TODOS LOS
HOMBRES DE
SÁNCHEZ
CÓMO SE ORGANIZÓ LA MAYOR TRAMA DE
CORRUPCIÓN DE LA HISTORIA
DE LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA
Una investigación imprescindible para entender
quién manda, cómo y con qué complicidades
Éste es el relato de una traición múltiple: política, moral y periodística. A partir de una investigación que se inicia con la fulminante caída de José Luis Ábalos en 2021, Ketty Garat reconstruye el entramado de lealtades, ambiciones y ajustes de cuentas que acompañaron al ascenso, la consolidación y la degradación del núcleo de poder que rodea a Pedro Sánchez. Un poder que no se limitó a conquistar el PSOE y el Gobierno, sino que terminó por canibalizarlos desde dentro.
El libro retrata un sistema en el que nadie actúa solo. Desde Sánchez hasta sus hombres de confianza -Ábalos, Santos Cerdán, Koldo García-, pasando por actores políticos, empresarios, intermediarios y aliados internacionales, Garat expone cómo se organizó una red de poder basada en la traición preventiva, el control interno y la eliminación sistemática de cualquier disidencia.
Mientras se desplegaba esta trama corrupta, buena parte de los medios abandonaron su función de fiscalización del poder y, en su lugar, señalaron a la periodista y al periódico que la investigaban, a los que el tiempo y la justicia han dado la razón.
Todos los hombres de Sánchez es también una crónica desde las bambalinas de una exclusiva en la que se revelan detalles hasta ahora desconocidos.
Es, en definitiva, una investigación que muestra qué ocurre cuando el poder no encuentra resistencia, la traición se convierte en método y el silencio se presenta como virtud.
OBJETIVO DIRECTO | Pedro Sánchez al desnudo: el Mercedes y el pucherazo en el PSOE
THE OBJECTIVE abre hoy la caja de los secretos de Ferraz para mostrar la realidad de la urna que preparó el entonces secretario de Organización del PSOE, César Luena, y que provocó los gritos de «pucherazo» del sector crítico. Una urna que no estaba «detrás de una cortina», como se desveló en su día, sino detrás de una pared, en un «cuartucho» situado detrás de la mesa de la dirección federal del PSOE en la sala Ramón Rubial. Una fórmula que fue criticada hasta por los sanchistas pata negra como Josep Borrell, porque impedía la transparencia en el proceso y colmaba de secretismo la votación sobre la continuidad o no de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE, con el fin de blindar su permanencia. La dirección federal quería cortar el paso a una votación por llamamiento en la que cada uno de los miembros natos del Comité Federal se retratara públicamente. Pero Sánchez no lo consiguió.
La urna secreta
La reunión del máximo órgano entre congresos fue una «orgía de sangre», una batalla campal en la que se tuvieron que tomar cuatro recesos por la imposibilidad de alcanzar un acuerdo sobre cómo proceder tras la dimisión de 17 de los miembros de la Ejecutiva. Se debatió todo: el qué (si congreso extraordinario o gestora); el quién (si votaba la Ejecutiva dimisionaria o no); y el cómo (si por votación secreta y en urna o por llamamiento a mano alzada). El secretario de Organización, César Luena, estaba convencido de que «si votamos a mano alzada, mucha gente que nos apoya no lo va a hacer, por las presiones de su federación», motivo por el cual se dispuso una urna para forzar una votación secreta, la única forma de garantizar los votos comprometidos y, por tanto, ganar la moción.
Tras varios intentos fallidos, la presidenta del Comité Federal, Verónica Pérez, mano derecha de Susana Díaz, intentó llevar a término la votación mientras era boicoteada por la organización de Ferraz —que le cortaba constantemente el micrófono— y por el representante de los sanchistas en la presidencia del órgano, el ya fallecido Rodolfo Ares, mano derecha de Patxi López. Tras horas de desacuerdo y recesos para negociar, Pérez proclamó: «Compañeros y compañeras, un poco de tranquilidad, un poco de calma y un poco de serenidad. Llevamos muchas horas intentando llegar a un acuerdo, pero me toca tomar una decisión porque soy la presidenta del comité federal y vamos a votar». Ares le quitó el micrófono: «¿Me dejarás hablar? ¿Me dejarás hablar al menos?». Pérez le arrebató nuevamente el aparato: «Bueno, Rodolfo… pero, por favor, Rodolfo…». El socialista vasco se levantó al atril dispuesto frente a la mesa de la Ejecutiva mientras Verónica pugnaba por impedir su intervención: «Compañeros y compañeras…». «Déjame la palabra, compañera. ¡Hombre, por Dios! ¡Compañera, por Dios!», le interrumpía Ares.
La escena se repitió en varias ocasiones, disparando una tensión que motivó la petición de palabra de 100 miembros del Comité Federal. El primero de ellos, el también difunto Javier Lambán, para denunciar la «transgresión de las normas de los estatutos» porque, tras la dimisión de la mitad de la Ejecutiva, «el secretario general como tal ya no existe, [sintiéndolo] mucho por el compañero Pedro Sánchez». Detrás de él, las oficialistas Adriana Lastra, Carmen Montón, Francina Armengol y Susana Sumelzo reían. Hasta el ex secretario de Organización del PSOE Pepe Blanco intervino de forma acalorada para denunciar que no se hubiera reunido la comisión de Ética y Garantías, tal y como habían solicitado tres de sus miembros, entre quienes se encontraba la entonces desconocida María Jesús Montero, entonces del lado de los susanistas, y amenazar sutilmente con que esto podría llegar a los tribunales: «Que acabe alguien diciendo esto lo tienen que medir con medidas cautelares en los juzgados de Plaza de Castilla […]. Saltarse un órgano que tiene que interpretar la norma es decir lo mismo que aquí no hay normas…».
«¡Pucherazo! ¡Cobardes, sinvergüenzas!»
Uno de los pocos que arropaba a Sánchez era Josep Borrell, quien preguntó al aire: «Nos piden que votemos un texto que desconozco, que desconocéis, que no está en el orden del día y que no ha sido emitido por ningún órgano competente del partido. ¿Creéis de verdad que este Comité Federal puede votar esto en estas condiciones?». Una intervención que dio pie a Luena a proponer desde la Ejecutiva que «dada la intensidad y lo importante de esta jornada, [propuso] que [la] votación sea en secreto y en urna», motivando las risas nerviosas del sector crítico. La bomba estalló cuando Rodolfo Ares, en un nuevo torpedeo contra la presidenta del Federal y antes de que esta anunciara el inicio de la votación por llamamiento, se levantó nuevamente al atril y vociferó: «Hay una petición hecha para que se vote en secreto; la mayoría de la mesa vamos a respaldar que se vote en secreto. Se empezará a votar en las urnas que están habilitadas al efecto —dijo, señalando a la derecha de la sala—, y, por lo tanto, llamamos a los compañeros a participar en la votación secreta que es la decisión de la mesa».
Justo en ese momento y por orden del secretario de Organización, Marcos, un trabajador de Actos Públicos de Ferraz, y otro compañero aparecieron en la sala con una urna de metacrilato que habilitaron en el cuarto trasero de la sala, mientras el segundo trabajador sacaba unos papeles con votos preparados para introducir en la urna. El primero que se levantó para colocarse en fila en la puerta izquierda del habitáculo fue Pedro Sánchez, seguido de Adriana Lastra, María González Veracruz —embarazada de ocho meses—, Luis Tudanca, Idoia Mendia, César Luena, Manolo de la Rocha, Pilar Sánchez Acera, Daniel Viondi y quien sería después el gerente del PSOE, Mariano Moreno Pavón. Los amigos de Sánchez, Antonio Hernando y Óscar López, ni estaban ni se les esperaba.
Los críticos andaluces saltaron como un resorte, incluida la presidenta de la Junta de Andalucía, que gritaba entre lágrimas: «¡Compañeros y compañeras, esto así no se puede, en una urna tapao, tapao…!», se quejaba Susana Díaz. La exportavoz socialista Soraya Rodríguez empezó a llorar solicitando parar el espectáculo; el alcalde de Soria, Carlos Martínez, se llevaba las manos a la cabeza; Pepe Blanco alzaba el dedo índice para denunciar el esperpento de una imposición «antiestatutaria» de la dirección federal, absolutamente inédita. La tensión llegó a tal nivel que el dos de Susana Díaz, Juan Cornejo, secretario de Organización del PSOE andaluz, agarró «por la pechera» a un miembro de la Ejecutiva en medio del griterío: «¡Pucherazo! ¡Cobardes, sinvergüenzas!». Un exceso que precipitó el principio del fin de Pedro Sánchez, aunque sólo por unos meses.
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Melchor Miralles:
«El trabajo de Ketty Garat merece





