ENCONTRAR UN HOGAR
🏡
REFLEXIONES SOBRE EL AMOR,
LA NOSTALGIA, LA MUERTE Y DIOS
¿Adónde pertenece uno cuando el mundo deja de ofrecer refugio?
En una época marcada por la incertidumbre, la prisa constante y una sensación de vacío, este libro es una invitación a detenerse y mirar a nuestro alrededor. René Ponte, creador de contenido y observador de su tiempo, se sumerge con honestidad en los dilemas que todos afrontamos en algún momento: la identidad, la pertenencia, el sentido del sufrimiento y la necesidad de encontrar un lugar donde sentirse en paz.
Con una voz cercana y autobiográfica, el autor explora temas tan actuales como la responsabilidad individual, la disciplina entendida como forma de amor propio, la dificultad de habitar el presente o la angustia ante el paso del tiempo y la muerte. Sus reflexiones, basadas en experiencias personales, viajes y la exposición constante que implica vivir en el espacio público de las redes sociales, trazan una tensión continua entre lo que mostramos y lo que somos, entre el deseo de control y la aceptación de la fragilidad.
Lejos de ofrecer respuestas fáciles, estas páginas acompañan al lector en un proceso de cuestionamiento íntimo donde la vulnerabilidad, el amor y la búsqueda de lo trascendente aparecen como posibles caminos frente al vacío. Encontrar un hogar no habla de un lugar físico, sino de la aventura ―incómoda y necesaria― de reconciliarse con uno mismo y construir, paso a paso, un lugar al que siempre poder volver.
Si tu objeción a la vida es que implica sufrimiento,
adoptar una actitud que lo agrave no parece
la respuesta más razonable.
La responsabilidad de ayer es la libertad de hoy.
1
No puedo volver a casa
¿Dónde se encuentra mi hogar?
Me encuentro constantemente debatiendo sobre cómo me gustaría que hubiese sido todo lo que he vivido hasta ahora en contraste con lo que realmente he vivido, lo que tendría que ser y hacia dónde me llevará todo esto.
Mi nombre es René Ponte, tengo treinta y tres años y me encuentro ahora mismo en Copenhague, Dinamarca. A lo largo de esta obra, me voy a ver en la obligación de revelar una serie de datos sobre mí que considero totalmente necesarios para poder darle un enfoque personal y honesto a todo el relato y creo que lo primero es presentarme, aunque ya hayas visto mi nombre en la cubierta. Si estás leyendo este libro hay dos opciones: que lo tengas en tus manos porque sabes quién soy o que no tengas ni idea de quién soy o qué hago, pero este libro haya llegado a tus manos por casualidades de la vida.
Como bien he dicho, mi nombre real es René Ponte, pero mucha gente me conoce como Rene ZZ en redes y también como «el que habla y critica tatuajes». Sea como sea, si me conoces y me has seguido lo suficiente como para acabar comprando mi primer libro, estoy seguro de que te va a ser de utilidad y, en caso de que no me conozcas de nada y lo estés leyendo, también es buena señal, porque significa que el libro ha resultado ser lo suficientemente evocador como para trascender a los que ya me conocían y llegar a todos aquellos que no; convirtiéndose así en un libro que la gente adquiere con ánimo de saciar su curiosidad respecto a los temas trascendentales que quiero exponer a lo largo de esta, llamémosla, meditación autobiográfica.
Yo mismo he leído unos cuantos libros durante estos últimos años y, como no me considero un escritor experimentado ni una persona especialmente habilidosa en nuevos menesteres, procederé a adelantar de manera breve y superficial algunos de los temas que voy a tratar en este libro y el motivo por el cuál elegí éstos concretamente, y no otros.
La razón principal es que quiero hablar de las cosas que considero más importantes a nivel universal y que además resultan ser las que más me han preocupado —y me siguen preocupando todas las mañanas al despertar y, sobre todo, durante la noche cuando no puedo dormir— desde que tengo uso de razón hasta el día de hoy.
Por eso, en estas páginas, quiero ofreceros mi perspectiva sobre el amor, la nostalgia, las muertes simbólicas que sufrimos a lo largo de nuestra existencia, la soledad, el miedo a un futuro que es aterrador y esperanzador a partes iguales, el ansia, la responsabilidad individual y Dios.
Sé que a muchos les ocurrirá que, al leer esto, habrán intuido que todos estos temas son cuestiones muy profundas, complejas y que requieren de un conocimiento extenso en el ámbito de la psicología, la filosofía, la religión y demás ciencias humanas. Y que, por ese preciso motivo, alguien con mi perfil académico no estaría ni mucho menos capacitado para tratarlas de la manera en que se debe. Estoy totalmente de acuerdo con esa línea de pensamiento y, de hecho, fue en gran parte debido a ese enfoque por lo que, cuando empecé a escribir lo que acabaría siendo este libro —allá por 2021—, me quedé en las quince primeras páginas.
No sólo sentí que era algo que me quedaba demasiado grande, sino que el motivo por el cual empecé a escribir dicho libro —dejando a un lado que siempre he querido escribir uno— había sido una propuesta editorial que llegó a mis manos y que finalmente cayó en saco roto, por lo que decidí interrumpir ese intento tras darme cuenta de que, sin duda alguna, ese no era el momento.
Casi cuatro años después, el planteamiento es bien distinto. Nadie me ha propuesto nada y me encuentro en el momento más prolífico de mi vida en múltiples aspectos. Sin ánimo de alardear, estoy empezando a escribir este libro un 24 de agosto de 2024 en un apartamento precioso de la ciudad de Copenhague y creo que, de manera no tan simbólica, esta semana va a ser mi última semana de «descanso» en mucho tiempo. Ya que, en septiembre, voy a continuar con las sesiones de tatuaje de mi body suit, que, para el que no sepa lo que es, consiste en tatuarse el cuerpo entero con una temática, estilo o concepto homogéneo que provoque una percepción visual de armonía y cohesión, y preveo que no voy a parar de trabajar en bastante tiempo.
Si me conocías de antes, sabrás perfectamente a lo que me refiero, pero si no y te interesa, puedes buscar en YouTube «Rene ZZ sesión tatuaje» y encontrarás decenas de vídeos sobre este proceso en el cual llevo inmerso varios años y que ha sido uno de los motivos por los cuales me he convertido en un creador de contenido conocido en redes.
Además de esto, he iniciado un proyecto empresarial complejo llamado ZZEN, seguido de otros dos proyectos empresariales de distinta índole en los que también me he inmiscuido porque, por obra y gracia de Dios, resultaban encajar a la perfección con mis valores, mi visión y mis propuestas de valor.
Y por si eso fuera poco, tengo varios viajes a distintas convenciones de tatuajes por todo el mundo: en Miami, Costa Rica, México, Colombia, etc. Viajes que suelen ser enriquecedores y agotadores a partes iguales: ya que se me invita a estos lugares para realizar pequeños documentales sobre los eventos en cuestión y esto se suele convertir en un carnaval de estímulos, fotos con seguidores, cientos de conversaciones diarias y toda esa magia que implica el visitar un país que puede estar perfectamente a doce horas en avión desde donde vivo ahora mismo, que es la ciudad de Madrid.
¿Por qué os cuento todo esto? Para intentar transmitiros, con la mayor precisión y textura posible, esa idea simbólica y universal que podríamos definir como «la llamada que brota del interior». Para algunos eso es Dios, otros la definen como «una llamada a la aventura» o también se la conoce como «inspiración». Llámala como quieras con tal de sentirte cómodo y en sintonía con tu estructura psicológica, ya que esta «llamada a la acción» será uno de los temas que trataré a continuación.
Por tanto, como ya he dicho, me encuentro en un momento en el que tengo una cantidad considerable de cosas de las que ocuparme y, aun así, la idea de escribir este libro ha sido algo que ha brotado desde lo más profundo de mi ser y que se ha convertido en un pensamiento inevitable. En gran medida porque una de las misiones que tengo en esta vida es aportar lo máximo posible para que, cuando deje de existir, el balance de mi estancia en este plano de la existencia haya sido positivo.
No hay nada más gratificante que haber sido capaz de superar ciertos obstáculos y poder ayudar a que otros superen los suyos aportándoles una pizca de tu experiencia y de todas esas conclusiones que llegaron en medio de noches tormentosas o mañanas de no querer despertar. Por eso llevo meses dándole vueltas a emprender este viaje que sé que me va a cambiar para siempre. Es mi primer día en la ciudad de Copenhague, ya que ayer llegué considerablemente tarde y sólo me dio tiempo a comprar un poco de comida en un supermercado llamado Netto y pegarme un garbeo por el Meatpacking District. Tan sólo dos horas después de haber pisado Dinamarca, ya consideraba este lugar una absoluta fantasía.
He venido solo, ya que solos llegamos al mundo y solos nos vamos. Al menos en lo que respecta a una realidad física. De dónde venimos y hacia dónde vamos es un misterio que probablemente no estamos capacitados para resolver. Y creo profundamente que, además de no estar capacitados, tampoco es nuestra misión.
Más que de dónde venimos y hacia dónde vamos, la pregunta debería ser: quién soy y hacia dónde quiero ir mientras esté aquí. Para mi gusto personal, son preguntas que meten miedo y con las cuales uno se podría tirar horas y horas meditando sobre ellas.
De dónde venimos y hacia dónde vamos
Me acuerdo de una vez, cuando vivía en Helsinki con mi exnovia, que empecé a pensar muy fuerte en el presente. Pensé en dónde me encontraba en ese momento de mi vida, con quién estaba y en cómo había llegado hasta ese lugar en concreto. El propio devenir de mi pensamiento empezó a generar una serie de vivencias concatenadas que me llevaron de manera muy intensa al momento presente. Fui capaz de verme de pequeño, de entender quién era mi familia, quién era yo y lo agradecido que estaba de haber llegado hasta ese momento exacto de mi vida donde podía permitirme el lujo de estar en la cama con la que, en ese momento, era mi pareja, en un país mágico aún desconocido para mí y de poder tener esa sensación única de reflexionar sobre todo lo ocurrido.
Fui capaz de sembrar un entendimiento tan presente que mi cabeza empezó a proyectar la misma concatenación de vivencias, pero esa vez enfocadas hacia el futuro. Pude visualizar la mañana siguiente, la próxima semana, los meses consecutivos y los años venideros pasando uno tras otro. De alguna manera, bajo el silencio sepulcral de aquel pequeño apartamento en Helsinki, a salvo del frío y de la soledad del exterior, entré en un trance muy consciente en el que pude ver lo que me quedaba de vida como si de una película se tratase.
Recuerdo llegar tan lejos que me vi con ochenta y tantos años sentado en un banco enfrente de un lago, en un lugar hermoso en el que ya había estado. Recuerdo ver el amanecer y recapacitar sobre todo lo que había vivido. Recuerdo sentir esa serenidad que siempre he ansiado y también sentir paz porque mi familia dormía en calma muy cerca de donde yo estaba. Recuerdo sentir algo completamente nuevo. Era la sensación agridulce de apreciar todo lo vivido y estar listo para despedirme.
Como si de una película se tratase, el trance terminó y volví a la realidad de ese momento. Vi los copos de nieve caer en diagonal a través de la ventana que daba a la calle, intuí la silueta de los muebles que se dibujaban en la habitación debido a la tenue luz de las farolas que se filtraba a través de esa misma ventana. Me quedé en silencio y me brotaron dos lágrimas de estas que salen con la absoluta contundencia de una emoción genuina, trazando un descenso rápido hasta mis oídos como si ellas, además de ser sentidas y proyectadas desde mi alma, quisieran también ser escuchadas.
No sé si lloré de agradecimiento, de nostalgia o si también había algo de pena y miedo en esas lágrimas. Probablemente eran todas a la vez. Sólo sé que, durante esa época, fue cuando me topé con una frase que, a pesar de que pueda llegar a ser demasiado típica para muchos, a mí me golpeó como un choque frontal contra un autobús:
Todos tenemos dos vidas. La segunda empieza cuando nos damos cuenta de que sólo tenemos una.
Confucio (551 a. C.-479 a. C.)
Desde que leí esa frase por primera vez, he tratado de ser aún más cuidadoso de lo que ya era a la hora de tomar mis decisiones, y comencé a observar qué camino estaba recorriendo y hacia dónde me llevaba.
¿Por qué os cuento todo esto? Porque quiero hablaros a lo largo de este libro sobre mi manera de interpretar el mundo, la cual se formó en mi infancia —como la de todos vosotros— y generó una búsqueda eterna del Paraíso y un ansia crónica que me ha dado lo mejor y lo peor de mi experiencia vital. Hablaré de la ansiedad también —término absolutamente desvirtuado durante esta última década y despojado de su propio significado—, y de otras palabras como la autoestima, la cual ha sido instaurada y absurdamente establecida como una suerte de termómetro cuya función consiste en medir el valor del individuo en el mundo desde el punto de vista de un observador ajeno. Este último término, la autoestima, me resulta un burdo velo de malla (concepto de la tradición hindú) que lo único que provoca en cualquier ser humano es alejarse aún más de una posible —y ansiada de manera universal— óptima salud mental.
Empezaré explicando por qué he huido a Dinamarca y por qué elegí la ciudad de Copenhague para empezar a escribir este libro. Son demasiados motivos. El primero es que necesitaba estar solo porque, a pesar de haberme sentido solo de manera recurrente a lo largo de los años, nunca lo he estado realmente.
Siempre he sido una persona que ha vivido muy inmersa en sus propias emociones y pensamientos cíclicos. Cuando era pequeño, mi madre me dejaba en la habitación jugando con mis juguetes y, cuando volvía después de cuatro horas para ver cómo estaba, yo seguía allí, completamente absorto en esas batallas inventadas en las que los Power Rangers peleaban contra los Street Sharks.
Si no era eso, me encontraba dibujando. Con tres o cuatro años, empecé a dibujar laberintos. Me encantaban los laberintos y los mapas del tesoro, y me encantaba dibujarlos aun sin tener ni idea de lo que era todo eso. Ahora, con treinta y tres años, a veces me cuesta orientarme con el Google Maps, pero, por algún motivo, con cuatro años me consideraba cartógrafo y dedicaba mis días a diseñar y dibujar mapas que presuntamente me llevarían —tanto a mí como a cualquier otro aventurero— a lugares secretos en los que ni yo mismo conocía lo que uno podría llegar a encontrar.
Me resulta curioso darme cuenta, mientras escribo esto por primera vez, de cómo aún hoy sigo haciendo lo que empecé a hacer en cuanto mis habilidades psicomotrices me permitieron comenzar a expresarme de manera plástica. He estado intentando buscar tesoros y cartografiar caminos desde que era un niño para poder llegar algún día a generar mi propio mapa. Busco un mapa que me lleve a ese paraíso donde reina la serenidad y el bienestar que florece tras toda una vida de haber hecho las cosas lo mejor posible. Un «lugar» donde pueda experimentar la antesala de mi último respiro con la certeza y la tranquilidad de haber recorrido el camino correcto y de haber sangrado lo suficiente a través del tiempo que se me regaló. ¿Acaso soy merecedor de un regalo tan extraordinario como lo es el tiempo?
Copenhague es un lugar desconocido para mí. Lejos de casa. Todo es distinto. Hasta la moneda es distinta porque, a pesar de pertenecer a la Unión Europea, Dinamarca utiliza su propia divisa: las coronas danesas. Necesitaba escapar a un lugar donde me sintiese lejos de casa y al mismo tiempo me recordase un poco a aquel hogar que aún no he podido encontrar.
Mucha gente habla de Escandinavia como ese territorio muy frío, habitado por personas muy altas, educadas e introvertidas que tienen mucho dinero y veranean en el sur de España. Nunca he conocido a nadie al cual le haya escuchado hablar maravillas de países como Suecia, Finlandia, Noruega o Dinamarca desde un punto de vista de experiencia personal. He escuchado cosas buenas como que los paisajes son bonitos y poco más. De hecho, durante mis casi cinco años en Helsinki, los locales con los que acababa intimando en algún que otro evento social me preguntaban que cómo era capaz de haberme mudado a un lugar tan hosco como ése, así como también se aseguraban de dejar claro en todo momento que admiraban mi valentía por haber «elegido» ese gélido paraje oscuro y tristón en contraposición a España, donde, a fin de cuentas, todo resulta ser la antítesis de cualquier país escandinavo.
Quizás tiene algo que ver que el motivo por el cual me mudé a Finlandia fuese una mujer. Sin embargo, si omitiese que me enamoré de la cultura escandinava y su gente, estaría mintiendo de una manera muy descarada, y mi intención principal con este libro es ejercer la honestidad de una manera tan contundente que hasta me acabe dando reparo publicarlo cuando llegue el momento.
Por algún motivo, amo el frío; disfruto mucho de mirar por la ventana y ver cómo nieva. Para nada me desagradan las noches prematuras, aunque he de reconocer que, tras varios años de haber experimentado aquello, acaban pasando factura a nivel psicológico. Hay algo de esta cultura, su territorio, su clima y su gente, que me recuerda a ese paraíso que buscaba en mi niñez, cuando iba a catequesis y se me hablaba de un lugar que existe «vete-tú-a-saber-dónde» y en el que uno puede ser eternamente feliz. Junto con la figura de Cristo, el jardín del Edén descrito en el Génesis era lo que más me interesaba cuando era niño y recuerdo perfectamente atormentar a mi pobre y anciana profesora de catequesis por aquel entonces con todo tipo de preguntas sobre aquel paraíso. Dónde estaba, cómo se llegaba a ese dichoso lugar y quién lo habitaba.
Sin ánimo de dar lástima, siempre fui un niño bastante atormentado interiormente y sé que la idea de que existiese un lugar donde pudiese estar tranquilo y feliz me emocionaba bastante más que los placeres comunes a los que podía acceder en ese momento, véase dibujar, jugar con mis Action Man o ver Detective Conan en Cartoon Network.
Buscando un sentido a la melancolía
Entonces..., ¿qué hay en Copenhague? Nada concreto o al menos nada concreto que yo esté buscando. ¿Qué sabía de Copenhague antes de venir? Literalmente nada, ya que soy un profundo ignorante de todo lo que esté relacionado con la geografía y la historia. ¿Qué esperaba encontrar en un lugar así? A mí mismo un poco más, con suerte. ¿Con quién vine? Con nadie. ¿Cuántos días? Ocho días. ¿Para qué vine realmente? Para estar solo, reflexionar y escribir. Por este orden de prioridades.
Nunca había viajado solo anteriormente. Bueno, miento. Quizás en alguna que otra ocasión he llegado a estar por mi cuenta de viaje durante un día, por eso de que al segundo día ya te encuentras con ese amigo con el que vas a continuar el viaje. Sin embargo, en realidad, nunca inicié un viaje únicamente para estar solo y sin tener un plan concreto. He de confesar que, aunque el planteamiento de este viaje suene muy poético, ni siquiera me impuse la necesidad de escribir, pero intuía que acabaría haciéndolo y a la vista está que, en vez de estar ahora mismo oteando todos los rincones del barrio de Vesterbro y disfrutando de los múltiples eventos que están teniendo lugar en este preciso instante en esta preciosa ciudad —aún dura el verano y es sábado, por lo que os podéis imaginar el percal...—, me encuentro en la pequeña pero acogedora home office de Frederik, el marido de Stine —ambos mis anfitriones—, cuyo apartamento he alquilado entero para mi solitaria estancia de ocho días.
Estoy completamente descontextualizado, solo y con una sensación que oscila entre la relajación y la incertidumbre. Soy un completo extraño en este lugar. No conozco a nadie y tampoco me ha dado tiempo a interactuar con gente —ni me interesa especialmente—, ya que, como bien podéis empezar a intuir mientras leéis esto, me estoy dedicando a quedarme en casa escribiendo en vez de salir a descubrir lo que sea que esta ciudad puede llegar a ofrecerme. Mi mayor interacción fue ayer mientras volvía a mi hogar temporal tras un breve paseo por el Meatpacking District, cuando me crucé con tres chicas que me ladraron y maullaron —como lo oyes... o lees—, antes de que una me dijera: «Maluma baby». Me giré lo más pronto que pude para agradecerles el piropo e intercambiamos una leve sonrisa sin detener nuestras respectivas caminatas en direcciones opuestas. «Ojalá pudiese ser Maluma - pensé- y ya no por la fama y por su belleza, que, si no os importa, me vais a permitir afirmar que sí me parezco un poco, sino más bien porque Maluma parece uno de esos hombres que, al menos desde fuera, aparentemente nada les perturba su felicidad». Pero esto no son más que especulaciones mías, por supuesto, ya que considero que todo el mundo está librando una batalla interna constante y que cada persona tiene su manera de exteriorizarlo, y, es más, muchas veces las personas que aparentan estar más llenas de vida y que siempre tienen una sonrisa para todo el mundo son las primeras que sufren internamente de los demonios más sádicos y hostigadores.
¿A dónde quiero llegar con todo esto? Pues a una conclusión que me produce vergüenza ajena, pero que me va a servir a continuación para explicar ciertas cosas: si Maluma está en un extremo de una línea y Friedrich Nietzsche en el otro, yo me encuentro más cerca de este último que del primero, para mi desgracia. Maluma baila, sonríe, está rodeado de babies, y canta canciones sobre bailar, sonreír y estar rodeado de babies -aunque me enteré hace poco de que tiene novia y ha sido padre, por lo cual le doy mi más sincera enhorabuena-y, aunque algunas chicas me lleguen a comparar con Maluma, estoy lejos de ser Maluma.
Me despierto y me acuesto profundamente atormentado y con una sensa ción de alerta crónica. Siento una llamada y una tensión constante quebrota de lo más profundo de mí. Muchas veces me cuesta dormir y tengo sueños demasiado intensos donde rememoro el pasado y vuelvo a ver a gente a la que echo de menos y que sé que es probable que nunca más vaya a volver a ver. Muchas mañanas me despierto agotado, hinchado, enfermo y solo. Y cuando digo enfermo no me refiero únicamente a una dolencia concreta que se manifieste en un plano físico, sino más bien a una sensación de desasosiego y angustia que brota desde lo más profundo de mi alma y que, cada vez que intento seguir el camino por el que me lleva, acabo perdido dentro de mí y no me queda otro remedio que volver al mundo real.
Todo esto lo escribo sin ánimo de alardear de una especie de síndrome del artista atormentado y lo confieso más bien a mi pesar que con ánimo de mostrarme como ese estereotipo de escritor que se cree Fiódor Dostoievski, sino entendiendo lo que soy: un hombre acomodado escribiendo en un Mac Book mientras se bebe un flat white hecho con una máquina de café que costará unos 1.500 euros y por la cual elegí este apartamento y no otro. De hecho, estoy seguro de que, si hubiese escrito este mismo libro hace unos años-si esqu este planteamiento hipotético tiene algún tipo desentido-, habría tratado temas parecidos a éstos de una manera mucho más fatalista, pesimista y, en consecuencia, victimista. Actualmente, lo que siento es casi vergüenza, porque, a pesar de tener muchas cosas de las que estar orgulloso, entre ellas mucha gente que me quiere y a la que amo profundamente y una ferviente fe en Dios, nunca consigo sentirme bien del todo.
Todo es bonito, pero a medias. Todo es evocador, pero está cubierto por un halo de nostalgia. Una nostalgia agridulce que denomino nostalgia de doble filo. No sólo sufro por los remanentes poéticos de un pasado ya vivido, sino que también sufro por la nostalgia de un futuro que no sé si se llegará a dar y que, con una pátina de cierto escepticismo controlado, considero casi con total certeza que nunca llegué a experimentar anteriormente, aunque fuese en otra vida. O en otro mundo.
Hace no mucho, intercambié un par de audios con mi mejor amigo, Andrés Caramés. Él y yo solemos intercambiar audios de vez en cuando para evitar llamarnos, yaque, cada vezque hablamos por teléfono, las conversaciones se tornan excesivamente densas, profundas y pueden llegar a alargarse horas. Andrés y yo nos conocimos con quince años y él se ha convertido en ese amigo que me da fuerzas siempre que no las tengo, ya que es de esos pocos que no sólo entienden con mayor precisión mi enfoque sobre estas cuestio nes, sino que también me ha visto sufrir y reír en infinidad de ocasiones a lo largo de los años. Hemos crecido juntos, compartido intereses, llorado, reído y hasta hemos tenido dos proyectos de grupos musicales de deathcore juntos (una especie de death metal combinado con hardcore, para aquel que no sea docto en estos asuntos de nicho).
En esos audios, le transmitía de la mejor manera posible esa ansia que tengo por seguir el camino correcto, el malestar que me provoca la nostalgia y esa «magia de la vida» que hace tiempo que ya no siento. Todos ellos son temas recurrentes en mis conversaciones con Andrés, ya que es una persona muy curiosa y culta, así como un ávido lector de asuntos relacionados con la psicología, la filosofía y demás cuestiones que atañen al ser humano. Él me recordó que sufre de algo muy similar a mí y que su padre, antes de fallecer, le comentó algo que había leído que hacía referencia a la nostalgia y el querer volver a un lugar que uno no es capaz de encontrar porque no existe.
En términos de medicina antigua, donde se tenía aquella concepción cuatripartita de la teoría de los humores en la que cualquier tipo de afección o problema de salud se debía a una descompensación de los cuatro humores - la bilis amarilla, la bilis negra, la sangre y la flema-, la «melancolía» vendría a significar que tienes demasiado humor negro.
Según esta teoría médica, dependiendo del problema que tuvieses y según el diagnóstico consecuente, los médicos podían llegar a colocar sanguijuelas o hacer sangrados en el paciente bajo la premisa de que éste «tenía demasiada sangre». En otras ocasiones intentaban acceder a tus vesículas biliares para extraer alguno de los otros humores que se manifestaban en esos líqui dos con la intención de balancear todo aquello que pudiese ser un problema tanto fisiológico como psicológico. Melos es una raíz que significa 'negro' en griego. La melancolía implicaría, por tanto, tener demasiado humor negro, y no humor negro tal y como lo conocemos hoy día, sino como una afección que consistiría en tener un exceso de esa bilis que se manifiesta psicológicamente en una especie de nostalgia generalpor todo yuna especie de recuerdo inmanente.
El padre de Andrés, después de esta pequeña explicación, terminó su curioso comentario con una conclusión evocadora y contundente, la cual marcó a Andrés lo suficiente como para acabar transmitiéndomela a mí unos meses más tarde:
A las personas como tú se os conoce como «los melancólicos». Sois personas que, por diversas razones, sufrís de una nostalgia por un mundo que no es éste. Estáis aquí,y lo que apreciáis de este mundo son los reflejos y lasrepresentaciones de ese otro lugar del quevenimos -y al quevolveremos- alcual sólo accedemos a través de las representacionesy los reflejos que percibimos en éste.Sois personas muy parecidas a las demás, pero con una diferencia fundamental que consiste en que vosotros estáis de paso. Es desde ese prisma, cargado de melancolía, a través del cual percibís la realidad, y ese estado liminal y permanente en el que operáis lo que os permite ver más allá que los demás... Es como un echar de menos el más allá.
Las palabras de su padre calaron profundamente en mi interior y dieron pie a una serie de conversaciones y procesos reflexivos con Andrés a través de los cuales entendimos que, sin ánimo de creemos algo más de lo que real mente somos, nuestra misión era seguir haciendo pequeños acercamientos a grandes cuestiones como la nostalgia, el amor, la incertidumbre, el deseo, los recuerdos y ese anhelo por aquel lugar que no conocemos, pero sospechamos que existe.
Supongo que por ese preciso motivo decidí venir a Copenhague. Porque aquí me encuentro solo y lejos de todo lo que me recuerda a lo que presunta mente soy «YO». La identidad de ser uno mismo consiste en una negociación constante con todas las personas que te rodean. Uno no se despierta un día y decide calificarse o definirse como algo que no es y nunca ha sido, sin esperar una réplica disuasoria por parte de sus seres queridos más cercanos. Si mañana me despierto y decido que ahora soy ingeniero industrial y experto en botánica, mi madre, hermana y amigos me mirarán con el gesto torcido y sentirán un profundo escepticismo y rechazo por esa nueva -y fehacien temente falsa- realidad que yo mismo he decidido imponer ante la suya de manera totalmente unilateral y repentina.
Un individuo sí puede fingir una realidad autoimpuesta y creerse algo que no es, pero jamás va a conseguir que los demás sean partícipes de esa mentira. La realidad de las cosas hay que demostrarla y contrastarla en una negociación permanente con el entorno. Por este preciso motivo es tan importante para el individuo recibir ese reflejo de sí mismo a través de los demás. Si tú te crees algo y los demás te devuelven un feedback positivo respecto a tus creencias, es muy probable que estés en armonía con lo que proyectas y crees de ti mismo.
Pero ¿qué ocurre si te aíslas y eliminas ese factor de autenticación de tu realidad como individuo? ¿En quién te conviertes cuando estás tú solo?
¿Quién eres realmente cuando no eres el hijo de tu madre, el hermano de tu hermana, el amigo de tu amigo o el miembro de cierto colectivo, organización, disciplina deportiva o lo que sea? ¿Quiénes somos realmente cuando no obtenemos una respuesta de todo lo que nos rodea? ¿Qué nos queda si desaparecen los demás y emitimos un mensaje al que nadie contesta? ¿Es Dios todo lo que nos queda cuando todo lo demás desaparece? ¿Y si antes de ese encuentro directo con Dios, primero nos enfrentamos a nuestra más pura esencia? Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido ese árbol? ¿Qué es lo que somos cuando no hay nadie para escucharnos?
Son demasiadas preguntas las que orbitan alrededor de lo que me temo que sólo puede ser una única respuesta.
Si volvemos a la dicotomía entre ser Maluma o ser Nietzsche -por muy ridícula y pretenciosa que me parezca- fue este último quien me animó finalmente a afrontar el reto de iniciar este proceso creativo a través de su libro De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. Hacía mínimo dos años que no leía nada de Nietzsche, pues, tras haberme leído en su momento La genealogía de la moral y El ocaso de los ídolos, por algún motivo que no recuerdo, cesé de manera abrupta la lectura de sus obras a pesar de que estas dos me habían cautivado sobremanera y me habían ayudado a en tender finalmente la importancia que ha tenido siempre este atormentado filósofo alemán.
Sea como fuere, tenía esta tercera obra sobre la utilidad y los inconvenien tes de la historia en mi pequeña biblioteca y decidí empezar a leérmela poco antes de iniciar este viaje, sin saber que iba a ser una obra clave que final mente desharía el nudo que llevaba impidiendo desde hacía tiempo que me enfrentase a la emocionante y terrorífica idea de escribir un libro.
En esta obra, Friedrich Nietzsche expresa, con su característica agilidad narrativa, cómo la historia -o más bien el exceso de historia o el exceso de historia en personas débiles- puede causar el marchitamiento de la esencia del individuo. Cuando empecé a leer, no tenía ni idea de a qué se refería con esto, pero la maestría con el lenguaje, la precisión y la contundencia que ca racteriza su discurso hizo que no sólo calase en mí, sino que reestructurase mi percepción de la realidad.
Lo que Nietzsche viene a decir -o mábsien lo que he podido entender de lo que él intentó transmitir- esqueelexceso de conocimiento histórico pre vio sobre un pueblo o una sociedad no hace a los habitantes actuales de este pueblo o sociedad más inteligentes o más fuertes, sino que puede mermar o incluso anular toda expectativa de que ese pueblo -también aplicaría esto a un solo individuo- consiga encontrar las verdades importantes o esenciales para su desarrollo óptimo en el tiempo presente. Es una idea ligeramente enrevesada, y a priori contraintuitiva, que rápidamente empezó a resonar no sólo con mi situación personal, sino también con mi bloqueo ante la posibilidad de iniciar un proceso creativo y ambicioso como es el de escribir este libro.
Me di cuenta de que mi principal limitación y el motivo por el cual no me despertaba un día y me ponía a escribir era por el respeto que le tengo no sólo a los autores que he leído en los últimos años, sino a todos los intelectuales contemporáneos que veo todos los días a través de plataformas como YouTube. Gente que ha dedicado su vida al saber independientemente, sea cual sea su campo.
Todos ellos han dedicado su vida entera a estudiar carreras como filosofía, psicología, ciencias políticas, medicina, física, biología, etc. Son personas que demuestran una pasión crónica por los temas que les interesan y que, además de escribir libros, se dedican a cuestiones como la docencia, la divulgación a través de vídeos para que la gente pueda aprender de manera gratuita o dar ponencias en universidades.
A muchos de ellos no los conozco en persona, aunque, después de tantos años consumiendo su contenido, no puedo evitar dar por hecho que, a fin de cuentas, sí que los conozco un poco, mientras que con otros sí que he tenido el honor y la suerte de compartir algún que otro momento; como es el caso de Ernesto Castro, hijo del famoso filósofo Fernando Castro y profesor de Es tética en la Universidad Autónoma de Madrid.
Hace poco me senté a cenar con él y mi amigo Luis Usera, uno de mis dos socios en ZZEN, economista y apasionado de todos los buenos saberes. Durante esa cena, presencié una de las conversaciones más elevadas que he tenido ocasión de escuchar. Por una vez en mi vida sentí que callarme la boca sería no sólo lo más idóneo y coherente que podría hacer en ese momento, sino una necesidad de supervivencia bajo esas circunstancias concretas. En cuestión de pocas horas, ellos dos hablaron de la historia de España, las leyendas del ajedrez y sus jugadas, la inteligencia artificial, física cuántica, cine y un largo sinfín de cuestiones que, para hablar de cada una de ellas con soltura, se requiere de haber estudiado ciertos asuntos, llegado a ciertas conclusiones y, lo que a mí me suele resultar más complicado, recordar nombres, lugares y fechas para poder establecer un contexto acotado de lo que se está hablando.
Lo «peor» no era que hablasen de estos temas por bloques, sino que la conversación era como un baile ceremonial donde los temas iban saliendo a la pista y se concatenaban a la perfección como si de una coreografía improvisada se tratase. Es decir: saltaban de temas como la inteligencia artificial al cine español y, por el medio de la conversación que se generaba oscilando entre ambas temáticas, los relacionaban con un tema de física cuántica que al mismo tiempo les recordaba a una jugada concreta del ajedrecista Magnus Carlsen.
A mí no me quedó otro remedio que permanecer atónito durante toda la conversación, mostrando mucho respeto y admiración al mismo tiempo que sufría de esa leve molestia en el ego con la cual uno entiende que siempre hay gente muy superior a uno mismo en cualquier campo que te puedas imaginar. Ante una situación así, uno tiene que plantearse esta disyuntiva:
«¿Cabeza de ratón o cola de león?», un dilema en el que uno tiene que elegir si prefiere ser el jefe -el líder, el más inteligente, el boss- de un proyecto pequeño (el ratón) o ser la cola -lo último, menos poderoso e incluso prescindible- de un proyecto grande y majestuoso (el león).
Siempre he sido más partidario de ser el más tonto de un grupo de gente inteligente que de ser el más listo de un grupo de tontos, sinceramente. Eso no quita que me otorgue el valor que creo que merezco y que sea plenamente consciente de mis habilidades, pero, aunque a veces duela, no hay nada que me guste más que rodearme de gente que es claramente superior a mí en muchos aspectos. Más que nada porque el ser humano tiene una capacidad adaptativa asombrosa y, si estás rodeado de imbéciles, te vas a adaptar de manera magistral a la imbecilidad de ese grupo, pero, si estás rodeado de gente superior en muchos aspectos vitales, vas a ver cómo el statu quo de lo que «está bien» sube de nivel progresivamente hasta que tú mismo te con viertes en una versión mucho más elevada de lo que una vez fuiste.
Ahora bien, claramente esto depende de qué quieras hacer con tu vida y de qué estructura psicológica poseas. Para muchas personas, la idea de rodearse constantemente de gente que les recuerde que son unos ignorantes en miles de aspectos puede llegar a resultar un tedio o, directamente, un castigo. A mí, en lo que a mi estructura psicológica respecta, lo que me ha resultado siempre un castigo es vivir, por lo que el saber o la posibilidad de llegar a entender algo más, de la forma que sea, sería análogo a encontrar un oasis en medio de un viaje tortuoso por el desierto. Y es que encuentro descanso y breves sucedáneos de serenidad a medida que voy entendiendo cosas, tanto de mí mismo como del mundo que me rodea. Mi mirada está siempre colocada en el horizonte, donde se encuentra todo lo que aún no he descubierto y desde donde me llegan los ecos de Dios. Por ese motivo, en muchas ocasiones, me cuesta vivir en el presente. Pero ya hablaremos de eso más tarde.
Os contaba que el motivo principal por el cual no quería empezar a escribir el libro estaba infundado en la idea de sentirme como una especie de impostor. Si los libros que leo han sido escritos por individuos que llevan diez, veinte, treinta años o literalmente toda una vida dedicándole su día a día al saber, ¿qué clase de libro voy a escribir yo, que estudié la carrera de Diseño Gráfico y un máster en Dirección de Arte? Toda mi experiencia académica se origina y desarrolla en lo estético y lo visual. Pinta y colorea.
Mi abuelo boxeaba y reparaba aviones en Suiza, mi madre es peluquera y mi padre cayó en las drogas y me abandonó. No hay ni un ápice de esa expertise académica en mi familia, y esto lo digo sin ninguna intención de de gradar las habilidades de gente como mi madre o mi abuelo, que para mí son personas con mucho talento a las que admiro profundamente y de las cuales he aprendido gran parte de todo lo que sé. Lo que pretendo explicar es que, viniendo de una familia donde no hay rastro de ningún tipo de estudio sobre ninguna ciencia en concreto y habiéndome convertido en un hombre de artes plásticas -o más bien puramente digitales-, no me veía lo suficiente mente preparado o capacitado para inmiscuirme en asuntos de este calibre.
Me imaginaba la mirada de todos aquellos intelectuales a los que sigo o conozco ojeando mi libro con el ceño fruncido y pensando: «¿De qué está hablando este gilipollas en este capítulo? Claramente no está capacitado para hablar de estos temas y denota una profunda ignorancia y soberbia respecto a ellos». Aun sabiendo que son precisamente las personas con mayor nivel intelectual aquellas que saben entender a qué lugar pertenece cada cosa, y siendo normalmente ellas las que tienen mayor capacidad de comprender cada asunto basándose en su contexto y circunstancias múltiples, yo seguía padeciendo esa incapacidad autoimpuesta para empezar a hacer esto.
Fue el mismísimo Nietzsche -desde su tumba- el que, de un solemne martillazo, me quitó toda la tontería de golpe. A través de su segunda con sideración intempestiva, entendí con todo lujo de detalles que, por mucho que me dedicase ahora a estudiar a los clásicos, indagase sobre todo tipo de cuestiones psicológicas y filosóficas con la mesura de un académico, me empapase de un estudio histórico de lo que se ha pensado anteriormente e intentase formar un bloque cárnico e inmenso erigido como si de una montaña de basura se tratase para que, después del agotamiento de haber rescatado todos esos ecos históricos de una sabiduría externa y completamente ajena a mí, empezase a intentar moldearla para darle forma a algo bello, jamás conseguiría ofrecerle al mundo todo aquello que realmente es único en mí y que, a efectos formales, es lo único que puedo -y debo- darle al mundo: mi verdad más pura.
LA HONESTIDAD DEL CAMINO AÚN NO TRANSITADO
De alguna manera llegué a la conclusión de que mi idea a la hora de escribir este libro no era la de demostrarle nada a nadie y mucho menos impresionar a un grupo selecto de personas que, casualmente, es muy difícil impresionar. Si de verdad intentase escribir un libro para lograrlo con todos aquellos intelectuales a los que admiro, el resultado sería análogo al entrañable momento en el que un niño de cinco años vuelve a casa con un folio lleno de macarrones crudos pegados y nubes hechas de trozos de algodón -también pegadas con pegamento y cuyo intento de emular su esponjosidad ha sido saboteado por la torpeza a la hora de aplicarlo- para enseñárselo a su padre y a su madre, y que éstos admiren las habilidades que el pequeño está desarrollando en su especialidad del momento, la cual parece ser la pintura paisajística.
Y es que creo firmemente que sólo hay una manera de causar un impacto real en cualquier persona, y consiste en algo tan paradójicamente sencillo y complejo de sostener como lo es el ejercicio de ser honesto. Cuando intentas imitar algo que no eres, la verdad siempre acaba saliendo a la luz. Cuando intentas aparentar que tienes dinero y no lo tienes, se nota. Cuando intentas mezclarte con un grupo de personas que tienen una serie de cualidades distintivas y tú no las posees, lo van a notar ellas y la gente que te vea desde fuera también. Sin embargo, si eres alguien brutalmente sincero -y no confundamos sinceridad con mala educación- vas a conseguir que cualquier persona con un mínimo de integridad y valores fundamentales conecte con tu pureza de espíritu y, como consecuencia, te respete.
Da igual que esa persona sea tu madre, tu jefe, un extraño o tu pareja. Trabajar la honestidad es un reto para cualquier ser humano, pues estamos acostumbrados -e incluso nos educan desde pequeños- a que «a veces hay que mentir para salirse uno con la suya». Las clásicas mentiras piadosas, la picaresca u omitir la verdad para «no mentir» son elementos clave de la cultura hispánica y, por ello, el hecho de convertirte en una persona honesta se muestra casi siempre como una hazaña compleja que llega incluso a generar desconfianza en todos aquellos que tienen interiorizada esa mentalidad que podríamos denominar como «pícaro superviviente».
Decir la verdad da miedo porque las verdades son dolorosas y los seres humanos somos profesionales en hacernos lo que la generación Z ahora llama gaslighting y que, para los que no somos de esa generación, vendría significando «hacer creer a otra persona algo que no es cierto a través de la retórica y el uso de habilidades persuasivas». Este gaslighting podría ser análogo a un acto de persuasión maquiavélica o, hablando en plata, un lavado de cerebro de los de toda la vida.
Voy a ponerte un ejemplo de cómo podríamos aplicar nosotros esta «luz de gas» hacia otra persona para que lo comprendas bien. Imagínate que alguien de tu entorno te recrimina algo que tú sabes que has hecho mal y, en vez de disculparte, decides ponerte a la defensiva y comienzas a utilizar una serie de retóricas y malabares argumentativos para que la persona que te recriminó ese error que tú cometiste acabe pensando que fue su culpa y que debería sentirse mal por partida doble, ya que no sólo te ha intentado culpar a ti, sino que el error fue suyo desde un principio, cuando, en realidad, el que cometió el error fuiste tú.
Bien, se habla mucho de hacerle «luz de gas» a los demás para manipular los, pero se habla poco de la capacidad de todos nosotros como individuos para «autogasearnos con luz propia». Observa a tu entorno cercano e intenta fijarte en cómo muchas de esas personas son esclavas de una serie de narrativas que ellas mismas se han autoimpuesto y que distan muchísimo de la simbología real de esos actos.
Un ejemplo claro podría ser el de esa persona que todos conocemos y que justifica constantemente todos los vicios innecesarios y nefastos para su salud con la cantinela de: «Es que estoy muy estresado y, si no consumo este tipo de vicios habitualmente, no funciono». Ésa es la definición de gaslighting en el sentido más estricto de la palabra. El individuo sabe perfectamente que esos vicios no son buenos -estaríamos hablando de cuestiones como fumar la historia, sino que podemos limitarnos al evento más doloroso, incomprensible y angustioso jamás experimentado por el ser humano: la muerte.
Todo esto que estamos experimentando tiene un fin. Da igual que escribas un libro, que consigas ser millonario o que acabes siendo el mismísimo papa. Da exactamente igual que seas un padre ejemplar, que dediques toda tu vida a ayudar a los más necesitados o que acabes consiguiendo algo que nunca nadie antes había conseguido. Nadie se libra del evento natural más democrático que existe: la muerte. El fin nos llega a todos por igual y vivimos con el peso y la agonía de saber que no vamos a poder evitar ponerle fin a la cuenta atrás que se inicia desde el momento mismo de nuestra gestación en el vientre materno. Mis abuelos maternos fallecieron durante la época de la pandemia y no han vuelto. Así como estaban, de repente dejaron de estar. Puedes acostumbrarte a la presencia de una persona toda tu vida y dar por hecho que sencillamente va a estar ahí, pero la realidad es que algún día morirá. O quizás mueres tú antes y la dejas a ella abandonada en un mundo hostil y cruel como en el que vivimos.
La muerte es algo aterrador e incomprensible a nivel psicológico... ¿Cómo que voy a dejar de existir? ¿Qué significa dejar de existir si todo lo que conozco o he experimentado ha sido a través de la existencia? ¿Qué ocurre si un día cierro los ojos y no vuelvo a abrirlos? ¿A dónde iré? ¿Y quién vendrá conmigo? ¿Volveré a reunirme con los míos?
Éstas son, para mi gusto, las preguntas más devastadoras que un ser humano puede hacerse y por ese motivo rompí a llorar cuando narraba ese episodio en Helsinki en el que entré en un trance narrativo a través del cual no sólo pude volver a experimentar toda mi vida desde el pasado hasta mi entonces presente, sino que también acabé experimentando todo mi futuro hasta el fin de mis días. Por eso lloré: por la belleza contenida en esa visión y el entendimiento repentino del valor de estar aquí y ahora, experimentando esto a lo que llamamos vida.
¿Y qué tiene todo esto que ver con la importancia de ser honesto y también con cómo Nietzsche me animó a empezar a escribir este libro? Pues por la consideración de que, tanto integrar el valor real de estar vivos como la capacidad de almacenar recuerdos de esas experiencias previas ya vividas, es de vital importancia. Una vez que hemos entendido eso, comprendemos que la vida no es regalada y que no es como nos la imaginábamos de pequeños.
La vida es muy parecida a cualquier película que consideremos decente, y nadie vería una película o leería un libro donde todo lo que ocurre es plano y no existe ningún tipo de tensión o melodrama.
¿Por qué las que más nos gustan son las que tratan de problemas profundos del ser humano y tocan asuntos delicados como la muerte, el deseo, el sacrificio o la búsqueda? Por que a través de ellas podemos llegar a sacar conclusiones para nuestra experiencia vital sin necesidad de encarnar la intensidad característica de todas esas vicisitudes en nuestra propia realidad.
Pongamos el caso de que vemos una película bélica en la que se retratan con crudeza todos los matices de la miseria que provoca una guerra. Lo normal no suele ser concluir con una reflexión de este tipo: «Ha sido brutal, emocionante y aterrador haber visualizado esta obra cinematográfica. ¡Qué suerte que mi vida es muy distinta a esta "ficción" que acabo de presenciar y qué alivio estar profundamente convencido de que jamás experimentaré un sufrimiento similar al de los protagonistas de esta obra tan trágica y desgarradora!».
Estoy casi seguro de que también existen individuos medianamente funcionales capaces de llegar a una conclusión similar y proseguir con su vida ignorando que el potencial de una tragedia es siempre inminente, pero, como ya he comentado anteriormente, el nivel de gaslighting que una persona puede llegar a infligirse a sí misma con tal de no aceptar la realidad tal y como es puede llegar a rozar lo absurdo.



