CAP CANA
Los osados aprendices
de Donald Trump
Los hermanos Hazoury, impulsores de Cap Cana, un ambicioso proyecto inmobiliario y turístico emplazado en el este de la República Dominicana, eran unos artistas consumados del birlibirloque en los negocios. Uno de sus referentes era Donald J. Trump y lo buscaron para usarlo como gancho en sus planes. El neoyorquino se prestó confiado y publicitó con entusiasmo el proyecto hasta en su programa televisivo The Apprentice.
Poco después, con la excusa del estallido de la burbuja inmobiliaria, Cap Cana dejó en la estacada a varios cientos de compradores, bonistas, bancos y proveedores. Con una deuda en torno a los setecientos cincuenta millones de dólares, también dejaron de pagar a Trump. Versado en todo tipo de jugarretas, el futuro presidente de EEUU comprobó que sus aprendices se habían creído más listos que él y le habían sisado quince millones.
Osados, habían ideado todo un plan que les enriqueció desorbitadamente, a costa de sus acreedores, del Estado dominicano y fondos públicos de España y EEUU. Forzaron una quiebra aparente sin más salida para los perjudicados que la quita de deuda (al más puro estilo Trump) y la aceptación como pago de terrenos sin valor. Duchos en sus tratos políticos, los dueños de Cap Cana lograron que el Estado dominicano encajase un agujero de doscientos cincuenta millones de dólares. En medio de la opacidad más absoluta, se adueñaron de los mejores solares a precio de vaca muerta, mientras fluía a sus manos dinero sospechoso a espuertas: de sonadas tramas de corrupción de España como el caso ERE, pero, sobre todo, de venezolanos enriquecidos por la corrupción y el narcotráfico del régimen chavista, algunos de ellos perseguidos por la justicia de EEUU, cuyos agentes federales llegaron a registrar lujosas villas en el megacomplejo, justo con Donald Trump en la Casa Blanca.
INTRODUCCIÓN
El triunfo de la osadía
NI EN SUS MEJORES SUEÑOS los hermanos Hazoury habían podido imaginarse la resonancia internacional que estaban logrando para Cap Cana, el ambicioso proyecto inmobiliario y turístico situado al este de la paradisiaca República Dominicana. El veintidós de abril de 2007, consiguieron que se promocionase por todo lo alto, en horario de máxima audiencia, en la cadena de televisión NBC de EEUU Concretamente, en el final de temporada del exitoso programa The Apprentice, que conducía su socio Donald J. Trump.
Para complementar una inversión publicitaria brutal, que incluyó la compra de algún medio de comunicación en la República Dominicana e inserciones en el New York Times, esta familia dominicana de orígenes fenicios había fichado al mismísimo Trump como relaciones públicas.
Era parte de un acuerdo de asociación, rubricado en febrero de ese año. Oficialmente, The Donald iba a "desarrollar" o "construir" junto a aquella familia una serie de promociones inmobiliarias en Cap Cana que representaban unos dos mil millones de dólares: desde campos de golf o unas torres Trump, a un gigantesco hotel Trump Ocean o parcelas para construir villas de ultra lujo. Tan sólida era la implicación del norteamericano que, además de servir de reclamo, él daba la cara ante los compradores y les daba la bienvenida y detalles del futuro promisorio que les aguardaba por realizar aquella inversión.
Igualmente, se afanó en promocionar aquel fantástico proyecto dondequiera que pudo. Incluso, en The Apprentice, un gran éxito que le supuso más de cuatrocientos millones de dólares facturados. En cada una de las catorce temporadas de este reality show o espectáculo de telerrealidad, al estilo del formato de Gran Hermano o Big Brother, un grupo de jóvenes emprendedores convivían y competían entre sí, con cámaras vigilándoles durante las veinticuatro horas, agrupados en dos equipos diferentes. Semana a semana, el equipo ganador de cada episodio lograba vivir en una mansión, mientras que el perdedor tenía que hacerlo en una tienda de campaña en el patio trasero de la fastuosa casa. Además, una terna de los losers se sometía a una entrevista de trabajo con Trump, que decidía quién merecía ser expulsado del programa al grito de" ¡Despedido!".
El premio final era un contrato de un año, que suponía un salario superior a doscientos cincuenta mil dólares, para dirigir como aprendiz de Trump uno de sus proyectos. Aquella noche de abril de 2007 se emitió el último episodio de la sexta temporada de El Aprendiz. El peculiar presentador y empresario hizo que en él brillase Cap Cana, escogido como el premio gordo ofrecido a los cuatro finalistas. Aquella propaganda de Cap Cana no tenía precio. En términos metafóricos, claro está, pues literalmente sí que lo tuvo y bien que se lo cobró Donald Trump. El programa, que había vivido tiempos mejores, cosechó aquel año en EEUU una media de 7,5 millones de telespectadores por episodio.
Ricardo Hazoury, presidente en aquel momento de Cap Cana e interlocutor principal del empresario neoyorquino, no cabía en sí de gozo, como el resto de su familia. De haber sido más joven hubiera encajado perfectamente en el perfil requerido por Trump para un aprendiz ganador nato. Desde hacía muchos años, el dominicano lo tenía como referente, le admiraba e imitaba, tanto en sus luces como en sus sombras. Lo tenía en un pedestal, parejo a un Walt Disney que lo marcó desde la niñez y, según confesión periodística, le ayudó a soñar en grande. A Trump, por su parte, le habían impactado grata mente de Hazoury su estilo arrojado y dizque "su gran poder de persuasión", aspectos que le alabó en público.
El norteamericano no perdió tiempo en comprobar si aquella familia dominicana, cuya línea de negociantes completan Abraham y Fernando, era trigo limpio. Le bastó el dinero fácil que le reportaría aquel acuerdo sin poner un solo dólar, pues, en realidad, se reducía a cobrar un buen porcentaje de las ventas por prestarles su nombre o marca. Se dejó llevar por su instinto, exactamente igual que había hecho con otras familias polémicas, como los Genovese y los Gambino, dando por hecho que la palabra dada y la lealtad eran más robustas en esos ambientes tan de famIglía y respeto al padrone o padrino.
Luego vino la aparente debacle de Cap Cana que dejó en la estacada a numerosos inversionistas, muchos de los cuales habían acudido por la presencia de Trump. Detrás de la excusa del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, el
futuro presidente de EEUU, cuya fama de fullero en los negocios no la había ganado por casualidad, descubrió que los Hazoury habían resultado ser algo más que unos simples aprendices y se habían creído más listos que él: le estaban estafando y tratando de sisar una millonada. Para ser exactos, casi seis millones de dólares, creía él. Luego, conforme sus contables indagaron un poco, vio que eran más de catorce.
Fue, entonces, a por los aprendices de brujo, dispuesto a hacerles morder el polvo. No lo hizo tanto por haber sido utilizado vilmente en todo un fraude en el que se le había usado como gancho o cómplice. Su ya jironada honra era lo de menos, pues había comprobado repetidamente que era elástica y tenía un gran aguante. De hecho, decenas de escándalos similares no le impidieron alcanzar la Casa Blanca unos años después. Su guerra contra los Hazoury fue más por descubrirse como un iluso más del montón, y, sobre todo, por saber que en ambientes rufianescos dejar pasar una situación así es fomentar un virus de osados imitadores.
Pasado el tiempo y la humillación a que sometió a la familia Hazoury en un tribunal norteamericano hasta que le pagaron con creces hasta el último centavo, intereses incluidos, Cap Cana sigue siendo digno de estudio hoy día, en un aparente esplendor superior al de los tiempos de su aparición en The Apprentice. No sólo por aquellas trampas de tahúr o vendedor de crecepelo que descubrió Trump. Cualquier escuela de negocios debiera afanarse en analizar el enigma de cómo sus promotores supieron hacer de la necesidad virtud con una increíble osadía. Por un lado, la ambición con que nació el proyecto, una locura sin precedentes en el mundo, con desatinos que no se explican ni siquiera en el contexto de los eufóricos tiempos anteriores al estallido de la burbuja inmobiliaria.
Asimismo, cómo Cap Cana ha logrado sobrevivir o resucitar, milagrosamente, no sólo a la estafa a Donald Trump y su baqueteo en un juzgado estadounidense, sino a una quiebra sin parangón que dejó a cientos de inversores en la estacada, incluidas importantes instituciones financieras locales y mundiales. O cómo, antes incluso, aplastó sin rubor las teorías del marketing y management que consideran que, para garantizar el futuro de una compañía, de nada sirven el mejor producto y la mejor marca sin una impecable reputación empresarial.
Estos son tiempos en que la sociedad se interesa no sólo por lo que compra, sino por cómo se comporta quien lo produce (ética, respeto a los derechos humanos, cumplimiento de las leyes y obligaciones fiscales, condiciones laborales, impacto medioambiental, etcétera). Sin embargo, los sorprendentes gestores de Cap Cana, entre otras tropelías, al margen de su falta de honra descontable y una querencia enfermiza por la corrupción, destrozaron su entorno natural y arrasaron comunidades que llevaban varias generaciones establecidas allí, sin despeinarse. No sólo acumularon muertos en el armario, metafóricamente, sino que hasta los tiraron a la basura, literalmente, como veremos.
También debiera ser objeto de estudio otro hecho que por igual parece casi sobrenatural: la extraordinaria pervivencia de sus directivos, pese a sus fiascos y el hecho de que, lejos de perder dinero, salieran inmensamente más ricos de aquella ruina, haciendo que fueran otros los que pagaran los platos rotos. Entre ellos, los ciudadanos dominicanos de a pie, cuyos bolsillos tuvieron que cubrir algunos de los estropicios que provocaron y que pueden cifrarse objetivamente en varios cientos de millones de dólares.
Sería aconsejable, eso sí, que se abordase la cuestión alejándose del relato épico construido por esos mismos empresarios, con gran fantasía y desembolso publicitario, uno de cuyos epítomes podría ser una conferencia que dio, en octubre de 2013, quien fue durante los años del desastre presidente de Cap Cana, Ricardo Hazoury, el admirador admirado de Trump. La ofreció en casa, en la universidad propiedad de la familia y de la que había sido regente, UNIBE, empleadora, además, de un número importante de jueces del país, a decir de algún abogado que ha pleiteado contra la familia Hazoury y ha sufrido decisiones judiciales controvertidas.
A esas alturas, ya se había consumado una quiebra de dimensiones colosales, con una deuda cercana a los setecientos cincuenta millones de dólares. Igual mente, los Hazoury estaban siendo vapuleados en EEUU por Trump.
El título de la lección magistral de Ricardo Hazoury fue: "Innovación en proyectos turísticos. Cap Cana, proyecto innovador en República Dominicana". Este médico metido a empresario, sobrado de autoestima, seencargó de darle a la deposición un subtítulo bochornosamente elocuente: "Ricardo Hazoury, el legado de un líder emprendedor en el mundo de los negocios". No hubo ni un ápice de autocrítica o, sencillamente, de cruda verdad, ni sobre el devenir de Cap Cana ni, por supuesto, sobre el carácter y modos un tanto peculiares de gestionar del conferenciante y sus hermanos. Una persona que trabajó con él, Víctor Cabral Amiama, primer ministro de Turismo de la República Dominicana y que ocupó el cargo de presidente ejecutivo de Cap Cana, menciona en un libro, "Historia de una infamia" (2021), "la torpeza gerencial de Ricardo, rayana en la desaprensión y la inutilidad de discernimiento", amén de una bravuconería e iracundia sin par.
Hazoury, en el único arranque de modestia de que hizo gala, se reconocía en esa misma ponencia como "mal estudiante de Medicina" (razón que podría explicar que confunda tanto lo del juramento hipocrático con el hipócrita). Cantinflesco, fue capaz de vender una realidad paralela, por arte de birlibirloque, toda una ilusión adornada por una impunidad pasmosa y un público entregado, que ni los de Trump en aquella entelequia de coaching que nominó Trump University. Los puntos fuertes de Cap Cana habrían sido, según él, la demanda del mercado inmobiliario internacional y nacional, la capacidad de percibir las oportunidades, decisión y buena planificación, entre otros.
Sin embozo, incluso, Hazoury se detuvo con detalle en mostrar imágenes de satélite de cómo transformaron la enorme extensión de terreno que la familia adquirió con un préstamo. En dichas fotografías destaca la trans formación brutal de la costa para crear una ciclópea y costosísima marina artificial, con una serie de canales que aspiraban a que fuesen surcados por ricos derrochando dinero a bordo de vaporettos como si se tratara de una glamurosa nueva Venecia.
Al margen de la temeridad de presumir sin vergüenza de una alteración tan salvaje de la naturaleza y la eliminación de manglares y humedales en unos tiempos tan sensibles con el frágil medioambiente, la cortina de humo narcisista del pintoresco Ricardo Hazoury es un fenómeno tan interesante que hace por sí solo que el caso de Cap Cana trascienda el ámbito de una escuela de negocios, para poder ser también abordado por una de psicología o, incluso, una de magia al estilo del Colegio Howarts de Harry Potter.
Es tremendamente fascinante hasta qué punto este aprendiz de brujo ha asimilado como un gran triunfo su gestión y la de sus hermanos.
Bien pensado, sin embargo, tiene pleno sentido, por más que antiguos ejecutivos relacionados con el proyecto hayan calificado de desastroso dicho manejo. Ciertamente, sería loable haber revivido un proyecto absolutamente muerto, en estado de putrefacción absoluta, que sufrió una quiebra sin pre cedentes y que supuso la ruina de numerosos inversionistas que compraron alguna propiedad y prestaron su dinero al ambicioso resort. Más meritorio aún es que hayan continuado al frente quienes lo quebraron, no pusieron ni un centavo de su bolsillo para evitarlo, y hasta se plantearon salir del país por el gran agujero que crearon y las acusaciones de fraude, mientras exhibían un tren de vida prohibitivo a la par que provocativo.
Ya que mencionábamos la psicología y la expresión de la rufianería o germanía birlibirloque, viene al caso entonces la germana Escuela de la Gestalt, de principios del XX, uno de cuyos más famosos postulados es aquel de que "el todo es mayor que la suma de sus partes".
La osadía y el fraude de Cap Cana no reside sólo en una simple cuestión de incapacidad para los negocios. No es únicamente que aquella marina fuese un barril sin fondo, que ni el de las Danaides, necesitado de ingentes recursos para avanzar. Tampoco es el mero hecho de que interconectar las diversas urbanizaciones previstas en una extensión de terreno que duplica el tamaño de la isla de Manhattan significase elevadas inversiones en infraestructuras urbanísticas como vías de comunicación, conducciones de agua potable, saneamiento, líneas telefónicas, cableado eléctrico...
Tampoco se trata sin más de que las proporciones descabelladas de aquellas obras fuesen precisamente así porque se traducían en mayor beneficio para la empresa que las ejecutaba, una constructora perteneciente a la familia.
Ni siquiera es exclusivamente válido el pretexto de la brutal crisis económica mundial que siguió a la explosión de la burbuja inmobiliaria.
La suma de todas esas partes es infinitamente menor que el todo, haciendo buena la máxima de la Gestalt. En realidad, el todo se acaba de explicar por que la quiebra de Cap Cana fue una bendición para los Hazoury y les supuso un enriquecimiento desmedido. Con métodos absolutamente non sanctas, por supuesto.
Al margen de que tuvieron en su mano evitar el batacazo que vino, aquella bancarrota tuvo bastante de premeditado. El fraude fue diseñado con una sagacidad, osadía y frialdad tremendas, temerarias, como iremos desgranando a lo largo de este texto. Al final, tenía razón Ricardo Hazoury en su conferencia al defender que supieron percibir las oportunidades, aplicaron decisión -podría decirse, incluso, arrojo, el mismo que le alabó Trump- y planificación.
La crisis financiera mundial fue la coartada para eliminar cualquier fiscalización de sus cuentas, por ejemplo. Los Hazoury forzaron que dejasen de hacer su trabajo los supervisores de las finanzas corporativas, quienes velaban por el cumplimiento de las condiciones del financiamiento que habían recibido por doscientos millones de dólares. Sin controles de ningún tipo, ancha fue Castilla para esta familia, que decidió obtener la nacionalidad española vía exprés, tirando de contactos al más alto nivel, por si tuvieran que coger o tomar las de Villadiego en medio de aquella arriesgada jugada.
Sin auditorías ni vigilancias de ningún tipo durante años, hicieron y des hicieron a su antojo. Oficialmente, nadie podría rebatir su falta de liquidez, pues no se computaban en los libros las entradas de recursos, que las hubo, desaforadas en ocasiones, provenientes en buena parte de esclarecidos oscuros inversionistas, algunos de ellos perseguidos por la justicia estadounidense, cuyos agentes federales llegaron a allanar lujosas villas en el megacomplejo.
Además de fondos públicos españoles distraídos en alguna sonada trama de corrupción, que vuelven a evocar el polémico pasado de un connotado socio de los Hazoury, con contrapartes a su vez entroncadas incluso con el narcotraficante Pablo Escobar, la mayoría del dinero turbio al que nos referíamos proviene de ricos venezolanos sobre cuya catadura no hay ninguna duda: enriquecidos por la corrupción y el narcotráfico del régimen chavista, encuentran en Cap Cana un lavadero sin par.
Si se hubieran contabilizado esos ingresos, se tenía la obligación de pagar primero a los bonistas, como contemplaban las condiciones de la emisión de deuda corporativa. No habría habido tampoco excusa para paralizar las obras de las diferentes promociones en curso. La entrega de los inmuebles acabados a los compradores garantizaba dinero para que el sistema no se detuviese.
Oficialmente sin recursos, los dueños de Cap Cana dejaron de pagar a todo el mundo. Desde los idolatrados Donald J. Trump y el exgolfista Jack Nicklaus al último de los bonistas o a cualquier suplidor. De Citibank o KMPG, para sortear testigos incómodos, al gobierno norteamericano, que les financió la compra de equipos de construcción, pasando por bancos locales, internacionales, o la Hacienda dominicana.
Ante la presunta ausencia de dinero y el callejón sin salida, directo a la quiebra, los Hazoury dieron sólo una opción a los acreedores, que estaban a esas alturas a punto de caramelo (y de camelo): recibir terrenos como pago, tasados unilateralmente, lo que aprovecharon para deshacerse de los peo res solares, los más apartados, menos comerciales, plagados de cambrones y culebras cuando no situados en zonas inundables, de antiguos humedales o manglares. Con el consuelo para los acreedores de que menos era nada, combinado con la desesperación de que cada día que transcurría los bonos tenían menos valor y la certeza amenazadora de que se podrían quedar sin dinero y sin tierras.
A la vez que hicieron esa limpia de lotes malos, encajándoselos a otros, reducían la monstruosa deuda sin tener que poner ni un solo dólar de los que estaban recibiendo; mucho menos de sus abultados bolsillos. Pero, además, los promotores de Cap Cana desarrollaban otra gran trastada adicional para quedarse con las mejores parcelas, a precio de vaca muerta, como suele de cirse en la República Dominicana.
Precisamente, la lucrativa resucitación de Cap Cana se está produciendo en los últimos tiempos en aquellos terrenos más privilegiados. Quienes transa ron con montes y culebras están muy lejos de recuperar una parte mínima siquiera de su inversión inicial. Cap Cana (la familia Hazoury y algún relacionado) está actualmente más viva que nunca, objetivamente, pues con aquellas tretas salieron de la deuda, por más que la resistencia innata de los Hazoury, casi genética, a desprenderse de dinero despierte en muchos las sospechas de que está al borde de la quiebra permanentemente.
Enel mismo 2021 lo descartaba un verificador judicial, Alis Antonio Medina González, en un pleito en el que se pedía la declaración de quiebra de Cap Cana para así poder cobrarse una deuda el demandante. Tengamos por válida esa experticia, pese a su última conclusión, en la que el autor se deja llevar por la emoción, se suelta la melena y va más allá de lo que debiera ser un frío análisis contable, revelando cómo se lo habían ganado Cap Cana y sus cifras económicas: "recomendamos" a la empresa "seguir explorando nuevas modalidades de negocios que permiten continuar su arduo desarrollo inmobiliariode la empresa y el país".
Este contable estima los activos de Cap Cana en casi mil cincuenta y ocho millones de dólares. Curiosamente, una cifra cercana a los mil ciento diez millones en los que presumían estar tasados cuando hicieron la primera emisión de bonos, 2006, cuyas condiciones incumplieron fragorosamente y llevaron al mencionado cul de sac o callejón sin salida. Otra cosa distinta es que el mismo contador público establezca, por ejemplo, que se mantienen sesenta y siete pleitos en activo en contra de Cap Cana que representan contingencias por unos sesenta y seis millones de dólares. Igualmente, que debe una cifra superior a los ciento setenta y un millones de dólares a distintos proveedores y más de catorce en papeles comerciales o pagarés.
A lo largo de este libro desarrollaremos todos estos temas. Veremos que Ricardo Hazoury se queda corto y tiene motivos más que sobrados para jactarse de su gran éxito como autoproclamado "líder emprendedor en el mundo de los negocios", pues, objetivamente, aunque no sean limpias u honestas, son más que increíbles sus dotes y las de sus hermanos para mantenerse con garbo sobre la cuerda floja hasta extremos insospechados. También son in creíbles, ya que hablamos de una familia que posee también concreteras, los rostros de hormigón armado que desplegaron.
Prácticamente sólo dos grandes escollos les hicieron temblar en medio de tanta osadía. No fue tanto el miedo a represalias de los múltiples damnifica dos, que les obligó a atrincherarse en su fortín de Cap Cana y tener cerca sus recién estrenados pasaportes españoles junto a un hatillo de emergencia, rodeados de una guardia pretoriana.
Por un lado, les quitó el sueño haber sido pillados en el timo por su admirado Donald Trump, que, al final, resultó ser el único que no perdió dinero en todo este atolladero que enganchó a tanta gente, porque sus tablas le dotaron de rapidez de reflejos.
Por otra parte, esta familia también tuvo sudores fríos al verse descubierta en el meollo de una trama de sobornos y corrupción en el seno de una agencia pública del gobierno de EEUU, a la que accedieron gracias a contactos de alto nivel. Fue una crisis en la que tuvieron que maniobrar sin escatimar recursos ni esfuerzos para librarse de repercusiones mayores, tras pretender enredar al tesoro estadounidense con treinta millones de dólares. Hasta pagaron a un antiguo presidente de dicha agencia, abogado y lobista, para bus car una salida al lío.
Veremos, asimismo, cómo les fue infinitamente mejor con el Estado dominicano, que sólo les dio facilidades, como en todos sus negocios cenagosos emprendidos en la República Dominicana (verbigracia, la concesión de los aeropuertos estatales o el proyecto aventurero del Aeropuerto Internacional de Bávaro, agraciado con exenciones fiscales nunca vistas). A través del banco de los dominicanos, el Banco de Reservas, actuó como el gran salvavidas del naufragio de Cap Cana, haciéndose cargo de una deuda de más de un cuarto de billón estadounidense, para gloria y desahogo de los Hazoury, a la vez que lastre o agujero para las cuentas de la entidad. El gobierno también les permitió <ladones de inmuebles en pago de numerosos impuestos adeudados, algo sumamente irregular y sin precedentes. ¡Hasta les devolvieron unos do/aritos de la cuenta embargada de un familiar cercano!
Acostumbrados a la simulación, las huidas hacia adelante y la desmemoria, han continuado en sus trece y lo mismo que, pese a todo su historial y sus damnificados, se han atrevido a pedir recientemente nuevos préstamos al Banreservas, osaban usar la imagen de Donald J. Trump en un vídeo promociona! emitido en la Feria Internacional del Turismo FITUR 2022, en enero de 2022, como inicio de sus festejos por el vigésimo aniversario de Cap Cana.
El caso es que, una vez leído este libro, usted será quien, seguro, concluirá que Cap Cana, más que un asunto digno de estudio en una escuela de negocios o academia de ilusionismo, probablemente sea más adecuado para el temario de una de criminología.
La pareja del expresidente, Mar García Vaquero, y un amigo, Jesús Barderas, aparecen vinculados a los papeles de Panamá.
Todos los caminos conducen a Panamá. Los papeles del bufete Mossack & Fonseca que han puesto al descubierto las sociedades offshore del íntimo amigo de Felipe González, Jesús Barderas, y de su actual pareja Mar García Vaquero, colocan de nuevo al ex presidente del Gobierno en el primer plano de la conexión panameña. Hace ahora veinte años, a comienzos de 1996, el entonces inquilino de La Moncloa, ya en la recta final del felipismo, logró zafarse del caso Sarasola y el pelotazo del Metro de Medellín. González esquivó las incisivas preguntas de los grupos de la oposición en el Congreso y de una incómoda investigación judicial en la Audiencia Nacional sobre los oscuros negocios en Panamá de su también intimísimo amigo Enrique Sarasola Lerchundi.
El empresario vasco, conocido popularmente por el sobrenombre de Pichirri, había constituido a través del despacho panameño Arze & Guardia la sociedad ENSECO para ocultar las millonarias comisiones del proyecto del Metro de Medellín, que echó a rodar en 1983. Sarasola, por su intermediación, llegó a recaudar 3.500 millones de las antiguas pesetas (al cambio, 21 millones de euros). Y pronto se supo que González, que acababa de instalarse en la La Moncloa, había intercedido entre bambalinas por su amigo ante el presidente colombiano, Belisario Betancur.
La concesión de la obra, que estaba considerada como el “contrato del siglo en Suramérica” y por la que pujaron importantes grupos internacionales, fue decidida desde las más altas instancias políticas de Colombia y España. Betancur, siguiendo las recomendaciones de Felipe González y de otros miembros del Gobierno español, inclinó la balanza a favor de los intereses representados por Sarasola.
El acuerdo final entre González y Betancur a favor del consorcio hispano-alemán Metromed se cerró en España en octubre de 1983. El presidente suramericano se desplazó a Oviedo para recoger el premio Príncipe de Asturias y aprovechó la ocasión para reunirse con González y ultimar los detalles del contrato del metro de Medellín.
Años después, en una noche de copas, a Enrique Sarasola se le fue la lengua y habló más de la cuenta. El escritor y biógrafo del Rey, José Luis de Vilallonga, desveló que Pichirri había comentado durante una fiesta en su apartamento de París que el presidente del Gobierno, Felipe González, tenía una “pequeña fortuna” en Colombia, pero luego se retractó. Añadió que la confesión fue hecha a las tres de la madrugada cuando Sarasola “tenía bastantes copas” y "estaba a punto de cantar boleros". Nunca pudo verificarse esa información y quedó como falsa. Pero servía para afianzar la leyenda de las amistades peligrosas de Felipe. Y también para subrayar otras de las conexiones panameñas del felipismo.
Tras la publicación de los datos sobre la sociedad panameña ENSECO, Jesús Cacho desveló que correspondía al acrónimo de “EN(rique) S(arasola) E(s) CO(jonudo). El periodista escribió: “Es la travesura más gloriosa del felipismo, la golfada más luminosa, la coña más perversa”. Sarasola mantenía una estrecha relación con Felipe González desde 1974.
LA AGUAS CARIBEÑAS DEL FELIPISMO
Jesús Barderas es el otro de los amiguísimos de González que se convirtió en millonario tras dirigir sus inversiones a tierras caribeñas. El Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación le ha detectado medio centenar de sociedades off shore en el despacho Mossack & Fonseca. A Barderas, con inversiones millonarias en la República Dominicana, y a Felipe González les une estrecha amistad desde hace 35 años. Ese vínculo fue labrado desde mucho antes de que Barderas trasladara sus negocios de España al Caribe. El empresario, propietario de hoteles y de la empresa que gestiona los aeropuertos de la Republica Dominicana, inició su andadura profesional como jefe de gabinete de Fernández Ordóñez en el Banco de Alicante.
Esa hermandad entre González y Barderas es la misma que les unía a ambos con Enrique Sarasola Lerchundi. Sarasola, casado con una colombiana perteneciente a una influyente familia, se convirtió en el compañero inseparable de Felipe en sus viajes a Suramérica, antes y después de ganar las elecciones de 1982. Le ayudó a abrir muchas puertas y llegó a ser una especie de embajador extraordinario. El empresario vasco fue quien puso en contacto a González con primeras figuras de la política americana como Omar Torrijos, presidente de Panamá entre 1969 y 1981, o Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante nueve años hasta 1993.
Todos los caminos conducen a Panamá. Los papeles del bufete Mossack & Fonseca que han puesto al descubierto las sociedades offshore del íntimo amigo de Felipe González, Jesús Barderas, y de su actual pareja Mar García Vaquero, colocan de nuevo al ex presidente del Gobierno en el primer plano de la conexión panameña. Hace ahora veinte años, a comienzos de 1996, el entonces inquilino de La Moncloa, ya en la recta final del felipismo, logró zafarse del caso Sarasola y el pelotazo del Metro de Medellín. González esquivó las incisivas preguntas de los grupos de la oposición en el Congreso y de una incómoda investigación judicial en la Audiencia Nacional sobre los oscuros negocios en Panamá de su también intimísimo amigo Enrique Sarasola Lerchundi.
El empresario vasco, conocido popularmente por el sobrenombre de Pichirri, había constituido a través del despacho panameño Arze & Guardia la sociedad ENSECO para ocultar las millonarias comisiones del proyecto del Metro de Medellín, que echó a rodar en 1983. Sarasola, por su intermediación, llegó a recaudar 3.500 millones de las antiguas pesetas (al cambio, 21 millones de euros). Y pronto se supo que González, que acababa de instalarse en la La Moncloa, había intercedido entre bambalinas por su amigo ante el presidente colombiano, Belisario Betancur.
La concesión de la obra, que estaba considerada como el “contrato del siglo en Suramérica” y por la que pujaron importantes grupos internacionales, fue decidida desde las más altas instancias políticas de Colombia y España. Betancur, siguiendo las recomendaciones de Felipe González y de otros miembros del Gobierno español, inclinó la balanza a favor de los intereses representados por Sarasola.
El acuerdo final entre González y Betancur a favor del consorcio hispano-alemán Metromed se cerró en España en octubre de 1983. El presidente suramericano se desplazó a Oviedo para recoger el premio Príncipe de Asturias y aprovechó la ocasión para reunirse con González y ultimar los detalles del contrato del metro de Medellín.
Años después, en una noche de copas, a Enrique Sarasola se le fue la lengua y habló más de la cuenta. El escritor y biógrafo del Rey, José Luis de Vilallonga, desveló que Pichirri había comentado durante una fiesta en su apartamento de París que el presidente del Gobierno, Felipe González, tenía una “pequeña fortuna” en Colombia, pero luego se retractó. Añadió que la confesión fue hecha a las tres de la madrugada cuando Sarasola “tenía bastantes copas” y "estaba a punto de cantar boleros". Nunca pudo verificarse esa información y quedó como falsa. Pero servía para afianzar la leyenda de las amistades peligrosas de Felipe. Y también para subrayar otras de las conexiones panameñas del felipismo.
Tras la publicación de los datos sobre la sociedad panameña ENSECO, Jesús Cacho desveló que correspondía al acrónimo de “EN(rique) S(arasola) E(s) CO(jonudo). El periodista escribió: “Es la travesura más gloriosa del felipismo, la golfada más luminosa, la coña más perversa”. Sarasola mantenía una estrecha relación con Felipe González desde 1974.
LA AGUAS CARIBEÑAS DEL FELIPISMO
Jesús Barderas es el otro de los amiguísimos de González que se convirtió en millonario tras dirigir sus inversiones a tierras caribeñas. El Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación le ha detectado medio centenar de sociedades off shore en el despacho Mossack & Fonseca. A Barderas, con inversiones millonarias en la República Dominicana, y a Felipe González les une estrecha amistad desde hace 35 años. Ese vínculo fue labrado desde mucho antes de que Barderas trasladara sus negocios de España al Caribe. El empresario, propietario de hoteles y de la empresa que gestiona los aeropuertos de la Republica Dominicana, inició su andadura profesional como jefe de gabinete de Fernández Ordóñez en el Banco de Alicante.
Esa hermandad entre González y Barderas es la misma que les unía a ambos con Enrique Sarasola Lerchundi. Sarasola, casado con una colombiana perteneciente a una influyente familia, se convirtió en el compañero inseparable de Felipe en sus viajes a Suramérica, antes y después de ganar las elecciones de 1982. Le ayudó a abrir muchas puertas y llegó a ser una especie de embajador extraordinario. El empresario vasco fue quien puso en contacto a González con primeras figuras de la política americana como Omar Torrijos, presidente de Panamá entre 1969 y 1981, o Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante nueve años hasta 1993.
Y aún más, Barderas y Sarasola habían establecido la conexión dominicana con Francisco Peña Gómez, líder del Partido Revolucionario Dominicano y vicepresidente de la Internacional Socialista entre 1983 y 1998, que llegó a ser un generoso anfitrión para los empresarios españoles.
Los amiguísimos de González unieron sus fuerzas en 1992 y constituyeron la sociedad Ibérica de Legumbres. Durante años estuvieron ligados a los mismos intereses económicos.
En los pasaportes de González figuran multitud de inscripciones con las entradas y salidas de Panamá. En uno de sus viajes de la mano de Sarasola, el ex presidente conoció a Cyntia Martínez Riter, la secretaria personal del empresario vasco. Tras el flechazo, la panameña Lupe, como la llamaban sus amistades, y González iniciaron una estrecha relación que duró varios años.
UNA 'OFFSHORE' EN CASA
González también se sirvió para llegar a su actual pareja, Mar García Vaquero, de otro de sus grandes amigos millonarios, ya fallecido, Luis García Cereceda. La empresaria madrileña abrió una cuenta en Suiza a nombre de una sociedad constituida por el despacho panameño Mossack & Fonseca en 2004. Así queda demostrado en los papeles de Panamá desvelados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación y publicados en España por El Confidencial. Según la empresaria, era para facilitar sus operaciones internacionales en un negocio de fabricación de barcos. Todo ello lo fraguó García Vaquero mucho antes de que conociera a Felipe González.
Los negocios entre Luis García Cereceda, propietario de LUGARCE, y García Vaquero sí se mantuvieron después de que ésta iniciara sus relaciones con González. Empresarios y empresaria figuraban en una sociedad que gestionaba un puerto deportivo de Tarragona. Además a Cereceda y Vaquero les unía la afición por los grandes veleros. El gestor inmobiliario llegó a adquirir en 2014 uno valorado en 13 millones de euros.
Pero la amistad entre Cereceda y González vio la luz pública gracias a raíz de otro asunto mucho más nebuloso: la supuesta compra por parte de Piluca Navarro, la jefa de la Secretaría del presidente en La Moncloa, de un piso de lujo en la calle Almagro de Madrid, construido por una de las sociedades de García Cereceda, Inversiones Urbanas Almagro. La supuesta adquisición se efectuaba en medio de una extraña operación en la que, en principio, se señalaba a Felipe González como el beneficiario de una compra fantasma. La trama se complicó cuando apareció como supuesto intermediario el nombre de otra de las amistades peligrosas de Felipe, un tal Julio Martino, socio de Jesús Gil en varios pelotazos inmobiliarios en Marbella y accionista del Casino Costa Blanca de Alicante. Según fuentes próximas a Martino, éste abría pagado durante meses los gastos de comunidad de la vivienda antes de que fuera escriturada a nombre de Piluca Navarro. Otras fuentes señalaban que el piso era para que lo ocupara González tras abandonar La Moncloa. Todo un enredo inmobiliario que ni Navarro ni González nunca llegaron a aclarar de manera convincente.
PANAMA EN LA CARRERA DE SAN JERÓNIMO
El tsunami de la conexión panameña de Sarasola tras conocerse la existencia de la firma instrumental ENSECO, una sociedad nodriza constituida exclusivamente para cobrar con opacidad las comisiones del contrato del Metro de Medellín, llegó en 1996 hasta la madrileña Carrera de San Jerónimo. Julio Anguita, el coordinador general de Izquierda Unida, solicitó en el Congreso una comisión de investigación parlamentaria sobre el llamado caso Sarasola y Panamá. Felipe González se escudó una vez más en una supuesta “conspiración”. Según él, se buscaba un “nuevo un clima de descalificación y crispación”, durante la campaña electoral.
La gravedad de las denuncias periodísticas sobre el pelotazo de Sarasola llevó tanto al Partido Popular como a Izquierda Unida a pedir una reunión de la Diputación Permanente del Congreso -órgano que ostenta los poderes de la Cámara cuando se disuelven las Cortes- para que compareciera el presidente del Gobierno. Querían saber cómo pensaba asumir sus responsabilidades políticas tanto en el caso GAL como en el caso Sarasola.
Sin embargo, la propuesta no prosperó porque el presidente del Comité de Gobierno de Unió Democrática de Catalunya, Josep Antoni Duran Lleida, se apresuró a anunciar que CiU rechazaría la comparecencia de González.
Félix Pons, presidente de la Diputación Permanente y ex presidente del Congreso, aseguró que en aplicación de la Constitución y del reglamento del Congreso, González no podía comparecer ante la Diputación Permanente para dar explicaciones sobre el caso GAL y el caso Sarasola, porque la Diputación Permanente sólo tenía la facultad de convocar a los otros órganos del Congreso y no podía ejercer por sí misma funciones de órgano de control parlamentario.
Durante las pesquisas periodísticas sí se pudo averiguar que la maquinaria del felipismo había sido engrasada para facilitar a Sarasola el negocio de Panamá y encubrir algunas de las irregularidades. El círculo de Sarasola tuvo la fuerza necesaria para influir en varias instituciones del Estado. El Tribunal de Cuentas, siendo su presidente Pascual Sala, y el Instituto Nacional de Industria (INI), cuando su máximo responsable era Jordi Mercader, ocultaron una partida de 473 millones de pesetas (2,8 millones de euros) que la empresa pública Ateinsa había pagado a Enrique Sarasola Lerchundi, como parte de su comisión por la adjudicación de las obras del metro de Medellín.
El Tribunal de Cuentas, que tiene como competencia fiscalizar la actividad económico-financiera del sector público, había remitido al Congreso de los Diputados, en marzo de 1990, una auditoría realizada a la empresa pública Ateinsa sobre las cuentas de sus ejercicios comprendidos entre 1981 y 1986, ambos inclusive. Pero en dicho informe, firmado por su presidente Pascual Sala, omitió el pago que la empresa del INI reflejaba en sus balances. En el folio 30 del apartado VII, “Conclusiones y recomendaciones”, Pascual Sala afirmaba: “La sociedad ha contabilizado sus operaciones de conformidad en general con el Plan General de Contabilidad y demás normativa legal aplicable y llevó sus registros contables con el rigor exigible, con las excepciones y salvedades que se señalan en este informe”. Pero silenciaba el pago de la comisión.
El diputado del PP, Rafael Hernando, actual portavoz del grupo popular en el Congreso, declaró que quedaba demostrada “la vinculación entre González y Sarasola” y añadió que el empresario era un “testaferro” del presidente. Hernando pidió la intervención del fiscal anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, sobre todo después de que el Congreso negara “la posibilidad de aclarar este asunto y al Tribunal de Cuentas se le han ocultado estas operaciones”.
El coordinador de la Presidencia de IU, Mariano Santiso, declaró: “Sarasola, de confirmarse las informaciones que se están publicando, actúa como bucanero de Felipe González, con su visto bueno”.
La investigación judicial sobre el pelotazo de Sarasola, que había sido abierta por el juez de la Audiencia Nacional, Ismael Moreno, quedó archivada tras el fallecimiento del amigo de Felipe el 3 de noviembre de 2002. Dos días después, Felipe González le dedicaba un artículo a su amigo en un periódico. Comenzaba así: “Dicen que la amistad no tiene precio, pero para Enrique la que mantuvo conmigo, durante tantos años, tuvo un altísimo coste en sufrimiento humano, en persecución insidiosa”. Y acababa con dureza: “Lo maltrataban los que no lo conocían, los mercenarios de la pluma y la tertulia, los siervos de los intereses bastardos”.
González podía haberse referido también en su artículo a la definición de Solchaga sobre las excelencias de España: “El país en el que es posible enriquecerse más deprisa”. Algunos de los amiguísimos del presidente se sirvieron del felipismo y de la conexión panameña para aumentar sus arcas de caudales. Al final va a ser verdad el aserto de que todos los caminos conducen a Panamá.




