OCCIDENTE
BIEN VALE
UNA MISA
Por un resurgimiento
judeocristiano en Europa
«Una civilización es todo aquello
que se aglutina en torno a una religión».
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO
La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco.
Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente.
Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano.
Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo.
Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización».
Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución.
Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.
España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»).
Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.
Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta».
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica.
El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.
Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores.
El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión».
Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.
INTRODUCCIÓN
No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.
Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa».
Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro».
Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía.
Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo.
No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único.
(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.
Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen.
Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años».
Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios».
Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos.
Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.
Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement.
Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado.
Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive.
Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente.
Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!».
Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa.
Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía:
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir».
El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».
La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.






