EL Rincón de Yanka

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CALENDARIO ADVIENTO 2021

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MARAN ATHA: ¡EL SEÑOR VIENE!





sábado, 4 de diciembre de 2021

LA PELÍCULA "V DE VENGANZA (VENDETTA)" TRATA DE UNA DICTADURA TOTALITARIA POR MEDIO DEL MIEDO EN UN SUPUESTO VIRUS ESPARCIDO GLOBALMENTE 🔆


¿SABIAS ESTO?

EN LA PELÍCULA "V DE VENGANZA", FILMADA EN 2005, SE TRATA DE UNA DICTADURA TOTALITARIA QUE OBTIENE SU PODER CREANDO MIEDO EN LA POBLACIÓN GRACIAS A UN SUPUESTO VIRUS QUE FUE ESPARCIDO POR EL MUNDO. EN LA PELÍCULA, LOS MEDIOS ESPARCEN PROPAGANDA EN LA TELEVISIÓN DE CADA HOGAR Y EN LOS PERIÓDICOS QUE SE VENDEN EN LAS CALLES PARA ASUSTAR A LAS PERSONAS. EL DICTADOR PROMETE SEGURIDAD PERO NO LIBERTAD. EN LA PELÍCULA, SONSTANTEMENTE SE REPITE LA FRASE: "

ES POR TU SEGURIDAD". 

LO MÁS IMPORTANTE DE LA PELÍCULA ES QUE TERMINA CUANDO LA SOCIEDAD DESPIERTA Y EL CORRUPTO GOBIERNO FASCISTA ES DESMANTELADO. 

¿EN QUÉ AÑO SE DESARROLLA LA PELÍCULA?:  EN EL 2020


viernes, 3 de diciembre de 2021

LIBRO "ALIMENTO DE LA PALABRA": EL SACRAMENTO DEL LIBRO POÉTICO: SAN ROMANO, EL MELODIOSO O HIMNÓGRAFO

Romano el Meloda, que nació en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs), en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al gran grupo de teólogos que transformó la teología en poesía. Pensamos en su compatriota, san Efrén de Siria, que vivió doscientos años antes que él. Y pensamos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón; o en un teólogo, un pensador muy profundo, como santo Tomás, que nos ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi de mañana; pensamos en san Juan de la Cruz y en otros muchos. La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.
Romano el Meloda es uno de estos, un poeta y compositor teólogo. Aprendió los primeros elementos de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se trasladó a Berito (Beirut), perfeccionando allí su formación clásica y sus conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se fue a Constantinopla, hacia fines del reino de Anastasio I (alrededor del año 518), y allí se estableció en el monasterio anexo a la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios.

Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición de la Madre de Dios en sueños y sobre el don del carisma poético. En efecto, María le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente -era la fiesta de la Navidad-, Romano se puso a declamar desde el ambón: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente» (Himno sobre la Navidad I, Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (acontecida después del año 555).
Romano ha pasado a la historia como uno de los más representativos autores de himnos litúrgicos. Para los fieles, la homilía era entonces prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Así, Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época y también de un modo vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.

El lugar en el que Romano predicaba era un santuario de las afueras de Constantinopla: subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una escenografía bastante compleja: montaba representaciones en las paredes o ponía iconos sobre el ambón y también utilizaba el recurso del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas kontákia. Al parecer, el término kontákion, «pequeña vara», hace referencia al pequeño palo redondo en torno al cual se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los kontákia que se han conservado con el nombre de Romano son ochenta y nueve, pero la tradición le atribuye mil.
En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, por lo general de dieciocho a veinticuatro, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); también los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas siguen el modelo del irmo. Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), por lo general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acróstico), precedido frecuentemente por el adjetivo «humilde». El himno se concluye con una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, casi siempre en forma de oración o súplica. Así anunciaba el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se debía repetir en coro al final de cada estrofa, declamada por él rítmicamente en voz alta.

Un ejemplo significativo es el kontákion con motivo del Viernes de Pasión: se trata de un diálogo entre María y su Hijo, que tiene lugar en el camino de la cruz. María dice: 

«¿A dónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida? / Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado, / y nunca habría podido imaginar que llegarían a este grado de locura los impíos, / poniéndote las manos encima contra toda justicia». Jesús responde: «¿Por qué lloras, Madre mía? (…). ¿No debería padecer? ¿No debería morir? / Entonces, ¿cómo podría salvar a Adán?». El Hijo de María consuela a su Madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: «Depón, por tanto, Madre; depón tu dolor: / no está bien que gimas, pues fuiste llamada «llena de gracia»» (María al pie de la cruz, 1-2; 4-5).
Asimismo, en el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras, / al conocer tu voluntad, me dirá: / «Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado? / (…) Tú, oh anciano, déjame a mi hijo, / y cuando lo quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí»» (El sacrificio de Abraham, 7).

Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quiero citar un ejemplo del modo vivo y muy personal como habla del Señor Jesús: lo llama «fuente que no quema y luz contra las tinieblas», y dice: 

«Yo me atrevo a tenerte en mis manos como una lámpara, / pues quien lleva un candil entre los hombres es iluminado sin quemarse. / Ilumíname, por tanto, tú que eres Luz inextinguible» (La Presentación o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia que existía entre sus palabras y su vida. En una oración dice: «Haz clara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca / y, después de llenarla, traspasa mi corazón para que mi actuar / sea coherente con mis palabras» (Misión de los Apóstoles, 2).

Examinemos ahora algunos de sus temas principales. Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre la creación y la historia de la salvación, la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo. En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que existe entre Cristo, que ha ascendido al cielo, y los Apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: «Con la fuerza divina han conquistado a todos los hombres; / han tomado la cruz de Cristo como una pluma, / han utilizado las palabras como redes y con ellas han pescado al mundo, / han usado el Verbo como anzuelo agudo; / para ellos ha servido de cebo / la carne del Soberano del universo» (Pentecostés, 2; 18).

A este famoso himnógrafo debemos de los textos que la Iglesia canta en la liturgia bizantina pascual. Sobre todo a él hemos de referimos para recoger algunos acentos bellos y poéticos dedicados a las mujeres miroforas en uno de sus poemas que es casi como un auto sacramental o una dramatización poética en la que las mujeres evangelistas tienen un hermoso protagonismo. Esta pieza poética firmada por el "pequeño Romano" tiene un encanto singular y completa cuanto hemos podido escuchar en los textos litúrgicos.
Estas mujeres, dice Romano, son sabias y valientes, son "theoforas," portadoras de Dios, tienen la memoria abierta al recuerdo de los episodios evangélicos que podían ser preludios de la Resurrección de Cristo. Recuerdan que Jesús resucitó el hijo de la viuda de Naim, la hija de Jairo. Por eso no puede quedar en el sepulcro.

Romano, poeta y teólogo, pone en labios de Jesús esta apología de la mujer, una de las más bellas expresiones de su poema: "Que tu lengua, mujer, proclame públicamente estas cosas y las haga conocer a los hijos del reino que están esperando que me levante yo que soy el viviente. He encontrado en ti la trompeta con un sonido poderoso. Haz escuchar a los oídos de los discípulos miedosos y escondidos un canto de paz. Despiértalos como de un sueño para que puedan salir a mi encuentro con las antorchas encendidas. Diles: El Esposo se ha despertado y ha salido del sepulcro sin dejar nada allí dentro. Despejad, apóstoles, vuestra tristeza mortal, porque se ha despertado el que a los caídos da la resurrección."

La lengua de la mujer es trompeta que anuncia el "kerigma" y lo hace resonar en los oídos y en el corazón de los discípulos. Pero es también pico de la paloma mensajera que tras el diluvio anuncia la paz: "Date prisa Maria — le dice el Señor. — Tómame en tu lengua como un ramo de olivo para anunciar la buena noticia a los descendientes de Noé y hazles saber que ha sido destruida la muerte y que ha resucitado el Señor".
Y las mujeres se hacen solidarias del mensaje de María. Creen a sus palabras y forman un grupo compacto de testigos de Cristo que exclaman: "Ojalá podamos ser muchas las bocas que ratifiquen tu testimonio. Vamos todas al sepulcro para confirmar la aparición que ha acaecido. Sea común a todas, compañera nuestra, la gloria que te ha reservado el Señor".

Juntas cantan la gloria del sepulcro vacío con un himno sencillo y sugestivo a la vez: "Sepulcro santo, pequeño e inmenso a la vez, pobre y rico. Tesoro de la vida, lugar de la paz, estandarte de la alegría, sepulcro de Cristo. Monumento de uno solo y gloria del universo".

A los Apóstoles dan la buena noticia con un anuncio cuajado de ternura, de comprensión, de entusiasmo que contagia: "Con una mezcla de temor y de gozo, como enseña el Evangelio, regresaron del sepulcro adonde estaban los Apóstoles y les dijeron: Por qué tanta tristeza? Por qué os cubrís el rostro? Levantad vuestros corazones: Cristo ha resucitado! Formemos coros para danzar y decid con nosotras: El Señor ha vuelto a la vida". He aquí la luz que brilla antes de la aurora. No os entristezcáis. Reverdeced!
Ha aparecido la primavera. Cubríos de flores, oh ramos. Tenéis que ser portadores de frutos, no de penas. Aplaudamos todos con nuestras manos cantando: "Ha vuelto a la vida el que a los caídos da la resurrección".
Hasta aquí la poesía y el canto de Romano el himnógrafo en honor de las mujeres evangelistas y miroforas. ValSa la pena evocar esta poesía eclesial y estos textos litúrgicos para recuperar un filón de la tradición cristiana que tan distante nos parece de ciertas interpretaciones antifeministas del misterio y de la misión de la mujer en la Iglesia.

"Las mujeres miroforas con la luz del alba
fueron al sepulcro del autor de la vida
y encontraron a un ángel sentado sobre la piedra.
Dirigiéndose a ellas les decía así:
Por qué buscáis al Viviente entre los muertos?
Por qué lloráis al Incorruptible
como si hubiese caído en la corrupción?
Id y anunciad a sus discípulos:
Cristo ha resucitado de entre los muertos.
Mujeres evangelistas, levantáos
dejad la visión e id a anunciar a Sión:
Recibe el anuncio de la alegría:
Cristo ha resucitado.
Alégrate, danza, exulta Jerusalén
y contempla a Cristo tu Rey que sale
del sepulcro como un Esposo".

Naturalmente, otro tema central es la cristología. No entra en el problema de los conceptos difíciles de la teología, tan debatidos en aquel tiempo, y que rasgaron la unidad, no sólo entre los teólogos, sino también entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental: la cristología de los grandes Concilios. Pero sobre todo está cerca de la piedad popular —de hecho, los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano—; así, Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero hombre-Dios es una sola persona, la síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del Verbo mismo de Dios. «Cristo era hombre —dice—, pero también Dios; / sin embargo, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es Uno solo» (La Pasión, 19).

Por lo que se refiere a la mariología, agradecido a la Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más hermosos: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva.
Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (cf. Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión haciendo penitencia y ayuno. De modo positivo, el cristiano debe practicar la caridad, la limosna. En dos himnos, Las Bodas de Caná y Las diez vírgenes, pone de relieve el primado de la caridad sobre la continencia. La caridad es la más grande de las virtudes: «Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta, / pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto. / Las otras brillaron con las lámparas del amor a la humanidad, / por eso las invitó el esposo» (Las diez vírgenes, 1).

Los cantos de Romano el Meloda están impregnados de humanidad palpitante, de ardor de fe y de profunda humildad. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, ha nacido la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural no muere, sino que sigue viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes; no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos «en casa»: en ellas encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música —el canto gregoriano, o Bach o Mozart— es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe.

Si la fe es viva, la cultura cristiana no se convierte en algo «pasado», sino que sigue viva y presente. Y si la fe es viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: «Cantad al Señor un cántico nuevo».
Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos.


EL SACRAMENTO DEL LIBRO

Una antigua tradición cuenta la historia de san Romano el Méloda, que vivió en el siglo VI y que recibe ese sobrenombre porque compuso sus homilías en forma de himnos. El relato describe la forma en que el santo recibió su vocación. Romano había nacido en Siria. Destacó desde niño por su piedad y su amor a la casa del Señor. Pronto entró al servicio de la Iglesia: al principio, solamente encendía las lámparas y preparaba el incienso para la adoración. Cuando creció, se trasladó a Beirut para continuar sus estudios. Allí fue ordenado diácono. Era de esa clase de estudiantes que obtienen buenas notas porque sus profesores reconocen sus incansables esfuerzos. Gracias a su celo, logró obtener buenos resultados a pesar de que su capacidad no era muy elevada. Después de tres años en Beirut, se fue a Constantinopla, capital del Imperio, para servir allí a la Iglesia. Era lo bastante humilde para reconocer sus limitaciones y aceptarlas. En efecto, adoptó el adjetivo “humilde” como una especie de título personal. Sin embargo, anhelaba glorificar a Dios como los diáconos que cantaban mejor. 

En aquel tiempo, y especialmente en las iglesias orientales, la música era una parte muy importante de la adoración. Romano se lamentaba de que la calidad musical de los servicios que él dirigía era bastante inferior a la de los servicios dirigidos por sus compañeros. Pidió a Dios la gracia de que carecía por naturaleza y preparación. Una noche, mientras rezaba, se quedó dormido y la Virgen María se le apareció en el sueño. Llevaba un libro, que le entregó diciendo: «coge el libro y cómelo». Él hizo lo que le decía. Comió el libro. Se despertó inmediatamente, sabiendo lo que tenía que hacer. Se vistió y fue corriendo a la iglesia. Subió al púlpito y empezó a cantar un sermón sobre el nacimiento de Cristo. Ese canto es considerado hasta hoy su obra maestra, y la primera del conjunto de más de mil homilías en verso (kontakia) que compondría durante el resto de su vida. Pasado un milenio y medio, la Iglesia los sigue cantando en las grandes fiestas.

***
Consumir la Palabra. Incluso el lector menos experto reconocerá que la aparición a san Romano es un tropo, es decir, una imagen común en la literatura mística. Su prototipo es el encuentro del profeta Ezequiel (Ez 2, 9-3, 4) con un ángel celestial: 
«Yo miré y vi una mano extendida hacia mí, y en ella había un libro enrollado. Lo desplegó delante de mí, y estaba escrito de los dos lados; en él había cantos fúnebres, gemidos y lamentos. Él me dijo: “Hijo de hombre, come lo que tienes delante: come este rollo, y ve a hablar a los israelitas”. Yo abrí mi boca y él me hizo comer ese rollo. Después me dijo: “Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que te doy”. Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel. Él me dijo: “Hijo de hombre, dirígete a los israelitas y comunícales mis palabras”». 
La historia se repite en el Nuevo Testamento, en el encuentro de san Juan con un «ángel poderoso que bajaba del cielo, envuelto en una nube y con el arcoiris sobre su cabeza. Su rostro era como el sol y sus pies como columnas de fuego» (Apoc 10, 1ss): 
«En la mano tenía un pequeño libro abierto. [...] Me acerqué al ángel y le dije que me diera el pequeño libro. Él me contestó: “Toma y devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel”. Tomé el pequeño libro de la mano del ángel y lo devoré. En mi boca fue dulce como la miel, pero cuando lo comí se me amargaron las entrañas. Entonces me dijeron: “es necesario que profetices de nuevo contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”». 
La comida de un libro constituye un episodio extraño y fascinante, sobre todo porque se repite en dos pasajes de la Biblia. No es sorprendente que haya llamado la atención de muchos de los primeros comentaristas cristianos del texto sagrado. Cuando Romano tuvo su visión, hacia el 518 d. C., vivía en un monasterio, por lo que habría escuchado muchas veces la lectura en voz alta de las obras de los grandes intérpretes de la Biblia. Por eso, pocas dudas debió tener sobre el significado de su sueño. San Hipólito de Roma, uno de los primeros exégetas, autor de extensos comentarios en el siglo III d. C., interpretó el significado del rollo. La escritura por las dos caras «significa los profetas y los apóstoles. La Antigua Alianza estaba escrita por un lado y el Nuevo Testamento en el otro»[2]. Además, el rollo es símbolo de «una enseñanza secreta y espiritual... Leer el exterior lleva a comprender el interior». Existe un vínculo entre la Antigua y la Nueva Alianza, pero solo puede verlo quien consume el libro. Según san Jerónimo, la visión de Ezequiel tiene un significado especial para los predicadores: «no podemos enseñar a los hijos de Israel si no comemos antes ese libro abierto»[3]

Una generación después de Romano, san Gregorio Magno sintió la misma atracción hacia el texto del profeta, que meditaba continuamente. Además de Papa y reformador de la liturgia, Gregorio era también un gran exégeta. En su Comentario a Ezequiel, escribió de este pasaje: «lo que el Antiguo Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento lo ha cumplido; lo que aquel anunciaba de manera oculta, este lo proclama abiertamente como presente. Por eso, el Antiguo Testamento es profecía del Nuevo Testamento; y el mejor comentario al Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento»[4]. El significado del texto resultaba patente para los Padres, desde Hipólito y Jerónimo a Romano y Gregorio. La salvación nos llega por medio de una Alianza (también conocida por su sinónimo «testamento», del latín testamentum) y es necesario consumir esa alianza para poder compartirla.

* * *
Para un católico, tanto del siglo I como del XXI, los tropos de la literatura mística remiten a los sacramentos. Es el sentido de los ejemplos que he propuesto hasta el momento. Los textos apocalípticos de Ezequiel y de Juan son ricos en imágenes litúrgicas. La obra de Ezequiel está muy ligada al Templo, Juan contempla a la vez el cielo y la historia en términos de una liturgia sacrificial: hay altares y sacerdotes, cálices e incensarios, trompetas e himnodia; y todo culmina en un banquete sagrado. En los dos pasajes, el rollo es consumido en el contexto de una experiencia de adoración celestial. Tanto en el relato de Juan como en el de la vida de Romano destacan algunos matices eucarísticos. Los dos hombres reciben una invitación a «tomar» y «comer», dos verbos que aparecen en los relatos de la institución de la Eucaristía (cf., por ejemplo, Mt 26, 26) desde el siglo I d. C.[5] Reciben verbalmente la alianza, y toman esa «palabra» para comerla a modo de alimento. En el siglo III d. C., el gran teólogo alejandrino Orígenes establecía una analogía entre la proclamación de la Escritura y la comunión sacramental: 

«Tú, que estás acostumbrado a tomar parte en los divinos misterios, sabes, cuando recibes el Cuerpo del Señor, cómo protegerlo con todo cuidado y veneración, para que ni una pequeña partícula se caiga, para que no se pierda nada del don consagrado. Pues sabes, correctamente, que eres responsable si se cae algo por negligencia. Pero si eres tan cuidadoso para conservar su Cuerpo, y con toda razón, ¿cómo piensas que es menos culpable haber descuidado la Palabra de Dios que haber descuidado su Cuerpo?»[6] 

Para Orígenes, el rollo tiene una cualidad sacramental. Ha de ser entregado y consumido con el mismo decoro e igual atención —incluso con hambre— que el pan eucarístico. Hay una presencia real en el pan y en la palabra. El Reino se hace presente, junto con el mismo rey, en la proclamación y en el sacramento. Como escribía Benedicto XVI: «renovamos en este sentido la conciencia, tan familiar a los Padres de la Iglesia, de que el anuncio de la Palabra tiene como contenido el Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15), que es la persona misma de Jesús (la Autobasileia), como recuerda sugestivamente Orígenes»[7]

Esta es la verdad que descubrió Romano, de la que tuvieron experiencia también Jerónimo, Gregorio y Juan, y que había sido predicha por Ezequiel. La salvación nos llega a través de una alianza incorporada a una Palabra, una Palabra que se ha hecho carne, y una Palabra que se consume. Los profetas y videntes nos hablan en imágenes que comunican misterios. En la medida en que somos capaces de comprender esos misterios, hemos de recurrir al uso de palabras para expresarlos. Dios nos hizo de modo que hemos de comunicarnos verbalmente. El Creador de este aspecto de la naturaleza humana también se adapta a él cuando inspira lo que literalmente se llama hai graphai, «las Escrituras». En el caso de Ezequiel y de Juan, Dios deja su palabra escrita en un rollo antes de invitarles a consumirla. 

Dios se revela y se entrega en el rollo. Pero somos capaces de permitir que algo que ha empezado de forma tan poética acabe por convertirse en jerga común. De esta forma, los términos grecolatinos como «alianza», «testamento», «liturgia» y «Eucaristía», que hacían cantar a nuestros antepasados, se han convertido en palabras comunes, incluso han caído, como con un ruido sordo, en el vocabulario técnico. Probablemente, el problema no es específicamente moderno, sino más bien una tentación constante. De todas formas, la recuperación de la novedad de esos términos — Nueva Alianza, Nuevo Testamento— se hace más urgente ahora que la Iglesia se embarca en la tarea de una Nueva Evangelización. 

La evangelización es un proceso dinámico por el que compartimos con los demás el Evangelio, la buena nueva. Y no podemos dar lo que no tenemos. Ezequiel consumió la palabra de su mensaje profético. También Juan la tomó y la comió. Romano la consumió, la digirió, de forma que se hizo una cosa con él, y así pudo compartir lo que había recibido. Todos ellos conocieron en primer lugar la comunión con la Palabra, y solo después de eso pudieron llevar la Palabra por el mundo. 

También nosotros necesitamos gustar aquello que fue objeto de pregustación en Ezequiel, del banquete de Juan y del canto de Romano. Por eso he escrito este libro: para analizar los principales términos del Cristianismo y averiguar el significado que les daban los autores sagrados, los predicadores apostólicos y sus primeros oyentes. Si logramos consumir la Palabra del mismo modo que ellos, seremos transformados igual que los primeros discípulos. Quizá entonces nuestro mundo también se vea reconstruido y renovado, como lo fue el suyo. 

[2] HIPÓLITO DE ROMA, Fragmento 3; recogido en Ancient Christian Commentary on Scripture, Old Testament, volumen XIII, InterVarsity Press, DownersGrove (IL), 2008, p. 19. 
[3] JERÓNIMO, Comentario a Ezequiel, 1.3.1. 
[4] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, 1, 6, 15. Citado por Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 41. 
[5] Sobre el significado de estas dos acciones, cf. Gregory Dix, The Shape of the Liturgy, Seabury, New York 1982, capítulo 4. 
[6] ORÍGENES, Sobre el Éxodo 13, 3. 
[7] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n. 93.

SCOTT HAHN El alimento d... by framcisco javier ceron


jueves, 2 de diciembre de 2021

👉 LIBRO "ABAJO LA MODERNIDAD": UN ALEGATO DEMOLEDOR CONTRA EL MUNDO ACTUAL 👇

ABAJO LA 
MODERNIDAD
👇
UN ALEGATO DEMOLEDOR CONTRA
EL MUNDO ACTUAL


Este libro es una enmienda a la totalidad contra eso que se viene llamando mundo moderno y que no es más que la debacle de occidente programada y dirigido por las élites mundiales. Vivimos el final de un ciclo, no ya económico, sino civilizatorio; una decadencia moral, social y estructural de todo el orbe desarrollado, el fin de la clase media como sustento de las democracias liberales y un proceso de sustitución poblacional que va a modificar irremediablemente la faz de la tierra sobre la que habitamos. Este libro trata de verter luz sobre una serie de procesos que están relacionados entre sí e impuestos deliberadamente desde los grupos de poder como el multiculturalismo, el feminismo, la diversidad de género, el ecologismo, la implantación de las ONGs o la corrección política. David Pasarin-Gegunde (Bilbao, 1977) es licenciado en LADE por la Universidad del País Vasco y ha cursado estudios de Protocolo en la Universidad de Salamanca. Vivió su infancia y juventud en la localidad vizcaína de Galdácano de la que fue concejal (2011-2015), primero como portavoz del Partido Popular hasta el estallido del Caso Bárcenas y posteriormente en el grupo mixto. Tras su paso por Ciudadanos, formación con la que fue candidato a la alcaldía de Bilbao (2015), fundó su propio partido, Bilbaínos-Iniciativa por Bilbao, con el que volvió a ser candidato en 2019. En la actualidad es presidente del partido Liga Foralista-Foruzaleak con el que fue candidato a lehendakari en los comicios autonómicos de 2020. Es colaborador habitual de varios medios digitales y compagina la actividad política y literaria con su trabajo en la empresa privada.

Prólogo

Complicada tarea escribir un libro como este; dificil empeño componer un relato en el que se cuestionan la mayoría de los principios vigentes en una sociedad y un tiempo concretos. Estos valores, si es que se puede denominar asi a la acumulación de medias verdades, ausencia de ética y exceso de manipulación que nos rigen actualmente, han llegado a un punto de corrupción pocas veces observado anteriormente en nuestra historia.
Estamos tan inmersos en este informe y frívolo sistema de pensa­miento moderno que cualquier crítica, por encontrarse la realidad tan distante de la ficción en la que habitamos, requiere de altas dosis de valentía. Sin embargo, posiblemente, esa sea la obligación moral y la fina­lidad última de toda verdadera obra literaria, el cuestionamiento del pensamiento contemporáneo en que nos ha tocado vivir. Esta necesidad de crítica se hace imperiosa en un tiempo como el nuestro en el que los pilares de la civilización se resquebrajan a una velocidad pocas veces antes vista.

La palabra modernidad es uno de esos vocablos que, en nuestro tiempo, siempre ha tenido connotaciones positivas. Define la Real Acade­mia de la Lengua Espaliola (RAE) el adjetivo moderno como "lo relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente". En este sentido, todos los hombres y mujeres que han existido a lo largo de nuestra Historia han vivido inmersos en la modernidad. Todos, ineludiblemente, habitamos en el momento presente que discurre desde nuestro nacimiento hasta nuestro fin. La diferencia está en la percepción que tenemos en cada una de las épocas de Ia civilización con respecto al pasado y a quienes lo han habita­do. Históricamente siempre se nan tenido en cuenta las épocas pretéritas para tomar ejemplo o bien para oponerse a ellas, pero nunca como hoy se ha dejado de mirar al pasado. Ninguna generación ha mirado con tanto desdén hacia otras etapas de nuestro desarrollo y, desde luego, ninguna ha despreciado tanto las lecciones que podemos recibir de nuestroe antepasados. El pensamiento moderno actual está convencido de que todos los que nos precedieron no supieron hacer las cosas de acuerdo a los actuales parámetros de calidad, ética o equidad social. El hombre de nuestro tiempo mira a sus antecesores con los ojos de un "supremacismo histórico" que dice muy paco de los valores que rigen el tiempo que nos ha tocado vivir. Nos hemos acostumbra a juzgar a los humanos que nos precedieron con criterios actuales, y claro, nos parecen todos retrasados, bárbaros o incultos. 

Serían dignos de ver viviendo hace cien años todos esos jóvenes que hoy en ella siente insoportable la perdida de una maleta o la ausencia de leche de soja en el desayuno de su hotel. Sería Curioso ver cómo se las hubiesen ingeniado para dar la vuelta al mundo en tiempos de Magallanes o para realizar un simple viaje por Europa en plena Edad Media. ¿Se imaginan a los hombres de hoy sigu.ienclo a Alejandro Magno a los confines del mundo? ¿Se imaginan a los adolescentes europeos camino de América en tres pequeñas embarcaciones de madera? ¿Se imaginan a los actuales es­pañoles conquistando la Amazonia comidos por los mosquitos y las enfermedades? Quienes nos precedieron hlcieron cosas tan grandes con tan pocos medios que deberíamos ''lavamos la boca" antes de juzgar la mayoría de sus actuaciones.

Para hacer una crítica de nuestro tiempo, ese es el objeto de este libro, debemos tener en cuenta algunos conceptos imprescindibles para entender el pensamiento predomina nte en este inicio del tercer mileno que nos ha tocado vivir. Todos los momentos históricos son susceptibles de crítica y discusión pero especialmente nuestra época, su pensamiento pre­dominante en concreto, excede los parámetros de cualquier lógica. Por supuesto que han existido otros periodos humanos mucho peores que el nuestro, pero sin duda, los hombres que los protagonizaron nunca fueron tan mediocres ni tan ridículos como nosotros. Vivimos rodeados de una ramplonería y una simplicidad buenista que parece increíble que podamos sobrevivir a nuestra propia estupidez. Es sorprenderte que la gente no ne­cesite de vez en cuando salir del mar de mentira en el que bucean para coger una bocanada de aire de verdadero. Quienes nos precedieron fueron, sin lugar a duda, bastante más inteligentes que nosotros ya que florecieron bajo unas condiciones de vida inmensamente peores que las nuestras. No solo eso, además tuvieron tiempo para crear unas obras de arte cuya perfección, grandeza y belleza están vetadas a los creadores de un mundo me­diocre y vulgar como el nuestro. Aun hoy podemos ver puentes, acueductos, palacios o templos que desafían el paso de los milenios mientras las construcciones modernas no soportan el menor embate de una meteorología adversa. Frescos, lienzos o cerámicas producidas hace siglos siguen pujando por ser las más bellas de la Historia mientras la estética moderna desbarra hacia un mundo absurdo e ininteligible por el público. Repasaremos en este libro también las claves de la producción artística de nuestro tiempo.

En cualquier caso, el objetivo de este libro no es tanto criticar los valores que estos últimos años se nos han inculcado desde el poder, es más bien, fomentar la reflexión sobre el mundo que nos ha tocado vivir. Estamos siendo bombardeados con una serie ele mensajes de manera tan sistemática desde los medios de comunicación, las redes sociales, las declaraciones de los políticos o la pllblicidad que es difícil volver a las coordenaclas mentales que nos regían antes de este "lavado de cerebro colectivo". En este contexto, la publicación de este volumen trata más de reformular preguntas ocultas bajo el ruido mediático en el que vivimos que de dar respuestas. De hecho, una de las caracteristicas de nuestro tiempo consiste en la sustitución de la deliberación personal por una serie de respuestas absolutas y dogmaticas suministradas por el poder. La modernidad trata de dar réplica a todas las preguntas posibles, en esto tiene mu­cho de religión, y extingue el sentido crítico de los ciudadanos sustituyéndolo por una serie de verdades concretas y definitivas que no dejan sitio a la discrepancia.

La modernidad es una ceremonia de la confusión en la que la apariencia ha desplazado a la realidad, la ha apartado de nuestros ojos o directamente la ha asesinado. La contemporaneidad es la ausencia de contenido, eso si, trasmitida en directo y con la mejor de las calidades de imagen posibles. Una sucesión de eslóganes y frases fáciles repetidas hasta la saciedad que enturbian deliberadamente nuestro sentido crítico. De hecho, a diferencia de lo que nos quieren hacer creer, las tecnologías que disfru­tamos actualmente no nos hacen más inteligentes, todo lo contrario, limitan nuestra capacidad mental focalizando nuestra atención hacia lo que quieren que veamos, compremos, pensemos o votemos.

Vivimos un momento histórico en el que la brecha de concordancia entre la realidad y la representación que nos quieren hacer pasar por real está en niveles máximos. Esta falta de cercanía entre los valores que han dirigido nuestra civilización durante milenios y los nuevos principios que nos rigen actualmente está en el origen de la gran parte de las angustias vitales que acucian al hombre actual. No es normal que en Occidente suframos indices de enfermedades mentales y cifras de suicidios como nunca se han visto en la cronología de la humanidad en un momento en el que gozamos de los mayores niveles de bienestar de nuestra historia. Y lo peor de todo es que nos han hecho creer que este estado de cosas es el correcto, que vivir en la modernidad implica desenvolverse en este nivel de estrés existencial. Muchos de los que miramos a la modernidad con cierto recelo intuimos que detrás de las luces que la iluminan no hay más que un escenario de cartón piedra vacío de contenido y fabricado en China. El problema es que en este mundo de corrección política bajo el que vivimos no se puede decir algo tan revolucionario como la verdad. No se puede decir que la comida moderna es una basura, que las relaciones personales están degradadas, que internet tiene cada vez más influencia negativa en nuestra existencia o que los productos fabricados hace treinta años tenían unos niveles de calidad inalcanzables hoy en día. Este tipo de contradicciones y puntos muertos de nuestro sistema son los que vamos a repasar en este libro abordándolos desde diferentes puntos de vista. En ocasiones plantearemos incluso visiones contradictorias del mismo argumento o nos referire­mos a un asunto concreto en sucesivos capítulos.

Lo importante es la conclusión que el lector saque por sí mismo de los diferentes temas y no la posible respuesta (coherente o no) que se dé a los mismos en esta obra. Analizaremos desde ideas abstractas que condiclonan nuestros pensamientos y conductas más intimas hasta cuestiones cotidianas que han alterado profundamente nuestra manera de desenvolvernos en este mundo. Trataremos de poner ejemplos de cómo se ha modificado de forma radical nuestra manera de razonar y actuar y como nos hemos acomodado a esas correcciones. En estos últimos veinticinco años, diez años, cinco años... no solo se aceleran los cambios... también nuestra capacidad de adaptación. El hombre no es solo capaz de aptarse al cambio; también a su aceleración.

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Pensamiento único

Empecemos por diseccionar los conceptos básicos que rigen el intelecto moderno y la manera de desenvolvernos en este primer cuarto del siglo XXI. Vamos a desgranar los criterios comúnmente aceptados por la gente que viven en un mismo momento histórico y en una misma área geográfica. Sin lugar a dudas el pensamiento único es uno de los pilares básicos que explican el tiempo que nos ha tocado vivir. Hay innumerables definiciones para esta idea pero esencialmente viene a ser la concreción ideológica, una manera de pensar colectiva, de los intereses del gran capital internacional. Básicamente hace referencia a uno estructura coherente y cerrado de valores, una serie de "lugares comunes" que las clases dirigentes quieren que asimilemos. Otra de sus características determinantes es el absoluto convenchniento por parte de quienes lo practican de su superioridad moral sobre quienes piensan de otra manera.

Hoy en día esa difusa ideología que impregna ámbitos tan dispares como el feminismo, la estructura de las familias, la posición ante la inmigración, la eutanasia o el aborto ha conseguido convencer a la opinión pública de la inexistencia de alternativas factibles.
El poder mediático ha triunfado de tal manera en la difusión del pensamiento único que todos lo hemos aceptado como nuestro e incluso se ha producido la apropiación del mismo por parte de amplios sectores de la izquierda. El verdadero problema para la clase media occidental de la implantación de este nuevo dogma sociológico es una de sus derivadas más perjudiciales: el globalismo. 
Definiremos a lo largo de este libro desde di­versos puntos de vista este concepto y sus implicaciones para la forma de vida que hemos conocido hasta estos últimos diez años los ciudadanos europeos.
Con la apropiación y defensa a ultranza por parte de la derecha tradicional, y de la mayoría de la izquierda, de los conceptos derivados del pensamiento único, este, deja de ser una ideología para convertirse en una forma de ver el mundo. De facto, gracias al control que el poder ejerce sobre los medios de comunicación y las redes sociales, en la única forma posible.

La progresía internacional "ha comprado" este nuevo posicionamiento doctrinal a sus antiguos enemigos liberales arrastrando a millones de ciudadanos bienintencionados a esta nueva fe. El silencio de sindicatos y socialdemócratas con respecto a la degradación de las condiciones labo­rales en Occidente o la falta de barreras arancelarias a los productos chinos son claros ejemplos de ello. Bien es verdad que las élites dirigentes hace tiempo que se encargaron de que las cúpulas de los partidos politicos "obreros" estuvieran formadas por personas que no han tenido en la vida una llave inglesa entre sus manos. No hay más que observar la apariencia y el nivel de vida de los dirigentes de estas organizaciones para constarlo. Por si fuera poco, estos líderes mantienen conexiones nada disimuladas con grandes capitalistas como Bill Gates o despiadados especuladores como George Soros. La izquierda sistémica no solo lo ha comprado la nueva doc­trina, la ha interiorizado de tal manera que incluso se la tira a la cara a la propia derecha que se hace la ofendida mientras sonríe entre dientes.

La unanimidad entre todo el espectro ideológico tradicional es evidente desde el momento en que no se produce la derogación masiva de leyes cuando sobreviene una alternancia en el gobierno. Ni la derecha suprime las normas que promulgó la izquierda cuando se sentó en el consejo de ministros ni viceversa. Esta sospechosa connivencia entre fuerzas aparentemente adversarias ha acuñado un nuevo concepto deno­minado "muerte de las ideologías" repetido hasta la saciedad en la mayoría de los discursos políticos de uno u otro signo. Evidentemente, no es que las bases teóricas defendidas por los partidos hayan perdido su vigencia, es que los dirigentes de esas formaciones sirven a los mismos intereses internacionales. No hay más que ver la unanimidad, en ocasiones convenientemente disimulada, en temas oomo la inmigración, las políticas de género, la economía o los recortes en material laboral para darse cuenta de que existe una posición común entre estos partidos. Si ya no hay ni izquierda ni derecha solo nos queda el pensamiento único, han vencido.

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