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CALENDARIO CUARESMAL 2026

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lunes, 23 de febrero de 2026

LIBRO "CAP CANA": LOS OSADOS APRENDICES (FELIPE GONZÁLEZ) DE DONALD TRUMP por MIGUEL ÁNGEL ORDÓÑEZ

 
CAP CANA

Los osados aprendices 
de Donald Trump


Los hermanos Hazoury, impulsores de Cap Cana, un ambicioso proyecto inmobiliario y turístico emplazado en el este de la República Dominicana, eran unos artistas consumados del birlibirloque en los negocios. Uno de sus referentes era Donald J. Trump y lo buscaron para usarlo como gancho en sus planes. El neoyorquino se prestó confiado y publicitó con entusiasmo el proyecto hasta en su programa televisivo The Apprentice.
Poco después, con la excusa del estallido de la burbuja inmobiliaria, Cap Cana dejó en la estacada a varios cientos de compradores, bonistas, bancos y proveedores. Con una deuda en torno a los setecientos cincuenta millones de dólares, también dejaron de pagar a Trump. Versado en todo tipo de jugarretas, el futuro presidente de EEUU comprobó que sus aprendices se habían creído más listos que él y le habían sisado quince millones.

Osados, habían ideado todo un plan que les enriqueció desorbitadamente, a costa de sus acreedores, del Estado dominicano y fondos públicos de España y EEUU. Forzaron una quiebra aparente sin más salida para los perjudicados que la quita de deuda (al más puro estilo Trump) y la aceptación como pago de terrenos sin valor. Duchos en sus tratos políticos, los dueños de Cap Cana lograron que el Estado dominicano encajase un agujero de doscientos cincuenta millones de dólares. En medio de la opacidad más absoluta, se adueñaron de los mejores solares a precio de vaca muerta, mientras fluía a sus manos dinero sospechoso a espuertas: de sonadas tramas de corrupción de España como el caso ERE, pero, sobre todo, de venezolanos enriquecidos por la corrupción y el narcotráfico del régimen chavista, algunos de ellos perseguidos por la justicia de EEUU, cuyos agentes federales llegaron a registrar lujosas villas en el megacomplejo, justo con Donald Trump en la Casa Blanca.

INTRODUCCIÓN

El triunfo de la osadía

NI EN SUS MEJORES SUEÑOS los hermanos Hazoury habían podido imagi­narse la resonancia internacional que estaban logrando para Cap Cana, el ambicioso proyecto inmobiliario y turístico situado al este de la paradisiaca República Dominicana. El veintidós de abril de 2007, consiguieron que se promocionase por todo lo alto, en horario de máxima audiencia, en la cadena de televisión NBC de EEUU Concretamente, en el final de temporada del exi­toso programa The Apprentice, que conducía su socio Donald J. Trump.
Para complementar una inversión publicitaria brutal, que incluyó la compra de algún medio de comunicación en la República Dominicana e inserciones en el New York Times, esta familia dominicana de orígenes fenicios había fichado al mismísimo Trump como relaciones públicas.

Era parte de un acuerdo de asociación, rubricado en febrero de ese año. Oficialmente, The Donald iba a "desarrollar" o "construir" junto a aquella familia una serie de promociones inmobiliarias en Cap Cana que representaban unos dos mil millones de dólares: desde campos de golf o unas torres Trump, a un gigantesco hotel Trump Ocean o parcelas para construir villas de ultra lujo. Tan sólida era la implicación del norteamericano que, además de servir de reclamo, él daba la cara ante los compradores y les daba la bienvenida y deta­lles del futuro promisorio que les aguardaba por realizar aquella inversión.

Igualmente, se afanó en promocionar aquel fantástico proyecto dondequiera que pudo. Incluso, en The Apprentice, un gran éxito que le supuso más de cuatrocientos millones de dólares facturados. En cada una de las catorce temporadas de este reality show o espectáculo de telerrealidad, al estilo del formato de Gran Hermano o Big Brother, un grupo de jóvenes emprendedores convivían y competían entre sí, con cámaras vigilándoles durante las vein­ticuatro horas, agrupados en dos equipos diferentes. Semana a semana, el equipo ganador de cada episodio lograba vivir en una mansión, mientras que el perdedor tenía que hacerlo en una tienda de campaña en el patio trasero de la fastuosa casa. Además, una terna de los losers se sometía a una entrevista de trabajo con Trump, que decidía quién merecía ser expulsado del programa al grito de" ¡Despedido!".

El premio final era un contrato de un año, que suponía un salario superior a doscientos cincuenta mil dólares, para dirigir como aprendiz de Trump uno de sus proyectos. Aquella noche de abril de 2007 se emitió el último episodio de la sexta temporada de El Aprendiz. El peculiar presentador y empresario hizo que en él brillase Cap Cana, escogido como el premio gordo ofrecido a los cuatro finalistas. Aquella propaganda de Cap Cana no tenía precio. En tér­minos metafóricos, claro está, pues literalmente sí que lo tuvo y bien que se lo cobró Donald Trump. El programa, que había vivido tiempos mejores, co­sechó aquel año en EEUU una media de 7,5 millones de telespectadores por episodio.
Ricardo Hazoury, presidente en aquel momento de Cap Cana e interlocutor principal del empresario neoyorquino, no cabía en sí de gozo, como el resto de su familia. De haber sido más joven hubiera encajado perfectamente en el perfil requerido por Trump para un aprendiz ganador nato. Desde hacía muchos años, el dominicano lo tenía como referente, le admiraba e imitaba, tanto en sus luces como en sus sombras. Lo tenía en un pedestal, parejo a un Walt Disney que lo marcó desde la niñez y, según confesión periodística, le ayudó a soñar en grande. A Trump, por su parte, le habían impactado grata­ mente de Hazoury su estilo arrojado y dizque "su gran poder de persuasión", aspectos que le alabó en público.

El norteamericano no perdió tiempo en comprobar si aquella familia domi­nicana, cuya línea de negociantes completan Abraham y Fernando, era trigo limpio. Le bastó el dinero fácil que le reportaría aquel acuerdo sin poner un solo dólar, pues, en realidad, se reducía a cobrar un buen porcentaje de las ventas por prestarles su nombre o marca. Se dejó llevar por su instinto, exactamente igual que había hecho con otras familias polémicas, como los Genovese y los Gambino, dando por hecho que la palabra dada y la lealtad eran más robustas en esos ambientes tan de famIglía y respeto al padrone o padrino.

Luego vino la aparente debacle de Cap Cana que dejó en la estacada a numerosos inversionistas, muchos de los cuales habían acudido por la presencia de Trump. Detrás de la excusa del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, el
futuro presidente de EEUU, cuya fama de fullero en los negocios no la había ganado por casualidad, descubrió que los Hazoury habían resultado ser algo más que unos simples aprendices y se habían creído más listos que él: le es­taban estafando y tratando de sisar una millonada. Para ser exactos, casi seis millones de dólares, creía él. Luego, conforme sus contables indagaron un poco, vio que eran más de catorce.

Fue, entonces, a por los aprendices de brujo, dispuesto a hacerles morder el polvo. No lo hizo tanto por haber sido utilizado vilmente en todo un fraude en el que se le había usado como gancho o cómplice. Su ya jironada honra era lo de menos, pues había comprobado repetidamente que era elástica y tenía un gran aguante. De hecho, decenas de escándalos similares no le impidieron alcanzar la Casa Blanca unos años después. Su guerra contra los Hazoury fue más por descubrirse como un iluso más del montón, y, sobre todo, por saber que en ambientes rufianescos dejar pasar una situación así es fomentar un virus de osados imitadores.

Pasado el tiempo y la humillación a que sometió a la familia Hazoury en un tribunal norteamericano hasta que le pagaron con creces hasta el último centavo, intereses incluidos, Cap Cana sigue siendo digno de estudio hoy día, en un aparente esplendor superior al de los tiempos de su aparición en The Apprentice. No sólo por aquellas trampas de tahúr o vendedor de crecepelo que descubrió Trump. Cualquier escuela de negocios debiera afanarse en analizar el enigma de cómo sus promotores supieron hacer de la necesidad virtud con una increíble osadía. Por un lado, la ambición con que nació el proyecto, una locura sin precedentes en el mundo, con desatinos que no se explican ni siquiera en el contexto de los eufóricos tiempos anteriores al es­tallido de la burbuja inmobiliaria.

Asimismo, cómo Cap Cana ha logrado sobrevivir o resucitar, milagrosamente, no sólo a la estafa a Donald Trump y su baqueteo en un juzgado estadouni­dense, sino a una quiebra sin parangón que dejó a cientos de inversores en la estacada, incluidas importantes instituciones financieras locales y mun­diales. O cómo, antes incluso, aplastó sin rubor las teorías del marketing y management que consideran que, para garantizar el futuro de una compañía, de nada sirven el mejor producto y la mejor marca sin una impecable repu­tación empresarial.

Estos son tiempos en que la sociedad se interesa no sólo por lo que compra, sino por cómo se comporta quien lo produce (ética, respeto a los derechos humanos, cumplimiento de las leyes y obligaciones fiscales, condiciones la­borales, impacto medioambiental, etcétera). Sin embargo, los sorprendentes gestores de Cap Cana, entre otras tropelías, al margen de su falta de honra­ descontable y una querencia enfermiza por la corrupción, destrozaron su entorno natural y arrasaron comunidades que llevaban varias generaciones establecidas allí, sin despeinarse. No sólo acumularon muertos en el armario, metafóricamente, sino que hasta los tiraron a la basura, literalmente, como veremos.

También debiera ser objeto de estudio otro hecho que por igual parece casi sobrenatural: la extraordinaria pervivencia de sus directivos, pese a sus fiascos y el hecho de que, lejos de perder dinero, salieran inmensamente más ricos de aquella ruina, haciendo que fueran otros los que pagaran los platos rotos. Entre ellos, los ciudadanos dominicanos de a pie, cuyos bolsillos tuvie­ron que cubrir algunos de los estropicios que provocaron y que pueden ci­frarse objetivamente en varios cientos de millones de dólares.

Sería aconsejable, eso sí, que se abordase la cuestión alejándose del relato épico construido por esos mismos empresarios, con gran fantasía y desem­bolso publicitario, uno de cuyos epítomes podría ser una conferencia que dio, en octubre de 2013, quien fue durante los años del desastre presidente de Cap Cana, Ricardo Hazoury, el admirador admirado de Trump. La ofreció en casa, en la universidad propiedad de la familia y de la que había sido regente, UNIBE, empleadora, además, de un número importante de jueces del país, a decir de algún abogado que ha pleiteado contra la familia Hazoury y ha su­frido decisiones judiciales controvertidas.

A esas alturas, ya se había consumado una quiebra de dimensiones colosales, con una deuda cercana a los setecientos cincuenta millones de dólares. Igual­ mente, los Hazoury estaban siendo vapuleados en EEUU por Trump.
El título de la lección magistral de Ricardo Hazoury fue: "Innovación en pro­yectos turísticos. Cap Cana, proyecto innovador en República Dominicana". Este médico metido a empresario, sobrado de autoestima, seencargó de darle a la deposición un subtítulo bochornosamente elocuente: "Ricardo Hazoury, el legado de un líder emprendedor en el mundo de los negocios". No hubo ni un ápice de autocrítica o, sencillamente, de cruda verdad, ni sobre el devenir de Cap Cana ni, por supuesto, sobre el carácter y modos un tanto peculiares de gestionar del conferenciante y sus hermanos. Una persona que trabajó con él, Víctor Cabral Amiama, primer ministro de Turismo de la República Domi­nicana y que ocupó el cargo de presidente ejecutivo de Cap Cana, menciona en un libro, "Historia de una infamia" (2021), "la torpeza gerencial de Ricardo, rayana en la desaprensión y la inutilidad de discernimiento", amén de una bravuconería e iracundia sin par.

Hazoury, en el único arranque de modestia de que hizo gala, se reconocía en esa misma ponencia como "mal estudiante de Medicina" (razón que podría explicar que confunda tanto lo del juramento hipocrático con el hipócrita). Cantinflesco, fue capaz de vender una realidad paralela, por arte de birlibirlo­que, toda una ilusión adornada por una impunidad pasmosa y un público en­tregado, que ni los de Trump en aquella entelequia de coaching que nominó Trump University. Los puntos fuertes de Cap Cana habrían sido, según él, la demanda del mercado inmobiliario internacional y nacional, la capacidad de percibir las oportunidades, decisión y buena planificación, entre otros.
Sin embozo, incluso, Hazoury se detuvo con detalle en mostrar imágenes de satélite de cómo transformaron la enorme extensión de terreno que la familia adquirió con un préstamo. En dichas fotografías destaca la trans­ formación brutal de la costa para crear una ciclópea y costosísima marina artificial, con una serie de canales que aspiraban a que fuesen surcados por ricos derrochando dinero a bordo de vaporettos como si se tratara de una gla­murosa nueva Venecia.

Al margen de la temeridad de presumir sin vergüenza de una alteración tan salvaje de la naturaleza y la eliminación de manglares y humedales en unos tiempos tan sensibles con el frágil medioambiente, la cortina de humo nar­cisista del pintoresco Ricardo Hazoury es un fenómeno tan interesante que hace por sí solo que el caso de Cap Cana trascienda el ámbito de una escuela de negocios, para poder ser también abordado por una de psicología o, in­cluso, una de magia al estilo del Colegio Howarts de Harry Potter.

Es tremendamente fascinante hasta qué punto este aprendiz de brujo ha asi­milado como un gran triunfo su gestión y la de sus hermanos.
Bien pensado, sin embargo, tiene pleno sentido, por más que antiguos eje­cutivos relacionados con el proyecto hayan calificado de desastroso dicho manejo. Ciertamente, sería loable haber revivido un proyecto absolutamente muerto, en estado de putrefacción absoluta, que sufrió una quiebra sin pre­ cedentes y que supuso la ruina de numerosos inversionistas que compraron alguna propiedad y prestaron su dinero al ambicioso resort. Más meritorio aún es que hayan continuado al frente quienes lo quebraron, no pusieron ni un centavo de su bolsillo para evitarlo, y hasta se plantearon salir del país por el gran agujero que crearon y las acusaciones de fraude, mientras exhibían un tren de vida prohibitivo a la par que provocativo.

Ya que mencionábamos la psicología y la expresión de la rufianería o germa­nía birlibirloque, viene al caso entonces la germana Escuela de la Gestalt, de principios del XX, uno de cuyos más famosos postulados es aquel de que "el todo es mayor que la suma de sus partes".
La osadía y el fraude de Cap Cana no reside sólo en una simple cuestión de incapacidad para los negocios. No es únicamente que aquella marina fuese un barril sin fondo, que ni el de las Danaides, necesitado de ingentes recursos para avanzar. Tampoco es el mero hecho de que interconectar las diversas urbanizaciones previstas en una extensión de terreno que duplica el tamaño de la isla de Manhattan significase elevadas inversiones en infraestructuras urbanísticas como vías de comunicación, conducciones de agua potable, sa­neamiento, líneas telefónicas, cableado eléctrico...

Tampoco se trata sin más de que las proporciones descabelladas de aquellas obras fuesen precisamente así porque se traducían en mayor beneficio para la empresa que las ejecutaba, una constructora perteneciente a la familia.
Ni siquiera es exclusivamente válido el pretexto de la brutal crisis económica mundial que siguió a la explosión de la burbuja inmobiliaria.
La suma de todas esas partes es infinitamente menor que el todo, haciendo buena la máxima de la Gestalt. En realidad, el todo se acaba de explicar por­ que la quiebra de Cap Cana fue una bendición para los Hazoury y les supuso un enriquecimiento desmedido. Con métodos absolutamente non sanctas, por supuesto.

Al margen de que tuvieron en su mano evitar el batacazo que vino, aquella bancarrota tuvo bastante de premeditado. El fraude fue diseñado con una sagacidad, osadía y frialdad tremendas, temerarias, como iremos desgra­nando a lo largo de este texto. Al final, tenía razón Ricardo Hazoury en su conferencia al defender que supieron percibir las oportunidades, aplicaron decisión -podría decirse, incluso, arrojo, el mismo que le alabó Trump- y planificación.

La crisis financiera mundial fue la coartada para eliminar cualquier fiscaliza­ción de sus cuentas, por ejemplo. Los Hazoury forzaron que dejasen de hacer su trabajo los supervisores de las finanzas corporativas, quienes velaban por el cumplimiento de las condiciones del financiamiento que habían recibido por doscientos millones de dólares. Sin controles de ningún tipo, ancha fue Castilla para esta familia, que decidió obtener la nacionalidad española vía exprés, tirando de contactos al más alto nivel, por si tuvieran que coger o tomar las de Villadiego en medio de aquella arriesgada jugada.

Sin auditorías ni vigilancias de ningún tipo durante años, hicieron y des­ hicieron a su antojo. Oficialmente, nadie podría rebatir su falta de liquidez, pues no se computaban en los libros las entradas de recursos, que las hubo, desaforadas en ocasiones, provenientes en buena parte de esclarecidos oscuros inversionistas, algunos de ellos perseguidos por la justicia es­tadounidense, cuyos agentes federales llegaron a allanar lujosas villas en el megacomplejo.

Además de fondos públicos españoles distraídos en alguna sonada trama de corrupción, que vuelven a evocar el polémico pasado de un connotado socio de los Hazoury, con contrapartes a su vez entroncadas incluso con el narcotraficante Pablo Escobar, la mayoría del dinero turbio al que nos refe­ríamos proviene de ricos venezolanos sobre cuya catadura no hay ninguna duda: enriquecidos por la corrupción y el narcotráfico del régimen chavista, encuentran en Cap Cana un lavadero sin par.

Si se hubieran contabilizado esos ingresos, se tenía la obligación de pagar primero a los bonistas, como contemplaban las condiciones de la emisión de deuda corporativa. No habría habido tampoco excusa para paralizar las obras de las diferentes promociones en curso. La entrega de los inmuebles acabados a los compradores garantizaba dinero para que el sistema no se detuviese.
Oficialmente sin recursos, los dueños de Cap Cana dejaron de pagar a todo el mundo. Desde los idolatrados Donald J. Trump y el exgolfista Jack Nicklaus al último de los bonistas o a cualquier suplidor. De Citibank o KMPG, para sortear testigos incómodos, al gobierno norteamericano, que les financió la compra de equipos de construcción, pasando por bancos locales, internacionales, o la Hacienda dominicana.

Ante la presunta ausencia de dinero y el callejón sin salida, directo a la quiebra, los Hazoury dieron sólo una opción a los acreedores, que estaban a esas alturas a punto de caramelo (y de camelo): recibir terrenos como pago, tasados unilateralmente, lo que aprovecharon para deshacerse de los peo­ res solares, los más apartados, menos comerciales, plagados de cambrones y culebras cuando no situados en zonas inundables, de antiguos humedales o manglares. Con el consuelo para los acreedores de que menos era nada, com­binado con la desesperación de que cada día que transcurría los bonos tenían menos valor y la certeza amenazadora de que se podrían quedar sin dinero y sin tierras.
A la vez que hicieron esa limpia de lotes malos, encajándoselos a otros, re­ducían la monstruosa deuda sin tener que poner ni un solo dólar de los que estaban recibiendo; mucho menos de sus abultados bolsillos. Pero, además, los promotores de Cap Cana desarrollaban otra gran trastada adicional para quedarse con las mejores parcelas, a precio de vaca muerta, como suele de­ cirse en la República Dominicana.

Precisamente, la lucrativa resucitación de Cap Cana se está produciendo en los últimos tiempos en aquellos terrenos más privilegiados. Quienes transa­ ron con montes y culebras están muy lejos de recuperar una parte mínima siquiera de su inversión inicial. Cap Cana (la familia Hazoury y algún re­lacionado) está actualmente más viva que nunca, objetivamente, pues con aquellas tretas salieron de la deuda, por más que la resistencia innata de los Hazoury, casi genética, a desprenderse de dinero despierte en muchos las sospechas de que está al borde de la quiebra permanentemente.

Enel mismo 2021 lo descartaba un verificador judicial, Alis Antonio Medina González, en un pleito en el que se pedía la declaración de quiebra de Cap Cana para así poder cobrarse una deuda el demandante. Tengamos por válida esa experticia, pese a su última conclusión, en la que el autor se deja llevar por la emoción, se suelta la melena y va más allá de lo que debiera ser un frío análisis contable, revelando cómo se lo habían ganado Cap Cana y sus cifras económicas: "recomendamos" a la empresa "seguir explorando nuevas modalidades de negocios que permiten continuar su arduo desarrollo inmo­biliariode la empresa y el país".

Este contable estima los activos de Cap Cana en casi mil cincuenta y ocho millones de dólares. Curiosamente, una cifra cercana a los mil ciento diez millo­nes en los que presumían estar tasados cuando hicieron la primera emisión de bonos, 2006, cuyas condiciones incumplieron fragorosamente y llevaron al mencionado cul de sac o callejón sin salida. Otra cosa distinta es que el mismo contador público establezca, por ejemplo, que se mantienen sesenta y siete pleitos en activo en contra de Cap Cana que representan contingencias por unos sesenta y seis millones de dólares. Igualmente, que debe una cifra superior a los ciento setenta y un millones de dólares a distintos proveedores y más de catorce en papeles comerciales o pagarés.

A lo largo de este libro desarrollaremos todos estos temas. Veremos que Ri­cardo Hazoury se queda corto y tiene motivos más que sobrados para jactarse de su gran éxito como autoproclamado "líder emprendedor en el mundo de los negocios", pues, objetivamente, aunque no sean limpias u honestas, son más que increíbles sus dotes y las de sus hermanos para mantenerse con garbo sobre la cuerda floja hasta extremos insospechados. También son in­ creíbles, ya que hablamos de una familia que posee también concreteras, los rostros de hormigón armado que desplegaron.

Prácticamente sólo dos grandes escollos les hicieron temblar en medio de tanta osadía. No fue tanto el miedo a represalias de los múltiples damnifica­ dos, que les obligó a atrincherarse en su fortín de Cap Cana y tener cerca sus recién estrenados pasaportes españoles junto a un hatillo de emergencia, ro­deados de una guardia pretoriana.
Por un lado, les quitó el sueño haber sido pillados en el timo por su admirado Donald Trump, que, al final, resultó ser el único que no perdió dinero en todo este atolladero que enganchó a tanta gente, porque sus tablas le dotaron de rapidez de reflejos.

Por otra parte, esta familia también tuvo sudores fríos al verse descubierta en el meollo de una trama de sobornos y corrupción en el seno de una agencia pública del gobierno de EEUU, a la que accedieron gracias a contactos de alto nivel. Fue una crisis en la que tuvieron que maniobrar sin escatimar recursos ni esfuerzos para librarse de repercusiones mayores, tras pretender enredar al tesoro estadounidense con treinta millones de dólares. Hasta pa­garon a un antiguo presidente de dicha agencia, abogado y lobista, para bus­ car una salida al lío.

Veremos, asimismo, cómo les fue infinitamente mejor con el Estado domi­nicano, que sólo les dio facilidades, como en todos sus negocios cenagosos emprendidos en la República Dominicana (verbigracia, la concesión de los aeropuertos estatales o el proyecto aventurero del Aeropuerto Internacional de Bávaro, agraciado con exenciones fiscales nunca vistas). A través del banco de los dominicanos, el Banco de Reservas, actuó como el gran salvavi­das del naufragio de Cap Cana, haciéndose cargo de una deuda de más de un cuarto de billón estadounidense, para gloria y desahogo de los Hazoury, a la vez que lastre o agujero para las cuentas de la entidad. El gobierno también les permitió <ladones de inmuebles en pago de numerosos impuestos adeu­dados, algo sumamente irregular y sin precedentes. ¡Hasta les devolvieron unos do/aritos de la cuenta embargada de un familiar cercano!

Acostumbrados a la simulación, las huidas hacia adelante y la desmemoria, han continuado en sus trece y lo mismo que, pese a todo su historial y sus damnificados, se han atrevido a pedir recientemente nuevos préstamos al Banreservas, osaban usar la imagen de Donald J. Trump en un vídeo promociona! emitido en la Feria Internacional del Turismo FITUR 2022, en enero de 2022, como inicio de sus festejos por el vigésimo aniversario de Cap Cana.
El caso es que, una vez leído este libro, usted será quien, seguro, concluirá que Cap Cana, más que un asunto digno de estudio en una escuela de negocios o academia de ilusionismo, probablemente sea más adecuado para el temario de una de criminología.


La pareja del expresidente, Mar García Vaquero, y un amigo, Jesús Barderas, aparecen vinculados a los papeles de Panamá.

Todos los caminos conducen a Panamá. Los papeles del bufete Mossack & Fonseca que han puesto al descubierto las sociedades offshore del íntimo amigo de Felipe González, Jesús Barderas, y de su actual pareja Mar García Vaquero, colocan de nuevo al ex presidente del Gobierno en el primer plano de la conexión panameña. Hace ahora veinte años, a comienzos de 1996, el entonces inquilino de La Moncloa, ya en la recta final del felipismo, logró zafarse del caso Sarasola y el pelotazo del Metro de Medellín. González esquivó las incisivas preguntas de los grupos de la oposición en el Congreso y de una incómoda investigación judicial en la Audiencia Nacional sobre los oscuros negocios en Panamá de su también intimísimo amigo Enrique Sarasola Lerchundi.

El empresario vasco, conocido popularmente por el sobrenombre de Pichirri, había constituido a través del despacho panameño Arze & Guardia la sociedad ENSECO para ocultar las millonarias comisiones del proyecto del Metro de Medellín, que echó a rodar en 1983. Sarasola, por su intermediación, llegó a recaudar 3.500 millones de las antiguas pesetas (al cambio, 21 millones de euros). Y pronto se supo que González, que acababa de instalarse en la La Moncloa, había intercedido entre bambalinas por su amigo ante el presidente colombiano, Belisario Betancur.

La concesión de la obra, que estaba considerada como el “contrato del siglo en Suramérica” y por la que pujaron importantes grupos internacionales, fue decidida desde las más altas instancias políticas de Colombia y España. Betancur, siguiendo las recomendaciones de Felipe González y de otros miembros del Gobierno español, inclinó la balanza a favor de los intereses representados por Sarasola.
El acuerdo final entre González y Betancur a favor del consorcio hispano-alemán Metromed se cerró en España en octubre de 1983. El presidente suramericano se desplazó a Oviedo para recoger el premio Príncipe de Asturias y aprovechó la ocasión para reunirse con González y ultimar los detalles del contrato del metro de Medellín.

Años después, en una noche de copas, a Enrique Sarasola se le fue la lengua y habló más de la cuenta. El escritor y biógrafo del Rey, José Luis de Vilallonga, desveló que Pichirri había comentado durante una fiesta en su apartamento de París que el presidente del Gobierno, Felipe González, tenía una “pequeña fortuna” en Colombia, pero luego se retractó. Añadió que la confesión fue hecha a las tres de la madrugada cuando Sarasola “tenía bastantes copas” y "estaba a punto de cantar boleros". Nunca pudo verificarse esa información y quedó como falsa. Pero servía para afianzar la leyenda de las amistades peligrosas de Felipe. Y también para subrayar otras de las conexiones panameñas del felipismo.

Tras la publicación de los datos sobre la sociedad panameña ENSECO, Jesús Cacho desveló que correspondía al acrónimo de “EN(rique) S(arasola) E(s) CO(jonudo). El periodista escribió: “Es la travesura más gloriosa del felipismo, la golfada más luminosa, la coña más perversa”. Sarasola mantenía una estrecha relación con Felipe González desde 1974.

LA AGUAS CARIBEÑAS DEL FELIPISMO

Jesús Barderas es el otro de los amiguísimos de González que se convirtió en millonario tras dirigir sus inversiones a tierras caribeñas. El Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación le ha detectado medio centenar de sociedades off shore en el despacho Mossack & Fonseca. A Barderas, con inversiones millonarias en la República Dominicana, y a Felipe González les une estrecha amistad desde hace 35 años. Ese vínculo fue labrado desde mucho antes de que Barderas trasladara sus negocios de España al Caribe. El empresario, propietario de hoteles y de la empresa que gestiona los aeropuertos de la Republica Dominicana, inició su andadura profesional como jefe de gabinete de Fernández Ordóñez en el Banco de Alicante.

Esa hermandad entre González y Barderas es la misma que les unía a ambos con Enrique Sarasola Lerchundi. Sarasola, casado con una colombiana perteneciente a una influyente familia, se convirtió en el compañero inseparable de Felipe en sus viajes a Suramérica, antes y después de ganar las elecciones de 1982. Le ayudó a abrir muchas puertas y llegó a ser una especie de embajador extraordinario. El empresario vasco fue quien puso en contacto a González con primeras figuras de la política americana como Omar Torrijos, presidente de Panamá entre 1969 y 1981, o Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante nueve años hasta 1993.

Todos los caminos conducen a Panamá. Los papeles del bufete Mossack & Fonseca que han puesto al descubierto las sociedades offshore del íntimo amigo de Felipe González, Jesús Barderas, y de su actual pareja Mar García Vaquero, colocan de nuevo al ex presidente del Gobierno en el primer plano de la conexión panameña. Hace ahora veinte años, a comienzos de 1996, el entonces inquilino de La Moncloa, ya en la recta final del felipismo, logró zafarse del caso Sarasola y el pelotazo del Metro de Medellín. González esquivó las incisivas preguntas de los grupos de la oposición en el Congreso y de una incómoda investigación judicial en la Audiencia Nacional sobre los oscuros negocios en Panamá de su también intimísimo amigo Enrique Sarasola Lerchundi.

El empresario vasco, conocido popularmente por el sobrenombre de Pichirri, había constituido a través del despacho panameño Arze & Guardia la sociedad ENSECO para ocultar las millonarias comisiones del proyecto del Metro de Medellín, que echó a rodar en 1983. Sarasola, por su intermediación, llegó a recaudar 3.500 millones de las antiguas pesetas (al cambio, 21 millones de euros). Y pronto se supo que González, que acababa de instalarse en la La Moncloa, había intercedido entre bambalinas por su amigo ante el presidente colombiano, Belisario Betancur.

La concesión de la obra, que estaba considerada como el “contrato del siglo en Suramérica” y por la que pujaron importantes grupos internacionales, fue decidida desde las más altas instancias políticas de Colombia y España. Betancur, siguiendo las recomendaciones de Felipe González y de otros miembros del Gobierno español, inclinó la balanza a favor de los intereses representados por Sarasola.
El acuerdo final entre González y Betancur a favor del consorcio hispano-alemán Metromed se cerró en España en octubre de 1983. El presidente suramericano se desplazó a Oviedo para recoger el premio Príncipe de Asturias y aprovechó la ocasión para reunirse con González y ultimar los detalles del contrato del metro de Medellín.

Años después, en una noche de copas, a Enrique Sarasola se le fue la lengua y habló más de la cuenta. El escritor y biógrafo del Rey, José Luis de Vilallonga, desveló que Pichirri había comentado durante una fiesta en su apartamento de París que el presidente del Gobierno, Felipe González, tenía una “pequeña fortuna” en Colombia, pero luego se retractó. Añadió que la confesión fue hecha a las tres de la madrugada cuando Sarasola “tenía bastantes copas” y "estaba a punto de cantar boleros". Nunca pudo verificarse esa información y quedó como falsa. Pero servía para afianzar la leyenda de las amistades peligrosas de Felipe. Y también para subrayar otras de las conexiones panameñas del felipismo.
Tras la publicación de los datos sobre la sociedad panameña ENSECO, Jesús Cacho desveló que correspondía al acrónimo de “EN(rique) S(arasola) E(s) CO(jonudo). El periodista escribió: “Es la travesura más gloriosa del felipismo, la golfada más luminosa, la coña más perversa”. Sarasola mantenía una estrecha relación con Felipe González desde 1974.

LA AGUAS CARIBEÑAS DEL FELIPISMO

Jesús Barderas es el otro de los amiguísimos de González que se convirtió en millonario tras dirigir sus inversiones a tierras caribeñas. El Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación le ha detectado medio centenar de sociedades off shore en el despacho Mossack & Fonseca. A Barderas, con inversiones millonarias en la República Dominicana, y a Felipe González les une estrecha amistad desde hace 35 años. Ese vínculo fue labrado desde mucho antes de que Barderas trasladara sus negocios de España al Caribe. El empresario, propietario de hoteles y de la empresa que gestiona los aeropuertos de la Republica Dominicana, inició su andadura profesional como jefe de gabinete de Fernández Ordóñez en el Banco de Alicante.

Esa hermandad entre González y Barderas es la misma que les unía a ambos con Enrique Sarasola Lerchundi. Sarasola, casado con una colombiana perteneciente a una influyente familia, se convirtió en el compañero inseparable de Felipe en sus viajes a Suramérica, antes y después de ganar las elecciones de 1982. Le ayudó a abrir muchas puertas y llegó a ser una especie de embajador extraordinario. El empresario vasco fue quien puso en contacto a González con primeras figuras de la política americana como Omar Torrijos, presidente de Panamá entre 1969 y 1981, o Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante nueve años hasta 1993.

Y aún más, Barderas y Sarasola habían establecido la conexión dominicana con Francisco Peña Gómez, líder del Partido Revolucionario Dominicano y vicepresidente de la Internacional Socialista entre 1983 y 1998, que llegó a ser un generoso anfitrión para los empresarios españoles.
Los amiguísimos de González unieron sus fuerzas en 1992 y constituyeron la sociedad Ibérica de Legumbres. Durante años estuvieron ligados a los mismos intereses económicos.
En los pasaportes de González figuran multitud de inscripciones con las entradas y salidas de Panamá. En uno de sus viajes de la mano de Sarasola, el ex presidente conoció a Cyntia Martínez Riter, la secretaria personal del empresario vasco. Tras el flechazo, la panameña Lupe, como la llamaban sus amistades, y González iniciaron una estrecha relación que duró varios años.

UNA 'OFFSHORE' EN CASA

González también se sirvió para llegar a su actual pareja, Mar García Vaquero, de otro de sus grandes amigos millonarios, ya fallecido, Luis García Cereceda. La empresaria madrileña abrió una cuenta en Suiza a nombre de una sociedad constituida por el despacho panameño Mossack & Fonseca en 2004. Así queda demostrado en los papeles de Panamá desvelados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación y publicados en España por El Confidencial. Según la empresaria, era para facilitar sus operaciones internacionales en un negocio de fabricación de barcos. Todo ello lo fraguó García Vaquero mucho antes de que conociera a Felipe González.

Los negocios entre Luis García Cereceda, propietario de LUGARCE, y García Vaquero sí se mantuvieron después de que ésta iniciara sus relaciones con González. Empresarios y empresaria figuraban en una sociedad que gestionaba un puerto deportivo de Tarragona. Además a Cereceda y Vaquero les unía la afición por los grandes veleros. El gestor inmobiliario llegó a adquirir en 2014 uno valorado en 13 millones de euros.

Pero la amistad entre Cereceda y González vio la luz pública gracias a raíz de otro asunto mucho más nebuloso: la supuesta compra por parte de Piluca Navarro, la jefa de la Secretaría del presidente en La Moncloa, de un piso de lujo en la calle Almagro de Madrid, construido por una de las sociedades de García Cereceda, Inversiones Urbanas Almagro. La supuesta adquisición se efectuaba en medio de una extraña operación en la que, en principio, se señalaba a Felipe González como el beneficiario de una compra fantasma. La trama se complicó cuando apareció como supuesto intermediario el nombre de otra de las amistades peligrosas de Felipe, un tal Julio Martino, socio de Jesús Gil en varios pelotazos inmobiliarios en Marbella y accionista del Casino Costa Blanca de Alicante. Según fuentes próximas a Martino, éste abría pagado durante meses los gastos de comunidad de la vivienda antes de que fuera escriturada a nombre de Piluca Navarro. Otras fuentes señalaban que el piso era para que lo ocupara González tras abandonar La Moncloa. Todo un enredo inmobiliario que ni Navarro ni González nunca llegaron a aclarar de manera convincente.

PANAMA EN LA CARRERA DE SAN JERÓNIMO

El tsunami de la conexión panameña de Sarasola tras conocerse la existencia de la firma instrumental ENSECO, una sociedad nodriza constituida exclusivamente para cobrar con opacidad las comisiones del contrato del Metro de Medellín, llegó en 1996 hasta la madrileña Carrera de San Jerónimo. Julio Anguita, el coordinador general de Izquierda Unida, solicitó en el Congreso una comisión de investigación parlamentaria sobre el llamado caso Sarasola y Panamá. Felipe González se escudó una vez más en una supuesta “conspiración”. Según él, se buscaba un “nuevo un clima de descalificación y crispación”, durante la campaña electoral.

La gravedad de las denuncias periodísticas sobre el pelotazo de Sarasola llevó tanto al Partido Popular como a Izquierda Unida a pedir una reunión de la Diputación Permanente del Congreso -órgano que ostenta los poderes de la Cámara cuando se disuelven las Cortes- para que compareciera el presidente del Gobierno. Querían saber cómo pensaba asumir sus responsabilidades políticas tanto en el caso GAL como en el caso Sarasola.
Sin embargo, la propuesta no prosperó porque el presidente del Comité de Gobierno de Unió Democrática de Catalunya, Josep Antoni Duran Lleida, se apresuró a anunciar que CiU rechazaría la comparecencia de González.

Félix Pons, presidente de la Diputación Permanente y ex presidente del Congreso, aseguró que en aplicación de la Constitución y del reglamento del Congreso, González no podía comparecer ante la Diputación Permanente para dar explicaciones sobre el caso GAL y el caso Sarasola, porque la Diputación Permanente sólo tenía la facultad de convocar a los otros órganos del Congreso y no podía ejercer por sí misma funciones de órgano de control parlamentario.

Durante las pesquisas periodísticas sí se pudo averiguar que la maquinaria del felipismo había sido engrasada para facilitar a Sarasola el negocio de Panamá y encubrir algunas de las irregularidades. El círculo de Sarasola tuvo la fuerza necesaria para influir en varias instituciones del Estado. El Tribunal de Cuentas, siendo su presidente Pascual Sala, y el Instituto Nacional de Industria (INI), cuando su máximo responsable era Jordi Mercader, ocultaron una partida de 473 millones de pesetas (2,8 millones de euros) que la empresa pública Ateinsa había pagado a Enrique Sarasola Lerchundi, como parte de su comisión por la adjudicación de las obras del metro de Medellín.

El Tribunal de Cuentas, que tiene como competencia fiscalizar la actividad económico-financiera del sector público, había remitido al Congreso de los Diputados, en marzo de 1990, una auditoría realizada a la empresa pública Ateinsa sobre las cuentas de sus ejercicios comprendidos entre 1981 y 1986, ambos inclusive. Pero en dicho informe, firmado por su presidente Pascual Sala, omitió el pago que la empresa del INI reflejaba en sus balances. En el folio 30 del apartado VII, “Conclusiones y recomendaciones”, Pascual Sala afirmaba: “La sociedad ha contabilizado sus operaciones de conformidad en general con el Plan General de Contabilidad y demás normativa legal aplicable y llevó sus registros contables con el rigor exigible, con las excepciones y salvedades que se señalan en este informe”. Pero silenciaba el pago de la comisión.

El diputado del PP, Rafael Hernando, actual portavoz del grupo popular en el Congreso, declaró que quedaba demostrada “la vinculación entre González y Sarasola” y añadió que el empresario era un “testaferro” del presidente. Hernando pidió la intervención del fiscal anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, sobre todo después de que el Congreso negara “la posibilidad de aclarar este asunto y al Tribunal de Cuentas se le han ocultado estas operaciones”.

El coordinador de la Presidencia de IU, Mariano Santiso, declaró: “Sarasola, de confirmarse las informaciones que se están publicando, actúa como bucanero de Felipe González, con su visto bueno”.
La investigación judicial sobre el pelotazo de Sarasola, que había sido abierta por el juez de la Audiencia Nacional, Ismael Moreno, quedó archivada tras el fallecimiento del amigo de Felipe el 3 de noviembre de 2002. Dos días después, Felipe González le dedicaba un artículo a su amigo en un periódico. Comenzaba así: “Dicen que la amistad no tiene precio, pero para Enrique la que mantuvo conmigo, durante tantos años, tuvo un altísimo coste en sufrimiento humano, en persecución insidiosa”. Y acababa con dureza: “Lo maltrataban los que no lo conocían, los mercenarios de la pluma y la tertulia, los siervos de los intereses bastardos”.

González podía haberse referido también en su artículo a la definición de Solchaga sobre las excelencias de España: “El país en el que es posible enriquecerse más deprisa”. Algunos de los amiguísimos del presidente se sirvieron del felipismo y de la conexión panameña para aumentar sus arcas de caudales. Al final va a ser verdad el aserto de que todos los caminos conducen a Panamá.

 
Felipe González: las turbias amistades en el Caribe y la trama de corrupción de los ERE

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domingo, 22 de febrero de 2026

LIBRO "EN FAMILIA": 👪 EL ARTE DE SER PERSONA por RICARDO PIÑERO MORAL

En   familia.
El   arte   de   ser   persona
👪

Ricardo Piñero Moral

Arte y familia son expresión de un modo de vida natural y posibilitan el crecimiento de la persona y el desarrollo de la sociedad. El arte no solo enriquece el patrimonio cultural de una nación o de un grupo, antes bien presta un servicio social cualificado. De la misma manera, la familia no solo contribuye a aumentar cuantitativamente el número de individuos, sino que los forma, los conforma, los educa para que sean ciudadanos libres, inteligentes, generosos, serviciales y comprometidos con el bien común. Si, además, arte y familia acogen una dimensión espiritual, estarán ofreciendo una visión más completa de la persona.
Solo con el título los ha dicho todo. Conlleva un rechazo de ese individualismo egoísta y estéril, que hoy se presenta como un modelo de conducta social. Estás expresando, en cambio, que vivir en familia es el modo de ser persona. Haces referencia a la familia natural, de la que todos procedemos, y que es atacada por quienes defienden modelos de convivencia, que muchas veces son de soledad y que se caracterizan por lo efímero, aunque no lleven impresa la fecha de caducidad como los artículos de consumo. Sin embargo, se observa en ellos la misma mentalidad de nuestra sociedad de consumo. La libertad se ha reducido a la libertad de elegir como en las estanterías del supermercado.

Tu enfoque en el libro sobre la familia va unida a nociones de estética. Sabes relacionar la crisis de la familia y de la persona con la crisis del arte, la belleza y cualquier otra forma de trascendencia. De ahí que en la segunda mitad del libro analices algunas pinturas y esculturas de diversas épocas en las que aparecen distintas familias. Hay cuadros de los primitivos flamencos, de los holandeses del siglo XVII, de Velázquez, de Picasso o del impresionismo francés, sin olvidar esculturas de Botero y Moore, aunque también te remontas a algún mosaico pompeyano en el que se muestra el poder inexorable del paterfamilias romano. Pienso que muchos profesores pueden utilizar estos recursos para transmitir valores en sus clases. Unos recursos que hacen pensar, observar los detalles y ejercer el pensamiento crítico. Me imagino que eso es lo que haces en tus clases, que, según la entrevista de El Mundo, se caracterizan, entre otras cosas, no solo por la gran afluencia de alumnos sino también la de sus novios y novias respectivas.

Tu libro es una afirmación de que los valores de la familia son los valores de la vida humana. La familia es, como bien afirmas, el auténtico modelo de felicidad, verdadera y duradera. Pero el individualismo imperante ha hecho creer a muchos que tener una familia representa una pérdida de autonomía personal y una renuncia a la propia libertad. Añado que también hay personas que están convencidos de la importancia de la familia y que en teoría quieren formar una, aunque siempre buscan excusas para aplazar la puesta en práctica. Pese a todo, a lo largo del libro vas desplegando los rasgos informadores de la familia, acompañados por una serie de obras de arte que sirven de reflexión. Estos son los rasgos en concreto: Seguridad, Alegría, Generosidad, Respeto, Justicia, Responsabilidad, Lealtad, Confianza, Intimidad, Libertad…

Finalmente, en el epílogo del libro nos estás diciendo que no nos quedemos en las obras maestras del arte que han sido descritas. La obra maestra la hemos de hacer cada uno haciendo de nuestra propia familia una obra de arte. Una obra de arte que para los cristianos se transforma en una referencia a un Dios que es familia, el Dios de la Trinidad.

Pensar para ser Feliz: una Conversación que te Transformará - Ricardo Piñero | Aladetres 162


sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo