EL Rincón de Yanka

inicio








lunes, 10 de agosto de 2020

EL DISCURSO PROGRESISTA DE LA ULTRASEGURIDAD NEURÓTICA OBSESIÓN PARANOIDE 😧😱

EL DISCURSO PROGRESISTA 
DE LA ULTRASEGURIDAD


Más allá de que sea un lugar común afirmar que ya no hay derechas ni izquierdas, existe un acuerdo en torno a que determinadas agendas, categorías y enfoques pueden ubicarse dentro de un universo amplio de derecha o de izquierda. La cuestión de lo que se conoce como “seguridad”, por ejemplo, suele ser una de las grandes preocupaciones de la derecha y en sus versiones más radicalizadas la respuesta que se da desde aquel espectro ideológico es una respuesta punitivista que puede ir desde exigir militarizar vecindarios y llenar de cámaras de seguridad para controlar comportamientos sospechosos, hasta llamar a la sociedad civil a armarse en defensa propia. Frente a esta mirada, en general, las izquierdas, o los progresismos, al enfocar el delito como una consecuencia social de la desigualdad, entienden que la respuesta punitivista no es la solución y que la mejor manera de combatir el delito es crear una sociedad más igualitaria. Por supuesto que en el medio hay decenas de matices pero esta caracterización puede servir a manera de presentación esquemática.

Dicho esto, pareciera que, en un sentido, la cuestión de la “seguridad” es solo un tema de la derecha, una preocupación de burgueses asustados que protegen su propiedad y que, en todo caso, para la izquierda, la “seguridad” como tal no está en la agenda sino como un sucedáneo del problema de la desigualdad.
Sin embargo, quisiera utilizar estas líneas para observar de qué manera el paradigma de la seguridad punitivista que suele endilgárseles a las derechas también se encuentra presente en las izquierdas de una manera solapada. Para ello me serviré del diagnóstico realizado por los estadounidenses Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, psicólogo cognitivista el primero y abogado el segundo, en un libro que en 2019 se tradujo al castellano como "La transformación de la mente moderna".
SE ESTÁ COMBINANDO UN UMBRAL BAJO DE TOLERANCIA AL DISENSO Y EL FOMENTO DE UNA CULTURA PÚBLICA DE LA DENUNCIA CON INSTITUCIONES QUE SON INCAPACES DE RESISTIR A LA PRESIÓN DE TWITTER
El contexto en el cual se desarrolla la investigación es el auge de la cultura de la cancelación en las universidades estadounidenses que luego se exporta a Europa y al resto del mundo. Desde la perspectiva psíquica pero también moral y legal en torno al modo en que estas prácticas afectan la libertad de expresión, los autores repasan con enorme cantidad de ejemplos y documentación una serie de casos en los que los alumnos agreden y censuran a oradores, exigen que se retiren autores de los planes de estudios y presionan a autoridades y a miembros de la comunidad universitaria para que se adecuen a ciertos cánones incluidos dentro de lo que llamaríamos “la corrección política”. De hecho, los autores llevan contabilizado que, desde el año 2000 hasta la fecha de publicación del libro, hubo 379 intentos de retirar invitaciones a oradores en universidades de Estados Unidos. Y algo peor: el 46% de esos intentos fue exitoso y un tercio del 54% que logró dar la conferencia tuvo que hacerlo en medio de escraches y perturbaciones varias.

La hipótesis del libro es que hay tres grandes ideas que están interfiriendo en el desarrollo social, emocional e intelectual de los jóvenes: “lo que no te mata te hace más débil”; “confía siempre en lo que sientes”; “la vida es una batalla entre buenos y malos”. Asimismo, detrás de cada una de estas ideas se esconden tres grandes falsedades: la supuesta fragilidad de los jóvenes; la exaltación de lo emocional por sobre lo racional y una lógica binaria impulsada por las redes sociales y los algoritmos por la cual no hay matices y, si no eres mi amigo, eres mi enemigo.

Pero lo interesante del libro es que estas grandes ideas equivocadas basadas en tres falsedades han dado lugar a lo que los autores llaman “cultura de la ultraseguridad” (safetyism). En otras palabras, si creemos que por ser jóvenes somos frágiles, que todo lo que expresan nuestras emociones es verdadero y que el mundo está habitado por un montón de gente que solo busca hacernos daño porque es mala, lo que necesitamos es un ámbito de ultraseguridad, una extrema protección frente a un entorno hostil. Lo curioso es que esta creencia está tan extendida entre los jóvenes que una encuesta del año 2017 mostró que el 58% de los alumnos universitarios estadounidenses no quiere estar expuesto a ideas intolerantes u ofensivas y que, dentro de ese espectro, un 63% se identificaba con ideas progresistas pero también hubo un 45% que se identificaba con ideas conservadoras.

Pero ¿por qué hablar de ultraseguridad? La pregunta viene al caso ya que, en general, los actos de cancelación o escraches suelen basarse en la supuesta ofensa que podría suponer la presencia o la obra de un determinado personaje. Así, por ejemplo, alguien podría decir que hay que quitar de exhibición una película clásica en la que existen protagonistas o enfoques racistas porque ello ofende a la comunidad negra.

Sin embargo, Haidt y Lukianoff afirman que, antes que la ofensa, la novedad de estos tiempos es que la necesidad de censura se expresa en términos de falta de seguridad.

De hecho, la cultura de la ultraseguridad es el producto de una serie de deslizamientos del concepto de seguridad. Por un lado es un desplazamiento hacia ámbitos que van más allá de sus límites porque acaba equiparando la incomodidad emocional con el peligro físico; y, por otro lado, un desplazamiento en lo que refiere al criterio de validación: de un criterio objetivo a otro subjetivo. Daré algunos ejemplos para que se pueda comprender mejor.

Sobre el primer desplazamiento, que vaya un orador a la universidad a afirmar cosas con las que alguien desacuerda, aparece como un riesgo psíquico-físico. Por lo tanto, que alguien diga lo que no quiero oír o contradiga lo que pienso ya no ofende: genera inseguridad. O en todo caso ofende pero porque antes genera inseguridad. La idea de estar a salvo se extendió a estar a salvo de quien piensa distinto y, en este sentido, no debe sorprender que sea común que las universidades estadounidenses hayan implementado los denominados “espacios de seguridad”, esto es, salas a las que asisten los alumnos cuando, por ejemplo, visita la universidad algún orador que los incomoda. Haidt y Lukianoff mencionan un caso donde la sala contenía galletas, libros para colorear, pompas de jabón, manualidades infantiles, música relajante y un video con marionetas que jugaban además de trabajadores de la universidad especialistas en traumas. Una alumna refugiada en un espacio seguro dijo: “me sentía bombardeada por muchos puntos de vista que van contra mis creencias más profundas y arraigadas”. En esta línea, dos ejemplos más. Por un lado, las universidades empiezan a implementar oficinas de Atención contra Prejuicios donde los estudiantes pueden denunciar a compañeros, docentes o autoridades por comentarios que ellos juzguen prejuiciosos y que se hayan realizado en el ámbito del campus o incluso en redes sociales. Y, por otro lado, se está extendiendo en las universidades americanas una modalidad que también empieza a ser frecuente en portales, foros y medios tradicionales. Es lo que se conoce como “alertas de detonante” (trigger warnings), es decir, notificaciones verbales o escritas para alertar a los estudiantes (o usuarios) que están a punto de encontrarse con material potencialmente estresante para ellos en tanto puede contradecir sus creencias identitarias. Haidt y Lukianoff reconocen que siempre hubo intentos de vetar textos y autores pero insisten en que la novedad es que ahora se hace bajo la presunción de que los alumnos son frágiles y que, incluso aquellos alumnos que no lo son, igualmente fomentan la cancelación y la censura basándose en que hay compañeros que necesitan protección.

Sobre el segundo desplazamiento, referido al criterio de validación, los autores mencionan el caso de cómo se fue modificando la idea de “trauma” desde un concepto que hacía especial énfasis en consecuencias físicas objetivas a, para decirlo en sus propias palabras, cualquier cosa “experimentada por una persona como física o emocionalmente dañina (…) La experiencia subjetiva del “daño” se hizo definitoria para valorar el trauma. (…) Como en el caso del trauma, el cambio crucial que se produjo en la mayoría de los conceptos (…) fue el giro al estándar subjetivo. No le correspondía a nadie más decidir qué se considera trauma, maltrato o abuso: si tú los sentiste como tales, confía en tus sentimientos”. Pasamos entonces de criterios objetivos de validación al imperio de la subjetividad y a la imposibilidad de poner en tela de juicio cualquier juicio individual. Se produce allí una enorme paradoja porque mientras las izquierdas denuncian el atomismo liberal, pregonan por un estándar de validación que lleva el individualismo al extremo.

Esto también aparece en lo que se conoce como “microagresiones”, esto es, formas de vinculación presuntamente violentas que hasta el día de hoy se encontraban invisibilizadas o “normalizadas”. Lo que sucede con las microagresiones es doblemente preocupante no solo porque el criterio para validarlas es subjetivo y no puede ser puesto en tela de juicio ni controvertido; sino porque el concepto se ha extendido a casos en los que el supuesto agresor no ha tenido intención de “microagredir”. Es decir, la intención como elemento central para asignar responsabilidad de un acto hoy queda en un segundo plano porque se pone el énfasis en el daño que subjetivamente autopercibe la presunta víctima. De aquí que el castigo para el microagresor no incluya como variable la intención. Da lo mismo si un chiste que ofendió a otra persona fue intencionado o no. Importa lo que la persona microagredida sintió y la pena correspondiente será determinada por ello.

La irrelevancia de la acción y de la intención nos acerca peligrosamente a la idea de delito de autor, esto es, la teoría por la cual el juicio sobre un individuo debe hacerse por lo que es y no por lo que hace. Pero es coherente con estos tiempos donde lo que se privilegia es la identidad, es decir, lo que soy antes que lo que hago. Pertenecer a una identidad no minoritaria se transforma así en una imputación, en una agresión en sí misma y ante una eventual acusación funciona como prueba en contra que invierte automáticamente la carga de la prueba.

Para concluir, entonces, la agenda de la seguridad no es solamente una agenda de “la derecha”. Podría decirse que, incluso, las agendas progresistas, antes que rechazarla, amplían esa agenda hasta el ámbito de las relaciones humanas más básicas extendiendo los presuntamente necesarios campos de protección hasta límites hasta ahora desconocidos. En línea con lo que comentaban los autores, los cuales, por cierto, expresan tener mayor simpatía por demócratas que republicanos, esto no solo está promoviendo la multiplicación de generaciones enteras que se asumen frágiles y que, “al salir a la vida”, sufren trastornos de ansiedad, depresión, etc., sino un punitivismo que es tanto o más peligroso que el punitivismo de las derechas. Es que se está combinando un umbral bajo de tolerancia al disenso y el fomento de una cultura pública de la denuncia con instituciones que son incapaces de resistir a la presión de Twitter; una cultura que cree que el cliente, o el que se asume como víctima, siempre tiene la razón.

Jonathan Haidt: 
"Si quisiera destruir la democracia, inventaría las redes sociales"

3 ideas dañinas que están debilitando a una generación

Un mundo inmerso en preocupaciones paranoicas de seguridad distorsiona la realidad

Es un momento difícil para la Generación Z. Los problemas de salud mental, específicamente los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad, se están disparando. La Generación Z es la que menos propensa a reportar una salud mental buena o excelente y la que más probabilidades tiene de reportar una salud mental mala o regular. Los índices de suicidio para los adolescentes y adultos jóvenes de los Estados Unidos son los más altos de la historia.

Haidt y Lukianoff afirman que las “tres grandes verdades” tienen un impacto negativo en el bienestar mental de la juventud de hoy. También proponen formas de contrarrestar esas falsedades, lo que, a su vez, producirá una vida más feliz y más ajustada. Estas grandes falsedades son:

1. La falsedad de la fragilidad: Lo que no te mata te hace más débil
2. La falsedad del razonamiento emocional: Siempre confía en tus sentimientos
3. La falsedad de nosotros contra ellos: La vida es una batalla entre gente buena y gente mala

Y para calificar como una Gran Falsedad, tiene que cumplir con tres criterios:

1. Contradice la sabiduría antigua (ideas que se encuentran ampliamente en las obras de sabiduría de la literatura de muchas culturas)
2. Contradice la investigación psicológica moderna sobre el bienestar
3. Perjudica a los individuos y comunidades que la adoptan


¿Deberíamos dejar que nuestros hijos pequeños jueguen con sierras y cuchillas? Qué disparate, ¿verdad? Pues tal vez no. La psicóloga del desarrollo Alison Golpnik se lo preguntaba en un polémico artículo publicado en The Wall Street Journal en 2016 en el que arremetía, a propósito de las últimas investigaciones en su campo, contra la plaga de la ultraseguridad que atenaza a los hiperprotectores padres contemporáneos, incapaces de dejar a sus retoños salir solos a jugar a la calle. Ni mancharse ni ingerir nada mínimamente dudoso. Como los cacahuetes. En 1990 casi ningún crío era alérgico a los cacahuetes. En 2015 había muchísimos. ¿Qué había ocurrido? Los padres no les daban cacahuetes a sus vástagos para no perjudicarlos y, entonces, al no entrenar su sistema inmune... ¡los convertían en alérgicos a los cacahuetes! Y así, cuidando paranoicamente de nuestros hijos, protegiendo a los jóvenes de todo aquello que imaginamos que puede dañarlos -cacahuetes, ideas, dolores y otros tráfagos de la vida- los estamos debilitando convirtiéndoles en adultos impedidos incapaces de soportar la más mínima afrenta. 

PREGUNTA. Su libro anterior, 'La mente de los justos', atacaba al pensamiento occidental prisionero de lo que usted llamaba 'la ilusión racionalista' y llegaba a tachar a Kant de asperger. Emoción y razón no pueden separarse, la emoción -el elefante- es más fuerte y muchas veces la razón -el jinete- sólo busca justificaciones de la emoción. Incluso afirmaba que pensamos mejor con emociones. Pero ahora, en 'La transformación de la mente moderna', alerta sobre una epidemia emocional en la universidad… ¿Hay aquí una contradicción?

RESPUESTA. Buena pregunta. En 'La mente de los justos' pretendía describir la manera en la que las cosas funcionan de verdad. En general, las emociones y las intuiciones conducen nuestro razonamiento. Pero si el elefante se enfada, podemos garantizar que el razonamiento que produzca el jinete será malo. Hay formas de unir a las personas emocionales de manera que produzcan resultados más racionales. Un jurado, por ejemplo, o un grupo de científicos que se desafían entre sí para pensar mejor. Pero si entramos en el aula e imaginamos a estudiantes y profesores hablando, por ejemplo, de un texto o de una investigación que suscita en los alumnos sentimientos del tipo que sean, será trabajo del profesor asegurarse de que cada uno se centre en las evidencias y aporte razones dejando a un lado sus emociones. De esta forma, enseñamos a los estudiantes a tener pensamiento crítico y les proveemos de habilidades que les van a resultar útiles en una democracia en la que tendremos que argumentar nuestras posiciones. Los últimos años hemos permitido que entraran en la Universidad muchos más argumentos basados en la emoción y en la identidad que en la razón. Y así no hay manera de aprender nada.
En las escuelas la mayoría de los profesores son de izquierdas. Y cualquier grupo que no sea diverso será tentado por el extremismo
P. Los niños de hoy están sobreprotegidos, no les dejan jugar solos y hacen deberes sin parar. Y esto provoca la agitación universitaria pero también la depresión y ansiedad de los más jóvenes. A mí me recuerda esto a cuando se dice que los Imperios, como el Romano, caen porque se vuelven 'blandos'. ¿Puede ser uno de los precios del progreso que tenemos que pagar por vivir mejor? ¿Como la intolerancia a los cacahuetes?

R. Me interesan muchísimo las teorías cíclicas de la historia. Una de ellas, de Ibn Jaldún, el filósofo musulmán del siglo XIV, escribió algo que hoy es ya un meme que circula por la red y dice así: "Los malos tiempos crean hombres fuertes. Los hombres fuertes crean buenos tiempos. Los buenos tiempos crean hombres débiles. Y los hombres débiles crean malos tiempos". Jajaja. Igual es una simplificación pero contiene parte de verdad. Pero añadiría a esto la noción de antifragilidad de Taleb. Hay una evidencia avasalladora de que los seres humanos somos antifrágiles, como nuestro sistema inmune que mejora con la adversidad. Si protegemos a nuestros hijos demasiado, si los protegemos del barro, de la suciedad, etc., su sistema inmune será débil. Si los protegemos del estrés, de la crítica, de los conflictos y del miedo, su sistema psicológico se verá debilitado. Sus mentes y sus habilidades sociales se verán debilidades. Y sí, en el libro lo llamamos un problema del progreso.

 
La epidemia del miedo. Ética y no cobardía. 
Remix del vídeo de Alice Ninou al Dr.Gervás. Dra. Prego

VER+:


Rebelión En La Granja George Orwell Completa

 
Los Simpson, emitidos en una cadena muy ligada a Bilderberg, 
ya predijeron el coronavirus...

sábado, 8 de agosto de 2020

WINSTON GALT: HOY NOS IMPONEN EL COMUNISMO A TRAVÉS DE LA SEDUCTORA SOCIALDEMOCRACIA 💀👿


Winston Galt: 
"Hoy nos imponen el comunismo 
a través de la socialdemocracia" 

Winston Galt, seudónimo de un conocido novelista español, y autor cada vez más popular por su impresionante novela "Frío monstruo", acaba de publicar ahora un ensayo demoledor que bajo el título de "MXXI. La batalla por la libertad" y con el subtítulo de “El socialismo es el opio del pueblo” se presenta como “un violento golpe para la disputa política, un auténtico acto de rebeldía, porque la rebeldía no está en las ideologías y utopías, sino en enfrentar a los poderes que ahogan la libertad”. 

¿Qué le impulsó a escribir MXX. La batalla por la libertad? 
En parte, el cansancio. Cansancio, desde que era joven, de oír el mismo discurso, auténticamente supremacista, de la izquierda, sobre su supuesta superioridad moral e intelectual. Supongo que, como todos, he tenido que soportar desde la ironía al desprecio por mantener opiniones contrarias al discurso mayoritariamente aceptado, pues no olvidemos que incluso la derecha ha aceptado muchos de los principios del discurso socialista.

La Realidad desmentía ante mis ojos dicho discurso, y poco a poco fui encontrando las voces que contradecían tal discurso no sólo con éxito intelectual sino también moral, hasta llegar a la conclusión de que el pensamiento que nos encadena, o que pretende encadenarnos, el discurso socialista, no es sino un pensamiento de la inferioridad, como mantengo en mi libro, y la forma de vida socialista que nos propone una vida inferior a la que por dignidad y capacidad nos corresponde. 

Por supuesto, el libro es un golpe en la mesa frente a la indigencia intelectual que nos intenta someter, que es propagada a diario y de forma masiva por la mayoría de los medios de comunicación de masas mediante la reproducción de aquéllo que es realmente el socialismo: un mensaje sencillo para mentes simples. El pensamiento de la inferioridad de la izquierda está alcanzando en las últimas décadas un grado de intromisión intolerable que se traduce en una forma de opresión sutil pero implacable, como es la imposición del pensamiento políticamente correcto y del marxismo cultural, que están ganando lo que a mi juicio es una auténtica guerra cultural en Occidente y que ha sobrepasado el espacio del mero pensamiento y de la opinión para plasmarse incluso en leyes totalitarias que hace unos años pensábamos imposibles en democracia, como las leyes de género o de memoria histórica o la batalla actual en Francia contra la libertad de expresión que ya está comenzando también en España. 

Redactado durante el confinamiento por la pandemia del Covid-19, la observación de cómo el poder puede manipular la verdad que se nos ofrece ante nuestros ojos ha sido un detonante que me ha llevado a escribir este libro como un acto de protesta y de repulsa ante la inminencia del desastre que se nos viene encima, que es, ni más ni menos, que la destrucción de la civilización occidental que ha llevado a la Humanidad a los más altos grados de dignidad y prosperidad conocidos en la Historia. Por lo que podría concluir que el temor a que se destruya el sistema de democracia liberal ha sido una motivación extraordinaria para escribir este libro.

¿Cómo describiría su libro brevemente? 
Tal y como lo define el título. La M del título apela a la palabra “manifiesto”, pues no otra cosa quería hacer desde el principio, y los números latinos XXI se refieren obviamente a un manifiesto para el siglo XXI. Luego amplié el título a “La batalla por la libertad”, a medida que el texto fue creciendo y pasó de ser un mero manifiesto a ser un pequeño artefacto de lucha contra la imposición de lo políticamente correcto, pensamiento de la inferioridad que intento desmontar en el libro. Pero tampoco quiero engañar al posible lector. No es un ensayo de filosofía política, sino un compendio de argumentos e historia contra el socialismo y a favor de la democracia liberal y del capitalismo y, en definitiva, de la libertad como principio ineludible de la vida digna y próspera y en contra de la igualdad con la que el socialismo se llena a diario la boca, que es un concepto estúpido y vacío que sólo se utiliza como coartada para el sometimiento de las sociedades.

También pretendía oponerlo al Manifiesto Comunista, que es un texto insuflado de resentimiento y odio y un alegato a favor de la dictadura y del crimen. Es increíble que un texto transido de tales principios haya determinado la vida del mundo durante los últimos ciento cincuenta años para mal. Ese libro es una bandera de la muerte, el libro que más muerte ha causado a lo largo de la historia. Humildemente, mi libro quiere oponerse a ese texto causante de tantos crímenes. 

¿Qué cree que puede aportar su libro al actual debate ideológico? 
Un pensamiento no nace de la nada sino que es el resultado de lecturas y reflexiones previas de otros muchos autores, pero creo que en el libro se explicitan algunos conceptos que no he encontrado antes, pues aunque en algunos autores sí pueden entenderse apuntados o indiciariamente mencionados no están formulados tan explícitamente. De este modo, creo que muchos lectores podrán encontrar formulación de ideas que ellos muchas veces habrán intuido, pero a las que tal vez no hayan encontrado una expresión concreta adecuada. 

Así, califico de pensamiento de la inferioridad al pensamiento que lleva a conclusiones y planteamientos socialistas. Y entiendo que en el libro queda demostrado que tanto el mecanismo mental que lleva a aceptar tales planteamientos como el pensamiento mismo socialista son producto y consecuencia de ese pensamiento de la inferioridad que surge del resentimiento personal y social y se plasma en la aceptación de un mensaje sencillo para mentes simples que han renunciado a sí mismas. 

La demostración de este pensamiento de la inferioridad es que la socialdemocracia no cree en las personas porque si creyera en ellas no intentaría adoctrinarlas, como hace continuamente. Toda la acción política socialdemócrata es un intento permanente y sostenido de adoctrinamiento emocional a la sociedad. 

También es nuevo, o por lo menos yo no lo he encontrado en ningún otro autor, el concepto de "industria política" sobre el cual hice un extenso artículo hace poco que usted tuvo la amabilidad de publicar en este diario. Para conseguir sus propósitos, la socialdemocracia necesita crear una auténtica industria política con la cual pueda sostenerse de la exacción de la sociedad civil y con la que obtener los recursos y el poder suficientes para implantar su adoctrinamiento masivo. Entiendo que tal concepto es importante en estos tiempos pues no otra cosa que una batalla permanente entre la industria política socialdemócrata y la sociedad civil es la que se está librando y la que está llevando, gracias a la supremacía de esa industria política en la batalla, a la decadencia de Occidente y a la pérdida de los valores de tradición judeo-cristiana que nos han llevado a alcanzar la civilización más alta creada por el hombre. Estamos al borde de la caída y comprender cuál es el verdadero enemigo entiendo que es importante para librar la batalla con alguna posibilidad de éxito. 

En tal sentido, propugno en el libro la separación radical entre economía y Estado, pues el Estado, invadido por la industria política, utiliza la economía como medio de invasión de nuestras vidas de ciudadanos. Sé que es difícil imaginar una separación tan radical como la que sostengo que sería necesario, pero aunque esto es una utopía, sí al menos comprendemos la necesidad de separar en la medida de lo posible ambas cuestiones, poder político y economía, creo que podremos conseguir avances inimaginables en nuestro ámbito de libertad. Además, mantener nuestra economía alejada de las manos del poder político es la única manera de asegurar un mínimo ámbito de libertad. De ahí que podamos observar la ansiedad del poder político por invadir cada vez más nuestra libertad económica: desde conseguir la mayor exacción de nuestro dinero y del rendimiento de nuestro trabajo hasta no dejar un resquicio a la libertad individual son actuaciones habituales del poder político que conllevan que cada vez tengamos menos libertad individual. 

En este sentido hemos dado un nuevo sentido al concepto del lobo de Hobbes. Si antes aceptábamos que el hombre es un lobo para el hombre ahora debemos comprender que el verdadero lobo de nuestro tiempo es el parásito, entendido primero como aquél que es subsidiado sin anomalía alguna que le impida conseguir sus medios de vida sino como una forma de cautivar su voto y, segundo, como el que vive de la industria política que nos parasita. 

Al hilo de lo anterior, si bien es cierto que ya muchos autores habían escrito y demostrado que el socialismo es una ideología esencialmente criminal, la hemos tachado en el libro de auténticamente carnívora. El socialismo siempre ha acusado al capitalismo de carnívoro, alegando que exige que cada persona busque por sí sola su camino y su medio de vida y que “deja a mucha gente atrás” en la batalla por la vida, pero su acusación no oculta sino su verdadera naturaleza, su canibalismo, pues el socialismo devora carne humana para conseguir sus fines. Nadie que tenga la cabeza sobre los hombros puede negar que el socialismo ha sido la ideología que más muertes ha provocado en la historia, desde el comunismo del bloque soviético o de China al nazismo (otra versión del socialismo), pero es que, además, incluso en las actuales sociedades occidentales la socialdemocracia es la responsable de mantener capas enteras de población en la pobreza como medio de cautivar su voto para asegurarse el poder: véanse los cuarenta años de gobiernos socialistas en Andalucía. 

Así, la socialdemocracia no sólo quita a la sociedad y a las personas lo que tienen sino lo que podrían tener. Y quien quiera ver la realidad de este planteamiento tal vez pueda comprender que el socialismo y la socialdemocracia sólo son una cosa: un medio idóneo de las élites políticas para su acceso al poder. Todo lo demás no es sino la hojarasca con que ocultan sus verdaderos propósitos.

¿Quiénes son, en su opinión, los principales enemigos de las sociedades abiertas? 
El colectivismo. El colectivismo en todas sus vertientes. El colectivismo que aniquila la individualidad. Cualquier pensamiento que anteponga el “interés general”, el “bien común”, el derecho de cualquier colectividad por encima de los derechos individuales es el enemigo de la libertad. Todo pensamiento colectivista es socialista por naturaleza, y no lo puede evitar. Lo que estamos viviendo es esto, precisamente, a mi juicio. El pensamiento colectivista, que no otra cosa es el pensamiento de la izquierda, colapsa ante una sociedad abierta. Ocurrió a finales del siglo XX. Pero ha vuelto de forma encarnizada a presentar batalla. Usted mismo lo ha descrito magníficamente en muchos de sus artículos. Cuando cae el bloque soviético, la izquierda, que creíamos acabada, se reagrupa y vuelve a atacar desde el frente del Foro de Sao Paulo. Su estrategia ha cambiado, no propugna abiertamente la dictadura del proletariado, pero busca otra clase de dictadura, como la ha buscado siempre. La libertad es el peor enemigo de la izquierda porque saben que allí donde hay libertad jamás ganan. De hecho, la imposición del pensamiento políticamente correcto y del marxismo cultural es la censura más eficaz jamás inventada por el hombre porque provoca la autocensura, es su primera batalla; han de cercenar la libertad de pensamiento y de expresión como primer paso para implantar sus mandatos. Debemos tener en cuenta que, como se cuenta en el libro, sólo hay dos ideologías en el mundo: el liberalismo, conservador o innovador, que antepone la libertad y la dignidad del individuo a cualquier otra consideración, y el socialismo en todas sus variantes: socialismo, comunismo, nazismo, fascismo, falangismo, nacionalismo o socialdemocracia, que antepone el valor de los grupos al de los individuos. Esta segunda visión política siempre es totalitaria por naturaleza pues coloca al individuo en un segundo plano respecto a los grupos y en los grupos evidentemente los individuos son anulados. Se acusa a estos argumentos de exacerbar un individualismo insolidario y egoísta, pero no es cierto, es otra mentira que utilizan para someternos. De hecho, basta ver los estándares de solidaridad comparados entre EEUU y Francia, un país, el primero, donde priman los derechos individuales y otro, el segundo, donde priman los principios socialistas, para comprobar que los índices de solidaridad social son mucho más altos en EEUU. Anular el individualismo no es, por tanto, acabar con la insolidaridad y el egoísmo sino, muy al contrario, anular la personalidad individual para someterla al colectivo y de este modo asegurar el control total por parte de las élites políticas sobre la sociedad. El colectivismo ha dejado atrás etiquetas como las que he mencionado más arriba y ahora se viste sencillamente de "estatismo". Los colectivistas de todas las ideologías socialistas pretenden convencernos de que es imprescindible asumir Estados gigantescos y elefantiásicos para sostener la sociedad, cuando es a la inversa. El mundo occidental se ha hecho rico cuando sus Estados eran pequeños y comedidos y su intrusión en la vida de la sociedad civil era menor. Desde hace décadas, que se ha producido un fenómeno evidente de creciente estatalización, podemos comprobar cómo no deja de haber problemas económicos, crisis constantes, gasto incesante, deuda insostenible, etc, que son problemas del crecimiento del Estado, no provocados por la sociedad civil. Precisamente lo que pretenden los estatistas es ocultar tal verdad corroborada por los hechos bajo el argumento constantemente repetido de los supuestos males del capitalismo, cuando el capitalismo ha sido reducido constantemente y dicha reducción avanza a pasos agigantados, al menos en Europa (véase las monstruosas administraciones europea y de cada uno de los países que la componen). Pretenden de este modo confundirnos, decirnos que los males que nos aquejan son del sistema capitalista y de la sociedad civil, cuando es una monstruosa mentira. Pretenden que confundamos los defectos del creciente estatismo con defectos del sistema de la democracia liberal, cuando en realidad los problemas de ésta son creados por el creciente estatismo, esto es, por la industria política. Si somos capaces de comprender que con Estados que suponen, cuando menos, el 50% del PIB de los países y que siendo tan inmenso su poder ejercen una influencia decisiva en el resto de la sociedad, achacar la culpa de los males a la parte pequeña de la sociedad civil que puede actuar con un mínimo de libertad es una falacia que sólo tiene por objeto engañarnos para continuar incrementando nuestro sometimiento, creo que habremos avanzado mucho en la comprensión del mundo real que vivimos, que no es precisamente un mundo capitalista ni liberal sino fieramente estatista (y, por tanto, socialista) y podremos entonces comprender de dónde proceden nuestro principales problemas. Por ello, he intentado combatir esa falacia que repite la socialdemocracia a diario en todos los países occidentales sobre que vivimos en un mundo capitalista desordenado y cruel, cuando lo cierto es que vivimos, incluso en los países occidentales, en sociedades socialistas con una pequeña parte de libre mercado. Es la misma razón por la que, frente a la machacona insistencia de la izquierda en reivindicar la igualdad como principio básico de convivencia, he reivindicado la desigualdad como derecho humano irrenunciable. Sólo hay una igualdad imperativa, que es la igualdad ante la ley y es la que nos hace verdaderamente libres e iguales. La igualdad de resultados que predica la izquierda no es sino la coartada para imponer su dictadura, de ahí que su discurso del altruismo sea una farsa para hacernos partícipes de un sentimiento de culpa que nos lleve a aceptar el sometimiento. Cambiar nuestra forma de pensar al respecto nos haría libres.

Si el socialismo es, en su opinión, “el opio del pueblo”, ¿qué es la socialdemocracia? 
Predico la expresión el opio del pueblo de la propia socialdemocracia. El socialismo, en sus versiones más avanzadas ni siquiera es el opio de pueblo, sino la muerte del pueblo. 

La socialdemocracia ha quedado en la mente de todos los ciudadanos occidentales como un mensaje político de solidaridad y amor, como la única ideología que podría hacer justas nuestras sociedades, pero esto no ha sido sino la consecuencia de la imposición educativa y cultural, no de la verdad. Debemos recordar que la socialdemocracia nace al amparo de la opulencia que consiguen las sociedades capitalistas. Algunos socialistas se dieron cuenta de que intentar imponer un socialismo radical a un proletariado que avanzaba en su nivel a vida a niveles insospechados y sorprendentes ya no era viable, así que optaron por adoptar el mensaje socialista a sociedades más abiertas. Pero el socialismo, como toda doctrina totalitaria por naturaleza, no puede olvidarse de sí misma, y lo cierto es que, incluso en los países democráticos poco a poco va consiguiendo que cada vez lo sean menos y cada vez sea mayor la imposición educativa y cultural de su credo, lo que lleva a unos niveles de totalitarismo social (aún no político, pero esto es cuestión de tiempo) impensables en Occidente hace tres o cuatro décadas. 

Por ello la socialdemocracia es tan peligrosa, porque bajo un guante de seda esconde una mano de hierro a la que no puede renunciar salvo dejando de ser lo que es por naturaleza. Bastiat ya indicaba que el proteccionismo, el socialismo y el comunismo no son sino partes del mismo árbol. Es lo que estamos comprobando actualmente en Occidente, que el socialismo, aparentemente bajo una máscara democrática, se está imponiendo con una fuerza coercitiva que nos deja algo anonadados porque no lo podíamos imaginar hace unos años. Pero lo cierto es que tras la excusa de las grandes causas que dice defender, la socialdemocracia lo único que pretende conseguir es el poder. Como mantengo en el libro, y creo demostrar con argumentos sólidos, el socialismo y la socialdemocracia no se han convertido sino en medios de acceso al poder. Para ello, prometen igualdad, no discriminación, “no dejar a nadie atrás”, como vacuamente dice nuestro por desgracia Presidente del Gobierno, que parece un loro sin sentido y estúpido, y todas esas batallas que se han inventado precisamente en el momento en que estaban o superadas o siendo superadas: igualdad de sexos, igualdad racial, etc.

Esas supuestas batallas de la izquierda no son sino la excusa que utilizan para acceder al poder a través del convencimiento de masas de ciudadanos sometidos bajo estándares educativos rebajados y propaganda masiva en los medios de comunicación. Por eso, prometen un veneno que cala en amplios sectores de población como medio para controlar la sociedad y acceder al poder. Un ejemplo evidente es que arman ser los defensores de los más desfavorecidos, pero lo único que hace la socialdemocracia es sostener a los pobres en la pobreza. Como sostengo en el libro, la socialdemocracia es un mal negocio para los pobres. De ahí que la socialdemocracia sea un auténtico opio del pueblo a través del sometimiento de las conciencias y de las promesas, siempre incumplidas por imposibles, de igualdad material que, además, provocan un evidente resentimiento social que la socialdemocracia necesita imperiosamente porque a través del odio y del resentimiento se anula la razón. Las promesas de la socialdemocracia, además de falsas, son tóxicas, como el opio, pues anulan la conciencia y la razón. Y su objetivo no es otro que obtener el poder. Ahora tenemos un ejemplo evidente: el ofrecimiento como si fuera un bálsamo milagroso de la renta vital mínima. Es sólo un ejemplo de sus modos de conducta política tóxicos y que no tienen otro objeto que cautivar el voto de las masas para garantizar el acceso al poder de las élites de los partidos socialdemócratas. Masas a las que necesitan mantener en esa situación para que su perspectiva política no cambie.

¿Todos los Gobiernos deben considerarse como enemigos por los ciudadanos? 
Creo que sí. El Gobierno, cualquier Gobierno, siempre intenta sostenerse en el poder y para ello ha de atraer a sus intereses cualquier otro poder que se le oponga. Es su naturaleza. 

Además, este principio, que menciono al comienzo del libro, no es una frase vacía, sino que debe implicar un modo de pensar en el poder como algo ajeno y opuesto a nuestra libertad individual. 

Observo con preocupación cómo muchos electores votan suspirando porque obtenga la victoria su opción política, confiados en que el Gobierno que surja los provea de cualquier clase de prebendas, desde subvenciones a puestos de trabajo sin habérselos ganado. Tal actitud es servil, es la actitud del sometimiento, de la servidumbre. Todo Gobierno aspira a ampliar su esfera de poder y si es socialista o socialdemócrata, mucho más. Podemos estudiar la evolución de los Estados en Occidente de los últimos cien años y podremos comprobar cómo la invasión del poder político en las vidas de las sociedades se ha multiplicado exponencialmente. Desde apenas el 10% o 15% que representaba el gasto público en los países occidentales hace cien años hemos pasado a valores que oscilan entre el 40% y el 60%. Eso implica que la esfera de poder de un Gobierno hoy es mucho mayor en la sociedad de lo que lo era hace cien años. Los países occidentales se hicieron ricos cuando sus gobiernos y Estados representaban un porcentaje mucho menor de la sociedad y desde entonces han ido creciendo de forma insostenible hasta ahora en que estamos en una situación económica al borde del colapso. Cuando los gobiernos representaban mucho menos los individuos no esperaban de ellos que les solucionara la vida sino que mantuviese orden, educación y justicia. Hoy le pedimos a los gobiernos casi que nos digan lo que tenemos que hacer cada día. Esto ha provocado unas limitaciones enormes de la libertad individual y un grado de sometimiento y de pobreza mucho mayores. Se dirá que hoy estamos mejor que hace cien años y es cierto, pero porque la parte de la sociedad civil que ha podido seguir siendo libre ha evolucionado con más rapidez que la humanidad en sus miles de años de historia anteriores, pero no es menos cierto que hoy podemos ver que tales ámbitos de libertad son cada día más restringidos y que nuestras economías no crecen tanto. Es consecuencia de la invasión de la sociedad por el poder estatal, representado por cada uno de los gobiernos que se suceden casi sin poder apreciar diferencias esenciales muchas veces entre unos y otros. 

Que este mayor poder del Gobierno, este inmenso poder estatal, es incompatible con la democracia y con el verdadero poder del pueblo no es algo que me haya inventado yo, sino que a la evidencia empírica de tal afirmación se corresponden afirmaciones de santones del socialismo que así lo reconocieron, como el propio Marx, que armó  que Estado y democracia son incompatibles. Estamos en un momento en que el Estado es tan invasivo que no sólo ostenta su propio poder derivado de las leyes sino que ejerce una influencia tal que controla también y condiciona a la otra mitad, a la sociedad civil, que cada vez se ve más restringida y sometida. 

Lamentablemente, en España no tenemos la mentalidad que sí tienen, afortunadamente para ellos, en otros países, como EE.UU. En el libro menciono una encuesta en la cual más del 70% de los jóvenes españoles piensan que su vida la determinará el Gobierno y el poder político, mientras que en EE.UU. la misma encuesta arrojó un saldo de tan sólo algo menos del 20%. Esto demuestra que EE.UU., a pesar de todo, es hoy una sociedad mucho más sana, cuyos individuos consideran a su Gobierno un potencial peligro en lugar de considerarlo, de forma totalmente servil y esclava, como un potencial regalador de modos de vida. 

Esta mentalidad nos convierte en esclavos. De ahí que cambiarla y considerar a nuestros gobiernos, a cualquiera de ellos, nuestros enemigos, sea el primer paso para la liberación. Debe quedar claro a los ciudadanos que lo que crea riqueza son los mercados y la interacción de los individuos. Los gobiernos no crean ninguna riqueza, más bien la destruyen. 

¿Cómo ha conseguido el actual neocomunismo dominar ‘de facto’ en amplios sectores de la sociedad como la cultura, la educación o los medios de comunicación, entre otros? 
No tengo la menor duda de que ha sido a través de sus medios de propaganda. Debe recordarse que se menciona mucho la propaganda nazi, pero ésta no fue sino una copia de la propaganda de los Partidos Comunistas de todo el mundo occidental desde la implantación de la dictadura en Rusia y la creación de la URSS. 

Además, la mentira como arma política nació de una forma expresa y contundente con el socialismo. Basta leer algunos libros que analizan las actuaciones de los socialistas y comunistas y comprender que la propaganda fue la principal arma, añadida a la violencia, para hacerse con el poder y para convencer a amplias capas de población de su mensaje supuestamente redentor. 

Un ejemplo evidente es que, a pesar de haber cometido más crímenes que el nazismo, el socialismo y el comunismo están limpios en tal sentido en el inconsciente colectivo y, de hecho, la gente de izquierdas se muestra orgullosa de su ideología mientras que se ve como algo vergonzoso, y con razón, compartir la ideología nazi, cuando son básicamente lo mismo: socialismo. Esto demuestra el éxito de su propaganda, pues considerarse comunista debería ser tenido en la conciencia pública tan indigno como considerarse nazi.

Hemos de partir de una premisa básica: el ideólogo pretende por naturaleza convencer o engañar al prójimo, mientras que el demócrata lo deja libre para que piense por sí mismo. En tal sentido, es evidente que los demócratas pocas veces han hecho proselitismo de su mensaje, precisamente por creer en la libertad de los demás. 

Al partir del impulso “redentor”, como cualquier religión por naturaleza totalitaria, el socialismo pretende “convertir” a las masas. Para ello, ha conseguido dominar la educación (de ahí que se oponga a cualquier sistema educativo privado) para adoctrinar a las personas desde la niñez. España en un ejemplo: todas las leyes sobre educación desde la Constitución de 1978 son socialistas. Los gobiernos de derechas no han tenido valor para cambiarlas. 

Lógicamente, cuando quieres adoctrinar masas no puedes elevar el nivel educativo sino todo lo contrario: necesitas que las masas estén educadas a medias, que hayan aceptado los parámetros mentales del pensamiento de la inferioridad y que no busquen la verdad más allá. De ahí que en todo Occidente (el caso de España es incluso cruel) los niveles educativos de las nuevas generaciones sean cada vez menores en comparación con lo que está ocurriendo en Asia, donde las sociedades están naciendo a la educación y a la libertad en unos sistemas educativos de una exigencia que no se ha visto en la educación pública en Europa ni EEUU desde hace décadas. 

Y, por supuesto, tenemos el problema de la universidad. Han llegado al profesorado universitario generaciones de jóvenes ya educados en el socialismo, de modo que han continuado con su prédica de una forma exacerbada y acrítica con todo lo que sea socialismo. Hoy, el pensamiento de la inferioridad del que surge el pensamiento políticamente correcto es un auténtico dogma no ya en las universidades sino en todas las sociedades occidentales que está pudriendo nuestra historia y nuestros valores y que acabará con nuestra civilización a menos que pongamos pie en pared. 

Menciona en la pregunta el neocomunismo. Es cierto que estamos asistiendo a un renacer obvio del comunismo, pero no conviene quedarse sólo en ese término que sí puede alertar a muchas personas de buena voluntad, pero que apenas se alertarían ante el término socialista porque entienden que la socialdemocracia sí es válida y es democrática. Debemos desvelar esta falacia. Hoy no está imponiéndose el comunismo o socialismo radical sino a través de la socialdemocracia. Socialdemócrata se dene el PSOE en España y es radicalmente socialista y neocomunista en sus formas y en sus propuestas. Y el Partido Demócrata de EE.UU. sufre el mismo proceso, con un Bernie Sanders que ha estado a punto otra vez de ser candidato a la Casa Blanca y que defiende abiertamente a regímenes como los de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Por tanto, el problema no es el comunismo, que no sería sino un paso más allá del que es realmente el problema que sufrimos: la socialdemocracia, culpable de casi todos los males que sufren las sociedades hasta ahora abiertas de Occidente.

¿Por dónde pasa la resistencia a lo que usted dene como la ideología de la servidumbre? 
En mi libro dedico un capítulo a este asunto porque parto de la necesidad de que haya una defensa decidida, agria si es necesario, de los principios de la democracia liberal ante el ataque socialdemócrata que está cerca de aniquilarnos. 

Los demócratas ya no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que nos asalten, destruyan nuestra historia, nuestros principios, nuestros valores y nuestro modo de vida para instaurar, una vez más, un totalitarismo que, al nal, no sería muy diferente del que ya hemos visto en otros momentos de la historia. 

En ese sentido, un personaje de mi novela "Frío Monstruo" se define como un demócrata que odia como un comunista. 

En parte, es lo que necesitamos. Odiar a las formas de vida que nos odian y que quieren someternos a esa forma inferior de vida que es el socialismo. 

El socialismo es activista y hostil, y ha ser opuesto de la misma forma. En el libro menciono, entre otras cosas, qué podemos hacer, no dar lo inmerecido a quien no se lo merezca, obligar a nuestros políticos no socialistas a proponer una Ley de Responsabilidad por medio de la cual se comprometan a instaurar una meritocracia sin concesiones; debemos oponernos a la intervención estatal en todo aquello que podamos, de la forma más firme que podamos y no darle a nuestro Gobierno nada que no sea lo que imprescindiblemente nos haga cumplir la ley; debemos oponernos a sus arengas y argumentos y acusaciones; debemos prescindir en la medida de lo posible de sus concesiones y oponernos con todas nuestras fuerzas al instrumento más hábil que utilizan los gobiernos socialistas, las subvenciones. Debemos propugnar que los partidos no socialistas se comprometan a declararlas ilegales. Debemos oponernos frontalmente al discurso falsamente altruista y volver a considerar el valor individual de cada uno y comprender que cada vez que el Gobierno te exige algo te está robando y que sólo es admisible entregar una parte razonable de lo que producimos: debemos ganar la autoestima necesaria para oponernos a esos discursos de la culpa con que nos golpean continuamente y que pretenden someternos y deberíamos propugnar, como decía antes, una separación lo mayor posible entre Estado y economía, pues es la única manera de subvertir la imposición estatal, siempre socialista, que pesa como plomo sobre las alas de los individuos. Y debemos alarmarnos cada vez que un político menciona la palabra solidaridad. Quiere robarnos. 

Finalmente, he visto con agradable sorpresa el escrache en un pueblo de Cádiz a Monedero. Siempre me dicen que responder con la misma moneda nos convierte en iguales. No lo comparto. Estamos en guerra, cultural e incruenta aún, pero es una guerra. Y creo que el principio de reciprocidad es el que debe guiar los pasos también de los demócratas. Podemos instauró el escrache en España. Pues es conveniente que lo sufra. En definitivamente, cualquier acción que suponga subvertir su pensamiento, su actuación política y su activismo; es necesario que los demócratas comencemos a implantarlo para plantar cara con una mínima posibilidad de éxito.

¿Qué nos espera en ‘Libera’’? 
"Libera" es un país virtual en mi novela de ficción "Frío Monstruo". 

Aún no existe, pero Libera es un ideal, un país imaginario donde se encuentren individuos libres e iguales, donde el sacrificio sea voluntario, donde la autoestima en el propio valor y en las propias cualidades sean la máxima y donde nadie sea sacrificado por otros. 

Es el país ideal para la estirpe de los hombres y mujeres libres que debería crearse entre todos los que creemos en la libertad, donde no existirá ni un solo colectivo porque cada persona es única y especial.

Libera es de momento una utopía, pero espero que algún día tenga naturaleza propia y sea un lugar de encuentro de personas libres, de debate intelectual intenso y de creatividad sin límites. Ese país que jamás ha existido porque siempre las fuerzas ocultas del colectivismo lo han impedido. 

Estamos trabajando para construir Libera y ojalá algún día pueda venir de nuevo a estas páginas a ofrecerles ese país virtual a los ciudadanos que leen periódicos como éste que usted dirige. Como escribo al final de mi libro: dos personas no somos un país, pero somos un mundo. Un mundo que puede surgir en cualquier momento. 

M-XXI
LA BATALLA POR LA LIBERTAD
EL SOCIALISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO
W. GALT

"Si todo se nos hace, 
si no podemos ejercer nuestra responsabilidad,
ya no somos humanos". 
Skolimowski
INTRODUCCIÓN

"Quién cree, teme. Quién teme, cree". 
Boualem Sansal

Nunca ha habido un mundo perfecto. Y nunca lo habrá.
Nunca ha habido una sociedad perfecta. Y nunca la habrá. Nunca ha habido un Hombre perfecto. Y nunca lo habrá.
Cualquier utopía es una aberración de la inteligencia y está basada en una superstición. Nadie puede imaginar un mundo perfecto en que todas las personas fueran totalmente generosas.
Sería un mundo destinado a la inmovilidad, al cero. Del mismo modo que tampoco cabe imaginar una distopía donde todo el mundo actúe dirigido por la maldad, como pretendía Sade, pues ese mundo estaría abocado a la destrucción (la utopía comunista es lo más parecido).

Todas las utopías vulneran dos principios básicos: el principio de realidad y el principio de verdad.
Una utopía es, por definición, algo que no existe; una utopía es, por definición, algo que no puede existir. Creer en utopías corresponde a fases prerracionales del ser humano (Popper). La utopía sustituye a Dios por otra ilusión, pero con la misma fuerza y fanatismo y crueldad. Aplicar una ilusión a la política, que debe ser el ámbito de la realidad, es una estafa, un cóctel explosivo que sólo puede terminar de una manera: explotando. Intentar una utopía sólo provoca miseria, ruina y falta de libertad.
Acatar la sumisión que exige el poder es el primer paso a la servidumbre. Considerar a tu gobierno como tu enemigo es el primer, decisivo e imprescindible mandamiento para la libertad.

Todas las utopías pretenden acabar con el conflicto, cuando el conflicto es inherente a la naturaleza humana. Podemos preguntarnos, con Gray, si seguiríamos siendo humanos en un ámbito de ausencia de conflicto.Creo que nadie podrá imaginar un escenario semejante. Sólo en el mundo de la muerte puede estar ausente el conflicto. Mientras estemos vivos, el conflicto será una de nuestras formas de expresión de temores, recelos, anhelos. Siempre existirá el conflicto, a nivel individual, como expresión de nuestra forma de ser, de nuestro egoísmo, y también de nuestra generosidad. Incluso en el amor surge el conflicto. Y a nivel colectivo el conflicto será mayor, pues nadie puede renunciar a su espacio ni a sus deseos. A nivel político no cabe esperar que se acabe alguna vez con el conflicto, sólo que éste sea controlado a través de normas de cortesía, de costumbres o de leyes.

Las personas que temen el conflicto tienden a esconderse en sí mismas, a renunciar a la vida. Son las mismas que, para huir del conflicto, de la lucha entre el bien y el mal, de la controversia entre el egoísmo y el altruismo, sueñan con construir un nuevo ser humano. Pero sólo imaginar a ese nuevo ser humano ajeno al conflicto es como imaginar a un ser humano sin sangre. Sería un autómata, pero no un ser humano. Es la clase de ser humano que han intentado construir sistemas totalitarios como el comunismo, en el cual se elimina por omisión y por opresión el conflicto entre particulares bajo el aplastamiento de una opresión estatal que todo lo subsume. El conflicto mayor elimina, por ocultación y por potencia, los conflictos menores.
La vida es un conflicto incesante y, frente a ello, las personas que cierran los ojos y quieren ocultarlo son las mismas que buscan refugio frente a la incertidumbre.
En un primer momento, pensaríamos que a todo el mundo le gustaría conocer su futuro y saber qué será de él. Pero si nos detenemos a pensar un poco, ¿de verdad queremos saber todo lo que nos depara el futuro? Sólo pensarlo en profundidad infunde pánico. Si supiéramos lo que nos espera nos detendríamos. Bien por estupor ante el temor, bien por conformidad ante el éxito.

En la ceguera ante la incertidumbre nos negamos a ver la influencia que en nuestras vidas tiene el azar. Subestimamos la aleatoriedad de la vida y sobrevaloramos la causalidad, cuando lo cierto es que Nassim Taleb ha demostrado que el enfoque platónico de ideas abstractas que nos ofrecen un mapa de la vida es completamente erróneo y que los modelos predictivos (siempre socialistas) obvian cuestiones clave como la imposibilidad de disponer de toda la información relevante, o que pequeñas variaciones desconocidas en los datos pueden tener un gran impacto y que, en definitiva, el mundo evoluciona a través de lo inesperado, de los sobresaltos y el desorden y el caos y cuando menos se los espera, los cisnes negros nos cambian la vida totalmente (revolución rusa, por ejemplo, que produjo la mayor masacre de la historia).

Es cierto que la incertidumbre que preside ineludiblemente nuestras vidas infunde temor, pero es imprescindible aprender a vivir con ella, pues no se puede vivir de otro modo.Todos queremos saber qué ocurrirá, queremos seguridad en nuestros pasos por la vida (trabajo, amor, salud, dinero, etc), pero es imposible. La certidumbre, como cualquier otra ilusión, no existe. Se critica al Capitalismo, en esencia, por la incertidumbre que arroja sobre todos nosotros al estimar la libertad individual como norma básica de conducta, lo que implica la responsabilidad de cada uno en la búsqueda de su camino. Pero, ¿es que el Socialismo garantiza la certidumbre? Y, en tal caso, ¿qué clase de certidumbre garantiza? ¿La de los cubanos que, efectivamente, saben con toda certeza que mañana seguirán estando tan sometidos al poder político y siendo tan pobres como hoy? Si es esa clase de certidumbre la que garantiza el Socialismo, ¿hay alguien que la prefiera a la incertidumbre que provoca la libertad?
Si respondes afirmativamente a esta pregunta, no es necesario que sigas leyendo. Eres un caso perdido. Tu pulsión de temor y de servidumbre puede con tu razón. Existirás, pero no vivirás tu vida. Vivirás la vida que otros determinen por ti, la vida que el sistema del que seas súbdito decida que has de vivir y cómo has de vivir.
Será la actitud del niño, que toma el mundo según sus ideales, no del adulto que interpreta el mundo como es.

Esa actitud te llevará a creer en fantasmas. Fantasmas religiosos y fantasmas políticos, sustitutivos de los anteriores. Ideales que son pura ficción: pueblo, sociedad, espíritu, amor y, finalmente, el Estado como el mayor oferente de certidumbre.
Convertimos entonces al Estado en el sucedáneo de la gran utopía inalcanzada (e inalcanzable) y, en lugar de esperar de él que otorgue un mínimo de orden y leyes justas para la convivencia en paz, le pedimos que nos otorgue su bendición y beneplácito como a cualquier dios absoluto.

De ahí que los partidarios del Estado se conviertan en los moralistas y puritanos de la era contemporánea. El moralista lo convierte en su religión, le otorga capacidad de amor por sus súbditos y le concede el gobierno de las almas. Se comporta ante el Estado como ante lo sagrado y esparcen la educación de sus valores y principios, en los cuales nos enseña a proscribir nuestro propio interés y nuestra libertad. Cualquiera que se oponga al estatismo es un ejemplo del mal, del caos, del pecado. El Estado se convierte en una monarquía absoluta. "Todo para el Estado, nada contra el Estado, nada por fuera del Estado", dijo Mussolini.

Se dice por los moralistas y puritanos que vivimos una época de individualismo. No es cierto. Desde el punto de vista político, es una época socialista. El individualismo debe conformarse como una forma de ser del hombre. Si no somos más altruistas, como nos piden coactivamente los puritanos, no es por el sistema político. O, les que la gente era mejor persona en la Unión Soviética o en la Italia de Mussolini, por mencionar dos sistemas colectivistas? ¿o, es mejor la gente desde el punto de vista personal, en Cuba que en Miami?

Somos como somos por nuestra propia naturaleza. Y si esta época contemporánea, fundamentalmente socialista a nivel global, influida por dos mil años de principios cristianos, no ha cambiado nuestra naturaleza, nada lo hará. Aunque cabe preguntarse si una sociedad diferente, donde cada uno sea responsable de sí mismo y de sus actos y no delegue en instituciones públicas y mediocres, no se desarrollará de forma espontánea nuestra generosidad (¿por qué los estándares de solidaridad, según los organismos internacionales, son mayores en Estados Unidos que en Francia, país de mucha más raigambre socialista?).

Se dice también que es insoportable la corrupción de los países capitalistas, donde el grado de libertad es mayor. Es falso.Todos los estudios a nivel internacional demuestran lo contrario: que los países con mayor libertad económica son los que menos corrupción sufren. Además, se ataca la corrupción personal como sistémica, intentando confundir a la población para desprestigiar el sistema político que mayor libertad y prosperidad nos concede, sin reparar en que la peor corrupción es la ideológica. La corrupción econónlica roba dinero, pero la corrupción ideológica roba mucho más cuantitativamente y roba, además, libertad y prosperidad. Es decir, no sólo roba lo que hay, sino lo que pudo haber. Y lo roba con las coactivas coartadas habituales: solidaridad, interés general, sostenibilidad, pueblo, sociedad, Estado... Esta corrupción no particular sí que es sistémica, porque no hay sentido del injusto, porque se limita el crecimiento por políticos que toman decisiones sobre la vida de los demás. No cabe peor corrupción que intentar hacer pensar a los demás de una determinada manera mediante coacciones más o menos sutiles. Esto es mucho peor que la corrupción económica.

Los mismos que nos reprochan lo anterior, alegan que somos individualistas e insolidarios para culparnos de no someternos a sus designios. Si bien el concepto de individualidad nació con el capitalismo, se ha ido perdiendo desde mediados del siglo XX por el estatismo creciente. Estatismo creciente que nadie puede poner en duda, aunque se mienta al respecto, cuando se comprueba cómo han ido evolucionando las cifras de influencia de lo público en cada una de nuestras sociedades. Si hace cien años en cualquier país el peso del Estado era inferior, en general, excepto en los países comunistas, al 15% o al 20% del PIB, hoy no hay país desarrollado cuyo Estado sea inferior al 30% del PIB. ¿Creéis que eso es gratis?

Ese estatismo que nos ahoga ha convertido al Estado en el sucedáneo de las utopías. Ya no pueden defender públicamente que aspiran al comunismo, por lo que el artefacto más cercano y parecido es el Estado. Ya lo dijo Petro Márkaris con acierto: "Jamás me había imaginado hasta qué punto se parecen el Partido Comunista y el Estado". Cuanto más Estado menos libertad individual, es una ecuación, un axioma infalible. Lo dijo sin disimulos uno de los padres del Estatismo, Engels: "Estado y sociedad libre son incompatibles."Y Lenin lo corroboró: "Mientras el Estado exista no habrá libertad. Cuando la liberta exista, no habrá Estado." Y lo aceptamos rogando a los Estados más medicina de la que nos envenena.

La historia es un devenir incesante de tribus, comunidades, sociedades y naciones, y sólo al final ha surgido el individuo como sujeto de la historia. Lo que es un logro nuevo e increíble de la historia pretenden anularlo, dando gato por liebre al intentar convertir al individuo no en sujeto sino en objeto de la historia. El individuo, con sus derechos inalienables y como figura jurídica inatacable, ha sido el mayor logro humanista de la historia y estamos dejando que se desperdicie abrazando los alegatos colectivistas de los puritanos que nos llevarán a la hoguera del sacrificio y la opresión.
Sólo hay dos ideas políticas en el mundo: liberalismo y socialismo, ésta con todas sus variantes: comunismo, fascismo, nazismo, falangismo, populismo, democracia cristiana y socialdemocracia.

El liberalismo es la única ideología abierta, la única que permite cualquier expresión individual, la única que defiende tu particularidad, tu unicidad. La única que garantiza la libertad como premisa básica e irrenunciable de la convivencia. La única que garantiza vuestra prosperidad y la de vuestra sociedad.

Cualquier bobo o débil que tiene un problema evita preguntarse a sí mismo y ]o achaca al capitalismo, expresión económica y política del liberalismo. ¿En qué otra clase de sociedad no tendría problemas? ¿Es que la gente no tenía problemas en la Rusia soviética? ¿Es que la gente no tiene problemas en Cuba? ¿Es que no existían los problemas en las épocas precapitalistas? En todas esas sociedades la gente sufría muchos inás problemas y en mayor grado y de forma mucho más severa. Es un lugar común de los hipócritas que no son capaces de enfrentarse a sus problemas -enajenados de sí mismos- y una forma de presión social de los destructores del mejor sistema político creado por el hombre.

¿No es moral el capitalismo porque la gente sigue caminos diferentes? ¿y es moral limitar su libertad para obligarlos a un mayor grado de igualdad forzada? Esto sí que es inmoral e intolerable. Los amantes del socialismo, los que no pueden o no quieren rendirse a la evidencia de su fracaso, de su falsedad estructural, siempre alegan que el sistema socialista es el justo y que siempre han fallado las personas que lo han aplicado, que cambiando las personas podría funcionar como un Paraíso en la Tierra (Trotsky). Es completamente falso.

No ha funcionado porque no puede funcionar una sociedad que se basa en premisas falsas, en supersticiones, y que ahoga la libertad de los individuos en favor de entes abstractos que tratan a las personas como piezas intercambiables.
Nadie podrá daros un Paraíso en la Tierra, ni una sociedad perfecta, ni todas las mentiras que os han vendido. La naturaleza humana lo hace imposible aunque los profetas del colectivismo, fanatizados como locos, digan lo contrario. Sus propósitos parten de dos premisas: anular la realidad y ocultar la verdad. Si lo evitamos, el encuentro explosivo entre realidad y verdad nos hará libres.

2- Pulsión de Servidumbre o el pensamiento de la inferioridad.

"La locura individual es cosa rara, pero en grupos, 
partidos, naciones y épocas, es la norma". F. Nietzsche

El individuo que descubra la verdad tendrá que ser un individuo nuevo, no el que se esconde en el autoengaño alegando que anhela la libertad pero guareciéndose en la esclavitud del poder político, ése que asume la afirmación falaz y terrible que sostiene que todo el mundo pertenece a todo el mundo, pensamiento reaccionario avalado desde el poder para mantener la grey subyugada. Todos los pensamientos de sometimiento actuales tienen su origen en la izquierda, ese movimiento mundial que predica la inferioridad del ser humano. Son los mismos que ansían ser sometidos y que otros tomen decisiones por ellos. Son los que se enervan si alguien intenta someter su voluntad en las pequeñas cosas pero que se someten dócilmente ante las grandes decisiones. Se esconden tras pancartas, logos, eslóganes, frases hechas y expresiones grandilocuentes y vacías entre muchedumbres, orgullosos de pertenecer a colectivos, huyendo de sí mismos y de su propio pensamiento, si alguna vez lo tuvieron.

Cabe preguntarse de alguien que no sabe reivindicarse individualmente como persona, ¿cómo será posible que se encuentre a sí misma entre la muchedumbre?
Esta pulsión de servidumbre la mencionó De la Boétie, preguntándose asombrado de la "sed insaciable de sometimiento", refiriendo que degrada a la persona de sujeto a objeto, obligándole a perder su dignidad.

La pulsión de servidumbre es tan poderosa o más que las de vida o muerte. Utiliza como coartada el amor y el miedo, que muchas veces viene a ser lo mimo. Predican hipócritamente el amor sin darse cuenta de que el amor indiscriminado y sin causa es la mayor arma de sometimiento. El cristianismo y otras religiones han necesitado el amor para someter a la humanidad del mismo modo que el socialismo necesita la solidaridad, esa versión light y capciosa del amor y del temor, para exigir el sacrificio.
Apóstoles y víctimas al mismo tiempo de ese amor laico, de su esquizoide presencia, escindida entre su alta exigencia y su egoísmo natural, se odian a sí mismos y a los demás, sustituyendo su amor por las personas individuales por un ente abstracto llamado Humanidad, de modo que no les importan las personas con nombres y apellidos, sino una abstracción inexistente que no existe. Es su nuevo dios. Como seguidores en masa de su dios, quieren convertir a los demás en la misma clase de personas que ellos: perdedores de la batalla por la vida.

Es la locura de nuestro tiempo. La inalcanzable aspiración de amor universal provoca un sentimiento de inferioridad en el disciplinado ganado que se manifiesta en pobre autoestima, sentimientos de impotencia, derrotismo, culpa y aborrecimiento. El izquierdismo es antiindividualista y colectivista, y los izquierdistas pretenden que la sociedad resuelva todas sus necesidades por ellos, para que cuide de ellos. No tienen confianza en su propia habilidad para resolver sus problemas y satisfacer sus necesidades. Opuestos fanáticamente a la competencia, se sienten como perdedores de antemano.

Adoran el relativismo cultural, incluso fomentado aquellas religiones que acabarían con ellos en cuanto ascendieran al poder, considerando que todo lo hecho por la humanidad a lo largo de los siglos tiene el mismo valor, confundiendo así progreso real con reacción. Su intención es condenar el progreso, pues son ajenos a él, se quedan rezagados y lo odian, porque el progreso trae libertad y responsabilidad personal, lo que más odian porque los retrata y los pone ante el espejo . Por esa misma razón se oponen al progreso técnico y científico, odian la realidad pretendiendo cambiarla y amoldarla a sus deseos y odian la verdad. La realidad y la verdad ponen de manifiesto que hay cosas verdaderas y exitosas, superiores, y otras creencias que son falsas y que son inferiores, como su propio credo socialista. Para anular su fracaso, no toleran ninguna clasificación real de las cosas, pues una clasificación implica mostrar que hay cosas superiores a otras e inteligencias superiores a otras. Por eso, diluyen los aspectos personales y atribuyen el mérito o la culpa a la sociedad, de modo que si una persona es inferior en inteligencia o mérito a otra es por culpa de la sociedad, no por demérito suyo o por mérito de aquél (Rand).

Ese activismo es profundamente hostil, es el odio que destila el inferior, el débil, el cobarde. Lo esconden tras su activismo y lo encauzan en muchos actos que no están encaminados racionalmente para servir de beneficio a quienes supuestamente pretender ayudar. Su actitud servil a favor de ciertas minorías supuestamente oprimidas tiende a intensificar el problema al polarizar la sociedad a la que hostigan y al crear conflictos permanentemente. Los instigadores son conscientes, pero el ganado que los sigue no, de que cuando se empieza a luchar contra injusticias imaginarias se acaban creando injusticias de verdad. Si la sociedad no tuviera ningún problema, la izquierda inventaría los problemas. De hecho, es lo que hace realmente articulando conflictos que se pergeñan, inventan y desarrollan en esos antros de odio que son las universidades. Preocupados por el poder y la dominación, el puritanismo progre es hijo de los subproductos de baja calidad de las universidades occidentales, que esparcen su semilla entre generaciones de estudiantes adoctrinados. Esos profesores son auténticos ejemplos de pulsión de servidumbre activa (los pastores que aspiran a dirigir el ganado) que sólo buscan el poder que luego ejercen a su conveniencia. Son los santones y apóstoles de la nueva creencia religiosa. Y también los inquisidores mayores del Santo Oficio de la Izquierda mundial.

En un bucle nocivo, los vuelve hipersensibles sobre lo que defienden, al punto de que han agregado connotaciones negativas y ofensivas a los términos de lo que dicen defender (homosexuales, por ejemplo). Los más hipersensibles no son los gays, sino los que dicen defender a los gays. Esa intensa identificación es psicológicamente corrupta, pues deviene de su propia visión negativa de tales grupos como inferiores, de ahí su fanática identificación con los mismos. Esos discípulos del mensaje colectivista odian todo lo que ofrezca una imagen fresca, viva, alegre. Por eso aman la uniformidad y tristeza del socialismo.

La izquierda toma un principio de la moral establecida (del cristianismo, principalmente), lo adopta y lo adapta a su manera y entonces acusa a la mayoría de violar ese principio (igualdad racial, igualdad de sexos, ayudar a la gente pobre, pacifismo, altruismo, obligación social de hacerse cargo de todo el mundo, etc.) y crean y agrandan conflictos en lugar de solucionarlos. Además, se ceban precisamente en los países donde las constituciones consagran la igualdad de todos en lugar de llevar sus reivindicaciones a los países donde realmente se violan tales derechos, la mayoría de las veces aliados de esas élites falsamente intelectuales que han esparcido la semilla del resentimiento.

Pero esa gente que está comprometida en su activismo jamás estará satisfecha. Cuando parezca que uno de esos problemas sobre los que reivindicaban se ha solucionado, encontrarán otro para volver a sembrar cizaña en la sociedad, y lo inventarán allá donde no exista.

No se puede menospreciar su fanatismo, pues su apariencia de luchadores por todas las causas justas de la humanidad atrae grandes masas de otros perdedores que no se encuentran a sí mismos y que suspiran por necesidades sustitutorias de su propia inanidad, y la historia demuestra que grupos decididos han conseguido cambiarla y alcanzar el poder a expensas de mayorías que miraban absortas y asombradas. Donde entra el germen de la izquierda, el movimiento cambia o reemplaza sus objetivos iniciales.

El izquierdismo está en contradicción con la naturaleza, la libertad humana y el progreso. Su colectivismo implica el manejo de la naturaleza y la vida humana por una sociedad organizada a su antojo. Es un tipo de religión, pues su doctrina juega el mismo papel psicológico que la religión necesitando creer en ella como un fanático religioso en la suya, por lo que sus creencias no son fácilmente modificables por la lógica o por los hechos. Tienen la convicción de que es moralmente correcto y que no sólo tienen derecho sino también el deber de imponer su moral a los demás (Kazinsky).
No hay duda de que es una fuerza totalitaria. Donde quiera que esté tiende a invadir toda parcela privada y fuerza todo el pensamiento al molde de su ideología. Que algunas personas de izquierda sean moderadas no empece ni previene a que el conjunto mantenga su fuerza totalitaria.

VER+: