EL Rincón de Yanka

inicio














jueves, 29 de octubre de 2026

LIBRO "LA GUERRA CONTRA EL PASADO": Por qué Occidente debe luchar por su historia por Frank Furedi


LA GUERRA 
CONTRA 
EL PASADO

Por qué Occidente debe 
luchar por su historia

El pasado está siendo atacado. La cultura de la cancelación y la política identitaria distorsionan nuestra relación con la historia, socavando nuestra identidad, debilitando la conexión entre generaciones y condicionando nuestro presente.
Desde la cancelación de figuras históricas y la eliminación de estatuas hasta la reescritura de la historia en universidades y museos o la manipulación del lenguaje, el sociólogo Frank Furedi pone en evidencia cómo las instituciones de Occidente han adoptado una narrativa de autodesprecio que amenaza con borrar los cimientos mismos de nuestra civilización. 
Furedi nos invita a resistir el ataque a la memoria colectiva y a recuperar la confianza. Una lectura para quienes creen que lo que nos precedió no debe ser un relato de vergüenza, sino un legado del que aprender y enorgullecerse.
PREFACIO

Este libro nació en octubre de 2020, en una calle a miles de kilómetros de donde vivo. Eran casi las 21.00 horas en Portland, Oregón, cuando la policía municipal tuiteó que se había congregado una multitud en la esquina de Southwest Park Avenue y Southwest Madison Street. «Algunos están intentando derribar una estatua con una cadena», advirtieron. Al cabo de una hora, Abraham Lincoln había sido arrancado de su pedestal, asesinado por segunda vez. Las imágenes se difundieron rápida­ mente en internet y llegaron hasta mi ordenador en Inglaterra.

Los agitadores responsables de este absurdo acto de vandalismo me recor­daron a los antiguos linchamientos, aunque con una diferencia. Su objetivo era la estatua inanimada de alguien que había muerto hacía más de un siglo. Era como si hubieran invadido el pasado para vengarse del presente.
Y, sin embargo, me pareció que este arrebato no era más que la culminación de una nueva forma de iconoclasia, una mucho más siniestra que el derribo de otros símbolos importantes del pasado. Como explico en este libro, todo el legado histórico de la civilización occidental se ha convertido en un campo de batalla. 

La profanación de Lincoln fue solo un punto álgido.

En los siguientes capítulos se sostiene que lo que está en juego en este con­flicto no podría ser más importante. Porque, cuando el pasado está contami­nado, resulta casi imposible dotar de sentido la vida de las personas del pre­sente. 
El objetivo de este libro es explicar por qué hay que derrotar la Guerra contra el Pasado.

INTRODUCCIÓN

No hubo declaración formal de guerra. No hubo disparos. Ni si­ quiera salió en las noticias locales. Pero, desde luego, en algún momento del siglo XXI, se inició una Guerra contra el Pasado.
¿Quiénes fueron los culpables? Es difícil identificarlos. Los partisanos que apoyan el asalto al legado de la civilización europea no son miembros de un partido. No han declarado ningún objetivo de guerra y nunca han formulado un plan estratégico explícito. Además, son un grupo heterogéneo, una coali­ción de intereses y movimientos dispares.

En una época anterior, la década de 1990, cuando la primera oleada de la movilización estaba tomando forma, el historiador inglés J. C. D. Clark advirtió en contra de que se representase la promoción de este conflicto como «fruto de una gran conspiración». Escribió que era «fruto de mil actos independientes y con una remota relación entre sí, movidos por premisas generalmente asimiladas». No obstante -sostenía Clark-, a pesar de sus diversos y descoordinados impulsos, constituyó un «proyecto distintivo de desheredación histórica».

Como argumentaré en los siguientes capítulos, la hostilidad hacia el pa­sado evolucionó poco a poco y después, de repente, su intensificación fue ar­bitraria, sin ninguna reflexión seria a largo plazo. El empleo de la palabra gue­rra para explicar el intento sistemático de producir la desheredación histó­rica no es solo metafórico. En la práctica, esta guerra conduce a la disminu­ción de la autoridad del pasado, al descrédito de su legado y al asesinato del alma de aquellas comunidades cuyo estilo de vida lo apuntala la cultura europea.

El principal argumento de este libro es que el principal motor de las Guerras Culturales es una tácita Guerra contra el Pasado. A veces, los partidarios de estas Guerras Culturales contra la civilización occidental se comportan como si este peligroso territorio siguiera representando una amenaza para el mundo contemporáneo. Su constante ataque al legado del pasado -sus sím­bolos físicos, sus valores y sus logros- parece una frenética cruzada moral que intenta que la gente se avergüence de sus orígenes y de quiénes son. En efecto, los guerreros culturales han abierto un segundo frente para hacerse con el dominio en cómo se contempla el pasado.

El objetivo de anular el legado de la civilización occidental se persigue reorganizando la memoria histórica de la sociedad y cuestionando y deslegitimando sus ideales y sus logros. Para cumplir este objetivo, los activistas tratan de borrar la distinción temporal entre el presente y el pasado. No se recuerda ninguna época en la que se haya dedicado tanta energía a reajustar el pasado y cuestionar y criticar figuras e instituciones históricas. A veces, parece como si la frontera entre el presente y el pasado hubiera desaparecido, ya que los activistas la cruzan como si tal cosa e intentan solucionar los pro­blemas contemporáneos reajustando lo ya sucedido.

La cruzada contra el pasado ha tenido un éxito notable a la hora de alejar a la sociedad de su historia. Las instituciones públicas y privadas retratan sin cesar el pasado de sus comunidades con los colores más tenebrosos. Ya no hace falta animar a las instituciones educativas y culturales a pedir per­dón por prácticamente todo lo ocurrido en el pasado. Incluso los logros más espectaculares de la civilización humana, desde la filosofía griega hasta la revolución intelectual de la Ilustración y los inventos científicos de la mo­dernidad, son ahora denunciados de forma habitual por su supuesta relación con la explotación y la opresión. 
La representación del pasado a través de un relato que destaca su faceta malévola, opresiva, explotadora y maltratadora no se limita a un pequeño número de historiadores que buscan aparecer en los titulares. La frecuencia con la que se narra la historia como un cuento sobre la degradación humana indica que, en la cultura popular, el pasado ha adquirido ahora el estatus de «malos viejos tiempos».

Cualquiera que visite una galería o un museo se expone enseguida a los inquietantes recordatorios sobre la malévola influencia del pasado. Existe un auténtico ejército de arqueólogos del agravio cuya función es acusar a los objetos expuestos de algún tipo de afrenta. Cualquier pintura u objeto creado en los siglos XVIII o XIX tiene muchas posibilidades de estar directa o indirec­tamente relacionado con el colonialismo o la trata de esclavos. En la Burrell Collection de Glasgow se exponen los recordatorios más extravagantes de las fechorías de la historia. Una nota adjunta a un busto de un joven romano en bronce, fechado entre el 100 a.C. y el 100 d.C., dice: «Los artistas romanos copiaron a los escultores griegos, que utilizaban fórmulas matemáticas para calcular las proporciones que ellos consideraban las perfectas. 

Esto se ha uti­lizado de forma indebida para difundir ideas racistas sobre las proporciones ideales del rostro». Esa absurda atribución de motivos racistas a la escultura de las proporciones faciales en la Antigüedad indica una verdadera adicción cultural a deshonrar los logros del pasado. Un comentario condescendiente sobre un busto en bronce de un joven romano, en sí mismo, no tiene mayor importancia, pero si se colocan recordatorios similares de injusticias históricas junto a otros muchos objetos expuestos en un museo, los espectadores salen con una historia muy clara y negativa del pasado.

Como veremos en capítulos posteriores, incluso algunas de las contribu­ciones más inspiradoras a la historia de la humanidad han sido el blanco de activistas malintencionados y decididos a vaciar el pasado de cualquier rasgo redentor. Los profesionales de la historia acusadora se han empeñado en envenenar la reputación de la Ilustración, y afirman que fue «desde el principio una empresa racista». La toma del pasado como blanco ha tenido un éxito notable. Las obras de teatro y las películas históricas representan de manera invariable el legado de la civilización occidental, en particular su componente angloamericano, bajo una luz muy poco favorecedora. El pa­sado se reescribe de forma anacrónica de acuerdo con el manual contempo­ráneo de la política identitaria.

Las instituciones públicas y privadas han asumido acríticamente la causa de la descolonización, y se regodean en el descubrimiento de su propio pasado «Vergonzoso». Ahora, interiorizar la descolonización sirve como re­ presentación de la virtud, y se ha convertido en un ritual obligatorio para cualquier institución que desee demostrar que sigue perteneciendo a estos tiempos. Lo único que le falta a la cruzada contra el pasado es añadir la pala­bra «santa». Pensemos en el comunicado «En apoyo de la descolonización en los museos» de la Asociación de Museos del Reino Unido. En él se señala que «en un momento en el que la historia está bajo más escrutinio que nunca, es vital que los museos participen en debates y recapaciten sobre su propio papel histórico en el Imperio». Se añade que «seguiremos cooperando con los museos para apoyarlos en este camino».

Uno de los objetivos de este libro es explicar por qué «la historia está bajo más escrutinio que nunca». No cabe duda de que así es, o al menos eso parece. Sin embargo, si se examina más de cerca, resulta evidente que escrutinio es el término equivocado para referirse al actual proyecto de reescritura del pa­sado. El Oxford English Dictionary define escrutinio como una investigación e indagación crítica. Sin embargo, hay poca investigación genuina y, desde luego, el obsesivo intento devengarse del pasado no tiene nada de crítico.
La expresión «inmensa condescendencia de la posteridad», del historiador social inglés E. P. Thompson, es mucho más adecuada que «escrutinio» para referirse al actual proyecto de deslegitimación del pasado.

En los capítulos siguientes me referiré a la actual obsesión por escudriñar el pasado como la «arqueología del agravio». Aparentemente, la arqueología del agravio se dedica a desenterrar injusticias y fechorías históricas que exi­gen la expiación de instituciones y actores en el aquí y ahora. Los guerreros culturales justifican su proyecto alegando que las injusticias del pasado que ellos desentierran tienen consecuencias para la vida actual de numerosos colectivos identitarios. Sin embargo, la arqueología del agravio no consiste solo en excavar datos o acontecimientos hasta ahora desconocidos. Se trata sobre todo de replantear el pasado de acuerdo con los valores y objetivos de la política identitaria actual. A través de una interpretación retrospectiva de la historia, el comportamiento y las acciones de los individuos y grupos que habitaron el mundo hace cientos e incluso miles de años se convierten así en una ofensa para las sensibilidades actuales. De este modo, se veta a figuras históricas clave del canon de los grandes.

Pensemos en el caso de Immanuel Kant, uno de los filósofos más influyen­ tes de la era moderna. Si creemos a los arqueólogos del agravio vinculados al movimiento de la descolonización, Kant no es más que otro racista común y corriente. Es más: ese sambenito se les ha colgado a casi todos los filósofos importantes de la Ilustración de los siglos XVII y XVIII. A juicio de los gue­rreros culturales, Locke, Hume, Hegel y Kant son culpables. Sin duda, estas personas compartían muchos de los prejuicios de la sociedad del siglo XVIII, pero también desarrollaron la perspectiva universalista que los llevó a dotar de significado el ideal de la igualdad humana. Kant, por ejemplo, se opuso sin ambages al colonialismo y al comportamiento de las potencias europeas conquistadoras, y advirtió que introdujeron «la represión de los nativos, la incitación a los diferentes Estados de llevar a cabo guerras extendidas, el hambre, la rebelión, la infidelidad y como sea que siga la letanía de todos los males que afligen al género humano». Sin embargo, para los arqueólogos del agravio, no importa que la ética de Kant sea un útil recurso para defender la dignidad moral y el valor de todos los seres humanos. Lo que importa es que su lenguaje, su postura y su comportamiento quebrantan las normas recién talladas en piedra y consagradas en las guías del lenguaje virtuoso que ma­nejan las instituciones angloamericanas del siglo XXI.

Con todo, la Guerra contra el Pasado no es solo un conflicto que afecte a las palabras. También conlleva el acto físico de eliminar símbolos del pasado. The Guardian se refiere a este devenir de los acontecimientos como «guerra de las estatuas», aunque no solo se derriban, desfiguran o retiran estatuas. Como se explica en el cuarto capítulo, en las bibliotecas se le ocultan al público los libros problemáticos y, en algunos casos, se destruyen. Incluso la quema de libros ha hecho su indeseable vuelta. Objetos valiosos de im­portancia histórica son ahora «problemáticos» y se presentan al público con un tono de menosprecio. El mundialmente famoso British Museum está tan preocupado por las repercusiones de su colección «problemática» que ha de­cidido brindar «apoyo emocional» a su personal y ayudarlo a añadir alertas de detonante a su archivo.

Los niños y los jóvenes son los principales destinatarios de la represen­tación del pasado como una historia de vergüenza. Desde muy corta edad, están sometidos a una forma de educación que pretende distanciarlos mo­ralmente de su legado cultural y privarlos de un sentimiento de orgullo por su pasado. En el Reino Unido, a los niños de primaria de tan solo cinco años se les imparten clases sobre el «privilegio blanco» al estilo de Estados Unidos. A los profesores se les da instrucciones para evitar la enseñanza de «relatos sobre salvadores blancos» durante las clases sobre la esclavitud, y así restan importancia al papel de abolicionistas blancos como William Wilberforce.

Esas victorias no se deben a la coherencia intelectual ni a la eficacia orga­nizativa de los partidarios de la cruzada. Por supuesto, movimientos como Black Lives Matter contribuyeron a este ahistoricismo febril. Pero su éxito se apoyó, en gran medida, en un ambiente cultural ya existente a favor de su objetivo. Una de las características más sorprendentes y fascinantes de la Guerra contra el Pasado es la relativa falta de resistencia ante ella. En el Reino Unido, los sucesivos regímenes -la mayoría de ellos conservadores- llevan dos décadas negándose a responder al asalto al patrimonio británico. Esta renuencia a luchar por nuestra historia constituye un verdadero acto de trai­ción cultural.

Una razón importante por la cual la Guerra contra el Pasado ha logrado calar en el zeitgeist (espíritu de época) actual es la postura defensiva adoptada por los en­ cargados de mantener y transmitir el legado de la civilización occidental. Visto en retrospectiva, es evidente que algunos sectores de la clase dirigente cultural y política llevan algún tiempo distanciándose de la tradición y el legado histórico de su sociedad. 

A finales del siglo XX, numerosos obser­vadores llamaron la atención sobre la incómoda relación que la cultura occidental había desarrollado con su legado histórico. Como expliqué hace más de treinta años en Mythical Past, Elusive Future: History and Society in an Anxious Age, los estamentos culturales y políticos de las sociedades occi­dentales ya eran demasiado conscientes de que habían perdido el contacto con su pasado. La mayoría de los principales analistas de la década de 1970 se dieron cuenta de que ya no existía una versión comúnmente aceptada del pasado. El distanciamiento social con respecto al pasado era un síntoma de la deriva moral general que aquejaba a la sociedad en esa década. 

Ese sentir lo captó bien el pensador transatlántico Stanley Hoffman en 1979, cuando, en su disertación sobre la «desaparición del pasado», advirtió que «debido a la velocidad y al salvajismo de la historia, no solo hemos perdido el contacto con el mundo que nos precede; además parece que ese mundo dijo muchas cosas que resultaron ser falsas y, por tanto, no tiene nada más que decirle al europeo medio». Numerosos observadores se hicieron eco de la convicción de Hoffman de que los líderes de la sociedad occidental se habían distanciado de sus propias tradiciones culturales.

Cuando Hoffman reflexionó sobre si «hay una Europa, hubo un pasado y habrá un futuro», expresó una honda preocupación por los principales pensadores de todo el espectro político. La consciencia de que Europa había perdido el contacto con su pasado y, por tanto, estaba desorientada sobre su lugar en el mundo, dio lugar a algunos intentos desganados por reafirmar sus tradiciones culturales. Resultó ser la última vez que el establishment po­lítico de Europa Occidental democratacristianos, conservadores y liberales - intentó en serio «Volver a lo básico», reavivar la tradición legada por la historia y actuar conforme a ella. Desde el principio, la campaña «Back to Ba­sics» (De vuelta a lo básico) de 1993 del primer ministro británico John Major fue objeto de burla. La rapidez con que se le puso un bochornoso fin era una señal de que no había nada «básico» a lo que volver.

Hubo pequeños grupos de intelectuales conservadores que intentaron luchar en la retaguardia contra la alienación de la sociedad respecto a su pa­ sado histórico. En Historia de la idea de progreso (1980), el sociólogo conser­ vador estadounidense Robert Nisbet puso de relieve lo que para él constituía la trágica consecuencia de que la sociedad se hubiese desvinculado física y moralmente de su pasado. Presentaba una visión histórica sombría en tér­minos maniqueos: 

«En ningún periodo de la historia occidental, ni siquiera durante la Edad Media, ha habido una falta de confianza y una hostilidad contra las instituciones fundamentales tan agudizada como la que vivimos los hombres occidentales de la segunda mitad del siglo XX», advirtió. Al otro lado del Atlántico, la que pronto sería primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, también dio la voz de alarma: 

«Asistimos a un ataque deliberado contra quienes desean promover el mérito y la excelencia, a un ataque deliberado contra nuestro patrimonio y nuestro pasado, y hay quie­nes carcomen nuestra autoestima nacional, y reescriben la historia británica reduciéndola a siglos de fatalidad, opresión y fracaso sin paliativos, a unos tiempos de desesperanza, y no de esperanza».

El diagnóstico de Nisbet y Thatcher sobre la amenaza a la que se enfrenta­ ban las tradiciones históricas de sus sociedades era acertado. Sin embargo, esa amenaza era mucho menos grave y omnipresente que en la actualidad. Si vivieran ahora, los dos se sentirían muy conmocionados por lo profunda que es la animosidad dirigida hacia el pasado.

Cuando estallaron las Guerras Culturales en la década de 1980, los defenso­res intelectuales y culturales del pasado se estaban convirtiendo con rapidez en una especie en peligro de extinción en el seno de las instituciones clave de la sociedad. Curiosamente, en la época de Reagan y Thatcher, los años ochenta, la devaluación moral de la cultura occidental y su pasado cobró un fuerte impulso. Resulta extraño, porque, en apariencia, los años de Reagan y Thatcher se asociaron con el triunfo del conservadurismo. Sin embargo, la victoria ideológica de la reaganomía y el formidable apoyo del que gozó no tuvieron su correspondencia en el ámbito de la cultura. De hecho, en el ámbito cultural, los ideales conservadores tradicionales relativos a la tra­dición, la familia, la sexualidad, la moral y el pasado estaban a la defen­siva. 

Fue en esta década cuando las normas culturales que cuestionaban los valores tradicionales de Occidente ganaron pronto terreno. Lo que los conservadores estadounidenses venían denominando «cultura adversaria» estaba adquiriendo rápidamente una influencia hegemónica. El veredicto del sociólogo estadounidense Alan Wolfe sobre estos acontecimientos clave de aquella época no ha perdido validez. Wolfe señaló que «la derecha ganó la guerra económica, la izquierda ganó la guerra cultural y el centro ganó la guerra política». Gertrude Himmelfarb, una destacada pensadora conser­vadora estadounidense, se hizo eco de la valoración de Wolfe y concluyó que «habiéndonos librado de la revolución de clases que predijo Marx, hemos su­cumbido a la revolución cultural».

La oposición a la recién surgida cruzada contra el pasado se desmoronó con notable facilidad. En aquel momento, el triunfalismo que rodeó a la re­volución de Reagan y Thatcher eclipsó la importancia de lo que estaba ocu­rriendo. Lo que se pasó por alto en la década de 1980 y las siguientes fue que el conservadurismo de la corriente dominante se había rendido en mayor o menor grado en cuanto al pasado. El distanciamientode la sociedad respecto a su pasado condujo a una situación en la cual sus tradiciones significaban muy poco para la vida cotidiana. La sensación de alejamiento fue creciendo de forma constante pero muy gradual. Sebasaba en una pérdidade confianza y en el agotamiento. Hoffman captó bien esta lenta pérdida de confianza en el pasado cuando escribió lo siguiente:

La desaparición del pasado es en parte una decepción con ese pasado -con lo que la historia y la acción humana han fraguado-, por lo que es muy diferente de esa rup­tura histórica deliberada que los revolucionarios empeñados en construir un nuevo orden y crear un hombre nuevo provocaron en 1792, o en 1917, o en 1949 en China. Significa agotamiento, no energía; drenaje, no un incendio provocado. A su vez, la falta de una sensación de futuro ha deprimido, devaluado y decolorado aún más el pasado; cuando uno no sabe adónde va, cuando parece que no hay adónde ir ni nada nuevo y mejor que lograr, ¿qué sentido tiene volver sobre los propios pasos? Es precisa una mezcla de fe, ideas y voluntad de construir el propio futuro para evitar que el interés por el pasado se convierta en mera erudición u ocio.

El énfasis de Hoffman en el motivo del agotamiento y la decepción como factores clave en la desautorización del pasado ayuda a explicar la retirada silenciosa y con apenas dramatismo de tradicionalistas del campo de batalla de las ideas. 
A principios de la década de 1980, no se produjo una ruptura histórica radical con el pasado, sino una sensación de derrotismo provocada por la pérdida de confianza en el legado de la civilización europea.

¿Qué es la guerra contra el Pasado?

Aparentemente, las Guerras Culturales se presentan sobre todo como con­flictos en torno a valores morales relacionados con el sexo, el aborto, la identidad cultural y de género, la soberanía y la raza. Las disputas sobre la libertad de expresión, el uso de la lengua y los distintos aspectos de la comu­ nicación humana se centran a menudo en lo que en dichas guerras se consi­ deran normas e ideales caducos. Siempre al acecho detrás de estos conflictos están las posturas contrapuestas respecto al pasado. Como se apunta en los siguientes capítulos, el territorio del pasado es el terreno más importante en el que se libran las Guerras Culturales. 
El impulso subyacente a estas guerras es la aspiración a sustituir las normas y actitudes arraigadas en el pasado por otras que validen el punto de vista de los diversos grupos y personas que hoy en día se vinculan a las políticas identitarias. Aunque los promotores de las distintas versiones de la política identitaria no siempre son conscientes de sus objetivos, sus energías siempre se dirigen al mismo fin: la desau­torización de los logros civilizatorios asociados a Occidente.

Los ruidosos manifestantes que exigen el derribo de estatuas o la desco­ lonización de la educación no son, ni mucho menos, los únicos que atacan al pasado. Los tecnócratas modernizadores, las empresas con afán de lucro y los empresarios culturales ostentosos y modernos de Hollywood, Nueva York, Londres y París transmiten a menudo una falta de respeto hacia el legado del pasado. Publicaciones empresariales como The Harvard Business Review advierten con frecuencia del riesgo de las prácticas anticuadas de las empresas. A menudo afirman que «no hay necesidad de detenerse en el pasado; lo que importa es el futuro». El auge de la gestión del cambio en las empresas y de las modas educativas en la escuela representa un deseo com­ pulsivo por dejar atrásel pasado. En general, el resultado acumulado de estas influencias dispares es el fomento de un punto de vista según el cual el pa­sado es moralmente inferior a las costumbres del presente.

Las élites occidentales practican de forma habitual, casi irreflexiva, el es­tampado de la inferioridad moral sobre el pasado. Esa práctica está movida por una aspiración a la legitimación. Desde que los discursos dominantes utilizados para interpretar los acontecimientos políticos y socioeconórnicos perdieron gran parte de su autoridad, los grupos de poder político y cultural se han enfrentado al problema de la legitimidad. Una de las respuestas a este problema ha sido tratar de conseguir autoridad estableciendo una compara­ción favorable a la sensibilidad actual de una élite «consciente» frente a un pasado oscuro y moralmente inferior. Ahora que el agotamiento político ha provocado el declive de los proyectos orientados al futuro, la cultura de las élites suele refugiarse en la exhibición de su superioridad sobre las prácticas tradicionales, supuestamente cerriles, de las generaciones previas.

Este enfoque complaciente y presentista se basa en recordar de manera continua al mundo su superioridad. Se compara sin cesar con los protagonis­tas históricos y los encuentra deficientes. El término «anacronismo moral» es el que mejor refleja el ritual de humillar a los personajes del pasado. Al tratar las figuras y los acontecimientos del pasado como si tuvieran que dar explicaciones según las normas del presente, el anacronismo moral di­fumina la distinción temporal entre el presente y el pasado, y evalúa a las figuras históricas como si fueran nuestros iguales. Y así, personajes como Aristóteles, Chaucer, Shakespeare, Hume y Kant son llevados con frecuencia ante el tribunal de la opinión pública contemporáneo y acusados de diversos delitos culturales recién tipificados. En apariencia, con estos rituales se pre­tende «concienciar» sobre las injusticias del pasado. Sin embargo, a veces el vapuleo ritual de la reputación de las figuras de relevancia histórica también parece pensado para reeducar a los muertos. De este modo, el presente se proyecta hacia atrás para que nuestros antepasados se vean obligados a ren­dir cuentas en consonancia con el espíritu de nuestro tiempo.

Al margen de sus diferencias filosóficas o políticas, la mayoría de los pensadores serios creían hasta hace poco que se podían extraer importantes lecciones de la historia. Los que se inclinaban por una perspectiva conser­vadora llegaban incluso a afirmar que las tradiciones del pasado podían transmitir verdades trascendentales y útiles para las personas de todos los tiempos. Otros extraían lecciones distintas y pensaban que la historia servía para inspirar la posibilidad de un cambio progresista. El actual zeitgeist pre­sentista fomenta un enfoque muy diferente. Despoja al pasado de su derecho a aspirar al estatus de verdad. En el mejor de los casos, se acusa al pasado de irrelevancia; en el peor, se lo acusa de perjudicar a las generaciones posteriores.

A principios del siglo XXI, el punto de vista de las élites occidentales se había impregnado por completo de la esencia del presentismo. Llegaron a la conclusión de que habitaban un mundo en el que el ritmo de cambio era tan rápido que casi todo lo concerniente al pasado había quedado desfasado y era irrelevante para sus vidas.. Además, se habían desencantado del valor de su herencia histórica. En particular, consideraban que muchos de los valores transmitidos por las generaciones anteriores ya no eran apropiados guiar la vida. La defensa de las tradiciones del pasado no era una causa que estu­viesen dispuestas a defender. En las instituciones culturales y educativas, el pasado solía representarse como un territorio ajeno, cuando no hostil. En consecuencia, décadas antes del estallido descolonizador de la sociedad, las normas culturales imperantes eran con frecuencia antitéticas a las del pasado. Una vez establecidas estas posturas, el distanciamiento de la socie­dad respecto a su historia se volvió susceptible de politización. Llegado este punto, la cruzada contra el pasado cobró impulso y estalló en lo que yo carac­terizo como una Guerra contra el Pasado.

Las Guerras Culturales siempre han rezumado hostilidad hacia el pasado.

Las frecuentes alusiones en su discurso a lenguajes, comportamientos y pos­turas desfasados transmiten un tono de desprecio hacia la historia. Cuando las cadenas de televisión advierten sobre «posturas y lenguaje desfasados», su mensaje respecto a las costumbres establecidas es muy claro. Presentan el pasado con el lenguaje del daño para privar a su influencia de contenido positivo. El ritual de adjuntar una advertencia a lo anticuado ya está trans­mitiendo un llamamiento implícito a tratarlo con suspicacia.

En numerosas interpretaciones de las Guerras Culturales, sus agentes son representados como externos a la corriente dominante de las sociedades occidentales. A menudo se atribuye a los «radicales» modernos la responsabili­dad de intentar destronar la autoridad del enfoque normativo de Occidente. Sin duda, los activistas vinculados a estos movimientos han desempeñado un papel importante en este conflicto, pero su notable éxito ha sido posible gracias a la complicidad de algunos sectores del establishment político y cul­tural occidental. Como este establishment había perdido el entusiasmo por su legado histórico, apenas se opuso a los guerreros culturales que se congre­gaban a sus puertas. Al contrario: en muchas instituciones, los encargados oficiales de su defensa dejaron esas puertas abiertas de par en par. Al igual que aquellos romanos que dejaron de creer en su modo de vida y perdieron la voluntad de luchar, las élites de la sociedad occidental tampoco hicieron gran cosa por defender y proteger su legado histórico.

Sin embargo, a diferencia de los romanos, las élites de las sociedades occidentales no se limitaron a renunciar a sus valores y modo de vida tradicionales, sino que trataron de negarlos activamente. Por eso los encontra­mos muchas veces a la vanguardia de un ejército decidido a atacar el legado cultural de su sociedad. En su descripción de este proceso, el ensayista Paul Kingsnorth afirmó que estamos atravesando una fase de «Cultura de la rever­sibilidad». Así, señaló lo siguiente:

La actual decadencia de Occidente ha hecho que sus élites pierdan la fe en su herencia cultural, y este descreimiento ha adquirido unas proporciones patológicas. En consecuencia, los líderes de la sociedad occidental -las élites culturales, y a veces también las políticas y económicas- ya no se dedican a mantener las formas cultu­rales que han heredado, sino a ponerlas patas arriba o a borrarlas por completo.

En el subconsciente de estas élites, este descreimiento se expresa a través de una sensibilidad empeñada en despojar a la sociedad de su herencia cultu­ral y su historia.

Los temas clave de la guerra contra el Pasado

El motor dominante que impulsa el asalto al pasado es la aspiración a desvin­cular a la sociedad de su influencia. En el mundo occidental, la continuidad cultural se mantuvo durante mucho tiempo gracias a la asimilación de las costumbres en la ley y a la continua modificación y desarrollo de la tradición. A pesar del frecuente estallido de conflictos en torno a los valores producidos a lo largo de la historia, los distintos protagonistas fueron conscientes de la necesidad de conservar dicha continuidad. Así ocurrió incluso tras la deca­dencia de la religión y la aparición del laicismo y el espíritu científico. En los siglos XVIII y XIX, ninguno de los bandos trató de abolir la continuidad de la cultura, sino que aportaron diferentes interpretaciones de cómo relacio­narse con el legado de la civilización humana.

Hubo, por supuesto, momentos históricos -como la Primera Guerra Mun­dial en los que la continuidad cultural se vio amenazada y muy debilitada a causa de graves trastornos. 
«La antigua autoridad y los valores tradicionales ya no tenían credibilidad», escribió Modris Eksteins en su obra La consagra­ción de la primavera: la Gran Guerra y el nacimiento de los tiempos modernos. Sin embargo, «no había surgido ninguna nueva autoridad ni nuevos valores en su lugar».

Hasta finales de la década de 1960, el distanciamiento de la sociedad respecto a su pasado fue gradual, salpicado de tanto en tanto por llamamien­tos a la recuperación de la tradición o la religión. Como ya se ha señalado, en los años setenta dichos llamamientos se limitaban a pequeños grupos de pensadores conservadores. A partir de finales de los setenta, no solo asisti­mos a un debilitamiento constante de la continuidad cultural, sino a ataques mucho más explícitos contra ella. Fue en ese momento cuando las Guerras Culturales empezaron a ponerse en marcha, y era solo cuestión de tiempo que su sensibilidad antagonista se materializara en lo que acabaría siendo en una auténtica cruzada contra el pasado. Su objetivo no eran determinados aspectos de Occidente, sino la totalidad de su legado cultural.

Para ello, sus partidarios se esfuerzan por recabar un amplio apoyo a una ideología de Año Cero. En épocas anteriores, los que anunciaban un Año Cero eran los movimientos radicales y revolucionarios que pretendían represen­tar el mundo que estaban construyendo, diferente de los malignos tiempos del pasado. La expresión más sistemática de ese sentir tuvo lugar en las últimas décadas, cuando los Jemeres Rojos tomaron Camboya (que rebauti­zaron como Kampuchea) a mediados de los años setenta. Los partidarios de establecer un Año Cero afirmaban que había que acabar con las malvadas tradiciones del pasado, que había que purgar las viejas ideas y que la sociedad tenía que volver a empezar de cero.

La mutación de la hostilidad hacia el pasado en las sociedades occidentales en una verdadera ideología trajo una versión moderada de este enfoque del Año Cero. En la actualidad, su principal objetivo es imponer una cuarentena moral entre el presente y el pasado y vengarse del legado de este último. Al subrayar la superioridad moral del presente sobre el pasado, intenta hacerse con la autoridad para influir en los asuntos contemporáneos.

A primera vista, parece existir una contradicción irresoluble entre el punto de vista de la ideología del Año Cero y el del presentismo. La ideología del Año Cero se dedica con fervor a vigilar los límites temporales. Quiere poner en cuarentena el pasado y declararlo zona de exclusión. Es una ideología que parece sinceramente comprometida con la erradicación del pasado. A dife­rencia de los dictados de la ideología del Año Cero, el presentismo persigue unos intereses muy diferentes en su rechazo de la frontera que separa su mundo del pasado. Promueve una cosmovisión que invita a la gente a cruzar esta importante frontera temporal para solucionar los problemas del pasado. Una de las manifestaciones de esta tendencia es la aparición de una forma de política cultural que parece más interesada en resolver los problemas del pasado que en comprometerse con los arraigados en la época presente. El activismo de la arqueología del agravio, cada vez más extendido, da fe del creciente interés por tratar de castigar malos actos que se remontan a nada menos que la Antigüedad.

La politización de la identidad ha radicalizado el presentismo. La política identitaria ha animado al presentismo a volverse cada vez más obsesivo en su orientación hacia el pasado. Aquellos con una identidad politizada consideran el pasado un terreno fértil para la validación histórica. Logran este objetivo condenando el pasado por no reconocerles que ellos siempre estu­vieron ahí, pero ocultos a la vista. La ya citada Burrell Collection, es un ejemplo perfecto del presentismo politizado. Junto a la figura de porcelana de Guan Yin, que data de la dinastía Qing en China, hay una nota que afirma:

«Las personas trans siempre han existido y están enraizadas en la historia». En ella se sostiene que así lo refleja la figura de Guan Yin, «una muestra de que el género y la identidad no siempre son inmutables». Sin apenas es­ fuerzo, esta nota se remonta a la época de la dinastía Qing (1662-1722) y declara de forma unilateral que Guan Yin, la diosa china de la misericordia, ¡estransexual! Sin ninguna consideración ni sensibilidad por el contexto his­tórico, proyecta la preocupación actual por la identidad y el género trans a una época en la que no podría haber tenido ninguna relevancia cultural.

Los conservadores de la Burrell Collection quieren insertar la política inclu­siva del siglo XXI en el mundo de la dinastía Qing. Lo absurdo de este ejercicio de anacronismo moral es pasado por alto por museólogos presuntamente inteligentes, comprometidos en términos ideológicos con la validación de identidades recién inventadas por medio de su avistamiento en la China de los siglos XVII y XVIII. La politización del presentismo se utiliza tanto para va­lidar como para invalidar las preocupaciones actuales. En los siguientes capí­tulos, esta aparente contradicción entre el uso del pasado para la validación y la invalidación, por un lado, y la ideología del Año Cero y el presentismo, por otro, lo llamamos «la paradoja del pasado». La paradoja del pasado llama la atención sobre la relación cambiante, y a veces incómoda, entre estos dos temas aparentemente contradictorios en la cruzada contra el pasado.

En la práctica, el odio hacia el pasado y el impulso obsesivo por cambiarlo conviven mediante un enfoque vengativo y acusatorio hacia él. La paradójica relación entre exigir una ruptura con el pasado y vengarse de él se mediatiza a través de la politización del presentismo. Una vez que la frontera entre el presente y el pasado se vuelve porosa, los conflictos políticos se desvincu­lan de las restricciones de la temporalidad. De este modo, el pasado puede representarse como un lugar tenebroso donde la degradación humana, el maltrato, la victimización y el genocidio eran características normales de la vida cotidiana. Uno de los propósitos de esta arrogante historia rencorosa es crear una distancia moral entre el presente y el legado del pasado. El otro es convertir las injusticias del pasado en una moneda de cambio moral para re­ clamar atención, respeto y autoridad en el aquí y ahora.

Resulta tentador interpretar la cruzada contra el pasado como el último capítulo de un conflicto que lleva durando siglos entre las distintas inter­pretaciones de la historia. Sin duda, la Guerra contra el Pasado ha suscitado un debate intensamente polarizado sobre los hechos de la historia y su in­terpretación. Los argumentos sobre la historia de las sociedades angloameri­canas se transmiten a menudo con un tono de veneno y odio. «Blanquear la historia de Estados Unidos con "educación patriótica"», dijo The Guardian. The Independent atacó lo que describió como el insidioso intento de Trump de reescribir la historia. «Debemos limpiar la retorcida red de mentiras de nuestras escuelas y aulas y enseñar a nuestros hijos la magnífica verdad sobre nuestro país», repuso Trump.

Los acalorados debates sobre hechos históricos son una característica acep­table de la vida pública democrática. Es del todo legítimo adoptar un enfoque cuestionador en el estudio de la historia. En mi libro de 1994 Colonial Wars and the Politics of Third World Nationalism, escribí largo y tendido sobre el intento de las potencias imperiales de controlar la descolonización para ha­cerla inofensiva, y puse en tela de juicio la representación de los movimien­tos anticoloniales por parte de los apólogos de la dominación colonial. Dado que he publicado varios libros históricos que aportan una crítica radical del imperialismo, el colonialismo y el racismo, sigo estando a favor de proseguir el debate de estas cuestiones mundiales.

Sin embargo, la representación actual de la descolonización tiene poco que ver con el compromiso de esclarecer la historia. Como observó el filó­sofo estadounidense Olúfemi Táíwò, la versión actual de la descolonización constituye la «absolutización del colonialismo». Hoy la descolonización ya no consiste en conseguir la libertad y la independencia de la influencia del poder colonial. Es un movimiento que ha adoptado de forma voluntaria el papel de víctima histórica, cuya identidad depende por completo de seguir viviendo en el pasado. Los defensores de la reinterpretación contemporánea de la descolonización no pueden desprenderse del pasado, ya que gran parte de su identidad depende de su perpetuación.

La actual cruzada contra el pasado difiere en gran medida de los intentos

anteriores de reescribir la historia. Durante el siglo XX, el proyecto de reescri­bir o reinterpretar la historia estuvo motivado principalmente por la deter­minación de la izquierda y la derecha de confeccionar una versión del pasado que pudiera dotar de legitimación sus proyectos políticos. A los historiadores de la derecha los atrajo el objetivo de revitalizar y defender la tradición y el legado aparentemente irrelevantes del pasado. En concreto, les interesaba la rehabilitación de las historias nacionales. Los historiadores de la izquierda, por su parte, se dedicaban a desarrollar un sentido del pasado que recono­ciera el papel de los trabajadores y las minorías oprimidas y marginadas. La suya era una «historia de los desvalidos» con la que se buscaba complemen­tar la narrativa delos diferentes grupos identitarios con una mayor coherencia y significado. Hasta hace poco, estas historias se dedicaban más a validar y ensalzar el pasado de sus integrantes que a desvincular a la sociedad de él. La Guerra contra el Pasado solo se parece superficialmente al proyecto clá­sico de reescritura de la historia. Aunque puede percibirse de forma errónea como un conflicto entre visiones opuestas de la historia, es mucho más que eso: se trata de despojar al pasado de cualquier rasgo redentor.

¿Por qué importa todo esto?

La relación de la sociedad con su pasado y cómo lo ve y lo entiende tiene profundas consecuencias para la vida cotidiana. «Cuando las ideas hegemónicas se apoderan de nuestro sentido del pasado, se apoderan también el presente y de cómo lo entendemos», observó el sociólogo David Inglis. Si se consolida la creciente autoridad del relato negativo y destructivo del pasado, se logrará mermar la confianza de las personas en sí mismas, en sus comunidades y en su capacidad para afrontar los retos que plantea el futuro. Una vez que el pa­sado se representa de forma tan negativa, hay pocas posibilidades de cultivar la esperanza en el futuro. En tales circunstancias, el pasado deja de ser útil como guía. Lo que se consigue sirviendo constantemente atrocidades del pa­sado es bajar el listón de la ambición humana.

Una historia patologizada pone en entredicho la capacidad de la humani­dad para progresar y mejorar sus circunstancias. El interés en reinterpretar el pasado como una historia de maltrato humano, atrocidades, genocidio, limpieza étnica, esclavitud y holocaustos convive con la tendencia de la so­ciedad a considerarse a sí misma objeto -y no sujeto- del cambio histórico. Una lúgubre fascinación por la maldad humana amenaza con desbordar nuestra capacidad de imaginar el potencial de un individuo para el al­truismo, el heroísmo o, simplemente, obrar bien.

En vez de eso, la humanidad está condenada a un mundo cuya historia se recicla sin cesar como una fábula contraria a la aspiración de ejercer la subje­tividad humana. En su forma más extrema, el papel histórico de la humani­dad se convierte en una historia de autoodio y ecocidio, donde los humanos ejercen de destructores de todo lo bueno. Esta teleología del mal transmite el mensaje de que es muy poco lo que pueden hacer las personas para influir en su futuro: hemos creado un infierno del que no se puede escapar.

Sin embargo, si queremos evitar los verdaderos errores del pasado y corre­gir sus injusticias, la sociedad necesita creer en su capacidad de hacer el bien para cultivar una política de la esperanza. Esta es la paradoja de la Guerra contra el Pasado: quienes la libran se niegan a sí mismos, sin darse cuenta, la capacidad de ganar. Porque, si el pasado de uno es maligno, si sus siglos de historia se definen por la amargura y la mala fe, ¿cómo puede uno esperar redimirse?
Pero ¿qué es el pasado, ahora convertido en objeto de tantas preocupacio­nes y conflictos? 

En el capítulo siguiente, trataremos el significado de dicho término y haremos un repaso de cómo han evolucionado y cambiado las ideas sobre el pasado a lo largo de los siglos. 
El capítulo se centra en la aparición de una sensibilidad que diferenciaba entre el presente y el pasado. Una vez que esta distinción caló en el imaginario cultural, se pudo convertir en objeto de debate la relación entre el presente y el pasado. Durante la mayor parte de la historia, el pasado poseyó autoridad y solía considerarse un recurso para guiar el camino de la sociedad hacia su futuro. 
El deterioro gradual de la autoridad del pasado creó las condiciones previas para la con­creción de los relatos negativos sobre él. En ese capítulo se resumen las dife­rentes etapas del distanciamiento dela sociedad moderna respecto al pasado y se explica que su pérdida de autoridad nos ha llevado a una revisión radical de su estatus cultural.

El propósito del capítulo dos es exponer a grandes rasgos el lento surgi­miento de la Guerra contra el Pasado mediante el análisis de las fases histó­ricas que condujeron a ella. El objetivo es explicar lo que distingue la actitud y la relación de la sociedad contemporánea con su pasado. 

El tercer capítulo está dedicado a la ideología del Año Cero. La poderosa influencia de esta ideología legitima la exigencia de romper con el pasado y empezar el mundo de nuevo. La ideología del Año Cero justifica esta ruptura alegando que la influencia del pasado es tóxica y que, por tanto, la sociedad necesita liberarse de su influencia. Traza un contraste moral entre dos estados temporales, y que demoniza el pasado. Esta ideología anima a la sociedad a avergonzarse de su pasado y fomenta un ambiente cultural propicio para alejar a las personas de sus orígenes.

La degradación del pasado al Año Cero se sustenta en un zeitgeist obsesiva­ mente centrado en el presente. Esto ha dado lugar al auge del presentismo, que es el tema del cuarto capítulo. 
Tras dejar atrás el pasado, la sociedad occidental contemporánea ha optado por habitar un presente intermina­ble. El presentismo ha fomentado la pérdida de sensibilidad histórica y, en consecuencia, todo lo que lo precede se considera una mera versión anterior de sí mismo. El presentismo fomenta una anacrónica orientación hacia las distintas etapas de la historia, hasta el punto de tratar a personas que vivie­ron hace miles de años como si fueran nuestros contemporáneos. Una de las consecuencias más importantes del auge del presentismo es la erosión de las fronteras temporales. 
En este capítulo se sostiene que la influencia del presentismo ha llevado a que las guerras culturales contemporáneas se libren en el terreno del pasado.

En el quinto capítulo se avanza en el tema investigando el modo en que la politización de la identidad interactúa con la Guerra contra el Pasado. Se apunta que el propio auge de las políticas identitarias es un subproducto del desapego de la sociedad por su pasado. A su vez, la politización de la identi­dad ha ido en paralelo con la confección de un relato negativo de opresión in­ terminable en el pasado. Dado que las injusticias pretéritas sirven de fuente para establecer la autoridad moral de los grupos identitarios, los arqueólogos del agravio se sienten incentivados para proporcionar sin cesar material para dar una versión siniestra de la historia.

En el capítulo sexto se explica cómo la Guerra contra el Pasado dirige gran parte de su energía a hacerse con el control del vocabulario cotidiano. Mediante la promoción de la ingeniería lingüística, pretende desplazar el vo­cabulario tradicional con el argumento de que sus vocablos son anticuados y ofenden a las minorías y los grupos identitarios. Constantemente se inven­tan nuevas palabras y, a través de la vigilancia del lenguaje, la gente se ve presionada a modificar su vocabulario. El proyecto de despojar a la gente de su lengua es una de las manifestaciones más insidiosas de la Guerra contra el Pasado. Desde el punto de vista de los guerreros culturales, haberse hecho con el control del lenguaje es el preludio para controlar nuestra forma de pensar.

En el séptimo capítulo se llama la atención sobre un hecho sumamente inquietante, que es la perturbación del tipo de transacción intergeneracional necesaria para la socialización de los jóvenes. La Guerra contra el Pasado dirige sus energías hacia el objetivo de desconectar a los jóvenes de la expe­riencia y los logros de sus antepasados. Con ello se pretende menoscabar la transmisión intergeneracional de los valores e ideales arraigados en el pa­sado. En consecuencia, se pone en peligro la comprensión de los jóvenes de quiénes son y de dónde vienen. 

En este capítulo se sostiene que la falta de conexión de los jóvenes con el legado del pasado ha creado las condiciones para el afloramiento de una crisis de identidad. La dificultad que tienen los jóvenes para resolver esta crisis ha hecho que la identidad se haya convertido en una cuestión social permanente.
Por último, en la conclusión del libro se aboga por una orientación más matizada y responsable hacia el pasado. Se sostiene que la defensa del pasado y el aprendizaje de su legado son la condición previa para poseer la capacidad de afrontar el futuro.

VER+:






miércoles, 28 de octubre de 2026

LIBRO "LA ESPAÑA INVICTA": DE LOS TERCIOS A LOS MARES por SAMUEL A. OCHOA y "EL GALEÓN DE MANILA": LA RUTA QUE CAMBIÓ EL MUNDO

 LA ESPAÑA INVICTA

DE LOS TERCIOS A LOS MARES

SAMUEL A. OCHOA

Cuando las grandes potencias europeas competían por el dominio de mares y continentes, España forjó un imperio que cambiaría el curso de la historia. Pero detrás de ese legado se esconden batallas olvidadas, estrategias brillantes y héroes silenciados por el tiempo. 
En "La España invicta", Samuel A. Ochoa recorre los campos de batalla donde se decidió el destino de una nación y los dos Mundos. Desde las maniobras maestras de los Tercios en Bicoca hasta la resistencia desesperada en Krasni Bor, este recorrido histórico nos revela cómo soldados y mandos españoles transformaron para siempre el arte de la guerra. 
MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA NEGRA: EL IMPERIO DE LAS VICTORIAS IMPOSIBLES. Descubra cómo una fuerza de apenas 4000 hombres derrotó a 21 000 soldados en la Batalla de Pavía; cómo el ingenio de Fernando Melgarejo utilizó toros bravos para repeler un ataque inglés en Jamaica; o cómo Blas de Lezo, el Mediohombre, defendió Cartagena de Indias contra una flota inglesa seis veces superior. Asómbrese con la tenacidad de los 600 hombres que detuvieron a 20 000 soviéticos en Krasni Bor o con la estrategia del Glorioso, que logró enfrentarse victoriosamente a toda una escuadra británica. 

Ochoa desmonta mitos, rescata episodios enterrados por la historia oficial y replantea lo que creíamos saber sobre el pasado español. En estas páginas, el milagro de Empel, la Contraarmada inglesa o la batalla de los Arapiles cobran vida nuevamente, testigos de una época en que España no era solo un país, sino una idea que transformaba el mundo. 
La historia militar española aguardaba este libro que la despoja de leyendas negras y la muestra tal como fue: el relato de cómo se forjó un imperio a través de victorias decisivas que pocas veces ocuparon su merecido lugar en los anales de la historia universal.

El Galeón de Manila
La ruta que cambió el mundo

El galeón de Manila. La ruta que cambió el mundo. ¿Sabías que algo tan español como el mantón de Manila es en realidad chino? ¿Y que los churros o el abanico también nos llegaron desde este gran país de Oriente? Estas y otras muchas cosas se las debemos a una ruta, la del Galeón de Manila, que existió y cambió el mundo. Nunca antes el comercio y las personas habían tenido a su alcance el planeta entero, ni las influencias culturales de un país habían llegado tan lejos. Ello fue posible gracias a este apasionante capítulo de nuestra historia, un Imperio, el español, cuya amplitud y trascendencia son desconocidos para la mayor parte de los españoles y, especialmente, entre los más jóvenes.
A través de diez relatos históricos descubriremos la travesía marítima del tornaviaje, el complejo sistema comercial que supuso el galeón, la Manila cosmopolita o la bulliciosa ciudad de México del siglo XVII. Acompañaremos, en la primera vacunación global de la historia, a Isabel Zendal llevando la vacuna de la viruela hasta Filipinas, naufragaremos en tierras exóticas y conoceremos al personaje real que inspiró La vuelta al mundo en 80 días. Una historia apasionante:

LA NUESTRA. Valores Respeto hacia otras culturas. La interculturalidad. La Educación para la paz. Temas transversales Conocimiento de los principales hitos de la historia mundial y nacional: causas y consecuencias sociales, políticas, económicas y culturales. Conocimiento del origen del mundo actual, un mundo globalizado fruto de la interculturalidad que tuvo su inicio en el comercio del galeón de Manila. Comprensión de la importancia que aquella globalización tiene a día de hoy en nuestra vida cotidiana. La necesidad de difundir la Historia de España como elemento de cohesión entre los ciudadanos y la propia identidad.

PRESENTACIÓN

Es la historia de una ruta que cambió el mundo: la del Galeón de Manila.
Aun siendo un hecho histórico colosal, es casi desconocido para el gran público. No es algo sorprendente. Existe una extendida falta de conocimiento -unida a una red de prejuicios- acerca de la extraordinaria y compleja realidad histórica que supuso el imperio español, una estructura geopolítica que trajo consigo unos vientos de descubrimientos, globalización e interculturalidad que modificaron cuanto existía hasta entonces. El mundo que hoy conocemos es en buena parte así porque este imperio existió.




martes, 27 de octubre de 2026

DOCUMENTAL "CARACAS, CIUDAD DE DESPEDIDAS, 2011"

Caracas, ciudad de las despedidas es un documental venezolano de Ivana Chávez Idrogo realizado en 2011 y publicado al año siguiente. Causó un gran impacto mediático, acompañado de controversia y numerosas parodias. Según El Estímulo, «detrás del “tono sifrino” (...) y de la manera en que fue tratado el tema, estos jóvenes fueron los primeros en hacer viral el tema de emigración en el país».
Un grupo de jóvenes caraqueños de clase alta dan testimonios de porqué quieren irse del país en la Venezuela del 2011. Cada uno desde su trinchera va relatando la relación de amor y odio por una ciudad que los ha visto crecer, pero que de un momento a otro comienza a convertirse en un lugar de despedidas.

Caracas, Ciudad de Despedidas de Ivana Chávez Idrogo es un sencillo documental que presenta el tema de la migración de un grupo de jóvenes de la sociedad caraqueña. El trabajo audiovisual que se dio a conocer en internet a través de la plataforma YouTube a mediados del 2011, despertó fuerte polémica en distintos sectores de la vida política y social del país.
Según Chávez Idrogo, el documental surgió como una suerte de juego entre amigos; sin un guion claro y sin ninguna intencionalidad en particular. Sin embargo, una vez que el material ingresó a internet, se originaron un sinnúmero de parodias y cuestionamientos socio-identitario que se permearon entre las altas esferas del poder, sazonando la confrontación política.

El material de Chávez Idrogo comienza las entrevistas de modo informal en torno a la pregunta de por qué irse del país. Los entrevistados: siete jóvenes que se quieren ir o “se han ido” de Venezuela. Las respuestas que fueron muy cuestionadas en las redes sociales por rayar en la banalidad, dejaron entre líneas el tema educativo y la inseguridad como las dos grandes razones para migrar.
Entre los testimonios el documental también va dejando reflejadas las experiencias de los protagonistas al salir del país; el sentimiento patrio cuando se está afuera y las diversas impresiones que se originan al volver. Y de este modo, poco a poco, el documental se va adentrando en los relatos de despedida de los fines semana en la Caracas del 2011.

En el punto cumbre del audiovisual, los protagonistas deliberan sobre la relación amor y odio que tienen por la capital, así como las razones de por qué piensan irse del país y la reflexión a la pregunta de si piensan volver.
Sin un guion claro y con problemas de edición que va dejando diálogos y testimonios inconexos e inconclusos, el documental de Chávez Idrogo de apenas de 17 minutos, deja clara las angustias de una parte de la población, cuya idiosincrasia se ve tocada por las ideas políticas y los problemas sociales del gobierno de Hugo Chávez.

El extinto tirano, quien en principio criticó fuertemente el documental por considerarlo como un capricho de la clase alta del país, tomó la frase: “me iría demasiado” para hacer campaña política en el 2012, exhibiendo en pancartas y franelas: “me iría demasiado a Petare” o “me iría demasiado a la Pastora”; avivando la exclusión.
A pesar de todos los problemas técnicos, los comentarios negativos en la web y la visión reduccionista de país que construyen sus protagonistas, el documental de Chávez Idrogo se muestra como un material oportuno examinar desde el punto de vista sociológico, en medio del proceso migratorio que se desarrolla en el país.

Caracas Ciudad de Despedidas es un documental que todavía se encuentra en la web y representa una suerte de una evocación para pensar en los que se han ido, en los que se están yendo y en los que desde algún lugar del planeta un día piensan volver para hacer de esta hermosa tierra un país mejor.