EL Rincón de Yanka

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miércoles, 21 de octubre de 2026

LIBRO "LA RELIGIÓN DEMOSTRADA": LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA por P. A. HILLAIRE


 LA RELIGIÓN DEMOSTRADA

Los fundamentos de la fe católica 
ante la razón y la ciencia


Hillaire quiso responder con un solo libro a la pregunta «¿por qué soy cristiano y católico?». Lo organizó en cinco verdades encadenadas: Dios existe; el hombre tiene un alma espiritual, libre e inmortal; necesita una religión; la religión cristiana es la única divina, y la Iglesia católica es su única depositaria. Según su introducción, la materia del libro «es una explicación del Concilio Vaticano I conforme a las normas de la teología fundamental».
El método es el de santo Tomás: pregunta, respuesta y prueba. Por eso el P. Pío de Langogne, capuchino, le felicitó desde Roma «por haber elegido para el desarrollo de vuestras tesis, el método tan sencillo y tan claro de la Suma Teológica».
El P. Négre lo resumió así en su informe: «LA RELIGIÓN DEMOSTRADA es, a la vez, una Teología, una Apología y un Catecismo».

Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia: cinco verdades demostradas, de la existencia de Dios a la Iglesia católica.
La religión demostrada, del P. A. Hillaire, responde con razones a la pregunta que todo católico debería saber contestar: ¿por qué soy cristiano y católico? En 682 páginas demuestra, paso a paso, cinco verdades encadenadas: que Dios existe, que el hombre tiene un alma espiritual e inmortal, que necesita una religión, que la religión cristiana es la única divina y que la Iglesia católica es su única depositaria.
No es un libro de sentimientos ni de opiniones. El autor parte de una frase de Paul Bert, que en 1879 anunciaba en su informe sobre la instrucción pública en Francia: «Nuestra voluntad es levantar frente al templo donde se afirma, la escuela donde se demuestra». La respuesta de Hillaire ocupa todo el libro: el templo donde se afirma es también el templo donde se demuestra, porque la fe católica descansa en hechos ciertos y en principios evidentes.


El propio autor resume su plan en cinco verdades, «ligadas unas con otras como los eslabones de una cadena»:

Primera verdad: Dios existe. Siete pruebas de la existencia de Dios (el universo, el movimiento y el orden, el hombre inteligente y libre, la ley moral, la creencia universal, la historia y la necesidad de un Ser eterno), la refutación del ateísmo y la Providencia.
Segunda verdad: tenemos alma. Una breve lección de filosofía y la demostración de la espiritualidad, la libertad y la inmortalidad del alma.
Tercera verdad: el hombre necesita una religión. El culto interno, externo y público; los pretextos de los indiferentes; por qué solo hay una religión buena y por qué es la revelada; el milagro y la profecía como señales de la revelación, con los decretos del Concilio Vaticano I sobre la fe y la razón.
Cuarta verdad: la religión cristiana es la única divina. La revelación antes de Jesucristo, las profecías cumplidas en Él, sus milagros, la Resurrección, la constancia de los mártires, los frutos de la religión cristiana y un apéndice sobre la divinidad de Nuestro Señor.
Quinta verdad: la Iglesia católica es la única depositaria de la religión cristiana. La Iglesia tal como la fundó Cristo, sus notas, su organización, sus relaciones con el Estado, los beneficios que ha dado al mundo, las principales objeciones contra ella y nuestros deberes para con la Iglesia.

Por el camino quedan refutados, como anuncia el plan de la obra, los ateos, los materialistas y positivistas, los indiferentes, los herejes y protestantes, y los masones, «los peores enemigos de la Iglesia, de la familia y de la sociedad». A la francmasonería le dedica un apéndice propio dentro de la quinta verdad.

¿Para quién es?

Hillaire lo escribió, según su introducción, para la juventud y para «las personas mayores que, impedidas por sus ocupaciones para dedicarse a estudios profundos sobre las verdades religiosas», necesitan tenerlo todo reunido en un solo volumen. Sigue el método de la teología fundamental, pero con preguntas, respuestas y pruebas que se siguen sin haber estudiado teología. Es para usted si se reconoce en alguno de estos casos:El padre o la madre cuyo hijo vuelve de clase diciendo que la fe no tiene base racional, y quiere poder responderle con algo más que «porque sí».
El catequista o el profesor de Religión que necesita las razones ordenadas, de la existencia de Dios a la Iglesia, para preparar sus clases.
El joven que va a confirmarse o a empezar la universidad y quiere saber por qué cree lo que cree, antes de que se lo discutan.
El que discute en la familia, en el trabajo o en las redes, y alguna vez se ha quedado sin respuesta ante un «todas las religiones son iguales» o un «la ciencia ya ha demostrado que Dios no existe».
El que duda o busca. Hillaire cita a Pascal: «No hay más de dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón, porque le conocen, y los que le buscan de todo corazón, porque no le conocen». Este libro sirve a los dos.

En una palabra, para quien quiere estar «siempre pronto para dar razón» de su esperanza, como pide San Pedro.

Quién lo escribió y quién lo tradujo

El P. A. Hillaire fue profesor del Seminario Mayor de Mende y superior de los Misioneros del Sagrado Corazón. Cuenta en la introducción que concibió la obra en la gruta de Lourdes, y la firmó en Mende el 8 de diciembre de 1900. En Francia la obra alcanzó al menos dieciséis ediciones.
La versión castellana es la de Mons. Agustín Piaggio, vicario general de la Armada Argentina y prelado doméstico de Su Santidad, hecha sobre la 16.ª edición francesa. El Episcopado argentino, reunido en Tucumán en 1912, le felicitó por la empresa y declaró: «aprobamos, bendecimos y recomendamos de todo corazón la presente obra».

¿Sabrías defender tu fe?

Diez objeciones contra la fe que oirá tarde o temprano: en la comida familiar, en clase, en el trabajo o en la tele. Para cada una le damos tres respuestas posibles. Solo una aguanta. Elija la que daría usted y compruebe si sabría defender su fe. Todas las respuestas buenas salen de La religión demostrada, del P. A. Hillaire, con su página.

Las diez respuestas, una por una

Si ya ha jugado, aquí tiene las respuestas completas, con la cita del libro. (Si no ha jugado, no siga leyendo: se estropea la gracia.)

1. Si Dios existiera, lo veríamos. Yo solo creo en lo que veo.
Respuesta: No lo vemos, pero vemos sus obras, como quien ve un cuadro y sabe que hubo un pintor.
«A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor…» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 2. Primera verdad: Dios existe.

2. La vida surgió sola de la materia. No hace falta ningún Dios.
Respuesta: Nadie puede dar lo que no tiene: la materia no tiene vida, luego no pudo darla.
«¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 9. Primera verdad: Dios existe.

3. Si Dios existe, ¿por qué a los malos les va tan bien y los buenos sufren?
Respuesta: Dios es paciente porque es eterno, y quiere dar tiempo al arrepentimiento.
«Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 50. Primera verdad: Dios existe.

4. Yo no voy a misa, pero soy buena persona. Con eso basta.
Respuesta: Ser honrado es dar a cada uno lo suyo, y lo primero que debemos es a Dios.
«Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para con Dios. Luego aquél que no practica la religión no es honrado, porque no es justo para con Dios.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, pp. 125-126. Tercera verdad: el hombre necesita una religión.

5. Todas las religiones son iguales: todas llevan a Dios.
Respuesta: ¿Son buenas todas las monedas? Hay verdaderas y falsas, y las falsas suponen la verdadera.
«¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 129. Tercera verdad: el hombre necesita una religión.

6. Los milagros son imposibles: Dios no puede saltarse sus propias leyes.
Respuesta: Quien hizo las leyes puede suspenderlas en un caso, igual que un director da un día libre sin abolir el reglamento.
«Si el director de un colegio concede un día de asueto, ¿queda acaso por ello abolido el reglamento?» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 156. Tercera verdad: el milagro y la profecía.

7. Jesús leyó a los profetas y se las apañó para cumplir lo que decían.
Respuesta: Nadie elige dónde nace, de qué familia ni en qué siglo. Eso no se amaña.
«¿Se dirá que Jesucristo se aplicó las predicciones de la Escritura? Pero no depende del poder de un hombre elegir el lugar de su nacimiento, nacer en Belén más bien que en Roma, nacer de la raza de Abraham, de la familia de David… (Mons. Freppel, citado por Hillaire)» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 263. Cuarta verdad: la religión cristiana es divina.

8. La Iglesia es enemiga de la ciencia.
Respuesta: Fe y ciencia vienen de Dios, y lo verdadero no puede oponerse a lo verdadero.
«La Iglesia no es enemiga sino de la ignorancia y del error. […] De una parte y de otra hay verdad; luego no hay oposición, porque lo verdadero no puede oponerse a lo verdadero.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, pp. 594-595. Quinta verdad: la Iglesia católica.

9. La Iglesia católica se ha inventado dogmas que no están en el Evangelio.
Respuesta: La Iglesia nunca define un dogma sin probar que los Apóstoles ya lo enseñaban.
«Nunca la Iglesia ha definido un artículo de fe sin haber probado que los apóstoles lo habían enseñado, o por escrito, o de viva voz.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 430. Quinta verdad: la Iglesia católica.

10. ¿Cómo va a ser santa la Iglesia, con lo malos que son tantos católicos?
Respuesta: Los que la deshonran es porque no hacen caso de su doctrina ni de su moral.
«Si numerosos cristianos con su indigna conducta deshonran a la Iglesia, es porque repudian su doctrina y su moral.» — P. A. Hillaire, La religión demostrada, p. 428. Quinta verdad: la Iglesia católica.

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La Religion Demostrada by juan capistrano


sábado, 17 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA GANADORA, 2005": THE PRIZE WINNER OF DEFIANCE, OHIO


 LA GANADORA 2005

Gracias a su habilidad y amor por las palabras, Evelyn Ryan, un ama de casa, consigue mantener a flote a su problemática familia: diez hijos y un marido alcohólico, torpe e irresponsable. En los años 50 y 60, era frecuente que las amas de casa usaran su ingenio para ganar miles de dólares en concursos organizados por las empresas para promocionar sus productos. Pero ninguna de ellas podía competir con Evelyn Ryan, cuyo ingenio y agudeza eran proporcionales a las numerosas necesidades de su familia.
"En ese momento supimos que, mientras usáramos la cabeza, 
no seríamos víctimas. Si nos atrevíamos a forjar nuestro propio destino, 
creceríamos para ser como nuestra madre: triunfadores".

"A mi madre no le gustaba oír palabrotas, y desde luego nunca las decía. 
Siempre nos decía que maldecir era señal de un vocabulario pobre y, 
peor aún, de una imaginación limitada. 
«Hay tantas palabras interesantes que se pueden usar, solas o combinadas», 
decía, «que no entiendo por qué alguien recurriría a obscenidades monosílabas»".

"No necesito que me hagas feliz. Solo necesito que me dejes en paz cuando lo soy".

"Nunca subestimes el poder del amor y la determinación de una madre".

"Ante la adversidad, encontramos fuerza el uno en el otro".

"En este mundo, a veces todo lo que tienes son palabras y esperanzas".

"La creatividad es la clave para la supervivencia".

La ganadora del premio de Defiance, Ohio es una película dramática biográfica estadounidense de 2005 escrita y dirigida por Jane Anderson. Está basada en el libro de Terry Ryan de 2001 y está protagonizada por Julianne Moore, Woody Harrelson y Laura Dern.
En Defiance, Ohio, la ama de casa Evelyn Ryan logró mantener a su esposo, Kelly, y a sus 10 hijos ganando concursos de composición de "jingles" (spots, anuncios musicales). Kelly no pudo mantener a su familia, en parte debido a su aparente alcoholismo y baja autoestima. Soñaba con ser cantante, pero perdió su voz en un accidente automovilístico, y a menudo era cruel, abusivo y propenso a arrebatos violentos cuando estaba borracho.

Evelyn gana cosas útiles como un congelador grande, cubos de hielo, una lavadora y secadora, un viaje a Nueva York, una ventana, un coche deportivo, una tarde de compras en su supermercado local y trituradoras de hielo; así como cosas menos útiles o necesarias como trineos, botas, un poni, una palmera, una cámara, zapatos de baile, un motor de barco, zancos, una caja de comida para perros y un suministro de por vida de alpiste, que cambia por dinero. Kelly, que siente que su papel como proveedor de la familia está en peligro, critica a Evelyn y daña algunos de los premios que ella guarda. Sus hijos se ponen de su lado. Kelly se enfada con Evelyn y, accidentalmente, la tira al suelo mientras ella lleva 12 botellas de leche llenas, provocándole una lesión casi fatal. Evelyn logra calmarlo después de cada incidente y, al menos temporalmente, él la trata mejor. Con el paso del tiempo, los hijos mayores empiezan a irse a la universidad y a participar en carreras deportivas, aliviando algunas de las cargas de la familia.

Evelyn se encuentra bastante aislada debido a las largas horas que dedica al cuidado de los niños y a la falta de personas de su mismo nivel intelectual en la zona. Sin embargo, un grupo de amas de casa del medio oeste que participan en un concurso se pone en contacto con ella y entabla amistad con ellas. Finalmente, Evelyn descubre que Kelly había solicitado en secreto una segunda hipoteca sobre su casa y nunca había realizado los pagos, dejando a la familia al borde de una ejecución hipotecaria casi segura. Los niños rezan por la milagrosa victoria de su madre en un concurso patrocinado por Dr Pepper. Ella gana y paga la hipoteca de la casa.

Años después, se revela que, tras la muerte de Kelly, Evelyn descubre que él había depositado sus cheques de pensión en una cuenta bancaria especialmente para ella, como compensación por todos sus fallos como esposo y padre. A continuación, se muestra a los hijos de Ryan ya adultos.


Para Terry Ryan, la pequeña casa blanca en Washington Avenue luce igual que cuando creció allí, desde el porche con mosquitera hasta las cuatro estrechas habitaciones en el piso de arriba.
Pero los Ryan ya no viven allí. Se han ido los diez hijos, con sus portazos, sus bromas y sus discusiones. Los arrebatos de ira de su padre, provocados por el alcohol, han cesado.
Y su madre ya no está en la sala, donde solía sentarse por las tardes en un sofá raído, con un lápiz detrás de la oreja y una libreta en la mano. Allí se sentaba a pensar, ensayando frases ingeniosas y desenfadadas que solían ganar concursos publicitarios. Allí inventaba los jingles que daban de comer a la familia mes tras mes.

Entre 1953 y 1965, la Sra. Ryan ganó cientos de concursos, llenando la pequeña casa de Defiance con electrodomésticos, ropa y comida. Ganó dos coches y miles de dólares en efectivo, suficiente para comprar la casa de Washington Avenue y librarse de los cobradores.

El libro ganador del premio Defiance, Ohio: How My Mother Raised 10 Kids on 25 Words or Less es la nueva obra de Terry Ryan sobre su difunta madre, Evelyn, una mujer que utilizó su don para escribir poemas, eslóganes y jingles para transformar la vida de su familia, que pasaba por dificultades económicas.
«Era como si tuviera una conexión directa con Dios», dijo Terry Ryan, redactor técnico y dibujante que vive en San Francisco. «Siempre estaba ahí cuando más la necesitábamos».

Evelyn Lehman tenía 23 años y era columnista del Sherwood Chronicle cuando conoció a Leo “Kelly” Ryan.
Evelyn era inteligente y descarada. Kelly era extrovertida, sobre todo después de unas copas. Fue la mejor alumna de la promoción de la escuela secundaria Sherwood en 1931. Él era un obrero que trabajaba en Defiance Screw Machine Products.
Ella estaba embarazada cuando la pareja se casó en 1936. Dos años después, volvió a quedar embarazada. La pareja siguió teniendo hijos: Lea Anne, Richard, Fred, Roger, Bruce, Terry, Mike, Barbara, Betsy y Dave, cada uno nacido con casi dos años de diferencia con el anterior.

Pero su hogar no era precisamente un ejemplo de felicidad doméstica.

El señor Ryan ganaba 90 dólares a la semana. Gastaba aproximadamente un tercio en cerveza y whisky. En las décadas de 1940 y 1950, pocas mujeres trabajaban fuera de casa, así que esta ingeniosa madre aprovechó su talento latente para la escritura participando en concursos.

Cuando estaba soltera, había participado esporádicamente en concursos de escritura. Pero ahora eran una necesidad.
La señora Ryan participaba en cientos de concursos cada año, ganando muchos justo a tiempo. Cuando se le estropeaban el televisor y la tostadora, recibía otros electrodomésticos en cuestión de días. El dinero que ganaba en concursos de poesía le servía para pagar las facturas de servicios públicos, reparaciones y material escolar. Terry recordaba una mañana de Navidad particularmente triste, cuando ninguno de los niños esperaba regalos. Pero la señora Ryan abrió su «puerta mágica» —un armario— y sacó un regalo tras otro. Eran premios de concursos que había guardado durante meses.

“Ella ganaba cuando más lo necesitábamos”, dijo su hijo menor, Dave, el único de los Ryan que permaneció en Defiance. “Tenía un don para lo que hacía. Simplemente lo daba por sentado, porque llevaba ganando prácticamente desde siempre”.
La casa se convirtió en una fábrica de participaciones para concursos. Los armarios de la cocina estaban repletos de cajas de zapatos llenas de formularios y etiquetas que guardaba para usarlas más adelante. Ninguna lata o frasco vacío se tiraba a la basura hasta que la etiqueta se hubiera quitado en remojo en el fregadero.
Participó en concursos individuales docenas de veces, usando variaciones de su nombre, el de su esposo y el de sus hijos. Luego, esperaba. A veces pasaban meses sin ganar. Otras veces, las cartas y llamadas que anunciaban que había ganado eran algo cotidiano en la casa de los Ryan.
“Ella hacía que las cosas sucedieran”, recordó Pat Walter, una amiga de la secundaria de Terry Ryan. “Convirtió los limones en limonada y la compartió con todos”.

Para la comunidad, los Ryan eran la típica familia estadounidense. Papá trabajaba. Mamá se quedaba en casa. Los niños tenían muchos amigos.
Pero dentro de casa la historia era diferente. Nadie sabía de qué humor llegaría el señor Ryan del trabajo. Bebía, decía palabrotas, amenazaba a su esposa e hijos y, a veces, los maltrataba físicamente. Los niños no traían a sus amigos a casa para jugar. En una ocasión, la señora Ryan acabó en el hospital después de que su marido la empujara al suelo del comedor.

Dave Ryan afirmó que el libro de su hermana mayor retrata con precisión su vida familiar, incluyendo el alcoholismo y la violencia de su padre.

“Tuve una infancia feliz”, dijo. “No la cambiaría por nada. La mayoría de las cosas que leí allí ocurrieron en realidad. No me alegra demasiado, pero era cierto”.

El divorcio estaba fuera de toda discusión, dijo Terry Ryan.

Ella creía, sobre todo en aquellos tiempos, que cuando te casabas con alguien, era para siempre. Te quedabas con esa persona toda la vida. No había otra opción. Pero, claro, era una especie de dilema, porque jamás renunciaría a ninguno de sus hijos. Y como puedes imaginar, todos la adorábamos. ¡Gracias a Dios que la tuvimos, porque de verdad nos salvó la vida!
En las décadas de 1950 y 1960, los fabricantes organizaban concursos de habilidad para promocionar productos que iban desde jabón hasta camionetas familiares. Por lo general, se les pedía a los participantes que escribieran un poema o un ensayo de 25 palabras explicando por qué les gustaba el producto.
Terry Ryan escribe que “las empresas patrocinaban concursos por dos razones: para obtener nuevas ideas publicitarias del público y para vender más productos”.
En aquella época, la mayoría de los concursos requerían un comprobante de compra, a diferencia de los sorteos y regalos aleatorios de hoy en día.
“Cincuenta mil participaciones en el concurso representaron 50 000 compras que de otro modo no se habrían producido”, continúa la Sra. Ryan. “Los concursos fueron un gran negocio tanto para los patrocinadores como para los ganadores”.

Dortha Schaefer, residente del condado de Paulding que entabló amistad con Evelyn Ryan gracias a su interés común por los concursos, dijo que había todo un arte en componer un verso ganador.
Según ella, uno de los secretos para conseguir un plato ganador era incluir "guantes rojos", algo que llamara la atención de los jueces.
“Había algo en tu participación que la hacía destacar, que la diferenciaba de las demás”, dijo la Sra. Schaefer. “Quizás podrías inventar una palabra para la última línea”.

Durante este tiempo, la Sra. Ryan formó un club con la Sra. Schaefer y otras "participantes" de la zona llamado "Affadaisies", una parodia de las declaraciones juradas que enviaban las empresas para notificar a los posibles ganadores de concursos. Compartían historias y consejos.
La señora Schaefer, residente de Payne, Ohio, comentó que perfeccionó sus habilidades tomando un curso por correspondencia sobre cómo redactar participaciones para concursos. Ganó una máquina de discos, televisores, juguetes y equipo de pesca.

El premio le vino muy bien, pero no fue su principal motivación para participar.

“Estaba en casa con mis siete hijos, igual que Evelyn con sus diez”, dijo. “Me daba algo que hacer por las noches mientras mi marido trabajaba en el turno de noche. Mi marido era un buen proveedor. Pero yo tenía la alegría de ganar. ¡Esperaba con ansias la llegada del cartero cada día!”.

Los Ryan celebraron cientos de pequeñas victorias, tostadoras y billetes de diez dólares. Pero las grandes victorias son las que más recuerdan, dijo Terry Ryan. Siempre llegaban en los momentos más difíciles de la familia.

En 1953, a los Ryan y a sus nueve hijos les pidieron que desalojaran la casa de dos habitaciones que alquilaban; el propietario la quería para un familiar. Justo en ese momento, con su décimo hijo en camino, la Sra. Ryan ganó el gran premio de un concurso de Western Auto: una lavadora y una secadora, una bicicleta nueva y 5000 dólares, dinero que utilizó para comprar la casa en Washington Avenue.

En un concurso de adivinar el nombre del sándwich en 1961, la Sra. Ryan ganó el gran premio, que incluía una máquina de discos, un viaje a Nueva York para aparecer en el programa de Merv Griffin y un coche deportivo Triumph. Vendió el coche y la máquina de discos para pagar las facturas.

Cuando no tenían comida, ella ganó un vale para comprar en un supermercado local.

Luego, en 1965, tuvo lugar el concurso de refrescos Dr Pepper.

Sin que la familia lo supiera, el señor Ryan había solicitado una segunda hipoteca sobre la casa, cuyo vencimiento estaba previsto para dentro de un mes. Cuando llegó el momento decisivo, el señor Ryan se emborrachó hasta perder el conocimiento. Su esposa suplicó al banco, pero fue en vano. La señora Ryan se resignó a enviar a sus hijos menores a vivir con unos parientes.

Pero tres días antes de su desalojo, un vicepresidente de Dr Pepper llamó a la Sra. Ryan para decirle que había ganado el concurso "El momento de tu vida" de la compañía de refrescos. Los grandes premios eran dos relojes, un Mustang de 1965, un viaje para dos a Suiza y 3400 dólares, suficiente para evitar la ejecución hipotecaria.

La familia estaba a salvo. De nuevo.

“A partir de ese momento supimos que nunca podría haber un problema mayor que la capacidad de mamá para resolverlo”, dijo Terry Ryan.

La señora Ryan nunca volvió a ganar un gran premio. Los concursos de escritura desaparecieron, reemplazados por sorteos en los que los ganadores se elegían al azar. Las empresas descubrieron que los sorteos eran más baratos y más efectivos para generar ventas.

A mediados de la década de 1960, los tiempos estaban cambiando en Estados Unidos. Los manifestantes contra la guerra de Vietnam cuestionaban la autoridad. La liberación de la mujer hizo que fuera aceptable que las mujeres trabajaran.

En cuanto a la señora Ryan, consiguió un trabajo como dependienta en la tienda local de JC Penney, donde trabajó hasta que se jubiló en 1983.

Mientras tanto, su marido siguió bebiendo hasta mediados de la década de 1970, cuando le diagnosticaron diabetes. Los médicos tuvieron que amputarle la pierna.

Pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas en su cocina, escuchando partidos de béisbol en la radio. Cuando falleció en 1983, le dejó 60.000 dólares a su esposa, dinero que había estado ahorrando de su pensión.

«Nunca le contó a nadie lo del dinero. Nadie podía creerlo», dijo Terry Ryan. «Se redimió».

Pero la señora Ryan nunca usó el dinero. Continuó escribiendo poesía —fue nombrada poeta laureada de The Blade en 1974— mientras sus hijos se independizaban y formaban sus propias familias.

Dos de sus hijos, Richard y Fred, jugaron béisbol en las ligas menores de la organización de los Detroit Tigers. La mayoría fueron a la universidad y tienen carreras profesionales. Uno de sus hijos es ingeniero. Otro es abogado y fue fiscal adjunto en Colorado. Una de sus hijas es enfermera de cuidados paliativos.

Dave Ryan, un trabajador de la fundición de General Motors en Defiance, dijo que después de años juntos en el 801 de Washington, él y sus hermanos rara vez se reúnen ya.

En los últimos 35 años, los diez se han reunido solo un puñado de veces: para el funeral de su padre y luego para el 80 cumpleaños de su madre en 1993.

“Están repartidos por todo el país, la gente tiene cosas que hacer y sus propias vidas”, dijo Dave Ryan.

La señora Ryan llamó a sus hijos en 1998 y les dijo que tenía cáncer de mama.

Todos regresaron una vez más —su "camión lleno de pájaros", como ella los llamaba— y pasaron varias semanas con ella hasta que falleció.

Un día después de su muerte, entraron en su habitación y encontraron un baúl de cedro lleno de papeles. Para su sorpresa, había guardado de todo: desde sus boletines de calificaciones hasta sus trabajos para concursos y poemas.

Desde ese momento, Terry Ryan supo que tenía que escribir la historia de su madre.

«Mis hermanos, mis hermanas y yo llevamos décadas contando su historia a cualquiera que quisiera escuchar. No estoy seguro de que todos nos creyeran».

Ahora sí lo hacen.



Cinco lecciones clave 

1. El poder de la perseverancia: Una de las principales lecciones de «La ganadora del premio de Defiance, Ohio» es el poder de la perseverancia para alcanzar las metas. Evelyn Ryan, la protagonista del libro, demuestra una increíble resiliencia y determinación al participar en concursos para ganar premios para su familia. Su inquebrantable dedicación y su negativa a rendirse, incluso ante numerosos desafíos, finalmente dan sus frutos.
2. La importancia de la creatividad: El libro resalta la importancia de la creatividad para resolver problemas y encontrar soluciones innovadoras. El talento de Evelyn para componer "jingles" y diseñar anuncios se convierte en la clave de su éxito en los concursos. El libro ejemplifica cómo pensar de forma original y aprovechar las propias capacidades creativas puede tener un impacto significativo en la vida.
3. La fuerza del amor familiar: El libro ganador del premio Defiance Ohio también destaca la fuerza del amor familiar y el impacto que puede tener en las personas. A pesar de las difíciles circunstancias que enfrenta la familia Ryan, el amor y el apoyo mutuo se convierten en una fuente de fortaleza. El libro muestra cómo los lazos familiares pueden ayudar a las personas a superar la adversidad y encontrar la felicidad.
4. Triunfar sobre la adversidad: Otra lección clave del libro es la capacidad de superar la adversidad. La vida de Evelyn Ryan está llena de situaciones difíciles, desde problemas económicos hasta un marido alcohólico. Sin embargo, logra sortear estos obstáculos con entereza, encontrando constantemente maneras de mantener a su familia y conservar una actitud positiva. El libro es un testimonio del espíritu resiliente del ser humano.
5. El valor del humor y el optimismo: La ganadora del premio Defiance Ohio también enseña la importancia del humor y el optimismo para afrontar las dificultades de la vida. A pesar de los problemas que enfrenta, Evelyn mantiene una actitud alegre y optimista. Su sentido del humor la ayuda a encontrar momentos de alegría y risa en medio de las adversidades, recordándonos que el optimismo y el humor pueden ser herramientas valiosas para superar los desafíos.

Tenía 10 Hijos… Y Solo Una Forma de Salvarlos | Julianne Moore | Película Completa

viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO