EL Rincón de Yanka

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martes, 24 de noviembre de 2020

JOHN STEINBECK DE "LAS UVAS DE LA IRA" Y LA LITERATURA DE LA NECESIDAD HUMANIZADORA 🍇😠


John Steinbeck y la literatura de la necesidad.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, en 1962, John Steinbeck (1902-1968) habló de la razón de la literatura. Si no de todas las literaturas, sí de la suya, con estas palabras:
“La literatura es tan antigua como el habla. Surgió de la necesidad humana y no ha cambiado, excepto para hacerse más necesaria. Los escaldos, los bardos, los escritores no son un grupo exclusivo ni separado. Desde el principio, sus funciones, sus deberes, sus responsabilidades han sido decretadas por nuestra especie. (…) Entender y el resolver el temor son gran parte de la razón de ser del escritor. Esta no es una novedad. La encomienda antigua del escritor no ha cambiado”. 

Doy gracias a la academia sueca por encontrar mi obra digna de tan alto honor. En mi corazón puede que haya duda de si merezco el Premio Nobel en vez de los otros hombres letrados por quienes siento respeto y reverencia, pero no hay ninguna duda de mi placer y orgullo en recibirlo.
Es costumbre que el receptor de este galardón ofrezca un comentario erudito o personal sobre la naturaleza y dirección de la literatura. Sin embargo, pienso que sería bueno, ahora en especial, el considerar los notables deberes y responsabilidades de los creadores de la literatura.
Tal es el prestigio del Premio Nobel y de este lugar donde me encuentro, que me siento impulsado a no hablar con agradecimiento y disculpas como un ratón, sino con el rugido de un león por el orgullo que siento de mi profesión y de los hombres grandes y buenos que la han practicado a través de las épocas.

La literatura no fue promulgada por un grupo de sacerdotes críticos, pálidos y emasculados que cantaban sus letanías en una iglesia vacía, ni tampoco es un juego para los elegidos al claustro, los mendicantes de hojalata de un desespero barato.
La literatura es tan antigua como el habla. Surgió de la necesidad humana y no ha cambiado, excepto para hacerse más necesaria. Los escaldos, los bardos, los escritores no son un grupo exclusivo ni separado. Desde el principio, sus funciones, sus deberes, sus responsabilidades han sido decretadas por nuestra especie.

La humanidad ha pasado por un tiempo gris y desolado de confusión. Mi gran predecesor, William Faulkner, al hablar aquí se refirió a éste como una tragedia de temor físico universal, sostenido por tanto tiempo que no hubo ya más problemas del espíritu, de manera que escribir sobre el corazón humano en conflicto consigo mismo pareció ser lo único digno de emprender. Faulkner, más que la mayoría de los otros hombres, estaba consciente tanto de la fuerza humana como de la debilidad humana. El sabía que el entender y el resolver el temor son gran parte de la razón de ser del escritor.
Esta no es una novedad. La encomienda antigua del escritor no ha cambiado. Se le encarga exponer nuestros tantos defectos y fracasos dolorosos, sacar a la luz nuestros sueños oscuros y peligrosos en aras del mejoramiento.
Además, en el escritor se delega para declarar y celebrar la capacidad demostrada que tiene el hombre para la grandeza de corazón y espíritu, para la gallardía en la derrota, para el valor, la compasión y el amor. En la interminable guerra contra la debilidad y la desesperanza, éstas son las banderas brillantes de la esperanza y de la emulación. Sostengo que un autor que no crea apasionadamente en la capacidad de perfeccionamiento del hombre no tiene dedicación ni ningún lugar en la literatura.

El presente miedo universal ha sido el resultado de una ola progresiva en nuestro conocimiento y manipulación de ciertos factores peligrosos en el mundo físico. Es verdad que otras fases del entendimiento aún no han alcanzado este gran escalón, pero no hay razón para creer que no puedan o no vayan a adelantar. Ciertamente, es parte de la responsabilidad del escritor asegurarse de que así lo hagan. Con la larga y digna historia que tiene la humanidad de mantenerse firme en contra de todos sus enemigos naturales, algunas veces en frente de una derrota casi cierta y de la extinción, seríamos cobardes y estúpidos al dejar el campo en la víspera de nuestra mayor victoria posible.
Como podrá entenderse, he estado leyendo la vida de Alfred Nobel, un hombre solitario, dicen los libros, un hombre pensativo. El perfeccionó el estreno de fuerzas explosivas que son capaces de una buena creación o de una destrucción malvada, pero sin tener elección, sin regirse por la conciencia o el juicio.

Nobel vio algunos de los crueles y sangrientos malos usos de sus invenciones. Tal vez hasta pudo prever los resultados finales de todas sus investigaciones: acceso a una violencia absoluta, a una destrucción final. Algunos dicen que llegó a volverse cínico, pero yo no creo esto. Creo que se esforzó para encontrar un control, una llave de seguridad. Creo que la encontró finalmente y sólo en la mente humana y en el espíritu humano.
Para mí, sus pensamientos se reflejan claramente en las categorías de estos premios. Se otorgan en reconocimiento al creciente y continuo saber del hombre y de su mundo, al entendimiento y la comunicación, los cuales son las funciones de la literatura. Se otorgan en reconocimiento a las demostraciones de la capacidad para alcanzar la paz, la culminación de todas las demás.
Menos de cincuenta años después de su muerte, se abrió la puerta a la naturaleza y se nos ofreció la temible carga de la elección. Hemos usurpado muchos de los poderes que una vez fueron atribuidos a Dios. Temerosos y sin estar preparados, hemos asumido señoría sobre la vida y la muerte de todo el mundo de seres vivientes. El peligro, la gloria y la elección reposan finalmente sobre el hombre. La prueba que mide su capacidad para la perfección está a la mano.
Habiendo tomado un poder divino, debemos buscar en nosotros mismos la responsabilidad y la sabiduría que una vez rogamos que tuviera la deidad. El hombre mismo se ha convertido en nuestra más grande amenaza y en nuestra única esperanza. Así que hoy, podemos parafrasear las palabras de San Juan Apóstol: Al final está la palabra, y la palabra es el hombre, y la palabra está con el hombre.

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Su palabra brota de la necesidad, del temor y también de la ira que llevó al título de su libro más universal. Su necesidad de contar nace de un tiempo de penuria e injusticia en su país y de preguerra mundial. Las uvas de la ira se publica en 1939 y su ficción no lo es tanto: está basada en las crónicas periodísticas, sobre la América en tiempos de la Gran Depresión, que Steinbeck escribió para un periódico de San Francisco. Las uvas de la ira narra el sueño roto de la familia Joad, el sueño roto de la emigración. Obligados por el polvo y la sequía y su traducción en hambre y miseria, la familia abandona sus tierras junto con otros tantos compañeros de viaje hacia un destino y una vida mejores que finalmente acaba por no existir. Existe, sigue existiendo, la crueldad, la desposesión, la miseria que, esa sí, nunca parece abandonar a quienes se ponen en camino en busca de un futuro mejor. El libro fue Premio Pulitzer en 1940 y llevada al cine con gran éxito por John Ford.
El comienzo de la novela son las razones de la misma. No aparecen personajes, sino el entorno, una naturaleza hostil que niega sus frutos hasta condenar a quienes intentan vivir allí. Un medio irrespirable e invisible que acabará expulsando a los antiguos moradores. Este es el inicio de Las uvas de las ira:

“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.

En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se agostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.

En las carreteras por donde se movían los troncos de animales, donde las ruedas batían la tierra y los cascos de los caballos la removían, la costra se rompió y se transformó en polvo. Cualquier cosa que se moviera levantaba polvo en el aire; un hombre caminando levantaba una fina capa que le llegaba a la cintura, un carro hacía subir el polvo a la altura de las cercas y un automóvil dejaba una nube hirviendo detrás de él. El polvo tardaba mucho en volver a asentarse”.
Las uvas de la ira tiene un final prodigioso que mezcla el horror y la esperanza: la hija mayor de la familia Joad, que por sus pésimas condiciones de vida acaba de dar a luz a un bebé muerto, amamanta con su leche a un hombre que está agonizando por el hambre. Todas las grandezas y las desventuras de la naturaleza humana en un solo gesto simbólico.

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lunes, 23 de noviembre de 2020

¿CAPITALISMO O MERCANTILISMO? LIBRE MERCADO O PROTECCIONISMO ESTATAL 🏪🏬🏭🏢


Capitalismo Y Mercantilismo: 
No Son Lo Mismo, 
¿Por Qué?
Venezolano, Ingeniero, Liberal y defensor acerrimo del Libre mercado. Adversarion del Colectivismo en todas sus facetas y de aquellos que pretenden hacernos creer en seres humanos ideales y sueños paradisíacos. No hay NADA gratis en la vida
Cui Bono: Frase atribuida al político Romano Marco Tulio Cicerón y que significa ”Quién se beneficia”. Normalmente se aplica a situaciones donde para esclarecer la responsabilidad de un acto, se cuestiona quien se pueda beneficiar de su ocurrencia.

En la entrega pasada te hable del Mercantilismo. Te mencioné que este es una doctrina que supone una economía con alta intervención del Estado y donde este otorga privilegios a algunos particulares, afines del gobierno, para la explotación de los recursos y el emprendimiento de empresas. También te comenté que en respuesta a este sistema de economía centralizada surgieron dos respuestas; la primera el Liberalismo, que proponía un sistema donde la intervención estatal se limitaba a la protección de los derechos de Vida, Propiedad y Libertad de los ciudadanos; y una segunda opción, representada por el socialismo, que, irónicamente, propone la sustitución de este sistema de economía centralizada por una aún peor, pues supone la total intervención del Estado en la economía y en la vida de los ciudadanos.

Increíblemente, a pesar de la oposición ideológica que enfrentaba, el Mercantilismo sobrevivió a los siglos XVIII y XIX. Y no solo sobrevivió sino que permaneció y permanece presente en diferentes grados en la economía mundial. Prueba irrefutable de esta aseveración son las economías de Latinoamérica. Solo basta echarles un ojo a algunos países de la zona para ver esto:

México: Empresas bajo control Estatal (Petroleras, Bancos, Comercializadoras, Aduanas, Salud, Educación…); protecciones arancelarias a productos agrícolas e industriales (evitado el ingreso de competidores que amenacen a los amigos del gobierno).
Venezuela (antes del socialismo): Empresas bajo control Estatal (Petroleras, Bancos, Comercializadoras, Aduanas, Salud, Educación, Minería, Acereras, Compañías de Servicios…); protecciones arancelarias a productos agrícolas e industriales (evitado el ingreso de competidores que amenacen a los amigos del gobierno), subvenciones a la producción, entre otros.

Incluso países más próximos al capitalismo en la región, sufren de este mal:
Chile: La empresa Codelco, la minera más importante de Chile es controlada enteramente por el Estado, así como la totalidad de la producción de cobre del país.
Pero este mal no se limita a Latinoamérica, incluso las economías más próximas al capitalismo sufren de algún grado de Mercantilismo:
Australia: El Estado es dueño de parte de Telstra (compañía de telecomunicaciones) y aplica leyes proteccionistas sobre el vino y algunos otros productos.
EEUU: Aplica políticas de protección arancelaria sobre su producción agraria. Durante la crisis Financiera más reciente, el gobierno impulsó paquetes de rescate para solo algunas de las organizaciones financieras afectadas. Existen paquetes de salvamento para las industrias Metalúrgica y Automotriz entre otras.
CEE: Aplica políticas de protección arancelaria sobre su producción agropecuaria e industrial. Al igual que en EEUU, la Comunidad Económica Europea ha creado paquetes de rescate para bancos, empresas y hasta países miembros (España, Irlanda, Portugal, Grecia). La misma existencia de la Comunidad es cuestionable pues se podría argumentar que su mera existencia responde más a un intento de proteger la producción interna de los países miembros que a establecer mercados libres.

Por favor, entendamos que cada país tiene una economía distinta y por tanto el grado de mercantilismo, socialismo o libre mercado presente es diferente al igual que lo son los resultados económicos que arrojan. Lo que siempre se mantiene invariable es que, a mayor libertad en el mercado, nos encontramos con unas economías más saludables y prósperas.

¿El libre mercado solo beneficia a los empresarios? No, esta es una de las ideas que los socialistas nos han impuesto a pensar. Esto lo lograron haciéndonos creer que Libre Mercado y Mercantilismo son la misma cosa.
En el Libre Mercado, el Estado no tiene poder alguno para afectar la economía y restringir el poder de decisión de los consumidores (valga acotar, todos nosotros). Esto es únicamente posible en el Mercantilismo y en el socialismo. Sin ese poder no se pueden limitar precios ni crear impuestos que favorezcan a algunos; ni reducir los permisos de explotación de cierto producto a solo unas pocas licencias para mantener a un mercado cautivo; ni crear aranceles que impidan el ingreso de competidores; ni tampoco expropiar empresas para ponerlas al control del gobierno; ni pare usted de contar. Y si ninguna de esas cosas se puede hacer, ningún empresario sanguijuela del Estado se puede beneficiar y por tanto ningún político puede comprar favores de ellos y a los primeros les tocara competir para ganar al mercado.

La naturaleza humana -y con esto no es que desee justificar pero si tratar de entender- tiende a buscar la resolución de los problemas de la manera más fácil; por tanto, la gran mayoría de los empresarios, trataran de ganar favores de los políticos de turno para así introducir regulaciones en la economía que los favorezcan y les eviten el tener que competir contra otros empresarios. Trataran que el gobierno, forcé de alguna manera al mercado a solo comprarles a ellos lo cual les dará poder sobre los precios y reducirá los requerimientos de calidad sobre sus productos. Por esta razón es que muchas veces en los países donde el Mercantilismo es rey, encontramos poca variedad de productos, de muy mala calidad y a precios exorbitantes en comparación con productos similares en países de economías más libres.

Estemos claros de algo: los empresarios no son socialistas. Ninguno de ellos quiere que sus empresas les sean expropiadas, salvo que ellos sean partícipes del gobierno (se han visto casos). Pero tampoco son Capitalistas (al menos no en su mayoría) pues el tener que competir les da como asco. Lo que muchos de ellos no toman en cuenta es que el Mercantilismo, si bien es defendido como política económica por un grupo de derecha conservadora (especialmente en Latinoamérica), es desde el siglo XIX, y bajo el auspicio de la socialdemocracia, el caballo de Troya que utilizan los socialistas en su camino al socialismo puro.

La socialdemocracia, por su parte, surgió como alternativa al socialismo revolucionario, proponiendo lograr los mismos objetivos de este último, mediante un proceso paulatino de reformas. Para los socialdemócratas, el Mercantilismo resulto ser un instrumento ideal, pues tiene ese marco de ideas intermedias que le permiten una transición paulatina de una economía libre a una socialista. La socialdemocracia, ha tenido cierto grado de evolución, y su semejanza con el socialismo varían de partido a partido sin que esto implique que sus ideas intermedias entre libertad y colectivismo no resulten invariablemente en una recaída de la economía y la sociedad hacia la debacle socialista si no se ven frenadas por instituciones liberales serias.

A la final del cuento, con mercantilistas, la población general pierde su poder de decisión como mercado, para beneficio temporal de algunos empresarios y en detrimento de sus libertades para la paulatina acumulación de poder en manos de los políticos.

Y entonces, Qui Bono


NO ES, NI MUCHO MENOS, LO MISMO
¿Capitalismo o mercantilismo?

Con el estallido de la presente crisis, se ha dicho que el capitalismo ha muerto. Se trata de un error que reconocen hasta los gobiernos que han nacionalizado parcial o totalmente bancos que fracasaron dentro del sistema mercantilista que prevalece en el mundo, pues han dicho que los venderán (privatizarán) en cuanto limpien sus finanzas.


El capitalismo es una cosa y el mercantilismo, otra bien distinta. En un sistema mercantilista el Gobierno manipula el precio del crédito (los intereses), y con su monopolio controla la oferta de dinero. Por si fuera poco, con extensas regulaciones vigila las operaciones financieras, no tanto para proteger derechos como para proteger intereses. Para colmo, los empresarios pierden la mesura, pues confían en que el Gobierno les salve de sus errores.
Ante la confusión existente, conviene aclarar los términos. Una de las definiciones de capitalista remite al individuo que posee un capital. Una segunda define al partidario del sistema económico conocido como capitalismo. Así las cosas, hay muchos capitalistas de la primera especie que no son capitalistas de la segunda; y a la inversa. Es decir, que hay poseedores de capital que no respaldan el sistema capitalista y hay defensores del mismo que no tienen capital.
Es común la creencia de que una persona que tiene capital está necesariamente a favor del sistema capitalista. Pero lo cierto es que muchos capitalistas que han hecho fortuna dirigiendo empresas planificadas desconfían del mercado, pues ven en él lo descontrolado. Y es que el mercado no es una organización planificada, como un negocio, un ejército o una iglesia, y no tiene objetivos definidos. El mercado es el resultado espontáneo de la acción humana, pero no del diseño humano. Cada participante tiene sus propios planes.
El mercado surge espontáneamente allí donde se respetan los derechos individuales; por cierto, llamamos libertad al ejercicio de los mismos. Esos derechos son, principalmente, el derecho a la vida y a la integridad; a escoger ocupación, religión, lugar de residencia; a disponer con exclusividad de lo legítimamente adquirido; a exigir el cumplimiento de los contratos libremente pactados. Los límites los impone el respeto a los derechos de los demás, que son los mismos.
Por conveniencia propia, hay que respetar el derecho del otro a hacer las cosas a su manera, incluso a competir con nosotros. Esto no es necesariamente del gusto de algunos capitalistas; los de la primera acepción que hemos manejado, pues lo consideran una amenaza a su seguridad económica. Por eso con frecuencia buscan algún privilegio que disuada a los demás de competir con ellos.

Eso no es mercado ni capitalismo: su nombre correcto es mercantilismo, sistema que ya combatía Adam Smith en el siglo XVIII.

domingo, 22 de noviembre de 2020

¿DÓNDE ESTÁN (ESCONDIDOS O NINGUNEADOS) LOS INTELECTUALES CRISTIANOS? POR MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ 🔥


¿Dónde están (escondidos o ninguneados) 
los intelectuales cristianos?


«Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino»
Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?.
Mi impresión es la contraria: Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable. ¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también.
Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? (la COPE, la radio de la Iglesia en España).
Trece TV (el medio de televisión de la conferencia episcopal española), que ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.
¿Por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de Ratzinger, Brague, Girard? Confieso no saber si serían lucrativos pero lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual.
Hace tres días el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario "El Mundo" una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».
«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.
Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.
Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.
Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?
Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.
¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.
En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?
No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?
Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.
Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.