EL Rincón de Yanka

inicio














domingo, 27 de septiembre de 2026

LIBRO "DE LA MUERTE DE DIOS A LA MUERTE DEL HOMBRE": LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE LA DECADENCIA DE OCCIDENTE por PALOMA HERNÁNDEZ


DE  LA  MUERTE   DE   DIOS
A LA MUERTE DEL HOMBRE

LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE
LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

PALOMA HERNÁNDEZ


Vivimos una época fascinada por la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la promesa de superar todos los límites de la condición humana. Pero esta revolución tecnológica plantea una pregunta mucho más profunda que cualquier avance científico, ¿qué significa hoy ser hombre?
Desde la Antigüedad hasta nuestros días, la idea de hombre ha sido el fundamento de la filosofía, la política y la civilización occidental. Sin embargo, esa concepción no nació de forma espontánea. Fue el cristianismo el que elevó la dignidad de la persona hasta situarla por encima de cualquier otra criatura, convirtiendo al ser humano en el centro de una visión del mundo que marcaría el rumbo de Occidente durante siglos.

CUANDO EL HOMBRE DEJA DE MIRARSE DESDE DIOS, ACABA SOÑANDO CON DEJAR DE SER HOMBRE.

Este ensayo recorre el largo camino que conduce desde el humanismo cristiano hasta el transhumanismo contemporáneo. Analiza cómo la proclamación de la «muerte de Dios» desemboca, paradójicamente, en la «muerte del hombre»: un individuo cada vez más aislado, desarraigado y dispuesto a sustituir su propia naturaleza por un ideal biotecnológico de perfección.
Frente a la promesa de fabricar seres aumentados, inmunes al dolor, al envejecimiento y a la muerte, Paloma Hernández plantea una reflexión de enorme actualidad sobre el precio que estamos dispuestos a pagar por ese supuesto progreso. 
¿Qué ocurre cuando el sufrimiento, el esfuerzo, la vulnerabilidad o incluso la libertad dejan de formar parte de la experiencia humana? ¿Qué queda de la dignidad personal cuando el hombre pretende rediseñarse a sí mismo?
Con rigor histórico, profundidad filosófica y una mirada crítica sobre los grandes debates de nuestro tiempo, esta obra invita al lector a comprender que el verdadero desafío del siglo XXI no consiste únicamente en transformar al hombre, sino en decidir si queremos seguir siéndolo.

PRÓLOGO DE J. J. ESPARZA

Normalmente es el autor el que pide que alguien le escriba un prólogo. En este libro ha sido al revés: aquí ha sido el prologuista el que ha pedido escribir estas breves páginas. Porque este es un libro fundamental, como lo es ya su autora.

Primero, la autora. Paloma Hernández es una firma indispensable. Para quien no la conozca, contemos lo más importante. Artista, youtuber, acti­vista, divulgadora, pensadora... Paloma posee ese raro don de Dios que te permite hacer cosas hermosas con las manos. Su carrera como artista plás­tica la avala. Pero en un cierto momento, movida por la íntima necesidad de contribuir a la supervivencia de su nación, de su patria, dejó de lado los pin­celes para entregarse a la tarea de reflexionar sobre la identidad española. Ese es el sentido de su intensa participación en la Escuela de Oviedo. Y el fruto mayor de ese impulso fue el canal Fortunata y Jacinta, que se convirtió muy pronto en banderín de enganche, aula, fortín y lugar de encuentro, todo a la vez, para cientos de miles de personas. Lo más importante que ha pasado en la cultura española en el último cuarto de siglo ha sido el movimiento espontáneo, popular, nacido de la gente, de recuperación de nuestra identi­dad cultural e histórica. En ese combate -porque está siendo un combate-, Paloma es una referencia ineludible porque nadie ha abordado de una manera tan extensa, sistemática y profunda -y divertida, todo sea dicho-­ los asuntos centrales de la identidad española, sus grandes momentos, sus grandes debates. En la estela de Fortunata y Jacinta surgieron, entre otras cosas, los Encuentros Forjados -aquí entra el lado activista-, que han ve­nido reuniendo a ponentes de lo más variopinto en algo que es al mismo tiempo reflexión y convivencia. Y Juego está la obra, claro: el análisis crítico de las relaciones entre arte y propaganda política-frente básico de la guerra cultural-, la revisión de la evolución dela izquierda, quede ser una doctrina «de clase» ha pasado a convertirse en instrumento de la ideología globalista, y la singular contorsión del feminismo en el contexto de la incipiente islami­zación de las sociedades europeas. 

Los tres libros editados en Sekotia y tres cuestiones clave no solo para entender nuestro tiempo, sino también para hacerle frente. Era absolutamente inevitable que, en esa sucesión de explora­ciones por cuestiones clave, Paloma Hernández desembocara en la cuestión clave por antonomasia: la que aborda este nuevo libro.

En realidad, es el tema de nuestro tiempo. Nuestra civilización, la civili­zación occidental moderna, borró a Dios (lo «matón) y puso en su Jugar al hombre con su razón universal. En buena medida, ese fue el acto fundacional de la propia modernidad. Aquel hombre, convertido en centro del cosmos, no tardó en verse a sí mismo como una suerte de nuevo Dios, un ente supremo y autosuficiente capaz de ordenar todas las cosas. Ahora bien, el hombre es una criatura menesterosa y la universalidad de su razón es, cuando menos, discutible. Y si hemos borrado a Dios y el hombre ya no nos vale, ¿cuál es el siguiente paso que debemos dar? Es una pregunta filosófica, pero no es, ni mucho menos, una pregunta solo para filósofos: de hecho, de la respuesta que demos dependen mil cosas en nuestras existencias, desde los conceptos de lo que está bien y lo que está mal, y su porqué, hasta el sentido general de nuestras vidas. Algunos, hoy, creen que pueden hallar una respuesta en la máquina, pero eso, al cabo, es como fabricar un muñeco con apariencia hu­mana, declararlo dios y rendirle pleitesía: una impostura. Así que la pregunta permanece y se va haciendo más y más lacerante cuanto más nos negamos a plantearla. Hemos perdido el rumbo. Y cuando uno pierde el rumbo, lo más aconsejable es volver sobre los propios pasos para averiguar en qué punto uno se extravió. Eso es lo que Paloma Hernández se propone, y de manera brillante, en este ensayo.

La cuestión de la muerte de Dios es absolutamente esencial, así que con­ viene precisar de qué estamos hablando. Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento. Nietzsche utiliza expresamente la fórmula de una esponja que borra el hori­zonte, y es una figura muy adecuada: en un determinado momento, a Dios se le deja de ver porque el hombre decide que ya no está ahí. 
¿Cuándo ocurrió eso? Marx y Engels decían que fue con Descartes, al que consideraban el primer materialista porque con él se establece por primera vez -eso pensa­ban ellos- una clara diferencia entre el mundo del alma y el mundo de las cosas, y si en el primero aún late Dios, el segundo es enteramente territorio del hombre. Seguramente esa interpretación habría escandalizado al propio Descartes, que era un ferviente católico. Lo mismo pasa con otro antecedente clásico del borrado de Dios: la célebre fórmula de Hugo Gracia «etsi Deus non dareturn, «como si Dios no existieran. La verdad es que Gracia nunca dijo exactamente eso: arrojado en la barbarie de un mundo en guerra, Gracia trató de sentar reglas de naturaleza que todo el mundo pudiera aceptar fuera cual fuere su religión. Por eso escribió, textualmente, que «la ley de la naturaleza no perdería validez incluso si admitiéramos que Dios no existe o que no se ocupa de las cuestiones humanas, cosa por lo demás -precisa el holandés -que no se puede conceder sin cometer el mayor delito». O sea que Grocio, como Descartes, lo último que tenía en la cabeza era quitar a Dios del mapa. Y sin embargo, así se escribe la Historia.

Lo interesante es subrayar que ese borrado de Dios primigenio tenía truco: es un instrumento intelectual para tratar de encontrar la verdad objetiva de las cosas, pero siempre en la convicción de que Dios está detrás. En este sen­tido, no sobra recordar que el ejercicio empezó bastante antes, y basta citar el precedente de la Escuela de Salamanca. Podemos resumir la cuestión así: nosotros tenemos ideas muy concretas sobre lo bueno, lo bello, lo justo, lo verdadero, etc., ideas que consideramos objetivas y que se inscriben en una concepción general delas cosas presididas por la presencia del Dios cristiano. Pero, si prescindiéramos de Dios, ¿nuestras ideas seguirían siendo válidas? La pregunta tiene todo el sentido del mundo si la ponemos en el contexto de la España del siglo XVI, confrontada al encuentro -siempre conflictivo con realidades culturales enteramente ajenas. ¿Cómo saber si nuestro concepto de la justicia es el correcto cuando hemos de aplicarlo a realidades materiales donde nuestro Dios es un desconocido? Aquí es donde la reflexión sobre las leyes naturales se hace trascendental. En cierto modo, es la conse­cuencia del encuentro con el Otro, o con lo absolutamente Otro, como podía ser el caso de las culturas amerindias. Como se sabe, el encaje de la ley de Dios con la realidad natural es una obsesión permanente del pensamiento cató­ lico. Desde un punto de vista filosófico, el cristianismo es frecuentemente la ley de Dios -y también su amor- enunciados en los términos de la filosofía griega. La gran obra de los escolásticos puso los fundamentos decisivos. Para que la justicia sea justa, por ejemplo, debe seguir siéndolo también cuando se aplica en contextos donde el otro la reconocerá como tal aun cuando des­ conozca su fundamento divino, es decir, «Como si Dios no existiera». Pero la consecuencia final es que, en efecto, la idea correcta de la justicia es la nues­tra porque es la racional, la natural. Por eso Benedicto XVI insistía tanto en la naturaleza esencialmente racional de la visión cristiana del mundo. Dios es racional y no puede no serlo.

Pero algo pasó después. Algo que llevó a ciertos espíritus a apartar a Dios, a borrarlo, ya no como hipótesis de trabajo para ver si el esquema seguía «funcionando», sino como pena de exilio, como expulsión, para dejar el campo enteramente a merced del hombre triunfante. Referencia clásica: Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) y su idea del «hombre máquina», del hombre sin alma, como una máquina compleja con capacidad para orde­nar el funcionamiento de otras muchas máquinas a su alrededor. Natural­mente, no es solo una cuestión filosófica: el movimiento es inseparable del carácter prerrevolucionario de la época, del ascenso de la burguesía como clase dominante, de la emancipación de lo económico respecto de lo político y lo espiritual, etc. Aquí cambia completamente el esquema. Aquí sí puede decirse que se ha «matado» a Dios, que se le ha borrado. Es un ejercicio de poder: desmontar el mundo anterior, donde Dios estaba en el centro a pesar de todo, y volver a montarlo con un orden nuevo donde el centro lo ocupa el hombre, pero ya no como criatura (aún era así en el emblemático «Hombre de Vitruvio», por ejemplo), sino como rey. La modernidad propiamente dicha empieza con esta expulsión de Dios. Tiene todo el sentido del mundo que prosiguiera con la decapitación de un monarca.

Este prólogo no puede ser una exégesis del libro de Paloma Hernández ni un diálogo con él. Eso lo tiene que hacer el lector. Lo esencial es esto: si el borrado de Dios y la coronación del hombre abrieron una era, hoy esa era se cierra. Los últimos dos siglos de historia de la humanidad se han carac­terizado por un despliegue extraordinario de poder técnico sobre la materia y, simultáneamente, por una ruina absoluta del espíritu. Por utilizar una figura elemental, hemos construido el vehículo más perfecto imaginable pero hemos olvidado adónde ir con él. Así que el reinado del hombre ofrece hoy la imagen de un pobre sujeto aferrado a una banqueta que un día creyó trono, mirando alrededor sin saber muy bien cómo ha llegado hasta ahí ni qué hacer ahora. Por eso es tan urgente la pregunta sobre aquel Dios que un día fue borrado. Probablemente jamás podamos volver a ver el mundo como lo vieron nuestros antepasados. Tres siglos de secularización han dejado su huella. Pero tal vez sí sea posible volver a pensar las cosas «como si Dios exis­tiera». Tal vez entonces todo empiece a cobrar otra vez sentido. Y los funda­mentos para eso se hallarán en este nuevo libro de Paloma Hernández.

INTRODUCCIÓN

Vivimos en una época que gusta presentarse como la más racional, científica y emancipada de toda la historia. Se nos repite insistentemente que hemos dejado atrás las supersticiones religiosas y que el progreso consiste en la ampliación constante de derechos individuales y en el perfeccionamiento de las instituciones democráticas. Sin embargo, pese a que esté muy extendida la creencia de que nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas ya no operan con entidades metafísicas, tales como Dios o la verdad, lo cierto es que sí lo hacen. Lejos de haber desaparecido, las ideas metafísicas continúan organizando la vida de nuestras sociedades, son abundantísimas, y se pre­sentan a sí mismas como absolutas y revestidas de los mismos atributos que antes se reservaban a Dios o a la verdad.

Todo orden político necesita una nematología, es decir, un entramado de ideas, valores, símbolos, mitos, creencias y doctrinas que legitimen su poder. Esto significa que, para poder llevar a cabo determinados planes y programas políticos y geopolíticos, estos tienen que ir acompañados de un conjunto de teorías-ficción, un entramado ideológico que justifique las acciones y deci­siones de los gobernantes. Desde la perspectiva católica, la reflexión alcanza una profundidad extraordinaria, dado que, si la comunidad política elimina a Dios como principio ordenador de la vida colectiva, será cualquier realidad mundana lo que termine ocupando el lugar de lo absoluto: la democracia, la naturaleza, el bienestar, la raza, el mercado, la identidad o incluso el indivi­duo autónomo.

Desde esta perspectiva, la crisis actual adquiere una magnitud mucho mayor que la de un simple cambio de leyes o de instituciones políticas, eco­ nómicas o culturales. Se trata de una crisis de civilización, cuyas raíces se hunden en la misma rebelión que atraviesa toda la historia de la salvación: la tentación del Génesis de «Seréis como dioses»; la soberbia de Babel, que pretende alcanzar el cielo por sus propias fuerzas; y la desobediencia del rey Saúl, que antepone su propia gloria a la obediencia debida a Dios. En todos los casos se repite el mismo patrón: el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y convertir su propia voluntad en la medida última de la realidad. El problema aparece cuando cualquier forma de poder deja de reconocerse sometido a un orden objetivo y comienza a presentarse como creador de ese mismo orden. Es entonces cuando reaparece Babel.

En nuestros días, el régimen liberal-progresista pretende decidir qué es el matrimonio, qué es la familia, qué es un padre, qué es la vida, qué es la muerte, qué es el hombre, qué es la mujer, qué es la verdad, qué es la justicia y, en definitiva, qué es el bien y qué es el mal. En otras palabras, vuelve a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Desde esta perspec­tiva puede comprenderse con mayor profundidad la doctrina tradicional del Reinado Social de Cristo, que no constituye un proyecto de poder teocrático, sino que expresa que toda sociedad necesita reconocer un principio común y superior a sí misma si quiere evitar que el poder político termine con­virtiéndose en una tiranía. La doctrina del Reinado Social de Cristo Rey no destruye ni niega la legitimidad de las instituciones políticas, cuya necesidad histórica reconoce, sino que salva al poder temporal -a la política- de con­vertirse precisamente en idolatría.

La novedad de la modernidad revolucionaria no reside en que existan go­bernantes impíos o persecuciones contra la religión, pues eso ha ocurrido en otros momentos de la historia. Lo verdaderamente singular es la pretensión de edificar un orden social, moral y político que se fundamente explícita­ mente al margen de Dios, e incluso contra Dios, haciendo de la autonomía absoluta del hombre el principio rector de la vida pública. Por primera vez, la negación de toda referencia trascendente deja de ser una actitud personal o circunstancial para convertirse en el fundamento mismo de un proyecto de civilización. Para comprender esta deriva será necesario identificar el subje­tivismo como uno de los principales vicios del pensamiento contemporáneo. 

En buena medida, los errores de nuestro tiempo nacen de la tendencia a convertir las percepciones, emociones o preferencias individuales en criterio último de verdad. Este vicio, disloque o distorsión condiciona la forma de ra­zonar y, por tanto, la forma misma de interpretar el mundo y sus fenómenos. Nos referimos a la propensión a situar la subjetividad -la vida interior del individuo, sus emociones, deseos y estados psicológicos- como centro de la comprensión de la realidad. Desde esta perspectiva, la experiencia subjetiva se erige en criterio supremo de verdad y de legitimidad, de modo que las instituciones tradicionales -la familia, la escuela, la Iglesia o el Estado-­ pasan a contemplarse principalmente como estructuras de las que el indivi­duo debe emanciparse para realizar plenamente su libertad.

Esta tendencia venía gestándose desde siglos atrás. Con el nominalismo comienza un proceso de disolución de los fundamentos sobre los que des­ cansaba la filosofía jurídico-política que había configurado el régimen civi­lizatorio de la Cristiandad. A partir de entonces, la realidad fue dejando de entenderse como un orden objetivo e inteligible para pasar a depender cada vez más de la conciencia y de la voluntad del sujeto, hasta quedar reducida, en último término, a sus percepciones subjetivas.

El subjetivismo feroz de nuestros días, unido al rechazo a las tradiciones propias, derivará hacia una concepción psicologista de la existencia. La búsqueda de la trascendencia y de la salvación no desaparecerá, sino que em­pezará a ser entendida como el cultivo del individuo egoiforme, del narciso, quien de forma obsesiva se embarcará en el inagotable proyecto del autoco­nocimiento y de la autodeterminación, tratando de detectar, «deconstruir» y combatir toda suerte de presuntos traumas y opresiones que le acecharían por todas partes. Estos individuos flotantes, desnortados, precisarán cons­tantemente de la orientación y guía «espiritual» de costosos psicólogos, de exóticos maestros ayahuasqueros, de todo tipo de terapéuticas anticientíficas y de gurús ideológicos.

Por razones históricas, la Iglesia católica de nuestros días ya no es la Igle­sia católica regida por la teología tomista, donde el sacerdote atesoraba dos mil años de sabiduría y cumplía de forma gratuita su función como padre espiritual, uno de cuyos cometidos consistía en destruir, precisamente, el principio subjetivista del individuo, esa inercia enfermiza a expansionarse en pensamientos obsesivos y autorreferenciales. Como dirá Chesterton, las máximas del mundo moderno no eran más que las antiguas virtudes cristia­nas desquiciadas, o sea, sacadas de su quicio, separadas de su fundamento, que no era otro sino la fe en el Dios Uno y Trino, ahora sustituido por el «yo interior», el fuero interno de la conciencia.

Los predicadores del liberal-progresismo dan por supuesto que, en nom­bre de la «Razón», la «Libertad» y el «Progreso», es necesario abolir cualquier vestigio de culto religioso porque las religiones son instrumentos del poder para mantener el control sobre las masas. Como mucho, las tradiciones reli­giosas serán toleradas como meras manifestaciones culturales, siempre que renuncien a toda pretensión de orientar la vida moral o el orden político y acepten quedar relegadas al ámbito estrictamente privado.

Nuestro propósito en este libro consistirá en estudiar las ideas que han hecho posible la crisis civilizacional que vivimos. Porque las leyes, reformas educativas o transformaciones sociales no son ideológicamente neutras, sino que aparecen siempre justificadas filosóficamente por una determinada idea del hombre, de la libertad, de la autoridad, de la familia, del Estado y del bien común.

Desde esta perspectiva, sostendremos que buena parte de las transfor­maciones experimentadas por Occidente durante los últimos siglos solo pueden comprenderse reconstruyendo el itinerario que conduce desde de­ terminadas rupturas filosóficas y teológicas de la Baja Edad Media y el pro­testantismo hasta las corrientes liberal-progresistas contemporáneas. No se trata de establecer relaciones mecánicas de causa y efecto ni de reducir la historia a una única explicación, sino demostrar cómo ciertas concepciones acerca de la naturaleza humana, la libertad, la verdad o la autoridad han ido modificándose progresivamente hasta configurar el horizonte disolvente en el que hoy vivimos.

Una de las tesis que recorrerá estas páginas es que la secularización no ha eliminado la dimensión metafísica de la política. Lo sagrado no ha desapare­cido, sino que se ha desplazado de lugar. Lo que ha cambiado son los objetos de la sacralización. Allí donde antes Dios constituía el fundamento último del orden moral y político, hoy encontramos nuevas realidades elevadas a la condición de absolutos: el individuo autónomo, la identidad, el mercado, el Estado, el progreso, la democracia, la ciencia o determinados discursos sobre los derechos humanos. Surgen, entonces, dos problemas: 
el primero es que esas nuevas ideas sacralizadas se presentan como verdades indiscuti­bles, inmunes a toda crítica y revestidas de una autoridad semejante a la que antes se atribuía a los dogmas religiosos. 
La segunda consecuencia es aún más grave, porque mientras Dios opera como principio ordenador del Todo, funcionando como parámetro compartido, colectivo, común a todos los miembros de la sociedad política, un parámetro trascendente, supraindivi­dual, situado por encima de los intereses particulares de individuos, grupos, gremios, partidos políticos, clases sociales, etc., los mitos liberal-progresistas son disolventes, fraccionadores de la realidad social y política.

Desde la perspectiva católica, esta transformación adquiere una profun­didad todavía mayor porque cuando el hombre ocupa el lugar que anterior­ mente correspondía a Dios, reaparece la vieja tentación del Génesis: decidir por sí mismo qué es el bien y qué es el mal. Es entonces cuando todo se frag­menta, se relativiza y se disuelve en un entramado de intereses particulares y rupturistas. La crisis contemporánea deja entonces de ser exclusivamente política para convertirse también en una crisis antropológica y civilizacional: de la muerte de Dios a la muerte del hombre.

El lector no encontrará aquí una simple denuncia de los males de nuestro tiempo ni una nostalgia estéril por el pasado. Encontrará, sobre todo, una in­vitación a pensar filosóficamente los presupuestos ideológicos que dominan nuestra época, porque comprender las ideas que la sustentan es el primer paso para comprender el mundo en que vivimos y, a partir de ahí, poder reac­cionar con inteligencia, prudencia y esperanza.


¿Por qué un libro titulado De la muerte de Dios a la muerte del hombre?

Porque quería subrayar que la crisis contemporánea no es solo existencial, psicológica, moral o política. Es una crisis antropológica y civilizacional: si borras a Dios destruyes también al hombre. El título describe un proceso histórico que se inició hace unos 250 años y que supuso el paso del orden histórico-político de la Cristiandad a un régimen progresivamente secularizado, en el que Dios y la religión fueron desplazados del centro de la sociedad y de la política. Se trataba de construir una sociedad sin Dios, o mejor dicho, contra Dios… contra el Dios de los católicos, para ser exactos.
Evidentemente, Dios no muere porque el hombre deje de creer en Él. La «muerte de Dios» significa su expulsión del horizonte público y, finalmente, de la propia comprensión del ser humano. José Javier Esparza lo explica con precisión en el prólogo que ha escrito para el libro: «Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento (…) Nuestra civilización, la civilización occidental moderna, borró a Dios (lo “mató”) y puso en su lugar al hombre con su razón universal».
Primero se destronó a Dios para coronar al hombre y después se declaró que el propio hombre era una construcción cultural modificable. Por eso el libro sostiene que ambas muertes están relacionadas: «sin el Creador, la criatura desaparece». Al perder a Dios, el hombre no se ha encontrado a sí mismo; más bien se ha perdido, se ha quedado sin saber quién es y cómo debe vivir.

¿Cuál es su propósito con este libro?

Mi principal objetivo era responder a la pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí y también ofrecer un camino para iniciar la reacción y la reconstrucción. Un camino accesible a todo el mundo, por cierto, porque debo advertir que en el libro hay teología y filosofía, pero que no se trata de un ensayo reservado únicamente a especialistas en teología o en filosofía. Todo lo contrario, está escrito para que cualquier persona pueda entender las conexiones que van desde el Génesis hasta la misión de san Pablo; desde el reinado del rey David hasta la monarquía temperada del Imperio español, pasando por el Imperio romano, el Anticristo de san Juan, el katéchon de san Pablo y la doctrina del Reinado Social de Cristo. También abordo el hilo que va de Lutero al krausismo, así como la ofensiva modernista contra el cristianismo, los fundamentos de la francmasonería, el proceso de folclorización de la fe o la papolatría, tan en boga hoy en día.
El caso es que hoy día muchos viven convencidos de que la religión es un lastre y que había que eliminarla para así alcanzar por fin la plenitud, pero esa es la gran mentira de la modernidad: creer que no necesitábamos a Dios, que el borrado de Dios nos haría definitivamente libres y felices. Pero resulta que el individuo se encuentra hoy más aislado, desarraigado, desesperanzado y desorientado que nunca, incapaz incluso de entender que ahora está más sometido y tiranizado que hace trescientos años.

Lo que estamos comprobando hoy día en España y en todas las regiones del mundo que conformaron o fueron herederas del régimen de la Cristiandad es que cuando se elimina a Dios como principio ordenador de la realidad, las consecuencias alcanzan a todos los órdenes de la vida… todo se disuelve, se rompe, se destruye… la moral, la familia, la educación, la economía, la sociedad y también, por supuesto, la política. Europa se construyó desde coordenadas cristianas y una civilización no puede borrar su fundamento sin que todo el edificio termine resquebrajándose. Más teniendo en cuenta que uno de los peligros más inmediatos es el crecimiento de una ideología político-religiosa llamada islam.

Antes ha hablado del peligro de la papolatría, ¿cómo definiría usted ese fenómeno?

Bueno, la papolatría comienza cuando la autoridad pretende ocupar el lugar que corresponde a la Verdad. Es decir, cuando se actúa como si una afirmación fuese verdadera simplemente porque procede de una autoridad eclesiástica, y no porque esa autoridad esté custodiando y transmitiendo fielmente la Verdad revelada por Cristo. La autoridad del papa no es absoluta ni creadora, sino que está al servicio de la Revelación, de la Tradición y de la misión recibida por la Iglesia. Y nuestra función, como la de san Juan Bautista, es señalar a Cristo y decir: «Este es el Cordero de Dios». Esa es la misión de la Iglesia militante, señalar a Cristo.
Hoy día hay mucha confusión interesada sobre estos temas, pero la tradición católica ha dejado siempre muy claro que la dignidad del cargo eclesiástico no garantiza por sí sola la santidad personal. Toda autoridad humana, también la más elevada dentro de la Iglesia, permanece sometida al juicio de Cristo, único Señor y Cabeza de la Iglesia. De ahí que la veneración hacia el ministerio petrino nunca implicara la divinización de la persona del papa ni la identificación automática de todas sus decisiones con la verdad revelada.

Hoy día, sin embargo, pocos saben que un católico puede criticar ciertas ideas, decisiones o conductas de un papa, sin incurrir por ello en desobediencia. La crítica se puede y se debe hacer, aunque siempre desde la caridad, el respeto y la fidelidad a la Iglesia, es decir, sin cuestionar la institución del papado ni la autoridad del papa como sucesor de san Pedro. Y Pedro era una persona de carne y hueso, no necesariamente santa ni impecable. El papa es el sucesor de Pedro, no el sucesor de Cristo. Cristo continúa siendo Cabeza de la Iglesia, de manera que toda autoridad eclesiástica permanece subordinada a Él. Esto significa que la autoridad del papa es vicaria y ministerial, por lo que su misión consiste precisamente en servir a una Verdad que no le pertenece y que no puede cambiar de forma caprichosa o voluntarista para adaptarse al mundo.

¿Por qué las ideas que pretendieron destronar a Dios son las mismas que amenazan hoy con acabar con el hombre? ¿Cuáles son estas ideas?

Porque esas ideas parten de un mismo error: considerar al hombre un ser autosuficiente, capaz de darse a sí mismo su naturaleza, su verdad y su ley moral. Es la vieja tentación del Génesis: «Seréis como dioses». Es decir: proclamaos soberanos absolutos y podréis decidir por vosotros mismos qué es el bien y qué es el mal. Ese es también el principio que impulsa la ideología laicista: negar el Reinado Social de Cristo, expulsar a Dios de la vida pública y recluirlo en el fuero interno de la conciencia individual.
Entre esas ideas encontramos el voluntarismo, el subjetivismo, el individualismo, el relativismo moral, el fundamentalismo científico, el mito del progreso indefinido, la felicidad canalla o la consideración de la libertad como pura autodeterminación. Todas ellas confluyen en la pretensión de que el hombre no recibe una naturaleza, sino que la construye mediante su voluntad.
Pero el mismo principio que prometía liberar al hombre permite ahora afirmar que el cuerpo carece de significado, que la diferencia sexual es una construcción social, que una vida enferma puede dejar de ser digna, que el aborto libre es un «derecho humano» que los Estados están obligados a brindar constitucionalmente, que la familia es una institución opresora, que la maternidad es una «injusticia biológica» o que el ser humano es débil y defectuoso y debe ser superado tecnológicamente. Lo que vemos es que las ideologías que proclamaron la soberanía absoluta del hombre han terminado convirtiéndolo en material disponible y fungible para el Estado, el mercado y la tecnología.

Desde los inicios de la modernidad, ha persistido la seductora idea de que es posible construir una sociedad perfecta, libre de sufrimiento y de conflictos. ¿Por qué se desatan estas utopías tras la ruptura del régimen de la Cristiandad?

Porque el catolicismo siempre ha mantenido una perspectiva realista sobre la condición humana y sobre la naturaleza del mundo, una visión que mantuvo a las sociedades católicas a salvo de idealismos pánfilos y de aspiraciones irrealizables. Si rompes el orden de la Cristiandad, consigues derribar el dique que frenaba la expansión de todo ese tipo de irracionalismos.
Diversos socialismos, los utópicos, los marxistas, también ciertas visiones liberales, los anarquistas, el feminismo en cualquiera de sus corrientes, filosofías propias de la Ilustración, el krausismo, la paz perpetua kantiana, el fundamentalismo democrático, también el globalismo oficial, el humanismo metafísico de nuestros días, etc., todas estas corrientes se presentan como ideologías salvíficas. En nuestros días, los autotitulados progresistas han asimilado estas funciones soteriológicas, mesiánicas, razón por la que se presentan como los nuevos redentores de la humanidad: la sociedad perfecta es posible y sólo nosotros sabemos cómo construirla, ¡vótanos!

Y entonces llega el transhumanismo, que da un paso más allá…

Exacto, el proyecto de comprender al «Hombre por el Hombre», y no «desde Dios», también ha dado lugar al peligroso proyecto del transhumanismo: ya no se trata de construir una sociedad perfecta, sino de crear al hombre perfecto. Gracias a la biotecnología, dicen, podemos transformar la imperfecta naturaleza humana en una naturaleza superior: aumentaremos la inteligencia, eliminaremos el sufrimiento, prolongaremos la vida e incluso venceremos la muerte… La clave es entender que la ideología transhumanista interpreta la imperfección humana como un fallo técnico, susceptible de corrección.
Para confrontar esa aberración aparece la Verdad de la teología católica, que sostiene que el mal tiene una dimensión moral y espiritual y que no puede eliminarse solo con tecnología. La perspectiva católica devuelve las cosas a su quicio, pone orden en toda esta confusión… En primer lugar, el catolicismo advierte que el problema fundamental del hombre no es su limitación biológica, sino la desorientación de su voluntad. Por eso, la solución no es huir del sufrimiento, sino integrarlo en una vida de amor, donde la libertad no se pierde, sino que alcanza su plenitud a través de la gracia, la vida moral y el ejercicio de la virtud.

En segundo lugar, desde la visión católica podemos entender con claridad que el transhumanismo representa un intento de salvación inmanente, una salvación sin Dios que, aseguran, podríamos llevar a cabo los hombres aquí en la Tierra solo con nuestras fuerzas. Pero no olvidemos que esta búsqueda de una redención sin trascendencia es el error de la Torre de Babel… En realidad, nuestras sociedades descristianizadas son la Torre de Babel 2.0… Además, según el transhumanismo solo se salvarían los elegidos, no todos los hombres. No hay que olvidar que la ideología transhumanista cuenta con numerosos apoyos en el sector tecnológico y financiero internacional, y que cuando hablan de generar seres «aumentados», perfeccionados, no están pensando en proveer a toda la humanidad de esas «bondades», sino únicamente a los «elegidos» que puedan pagarla.

¿Cuáles han sido las principales revoluciones que han desencadenado la decadencia de Occidente desde la Cristiandad medieval hasta la posmodernidad?

Bueno, en el libro no planteo una sucesión mecánica en la que cada acontecimiento produzca necesariamente el siguiente, pero sí existe una genealogía filosófica. El primer gran quebrantamiento aparece en la Baja Edad Media con el nominalismo y el voluntarismo, que debilitan la comprensión de la realidad como un orden objetivo e inteligible. Después llega la revolución protestante. El libre examen rompe la unidad religiosa de la Cristiandad, subjetiviza la fe y prepara su progresiva reducción a un asunto privado… el individuo se comunicaría directamente con Dios y para nada necesitaría a los curas ni a la Iglesia ni los sacramentos ni nada de nada más que su fe y su sentimiento. Ese es el gravísimo error luterano que, lamentablemente, está ahora penetrando en amplios sectores católicos… Jamás en la historia de España había habido una apostasía tal generalizada de la misa y de los sacramentos.

Pero bueno, tras Lutero aparece la Ilustración, que desplaza la soberanía de Dios hacia una Razón humana abstracta, mientras que la Revolución francesa intenta traducir esa ruptura al orden político mediante la destrucción del trono y del altar. Las revoluciones liberales del siglo XIX profundizan en la secularización del Estado, la educación y la sociedad. Posteriormente, el marxismo convierte la política en un proyecto de redención terrenal y presenta la religión como una forma de alienación. Finalmente, la revolución cultural y sexual del siglo XX dirige el combate contra la familia, la autoridad, la moral sexual y la propia naturaleza humana. La posmodernidad culmina el proceso: ya no se limita a negar a Dios, sino que niega también la verdad y la propia naturaleza del hombre y de la sociedad. Y así llegamos hasta nuestros días.

El problema es que hemos borrado de nuestra brújula el norte verdadero, que es Dios. Y ya sabemos qué ocurre cuando acercamos un imán a una brújula: la aguja no deja necesariamente de señalar una dirección, sino que empieza a señalar un norte falso. Eso es precisamente lo que hacen las ideologías. Una vez retirado Dios como principio ordenador, cualquier ideología basura que disponga de suficiente poder político, económico y mediático puede imantar la brújula de una sociedad, falsear su sentido de la orientación y convencer a millones de personas de que caminar hacia el precipicio es avanzar en la dirección del progreso.

¿Cómo luchan las ideologías por suplantar los grandes ideales de la fe católica?

Haciendo una sustitución. Las ideologías modernas no han eliminado la necesidad humana de creer, esperar y encontrar una salvación. Lo que han hecho es secularizar esas aspiraciones y dirigirlas hacia nuevos objetos. Tampoco han destruido el sentido de lo sagrado, lo que se ha producido ha sido un desplazamiento: se han desacralizado unas cosas y se han sacralizado otras. La fe en Dios ha sido sustituida por la fe en el progreso, en la ciencia, en la democracia o en el Estado; la esperanza en la vida eterna ha sido sustituida por la promesa de una sociedad perfecta o de un hombre perfecto; las virtudes cristianas, por un conjunto de buenos sentimientos; la caridad cristiana, por un sentimentalismo humanitario que habla constantemente de solidaridad, pero prescinde de la Verdad, de la Justicia y del Bien.
También se sustituye el Bien por el bienestar, el pecado por la opresión social o la gracia por la terapia, el entretenimiento o el asistencialismo estatal. Todos son desplazamientos y sustituciones. El resultado son doctrinas políticas con estructura religiosa: el liberal-progresismo, por ejemplo, tiene dogmas que no pueden discutirse, pecados ideológicos, inquisidores, herejes, rituales públicos y, sobre todo, promesas de salvación. El liberal-progresismo es una ideología mesiánica cuyos voceros se autopresentan como los nuevos redentores de la humanidad y de la pachamama.

Por eso sostengo que nuestras sociedades no son verdaderamente posmetafísicas. No han dejado de sacralizar; simplemente han cambiado de dioses… se han paganizado. La democracia, la identidad, el mercado, la naturaleza, el bienestar o los derechos individuales ocupan ahora el lugar de lo absoluto. Pero son falsos absolutos porque no ordenan el conjunto, no responden al Bien Común, sino a los particularismos, por lo que finalmente terminan enfrentando, fragmentando y disolviendo la sociedad.

¿Por qué el transhumanismo no es más que una continuación de los viejos mitos de Prometeo o de Frankenstein?

Exactamente, recordemos que Prometeo representa la voluntad de arrebatar a los dioses un poder reservado al ámbito divino. Frankenstein, cuyo subtítulo es precisamente El moderno Prometeo, presenta a ese hombre que pretende producir vida mediante la técnica, pero que finalmente se muestra incapaz de gobernar moralmente aquello que ha creado. El transhumanismo reproduce esa misma tentación. Ya no propone únicamente curar enfermedades o aliviar padecimientos, objetivos perfectamente legítimos, sino rediseñar la naturaleza humana, como decíamos antes.

Por eso es tan importante entender la diferencia que hay entre medicina y transhumanismo. La medicina trata de restaurar la naturaleza humana cuando está dañada; el transhumanismo considera esa propia naturaleza un defecto que debe ser superado. Ya no acepta al hombre como criatura, sino como materia prima de un proyecto tecnológico. Es una nueva promesa de salvación, pero una salvación inmanente, sin Dios y reservada únicamente a quienes puedan pagarla. Es toda una impostura… el hombre pretende emanciparse de dios para convertirse en creador de sí mismo, pero termina fabricando una criatura sometida como nunca antes a los poderes tecnológicos, financieros y políticos que controlan ese proceso.

¿Por qué no tiene ningún sentido que la criatura se rebele contra un Creador todopoderoso que la va a juzgar?

Porque la criatura no existe por sí misma, el hombre no es causa sui. Todo cuanto posee —la vida, la inteligencia, la libertad y la capacidad de obrar— lo ha recibido de Dios. Rebelarse contra Él es utilizar los dones recibidos para negar la fuente misma de esos dones. Obedecer a Dios significa confiar —tener fe— y ordenar nuestra vida conforme a la verdad de lo que somos. El problema es que nuestra rebelión no perjudica a Dios ni amenaza su soberanía. Quien resulta destruido es el propio hombre, como el sarmiento que pretende vivir separado de la vid. En eso consiste la tragedia del pecado: la criatura quiere alcanzar su plenitud separándose de quien constituye precisamente su principio y su fin. Dios permite esa rebelión porque creó al hombre libre, pero la libertad no elimina las consecuencias ni el juicio. Podemos rechazar el orden de Dios, pero no podemos construir una realidad en la que Dios deje de ser Dios, por eso vamos tan desnortados.

Frente al espejismo utópico de un mundo sin dolor, ¿por qué es más actual que nunca la propuesta de Cristo, que con su muerte en la cruz da un sentido profundo al dolor?

Porque el proceso de descristianización ha generado una sociedad sin referentes ejemplares: vidas modélicas de personas que enseñen que el sufrimiento forma parte de la vida y que, lejos de evitarlo a toda costa, es necesario dotarlo de sentido y dignidad. Porque de lo que se trata, en suma, es de dignificar esa vida humana doliente. Jesús de Nazaret es el mayor ejemplo que tenemos: una persona que soporta el escarnio, la traición, el abandono, la incomprensión, las tentaciones más duras, un extremo sufrimiento físico y moral, calumnias, etc., pero que se sobrepone, aguantando con fortaleza y perseverando hasta el final por una causa que trasciende su propia vida. Cristo, crucificado, se sacrifica por algo que está por encima de Él mismo: el Amor al Padre. Esa idea está desapareciendo, la idea de que en la vida unas veces vienen bien dadas y otras mal dadas, y que en el momento en que las cosas vienen mal dadas hay que ejercitar la fortaleza. Cristo no promete una existencia sin dolor, sino que entra en el sufrimiento humano, lo asume y lo transforma. En la Cruz, el dolor deja de ser únicamente una desgracia absurda y puede convertirse en entrega, amor, sacrificio y redención.

Esto no significa glorificar el sufrimiento ni dejar de combatir la enfermedad, la pobreza o la injusticia. El cristianismo nunca ha dicho que debamos buscar el dolor por sí mismo. Lo que afirma es que, cuando el sufrimiento inevitablemente llega, no destruye la dignidad ni vuelve inútil la vida. Unido a Cristo, puede adquirir un sentido sobrenatural. Las utopías modernas prometen eliminar el sufrimiento mediante la política, la psicología, la tecnología o el consumo. Pero, cuando no pueden eliminarlo, terminan eliminando al que sufre. Ahí están la eutanasia, el aborto e incluso ciertos proyectos transhumanistas. La Cruz ofrece una respuesta radicalmente distinta: no te dice que tu vida carezca de valor porque sufras, sino que Dios mismo ha entrado en tu dolor y puede transformarlo.

¿Por qué está en juego la dignidad del hombre y su vocación dentro del plan de Dios?

Porque estamos enfrentando dos ideas radicalmente distintas del ser humano, incompatibles entre sí. Para la antropología contemporánea, el hombre debe convertirse en un individuo autónomo que pertenece únicamente a sí mismo y cuyo valor depende de su voluntad, su salud, su productividad o su capacidad para disfrutar, consumir y votar. Para el catolicismo, en cambio, el hombre es criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza, dotado de razón y libertad y llamado a convertirse, mediante la gracia, en hijo adoptivo de Dios. Su dignidad no depende de que esté sano, sea autónomo, resulte útil o pueda colmar todos sus deseos. La posee desde su concepción hasta su muerte natural.
Por eso está en juego mucho más que un debate cultural. Está en juego la propia idea de hombre, porque de eso dependerá que cualquiera pueda ser descartado si no cumple ciertas exigencias sociales, biológicas o ideológicas. Pero sobre todo está en juego la vocación sobrenatural del ser humano. El hombre no está llamado a convertirse técnicamente en una criatura superior, como promete el transhumanismo; está llamado a participar de la vida divina.

¿Cómo, a raíz de su conversión, comprende más profundamente el misterio del hombre y su relación con Dios?

Mi conversión me permitió comprender que el hombre no puede explicarse completamente desde la política, la sociología, la psicología, la filosofía o la biología. Todas estas disciplinas iluminan aspectos verdaderos, pero parciales. La razón natural no alcanza por sí sola. Cristo no solo revela quién es Dios: también revela la verdadera naturaleza del hombre: quién es realmente, cuál es su herida, cuál es su dignidad y para qué ha sido creado. La conversión, en mi caso particular, tiene que ver con el entendimiento: entender los límites de la razón humana, los peligros del exceso de mundanización, el sentido de la vida y de la historia… Tiene que ver, en definitiva, con una suerte de comprensión de la estructura que lo ordena todo… con un asentimiento ante el principio que ordena la voluntad, la vida familiar, la política, la economía, las artes, la educación, etc. Tiene que ver con la certeza de que Dios es necesario.

¿Por qué merece la pena leer el libro?

Porque no es simplemente un catálogo de quejas contra la modernidad. Tampoco propongo una nostalgia estéril por el pasado, sino una invitación a comprender las ideas que gobiernan nuestro presente y una guía para reaccionar frente a ellas con inteligencia y con propósito, de forma realista, sin triunfalismos ni derrotismos.
Muchas personas perciben que algo no funciona: el triunfo del narciso, el individualismo estrecho, el nihilismo político, la conversión del Estado en policía de la conciencia, la destrucción del individuo desde el sistema educativo, la pérdida de autoridad de padres y maestros, la desmaternalización de las mujeres, la feminización de los hombres, la desintegración de la familia, la soledad, la eutanasia, el aborto, el abandono de la patria, la sentimentalización de la fe, el neopaganismo, la infantilización de la sociedad, el victimismo constante… Muchos lo ven, pero contemplan estos fenómenos como problemas separados. El libro muestra que están relacionados porque proceden de una determinada idea de Dios, del hombre, de la libertad, del cuerpo, de la verdad, de la política y del bien.

Además, el libro culmina con un último apartado que he llamado «Del desorden al orden» porque no basta con diagnosticar la enfermedad: en la medida de lo posible hay que intentar curarla. La crítica radical no sirve de nada si no va acompañada de una reacción posible, inteligente y eficaz, capaz de reconstruir la vida moral, social y política. Primero hay que reconocer los errores, comprender sus causas y medir sus consecuencias; después, hay que recuperar un principio de orden. No basta con criticar y triturar, hay que poder reconstruir. Así que el libro ofrece una respuesta: el camino del desorden al orden continúa abierto y todos podemos actuar, no es una tarea que debamos confiar únicamente en los políticos.

Por Javier Navascués

 
El Sagrado Corazón contra el mundo moderno con J. Barraycoa. FORJA 367



"SAGRADO CORAZÓN" | TRAILER OFICIAL ESPAÑOL

sábado, 26 de septiembre de 2026

LIBRO "HIJOS DE ESPAÑA": VIDAS Y LEGADOS APASIONANTES DE LOS GRANDES PERSONAJES DE NUESTRA HISTORIA NACIONAL por ANTONIO PÉREZ HENARES


HIJOS DE ESPAÑA

VIDAS Y LEGADOS APASIONANTES DE LOS 
GRANDES PERSONAJES DE NUESTRA HISTORIA

LA EPOPEYA HUMANA QUE PONE NOMBRE A QUIENES CONSTRUYERON NUESTRO PAÍS

ANTES DE SER NACIÓN, ESPAÑA FUE LA CUNA DE HOMBRES Y MUJERES EXTRAORDINARIOS
De los cazadores de Atapuerca a los héroes de la Reconquista; de los emperadores hispanos que gobernaron Roma a los exploradores que ensancharon los límites del mundo. Este libro recorre miles de años de historia a través de las vidas de quienes forjaron el carácter, la memoria y el destino de España.
Antonio Pérez Henares reúne a personajes célebres y olvidados, admirados y controvertidos, para ofrecernos un apasionante viaje por nuestro pasado. Descubriremos a la hija de los neandertales, al primer hombre que cruzó el Amazonas, a una reina enfrentada a su propio marido o al soldado que, tuerto, manco y cojo, hizo huir a la mayor flota enviada jamás por Inglaterra.
Anécdotas sorprendentes, gestas inolvidables y semblanzas llenas de vida componen esta gran epopeya humana que pone nombre y rostro a quienes construyeron nuestro legado.
Con su inconfundible pulso narrativo, Pérez Henares convierte la historia en una aventura fascinante y nos invita a comprender mejor quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.
«El problema de los españoles es que desprecian la historia porque no la conocen. Si la conociéramos, estaríamos orgullosos de ella».
1
Miguelón

El cráneo más famoso de la prehistoria

El cómo le llamaron los suyos, seguro que no era así, pero cuando Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez Mendizábal dieron con su cráneo unos cuatrocientos mil años después de muerto, en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca, Miguel Induráin ganaba siempre el Tour de Francia. Así que el grupo de paleoantropólogos, que aunque no se lo crean son gente muy ocurrente y divertida, decidió ponerle Miguelón en honor al ciclista navarro, al que también apodaban así cariñosamente. Bautizado quedó, y como Miguelón ha alcanzado la fama y entrado en la historia. En la prehistoria, mejor dicho, en tiempos paleolíticos.

Por aquel entonces, a finales del siglo pasado, creyeron y nos dijeron que este personaje con el que me he decidido a abrir la serie de Hijos de España era el humano más antiguo, del género Homo ya, que había andado por aquí. Hoy nuevos descubrimientos allí mismo han demostrado que antes que él resulta que hubo otros, más viejos aún —Eudald Carbonell y Bermúdez de Castro, sus padrinos, me corregirán si me equivoco—, que sobrepasan el millón de años. Parece que puedan ser descendientes de aquel Homo erectus que salió de África hace unos dos millones de años o algo así. Perdonen que sea tan ambiguo con las cifras, pero en esta disciplina paleoantropológica es lo que hay, y con ello hay que trillar: unas decenas o unas centenas de miles de años es un aceptable margen de error. Ya se irá aquilatando el asunto, pero de ellos ya sabemos alguna cosa más y no sé si apta para espíritus sensibles. Eran caníbales y los restos encontrados son los restos de un festín. Una cosa muy desagradable… Antepasados son, pero podemos argüir que muy muy lejanos, y quizá de otra rama, pero tampoco hay que ponerse estupendos, pues cuando el hambre aprieta y la cosa va de vida o muerte, la «costumbre» de comerse al prójimo vuelve a aparecer, ya sea en nuestra península o en los Andes, pero ahí está.

A Miguelón y a sus compañeros encontrados en la Sima de los Huesos no se los comió ningún congénere y podemos pensar que ellos tampoco se comieron a ningún primo suyo. Saquémosle a la luz y conozcámosle junto con toda su familia, tras pasarse todos tanto tiempo bajo tierra. Miguelón es uno de los más de una treintena de cuerpos de preneandertales que fueron depositados por sus congéneres en la famosa Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, en uno de sus yacimientos más señeros y renombrados del mundo, y lugar de peregrinaje de los científicos que investigan el origen y la evolución de la especie humana.
Los de aquella «tribu» de Homo heidelbergensis ya nos tocan bastante, aunque se extinguieran, porque sus sucesores, los neandertales, que también acabaron por desaparecer, ya se mezclaron con nosotros, y nos ha quedado un algo suyo como herencia genética. Parentesco, y no tan lejano, tenemos.

Miguelón no era de los más viejos que fueron a parar al lugar, andaba por los treinta y cinco años, según los cálculos hechos por el desgaste de sus piezas dentales, que ya era bastante. No era el más robusto, había alguna osamenta claramente más poderosa, como la de un tal Agamenón, pero el encontrar su cráneo al completo y encima la colección de sus vértebras cervicales le llevó a la fama, con un factor añadido: el comprobar que un terrible golpe había hecho un gran daño en el lado izquierdo de su cara, que le había producido una infección que afectó a mandíbula y raíz dental, que le produjo la muerte, que debió de ser en extremo dolorosa.

Qué o quién —animal, accidente u otro congénere— le provocó la herida no lo podemos saber aún, aunque están en ello, pero sí conocemos el porte de la familia, con edades comprendidas entre los cinco años y los cerca de cuarenta del más anciano, cómo eran físicamente, de qué se alimentaban y que según parece algún tipo de pensamiento sobre la muerte tenían. En la sima donde acabaron por ser llevados todos, en señal de un indudable respeto y para la protección de sus restos, apareció depositada una hermosa bifaz esmeradamente tallada en cuarcita roja. ¿Una ofrenda? Pues eso parece, dado que las más exigentes investigaciones y análisis demostraron que no había sido usada en ninguna de las tareas para las que el hacha de piedra se empleaba. En otro juego de los suyos, a esta le han puesto Excalibur en honor del rey Arturo.

Aquellos clanes que frecuentaron las grutas de Atapuerca ya tenían variados conocimientos y aptitudes humanas. Tallaban la piedra y buscaban los materiales más adecuados para sus hachas y utensilios de cortar, hendir y raspar; se protegían y vestían, aunque fuera de forma muy tosca, con las pieles de sus presas; conocían el fuego para darse calor y endurecer con él las puntas de sus largas lanzas de pináceas, con las que embestían a los grandes ungulados que eran sus más codiciadas presas.

El clan o la horda, o como llamársele quiera, estaría dotado de ciertas normas y hábitos de relación y conducta, e incluso de una incipiente división de tareas. Los jóvenes y fuertes intentarían obtener las presas más grandes y difíciles, bien por la caza, el carroñeo o disputándosela a otros carnívoros, mientras que mujeres con crías, niños y ancianos se dedicarían más a la caza menuda, la pesca y la recolección de huevos, caracoles, plantas, frutos, bulbos o raíces, que en muchas ocasiones serían el sostén primordial de todos ellos. No todos los días se daba caza a un bisonte, se abatía un megaloceros o se conseguía derribar un gran rinoceronte.

La especie era de buena estatura, se considera que podían sobrepasar con facilidad los 1,70 metros, e incluso 1,80. Eran bastante más anchos de espalda, pecho y caderas que nosotros, siendo los machos más voluminosos y pesados que las hembras, aunque estas tampoco quedaban muy atrás en talla y musculatura. Los varones en la plenitud de sus fuerzas podían alcanzar los cien kilos de peso, en los que no había ni una gota de grasa superflua.
Su dieta era en buena parte carnívora, pero se complementaba con pescado, vegetales y cualquier otro tipo de nutrientes. En resumen, mucho más variada que lo que sería posteriormente en el Neolítico, cuando los humanos se asentaron en lugares fijos, alimentándose casi en exclusiva de lo que obtenían de sus cultivos.

El cerebro de Miguelón ya sobrepasaba los mil cien centímetros cúbicos, y no era el que mayor capacidad tenía dentro de su grupo, pues hay uno que casi alcanza los mil cuatrocientos, que es el equivalente a un sapiens actual.
Su capacidad cognitiva y el hecho de que los cuerpos se depositaran en ese pozo, en la entrada de la cueva, en un lugar al que había que acudir ex profeso, ha llevado a la hipótesis de que había una intencionalidad manifiesta y que quizá aquellos primeros pobladores peninsulares ya se hacían preguntas sobre la vida y la muerte que aún hoy nosotros nos seguimos haciendo.
El cráneo de Miguelón, del que se ha recuperado hasta el más mínimo huesecillo (incluso los del oído medio: martillo, yunque y estribo), nos descubrió una maravillosa capacidad emisora y auditiva. De hecho, podemos afirmar que los sonidos que emitían y con los que se comunicaban no eran como los de los chimpancés, nuestros simios más cercanos, sino más parecidos a los que emitimos y escuchamos nosotros mismos. O sea, que hablaban.

En suma, Miguelón y los suyos ya mostraban una mente simbólica plena y fieramente humana, con sentido de la comunidad y expresiones rituales relacionadas con la muerte.
El Homo sapiens —es decir, nosotros— lleva impresa ese sentido ritual desde el origen mismo de la especie, y sabemos que nuestros primos más cercanos, los neandertales, también.
Ante tales evidencias, ¿vamos a negarles esta faceta de radical humanidad a Miguelón y a los suyos? ¿Vamos a repudiarlos y a negar que forman parte de nuestra familia evolutiva? Desde luego, no seré yo quien lo haga.

2
La niña del Lozoya

La hija de los neandertales

Era una niña neandertal de ojos azules, pelirroja, pecosa y de piel clara, cuyo nacimiento se remonta a unos cuarenta mil años. Sabemos que murió a poco de cumplir los tres años de su corta vida y que su muerte llenó de dolor no solo a su madre, sino a la tribu por entero, que la lloró con desconsuelo. Acompañaron a su pequeño cuerpo inerte con su canto y sus antorchas hasta la sagrada cueva de los ritos.

Allí prendieron sobre su túmulo funerario una hoguera y, una vez consumida, depositaron sobre sus cenizas la mayor de las ofrendas: el gran cuerno de un rinoceronte lanudo que los cazadores lograron capturar con una trampa excavada en su paso hacia el agua del río, rematado con sus lanzones de pino. Cada vez nacían menos niños y el viejo clan moría con cada uno de ellos, y más aún si era hembra.

Sabemos que aquella niña, cuya pérdida tanto afligió a los suyos, nació a orillas del río Lozoya —que es como la han apodado sus descubridores—, en su tramo más alto. El clan se asentaba en un refugio bajo una meseta de piedra desde cuya entrada se domina el círculo de montañas que rodean el valle y se encara la cima de Peñalara. Esta cumbre se yergue como una enorme lanza, con unas nieves que brillan bajo el sol de la misma manera que ellos las verían, y que probablemente les causaban la misma admiración y fascinación que nos producen hoy en día.

El hallazgo de los restos de la niña pelirroja en lo que ahora se denomina el Valle de los Neandertales —en el Alto Lozoya madrileño, dentro del término de Pinilla del Valle— se produjo en 2011 por el equipo que dirigen Juan Luis Arsuaga y Enrique Baquedano. Ambos se sitúan en la élite de la paleoantropología mundial: si el primero es reconocido como una eminencia por sus descubrimientos en Atapuerca, el segundo destaca porque, además de codirigir esta excavación, está al frente de los yacimientos de la garganta de Olduvai en Tanzania, una de las grandes cunas de la humanidad.

Este descubrimiento en la cueva bautizada como la Des-Cubierta, junto con otros abrigos y oquedades vecinos de igual importancia y que conforman todo el yacimiento, se ha convertido en una pieza fundamental que cambia nuestra visión sobre los neandertales. Esta fue la otra especie humana que compartió la Tierra con nosotros, los cromañones, y que terminó por extinguirse, muy posiblemente arrinconada por nuestra propia especie en el sur de la península ibérica, tal como indican los últimos restos neandertales de Zafarraya (Granada) y Gibraltar, de «tan solo» veintiocho mil años de antigüedad.

Lo que los restos, la ofrenda y el sepulcro de la niña del Lozoya —que fue depositada en uno de forma redonda, construido con piedras— rebatieron es la percepción popular que se tuvo sobre los neandertales. Calificar de ser humano incompleto al cromañón que pintó Altamira es tan estúpido como tachar de infrahumanos a los neandertales, quienes eran tan plena y hermosamente humanos como nosotros.

Desarrollaron una importante industria lítica, dominaron el fuego, poseían lenguaje, ocuparon Eurasia entera y establecieron normas de conducta en sus clanes. Asimismo, protegieron a quienes no podían valerse por sí mismos y usaron plantas medicinales —incluyendo el hongo, que es la base de la penicilina—. Además, según las últimas dataciones en cuevas como los Casares (Guadalajara) o El Castillo (Cantabria), algunos grabados que tradicionalmente atribuimos a los cromañones parecen ser anteriores, lo que sugiere que el arte quizá no fue un invento nuestro en exclusiva. En este valle del Alto Lozoya dejaron la prueba, para quien quiera verla, de sus ritos, su espiritualidad y del culto a los muertos, un rasgo propio del único ser en la naturaleza —el ser humano— que ha adquirido la terrible conciencia de que la muerte le espera y le acabará alcanzando.

La Des-Cubierta se abre en el flanco de un afloramiento rocoso, una plataforma pétrea desde la que se divisan el valle y el río. Su entrada está orientada hacia el sur, de cara a la sierra de Hontanares, que cierra el valle por el que fluye transversalmente el Lozoya. Por el otro costado se halla el gran Abrigo de Navalmaíllo, orientado hacia Peñalara, que era donde el clan hacía su vida cotidiana, mantenía encendidas sus hogueras y encontró refugio a lo largo de innumerables generaciones.

La Des-Cubierta albergó un santuario. El santuario de los «primeros hombres». En él no solo se encuentra el enterramiento de la niña, sino otra treintena de fuegos rituales, donde se colocaron como ofrendas cuernos de grandes herbívoros. Nunca trofeos de carnívoros. El porqué de esta decisión desapareció con ellos.

Aquello fue —así se lo he oído contar jocosamente a sus descubridores— «el Shangri-La de los neandertales». El Valle de los Neandertales es, sin duda, un entorno privilegiado. El río corre transversalmente por el pie de las montañas del Sistema Central, con sus laderas bajando desde el Pico del Reventón hasta Navafría, ya en la actual Segovia. Las cadenas montañosas, al norte y al sur, lo protegen contra los peores vientos y celliscas. Los sotos y herbazales junto al río son pródigos en caza y pesca, plantas y raíces. Solo tenían un inconveniente, que para las necesidades del momento no era menor: el sílex escasea en todo el territorio. Pero le pusieron remedio tallando el cuarzo, el cristal de roca, que sí abunda. No puedo dejar de imaginar una fila de cazadores del clan al amanecer, con las puntas de sus lanzas reluciendo al dar en ellas los primeros rayos del sol. Aquellas largas y robustas lanzas neandertales de hasta cuatro metros de longitud con las que cazaban, arremetiendo a los más grandes y poderosos herbívoros: el rinoceronte lanudo, el uro, el bisonte y el gran ciervo megaloceros. Cortaban el frontal de los cráneos de las piezas cobradas —como se sigue haciendo hoy—, y los ponían como trofeos junto a los fuegos rituales de la Des-Cubierta.

Con esas mismas armas se defendieron de los imponentes leones cavernarios, de las manadas de lobos y cuones, y desalojaron a las hienas de sus cubiles para quedarse ellos a vivir allí. Varios yacimientos donde aparecen sus huellas tuvieron ese origen. Aunque desconocemos los motivos, no dejaron restos de estos carnívoros como trofeo en el santuario, si bien parece probable que se colgaran al cuello una garra o un gran diente de león. Porque algo de ellos quedó, y queda, en nosotros.

La niña del Lozoya es historia; aunque no sea escrita. Ella y los suyos han dejado impresa su huella. Así lo hicieron también los neandertales, a quienes durante mucho tiempo hemos despreciado cuando, en realidad, eran mucho más cercanos a nosotros de lo que siempre creímos. Tanto, que son más que primos hermanos. Su impronta quedó en los genes de la población euroasiática actual, un legado que sus descendientes seguimos atesorando hoy en día. Lo ha demostrado el célebre científico suecoestonio Svante Pääbo, visitante asiduo de los yacimientos españoles, premio Nobel de Medicina en 2022, galardonado ya en 2018 con el Premio Princesa de Asturias. Tras secuenciar el ADN neandertal, Pääbo concluyó que, debido a una evidente hibridación, los cromañones euroasiáticos que compartieron territorio con ellos nos transmitieron una herencia genética: hasta un 4 por ciento de ese ADN está presente en nosotros hoy. Y el propio científico sospecha que tal vez sea bastante más.

Nos hibridamos, nos cruzamos y tuvimos hijos comunes, que, según parece, fueron fértiles. Esto nos plantea una duda inevitable: si dos especies diferentes logran tener descendencia —como el burro y la yegua—, el vástago vive pero es infértil, como ocurre con la mula. Sin embargo, los hijos de cromañón y neandertal eran fértiles; entonces, ¿somos en realidad la misma especie, aunque con ligeras variantes? Quizá, más que primos, seamos medio hermanos… o hermanos del todo.

Pinilla del Valle está a tan solo noventa kilómetros de Madrid. La prehistoria se encuentra a un tiro de piedra de la gran urbe del siglo xxi. Visitar su valle me hizo cambiar notablemente —en todo, diría yo— el espíritu de mi novela, obligándome a reescribir La canción del bisonte. Los neandertales que traje de vuelta eran muy diferentes de los que llevaba en mi cabeza antes de conocerlos de la mano de Arsuaga y Baquedano. Los que regresaron conmigo eran mis propios y ancestrales hermanos; cada vez me llevo mejor con ellos y me gustan más. Tanto es así que ya estoy pensando que va siendo hora de darle un hijo a aquella novela.

 
"Hijos de España", un viaje por nuestra historia para empezar a quererla