EL Rincón de Yanka

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viernes, 26 de abril de 2019

PERDER LA DIRECCIÓN DEL TRANSEPTO: PERDER EL NORTE EN NUESTRA FE Y DE NUESTRA HISTORIA 🕂

La prórroga de Nuestra Señora, 

Quizás muchos franceses sentían oscuramente Notre Dame como un último, tenue vínculo con lo sagrado. Aunque no recen, aunque crean no creer, les reconfortaba saber que, en la penumbra del transepto, la Virgen gótica seguía velando sobre la ciudad.
La caída entre llamas de la aguja de Notre Dame era una metáfora del hundimiento del cristianismo en Francia, por no decir en toda Europa. Para que la metáfora fuese perfecta, habríamos necesitado una caída ralentizada, pues así se ha producido el desplome de la fe: una sangría lenta del porcentaje de creyentes desde mediados de los 60, hasta llegar a una situación en la que sólo el 4.5% de los franceses practica con cierta regularidad el catolicismo, mientras el 63% se declaran “sin religión”, y en la que el Islam es ya probablemente la confesión más numerosa. En la muy secularizada capital -¿han leído a Houellebecq?- los porcentajes deben ser aún más desoladores. El obispo Sully ordenó en 1163 la construcción del edificio para honrar a la Virgen, no para engrosar las listas de patrimonio cultural de la UNESCO o enmarcar los selfies de turistas japoneses (tampoco para ser símbolo de la identidad francesa, en una época en que los europeos se identificaban por su religión, no por su nación). Muy pocos parisinos comparten ya la fe que inspiró a sus antepasados esa prodigiosa oración en piedra. Los franceses actuales creen en el cambio climático y la brecha de género, y lo que son capaces de construir es el infernal Centro Pompidou o el Arco de La Défense, imponente pero desalmado.


Y, sin embargo, la pesadumbre y el vértigo de los que lloraron en la tarde del lunes eran sinceros. Iba más allá del valor simbólico de uno de los iconos de París, o del hecho de que Notre Dame fuese un tesoro artístico. La orfandad de tantos ante la catedral en llamas no se explica solo por el amor al arte o el apego sentimental a un paisaje urbano. Quizás muchos franceses sentían oscuramente Notre Dame como un último, tenue vínculo con lo sagrado. Aunque no recen, aunque crean no creer, les reconfortaba saber que, en la penumbra del transepto (norte-sur), la Virgen gótica seguía velando sobre la ciudad, como en los últimos 800 años. Han descubierto que todavía la necesitaban cuando han creído perderla.
En el discurso de las “raíces cristianas” hay algo de patético y contradictorio (sobre todo cuando, como casi siempre, brota de bocas ateas)
El amor laico a Notre Dame se intenta racionalizar como “apego a las raíces cristianas de Europa”. Hablar de “raíces” es una forma de admitir que ya no somos cristianos: que la fe es nuestro pasado, no nuestro presente. Un abismo nos separa del obispo Sully y los constructores de catedrales: ellos se estimaban creados a imagen y semejanza de Dios, y creían que este Dios les juzgaría después de la muerte; nosotros creemos ser un producto fortuito de la química del carbono, y que la realidad se apagará en un fundido en negro eterno dentro de pocas décadas, cuando nos llegue la hora, y que Cronos devorará para siempre todo lo que amamos. No se ve por qué tendríamos que valorar como “nuestras raíces” las ideas pre-científicas de unos medievales supersticiosos e ignorantes. En el discurso de las “raíces cristianas” hay algo de patético y contradictorio (sobre todo cuando, como casi siempre, brota de bocas ateas). Resultaba más consecuente la actitud arrogante de los ilustrados dieciochescos que inventaron la Edad Media tenebrosa y consideraron bárbara la arquitectura gótica, hasta el punto de plantear propuestas de demolición de Notre Dame, o bien de transformarla en templo de la Razón (como se hizo durante unos meses en 1793-94).

Francisco García Alonso me ha sugerido un posible paralelismo con el libro de Ezequiel: la gloria del Señor abandonó el templo de Jerusalén porque los israelitas ya no le adoraban y se habían entregado a la idolatría (“Hijo de hombre, ¿ves las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme de mi santuario?”, Ez. 8, 6). 

El lunes por la tarde algunos tuvimos la impresión de que el Señor abandonaba una ciudad donde ya nadie cree en Él. Sin embargo, inesperadamente, los puentes y quais se llenaron de parisinos. Y no tomaban selfies del momento histórico: lloraban, y rezaban, quizás por primera vez en mucho tiempo. Y diez bomberos se jugaron la vida trepando a las torres para evitar que se propagase a ellas el fuego y se hundiese toda la estructura. Y, cuando por fin entraron en la nave, la cruz dorada les saludó triunfante. Y la Virgen gótica seguía esbozando su ambigua sonrisa desde el pilar junto al que se convirtió Paul Claudel el día de Navidad de 1885, ya en pleno ascenso del positivismo y el materialismo. Todavía estamos a tiempo.

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Cuando iba a beatificar a Santa Juana de Arco, encargaba al obispo de Orleans: «Decid a los franceses que hagan su tesoro de los testamentos de San Remigio, de Carlomagno, de San Luis, que se resumen en estas palabras tan repetidas por la heroína de Orleáns: Viva Cristo que es el Rey de Francia.»
En la beatificación del Cura de Ars (1905) había dicho: ésto «prueba que Dios mantiene su predilección por Francia; muy pronto obrará prodigios que nos darán la alegría de constatarlo por los hechos».

Y el 27 de noviembre de 1911: «El pueblo que hizo alianza con Dios en las fuentes bautismales de Reims se arrepentirá y volverá a su primitiva vocación.., y el Señor le dirá: Hija primogénita de la Iglesia, nación predestinada, vaso de elección, ve a llevar mi nombre a todos los pueblos y a todos los reyes de la tierra.»

El Santo Cura de Ars, había profetizado a ciertos particulares.
Uno de los confidentes el hermano Gaben, reprodujo, en su forma personal algunas cosas que el Santo le confió. Aunque el contenido es de una forma literaria no común en el Santo, sin embargo la sustancia tiene algo de verdad profética que sintoniza con este asunto:

“Esto no durará. Creerán que todo está perdido y Dios los salvará. Será un signo del Juicio Final. París, será demolido e incendiado, pero no en su totalidad. Esta vez, en todas las partes, se batirán como buenos, pues la primera vez (los franceses) no se batieron bien; pero entonces, cómo se batirán! ¡ Oh! como se batirán! Ellos los enemigos dejarán que París sea pasto de las llamas y se alegrarán de ello. Pero serán derrotados y se les cazará de veras”.

jueves, 25 de abril de 2019

LIBRO "CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL" ⛪



Cómo la Iglesia construyó 
la civilización occidental

La civilización occidental nos ha dado el milagro de la ciencia moderna, la riqueza del libre mercado, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón y otros innumerables regalos que la hacen la civilización más rica y poderosa de la historia.
Pero, ¿cuál es la fuente última de todos esos regalos? El autor de varios best-sellers y profesor universitario Thomas E. Woods nos brinda la por demasiado tiempo pospuesta respuesta: la Iglesia católica.

  • Por qué la ciencia moderna surgió de la Iglesia.
  • Cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea de economía libre quinientos años antes que Adam Smith.
  • Cómo la Iglesia católica inventó la universidad.
  • Porqué todo lo que usted ha oído sobre el affaire Galileo es falso.
  • Cómo la Iglesia humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana.
Woods intenta zanjar el problema de la teología, de la pastoral y de la Iglesia en la épóca moderna: devolver la razón a su propio lugar. A la razón, que se concibe dotada de autonomía, había que hacerla consciente de sus límites. A esto se dedicaron los grandes espíritus de la época moderna (Blondel, Maréchal y su escuela, Balthasar, De Lubac, Newman, y tantos otros).
El autor no está de acuerdo con el postulado de que durante los siglos XVI y XVII, el racionalismo es casi tan herético, en términos políticos, como la herejía religiosa representada por Pascal y el jansenismo. "La ciencia moderna surgió de la Iglesia", sentencia Woods. El Derecho en Occidente es en gran medida una aportación eclesiástica como lo demuestra el derecho canónico, de donde proviene la noción de "derechos fundamentales". El derecho canónico de la Iglesia Católica "introduce una serie de procedimientos judiciales de corte racional, además de complicados conceptos legales que acaban con ordalías arraigadas en la superstición".

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. "Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental" una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo sencillo y muy atractivo.


Aunque mucha gente sabe que los monjes de San Benito fueron los responsables de preservar la literatura del mundo antiguo, es en ese dato que termina lo que saben de ellos. Sin embargo, mientras más familiarizados estemos con la tradición monástica y sus contribuciones esenciales y poco conocidas para Occidente, más fácil será que entendamos por qué San Benito fue visto por Carlo Magno como el Padre de Europa. 
Le debemos la restauración de la agricultura de gran parte de Europa a los monjes", señala un experto. "Adonde sea que llegaran", añade otro, "convertían lo silvestre en campos de cultivo, se dedicaban a la ganadería y la agricultura; trabajaban con sus propias manos, drenaban pantanos y limpiaban bosques lejanos. Gracias a ellos Alemania se convirtió en un país fértil. Algunos registros muestran además que "cada monasterio benedictino era una escuela de agricultura para toda la región en la que estaba localizado. 
Incluso un experto que no simpatiza con los monjes escribió sobre ellos: "no solo establecieron las escuelas y fueron los maestros en ellas, sino que establecieron los cimientos de las universidades. Fueron los pensadores y los filósofos de entonces y dieron forma al pensamiento político y religioso. A ellos, colectiva e individualmente, se debe la continuidad del pensamiento y la civilización del mundo antiguo con el tramo final de la Edad Media y con el periodo moderno".

La Iglesia produjo una verdadera revolución en el transcurso de los años. No sólo creó las primeras Universidades, centros de conocimiento y pensamiento, que razonaron acerca de lo más importante, Dios, a través de la Teología, sino que también fue pionera en los avances en otras ciencias, tales como Astronomía, Física, Sismología, Derecho Internacional, Derecho Canónico, entre otras áreas. Del mismo modo, el libro sorprende mostrando a algunos teólogos españoles del siglo XV y XVI como los fundadores de la economía moderna, donde plantearon temas sobre el valor del dinero mucho antes que Adam Smith escribiese “La Riqueza de las Naciones”. Asimismo, Woods hace referencia a la participación de la Iglesia en el desarrolló del Derecho y en el concepto de Dignidad Humana.

Tras la muerte de CarloMagno en el siglo IX, la Iglesia Católica tomó la iniciativa de difundir el conocimiento que se había generado hasta ese momento, promoviendo la expansión de la educación. Los monjes de toda Europa se preocuparon que la luz que se había generado con el conocimiento adquirido en la antigüedad no se apagase, a pesar que un sinnúmero de hordas invasoras saquearan los monasterios, donde se custodiaba gran parte de estos conocimientos. 

La contribución de los monasterios no sólo se encapsuló en la actividad cultural o intelectual. Es así como los Monjes Benedictinos se preocuparon de fomentar la Agricultura y su recuperación en gran parte de Europa. También abordaron la cría de ganado, técnicas de fermentación de cerveza, la apicultura y el cultivo de frutas. Es difícil encontrar otro grupo humano, cuya contribución haya sido tan variada, significativa e indispensable, como lo fue la de los monjes católicos de Occidente. 

Éstos también trabajaron los metales, enseñaron las técnicas de la metalúrgica, lograron implementar una buena transferencia tecnológica, trabajaron el hierro y estuvieron a punto de lograr una revolución industrial. Aparte de su abnegado trabajo en la conservación de libros, agricultura y metalurgia, todas ellas de suma importancia para nuestra civilización, los monjes tuvieron una tarea de enorme relieve, como fue la preservación de las Sagradas Escrituras. Como se mencionó anteriormente, en el siglo XII se crean las primeras Universidades en las ciudades más prósperas de Europa. La Iglesia Católica ayudó a que los hombres que tenían cierta educación crearan las Universidades capaces de llegar a la verdad con sólidos argumentos.

Una de las ciencias donde la Iglesia más aportó fue a la Astronomía, donde muchos miembros de ella fueron grandes conocedores de esta disciplina, apoyando a Galileo en su presentación y confirmación de la teoría de Copérnico, con la cual cambió la teoría de un universo en torno a la tierra, a otra en donde se presenta un universo heliocéntrico. Posteriormente, los Jesuitas demostraron la teoría de Kepler , en la cual la órbita de los cuerpos celestes es elíptica. Por otra parte, otros miembros clericales trabajaron a través de los años, mejorando los instrumentos de observación. 

La Iglesia Católica efectuó un aporte al estudio de la Astronomía como ninguna otra institución lo hizo, pero éste va más allá de esta ciencia: se sentaron las bases de la Ciencia Moderna y se desarrollaron las Matemáticas, la Geometría, la Biología, la Geología, incluyendo la Arquitectura, donde se creó el Arte Gótico, el cual se puede apreciar hoy en día en las ciudades más antiguas de Europa. Por otro lado, en el siglo XVI se produjo una reflexión filosófica por parte de los teólogos españoles, la que desembocó en el nacimiento del Derecho Internacional moderno, producto de los tratos que daban las coronas europeas a sus respectivas colonias. En este período se decretaron los inicios de la igualdad ante la ley, ya sean estos católicos, paganos o indígenas. Esto lo resume el siguiente párrafo del texto que se ha analizado: “quienes están en la gracia de Dios, no son mejores que el pecador o el pagano, en lo que concierne a sus Derechos Naturales”. 

Por otro lado, Francisco de Vitoria indicaba que “cualquier gobierno, aunque fuera pagano, era igual de legítimo que uno católico. Cada Estado tiene los mismos derechos que cualquier otro y está obligado a respetar los derechos de los demás” . Estos teólogos decretaron que los indígenas estaban en posesión del “Derecho Natural”, lo que resultó en la conclusión que la dignidad humana fue la que separó al hombre del resto de los animales. Este concepto es común a todos los seres humanos y sólo ellos lo poseen. Esto condujo a la creencia que los indígenas, al igual que cualquier otro pueblo pagano, tenían sus propios Derechos Naturales y éstos no podían ser arrebatados por ningún otro pueblo o religión. 

En cuanto a la economía, los pensadores de los siglos XVII y XVIII no sólo comprendieron y desarrollaron los principios económicos fundamentales, sino que defendieron la libertad económica y el libre mercado. Éstos se anticiparon al pensamiento económico que surgió en siglos posteriores con Adams Smith, en cuanto a precios, salarios, dinero y teoría del valor. Uno de los aportes más sustantivos fue la “Caridad Católica” en cuanto a cantidad y diversidad del trabajo realizado y el alivio del sufrimiento y de la miseria humana. Fue la Iglesia Católica quien inventó la caridad tal como la conocemos hoy en día. 

Previo al catolicismo existió la caridad, pero los donantes actuaban movidos por el afán de notoriedad y alabanza o a la intención de obtener algún tipo de beneficio a cambio de ella. Su generosidad no respondía a actos de servir con el corazón alegre hacia los necesitados, sin esperar recompensa o reciprocidad. A modo de ejemplo se puede mencionar que en el siglo IV, la Iglesia comenzó a patrocinar la creación de hospitales a gran escala, de modo que toda gran ciudad poseía un centro sanitario. 

Así mismo, se puede mencionar que en la época de las cruzadas se crearon las Órdenes Militares, quienes administraban los hospitales de Europa, como los Caballeros de San Juan (conocidos como los Hospitalarios), cuyo ejemplo se convertiría más tarde en la Cruz de Malta. 

La Iglesia Católica revolucionó la práctica de la caridad, tanto en el espíritu como en su aplicación, aumentando las acciones caritativas de los cuidados de las viudas, huérfanos, pobres y enfermos. Otro de los aportes importantes fue el sentido y la relación entre el Estado y la Iglesia. Antiguamente el rey ocupaba una posición excepcional dentro de ésta, donde la figura real era considerada sagrada, dotada de derechos y poderes religiosos. 

La reforma gregoriana delimitó las fronteras que debían separar al Estado y la Iglesia, a fin que ambos gozasen de la libertad necesaria para desempeñar sus funciones. Posteriormente el Derecho Canónico enseñó a Occidente a elaborar un orden legal coherente, sólido y estructurado, a partir de la costumbre, norma tipificada y otras fuentes dispersas. En este proceso de unificación de los sistemas legales en los Estados emergentes en Occidente, los juristas del siglo XII tomaron como modelo el Derecho Canónico. 

Así también se utilizó su contenido para impulsar el derecho occidental en aspectos como el matrimonio, la pobreza y la herencia. La Iglesia Católica estableció también ciertos parámetros morales, ya que en Occidente la mayor parte de los principales valores tuvieron sus orígenes en la concepción católica que la vida humana es sagrada, estableciendo que cada persona poseía un alma inmortal. Antes que se estableciera este concepto, tanto los enfermos, los pobres como los débiles eran tratados en forma despectiva o simplemente abandonados a su suerte. 

Otro ejemplo de la influencia de la Iglesia Católica lo hallamos en los conceptos morales de hoy día respecto de la guerra justa. Al respecto, la guerra sólo se justifica si el agresor comete una injusticia y esa injusticia la comete a un hombre bueno, por lo tanto es una injusticia humana. Al finalizar este ensayo, se puede mencionar que la Iglesia Católica hizo un aporte sustancial al engrandecimiento de la Cultura de Occidente, donde no solo impulsó las ciencias, sino que le dio una nueva visión al hombre en cuanto a su espiritualidad y relación con sus pares, que se establecieron y se consideran hasta nuestros días.


En su biografía de Santo Tomás de Aquino, G, K. Chesterton señala que desde que el mundo moderno comenzó en el Siglo XVI, ningún sistema filosófico se ha correspondido con exactitud al sentido de la realidad de todos, a lo que los hombres ordinarios llaman sentido común, Cada filósofo (Hobbes, Kant, Hegel...) partía de un punto de vista peculiar que requería el sacrificio de lo que llamaríamos el punto de vista sensato, Con fino humor, Chesterton nos cuenta que para un hegeliano un huevo es realmente una gallina porque es parte de un proceso interminable de venir a ser, o que un pragmático podrá creer que conseguimos lo mejor de los huevos si olvidamos que alguna vez fueron huevos y sólo recordamos la tortilla. En cambio, el tomista cree que los huevos no son ni gallinas, ni meras presunciones prácticas, ni siquiera un sueño, sino cosas atestiguadas por los sentidos que proceden de Dios. 

Esta anécdota vino a mi cabeza tras leer el excelente libro de Thomas E. Woods que tengo el gusto de prologar, A lo largo de las páginas de "Cómo la Iglesia construyó la Civilización occidental" la amena erudición del profesor Woods nos ilustra esta verdad filosófica con multitud de ejemplos históricos: la fe cristiana apoya a la razón, la ilumina y nunca la desorienta. En cierto modo, hasta podríamos decir que el cristianismo irrumpe en la historia como la religión de la Razón. Una Razón, si bien es cierto, que trasciende infinitamente los modos humanos del pensar, pero que en modo alguno los anula. 

Como bien se ha encargado de recordarnos el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso de Ratisbona (discurso que sólo por malinterpretado ha podido resultar polémico) en el núcleo mismo de la revelatio cristiana, en el mismo prólogo del Evangelio de San Juan, la razón, el Logos, aparece Intrínsecamente unido a la naturaleza divina. Es más; la utilización del término Logos demuestra que la Inculturización de la revelación en los modos de pensar griegos no pudo ser fruto del azar, puesto que se da una natural afinidad entre el Dios VIVO de Abraham, Isaac y Jacob y aquella filosofía que descubrió en la razón humana el Instrumento para alcanzar la verdad. Este nexo se nos desvela definitivamente en la encarnación de Jesucristo, totalmente Dios y totalmente hombre, totalmente griego, podríamos decir en el caso que nos ocupa. 

Los frutos que esta unión ha dado en la historia de Europa los rastrea el profesor Woods con gran acierto. Y ante la enumeración de tantos logros obtenidos en los campos del arte, la ciencia, la filosofía, el derecho, la técnica... se confirma la sospecha de que en Occidente, frente a las otras grandes civilizaciones, hemos Jugado con ventaja. Nuestro «as en la manga» ha sido la fe cristiana que, lejos de operar como un retroceso a lo irracional, tensa a la razón misma y la espolea hacia sus más altas cumbres. La fe católica nos remite en primer lugar a lo divino, a lo que por su propia infinitud nunca podremos acceder con nuestros modos de cognición finitos, pero al mismo tiempo Implica la afirmación de la racionalidad del hombre y del Ser. ¡Curiosa la fe de la Iglesia, que invita a los hombres a creer en el poder de su propia razón! Es esta la fe que, con su salvaguarda de los textos clásicos, elevó a Europa por encima de la barbarie posterior a la caída del Imperio romano, la misma fe que permitió soñar a Carlomargo con la construcción de una nueva Atenas. Y Si durante el Renacimiento carolingio se pudo asumir y comenzar a perfeccionar la herencia greco-romana, no se debió a que cualquier creencia religiosa permita, apoye, o al menos tolere, el desarrollo de la investigación filosófica y científica. Lo excepcional de la revelación cristiana consiste precisamente en que diciendo hablar desde un plano radicalmente superior al natural, sea capaz de asumir una cultura previa cuyo fundamento es la razón, y que no pretenda obviarla o abolirla (el profesor Woods nos ilustra con abundantes casos contrarios en la historia de las civilizaciones). En segundo lugar, no sólo mantiene la distancia con respecto a la razón, reconociéndole su legítima autonomía, sino que estos dos polos Inician un delicado y creativo equilibro por el que la fe asume el lenguaje de la razón para explicarse a los hombres y a su vez la razón, guiada por la fe, lejos de entumecerse, alcanza Inéditos y brillantes resultados en los más variados órdenes, tanto teóricos como prácticos. Todo es prueba fehaciente de que esta fe no es mala consejera. 

Hoy podemos ver cómo el bello edificio de la civilización occidental, acosado por enemigos Internos y externos, se tambalea. En nombre de una malentendida libertad se pretende erradicar toda influencia de la Iglesia católica, no ya de la Vida pública, Sino de la esfera familiar e individual de la personas. Un posmoderno relativismo señala cualquier afirmación cristiana como una construcción histórico-cultural falsa y represiva que coarta los derechos y la felicidad de las personas. Al mismo tiempo, niega la posibilidad de que la razón pueda descubrir una verdad objetiva y, por lo tanto, un orden y una Jerarquía moral en la realidad. 

El problema es aún más inquietante, puesto que muchas de las realidades del orden natural (por lo tanto accesibles a la sola razón humana e Imprescindibles para el correcto funcionamiento de cualquier sociedad) al haberse instituido durante el decurso de la civilización occidental, han tomado un barniz cristiano, siendo auspiciadas por la Iglesia, pero no «Inventadas» por ella. Sin embargo, ahora la Iglesia parece ser casi la única encargada de defender el orden natural que, como bien común, pertenece a todas las personas, sean católicas o no. Mientras tanto, sus seculares enemigos proceden, en una negación radical, al Intento de derrumbar todo orden, sea éste de raíz sobrenatural o natural. 

Curiosamente, bien pensado no tanto, estos mismos enemigos del catolicismo que dicen oponerse a la Iglesia por los dogmas irracionales que ésta sostiene no prestan Igual resistencia a la hora de relacionarse con otros credos religiosos que, a parte de ser ajenos a nuestra tradición histórica, mantienen la creencia en un dios cuya naturaleza divina no establece vínculos con la razón. Aquí podemos ver cómo la fe en la razón permanece vinculada a la fe en Cristo y cómo la sinrazón no tiene por qué ser necesariamente materialista, sino que también facilita la creencia en cualquier principio religioso poco sensato. En cambio, el cristianismo siempre ha sostenido la gran cadena del Ser, mantenida por el Logos divino que precisamente dota de ser, de sentido, a toda la creación. A propósito de esto, Thomas E. Woods nos recuerda que ya el papa León XIII advertía que toda ley tiene un fundamento divino, tanto el que nos revelan las Sagradas Escrituras como el que se conoce a la luz de la razón, puesto que, en última instancia, es Dios mismo, como Logos, el fundamento de todo orden. 

En las páginas de "Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental" el profesor Woods comenta cómo las universidades, el compromiso con la razón, la argumentación racional y el espíritu de investigación que caracterizan a la vida intelectual de Europa debe tanto a la Iglesia católica, y cómo este hecho «acaso conserve siempre el estatus del secreto mejor guardado de la civilización occidental que ha merecido en los últimos cuatro siglos». Ojala que la publicación de su magnífico libro por fin desvele aquel oculto misterio. Así lo deseamos.

El profesor Thomas E. Woods Jr. es el autor del best-seller The Politically Incorrect Guide to American History, así como de The Church Confronts Modernity: Catholic Intellectuals and the Progressive Era y The Church and the Market: A Catholic Defense of the Free Economy. Es licenciado y doctor por varias de las más prestigiosas universidades norteamericanas, incluidas Harvard y Columbia. Actualmente vive con su familia en Coram, Nueva York.


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miércoles, 24 de abril de 2019

💗 💕 UNA CORAZONADA DE AMOR: EL SIERVO DE DIOS ÁNGEL RIESCO CARBAJO FUNDADOR DE LAS MISIONES APOSTÓLICAS DE LA CARIDAD


SIERVO DE DIOS ÁNGEL RIESCO CARBAJO



"Dios no llama a personas preparadas. 

Llama a personas pobres, 
y después las va preparando". 

Alabado por unos, marginado y menospreciado por otros (como ha pasado y sigue pasando en nuestra Iglesia), el Obispo y fundador español Angel Riesco Carbajo (1902-1972) sorprende por el brillo de sus virtudes.
Todavía no se ha desvelado el misterio de su marginación episcopal, por tanta envidia y soberbia eclesiástica. Se espera que sea descubierto a lo largo del proceso de su canonización. Sí es de sobra conocida su reacción positiva y llena de virtud, de respeto y amor a la jerarquía de la Iglesia, dentro de una humildad total.

Todo parecía que iba viento en popa para el presbítero Riesco. Trabajador infatigable en su parroquia de La Bañeza; hombre de oración y caridad exquisitas. Todos los días a las 6,30 de la madrugada se encontraba ya practicando su oración junto al sagrario de la parroquia. A las 8 le aguardaba una gran fila de penitentes. El resto del día, catequesis, enfermos, culto, pobres, acción católica, hoja parroquial... Siempre le daban en pie las doce de la noche. Y antes de las seis se levantaba para comenzar el nuevo día junto al Tabernáculo.

Alma de múltiples apostolados, fundó las Misioneras Apostólicas de la Caridad (MAC), un Instituto Secular abierto a personas de toda condición, que no discrimina (único en su carisma) para ser misionera o consagrada a personas con dificultades físicas o invidentes, y activo en varios países.
Don Angel fue obispo auxiliar de Oviedo y de Tudela y participó en el Concilio Vaticano II.

Actualmente se encuentra en proceso de canonización.

Es verdad que Don Ángel -él mismo lo reconocía- ofrecía una imagen poco honrosa: su diócesis menor que un arciprestazgo; su jurisdicción recortadísima y condicionada a otra persona; su apartamiento a vía muerta como si fuera un obispo “castigado”... todo esto le hacía aparecer ante la Iglesia española como una persona incapaz de llevar dignamente la responsabilidad que le habían puesto encima. 

Don Ángel sabía que sus hermanos en el episcopado se interrogaban sobre él, y que algunos de ellos, juntamente con otros que no eran obispos, lo miraban como “un pobre hombre”, y otros con lástima. Don Ángel lo sabía y lo decía. Sabía también que sólo los tudelanos, y no todos, lo miraban con simpatía y se sentían honrados de tener un Obispo entre ellos, aunque fuese un Obispo “con minúscula”. Otro se hubiera amargado; o hubiera protestado; o se hubiera dedicado a murmurar; o, al menos, hubiera publicado su inocencia aireando la injusticia que contra él se estaba cometiendo. De esto también fue tentado Don Ángel. Además de suponerlo por lógica normal, lo atestigua él mismo: 
“Conozco hasta la médula cuanto me dices, porque lo he pasado, y lo he pasado yo hace cinco años. Es duro parecer un ser raro al que parece que todos miran como un misterio, al que no se atreven a hablar, al que dejan a un lado, al que los pocos que se atreven a hablar es para desviar y rebajar haciéndole creer que las injusticias de los hombres son muchas y que no hay derecho...” 
Nació el 9 de julio de 1902 en Bercianos de Vidriales (Zamora). Diócesis de Astorga (León– España). Siendo niño, vivió la experiencia de emigrante en Argentina. De aquellos años guardó en su recuerdo la sentencia leída en la fachada del Colegio: “Lo que más vale en este mundo es ser bueno”. 
Alumno de la Universidad P. de Comillas destacó por su fidelidad a los dones recibidos de Dios, dejando en el Seminario la impronta de joven piadoso y de grandes virtudes. 
Era de admirar su celo apostólico especialmente en la catequesis, misiones y apostolado eucarístico y mariano y su amor a San José. Su ordenación sacerdotal tuvo lugar en el Seminario Mayor de Astorga el 25 de julio de 1926. Coadjutor y ecónomo en La Bañeza, tuvo como “dedicación exclusiva” su entrega a la Iglesia en la Catequesis; en los pobres y enfermos; en los movimientos apostólicos, sobre todo A.C.; en la promoción de la vida espiritual y en la magnificencia del templo parroquial. Nombrado Vicario General, irradió a la Diócesis de Astorga lo que había cultivado en La Bañeza. 

Fomentó con amor y entrega las diversas formas de vida consagrada y sacerdotal, promoviendo vocaciones y siendo guía espiritual de numerosas personas consagradas. En 1957, funda el Instituto Misioneras Apostólicas de la Caridad, con el carisma especial de caridad, inspirado en San Pablo: “Caritas Christi urget nos”, que le lleva a dar al Instituto una peculiaridad única en aquellos años: hacer posible la vida consagrada en el mundo, también a personas enfermas, pobres de cultura y de medios económicos, y quienes por causas similares no tenían cabida en ninguna Institución de vida consagrada. 
La Aprobación Pontificia del Instituto fue concedida el 15 de agosto de 1982. Está extendido también por Argentina, México y Perú. Promovido al Episcopado, fue consagrado como Obispo Auxiliar de Oviedo el 11 de mayo de 1958, donde se le encomienda la Visita Pastoral de gran parte de la Archidiócesis. Pasado poco más de un año, es trasladado a Tudela de Navarra (Pamplona). D. Ángel es Obispo en Tudela, pero Tudela es administrada apostólicamente por el Arzobispo de Pamplona, y así transcurren diez años en una dura prueba que, como muchas otras, superó viviendo lo que tantas veces repitió a sus Misioneras “ES EL SEÑOR”. 
Su fe hizo que se mantuviera siempre con ánimo alegre, hasta vivir con voto su alegría. En 1969 presenta su dimisión como Obispo en Tudela y pasa a La Bañeza dedicándose al Instituto por él fundado. El 2 de julio de 1972, el Señor le llama a su encuentro definitivo. Se celebra su funeral en “olor de multitudes”. Su cuerpo se deposita en la iglesia de Santa María de La Bañeza. 

En la lápida, una frase resume su vida: “Pasó haciendo el bien”. El día 12 de octubre de 1995, festividad de la Virgen del Pilar, se abre en La Bañeza su Proceso de Canonización. Se clausura el 1 de mayo de 1997, XL Aniversario de fundación del Instituto.