EL Rincón de Yanka

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viernes, 13 de febrero de 2026

LIBRO "LA SALUD MENTAL NO EXISTE. LA SALUD, SÍ": CÓMO INTEGRAR CUERPO Y MENTE PARA VIVIR MEJOR por DR. JOSÉ LUIS MARÍN

LA SALUD MENTAL 
NO EXISTE.
LA SALUD, SÍ.

Cómo integrar cuerpo y mente 
para vivir mejor


No hay lugar para un cerebro lúcido
en un cuerpo agotado ni para una vida
en calma en una sociedad enferma.

Durante décadas hemos separado la mente del cuerpo como si fueran piezas separadas. Médicos y psicólogos suelen tratar síntomas aislados sin atender al cuadro general ni indagar en las verdaderas causas de nuestro malestar.
José Luis Marín, uno de los médicos psicoterapeutas más respetados de nuestro país, desafía la visión dominante: no hay salud mental; solo hay una salud, donde la biología, las emociones y el contexto social están profundamente entrelazados.
Partiendo de su dilatada experiencia, el doctor Marín recorre la historia de la psiquiatría desde el auge cientificista de los años setenta y la fiebre de la serotonina que él mismo secundó en sus inicios, pasando por la «invención» de trastornos mentales, hasta la progresiva psiquiatrización de la vida cotidiana.
Con lucidez, valentía y esperanza, propone un cambio de paradigma radical: dejar de tratar los síntomas y empezar a cuidar a las personas. Un libro imprescindible para comprender por qué nos sentimos mal y qué necesitamos para vivir mejor.

«No hay enfermedades, solo enfermos. Y cada enfermo es una historia que une el cuerpo con la emoción, la biografía y el mundo. Cuando olvidamos eso, la medicina deja de curar para empezar a reparar piezas». Dr. José Luis Marín


Es vital diferenciar el dolor emocional de una enfermedad:

- El sufrimiento es humano: Sentir dolor no siempre significa tener un trastorno mental.
- El peligro del diagnóstico: Etiquetar cada malestar lleva inevitablemente a la medicalización inmediata de la persona.
- No somos etiquetas: Hay muchísimo sufrimiento real, pero no todo debe tratarse con fármacos bajo un nombre clínico.
Cuidado con convertir las crisis de la vida en diagnósticos médicos.
¿Crees que hoy en día se etiqueta demasiado rápido cualquier tipo de tristeza o malestar? 
Compartimos un fragmento de la entrevista con @penguinlibros con @joseluismarinpsicoterapeuta a raíz del lanzamiento La Salud Mental no Existe - Nuevo libro del Dr. José Luis Marín.

Prólogo
Con ánimo de provocar

Llevo más de cuatro décadas viendo a todo tipo de personas pasar por mi consulta. He escuchado miles de relatos de sufrimiento humano y he sido testigo de los síntomas más diversos. Durante mis primeros años como médico y psiquiatra, cuando la psiquiatría era todavía una especialidad recién nacida, pensamos que habíamos descubierto la fórmula para resolver todo lo que nos estaba ocurriendo como especie. Creímos que los fármacos y la genética, la medicina y la química nos iban a salvar. Nos hicimos esa promesa como profesionales, y también se la hicimos a las personas que acudían a nosotros. Lo íbamos a curar todo.

Ha pasado casi medio siglo y esas promesas no se han cumplido. Si dejamos de lado las mejoras innegables en cirugía y algunas enfermedades que sí se tratan ahora con muchísima más facilidad, como las infecciosas, podemos decir sin miedo a equivocarnos que el modelo en el que pusimos toda nuestra fe no nos ha servido de mucho. ¿Por qué puedo afirmar algo así? Por algo tan sencillo y objetivo como los números. Tenemos más enfermedades crónicas, más suicidios infantiles, más fracaso escolar, más pacientes medicados, más psicólogos, más psiquiatras. Todos, profesionales y pacientes, nos damos cuenta hoy de que la promesa de que íbamos a curar la mayoría de las manifestaciones del sufrimiento sigue sin cumplirse.

Hoy más que nunca, a la gente le pasan cosas. A ti también: no puedes dormir, estás enfadado, no tienes interés por las actividades cotidianas, estás aburrido, estás harto, te llevas mal con todo el mundo, no quieres comer o, al revés, necesitas comer en exceso, no consigues concentrarte… A ti te pasan cosas, y nosotros, que no hemos aprendido a curarlo, sí hemos aprendido a ponerle una etiqueta. Lo llamamos depresión, o trastorno por ansiedad, o fobia social, o bulimia nerviosa o TDAH, y mandamos a esa persona que sufre a su casa con una receta para un medicamento que, en el peor de los casos, estará tomando toda su vida. Dejamos de preguntarnos qué le hace sufrir, qué ha pasado en su vida antes de venir a vernos, cómo creció, quiénes eran sus padres, dónde y cómo vive. La persona desaparece junto a las preguntas que no queremos hacer. Y solo queda el diagnóstico.

Decía Ortega y Gasset que la única función social de un intelectual es la provocación, así que lo digo: la depresión no existe, la ansiedad no existe, la fobia social no existe. La salud mental no existe. Existe el sufrimiento de esta persona detrás de todas las etiquetas, por supuesto que sí, pero cada uno de esos diagnósticos los hemos inventado los profesionales porque convienen al sistema, no al paciente. ¿Qué es la depresión? Una manera de estar mal, una manera de expresar un sufrimiento individual que nunca nunca se manifiesta solamente a través de lo mental. Nada de lo que hacemos como seres humanos es solo mental o solo corporal. Todo buen enamorado sabe que el amor afecta al corazón igual que al cerebro, como todo aquel que se haya declarado alguna vez sabe que los nervios se llevan en el estómago tanto como en la mente, y así ocurre con todas las emociones. Por eso aquella promesa de que curaríamos lo mental con un fármaco para el cerebro ha demostrado ser una enorme cortina de humo que durante mucho tiempo nos ha impedido ver cómo funciona realmente la salud.

Casi todo lo que creemos sobre la depresión y otros trastornos mentales está equivocado o es contradictorio. Y casi todo lo que hacemos para tratarlos está mal hecho o es insuficiente.


jueves, 12 de febrero de 2026

LIBRO "POR QUÉ NO SOY BOLIVARIANO": UNA REFLEXIÓN ANTIPATRIÓTICA por MANUEL CABALLERO

POR QUÉ NO SOY 
BOLIVARIANO
Una reflexión antipatriótica

Este libro contiene la reflexión de un historiador sobre un fenómeno que llenó de "sangre, sudor y lágrimas" el siglo XX; y que bajo otras formas no es menos manifiesto en los comienzos del veintiuno: el nacionalismo. En los años cuarenta, salvo en algunos países muy atrasados, los partidos de izquierda, liberales, democráticos o socialistas, evitaban el término al bautizar sus partidos. Al pasar de la clandestinidad a la legalidad, abandona el nacionalismo para quedarse con la democracia lo que, para sus fundadores, no era sólo una añagaza para sortear obstáculos legales, sino que englobaba ambos significados y evitaba cualquier asimilación o comparación, por polémica e interesada que pudiese ser, con los nacionalismos fascistas europeos.
En Venezuela, este fenómeno ha ido tomando, a través de los casi dos siglos de su constitución como república independiente, una forma particular: la transformación del culto popular al Libertador Simón Bolívar en un nacionalismo fundamentalista tonto si no fuera interesado y sobre todo pernicioso. Este libro se ha escrito para contribuir a combatirlo.
Manuel Caballero fue un eminente historiador y periodista venezolano, reconocido por su análisis crítico de la historia política y social de Venezuela. Formado en la Universidad Central de Venezuela y la Sorbona, destacó por desmitificar figuras históricas y cuestionar narrativas oficiales, especialmente durante el chavismo, defendiendo la democracia y la libertad de expresión.
Su libro «Por qué no soy bolivariano: una reflexión antipatriótica» critica el culto a Simón Bolívar y el bolivarianismo como herramienta ideológica. Caballero aboga por humanizar a Bolívar, presentándolo como un hombre con aciertos y fallos, no como un mito divino, y rechaza el patriotismo acrítico que paraliza el progreso. Propone una historiografía centrada en la memoria colectiva, no en héroes idealizados.

Citas clave ilustran su argumento: «La historia es la memoria de la vida de los hombres como colectividad, antes que los individuos famosos, por muy gloriosos, y por muy geniales que hayan sido» subraya que la historia debe priorizar la experiencia colectiva sobre el culto a figuras como Bolívar, cuya glorificación distorsiona el pasado. «Bolívar y los libertadores eran personas de carne y hueso, personajes históricos» y «Bolívar no era el compendio de las virtudes venezolanas, sí acaso de sus virtudes y sus vicios» insisten en devolverle su humanidad, criticando la narrativa escolar que lo exalta como héroe infalible. «No puedo ser bolivariano porque soy venezolano y eso es una contradicción lógica y terminológica. Cómo no se cansó de decirlo Rufino Blanco Fombona, Venezuela no es una creación de Bolívar» argumenta que la nación se formó contra el proyecto de Bolívar de una Gran Colombia, desafiando la idea de Bolívar como "padre" de Venezuela. «Al libertador se le adora ... Bolívar es la suprema perfección: Dios, en una palabra» denuncia el culto casi religioso que inhibe la crítica, mientras «que se lleve a Bolívar al Panteón, y se le deje allí tranquilo» propone respetar su legado sin usarlo para manipulación política.

Provocador y erudito, el libro generó controversia. Sigue siendo un referente para debatir la identidad y el uso político de la historia.


Parte 1: LA HERENCIA DE BOLIVAR

3 razones de principio: 

* Por ser historiador: la historia es la memoria de la vida de los hombres como colectividad, no de un personaje es específico por muy significativa que sea su participación en los hechos históricos. Reducir la historia a la vida de un hombre es restarle años a la historia en sí. Este es el objetivo buscado, que desconozcamos que somos la historia y hemos conocido de procesos igual de significativos a los que no se les puede colocar nombre por ser hazañas colectivas (la paz y la democracia). También es seguir con el ideal histórico, omitir que bolívar era un ser humano y no el bolívar de los discursos presidenciales un héroe cultural (creación del imaginario de una pueblo), creador de una sociedad. Pues no es así Venezuela estuvo conformada como una sociedad desde el siglo 15 en 1498. 

* Por ser venezolano: según Rufino Fombona (Venezuela no es una creación de bolívar sino que se formó con triando su voluntad). 

* Por pertenecer a un estado laico (libertad de cultos): el culto a bolívar esta prácticamente impuesto para los venezolanos, siendo este un país cuyas constituciones a lo largo de su historia política defiende la libertad de cultos. 

Bolívar al panteón: 

Otra razón: el rehuir al culto bolivariano parte de que: Venezuela no podrá progresar si todos intentan ser como bolívar, creyéndonos más bolivarianos unos que otros. Lo mejor que puede suceder es que el culto a bolívar sea como el catolicismo. Es incorrecto seguir atribuyéndole a bolívar ese papel de divinidad y perfección suprema. Para los venezolano nos bolivianismo es sinónimo de nacionalismo. 

Bolívar no era nacionalista venezolano lo era americano. Ese nacionalismo bolivariano parte una idea de patria centrada, en una particular unidad de creencia, protagonizado por bolívar (donde esta bolívar esta la patria. Un ejemplo de bolívar ha sido el voluntarismo. Que por un lado impulso a los venezolanos a participar en batallas en situaciones precarias. Este voluntarismo nos llevó a años de batallas sangrientas, que resulto en 39 revoluciones nacionales en 74 años desde 1830 hasta 1903. 

Conclusión: dejar de hacer de bolívar un culto, no satanizarlo más bien dejar que sea solo un personaje histórico no la historia en sí.

El desconocimiento del idolatrado: La mayoría de los venezolanos desconocemos de la historia de bolívar, más aun carecemos de memoria histórica general, de densidad histórica. Se siguen los ideales de bolívar de acuerdo al discurso presentado por dirigentes de estado o partidistas. Es el bolivianismo un fanatismo que se siguen de forma ignorante de su propósito real o sin siquiera percatarse de que hizo el hombre y por qué, simplemente se adora a bolívar. 

El mismo error en Colombia y en Venezuela: 
  • En Colombia: bolívar es respetado, admirado y amador por ser el libertador y creador de la república de Colombia e incluso venerado, pero no adorado. Bolívar es considerado el fundador del partido conservador, que hoy en día persiste, y sus participantes de consideran mas bolivarianos que sus adversarios los liberales. 
  • En Venezuela: en Venezuela los bolivarianos no son tan fanáticos practicantes como los católicos, es por esos que los gobernantes han pretendido impones el bolivarianos como una religión, al libertador se le adora. Es la suprema perfección: un dios. 
Parte 2: los evangelios apócrifos 

Cuando Manuel caballero se refiere a evangelios apócrifos es en el contexto de aquellos evangelios que son excluidos del discurso bíblico por la iglesia ya que según ellos van en contra de la palabra de dios. Entonces vendían siendo este la recopilación de ejemplos que muestra una verdad distinta a la que habitualmente nos es presentada del comportamiento de bolívar. 

1. El loco que se creía simón bolívar: si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca (dice simón bolívar a José Domingo Díaz).durante el terremoto de 1812. El contexto en que se desarrolló este suceso es muy distinto al presentado, un bolívar valeroso y omnipotente desaliente de la naturaleza ante su labor patriota y liberadora. Este más bien según José D. Díaz. Era un bolívar temeroso debido a la naturaleza des desastre, algo des variante trepando sobre unas rocas que al verlo lanzo al aire el discurso. En el contexto religioso es este un acto de blasfemia por el cual merecía bolívar se r apaleado. 

2. contado por un idiota: el juramento en el monte sacro (bolívar jura en su juventud liberar Venezuela). 

Escrito por simón Rodríguez el 15 de agosto de 1850.

Contrario al aire de rito de iniciación maestro discípulo que se le pretende dar al suceso. Bolívar y simón rodríguez estaban acompañados por su primo. Dice Filipo el juramento se había divulgado y alcanzado gran significado simbólico. Este fue una cuestión de modismo muchas personas hacían esta no fue un suceso exclusivo. No fue este un juramento más bien fue Simón Bolívar repitiendo palabras de su maestro. Aunque no se intente ocultar que tipo de relación entre bolívar y Rodríguez no que deja de esconder la frase más lapidario de Simón Rodríguez dicha en 1828. No hay más patriota que un tonto… ¿Qué es un idiota? 

3. El oligarca y el revolucionario: (carta de Jamaica): “Nosotros somos un pequeño género humano,… no somos indios ni europeos, sino una especia media… El emperador calos 5 forma un pacto con los descubridores, conquistadores y pobladores de américa, que como dice Guerra es nuestro pacto social”. 

La carta de Jamaica: interpretación 

a) la tradicional eleva el documento a un plano antropológico, como un estudio histórico y sociológico de orígenes, una cuestión profética. 
b) No lo sitia como un texto altísimo de carácter profético, esta más bien le da un carácter de realidad del momento; la reflexión de un hombre político desde la cima de su derrota. 
Bolívar era un oligarca: de nacimiento este provenía de una familia de españoles en donde conquista era la meta, por tanto este pensaba igual es por ello que este decide formar la gran Colombia (la nueva granada).en su deseo que liberar y conquistar tierras. 

¿Era bolívar un revolucionario? 

No en el momento de escribir la carta. Si participaba (decreto de guerra a muerte en 1813) en guerras, pero una revolución no se basa solo en eso, sino en una conmoción profunda de las estructuras sociales. Un reformador se convierte en revolucionario cuando sacúdela estructura de la propiedad sin quedarse solo, con toda guerra. Comienza bolívar a perseguir una revolución cuando Alexander Petión presidente de Haití decide apoyarlo en sus planes pero bajo la condición de que bolívar proclamara la libertad de esclavos americanos.

4. Mi delirio sobre el Chimborazo: (poema escrito según por Bolívar) Según Gerard Massur: en primer lugar no existen pruebas de que bolívar haya ascendido al monte Chimborazo; ni él ni si ayudantes mencionan la hazaña. Aunque el vocabulario esta acorde a la fecha ni la letra del original ni las palabras son las de bolívar suenan más bien a las de un imitador. Además el delirio fue publicado en 1842 después de la muerte del libertador. Todo esto lleva a Masur a concluir que: esta leyenda no es cierta, bolívar nunca estuvo en el Chimborazo y además el poema que se atribuye al suceso es una falsificación además mala.


5. Bolívar contra los estados unidos: Analizado desde el plano: 

A) En el plano teórico: Simón bolívar dirigió una lucha victorioso español pero eso no lo convierte en un antiimperialista, el imperialismo no existía en 1829. El imperialismo apareció casi medio siglo después. 
B) Situación política y mundial americana para el momento: ¿Qué son los estados unidos que tal mal se expresa el libertados- presidente de Colombia?; se desarrollaba el movimiento populista a cargo del partido republicano (adversario de los conservadores partido o movimiento que pertenecía bolívar) que estaba en contra de instaurar una monarquía en américa del sur. 
Cuando el libertador menciona a los estados unidos se refiere más bien a Inglaterra. Bolívar es proclamador dictador el 1829: 
dictadura vitalicio: cuando un presidente se autoproclama con la excusa de que es el único capaz de llevar a cabo dicha labor y que solo sus ideales son aceptables.
C) El examen de documento mismo: las objeciones de bolívar no son de principio sino de vitalidad política. no es un pronunciamiento antimperialista, sino alguien con el temor de la formación de un imperio vecino.

6.  Bolívar contra los partidos:

Durante el gomecismo esta fue una de las proclamas enmarcadas en conjunto del ideal que hasta ahora es implantado nuestro deber como venezolanos patriotas es llevar a cabo el sueño inconcluso de Bolívar. Es de recordar que Bolívar no era el defensor de la libertad dicen fue mas bien era el dictador o presidente- libertador de Colombia. Cuando Bolívar llaman a que cesen los partidos este se refiere a la división de grupos politos. Bolívar impartía y compartía el reussanismo que no contiene solo la proposición de una dictadura revolucionaria también, promueve la voluntad general (que todos apoyen una única idea política). 

Pensar insuperablemente el culto a Bolívar es algo de beatos y seguidores es algo que puede superarse.




miércoles, 11 de febrero de 2026

LIBRO "LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE": ⚙⚙⚙ UN ANÁLISIS PROVOCADOR, LÚCIDO Y BRUTALMENTE HONESTO SOBRE EL COLAPSO DE OCCIDENTE por FABIÁN C. BARRIO


LOS  ENGRANAJES  
DE  OCCIDENTE
DE CÓMO LA SOCIEDAD OCCIDENTAL 
HA DECIDIDIO QUE ES EL MOMENTO PERFECTO 
PARA IMPLOSIONAR EN UNA GRAN NUBE DE M*ERDA


Un análisis provocador, lúcido y brutalmente honesto sobre el colapso de Occidente.
Hubo un tiempo en que los hombres cruzaban océanos en barcos de vapor, creían en Dios, en el Estado y en la ducha fría. No porque fueran espartanos, sino porque no tenían más remedio. Hoy, en cambio, somos incapaces de sobrevivir sin un té verde matcha con leche de soja, sepultamos nuestras arrugas bajo toneladas de filtros digitales y debatimos sobre la opresión estructural desde un iPhone de 1.200 euros. Algo se ha ido al carajo en muy poco tiempo.

En los dos tomos que componen Los engranajes de Occidente, Fabián C. Barrio analiza desde una perspectiva psicosociológica el declive de una civilización que ha pasado de alzar catedrales a cancelar panaderos. Del humanismo al algoritmo. Del sacrificio a la sobreexposición emocional. Hoy asistimos al auge de la cultura woke y su perpetua batalla con la realidad tangible, a la resurrección kitsch de las ultraderechas con su dorado tupé, a los nacionalismos que brotan donde ya no queda ni nación ni sentido de pertenencia, a la manipulación política descarada y constante, y a las redes sociales como nuevo teatro de sombras, donde todos actuamos pero nadie vive de verdad.
Este libro nos descubre que detrás de todo fenómeno macro hay motivos dolorosamente humanos. Que el ocaso no es sólo geopolítico, sino espiritual. Y que tal vez Occidente no se esté muriendo, sino reinventando... aunque lo haga como todo lo que amamos hoy: con ansiedad, regulaciones obsesivas, autoflagelo, impuestos hasta por respirar y una playlist estúpida sonando de fondo hasta que se agote la batería.

El decálogo 
del librepensador moderno
  1. Entender la posición del contrario no significa que estés de acuerdo con él. Pero debes esforzarte por entenderlo, y sólo entonces decidir si está loco o tiene razón. Esto me lo enseñó mi padre.
  2. Por muy idiota que te parezca el contrario, seguro que hay algunos puntos en los que podéis coincidir. No te sientas culpable, no hay nada de malo en ello.
  3. Una verdad incómoda vale más que mil mentiras reconfortantes. A esto hay que añadir que es muy probable que la verdad no exista y, de existir, no puedas llegar a conocerla nunca. Vamos avanzando poquito a poco. Esto me lo enseñó Pirrón.
  4. El pensamiento crítico no consiste en atacar ciegamente al otro, sino en evaluar honestamente tus propias creencias.
  5. Tus creencias deben adaptarse a los hechos, no al revés. La duda cons­tante es la única garantía contra el fanatismo. Esto me lo enseñaron los progres, pero no tenían ni idea de que me lo estaban enseñando.
  6. No hay nada de malo en cambiar de opinión. Si nunca cambias de opi­nión, es que no estás aprendiendo nada.
  7. No te preocupes por tener ideas contradictorias. Eso significa que estás pensando.
  8. Que muchos estén de acuerdo en algo no lo convierte en verdad; que pocos lo crean tampoco lo hace falso.
  9. Tú no eres tus ideas. Puedes -y debes-abandonarlas cuando dejan de servirte o encuentras otras más jugosas.
  10. La única rebelión posible es la personal.
Frontispicio, o manifiesto antisistema, 
oda a la anomía

"En tiempos de engaño universal, 
decir la verdad es un acto revolucionario".
GEORGE ORWELL

Vale. Echa un vistazo a esa gasa pálida, ese desgarrón blanco en la piel oscura del cielo. Pareciera que alguien, con la torpeza de un demiurgo atontado, hubiera derramado un vaso de leche sobre la mesa de mármol negro del uni­verso y luego no hubiera terminado de limpiar bien el estropicio, ocupado como estaba con otras cosas más importantes. Así, sin más, nació la Vía Láctea.

Ahora acércate más. Asistirás a una migración de luciérnagas de muchos colores, atascadas para toda la eternidad en el tráfico galáctico. Son más de cien mil millones de soles, cada uno hinchado de orgullo nuclear, girando como peonzas tontas pero bien coreografiadas, en una lenta danza que lleva ensayándose miles de millones de años antes de que llegaras tú. El epicentro de este baile cósmico es un agujero negro: un monstruo hambriento con mo­dales de señorona glotona, que engulle luz y traga soles, planetas y pedacitos de roca ardiente con la sutil elegancia de un cerdito hozando en el barro.

La galaxia es una espiral artrítica, una bailarina vieja y coja con tutú de polvo de estrellas deshilachadas que aún osa girar sobre su eje torcido. Cada brazo de su espiral se curva con enorme pereza, como si intentara rascarse la espalda sin tener muy claro el punto exacto donde le pica. Y todo flota desde la noche de los tiempos en un mar opaco de materia oscura, una sustancia pegajosa que tal vez ni siquiera exista, qué sé yo de estas cosas.

Venga, acércate un poquitito más. Entre tantos soles, estrellas, nebulosas, planetas y cometas, hay una región adormecida, un suburbio galáctico de segunda fila llamado el Brazo de Orión. Tal vez no tenga el glamur pomposo de otros rincones perdidos del cosmos, pero disfruta de un buen clima estelar y de un alquiler gravitatorio decente. Ahí, con cierta dejadez, gira con discre­ción un planeta azul. En el lugar exacto para recibir la energía de su sol sin convertirse en una barbacoa humeante. Un puntito ridículo, humilde, pero bullicioso. El único que, hasta donde sabemos, ha inventado el reguetón, Tin­der, el impuesto de sucesiones y las montañas rusas.

Ese puntito absurdo es la Tierra. Suspendida como una motita intrascen­dente de la ubre de una galaxia que no tiene ni zorra idea de que existimos. Y si lo supiera, seguramente le daría igual. La luz que recibe de su pequeño sol tarda ocho largos minutos en llegar a nosotros. Y desde aquí, cuando mi­ ramos hacia arriba en una noche sin luces de neón y vemos esa cicatriz fosfo­rescente surcando el cielo, sentimos que pertenecemos a algo inmenso.

Pero qué va, es pura ilusión.

Este planeta azul ha sido fragmentado con más o menos éxito por sus habitantes a lo largo de muchas generaciones. Los que tenían la piel blanca se enfadaron con los que tenían la piel amarilla y pelearon por hacerse con una montaña o una estepa pelada. Los de la piel marrón tomaron su por­ción del pastel y la defendieron con uñas y dientes mientras inventaban el cero. Vistos desde arriba, parecen un puñado de hormigueros laboriosos y encabronados. Con el tiempo, esas hormigas idearon estrategias de división más sutiles, basadas en las ideas. Un cacho del planeta por un momento pareció encontrarse a gusto consigo mismo. Sus habitantes se dedicaron du­rante siglos a expandir su supremacía a capa y espada, erigieron edificios deslumbrantes, domesticaron madera y metal para hacerles llorar las más exquisitas melodías, eligieron un dios, escribieron obras prodigiosas, dieron vida al mármol, levantaron fábricas pestilentes, escribieron normas, pelea­ ron por sus derechos y, un buen día, sin avisar, se cansaron y se sentaron a contemplar cómo se desmoronaba su obra.

Pues bien. Ahí se encuentra usted. Acojonado y pagando impuestos. Usted se encuentra aquí. En una sociedad hinchada de contradicciones, una bestia que devora sus propias entrañas mientras sonríe en modo selfi atiborrado de filtros digitales, atrapado en un espejismo bien maquillado.
Hemos adoptado a ciegas la curiosa idea de que, con suficiente esfuerzo, cualquiera puede llegar a levantar su propio imperio. Pero luego llegan los impuestos, las licencias, los trámites eternos, las normas absurdas que pare­cen diseñadas por Kafka para quebrar tu voluntad antes de que puedas ver tu primer maravedí. Y mientras te ahogas sepultado por los formularios, el gran capital sonríe ufano, relamiéndose desde su trono, protegido por leyes que sólo se atreven a castigar a los más débiles.

La meritocracia es otro cuento de niños a la altura del coco y los Reyes Magos. Te has convencido de que, si trabajas duro, llegarás lejos, pero el ta­blero está inclinado desde el principio y trepar por él es una gesta casi impo­sible. Siempre habrá alguien con un apellido más pomposo y con una red de contactos que, a pesar de distar mucho de tu talento y esfuerzo, te supere mil veces en privilegio.
Te quieren fresco como una manzana, motivado y siempre disponible. Apagas el ordenador, pero los correos siguen llegando, las reuniones se acu­mulan, los mensajes fuera de horario son una exigencia disfrazada de compromiso. De los jóvenes se espera experiencia, pero nadie les da esa primera oportunidad. Una paradoja cruel que se resuelve con becas miserables, horas de trabajo que nadie paga y promesas de prosperidad que nunca se materiali­zan en nada.

Mientras nos llenamos la boca con la privacidad, estamos forzados a acep­tar las cookies para leer cualquier página web, y entregamos nuestra alma con un clic. Cada aplicación nos pide permiso para escarbar en nuestra vida, y nosotros, como corderitos digitales, lo aceptamos sin rechistar. No tenemos tiempo, no queremos molestias. Al final, qué coño importa, ¿no? Nuestras fotos, nuestros mensajes más íntimos, los primeros pasos de nuestros hijos, nuestras compras, nuestros movimientos bancarios, qué planta se nos ha muerto porque olvidamos regarla, qué yogur facilita nuestro tránsito intesti­nal, los lugares donde hemos estado, con quién hemos follado, a quién hemos amado, quién nos ha rechazado o quién nos ha contagiado ladillas, nuestros contactos, nuestras filias y fobias, nuestros temores e inseguridades, nues­tras roedoras dudas, todo queda archivado para la eternidad en servidores que no duermen jamás y que cada día parecen entendernos mejor. Protesta­mos cuando las redes nos manipulan, sabemos que son telarañas trenzadas para consumir nuestra atención, y aun así, seguimos ahí, deslizando nuestra vida sin descanso, enganchados al chute infinito de dopamina. Un algoritmo nos conoce mejor que nosotros mismos, nos da lo que queremos antes de que lo pidamos. Nos controla sin que nos demos cuenta, y lo peor es que ni si­ quiera nos importa ya.

Odiamos la mentira, pero no dudamos lo más mínimo en compartirla. Un titular escandaloso, una imagen dudosa, y en un segundo ya está en nuestros perfiles, sin contrastar, sin leer más allá de las primeras líneas. La verdad es aburrida, la farsa entretiene. Y así, absortos en este círculo de hipocresía, se­guimos dando de comer a la máquina que nos aturde día tras día.

La libertad de expresión es el gran eslogan de nuestra época, pero su contrato es una maraña indescifrable de letras minúsculas. Se defiende con uñas y dientes, siempre que las palabras no ofendan a alguien y encajen con primor en la narrativa correcta. Hablar con libertad es un derecho hasta que un tipo cualquiera se siente ofendido. Entonces llegan en tromba las hordas, las antorchas, las cancelaciones, la turba enardecida, los jueces sin toga y los juicios sin abogado defensor. La tolerancia es selectiva, el disenso se paga muy caro. Se puede decir lo que quieras, por supuesto, pero más vale que sea lo que la gente quiere oír.

La corrupción nos indigna, nos hace aullar como licántropos a la luna de las redes sociales. Y cuando por fin llega la hora de votar, regresan de nuevo al cuadrilátero los mismos nombres, las mismas caras macilentas, las mis­ mas arengas adormiladas, las mismas promesas recicladas una y mil veces. Nos engañan, nos roban, nos toman por idiotas..., pero cada cuatro años les damos una nueva oportunidad para hacerlo una vez más. Al fin y al cabo, el otro es peor, siempre habrá una excusa, no hay alternativa, la memoria es frágil y la resignación es un rinconcito mullido en el que cobijarse cual oso cansado que ve llegar el invierno.
El ecologismo se ha convertido en otro eslogan publicitario más que se acuña con entusiasmo en cada botella de plástico reciclado y en cada envase biodegradable que terminará sepultado en el mismo vertedero de siempre. Hemos asumido con naturalidad no exenta de culpa que todavía es posible salvar el mundo comprando más cosas, porque la solución jamás pasará por comprar menos, sino por cambiar de producto y pagar más impuestos. Un coche eléctrico, una banana ecológica, una camiseta de algodón orgánico, un embalaje de papel ecosostenible y paritario, un café recolectado en ex­clusiva por mujeres negras amputadas, un paquete de pajitas de bambú que llega a las estanterías envuelto en cinco capas de plástico. La hipocresía se disfraza de responsabilidad ambiental y, de ese modo, nos permite conciliar mejor el sueño por las noches. Mientras tanto, las ciudades de medio mundo viven bajo un colosal hongo sulfúreo y los verdaderos responsables siguen actuando con total impunidad. 

Las mayores nubes tóxicas no las regurgita tu coche viejo ni provienen de la bolsa de plástico que compraste a regaña­ dientes por quince céntimos en el supermercado porque olvidaste tu saco de esparto, sino de fábricas pestilentes de algún oscuro y remoto rincón del mundo de nombre impronunciable, que producen sin cesar todo lo que compras sin regulación, ni descanso, ni propósito de enmienda. En lugar de afrontar la verdad, asumimos que somos nosotros los culpables, porque la culpa es un negocio enormemente rentable. Te coaccionan para que apagues la luz, para que recicles las botellas de Fanta, para que convivas con la basura cinco días apestando en la terraza, para que cierres el grifo al lavarte los dien­tes; te invitan a comer hamburguesas de grillo licuado, a beber en botellas que no se pueden ni abrir, a usar la bicicleta, a no tirar dela cadena al mear, a que regules tu termostato en el punto justo de la incomodidad, mientras ellos siguen volando sin rubor en aviones privados a cumbres climáticas donde fuman oscuros acuerdos que no tienen intención alguna de cumplir, porque no existe causa noble sin su correspondiente impuesto. Te hacen pagar por tu presunta huella de carbono, te atormentan con tasas ecológicas, pintan rayas de colores en el suelo por donde no puedes circular, te suben los precios con la excusa de un apocalipsis que no llega nunca. No importa el fin último de ese dinero, lo importante es que pagues.

Nos bombardean con campañas contra la obesidad mientras los anaqueles de los supermercados están abarrotados de veneno barato disfrazado de co­mida. Un paquete de galletas cuesta menos que una pera cosechada por un robot y un menú de comida basura es más barato que el muslo de un triste pollo al que han dado permiso para ver el cielo azul. Nos recuerdan que de lo que se come se cría, pero los precios de los alimentos frescos repuntan a diario mientras los ultraprocesados abarrotan las estanterías a precio de derribo. Comer sano es un lujo, alimentarse con basura es la norma. Luego nos explican que todo es cuestión de voluntad, nos amonestan con su dedito acusador para que hagamos mejores elecciones, como si pobreza o falta de tiempo fueran simples excusas de inconsciente pecador. A veces te hacen un descuento para que compres pescado, aunque ese bono ya lo hayas pagado previamente sin rechistar. E incluso das las gracias por tan generosa dádiva.

La salud mental no es más que otro colosal engaño. La teoría asegura desde su púlpito que debemos hablar con sinceridad, cuidarnos, mirarnos a los ojos con ternura, dialogar y ser compasivos, aparcar el móvil y desconectar, pero el mundo gira y gira sin parar al ritmo frenético y desesperado del agota­ miento. La productividad se ha convertido en un demiurgo moderno: traba­jas hasta quemarte como un palo reseco, duermes poco, comes mal, y cuando empiezas a desmoronarte, te recetan mindfulness y apps para gestionar el estrés que te recuerdan con una campanita que te detengas a respirar o te alertan con una leve vibración en tu muñeca de que tu corazón está a punto de colapsar. Si protestas, eres débil; si te detienes, eres reemplazado. Por mucho que nos recomienden hacer footing o ir de acá para allá en bicicleta, las ciudades están diseñadas para los coches, las aceras menguan poquito a mortal. Intentar moverse de forma saludable en un entorno cruel resulta casi subversivo. Todo está diseñado para que fracases y luego te eches la culpa. Porque, al final, siempre es culpa tuya. Y la culpa es rentable.

Hemos aceptado sin rechistar que la educación es el gran motor del pro­greso, pero sólo tenemos acceso a un protocolo apolillado y diseñado para troquelar engranajes dóciles, no ciudadanos críticos. Dicen que quieren que pensemos por nosotros mismos, pero lo que realmente esperan es que re­ pitamos como loros. Memoriza fechas, fórmulas, nombres, siglos, párrafos, listados, definiciones. No cuestiones, no te salgas del guion, ni se te ocurra siquiera buscar más allá de lo que entra en el examen. Pretender ser creativo es un problema, la duda es un obstáculo, y el pensamiento crítico se reduce a marcar la respuesta acertada en un test de opciones múltiples que se corrige con una plantilla. Y allá a lo lejos, al final del tobogán, los resultados académi­cos no dependerán nunca del talento ni de la disciplina, sino de tu código pos­tal. Colegios con tablets para unos, edificios con goteras y manuales viejunos y rancios para otros. Si tienes dinero, acabarás estudiando idiomas, tendrás acceso a la última tecnología, te prepararás para triunfar en el mundo real. Si no, tendrás que conformarte con sobrevivir y te quedará la duda de si no llegaste más lejos porque no te esforzaste lo suficiente. 

Cuando alguien cues­tiona, la reacción es el desprecio. La ignorancia es cómoda, es simpática, es graciosa, es la norma. El que lee demasiado es un bicho raro, el que pretende hablar con propiedad es un pedante, el más informado es un sabelotodo al que pondrá en su sitio a base de zascas un tipo con un avatar de un gato en­furruñado. Nos llenamos la boca despreciando la incultura, pero en el fondo, la inteligencia molesta. Pensar es incómodo. Preguntar es peligroso. Mejor se­guir plácidamente el rebaño e intentar no hacer demasiado ruido.

Luchamos por ser auténticos, por expresarnos tal y como somos, pero el mundo sintético en el que nos zambullimos todos los días es una vitrina fulgurante de vidas editadas al milímetro. Sonríe, retoca, enmarca, usa el filtro adecuado que alinee tus dientes con inteligencia artificial y oculte tus granos bajo una pastosa capa de píxeles. Pretender ser auténtico termina consistiendo en producir una versión curada y aprobada de lo que deseas que los demás crean de ti. Y mientras tanto, la inseguridad se hincha a la sombra de cuerpos irreales, de sonrisas como teclas de piano, de pieles tersas, de ab­dominales protuberantes, de vidas perfectas que no existen más allá de los lindes de la pantalla. Aprendemos a compararnos con espectros digitales y nos preguntamos por qué nos sentimos tan vacíos.

El siguiente de nuestra lista es el amor, el viejo mito que seguimos com­prando en cómodos plazos, aunque hace tiempo ya que hemos dejado de tener fe en él. Compramos historias almibaradas, compramos conexiones profundas, compramos almas gemelas. En la práctica, las relaciones son cada día más frágiles, más fugaces, más transaccionales y más neumáticas. Cada día se parecen más a una compra fortuita en Amazon. Todo es efímero, todo es reemplazable, todo es finito, todo es frágil como el cristal de la pantalla del móvil. Botón izquierdo, aceptar amistad; botón derecho, bloquear contacto. El compromiso asusta, el esfuerzo fatiga, la paciencia se desinfla. Queremos amar, pero sin complicaciones. Queremos sentir, pero sin riesgo. Queremos conexiones, pero seguimos más solos que nunca.

La justicia es otro ideal muy hermoso en el papel, pero que en la práctica se cristaliza en un laberinto burocrático kafkiano en el que la verdad y la razón importan bastante menos que la paciencia y los recursos. Exigimos castigos rápidos, sentencias ejemplares, multas estratosféricas, pero la realidad no es más que un desfile inacabable de expedientes que acumulan mierda de rata y procesos que se alargan hasta que la gente olvida por qué empezó todo o prescriben por la habilidad del prestidigitador que el más rico pueda pagarse. La justicia no es ciega, es lenta, torpe y siempre tiene un precio.

Esta sensación de vacuidad tiene nombre propio: la anomía. Émile Durk­ heim estudió este fenómeno a finales del siglo XIX, al encontrar correlación entre las rampantes cifras de suicidio y los veloces cambios económicos que se sucedieron durante la Revolución Industrial. Durkheim describió la anomía como esa especie de vacío existencial que sufrimos cuando las nor­mas que nos precedieron y nos trajeron estabilidad y propósito se deshila­ chan. Es el caos disfrazado de libertad, el desorden que brota de reglas que ya no significan nada o simplemente no existen. Durkheim trató el tema en su obra "El suicidio" (1897), en la que analizó sociedades que dejaban de establecer límites claros o expectativas coherentes, lo que acababa por precipitar a sus engranajes al vacío. En Occidente, ese concepto sigue estando brutalmente vigente. Nuestras normas son cada vez más difusas y el consumismo y la in­mediatez han reemplazado nuestro sentido de propósito. ¿Cómo no íbamos a sentirnos anómicos? La anomía de Durkheim es la enfermedad del siglo XXI: ansiedad, abismo interior y una desconexión brutal entre lo que queremos y lo que realmente podemos alcanzar.

Y, aun así, el individuo resiste.

Resiste, porque en nuestro interior vive un héroe, ignorante de su propia condición. Atrapado en una maquinaria que lo exprime, lo engaña y lo culpa de su propio desgaste, el héroe sigue en pie. Es un engranaje gastado que sigue girando a pesar de todo. Se levanta cada día en la certeza de que el juego está amañado, de que la baraja se repartió antes de que él se uniera a la timba. Pero no se rinde. Sigue pensando en un mundo que le exige obediencia, sigue cuestionando cuando le piden que se calle la puta boca. Es capaz de hallar la belleza en la ruina, amor en el desencanto, sentido en la lucha absurda de seguir siendo. No busca redención en grandes discursos ni en promesas vacías; su nobleza no necesita ser proclamada, porque existe en cada frag­mento de dignidad cotidiana, en cada rebelión de uno solo. Ya pesar de que la maquinaria exige un engranaje sumiso, a pesar de que la realidad lo empuje al cinismo o la desidia, todavía guarda un fuego cobijado en su interior, un tí­ mido rescoldo de algo que ni el mundo más gris podrá apagar del todo.

Y eso significa que, tal vez, sólo tal vez, aún no está todo perdido.

🔴 LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE - Presentación oficial
 
 
Los engranajes de Occidente, con Fabián C.Barrio. ViOne


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