EL Rincón de Yanka

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viernes, 26 de febrero de 2021

NAZIS Y MARXISTAS; UNA INCONFESABLE HERMANDAD TOTALITARIA Y GENOCIDA 👿💀👿

Nazis y marxistas; 
una inconfesable hermandad
¿Cómo es posible que millones de personas se hayan tragado semejantes cuentos y seamos testigos, en pleno siglo XXI, del avance irrefrenable de una ideología igual de asesina y monstruosa que su vapuleada hermana nacionalsocialista?
Cuando Hannah Arendt explica la naturaleza de las ideologías que, a diferencia de teorías, ideas o pensamientos, permanecen impermeables a la experiencia humana, pone énfasis en la supremacía de la lógica que se despliega a partir de una premisa que se afirma verdadera. Para el caso del nazismo la premisa que justifica el exterminio de determinados grupos de personas plantea que existen razas moribundas. Con el paso del tiempo la naturaleza las iría aniquilando en una dinámica de progresiva selección y mejoramiento de la especie. Pero, como la naturaleza se tarda demasiado, los nazis toman sobre sus hombros la “pesada tarea” de ayudarla en su propósito. Esa es la horrorosa justificación que subyace a su ideología. Otro tanto sucede con los marxistas. En sus mentes existe la visión de una historia cuyo avance depende del exterminio de clases moribundas. La premisa tiene antecedentes en la lectura marxista de la desaparición de la aristocracia por la emergencia de la burguesía donde serían observables leyes de la historia. De la fe en la existencia de este tipo de leyes se sigue, por lógica, que cuando el proletariado- la nueva clase que emerge gracias al capitalismo- haya exterminado a la burguesía, se habrá asegurado el paraíso terrenal. Es evidente que, en ambos casos, el problema radica en que los tiempos de las leyes de la naturaleza o de la historia son demasiado extensos. Y la solución responde a la misma lógica pues, según la ideología nazi, la naturaleza selecciona al pueblo alemán para apurar esos tiempos, mientras la historia habría elegido al individuo cuya conciencia ha sido despertada por la ideología marxista. Este es uno de los tantos lazos que une a los compañeros en la lucha de clases y a los ciudadanos del Tercer Reich. Todos ellos creen haber sido elegidos para la tarea superior de conducir a la humanidad hacia el paraíso terrenal. La diferencia entre nazis y marxistas radica en que la peculiar condición de la vanguardia revolucionaria no está dada por la biología como en el caso de los nazis, sino en la posesión de aquel conocimiento capaz de crear la necesaria consciencia de clase en un proletariado cuya misión histórica desconoce. Sólo cuando ha despertado gracias a la fe marxista el proletariado se alza en contra de la explotación y barre a sangre y fuego el ajedrez social. Así se cumplen los designios de leyes que, tanto en el caso de la naturaleza como en el de la historia, tienen de real lo mismo que el carro de renos voladores en que viaja Santa Claus.

¿Cómo es posible que millones de personas se hayan tragado semejantes cuentos y seamos testigos, en pleno siglo XXI, del avance irrefrenable de una ideología igual de asesina y monstruosa que su vapuleada hermana nacionalsocialista?

La respuesta se encuentra en la necesidad de creer en algo. Incluso del nihilista y del ateo podemos afirmar que son creyentes. El primero cree que ni su vida ni la de los demás tienen ningún valor, mientras el segundo cree que en nada cree. Es posible que el ateo no crea en un dios, pero, la mayoría de las veces, habrá puesto en su altar a un sucedáneo que puede como el Estado o la ciencia. Ya Nietzsche lo planteaba muy claramente, el humano necesita divinizar o demonizar alguna cosa para vivir. Y en el contexto de la muerte de Dios que Occidente vivió a principios del siglo pasado, es esta necesidad psicológica la que explica la devoción a las dos ideologías que, además de los rasgos ya descritos, comparten la pretensión de ser científicas. Por eso hablan de leyes que, como la ley de gravedad, estarían enquistadas en la naturaleza o la historia. En términos de Arendt estamos ante ideologías de carácter pseudocientífico. Este rasgo explica parte de su éxito en el mundo más sofisticado.

Profundicemos en otro de los lazos que se encuentra a la base de la hermandad ideológica entre marxistas y nacionalsocialistas. Pocos teóricos han reparado en el hecho de que, así como nazis y marxistas comparten el diagnóstico de ser ellos los “ayudantes” de la naturaleza o de la historia, su objetivo también es el mismo: la igualación de las diferencias. Los unos necesitan igualar los rasgos físicos y psicológicos en vistas al predominio de una raza que creen superior y los otros igualan imponiendo un determinado tipo de vida al eliminar toda diferencia que resulte de la posesión de propiedad. En otras palabras, marxistas y nazis desean destruir la diversidad que distingue a la especie humana. La pregunta políticamente relevante es para qué y por qué se busca la igualación de los individuos. Arendt desarrolla una respuesta contundente en "Los Orígenes del Totalitarismo". Para la pensadora, sólo destruyendo nuestra natural diversidad es posible eliminar la acción espontánea capaz de oponer resistencia al avance del poder total que anhelan los hermanos en la lucha por la igualación. Y es en la destrucción de la diversidad donde ambas ideologías ponen a prueba su identidad con la ciencia, puesto que intentan crear un tipo humano que no existe. Desde la perspectiva arendtiana, los adalides de la igualdad no entienden la diferencia entre ser dueños del mundo y ser sus creadores. De ahí que Arendt concluya que ambas ideologías ponen en juego la naturaleza humana como tal, haciendo experimentos que sólo logran la destrucción de individuos que, bajo el anillo de hierro del poder absoluto, pierden no sólo la capacidad de actuar, sino también de pensar.

En el marco descrito no puede sorprendernos que la receta totalitaria conduzca al mismo resultado con independencia del contenido específico de sus premisas y de las diferencias culturales o geográficas de las naciones en que se ha impuesto. De Cuba a Venezuela, de China a la URSS, todas las experiencias culminaron en la opresión absoluta y la igualación radical, del mismo modo que vivieron los alemanes bajo el régimen nazi. Y es que, como afirma Arendt en la obra citada: “Es indudable que allí donde la vida pública y su ley de igualdad se imponen por completo, allí donde una civilización logra eliminar o reducir al mínimo el oscuro fondo de la diferencia, esa misma vida pública concluirá en una completa petrificación, será castigada, por así decirlo, por haber olvidado que el hombre es sólo el dueño y no el creador del mundo”. Es en este perverso juego de igualación donde queda sellada la inconfesable hermandad de los elegidos y es en vista de sus desastrosos resultados que sea irrelevante si el designio proviene del podio divino ocupado por la naturaleza o por la historia.

jueves, 25 de febrero de 2021

🎦 ESTRENO GRATIS PELÍCULA "NUESTRO SANTO REY, DON FERNANDO III": UN REINADO EN DEFENSA DE LA CRISTIANDAD 🕁


NUESTRO SANTO REY, DON FERNANDO III
SAN FERNANDO III DE CASTILLA Y DE LEÓN (1198-1252).

San Fernando (1198? – 1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política. Es uno de esos modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más felices, por así decirlo, de los dones y virtudes sobrenaturales en los dones y virtudes humanos.
A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. Dios les llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos; a uno bajo el signo del triunfo terreno y al otro bajo el de la desventura y el fracaso.

Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de otras muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en África, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la codificación de nuestro derecho e instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y hasta musical de la corte de Alfonso X el Sabio es fruto de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los territorios conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del reino al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran; mas prescindió de validos.

Guardó rigurosamente los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aun frente a razones posteriores de conveniencia política nacional; en tal sentido es la antítesis caballeresca del «príncipe» de Maquiavelo. Fue, como veremos, hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Sólo amó la guerra bajo razón de cruzada cristiana y de legítima reconquista nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia, la negociación y el compromiso. En la cumbre de la autoridad y del prestigio atendió de manera constante, con ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre excepcional, doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo al límite las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros dio altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo.

Como gobernante fue a la vez severo y benigno, enérgico y humilde, audaz y paciente, gentil en gracias cortesanas y puro de corazón. Encarnó, pues, con su primo San Luis IX de Francia, el dechado caballeresco de su época.

Su muerte, según testimonios coetáneos, hizo que hombres y mujeres rompieran a llorar en las calles, comenzando por los guerreros.

Más aún. Sabemos que arrebató el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de lograr que algunos príncipes y reyes moros abrazaran por su ejemplo la fe cristiana. «Nada parecido hemos leído de reyes anteriores», dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. «Era un hombre dulce, con sentido político», confiesa Al Himyari, historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su nieto don Juan Manuel le designaba ya en el En-xemplo XLI «el santo et bienauenturado rey Don Fernando».

Más que el consorcio de un rey y un santo en una misma persona, Fernando III fue un santo rey; es decir, un seglar, un hombre de su siglo, que alcanzó la santidad santificando su oficio.

Fue mortificado y penitente, como todos los santos; pero su gran proceso de santidad lo está escribiendo, al margen de toda finalidad de panegírico, la más fría crítica histórica; es el relato documental, en crónicas y datos sueltos de diplomas, de una vida tan entregada al servicio de su pueblo por amor de Dios, y con tal diligencia, constancia y sacrificio, que pasma. San Fernando roba por ello el alma de todos los historiadores, desde sus contemporáneos e inmediatos hasta los actuales. Físicamente, murió a causa de las largas penalidades que hubo de imponerse para dirigir al frente de todo su reino una tarea que, mirada en conjunto, sobrecoge. Quizá sea ésta una de las formas de martirio más gratas a los ojos de Dios.

Vemos, pues, alcanzar la santidad a un hombre que se casó dos veces, que tuvo trece hijos, que, además de férreo conquistador y justiciero gobernante, era deportista, cortesano gentil, trovador y músico. Más aún: por misteriosa providencia de Dios veneramos en los altares al hijo ilegítimo de un matrimonio real incestuoso, que fue anulado por el gran pontífice Inocencio III: el de Alfonso IX de León con su sobrina doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, el de las Navas.

Fernando III tuvo siete hijos varones y una hija de su primer matrimonio con Beatriz de Suabia, princesa alemana que los cronistas describen como «buenísima, bella, juiciosa y modesta» (optima, pulchra, sapiens et pudica), nieta del gran emperador cruzado Federico Barbarroja, y luego, sin problema político de sucesión familiar, vuelve a casarse con la francesa Juana de Ponthieu, de la que tuvo otros cinco hijos. En medio de una sociedad palaciega muy relajada su madre doña Berenguela le aconsejó un pronto matrimonio, a los veinte años de edad, y luego le sugirió el segundo. Se confió la elección de la segunda mujer a doña Blanca de Castilla, madre de San Luis.

Sería conjetura poco discreta ponerse a pensar si, de no haber nacido para rey (pues por heredero le juraron ya las Cortes de León cuando tenía sólo diez años, dos después de la separación de sus padres), habría abrazado el estado eclesiástico. La vocación viene de Dios y Él le quiso lo que luego fue. Le quiso rey santo. San Fernando es un ejemplo altísimo, de los más ejemplares en la historia, de santidad seglar.

Santo seglar lleno además de atractivos humanos. No fue un monje en palacio, sino galán y gentil caballero. El puntual retrato que de él nos hacen la Crónica general y el Septenario es encantador. Es el testimonio veraz de su hijo mayor, que le había tratado en la intimidad del hogar y de la corte.

San Fernando era lo que hoy llamaríamos un deportista: jinete elegante, diestro en los juegos de a caballo y buen cazador. Buen jugador a las damas y al ajedrez, y de los juegos de salón.

Amaba la buena música y era buen cantor. Todo esto es delicioso como soporte cultural humano de un rey guerrero, asceta y santo. Investigaciones modernas de Higinio Anglés parecen demostrar que la música rayaba en la corte de Fernando III a una altura igual o mayor que en la parisiense de su primo San Luis, tan alabada. De un hijo de nuestro rey, el infante don Sancho, sabemos que tuvo excelente voz, educada, como podemos suponer, en el hogar paterno.

Era amigo de trovadores y se le atribuyen algunas cantigas, especialmente una a la Santísima Virgen. Es la afición poética, cultivada en el hogar, que heredó su hijo Alfonso X el Sabio, quien nos dice: «todas estas vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en el Rey Fernando».

Sabemos que unía a estas gentilezas elegancia de porte, mesura en el andar y el hablar, apostura en el cabalgar, dotes de conversación y una risueña amenidad en los ratos que concedía al esparcimiento. Las Crónicas nos lo configuran, pues, en lo humano como un gran señor europeo. El naciente arte gótico le debe en España, ya lo dijimos, sus mejores catedrales.

A un género superior de elegancia pertenece la menuda noticia que incidentalmente, como detalle psicológico inestimable, debemos a su hijo: al tropezarse en los caminos, yendo a caballo, con gente de a pie torcía Fernando III por el campo, para que el polvo no molestara a los caminantes ni cegara a las acémilas. Esta escena del séquito real trotando por los polvorientos caminos castellanos y saliéndose a los barbechos detrás de su rey cuando tropezaba con campesinos la podemos imaginar con gozoso deleite del alma. Es una de las más exquisitas gentilezas imaginables en un rey elegante y caritativo. No siempre observamos hoy algo parecido en la conducta de los automovilistas con los peatones. Años después ese mismo rey, meditando un Jueves Santo la pasión de Jesucristo, pidió un barreño y una toalla y echóse a lavar los pies a doce de sus súbditos pobres, iniciando así una costumbre de la Corte de Castilla que ha durado hasta nuestro siglo.

Hombre de su tiempo, sintió profundamente el ideal caballeresco, síntesis medieval, y por ello profundamente europea, de virtudes cristianas y de virtudes civiles. Tres días antes de su boda, el 27 de noviembre de 1219, después de velar una noche las armas en el monasterio de las Huelgas, de Burgos, se armó por su propia mano caballero, ciñéndose la espada que tantas fatigas y gloria le había de dar. Sólo Dios sabe lo que aquel novicio caballero oró y meditó en noche tan memorable, cuando se preparaba al matrimonio con un género de profesión o estado que tantos prosaicos hombres modernos desdeñan sin haberlo entendido. Años después había de armar también caballeros por sí mismo a sus hijos, quizá en las campañas del sur. Mas sabemos que se negó a hacerlo con alguno de los nobles más poderosos de su reino, al que consideraba indigno de tan estrecha investidura.

Deportista, palaciano, músico, poeta, gran señor, caballero profeso. Vamos subiendo los peldaños que nos configuran, dentro de una escala de valores humanos, a un ejemplar cristiano medieval.

De su reinado queda la fama de las conquistas, que le acreditan de caudillo intrépido, constante y sagaz en el arte de la guerra. En tal aspecto sólo se le puede parangonar su consuegro Jaime el Conquistador. Los asedios de las grandes plazas iban preparados por incursiones o «cabalgadas» de castigo, con fuerzas ágiles y escogidas que vivían sobre el país. Dominó el arte de sorprender y desconcertar. Aprovechaba todas las coyunturas políticas de disensión en el adversario. Organizaba con estudio las grandes campañas. Procuraba arrastrar más a los suyos por la persuasión, el ejemplo personal y los beneficios futuros que por la fuerza. Cumplidos los plazos, dejaba retirarse a los que se fatigaban.

Esta es su faceta histórica más conocida. No lo es tanto su acción como gobernante, que la historia va reconstruyendo: sus relaciones con la Santa Sede, los prelados, los nobles, los municipios, las recién fundadas universidades; su administración de justicia, su dura represión de las herejías, sus ejemplares relaciones con los otros reyes de España, su administración económica, la colonización y ordenamientos de las ciudades conquistadas, su impulso a la codificación y reforma del derecho español, su protección al arte. Esa es la segunda dimensión de un reinado verdaderamente ejemplar, sólo parangonable al de Isabel la Católica, aunque menos conocido.

Mas hay una tercera, que algún ilustre historiador moderno ha empezado a desvelar y cuyo aroma es seductor. Me refiero a la prudencia y caballerosidad con sus adversarios los reyes musulmanes. «San Fernando –dice Ballesteros Beretta en un breve estudio monográfico– practica desde el comienzo una política de lealtad.» Su obra «es el cumplimiento de una política sabiamente dirigida con meditado proceder y lealtad sin par».

Lo subraya en su puntual biografía el padre Retana. Sintiéndose con derecho a la reconquista patria, respeta al que se le declara vasallo. Vencido el adversario de su aliado moro, no se vuelve contra éste. Guarda las treguas y los pactos. Quizá en su corazón quiso también ganarles con esta conducta para la fe cristiana. Se presume vehementemente que alguno de sus aliados la abrazó en secreto. El rey de Baeza le entrega en rehén a un hijo, y éste, convertido al cristianismo y bajo el título castellano de infante Fernando Abdelmón (con el mismo nombre cristiano de pila del rey), es luego uno de los pobladores de Sevilla. ¿No sería quizá San Fernando su padrino de bautismo? Gracias a sus negociaciones con el emir de los benimerines en Marruecos el papa Alejandro IV pudo enviar un legado al sultán. Con varios San Fernandos, hoy tendría el África una faz distinta.

Al coronar su cruzada, enfermo ya de muerte, se declaraba a sí mismo en el fuero de Sevilla caballero de Cristo, siervo de Santa María, alférez de Santiago. Iban envueltas esas palabras en expresiones de adoración y gratitud a Dios, para edificación de su pueblo. Ya los papas Gregorio IX e Inocencio IV le habían proclamado «atleta de Cristo» y «campeón invicto de Jesucristo». Aludían a sus resonantes victorias bélicas como cruzado de la cristiandad y al espíritu que las animaba.

Como rey, San Fernando es una figura que ha robado por igual el alma del pueblo y la de los historiadores. De él se puede asegurar con toda verdad –se aventura a decir el mesurado Feijoo– que en otra nación alguna non est inventus similis illi [no se ha encontrado ninguno semejante a él].

Efectivamente, parece puesto en la historia para tonificar el espíritu colectivo de los españoles en cualquier momento de depresión espiritual.

Le sabemos austero y penitente. Mas, pensando bien, ¿qué austeridad comparable a la constante entrega de su vida al servicio de la Iglesia y de su pueblo por amor de Dios?

Cuando, guardando luto en Benavente por la muerte de su mujer, doña Beatriz, supo mientras comía el novelesco asalto nocturno de un puñado de sus caballeros a la Ajarquía o arrabal de Córdoba, levantóse de la mesa, mandó ensillar el caballo y se puso en camino, esperando, como sucedió, que sus caballeros y las mesnadas le seguirían viéndole ir delante. Se entusiasmó, dice la Crónica latina: «irruit… Domini Spiritus in rege». Veían los suyos que todas sus decisiones iban animadas por una caridad santa. Parece que no dejó el campamento para asistir a la boda de su hijo heredero ni al conocer la muerte de su madre.

Diligencia significa literalmente amor, y negligencia desamor. El que no es diligente es que no ama en obras, o, de otro modo, que no ama de verdad. La diligencia, en último término, es la caridad operante. Este quizá sea el mayor ejemplo moral de San Fernando. Y, por ello, ninguno de los elogios que debemos a su hijo, Alfonso X el Sabio, sea en el fondo tan elocuente como éste: «no conoció el vicio ni el ocio».

Esa diligencia estaba alimentada por su espíritu de oración. Retenido enfermo en Toledo, velaba de noche para implorar la ayuda de Dios sobre su pueblo. «Si yo no velo –replicaba a los que le pedían descansase–, ¿cómo podréis vosotros dormir tranquilos?» Y su piedad, como la de todos los santos, mostrábase en su especial devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.

A imitación de los caballeros de su tiempo, que llevaban una reliquia de su dama consigo, San Fernando portaba, asida por una anilla al arzón de su caballo, una imagen de marfil de Santa María, la venerable «Virgen de las Batallas» que se guarda en Sevilla. En campaña rezaba el oficio parvo mariano, antecedente medieval del santo rosario. A la imagen patrona de su ejército le levantó una capilla estable en el campamento durante el asedio de Sevilla; es la «Virgen de los Reyes», que preside hoy una espléndida capilla en la catedral sevillana. Renunciando a entrar como vencedor en la capital de Andalucía, le cedió a esa imagen el honor de presidir el cortejo triunfal. A Fernando III le debe, pues, inicialmente Andalucía su devoción mariana. Florida y regalada herencia.

La muerte de San Fernando es una de las más conmovedoras de nuestra Historia. Sobre un montón de ceniza, con una soga al cuello, pidiendo perdón a todos los presentes, dando sabios consejos a su hijo y sus deudos, con la candela encendida en las manos y en éxtasis de dulces plegarias. Con razón dice Menéndez Pelayo: «El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida». Y añade: «Tal fue la vida exterior del más grande de los reyes de Castilla: de la vida interior ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?»

San Fernando quiso que no se le hiciera estatua yacente; pero en su sepulcro grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo este epitafio impresionante: «Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hi en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años.»

Que San Fernando sea perpetuo modelo de gobernantes e interceda por que el nombre de Jesucristo sea siempre debidamente santificado en nuestra Patria.
José Mª. Sánchez de Muniáin,

San Fernando III de Castilla y León, en Año Cristiano, Tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 523- 531.


 
«Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad». El tráiler.

El 7 de febrero se cumplieron 350 años de la canonización del Rey Fernando III de Castilla y de León por parte del Papa Clemente X. Con ese motivo, HM Televisión ha producido un documental dramatizado bajo el título Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad. Estará disponible gratuitamente hasta el 28 de febrero en la plataforma EUK Mamie. Posteriormente podrá seguir viéndose, pero como VOD (bajo demanda).

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GENOCIDIO MUNDIAL POR JOSÉ LUIS JEREZ RIESCO 👦👧👨👩👶👪

GENOCIDIO MUNDIAL
La humanidad está inmersa en un devastador y premeditado plan de exterminio. Si en los orígenes (Génesis 1:28), se daba el mandato divino de crecimiento y multiplicación de la especie, para poblar la tierra, hoy se está provocando una inversión de la vida, un trueque por la muerte, una minoración progresiva, que provoca el quebranto de la demografía, orientada y diseñada por los entes carroñeros que, arropados en sus levitas y en sus pingües y adoradas riquezas, comandan, en las altas esferas de los centros de poder y decisión, el destino de las personas más vulnerables.
Los métodos puestos en práctica, para lograr sus macabros y perversos objetivos, son múltiples y de una crueldad y perfidia infinitas.

El fomento del aborto, despenalizado, alentado y extendido por la faz de la tierra, es la prueba evidente de sus malévolas y criminales intenciones. Se ha generalizado, con la práctica del aborto, el asesinado en masa de los seres inocentes, que estaban ya concebidos y aspiraban, con pleno derecho, a la vida de la que gozaban en su gestación hasta que fue traumáticamente interrumpida. Las expectativas vitales del feto, con el aborto, son catastróficas, violenta e impunemente truncadas con sádico instinto criminal, por los mismos quienes, farisaicamente, demonizan la pena de muerte, a la que se pudieran hacer merecedores por el genocidio que propician; por eso, despenalizan, por una parte, con su cobarde y oprobiosa actuación aniquiladora, mientras que abominan y exoneran, por otra, contra la pena de muerte a los criminales, a la que podían ser merecedores sus autores, cómplices y encubridores, por el terrible sacrificio humano que perpetran, contra los más débiles de la creación. Quienes implantan o practican el aborto, que no es más que la extirpación y muerte, por métodos violentos, de un ser vivo, en la primera fase de su existencia, son, sin paliativos, los implacables verdugos de los seres más puros, inofensivos, de las indefensas criaturas humanas, garantes y esperanza, de no haber sido liquidadas, de la vida futura que les pertenecía.

El perverso movimiento feminista, un apéndice terminal y mediático del plan exterminador, reivindica, sin rubor, el derecho a decidir, impunemente, la muerte deliberada del relevo generacional humano; es el mismo feminismo que hace desgañitar, a las mujeres que lo integran, consignas degeneradas y denigrantes, tales como “solas y borrachas queremos llegar a casa”, poniendo así de relieve su calaña. El movimiento feminista es, pues, con su libertinaje un colaborador imprescindible y necesario para la gran matanza del infanticidio terrenal.

Según fuentes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los abortos provocados, asesinatos consumados, durante el año 2020 en el mundo, ascendieron a 42,6 millones de víctimas inocentes por odio desalmado de sus progenitoras e inductores; decenas y decenas de millones de seres vivos, inmaculados, fueron eliminados sin piedad, por el único “delito” de estar, alegres y confiados, llamando, con una sonrisa dibujada en sus labios, a la puerta de la vida, desde el seno materno. Sólo en España se eleva, durante ese periodo, a más de cien mil la matanza de los nasciturus. El aborto, además de ser una hecatombe humana, es un gran negocio sucio, público o privado, de elevadas y cuantiosas cifras de millones de euros, facturados por los carniceros sin escrúpulos, defensores y socios de la cultura de la muerte, con las que saquean impunemente, incluso, al erario público, que es, en definitiva, quien financia y sufraga mayoritariamente, con nuestros impuestos, el mortífero y siniestro aparato de tortura y masacre, perfectamente calculado, como es la práctica abortiva que en sus centros de salud se realizan.
Para hacer una evaluación comparativa basta citar que, mientras los crímenes por aborto, durante el año 2.020, fueron más de cuarenta y dos millones y medio de seres vivos, sin levantar aspavientos de ningún género, la pandemia de Covid 19, durante el mismo periodo de tiempo, que ha encendido la alarma universal, según los datos aportados por la OMS, ha sido de un millón ochocientos mil los muertos por su causa, y se ha armado la marimorena mundial y el desquiciamiento informativo.
El feminismo es también otro de los fenómenos contemporáneos, que va en detrimento de la procreación natural, por los efectos que provoca, al haberse erigido en un foco infecto de odio, en un semillero de lucha y encono, al pretender generar una artificial y ficticia pugna, inexistente en absoluto, entre hombres y mujeres, que son, por su propia definición y naturaleza, seres armónicos y complementarios dentro de la misma especie. Con su estrategia de la falsa tensión que propician, las virulentas y exaltadas feministas, inoculan en las relaciones humanas distanciamientos y desencuentros provocados, que repercuten en la destrucción, de la que debe ser pacífica y entrañable convivencia familiar y, en consecuencia, afecta a los futuros nacimientos, cuya base es el amor, el respeto y la dignidad de los integrantes de dicha unidad, que constituye el pilar de la célula social por antonomasia, basada en el respeto mutuo y el afecto, y no en la lucha que pregonan y alientan las desarraigadas feministas, cuyas proclamas de promiscuidad y libertinaje entroncan más con el vicio y el hedonismo, que con la responsabilidad, el buen criterio y el equilibrio sosegado y racional de las relaciones humanas y sociales, de las personas civilizadas.

Se pretende vender como un logro “progresista”, el divorcio, la ruptura y el quebranto de los matrimonios, lo efímero de las relaciones familiares, cuando el progreso social es todo lo contrario, pues lo que da estabilidad, progreso y solidez a las relaciones sentimentales y humanas, es la permanencia, el respeto, el afecto, salvo casos extremos de patológicos desequilibrios, de los miembros que integran la unidad familiar. El divorcio, como tubo de escape, no favorece en las familias, en absoluto, la natalidad, sino todo lo contrario.

Si la natalidad es torpedeada en sus prolegómenos, por la práctica del aborto, para reducir la presencia de humanos sobre la faz de la tierra, otra de las medidas “progresistas” en boga, para constreñir el número de habitantes, es mediante la aplicación de la eutanasia, es decir, la aceleración e inducción de la muerte de personas mayores, ancianos y enfermos, envuelta bajo el señuelo de darles una “muerte digna”, mediante un gesto indigno como es el de anticipar la hora de su muerte, de incitar al exterminio deliberadamente, para reducir a grandes núcleos de población que consideran, los diseñadores del proyecto exterminador, inútiles para sus expectativas de lucro.
La degeneración actual, que se opone a los cánones de la normalidad natalicia, llega al extremo de contemplar incluso la pedofilia como una opción de libertad sexual, por repugnante y antinatural que sea su anomalía o tara de quien lleva a cabo tales tendencias demenciales.
Otra espita que se abre y catapulta, como signo de los tiempos de tenebrosa caducidad y decadencia de la natalidad, es la proliferación de homosexuales, propia según algunos autores de las épocas de inversión o de final de ciclo, lesbianas y transexuales, que no dejan de ser, según se constata en el repaso del proceso histórico y en las diferentes culturas, anomalías, lacras, alteraciones genéticas, mutaciones, trastornos, patologías, y aberraciones sexuales, e incluso vicios, de la naturaleza humana, en materia de procreación y una degeneración de la raza, tal y como fue concebida de forma natural y primigenia.

La homosexualidad fue considerada, históricamente, como una enfermedad psiquiátrica, hasta fecha relativamente reciente, por la Organización Mundial de la Salud, criterio de dolencia que entonces era compartido por eminentes sociólogos, sacerdotes y siquiatras. El científico alemán Richard von Kraft Ebing, la consideraba sencillamente como una “perversión sexual”. Había bastante consenso científico en tildar la homosexualidad como una patología del trastorno de la personalidad y, por tanto, una orientación sexual egodistónica –no conforme con el yo-, por apartarse de la función natural, lo que originaba, según los expertos, un conflicto de personalidad, basados en que lo natural era lo propio de la naturaleza de las cosas, lo otro no lo es, y que lo normal en el ser humano, es ser heterosexual, de cuyas relaciones depende la supervivencia de la especie, pues sus órganos genitales están diseñados para la reproducción natural. Lo que no cabe duda es que dicha conducta homosexual, si nos atenemos a la historia del pensamiento humano, fue merecedora en el transcurso de los siglos y en términos generales, del rechazo social.

Las religiones habían denostado también, desde la más remota antigüedad, la condición de la homosexualidad. En la Biblia judía (Levítico 18:22), se describen las relaciones sexuales entre varones como una “abominación”, como algo pecaminoso. El judaísmo condena su práctica en la Torá. Para la Iglesia católica, la homosexualidad fue calificada, durante siglos, como “crimen nefando”. El Islam condena, expresamente, en el Corán y el Hadiz, los actos sexuales realizados entre personas del mismo sexo y la sodomía es castigada, incluso hoy, severamente, por ser considerada un delito grave.

En España se llega en la actualidad al esperpento de querer implantar en la enseñanza, para que desde la escuela más elemental se adoctrine a los párvulos, en dichas prácticas no convencionales de la procreación, para que los niños experimenten esas tendencias, para una gran parte de la población desviadas, que debilitan o anulan la descendencia y que pueden llegar, incluso, a repugnar en muchos ambientes más tradicionales y conservadores. Nada es casual y la explosión del lobby LGTBI, en una sociedad afeminada y sodomizada, es fruto de un diseño destructivo de la vida.

La propaganda, para no tener hijos, es incesante. Se va abriendo camino la pérdida del instinto paternal y maternal, los valores del milagro de la procreación de nuevas vidas, porque ello, según los destructores de la existencia humana, conlleva sacrificios y se aleja del materialismo que se inculca, sin cesar, como meta egoísta e insolidaria en los seres humanos.

Para impedir la procreación y evitar la descendencia, se han puesto en la actualidad, al alcance de todos, una serie de métodos anticonceptivos, que refuerzan el ataque biológico desatado contra el milagro de la vida, sistemas que abarcan, desde la píldora anticonceptiva y, si hay descuidos, se remata con la “píldora del día después”, para producir la hemorragia que desangra y expulsa la semilla de la vida, en caso el de haber sido fecundada; se aplica, en otros casos, el sistema intrauterino –SIU-, para evitar los embarazos; algunos utilizan, dentro de la anticoncepción, parches, anillos, implantes o inyecciones; a veces, se recurre al dispositivo intrauterino –DIU-; se ha generalizado en las relaciones sexuales el uso de los preservativos, tanto masculinos como femeninos; otros emplean el diafragma o el capuchón cervical; también es frecuente la ligadura de trompas; hay espermaticidas o aplicaciones que esterilizan; o incluso la vasectomía, por citar algunos de los recursos más comunes para imposibilitar el embarazo y posterior alumbramiento, en el mantenimiento de relaciones entre parejas heterosexuales.

Son incesantes las campañas publicitarias, abiertas o subliminales, que transmiten el mensaje reiterativo animando a la pérdida de la conciencia de la fertilidad o a la anulación de los instintos naturales de la maternidad o la paternidad, en aras de posibilitar ventajas materiales, para quienes renieguen a perpetuar la especie.
Entre las prioridades del perverso Nuevo Orden Mundial –NOM-, están todas las planificaciones metódicas referidas anteriormente y en el patético plan Kalergi, por mencionar una cita obligada de exterminio calculado, se puede también constatar las intenciones de los “elegidos” para acometer y beneficiarse de tal monstruosidad, que afecta a la supervivencia, y en ello nos va la vida.
Quien luche, pues, contra esa escoria empoderada y muchas veces invisible, que trata, de forma taimada e interesada, limitar o anular la supervivencia de la especie, estará laborando por la obra y el mandato del Supremo Creador.