EL Rincón de Yanka

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sábado, 23 de mayo de 2026

LIBRO "CUANDO YUNQUE, YUNQUE. CUANDO MARTILLO, MARTILLO 🔨 por AUGUSTO ASSÍA (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO): EL LEGENDARIO ESPÍA Y PERIODISTA GALLEGO QUE ENGAÑÓ A HITLER

 

Cuando yunque, yunque.
Cuando martillo, martillo


Durante la segunda guerra mundial, Augusto Assía (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO), corresponsal de La Vanguardia, era el único periodista español que informaba a sus compatriotas desde Londres. Una vez terminada la guerra recogió algunas de esas crónicas en dos libros. El primer volumen, que apareció en 1946 e incluía textos publicados durante la primera parte de la guerra, la denominada «guerra defensiva», llevaba por título Cuando yunque, yunque. El segundo volumen, Cuando martillo, martillo, recoge las crónicas publicadas a partir de julio de 1943, durante la segunda fase de la guerra, la «guerra ofensiva».
Las crónicas escogidas no incluían solo artículos de corte bélico, porque en palabras de su autor: «El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte». Así, las crónicas lo mismo nos dan noticia de cómo funciona la corona británica que de la retirada de los soldados ingleses de Dunquerque o del sistema escolar vigente en el Reino Unido.
El libro es, por tanto, no solo una crónica de la guerra vista por un español, sino también un auténtico retrato moral del único país de Europa occidental que no se dejó doblegar por Hitler.
Prólogo

Augusto Assía (Felipe Fernández Armesto). Una vida española del siglo xx El periodismo puede hacer o deshacer a un escritor, pero es indudable que la literatura española siempre ha entrado y salido de los periódicos con naturalidad perfecta. Quizá por eso sea un acto de estricta justicia que el mejor periodismo español del siglo xx —de Camba a Gaziel y de Xammar a Chaves Nogales— haya ido pasando en estos últimos años de las hemerotecas a los libros. Rescate tras rescate, es algo que estamos viviendo todavía. 

Más allá del valor historiográfico de un legado hasta ahora disperso, la recuperación de tantas obras y de tantos nombres nos ha servido, de modo eminente, para repensar las galerías que unen el periodismo y la literatura. Nos ha ayudado a subrayar la inteligencia sobre la realidad que puede abarcar un género tan mixto y fecundo como es la crónica. 

Nos ha puesto ante los ojos la dosificación inmejorable de atractivo literario y peso moral que llega a alcanzar la palabra del cronista. Y nos ha hecho ampliar la imagen que de sí mismas tenían las letras españolas en el siglo xx para así perfeccionar su canon. Si este salvamento editorial era ya una empresa de mérito, los lectores tampoco han dejado de celebrar su oportunidad, agradecidos de encontrar —en aquella España con frecuencia endogámica y sufriente— el testimonio del temperamento abierto, el alcance europeo y el temple de civilización de nuestros grandes cronistas. 

Literatura o periodismo, queda claro que su lucidez no estaba destinada a prescribir con el diario de la mañana. Quién sabe si, todavía hoy, la exclusión de Augusto Assía* (1904-2002) del elenco de magníficos de nuestro periodismo no será el pago póstumo a una carrera fértil y feliz como pocas. Sin duda, ese apartamiento tiene algo de purgatorio, a la espera de la mano de nieve que devuelva a los lectores una prosa perpetuamente legible y grata, inmune a los años, de soltura infalible y totalmente seductora. 

No es la única generosidad de su escritura: página tras página y país tras país, con el Assía corresponsal y viajero recorremos también el itinerario vital de un curieux de profession que vio y narró un siglo en su fuego y sus cenizas en todo lo que va de la Alemania nazi a los primeros barruntos del proyecto europeo o el optimismo moral de la América de los fifties. Ni siquiera iba a ahorrarse Assía los claroscuros y misterios que tanto seducen en una edad mitómana. En su caso, son más que suficientes para una ubicación controvertida entre quienes ponderan su pasado de fiereza comunista, su colaboración con el Gobierno de Burgos o su posible espionaje aliadófilo. 

Como periodista, él supo bien que a los suyos se les conoce por informados tanto como por discretos. Restaurado su perfil de cronista con este volumen, queda aún por hacer la quest de Augusto Assía. Ni faltan materiales ni debieran faltar voluntarios. De la vida a los libros, lo importante —en todo caso— será el carácter «independiente y liberal» que otorgó a Assía su palco de privilegio en la hora de tragedia y de gloria del continente. El escritor que aún acertó a vivir el último cosmopolitismo de la gran Europa iba a dar fe de la ventolera de la historia y a metabolizarla como un poso ético y una cierta sabiduría en lo político. Por eso, si hemos de buscar una vida española del siglo xx, tal vez no debamos buscar mucho más allá de Augusto Assía, quien tuvo además la largueza de contarlo con esa facilidad propia del periodismo en su aleación más pura. 

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randolph Hearst, clases de Einstein o de Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. 

¿Qué otro personaje tuvo oportunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? Ciertamente, no a todo el mundo le fue dado conocer a Picasso y a Miró en la misma mañana parisina, reconciliar a Pla y a Xammar o encontrarse por primera vez a Julio Camba nada menos que en los tejados de la catedral de Santiago. Sí, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar, del 23F en el Congreso al acercamiento hispano-yanqui o —más prosaicamente— el día aquel que sorprendió a Truman bajándose los calzoncillos. Ese bendito oportunismo iba a convertirlo en príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo. 

Tiene quizá algo de ironía que, para abrazar esos grandes destinos, Assía debiera rechazar otros no menores. Cuando, allá por los años veinte, empieza a destacarse en las letras de su tierra, nada menos que Rafael Dieste saluda su primera novelita, Xelo, o salvaxe, con una de esas frases que sellan una vocación: «Por primera vez nos hallamos ante un verdadero escritor gallego». 

Por entonces, Assía era el muchacho criado en la solidez de una buena familia de la Galicia interior que llega a Santiago, se crea un nombre en los periódicos y va haciendo suyo el estimable paisaje literario de una Universidad en sus tiempos más selectos. Portela Valladares le ofrece —tan joven todavía— la dirección del progresista El pueblo gallego. Assía rehúsa, efectivamente, como el cambio de un destino. 

El vínculo universitario y periodístico seguiría ya lejos de casa: en París, primero, y en Berlín, después, en uno de esos lectorados de Románicas que tanto hicieron en el siglo xx por la literatura española y la manutención de sus creadores. En su ruta jacobea a la inversa, Assía iba a aprovechar para escribir y enviar sus colaboraciones, aquí y allá, a los medios españoles. La siembra trajo fruto cuando, por una sustitución y mil azares, le cae la correspondencia berlinesa de La Vanguardia con la bendición de Gaziel. Era 1929, y Assía permanecería unido al diario hasta 1986. Todavía impone algo de vértigo pensar en su estreno: contar el fenomenal ocaso de la República de Weimar, el «salto a la oscuridad» de la Alemania nazi. 

Cuando Josep Pla, buen amigo, lo recuerda en una de sus notas de ancianidad, describe el tono «ligeramente confuso y complicado» de aquel primer Assía. No era, quizá, una confusión que se limitara a la prosa. En la década de los treinta, su propio pensamiento iba a conocer bandazos radicales, de un galleguismo en los postulados del Grupo Nós a la militancia comunista, para en última instancia insertarse en la propaganda del Movimiento. Estas son páginas mal conocidas, tardíamente descubiertas y nunca desveladas por el propio autor, ante todo en lo atinente al compromiso con el pc. Ahí parece que su flirteo comunista fue tan intenso como breve, nacido hacia 1930 e incapaz de sobrevivir al contacto con la realidad soviética que vivió —como una conversión— junto a Pasternak, Gide o Dos Passos en la reunión moscovita del Pen Club en 1932. Hasta entonces, sin embargo, no faltan recuerdos de su trato con Alberti, de su condición de «escritor español proletario».

El pintor trotskista Andrés Colombo nos describe al Assía de la época como un joven de «afilados huesos» que «hablaba de los planes quinquenales rusos con la facilidad y fruición con que cualquiera se traga un helado en pleno verano». 
En tiempos de socavamiento de las democracias liberales, no hace falta abundar sobre el punto, tan tratado, de la sugestión que hallaron los intelectuales en el marxismo. Unos llegarían a la complicidad totalitaria; muchos otros lo abrazaron a modo de contraveneno del fascismo. 

No se sabe qué actitud tomó Assía. Sí se sospecha que su separación del pc fue traumática. Y también consta la certeza de que, desde entonces, el periodista sería más cuidadoso en sus apegos y directamente magistral en el manejo de las distancias. Dicho de otro modo, Assía desarrolló una magnífica capacidad para caer de pie, pero no sin conocer el sabor de la contradicción: 
baste pensar que, en el mismo 1936, iba a experimentar la censura de la República y también la del franquismo. Unos años antes, en 1933, con el nazismo recién instalado en el poder, Assía ya había tenido la mala idea y el cuajo moral de enfrentarse a Goebbels y convertirse en uno de los happy few rechazados por el Reich. 

Aquel fue el fin de su corresponsalía berlinesa y el comienzo de su corresponsalía volante por Europa, en todo lo que va de la Sociedad de Naciones al asesinato del canciller Dollfuss. Ya se iban adensando las sombras de los años treinta y su propio país, como un anticipo de la conflagración continental, aceleraba hacia la guerra. Desde el primer momento, Assía también sabría aprovechar ciertas zonas de ambigüedad en su relación con el franquismo. 

Por ejemplo, siempre se negó a jurar «fidelidad íntegra y total a los principios nacional-sindicalistas», lo que le dejó, primero, sin carné de prensa, y después, sin la subdirección y la dirección de La Vanguardia. Esas no eran las lealtades esperadas en quien había vuelto a España para encargarse de la prensa del Gobierno de Burgos, mano a mano con un Juan Pujol que iba a alterar el curso de la guerra mundial bajo el alias de Garbo.

Entre episodios de cercanía y episodios de desdén, su trato con la dictadura conoció texturas interesantes y complejas. Tuvo tiempo de dirigir un par de medios locales: La Voz de España, en San Sebastián, o el elocuente Arco orensano, también influyó en Franco de cara al nein de la Entrevista de Hendaya. Finalmente, cuando se le reintegra La Vanguardia al conde de Godó, Assía vuelve a entrar en plantilla y, en recuerdo de las viejas lealtades, ayuda a exiliarse al expresidente Portela Valladares. 

Otro de los capítulos de su vida marcados por la incógnita. Para el primer día de la guerra mundial, Assía ya está en Londres, con el mérito de haber sido el único español en vivir y contar toda la guerra desde allí. Aquellos iban a ser, seguramente, sus mejores años, con la historia ante los ojos como un adiestramiento en la política de calidad. 

No serían, sin embargo, sus años más fáciles, al menos en sus rapports con los jerarcas del régimen: el alineamiento aliadófilo de sus despachos irritaba al duque de Alba —el embajador— y llevó a Serrano Súñer —el ministro— a amenazar con despojarle de la nacionalidad española. Aun así, fueron tiempos de tés con Churchill, de conocer a un prometedor joven llamado John F. Kennedy, de posar ante el todo Londres como «la persona mejor relacionada», según se dijo, «con la colonia española». De paso, Assía iba a ir sumando glorias a su archivo personal: fue el primer español en aparecer en una televisión, fue el impulsor de la programación en gallego —pionera en Europa— de la bbc, y también fue, desde entonces y por mucho tiempo, el periodista mejor pagado de España. 

Cuenta el hijo de Augusto Assía, el gran historiador angloespañol Felipe Fernández Armesto, de cierto don oxoniense que se le acercó un día a agradecerle los servicios prestados por su padre a la causa de la libertad. Entre sonriente y lloroso, aquel anciano profesor aludía a la historia que entronca a Assía con el espionaje aliado. Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones. Pensemos, por ejemplo, que poco antes del Desembarco de Normandía, una de las «crónicas radiotelegráficas» de Assía ya expande el engaño, según la pauta de Garbo, de una supuesta toma de tierra aliada «en Francia y el sur de Bélgica». 

Por supuesto, del mismo modo que no hay materialidad ninguna para corroborar la implicación de Assía en la esfera del espionaje, tampoco es aceptable pensar que los nazis soslayaran sus despachos. Como sea, el mismo periodista que había apostado por la victoria de Franco en el verano del 36, tampoco tuvo dudas de que la causa aliada se impondría al nazismo. Conocía el acero de los ingleses. Es tentador pensar que, para Assía, sus años británicos fueron también el mediodía de su carrera periodística. Todavía le quedaban —mano a mano con Sentís— los juicios de Núremberg, una vuelta al mundo a la mitad del siglo, puestos y destinos capaces de coronar cualquier trayectoria. 

En Nueva York y Washington, a comienzos de los cincuenta, hizo no poco por acercar a España y Estados Unidos. Ahí volvieron a aflorar los rumores de espionaje: atípicamente, además de escribir para La Vanguardia, Assía ejerció como attaché de prensa de la embajada española. Después fue llamado a la Alemania fundacional de Adenauer y —firme en su convicción europeísta— pudo narrar a placer la firma del Tratado de Roma. Para entonces, en aquella Europa que tan bien conoció, quedaban pocas de las dulzuras larbaudianas que aún había entrevisto en su juventud. 

Él iba a seguir publicando, como una voz posibilista e incansable, en La Vanguardia, en el Ya, en Destino y en La voz de Galicia. Precisamente se casaría con una de las hijas propietarias del diario gallego, Victoria Fernández-España, una mujer —inteligente, rica, guapa— de excepción. Iba a tener hijos de probada brillantez intelectual. Iba a perpetuar su nombradía con sus «cartas al director» en el diario del conde de Godó. Irreductible como era, también iba a perpetuar sus problemas con el franquismo: su galleguismo templado, su filiación europeísta, sus afanes de descentralización y apertura democrática contaban con sobrada autoridad para molestar.

A finales de los setenta, Assía era el gallego que había cumplido con el deseo tenaz de volver a casa. Con su familia partida por la guerra, no pudo menos que celebrar la Constitución como sutura histórica, el pacto de concordia de la Transición. Tonteó, solo un poco, con la política activa. Y ya en su edad provecta, de retiro en la Casa Grande de Xanceda, aún daría en gozarse en las complejidades de una vida en la que el periodismo era el oficio más interesante de la tierra y un corresponsal valía lo que valía un diplomático. Ahí todavía le quedó tiempo para fundar una de las mayores vacadas de su tierra. 

Assía terminó sus días al modo de sus admirados lores dieciochescos, en una pose de gentleman farmer que no era sino una espléndida cuadratura de sentido. A Augusto Assía nunca se le ha negado el protagonismo entre los corresponsales españoles; curiosamente, no se ha subrayado lo suficiente su primacía en el estamento, tan menguado, de nuestros anglófilos. Al respecto tal vez baste con traer a la memoria que nos dejó media docena de libros y que cuatro de ellos tratan sobre esa «magnífica y peculiar isla en acción». Así, a las estampas de costumbres de Los ingleses en su isla y a los perfiles de prohombres de Vidas inglesas, les seguirían —ya en la posguerra— Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, los volúmenes que ahora reeditamos. 

En ambos se extractan sus mejores crónicas de la guerra, cribadas de entre el millón de palabras que envió a La Vanguardia desde Londres. Con la divisoria fijada en 1943, el primer libro acompaña aquella finest hour británica en que Churchill y su pueblo vieron y sufrieron el órdago alemán. Era la Inglaterra golpeada como un yunque. En el segundo volumen, con las tornas cambiadas, Gran Bretaña —junto al resto de los aliados— se convierte ya en el martillo que percute hasta la victoria final. 

Desde las escombreras de un hotel o entre la polvareda que sigue a un bombardeo, habrá que decir que Assía nos va contando en directo, con insistencia diaria, los acontecimientos de una guerra cuyo signo final él y todos desconocen. Por eso redunda en su honor y en su capacidad de profecía que jamás dudara de unas gentes que «no se dejan deprimir por los reveses» ni «se exaltan fácilmente con los éxitos». 

«Gallego fascinado con Inglaterra», a Assía no solo le tocó alzar testimonio de un país castigado y resistente, sino erigirse —como se ha dicho— en «traductor de una cultura». En esa labor, no hay ninguna desmesura en equiparar su conocimiento y su pasión inglesa a la altura de los Voltaire, los Taine y los Morand, de los anglófilos históricos que con Assía suman a un raro español entre sus filas. Su pedagogía británica, como él mismo reconoció, no era cosa sencilla: 
ya Ortega había sentenciado que «no hay hecho más extraño en el planeta que el pueblo inglés», y Assía asume que «es el país más difícil de describir para un escritor». 
El corresponsal abundará en sus contradicciones: 
Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y —a la vez— la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo, se dirige desde «la casa humilde, de aspecto pobre», de Downing Street. 

Ahí, Assía sabrá transmitir a sus lectores el don genuino de lo británico: que el país haya sabido convertir esa contradicción «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Siempre más sensible a las texturas de la libertad que a las del tweed, las simpatías inglesas de Assía reverberan en unos artículos que, escritos «en horas obscuras para la civilización europea», no querían sino verter «sobre los hogares un rayo de esperanza». 

En verdad, como recuerda Niall Ferguson al hablar del prestigio moral de Inglaterra durante la contienda, quizá nunca como entonces se hizo tan fácil estimar lo inglés, pero Assía no deja de figurar en calidad de adelantado. Así, en sus páginas, el «mundo de confusión y pesadilla» de los bombardeos y el cielo «encandilado de llamas» del Blitz van dejando paso imperceptiblemente a una normalidad heroica, y ya en el año 39, Assía puede constatar que «los londinenses han comenzado a dejar en sus armarios las caretas antigás y han vuelto a sacar las chisteras». 

Es el cuajo de un país para el que «irse a la guerra es tan propio como traficar, jugar al cricket o hacer turismo». En la pluma de Assía, la imagen quedará cifrada en aquel caballero que lucía su casco con forma de bombín. Como una resistencia o un derecho ancestral, el corresponsal admira cómo «ni aun en las más graves y urgentes ocasiones se dejan los ingleses arrebatar el privilegio de sus viejas y pintorescas costumbres». Tampoco bajo los bombazos cerraron los pubs. Quizá por esa mezcla de ardor guerrero y business as usual, Assía no se limita a dar el parte diario de la guerra. 

En sus crónicas, «lo mismo desfila la descripción del acorralamiento del Graf Spee en el Mar del Plata, que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra o el origen del Plan Beveridge». Las Mitford, Churchill o una Isabel II todavía muchacha harán cameos en sus libros. Y junto a la toma de París, la pica en Normandía o la rendición de Italia, las páginas sobre Oxford o la India, la anticipación de las medidas de posguerra o el desfile tan bizarro del Lord Mayor buscan dar a entender cómo vivieron la guerra los ingleses: 
«leyendo el Times por las noches, al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky». 
De este modo, conforme la guerra avanza, Assía no se limita a indicar el progreso de los ejércitos, sino que va engrosando su mayor mérito: el de escribir el más nutrido compendio de la vida inglesa a ojos de un español. 

De pronto, en cualquier párrafo, nos vuelve a acometer el temblor de la historia, y se hace imposible no preguntarse cómo fue escuchar, cómo fue transcribir el discurso en el que Churchill afirma que «defenderemos nuestra Isla a cualquier precio, lucharemos en las playas, en los campos, en las calles; no nos rendiremos jamás». 

Cuenta John Lukacs en sus memorias que, allá por 1940, la respuesta bélica de Inglaterra fue la defensa de unas libertades antiguas frente a la ferocidad moderna del totalitarismo. Es una cartografía exacta de la actitud de Assía ante lo inglés. Como ocurre con sus mejores practicantes, la anglofilia del gran corresponsal, por usar las palabras de Valentí Puig «no es una simple cuestión de corbatas (…) 

Es una admiración institucional, de formas, de consideración por una capacidad de resistencia que el mundo británico ha demostrado cuando ha visto en peligro su libertad». En virtud de esa fe, mientras los Junkers asolaban Coventry, Assía podía afirmar que Inglaterra pierde todas las batallas menos la última. Y si en un momento dado se pregunta cuántas derrotas no ha sufrido, al instante vuelve a preguntarse cuántas guerras —ninguna— perdió. 

En nuestro tiempo de «declinólogos» de lo inglés, se hace complicado no detectar en las páginas de Assía un aire ya elegíaco. Como él mismo señaló, aquella Inglaterra —su Inglaterra— era aún un país que tomaba la fibra moral de sus tradiciones, la nación inmemorial donde «las reformas se superponen a las instituciones», como dijo Taine, «y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa». 
De los impuestos de sucesión a la contracultura, las viejas formas de la vida inglesa iban a quedar, ya en la posguerra, como un piccolo mondo antico. El propio Assía tiene tiempo, doblado el año de 1945, para lamentarse de la pérdida «del hábito de vestirse de smoking para cenar». 

Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado «con la mitad de policías y el doble de carteros» que cualquier otro Estado. Los usos de su Administración se resumen en la frase «su humilde servidor». 
Sus sastres y zapateros atienden no más que a los amigos. Las polémicas parlamentarias persisten, siempre civilizadas pero siempre enconadas. Y su prensa, libérrima, sigue «puesta a disposición de los caprichos o las humoradas de cualquier colaborador». 

El respeto al enemigo entraba dentro del archivo de lo inglés, quizá porque el gentleman «no odia nunca». Al general Rommel, señala Assía, nunca se le ha alabado más que en el Times.

En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: «Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra». Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas. Era el signo de una civilización donde —al contrario de los regímenes totalitarios— «la libertad, el humor y el respeto por la ley prevalecen sobre la búsqueda radical de la perfección humana». 

Ahí están las gracias de Inglaterra. Al terminar la contienda, Assía medita que Hitler no ha hecho sino repetir «la historia de Luis XIV, de Napoleón, del Káiser», de todos los enemigos de la Isla. Como ellos, el nazismo tampoco iba a poder nada «contra el poder de la libertad» que, en su mejor hora, encarnó Inglaterra para el mundo. 
Es la épica que Assía narró día a día en su momento y que se condensa en estos libros como una lección moral. A tanto llegan unas páginas que se escribieron como periodismo y hoy solo podemos entender como literatura.

Ignacio Peyró
Nota del autor a la primera edición 

La base de este libro está formada por artículos aparecidos en La Vanguardia, de Barcelona, durante la primera fase de la guerra. Abarca desde la impresión que recibí al llegar a Londres, pocas semanas después de comenzada la conflagración, tras una ausencia de tres años impuesta por la guerra civil española, hasta la victoriosa campaña de África. 

Si la reagrupación de artículos periodísticos en forma de libro exige una explicación, pídasela usted a los editores de este. Solo respondiendo a sus reiterados requerimientos, he accedido a que fuera publicado. No creo, sin embargo, que la cosa requiera disculpa alguna por mi parte. Al contrario, me parece que poder reproducir hoy, sin quitarles ni añadirles una coma, artículos escritos sobre el correr de la guerra, a lo largo de los años cuarenta, cuarenta y uno y cuarenta y dos, puede ser todo menos motivo para reproches. 

Me parece, igualmente, que el hecho de haber sido el único periodista español que ha informado sobre el conflicto desde Inglaterra quizá dé a este libro un carácter documental que, andando el tiempo, pueda tener interés para la historia del periodismo en nuestra patria, sin contar que tal vez los lectores se alegren de poder tener ahora, recopilados en un tomo, algunos de los artículos que, en horas obscuras para la civilización europea, vertían sobre los hogares un rayo de esperanza. 

Mi optimismo innato, al lado de mi fe en la fuerza de la libertad, así como mi conocimiento del carácter inglés, contribuyeron a que ni por un solo momento dudara del triunfo de Inglaterra. Esto, a su vez, imprimió a mi labor un tono a «contrapelo» que, si me produjo inquietudes, llevó la tranquilidad a no pocos ánimos. Quizá este recuerdo sea el mejor justificante del libro, los editores creen que tiene también la virtud de ofrecer un cuadro sinóptico de la vida en Inglaterra bajo la obscuridad que lanzó sobre la Isla la catástrofe del ejército francés. 

El juicio, a este respecto, lo dejo en manos de usted. Quiero avisarle, sin embargo, de que los artículos reproducidos en el libro no son sino una parte esquemática de la pléyade que la radio y el cable volcaron noche tras noche sobre La Vanguardia. Seleccionar este tomo, entre más de un millón de palabras, ha sido tarea ímproba. Una parte del material original se ha extraviado y otra ha perdido toda relación con la actualidad. 

El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte. A través de ellos, lo mismo desfila la descripción del acodalamiento del Graf Spee en el Mar del Plata que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra que el origen del Plan Beveridge. 

A pesar del sistema esquemático introducido en la selección, ha sido imposible condensar en un solo volumen todo el material. Mientras este tomo se ocupa de la primera fase de la guerra, o lo que pudiera llamarse la «guerra defensiva», el segundo, de próxima publicación, se ocupará de la segunda fase o la «guerra ofensiva», y se titulará: Cuando martillo, martillo.

Augusto Assía, 1946

* Siempre dado a usar un nom de plume, Felipe Fernández Armesto —así fue bautizado— utilizaría este seudónimo de resonancias viajeras y tolstoyanas para sus crónicas en La Vanguardia.


El legendario espía y periodista gallego 
que engañó a Hitler 
y fundó Casa Grande de Xanceda


Un legado periodístico que perdura

El trabajo de Augusto Assia continúa siendo objeto de estudio por parte de historiadores y periodistas. A través de su obra, miles de lectores pudieron entender mejor un conflicto que cambió el mundo y conocer, además, la voz poco escuchada de una reina relegada por la historia. Sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial son, todavía hoy, referentes de un periodismo valiente, honesto y profundamente humano.

La impresionante historia de Augusto Assía, también conocido como Felipe Fernández Armesto, uno de los más ilustres gallegos del siglo XX, testigo de grandes momentos de la historia y fundador, ya anciano, de una marca láctea de referencia.

A las 14:50 del 1 de octubre de 1946 se iniciaba la última sesión de los Juicios de Núremberg, un proceso penal contra 24 altos cargos de la Alemania nazi acusados por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre del Tercer Reich. El Palacio de Justicia de Núremberg fue el elegido para albergar este proceso por razones simbólicas, ya que había sido el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las Leyes de Núremberg, una serie de normas antisemitas y racistas. Tras 314 días, en los que se escuchó a 240 testigos y se leyeron 300.000 declaraciones, el tribunal dictó varias condenas a muerte, de prisión y absoluciones. Más de 250 periodistas se desplazaron para cubrir la actuación del Tribunal Militar Internacional instalando su base de operaciones en el castillo de los condes Faber-Castell. Solo tres españoles cubrieron los juicios de Nuremberg, entre ellos un gallego que acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del periodismo del siglo XX. 

Un orensano que conoció el nazismo, la Inglaterra de Churchill, los Estados Unidos de Eisenhower, que fue condecorado con la Orden del Imperio Británico, que se cree que trabajó para los servicios secretos engañando a Hitler y que fundó una granja cuya marca lleva el nombre de Galicia y su calidad por todo el mundo: Casa Grande Xanceda. 

Esta es la historia de Augusto Assía.

Su verdadero nombre era Felipe Fernández Armesto, natural de un pequeño pueblo de Ourense, A Mezquita, donde nació el 30 de abril de 1906. Pronto dio salida a su vocación periodística publicando sus primeros artículos en el diario vigués “El Pueblo Gallego”, en 1924.
Ese mismo año ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela y se licenció tres años después. 
En 1928, Felipe logró una beca para acudir a la Universidad de Humboldt de Berlín, desde donde comenzó a trabajar para varios medios como “El Sol”, “La Libertad” o “ABC”.

Tras leer algunos de sus artículos, el diario “La Vanguardia” le propuso ser corresponsal permanente del periódico en Berlín, momento que eligió para comenzar a usar un seudónimo y evitar así perder su beca y las colaboraciones con otros medios: Augusto Assía.
Su nueva identidad marcaría el resto de su existencia, ya que nunca volvería a firmar con su verdadero nombre ni cambiaría de periódico a lo largo de su vida, trabajando de manera ininterrumpida para La Vanguardia hasta su jubilación en 1986.

En Alemania asistió al imparable ascenso de Hitler y a los cambios que experimentaba el país, hasta que fue expulsado en 1933 como represalia por sus crónicas contra los dirigentes nazis recién ascendidos al poder y por una incómoda e insistente pregunta que hizo al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, sobre la implicación de las SS en la muerte de tres sacerdotes católicos en la ciudad de Kiel.
Su último artículo en Alemania fue publicado el 20 de mayo de 1933. El 13 de junio se publicaba su primera crónica desde Inglaterra, adonde había sido destinado por La Vanguardia como corresponsal en Londres.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Augusto se trasladó a España para cubrirla y en 1939 fue reenviado de nuevo a Londres, donde pasaría toda la Segunda Guerra Mundial despachando unas crónicas que se hicieron famosas y que le convirtieron en una de las pocas voces que defendían la posición de los aliados frente a los nazis, apoyados por la mayor parte de la prensa española de la época.

A pesar de que Londres era bombardeada cada noche, Augusto decidió permanecer allí, siendo el único periodista español que informaba sobre el conflicto desde Inglaterra y ofreciendo puntos de vista tan molestos que el régimen franquista llegó a amenazarlo, a través de su embajador en Londres, con retirarle la ciudadanía española. Tras conocer la amenaza, Augusto contestó: “No me importa, con tal de no perder la gallega…”.

El éxito de sus crónicas fue tan extraordinario que, una vez terminada la guerra, fue publicada una antología de las mismas en dos volúmenes considerados uno de los libros periodísticos más importantes del siglo XX.

Su figura se volvió tan sobresaliente que, durante años, se pensó que este gallego era “Garbo”, el famoso agente doble que engañó a los alemanes sobre el lugar en el que se produciría el desembarco aliado en Francia. Y se llegó a esta creencia debido a algunas crónicas publicadas por él días antes del Día D en las que pronosticaba que la ofensiva aliada se produciría en el paso de Calais, justo la tesis que usaba el servicio secreto británico y el mismo “Garbo” para desinformar al contraespionaje nazi.

Pero ¿fue Augusto realmente un espía? Resulta cuanto menos curioso que fuese condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico, además de recibir la King’s Medal, una condecoración de carácter militar.
Su hijo suele recordar cómo le sorprendieron las atenciones que le prestaba un viejo catedrático mientras estudiaba en Oxford, hasta que descubrió que aquel anciano era sir John Cecil Masterman, el director del programa de agentes dobles del MI5, el cerebro del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial, que agradecía así la contribución de su padre a la victoria y que llegó a decirle que había sido uno de sus agentes más importantes.

Aunque él nunca lo reconoció, el hecho de ser expulsado de Berlín, sus condecoraciones y que fuera uno de los contados periodistas españoles que asistiría a los juicios de Nuremberg, también hicieron sospechar a los soviéticos de que, bajo el seudónimo de Augusto Assía, no se escondía un espía común, sino la identidad del legendario “Garbo”, cuyo nombre real se sabría décadas después: Juan Puyol García.
Tras el fin de la guerra y cubrir la información sobre los juicios de Núremberg, fue corresponsal en Nueva York, en la década de los 50, en plena guerra fría, así como en Washington, donde también desempeñó la labor de agregado de prensa de la embajada española. De 1955 a 1963 fue corresponsal en Bonn y a partir de 1964 se convirtió en enviado especial cubriendo los acontecimientos internacionales más importantes.

MARÍA VICTORIA, FELIPE PADRE E  HIJO

En la década de 1970 regresó a Galicia con su esposa, la historiadora, periodista y política María Victoria Fernández España, nieta de Juan Fernández Latorre, fundador del diario La Voz de Galicia. Una extraordinaria mujer que llegaría a ser la primera vicepresidenta del Congreso de los Diputados.
Ambos decidieron retirarse en una hacienda en Mesía, para la que importaron en barco 20 vacas de Canadá, las mejores de su época, para que pastasen en libertad por las 30 hectáreas de la hacienda, ya que Augusto creía que no tenía sentido tenerlas en un establo alimentadas por pienso.
Cuando aún nadie había oído hablar de este término, Felipe Fernández Armesto ya era un precursor de la agricultura ecológica y evitaba utilizar pesticidas, herbicidas o productos químicos, ya que tenía el convencimiento de que había una forma más responsable y respetuosa de producir leche.

Poco a poco, el periodista fue comprando e intercambiando terrenos con sus vecinos hasta llegar a poseer 160 hectáreas y cientos de reses en el momento de su muerte. Cuando la familia tuvo que decidir qué hacer con la granja, que en aquel momento abastecía de leche a otras marcas, decidieron mantener el legado de Felipe creando una yogurtería ecológica: Casa Grande de Xanceda, los segundos mayores productores ecológicos en España, con más de 50 empleados, 200 hectáreas y 10 millones de euros de facturación anual con productos lácteos 100 % naturales y ecológicos.
Su logo, su nombre y la sede central de la compañía, dirigida en la actualidad por sus nietos, nacieron de la casona del siglo XVII en la que un día Felipe vivió felizmente junto a su esposa y desde donde, a pesar de su avanzada edad, cuidaba de sus vacas con el mismo esmero que escribía sus crónicas.


¿Sabías que un legendario periodista gallego, Caballero de la Orden del Imperio Británico y galardonado con la Medalla Castelao, el Premio Galicia de Comunicación y el Premio Fernández-Latorre, fundó Casa Grande de @xanceda?

viernes, 22 de mayo de 2026

LIBRO "EL ATAÚD VERTICAL": ⚰ 1.960 DÍAS DE TORTURA EN MAZMORRAS MILITARES por LUIS HUMBERTO DE LA SOTTA QUIROGA

 
EL ATAÚD VERTICAL: 
1,960 Días de Tortura en Mazmorras Militares

Un capitán de la Armada Venezolana. Detención arbitraria. 5 años sin juicio. Torturas físicas y psicológicas sistemáticas.
Este es el testimonio brutal y sin filtros de Luis Humberto de la Sotta Quiroga sobre lo que sucede en los sótanos de la DGCIM—la agencia de inteligencia que desaparece, tortura y asesina a quienes piensan diferente.

Desde la noche del 18 de mayo de 2018 hasta el 29 de septiembre de 2023, Luis fue encerrado en celdas verdes donde el régimen venezolano prueba cada método de ruptura humana: bolsas plásticas para asfixiar, golpes metódicos, aislamiento sensorial total, negación de medicinas, hambre.
Pero también algo más: la presencia de compañeros—hermanos en cautiverio—que lo mantienen humano mientras todo intenta convertirlo en bestia.
Y la lucha de una familia desde el exilio para no dejarlo olvidar.

Este libro no es ficción política. Son documentos certificados, testimonios ante la Corte Penal Internacional, nombres de torturadores, cadena de mando completa.
El régimen no quiere que este libro exista.
Y por eso debe existir.

**Advertencia de contenido:** Este libro contiene descripciones explícitas de tortura, abuso psicológico y violaciones de derechos humanos. Es un testimonio crudo, sin suavizar, de crímenes reales.

Para lectores que pueden tolerar narrativa difícil en busca de verdad histórica.


PRÓLOGO

LA PROFECÍA QUE NADIE QUISO ESCUCHAR


- MARCEL GRANIER: Presidente, ¿qué pasará si Hugo Chávez gana tas elecciones?

- CARLOS ANDRÉS PÉREZ:
"Si gana Chávez, se avizora una dictadura. Aquí no habrá ley, ni derechos de expresión. Los cárceles se abrirán para quienes no estén de acuerdo con ese gobierno. No se le permitirá a nadie disentir y todos los problemas se harán más graves aún".
"El pueblo comete el error en su ceguera de creer que un vengador es quien nos puede venir a resolver tos cosas. Sin darse cuenta de que eso nos va a hundir en peores circunstancias".

Veinte años después de aquella entrevista, el 18 de mayo de 2018, un helicóptero aterrizó en la Base Naval de Turiamo para llevarme preso.

Yo era el Capitán de Navío Luis Humberto de la Sotta Quiroga. 
Cuarenta y seis años. Veintitrés de carrera militar impecable. 
Segundo comandante de la Unidad de Comandos de Operaciones Especiales de la Armada.

Nunca disparé un tiro contra mi gobierno. 
Nunca conspiré para derrocarlo.
Nunca alcé armas contra nadie. 

Mi delito fue pensar diferente.

Carlos Andrés Pérez lo predijo todo con precisión quirúrgica:

"Las cárceles se abrirán".
Pasé 1960 días preso arbitrariamente, sin juicio ni pruebas.

"No se permitirá disentir...
Me torturaron por negarme a gritar "Chávez vive".

"No habrá ley".
Superé el límite legal de detención por dieciséis meses. Nadie hizo nada.

Tuve que huir.

Este libro es el testimonio que el régimen no quiere que exista. 

Es la voz que intentaron ahogar con bolsas plásticas, con golpes, con años de aislamiento. Es la evidencia de que cuando un pueblo ignora las advertencias de la historia, paga el precio en sangre y exilio.

Escribo desde Ciudad de México, esperando reunirme con mi familia después de más de cinco años separados.

El 16 de febrero de 2024, testifiqué durante una semana ante la Corte Penal Internacional en La Haya. Denuncié con nombres y apellidos a cada uno de mis torturadores. Denuncié la cadena de mando que ordenó mi destrucción. Denuncié un sistema que continúa torturando, asesinando y desapareciendo venezolanos.

Después de 1.960 días en manos de la DGCIM, después de torturas físicas y psicológicas, después de ver llorar a mi madre de 85 años en visitas de tres horas semanales, después de escuchar a mi hija de nueve años gritar mi nombre en una llamada de cuarenta segundos...

Sigo vivo.
Sigo cuerdo.
Y sigo diciéndoles: NO.

Esta es mi historia. Esta es nuestra historia.
Esta es la historia que Venezuela no debe olvidar jamás.

Porque ahora el mundo conocerá sus nombres. Cada uno de ellos.

Capitán de Navío Luís Humberto de la Sotta Quiroga 
Testigo ante la Corte Penal Internacional
Ciudad de México, Marzo 2024


En un impactante y detallado testimonio, Luis Humberto De La Sotta Quiroga, ex-preso político y capitán de navío de la Fuerza Armada Nacional de Venezuela, relató ante el Panel de Expertos Internacionales Independientes de la Organización de Estados Americanos (OEA) las atroces violaciones de derechos humanos que sufrió durante su detención arbitraria bajo la custodia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM).
Su declaración fue un desgarrador relato de torturas físicas y psicológicas, condiciones inhumanas de encarcelamiento y la sistemática represión ejercida por el régimen venezolano contra aquellos que consideran una amenaza a su poder.
De La Sotta Quiroga, quien fue detenido sin pruebas concretas y sometido a un juicio militar injusto, describió con detalle las torturas que padeció, incluyendo golpes constantes, privación del sueño y el aislamiento prolongado.
“Fui detenido arbitrariamente, sin ninguna prueba que justificara mi arresto. Durante meses, me sometieron a un sufrimiento indescriptible, tratando de quebrantar mi espíritu y destruir mi dignidad», declaró el capitán.
Su testimonio destacó cómo estas prácticas no solo buscaban quebrar su resistencia física, sino también destruir su voluntad y dignidad como ser humano. El capitán subrayó que su experiencia no es un caso aislado, sino parte de una estrategia sistemática de represión utilizada por el gobierno venezolano contra disidentes y opositores políticos.

Luis Humberto De La Sotta Quiroga ante la OEA: 
"Viví el Infierno en la Tierra"



Entre 2000 y 2025, informes de la ONU, 
OEA y ONG's documentaron en Venezuela:

⚡ Más de 1.200 denuncias de tortura
⛓️ Más de 15.000 detenciones políticas registradas
🩸 Más de 350 muertes bajo custodia o en 
operativos represivos denunciadas por organizaciones de DDHH

También se denunciaron:

⚡ Descargas eléctricas
⛓️ Golpizas y asfixia
🚨 Desapariciones temporales
🕳️ Centros de detención clandestinos
💔 Violencia física y psicológica

Centros señalados en múltiples denuncias:

🏢 El Helicoide
🏢 SEBIN
🏢 DGCIM
🏢 Bases militares y centros clandestinos

Esto no trata de política.
Trata de seres humanos.

⚖️ Justicia para las víctimas
🕯️ Memoria para los que no volvieron
🕊️ Libertad para un país entero

jueves, 21 de mayo de 2026

LIBRO "LA GUERRA INVISIBLE": LA OPERACIÓN DE INFILTRACIÓN Y CONTROL MÁS SOFISTICADA DE LA HISTORIA por JABIER BENEGAS


LA GUERRA 
INVISIBLE

LA OPERACIÓN DE INFILTRACIÓN Y CONTROL 
MÁS SOFISTICADA DE LA HISTORIA

Durante décadas, el ascenso de China se presentó como una historia inevitable de crecimiento, tecnología y eficacia. Pero detrás de ese relato hay otra realidad: una guerra silenciosa, paciente y profundamente estratégica.
China: la guerra invisible revela cómo el Partido Comunista Chino ha aprendido a proyectar poder sin declararlo, a influir sin parecer propaganda y a convertir la cooperación, la inversión y la dependencia económica en instrumentos de infiltración política. Desde los medios occidentales hasta los think tanks, desde las infraestructuras críticas hasta la transición energética, Pekín no solo compite: moldea percepciones, crea vulnerabilidades y desplaza lentamente el equilibrio de poder.
Este libro desmonta también el mito de la superpotencia invencible. La crisis demográfica, el colapso inmobiliario, la sobrecapacidad industrial y la centralización absoluta del poder muestran un régimen mucho más frágil de lo que aparenta. China no es una tecnocracia impecable, sino un sistema autoritario capaz de sostener durante décadas errores gigantescos porque carece de contrapoderes y de verdaderos mecanismos de corrección.
Pero la amenaza no está solo en Pekín. Está también en un Occidente debilitado, confundido y cada vez más dispuesto a aceptar como inevitables formas de dependencia que comprometen su libertad.
Esta no es una guerra con tanques ni misiles. Es una guerra por el relato, la soberanía y el futuro.
Y ya está en marcha.
INTRODUCCIÓN

LA VÍCTIMA PROPICIATORIA

Durante años se nos ha dicho que la sensación de deterioro que recorre las sociedades occidentales es, en buena medida, un problema de disonancia cognitiva producto de la nostalgia, la resistencia al cambio y la incapacidad para adaptarse a un mundo más complejo. Que los servicios no funcionan peor, sino que somos más exigentes. Que la industria no desaparece, se transforma. Que no vivimos con menos, sino de otra manera. Pero cuando el malestar se convierte en experiencia (salarios que no alcanzan, vivienda inaccesible, energía cara, infraestructuras envejecidas, dependencia exte­rior) quizá el problema no sea psicológico, sino político en el sentido más profundo del término. Pero ese deterioro no se produce en el vacío. Coin­cide con la emergencia de actores que no solo compiten dentro del sistema, sino que aprenden a operar sobre sus debilidades. China no es una amenaza en abstracto ni un adversario clásico que actúe desde fuera. Se convierte en un problema cuando encuentra un entorno debilitado, fragmentado y, sobre todo, dispuesto a aceptar como inevitables cambios que, en otro contexto, habrían sido impensables. No empuja; aprovecha. No impone; se adapta. Desde esa perspectiva, el malestar no es solo una sensación interna, sino también el reflejo de un cambio más amplio en el equilibrio global.

Cada vez más analistas empiezan a admitirlo: 
no estamos ante un bache coyuntural, sino ante un reajuste profundo del modelo económico y geopolítico surgido tras la Guerra Fría. La sensación de que «todo parece romperse» no sería un error de diagnóstico, sino la manifestación de un sistema que ahora se ve forzado a redistribuir costes, poder y oportunida­des en un entorno mucho más competitivo y fragmentado.

Esta idea ha sido expresada espléndidamente en un texto difundido en X, firmado por The Long View (@HayekAndKeynes) y titulado The Great Re­balancing: 
Why Everything Feels Like It's Breaking-and Why That's the Point. Su tesis de partida, que la inestabilidad actual no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un modelo agotado, sirve aquí como punto de par­tida, aunque no necesariamente de llegada.

Muy resumidamente, el artículo explica que el «orden» anterior no fue tan sólido como parecía: 
se sostuvo gracias a condiciones excepcionales. En Europa, tres factores sostuvieron durante décadas la ilusión de que nuestra prosperidad seguiría creciendo eternamente y sin fricciones: 
mano de obra barata (China como fábrica del mundo), energía barata (Rusia como provee­dor) y crédito abundante (deuda pública y privada como sucedáneo de la productividad). A estos tres ingredientes se añadió un cuarto: 
el «dividendo de la paz», la creencia de que la historia había terminado y, por tanto, podía recortarse en defensa sin asumir riesgos. Así, Europa priorizó la eficiencia sobre la resiliencia. Y lo que se maximiza durante demasiado tiempo ter­ mina por volverse frágil.

Hasta aquí el diagnóstico resulta bastante razonable. Sin embargo, este tipo de análisis suele pasar por alto un elemento decisivo: 
no todos los acto­ res afrontan este reajuste en igualdad de condiciones. Mientras Europa se ve obligada a adaptarse entre tensiones internas, límites regulatorios y ciclos políticos cada vez más cortos, otras potencias operan con horizontes más largos y una coherencia estratégica difícil de replicar. Esa asimetría no solo explica quién gana y quién pierde, sino también por qué el reajuste adopta una forma concreta.

Lo que suele quedar fuera del foco es algo bastante más inconveniente: 
que este reajuste no funciona como un fenómeno natural, como si fuera un terremoto económico imposible de evitar, sino que está muy condicionado por decisiones políticas, ideas dominantes y relaciones de poder que acaban decidiendo quién paga la factura y quién sale beneficiado. Y, visto lo visto, la factura no se reparte al azar: siempre acaba en los mismos bolsillos.

Entre los perdedores aparece, cada vez con más claridad, Europa. En pocos años ha visto cómo se cierran fábricas, se pierden empleos industriales y se encarece de forma estructural la energía, justo lo que hace más difícil produ­cir y competir. A eso se suma una dependencia cada vez mayor del exterior para cosas tan básicas como componentes, materias primas o tecnología. No es solo que otros produzcan más barato; es que aquí producir se ha vuelto cada vez más complicado, más caro y más incierto.

Esa diferencia no responde únicamente a factores de mercado. Mientras en Occidente la producción se somete a marcos regulatorios cada vez más exigentes y fragmentados, China combina mercado, planificación estatal y objetivos estratégicos en una misma lógica de actuación. No compite solo en precio; compite en estructura.

En el lado opuesto está China. Mientras en Europa se reduce capacidad industrial en nombre de la transición energética y de la corrección política, China ha hecho justo lo contrario: 
ha reforzado su industria, ha asegurado el control de materias primas clave y se ha colocado como proveedor casi imprescindible de muchas de las tecnologías que ahora se consideran «es­tratégicas». Paneles solares, baterías, componentes electrónicos... buena parte de lo que Europa necesita comprar para cumplir sus propios objetivos depende hoy de fábricas chinas.

El resultado es claro: capacidad productiva, empleo y poder económico se desplazan desde Europa hacia Asia, mientras aquí se multiplican las nor­mas, los costes y la dependencia. Presentarlo como una simple consecuencia inevitable de la globalización resulta, como mínimo, profundamente enga­ñoso. No ha sido la mano invisible del mercado lo que nos ha traído hasta aquí: han sido las decisiones políticas.

Como advirtió Will Durant, las civilizaciones rara vez caen solo por pre­sión externa; antes suelen haber debilitado internamente los principios que las sostenían.

Durante décadas, las economías occidentales han ido desplazando su centro de gravedad desde la producción hacia la gestión. Menos industria, menos capacidad manufacturera, menos autonomía energética y tecnoló­gica; más intermediación, más regulación, más certificación, más depen­dencia de cadenas globales de suministro.

La economía se parece cada vez menos a un taller y cada vez más a una gestoría administrativa: 
menos fabricación, más procedimiento; menos riesgo, más cumplimiento normativo. Este desplazamiento no es neutro. A medida que la economía se vuelve más dependiente de decisiones adminis­trativas, se aproxima, en lo funcional, a modelos donde el Estado ocupa un papel central en la asignación de recursos. No es una copia consciente, pero sí una convergencia difícil de ignorar. Este proceso se ha presentado como una evolución natural de sociedades avanzadas que «ascienden en la cadena de valor». En la práctica, una pérdida sostenida de capacidad productiva y una vulnerabilidad creciente frente a potencias extranjeras que no comparten ni las mismas reglas ni los mismos escrúpulos.

La complejidad regulatoria no es un simple subproducto de las buenas intenciones sociales o ambientales. Funciona como un mecanismo de se­ lección económica tramposa. Las grandes corporaciones disponen de los re­ cursos jurídicos, financieros y políticos necesarios para adaptarse, influir e incluso moldear la sobrerregulación. Para el pequeño y mediano productor es una debacle. Cada nueva capa regulatoria se traduce en costes añadidos, incertidumbre jurídica y barreras de entrada que acaban expulsándolo del mercado o impidiéndole crecer. La regulación no solo ordena el mercado: 
también altera profundamente sus incentivos y su estructura, concentrando la actividad en manos de quienes están más cerca del poder político y admi­nistrativo. La llamada captura regulatoria no requiere conspiraciones explí­citas. Basta con una interacción sostenida entre regulador y regulado en la que los intereses convergen y las decisiones acaban reflejando las prioridades de quienes tienen acceso permanente al proceso normativo.

El resultado es una economía cada vez más dependiente de rentas po­líticas:
subvenciones, fondos de transición, contratos públicos, incentivos fiscales. Sectores enteros pasan a vivir no de su competitividad, sino de su alineación con las agendas estatales y transnacionales. La innovación se su­bordina a las directivas burocráticas, y el talento aprende pronto que resulta mucho más importante estudiar los formularios que asumir riesgos.

A esto se añadió un rasgo clave del mundo post Unión Soviética: se ex­ternalizó la seguridad casi con la misma alegría con la que se externalizó la producción. La subinversión en defensa, sostenida durante décadas, no solo fue una decisión presupuestaria: 
fue un síntoma cultural de confianza excesiva en un orden internacional garantizado por terceros. Ese espejismo se rompió cuando la guerra volvió a Europa como realidad estratégica y no como un desajuste de intereses susceptible de resolverse con declaraciones y manuales de usuario. Desde el punto de vista social, el efecto es demoledor. Cuando el empleo, la viabilidad de los negocios o incluso la supervivencia de las pequeñas empresas depende de decisiones administrativas, la autonomía económica desaparece. No hace falta censura para erradicar el disenso: 
basta con que la supervivencia material esté condicionada a la aceptación a pies juntillas del marco político dominante. El reajuste deja de ser una simple adaptación a un mundo más competitivo y pasa a convertirse en una reor­ganización social en la que muchos dependen cada vez más de decisiones administrativas, mientras tienen cada vez menos margen para salir adelante por sus propios medios. Quienes más lo notan son las clases medias, que no cuentan ni con grandes patrimonios ni con redes de seguridad internaciona­les que amortigüen los golpes.

A esta pérdida de estabilidad económica se suma la fractura cultural. Cuando el sistema promete protección a quienes se quedan atrás y acaba ofreciendo sobre todo discursos moralizantes, es lógico que crezca la sensa­ción de abandono. El problema se agrava cuando, en lugar de políticas que faciliten el acceso al empleo, a la educación o a la promoción social, se opta por repartir reconocimiento mediante cuotas, etiquetas que establecen arbi­trarias jerarquías de victimismo.

Dentro de este esquema identitario, ya no se asciende por mérito ni por esfuerzo, sino por pertenencia a supuestos colectivos vulnerables etiqueta­ dos desde arriba. Quienes carecen de la perceptiva etiqueta, aunque sufran precariedad, pérdida de estatus o falta de oportunidades, quedan fuera. No cuentan como «Víctimas», pero sí como contribuyentes netos y como desti­natarios de admoniciones morales.

El mensaje es devastador: no importa lo que haces o lo que aportas, sino el grupo al que perteneces. Cuando esa lógica se impone desde el poder, el malestar deja de ser solo económico y empieza a convertirse en desafección política, en rechazo frontal a unas élites que parecen más preocupadas por inventar y gestionar identidades que por facilitar la vida al ciudadano. Aquí conviene empezar poniendo las cosas en claro. Una cosa es constatar que la temperatura media del planeta ha subido en las últimas décadas. Y otra muy distinta es convertir ese dato en un apocalipsis cuya evitación exigiría cambios económicos inmediatos y casi irreversibles. Aceptar lo primero no obliga, ni científica ni lógicamente, a aceptar lo segundo. Más allá del calen­tamiento, las certezas se diluyen cuando se plantean interrogantes clave: 
si existe una temperatura «ideal» del planeta, si un clima algo más templado es necesariamente peor para la vida, o qué tipo de impactos reales cabe espe­rar en los escenarios más probables, no en los más extremos. En este vasto territorio hay debates, matices y grados de incertidumbre que sorprendente­ mente los políticos ignoran.

La propia historia de la Tierra muestra largos periodos más cálidos que el actual en los que la vida prosperó, no se extinguió. Algunas especies desapa­recieron, como siempre ocurre con los cambios del clima que se prolongan en el tiempo, pero otras muchas surgieron y se propagaron. La naturaleza no atiende a esquemas morales simples, aunque políticos y activistas insis­tan en reducir un fenómeno enormemente complejo a una narrativa binaria de culpables y salvadores. Tampoco es serio afirmar que el aumento de temperatura esté provocando ya una avalancha de catástrofes naturales sin precedentes. Lo que sí ha aumentado es la población, la concentración ur­bana y la cantidad de infraestructuras expuestas a los fenómenos naturales. Y, sobre todo, lo que ha aumentado es la cobertura mediática que convierte cada suceso meteorológico en un espectáculo global. Pero eso no significa que el planeta esté fuera de control.

Aun así, el discurso político dominante ha optado por dar por buenos los escenarios más disparatados. Es fácil de entender por qué los gobernantes dan pábulo a los catastrofistas: 
cuanto más apocalíptico es el diagnóstico, más fácil resulta justificar intervenciones extremas en la economía y en la vida cotidiana. De este modo, el clima acaba convertido en el motor de una reordenación económica: 
energía más cara, impuestos al consumo, cierre de industrias y transferencia masiva de recursos hacia sectores etiquetados como «Verdes» por decisión política. El efecto de ese desplazamiento es es­pecialmente visible cuando se observa en perspectiva global. La demanda no desaparece; simplemente cambia de proveedor. Y en ese proceso, quienes concentran la capacidad industrial -corno China en el ámbito de las tecno­logías verdes- pasan a ocupar una posición aún más dominante. El impacto social de este proceso no se reparte por igual. Quienes tienen más renta pueden absorber sin grandes sobresaltos el encarecimiento de la energía, de la movilidad o de la vivienda. Para la clase media, en cambio, la transición se traduce en una pérdida dramática de calidad de vida: 
desplazarse cuesta más, adaptar la vivienda es caro, y muchos empleos industriales desapare­cen sin que haya alternativas.

El caso alemán es especialmente revelador. Tras invertir sumas gigantes­ cas de euros en su transición energética y cerrar buena parte de su parque nuclear, Alemania ha tenido que volver al carbón y a importar gas en con­diciones cada vez más comprometidas. Tal vez hayan reducido emisiones en casa pero a costa de encarecer su industria, destruir empleo de forma masiva y aumentar su dependencia exterior, sin que el balance climático global haya mejorado una milésima. Alemania es un ejemplo paradigmático de cómo determinadas políticas impulsadas desde escenarios de emergencia pueden generar problemas estructurales muy difíciles de revertir. Este empobreci­miento forzoso se envuelve en un discurso de virtud: 
se habla de responsabi­lidad, de cambio cultural, de madurez colectiva. En la práctica, se impone el empobrecimiento a amplias capas de la población como si fuera un signo de progreso.

Es aquí donde la transición energética enlaza con la idea del decre­cimiento, aunque pocas veces se mencione abiertamente. No como pro­ grama explícito, sino como horizonte implícito: 
producir menos, consumir menos, aspirar a menos. Todo ello sin que el tamaño ni la ambición del apa­ rato administrativo se reduzcan en la misma proporción; al contrario, se amplían para gestionar la escasez que el propio sistema contribuye a crear. 

Durante años, la irrupción de China en el comercio mundial se explicó en términos de ventajas comparativas: 
escala productiva, políticas industriales agresivas y planificación estatal de largo plazo. Esta explicación es correcta, hasta donde llega. Pero resulta insuficiente para entender el grado de depen­dencia que muchas economías occidentales han aceptado en ámbitos críti­cos. Una cosa es competir con un productor más eficiente; otra muy distinta es externalizar capacidades estratégicas hacia un rival con objetivos de largo plazo. Energía, telecomunicaciones, tierras raras, paneles solares, baterías, componentes electrónicos: 
la lista de sectores en los que se ha pasado de la producción a la dependencia es larga y sigue creciendo. Hoy, más del ochenta por ciento de la capacidad mundial de producción de paneles solares se con­ centra en China, al igual que el procesamiento de materiales críticos para baterías y tecnologías verdes. Las políticas occidentales de descarbonización, lejos de reducir dependencias estratégicas, han contribuido a consolidar otras nuevas, desplazando producción industrial hacia un país cuyos diri­gentes contemplan el orden occidental como los bárbaros Roma.

China, dicen, simplemente aprovecha oportunidades creadas por las pro­pias decisiones occidentales. Al fin y al cabo, ningún Estado desaprovecha los errores que le brinda el adversario. El artículo de @HayekAndKeynes se detiene aquí con bastante cautela, sugiriendo que Pekín ha sabido explotar con inteligencia nuestro marco regulatorio e ideológico. La cuestión que se plantea en este texto es ligeramente más atrevida: 
una vez comprobado que ciertos marcos regulatorios e ideológicos debilitaban estructuralmente a sus competidores, ¿se limitó China a observar o empezó también a reforzarlos? La influencia, en estos casos, rara vez es directa o fácilmente identificable. No se impone; se integra en los circuitos existentes. Aparece en la financiación de proyectos, en la colaboración académica, en los foros donde se fijan mar­ cos de debate. No dicta decisiones concretas, pero contribuye a definir qué decisiones resultan aceptables. En geopolítica, la influencia no se ejerce solo mediante presión directa. También opera a través del poder blando. Como se­ñaló Joseph Nye, «la mejor propaganda no parece propaganda». 
La influencia más eficaz no dicta políticas, moldea los marcos dentro de los cuales ciertas políticas se vuelven aceptables, como las climáticas, y otras, las que apuestan por el crecimiento y el progreso, impresentables. Aquí cabe preguntarse si el disparate del Net Zero es una iniciativa exclusivamente europea o si, en un momento dado, fue estimulada desde fuera.

Quizá la cooperación universitaria, la financiación de centros de in­vestigación, la presencia en think tanks, las inversiones estratégicas y las relaciones de excargos públicos europeos con corporaciones chinas forman parte de una estrategia orientada a crear entornos regulatorios y culturales favorables a los intereses de Pekín. Esto no implica un control absoluto ni una conspiración centralizada. Pero sí sugiere que, cuando determinadas narra­tivas (demonización de la industria, crítica moral al crecimiento económico, glorificación del empobrecimiento) coinciden de forma tan sistemática con las ventajas competitivas de una potencia exportadora como China, esa coincidencia no es mera casualidad, aunque se interprete como tal. China se­guramente no ha inventado la ideología que promueve el desmantelamiento industrial de Europa. Pero ha sabido aprovecharla reforzándola y comprando voluntades aquí y allá en el entorno de unas élites cada vez más desconec­tadas de la economía productiva y muy integradas en circuitos regulatorios transnacionales. Su mayor eficacia no reside en imponer su modelo, sino en normalizar ciertos supuestos. En conseguir que determinadas formas de intervención estatal, de control o de organización económica dejen de perci­birse como excepcionales. Cuando eso ocurre, la influencia deja de ser visible porque ya no necesita justificarse.

La influencia externa es muy eficaz cuando existe una vulnerabilidad interna previa:
complejo de culpa, fe tecnocrática, desprecio de la soberanía económica y una convicción dogmática de que las normas sustituyen a la estrategia. La pandemia mostró hasta qué punto esa fe había dejado a Europa y a Occidente en general a los pies de los caballos: 
cadenas globales opti­mizadas al milímetro, sin reservas, sin capacidad local para lo más esencial. La interdependencia global, presentada como antídoto contra el conflicto, se reveló también como un potentísimo instrumento de coerción. Cuando un modelo, por ejemplo, el de la Unión Europea, deja de ofrecer prosperidad, tiende a reforzar su legitimidad simbólica. Si no puede prometer prosperi­dad, promete virtud. Si no puede garantizar ascenso social, ofrece redención moral. El debate se desplaza así del terreno de la eficacia real al de la correc­ción ética. Las políticas ya no se discuten por sus resultados, sino por las intenciones morales que se les atribuyen. Quien cuestiona este enfoque es retratado como insolidario, ignorante, negacionista o peligroso. Este control no se impone mediante prohibiciones explícitas. Funciona a través de meca­nismos de estigmatización social, penalización profesional y, cada vez más, intermediación privada que introduce criterios normativos «creativos» allí donde antes bastaba con cumplir la ley. No hace falta que una opinión sea ilegal para que empiece a tener consecuencias laborales. financieras o reputacionales. Basta con que resulte contraria al clima moral dominante para que se justifique un linchamiento. De este modo, la obediencia no se impone formalmente, se incentiva; y la disidencia no se prohíbe, se convierte en una opción extremadamente costosa.

En los últimos años, criterios de reputación, ambientales y sociales han ido entrando, poco a poco, en decisiones tan básicas como conceder un crédito, contratar a alguien o permitir el acceso a determinados servicios. No suele hacerse mediante prohibiciones claras, sino a través de sistemas automáticos, valoraciones de riesgo y normas internas arbitrarias. El re­sultado es que opiniones perfectamente legales pueden acabar teniendo consecuencias económicas muy graves, aunque nadie llegue a reconocerlo abiertamente. El ciudadano ya no se relaciona con el poder solo a través del Estado. También lo hace, cada vez más, a través de grandes empresas y plataformas que, sin legislar, actúan como filtros de lo que es aceptable. La presión no adopta la forma clásica de la censura, sino la de pequeñas fricciones cotidianas: 
una cuenta que pierde visibilidad, una candidatura que no prospera, un contrato que no se renueva. Cosas difíciles de demos­trar y casi imposibles de atribuir a una causa concreta. El control más eficaz es, precisamente, el que no parece control, porque se confunde con el funcionamiento normal de la sociedad. El malestar no desaparece, pero se dispersa y se desplaza hacia los márgenes. Al no encontrar canales para expresarse dentro del marco dominante, se radicaliza o simplemente se silencia. Esa radicalización sirve luego como argumento para reforzar los mismos mecanismos de control que se presentaban como necesarios para evitarla.

Existe una tentación bastante extendida de ver el momento actual como el final inevitable de un ciclo: 
sociedades envejecidas, menos dinámicas, obligadas a aceptar que los años de crecimiento y prosperidad son cosa del pasado. Esta interpretación no es inocente: 
diluye la responsabilidad política en una especie de fatalismo acomodado. El declive no sería el resultado de decisiones concretas, sino de fuerzas históricas colosales y complejas frente a las que poco o nada puede hacerse. Pero las civilizaciones no pierden peso en el mundo por ciencia infusa. Lo pierden cuando dejan de confiar en los principios que las hicieron prosperar: 
iniciativa individual, inversión pro­ ductiva, innovación tecnológica, movilidad social y una idea de futuro que no se limita a gestionar lo existente, sino que aspira a mejorar el mañana. Administrar el retroceso no es una estrategia; es lavarse las manos. Durante siglos, el progreso no se vio como un exceso, sino como una responsabilidad. En palabras de Robert Nisbet, «la idea de progreso es, ante todo, la creencia de que el mañana puede y debe ser mejor que el hoy». Cuando esa convicción se traiciona, la política se convierte en gestión de la decadencia o algo peor.

La alternativa no pasa por nostalgias ni por regresos imposibles al pa­sado, sino por recuperar la convicción de que el crecimiento económico es la base material de la estabilidad social, de la libertad política y de la capacidad real de decidir el propio rumbo. Sin una base productiva sólida no hay transición tecnológica que funcione, ni integración social que se sostenga, ni soberanía que pase de las declaraciones a los hechos. El «gran reajuste» no significa el fin de la globalización, sino su transformación. Las cadenas de suministro seguirán siendo globales, pero tenderán a ser más cortas, más diversificadas y más alineadas con los intereses estratégicos. Devolver parte de la producción a casa, depender de socios fiables, mante­ner reservas y capacidad local para lo esencial. Nada de eso será barato ni inmediato. Exigirá aceptar costes hoy para ganar margen de maniobra ma­ñana. Y, sobre todo, exigirá decir la verdad: 
que la eficiencia sin soberanía acaba siendo una peligrosa forma de dependencia. En ese punto, la cuestión deja de ser exclusivamente económica o geopolítica. Pasa a ser, en sentido estricto, civilizatoria. No se trata solo de quién produce más, sino de qué modelo de sociedad se consolida y bajo qué condiciones se ejerce la libertad individual.

El «gran reajuste» no es un proceso neutro e indoloro. Tendrá ganadores y perdedores. La cuestión no es si el mundo será más competitivo. Ya lo es. La cuestión es si las sociedades occidentales, y muy especialmente las eu­ropeas, van a responder reforzando su capacidad productiva, su autonomía estratégica y su confianza en el progreso, o si van a perseverar en un modelo que convierte la renuncia en virtud y la dependencia en costumbre. Si ese es finalmente el camino elegido, el problema no será el reajuste global, sino la decisión de no plantar cara a sus efectos. Y eso no es una ley de la historia. Es una elección. Y, como toda elección, tendrá consecuencias.

Entrevistas en casa: Javier Benegas - La ideología invisible

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