EL Rincón de Yanka

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miércoles, 11 de febrero de 2026

LIBRO "LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE": ⚙⚙⚙ UN ANÁLISIS PROVOCADOR, LÚCIDO Y BRUTALMENTE HONESTO SOBRE EL COLAPSO DE OCCIDENTE por FABIÁN C. BARRIO


LOS  ENGRANAJES  
DE  OCCIDENTE
DE CÓMO LA SOCIEDAD OCCIDENTAL 
HA DECIDIDIO QUE ES EL MOMENTO PERFECTO 
PARA IMPLOSIONAR EN UNA GRAN NUBE DE M*ERDA


Un análisis provocador, lúcido y brutalmente honesto sobre el colapso de Occidente.
Hubo un tiempo en que los hombres cruzaban océanos en barcos de vapor, creían en Dios, en el Estado y en la ducha fría. No porque fueran espartanos, sino porque no tenían más remedio. Hoy, en cambio, somos incapaces de sobrevivir sin un té verde matcha con leche de soja, sepultamos nuestras arrugas bajo toneladas de filtros digitales y debatimos sobre la opresión estructural desde un iPhone de 1.200 euros. Algo se ha ido al carajo en muy poco tiempo.

En los dos tomos que componen Los engranajes de Occidente, Fabián C. Barrio analiza desde una perspectiva psicosociológica el declive de una civilización que ha pasado de alzar catedrales a cancelar panaderos. Del humanismo al algoritmo. Del sacrificio a la sobreexposición emocional. Hoy asistimos al auge de la cultura woke y su perpetua batalla con la realidad tangible, a la resurrección kitsch de las ultraderechas con su dorado tupé, a los nacionalismos que brotan donde ya no queda ni nación ni sentido de pertenencia, a la manipulación política descarada y constante, y a las redes sociales como nuevo teatro de sombras, donde todos actuamos pero nadie vive de verdad.
Este libro nos descubre que detrás de todo fenómeno macro hay motivos dolorosamente humanos. Que el ocaso no es sólo geopolítico, sino espiritual. Y que tal vez Occidente no se esté muriendo, sino reinventando... aunque lo haga como todo lo que amamos hoy: con ansiedad, regulaciones obsesivas, autoflagelo, impuestos hasta por respirar y una playlist estúpida sonando de fondo hasta que se agote la batería.

El decálogo 
del librepensador moderno
  1. Entender la posición del contrario no significa que estés de acuerdo con él. Pero debes esforzarte por entenderlo, y sólo entonces decidir si está loco o tiene razón. Esto me lo enseñó mi padre.
  2. Por muy idiota que te parezca el contrario, seguro que hay algunos puntos en los que podéis coincidir. No te sientas culpable, no hay nada de malo en ello.
  3. Una verdad incómoda vale más que mil mentiras reconfortantes. A esto hay que añadir que es muy probable que la verdad no exista y, de existir, no puedas llegar a conocerla nunca. Vamos avanzando poquito a poco. Esto me lo enseñó Pirrón.
  4. El pensamiento crítico no consiste en atacar ciegamente al otro, sino en evaluar honestamente tus propias creencias.
  5. Tus creencias deben adaptarse a los hechos, no al revés. La duda cons­tante es la única garantía contra el fanatismo. Esto me lo enseñaron los progres, pero no tenían ni idea de que me lo estaban enseñando.
  6. No hay nada de malo en cambiar de opinión. Si nunca cambias de opi­nión, es que no estás aprendiendo nada.
  7. No te preocupes por tener ideas contradictorias. Eso significa que estás pensando.
  8. Que muchos estén de acuerdo en algo no lo convierte en verdad; que pocos lo crean tampoco lo hace falso.
  9. Tú no eres tus ideas. Puedes -y debes-abandonarlas cuando dejan de servirte o encuentras otras más jugosas.
  10. La única rebelión posible es la personal.
Frontispicio, o manifiesto antisistema, 
oda a la anomía

"En tiempos de engaño universal, 
decir la verdad es un acto revolucionario".
GEORGE ORWELL

Vale. Echa un vistazo a esa gasa pálida, ese desgarrón blanco en la piel oscura del cielo. Pareciera que alguien, con la torpeza de un demiurgo atontado, hubiera derramado un vaso de leche sobre la mesa de mármol negro del uni­verso y luego no hubiera terminado de limpiar bien el estropicio, ocupado como estaba con otras cosas más importantes. Así, sin más, nació la Vía Láctea.

Ahora acércate más. Asistirás a una migración de luciérnagas de muchos colores, atascadas para toda la eternidad en el tráfico galáctico. Son más de cien mil millones de soles, cada uno hinchado de orgullo nuclear, girando como peonzas tontas pero bien coreografiadas, en una lenta danza que lleva ensayándose miles de millones de años antes de que llegaras tú. El epicentro de este baile cósmico es un agujero negro: un monstruo hambriento con mo­dales de señorona glotona, que engulle luz y traga soles, planetas y pedacitos de roca ardiente con la sutil elegancia de un cerdito hozando en el barro.

La galaxia es una espiral artrítica, una bailarina vieja y coja con tutú de polvo de estrellas deshilachadas que aún osa girar sobre su eje torcido. Cada brazo de su espiral se curva con enorme pereza, como si intentara rascarse la espalda sin tener muy claro el punto exacto donde le pica. Y todo flota desde la noche de los tiempos en un mar opaco de materia oscura, una sustancia pegajosa que tal vez ni siquiera exista, qué sé yo de estas cosas.

Venga, acércate un poquitito más. Entre tantos soles, estrellas, nebulosas, planetas y cometas, hay una región adormecida, un suburbio galáctico de segunda fila llamado el Brazo de Orión. Tal vez no tenga el glamur pomposo de otros rincones perdidos del cosmos, pero disfruta de un buen clima estelar y de un alquiler gravitatorio decente. Ahí, con cierta dejadez, gira con discre­ción un planeta azul. En el lugar exacto para recibir la energía de su sol sin convertirse en una barbacoa humeante. Un puntito ridículo, humilde, pero bullicioso. El único que, hasta donde sabemos, ha inventado el reguetón, Tin­der, el impuesto de sucesiones y las montañas rusas.

Ese puntito absurdo es la Tierra. Suspendida como una motita intrascen­dente de la ubre de una galaxia que no tiene ni zorra idea de que existimos. Y si lo supiera, seguramente le daría igual. La luz que recibe de su pequeño sol tarda ocho largos minutos en llegar a nosotros. Y desde aquí, cuando mi­ ramos hacia arriba en una noche sin luces de neón y vemos esa cicatriz fosfo­rescente surcando el cielo, sentimos que pertenecemos a algo inmenso.

Pero qué va, es pura ilusión.

Este planeta azul ha sido fragmentado con más o menos éxito por sus habitantes a lo largo de muchas generaciones. Los que tenían la piel blanca se enfadaron con los que tenían la piel amarilla y pelearon por hacerse con una montaña o una estepa pelada. Los de la piel marrón tomaron su por­ción del pastel y la defendieron con uñas y dientes mientras inventaban el cero. Vistos desde arriba, parecen un puñado de hormigueros laboriosos y encabronados. Con el tiempo, esas hormigas idearon estrategias de división más sutiles, basadas en las ideas. Un cacho del planeta por un momento pareció encontrarse a gusto consigo mismo. Sus habitantes se dedicaron du­rante siglos a expandir su supremacía a capa y espada, erigieron edificios deslumbrantes, domesticaron madera y metal para hacerles llorar las más exquisitas melodías, eligieron un dios, escribieron obras prodigiosas, dieron vida al mármol, levantaron fábricas pestilentes, escribieron normas, pelea­ ron por sus derechos y, un buen día, sin avisar, se cansaron y se sentaron a contemplar cómo se desmoronaba su obra.

Pues bien. Ahí se encuentra usted. Acojonado y pagando impuestos. Usted se encuentra aquí. En una sociedad hinchada de contradicciones, una bestia que devora sus propias entrañas mientras sonríe en modo selfi atiborrado de filtros digitales, atrapado en un espejismo bien maquillado.
Hemos adoptado a ciegas la curiosa idea de que, con suficiente esfuerzo, cualquiera puede llegar a levantar su propio imperio. Pero luego llegan los impuestos, las licencias, los trámites eternos, las normas absurdas que pare­cen diseñadas por Kafka para quebrar tu voluntad antes de que puedas ver tu primer maravedí. Y mientras te ahogas sepultado por los formularios, el gran capital sonríe ufano, relamiéndose desde su trono, protegido por leyes que sólo se atreven a castigar a los más débiles.

La meritocracia es otro cuento de niños a la altura del coco y los Reyes Magos. Te has convencido de que, si trabajas duro, llegarás lejos, pero el ta­blero está inclinado desde el principio y trepar por él es una gesta casi impo­sible. Siempre habrá alguien con un apellido más pomposo y con una red de contactos que, a pesar de distar mucho de tu talento y esfuerzo, te supere mil veces en privilegio.
Te quieren fresco como una manzana, motivado y siempre disponible. Apagas el ordenador, pero los correos siguen llegando, las reuniones se acu­mulan, los mensajes fuera de horario son una exigencia disfrazada de compromiso. De los jóvenes se espera experiencia, pero nadie les da esa primera oportunidad. Una paradoja cruel que se resuelve con becas miserables, horas de trabajo que nadie paga y promesas de prosperidad que nunca se materiali­zan en nada.

Mientras nos llenamos la boca con la privacidad, estamos forzados a acep­tar las cookies para leer cualquier página web, y entregamos nuestra alma con un clic. Cada aplicación nos pide permiso para escarbar en nuestra vida, y nosotros, como corderitos digitales, lo aceptamos sin rechistar. No tenemos tiempo, no queremos molestias. Al final, qué coño importa, ¿no? Nuestras fotos, nuestros mensajes más íntimos, los primeros pasos de nuestros hijos, nuestras compras, nuestros movimientos bancarios, qué planta se nos ha muerto porque olvidamos regarla, qué yogur facilita nuestro tránsito intesti­nal, los lugares donde hemos estado, con quién hemos follado, a quién hemos amado, quién nos ha rechazado o quién nos ha contagiado ladillas, nuestros contactos, nuestras filias y fobias, nuestros temores e inseguridades, nues­tras roedoras dudas, todo queda archivado para la eternidad en servidores que no duermen jamás y que cada día parecen entendernos mejor. Protesta­mos cuando las redes nos manipulan, sabemos que son telarañas trenzadas para consumir nuestra atención, y aun así, seguimos ahí, deslizando nuestra vida sin descanso, enganchados al chute infinito de dopamina. Un algoritmo nos conoce mejor que nosotros mismos, nos da lo que queremos antes de que lo pidamos. Nos controla sin que nos demos cuenta, y lo peor es que ni si­ quiera nos importa ya.

Odiamos la mentira, pero no dudamos lo más mínimo en compartirla. Un titular escandaloso, una imagen dudosa, y en un segundo ya está en nuestros perfiles, sin contrastar, sin leer más allá de las primeras líneas. La verdad es aburrida, la farsa entretiene. Y así, absortos en este círculo de hipocresía, se­guimos dando de comer a la máquina que nos aturde día tras día.

La libertad de expresión es el gran eslogan de nuestra época, pero su contrato es una maraña indescifrable de letras minúsculas. Se defiende con uñas y dientes, siempre que las palabras no ofendan a alguien y encajen con primor en la narrativa correcta. Hablar con libertad es un derecho hasta que un tipo cualquiera se siente ofendido. Entonces llegan en tromba las hordas, las antorchas, las cancelaciones, la turba enardecida, los jueces sin toga y los juicios sin abogado defensor. La tolerancia es selectiva, el disenso se paga muy caro. Se puede decir lo que quieras, por supuesto, pero más vale que sea lo que la gente quiere oír.

La corrupción nos indigna, nos hace aullar como licántropos a la luna de las redes sociales. Y cuando por fin llega la hora de votar, regresan de nuevo al cuadrilátero los mismos nombres, las mismas caras macilentas, las mis­ mas arengas adormiladas, las mismas promesas recicladas una y mil veces. Nos engañan, nos roban, nos toman por idiotas..., pero cada cuatro años les damos una nueva oportunidad para hacerlo una vez más. Al fin y al cabo, el otro es peor, siempre habrá una excusa, no hay alternativa, la memoria es frágil y la resignación es un rinconcito mullido en el que cobijarse cual oso cansado que ve llegar el invierno.
El ecologismo se ha convertido en otro eslogan publicitario más que se acuña con entusiasmo en cada botella de plástico reciclado y en cada envase biodegradable que terminará sepultado en el mismo vertedero de siempre. Hemos asumido con naturalidad no exenta de culpa que todavía es posible salvar el mundo comprando más cosas, porque la solución jamás pasará por comprar menos, sino por cambiar de producto y pagar más impuestos. Un coche eléctrico, una banana ecológica, una camiseta de algodón orgánico, un embalaje de papel ecosostenible y paritario, un café recolectado en ex­clusiva por mujeres negras amputadas, un paquete de pajitas de bambú que llega a las estanterías envuelto en cinco capas de plástico. La hipocresía se disfraza de responsabilidad ambiental y, de ese modo, nos permite conciliar mejor el sueño por las noches. Mientras tanto, las ciudades de medio mundo viven bajo un colosal hongo sulfúreo y los verdaderos responsables siguen actuando con total impunidad. 

Las mayores nubes tóxicas no las regurgita tu coche viejo ni provienen de la bolsa de plástico que compraste a regaña­ dientes por quince céntimos en el supermercado porque olvidaste tu saco de esparto, sino de fábricas pestilentes de algún oscuro y remoto rincón del mundo de nombre impronunciable, que producen sin cesar todo lo que compras sin regulación, ni descanso, ni propósito de enmienda. En lugar de afrontar la verdad, asumimos que somos nosotros los culpables, porque la culpa es un negocio enormemente rentable. Te coaccionan para que apagues la luz, para que recicles las botellas de Fanta, para que convivas con la basura cinco días apestando en la terraza, para que cierres el grifo al lavarte los dien­tes; te invitan a comer hamburguesas de grillo licuado, a beber en botellas que no se pueden ni abrir, a usar la bicicleta, a no tirar dela cadena al mear, a que regules tu termostato en el punto justo de la incomodidad, mientras ellos siguen volando sin rubor en aviones privados a cumbres climáticas donde fuman oscuros acuerdos que no tienen intención alguna de cumplir, porque no existe causa noble sin su correspondiente impuesto. Te hacen pagar por tu presunta huella de carbono, te atormentan con tasas ecológicas, pintan rayas de colores en el suelo por donde no puedes circular, te suben los precios con la excusa de un apocalipsis que no llega nunca. No importa el fin último de ese dinero, lo importante es que pagues.

Nos bombardean con campañas contra la obesidad mientras los anaqueles de los supermercados están abarrotados de veneno barato disfrazado de co­mida. Un paquete de galletas cuesta menos que una pera cosechada por un robot y un menú de comida basura es más barato que el muslo de un triste pollo al que han dado permiso para ver el cielo azul. Nos recuerdan que de lo que se come se cría, pero los precios de los alimentos frescos repuntan a diario mientras los ultraprocesados abarrotan las estanterías a precio de derribo. Comer sano es un lujo, alimentarse con basura es la norma. Luego nos explican que todo es cuestión de voluntad, nos amonestan con su dedito acusador para que hagamos mejores elecciones, como si pobreza o falta de tiempo fueran simples excusas de inconsciente pecador. A veces te hacen un descuento para que compres pescado, aunque ese bono ya lo hayas pagado previamente sin rechistar. E incluso das las gracias por tan generosa dádiva.

La salud mental no es más que otro colosal engaño. La teoría asegura desde su púlpito que debemos hablar con sinceridad, cuidarnos, mirarnos a los ojos con ternura, dialogar y ser compasivos, aparcar el móvil y desconectar, pero el mundo gira y gira sin parar al ritmo frenético y desesperado del agota­ miento. La productividad se ha convertido en un demiurgo moderno: traba­jas hasta quemarte como un palo reseco, duermes poco, comes mal, y cuando empiezas a desmoronarte, te recetan mindfulness y apps para gestionar el estrés que te recuerdan con una campanita que te detengas a respirar o te alertan con una leve vibración en tu muñeca de que tu corazón está a punto de colapsar. Si protestas, eres débil; si te detienes, eres reemplazado. Por mucho que nos recomienden hacer footing o ir de acá para allá en bicicleta, las ciudades están diseñadas para los coches, las aceras menguan poquito a mortal. Intentar moverse de forma saludable en un entorno cruel resulta casi subversivo. Todo está diseñado para que fracases y luego te eches la culpa. Porque, al final, siempre es culpa tuya. Y la culpa es rentable.

Hemos aceptado sin rechistar que la educación es el gran motor del pro­greso, pero sólo tenemos acceso a un protocolo apolillado y diseñado para troquelar engranajes dóciles, no ciudadanos críticos. Dicen que quieren que pensemos por nosotros mismos, pero lo que realmente esperan es que re­ pitamos como loros. Memoriza fechas, fórmulas, nombres, siglos, párrafos, listados, definiciones. No cuestiones, no te salgas del guion, ni se te ocurra siquiera buscar más allá de lo que entra en el examen. Pretender ser creativo es un problema, la duda es un obstáculo, y el pensamiento crítico se reduce a marcar la respuesta acertada en un test de opciones múltiples que se corrige con una plantilla. Y allá a lo lejos, al final del tobogán, los resultados académi­cos no dependerán nunca del talento ni de la disciplina, sino de tu código pos­tal. Colegios con tablets para unos, edificios con goteras y manuales viejunos y rancios para otros. Si tienes dinero, acabarás estudiando idiomas, tendrás acceso a la última tecnología, te prepararás para triunfar en el mundo real. Si no, tendrás que conformarte con sobrevivir y te quedará la duda de si no llegaste más lejos porque no te esforzaste lo suficiente. 

Cuando alguien cues­tiona, la reacción es el desprecio. La ignorancia es cómoda, es simpática, es graciosa, es la norma. El que lee demasiado es un bicho raro, el que pretende hablar con propiedad es un pedante, el más informado es un sabelotodo al que pondrá en su sitio a base de zascas un tipo con un avatar de un gato en­furruñado. Nos llenamos la boca despreciando la incultura, pero en el fondo, la inteligencia molesta. Pensar es incómodo. Preguntar es peligroso. Mejor se­guir plácidamente el rebaño e intentar no hacer demasiado ruido.

Luchamos por ser auténticos, por expresarnos tal y como somos, pero el mundo sintético en el que nos zambullimos todos los días es una vitrina fulgurante de vidas editadas al milímetro. Sonríe, retoca, enmarca, usa el filtro adecuado que alinee tus dientes con inteligencia artificial y oculte tus granos bajo una pastosa capa de píxeles. Pretender ser auténtico termina consistiendo en producir una versión curada y aprobada de lo que deseas que los demás crean de ti. Y mientras tanto, la inseguridad se hincha a la sombra de cuerpos irreales, de sonrisas como teclas de piano, de pieles tersas, de ab­dominales protuberantes, de vidas perfectas que no existen más allá de los lindes de la pantalla. Aprendemos a compararnos con espectros digitales y nos preguntamos por qué nos sentimos tan vacíos.

El siguiente de nuestra lista es el amor, el viejo mito que seguimos com­prando en cómodos plazos, aunque hace tiempo ya que hemos dejado de tener fe en él. Compramos historias almibaradas, compramos conexiones profundas, compramos almas gemelas. En la práctica, las relaciones son cada día más frágiles, más fugaces, más transaccionales y más neumáticas. Cada día se parecen más a una compra fortuita en Amazon. Todo es efímero, todo es reemplazable, todo es finito, todo es frágil como el cristal de la pantalla del móvil. Botón izquierdo, aceptar amistad; botón derecho, bloquear contacto. El compromiso asusta, el esfuerzo fatiga, la paciencia se desinfla. Queremos amar, pero sin complicaciones. Queremos sentir, pero sin riesgo. Queremos conexiones, pero seguimos más solos que nunca.

La justicia es otro ideal muy hermoso en el papel, pero que en la práctica se cristaliza en un laberinto burocrático kafkiano en el que la verdad y la razón importan bastante menos que la paciencia y los recursos. Exigimos castigos rápidos, sentencias ejemplares, multas estratosféricas, pero la realidad no es más que un desfile inacabable de expedientes que acumulan mierda de rata y procesos que se alargan hasta que la gente olvida por qué empezó todo o prescriben por la habilidad del prestidigitador que el más rico pueda pagarse. La justicia no es ciega, es lenta, torpe y siempre tiene un precio.

Esta sensación de vacuidad tiene nombre propio: la anomía. Émile Durk­ heim estudió este fenómeno a finales del siglo XIX, al encontrar correlación entre las rampantes cifras de suicidio y los veloces cambios económicos que se sucedieron durante la Revolución Industrial. Durkheim describió la anomía como esa especie de vacío existencial que sufrimos cuando las nor­mas que nos precedieron y nos trajeron estabilidad y propósito se deshila­ chan. Es el caos disfrazado de libertad, el desorden que brota de reglas que ya no significan nada o simplemente no existen. Durkheim trató el tema en su obra "El suicidio" (1897), en la que analizó sociedades que dejaban de establecer límites claros o expectativas coherentes, lo que acababa por precipitar a sus engranajes al vacío. En Occidente, ese concepto sigue estando brutalmente vigente. Nuestras normas son cada vez más difusas y el consumismo y la in­mediatez han reemplazado nuestro sentido de propósito. ¿Cómo no íbamos a sentirnos anómicos? La anomía de Durkheim es la enfermedad del siglo XXI: ansiedad, abismo interior y una desconexión brutal entre lo que queremos y lo que realmente podemos alcanzar.

Y, aun así, el individuo resiste.

Resiste, porque en nuestro interior vive un héroe, ignorante de su propia condición. Atrapado en una maquinaria que lo exprime, lo engaña y lo culpa de su propio desgaste, el héroe sigue en pie. Es un engranaje gastado que sigue girando a pesar de todo. Se levanta cada día en la certeza de que el juego está amañado, de que la baraja se repartió antes de que él se uniera a la timba. Pero no se rinde. Sigue pensando en un mundo que le exige obediencia, sigue cuestionando cuando le piden que se calle la puta boca. Es capaz de hallar la belleza en la ruina, amor en el desencanto, sentido en la lucha absurda de seguir siendo. No busca redención en grandes discursos ni en promesas vacías; su nobleza no necesita ser proclamada, porque existe en cada frag­mento de dignidad cotidiana, en cada rebelión de uno solo. Ya pesar de que la maquinaria exige un engranaje sumiso, a pesar de que la realidad lo empuje al cinismo o la desidia, todavía guarda un fuego cobijado en su interior, un tí­ mido rescoldo de algo que ni el mundo más gris podrá apagar del todo.

Y eso significa que, tal vez, sólo tal vez, aún no está todo perdido.

🔴 LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE - Presentación oficial
 
 
Los engranajes de Occidente, con Fabián C.Barrio. ViOne


VER+:

LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE: 
LA CRISIS DE LOS VALORES TRADICIONALES 
por FABIÁN C. BARRIO 💥 
y LIBRO "EL ENGRANAJE Y LA REBELIÓN" 
por LUCIANO SANGUINETTI

LIBRO "LA CRISIS DE OCCIDENTE":
EN UN MOMENTO DE CONFUSIÓN
Y PÉRDIDA DE IDENTIDAD EUROPEA,
DEBEMOS VOLVER A NUESTROS FUNDAMENTOS

EL DERRUMBE DE OCCIDENTE:
ADOCTRINAMIENTO ESCOLAR,
CENSURA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN,
IMPOSICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS
NAZIFEMINISTAS DE GÉNERO 💥

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE,
LA AUTODESTRUCCIÓN DE SU CIVILIZACIÓN 💣💥💀
CATÓLICOS E IDENTITARIOS por JULIEN LANGELLA

"LAS RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA:
UN PASADO VIVO PARA UN FUTURO DE VIDA"
por VICENTE NIÑO ORTI 🌍

LIBRO "¡DIOS SALVE LA RAZÓN!" 💬
por BENEDICTO XVI, GUSTAVO BUENO y VARIOS AUTORES

LIBRO "LA TRAICIÓN DE LOS EUROPEOS":
TODO LO QUE CONSIDERAMOS HUMANO
ESTÁ DESAPARECIENDO 👿💥💀💩
ADIÓS AL MUNDO DE AYER

LIBRO "LA SOCIEDAD DESVINCULADA":
FUNDAMENTOS DE LA CRISIS
Y NECESIDAD DE UN NUEVO COMIENZO
por JOSEP MIRÓ

LIBRO "VINDICACIÓN":
FRENTE AL AUGE DE UN PROGRESISMO GLOBAL
QUE REDUCE A LAS PERSONAS A LA NADA
por JAVIER BENEGAS

NUESTRA CIVILIZACIÓN SE FUE A LA MIERDA...
POR JAVIER BENEGAS 💥


martes, 10 de febrero de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "SANGRE NEGRA" (NATIVE SON) 1940 y1951, por RICARD WRIGHT y PIERRE CHENAL, RESPECTIVAMENTE.


Sangre Negra es la novela del resentimiento. El protagonista, Bigger Thomas, mata impensadamente una vez y vuelve a matar porque cree que así cubre su huida. Lo incita un oscuro impulso que brota de la sangre. Los negros se encuentran con que no pueden traspasar la barrera de la sangre y penetrar en la vida de los blancos, superior a la suya en todos los sentidos y que contemplan a la distancia desde sus ghettos de negros. 
A veces parece mentira que una novela pueda seguir teniendo, más de setenta años después, la misma vigencia que tuvo en el momento en el que fue escrita. 
Publicada en 1940 y éxito absoluto de ventas, Sangre negra es considerada la primer novela estadounidense escrita por un negro. Con Bigger Thomas como protagonista, y un narrador en tercera persona por encima del nivel de comprensión de Bigger, es una novela de suspenso y de crimen, y también es una de las llamadas «novelas de juicio», por contener el relato pormenorizado de un proceso penal. 

Sangre negra es una novela fundamental para entender los modos de acción y también las consecuencias de la segregación y la discriminación racial en general en los Estados Unidos. Bigger, su protagonista, es un joven como tantos otros, que podría vivir su vida sufriendo la pesada carga de ser negro, pero que —como tantos otros también— siente la necesidad de luchar contra la realidad que le imponen, porque aunque la lucha que elige no sea la «correcta», es la única que tiene al alcance que le permite sentirse dueño de sí mismo. Y en una sociedad que no permite olvidar cuatro largos siglos de esclavitud, eso no es poca cosa. Crítica con la religión y "simpatizante" con del comunismo, Sangre negra es una novela fulminante y vertiginosa, excelente en su género, y esclarecedora a nivel social.

Filmada en inglés en Argentina y censurada por 70 años en EE.UU.: la increíble historia de la película “Native son”. Fue el primer libro más vendido escrito por un negro.
El film basado en el bestseller de Richard Wright, y que contó con su actuación.
Wright encontró muchas dificultades para filmar en Estados Unidos, por lo que decidió enfilar hacia Buenos Aires. 
“No sólo era difícil de filmar en los Estados Unidos sino que tampoco le era posible hacerlo en Europa.
El filme fue dirigido por el francés Pierre Chenal, que filmaba en la Argentina, y tenía el antecedente del éxito de su versión teatral, protagonizada por Narciso Ibáñez Menta. Un dato curioso es que el asistente de Chenal era el boliviano Gonzalo “Goni” Sánchez de Lozada, quien luego sería presidente de su país y que actualmente se encuentra prófugo de la Justicia boliviana, acusado por la sangrienta masacre que derivó de sus órdenes para reprimir las manifestaciones que finalmente acabaron con su gobierno en 2003.

“Wright ya no era militante del Partido Comunista -explica Krebs-, que había querido modificar su novela para convertirla en un panfleto comunista, pero Wright se negó totalmente y los comunistas no aparecen demasiado bien en el libro si se lo lee con cuidado, porque los abogados son blancos y Wright lo que hizo fue transferir la experiencia que él tuvo cuando se hizo miembro del partido. Él sentía que querían a los negros para hacer propaganda, pero en cuanto se armaba una discusión, no tenían la palabra. La discriminación llegaba al Partido Comunista e hizo que Richard Wright se fuera y escribiera un ensayo explicando por qué se había ido, con un titulo muy elocuente The god who failed, el dios que fracasó”.


La producción de "Sangre negra" en Argentina Sono Film fue uno de los proyectos más ambiciosos y curiosos de la "época de oro" de nuestro cine. Ante la imposibilidad de filmar en Norteamérica, el productor uruguayo Jaime Prades y el argentino Atilio Mentasti unieron fuerzas para traer a Buenos Aires a Richard Wright, quien llegó al puerto porteño en octubre de 1949.
El rodaje en los estudios de Martínez fue una mezcla increíble de talentos:
mientras Gori Muñoz levantaba fachadas de Chicago, el equipo de dirección buscaba extras negros entre la compañía de danza de Katherine Dunham y trabajadores locales para poblar las escenas. Fue tal el impacto de la película en la sociedad argentina que, tras su estreno triunfal en el Cine Gran Rex, se publicaron "cinenovelas" e historietas en revistas populares como Aventuras, permitiendo que el público se llevara la historia a sus casas.
La historia de Sangre negra es la de un rescate épico. Mientras que en Estados Unidos la censura fue implacable, cortando casi 800 metros de película (reduciéndola de 104 a apenas 77 minutos), la versión íntegra y original solo pudo sobrevivir en Argentina. Durante décadas, el mundo conoció una versión "mutilada" que alteraba el mensaje del director Pierre Chenal y del propio Richard Wright.
El milagro ocurrió gracias al historiador y coleccionista argentino Fernando Martín Peña, quien localizó una copia completa en 16mm en nuestro país. Este hallazgo fue la pieza fundamental para que la Library of Congress de EE. UU. pudiera finalmente restaurar la película en su esplendor original.


Sangre negra - Richard Wright by manuelradilla


Native Son 1951


lunes, 9 de febrero de 2026

LIBRO "CORAJE: EL PRECIO DE LA LIBERTAD": UN VALIENTE TESTIMONIO FEMENINO SOBRE EL TERRORISMO ISLAMISTA EN CATALUÑA CON LA COMPLICIDAD NAZIONALISTA por HANAN SERROUKH


 CORAJE
EL PRECIO
DE LA LIBERTAD

Desafiando el destino:
El extraordinario valor de una adolescente que se negó
a casarse a la fuerza y ahora, treinta años después,
lidera la lucha por la libertad y la justicia
de otras mujeres islámicas en España

Hanan Serroukh

En el actual contexto social y político de España, igual que en el resto de los países europeos, surge cada día más vehemente el debate sobre la amenaza del islamismo, la gestión de los flujos migratorios y la cohesión social. Son cuestiones que se entrelazan y a su vez determinantes para la construcción del futuro, donde no se pierda la identidad al tiempo de que prevalezca la igualdad, los derechos humanos y la democracia.

Es imprescindible entender de dónde viene la historia de nuestra inmigración. Este es el sentido prioritario de Coraje, conocer cuándo y cómo el islamismo empezó a expandir sus organizaciones y cómo sus líderes han conseguido penetrar en las estructuras de la sociedad, aprovechando las fisuras de nuestro sistema sociopolítico.

Este debate es crucial e interpela tanto a nuestros agentes sociales y académicos, como al conjunto de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Lamentablemente, y como viene siendo habitual en nuestros dirigentes políticos, cuyos proyectos cortoplacistas están sometidos a la censura de lo políticamente correcto, no admiten el debate con todos los matices necesarios. Sin embargo, se hace obligado estudiar y analizar la realidad de la denominada inmigración desordenada, que no cesa.

La narración de Hannan Serroukh Ahmed, contada en primera persona, es una historia real. Una más de las muchas que se suceden diariamente en nuestras ciudades y nuestros barrios, en los entornos donde la fotografía entre los vecinos se ha convertido en una imagen extraña y desconocida, que nos transporta a realidades lejanas como podría ser Irán o Arabia Saudí, y donde la cotidianidad de lo que conocemos como “guetos islamistas”, se han convertido en algo asumido y urge conocer cómo se gestan.
Coraje, es un relato sincero más allá de una historia de superación. Una imagen que nos expone ante la dimensión de la amenaza del islamismo y la decadencia política europea. En España, el islamismo ha dominado la evolución de la inmigración musulmana desde el lejano año de 1960 hasta la actualidad. Coraje es una historia personal que, a lo largo del relato, se convierte en la historia de todos.

Quizá el adjetivo que mejor defina el libro es el de valiente. No solo por la honestidad con la que Serroukh detalla su azarosa vida tras huir de su casa, sin ocultar sus episodios más oscuros, sino también por el coraje con el que habla de la amenaza real que supone el islamismo en nuestra sociedad. Ella, que conoce como nadie la diferencia entre la religión islámica y el islamismo militante e integrista, no duda en definir esta ideología como «una ideología de sumisión, contraria a la naturaleza humana, a la libertad personal y al libre desarrollo de las personas, en especial de las mujeres: una ideología criminal, una cultura de muerte en la que se propugna el terrorismo y en la que se aspira a barrer los valores occidentales para imponer una teocracia absolutista».
No en vano, Serroukh fue de las primeras voces que se alzaron en Cataluña advirtiendo de la progresiva penetración del islamismo radical en la sociedad catalana, ante la pasividad de las autoridades. En este caso, es especialmente interesante el relato que hace la autora de cómo los políticos nacionalistas, a cambio del apoyo islamista en las urnas, blanquearon a los líderes salafistas. Entre ellos, a su propio padrastro, que se convirtió en interlocutor de la comunidad islámica de Figueres con las autoridades catalanas.

En la parte final del libro, Serroukh afirma que su experiencia vital le ha dejado la certeza «de que nuestra forma de vida es frágil y se puede romper en cualquier momento». Ello le lleva a dar testimonio mediante este libro, cuyo objetivo último no es otro que «despertar conciencias y sacar a muchos dirigentes políticos de la modorra en la que sestean». El tiempo dirá si lo ha conseguido.

Hanan Serroukh Ahmed, (Barcelona en 1974) es española hija de inmigrantes marroquíes que llegaron a España a finales de 1960. Creció entre la ciudad de Figueres y Barcelona. En 1997 creo el primer proyecto de acompañamiento de jóvenes sin familia y fundó la asociación Punt de Referència. Ha desarrollado su actividad profesional y su activismo social vinculada con los cuerpos y fuerzas de seguridad en la lucha contra el terrorismo yihadista y islamismo. En 2014 participó en el programa de líderes sociales dirigido por el Departamento de Estado de USA y Meridian International Center en ámbito de la lucha contra el radicalismo yihadista. Su experiencia vital y el desarrollo profesional a lo largo del tiempo, la permite hablar con solvencia de lo que en este libro se denuncia.


Cuando Hanan me pidió que hiciera el «Prólogo» de su libro, me dio mucha alegría, pero a la vez era para mí una gran responsabilidad, porque el libro que tenéis entre las manos os va a sorprender mucho. En ella Hanan se desnuda por completo para contar la historia de su vida. Es la historia de una gran mujer posiblemente criticada por algunos, pero admirada por la mayoría. Es la historia de una mujer que, a lo largo de su vida, ha tenido que pasar por muchas dificultades, no ser entendida por algunos, pero, a pesar de eso, ha luchado cada día por defender lo que creía era justo. Es la historia de una mujer española después de escapar de un matrimonio forzoso y las consecuencias que le llevó el precio por su libertad. Pero es también la historia de una mujer valiente que se levanta cada día y se enfrenta al mundo, que trabaja en el ámbito de la seguridad y que le tocó, entre otras cosas, enfrentarse al salafismo, escapar del islam radical y aprender a vivir sola, sin miedo.

Muy destacable es el capítulo sobre el salafismo donde Hanan describe perfectamente cómo es una persona que lleva a su vida y a la de quienes la rodean la práctica de un islam radical y cómo aún hoy todavía existen los matrimonios pactados de los que algunos, como ella, pueden escapar, pero la gran mayoría tiene que vivir bajo esa imposición. Si hay una palabra que define a Hanan es la de «valiente» y también «comprometida». Hanan se convierte en una activista social y evita ser utilizada por los políticos del momento para sumar votos. Los atentados del 11 de Septiembre en Estados Unidos y el 11M en Madrid marcan un antes y un después en la vida de Hanan. Si a todos nos conmocionaron esos momentos, a ella mucho más, que vivió el salafismo en primera persona. 

El pasado volvía de nuevo, pero, en este caso, la amenaza era para todos: era global. En este libro, Hanan nos cuenta su vida, pero el único objetivo es ayudar a otras personas que, como ella, han vivido circunstancias parecidas. Es un libro que es una vía de esperanza para tantas personas que pueden estar atrapadas en estos momentos en alguno de los episodios que ella vivió… Es una llamada a vivir en libertad y a actuar con coraje, porque la vida y la libertad no nos pueden ser arrebatadas sin motivo. Me consta que la motivación de escribir este libro es para ayudar a personas que, como ella, han pasado por momentos muy difíciles y como agradecimiento a tantas otras que la han ayudado en situaciones muy complicadas. Desde el convencimiento de que la educación es el arma más potente que puede cambiar el mundo, Hanan vive entregada a esa labor, una mezcla entre la acción social y de seguridad para poder prevenir y proteger a esas personas que se encuentran un día en una situación de especial vulnerabilidad.

Este libro es una llamada a la esperanza y al coraje de vivir, porque el mundo cambia gracias a quien pone en duda sus límites y no a quien limita sus dudas y Hanan lo consiguió… y, desde aquí, está para ayudar a otras como ella. Gracias, Hanan, por tanto.

Pilar Rangel 
Profesora asociada de Derecho Internacional Público 
y Relaciones Internacionales en la Universidad de Málaga


La mayor parte de mi vida ha pasado en la penumbra. Primero, porque mi historia no era para ir contándola por ahí. Es más, la herida de la ruptura con mi familia provocó en mi interior un bloqueo. Fui incapaz de compartir mi experiencia, incluso cuando sabía que esa clausura me empujaba por un camino de autodestrucción. Más tarde, ya recuperada, inicié un camino profesional, relacionado con la seguridad, que implicaba una discreción absoluta. La sombra se quebró el día que Alfredo Urdaci me pidió una entrevista para el libro Cuéntame algo bueno. Lola Ferreira, que trabajaba en el proyecto, me explicó que se trataba de conversaciones con mujeres para explorar la biografía de cada una de las entrevistadas y atisbar las condiciones en que se había desarrollado la vida de la mujer en las últimas décadas en España. En mi caso, buscaban a una mujer de origen árabe; una mujer que, de alguna forma, representara a los dos millones de personas que emigraron desde Marruecos o Argelia y que viven en nuestro país. Llegué a la cita sin saber más del proyecto, caminando con ayuda de una muleta, con la pierna quebrada.

En aquella entrevista confesé por vez primera que había escapado de un matrimonio forzoso en ese momento de la vida en el que la infancia da la vuelta para convertirse en juventud. Me costó. Cuando vi mis confidencias escritas en el texto que Alfredo Urdaci me remitió para su revisión, pensé en pedirle que eliminara aquel detalle. De hecho, se lo pedí. Me convenció para que no lo hiciera. Privar a los lectores de ese pasaje de mi vida habría sido un fraude para mí misma. No habría sido quien soy sin aquel episodio trágico que cambió mi trayectoria con un giro brutal. Porque aquella ruptura funda mi vida. He repetido muchas veces que el resto de mi biografía es un intento permanente de estar a la altura de aquella muchacha que dijo «no»; que se escapó de casa, sin conocer las consecuencias de aquella fuga, pero consciente de que no iba a aceptar una vida impuesta, una vida que no quería para mí, entregada a un extraño. 

Cuando eso sucedió, mi mundo ya había cambiado. Y ese «no» rotundo y radical era una negativa a aceptar todo lo que había perdido: la risa, la música, la diversión, la felicidad, la integración, la libertad… Después de aquella entrevista con Urdaci para su libro, al ver mi nombre al lado de mujeres sólidas, con trayectorias extraordinarias, empecé a pensar en la posibilidad de publicar mi historia en detalle. Hasta entonces, no me parecía algo posible. 
No me siento referente de nada. Intento vivir fiel a la que fui, a la que se rebeló y reclamó ser dueña de su propia vida. Nunca me he sentido cómoda en ninguna casilla ideológica. 

He trabajado en la acción social, en la educación y en la atención a los más necesitados, pero he rechazado siempre ser la mascota de nadie. Vidas como la mía se suelen convertir con facilidad en un caso que se exhibe para recoger votos, para llamar la atención, para ilustrar campañas de unos y de otros. Entregarme al comercio de las ideologías habría sido destrozar el sentido de aquel gesto de ruptura con lo que me quedaba de familia, con todo lo que tenía, lo único que tenía.

Pues bien, escribo este libro con la intención de compartir con todos el precio que he pagado por ser libre. Siempre se paga un precio, a pesar de que la libertad no tenga precio. Me debo también a las niñas que siguen sufriendo matrimonios forzosos, también en España. Y pienso, mientras escribo este libro, en todos aquellos niños y niñas, adolescentes, a quienes la vida se les ha roto en las manos, y a quienes nos cuesta, cada vez más, reconocer: niños y jóvenes de nuestros barrios que nunca serán portada de un diario ni formarán parte de las razones con las que se argumentan las leyes. 

Viven en ese complejo mosaico social, de diversidad étnica y cultural que nunca será del agrado de las políticas que se proponen en el multiculturalismo ni de los planes y mercados de la igualdad. Mi historia es un reflejo de la complejidad de nuestros tiempos, de la dificultad social para encajar identidades diversas. Hemos buscado la integración por la vía de subrayar la diferencia, con la estrategia de afirmar que todas las culturas y costumbres tienen el mismo valor, y lo que nos hemos encontrado a la vuelta del camino son islas, guetos en los que los derechos constitucionales de una sociedad de personas libres e iguales no tienen ningún valor. Lo sé porque lo he vivido en mi propia carne. 

Me tocó enfrentarme a un salafista, escapar de la violencia del islamismo y aprender a vivir sin arraigo, sin referencias, sin padrinos. He construido mi propia vida, como tantas otras personas, con dificultades. Ese es mi triunfo: haber construido desde la ruina de la destrucción que supuso en mi vida la llegada a mi hogar de un salafista, en el segundo matrimonio de mi madre, Fátima. Y hoy quiero compartirlo con vosotros, lectores, con el propósito de revelar una realidad que afecta a miles de niñas como aquella que fui, y con el interés de transmitir a los jóvenes la convicción de que no importa lo difícil que se nos ponga la vida, mientras seamos capaces de encontrar un sentido para seguir luchando. 
Yo lo perdí y lo volví a encontrar, mientras atendía a un joven que perdió la movilidad del cuerpo por un accidente. 

Hoy, cuando en España tenemos un grave problema por el número de personas que se suicidan, tengo la esperanza de que este repaso de una vida, con las zonas de luz y las muchas regiones de sombra que he tenido que atravesar, sirva para que otros encuentren un camino de esperanza. 
Yo también sentí un día que la vida era un lastre del que me quería liberar con una dosis de alcohol y de pastillas. Y hoy doy las gracias a quienes me sacaron de aquel pozo oscuro. Este libro, lectores, es un homenaje también a todos quienes me han acompañado en este camino.

 
Salafismo en España con Hanan Serroukh Ahmed. FORJA 257