos no pueden hacer lo mismo; hay que repartir tareas y funciones.

Lo que comenzó siendo un feminismo que únicamente buscaba la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres —algo en lo que creo que a día de hoy no existe nadie que esté en contra —, acabó convirtiéndose en un movimiento político que ha metido sus garras en lo económico, social, cultural y sexual. Y este movimiento está alejado de la construcción. Usan con frecuencia la palabra deconstrucción, pero para deconstruir, primero hay que destruir. El problema es todo lo que están destruyendo a su paso. El algoritmo o red neuronal de cualquier red social puede conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Es más, ni siquiera necesitaría conocernos, pues la alteración de un algoritmo puede guiarnos en nuestra forma de pensar. Viendo las publicaciones y los “me gusta” de tu perfil en una red social, cualquier persona puede hacerte el molde. No hay que ser un genio para saber, a partir de tu actividad en redes sociales, si te gustan los coches o el cine, si eres más afín a la izquierda o a la derecha, si pasas los fines de semana en discotecas o de viaje (sobre todo si eres de los que publica toda clase de actividades e intimidades). Eso lo ve cualquier persona. Pues bien, un algoritmo es capaz de hacerte el molde con mucha más exactitud que 1000 humanos observando tu actividad en redes sociales y conviviendo contigo 24 horas al día. El algoritmo no sólo ve tus “me gusta”, sino aquellas publicaciones en las que más tiempo pasas, aquellos vídeos que ves hasta el final aunque no le des un “me gusta”, incluso tus conversaciones privadas en el chat.

Los medios de información siempre han estado polarizados, y por supuesto, siempre han intentado influir en la forma de pensar de los lectores. Eso no es nada nuevo del siglo XXI. Lo que sí es nuevo, es que ahora no se esfuerzan por disimular que lo hacen. Tratan a los usuarios como verdaderos idiotas sin tomarse la más mínima molestia por tratar de ocultarlo. Si quieres cambiar la línea editorial de un medio de información, quítales la interacción, y cambiarán la línea de su discurso. Recuerda que el periodismo de hoy día es como un mercenario. No actúa en base a un código ni a unos valores. Si no recibe dinero, no va a la guerra. Por lo tanto, si no recibe interacción en una línea editorial, dejará de trabajar en esa línea editorial al ser un tema de poco interés para el lector. Por desgracia, hasta ahora les ha funcionado. La guerra de mujeres contra hombres comenzó, y a base de noticias cruzadas, a menudo sensacionalistas, se fue implantando en el cerebro de los consumidores de noticias el hecho de que los hombres son malvados por naturaleza. Y por ende, los hombres, tras ver este tipo de mensajes, comenzaron a pensar que a las mujeres se les estaba yendo la cabeza con este tipo de discursos. Si el objetivo de algunas partes interesadas era acabar generando desconfianza entre la unión afectiva de un hombre y una mujer, sintiéndolo mucho, a grandes rasgos, lo lograron. La familia tradicional está en peligro en el siglo XXI. La pregunta sería: 
¿Estaba en peligro y por ello los medios comenzaron a hablar de esta situación, o fue a raíz de que los medios comenzaron a magnificar este problema, lo llegamos a convertir en un serio problema? Tengo mis dudas en este sentido. Quizás pusimos esta guerra de sexos entre las películas más vistas, y gracias a ello se convirtió en la película más vista.

Al problema de los medios de comunicación se le sumó el problema de los creadores de contenido. Y es que un creador de contenido, siendo honestos, busca un nicho que le genere una interacción que le permita ganar dinero. La guerra de sexos era un tema candente en este sentido. 
En el caso del odio entre hombres y mujeres, existen demasiados interesados. Por una parte, los propios medios de comunicación y creadores de contenido que cubren este tipo de contenido que genera odio, y por tanto alimenta la interacción de los usuarios. Por otra parte, la desunión entre hombres y mujeres como forma de dirigir al 50% de la población (mujeres) hacia una ideología política concreta. Si a esto le añadimos la ideología completa, la división es mucho más amplia, pues ya también incluirían dentro de un mismo grupo a mujeres, trans, homosexuales, inmigrantes y todo colectivo al que se le ha hecho creer que existe un enemigo común. 
De esta manera, el partido político hace suyos a un grupo de colectivos que, sumados entre sí, son un grupo bastante amplio de personas. Los beneficiados en este sentido serían los interesados en hacerse con estos colectivos. 
Las víctimas: todo el mundo. Y con el tiempo nos daremos cuenta de eso.


La INVOLUCIÓN del siglo XXI - Un análisis de los problemas de la sociedad actual.

La Involución Del Siglo XXI - A. Carlos González by David Villota