EL Rincón de Yanka

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miércoles, 26 de junio de 2019

RABINAL ACHÍ (XAJOOJ TUN) DANZA MAYA KEK´ QUICHÉ DEL TUN (TAMBOR) DE GUATEMALA



El Rabinal Achí es una obra literaria representativa de la cultura maya prehispánica. Fue declarada Obra Maestra de la tradición Oral e Intangible de la Humanidad, en 2005 por la Unesco.

El nombre original en maya del Rabinal Achí es Xajooj Tun, que significa Danza del Tun (tambor). Es un drama dinástico de los Maya Kek’ que data del siglo XV, y un ejemplo raro de las tradiciones prehispánicas. En él se mezclan mitos del origen del pueblo Q'eqchi' y las relaciones político-sociales del pueblo de Rabinal, Baja Verapaz, Guatemala, que son expresados por medio de máscaras, danza, teatro y música. Este drama sobrevivió en la clandestinidad desde 1625 hasta 1856, hasta que el sacerdote francés Charles Étienne Brasseur de Bourbourg lo tradujo, según la narración en Achí de Bartolo Sis.

La tradición oral y escrita es representada por un grupo de personajes, quienes aparecen en un escenario que representa aldeas mayas, particularmente Kajyub’, la capital regional de los Rabinaleb’ en el siglo XIV. La narrativa se divide en cuatro actos, y trata el conflicto entre dos entidades políticas importantes en la región, los Rabinaleb’ y los K’iche’, según explica Alain Breton, en su libro Un drama dinástico maya del siglo XV.
Los personajes principales son dos príncipes: el Rabinal Achí y el K’iche Achí. Otros personajes son: El Rey de Rabinaleb’, Job’Toj, y sus sirvientes: Achij Mun, e Ixoq Mun, quienes representan al hombre y la mujer. La madre con plumas verdes es Uchuch Q’uq’, y trece águilas y trece jaguares, que representa a los guerreros de la fortaleza de Kajyub’. El K’iche’ Achí es capturado y llevado a juicio por haber intentado secuestrar a niños de Rabinaleb’, un delito muy grave en la ley maya.
El K'iche' Achi, con sus tropas, destruyó cuatro poblaciones Rabinaleb' y obligó a sus habitantes a pagar tributos. Después de batallar días enteros, el rey k'iche' es capturado y llevado al palacio de Job'Toj, para ser juzgado.

Al cautivo se le permite ir a despedirse de su pueblo. Antes de su ejecución, se le concede bailar al ritmo del Tun con la princesa de Rabinal y disfrutar de bebidas reales. Hoy, 500 años después, los Rabinaleb' creen que los espíritus de los guerreros muertos en esa batalla, que habitan en los montes circundantes, están presentes también en la danza.

Desde la colonización, en el siglo XVI, el Rabinal Achí ha sido representado durante la fiesta de Rabinal el 25 de enero el día de San Pablo. El festival es coordinado por los miembros de las cofradías, hermandades locales responsables de dirigir a la comunidad. Al tomar parte de la obra, los vivos entran en contacto con los muertos (los rajawales), los antepasados que se representan con máscaras. Para los Achís del Rabinal moderno, el recordar a sus ancestros no es sólo el perpetuar la herencia ancestral. Es también una visión al futuro, el día en que ellos se reunirán con sus antepasados.


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La tradición del teatro danzando Rabinal Achí


martes, 25 de junio de 2019

💲 LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR por MICHAEL J. SANDEL


LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR
LOS LÍMITES MORALES DEL MERCADO

MICHAEL J. SANDEL

"Hemos pasado de tener 
una economía de mercado 
a ser una sociedad de mercado".


Treinta años después de El liberalismo y los límites de la justicia, obra que lo instala como uno de las voces principales en el debate liberal comunitario, Michael Sandel publica "Lo que el dinero no puede comprar". En este último texto del profesor de  Harvard es posible encontrar una crítica a la intromisión de los mercados en diversos ámbitos de la vida pública y la necesidad de discutir públicamente sobre ese exceso  de mercado en la sociedad estadounidense.

Con un estilo claro y una gran cantidad de ejemplos para ilustrar su argumento sobre la necesidad de limitar el impacto del comercio en la vida de los ciudadanos, Sandel desarrolla la respuesta sobre por qué deberíamos limitar la presencia de los mercados en ámbitos de la vida social que tradicionalmente le habían estado vedados y que han comenzado a ser invadidos por la racionalidad de mercado, según el mismo autor se encarga de mostrar en sus numerosos ejemplos. ¿Deberíamos pagar a los estudiantes para incentivarlos a leer los libros que les exigen en la escuela? “Pagar a niños por leer libros podrá hacer que lean más, pero también les enseña ver en la lectura una tarea más que una fuente de satisfacción en sí” (p. 17).
Pero ¿por qué limitar el influjo del mercado? Por dos razones fundamentales. La primera, por la injusticia que el intercambio económico oculta tras una apariencia de 
neutralidad. La segunda, por la degradación que las transacciones comerciales operan sobre bienes que se corrompen por su presencia.
La injusticia es el primero de los efectos que provoca la intromisión de los mercados. Es una argumentación que recuerda con claridad la de otro comunitarista, Michel Walzer, en su texto de 1982, Las esferas de la Justicia, en el que argumentaba que la intromisión de lógicas de distribución pertinentes a un ámbito social no deben ser las varas de medida de otro. Sandel argumenta de modo similar, diciendo que “no hay razón para pensar que tiene que haber un único principio que determine el reparto de todos los bienes” (p. 47), “algunos bienes los repartimos según méritos, otros según necesidades, y otros más por sorteo o por azar” (p. 48). La injusticia consiste en no respetar los distintos modos de distribuir los bienes sociales según su propia racionalidad, como en el siguiente ejemplo: “En 2011, dos senadores propusieron un proyecto de ley para ofrecer un incentivo económico similar con el fin de reanimar el mercado de viviendas de lujo, que se hallaba deprimido a consecuencia de la crisis financiera. El extranjero que comprara una vivienda por 500.000 dólares, recibiría un visado que le permitiría vivir con su cónyuge y sus hijos menores de edad en Estados Unidos, tanto tiempo como tuviera la vivienda en propiedad. Un titular de The Wall Street Journal resumió así el trato: COMPRE UNA CASA Y OBTENDRÁ UN VISADO” (p. 68).


Pero la injusticia consiste también en una desigualdad que la corriente principal en la teoría económica oculta, cuando supone que los acuerdos en el mercado son igualitarios. Las grandes corporaciones pactan con los consumidores amparadas en un respaldo legal y económico casi siempre desigual. “Las decisiones que se toman en el mercado no son libres si hay personas que viven en la pobreza extrema o no tienen posibilidad de negociar nada en términos justos. Así, para saber si una decisión del mercado es libre, hemos de preguntarnos qué desigualdades presentes en las condiciones sociales de fondo minan significativamente el consentimiento. ¿En qué punto las desigualdades en la capacidad negociadora coaccionan a los desfavorecidos y minan la justicia de los acuerdos que se toman?” (p. 115).

El segundo argumento sobre el que se sostiene la exposición de Sandel se refiere a la degradación de los bienes que son mercantilizados. Y su núcleo radica en mostrar que los mercados no son neutros. Contra una idea muy difundida entre los economistas, el autor sostiene que las transacciones comerciales no son inocuas respecto de los bienes transados. No todo tiene un precio. Ponerle precio a la ciudadanía, la educación o el

medioambiente equivale a que dejen de ser lo que esperamos que sea. Esta idea va en contra de una muy difundida entre los economistas: “A menudo suponen que los mercados no tocan o contaminan los bienes que regulan. Pero esto no es cierto. Los mercados dejan su impronta en las normas sociales. Con frecuencia los incentivos mercantiles minan o desplazan los incentivos no mercantiles” (p. 69). Cuando se mercantiliza un bien social, es preciso preguntar si no es está desplazando o distorsionando otro bien que quisiéramos conservar. “¿Qué debemos hacer cuando la promesa de crecimiento
económico o de eficiencia económica significa poner precio a bienes que consideramos que no tienen precio?” (p. 84).

La respuesta de Sandel es que es preciso cautelar o al menos poner en cuestión esta creciente intervención del mercado en ámbitos de la vida pública que tradicionalmente le estaban vedados, si es que queremos preservar bienes que no responden a la lógica del intercambio económico. Para defenderla, no solo ilustra con ejemplos (a veces excesivos en número), sino que discute directamente con concepciones de la economía
que fomentan esta transgresión mercantil.
Desde una óptica tradicional en el siglo XX, la economía intentaba decirnos cómo mantener alta la productividad y cómo mejorar el nivel de vida de las personas, pero hoy los economistas del siglo XXI están mucho más focalizados en decirnos donde poner los incentivos correctos. “Esta concepción está muy lejos de la imagen que Adam Smith tenía del mercado como una mano invisible. Una vez convertido el incentivo en piedra angular de la vida moderna, el mercado aparece como una gruesa mano manipuladora” (p. 91). Esto viene a refrendar una de las ideas principales que sostiene el argumento del libro: que los mercados no son neutros respecto de los bienes que distribuyen y esto es particularmente sensible en aquellas esferas de la vida pública que se trastocan por la irrupción de los mercados.

Desde la caída del muro de Berlín, emerge a nivel mundial una no muy soterrada idea de triunfo del capitalismo, que instala al mercado como el principal agente de moralidad pública, pero de una moralidad sin contenido, y con una pretensión de moralidad que defiende la libertad de los individuos. Lo que muestra Sandel es que el mercado no solo no es neutral sino que encubre serios peligros a la libertad, cuando el dinero se inmiscuye en la vida cívica y decide por los ciudadanos los cánones morales que deben primar. Suspende la deliberación e instala un discurso aparentemente neutro
desde la perspectiva moral. “La era del triunfalismo del mercado ha coincidido con un tiempo en que el discurso público ha quedado en gran parte vaciado de sustancia
moral y espiritual. Nuestra única esperanza de mantener a los mercados en su sitio es reflexionar de forma abierta y pública sobre el significado de los bienes y las prácticas
sociales que valoramos” (p. 207).

Aunque los argumentos de Sandel son claros y pertinentes al problema que trata, su texto no profundiza sobre puntos que son muy relevantes para la relación entre mercado, moral y política. Prima un análisis de los casos y ejemplos que le permiten ilustrar su tesis. Esto, sin embargo, se transforma en una dificultad si hemos de pedir mayor detalle de algunos puntos centrales, como por ejemplo, el rol que juega la ciencia económica en esta transgresión moral que describe, o la supuesta neutralidad que esta misma ciencia tiene en la descripción de sus fenómenos, cuando se enfoca desde la


perspectiva de los incentivos. Sin embargo, es un trabajo lúcido y muy pertinente a la reflexión filosófica respecto de lo que ocurre hoy no sólo en Estados Unidos, sino que en muchas partes del mundo, respecto de la moralidad del mercado en el espacio público.

Michael Sandel acaba de ser galardonado con el Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales. Filósofo mediático donde los haya, el autor de «Justicia» reflexiona sobre ética y justicia a partir de ejemplos actuales. Recopilamos aquí algunas de sus ideas.
Sociedades de mercado

«En las últimas tres décadas, hemos asistido a una revolución silenciosa. Hemos pasado casi sin darnos cuenta de tener una economía de mercado a convertirnos en sociedades de mercado. La diferencia es la siguiente: una economía de mercado es una herramienta, un instrumento valioso y eficaz para la organización de la actividad productiva, y una sociedad de mercado es un lugardonde casi todo está a la venta. Es una forma de vida en la que el pensamiento y los valores del mercado empiezan a dominar todos los aspectos de la vida: las relaciones personales, la vida familiar, la salud, la educación, la política, la ley, la vida cívica.
Frustación con la política
Hay un cierto vacío en nuestra vida pública que explica por qué existe esta frustación tan generalizada con la política, los partidos políticos y los políticos. Creo que la razón de esa frustación tiene que ver con el hecho de que nuestra vida pública se crea haciendo poco caso a las grandes preguntas.

Indignación

«Pero la indignación contra quienes cobran precios abusivos no es solo una ira irreflexiva. Remite a un argumento moral que debe tomarse en serio. La indignación es el tipo especial de ira que se siente cuando alguien obtiene lo que no se merece. Tal indignación es ira contra la injusticia».

Debate público del futuro

¿Cómo podemos encontrar el camino hacia un discurso público que sea más abierto del que tenemos ahora a cuestiones morales? ¿Cómo podemos encontrar un camino hacia un debate público razonable, civilizado y con respeto mutuo, acerca de cuestiones morales controvertidas? ¿Cómo podemos, por el bien de la civilización cultivar el arte de escuchar, escuchar las razones y las convicciones morales de aquellos con los que no estamos de acuerdo? No es algo fácil de hacer, pero a menos que seamos capaces de hacerlo, no vamos a poder mantener a los mercados en sus lugares.





lunes, 24 de junio de 2019

MADRE TIERRA (PACHAMAMA), PELÍCULA DE ANIMACIÓN SOBRE MITOLOGÍA INCA SOBRE EL AMOR A LA TIERRA



Pachamama. Se trata de una película dirigida por Juan Antín, escrita por el propio Antín junto a Patricia Valeix, Olivier de Bannes y Nathalie Hertzberg. Con producción francesa y distribución de la plataforma de streaming, Pachamama nos trae la hermosa historia de dos pequeños de la Cordillera de los Andes, justo en el momento de la llegada de los españoles a tierras peruanas. 
La película, además, tiene esa mirada mágica y sagrada hacia la tierra y sus elementos. Claro, desde el nombre. Pachamama es la Madre Tierra, la importante deidad que veneraban los quechuas, los aymaras y otros pueblos de la región andina. En todo momento vemos cómo los niños y su pueblo ponen por delante las ofrendas hacia la querida Pachamama, así como expresan la importancia de los hacer lo mismo con los ancestros, el Sol, la Luna y todos los animales.




Otro simbolismo marcado en Pachamama es la que hace en su representación del poder, tanto de los Incas y el propio emperador, así como de la llegada de los españoles, "los demonios vestidos de metal". A los primeros los vemos, sí despiadados pero también son risibles y hasta ridículos; a los segundos como seres sin rostro, con voz despersonalizada —el único que sí tiene voz y rostro solo repite que quiere "el tesoro"— y destruyendo todo a su paso. Con esto la película es, por un lado bella e inteligente, pero también crítica e impasible con aquellos que usaron su poder en contra de las tradiciones más sagradas.

El Dios del Cielo «Pacha Kamac», esposo de la diosa de la tierra «Pacha Mama», engendró dos hijos gemelos, varón y mujer, llamados «Willcas». El dios «Pacha Kamac» murió ahogado en el mar de Lurín y se encantó en una isla; por este hecho quedó viuda la diosa «Pacha Mama» y sufrió con sus dos hijitos muchas penalidades. Era una noche interminable cuando la viuda salió de Kappur por las fragosidades de «Gasgachin» de la quebrada de «Arma» y descansó al pie de la roca de «Pumaquihuay». Sobre las altas cumbres acechaban monstruos horrendos; los felinos hambrientos rugían en el fondo de la quebrada. Llenos de terror, los «Willcas» lloraban inconsolablemente. La luz coruscante de una llama muy leve sobre un lejano picacho llenó de esperanza a la atribulada madre de los mellizos. Después de beber en la laguna de «Rihuacocha», la viuda y sus hijitos, continuaron su viaje hacia el sitio donde brillaba la luz.

Los «Willcas» no sabían que su padre «Pacha Kamac» había muerto, y dijeron a su madre: «¡Vamos pronto al sitio donde arde la leña y allí encontraremos a nuestro padre!». La caverna de «Wakonpahuain» del cerro «Reponge» era el sitio donde ardía una hoguera: allí vivía un hombre semidesnudo, llamado «Wa-Kón».


--¡Pasad! le dijo, y sentaos sobre este «tuto» mientras yo cocino. El «tuto» era un tejido de crin vegetal que todavía conservaba las espinitas. Los niños se hallaban incómodos sobre este asiento. El «Wa-Kón» sancochaba patatas en una olla de piedra; y dirigiéndose a los mellizos les dice: «Id al puquio y traedme agua en ese cántaro». Los niños obedecieron; pero la vasija que llevaron a la fuente estaba rajada, y por esta causa los mellizos tardaron mucho en regresar a la caverna. Mientras los «Willcas» se demoraban en la fuente, el antropófago «Wa-Kón» quiso seducir a la madre de los mellizos; más no pudiendo efectuar su intento, devoró a la diosa «Pacha Mama», quien pagó con la muerte su gran fidelidad al dios de los cielos, «Pacha Kamac».

El maligno Wa-kón se nutrió de la carne y de la sangre codiciada de la madre de los mellizos y guardó una parte de su cuerpo sacrificado en una olla muy grande. Cuando los mellizos llegaron del manantial, se dirigieron a «Wa-Kón» y preguntaron por su madre. Wa-Kón les contestó: «Muy lejos de este sitio ha ido vuestra madre; pero, llegará muy pronto ella.» Más los días pasaban interminables y la madre de los «Willcas» no llegaba. Los niños lloraban amargamente la ausencia de su madre. El Huay-chau, el ave que anuncia la salida del sol, que canta armoniosamente durante la aurora matutina, y tiene un graznido agorero como las «lechuzas», anuncia la muerte de alguna persona; compadecido de la desgracia de los «Willcas» les comunicó detalladamente la muerte de su madre y les anunció el peligro que ellos corrían en la compañía del sanguinario «Wa-Kón».

Luego de referir a los niños el episodio de la muerte de la diosa «Pacha Mama», el pajarillo «Huay-chau» les dio un consejo: «Id, fuera de la Caverna de «Yagamachay» y debajo de una huanca (que era una piedra muy larga), se halla el «Wa-Kón» durmiendo. Atadlo con su abundante cabellera hacia la piedra mientras está dormido y luego huid de este sitio; porque, si el «Wa-Kón» se da cuenta de lo que vosotros le habéis hecho, os matará». Los niños obedecieron este mandato, y mientras el «Wa-kón» dormía atado a la piedra con sus propios cabellos, echáronse a correr vertiginosamente. En esta desesperada peregrinación encontráronse los «Willcas» con el Añas [mofeta], la madre de los «zorrillos», la cual les dijo: ¿Por qué emprendéis la carrera, quién os persigue?...Los «Willcas» contaron a la madre de los zorrillos la tragedia de la viuda.

El Añas, al igual que su compañero de la mañana, el «Huay-chau», se compadeció de los infortunados huerfanitos y los adoptó como a nietos, escondiéndolos en su madriguera. Por fin, se despertó el «Wa-Kón» de su profundo letargo y, después de libertarse con dificultad de su prisión, buscó a los «Willcas» por todas partes. En su viaje de investigación el genio maligno encontró a varios animales del campo y conversó con las aves del cielo: preguntó al Puma, al Cóndor y al Amaru [serpiente] si habían visto a los «Willcas». Pero estos animales no le dieron respuesta satisfactoria. Por último, encontró a la astuta madre de los Añacos y le preguntó si había visto a los Willcas». El Añas contestóle: «Sí, los he visto que han seguido por ese camino; si tú quieres encontrarlos con mayor rapidez, sube sobre esa cumbre y entona una canción, fingiendo la voz de la madre de los «Willcas». Al eco de esa voz acudirán presurosos lo mellizos...». El «Wa-Kón» subió al cerro sin comprender que allí, la «Zorrilla» había puesto una trampa: comenzó a entonar la canción convenida con débil y angustiosa voz llamando a los «Willcas» como madre cariñosa; y, al fin, puso el pie sobre la piedra fatal de la trampa y rodó al abismo. Su muerte fue seguida de un espantoso terremoto.

Libres los niños de su cruel perseguidor y asesino de su madre, vivían muy felices en compañía de su abuela adoptiva, el Añas, que les alimentaba con su propia sangre. Pero los «Willcas» hastiados de la sangre que era su único alimento, suplicaron a su abuelita que les dejara ir al campo a «Shanar», o sea, a sacar las papas que habían quedado ocultas en la tierra al hacer la cosecha. La abuelita Añas les concedió permiso para ello; y cuando se entretenían en su labor, encontraron una oca muy dulce que por su forma de muñeca les llamó la atención. Los «Willcas» se pusieron a jugar con la oca, la que se rompió en varios pedazos y, no teniendo un juguete semejante, prorrumpieron en llanto.

Cansados de llorar se quedaron dormidos; cuando despertó la niña contó a su hermanito lo siguiente: «Estábamos jugando, dijo, y yo arrojaba un sombrero al cielo donde se quedaba; aventaba mis vestidos y allí se quedaban. ¿Que significará todo esto?»...Los «Willcas» estaban pensativos, cuando, de improviso descendió del Cielo una soga, y el Añas les aconsejó que por allí treparan...Subieron todo juntos al Empíreo, donde el gran dios Pacha Kamac les esperaba. El «Willca» varón se transformó en el Sol, y el «Willca» mujer, en la Luna. Pero, la vida de peregrinación que llevaron en la Tierra nunca terminó. El Sol seguirá su viaje astral, enviando su luz en el día, y la Luna, durante la noche, caminará iluminando el sendero que les tocó seguir acompañados de su infortunada madre viuda...

La diosa «Pacha-Mama» se quedó encantada en aquel cerro cubierto de nieves perpetuas, como un blanco sudario, que hasta ahora recibe el nombre de «La viuda». La divinidad suprema «Pachacamaq», queriendo premiar la fidelidad de esta diosa que con sus hijitos sufrieron tanto, comunicó a la diosa «Pacha-Mama» la facultad generadora... Desde la cumbre del picacho de «la Viuda» la diosa «Pacha-Mama» envía sus favores a todos los habitantes de esta región, por ella, el dios del cielo envía las lluvias, fertilizando la tierra, hace que broten las plantas y haya muchas mieses; por ella, los animales nacen y crecen para servir de sustento al hombre; ella es la madre de los mellizos en las especies del hombre y de los otros animales.

La divinidad suprema «Pacha Kamac», también, premió al Añas haciendo que este animalito pudiera esconder a sus hijitos en su madriguera, de la misma manera como había protegido a los «Willcas» durante su estadía sobre la Tierra. Premió al Puma, haciéndole el rey de las quebradas y de los bosques, al Cóndor, como señor de las alturas, a la Víbora, haciendo que esta serpiente pudiera defenderse de sus enemigos por medio de su ponzoña y fuera el símbolo de la fecundidad y de la riqueza. Con el reinado de los «Willcas» transformados en los semidioses el Sol y la Luna, triunfó la Luz y fue vencido para siempre el dios de la noche, el Wa-Kón, vengándose de esta manera la muerte de la diosa «Pacha-Mama», llamada por antonomasia, «La Viuda».