EL Rincón de Yanka

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martes, 3 de noviembre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA CALLE (EL PAÍS) DEL DELFÍN VERDE" por ELIZABETH GOUDGE y DIRIGIDA por VÍCTOR SAVILLE

 LA CALLE (EL PAÍS) DEL DELFÍN VERDE



Novelas, libros para niños e interesantes colecciones de historias cortas, convirtieron a la escritora Elizabeth Goudge (1900-1984), en una mujer exitosa, tanto en su país natal, Inglaterra, como en los Estados Unidos de Norteamérica. Su formación espiritual, la animó a escribir también alguna obra sobre Jesús, otra sobre la vida de Francisco de Asís… y hasta una autobiografía en la que se encuentran frases tan significativas como ésta: 
“A medida que este mundo se vuelve cada vez más feo, insensible y materialista, es necesario recordar que los viejos cuentos de hadas están arraigados en la realidad; que la imaginación es de gran valor; que los finales felices sí ocurren; y que la hermosa neblina azul vista sobre la fea calle, es tan real como la calle misma”.

Dos obras, favorecieron muchísimo el éxito alcanzado por Elizabeth Goudge. La primera, “The Little White Horse” (EL PEQUEÑO CABALLO BLANCO) (1946), un cuento infantil que se vendió como el pan y al que, J.K. Rawling, reconoce como una de sus principales influencias al momento de escribir la serie sobre Harry Potter. También, en el año 2009, este mismo libro sería la base para el filme “The secret of Moonacre”, aunque, Gabor Csupo, no supo (¡!!!¡) recrear con eficacia sus virtudes. Y la segunda obra fue, “Green Dolphin Country” (1944), la cual interesó a los productores de Hollywood tras su gran éxito en las librerías, y con guion del calificado, Samson Raphaelson, se puso en manos de Victor Saville y se rodó como “LA CALLE DEL DELFÍN VERDE”, para contar la historia de dos hermanas que se enamoran del mismo hombre.

Visto hoy día, y cuando ya han salido a la luz algunos hechos que, años atrás, se ocultaban cautelosamente, el filme podría resultar algo tramposo en su resolución, pero, es indudable que, su planteamiento general, además de muy satisfactorio, da cuenta de una de esas novedosas y sorprendentes formas como, en ocasiones, el Amor consigue manifestarse.

Se trata aquí, de la relación contraída por una persona que ama fervientemente y otra que se ha consagrado a vivir una relación por aprecio, deber y otros sacrificios. Pero, la suerte de sostén que se produce en los ejemplos que aquí se recrean, es tan sólido y tan bien recreado que, no nos queda menos que reconocer que, hay maneras de amar maravillosas y muy gratamente sorprendentes.

La escena de la confesión de Sophie Patourel a su esposo Octavius resulta sublime, y lo que deviene, tan sólo confirmará que, de altos espíritus está bien lleno este bonito planeta, y que, el amor sigue siendo la fuerza más poderosa de la que puede servirse la humanidad. En este sentido, a “LA CALLE DEL DELFÍN VERDE”, consigo sentirlo como un filme de altísimo valor y ni qué decir, pues ya mucho se ha dicho, que la escena del terremoto fue magistralmente realizada.

Lana Turner (Marianne), de nuevo fascinante como la muchacha que sabe ocupar su lugar con la más plena entereza… y razón tenía, Donna Reed, cuando por poco rechaza su rol de Marguerite al pensar que ningún espectador estaría de acuerdo en que la pasión de William Ozanne fuese por ella y no por la divina y emprendedora Marianne. Pero, cuando sabemos que Ozanne no fue siempre excesivamente brillante, esto se comprende y el entendimiento, entonces, se hace nítido. Richard Hart, quien tuvo a su cargo este difícil rol, consigue definirlo muy satisfactoriamente, y fue debido a su temperamento depresivo y su afición por el alcohol, que no pudo mantener su carrera en Hollywood, pues, en el teatro demostró que era altamente calificado, habiendo llegado a ganar el Theatre World Award por su actuación en “Dark of the Moon”. Una oclusión coronaria acabó con su vida a los 35 años de edad y, fue por esto, que no consiguió dejar una obra cinematográfica suficiente significativa.

Y cuando pensamos en Timothy Haslam (al que representa Van Heflin), cabe preguntarse ¿Quién, en definitiva, sufrió más en esta historia? Pero, cuando sabemos que los diamantes se acrisolan a golpes de cincel, cada personaje de este filme luce grande y es inevitable reconciliarse con la vida.

Yo creo que, “LA CALLE DEL DELFÍN VERDE”, es una gran película.

VER PELÍCULA AQUÍ


lunes, 2 de noviembre de 2026

JORGE MANRIQUE: COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE


Las Coplas por la muerte de su padre, también citadas como Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo o, simplemente, Las coplas de Jorge Manrique, son una elegía escrita por Jorge Manrique en la muerte de su padre, el maestre de Santiago Rodrigo Manrique ((1406-Ocaña, 11 de noviembre de 1476), I conde de Paredes de Nava, fue un noble que guerreó contra los musulmanes. Fruto de su primer matrimonio fue Jorge Manrique, quien le dedicó la elegía Coplas por la muerte de su padre. Rodrigo fue hermano del aristócrata y también poeta y dramaturgo Gómez Manrique. Estuvo al lado de los infantes de Aragón en su enfrentamiento contra Juan II de Castilla y Álvaro de Luna. Escritas, al menos una parte, con posterioridad al 11 de noviembre de 1476, fecha de la muerte de Rodrigo Manrique, constituye una de las obras capitales de la literatura española.
Esta obra pertenece al género poético de la elegía funeral medieval o planto (ENDECHA) y es una reflexión sobre la vida, la fama, la fortuna y la muerte con resignación cristiana. Se inspira en los precedentes clásicos y medievales del género y en el Eclesiastés, pero también contiene alusiones a la entonces historia reciente de Castilla e incluso a sucesos en los que pudo estar presente el propio autor.


I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Recuerde: Recobre la conciencia al despertar. Que despierten las almas que viven soñando y no son conscientes de la realidad.



Cómo el recordar el placer (pasado) da dolor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
Y puesto que vemos cómo lo presente es ido y acabado en un punto (en nada de tiempo), si juzgamos sabiamente, consideraremos a lo que ha de venir como si ya hubiera pasado.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
Los ríos caudalosos.


Al llegar al mar (a la muerte) son iguales los que se ganan la vida con el trabajo de sus manos y los ricos.

IV
Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
A Aquel sólo me encomiendo,
Aquel sólo invoco yo
de verdad,
que, en este mundo viviendo,
el mundo no conoció
su deidad.
No voy a acordarme aquí de los poetas y oradores paganos, no me preocupo de sus ficciones, pues el sabor de su arte procede de hierbas secretas (venenos).



Sólo me encomiendo a Jesucristo, que mientras vivió en el mundo, el mundo no se dio cuenta de que era Dios.

V
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.

VI
Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél,
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquel
que atendemos.
Y aun aquel Hijo de Dios,
para subirnos al cielo,
descendió
a nacer acá entre nos
y a vivir en este suelo
do murió.
Este mundo fue[ra] bueno si lo usásemos bien, como debemos, es decir, si lo usáramos para probar nuestra virtud y ganarnos así el cielo, para ganar el mundo que esperamos.

VII
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que en este mundo traidor
aun primero que muramos
las perdemos.
De ellas deshace la edad,
de ellas casos desastrados
que acaecen,
de ellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallecen.

El tiempo y los desastres las deshacen, y desfallecen cuando se encuentran en los más altos estados de calidad.
VIII
Decidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
cuando viene la vejez
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.
Pararse es volverse, convertirse, ¿cuál se para?, es ¿cómo acaba siendo?
IX
Pues la sangre de los godos,
el linaje y la nobleza
tan crecida,
¡por cuántas vías y modos
se sume su gran alteza
en esta vida!
Unos, por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!
Otros que, por no tener,
con oficios no debidos
se mantienen.
Se sume: se hunde.

Unos de aquellos por los que corre la noble sangre goda, debido a su debilidad, son considerados bajos y abatidos (caídos en desgracia). Otros, por su pobreza, han de mantenerse con oficios impropios de su nobleza.

X
Los estados y riqueza,
que nos dejen a deshora
¿quién lo duda?
No les pidamos firmeza,
pues que son de una señora
que se muda,
que bienes son de Fortuna,
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una,
ni ser estable ni queda
en una cosa.
¿Quién duda que los estados y la riqueza nos dejan a deshora?
Los estados y la riqueza son bienes de la Fortuna, deidad inconstante que hace girar su rueda, haciendo que suban los que están bajo y bajen los que están arriba. La Fortuna no puede ser una misma (constante) en una misma cosa.

XI
Pero digo que, acompañen
y lleguen hasta la huesa
con su dueño,
por eso no nos engañen,
pues se va la vida apriesa,
como sueño,
y los deleites de acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
y los tormentos de allá,
que por ellos esperamos,
eternales.
Pero digo que [aunque] los bienes de Fortuna lleguen hasta la tumba con su dueño, por eso no han de engañarnos, pues, aun así, lo cierto es que la vida se va deprisa, como un sueño, y los deleites de acá en los que nos deleitamos, son temporales, mientras que los tormentos de que nos esperan en el infierno (si nos complacemos en los bienes de Fortuna en detrimento de los bienes espirituales) son eternos.
XII
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
en que caemos:
No mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
des que vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.
Trabajada: trabajosa.

Corredores: exploradores, centinelas, que no descubren la emboscada: corremos precipitadamente y cuando vemos el engaño ya no hay espacio para dar la vuelta.

XIII
Si fuese en nuestro poder
tornar la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan gloriosa
angelical,
¡qué diligencia tan viva
tuviéramos cada hora,
y tan presta
en componer la cautiva,
dejándonos la señora
descompuesta!
Si pudiéramos embellecer nuestra cara como podemos, si queremos, hacer gloriosa el alma, nos pasaríamos el tiempo adornando la cautiva (la cara) dejando a la señora (el alma) sin arreglar.
XIV
Estos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya pasadas,
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas.
Así que no hay cosa fuerte,
que a Papas y Emperadores
y Prelados,
así los trata la Muerte
como a los pobres pastores
de ganados.
Las buenas venturas de estos reyes poderosos fueron trastornadas con casos tristes.
XV
Dejemos a los troyanos,
que sus males no los vimos,
ni sus glorias;
dejemos a los romanos,
aunque oímos y leímos
sus historias;
no curemos de saber
lo de aquel siglo pasado,
qué fue de ello;
vengamos a lo de ayer,
que también es olvidado
como aquello.

XVI
¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención
como trujeron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras,
y cimeras,
¿fueron sino devaneos?
¿Qué fueron sino verduras
de las eras?
Juan II de Castilla
XVII
¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
Ropas chapadas: adornadas.
XVIII
Pues el otro, su heredero,
don Enrique, ¡qué poderes
alcanzaba!
¡Cuán blando, cuán halaguero
el mundo con sus placeres
se le daba!
Mas verás cuán enemigo,
cuán contrario, cuán cruel
se le mostró,
habiéndole sido amigo,
¡cuán poco duró con él
lo que le dio!
Enrique IV de Castilla.


Halaguero: halagüeño.

XIX
Las dádivas desmedidas,
los edificios reales
llenos de oro,
las vajillas tan fabridas,
los enriques y reales
del tesoro,
los jaeces y caballos
de su gente, y atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscallos?
¿qué fueron sino rocíos
de los prados?
Fabridas: pulidas.
XX
Pues su hermano, el inocente
que en su vida sucesor
se llamó,
¡qué corte tan excelente
tuvo y cuánto gran señor
que le siguió!
Mas como fuese mortal,
metiólo la muerte luego
en su fragua,
¡oh juicio divinal!
Cuando más ardía el fuego,
echaste agua.
Alfonso, proclamado Alfonso XII en vida de Enrique IV
XXI
Pues aquel gran Condestable
Maestre que conocimos,
tan privado,
no cumple que dél se hable,
sino sólo que lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?
¿que fueron sino pesares
al dejar?
Álvaro de Luna

Privado: que disfruta de privanza o favor de un poderoso (en este caso de Juan II).

XXII
Pues los otros dos hermanos,
maestres tan prosperados
como reyes,
que a los grandes y medianos
trajeron tan sojuzgados
a sus leyes;
aquella prosperidad
que tan alta fue subida
y ensalzada,
¿qué fue sino claridad,
que cuando más encendida
fue matada?
Juan Pacheco, maestre de Santiago, y Pedro Girón, maestre de Calatrava.

Matar la luz es apagarla.

XXIII
Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes,
y barones,
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
y traspones?
Y las sus claras hazañas
que hicieron en las guerras
y en las paces,
cuando tú, cruda, te ensañas,
con tu fuerza las atierras
y deshaces.
Aterrar: tirar a tierra.
XXIV
Las huestes innumerables,
los pendones y estandartes,
y banderas,
los castillos impugnables,
los muros y baluartes
y barreras,
la cava honda chapada,
o cualquier otro reparo,
¿qué aprovecha?
cuando tú vienes airada
todo lo pasas de claro
con tu flecha.
Impugnables: inexpugnables.

Cava chapada: foso defendido, guarnecido.

Reparo: precaución.

XXV
Aquél de buenos abrigo,
amado por virtuoso
de la gente,
el Maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
y tan valiente,
sus grandes hechos y claros
no cumple que los alabe,
pues los vieron,
ni los quiero hacer caros,
pues que el mundo todo sabe
cuáles fueron.
Ni los quiero exagerar, pues todo el mundo sabe cómo fueron.
XXVI
¡Qué amigo de sus amigos!,
¡qué señor para criados
y parientes!,
¡qué enemigo de enemigos!,
¡qué maestre de esforzados
y valientes!,
¡qué seso para discretos!,
¡qué gracia para donosos!,
¡qué razón!,
¡cuán benigno a los sujetos!,
y a los bravos y dañosos,
¡qué león!

XXVII
En ventura Octaviano,
Julio César en vencer
y batallar,
En la virtud, Africano,
Aníbal en el saber
y trabajar,
En la bondad un Trajano,
Tito en liberalidad
con alegría,
En su brazo, Aureliano
Marco Atilio en la verdad
que prometía.

XXVIII
Antonio Pío en clemencia,
Marco Aurelio en igualdad
del semblante,
Adriano en la elocuencia,
Teodosio en humanidad
y buen talante,
Aurelio Alejandro fue
en disciplina y rigor
de la guerra,
un Constantino en la fe,
Camilo en el gran amor
de su tierra.

XXIX
No dejó grandes tesoros,
ni alcanzó muchas riquezas,
ni vajillas,
mas hizo guerra a los moros,
ganando sus fortalezas
y sus villas.
Y en las lides que venció,
muchos moros y caballos
se perdieron,
y en este oficio ganó
las rentas y los vasallos
que le dieron.

XXX
Pues por su honra y estado
en otros tiempos pasados
¿cómo se hubo?
Quedando desamparado,
con hermanos y criados
se sostuvo.
Después que hechos famosos
hizo en esta dicha guerra
que hacía,
hizo tratos tan honrosos,
que le dieron aun más tierra
que tenía.
¿Cómo se hubo?: ¿En qué situación se vio?
XXXI
Estas sus viejas historias
que con su brazo pintó
en juventud,
con otras nuevas victorias
ahora las renovó
en senectud.
Por su gran habilidad,
por méritos y ancianía
bien gastada,
alcanzó la dignidad
de la gran caballería
de la Espada.

XXXII
Y sus villas y sus tierras
ocupadas de tiranos
las halló,
mas por cercos y por guerras
y por fuerza de sus manos
las cobró.
Pues nuestro rey natural,
si de las obras que obró
fue servido,
dígalo el de Portugal,
y en Castilla quien siguió
su partido.
El rey natural era primero Alfonso XII y ahora Fernando el Católico. El servicio que Rodrigo Manrique le prestó lo puede atestiguar Alfonso V de Portugal, que fue derrotado por los castellanos.
XXXIII
Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero;
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta
Poner la vida al tablero: arriesgarse, jugársela.

El rey verdadero es, de nuevo, Fernando el Católico.

XXXIV
diciendo: «Buen caballero,
dejad el mundo engañoso
y su halago;
vuestro corazón de acero
muestre su esfuerzo famoso
en este trago;
y pues de vida y salud
hicisteis tan poca cuenta
por la fama,
esfuércese la virtud
por sufrir esta afrenta
que os llama.

XXXV
No se os haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de fama tan gloriosa
acá dejáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal,
ni verdadera,
mas, con todo, es muy mejor
que la vida terrenal,
perecedera.

XXXVI
El vivir que es perdurable,
no se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable,
en que moran los pecados
infernales,
mas los buenos religiosos,
ganánlo con oraciones
y con lloros,
los caballeros famosos
con trabajos y aflicciones
contra moros.

XXXVII
Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramasteis
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganasteis
por las manos.
Y con esta confianza
y con la fe tan entera
que tenéis,
partid con buena esperanza,
que esta otra vida tercera,
ganaréis.»

XXXVIII
«No tengamos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo.
Y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura.»
Ahora don Rodrigo responde a la Muerte.
XXXIX
Tú que por nuestra maldad
tomaste forma servil
y bajo nombre;
Tú que en tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
Tú que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona,
no por mis merecimientos,
mas por tu sola clemencia,
me perdona.

XL
Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer,
Y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.
Murió conservando todo su entendimiento y sus sentidos, rodeado de su familia.

NOTAS:  La ortografía ha sido modernizada salvo en los casos en que ello hubiera alterado la rima o la medida de los versos. Téngase presente que algunas haches eran originalmente efes, por lo que impiden la formación de un diptongo.
En cuanto a la medida de los versos, las estrofas son coplas de pie quebrado, de modo que cada verso tetrasílabo se mide a menudo junto al octosílabo que lo precede. Así, si éste acaba en palabra aguda, el verso siguiente puede tener una sílaba más. (P.ej.: que van a dar en la mar, que es el morir. Doce sílabas en total). También se pueden formar sinalefas entre un octosílabo y un tetrasílabo. (P.ej.: se sume su gran alteza en esta vida. Doce sílabas en total).

Coplas a La Muerte de Su Padre by olmix19drive


viernes, 30 de octubre de 2026

LIBROS "ESTUDIOS SOBRE EL ESPAÑOL DE AMÉRICA": LOS CONQUISTADORES Y SU LENGUA por ÁNGEL ROSENBLAT

ESTUDIOS SOBRE EL ESPAÑOL DE AMÉRICA
LOS CONQUISTADORES Y SU LENGUA

¿Cómo hablaban los hombres que desembarcaron en las costas americanas en el siglo XVI?
​Frente al mito recurrente que reduce las huestes de la Conquista a una masa iletrada o, por el contrario, a una elite señorial desconectada de la realidad terrenal, Ángel Rosenblat emprende un deslumbrante rastreo filológico e histórico para reconstruir el verdadero mapa sonoro de la Conquista.
​En esta obra, el autor examina con rigor y elegancia la amalgama de dialectos, la impronta andaluza, los giros marineros y las transformaciones semánticas que sufrieron las palabras castellanas al enfrentarse a la exuberancia, la fauna y la geografía del Nuevo Mundo.
La lengua no llegó a América como un bloque petrificado: se moldeó en la marcha, en las crónicas, en los campamentos y en el contacto inevitable con las lenguas originarias. 
​Una pieza imprescindible de la ensayística y la filología hispanoamericana.
Prólogo

Regresar a un libro viejo es siempre motivo para sentirse joven. Algo sucede en el lector cuando vuelve a páginas que tuvo en sus manos años atrás. Toda relectura tiene su encanto. Interviene la memoria y pone a prueba la sensibilidad y la experiencia, también la cordura y la nitidez de las imágenes y los recuerdos de voces, sentimientos y de aquello que acompañó la primera lectura. Resulta inevitable encontrarse con que el tiempo supo cuidar frases, ideas, o, sencillamente, en ocasiones, el tiempo hizo de las suyas y el lector no recuerda qué lo llevó al libro ni cómo salió de su visita. 
En cualquier caso, el regreso rejuvenece —al menos un rato— pero también interpela y puede llegar, incluso, a desenmascarar el presente y a hacernos ver que nada o poco ha cambiado. 
Athenaica invita a releer a Ángel Rosenblat. Es una invitación que un hispanohablante y, en particular, un hispanoamericano acepta de inmediato, con gusto. 

Para quienes frecuentamos la obra de Rosenblat cuando la vocación ganaba perfil y solidez, la oportunidad que nos brinda Athenaica solo puede merecer agradecimiento. No es un cumplido retórico, originado por las circunstancias de un Prólogo, sino la expresión de quien leyó y frecuentó estas páginas en un entorno que refrenaba intereses académicos y filológicos, mientras veía abrirse un extenso y rico mar de posibilidades sobre el español de América en la prosa y el trabajo de un investigador consagrado cuyo dominio y rigor disciplinar despertaba la admiración de jóvenes universitarios que apenas cerrábamos la época escolar. 

En la obra de Rosenblat el español de América abandona la dimensión abstracta y política y ocupa el espacio vivo y real en que se sitúan los hablantes y las culturas americanos. Podría decirse que le interesó la lengua en uso, el terreno del hablar y de la historia social. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente. En ocasiones no lo parece, en otras, es evidente. 

Cuando Rosenblat empezó sus exploraciones y sus reflexiones sobre el español de América el estructuralismo parecía la orientación triunfante en el debate internacional. Cuando fallece, en 1984, la lingüística generativa y su entorno cognitivista y formal no cesaban de presentarse como las únicas perspectivas modernas y auténticamente científicas. 

La obra de Rosenblat no es ni lo uno ni lo otro. Difícilmente podría ser identificado con la primera, aunque sea esa la corriente que parece haberle sido más familiar; de la segunda, no hay señal ni la he percibido ni extrañado en el libro. 

En Rosenblat se conserva, más bien, el impulso y la energía de la filología, tan vapuleada y criticada desde los trabajos de Saussure (en realidad desde antes), y teñida hoy de valoraciones negativas que la convierten en ejemplar de una disciplina arcaica y poco científica, alejada del rigor y de los intereses que ahora entusiasman con más facilidad. Pero detrás de los prejuicios, la filología es una disciplina viva que se renueva e incorpora nuevas hipótesis, los resultados de otras disciplinas, que ensancha su base empírica y, sobre todo, que no pierde su aspiración a ofrecer explicaciones integrales de la lengua y de la cultura sirviéndose de textos y discursos. 

Rosenblat representa un periodo, ciertamente fructífero y prolífico, de la filología hispana y, en particular, de la filología que impulsó Amado Alonso desde Buenos Aires. Vemos así sucederse en sus trabajos las referencias a Menéndez Pidal, a Henríquez Ureña, a Cuervo, a Wagner, Navarro Tomás, Lenz, Catalán, Lapesa, Guitarte y, claro, a Alonso. Uno puede tomar distancia de las ideas e hipótesis planteadas por ellos; puede incluso levantar la voz ante los vacíos y especulaciones que a veces traen sus obras, pero nada de eso afecta el valor de sus trabajos ni su contribución con el desarrollo de la filología hispanoamericana y, en un ámbito más constreñido pero no de menor importancia, las críticas —a veces injustas y anacrónicas— no dañan su papel en el conocimiento de la historia del español de América y en el interés que despertaron hacia el contacto y la convivencia de las lenguas amerindias con la lengua que llevó Colón al Nuevo Mundo. 

Este libro está precisamente situado en ese momento de la historia de la lingüística y de la filología hispánicas y son, fundamentalmente, esos nombres el apoyo que ofrece Rosenblat cuando razona, describe y opina en los tres ensayos que componen el libro: 

I. Los conquistadores y su lengua; 
II. Contactos interlingüísticos en el mundo hispánico: el español y las lenguas indígenas de América; 
III. El debatido andalucismo del español de América. 

Todos están unidos por una orientación que integra el español en la vida de los pueblos americanos y en los usos y percepciones que acompañan la transformación del entorno prehispánico y el surgimiento de una realidad verbal y cultural compleja, impredecible y, en muchos aspecto, ignorada hasta la actualidad. No hay exageración en lo dicho. A Rosenblat se debe, por ejemplo, la —para decirlo con léxico posmoderno— «deconstrución» del mito en torno del origen social de los españoles que llegaron a América en búsqueda de fortuna en el siglo XVI. 

Se decía por aquí y por allá, incluso se repite en las escuelas, que la conquista fue esencialmente obra de delincuentes y forajidos. Rosenblat sitúa la leyenda y demuestra que la verdad es otra. El proceso fue más equilibrado y menos descuidado. La presencia de grupos «educados» y profesionales no fue la excepción, tampoco la norma, por cierto. Al margen de su densidad y de su espesor demográfico, basta su presencia para instaurar un contexto sociolingüístico distinto del que se surge cuando se asume que únicamente llegó gente de malvivir, delincuentes y cazadores de fortunas. Sin duda que esta manera de diferenciar y valorar a la población es problemática. Aunque se ensanche la base documental, siempre será plausible dudar de la veracidad y el alcance de «categorías» tan subjetivas, usadas además en los siglos XVI y XVII, muchas veces sin otra justificación que la palabra del implicado, y de los criterios empleados por los cronistas para sancionar en una u otra dirección a una persona. 

Siempre cabe algún escepticismo. Pero la información que reúne Rosenblat sí permite concluir que el trasplante de español a América fue obra de individuos con distintos grados de formación, con diferentes expectativas sobre su destino y, sobre todo, con desigual dominio de la lectura y de la escritura. La imagen es, pues, la de una población heterogénea, en lo social y en lo cultural. 

No llama, entonces, la atención que si, por una parte, hay quienes exaltan la buena conversación y el buen hablar americanos, por otra, encontremos a quienes, en el Nuevo Mundo, dan rienda suelta al boato y la ostentación, pretendan convertirse a toda costa en hidalgos con derechos patrimoniales, busquen obtener fortuna con rapidez, y al mismo tiempo, se tengan noticias de algunos que no renunciaron a cultivar el teatro, la prosa culta, la poesía y las formas del quehacer artístico y literario europeo. 
Un contexto tan heterogéneo, variable y complejo, tuvo que dejar huella en el lenguaje, en la modalidad que luego se impuso en América y que, con el tiempo, desembocó en una variedad de modos de hablar español. 

Rosenblat no lo dice así. Pero su primer ensayo apunta en esa dirección: la lengua española llega a América con su natural diversidad de registros y dominios. Rosenblat tiene presente que el trasplante ocurrió por intermedio de hablantes que decidieron cruzar el mar y llevaron consigo no sólo su lengua sino también ideas, creencias y esperanzas asentadas en una concepción del mundo, de Dios, de la cultura y del universo labradas durante siglos en Europa. 

No es poco equipaje. De su consideración deriva una perspectiva que le permite ocuparse, con absoluta normalidad y sin sobresaltos, de la hispanización de América como un proceso que tiene un componente esencial e ineludible: el contacto con las lenguas indígenas. 

La historia del español americano es la historia del contacto y de la convivencia, generalmente asimétrica y violenta, con otras lenguas y culturas; es la historia de mezclas, préstamos e interferencias explicables por las lenguas que encuentra el español en su camino hacia la Patagonia y en el proceso de arraigo e imposición en territorios y sociedades claramente diferentes que impusieron nuevas condiciones y contextos a la lengua que promovió la cancillería de Alfonso X y que siglos después los Reyes católicos asumieron como lengua del imperio. 

El español penetra en el continente, en los pueblos, en las creencias, en los cantos, en la comunicación y en la mente de millones de individuos y cambia. No es otra lengua, ciertamente, pero cambia y se enriquece del universo de voces, sentidos, expresiones y sonidos que asimila o crea en su trayectoria americana. Sucede lo mismo con las lenguas amerindias. Ellas sienten la fuerza del español, el contacto también las alimenta con nuevas estructuras, pero, como en el contexto colonial son las lenguas de los pueblos dominados, incapaces de resistir y de oponerse a la presión del nuevo poder, muchas de esas lenguas indígenas terminan desapareciendo, perdidas en el silencio de la conciencia individual y de la memoria histórica, o, cuando no, sus radios de influencia pierden extensión y lentamente son arrinconadas en las periferias, alejadas de los centros administrativos y de las ciudades que empezaron a florecer en el siglo XVI. 

Es un proceso duro, complejo, cuya realidad es imposible de resumir y explicar mediante argumentos que reduzcan el conflicto a dos bandos en abierta oposición. Hay zonas intermedias, espacios de tránsito y de contienda que Rosenblat ofrece en el segundo y en el tercer ensayo del libro, tanto cuando atiende a las estructuras internas del español, en cualquier de sus niveles lingüísticos, como cuando sus preguntas se dirigen a la representación de las novedades que traen los documentos españoles: los juicios y las descripciones de los hombres, de los animales y de los objetos que el conquistador español encontró en América y que, de repetidos y creídos, consagran estereotipos en la percepción europea, gatillan políticas educativas y avivan los afanes evangelizadores que acompañaron la empresa conquistadora y dieron paso a la imposición de una nueva fe y de un nuevo Estado. 

América nace a imagen de Europa. Nace juzgada, valorada e interpretada desde un universo cultural distinto y extraño. En realidad, no es un nuevo mundo sino el viejo mundo puesto al otro lado del mar. Ninguno de estos asuntos queda fuera del estudio de Rosenblat. 
Todos convergen, precisamente, como expresiones de la historia del español americano, una historia social y cultural, no abstracta ni previsible, sino dinámica, múltiple y, en muchos aspectos, desconocida. Pero si la vida del español corre pareja a su proceso de naturalización americana, gracias a su arraigo territorial y social, mantiene —como es lógico— su entronque con el español peninsular. 

Suponer que su llegada a otro continente y los diferentes contactos «interlingüísticos» a los que se ve expuesta dan origen a otra lengua es una premisa que no resiste mayor análisis. Sin embargo, de la mano de esa manera de entender las cosas, estuvo el temor a la fragmentación de la lengua española, la pérdida de la unidad y la consiguiente imposibilidad de comprensión entre pueblos unidos históricamente por una lengua. 

El tiempo demostró la inconsistencia del temor y reveló que, junto a razonamientos lingüísticos y teóricos, estuvo el interés por conservar dominio y poder, interés que lógicamente fomentaba la homogeneidad y patrones generales y únicos para una inmensa y creciente multitud de hispanohablantes. La oposición centro-periferia entró a tallar y situó a Hispanoamérica, con sus millones de hablantes, en la periferia de los centros normativos. Lo que en realidad hubo es una manifiesta incapacidad para valorar y tolerar la diversidad, en este caso, las diversas modalidades de hablar una lengua histórica. Aceptarlo es hoy (casi) un lugar común; antes no era así. 

El debate en torno del andalucismo del español de América, tema del último ensayo, está situado en ese marco de preocupaciones y disputas sobre la continuidad o la autonomía de los rasgos americanos respecto de la variedad andaluza. Obviamente hubo quienes abogaron en un sentido y quienes remaron en sentido contrario. Ambos grupos pusieron sobre la mesa argumentos de índole histórico, lingüístico y filológico, en ocasiones, expuestos con maestría y rigor irrefutables. Pero, con la misma firmeza, es posible entrever el juego de posiciones políticas antagónicas: la de quienes aprecian y valoran positivamente la cercanía y la persistencia de patrones peninsulares en América y la de quienes afirman el carácter autónomo y libre de los pueblos, las artes y las lenguas americanas. Por cierto, no faltó quien advirtió las dimensiones involucradas y no dejó de señalar la pérdida de tiempo en este tipo de discusiones. 

Para Guitarte debe desaparecer el seudoproblema del andalucismo de América; el único problema válido es el problema histórico de cómo se constituyó el español de América. 
Athenaica nos permite regresar a esos temas y recoger el guante dejado por Rosenblat para, primero, leer sus trabajos y aprender de ellos, como hicimos antes y hacemos también ahora, y, segundo, para plantearnos nuevamente las cuestiones que dieron pie a estos ensayos sobre una realidad que no cesa de cambiar ni de mostrar la riqueza de la diversidad y el precioso entramado de culturas e historias que le da sentido y anuncia un futuro, felizmente, indócil.

Carlos Garatea G. 
Pontificia Universidad Católica del Perú Lima, 
junio 2016

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