EL Rincón de Yanka

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lunes, 26 de octubre de 2026

LIBRO "¿QUÉ ES LA HISTORIA DEL CONOCIMIENTO?": Cómo la información dispersa se ha convertido en saber consolidado a lo largo de la historia por Peter Burke

    ¿QUÉ ES LA HISTORIA 
DEL CONOCIMIENTO?

Cómo la información dispersa se ha convertido 
en saber consolidado a lo largo de la historia


En 1545, el naturalista suizo Conrad Gessner publicó la Bibliotheca universalis, la primera gran bibliografía universal desde la invención de la imprenta. Y ya entonces se quejaba de la "nociva y confusa abundancia de libros". La sobrecarga de información no la inventó internet.
En "¿Qué es la historia del conocimiento?", Peter Burke, profesor emérito de Cambridge y referente de este campo, explica cómo la información dispersa se convierte en saber.
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¿Qué es la historia del conocimiento? ¿Un relato capaz de explicar el éxito o la utilidad de teorías y descubrimientos en las disciplinas académicas? Peter Burke, el máximo referente de este campo de estudios, aclara que es algo más variado, complejo e interesante, que interpela a los lectores de hoy al darnos herramientas y perspectiva para entender cómo se llegó a la revolución digital y la sobrecarga de información que conlleva.
¿Qué hacer frente a la acumulación de datos "crudos"? ¿Cómo seleccionarlos, clasificarlos y decidir sobre su validez? ¿Cuándo se convierten en conocimiento sistematizado en la "cocina" de las ciencias? Sostenido en su formidable erudición y en medio siglo de investigaciones y docencia, Burke describe las operaciones necesarias para organizar masas de información. A la vez, explica con gran claridad términos fundamentales y propone una guía para pensar a partir de ellos.

De la Biblioteca de Alejandría al trabajo en línea de nuestros días, traza un mapa de problemas que funcionan como temas de indagación en Oriente y Occidente. Mientras pone la lupa sobre las instituciones (Iglesia, Estado, Universidad) que determinan qué se considera ciencia en un momento dado, contempla los saberes prácticos y las dificultades para encontrar fuentes y registros de ese corpus rico que circula fuera de la academia. Así, cuestiona concepciones simplistas de la división del trabajo intelectual entre centro y periferia, sin dejar de interrogarse por la utilidad de los conocimientos, los modelos de intelectual y el modo en que se difunden o popularizan los desarrollos especializados.

Primer trabajo de carácter introductorio sobre el tema, este libro traza los hitos de una historia larga y analiza las tendencias más dinámicas de la "sociedad del conocimiento".

LOS CONOCIMIENTOS Y SUS HISTORIAS

Si la historia del conocimiento no existiera ya, habría que inventarla, en especial para poner la reciente “revolución digital” en perspectiva, vale decir, la perspectiva de los cambios que se han producido a lo largo del tiempo. Los sistemas de conocimiento de la humanidad sufrieron cambios fundamentales en ciertos momentos del pasado. En primer término, debido a las nuevas tecnologías, como la invención de la escritura en la Mesopotamia, en China y en otros lugares; la invención de la imprenta, en especial la xilografía en Asia del Este y la impresión con tipos móviles en Occidente; y ahora, ya en el período del que tenemos memoria, la aparición de las computadoras (sobre todo las personales), así como de internet Estos cambios tienen consecuencias impredecibles, para mejor y para peor. 

Como estamos a punto de comprobar en el caso de internet, los nuevos medios de comunicación ofrecen tanto amenazas como promesas. Una manera de orientamos en un momento en que nuestros sistemas de conocimiento están en plena reconstrucción, gracias a la globalización y a las nuevas tecnologías, es recurrir a la historia. Por fortuna, la historia del conocimiento sí existe, y el número de aportes que se hacen a esta disciplina crece a gran velocidad. A principios de los años noventa, cuando comencé a trabajar en mi libro Social History of Knowledge [Historia social del conocimiento],* creía que estaba más o menos solo en este campo. Sin embargo, en el mundo académico actual -en que la “república internacional del saber”, que en algún momen­to estuvo conformada por apenas unos miles de ciudadanos, abarca millones-, es casi seguro que si se nos ocurre un tema auspicioso de investigación o un enfoque en apariencia novedoso, no tardaremos en descubrir que en otros lugares otras personas y otros grupos ya han tenido la misma idea, o una parecida. 

En cualquiera de los casos, pronto se volvió evidente que el estudio de la historia del conocimiento formaba parte de una tendencia. Es verdad que hasta épocas muy recientes se consideraba que la historia del conocimiento -a diferencia de la sociología del conocimiento, a la que me referiré más adelante- era un tema exótico o incluso excéntrico. 
“La historia del conocimiento no existe”, declaraba el teórico de la administración y futurólogo Peter Drucker en 1993; según su predicción, se convertiría en un área importante de estudio “en las próximas décadas”. Esta vez, su predicción quedó un poco rezagada, pues el interés en la historia del conocimiento ya empezaba a surgir en aquel momento, e incluía libros con títulos tales como Knowledge is Power [El conocimiento es poder] (1989), Fields of Knowledge [Los campos del conocimiento] (1992) o Colonialism and Its Forms of Knowledge [El colonialismo y sus formas de conocimiento] (1996).

A partir de la década de 1990, la historia del conocimiento dejó atrás la periferia del interés histórico para situarse en el centro, especialmente en Alemania, Francia y el mundo angloparlante. En las últimas décadas aparecieron cada vez más libros sobre el tema -como lo muestra la línea de tiempo al final de este libro-, incluidos estudios como The Organisation of Knowledge in Victorian Britain [La organización del conocimiento en la Gran Bretaña victoriana] (2005).3 El estudio colectivo más impresionante realizado hasta el momento es el que Christian Jacob ha editado en dos grandes volúmenes (con la promesa de dos más en breve), titulado Lieux de savoir [Los lugares del conocimiento], en analogía con la ahora célebre obra de Pierre Nora Les lieux de mémoire [Los lugares de la memoria]. A diferencia de los volúmenes de Nora, que se limitan a Francia, los de Jacob se refieren a una historia global que abarca aproximadamente los últimos dos mil quinientos años.

Si bien originariamente el tema era producto de una serie de iniciativas independientes, en la actualidad se está insertando en el ámbito institucional. Entre los grupos académicos dedicados al estudio de la historia del conocimiento, hay uno en la Universidad de Múnich y otro en Oxford, ambos abocados a los comienzos de la Edad Moderna. Se han creado cátedras, como la de la Universidad de Erfurt (2008), llamada “Culturas del Conocimiento a Comienzos de la Europa Moderna”. Se han fundado centros, como el Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia en Berlín (1994) y el Centro de Historia del Conocimiento en Zúrich (2005). Se dictan cursos sobre el tema, incluido uno en la Universidad de Mánchester titulado “De Gutenberg a Google: Una historia de la administración del conocimiento desde la Edad Media hasta la actualidad”. Hay proyectos colectivos en marcha o ya concluidos; entre ellos, el referido a la historia de “El conocimiento útil y confiable”, financiado por el Consejo Europeo de Investigaciones. 

Cada vez son más frecuentes los congresos que encaran diferentes aspectos de este amplio tema. La historia del conocimiento se está convirtiendo en una suerte de semidisciplina que cuenta con sus propias sociedades, publicaciones y demás. Como el conocimiento mismo, su historia ha explotado, en el doble sentido de la rápida expansión y la fragmentación.

LA HISTORIOGRAFÍA

Si bien el surgimiento de una historia organizada del conocimiento es un fenómeno relativamente reciente, cabe recordar que en siglos anteriores algunos académicos ya soñaban con la historia del conocimiento e incluso intentaron escribir una. En su libro The Advancement of Learning [El avance del saber] (1605), y en su versión latina posterior, más extensa, De augmentis sáentiarum, el filósofo, abogado y político Francis Bacon expuso un plan para la reforma del conocimiento, un antecedente de lo que hoy en día denominamos “política científica”, y sostuvo que esa reforma estaría acompañada por una historia de las diferentes ramas del saber en la que se examinaría qué se estudiaba, cuándo y dónde (en qué “sedes y lugares de erudición”); cómo viajaba el conocimiento, “pues las ciencias, al igual que las personas, se desplazan”; y cuáles han sido sus florecimientos y sus decadencias, o qué se perdió; e incluso lo que Bacon llamaba las “diversas administraciones y gestiones del saber”, no sólo en Europa, sino “en todo el mundo”. 

Trescientos cincuenta años antes de Drucker, Bacon lamentaba que aún no se hubiera escrito una historia del conocimiento de esas características. En él se inspiró el joven canónigo Thomas Sprat para escribir la “historia” (o, más exactamente, la descripción) de la entonces reciente Royal Society, que se publicó en 1667, aunque quienes pusieron en práctica por primera vez el plan de Bacon fueron unos investigadores alemanes del siglo XVIII, que escribieron lo que llamaron una historia literaria (en el sentido de una historia del saber más que una historia de la literatura), algunas décadas antes del surgimiento de una tímida historia cultural, producida, una vez más, por investigadores alemanes.8 En Francia, el marqués de Condorcet, una figura prominente del Iluminismo, en su Esquisse d’un tahleau historique des progrés de l ’esprit humain [Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano] (1793-1794), destacó el grado de crecimiento que había experimentado el conocimiento. 

En el siglo XIX, hubo un movimiento que se propuso historizar el conocimiento, es decir, enfatizar su desarrollo o evolución, lo que suele denominarse “progreso”. Para entonces, no sólo el mundo de la naturaleza, sino también el mundo humano eran considerados pasibles de cambios sistemáticos. Este fue el mensaje común tanto de Elements of Geology [Elementos de Geología] (1838) de Charles Lyell, que distinguía diferentes períodos de la historia de la Tierra, como de On the Origin of Species [El origen de las especies] de Charles Darwin (1858), que se organizaba en torno a la idea de la evolución mediante la selección natural. Karl Marx afirmó que lo que las personas saben y piensan es resultado de su posición en la sociedad, de su clase social, mientras que el filósofo y sociólogo Auguste Comte se interesó en la historia así como en la clasificación de las diferentes disciplinas y procuró (aunque sin éxito) persuadir al ministro francés de Educación de que creara una cátedra de Historia de la Ciencia. 

A principios del siglo XX, en algunas universidades, en especial estadounidenses, se introdujo la historia de la ciencia que Comte había propugnado. Académicos de habla alemana establecieron lo que llamaron una “sociología del conocimiento” [Wissensoziologie], que se ocupaba de determinar quién sabe qué, además de los usos de los diferentes tipos de conocimientos en diferentes sociedades, tanto en el pasado como en el presente. La historia de las ciencias naturales se ha tomado como modelo para otras historias: la historia de las ciencias sociales o “humanas”, la historia de las humanidades y por último la historia del conocimiento en general. 

En alemán, es posible hablar del paso de la Wissenschaftsgeschichte, más académica, a la más general Wissensgeschichte. En inglés [y en castellano], podríamos hablar del paso de la historia de las ciencias a la historia del conocimiento. Este movimiento es bastante reciente. ¿A qué se deberá? Los cambios en el presente muchas veces han llevado a los historiadores a mirar el pasado de manera novedosa. Por ejemplo, lo que impulsa el estudio de la historia del ambiente son los debates acerca del futuro del planeta. De manera similar, los debates actuales sobre nuestra “sociedad del conocimiento” o “sociedad de la información” han propiciado un enfoque histórico del tema. 

Los historiadores han hecho un aporte relativamente pequeño a la discusión general, menor que el que podrían o deberían haber hecho, en cuanto una de sus funciones sociales es, sin duda, ayudar a sus conciudadanos a percibir los problemas del presente desde una perspectiva de largo plazo y evitar así la estrechez de miras. La estrechez mental en términos espaciales es bien conocida: una división tajante entre Nosotros, los integrantes de nuestra comunidad, y Ellos, los demás. Pero también hay una estrechez en términos temporales, un contraste simple entre “nuestra” época y todo un pasado indiferenciado. 

Era necesario que procuremos evitar dicha visión limitada y consideremos la revolución digital que estamos experimentando hoy como la última de una serie de revoluciones del conocimiento. Unos pocos historiadores han respondido a este desafío, el de historizar la sociedad del conocimiento. Un investigador, por ejemplo, ha escrito sobre lo que llama los “comienzos de la sociedad de la información” en la París del siglo XVIII, mientras que otros dos han afirmado que “los estadounidenses se han estado preparando para la era de la información durante más de trescientos años”.

Volveremos al problema de la continuidad y la revolución en el capítulo 4. Por ahora es suficiente con señalar que la historia del conocimiento se ha desarrollado a partir de otros tipos de historia, en especial de dos. 
La primera es la historia del libro, que en las últimas décadas pasó deformar parte de una historia económica del comercio de libros a constituirse en Una historia social de la lectura v una historia- cultural de la difusión de información. 
La segunda es la historia de la ciencia, que postula la existencia de tres desafíos que impulsaron el desplazamiento hacia una historia del conocimiento más amplia. 
Uno de esos desafíos deriva de la admisión de que la “ciencia” en el sentido moderno es un concepto del siglo XIX, de modo que utilizar ese término para referirse a actividades relacionadas con la búsqueda de conocimiento en períodos anteriores alienta lo que los historiadores más detestan, el anacronismo. El segundo desafío es consecuencia del interés académico en la cultura popular, incluidos los conocimientos prácticos de los artesanos y curanderos. 
El tercer y más decisivo desafío tiene su origen en el surgimiento de la historia global y en la consiguiente necesidad de evaluar los logros intelectuales de las culturas no occidentales. 
Estos logros pueden no cuadrar con el modelo de la “ciencia” occidental, pero no dejan de ser aportes al conocimiento.

¿QUÉ ES EL CONOCIMIENTO? 

Para resumir lo expuesto hasta aquí, en las últimas décadas hemos asistido a lo que, tanto dentro como fuera del ámbito académico, podría describirse como un giro epistemológico. Este giro colectivo, al igual que otros producidos en las huma­nidades y en las ciencias sociales (el giro lingüístico, el giro visual, el giro pragmático y otros), plantea una serie de preguntas incómodas. La más obvia es: ¿qué es el conocimiento? Una pregunta filosófica, pero que los historiadores del conocimiento no pueden abandonar sin más a manos de los filósofos, quienes en cualquier caso no logran ponerse de acuerdo. 

Un filósofo, por ejemplo, considera que el conocimiento es cualquier estado en un organismo que tenga relación con el mundo. Antes de intentar una respuesta a esta pregunta, vale la pena tener en cuenta que algunos historiadores, en especial en los Estados Unidos, prefieren hablar de “información”, según puede apreciarse en los títulos de libros como A Nation Transformed by Information [Una nación transformada por la información] o When Information Carne of Age [Cuando la información alcanzó la mayoría de edad]. Así también, dos sesiones de la conferencia anual de la Asociación Estadounidense de Historia de 2012 se denominaron “Cómo escribir una historia de la información” e “Información secreta de Estado”. 

La elección del término “información” en lugar de “conocimiento” da cuenta de la cultura empirista de los Estados Unidos, que contrasta en particular con el interés de los alemanes por la teoría y la Wissenschaft, término que suele traducirse como “ciencia” pero que, en líneas más generales, se refiere a diferentes formas del conocimiento organizado de modo sistemático. En mi opinión, los dos términos son útiles, sobre todo si hacemos una distinción entre ambos. A veces se afirma que “nos es: tamos ahogando en información”, pero “nos falta conocimiento”. En su poema “EÍ primer coro de la roca”, fragmento de una obra teatral, T. S. Eliot ya se hacía estas preguntas: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?” y “¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”. 

Si se toma prestada una conocida metáfora de Claude Lévi-Strauss, puede ser útil pensar la información como lo crudo y el conocimiento como lo cocido, aunque, desde luego, que la información esté cruda es algo relativo, ya que de ningún modo los llamados “datos” están “dados” de forma objetiva, sino que son percibidos y procesados por mentes humanas repletas de supuestos y prejuicios. Sin embargo, como se verá en el capítulo 5, se procesa una y otra vez esta información, es decir, se la clasifica, critica, verifica, mide, compara y sistematiza. En lo sucesivo, diferenciaremos conocimiento e información siempre que sea necesario, aunque en algunos casos -sobre todo, en los títulos de los capítulos y apartados- usaremos el término “conocimiento” para referimos a ambos. Algunos investigadores han centrado su atención en la historia de las creencias (o, como se diría en francés, histoire des croyances), especialmente en la creencia religiosa. Los creyentes, por su parte, consideran que sus creencias son conocimiento. 

En cuanto a los historiadores, tienen presente la necesidad de ampliar el concepto de conocimiento para incluir todo aquello que los individuos y grupos que son objeto de su estudio consideran tal. Por eso, aquí no indagamos por separado las creencias.

* La traducción del término inglés knowledge al castellano es tanto “conocimiento” como “saber”. Se utilizarán las dos versiones alternativamente, según resulte más adecuado al contexto. [N. de T.]

PERSPECTIVAS

Si ahora nos volvemos hacia el “futuro previsible” -o más bien el futuro cercano, previsible o no-, creo que veremos un creciente énfasis en el lugar del conocimiento en otros tipos de historia. Podemos apreciar un movimiento en esta dirección en historiadores económicos como David Landes, quien en su historia académica del surgimiento de Occidente explicó este surgimiento básicamente como resultado de “los beneficios de aplicar el conocimiento y la ciencia a la tecnología”. Una y otra vez en su narrativa, Landes hizo énfasis en lo que denominó “la acumulación del conocimiento y el saber hacer” y la importancia de aprender de los competidores, como hicieron los japoneses del siglo XIX, no así los franceses.

Nuevamente, en el caso de la historia militar, Peter Paret ha indagado lo que denomina el “desafío cognitivo” de la guerra, y señala cómo Cari von Clausewitz desarrolló su teoría de la guerra en respuesta a la derrota de Prusia por parte de Napoleón en 1806. Por otro lado, hasta ahora los historiadores del pensamiento político han dicho relativamente poco sobre el conocimiento político que respaldaba tanto las generalizaciones como las recomendaciones de los escritores que estudian, aún cuando algunos pensadores políticos, como Aristóteles o Juan Bodino, se encargaron de reunir grandes cantidades de información sobre una variedad de regímenes políticos, en tanto que otros, como Nicolás Maquiavelo, se basaron sobre la experiencia de una vida entera en la política. Dentro de la historia de los conocimientos mismos, creo que tres abordajes se volverán cada vez más importantes en las próximas décadas: un enfoque global, un enfoque social y un interés por el muy largo plazo.

En primer lugar, como en el caso de la historia en general, ya podemos observar un giro global que va más allá de los estudios de determinadas partes del mundo, como la India o China, y se organiza no en torno a la difusión del conocimiento occidental o incluso del colonialismo, muy estudiados en fecha cercana, sino en tomo a los encuentros, las colisiones, las traducciones y las hibridaciones. Algunos estudios recientes se han concentrado en el “conocimiento en acción”, a menudo a lo largo de grandes distancias. 
Como ha sucedido muchas veces en la historia del conocimiento, los historiadores de las ciencias naturales tomaron la iniciativa, aunque los investigadores que trabajan en el ámbito de la historia y la escritura del pensamiento histórico se han movido en la misma dirección. Las comparaciones entre culturas distantes entre sí, como la Grecia antigua y la China antigua, hacen su aporte a esta tendencia. 

En segundo lugar, podemos apreciar un giro social, incluida una historia del conocimiento “desde abajo” que, por ejemplo, versa sobre el empleo de información no sólo por parte de los gobiernos, sino también de los gobernados, ya sea para votar de determinada manera, para organizar las protestas o aun para hacer revoluciones. 

Otro aspecto del enfoque social que, una vez más, es una prolongación de una tendencia incipiente, es el creciente interés por los saberes cotidianos, incluidos los conocimientos tácitos, corporales, mencionados en el capítulo 2, no sólo en el terreno de los oficios, como la metalurgia, sino también en otros tan diversos como la diplomacia, el comercio, la labor de los conocedores, la administración y el deporte. 

En el último caso, estudios ejemplares sobre el boxeo y la capoeira, escritos por antropólogos cuyo trabajo de campo incluyó el entrenamiento en estas artes, merecen inspirar a los historiadores. La tarea del instructor, que consiste en volver explícito el conocimiento tácito, podría constituir un tema iluminador para la investigación futura. 

En tercer lugar, es probable que en un futuro cercano se acentúe el énfasis en el aprendizaje colectivo por parte de la humanidad en el largo plazo, como un intento de responder la gran pregunta formulada por uno de los protagonistas de la Gran Historia, “¿Cómo es posible que reunir y compartir conocimientos genere en el largo plazo cambios que distinguen la historia de los hombres de la de especies muy cercanas?”. 

El desafío es completar el esquema que propone David Christian, quien, por ejemplo, ha señalado que el aumento de la población de los asentamientos, y por lo tanto el desarrollo de la agricultura, “tuvo el efecto de fomentar el intercambio de ideas”. La respuesta a este desafío podría describirse como “historia cognitiva”. Tal vez parezca que la historia cognitiva es otro nombre para la historia de las mentalidades colectivas, pero se refiere a un período tanto más prolongado que la longue durée de la escuela francesa de los Anuales, dado que abarca milenios, en lugar de siglos. 

Para ir más lejos en esta dirección, los historiadores necesitarán la ayuda de los arqueólogos; en otras palabras, una “arqueología del saber” en un sentido literal más que foucaultiano. Los arqueólogos se han interesado desde hace mucho tiempo por la reconstrucción del conocimiento en tiempos “prehistóricos”, es decir, antes de la invención de los sistemas de escritura, utilizando la evidencia de los vestigios materiales. Centran su atención en los puntos de inflexión en que los hombres comenzaron a utilizar el lenguaje, a hacer pinturas y tallas o a enterrar a sus muertos en tumbas ornamentadas. En sus intentos de reconstruir los mundos del conocimiento y las formas de pensamiento de la prehistoria, los arqueólogos comenzaron por una suerte de sustracción intelectual, el “drenaje” de los conocimientos posteriores. 

Como señalamos en el capítulo 1, recientemente los arqueólogos se han volcado a la antropología, dado que muchos antropólogos han estudiado sociedades a pequeña escala con tecnologías sencillas, mientras que algunos de ellos se han acercado a la ciencia cognitiva, buscando allí una herramienta que los ayude a estudiar lo que llaman “conocimiento encamado”. De manera similar, los arqueólogos han recurrido a los hallazgos de la ciencia cognitiva en busca de la “mentalidad antigua”, para lo cual han aplicado una “arqueología cognitiva” como la que promueven Colin Renfrew y otros. 

Los estudios de períodos posteriores son menos, aunque recientemente se ha hecho un intento de tomar los estudios cognitivos como base para una historia del recuerdo en la Inglaterra de la Edad Moderna, centrada en la religión y la educación. Resulta más difícil responder si los futuros historiadores del conocimiento se basarán sobre la ciencia cognitiva o neurociencia. Para quienes practican la Historia “Grande” o “Profunda”, ocupados por lo que sucedió hace cien mil años o más, la idea de “evolución cognitiva” tiene un sentido obvio. 

La “evolución” en el sentido darwiniano del término -esto es, la expansión del cerebro y el incremento de las habilidades cognitivas por obra de la selección natural- es un hilo conductor en la larga y compleja historia que va desde los simios hasta el Homo habilis (que ya usaba herramientas hace dos millones setecientos mil años), el Homo erectus (que caminaba con el cuerpo erguido) y por último el Homo sapiens. Más problemática es la relevancia de los estudios cognitivos para el estudio de la historia de aproximadamente los últimos cinco mil años, en que la mayoría de los historiadores centran su atención. Sin embargo, aun en estas coordenadas es posible un intercambio intelectual fructífero. 

En el caso de la historia del conocimiento, la reciente convergencia entre las conclusiones de los psicólogos cognitivos y los historiadores orales que estudian la memoria no tiene valor alguno. Luego de que el transbordador espacial Challenger explotara en 1986, por ejemplo, un psicólogo realizó un experimento en que preguntó dos veces al mismo grupo de personas lo que cada una recordaba sobre el incidente (en la primera ocasión, el día posterior al accidente; y una segunda vez tres días más tarde). Buscó discrepancias entre los dos relatos para dejar de manifiesto la poca fiabilidad de la memoria. 

Los historiadores orales también entrevistaron a los mismos testigos más de una vez y comprobaron en qué medida sus recuerdos cambiaban con el tiempo. Cada grupo de investigadores podría aprender algo de los demás. Los psicólogos pueden explicar mejor por qué nuestros recuerdos cambian con el tiempo, mientras que los historiadores pueden explicar mejor cómo cambian, al enfatizar lo que podría denominarse “mitologización” de los recuerdos, es decir, la contaminación de los recuerdos de experiencias personales con las historias que circulan en una cultura dada. Por ejemplo, los recuerdos de los soldados australianos que combatieron en la Primera Guerra Mundial estuvieron influidos por sus recuerdos de películas o series de televisión que mostraban los mismos acontecimientos. 

A los historiadores les gusta señalar que, si hay algo cierto acerca del futuro, es que diferirá de todas las predicciones que se hayan hecho sobre él. Aun así, cualesquiera sean las nuevas tendencias en la historia del conocimiento durante las próximas décadas, es probable que no deje de aumentar el interés en el tema por parte de los miembros de nuestra “sociedad del conocimiento”.

¿Que Es La Historia Del Conocimiento? - Peter Burke by Javier Martinez


sábado, 24 de octubre de 2026

LA MACDONALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD 🍔 por DANIEL ARIAS-ARANDA

La Macdonalización de la sociedad
🍔

Es el título de un libro de George Ritzer "LA MACDONALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD" escrito a principios de este siglo y, cada día, por desgracia, de más rabiosa actualidad. La sociedad se parece cada vez más a un restaurante de comida rápida y tú, querido lector, no eres consciente de las horas de tu vida en que trabajas para otros sin cobrar un céntimo. Y esto es aplicable a la economía, a la educación o a la política, entre otros.
Hoy he ido a comprar fruta a un supermercado siguiendo sus directivas. He cogido la bolsita de plástico, he introducido la fruta, he pesado la bolsa, he pegado la pegatina que la máquina ha escupido con el precio y el código de barras, he cerrado la bolsa y la he echado en el carro. he repetido este proceso 3 veces con la fruta y 4 con verduras.

La sociedad se parece cada vez más a un restaurante de comida rápida.

Cuando he ido a pagar a la caja, al parecer un código de barras era ilegible. La cajera, a regañadientes ha ido a repesar las mandarinas. Cuando ha regresado, me ha mostrado la nueva etiqueta con cara inquisitoria. Resulta que yo había marcado el código 33 de las mandarinas tipo A en lugar del 34 del tipo B. Había una diferencia del precio total de 22 céntimos (a mi favor).

—Hay que marcar lo que uno se lleva —ha añadido.

Mi primer impulso fue pasar del tema y marcharme, pero el insurgente que vive dentro de mí se rebeló y sin pensarlo demasiado le espeté:

—¿Y por qué tengo que pesarlo yo y no lo pesas tú?

Su mirada me desnudó. Había cola en la caja, pero me daba igual. Allí me quedé plantado esperando su respuesta.

—Por que eso lo hacen los clientes, yo no tengo por qué hacerlo.
—¿Tú tienes el carné de manipulador de alimentos? —le enchufé directamente.
—Por supuesto—. Su mirada era casi furibunda, nerviosa al observar la cola impaciente crecer.
—Pues yo no. Así que no tengo por qué saber ni cómo se pesa ni que teclita pulsar. A tí te pagan por tu trabajo y a mí no. Piénsalo antes de tener esa actitud. 

En cualquier frutería te pesan la fruta y te la meten en la bolsa. Al hacerlo yo, te estoy quitando trabajo a ti a cambio de nada.
La chica sin mirarme tan solo replicó: —¿Efectivo o tarjeta?
Pagué tras neutralizar a mi insurgente interior y me marché.

Tú, querido lector, no eres consciente de las horas de tu vida en que trabajas para otros sin cobrar un céntimo.

La cajera no tiene culpa alguna. hace lo que dicen. Pero yo tampoco la tengo y el hecho me ha hecho reflexionar. Y he llegado a la conclusión de que estoy hasta los web0s.

Voy a la gasolinera y me echo yo la gasolina sin tener carné de manipulador de combustibles y me mancho las manos a cambio de nada, voy al banco y me dicen que mejor use la aplicación para obtener un certificado de la cuenta, voy al médico y no me exploran, sino que el médico se dedica a mirar su monitor y a teclear, voy a una administración pública y me dicen que pida cita y les mande los documentos por la web... y así podría seguir poniendo ejemplos.

Son ladrones de tu tiempo como lo es ocupar más espacio en tu cocina para separar los residuos y tirarlos cada uno a su contenedor y que luego el camión de la basura lo mezcle todo (visto por mis ojitos) o soportar anuncios en Prime Video después de que has pagado religiosamente la suscripción.

El remate ya ha sido en mi (ahora ex) facultad que ha elaborado una app para que el profesorado se encargue de escanear los justificantes de gasto, los suba en el orden establecido, introduzca todos los datos (decenas) y supervise que todo está correcto para que el Personal de Administración y Servicios (PAS) se lo encuentre todo ordenado y tan solo tenga que pulsar el botón de Bien o Mal. Si sale mal eres tú el encargado de corregirlo.

Son ladrones de tu tiempo como lo es ocupar más espacio en tu cocina para separar los residuos.

Yo no he opositado a PAS (quizás viviría mejor si lo hubiera hecho) y nadie me paga por hacer burocracia, pero la trampa de las apps me traslada a mí ese trabajo sin eliminarme el de dar clase, investigar y evaluar. Quizás debería llevar a secretaria el tocho de exámenes corregidos para que el administrativo de turno meta las notas en el acta. Pero ¿qué pasaría? Pues que me diría que esa tarea no entra dentro de sus obligaciones.

¿Y sí que entra en las mías rellenar formularios que deberías rellenar tú?

George Ritzer tenía razón. Vamos al MacDonalds, hacemos cola, pagamos antes de obtener la comida, nos sentamos en mesas incómodas sin mantel ni cubiertos, limpiamos la mesa y encima estamos agradecidos.
En política, nos tragamos decretazos, mentiras, corrupción, polarización, invasiones, muertes en la vía, inflación y falsas promesas de la misma manera que devoramos una hamburguesa que quita el hambre pero no nutre, ni es sana.

A partir de ahora compraré la fruta solo en fruterías...



ritzer-george-la-mcdonalizacion-de-la-sociedad.pdf by Edson Carbajal Moran


viernes, 23 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "INTRUSO EN EL POLVO (INTRUDER IN THE DUST)" "HAN MATADO A UN HOMBRE BLANCO"


HAN MATADO A UN HOMBRE BLANCO
INTRUSO EN EL POLVO

“¡Si tu piel es negra, te colgaremos… 
nos da lo mismo si eres culpable o inocente!”

LUIS GUILLERMO CARDONA

Durante largossss... y vergonzosos años, el sentir de los estadounidenses más racistas, discriminadores y resentidos, era de este talante: “¡Si tu piel es negra, te colgaremos… nos da lo mismo si eres culpable o inocente!” Bastaba que respondiera a la afrenta física o verbal de un blanco… era suficiente con que estuviera cerca de donde acababa de ocurrir un delito… o incluso que pasara por lugares por donde “no debía pasar”… para que cualquier afrodescendiente, por íntegro que fuera, se viera a riesgo de perder su vida ante un supremacista blanco, una turba enloquecida o una pandilla salvaje sin tolerancia alguna.
Fueron muchas generaciones de terror físico y psicológico para las minorías raciales, a manos de una “raza superior” cuya superioridad sólo se sustentaba en las armas, en su agresividad montonera, y en su capacidad para ejercer la crueldad sin el menor reparo... y lo más deplorable, era que muchos de quienes fomentaban tales atrocidades, estaban en las clases altas, detentaban “el poder” y eran de aquellos que más pregonaban ser dignos y respetables. Asiduos hombres de iglesia.

Publicada en 1948, “Intruder in the Dust (INTRUSO EN EL POLVO)”, es una novela del Premio Nobel de Literatura, William Faulkner, que cuenta la historia (inspirada en hechos reales) de un honrado y orgulloso granjero de raza negra llamado, Lucas Beauchamp, quien, por estar en el lugar equivocado, resulta acusado de asesinar a uno de los gemelos Gowrie. Los hechos transcurren en Oxford, Mississippi, ciudad donde naciera el ilustre escritor, y allí mismo se rodaría la sobresaliente versión cinematográfica que hiciera el director, Clarence Brown, quien se sintió siempre orgulloso de que, Faulkner, hubiera quedado muy a gusto con su realización.
El guion de, Ben Maddow, preserva el equilibrio de la novela, y toda la historia es tratada con gran altura exaltando a ese sector blanco en el que sobresalen un adolescente, una anciana solterona y un -en principio- escéptico abogado, como gestores de un justo y decisivo acto de solidaridad... y deja también muy bien caracterizada la fuerte personalidad y la alta dignidad de ese granjero que, a sabiendas de la rancia ideología que lo segrega, jamás pide favores a los blancos -prefiere hacérselos- y se muestra siempre dispuesto a pagar el favor que alguien pueda prestarle.

"HAN MATADO A UN HOMBRE BLANCO", no cuenta con grandes estrellas, pero a cambio nos ofrece a un sólido grupo de actores que incluye a, Juano Hernández (a quien luego veríamos en, “The Breaking Point” y “Young man with a horn”, entre otras notables actuaciones) como el hombre al que los blancos pretenden colgar sin esperar a un juicio justo. Claude Jarman Jr. -el chico que recibiera un Oscar Especial por su actuación en otro estupendo filme de Brown, “The Yearling”-, como Chick Mallison, el joven que cree con certeza en la inocencia de su viejo amigo. Will Geer, el comisario que no da un peso por la vida de Beauchamp, pero está dispuesto a defender la justicia con su propia vida; y la encantadora Elizabeth Patterson, la anciana que hará alarde de una sensatez de la que muchos aún podrían aprender.

Clarence Brown, ha hecho un filme que nos hurgará la conciencia y quizás nos lleve a entender que, el peor temor que puede sentir el hombre, es aquel que siente de sí mismo.

Título para Latinoamérica: RENCOR

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