EL Rincón de Yanka

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miércoles, 4 de febrero de 2026

LIBRO "LA POÉTICA DEL ESPACIO" por GASTÓN BACHELARD


LA POÉTICA DEL ESPACIO



INTRODUCCIÓN

I

GASTÓN BACHELARD: Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias, que ha seguido tan claramente como ha podido el eje del racionalismo activo, el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea, debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. 
Aquí, el culto pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. 

La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo, relieve mal estudiado en causalidades psicológicas subalternas. Nada general ni coordinado tampoco puede servir de base a una filosofía de la poesía. La noción de principio, la noción de "base", sería aquí ruinosa. Bloquearía la actualidad esencial, la novedad psíquica esencial del poema. Mientras la reflexión filosófica que se ejercita sobre un pensamiento científico largamente elaborado exige que la nueva idea se integre en un cuerpo de ideas experimentadas, aunque ese cuerpo se someta, a causa de la nueva idea, a una elaboración profunda, como sucede en el caso de todas las revoluciones de la ciencia contemporánea, la filosofía de la poesía debe reconocer que al acto poético no tiene pasado, que no tiene al menos un pasado próximo, remontándose al cual se podría seguir su preparación y su advenimiento. 

Cuando más tarde nos retiramos a la relación entre una imagen poética nueva y un arquetipo dormido en el fondo del inconsciente, tendremos que comprender que dicha relación no es, hablando con propiedad, causal. La imagen poética no está sometida a un impulso. No es el eco de un pasado. Es más bien lo contrario: en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse. En su novedad, en su actividad, la imagen poética tiene un ser propio, un dinamismo propio. Procede de una ontología directa. Y nosotros queremos trabajar en esta ontología. Es, pues, en la inversa de la causalidad, en la repercusión, en la resonancia, tan finamente estudiada por Minkowsky,1 donde creemos encontrar las verdaderas medidas del ser de una imagen poética. 

En esa resonancia, la imagen poética tendrá una sonoridad de ser. El poeta habla en el umbral del ser. Para determinar el ser de una imagen tendremos que experimentar, como en la fenomenología de Minkowsky, su resonancia. Decir que la imagen poética escapa a la causalidad es, sin duda, una declaración grave. Pero las causas alegadas por el psicólogo y el psicoanalista no pueden nunca explicar bien el carácter verdaderamente inesperado de la imagen nueva, ni la adhesión que suscita en un alma extraña al proceso de su creación. 

El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, su imagen arraiga enseguida en mí. La comunicabilidad de una imagen singular es un hecho de gran significado ontológico. Volveremos a esta comunión por actos breves, aislados, activos. Las imágenes arrastran —después de surgir—, pero no son los fenómenos de un arrastre. Claro está que en las investigaciones psicológicas se puede prestar atención a los métodos psicoanalíticos para determinar la personalidad de un poeta, se puede encontrar así una medida de las presiones —sobre todo de la opresión— que el poeta ha debido padecer en el curso de su vida, pero el acto poético, la imagen súbita, la llamarada del ser en la imaginación, escapan a tales encuestas. Para iluminar filosóficamente el problema de la imagen poética es preciso llegar a una fenomenología de la imaginación. Entendamos por esto un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad.

II

Se nos preguntará tal vez por qué, modificando nuestro punto de vista anterior, buscamos ahora una determinación fenomenológica de las imágenes. En nuestros trabajos anteriores sobre la imaginación, en efecto, estimamos preferible situarnos lo más objetivamente posible ante las imágenes de los cuatro elementos de la materia, de los cuatro principios de las cosmogonías intuitivas. Fieles a nuestros hábitos de filósofo de las ciencias, habíamos tratado de considerar las imágenes fuera de toda tentativa de interpretación personal. Poco a poco, dicho método, que tiene a su favor la prudencia científica, me ha parecido insuficiente para fundar una metafísica de la imaginación. 

La actitud "prudente", ¿no es acaso por sí sola la negación de obedecer a la dinámica inmediata de la imagen? Por otra parte hemos comprobado cuán difícil resulta despegarse de esta "prudencia". Decir que se abandonan los hábitos intelectuales es una declaración fácil, ¿pero cómo cumplirla? Hay ahí, para un racionalista, un pequeño drama cotidiano, una especie de desdoblamiento del pensamiento que, por parcial que sea su objeto -una simple imagen— no deja de tener una gran resonancia psíquica. Pero este pequeño drama de cultura, este drama al simple nivel de una imagen nueva, contiene la paradoja de una fenomenología de la imaginación: 

¿Cómo una imagen, a veces muy singular puede aparecer como una concentración de todo el psiquismo? ¿Cómo, también, ese acontecimiento singular y efímero que es la aparición de una imagen poética singular, puede ejercer acción -sin preparación alguna- sobre otras almas, en otros corazones, y eso, pese a todas las barreras del sentido común, a todos los prudentes pensamientos, complacidos en su inmovilidad? 

Nos ha parecido entonces que esta transubjetividad de la imagen no podía ser comprendida, en su esencia, únicamente por los hábitos de las referencias objetivas. Sólo la fenomenología —es decir la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual— puede ayudarnos a restituir la subjetividad de las imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentido de la transubjetividad de la imagen. 

Todas esas subjetividades y transubjetividades no pueden determinarse de una vez por todas. En efecto, la imagen poética es esencialmente variable. No es, como el concepto, constitutiva. Sin duda, la tarea de desprender la acción mutadora de la imagen poética en el detalle de las variaciones de las imágenes es dura, aunque monótona. Para un lector de poemas, la referencia a una doctrina que lleva el nombre tan a menudo mal entendido de fenomenología, corre el riesgo de permanecer oscura. Sin embargo, fuera de toda doctrina, esa referencia es clara. Se pide al lector de poemas que no tome una imagen como un objeto, menos aún como un sustituto de objeto, sino que capte su realidad específica. Para eso hay que asociar sistemáticamente el acto de la conciencia donadora con el producto más fugaz de la conciencia: la imagen poética. 

Al nivel de la imagen poética, la dualidad del sujeto y del objeto es irisada, espejeante, continuamente activa en sus inversiones. En ese dominio de la creación de la imagen poética por el poeta, la fenomenología es, si así puede decirse, una fenomenología microscópica. Por esta razón, dicha fenomenología tiene probabilidades de ser estrictamente elemental. En esta unión, por la imagen, de una subjetividad pura pero efímera y de una realidad que no va necesariamente hasta su constitución completa, el fenomenólogo encuentra un campo de innumerables experiencias; aprovecha observaciones que pueden ser precisas porque son simples, porque "no tienen consecuencias", a la inversa de lo que sucede con los pensamientos científicos, que son siempre pensamientos enlazados. La imagen, en su simplicidad, no necesita un saber. Es propiedad de una conciencia ingenua. En su expresión es lenguaje joven. 

El poeta, en la novedad de sus imágenes es siempre origen del lenguaje. Para especificar bien lo que puede ser una fenomenología de la imagen, para aclarar que la imagen es antes que el pensamiento, habría que decir que la poesía es, más que una fenomenología del espíritu, una fenomenología del alma. Se deberían entonces acumular documentos sobre la conciencia soñadora. 

La filosofía en lengua francesa contemporánea, y a fortiori la psicología, no se sirven apenas de la dualidad de las palabras alma y espíritu. Son por este hecho, una y otra, un poco sordas respecto a los temas tan numerosos en la filosofía alemana, en que la distinción entre el espíritu y el alma (der Geist y die Seele) es tan clara. Pero puesto que una filosofía de la poesía debe recibir todos los poderes del vocabulario, no debe simplificar nada ni endurecer nada. Para dicha filosofía, espíritu y alma no son sinónimos. Tomándolos en sinonimia, se nos impide traducir textos preciosos, se deforman los documentos entregados por la arqueología de las imágenes. La palabra alma es una palabra inmortal. En ciertos poemas es imborrable. Es una palabra del aliento.2 

La importancia vocal de una palabra debe retener por sí sola la atención de un fenomenólogo de la poesía. La palabra alma puede ser dicha con tal convicción que comprometa todo un poema. El tono poético que corresponde al alma debe, pues, quedar abierto a nuestras encuestas fenomenológicas. En el terreno de la pintura misma, donde la realización parece traer decisiones que proceden del espíritu, que encuentran obligaciones del mundo de la percepción, la fenomenología del alma puede revelar el primer compromiso de una obra. Rene Huyghe, en el bello prefacio que ha escrito para la exposición de las obras de Georges Rouault en Albi, dice: "Si hubiera que buscar por dónde hace explotar Rouault las definiciones..., tal vez tuviéramos que evocar una palabra un poco caída en desuso, a saber, alma". 

Y René Huyghe muestra que para comprender, para sentir y amar la obra de Rouault "hay que lanzarse al centro, al corazón, a la encrucijada donde todo toma su origen y su sentido: y encontramos de nuevo la palabra olvidada o reprobada, el alma". Y el alma—la pintura de Rouault lo demuestraposee una luz interior, la que una "visión interior" conoce y traduce en el mundo de los colores resplandecientes, en el mundo de la luz del Sol. Así, se exige una verdadera inversión de las perspectivas psicológicas al que quiere comprender, amando, la pintura de Rouault. Tiene que participar en una luz interior que no es el reflejo de una luz del mundo exterior; sin duda las expresiones de visión interior, de luz interior se reivindican con demasiada facilidad. 

Pero el que habla aquí es un pintor, un productor de luces. Sabe de qué foco parte la iluminación. Vive el sentido íntimo de la pasión de lo rojo. En el principio de tal pintura hay un alma que lucha. Semejante pintura es, pues, un fenómeno del alma. La obra debe redimir a un alma apasionada. Las páginas de René Huyghe nos confirman en la idea de que el hablar de una fenomenología del alma no carece de sentido. 

En muchas circunstancias, debe reconocerse que la poesía es un compromiso del alma. La conciencia asociada al alma es más reposada, menos intencionada que la conciencia asociada a los fenómenos del espíritu. En los poemas se manifiestan fuerzas que no pasan por los circuitos de un saber. Las dialécticas de la inspiración y del talento se iluminan si se consideran sus dos polos: el alma y el espíritu. A nuestro juicio, alma y espíritu son indispensables pata estudiar los fenómenos de la imagen poética en sus diversos matices, para seguir sobre todo la evolución de las imágenes poéticas desde el ensueño hasta la ejecución. 

En particular, estudiaremos en otra obra el ensueño poético como fenomenología del alma. El ensueño es por sí solo una instancia psíquica que se contunde demasiado frecuentemente con el sueño. Pero cuando se trata de un ensueño poético, de un ensueño que goza no sólo de sí mismo, sino que prepara para otras almas goces poéticos, se sabe muy bien que no estamos en la pendiente de las somnolencias. 

El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa. Para hacer un poema completo, bien estructurado, será preciso que el espíritu lo prefigure en proyecto. Pero para una simple imagen poética, no hay proyecto, no hace falta más que un movimiento del alma. En una imagen poética el alma dice su presencia. Y así un poeta plantea el problema fenomenológico del alma con toda claridad. Pierre-Jean Jouve escribe:
3 "La poesía es un alma inaugurando una forma". 

El alma inaugura. Es aquí potencia primera. Es dignidad humana. Incluso si la forma fuera conocida, percibida, tallada en los "lugares comunes", era, antes de la luz poética interior, un simple objeto pata el estudio. Pero el alma viene a inaugurar la forma, a habitarla, a complacerse en ella. La frase de Pierre-Jean Jouve puede tomarse como una clara máxima de una fenomenología del alma.

Puesto quo pretende ir tan lejos, descender a tanta profundidad, una encuesta fenomenológica sobre la poesía debe rebasar, por obligación de métodos, las resonancias sentimentales con las que recibimos más o menos ricamente —según que esta riqueza esté en nosotros o en el poema— la obra de arte. Aquí debe sensibilizarse la duplicación fenomenológica de las resonancias y de la repercusión. Las resonancias se dispersan sobre los diferentes planos de nuestra vida en el mundo, la repercusión nos llama a una profundización de nuestra propia existencia. En la resonancia oímos el poema, en la repercusión lo hablamos, es nuestro. 

La repercusión opera un cambio del ser. Parece que el ser del poeta sea nuestro ser. La multiplicidad de las resonancias sale entonces de la unidad de ser de la repercusión. Más simplemente dicho, tocamos aquí una impresión bien conocida de todo lector apasionado de poemas: el poema nos capta enteros. Esta captación del ser por la poesía tiene un signo fenomenológico que no engaña. La exuberancia y la profundidad de un poema son siempre fenómenos de la duplicación resonancia-repercusión. 

Parece que por su exuberancia el poeta reanima en nosotros unas profundidades. Para dar cuenta de la acción psicológica de un poema habrá, pues, que seguir dos ejes de análisis fenomenológicos, hacia las exuberancias del espíritu y hacia la profundidad del alma. Claro que —¿será preciso decirlo?— la repercusión, pese a su nombre derivado, tiene un carácter fenomenológico simple en los dominios de la imaginación poética donde queremos estudiarla. Se trata, en efecto, de determinar, por la repercusión de una sola imagen poética, un verdadero despertar de la creación poética hasta en el alma del lector. Por su novedad, una imagen poética pone en movimiento toda la actividad lingüística. La imagen poética nos sitúa en el origen del ser hablante. 

Por esa repercusión, yendo enseguida más allá de toda psicología o psicoanálisis, sentimos un poder poético que se eleva candorosamente en nosotros mismos. Después de la repercusión podremos experimentar ecos, resonancias sentimentales, recuerdos de nuestro pasado. Pero la imagen ha tocado las profundidades antes de conmover las superficies. Y esto es verdad en una simple experiencia del lector. Esta imagen que la lectura del poema nos ofrece, se hace verdaderamente nuestra. Echa raíces en nosotros mismos. La hemos recibido, pero tenemos la impresión de que hubiéramos podido crearla, que hubiéramos debido crearla. Se convierte en un ser nuevo en nuestra lengua, nos expresa convirtiéndonos en lo que expresa, o dicho de otro modo, es a la vez un devenir de expresión y un devenir de nuestro ser. Aquí, la expresión crea ser.

Esta última observación define el nivel de la ontología en la que trabajamos. En tesis general, pensamos que todo lo que es específicamente humano en el hombre es logos. No alcanzamos a meditar en una región que existiría antes que el lenguaje. Incluso si esta tesis parece rechazar una profundidad ontológica, nos debe ser concedida, por lo menos, como hipótesis de trabajo bien adecuada al tipo de investigaciones que perseguimos sobre la imagen poética. Así, la imagen poética, acontecimiento del logos, nos es personalmente innovadora. Ya no la tomamos como un "objeto". 

Sentimos que la actitud "objetiva" del crítico ahoga la "repercusión", rechaza, por principio, esta profundidad de donde debe partir el fenómeno poético primitivo. En cuanto al psicólogo, está ensordecido por las resonancias, y quiere describir sus sentimientos. Y en cuanto al psicoanalista, pierde la repercusión, ocupado en desenredar la madeja de sus interpretaciones. Por una fatalidad del método, el psicoanalista intelectualiza la imagen. Comprende la imagen más profundamente que el psicólogo. Pero, precisamente, la "comprende". Para el psicoanalista la imagen poética tiene siempre un contexto. Interpretando la imagen, la traduce en otro lenguaje que el del logos poético. Por lo tanto, nunca se puede decir, con más razón: "traduttore, traditore". 

Recibiendo una imagen poética nueva, experimentamos su valor de intersubjetividad. Sabemos que la repetiremos para comunicarnos nuestro entusiasmo. Considerada en la trasmisión de un alma a otra, se ve que una imagen poética elude las investigaciones de causalidad. Las doctrinas tímidamente causales como la psicología, o fuertemente causales como el psicoanálisis, no pueden determinar la ontología de lo poético: nada prepara una imagen poética, sobre todo no la cultura en el modo literario, ni la percepción en el modo psicológico. Por lo tanto, llegamos siempre a la misma conclusión: la novedad esencial de la imagen poética plantea el problema de la creatividad del ser que habla. Por esta creatividad, la conciencia imaginante resulta ser, muy simplemente, pero muy puramente, un origen. Al desprender este valor de origen de diversas imágenes poéticas debe abordarse, en un estudio de la imaginación, la fenomenología de la imaginación poética.

IV

Limitando de esta manera nuestra encuesta a la imagen poética en su origen, a partir de la imaginación pura, dejamos de lado el problema de la composición del poema, como agrupación de imágenes múltiples. En esta composición del poema intervienen elementos psicológicamente complejos, que asocian la cultura más o menos lejana y el ideal literario de un tiempo, y otros componentes que una fenomenología completa debería tener en cuenta. Pero un programa tan vasto podría empañar la pureza de las observaciones fenomenológicas, resueltamente elementales, que queremos presentar. 

El verdadero fenomenólogo tiene la obligación de ser sistemáticamente modesto. Por lo tanto, nos parece que la simple referencia a poderes fenomenológicos de lectura, que convierten al lector en un poeta al nivel de la imagen leída, supone ya un matiz de orgullo. Sería para nosotros inmodesto asumir personalmente una facultad de lectura que volvería a encontrar y resucitaría el poder de creación organizada y completa que integra el conjunto de un poema. Y menos aún podemos esperar llegar a una fenomenología sintética que domine, como creen lograr ciertos psicoanalistas, el conjunto de una obra. Es, pues, al nivel de las imágenes aisladas donde podemos "repercutir" fenomenológicamente. Pero precisamente este punto de orgullo, este orgullo menor, este orgullo de simple lectura que se nutre con la soledad de la lectura, lleva en sí un signo fenomenológico innegable, si se conserva su simplicidad. 

El fenomenólogo no tiene aquí nada que ver con el crítico literario que, como se ha observado con frecuencia, juzga una obra que no podría crear, e incluso según testimonio de las censuras fáciles, una obra que no querría hacer. El crítico literario es un lector necesariamente severo. Volviendo del revés como un guante un complejo que el uso excesivo ha desvalorizado hasta el punto de penetrar en el vocabulario de los estadistas, podría decirse que el crítico literario, que el profesor de retórica, que saben siempre y juzgan siempre, tienen un simplejo de superioridad. 

En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. 

Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen. Jean-Pierre Richard, en su hermoso libro Poesía y profundidad, escribe entre otros estudios uno sobre Baudelaire y otro sobre Verlaine. Baudelaire es puesto en relieve, precisamente porque, como dice el autor, su obra "nos concierne". 

De un estudio a otro, la diferencia de tono es grande. Verlaine no recibe como Baudelaire la adhesión fenomenológica total. Y así sucede siempre; en ciertas lecturas que nos simpatizan a fondo, somos "parte interesada" en la expresión misma. En su 77- tán Jean-Paul Richter dice de su héroe: 
"leía los elogios de los grandes hombres con tanto placer como si él hubiera sido el objeto de esos panegíricos".4 De todas maneras la simpatía en la lectura es inseparable de la admiración. Se puede admirar más o menos, pero siempre es necesario un impulso sincero, un pequeño impulso de admiración para recibir el provecho fenomenológico de una imagen poética. La menor reflexión crítica detiene este impulso, situando al espíritu en posición secundaria, lo cual destruye la primitividad de la imaginación. 

En esta admiración que rebasa la pasividad de las actitudes contemplativas, parece que el goce de leer sea reflejo del goce de escribir como si el lector fuera el fantasma del escritor. Por lo menos el lector participa en este júbilo de creación que Bergson da como signo de la creación misma.5 Aquí la creación se produce sobre el hilo tenue de la frase, en la vida efímera de una expresión. Pero esta expresión poética, aun no teniendo una necesidad vital, es de todas maneras una tonificación de la vida. El bien decir es un elemento del bien vivir. La imagen poética es una emergencia del lenguaje, está siempre un poco por encima del lenguaje significante. Viviendo los poemas se tiene la experiencia saludable de la emergencia. 

Es sin duda una emergencia de poco alcance. Pero esas emergencias se renuevan; la poesía pone al lenguaje en estado de emergencia. La vida se designa en ellas por su vivacidad. Esos impulsos lingüísticos que salen de la línea ordinaria del lenguaje pragmático, son miniaturas del impulso vital. Un microbergsonismo que abandonara la tesis del lenguaje-instrumento, para adoptar la tesis del lenguaje-realidad, encontraría en la poesía muchos documentos sobre la vida completamente actual del lenguaje. Así, junto a consideraciones sobre la vida de las palabras, tal y como aparece en la evolución de una lengua a través de los siglos, la imagen poética nos presenta, al estilo del matemático, una especie de diferencial de esta evolución. 

Un gran verso puede tener una gran influencia sobre el alma de una lengua. Despierta imágenes borradas. Y al mismo tiempo sanciona lo imprevisible de la palabra. ¿Hacer imprevisible la palabra no es un aprendizaje de la libertad? 
¡Qué hechizo tiene para la imaginación poética el evadirse de las censuras! Antaño, las artes poéticas codificaban las licencias. Pero la poesía contemporánea ha puesto la libertad en el cuerpo mismo del lenguaje. La poesía aparece entonces como un fenómeno de la libertad.
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1 Cf. Eugéne Minkowsky, Vers une cosmologie, cap. IX
2 Charles Nodier, Dictionnaire raisonné des onomatopées françaises, París, 1828, 3 p. 46. "Los diferentes nombres del alma, en casi todos los pueblos, son otras tantas modificaciones del aliento y onomatopeyas de la respiración."
4 Pierre-Jean Jouve, En Miroir, Mercare de France, p. 1 1.
5 Jean-Paul Richter, El Titán. Berlín, 1800-1803. Bergson, Lénergie spirituelle', p. 23.

¿Qué es La poética del espacio de Gaston Bachelard?

Es una obra filosófica y poética en la que Gaston Bachelard explora los espacios íntimos —la casa, la habitación, el rincón, el nido— como escenarios fundamentales de la experiencia humana. Lejos de entender el espacio como una magnitud geométrica, Bachelard lo concibe como un lugar vivido, cargado de memoria, afecto e imaginación. Cada espacio habitado se convierte en una imagen que estructura la subjetividad y revela cómo la intimidad se construye a partir de refugios simbólicos. La poética del espacio propone una fenomenología de la imaginación, donde habitar no es solo ocupar un lugar, sino soñar en él, recordar en él y reconocerse a través de sus formas silenciosas.


Una media de 1.132 al mes.
Un año muy duro para el pequeño comercio, con cifras récord de bajas, según datos de la UPTA (Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos)
Y no dejo de ver noticias así.
Locales de toda la vida que bajan la persiana.
En barrios, en pueblos, en ciudades.
Es algo que tenemos que tener en cuenta, a nivel individual, a nivel colectivo y a nivel Estatal.

Porque cada vez que cierra un comercio no solo desaparece un negocio.


Muere su historia.
Su vida.
Sus recuerdos.
Su legado.

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martes, 3 de febrero de 2026

LA CRISIS ESPIRITUAL (ESPIRITUALISTA) DE LA DEMOCRACIA: POLARIZACIÓN, TOTALITARISMO Y RELATIVISMO por JOSEPH WEILER



LA CRISIS ESPIRITUAL 
(ESPIRITUALISTA) 
DE LA DEMOCRACIA

POLARIZACIÓN, TOTALITARISMO 
Y RELATIVISMO

JOSEPH WEILER

Cuando la democracia olvida al ser humano, deja de tener sentido. Este libro propone el camino para restaurar la dignidad y el bien común.
La democracia no atraviesa solo una crisis política o institucional: su herida es espiritual. Así lo sostienen Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, quienes coordinan esta obra coral en la que más de treinta autores de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos se dan cita para reflexionar sobre el destino de nuestras sociedades.
La palabra “crisis” proviene del griego krisis, juicio y desde este libro se propone un juicio sereno y lúcido sobre el alma de las democracias contemporáneas: sus fracturas, sus derivas totalitarias, su polarización y el relativismo que erosiona la verdad y la justicia. No se trata de condenar, sino de discernir y proponer caminos de renovación.

Los autores reunidos aquí sostienen que la democracia auténtica no se reduce al voto ni a la aritmética de mayorías y minorías. Su fundamento está en la dignidad de la persona, en valores innegociables como la libertad, la justicia y el bien común. Solo recuperando esta raíz podremos superar la herida que corroe nuestras instituciones y recuperar la confianza en la política como un acto de servicio.
Lejos de clausurar debates, este libro los abre. Interpela de manera especial a los jóvenes y a quienes aún creen que el pensamiento puede transformar la realidad. Porque todos somos responsables: no existe una división entre políticos y no políticos, sino entre gobernantes y gobernados. Todos formamos parte de la comunidad que busca justicia.
La crisis espiritual de la democracia: polarización, totalitarismo, relativismo es, por tanto, una invitación urgente a pensar, discernir y comprometerse con la reconstrucción de una vida común basada en la verdad y la dignidad humanas.

«Soy demócrata porque creo en la caída del hombre. Creo que la mayoría de la gente es demócrata por la razón contraria. Gran parte del entusiasmo democrático proviene de las ideas de personas como Rousseau, que creían en la democracia porque pensaban que la humanidad era tan sabia y buena que todos merecían participar en el gobierno. El peligro de defender la democracia basándose en esos argumentos es que no son ciertos. Y cada vez que se pone de manifiesto su debilidad, quienes prefieren la tiranía sacan provecho de ello. No hace falta mirar más allá de mí mismo para comprobar que no son ciertas. Yo no merezco participar en el gobierno de un gallinero, y mucho menos de una nación. Tampoco lo merece la mayoría de la gente, toda aquella que cree en la publicidad, piensa en eslóganes y difunde rumores. La verdadera razón de la democracia es justo la contraria. La humanidad está tan degenerada que no se puede confiar a ningún hombre un poder ilimitado sobre sus semejantes. Aristóteles dijo que algunas personas solo eran aptas para ser esclavas. No lo contradigo. Pero rechazo la esclavitud porque no veo a ningún hombre apto para ser amo». C. S. Lewis, Present Concerns. Journalistic Essays

PRESENTACIÓN


Este libro nace de una inquietud profunda y de una certeza compartida: la democracia, tal como la hemos conocido y defendido, atraviesa una crisis que va mucho más allá de lo político o institucional. Se trata de una crisis espiritual. Una crisis que afecta no solo a nuestras formas de gobernarnos, sino también —y sobre todo— a nuestra manera de comprender al ser humano, la libertad, la justicia y el sentido mismo de la vida en común. La palabra crisis, en su raíz griega (krisis), significa juicio. Este libro es, en ese sentido, un juicio sereno pero firme, una reflexión coral y exigente sobre el estado del alma de nuestras democracias. Pero no es un juicio para condenar, sino para discernir, sanar y transformar. Porque creemos que la democracia no se agota en el acto de votar ni en el juego de mayorías y minorías. No es simplemente un procedimiento, ni una suma de libertades individuales desconectadas de toda responsabilidad moral o verdad compartida. La democracia verdadera nace y se sostiene sobre una visión clara del ser humano, sobre una idea de justicia que trasciende al Estado y sobre valores prepolíticos que no pueden ser negociados: la dignidad, la verdad, el bien común. 

Esta obra reúne a 15 autores de primera línea del pensamiento filosófico contemporáneo, de países de Europa, de Hispanoamérica y los Estados Unidos. Sus voces, diversas pero unidas en una preocupación común, se entrelazan aquí para abrir una conversación profunda y urgente sobre el destino de nuestras sociedades democráticas. Es un intento por devolver el debate político a sus raíces más humanas, éticas y trascendentes. Porque solo yendo al fondo de los problemas podremos encontrar respuestas verdaderas. Este libro no es un cierre, sino una apertura. Un punto de partida. 

Queremos que sus páginas sirvan de inspiración y desafío, especialmente para los jóvenes universitarios, los buscadores de sentido, los que aún creen que el pensamiento puede cambiar el mundo y que la política, lejos de ser una lucha por el poder, puede volver a ser una forma de amor al prójimo. Desde esta visión, rechazamos una de las grandes mentiras modernas: la idea de que el mundo se divide entre políticos y no políticos. Esa separación es una perversión que ha empobrecido la democracia y ha debilitado la responsabilidad ciudadana. 

Nosotros afirmamos que todos somos políticos, en tanto que todos formamos parte de una comunidad viva que se organiza, que busca el bien común, que exige justicia. La única distinción válida es entre gobernantes y gobernados. Y esta distinción convoca a todos —sin excepción— a pensar, actuar y decir algo sobre la salud de la democracia en sus países. No desde la indiferencia ni desde el cinismo, sino desde el compromiso con lo que somos y con lo que podemos llegar a ser. Hoy, más que nunca, resuenan con fuerza las palabras del Papa León XIV: 

«El mal no prevalecerá». No prevalecerá mientras haya seres humanos dispuestos a luchar por la justicia, por la verdad, por la dignidad de cada vida. Ese es el espíritu que anima estas páginas. Y esa es la invitación que hacemos al lector: pensar, discernir, comprometerse. Porque la crisis espiritual de la democracia no es solo un diagnóstico: es también una oportunidad para renacer.

PRÓLOGO

No solo de pan vive el hombre (Dt 8, 3; Mt 4, 4): 
¡No es la economía, estúpido; es el espíritu humano!

I

Al recibir el Premio Carlomagno en mayo de 2016, el papa Francisco preguntó de forma conmovedora: «Europa, ¿qué te ha sucedido?». La pregunta es aún más pertinente hoy ante la creciente ola del llamado populismo, que ya no puede descartarse como un fenómeno periférico o limitado a un par de países con una corta tradición democrática. Se manifiesta tanto en un extendido euroescepticismo como en un desafío a los valores fundamentales de la democracia liberal. 

Aunque este prólogo tendrá un enfoque en la historia europea, sabemos que este fenómeno se ha vuelto universal: no es necesario enumerar la cantidad de países afectados por el llamado «populismo». Con los ajustes necesarios a las especificidades culturales y políticas de cada contexto, la lección europea resultaría relevante en cualquier otra parte del mundo. 

Los crecientes desafíos en la actualidad sobre la democracia son, de manera algo paradójica, más amenazantes que sus iteraciones anteriores. Me refiero a la época pasada de golpes de Estado militares que derrocaban regímenes democráticos y los reemplazaban con gobiernos de coroneles. Grecia, Argentina, Chile… la lista sigue. Hoy, la democracia es subvertida por la propia democracia. Orban, por dar solo un ejemplo, fue elegido dos veces (¡!) mediante un proceso electoral perfectamente libre. Con su defensa de una «democracia iliberal» (un oxímoron), fue la elección democrática libre del pueblo húngaro. 

Entonces, ¿cómo explicar el ascenso de —y la fascinación popular de grandes segmentos de la sociedad hacia— líderes no democráticos que dan la espalda a lo que parecían ser los valores fundamentales de la democracia liberal? 

Aquellos que creen que la respuesta se puede encontrar completamente en el ámbito material —el desempleo y la distribución desigual de los desiertos del globalismo— están equivocados. Si bien estos factores económicos son relevantes, no bastan para explicar el atractivo de los llamados populistas en sociedades y sectores que no encajan en un descontento que proviene únicamente de la insatisfacción económica. Además, esta interpretación reduce de manera irrisoria a la persona humana, limitándola únicamente a sus necesidades materiales. 

(De paso, debo decir que considero que la denominación de «populistas» es inútil. ¿Si me gustan, son populares? ¿Si no, son populistas?). 

Los problemas sobre los valores y el bienestar espiritual de la persona no son menos importantes a la hora de responder a la pregunta de Francisco y de explicar el ascenso de estos regímenes. No creo ni por un minuto que, por ejemplo, un tercio de la sociedad francesa se haya vuelto fascista de repente, y esto también es cierto en los Países Bajos, en Italia, en Polonia, y así sucesivamente. La respuesta debe buscarse más allá de las condiciones materiales, por importantes que estas sean. 

Quiero comenzar con un postulado —que, por su naturaleza, no puede ser realmente probado, aunque creo que está más allá de toda duda—: la condición humana es tal, que cada uno de nosotros, consciente o subconscientemente, busca satisfacer no solo las necesidades materiales egoístas, sino también las metafísicas y, entre ellas, primero y ante todo, el deseo, la necesidad, de dar significado y sentido a nuestras breves vidas, un significado y un sentido que va más allá de lo que sirve a los propios intereses. 

Los valores juegan un papel en la satisfacción de ese impulso primordial. Y es aquí donde encontramos un gran déficit en la manera en que hemos articulado y llegado a comprender los «valores» de la democracia liberal. 

¿Cuáles son esos valores liberales? Una y otra vez nos enfrentamos a la nueva Santísima Trinidad: Democracia, Derechos Humanos, Estado de derecho. Sí, Europa (y otras democracias liberales) defiende estos valores. Y efectivamente, nunca deberíamos aceptar vivir en una sociedad que no respete y honre estos principios. La metáfora de la Santísima Trinidad es más que una ironía: al igual que la verdadera Santísima Trinidad, estos son tres que son uno: indivisibles. No se puede tener democracia sin derechos fundamentales; eso sería simplemente un regreso a la tiranía de la mayoría. Hitler (y Mussolini) fueron enormemente populares en su época y llegaron al poder «democráticamente». Del mismo modo, no se pueden tener derechos humanos sin el Estado de derecho. Es por esta razón que la idea de una «democracia iliberal» es ontológicamente una imposibilidad, un oxímoron. Puede ser la voluntad del pueblo, pero eso no la convierte en democracia. Hay más en el concepto de democracia que el simple paradigma: la democracia es lo que el pueblo quiere democráticamente. «Democráticamente», se podría decidir matar, digamos, a todos los budistas. ¿Llamaríamos a tal régimen democracia? 

Sea como sea, hay un aspecto de los valores de esta Santísima Trinidad que rara vez se discute. Los derechos fundamentales garantizan nuestras libertades, pero no nos dan orientación sobre cómo ejercer esas libertades. Se puede usar la libertad de expresión, por ejemplo, para ser vil. Se puede ser mezquino, egoísta, insensible y carecer de caridad y misericordia, y aun así, no violar los derechos humanos de nadie. 

La democracia es una tecnología de gobernanza, indispensable. Pero no nos dice cómo ejercer el poder de gobernanza otorgado democráticamente. Una democracia de personas malvadas será malvada, incluso si es democrática. Y si esto es cierto para las libertades, obviamente también lo es para el Estado de derecho: siempre que nuestras leyes no transgredan los derechos humanos fundamentales, pueden ser indiferentes, socialmente injustas e incluso draconianas, y aun así, el Estado de derecho seguiría considerándose intacto. 

Permítanme, por tanto, no andarme con rodeos: la Santísima Trinidad del liberalismo —los valores de la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho— por importantes que sean, son en cierto sentido vacíos. Proveen las condiciones para una acción legítima, individual y colectiva, pero no su contenido. Son una condición necesaria, pero no suficiente, para satisfacer la búsqueda primordial de las vidas humanas de significado y trascendencia. 

En este sentido, entonces, la nueva «Santísima Trinidad» no es más que un marco que debe ser llenado. Son como el oxígeno de la vida física. Necesitas oxígeno para vivir, pero el oxígeno no determina cómo será vivida tu vida. Permítanme entonces mencionar tres de los valores clásicos que han desaparecido de nuestra vida pública europea y que en el pasado se encargaban precisamente de eso. Podríamos desear llamarlos la Falsísima Trinidad de los Valores.

II

Se encuentran en tres procesos que comenzaron como reacciones a la Segunda Guerra Mundial y han evolucionado a lo largo de las últimas ocho décadas. 

La caída del patriotismo como disciplina del amor 

El Primer Proceso. Por razones completamente comprensibles, la propia palabra «patriotismo» se volvió «impublicable» después de la guerra, especialmente en Europa occidental. Los regímenes fascistas (entre otros), al abusar de la palabra y del concepto, la habían «borrado» de nuestra conciencia colectiva. Y, en muchos aspectos, esto ha sido algo positivo. Pero también pagamos un alto precio por haber desterrado esta palabra —y el sentimiento que expresa— de nuestro vocabulario psico-político. 

Porque el patriotismo también tiene un lado noble: la disciplina del amor, el deber de cuidar de la patria y de su gente, de nuestros conciudadanos; de aceptar nuestra responsabilidad cívica hacia la comunidad en la que vivimos. En realidad, el verdadero patriotismo es lo opuesto al fascismo: el patriotismo fascista postula que el ciudadano pertenece al Estado, que Deutschland ist über alles. En cambio, en el patriotismo democrático no pertenecemos al Estado, sino que el Estado nos pertenece a nosotros, y somos responsables de él y de lo que en él sucede. 

Este tipo de patriotismo es una parte integral e indispensable de la forma republicana de la democracia. Hoy en día, podemos llamarnos «Repúblicas» de Italia, o de Francia o Bundesrepublik, pero nuestras democracias ya no son verdaderamente republicanas. Existe «el Estado», existe «el gobierno» y luego estamos «nosotros». Es ellos y nosotros. Somos como accionistas de una empresa. Si la dirección de la empresa llamada «la República» no produce dividendos políticos y materiales, cambiamos de gerentes con un voto en una reunión de accionistas llamada «elecciones». Si algo no funciona en nuestra sociedad, acudimos a los «directores», tal como hacemos, por ejemplo, cuando nuestra conexión a internet no funciona: 
«Pagamos (nuestros impuestos) y mira el pésimo servicio que nos están dando…». El Estado es siempre el responsable. Nunca nosotros. Es una democracia clientelista que no solo nos quita la responsabilidad que tenemos hacia la sociedad y nuestro país, sino que también nos exime de la responsabilidad inherente a nuestra propia condición humana. 

Nota bene: No les apuntemos ni culpemos a «ellos». Nosotros, los ciudadanos, somos los principales responsables de esta situación. 

La cultura de los derechos y sus descontentos: la norma y el papel de la ley 

El segundo proceso que ayuda a explicar lo que ha sucedido en Europa, y en otros lugares, surge, una vez más, como una reacción a la guerra, y es paradójico. Hemos aceptado, tanto a nivel nacional como internacional, una obligación seria e irreversible arraigada en nuestras Constituciones: la de proteger los derechos fundamentales de los individuos, incluso contra la tiranía política de la mayoría. 

A un nivel más general, nuestro vocabulario político-jurídico se ha convertido en un discurso sobre derechos legales. Los derechos de un ciudadano alemán, italiano o español están protegidos por nuestros tribunales y, sobre todo, por los Tribunales Constitucionales. Pero también por el Tribunal de Justicia de la UE en Luxemburgo y, nuevamente, por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Es suficiente para hacer que a uno le dé vueltas la cabeza. Y esto es cierto para los demás Estados miembros y para otros lugares de lo que antes se llamaba el Mundo Libre.

Solo pensemos en lo común que se ha vuelto, en el discurso político actual, hablar cada vez más de «derechos». Hoy en día, se intenta convertir cualquier acción política en una acción legal sobre los derechos, y se usan los tribunales, una y otra vez, para alcanzar nuestros objetivos políticos. Es enormemente importante. Nunca querría vivir en un país en el que los derechos fundamentales no se defi endan de manera efectiva. Pero aquí también —al igual que con el destierro del patriotismo— pagamos un alto precio. De hecho, pagamos dos precios. 

En primer lugar, la noble cultura de los derechos pone al individuo en el centro, pero poco a poco, casi sin darnos cuenta, lo convierte en un individuo egocéntrico. Atomiza al individuo, puesto que la mayoría de las batallas por los derechos fundamentales enfrentan al individuo y sus libertades contra el bien colectivo. 

Y el segundo efecto de esta «cultura de los derechos» —que es un marco común a todos los europeos, y también es cierto en otros lugares—, es una especie de debilitamiento de la especificidad política y cultural de la propia identidad nacional única. 

La noción de dignidad humana —el hecho de que hemos sido creados a imagen de Dios— contiene, al mismo tiempo, dos facetas. Por un lado, significa que todos somos iguales en nuestra dignidad humana fundamental: ricos y pobres, italianos y alemanes, hombres y mujeres, gentiles y judíos. Por otro lado, reconocer la dignidad humana implica aceptar que cada uno de nosotros es un universo entero, distinto y diferente de cualquier otra persona. 

Y lo mismo ocurre con cada una de nuestras sociedades. Desarraigar la especificidad cultural de cada una de nuestras naciones y sociedades significa comprometer un elemento esencial de nuestra dignidad. Cuando este elemento de diversidad se ve disminuido o ridiculizado, nos rebelamos. 

Y dado que, con solo pequeñas diferencias de matiz, nuestro valor supremo como europeos (y esto también es cierto en otras democracias liberales) es nuestra creencia en la Santísima Trinidad de los Derechos, la Democracia y el Estado de Derecho (y, afortunadamente, así es), las especificidades de nuestras identidades tienden a ser devaluadas. 

Secularismo 

El tercer proceso que explica lo que ha sucedido en Europa es la secularización. Permítanme ser claro: esta observación no es una reprimenda evangélica. No juzgo a una persona por su fe o su falta de ella. Y aunque, para mí, es imposible imaginar el mundo sin el Señor —bendito sea—, también conozco a muchas personas religiosas que son detestables (pensemos en los sacerdotes pedófilos) y a muchos ateos con un carácter moral intachable. 

Entonces, ¿por qué menciono la secularización? El proceso de secularización también comenzó con la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién de nosotros, después de haber visto las montañas de zapatos de millones de niños asesinados en Auschwitz, no se hizo la pregunta: Dios, ¿dónde estabas? 

La importancia de la secularización radica en el hecho de que una voz que en su momento fue universal y omnipresente, una voz que enfatizaba el deber y la responsabilidad y no solo los derechos, la responsabilidad personal ante lo que nos sucede a nosotros, a nuestros vecinos, a nuestra sociedad, y no el recurso instintivo a las instituciones públicas, prácticamente ha desaparecido de la praxis social. 

En la Iglesia no se habla de los derechos que uno tiene frente al Estado y los demás, sino de los deberes hacia la sociedad y hacia los demás. Hoy en día, ningún político en Europa ni en ningún otro lugar podría, o querría, repetir el famoso discurso de investidura de Kennedy en 1960: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país…». Cualquier cosa que salga mal en nuestra sociedad siempre es responsabilidad de otros, nunca nuestra.

III

Es totalmente comprensible que hayamos llegado a desconfiar del patriotismo y de la política de identidad al ver la forma abusiva en que fueron instrumentalizados en el pasado de Europa. Pero también hemos sido incapaces de separar el trigo de la paja, y es así como han llegado los nuevos populistas, a menudo con las formas viejas y abusivas. 

Es fácil entender el atractivo del nacionalismo, por ejemplo: como miembro de una comunidad nacional, tengo un pasado y un futuro que van más allá de mi interés individual. Las cualidades nacionales resaltan aquello que es especial y único, y así se convierten en parte del acervo identitario del individuo. Además, apelar al deber y la responsabilidad de las personas las empodera y otorga a sus acciones un significado que trasciende su propio interés. Sobre todo, infunde respeto y autoestima. 

Nuestro error histórico fue no comprender la enorme importancia de los valores espirituales y adaptarlos a una narrativa progresista moderna que combinara las llamadas Santísima y Falsísima Trinidades de valores. En la mayoría de las sociedades rechazamos el comunismo como una forma legítima de gobierno, pero seguimos aferrados a su visión del ser humano como Homo Economicus. Existe una manera de celebrar y respetar el amor por la sociedad y el país, la cualidad del patriotismo liberal, de vincular derechos con deberes, de cultivar un sano respeto por la identidad y cultura colectivas sin caer en el atavismo ni en el chovinismo, de ejercitar lo mejor de la herencia judeocristiana, incluso si se ha perdido la fe religiosa. 

Cuando concebimos la condición humana bajo la lente del Homo Economicus, la prosperidad material se convierte también en la medida del valor humano. Antes, cualquier trabajo era considerado honorable y digno de respeto. En el marco de valores actual, solo el trabajo que enriquece goza de tal respeto. Y dado que la educación es la clave para acceder a ese tipo de trabajo, las inevitables y evitables desigualdades en educación conducen a una desigualdad en la dignidad. 

En este contexto, no se puede exagerar la centralidad del respeto (y la falta de él) para el bienestar humano. Si consideramos cómo en nuestras diversas constituciones y cartas de derechos hemos puesto la inviolabilidad de la dignidad como nuestro derecho humano primordial, podemos comprender cuán poderoso será el impacto de esta falta de respeto, tanto real como percibida, en la arena política. La sensación de desigualdad material parece poco en comparación con la sensación de desigualdad y privación en términos de dignidad. No basta con afirmar que, a nivel personal, uno no desprecia a las personas por su condición económica, si el sistema en su conjunto privilegia de manera tan desmesurada el bienestar material y la prosperidad. 

Pero estas consideraciones no forman parte del programa de la política dominante ni del discurso democrático. Todo lo que escuchamos es una narrativa sobre el empleo, el crecimiento y una distribución más equitativa de los beneficios económicos; sobre cómo gestionar mejor nuestros mercados y nuestra prosperidad. Todo ello es increíblemente valioso, pero falla en entender que no solo de pan vive el hombre. Por otro lado, vemos un retorno a la trinidad mussoliniana de Patria (chovinista y atávica), Chiesa (jerárquica) y Familia (patriarcal). Ambas opciones son estériles y dejan un vacío en el centro. 

Quizá sea momento de que nosotros, los bien-pensants de la sociedad, hagamos un ejercicio de introspección. Hasta que llenemos este vacío, el terreno quedará libre para personajes como Orbán y sus aliados.


Cuando la democracia olvida al ser humano, deja de tener sentido. 
Este libro propone el camino para restaurar la dignidad y el bien común.
La democracia no atraviesa solo una crisis política o institucional: su herida es espiritual. Así lo sostienen Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, quienes coordinan esta obra coral en la que más de treinta autores de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos se dan cita para reflexionar sobre el destino de nuestras sociedades.
La palabra “crisis” proviene del griego krisis, juicio y desde este libro se propone un juicio sereno y lúcido sobre el alma de las democracias contemporáneas: sus fracturas, sus derivas totalitarias, su polarización y el relativismo que erosiona la verdad y la justicia. No se trata de condenar, sino de discernir y proponer caminos de renovación.

Los autores reunidos aquí sostienen que la democracia auténtica no se reduce al voto ni a la aritmética de mayorías y minorías. Su fundamento está en la dignidad de la persona, en valores innegociables como la libertad, la justicia y el bien común. Solo recuperando esta raíz podremos superar la herida que corroe nuestras instituciones y recuperar la confianza en la política como un acto de servicio.
Lejos de clausurar debates, este libro los abre. Interpela de manera especial a los jóvenes y a quienes aún creen que el pensamiento puede transformar la realidad. Porque todos somos responsables: no existe una división entre políticos y no políticos, sino entre gobernantes y gobernados. Todos formamos parte de la comunidad que busca justicia.
La crisis espiritual de la democracia: polarización, totalitarismo, relativismo es, por tanto, una invitación urgente a pensar, discernir y comprometerse con la reconstrucción de una vida común basada en la verdad y la dignidad humanas.

LA "DEMOCRACIA" ES PARA EL COMUNISMO 
SÓLO UNA PUERTA PARA PODER ENTRAR. 
F.F.

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lunes, 2 de febrero de 2026

PELÍCULA DE LA ÉPOCA DE ORO DEL CINE DE MÉXICO: "ALLÁ EN EL RANCHO GRANDE" (1936 y 1949) y "LAS CAUSAS DE SU DECLIVE"

 ALLÁ 
EN EL RANCHO GRANDE
(1949)

Al morir su madre, los hermanos José Francisco y Eulalia, junto con la huerfanita Cruz, pasan a ser cuidados por la lavandera Ángela y el borrachín Florentino. José Francisco crece junto a Felipe, el hijo de don Rosendo, patrón del Rancho Grande y cuando éste muere, José Francisco es nombrado capataz por su amigo Felipe. La unión entre ambos se refuerza cuando José Francisco es herido de un balazo al tratar de salvarle la vida a Felipe y éste, a su vez, dona sangre para una transfusión a la que se debe someter su amigo y salvador. Sólo una cosa amenaza a su amistad: José Francisco se ha enamorado de Cruz y Ángela está dispuesta a venderle a Felipe la honra de la joven para obtener el dinero preciso para celebrar el matrimonio de Eulalia.
El éxito de la película la llevó a convertirse en la primera película mexicana en lanzarse a Estados Unidos con subtítulos en inglés. En estos años la producción cinematográfica estadounidense se vio bastante reducida por los conflictos bélicos y fue una época en la que los trabajos mexicanos comenzaron a tener renombre. También fue una espada de doble filo para la industria, que llevaba desde principios de siglo intentando desligarse la “imagen mexicana” del mariachi y los sombreros charros, y la película ayudó a extender justo este estereotipo en el mercado estadounidense.

A pesar de que adquirió su fama gracias al film y escrita para una obra teatral en los años ’20, la canción ya formaba parte de la tradición popular mexicana. Se suele otorgar su autoría a Juan Díaz del Moral y Emilio Uranga D., entre los primeros en escribirla y comercializarla. El dúo registró la canción en 1927. Pero cómo ocurre con muchos de los grandes clásicos, los derechos de autor sobre este tema han generado litigios que se han mantenido durante décadas.

En la película fue interpretada por Federico Arturo Guízar Tolentino, que pasaría a la historia como Tito Guízar. El actor y cantante se convirtió gracias a esta cinta en el primer charro del cine mexicano. La cinta supuso el salto a Hollywood de Guízar y se convirtió en uno de los primeros galanes mexicanos. Su actuación de 1936 le persiguió, de buena manera, a través de sus carrera y se convirtió en uno de sus grandes sellos. También interpretó otros grandes clásicos de la música folclórica mexicana como la “Cucaracha” o “Cielito Lindo”.

Tras el éxito artístico y de público cosechado por Fernando de Fuentes en 1936 con "Allá en el Rancho Grande", donde inicia una forma novedosa de hacer cine en México alternando drama y folclore, trece años después repetía argumento y título ahora con Jorge Negrete como gran atractivo musical.
Otra vez la honra de la mujer anda en voces y coplas por el pueblo a cuenta de la calumnia y la envidia, "Con la mujer que uno quiere, no hay que hacer combinación, que la Cruz de mi pasión, no se la cambio al patrón". Así canta en plan de reto un resentido contra Crucita (del Valle), una auténtica Cenicienta, como las jotas aragonesas de picadillo proclamaban en la ronda nocturna, "Dicen que han visto saltar, a eso de la media noche, a un hombre por la ventana, de María del Pilar".
Una historia de honor y de nobleza, "nobleza charra", salpicada de conocidas canciones mexicanas y de las bromas del borrachín Florentino (Soto).
Correctos tanto el guion como la realización, volcada en este caso sobre Negrete y sus canciones. Ya se aprecia en el cartel. Los personajes quedan por eso un tanto desdibujados.
Cinta interesante la de esta "nobleza charra", sobre todo por las similitudes que guarda con nuestra "Nobleza baturra".

Allá en el rancho grande (1949) COLOREADO.


México Tenía la Industria Cinematográfica Perfecta en 1947 — 
Hasta que 3 Decisiones la Debilitaron.

En 1947, México vivía el punto más alto de su historia cinematográfica. Estudios llenos, directores respetados, actores reconocidos en toda América Latina y una industria capaz de producir películas de forma constante, con identidad propia y proyección internacional. 
Durante la llamada Época de Oro, el cine mexicano no solo entretenía: definía cultura, lenguaje y memoria colectiva. 
Todo parecía indicar que México estaba destinado a convertirse en una potencia cinematográfica duradera. Pero ese equilibrio era frágil. Tres decisiones —políticas, económicas e industriales— comenzaron a debilitar lentamente lo que parecía una industria perfecta. 
No fue un colapso inmediato, sino un desgaste silencioso que, con el tiempo, cambió el rumbo del cine nacional. 
Este documental recorre ese momento clave, las decisiones que marcaron un antes y un después, y cómo una de las industrias culturales más fuertes de México fue perdiendo el lugar que había conquistado. 
No es solo una historia de cine. Es una historia de oportunidades, decisiones y un legado que aún resuena en la pantalla.