EL Rincón de Yanka

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sábado, 3 de octubre de 2026

LIBRO "LOS MAGOS DE LA OSCURIDAD": LOS SEÑORES DEL PODER: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y TECNOCÉSARES por CRISTINA MARTÍN JIMÉNEZ


LOS  MAGOS  
DE  LA  
OSCURIDAD

Los nuevos señores del poder:
inteligencia artificial y tecnocésares

Una denuncia de las élites tecnológicas que aspiran a rediseñar la sociedad, concentrar el poder y decidir el destino de millones de personas.
¿Y si la revolución tecnológica que vivimos no estuviera cons­truyendo un futuro mejor, sino preparando un nuevo sistema de poder basado en el control, la vigilancia masiva y la guerra?
¿Y si figuras supuestamente comprometidas con el progreso de la humanidad, como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Peter Thiel o Alex Karp, estuvieran impulsando la lla­mada «Ilustración Oscura», un movimiento que propone el re­greso a unas estructuras políticas antidemocráticas y totalitarias, en las que la inteligencia artificial sea «el ojo que todo lo ve» y «la mente que todo lo decide», destruyendo nuestro conoci­miento y los avances de la civilización?
Cristina Martín Jiménez desvela los planes de la nueva élite del poder que, carente de códigos éticos y morales, está po­niendo en jaque las democracias y aspira a sustituirlas por un modelo de gobierno totalitario controlado por una minoría privi­legiada. Una transformación que amenaza la libertad, la igualdad, la justicia, la ciencia y el conocimiento que, en última instancia, conduce a la aniquilación de la esencia del ser humano.

INTRODUCCIÓN

Creo que una de las cosas más subversivas 
que uno puede hacer en nuestra sociedad 
es tratar de pensar por uno mismo.
 PETER THIEL

En marzo de 2016, por las vibrantes calles de Roma comenzaron a correr extraños rumores acerca de la llegada del Anticristo. No, no me lo estoy in­ventado... Y no hacía falta que lo anunciara ningún periódico. Roma siempre ha tenido sus propios canales de información: los pasillos, las sacristías, los cafés, las sombras del Vaticano y esa mezcla tan italiana de fe, miedo y po­lítica. Mientras el mundo moderno fingía haber enterrado las profecías bajo capas de progreso, allí, en la ciudad que ha visto caer imperios, coronar Papas y ocultar secretos, volvía a pronunciarse una palabra que nunca desaparece del todo: Anticristo.

El protagonista de aquella escena no era un predicador descalzo ni un iluminado de plaza pública. El magnate estadounidense Peter Thiel, uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta, se paseaba por la Ciudad Eterna, henchido de orgullo y envuelto en un secretismo casi litúrgico, anun­ciando su particular «buena nueva» a todo aquel que quisiera escucharla. Mejor dicho, al reducido grupo de elegidos que tuvieron la dicha de asistir a las charlas de este nuevo y oscuro «profeta» de nuestro tiempo. Ni el lugar exacto de los encuentros ni la lista de invitados fueron revelados pública­ mente. Tampoco se permitió el uso de teléfonos móviles ni de dispositivos de grabación en las sesiones, no vayamos a confundir la «palabra de Belcebú» con un irrelevante concierto de Rosalía o de Taylor Swift. Hay misterios que deben protegerse del vulgo.

Resulta difícil no reparar en el escenario elegido para hablar de esta especie de Apocalipsis 2.0. Roma, con sus ruinas, sus iglesias, sus símbolos impe­riales, sus mármoles y sus pasillos de poder. Roma, la ciudad en la que se tejieron algunos de los hilos más enraizados de la civilización occidental y a escasos metros del Estado del Vaticano, sede central del gobierno de la Iglesia católica y residencia de los Papas desde 1377. Nada era casual. En hombres como Thiel, casi nada lo es y la puesta en escena también forma parte del mensaje. Porque Peter Thiel no solo acumula fortunas; también acumula re­latos. Y sabe perfectamente que, en nuestro tiempo, quien controla el cuento controla mucho más que una conversación; controla el marco mental desde el que millones de personas interpretarán el mundo. Mientras unos siguen creyendo que el poder se ejerce desde los Parlamentos, otros llevan años ejerciéndolo desde los medios de comunicación, las universidades, los fon­ dos de inversión, los laboratorios de microdatos, las empresas de seguridad y las tecnologías aplicadas a la guerra. Palantir Technologies, su criatura más conocida, no es precisamente una anécdota en esta historia. Es una pista. Y bastante luminosa.

Si vas a diseñar un nuevo mundo, necesitas un nuevo relato, mejor aún, toda una Biblia. ¿Y dónde mejor que Roma para a escribirla? ¿Dónde poner el primer ladrillo de su «Tecnópolis» sino en el corazón del símbolo, en el alma del imperio que inspiró a los posteriores? Consciente de que toda civilización necesita una cosmogonía fundacional, el «tecno-san Pedro» -Peter es Pedro en inglés; hasta en su nombre hay símbolo- sabe que no basta con levantar una nueva estructura de poder: necesita una fe, un dogma, una promesa de salvación y un enemigo al que combatir y condenar. El nuevo Pedro ya no edificará su Iglesia sobre la roca, sino sobre el silicio.

El caso es que la fecha sigue conectando con imperios antiguos, ciudades sagradas y guerras de poder. Apenas unos días después de que, el 28 de fe­brero, la Administración Trump y el Gobierno de Benjamín Netanyahu bombardearan Irán, Peter Thiel se preparaba para hablar del fin de la civilización, del fin de la democracia, del fin de la religiosidad y la espiritualidad, del fin de la libertad y de la justicia... En definitiva, del fin del ser humano como prota­gonista de progreso y de vida. Lo interesante es que, por lo poco que sabemos, Thiel y sus seguidores hablan de la llegada del Anticristo como una amenaza que nada tiene que ver con ellos -ni con sus empresas ni con el mundo que están construyendo-y dela que, por tanto, debemos protegernos. Es decir, nos alertan de que el Maligno está a la vuelta de la esquina y de que debemos prepararnos. Seríamos tontos si no lo hiciéramos. A fin de cuentas, como dice el refrán, el que avisa no es traidor. A la humanidad le espera un futuro pla­gado de lacras y sufrimiento-nos viene a decir Thiel-, a no ser que optemos por ceder nuestra dignidad y nuestra capacidad crítica para someternos a los designios de quienes saben lo que está sucediendo -o está a punto de suce­der- y, sobre todo, lo que nos conviene. La vieja táctica de todos los poderes ilegítimos: asustar primero para decretar después. Presentar la obediencia como protección. Convertir la sumisión en prudencia y vender la jaula como refugio. Él lo explica con una solemnidad calculada:

En nuestro presente hay fuerzas incesantes, más o menos ocultas, comprome­tidas en destruir lo que queda del Occidente que nos es querido e hipotecar el des­tino de la humanidad y su dignidad.

La frase suena grave. Incluso hermosa, si uno no la mira demasiado de cerca. Pero conviene hacerse algunas preguntas. ¿Cuáles son exactamente esas «fuerzas incesantes y ocultas» a las que se refiere Thiel? ¿De qué modo se «hará carne» el Anticristo? ¿Y en qué rostro podremos reconocerlo? ¿En el del político, en el del regulador, en el del crítico, en el del ciudadano que todavía se atreve a preguntar?

No es fácil responder a estas cuestiones porque al secretismo se añade una jerga pseudoteológica difícil de descifrar. Pero el fondo empieza a distin­guirse con bastante nitidez. Para Thiel, el Anticristo no parece ser la deshu­manización tecnológica, ni la vigilancia masiva, ni la concentración obscena de poder en unas pocas compañías privadas, ni siquiera la conversión de la vida humana en datos explotables. No. Para Thiel, el Anticristo es todo lo contrario de lo anterior: cualquier intento de limitar o cuestionar el avance tecnológico.

El Anticristo puede ser un Gobierno que pretenda regular el uso de las redes sociales. Puede ser un legislador que pregunte qué se hace con los datos de millones de ciudadanos. Puede ser un usuario de ChatGPT que denuncie que la información ofrecida por la inteligencia artificial es incorrecta, ses­gada o directamente falsa. Puede ser un periodista incómodo. Un profesor crítico. Un juez. Un Parlamento. Una ley. El Anticristo puedes ser tú.

Dicho de otro modo: para uno de los hombres más poderosos de la Tierra, el Maligno se encarna en todo aquel que le lleve la contraria o le critique y, por si alguien se atreviera a dudar, en la democracia en su conjunto, porque -a pesar de todos sus defectos y corrupciones- la democracia exige delibe­ración, límites, controles y responsabilidad, y es el sistema que mayor pen­samiento crítico y regulación requiere para funcionar. Es decir, todo aquello que molesta profundamente a quienes prefieren un mundo gobernado por la velocidad del dinero, la opacidad de los algoritmos y la ley del más fuerte.

No deja de ser fascinante observar que los mismos que convierten la liber­tad en un dato, la identidad en un perfil -o en una variable sociológica- y la política en una arquitectura invisible de control nos pidan que confiemos en ellos para salvarnos del mal. Porque lo que Peter Thiel calla es que, en realidad, quienes están «hipotecando el destino de la humanidad y su dig­nidad» son él mismo y toda la tribu de tecnocésares que planean convertir su palabra «divina» en hechos. Y para ello, cómo no, recurren a esta suerte de «mensaje» pseudorreligioso que parece ser el resultado de una borrachera delirante. Saben bien que «la fe mueve montañas» y, sobre todo, que los principios religiosos y civilizatorios, como la justicia, la bondad, el amor y el respeto al prójimo promueven conductas éticas y morales que moldean las normas sociales y las decisiones políticas de los Estados. Conceptos pasados de moda, piensan Peter Thiel y sus compañeros de farra nocturna. Ya hemos tenido bastante amor y respeto al prójimo durante dos milenios. Ahora ha llegado el momento de crear nuevos dioses a los que adorar y nuevos tiranos a los que obedecer. Y se han puesto manos a la obra.

En resumidas cuentas, de lo que se trata es de crear el caldo de cultivo adecuado para imponer una agenda plutocrática dirigida a acabar con las formas de gobierno tradicionales -democracia o dictadura- y sustituirlas por la tiranía de las élites tecnológicas y económicas, carentes del menor có­digo ético o moral. Y para ello, qué mejor que construir y difundir una nueva teoría -con tintes religiosos- que dé sustento a sus macabros planes de dominio. A fin y al cabo, en eso consiste la llamada «Ilustración Oscura», un movimiento reaccionario que propone un retorno a construcciones sociales y formas de gobierno -basadas en las monarquías absolutas- propias del Antiguo Régimen y la Edad Media, como el feudalismo y el vasallaje. Eso sí, con ellos, los tecno-oligarcas, en la cima, como dueños y señores del Orbe, de­cidiendo cómo hemos de pensar, sentir y comportarnos todos los demás.

En realidad, y como veremos en las siguientes páginas, los creadores y ejecutores de esta macabra teoría del apocalipsis obedecen a la misma fuerza motora que ha guiado el mundo desde sus inicios: la sed de poder... y el miedo a perderlo. No les basta con haber acumulado millones de dólares volviéndonos a todos adictos a las redes sociales y a sus productos tecnoló­gicos, sino que ahora aspiran a atemorizarnos con la llegada del Anticristo si no nos sometemos a sus planes de aniquilación. Porque, en última instancia, el objetivo es acabar con el libre albedrío que nos define como humanos para construir un «Estado mundial en red» dirigido por los tecno-oligarcas de Silicon Valley y por empresas que, como Palantir, controlan todos nues­tros datos y, a través de modelos de inteligencia artificial, nos espían -como ocurre con el famoso ICE (Servicio de Control de Aduanas e Inmigración de Estados Unidos), encargado de vigilar y expulsar a los migrantes que pre­viamente introdujeron como experimento geopolítico-, nos evalúan y nos condenan al exterminio ya la guerra. Pero Thiel también tiene miedo. ¿A qué teme? A perder sus 27.000 millones de dólares y a morir. Ni siquiera en la Ciudad Eterna entendió que él también es mortal.

En las siguientes páginas haremos un recorrido por las sombras más os­ curas del poder, por ese vasto territorio que ni se ve ni se oye abiertamente, aunque lo cierto es que su inconfundible hedor nos llega a todos. Mientras escribo estas páginas, me entero de que el ideario político de Palantir Technologies se resume en una de las noticias más llamativas que ha abierto un informativo en la televisión: «Mili universal y obligatoria, la tecnología al servicio de la guerra, impunidad para los líderes y la religión interviniendo en la política». O sea, que ya no se esconden, porque, como les ocurre a los gánsteres, su soberbia les impide mantener en secreto sus fechorías durante demasiado tiempo y siempre terminan presumiendo de sus conquistas. Ellos tienen el poder, así que ¿para qué seguir ocultándolo? Como veremos, esta siniestra y opaca compañía colabora directamente con Donald Trump, Ben­jamín Netanyahu, la OTAN, la Unión Europea y los Gobiernos de Ucrania y de muchos países de Hispanoamérica -aunque habría que preguntarse quién colabora con quién y quién rinde cuentas a quién- en sus aventuras bélicas, actuando como el cerebro de inteligencia artificial encargado de seleccionar los objetivos automáticamente, ya sea un enclave militar oculto en las mon­tañas, ya seamos nosotros en el salón de nuestras casas. Es decir, estamos ante la empresa encargada de sembrar la muerte y la destrucción donde más daño provoque.

No nos engañemos: la mal llamada guerra de Irán en ningún momento buscó acabar con el régimen de los ayatolás y llevar la democracia y el res­ peto por los derechos humanos a la principal potencia islámica de la región. La conquista del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, es sin duda una pieza codiciada del tablero. Pero ahí no termina la partida. No. La guerra, en realidad, no es solo contra la soberanía de los iraníes, sino contra todos nosotros: contra nuestra libertad, contra nuestros valores, contra nuestra capacidad de pensar, opinar y decidir.

•••

Tecnología versus ser humano. Inteligencia artificial versus inteligencia humana. Tecnotiranía versus democracia, justicia y derechos humanos... Sé que parece una distopía, pero es real y está pasando ahora. No se trata de que las máquinas se rebelen y actúen contra las personas por propia iniciativa, como ocurre en multitud de libros y películas de ciencia ficción -y como al­gunos pretenden hacernos creer-, sino de cómo unos cuantos humanos han configurado -y lo siguen haciendo- la «inteligencia» de las máquinas (la IA) para actuar contra la civilización, acabar con ella y, a continuación, cons­truir desde cero su nueva Tecnópolis.

De este pequeño grupo de humanos nos ocuparemos en este libro. Todos tienen en común que son hombres-me pregunto dónde quedan las mujeres en su esquema mental- que dominan y controlan la tecnología y que tie­nen un ilimitado afán de control e influencia política. Están asentados en el corazón más oscuro del poder y anhelan manejar a su antojo todos los hilos que mueven el mundo. Nos pueden parecer locos o, en el mejor de los casos, excéntricos, pero lo cierto es que sus planes -y las consecuencias de estos­ están pensados al milímetro.

En la primera parte hablaremos de algunos viejos conocidos, esos «chi­cos» de Silicon Valley que llegaron para quedarse y abrir una senda que tarde o temprano todos recorreríamos, pese a las consecuencias nefastas que ha traído consigo: adicciones, abusos, suicidios, crímenes, desinformación, censura, adoctrinamiento masivo... Personajes como Elon Musk (X, SpaceX, Neuralink, xAI y Grok) o Mark Zuckerberg (Meta; es decir, Facebook, Insta­gram, WhatsApp y ahora Meta Al) aparecieron en escena a finales del siglo xx y principios del XXI para cambiarnos a todos la existencia2.. En un abrir y cerrar de ojos se convirtieron en multimillonarios y sus decisiones comen­zaron a mover los cimientos de nuestras vidas con el uso masivo de Internet y las redes sociales. Pero aquello solo era el inicio... Faltaba el siguiente golpe, que ellos mismos, junto con otros «eminentes colegas» (Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, o Sundar Pichai, CEO de Alphabet y Google), se encargaron de dar: el desarrollo de la inteligencia artificial y, con ella, la construcción de un nuevo orden mundial cognitivo diseñado a su gusto. Ellos mandan, censuran, crean opinión, programan algoritmos, ponen y quitan Gobiernos, intervienen en elecciones, declaran guerras y manejan a su antojo a los líderes políticos que se ponen a tiro, hayan salido o no de las urnas.

Como compañeros inevitables de los «chicos» de Silicon Valley aparecie­ron otras figuras que supieron aprovechar la coyuntura para dictar su doc­trina. Me estoy refiriendo a esos otros magos de la oscuridad que, desde sus particulares «tecnopúlpitos», se encargan de teorizar, de convertir sus haza­ñas y aspiraciones en programas políticos y de justificar sus acciones cons­truyendo un marco pseudofilosófico que nos conduce irremediablemente a la nada. Me estoy refiriendo a personajes como Peter Thiel y Alex Karp (fundador y director general, respectivamente, de Palantir Technologies), y de Curtis Yarvin y Nick Land (padres ideológicos de la Ilustración Oscura), de quienes hablaremos en la segunda parte del libro. Todos ellos invierten millones de dólares, dan charlas, aconsejan, financian campañas políticas, escriben libros de éxito -o, en su caso, blogs en Internet con millones de seguidores-y, loquees más importante, introducen en nuestro imaginario colectivo cuál es la dirección que debe tomar el mundo y el papel que en él desempeñará el «tecnohumano» que diseñan.

Como en mis libros anteriores, lo que propongo a mis lectores es un acto de reflexión tras conocer los datos. Y los datos (y las biografías de los pro­tagonistas) hablan por sí mismos. El orden mundial surgido del final de la Segunda Guerra Mundial ha colapsado y, como ocurre con todas las caídas definitivas, estas traen catástrofes y, al mismo tiempo, oportunidades. Ellos predican las ruinas. Nosotros estamos llamados a responder, porque nos en­contramos en la antesala de una nueva era regida por un tecnofeudalismo voraz e insaciable.

Para los protagonistas de este libro, el ser humano es el principal obstáculo del progreso tecnológico, por lo que debe ser «superado» y «mejorado». Para ello cuentan con la biomedicina y la inteligencia artificial, una herramienta que no deja de crecer, que se alimenta de sí misma -y de nuestros datos y conocimientos- para construir un mundo sin alma, sin sentimientos, sin principios. Es la era del transhumanismo (nos detendremos en este asunto en la tercera parte del libro), esa que algunos visionarios ya nos anunciaron en sus novelas distópicas, como George Orwell y su 1984; Aldous Huxley y su Un mundo feliz, o la mismísima Mary Shelley y su maravilloso Frankens­tein o el moderno Prometeo.

Lo que parecía el producto de la más pura fantasía se está convirtiendo en realidad, una realidad inmoral e inquietante -por no decir aterradora- que debemos conocer para hacerle frente.

viernes, 2 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA CIUDADELA" (THE CITADEL), 1938 🏙

 LA CIUDADELA 
(THE CITADEL)

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NOVELA DE A. J. CRONIN: La conmovedora lucha de un médico contra la corrupción del sistema sanitario en la Europa de entreguerras. El primer trabajo de Andrew Manson, un joven médico idealista, es en un pueblo minero de Gales donde se enfrentará a todo tipo de problemas médicos y humanos. Más tarde, cuando se traslade a Londres, el materialismo hará cambiar, momentáneamente, su visión de la vida, que recuperará gracias a la integridad de su mujer y sus amigos.
La Ciudadela es una novela poderosa y provocadora escrita por A.J. Cronin, publicada por primera vez en 1937. Ambientada en un pequeño pueblo minero galés, la historia sigue la vida y la carrera del Dr. Andrew Manson, un joven y ambicioso médico que sueña con marcar la diferencia en el campo de la medicina. A medida que Manson se enfrenta a los desafíos y dilemas éticos de la práctica médica, se desilusiona cada vez más con el sistema de salud corrupto y movido por el lucro del que forma parte. 

La novela es una crítica mordaz de la profesión médica y de los efectos deshumanizadores del capitalismo en la atención médica. Explora temas como la ambición, la ética, la clase social y la lucha por la integridad en un mundo dominado por la codicia y el poder. A través del viaje de Manson, la novela plantea importantes interrogantes sobre el propósito y la responsabilidad de los profesionales de la salud, el papel de la medicina en la sociedad y las concesiones morales que las personas pueden verse obligadas a hacer en busca del éxito. La Ciudadela es una obra que invita a la reflexión y conmueve profundamente, desafiando a los lectores a meditar sobre los valores y las prioridades que dan forma a sus propias vidas. 

Es una historia atemporal y universal que sigue siendo relevante y conmovedora en el mundo actual, donde el acceso a la atención médica, su asequibilidad y la ética continúan siendo objeto de intensos debates. Con sus personajes ricamente desarrollados, su trama apasionante y su poderoso mensaje, La Ciudadela es una novela clásica que continúa inspirando y provocando a los lectores más de 80 años después de su publicación inicial.

5 lecciones clave de La Ciudadela

1. Los escollos de la profesión médica: La Ciudadela pone de relieve la corrupción y los dilemas éticos presentes en el campo de la medicina. El protagonista, el Dr. Andrew Manson, se enfrenta a desafíos al lidiar con la burocracia y la codicia que imperan en el sistema de salud.
2. La importancia de mantenerse fiel a los propios ideales: A lo largo de la novela, el Dr. Manson lucha por mantener su integridad profesional y su ética en medio de las presiones sociales. La importancia de mantenerse fiel a la propia brújula moral es un tema clave en La Ciudadela.
3. El impacto de la clase social y el estatus: La novela explora el impacto de la clase social y el estatus en las oportunidades y el éxito de una persona. El ascenso del Dr. Manson en el campo de la medicina está influenciado por sus contactos y su capacidad para adaptarse a las normas y expectativas sociales.
4. La búsqueda de la felicidad personal: La Ciudadela profundiza en el tema de la felicidad y la realización personal. La búsqueda del éxito y el reconocimiento profesional del Dr. Manson se contrapone a su lucha por encontrar la verdadera felicidad y satisfacción en su vida personal.
5. El poder de la redención y el autodescubrimiento: La novela enfatiza, en última instancia, el poder de la redención y el autodescubrimiento. El camino del Dr. Manson hacia la autoconciencia y el crecimiento personal transmite un poderoso mensaje sobre la importancia de la introspección y la superación personal.

"EL TRABAJO DE UN MÉDICO NO ES PARA ENRIQUECERSE SINO PARA AYUDAR A LA HUMANIDAD".
"La mayor alegría en la vida es la satisfacción de saber que has marcado una diferencia positiva en la vida de otra persona".
"El ejercicio de la medicina requiere una mente aguda, una mano firme y un corazón compasivo".
"La práctica de la medicina es un trabajo en equipo, y el éxito solo se puede lograr mediante la colaboración y la comunicación entre todos los miembros del equipo de atención médica".
"La vida es un regalo precioso, y es deber del médico hacer todo lo que esté a su alcance para preservarla y protegerla".
"Un médico debe tener la humildad de reconocer sus propias limitaciones y el valor de buscar ayuda y consejo cuando sea necesario".


Andrew Manson, un joven médico que consigue su primer empleo en una población minera de Gales, se entrega al cuidado de trabajadores enfermos y gentes oprimidas. Las circunstancias, sin embargo, acabarán poniendo a prueba sus principios morales.

Excelente película, como excelente es su director King Vidor —poco conocido por esta obra "La ciudadela" y mucho más por otras cuyas historias resultan menos profundas o esenciales, como son el caso de "Duelo al sol" (1946), "El manantial" (1949), "Pasión bajo la niebla" (1952), "La pradera sin Ley" (1955) o "Salomón y la reina de Saba" (1959); sólo supera a "La ciudadela", por la enjundia y contenido, su film más laureado con toda razón "Guerra y paz" (USA 1956)—.
La película es una estupenda exposición crítica de las componendas, sinvergonzonerías e intereses creados que se dan en la profesión médica, válida no ya sólo para la primera mitad del siglo XX (tiempo en que se sitúa la historia), sino también para antes de esas fechas, para nuestros días, e igual y por lo que vemos continuamente para las décadas que aún no han llegado.

King Vidor nos narra fílmicamente, de manera espléndida, contundente y sobrecogedora, la vida de un médico desde que llega a su primer destino en una aldea, después de titularse como facultativo, con los problemas primeros de novato inexperto, con las adversidades que representan la gente ignorante o malintencionada y el medio en que hay que trabajar, con las luchas sostenidas con los propios colegas y sus círculos acotados donde no quieren que nadie les haga sombra ni perder sus cotas de poder, etc.
Es decir, una magnífica película que debían de pasarle en el primer año y de nuevo en el último, a los estudiantes que quieren licenciarse en medicina (al menos para que tengan constancia imantadora y magnífica de lo que son los primeros ideales de la profesión, y que el protagonista encarna de forma magistral, además de las tentaciones de hacer del ideal un negocio para enriquecerse y sobre todo para que observen bien a las claras qué es moral médica, o si lo prefieren, qué es ética médica).

En definitiva, y como K. Vidor bien hace decir a la mujer del médico protagonista, en un momento en que éste ha perdido todos sus ideales y dignidad humanitaria, habiendo caído en la práctica médica sólo como negocio y modo de enriquecerse: «Tu trabajo no es ganar dinero, sino ayudar a la Humanidad.»
"La ciudadela" es de las mejores y más concienciadoras películas, que pueden hallarse en la historia de la cinematografía, sobre el tema de profesionales médicos y el ejercicio de la medicina ya con moral ya con inmoralidad. Maravillosa película que hace llorar de emoción y que vista una vez les aseguro guardarán como una joya y volverán a ver complacidamente numerosas veces más; o sea una verdadera obra de arte.

El film suma drama, romance, crítica social y medicina. Explora las dificultades con la que se ha de enfrentar un médico recién licenciado a causa de su inexperiencia, la ignorancia de la población a la que asiste, la fuerza de los prejuicios colectivos y las inercias que obstaculizan la aceptación de nuevos remedios y nuevos métodos de diagnóstico. Por lo demás, el idealismo y la intransigencia propios de la juventud pueden suscitar la hostilidad de algunos colegas deseosos de evitar problemas, amparándose en prácticas y corruptelas inconvenientes: prescripción de medicinas que no curan y no perjudican (pero gustan a los enfermos), demora del anuncio de diagnósticos alarmantes (foco de tisis), etc. Otros peligros son la ofuscación que producen la fama y el éxito y las tentaciones que genera la codicia. Las reflexiones sobre las obligaciones del médico y los peligros que le acechan tienen una validez que va más allá de los profesionales de la medicina. Son de aplicación a todas las profesiones y a todo tipo de profesionales.
Para la correcta interpretación del film se ha de tener en cuenta que se refiere a una etapa temporal anterior a la reforma sanitaria que se aplica en el RU tras la IIGM, durante el gobierno laborista de Clement Attlee (1945-51) con la creación, gestionada por el ministro de sanidad Aneurin Bevan, del National Health Service (NHS).

DEONTOLOGÍA Y ALEGATO

“Te conocí con la esperanza en la mirada 
y arrojo en el corazón”

Si hay algo que me haya producido desencanto en la vida, es encontrar a tres excompañeros de la universidad, con los que pregonábamos la justicia social y la transparencia en el ejercicio de nuestra educación, matriculados dos de ellos después, en rancios y corruptos partidos políticos, y el tercero haciendo de médico en uno de esos hospitales donde la honestidad apenas entra por una rendija. Ver a un par de amigos, con los que compartí experiencias alrededor del arte en el que nos movíamos ávidos de despertar conciencias y elevar el nivel cultural de nuestro pueblo, haciendo de pastor, el uno, en una desvergonzada iglesia, y el otro sirviendo a un laboratorio de fármacos donde cuenta vender pero nunca sanar; y mayor desencanto me ha producido, ver a uno de mis exalumnos a quienes tanto insistí sobre el carácter y la dignidad, y sobre el respeto a sí mismos y hacia los demás, trabajando para una de esas empresas donde ganar dinero es lo único que cuenta… y hasta lloré, el día en que descubrí a una preciosa alumna que ahora estaba prostituyéndose.

¿Qué es lo que nos cambia? ¿Qué es lo que nos arranca ese esplendoroso brillo que teníamos en la mirada con el cual podíamos ver amorosamente a cada ser humano? ¿Qué es lo que nos saca de la luz y nos mete en la oscuridad como si en esta hubiera esperanza alguna?

En “LA CIUDADELA” hay algunas respuestas. King Vidor ha hecho un filme directo, objetivo y basado en hechos reales, pues el autor de la novela, el escocés A. J. Cronin (Archibald Joseph Cronin, 1896-1981) fue un médico cirujano graduado con honores y quien ejerció en lugares como los que vemos en la película pues, algo de ficción, pero mucho de autobiográfico resplandece en ella, y el objetivo era mostrar como, una ciencia nacida para servir a la humanidad y no para llenarse de dinero, en adelante ha funcionado completamente a la inversa. De no ser por una tomas con back-projection donde se evidencia demasiado el proceso, creo que “LA CIUDADELA” hubiera sido una película perfecta. Pero, en cualquier caso, es imprescindible.

Se trata aquí de un médico, Andrew Manson (muy bien representado por el estupendo Robert Donat) quien junto a su gran amigo, Philip Denny (magnífico Ralph Richardson), comienza un ejercicio limpio y consecuente de la medicina, pero cansado después de las limitaciones y de la obtusa oposición que encuentra en sus proyectos, se deja seducir por una particular oferta donde, con algo de maña, trabajando en un particular equipo, y sabiendo cobrar a quienes se puede cobrar, es muy fácil llenar una caja de caudales y poder acceder a todos los lujos que nos ofrece el mercado.

Vidor trata a sus personajes con la mayor altura, no hace juicios, no condena a nadie -excepto a un personaje que colma la tasa del atrevimiento- pero la denuncia está ahí, directa y muy precisa. Y cuanto nos duele saber que, ¡77 años después de escrita la novela y 76 de realizada la película “LA CIUDADELA”!, las cosas siguen peor y la medicina es cada vez un negocio más oportunista, excluyente e infame, con un espíritu de servicio elevado a la mínima potencia.

Me llega al alma la frase que, Philip, tiene el valor de decirle a su amigo Andrew en un momento crucial: “El mundo está lleno de miserables, pero cuando tu mejor amigo se une a ellos, eso es lo que duele… y en realidad duele mucho”.


👉LA CIUDADELA, 1938  👈

jueves, 1 de octubre de 2026

MIGUEL PALOMO: POR QUÉ CARLOS BLANCO DEJÓ DE CREER EN DIOS (Y POR QUÉ SE EQUIVOCA)


Por qué este SUPERDOTADO
dejó de creer en Dios (y por qué se equivoca)

Tenemos más cosas en común. Por ejemplo, nacimos el mismo año y ambos hemos sido investigadores visitantes en Harvard. Pero algo nos diferencia nuestra visión sobre Dios y esa diferencia la vamos a analizar en cinco errores que comete Carlos. Vamos a ello. 

Número 5, ¿Qué es Dios para Carlos Blanco?

CARLOS BLANCO: 
- Sería otro tema. O sea, yo por eso me planteo que es Dios. 
Para mí sería el límite asintótico en las aproximaciones que la mente humana podría y una mente superior humana podría tener a la realidad absoluta. O sea, que no tuvieras una mente infinita, no tendrías el sistema infinito. 

MIGUEL PALOMO: 
- Imagina líneas, una recta que representaría a Dios y una curva que representa a los humanos y, que se acerca infinitamente, a la línea recta sin tocarla nunca. Nos vamos acercando a la realidad absoluta conforme nuestra inteligencia crece, pero nunca llegamos. Yo sería el punto de llegada imposible, el límite matemático al que apunta la serie de números, pero que ningún término alcanza. Bien, la imagen es bonita, pero tiene dos problemas que no son menores:

El primero, Carlos está confundiendo el conocimiento de dios con Dios mismo, que yo no pueda conocer toda la realidad, no dice nada sobre si Dios existe o no. Son dos preguntas distintas. De hecho, la imagen implica que él está viendo ambas líneas desde fuera, desde un punto de vista objetivo. Pero si su imagen es real y nunca llega a ver la línea divina, nunca llega a ver a Dios, ¿cómo sabes que te acercas sin tocarlo? El límite que él señala habla de las cosas que podemos conocer como humano. Es un concepto epistemológico. No habla de lo que existe de verdad, que sería un concepto ontológico, así lo llamamos en filosofía. Son cosas distintas. 

El segundo problema más sencillo pero más grave. Este "dios" de la curva no hace nada. Es una línea quieta que no se mueve, no crea, no ama, no se revela, no resucita a nadie. Es una abstracción matemática disfrazada de teología. Si Dios es solo el límite de lo que podríamos conocer, entonces la palabra dios no está haciendo referencia a Dios, sino a nuestra ignorancia. En el cristianismo esa línea no se queda quieta esperando a que tú te acerques. Es Él quien se acerca, quién se revela y quién nos llama. 
Llamar a Dios, el límite asintótico de la realidad absoluta, es poético, pero no funciona. A este error le doy una poesía sobre 10. Las flores son rojas, el cielo es azul. El límite asintótico, un sin sentido y Dios sigue ahí, aunque no lo veas tú.

Número cuatro, reducir el cristianismo a ética. 

CARLOS BLANCO:
- Y entonces me he quedado más con el sermón de la montaña, podríamos decir, ¿no? Con el mensaje central de Jesús en las bienaventuranzas y ciertos principios éticos. Ni siquiera Jesús, para mí, es definitivo, ni Buda ni nadie.
Al final, siempre tenemos que seguir buscando la esencia del cristianismo.
Para mí, sería la capacidad de crecer espiritualmente, mediante el amor, ¿no? O sea, y entonces, eso, yo creo, que es un mensaje universal para crecer en todas dimensiones. Pero, o sea, yo el cristianismo lo veo como un idealismo, como un gran humanismo idealista.

MIGUEL PALOMO: 
- Quedarse con el sermón de la montaña y descartar a Jesús como lo definitivo, me parece que algo así, no cuadra. El mismo Jesús que era el sermón de la montaña, dice ser el hijo de Dios, dice perdonar pecados y anunciar su resurrección. C. S. Lewis lo explicó muy claramente: "No puedes quedarte con la bienaventuranzas y tirar el resto, como si fuera un embalaje inservible". 
Si Jesús era un gran maestro de moral, entonces necesariamente es Dios. Y me explico: ¿Te imaginas a un gran maestro de moral que decía mentira?

Si su moral es buena y verdadera, entonces no mentía. Y si no mentía, entonces tienes que aceptar que Jesús es quien dijo ser. Aquí hay un error de comprensión del cristianismo. Carlos dice que la esencia del cristianismo es crecer espiritualmente mediante el amor. Suena genial, pero es falso. La esencia del cristianismo, la enuncia Pablo sin rodeo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Primera de Corintios 15:14.
Sin ese hecho, la resurrección, el sermón de la montaña es un bello poema que en realidad no serviría para nada. A este error le doy un tres sobre 10. El tres es por aceptar el sermón del monte, aunque sea solamente porque dice cosas bonitas. 

Número tres, la presunción del ateísmo.

CARLOS BLANCO:
- La carga de la prueba recae en el que dice que existe Dios, ¿no? En el que lo afirma. Digamos que habría una presunción de ateísmo en parte. Eh, evidentemente, si tú me dices que existe eh un unicornio en la otra habitación, pues me lo tienes que demostrar. 

MIGUEL PALOMO:
- Vamos, que la opción por defecto es ser ateo y que quien diga que Dios existe es él quien tiene que demostrar algo. El ateo no tiene que demostrar nada. Eso es falso. Tanto ateos como cristianos tienen que demostrar su punto central. El teísta tiene que justificar a un dios. El ateo tiene que justificar un universo que se sostiene solo, sin fundamento, sin razón de ser, surgido de la nada o existente desde siempre por pura casualidad cósmica. 

Él mismo afirma en el vídeo que quizá el universo existe porque sí, sin causa. Eso no es el pensamiento por defecto para nada. Si el universo es así, hay que demostrarlo. Y para justificar su visión, Carlos pone el ejemplo del unicornio. No es la primera vez que aparece este ejemplo. Ya salió en el vídeo donde refuto a la gata de Schrödinger que os dejo aquí. Y ahora vais a entender perfectamente por qué sale siempre el unicornio en estas conversaciones. Carlos dice, "Si tú dices que existe un unicornio en otra habitación, demuéstramelo".
Lo gracioso con este ejemplo es que siempre se utiliza algo que todos sabemos que no existe, como el unicornio, por lo que la propuesta, ese demuéstramelo ya resulta absurdo desde el inicio. O sea, que Carlos ya presupone que eso que queremos demostrar no existe por defecto. Pero Dios no es el unicornio de la habitación de al lado. Dios es la respuesta a la pregunta, ¿por qué hay habitación? ¿Por qué hay algo en lugar de nada? No se trata de preguntar por un objeto más dentro del universo. Se trata de preguntar por el fundamento del universo entero. Son preguntas de distintos nivel y el ejemplo del unicornio lo que hace, quizás sin darse cuenta, es ridiculizar al teísta. A este error le doy un rinoceronte sobre 10. Se parece al unicornio, pero al menos el rinoceronte existe. 

Número dos, el relativismo de la religiones.

CARLOS BLANCO:
- Incluso cuando era un super católico de niño, yo quería siempre estudiar pues la India, Egipto, China, otras religiones, otras formas de ver a Dios. Pero claro, esa diversidad de perspectivas me hizo también relativizar, contextualizar y ver, bueno, pues que hay muchas ideas del cristianismo que no son originales, que hay un proceso histórico, que luego muchas no son tan consistentes como parece cuando las analizas racionalmente. 

MIGUEL PALOMO:
- Aquí hay un error que se disfraza de apertura de mente y es que la pluralidad de respuesta a una pregunta no implica que toda respuesta sea falsa. Por ejemplo, ¿os imagináis a alguien diciendo que la medicina es falsa porque existen la alquimia, la homeopatía y el curanderismo? Creo que nadie en su sano juicio afirmaría algo así. O también, que haya muchos bares haciendo arroz con cosa no invalida a la paella valenciana.
Dicho de otro modo, la existencia de alternativa no es un argumento contra ninguna de ellas en particular. De nuevo, C. S. Lewis, que como Carlos conocía muy bien las religiones comparadas, señaló exactamente lo contrario, que los mismos temas aparezcan en religiones de culturas distintas y aisladas, no desdice al cristianismo, sino que más bien sugiere que hay algo real que distintos pueblos han estado intentando alcanzar. Esto nos lleva a una diferencia crucial que Carlos pasa por alto: El cristianismo no es una cosmología ni un sistema ético que haya que comparar con otros sistemas éticos. 
Es una afirmación histórica concreta: que un hombre llamado Jesús de Nazaret murió y resucitó al tercer día. Eso tiene testigos, eso tiene textos datables. 
Y ahora comparemos con otras religiones. El budismo te puede traer paz interior, el taoísmo te puede enseñar a fluir, pero ninguna de esas tradiciones compite contra una afirmación histórica. Es decir, el cristianismo no se refuta encontrando otras religiones. Solamente se puede refutar demostrando que la tumba de Jesús estaba vacía. A este error le doy un buffet libre del hotel sobre 10. Hay de todo, está todo muy rico y al final no te alimenta de nada.

Y llegamos al esperado número uno, el agnosticismo como postura superior. 

CARLOS BLANCO: 
- Ante esa abundancia de ignorancia y ese exceso de expectativas, prefiero mantenerme en el en el agnosticismo.

MIGUEL PALOMO:
- Y llegamos al argumento central: Carlos presenta el agnosticismo como la postura más honesta, más valiente y más racional. Pero esto no es así. Veréis, hay dos tipos de agnósticos: están los que no han dedicado esfuerzo en resolver estas cuestiones y se decantan por el agnosticismo por comodidad o por vagos, porque claro, no es nada importante todo esto, es solo el punto que define toda tu vida, toda tu cosmovisión y tu futuro. Vamos, nimiedades. 
Y también están, segunda opción, los que han reflexionado, han estudiado mucho sobre estas cuestiones y no llegan a tomar partido. He conocido a muchísimos de los primeros, y a muy pocos, de los segundos.

Puedo contarlo con los dedos de una mano. El caso de Carlos Blanco es el segundo, pero hay algo en común para todos los agnósticos. Prácticamente todos piensan que su posición es intelectualmente superior a la de un creyente y a la del ateo. Y aquí está el problema: El agnosticismo no es una postura neutral por el simple hecho de estar en medio. Estar entre dos opciones no te hacen más sabio que quienes han elegido una. El árbitro no juega mejor que los jugadores, simplemente no juega.

Y cuando la pregunta es sobre el fundamento de tu propia existencia, no jugar también es una decisión, probablemente una decisión terrible.
Vamos, que el agnosticismo es una postura extraordinariamente cómoda, no te compromete con nada. Puedes admirar la mezquita y la catedral, quedarte con el sermón de la montaña y descartar la resurrección, definir a un dios como un límite asintótico y seguir buscando indefinidamente, sin llegar a ninguna parte. Es la postura perfecta, para alguien que quiere todas las ventajas estéticas e intelectuales de la religión, sin ninguna de sus implicaciones. Pero claro, hay una diferencia entre seguir buscando, porque la verdad importa y seguir buscando porque nada te convence, porque quizás esperabas otra cosa de la religión o porque quizá querías llegar a una conclusión y resulta que esa conclusión cambia tu estilo de vida y tu visión de las cosas. El propio Carlos lo reconoce sin querer cuando dice que le cuesta creer por cuestiones científicas, filosóficas e históricas. Esas son exactamente las cuestiones que los apologistas llevamos 2.000 años respondiendo. Que no le hayan convencido es legítimo. Que las declare irresolubles, ya es otra cosa. A esta postura le doy un árbitro sobre 10. Muy respetado, está en el campo y lo ve todo, pero nunca, nunca, nunca mete un gol. 

Conclusión, Carlos Blanco es un tipo muy interesante al que le guardo mucho respeto, pero sus argumentos a favor del agnosticismo no soportan un análisis riguroso. En su vídeo veo a alguien con una inteligencia extraordinaria que paradójicamente usa esa inteligencia para construir una postura que no le lleva a ningún lado.

Hay un constante, yo creo, para mí, yo, yo, yo... Y al final, en lugar de presentarnos datos razonables sobre Dios, Carlos nos deja solamente con su opinión. Es la opinión de alguien que sí es muy inteligente, pero que comete errores como todo el mundo y cuyos argumentos no le llevan demasiado lejos, ni hacia el ateísmo ni hacia el cristianismo. Pero aquí no nos interesan las preferencias personales, lo que nos interesa es la Verdad. Y atención, porque Carlos Blanco dijo más cosas en sus charlas. Dijo, - "¿Cuál es la mayor prueba a favor y en contra de la existencia de Dios?". 
Esto da para otro vídeo. Si queréis que reaccione a sus palabras, decídmelo abajo en comentarios, os leo. Recordad que este contenido no lo vais a encontrar en ningún otro canal, por eso no olvidéis... Recordad que todo apunta a adiós.

El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende:
al menos no puede comprender nada de lo que entiende.
A mi no me parece que entiende, porque -como digo- no se entiende.
¡Yo no acabo de entender esto! 
 Santa teresa de Jesús

Creer en Dios no es pensar a Dios; Creer en Dios es sentir a Dios. 
(Y el que siente es el corazón) 
Pascal

Todo el que cree, piensa.
Porque la fe, si lo que cree no se piensa, es nula. 
 San Agustín

Lo mejor que podemos sentir es el lado misterioso de la vida.
Este es el sentimiento que se encuentra en el fondo
del arte y de la verdadera ciencia.
Quien no puede sentir asombro 
ni sorpresa está como muerto.
Sus ojos se apagaron. 
 (Albert Einstein)

La cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio. 
Es la fuente de todo verdadero arte y ciencia. 
Aquél a quien esta emoción le es extraña, 
que no puede hacer una pausa para meditar 
y permanecer en un rapto de asombro, 
está tan bien como muerto: sus ojos están cerrados." 
[Albert Einstein (1879-1955), físico alemán, Premio Nobel de Física 1921]

La experiencia más bella
que tenemos las personas es el misterio. 
 Albert Einstein

Por qué este SUPERDOTADO dejó de creer en Dios (y por qué se equivoca)

"Experto" intentó DEMOLER EL CRISTIANISMO. Le salió mal.
ANTONIO PIÑERO, EL HABLAPAJA.