EL Rincón de Yanka

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sábado, 31 de octubre de 2020

CORRIDO "VIÉNDOME AL ESPEJO" 🔎

VIÉNDOME AL ESPEJO🔎
Desconozco autor

Hoy como todos los días
me paré frente al espejo.
Haces de melancolía 
me dijeron "ya estás viejo".

No creía lo que veía,
me puse a reflexionar
en cuantiosas lejanías
que me hicieron sollozar.

Me vi arrugado, gestoso (gestudo),
con muchas limitaciones,
obeso, pelón, canoso, 
sin aplausos ni ovaciones.

Un enorme escalofrío
le llegó a todo mi ser,
sentí que lo que era mío
tendía a desaparecer.

El pensamiento voló
y se ubicó a los ayeres
que mi juventud vivió
disfrutando los placeres.

Hinché mi pecho dormido,
luego empecé a suspirar...,
tantas cosas que no olvido
que quisieron despertar.

Las imágenes pasaron 
como duendes de algún cuento,
y de repente pararon
al revivir el momento.

Entonces dije al espejo:
me quieres echar mentiras,
reconozco que estoy viejo
pero tengo ánimo, la vida.

Ya no soy el gladiador
que ganaron las peleas.
Tuve lindas, ni una fea
que compartiera mi amor.

Todos aquellos placeres
tienden a desfallecer.
Y que hablar de las mujeres
que siempre supe escoger.

Todo el calor femenino
que me ardía en los entresijos
serán próximo camino
pero ya, para mis hijos.

Admiro mujeres, quieto.
me relamo los bigotes,
tengo una idea que mis nietos
sepan aguantar el trote.

El que fuera león en brama,
con el culea emociones,
le molesta hasta la cama,
teniendo buenos colchones.

Aquel altivo, orgulloso,
envidia de mis amigos,
hoy con dolor quejumbroso,
tiene su cuerpo abatido.

Las bohemias, trasnochadas,
las fiestas y algarabías
son durmientes policías
que mi alma dejan helada.

Me hace daño la comida,
el alcohol me causa mal,
mis amigos de la vida
se fueron sin regresar.

Las patadas, los trompones,
y aquellas cejas partidas
más aquellos descontones (golpes imprevistos),
hoy me hicieron barriga.

Ya no brinco, ya no corro,
mis músculos que eran tensos
hoy son mi cuentas de ahorro.
se hicieron laxos y lentos.

La espalda ya se me encorva
cuando escucho algunos gritos,
me tiemblan hasta las corvas
y las broncas las evito.

La vida me está cobrando 
con su interés natural
ni yo me estoy escapando, 
pero ni modo, es normal.

Cuando practiqué deportes,
nunca acusaba cansancio,
mi cuerpo ¡era un gran resorte!,
hoy enmohecido y muy rancio.

Mi espejo tiene razón,
pero yo no quiero darme,
deseo a la vida, enfrentarme.
pero hoy con más reflexión.

Usted que ha escuchado esto,
no le haga caso a su espejo,
y póngase siempre presto,
pero no diga "estoy viejo".

Cuide mucho su salud",
como hicieren sus albores,
y téngale fe a Jesús,
no enriquezca a los doctores.

Arrugado no es ser viejo,
ni torpeza ni poca acción,
no le haga caso al espejo,
joven tenga el corazón.

Me revuelvo en mis entrañas,
pero debo de seguir, 
que alguien cuente mis hazañas
cuando deje de existir. 

Y tú, y tú espejo pesimista,
si la muerte del fin, me abres,
hoy cambié, soy optimista,
y me digo viejo, viejo..., madre...

POEMA CON CORRIDO MEXICANO: VIÉNDOME AL ESPEJO

viernes, 30 de octubre de 2020

LIBRO "INFILTRACIÓN: EL COMPLOT PARA DESTRUIR LA IGLESIA DESDE DENTRO" 👿

INFILTRACIÓN:
EL COMPLOT PARA DESTRUIR 
LA IGLESIA DESDE DENTRO
La Iglesia ha padecido las acometidas de numerosos enemigos a lo largo de su historia. La mayor parte de ellos han tratado de dañarla desde fuera con persecuciones, difamaciones y ataques de diversa índole, pero el enemigo que hoy la fustiga ha aprendido de los errores pasados y, por eso, la va erosionando desde dentro.
Infiltración narra este cambio de estrategia de los enemigos de la religión católica, urdido a fuego lento durante los últimos dos siglos. Desde el advenimiento de la modernidad, que trajo consigo la Ilustración y las revoluciones, las logias masónicas han ido poco a poco infiltrándose en la Iglesia con la finalidad de destruirlo. El proceso ha sido gradual; sus frutos comenzaron a recogerse en el siglo XX, con la elección de papas afines a ideas progresistas y con las reformas emanadas del Concilio Vaticano II. Hoy, ante la atónita mirada de muchos católicos, los frutos de este plan son más visibles que nunca.
"Napoleón dijo un día al cardenal Cosalvi: "voy a destruir la Iglesia Católica del la faz de la tierra". El cardenal le contestó: "No, no podrá". Napoleón, dijo otra vez: "¡Voy a destruir su Iglesia!". El cardenal con sus 150 cm. de altura dijo confiado y sonriente: "No, no podrá, General. ¡Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo! Ni los malos papas, ni los sacerdotes infieles y los miles de pecadores en la iglesia no han tenido éxito en destruirla, ¿comó cree que ud va a poder hacerlo?"
PRÓLOGO 

En Infiltración: el complot para destruir la Iglesia desde dentro, Taylor Marshall trata un tema que hoy se ignora deliberadamente. El asunto de una posible infiltración en la Iglesia por fuerzas externas a ella no cuadra con la imagen optimista que el papa Juan XXIII y, particularmente, el Concilio Vaticano II dibujaron, de manera irreal y acrítica, del mundo moderno. 

En los últimos sesenta años ha habido una continua y creciente hostilidad hacia la Divina Persona de Jesucristo y su postulado de ser la única Redención y el único Maestro de la humanidad. Esta hostilidad del mundo moderno, considerado como “bueno”, “tolerante” y “optimista”, se expresa en eslóganes tales como “no queremos que Cristo reine sobre nosotros”, “queremos ser libres de cualquier exigente verdad doctrinal o ley moral” y “jamás reconoceremos una Iglesia que no acepte incondicionalmente la mentalidad del mundo moderno”. 

Esta hostilidad ha llegado a su culmen hoy en día. Son muchos los altos miembros de la jerarquía católica que, no sólo han capitulado ante las estériles demandas del mundo moderno, sino que están colaborando, con o sin convicción, en la implementación de estos principios en la vida cotidiana de la Iglesia, en todas las áreas y en todos los niveles. 

Muchos se preguntan cómo ha podido suceder que la doctrina de la Iglesia, su moral y su liturgia se hayan desfigurado hasta este punto. ¿Cómo es que hay tan poca diferencia entre el espíritu predominante en la vida de la Iglesia en nuestros días y la mentalidad del mundo moderno? El mundo moderno, después de todo, se inspira en los principios de la Revolución francesa: la libertad absoluta del hombre respecto de cualquier revelación divina o mandamiento; la absoluta igualdad que abole no sólo la jerarquía, sino también las diferencias entre sexos; y una hermandad del hombre tan acrítica que incluso elimina las distinciones basadas en la religión. 

Sería deshonesto e irresponsable señalar únicamente la crisis presente dentro de la Iglesia y dedicarse sólo a lidiar con los síntomas. Debemos examinar las raíces de la crisis, que puede ser identificada de forma decisiva (como ha hecho Taylor Marshall en su libro) como una infiltración del mundo no creyente, y especialmente de la masonería –una infiltración que, según los estándares humanos, podría tener éxito simplemente siguiendo un proceso largo y metódico. 

Como señaló el papa León XIII cuando abrió los Archivos Secretos Vaticanos, cuando se investigan y se exponen hechos históricos –incluso si estos son comprometidos y problemáticos– la Iglesia no tiene nada que temer. Este libro revela las significativas raíces históricas de la actual crisis global de la Iglesia y arroja luz sobre otros hechos intrigantes del pasado.

Debido a la falta de suficientes recursos materiales y dado que los relevantes Archivos Vaticanos permanecen cerrados a los investigadores, algunos asuntos tratados en este libro (como las circunstancias que rodean la muerte de Juan Pablo I) no deben ser consideradas más que hipótesis. Otros argumentos aquí presentados, sin embargo, señalan la existencia de un notable hilo rojo que recorre sistemáticamente la historia del pasado siglo y medio de la historia de la Iglesia. 

La Iglesia de Cristo siempre ha sido y siempre será perseguida. Y siempre estará infiltrada por sus enemigos. El problema es sólo el de la extensión de esta infiltración, y esto está determinado por el grado de vigilancia ejercido por aquellos en la Iglesia que son designados como “vigilantes”, que es el significado literal de la palabra episcopos –esto es, obispo. El mayor vigilante en la Iglesia es el Romano Pontífice, el supremo pastor tanto de los obispos como de los fieles. La primera infiltración en la Iglesia sucedió con el apóstol Judas Iscariote. Desde entonces ha habido en la Iglesia intrusos –sacerdotes, obispos e incluso, en casos muy raros, papas– a los cuales Nuestro Señor llamó “lobos con pieles de cordero”. 

Es noble y meritorio dar la voz de alarma cuando los ladrones y otros intrusos penetran secretamente en la casa y envenenan la comida de sus habitantes. En los pasados cincuenta años esta alarma ha sido dada numerosas veces por obispos, sacerdotes y fieles laicos valientes. Sin embargo, quienes ocupan los altos cargos de la Iglesia no han prestado atención a estas voces de alarma y así, los intrusos –lobos con piel de cordero– han podido causar estragos sin ser molestados en la casa de Dios, la Iglesia.

Con la devastación y la confusión de la Iglesia a la vista de todos, ha llegado el momento de mostrar las raíces históricas y de señalar a los autores del daño. Podría ayudar a la Iglesia a despertar de su letargo y a dejar de actuar como si todo estuviese bien. El libro de Taylor Marshall es una importante contribución al trabajo de crear conciencia de la situación y, a la vez, tomar medidas preventivas y contramedidas en el futuro. 

San Agustín nos dio la siguiente descripción, realista aunque consoladora, sobre la verdad de que la Iglesia siempre sería perseguida: 
Frecuentemente me combatieron desde mi juventud (Sal 128, 1). ... La Iglesia existe desde antiguo... En algún tiempo existía sólo la Iglesia en Abel, el cual fue vencido por el perverso... hermano Caín (Gén. 4, 8). En algún tiempo existió sólo en Enoc, el cual fue arrebatado de los inicuos (Gén 5, 24). En algún tiempo existió sólo en la casa de Noé, el cual soportó a todos los que perecieron en el diluvio al nadar sola el arca en las aguas y quedar en lugar seco (Gén 6-8). En algún tiempo existió la Iglesia sólo en Abrahán, de quien sabemos las cosas que soportó de parte de los enemigos. Existió en sólo Lot, hijo del hermano de Abrahán, en su casa de Sodoma, el cual soportó las iniquidades y perversidades de los sodomitas hasta que Dios le sacó de en medio de ellos (Gén 13-20). También comenzó a existir la Iglesia en el pueblo de Israel, que soportó al faraón y a los egipcios... Por fin se llegó a nuestro Señor Jesucristo, se predicó el Evangelio, como se había dicho en los salmos. Para que la Iglesia no se admire ahora o para que nadie se admire en la Iglesia al querer ser miembro bueno de la Iglesia, oiga a la misma Iglesia, su madre, que le dice: “Hijo, no te admires por estas cosas; frecuentemente me combatieron desde mi juventud, pero no pudieron conmigo1 ” (Exp. Sal 128)2
Ni siquiera el más pérfido de los complots para destruir a la Iglesia desde dentro tendría éxito. Por lo tanto, nuestra Madre Iglesia contestará con la voz de sus niños inocentes, de sus hombres jóvenes y puros, de sus vírgenes, de sus padres y madres de familia, de sus valientes y caballerescos apóstoles laicos y apologetas, de sus castos y celosos sacerdotes y obispos, de sus religiosas y, especialmente, de sus monjas de clausura, joya espiritual de la Iglesia: “¡No podrán conmigo!”. Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat! 

+ Athanasius Schneider 
Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de Santa María 
en Astana 11 de abril de 2019 

1 Añadido del texto original pero no presente en la traducción de san Agustín. [N.d.T.] 

VER+:

Pedro Sánchez le regaló un grimorio (un libro de magia) de una familia que se desconoce (porque cortan el vídeo ahí) y Bergoglio le regala un libro de sus talleres Artesanos Satanistas del Vaticano...
"Es una cosa hecha en nuestros talleres artísticos satánicos". "Todo el problema masónico de indígenas les va a interesar"

jueves, 29 de octubre de 2020

LIBRO "LA MELANCOLÍA DEL CRISTIANISMO" POR ANTONIO RÍOS ROJAS 😥


LA MELANCOLÍA DEL CRISTIANISMO

La melancolía ha cautivado muchas mentes a lo largo de la historia, especialmente las de aquellos que se propusieron observar y conocer la naturaleza humana. Así, desde Aristóteles hasta Oscar Wilde, pasando por Guardini y Dante, la lista de pensadores que ha abordado esta cuestión es innumerable. En consecuencia, son innumerables también las interpretaciones de ella: en ocasiones se ha concebido como virtud, otras veces como condena y, en algunos casos, incluso como enfermedad.
De entre todas estas lecturas, ¿cómo saber cuál es la más atinada? Esa es la pregunta a la que responde Antonio Ríos en esta obra repleta de citas que aportan una cuasi inquebrantable solidez a sus argumentos. Una obra en la que el autor nos desvela la estrecha relación entre el alma del hombre y la melancolía y nos explica cómo ha sido el cristianismo el que mejor ha sabido interpretarla.
Con todo, el cristianismo actual, imbuido del espíritu moderno, ha rechazado la melancolía, renunciando así a su propio ser. En su lugar ha entronizado una alegría infantil, una visión rosa bombón de la vida propia de ingenuos que no advierten una verdad esencial: que la felicidad que desean con ardor no la hallarán en este mundo.

El escritor Antonio Ríos Rojas analiza "La melancolía del cristianismo" El escritor y articulista de La Tribuna del País Vasco Antonio Ríos Rojas acaba de publicar su libro La melancolía del cristianismo (Homo Legends, 2020), un ensayo excepcional en el que el autor ofrece al lector, en primer lugar, una introducción a la melancolía, preocupándose por definirla, por describirla, en aras de acotar el tema de la investigación. En ella desarrolla su tesis, a saber, la innegable relación entre melancolía y cristianismo o, más concretamente, entre melancolía y catolicismo. Relación que, por otra parte, se ha visto alterada -cuando no negada- por un gran número de teólogos, especialmente a partir de la modernización de la Iglesia. Es precisamente esa asunción de las premisas modernas, esa claudicación ante el mundo, la que ha provocado la difusión de mensajes contradictorios o incluso falsos desde el seno mismo de la Iglesia que han terminado por confundir al católico de a pie. 
También el acercamiento al protestantismo, furibundamente antimelancólico, ha propiciado que el catolicismo renuncie a una parte fundamental de su ser. Para ilustrarnos en un tema tan complejo, el autor se sirve, entre otras cosas, de las diferencias entre Burton y Chateaubriand.
El segundo bloque del ensayo presenta un recorrido histórico por el concepto de melancolía. Comienza, como no podía ser de otra manera, con la Grecia clásica. Hipócrates primero y muchos otros después -Platón y Aristóteles entre ellos- trataron de describir este fenómeno cuyo origen desconocían y cuya existencia era indudable.
También durante la Edad Media la melancolía fue objeto de numerosas reflexiones. Los pensadores -cristianos en su mayoría sostuvieron posturas muy diferentes. Mientras que algunos la veneraban como virtud, otros la tachaban de pecado. Además, la acedia -que sí se contemplaba en la enseñanza de la Iglesia como pecado- se confundió frecuentemente con la melancolía, dificultando su comprensión. Por último, y para finalizar este recorrido histórico, el autor sostiene que el barroco español es decididamente melancólico. La melancolía, fruto de saberse habitante de otro mundo, fue su seña de identidad; justo al contrario que la Ilustración y la modernidad, para quienes las ataduras al pasado, o incluso su recuerdo, no son sino elementos propios de épocas pasadas e irracionales. La tradición es, para los modernos, improductiva; la melancolía, en cambio, se niega a prescindir de ella. El tercer y último bloque del libro nos presenta, además de algunas previsiones para el futuro, la encarnación de la melancolía en muchas de las formas típicamente católicas: el canto gregoriano, la Misa, la castidad, etc. Así, el autor termina su obra aseverando lo mismo que aseveró al comienzo: cristianismo y melancolía van necesariamente unidos, y es este el que mejor ha sabido interpretarla en sus diferentes manifestaciones.

PRÓLOGO 

De melancolía y cristianismo trata este libro que tiene entre sus manos. Ni la una ni el otro campean del todo separados por estas páginas, aunque ocasionalmente, por razones metodológicas, haya convenido separarlos. En esta obra, la melancolía y el cristianismo se encuentran y se nutren mutuamente, generando sanos y aprovechables frutos. 

Al elegir como título de este volumen «La melancolía del cristianismo», descartando el menos comprometedor «melancolía y cristianismo», creo mostrarme más sincero con el lector, ya que le ofrezco desde el principio mi convicción de que el cristianismo es esencialmente melancólico. He preferido que en el título figure la palabra «cristianismo» y no «catolicismo», ya que es el mismo cristianismo el que atesora raíces melancólicas fecundas. No obstante, tras la reforma luterana, no fueron pocos los pensadores que convirtieron la melancolía en monopolio del mundo protestante; monopolio que pareció coronarse con la tesis de Walter Benjamin, según la cual el protestantismo fomentó y casi originó la melancolía. Solo podríamos asentir con esta opinión de Benjamin a condición de entender la melancolía como un estado destructivo, devastador y próximo a la depresión. Sin embargo, la realidad es que, desde la escisión protestante, la melancolía ha cobrado una fuerza callada pero fructífera en el lado católico. En muchos capítulos de este libro el lector encontrará más una melancolía del catolicismo que una melancolía del cristianismo en general. 

Muchas voces principales –pontífices, santos, laureados teólogos– han intentado, tanto ayer como hoy, mancillar a la melancolía –como si esta no estuviera ya suficientemente mancillada por el mundo–, estigmatizándola incluso bajo un pecado capital, el conceptualmente más confuso de todos: la acedia. Pero la auténtica realidad es la que nosotros anticipamos ya como tesis de este libro: que el cristianismo, a veces inconsciente, a veces conscientemente, ha acogido en sus brazos la melancolía, y tras haberla macerado en ellos, la ha elevado, ensalzado y embellecido, hasta el punto de que a través del cristianismo la melancolía se manifiesta bajo una nueva luz, una luz sanadora y esperanzadora, superando todos los tópicos que ven en la melancolía la auténtica peste negra1. 

Para desarrollar la tesis que acabamos de anticipar hemos de mirar la melancolía desde otro ángulo, enfocarla con una nueva luz. La melancolía merece que se le conceda esa oportunidad, esa gracia, pues ha estado sometida a una feroz leyenda negra en la que han participado muchos, desde teólogos ortodoxos hasta teólogos modernos, desde psiquiatras hasta políticos de toda índole. Intentaremos otorgar a la hija de Saturno el lugar que le corresponde2. El cristianismo, como coronación –a veces de espinas– de la melancolía, nos dará las claves para entender la fertilidad inconmensurable de su jardín. 

Tras una injusta condena que le condujo a la cárcel, Oscar Wilde buscaba motivos para ser feliz y poder llevar alegría en su corazón. En ese propósito dice Wilde asentir con Dante cuando el laureado poeta florentino presenta como habitantes del infierno a aquellos que han adoptado la tristeza voluntaria en vida3. Wilde, con justas y poderosas razones para buscar su felicidad y su alegría, comete, sin embargo, el error que intentamos subsanar en este libro: haber identificado la melancolía con una tristeza paralizante. Pero Wilde, tan lúcido e ingenioso en De Profundis como en sus obras anteriores, acaba reconociendo en el fondo a la melancolía como un estado purificador. Así lo deja ver cuando, poco antes de esta referencia a Dante, se reafirma en su propósito de tratar, a su salida de prisión, solo con hombres que amen la belleza y que sepan lo que es el dolor. Con este propósito Wilde está ya reverenciando la melancolía y entendiendo lo que es su fertilidad cuando escribe: «Ahora veo que el dolor, al ser la emoción suprema de la que es capaz el hombre, constituye al mismo tiempo el arquetipo y la piedra de toque del gran arte». 

Y Wilde ya no deja lugar a dudas de que ha entendido lo que es el fondo melancólico de las cosas cuando sentencia unas líneas más adelante: «Detrás de la risa y de la alegría puede haber un temperamento insensible, vulgar y endurecido. En cambio, detrás del dolor, siempre hay dolor. El sufrimiento, a diferencia del placer, no lleva máscara»4. 

Menciono estas reflexiones y sentencias de Wilde porque me parece ver en ellas un paradigma del cristianismo en este punto. Buscar, por un lado, una felicidad que derive en alegría, pero saber al mismo tiempo que el dolor moderará una felicidad que no siempre podrá coronarse en alegría. También el propio Dante lo sabía cuando expresó que solo el dolor vuelve a unirnos a Dios5, y por ello, en la séptima esfera del Paraíso, la esfera de Saturno, Beatriz ya no sonríe al poeta, advirtiéndole que no debe confundir su falta de sonrisa con falta de luminosidad, sino más bien al contrario. Saturno –astro que representa la melancolía– no simboliza la vida triste sino la vida contemplativa6. Ya no hay música celestial en Saturno; solo contemplación. Quien intuya la relación entre belleza, contemplación de Dios y dolor, habrá intuido en buena parte el cometido de este libro y acabará degustando la entrada a la séptima esfera del Paraíso, la esfera de Saturno, que no corresponde a ninguna moda negra, sino a lo que tantos se empeñan hoy en negar: la condición humana.

A MODO DE INTRODUCCIÓN

LA MELANCOLÍA. PRIMERA APROXIMACIÓN 

Es menester desde el principio acercarnos a una definición de melancolía. Un procedimiento académico, prudente y formalista nos lleva en primer lugar a acudir a la etimología del término y en segundo lugar a la definición que del término ofrece la Real Academia Española de la Lengua. La palabra «melancolía» procede del griego μελας (melas / negro) y χολης (cholis / bilis) (melancholia en su transcripción en latín), que significa literalmente «bilis negra». Cuando los primeros médicos griegos hablan de la melancolía se refieren a ella como un mal, de ahí la referencia al color negro de la bilis. Desde Homero la negrura respondía a ideas funestas y fúnebres. Citando a Starobinski, María Bolaños habla de esa bilis negra como un alquitrán viscoso y frío, como una lenta pringue con sus negras emanaciones7. El caso es que la palabra melancolía se ha sobrepuesto a su significado etimológico. Hoy es una palabra que oímos y pronunciamos con cierto deleite pese a que miles de voces nos alertan de que su musicalidad no es sino un canto de sirena. La palabra, que mantiene su raíz griega en la mayor parte de lenguas europeas –melancolía, melancholia, mélancolie–, es armónica e infunde un cierto equilibrio. Comienza con la letra «m», una consonante dulce pero firme, repite por dos veces y de forma proporcionada la letra «i», que implica claridad líquida; y, tanto en español como en inglés y alemán, se repite dos veces la «a», una vocal abierta y nítida. De este modo ya la palabra adquiere en nuestros oídos una musicalidad atrayente y seductora. Nada que ver con la negrura viscosa y espesa que intentaron infundir los griegos al concepto. Al igual que la palabra nostalgia, melancolía ofrece a quien la oye o pronuncia una serenidad mágica que no es fácil de encontrar en las palabras. 

La Real Academia Española la define así: 
Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas y morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en ninguna otra cosa. 
Para la RAE, la melancolía es tristeza. Pero cuando dice que es profunda no se refiere a intensa. «Profundidad» toma aquí el sentido de una tristeza asentada en lo más interior del ser humano. No se trata de intensidad, ya que la RAE nos dice a la vez que esa tristeza es vaga y sosegada. Cuando los sabios académicos de la lengua afirman que las causas de la melancolía son físicas o morales, hemos de suponer que no entran a considerar causas espirituales o que, quizás, ocultan, por sus complejos, estas causas espirituales confundidas con las morales. No hay por qué extrañarse de la existencia de complejos, sobre todo en un país como el nuestro, ejercitado en padecerlos y ocultarlos. No obstante, la definición de la RAE es muy acertada. En efecto, la tristeza del melancólico es vaga, difusa si se quiere, pero honda; y al ser permanente acaba conformando el carácter. No se trata pues de algo pasajero. Insiste la RAE en que la tristeza es sosegada, tal como lo era la noche en el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz. Sosegada, ni muy excitada ni del todo apagada. Honda, pero serena. No se trata de una tristeza que conduzca a la desesperación, pues de lo contrario no sería sosegada ni serena. Cabe preguntarse: ¿Quién en este mundo no aspira a la serenidad y al sosiego? 

Sin embargo, con la segunda parte de la definición de la RAE tenemos más dudas: «Que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en ninguna otra cosa». Aquí parece decírsenos que el fin y el objeto de la melancolía es ella misma. Pero existen motivos, fines, metas por los cuales uno es melancólico. El melancólico no lo es solo por la melancolía, como tampoco se es triste por la tristeza ni alegre por la alegría. El cristianismo, como iremos viendo, ofrece un fin, un motivo y una meta para la melancolía. 

Este primer acercamiento a la comprensión del término nos sirve para declarar ya lo que nosotros entendemos por él. En el melancólico, la natural alternancia humana entre alegría y tristeza acaba cuajando en un estado intermedio, formando una capa que se solidifica en su interior y que se va haciendo opaca tanto a la alegría como a la aflicción, a las que accede cada vez con más dificultad. A esa capa es a la que llamamos «melancolía». Es esta, en realidad, un velo tras el cual la tristeza intensa y desesperada se transforma en una tristeza serena y moderada; y la alegría desaforada, confundida con la diversión y con la carcajada, se diluye en una alegría igualmente sosegada y mesurada. La alegría y la aflicción se funden en un estado que hace al ser humano sensible tanto a la meditación como a la contemplación. La melancolía es, contrariamente a lo que se cree, un estado sin edulcorantes ni empalagos, un estado fronterizo entre la cumbre y el abismo, entre el acá y el allá, un ver siempre la doble cara de las cosas: el bien y el mal, la vida y la muerte, el todo y la nada. El melancólico es un estado del alma sostenido, contenido, que se ha apoderado o se está apoderando del carácter y que abre los poros del silencio, de la soledad y de un amor a la idea desde el que el melancólico se nutre de compasión hacia todo lo concreto. 

Uno de los primeros autores en amparar la melancolía dentro del ámbito católico fue el sacerdote alemán Romano Guardini en su obra de 1928 Von Sinn der Schwermut (El sentido de la melancolía). Sin embargo, en 1921, Guardini había escrito un libro a un grupo de jóvenes católicos alemanes cuyo título es Cartas sobre la formación de sí mismo, obra en la que arremete contra la melancolía como el peor de los males. Allí Guardini anima a los jóvenes a desasirse de todo espíritu de pesadez, haciendo coincidir a la melancolía con un lastre pesado y anodino. El joven cristiano –sostiene Guardini– debe ser ágil, ligero, incluso exhorta a estar siempre derecho, con los hombros hacia atrás, decidido (no pocos libros de autoayudas actuales reproducen estas correcciones posturales de Guardini). De la melancolía dice el teólogo alemán en su carta a los jóvenes: «Es una fuerza oscura y poderosa, que turba nuestra alma cuando la dejamos que crezca. Tan pronto como aparezca hay que combatirla inmediatamente»8. 

Así pensaba también santa Teresa y tantos otros santos. Combatir la melancolía. Es para mí evidente que quienes ciernen esta sombra sobre la huérfana hija de Saturno menosprecian así lo fructífero y gozoso de un espíritu hondo y pesado. Dante, tal como hemos visto, no cayó en ese error. No olvidemos que pesado es quien lleva profundas raíces. Siete años más tarde, Guardini corrigió estas afirmaciones. 

Hay en el melancólico un equilibrio de fuerzas que aparenta convertirlo en un ser ni frío ni caliente, un ser templado, y en buena medida así es. El mundo de hoy rechaza este carácter, y nos interpela a ser claros, transparentes, decididos, ágiles –como pedía Guardini en las Cartas–. No hay que ser oscuro, no hay que hablar en circunloquios, ni siquiera con palabras que hoy se consideran en desuso. En el fondo, el mundo de hoy no está lejos del impaciente autor del Apocalipsis que anhelaba, embriagado, seres fríos o calientes y que odiaba y vomitaba a los templados. También los teólogos, olvidando, temiendo, malentendiendo a la melancolía, quieren un «sí» claro y transparente que manifieste una fe alegre y decidida. 

El melancólico puede ofrecer la apariencia de estar preso de una fuerza anquilosante, pero tiende a amar las hazañas imposibles, siente aprecio por la heroicidad, aun sabiéndose como pocos limitado y caduco. La melancolía nos interpela a esa clase de heroicidad que se llama santidad y que veremos en su correspondiente apartado. Es la melancolía el estado más apropiado –casi el único– para abrir las puertas de la trascendencia, de una trascendencia no infantil sino madura. La melancolía no debe confundirse con una enfermedad; más bien es el estado en el que el hombre se hace más humano y desde el que anhela la divinidad con mayor ímpetu. Si es una enfermedad, habría que calificar del mismo modo al anhelo de divinidad. La melancolía otorga una luz serena al universo; ni lo sume en tinieblas ni lo ilumina hasta hacerlo cegador. 

Como hemos dicho, en Vom Sinn der Schwermut (1928), Romano Guardini libera a la melancolía de su condición de enfermedad. En cierta medida la obra seguía ofreciendo la visión cristiana que alertaba de los peligros de la melancolía, pero se apuntaban ya de forma clara sus aspectos fructíferos: «Ese mortificante peso, esa oscura tristeza lleva en sí infinitos frutos, pues solo cuando ese peso es sentido puede el ser humano sentir la disolución de dicho peso, la gravitación del alma»9. 

Recordemos también que san Juan de la Cruz, al hablar de sus diez grados del amor perfecto a Dios, menciona en el primero de ellos la tristeza, el dolor, casi la desesperación en las cosas de este mundo y, casi en el mismo tono de Guardini, habla el santo español de los últimos grados, mencionando la ingravidez del alma que supera la pesadez con la que está cargada la primera fase del amor a Dios10, fase sin la cual no pueden darse las siguientes. Pero quizás el texto más explícito a favor de la melancolía que encontramos en la obra de Guardini, y con el que quisiéramos cerrar esta primera aproximación, es este: 
La melancolía está en consonancia con los fondos oscuros de nuestro ser, y oscuridad no significa aquí algo negativo. Las tinieblas son lo maligno y negativo, pero la oscuridad pertenece a la luz. La oscuridad y la luz forman lo más propio del misterio humano. Y es a esta oscuridad la que reclama la melancolía, a sabiendas de que solo tras ella se elevan las claras formas11.
1 Aprovecho el término «peste negra» ya que, como tendremos ocasión de ver, el carácter melancólico se asignaba en la antigüedad a la «bilis negra».
2 Saturno era para los antiguos el dios de la sabiduría suprema bajo cuyo signo nacían los melancólicos, pero era a su vez un ser maligno que devoraba todas las cosas que eran menos que él. Así pues, los hijos que engendraba la sabiduría, eran devorados por la sabiduría misma, poniendo de relieve la relación entre creación, meditación y muerte, rasgo trágico asignado al carácter melancólico. 
3 Wilde, O.: De Profundis. Penguin Clásicos; Barcelona, 2013; p.177―178.
4 Wilde, O.: o.c.; p.180―181. 
5 Citado por el mismo Wilde. La cita original de Dante se en- cuentra en «Purgatorio»; XXIII, v.81. 
6 Dante: «Paraíso»; Comienzo del Canto XXI.
7 Bolaños, M.: «Tiempos de melancolía», en AAVV: Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del siglo de oro; p.19.
8 Guardini, R.: Cartas sobre la formación de sí mismo. Palabra; Ma- drid, 2017, p.17.
9 Guardini, R.: Von Sinn der Schwermut; Topos plus Taschen- buch; 2008, p.123. 
10 Juan de la Cruz: Obras completas; BAC p.603.
11 Guardini, R.: o.c; p.136