EL Rincón de Yanka

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jueves, 7 de mayo de 2026

LIBRO "ANTONIO MOLLE LAZO": MARTIRIZADO POR NEGARSE A BLASFEMAR, Y GRITAR EN CAMBIO, "¡VIVA CRISTO REY!" ✞

Antonio Molle Lazo 
(1915 - 1936) 
Juventud, ideales y martirio

El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde entonces lo medité muchas veces.
Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han brotado, abundantes: por una parte, por compasión hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa.
He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno, y he dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y, en particular, a los españoles.
Padre Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

"ME MATARÉIS, PERO CRISTO TRIUNFARÁ"

Yo era niño cuando mi padre me contaba la muerte heroica de Antonio Molle por negarse a blasfemar y gritar, en cambio, «¡Viva Cristo Rey!». Seguía yo siendo pequeño cuando en mi casa se rezaba a diario, al término del rosario familiar, la oración: «Señor, que dijisteis: a aquel que me confesare en la tierra ante los hombres, yo lo confesaré en el cielo ante mi Padre celestial», pidiendo por nuestra parte la glorificación de Antonio Molle y su intercesión en el cielo.

Pasaron los años y, siendo yo un muchacho espigado, tomé parte en la peregrinación venida a Jerez de la Frontera desde diferentes puntos de España, para asistir al traslado de los restos mortales de Antonio Molle desde ese cementerio a la iglesia del Carmen —también en Jerez—, donde reposan. ¡Cuántas emociones aquel día!

Ahora, ya viejo y caduco, me corresponde estar a la puerta de la autoridad eclesiástica pidiendo la apertura de su proceso de canonización. Siento igual fervor ahora que entonces, el mismo amor y respeto a la Iglesia. Pero con mayor conocimiento de la realidad histórica de la vida y muerte de Antonio Molle; y admiración por la limpieza de su alma, forjada en el amor a Cristo Eucaristía, a María su madre y a la Iglesia perseguida. Me llama la atención cómo Antonio se dejó llevar por la providencia divina. Su corazón generoso —sin duda, sede del Espíritu Santo— sabía marcar los pasos a seguir, sin cálculo o contabilidad de los riesgos y sacrificios.

No le importó sufrir encarcelamiento durante la II República, por lo que, llegado el Alzamiento de julio de 1936, rápido se presentó como voluntario para ir al frente para defender a España de los enemigos de Dios. Así es que, estando en este, aquel 10 de agosto de ese mismo año, 1936, cuando en Peñaflor se conoce que el pueblo va a sufrir un duro ataque de las numerosas fuerzas que vienen de Palma del Río, sus compañeros, requetés y guardias civiles, se retiran estratégicamente a la iglesia y al ayuntamiento, pero Antonio solicita permiso para cuidar personalmente del convento (Hermanas de la Cruz), situado a la misma entrada del pueblo en la dirección del peligro. Su defensa, su caballerosidad, su heroísmo y su muerte son conocidas y mejor explicadas en este trabajo que trae a la luz fray Santiago Cantera. ¡Sigue actuando la Providencia!

Aquella perla que brillaba en el mundo, Dios la escogió para sí, purificándola plenamente con la sangre del martirio.

Ahora, de la paz del claustro de Santa Cruz del Valle de los Caídos, viene la pluma de un monje que habla al mundo: «Escuchad: la paz verdadera está en Cristo, porque nace de su Amor». 
El martirio de Antonio Molle convirtió a alguno de sus verdugos. Hoy, su sangre, en justa memoria histórica, clama ante el Señor: 
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Con nuestras obras hagamos eco al clamor de Antonio Molle, al morir gritando: «¡Viva Cristo Rey!». 
Que nuestra vida, en este mundo laicista que reniega de Dios, sea la de nuevos soldados de paz y amor, sin mirar los sacrificios.

Leamos las páginas de esta vida de Antonio Molle con la devoción que merecen y, después, dejemos que la Providencia y la mano de María nos guíen en el servicio de España, de una España para Dios.

Domingo Fal-Conde-Macías
Sevilla, 10 de agosto de 2008

A los 70 años de la muerte martirial de Antonio Molle Lazo —que entonces tenía 21 años— en la localidad sevillana de Peñaflor, su figura cobre relevancia hoy de nuevo e incluso un nuevo valor. Adquiere valor de nuevo, porque la grandeza de las almas cristianas más generosas crece con el paso del tiempo. Y es precisamente pasado un tiempo, cuando mejor aún se puede comprender su magnitud ante los hombres como manifestación del Amor providente de Dios y ofrece, además, un nuevo valor, porque, en me- dio de la crisis de valores y de referentes que sufre actualmente la juventud —de un modo particular la juventud española—, el ejemplo de este muchacho andaluz de corazón puro, de pensamiento claro, de alma limpia, delicado con sus compañeros, con sus formadores y con sus padres, 

entregado a unos ideales que consideraba justos, verdaderos y rectos, y, finalmente, muerto por confesar a Cristo tras un durísimo calvario de crueles tormentos, se impone como un modelo ejemplar, digno de imitación para los jóvenes. Asimismo, considerando que Juan Pablo II quiso impulsar de nuevo las causas de los mártires españoles de 1934 y de 1936-39, que deseó proponer modelos de seglares santos y, singularmente, de algunos comprometidos en la acción pública y aun política, la figura de Antonio Molle reúne también las  mejores condiciones. Ante todo, nos parece que se trata de un modelo para los jóvenes: rico en virtudes, entregado a unos ideales y decidido a la hora de dar la vida por confesar su fe. No es un joven ñoño, si bien en los años de su primera educación de infancia, cabría descubrir algunos aspectos que, tal vez, pudieran darnos tal impresión, debido a la enseñanza propia de la época. 

Muestra virtudes vividas en un alto grado: el amor filial a sus padres, el compañerismo, el vencimiento de sí mismo, la diligencia en el trabajo, la honestidad, la guarda de la castidad y la pureza, el patriotismo, la devoción sincera, la fortaleza y la decisión ante la adversidad, la esperanza religiosa… y una fe inquebrantable hasta el martirio. Por otro lado, encontramos también en Antonio Molle la entrega generosa a unos ideales que, siendo fundamentalmente de base religiosa, llenan su vida; y esto es algo propio de una edad juvenil vivida en plenitud. 

Este libro no es —ni pretende ser— una apología del carlismo o tradicionalismo español, ni está escrito con una intencionalidad política. Independientemente de cuál sea el posicionamiento particular de quien escribe las presentes páginas hacia esta doctrina que, como se verá, no solo es política, lo que desea el presente libro es proponer la figura de Antonio Molle como modelo para los jóvenes y promover su conocimiento entre el mayor número posible de lectores, para destacar sus virtudes cristianas y su muerte martirial y, en consecuencia, favorecer en lo que esté en mi mano su proceso de beatificación y canonización. Ahora bien, lo que sí queremos pedir al lector es capacidad para acercarse a comprender, al menos escuetamente como aquí lo hacemos, lo que significaba en los años de Antonio Molle el tradicionalismo carlista. De otro modo, será muy difícil, por no decir imposible, entender del todo bien su figura. 

Presentamos a un joven entregado a unos ideales,  a los cuales no exigimos necesariamente la adhesión del lector: lo que nos importa en esta obrita es el modelo de ese joven, adherido, él sí, a esos ideales que juzgaba verdaderos y justos. De otra parte, cuando aludimos a que Juan Pablo II ha deseado modelos de católicos dedicados a la vida política y elevados a los altares, nos parece que el caso de Antonio Molle reúne bien tales condiciones. Una vez más, advertimos que en el presente libro no tratamos de proponer el tradicionalismo carlista en sí, sino el ejemplo particular de Antonio Molle, quien se adhirió a un pensamiento y un movimiento en nada incompatibles con la fe católica y con la Doctrina Social de la Iglesia; es más, se hallan profundamente inspirados en ellas.

Al cabo de 70 años de su muerte —hoy en día el carlismo no goza en España de la fuerza que en aquellas fe- chas tenía—, parece seguramente, más fácil e imparcial promover su elevación a los altares. Sin duda, ese paso del tiempo ha posibilitado también la glorificación del beato Carlos de Habsburgo, el último soberano del Imperio austrohúngaro, y de los mártires cristeros mexicanos, entre ellos, la impresionante personalidad del beato Anacleto González Flores, fundador de la Unión Popular. 

¿Cuántos reyes santos hay en la Iglesia católica y no son un problema para la acción espiritual de esta? ¿O qué decir de santo Tomás Moro? Por eso, pensamos asimismo que no existen objeciones verdaderas que plantear hoy, en ese sentido, a la beatificación y a la canonización de Antonio Molle. Más aún si se tiene presente que, de los 971 carlistas asesinados entre 1936 y 1939 en las tierras del antiguo Reino de Valencia (provincias de Valencia, Castellón y Alicante) por su fe católica y con frecuencia también por su militancia tradicionalista, de todas las clases sociales y con unas edades de entre 15 y 90 años, son ya 30 (25 varones y 5 mujeres) los que han sido beatificados. 

Ciertamente, nada más comenzar la guerra civil española el 18 de julio de 1936, se dispuso como soldado requeté a defender la religión católica frente a la persecución que sufría. Su entrega fue generosa y decidida. No se le puede recriminar que tomase las armas, por varios motivos: porque la doctrina católica considera positivamente, desde muy antiguo, el concepto de la guerra justa; porque ha habido muchos santos guerreros (san Fernando, san Luis de Francia, etc.) y promotores de las cruzadas y de órdenes militares en la historia (san Bernardo de Claraval, san Raimundo de Fitero, etc.); y porque en 1936 fue el propio episcopado español quien consideró justa la causa del Alzamiento Nacional. En consecuencia, nada se puede recriminar a un joven seglar que actuó conforme a su conciencia y a lo que la Iglesia misma en España dijo.

Aún más, casi recién iniciada la guerra y evitando, con sabia diplomacia, prematuros compromisos políticos, Pío XI no dudó sin embargo en bendecir a tantas personas que, como Antonio Molle, habían salido a defender la fe en los campos de batalla: Sobre toda consideración política y mundana, Nuestra Bendición se dirige de una manera especial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es como decir los derechos y la dignidad de las conciencias, la condición primera y la base segura de todo humano y civil bienestar. Todo ello sin olvidar bendecir asimismo a «todos aquellos otros que también son y permanecen siendo hijos Nuestros», a pesar de sus actos persecutorios contra la religión (Alocución a los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares prófugos de España, 14-IX-1936). 

Por otro lado, Juan Pablo II ha elevado a los altares a personas que combatieron y que murieron martirialmente en medio de conflictos que tenían un matiz esencial de lucha en defensa de la religión, como fueron las guerras de la Vendée durante la Revolución Francesa y las guerras cristeras en México en la primera mitad del siglo XX. Movimientos ambos, por cierto, con muchas similitudes respecto del tradicionalismo carlista español. 

En el caso de Antonio Molle Lazo, por otra parte, la muerte martirial es clarísima, nítida, evidente a más no poder. Fue apresado en combate, pero no murió en combate, sino ya en condición de prisionero. Los sufrimientos que padeció en los tormentos que le causaron sus verdugos siguen siendo aterradores a nuestros ojos y los afrontó de lleno, con fe religiosa y por puro amor a Jesucristo Rey; se los infringieron por odio a la fe, porque intentaron que apostatara de ella y él se negó. Y como permaneció firme en su amor a Cristo, le produjeron por fin la muerte, mientras él se identificaba completamente con su amado Redentor y emitía con todas sus fuerzas su último «¡Viva Cristo Rey!». 

El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde entonces lo medité muchas veces. Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han brotado, abundantes: por una parte, por compasión hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa. 

He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno, y he dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y, en particular, a los españoles. Este es, posiblemente, el libro más sencillo de cuantos hasta el momento he escrito, pero creo que, sin embargo, es el que mayor y más profunda impresión me ha causado, debido al martirio del joven requeté. Medito con frecuencia este acontecimiento, a la vez doloroso y glorioso, y se enardece mi fe. Muchas veces lo tengo presente al ir a comulgar: altísimo Sacramento de la Eucaristía, pienso también en Antonio Molle, subido y abrazado con Él en la cruz.

Oda a Antonio Molle Lazo, 
mártir de España

En Hispania inmortal, de María tierra electa, germina una nueva gesta.

De la cristiandad en sus entrañas, esplende del ruedo ibérico, de la Fe un gladiador.
Gesta martirial bravía de la Gloriosa Cruzada, gestada con ardor en agosto abrasador.
En Peñaflor abrasan las casas blancas, vivas de cal, de fuego grana y gualdo arde su corazón.
Desde el lagar martirial bombea al orbe cristiano latidos por Cristo Rey de amor apasionado.

Alma del cielo dilecta, sufre con espanto la blasfemia, coraje numantino, custodia la Santa Fe.
A altísimo precio la tasó, la savia de su vida en flor, en vasija rebosante, por Amor se desbordó.
Pasto tierno de dentelladas fieras, crueldad atroz de enemigos de España y de la eternal mansión.
Orejas mancebas mutiladas de un tajo, guillotina punzante de acero certero y feroz.
De cuajo le arrancaron los ojos, sangrante zafiro puro, verdugos ávidos de sangre virginal.
Con saña descarnaron sus fosas nasales, desfigurando las alimañas su fisonomía casta.

No se amilanó un ápice ante la muerte cierta, cuál Miura negro, miró de frente al encaste.
Con el capote martirial ensangrentado a Cristo brindo su vida por celestial montera.
Gemía de gozo y su voz descuartizada rasgaba el cielo turquesa de España: “¡Viva Cristo Rey!”
¿En qué manantial se cultivó en 21 primaveras esta perla fina de heroísmo tan señera?
Fusta repujada de excelso talle desde la cuna por el Cielo predilecta y amada.
Infante, ramiro fiel y dócil cordero, mullido reposa en el redil del Buen Pastor.
En verdes majadas encontró el cobijo santo al calor de Cristianas Escuelas.
Sorbió ávido licor, néctar y ambrosía, libando del cáliz de la perenne doctrina.
Diamantina caridad, humilde y mansa, vereda de hagiografía certera.
Dulce temple de terciopelo exquisito en vasija recia, dura como el ruejo.
De amor prematuro con premura por ósmosis imantado a congregaciones pías
Se fue forjando en aurero crisol el hombre y tejiendo de espinas el cilicio de su vida.

El amor desbordante a Cristo y su realeza conquistó la principalía en su corazón.
Carmelita terciario hizo del Escapulario milicia y Tercio, coraza invencible del guerrero.
El Santo Rosario, valioso caudal, aroma de virginal deleite y fiel camarada.
Émulo de San Juan Berchman, obediente cual flamenco jesuita en versión andalusí.
Congregante y colegial modelo, viril e intransigente con la malicia montaraz.
Flagelo del blasfemo fiero, protector del débil, guardián del pobre y centinela.

Becario ferroviario, arduos sudores bajo el sol de metal, a Dios propicio y escaso el pan.
Ambiente hostil de hordas rojas, pureza de armiño, entre lobos carniceros.
De bruces en la calle y sin trabajo, escribiente en vinícola penumbra de bodega añeja.
Taquillero en el teatro de los sueños, ensoñación de mansiones celestes.
Apóstol de la Sagrada Eucaristía, adalid de las sanas costumbres.
Su mirada fontana de rocío cristalino, deportista audaz, patrón de santa eutrapelia.

Idilio tempranero con la Hispana Tradición, presto se afilió a las carlistas huestes.
Mesnada de Cristo hizo de la Cruz de Borgoña estandarte y de la Patria blasón.
Privado de Santa Misa, su bálsamo el Rosario, los libros devotos su panacea.
Leía hazañas de mártires para cincelar con su sangre joven a pulso página nueva.
Sublimada su inocencia, se fue en su adolescencia, caballero para la eternidad.
Vestiduras radiantes como el sol, de la sangre del Cordero batanero.



Antonio Molle Lazo, breve biografía. Por el Prof. Miguel Ayuso Torres

miércoles, 6 de mayo de 2026

LIBRO "LA FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO": ¿CUÁNTO DINERO MOVIÓ ETA? ¿DE QUÉ FORMA DEPREDÓ LA ECONOMÍA DEL PAÍS VASCO? por MIKEL BUESA


LA FINANCIACIÓN
DEL TERRORISMO

¿Cuánto dinero movió ETA?
¿De qué forma depredó 
la economía del País Vasco?

ETA Y EL MOVIMIENTO 
DE LIBERACIÓN NACIONAL VASCO

MIKEL BUESA

La financiación del terrorismo ha sido objeto de pocos estudios detallados que permitan conocer con precisión sus fuentes y evolución. 
En este libro, Mikel Buesa aborda esta cuestión en el caso de ETA y el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. El autor reconstruye, a partir de información hasta ahora dispersa, los datos que permiten cuantificar los recursos de los que dispuso esta organización terrorista desde 1967, cuando decidió emprender una campaña de asesinatos, hasta 2010, cuando finalizaron sus atentados. En estas páginas, se analizan los rendimientos obtenidos mediante la violencia, tales como atracos, secuestros de personas adineradas, extorsiones a empresarios y robos, así como los logrados a través de las entidades del MLNV mediante la captación de subvenciones públicas, beneficios comerciales y fraude fiscal. 
El lector descubrirá que, entre los primeros, los rescates pagados por las familias de los secuestrados jugaron un papel principal, mientras que la extorsión y otras fuentes tuvieron una importancia secundaria. En cuanto a los segundos, destacan los fondos proporcionados por el Gobierno Vasco, siendo menor el papel desempeñado por las demás administraciones, y las ganancias que dejaron los negocios controlados por ETA
Este libro también examina las deficiencias de la política represiva de la financiación del terrorismo, cuyos resultados fueron exiguos y no impidieron que el conjunto de ETA y el MLNV llegara a contar con más de 440 millones de euros para desplegar su campaña terrorista. 
Una obra fundamental para entender las claves económicas del terrorismo vasco.

El catedrático estima que la banda terrorista movió unos 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010 y que mantuvo a unos 8.000 militantes
La concienzuda investigación ha terminado con la conclusión de que ETA y el MLNV movieron como mínimo 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010, periodo que abarca el trabajo. Sus fuentes de financiación más importantes fueron, por este orden, secuestros, extorsiones, atracos y subvenciones a partidos políticos y entidades culturales. El entramado dio de comer durante estos años a los militantes de ETA, unos 8.000, según Buesa.

El catedrático explica que los alrededor de cuarenta secuestros que realizó ETA en estos años supusieron más de la mitad de su financiación: 
«Decayeron en los años 90 por la presión popular. La campaña del lazo azul desencadenada tras la captura de Julio Iglesias Zamora fue clave, aunque los secuestros no desaparecieron hasta el que acabó con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Este último no fue un secuestro económico, sino político».
Las cantidades que se pagaron por los secuestros han estado ampliamente documentadas por los periódicos. Como ejemplo se puede poner que por Javier Ybarra, expresidente de El Correo y el Diario Vasco, y exalcalde de Bilbao, se pidieron 1.000 millones de pesetas en el año 1977. «La familia no pudo reunir el dinero y fue asesinado», recuerda Buesa.
El catedrático explica que ETA intensificó su campaña de extorsiones cuando se derrumbaron las subvenciones. Diferencia entre quienes fueron secuestrados y estuvieron en peligro inminente de muerte y los que fueron extorsionados y no lo estaban. Aclara que el 88 % de los extorsionados nunca pagó: «Asumieron el riesgo. Hubo algún asesinato. Otros iban al sur de Francia a negociar rebajas o pagos a plazos», explica.

Los atracos fueron la tercera fuente de financiación, importante en la década de los 70: robaban explosivos y armas para atentados.

Otra parte de la financiación provino de las subvenciones a partidos políticos y a entidades culturales que promocionaban el euskera (prensa, libros…). Buesa aclara que las subvenciones no son ilegales, pero se dan mirando para otro lado. Las considera un «pseudopatrocinio». Lamenta que todas las Administraciones Públicas hayan financiado el terrorismo, con un protagonismo destacado del Gobierno Vasco, que afirma que lo ha hecho en un 60 % de los casos. Sobre las subvenciones electorales a Batasuna, señala que «Felipe González se las negó, al igual que Aznar y Zapatero. Al final el Gobierno las pagó al Tribunal Supremo cuando liquidó Batasuna».
Buesa también habla del negocio de las alrededor de cien herriko tabernas que estima vinculadas con ETA. Calcula que recaudaron unos 60 millones de euros en el periodo estudiado y que lo emplearon en financiar el terrorismo. La Fiscalía no pudo actuar contra sus propietarias, que eran asociaciones culturales diferentes, y liquidarlas.

Buesa no ha podido estudiar si se ha trasladado dinero a Bildu. Sabe que entre 2000 y 2010 ETA recaudó 33 millones, y que sus gastos no fueron más de 15-16 millones. 
«¿Dónde han quedado los 17-18 millones que faltan? Alguien debería investigarlo», sostiene.
Los gastos iban menguando, entre otros motivos, porque los militantes cada vez estaban menos tiempo en ETA. Al principio aguantaban tres años, y en la década de los 2000 ya no llegaban al año. Buesa explica además que mantener una organización terrorista no cuesta mucho dinero: «Es una forma de guerra barata. No requiere de una gran cantidad de dinero, sino de voluntad de matar. Solo hay una organización terrorista con un presupuesto elevado: Hezbolá».

La huella de ETA en Bildu no queda demostrada más allá de la noticia de la presencia de exetarras en las listas electorales, el nombramiento de dos alcaldes condenados por colaboración con la banda y de concejales que también estuvieron relacionados con ellos. En el libro, Buesa busca mostrar la verdad económica del terrorismo, y parte de esa realidad es el impacto dañino que tuvo sobre la economía vasca. Aunque el consejero de Economía del Gobierno Vasco, Pedro María Azpiazu, dijo hace poco que el terrorismo fue doloroso para el País Vasco pero no influyó en su economía, Mikel Buesa demuestra que «es falso. La economía vasca pasó de crecer un 7,5 % respecto al PIB español en el año 1975 a hacerlo un 5,3 % cuando acabó ETA. Ese 5,3 % era el mismo crecimiento que tenía la región en el año 1955».
El País Vasco dejó de recibir población en esos años, y Buesa estima que se fueron de allí entre 100.000 y 125.000 empresarios en esos años. Afortunadamente aquello se acabó, y lo ideal sería poner los medios para que no vuelva a repetirse.

FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO


La financiación es, según se dice, el alma del terrorismo. Sin embargo, su estudio adolece de importantes lagunas, en especial por lo que respecta a los cambios que experimenta a lo largo del tiempo. Este artículo se centra en esa dinámica y en sus factores determinantes, tomando en consideración los casos de ETA en España y de las FARC en Colombia, así como la yihad terrorista ejemplificada en el Estado Islámico. 
El trabajo muestra que la del terrorismo es una economía depredadora que se basa en fuentes legales e ilegales que cambian con el tiempo y cuya composición depende de las necesidades financieras de las organizaciones terroristas, las oportunidades existentes sobre el terreno y factores políticos. Se comprueba que existe una relación estrecha entre la financiación y la capacidad de esas organizaciones para encuadrar militantes armados y desarrollar campañas de atentados. Finalmente, se muestra que, en las tareas de obtención de recursos, juegan un papel relevante tanto los elementos armados de la organización como los que se encuadran en las entidades de su entorno político y civil.

1 Introducción

Economía de la guerra terrorista 

El terrorismo es una actividad de naturaleza política y revolucionaria —dado que las organizaciones que lo practican tienen como objetivo trastocar el orden social, bien para establecer una nación independiente, bien para someter a la sociedad a los dictados de una ideología o una religión— que se desarrolla mediante el ejercicio de la violencia en razón, sobre todo, de la asimetría que se constata entre quienes lo ejercen y las fuerzas de seguridad y defensa de los países a los que ataca. Menachem Begin —el que fue dirigente del Irgún, en Israel, antes de la independencia— lo señaló con nitidez meridiana en sus memorias de aquella etapa de su vida cuando dijo que, debido a la fortaleza del ejército británico, la del Irgún solo podía ser «una lucha política desarrollada con medios militares» (Begin, 2008). 

Desde esta perspectiva, el terrorismo puede ser concebido como una forma de guerra, pues se trata de «la continuación del tráfico político con otros medios» —tal como la definió su teórico moderno más destacado, el general Carl von Clausewitz (1832, 31)—, cuya principal singularidad viene dada por el hecho de la limitación de sus acciones armadas, pues éstas no se diseñan con vistas a «la aniquilación de las fuerzas armadas enemigas» (ibidem, 35), sino al logro del desistimiento de la sociedad —y de su Gobierno— frente a las pretensiones de dominación de dichas organizaciones. Es, por ello, una guerra de baja intensidad orientada sobre todo hacia objetivos civiles —a los que ataca por su valor simbólico o propagandístico, sin atenerse a ningún tipo de reglas— que se realiza preferentemente con armamento ligero, fácil de adquirir en los mercados clandestinos y de financiar con medios relativamente modestos. 


Las diferencias entre la guerra moderna y la guerra terrorista son notorias, tal como muestra el
Cuadro 1, en cuyo detalle no entraré por haberlo hecho en otro lugar (Buesa, 2010), aunque sí me detendré en la última de sus líneas, referida a la economía.
Desde esta perspectiva, lo característico del terrorismo es que se fundamenta sobre un modelo de depredación de recursos para poder sostener el esfuerzo bélico. Ello es posible porque este último es, por lo general, de una dimensión reducida, de manera que no son necesarios demasiados recursos para mantenerlo. 

La guerra terrorista es, en este sentido, una guerra barata, tal como muestran las diferentes estimaciones de que se dispone con respecto a organizaciones concretas, cuyo coste anual se ubica generalmente en las decenas o los centenares de miles de euros o dólares1. No obstante, conviene añadir que nuestros conocimientos sobre las finanzas terroristas son casi siempre fragmentarios y se basan en fuentes limitadas que no ofrecen una contabilización completa de los ingresos y gastos de dichas organizaciones2

La economía sobre la que se fundamenta la guerra terrorista es el contrapunto de la que se corresponde con la guerra moderna. Ésta se basa en una movilización de recursos destinados a generar los bienes y servicios que consume la preparación y ejecución de las acciones bélicas y contribuye así a sostener la base productiva nacional, mientras que aquella se basa en el expolio o la rapiña de los bienes que se encuentran sobre el territorio en el que actúa, destruyendo su capacidad productiva. Ello es coherente con el objetivo de movilización política que tiene la guerra terrorista, pues su logro se fundamenta en la extensión del miedo, lo que es compatible con la destrucción del capital humano —a través, por ejemplo, del desplazamiento de una población a la que se roban sus propiedades o de la limpieza étnica e ideológica—, de las infraestructuras y el capital privado, así como con los ataques sistemáticos a objetivos civiles para generar inseguridad. 

Sin embargo, tal depredación tiene también sus límites, pues las organizaciones terroristas tienen que evitar dañar los bienes del segmento de la población en cuyo nombre actúan y del que obtienen tanto su apoyo político como sus militantes (Reinares, 1998). Señalemos adicionalmente que, aunque para dichas organizaciones el territorio controlado no es irrelevante, su geografía es generalmente variable, adaptada al curso de la guerra y, por tanto, supeditada a la necesidad estratégica de prolongar el conflicto. Por ello, no es posible asentar sobre él una actividad productiva permanente orientada al sostenimiento del esfuerzo bélico y resulta preferible el aprovechamiento oportunista de sus recursos, toda vez que ese esfuerzo es, como ya se ha señalado, relativamente pequeño. 

2. Las fuentes de financiación del terrorismo y sus condicionantes 
Después de que, tras los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2011, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptara la decisión de declarar ilícita la financiación del terrorismo e instara a los Estados miembros a incorporar este asunto en su legislación penal, ha proliferado la literatura académica sobre él3. Los estudios disponibles se ubican generalmente en el terreno descriptivo con referencia a casos concretos, empleando fuentes muy diversas, entre las que predominan las de carácter periodístico, aunque también se citan informes de inteligencia o policiales, casi siempre filtrados a la prensa.

Es importante tener en cuenta que no se dispone de ninguna fuente que recopile sistemáticamente la información disponible acerca de los recursos utilizados por las organizaciones terroristas, lo que contrasta con los grandes avances que, por el contrario, ha experimentado la elaboración de datos acerca de los atentados cometidos por ellas, sus circunstancias tácticas y sus consecuencias en términos de victimación4

Además, los Gobiernos nacionales no emplean los resultados de sus investigaciones policiales o de inteligencia para desarrollar una aproximación a las dimensiones económicas de la financiación terrorista, elaborando series anuales de datos, siendo excepcionales los casos en los que se dispone de este tipo de fuentes, como se verá más adelante. Y otro tanto ocurre con los organismos policiales internacionales, incluso cuando, como es el caso de Europol, publican informes anuales sobre el terrorismo5. Una de las principales consecuencias de esta situación es que, para casi todas las organizaciones armadas, solo se dispone de un esbozo de su financiación, siendo muy pocos los casos en los que se conoce su evolución temporal con un mínimo detalle. 

El enorme esfuerzo empírico que se ha desplegado durante la última década y media en esta materia —en el que no son infrecuentes las reiteraciones de tópicos asentados cuyo fundamento documental es más bien débil y a veces puramente especulativo (Romaniuk, 2015, 10)— no ha ido más allá de establecer que los terroristas necesitan dinero para su actividad violenta de la misma manera que cualquier otro tipo de organización delictiva. Más aún, no se han encontrado diferencias sustanciales entre aquellos y éstas, de forma que, como destaca Romaniuk (2015, 9), «la actividad financiera terrorista es menos distintiva de lo que se pensaba» y solo puede identificarse por su finalidad, pero no por el tipo de transacciones en las que se concreta. Ello hace extraordinariamente compleja la represión del delito de financiación del terrorismo. 

Con base en los estudios disponibles se han avanzado algunos catálogos de fuentes de financiación empleadas por las organizaciones terroristas (Vittori, 2011), así como algunas tipologías para clasificarlas. Entre estas últimas, la que alcanza un mayor grado de generalidad es la propuesta por Freeman (2012), quien distingue los cuatro grupos siguientes (Esquema 1): 

● En primer lugar, el patrocinio estatal. Esta fuente de recursos fue muy frecuente predominantemente en el período de la Guerra Fría, cuando varios Estados armaron y financiaron a grupos terroristas para alimentar las tensiones internas de sus enemigos o rivales. Tras la caída del Muro de Berlín muchos de esos patrocinios, aunque no todos, cesaron, y las organizaciones terroristas que pervivieron o las que se formaron después experimentaron un proceso de «privatización» en cuanto a la base de sus recursos financieros. 
● Un segundo tipo de fuentes de financiación es el que se deriva del ejercicio de actividades ilegales por parte de las organizaciones terroristas. Cabe aquí una multiplicidad de elementos, dependiendo de las oportunidades, idiosincrasia y base territorial de esas organizaciones como son el robo, las amenazas y el secuestro extorsivo, el contrabando, los tráficos ilegales de mercancías valiosas, tabaco y drogas, la falsificación de tarjetas de crédito, la imposición forzada de servicios de protección, la venta de documentos de identidad falsificados y la explotación de redes de inmigración irregular. 
● Hay también, en tercer lugar, actividades legales o de apariencia legal que se desarrollan en forma de empresas o negocios destinados a obtener una rentabilidad de la que extraer recursos para el sostenimiento de las organizaciones terroristas, así como a emplear a excombatientes o a militantes en activo, y también ocasionalmente al blanqueo de dinero. A veces se emplean como infraestructuras para el desarrollo de las acciones armadas. 
● Finalmente, debe mencionarse el apoyo popular que se expresa bajo la forma de cuotas de afiliación a entidades vinculadas con las organizaciones terroristas y donaciones directas o indirectas —a través, por ejemplo, de instituciones de caridad o de asociaciones de emigrantes— hacia ellas. 


En el Esquema 1 se reflejan también los factores que, de acuerdo con la propuesta de Freeman (2012), determinan el mix de fuentes de financiación para cada una de las organizaciones terroristas. 
Este autor propone la consideración de seis criterios condicionantes que, de manera combinada, podrían explicar la singularidad de cada caso y, por tanto, también la variedad de formas con la que se resuelve en el mundo real la obtención de recursos por las organizaciones terroristas. Son los siguientes: 

● En primer lugar, la cantidad. Las organizaciones terroristas requieren una determinada cantidad de recursos cuya dimensión dependerá de sus fines políticos, su capacidad de movilización para encuadrar militantes, sus necesidades de infraestructura y armamento, y el desarrollo de sus actividades ideológicas, de propaganda y de atención social dirigidas a su población de referencia. Esa cantidad será siempre limitada, tal como se evidencia en el hecho de que la guerra terrorista sea, incluso en los casos más extremos, barata y, por ello, no se puede atribuir a los grupos terroristas un comportamiento maximizador similar al que caracteriza a otras organizaciones delictivas, pues no buscan obtener el mayor rendimiento posible de sus «acciones económicas», sino tan solo el que cubre sus necesidades operativas6
● Un segundo criterio se refiere a la legitimidad de las fuentes de financiación. Dada la naturaleza política de las organizaciones terroristas, todas sus acciones, incluidas las económicas, buscarán legitimar sus opciones ante la sociedad o población en cuyo nombre actúan. Ello significa que los métodos de recaudación de fondos que sean vistos por ésta como ilegítimos no podrán utilizarse, como ocurre a veces con el narcotráfico o el secuestro. 
El tercer criterio se refiere a la seguridad y alude a los riesgos que asumen las organizaciones terroristas para obtener recursos, que dependerán de la naturaleza de las fuentes de financiación y de las facilidades que ofrezcan a las fuerzas de seguridad del Estado para obtener información sobre aquellas. 
Está, en cuarto lugar, la fiabilidad de las fuentes de financiación. Las organizaciones terroristas tratarán de explotar aquellas que sean predecibles y ofrezcan un flujo regular de recursos, e intentarán apartarse de las sujetas a fluctuaciones aleatorias o a casuísticas de difícil conocimiento. 
Otro criterio, el quinto, alude a la simplicidad. Los métodos de obtención de recursos que sean sencillos, necesiten un esfuerzo pequeño y conlleven un coste reducido serán siempre preferibles a los que requieran una alta cualificación, una operativa compleja o tengan un coste elevado. 
Y finalmente, está el control. Las organizaciones terroristas, debido a su naturaleza política y a sus necesidades de operar en la clandestinidad, tratarán de controlar al máximo sus fuentes de recursos. 

Teniendo en cuenta la variedad de las posibles fuentes de recursos a las que pueden acudir las organizaciones terroristas y la multiplicidad de criterios con los que, finalmente, se determinará el mix de aquellas, cabe esperar que la financiación del terrorismo se resuelva de una forma singular en cada caso e, incluso, que esa forma sea cambiante con el tiempo. Ello conllevará una extraordinaria complejidad en la realidad empírica de este asunto y, por tanto, una enorme dificultad para identificar cualquier tipo de operaciones, en términos abstractos, con el terrorismo. Esto solo será factible en términos concretos, de modo que lo que en unos casos es financiación del terrorismo puede no serlo en otros. Mi propósito en lo que sigue es mostrar esta diversidad de modelos de financiación a partir de los resultados de la investigación de unas pocas organizaciones o de algún tipo específico de actividades. 

3. La financiación de ETA 

He estudiado la financiación de Euskadi ta Askatasuna (ETA), la organización surgida en el País Vasco a finales de la década de 1950 que desarrolló su campaña terrorista entre 1968 y 2010, en sendos trabajos complementarios cuyos resultados —expresados en euros de 2010— utilizaré en las páginas que siguen7. Los datos que se muestran proceden, en todos los casos, de fuentes públicas, principalmente periodísticas y bibliográficas, que se han ido recopilando a lo largo de más de una década. Esas fuentes se hacen eco de la documentación incautada por las fuerzas de seguridad a ETA, haya sido utilizada o no en sumarios judiciales. Se trata de datos dispersos que ha sido necesario sistematizar, ordenar y expresar a precios constantes, para lo que se ha empleado el deflactor del PIB. 

La cobertura temporal de esas fuentes arranca del año 1978, recién estrenada la democracia en España, y termina en 2010, fecha en la que ETA dejó de cometer atentados, aunque no declaró el cese de sus actividades armadas hasta un año más tarde. Sin embargo, las lagunas en la información son muy importantes hasta el comienzo de la década de 1990, pues con anterioridad a ella se ha carecido de fuentes que sobre los recursos obtenidos por el conjunto de las organizaciones formales —partidos políticos, asociaciones, fundaciones y empresas— e informales — coordinadoras, grupos alegales— han formado parte del entorno político de la banda terrorista y han estado controladas por ella8. En consecuencia, nuestro conocimiento sobre la financiación de ETA es mucho más completo desde 1992 que antes de este año.
_______________________________

1 Una reciente estimación de los ingresos de las principales organizaciones terroristas del mundo, publicada por la revista Forbes en su edición israelí de noviembre de 2014, establece el siguiente ranking (en millones de euros anuales): Estado Islámico (IS): 1.600; Hamás: 800; FARC: 430; Hezbolá: 400; Talibanes: 321; Al Qaeda: 120; Lashkar-eTaiba: 64; Al Shabab: 64; IRA Auténtico: 40; Boko Haram: 20. Con una perspectiva histórica más amplia, FREEMAN (2012) reúne las cifras estimadas en diversos estudios para las décadas de 1990 y 2000, que oscilan entre los 15.000.000 de dólares del IRA Provisional y los 1.000 millones de las FARC colombianas.
2 Alguna autora, como RACHEL EHRENFELD (2005) aprovecha esta circunstancia para enfatizar en todo lo contrario, señalando que «el coste total de mantenimiento de la red global del terror islamista se estima en miles de millones de dólares» (p. 2), aunque su apreciación parece exagerada. Véase, para una discusión acerca del carácter incompleto del conocimiento sobre las finanzas terroristas, el trabajo de ROMANIUK (2015), del que procede la cita anterior.
3 Veáse PRICE (2013) para una recopilación amplia de los estudios disponibles en la que se contienen varios centenares de referencias.
4 Las dos principales bases de datos internacionales son las siguientes: International Terrorism: Attributes of Terrorist Events (ITERATE), sostenida por la Duke University y Global Terrorism Database (GTD), mantenida por el National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism (START) en la Universidad de Maryland. Con menor amplitud, en Estados Unidos se reúne información tanto por la RAND Corporation como por el National Memorial Institute for the Prevention of Terrorism (MIPT) de Oklahoma, financiado por el US Department of Homeland Security. Para los países europeos se dispone de Terrorism in Western Europe: Event Data (TWEED), desarrollada por el profesor Jan Oskar Engene en la Universidad de Bergen. Véase, para una consideración metodológica sobre todas ellas, ENDERS, SANDLER y GAIBULLOEV (2011). Existen también bases de datos nacionales, como es el caso, para España, de la que mantiene sobre el terrorismo yihadista el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.
5 Véanse los informes anuales de Europol que llevan por título TE-SAT (año). EU Terrorism Situation and Trend Report.
6 Mi planteamiento es discrepante en este punto del de FREEMAN (2012), pues este autor afirma que «las organizaciones terroristas quieren tanto dinero como sea posible» (p. 10), atribuyéndoles así un sentido maximizador.
7 BUESA (2011) y BUESA y BAUMERT (2012). 
8 BUESA y BAUMERT (2012). En la página 6 puede encontrar el lector una relación completa de esas organizaciones.

VER+:


martes, 5 de mayo de 2026

LIBRO "VOLVER A CUÁNDO": LA GRAN NOVELA SOBRE LA VENEZUELA DEL POSCHAVISMO Y SUS EMIGRANTES por María Elena Morán

VOLVER A CUÁNDO


Hoy es más grande tu hambre, 
uno menos la comparte. 
ALÍ PRIMERA
Un hombre libre, cuando fracasa, 
no culpa a nadie. 
JOSEPH BRODSKY

PREMIO DE NOVELA CAFÉ GIJÓN 2022

La gran novela sobre la Venezuela del poschavismo y sus emigrantes.
Una nueva voz que vale la pena leer.
«Una novela de enorme envergadura literaria sobre la inmigración venezolana».
Diego Gándara, La Razón

La vida en la revolución fue bonita mientras fue promesa. Luego vinieron los fracasos, los del país y los propios. Cuando Nina pidió el divorcio, Camilo no solo se separó de ella, sino también de su hija Elisa: o eran los tres o no eran. En 2018, mientras Camilo ve pasar la crisis por la ventana, Nina es atropellada por ella. Su padre, el país y la revolución parecen haber muerto al mismo tiempo. Después de que Nina se va para Brasil, dejando a Elisa con la abuela, Camilo reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina es apenas una réplica íntima del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien.

Mediante un excelente dominio de los tiempos, la acción y la estructura del relato por medio de las diversas voces narrativas, la novela se ciñe a la narrativa moderna inaugurada por Flaubert en La educación sentimental, donde por primera vez se integró la Historia en el conflicto personal del protagonista. Con una escritura coloquial de gran musicalidad y hallazgos expresivos muy sugerentes, Volver a cuándo habla, a través del drama de una familia afectada por las consecuencias sociales del poschavismo, de cómo sobreviven —y en qué condiciones— los ideales y las esperanzas de la gente en el campo de minas de la realidad.

Volver a cuándo 

«Enloquecer es privilegio de los que tienen tiempo». 

Los desengaños pueden ser tan grandes como las promesas rotas que los provocan. Eso fue para Nina la revolución libertaria y democrática por la que había luchado tanto tiempo y que había terminado por trasmutar en una colección de falsos eslóganes y podios en los que ya no podía creer. En aquella Venezuela de 2018, los fracasos del país parecían ir parejos a los de Nina… La separación de Camilo, la muerte de Raúl, su padre, la inflación del 130%, la falta de comida… La crisis social, política y personal inunda cada rincón de su vida. El país y la revolución, al igual que su padre, parecen haber muerto. Solo queda salir de allí. 

«Tenía que haber otro Brasil más parecido al Brasil que su padre les había metido en el sueño a ella, a Elisa y a Graciela, que nunca quisieron soñar el sueño norteamericano porque el sur las imantaba a su suelo con una gravedad tan física como histórica; tenía que haber otro Brasil donde cupieran ella, sus mujeres y sus futuros, uno que empezaría en el momento en que ella se atreviera a pedir carona junto con los otros pocos que habían huido para el monte a esconderse mientras pasaba el aspaviento». 

Cuando Nina se divorció lo hizo con todas las consecuencias. Y su hija, Elisa, daba también la impresión de haber firmado aquel divorcio: su padre había sido tajante, «están conmigo o sin mí», una amenaza que, contrariamente a todas sus promesas, sí había cumplido. Sin recursos, Nina decide salir del país, emigrar a Brasil dejando a Elisa bajo los cuidados de la abuela Graciela, una mujer que vive el luto en todas sus implicaciones. Una vez en Porto Alegre, le espera un trabajo voluntario en un hostal a cambio de cama y dos comidas diarias. Siente que puede empezar una nueva vida. 

En una ciudad en la que todos son pobres, la miseria de Graciela es Elisa quien más la sufre… Día tras día, el «sálvese quien pueda» se instala en casi todos los hogares de Maracaibo, una cruel letanía que, a la niña, a sus solo doce años, le arranca la inocencia y le hace sentir desvalida. Mientras, a miles de kilómetros, Nina intenta organizar su precaria existencia para seguir mandando dinero a casa y, algún día, poder llevarse consigo a Elisa y a su madre.

«Desde que su padre murió, a su madre como que se le había olvidado qué era eso de ser madre, qué era ser abuela, como si de pronto nomás supiera ser viuda, y eso Nina lo entendía a la perfección, aun sin decir nada, porque sin su padre ella solo sabía ser huérfana, como huérfana debía estarse sintiendo Elisa, enlutada solita, con una madre mendigando ayudas tan lejos de casa». 

Solo cinco años atrás, el padre idealista se había desentendido de la hija. Ahora, aprovechando la ausencia de Nina, reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina no es más que una réplica a pequeña escala del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien y que ella ya no está dispuesta a aceptar. Y en medio de aquella crisis de poder (en todos los sentidos) y temores íntimos, Elisa se plantea, pese a su juventud, cuestiones de sentido común: si su madre se había largado, si el abuelo se había muerto de repente y hasta la abuela había desistido de cuidarla, ¿por qué ella no iba a tener derecho a verse con Camilo? 

Mirar atrás no resulta productivo cuando de lo que se trata es de cerrar heridas… El atentado contra el camarada Camilo, que según su mujer no fue tal, pero que dentro del partido se vio como un ejemplo de lucha; las interminables charlas que Graciela tenía con él: lo adoraba, pero no tanto como a su esposo, a quien añora y habla sin proponérselo… Acontecimientos de vida que se intercalan en el tiempo con las penurias que Nina pasa en Brasil (la más extranjera de los extranjeros) o los encuentros que Elisa tiene con un padre al que la fortuna parece haber sonreído. En ese contexto, reconstruir una vida resulta complejo y aún más, si cabe, volver. 

«La tristeza se pega como la gripe. Déjenme quietecita aquí, bien lejos de la cocina. No quería tener que cuidar a una nieta cuando lo único que quería hacer es cuidar mi luto, nutrirlo solo a él, sentirlo hasta el tuétano, dolerme como la perplejidad no me dejó dolerme los primeros días».

Protagonistas principales

NINA es una joven de ideales, contundente, decidida, soberbia, terca, chavista y pobre. Y todo en grandes proporciones. El fracaso de la revolución la condujo al más grande desencanto y el desengaño con Camilo, que era todo lo que ella quería, a la mayor desilusión. Como mujer reservada y escurridiza a la hora de hablar de su intimidad, desconoce que ese carácter, en el fondo, no hace sino provocarle más sufrimiento. Decide que es mejor recomenzar una nueva vida en una ciudad donde los venezolanos todavía no sean una peste… Porto Alegre, en Brasil. Desde allí se percata de que se ha quedado huérfana de padre, de casa y de lealtades. 

CAMILO es el hombre del que se enamoró Nina, un socialista de fuerte voluntad y buenas intenciones, pero inconsistente en sus propósitos. Hacía su revolución con un chaleco salvavidas que no era otro que la fortuna familiar (sus padres trabajan en la Texaco de Houston) y una visa con cifras en dólares. Convertido en héroe por un atentado en el que perdió un ojo, el miedo a la deriva política y social le hizo llevar un comportamiento errático y lo convirtió en un mal padre, del que Nina no dudó separarse. Con todas las consecuencias. 

ELISA es la hija de Nina y Camilo, tiene doce años, buena parte de los cuales los ha pasado alejada de su padre, sin saber nada de él. Despierta e inteligente, disfraza de madurez lo que es mera supervivencia… Está habituada a olvidarse de cualquier timidez o indignidad para seguir viviendo; está habituada a las migajas. Convencida de que la ha traicionado, desde que su madre partió a Brasil no ha hablado con ella, se niega. Silencio que se le hace verdaderamente duro si piensa que Nina, además de madre, es su mayor cómplice y amiga… Siempre han sido las dos contra el mundo.

«Malditas esa hora y todas las horas antes que llevaron a Nina a creer que la gente nace buena y que las intenciones revolucionarias son suficientes para callar la llama egoísta que tenemos dentro y nos conduce por donde le da la gana y se traga nuestras pobres, chiquitas y siempre boconas intenciones revolucionarias». 

GRACIELA es la madre de Nina y la que ahora cuida de Elisa, aunque a veces podría parecer lo contrario. Pobre y escéptica, está dispuesta a irse del país, pero para hacerlo tendría que llevarse consigo su casa, sus muertos y sus fantasmas. Desde que quedó viuda vive colapsada, desganada, hecha polvo, en ese espacio baldío que es la ruina. Está convencida de que, sin su marido para ayudarla a reconstruirse, ser ruina es su destino… No querría haber tenido que cuidar de su nieta, pues, en el fondo, lo único que le apetecía hacer era cuidar de su luto, sentirlo hasta el tuétano.

RAÚL es el gran ausente: el padre, el marido y el abuelo, que falleció antes de que la revolución fracasara, como si su muerte fuese la confirmación del final del movimiento revolucionario. Ejemplar en sus principios, Graciela y Nina apelan a su recuerdo (hablan incluso con él) para poder seguir luchando, para que el pasado más cercano simplemente se haga más llevadero.

Literatura de la supervivencia 

«Los llantos adultos se acaban por cansancio y, 
aunque puedan tener un motivo claro, nunca se conforman con él». 

El jurado del Premio de Novela Café Gijón reivindica su prestigio —en cuanto a dar a conocer a autores y señalar narrativas de alta calidad literaria— al entregar el galardón a una autora cuya obra es sinónimo de buena y profunda literatura. Con honestidad y enorme potencia emocional, Volver a cuándo cuenta una historia de tintes autobiográficos donde los personajes interiorizan su activismo y hacen propia la revolución social vivida en las calles, convirtiéndola en un fenómeno tan cercano y personal como catártico. Porque, en el fondo, todo vínculo o sentimiento tejido por el ser humano está íntimamente ligado a los acontecimientos sociales y políticos que acaparan su vida. 

«Es que tu cuerpo siempre fue más sincero que vos, Camilo. Tu cuerpo se permitía sentir y somatizar lo que vos no lograbas contarte ni siquiera a vos mismo, se engripaba cuando acumulabas funciones y presiones, te hacía vomitar cuando te emocionabas demasiado, enfebrecía cuando tu diplomacia amordazaba tus rabias. Podía contarse la historia de la Revolución bolivariana a través de tus quebrantos y la bala, fuera atentado o no, tal vez haya sido el clímax. El tuyo y el de la revolución». 

Desde la perspectiva de cinco personajes distintos, con sus respectivos puntos de vista, se cuenta la historia de Nina, de su fracaso personal e ideológico. Ya en las primeras páginas, con el trasfondo de la Operación Acogida, el éxodo venezolano causado por el descalabro de la revolución chavista se muestra como un drama que afectó no solo a aquellos que se fueron, sino también a los que se quedaron. Con la rabia y apremio del perdedor, Morán va desglosando vivencias que no parecen pertenecer a los protagonistas… Más bien, se presentan como imágenes colectivas recogidas de la realidad que golpean al ritmo narrativo de una autora que conoce la problemática desde los mismos fueros internos en que se cuece. 

«Elisa se pregunta quién es esa Nina que pasea por el sur de Brasil, que atiende turistas y aprende otro idioma trabajando en un hostal, como si fuera una joven estudiante que descubre el mundo. Las mamás no hacen eso. Menos todavía su mamá. Las mamás pueden ser todo lo aventureras que quieran, pero no pueden dejar a sus hijos atrás y comenzar de cero. O sí pueden, pero entonces los hijos también pueden inventarse otra vida sin pedir permiso. No hay amor a control remoto, mucho menos obediencia». 

Sorprendente y conmovedora, la novela va abriendo puertas por las que los efectos de la crisis política y migratoria se van colando hasta hacerse patentes, tan duros y veraces como descarnados. La dignidad, vestida de arrogancia, que en ocasiones impide hacer autocrítica o solicitar ayuda, se convierte, a ojos de los protagonistas, en diferentes maneras de ver la vida y de narrarla. Se abre así un vasto abanico de problemáticas particulares que, en línea con cada personaje, permite al lector ampliar su visión del conflicto central, hasta el punto de obligarlo a bajar la guardia y hacerlo suyo. Algo realmente apreciable en una narración como esta que, además de exploración íntima y familiar, muestra un profundo calado social. 

El desencanto, el paso del tiempo, la identidad, la ausencia, el vacío, la empatía en toda relación humana o la contradicción son tratados de forma tan realista como compleja, envueltos en una bruma narrativa de gran calidad literaria. En Volver a cuándo los personajes rezuman verosimilitud y credibilidad, transmiten inquietud, miedo, temor, pasión o desilusión en cada escala de este accidentado viaje emocional. María Elena Morán se descubre como una escritora de ideas claras y talante analítico, capaz de retratar con enorme maestría aquellas heridas de largo recorrido que más arraigan en el ser humano, las que nunca terminan de cicatrizar. 

«Para ella, la militancia, en la calle y en la casa, nunca fue algo que se imponía ni se exageraba, sino algo que iba creciendo dentro y que jamás renunciaba a la crítica, que era su derecho y, antes que nada, su deber. Ella actuaba como si no le debiera nada a nadie, ni a vos, ni a la revolución. Y ustedes le habían dado todo lo que ella tenía. Nina era una malagradecida, una egoísta: dos características que no combinan ni con revoluciones ni con matrimonios».