EL Rincón de Yanka

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jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización»

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE

miércoles, 9 de septiembre de 2026

LIBROS "LAS 48 LEYES DEL PODER" por ROBERT GREENE y "PRINCIPIOS DEL PODER" por SERGIO HORACIO FELER


PRINCIPIOS
DEL   PODER

Libro I: Éxito y Felicidad

Volumen I: Poder Interior

Sergio Horacio Feler

Introducción

El libro en tus manos es un compilado de “Principios” básicos, pero poderosos. Son ideas profundas, que funcionan como herramientas mentales prácticas para pensar y actuar con inteligencia.

No vienen a decirte cómo vivir, sino a mostrarte caminos posibles. No buscan que admires, sino que te transformes. Están escritos para generar impacto, no para complacer.

Estos surgen de la síntesis e integración de disciplinas esenciales como la economía, la filosofía, la psicología y las finanzas. También se nutren de las enseñanzas de figuras como Aristóteles, Charlie Munger, Maquiavelo, Sun Tzu, Ayn Rand, Adam Smith, Warren Buffett y Daniel Kahneman, entre otros.

Aclaración: Tenga el lector presente que estos “Principios” no son recetas universales, son generalizaciones que admiten excepciones, y deben ser usados como mapas, no como mandatos. Con ellos no pretendo tener la verdad absoluta ni decirle a nadie cómo vivir; pero me complace si ayudan a otras personas.

Gracias por leer.


Izquierda y derecha sirven para orientarnos políticamente. El problema empieza cuando creemos que explican todo.
Más Estado no significa automáticamente izquierda. Mercado no significa automáticamente derecha. El populismo puede aparecer en ambos lados. También el autoritarismo.
Y quizás el error más interesante sea creer que dos movimientos son necesariamente opuestos porque se ubican en extremos distintos del mapa político.
Las etiquetas ayudan. Hasta que empiezan a pensar por nosotros.


LAS 48 
LEYES DEL 
P
O
D
E
R


Una guía diseñada para mostrarle al lector cuáles son las cualidades personales que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra. Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie  I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P.  T.  Barnum, Mao Zedong y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal.

El libro es una guía diseñada para poder mostrarle al lector cuáles son las "cualidades personales" que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra.

Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P. T. Barnum, Mao Zedong, Lope de Aguirre y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal. El libro contiene 48 capítulos, uno dedicado a cada ley, y cada ley posee su propia transgresión, observación y regresión.

CLAVES PARA ALCANZAR EL PODER 

El animal humano se distingue por su constante creación de formas. Al expresar muy raras veces sus emociones de manera directa, le da forma a través del lenguaje o rituales socialmente aceptables. No podemos comunicar nuestras emociones sin algún tipo de forma. Sin embargo, las formas que creamos cambian de manera constante: en moda, en estilo, en todos los fenómenos humanos que representan el humor y el estado de ánimo del momento. Constantemente alteramos las formas que hemos heredado de las generaciones previas, y estos cambios son signos de vida y vitalidad. La verdad es que las cosas que no cambian, las formas que se vuelven rígidas, terminan pareciéndonos muertas y las destruimos. Es entre los jóvenes donde se observa esto con toda claridad: incómodos con las formas que la sociedad les impone, sin una identidad formada, juegan con sus propios caracteres, probándose una diversidad de máscaras y poses para expresarse. Esa es la vitalidad que impulsa el motor de la forma y crea constantes cambios de estilo. Los poderosos son a menudo personas que en su juventud han demostrado enorme creatividad para expresar algo nuevo mediante nuevas formas. 

La sociedad les otorga poder porque ansía la renovación y la premia con generosidad. El problema surge más tarde, cuando esos jóvenes creativos se tornan conservadores y posesivos: ya no sueñan con crear nuevas formas, sus identidades están demarcadas, sus hábitos se han congelado y su rigidez los convierte en blancos fáciles. Todo el mundo conoce o intuye el próximo paso que darán. En lugar de imponer respeto, generan aburrimiento: ¡Bájese del escenario!, decimos, deseosos de que otra persona, más joven, diferente, nos entretenga. Cuando permanece encerrado en el pasado, el poderoso resulta cómico: una fruta demasiado madura que espera caer del árbol.

El poder solo puede crecer y desplegarse si es flexible en sus formas. Ser cambiante en las formas que se adoptan no significa ser amorfo, todo tiene una forma, esto es algo imposible de evitar. La no forma del poder se parece más al agua, o al mercurio, que adopta la forma de lo que lo rodea. Como cambia constantemente, nunca es predecible. Los poderosos crean formas sin cesar, y su poder proviene de la rapidez con que son capaces de cambiar. Esa carencia de forma definida está destinada al enemigo, que no puede ver lo que ellos traman y por lo tanto no disponen de un objeto sólido que atacar. Esta es la principal pose del poder: inasible, evasivo y veloz como el dios Mercurio, que podía tomar la forma que más le complacía y usaba esa habilidad para crear gran confusión en el monte Olimpo. 

Las creaciones humanas evolucionan hacía la abstracción, hacia una identidad más mental y menos material. Esta evolución se evidencia en el arte que en este siglo hizo el gran descubrimiento de la abstracción y el conceptualismo. También se lo puede ver en política, que a través del tiempo se ha vuelto menos abiertamente violenta, más complicada, indirecta y cerebral. La guerra y la estrategia han seguido este modelo. La estrategia comenzó con la manipulación de ejércitos en tierra, dispuestos en formaciones ordenadas. En tierra, la estrategia es relativamente bidimensional y es controlada por la topografía. Pero todas las grandes potencias han terminado por volcarse hacia el mar, tanto para el comercio como para la colonización. Y para proteger sus rutas comerciales debieron aprender a luchar en el mar. 

La guerra marítima requiere tremenda creatividad y capacidad de pensamiento abstracto, dado que las líneas cambian de modo constante. El capitán de navío se destaca por su habilidad de adaptarse a la literal fluidez del medio y confundir al enemigo con formas abstractas y difíciles de prever. Opera en una tercera dimensión: la mente. En tierra, la guerra de guerrillas también demuestra esa evolución hacia la abstracción. T. E. Lawrence fue quizás el primero de los estrategas modernos en desarrollar y practicar la teoría en que se basa este tipo de guerra. Sus ideas influyeron a Mao, que vio que sus escritos eran un extraño equivalente occidental del wei-chi.

Lawrence trabajaba con árabes que luchaban por defender su territorio contra los turcos. Su idea consistió en hacer que los árabes se mimetizaran con el vasto desierto, de modo de no ofrecer nunca un blanco ni reunirse nunca en un lugar. A medida que los turcos se esforzaban al tratar de combatir a ese ejército espectral, se desgastaban y agotaban, desperdiciaban energía al moverse de un lugar a otro sin obtener resultados. Eran los turcos quienes tenían la mayor capacidad de fuego, pero los árabes tomaban la iniciativa jugando al gato y al ratón, sin darles nada a que aferrarse y destruyéndoles la moral. 

«La mayoría de las guerras fueron guerras de contacto… La nuestra debiera ser una guerra de distanciamiento —escribió Lawrence—. Debemos contener al enemigo con la amenaza secreta de un vasto desierto desconocido, sin mostrarnos hasta que nos ataquen». Esta es la forma más sofisticada de estrategia. La guerra del enfrentamiento directo es demasiado peligrosa y costosa, lo indirecto y evasivo permite lograr mejores resultados a un costo mucho menor. El principal costo, en realidad, es el mental: el pensamiento y la planificación que exige alinear las fuerzas en un esquema disperso y socavar la mente y la psicología del adversario. Nada enfurecerá y desorientará tanto al enemigo como la falta de una forma definida. 

En un mundo en que las guerras de distanciamiento están a la orden del día, la no forma es fundamental. 
El primer requisito psicológico de la no forma es el de aprender a no tomar nada de manera personal. Nunca se muestre a la defensiva. Cuando actúa a la defensiva, usted muestra sus emociones y revela una forma clara. Sus adversarios se darán cuenta de que han tocado un nervio, un talón de Aquiles, y volverán a golpearlo una y otra vez. De modo que entrénese para no tomar nada en forma personal. Sea como una pelota enjabonada que nadie puede sostener: no permita que nadie vea qué es lo que lo afecta o hiere, ni cuáles son sus puntos débiles. Mantenga su rostro como una máscara sin forma y terminará enfureciendo y desorientado a sus intrigantes colegas y adversarios. 

Un hombre que supo utilizar esta técnica fue el barón James Rothschild. Como judío (SIONISTA) alemán en París, inmerso en una cultura hostil a los extranjeros, Rothschild nunca tomaba como algo personal cualquier ataque que le hicieran, ni se mostraba herido de modo alguno. Además, iba adaptándose al clima político del momento, cualquiera que fuere: la acartonada y formal restauración de la monarquía de Luis XVIII, el reino burgués de Luis Felipe, la revolución democrática de 1848, el surgimiento de Luis Napoleón, coronado emperador en 1852. 

Rothschild los aceptaba a todos y se mimetizaba con el entorno. Podía darse el lujo de parecer un hipócrita o un oportunista, porque lo valoraban por su dinero, no por su política, su dinero era la moneda del poder. Mientras se adaptaba y prosperaba, sin mostrar forma alguna por fuera, la mayoría de las otras grandes familias que al comienzo del siglo poseían inmensas fortunas se arruinaron en los complejos vaivenes sociopolíticos y económicos. Al aferrarse al pasado, se tornaban visibles. A lo largo de la historia, el estilo de gobernar por medio de la no forma fue practicado con preferencia por reinas que regían solas. Una reina se encuentra en una posición radicalmente distinta que un rey, por ser mujer, sus súbditos y cortesanos suelen dudar de su habilidad para gobernar y de su fuerza de carácter. Si se inclina por una de las partes en algún forcejeo ideológico, la acusan de actuar por motivaciones emocionales. 

Por otra parte, si reprime sus emociones y asume el papel de monarca autoritaria, al estilo masculino, despierta aún mayores críticas. Ya sea por naturaleza o por experiencia, las reinas tienden a adaptar un estilo de gobierno flexible, que a la larga se revela más poderoso que la masculina forma directa. Dos líderes femeninas que constituyen un claro ejemplo de este estilo de gobierno sin forma definida son la reina Isabel I de Inglaterra y la emperatriz Catalina la Grande de Rusia. Durante las violentas guerras entre católicos y protestantes, Isabel mantuvo un curso intermedio. Evitó alianzas que la comprometerían con una u otra parte y a la larga perjudicarían al país. Se las ingenió para mantener la paz hasta que estuvo lo bastante fuerte para enfrentar una guerra. Su reinado fue uno de los más gloriosos de la historia, gracias a su increíble capacidad de adaptación y a su ideología flexible. También Catalina la Grande desarrolló un estilo de improvisación en su gobierno.

Después de destituir a su esposo, el emperador Pedro II, y asumió el control de Rusia, nadie creyó que consiguiera sobrevivir. Pero no tenía ideas preconcebidas ni filosofías o teorías que dictaran sus políticas. A pesar de que era extranjera (alemana), comprendió la mentalidad rusa y los cambios que esta nación había sufrido a lo largo de los años. «Hay que gobernar de forma tal que el pueblo crea que son ellos mismos quienes desean hacer lo que uno les ordena», dijo, y para lograr este objetivo siempre debió anticiparse a los deseos de su pueblo y adecuarse a su resistencia. Al no imponer nunca algo por la fuerza, logró reformar Rusia en un período sorprendentemente breve. Este fluido estilo de gobierno femenino, quizás haya surgido como una forma de sobrevivir y prosperar en circunstancias difíciles, pero ha resultado muy seductor para quienes lo han ejercido. Con un gobernante fluido, la obediencia resulta bastante fácil a los súbditos, ya que se sienten menos presionados, objeto de menor coerción, menos obligados a seguir la ideología del gobernante. También abre opciones en las cuales la adherencia a una doctrina los aísla. No comprometerse con un sector determinado permite al gobernante usar a un enemigo contra el otro. 

Las normas rígidas podrán parecer fuertes, pero con el tiempo su inflexibilidad crispa los nervios y los súbditos encuentran formas de sacar de escena a esos soberanos. Los gobernantes flexibles, sin forma definida, serán muy criticados pero perduran, y con el tiempo la gente termina identificándose con ellos, dado que son como sus súbditos: cambiantes frente a los cambiantes tiempos, abiertos a las circunstancias. A pesar de trastornos y demoras, el estilo de poder permeable y flexible, es en general el que triunfa, así como Atenas prevaleció sobre Esparta gracias a su dinero y su cultura. 

Cuando usted se encuentre inmerso en un conflicto con alguien más fuerte y más rígido permítale una victoria temporal. Simule inclinarse ante su superioridad. Luego, prescindiendo de una forma definida y adecuándose, conquiste poco a poco el alma del rival. De esta manera lo sorprenderá con las defensas bajas, porque quienes son rígidos, están siempre a la defensiva para repeler golpes directos, sin reparar en que eso los torna indefensos ante lo sutil y lo insinuante. Para tener éxito con este tipo de estrategia es necesario convertirse en camaleón: adecuarse por fuera mientras se doblega al enemigo desde adentro. 

Durante siglos, los japoneses aceptaron graciosamente a los extranjeros y se mostraron susceptibles a las culturas e influencias foráneas. João Rodríguez, un sacerdote portugués que llegó a Japón en 1577 y vivió allí muchos años, escribió lo siguiente: «Estoy pasmado ante la disposición de los japoneses a probar y aceptar todo lo que sea portugués». Veía en las calles a los japoneses, vestidos con ropa portuguesa, con rosarios alrededor del cuello y crucifijos sujetos a los cinturones. Podrán parecer una cultura débil y mutante, pero la adaptabilidad de Japón fue lo que protegió al país de que se le impusiera una cultura extranjera a través de una invasión militar. Sedujo a los portugueses y a otros occidentales y les hizo creer que los japoneses cedían a una cultura superior, cuando en realidad la cultura extranjera no era más que una moda que se usaba y luego se descartaba. Bajo aquella superficie de adaptación prosperaba la verdadera cultura japonesa. Si los japoneses hubiesen sido rígidos e intentado defenderse de toda influencia extranjera, podrían haber sufrido las heridas que Occidente le infligió a China en sucesivas guerras. 

Este es el poder de la no forma: no ofrece al agresor nada que agredir. En la evolución de las especies, la dimensión excesiva es a menudo el primer paso hacia la extinción. Lo que carece de movilidad y además necesita alimentarse constantemente. Los poco inteligentes suelen ceder a la tentación de creer que el tamaño es símbolo de poder. 

En el siglo 483 a. C. el rey Jerjes de Persia invadió Grecia, creyendo poder conquistar el país con una sola y rápida campaña. Después de todo, él disponía del ejército más grande que se hubiese reunido jamás para una invasión, estimado por el historiador Herodoto en más de cinco millones de hombres. Los persas proyectaban construir un puente por sobre el Helesponto para invadir Grecia por tierra, mientras su armada, igualmente inmensa, retenía a los buques griegos en el puerto e impedía que sus fuerzas escaparan por vía marítima. El plan parecía perfecto, pero mientras Jerjes preparaba aquella invasión, su asesor Artabano le advirtió de sus temores: 
«Las dos potencias más poderosas del mundo están contra ti». 
Jerjes se echó a reír: ¿qué potencia podía compararse con su inmenso ejército? «Te diré cuáles son —contestó Artabano—. La tierra y el mar». No había puertos seguros lo bastante grandes para albergar la flota de Jerjes. Y cuanto más tierra conquistaran los persas, más se estirarían sus líneas de abastecimiento y mayor y más deficitario sería el costo de alimentar al inmenso ejército. Creído de que su consejero era un cobarde, Jerjes procedió a la invasión. Sin embargo, tal como Artabano había predicho, las tormentas diezmaron la flota persa, que era demasiado grande para refugiarse en cualquier puerto. 

En tierra, entretanto, los persas destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, por lo cual resultó imposible alimentar a las tropas, ya que la destrucción incluía cosechas y depósitos. Las fuerzas persas constituían además un objetivo lento y fácil de atacar. Los griegos llevaron a cabo todo tipo de maniobras engañosas para desorientarlos. Al fin, la derrota de Jerjes a mano de los aliados griegos fue un desastre de increíble magnitud. 

Esta historia es simbólica para todos aquellos que sacrifican movilidad por tamaño: los ágiles y flexibles casi siempre ganarán, porque tienen más opciones estratégicas. Cuanto más gigantesco sea el enemigo, tanto más fácil será lograr que se desmorone. La necesidad de la no forma se hace mayor a medida que avanzamos en edad, dado que tendemos a reafirmarnos en nuestras modalidades y adoptamos formas demasiado rígidas. Nos tornamos predecibles, lo cual es siempre la primera señal de la decrepitud. Y la predecibilidad hace que resultemos cómicos. Aunque el ridículo y el desdén parezcan formas leves de agresión, en realidad constituyen armas poderosas que con el tiempo erosionan los fundamentos del poder. 

Un enemigo que no lo respeta se volverá audaz, y la audacia convierte en peligroso aun al animal más pequeño. La corte francesa de fines del siglo XVIII, uno de cuyos principales exponentes fue María Antonieta, se había atado sin remedio a una rígida formalidad, que el francés promedio consideraba una reliquia estúpida. Esta devaluación de una institución que había perdurado durante siglos fue la primera señal de una enfermedad terminal, dado que representaba una liberación simbólica de los lazos entre el pueblo y la monarquía. A medida que la situación empeoraba, María Antonieta y el rey Luis XVI se iban aferrando con mayor firmeza al pasado, lo cual no hizo sino acelerar su camino rumbo a la guillotina. 

El rey Carlos I de Inglaterra reaccionó de forma similar ante la ola de cambio democrático que sacudió a Inglaterra en la década de 1630: disolvió el Parlamento y los rituales de su corte se tornaron cada vez más formales y distantes. Quería regresar a un antiguo estilo de gobierno y observar de modo estricto todo tipo de mezquinos protocolos. Su rigidez intensificó el deseo de cambio de los súbditos. Antes de poder recapacitar, fue arrastrado a una devastadora guerra civil, y al fin perdió la cabeza bajo el hacha del verdugo. A medida que usted vaya envejeciendo deberá apoyarse cada vez menos en el pasado. Esté atento, no sea que la forma que adopte lo haga parecer una reliquia del pasado. Pero tampoco se trata de imitar las modas de juventud, algo igualmente ridículo. 

Es su mente la que deberá adecuarse de manera constante a cada nueva circunstancia, incluso al inevitable cambio que implica comprender que ha llegado el momento de dar un paso al costado y dejar que los más jóvenes se preparen a ascender. La rigidez solo le dará la apariencia desagradable de un cadáver. 

Nunca olvide, sin embargo, que la falta de forma es una pose estratégica. Le brinda espacio para crear sorpresas tácticas, mientras sus enemigos luchan por adivinar el próximo paso que dará usted, revelan su propia estrategia, y se ponen en decidida desventaja. Esto permite que usted conserve la iniciativa y en muchos casos trabe por completo el accionar de sus enemigos al obligarlos a reaccionar de continuo. Así, usted anula el espionaje y el trabajo de inteligencia del rival. Recuerde que la no forma es una herramienta. 

Nunca confunda esta estrategia con el estilo de «nadar con la corriente» o con una resignación religiosa a las vueltas del destino. Utilice la falta de forma definida, no para alcanzar armonía y paz interior, sino para incrementar y reafirmar su poder. Por último, aprender a adaptarse a cada nueva circunstancia significa ver los hechos a través de sus propios ojos, y a menudo ignorar los consejos que la gente le ofrece. Significa que, en última instancia, usted tendrá que desechar las leyes que otros predican y los manuales que otros escriben, y también el sabio consejo de sus mayores.

«Las leyes que rigen las circunstancias son abolidas por las nuevas circunstancias», escribió Napoleón, lo que significa que es responsabilidad de usted evaluar cada situación nueva. Si confía demasiado en las ideas de los demás, terminará adoptando una forma que no es la construida por usted. Demasiado respeto por la sabiduría ajena hará que usted termine despreciando la suya. Sea brutal con el pasado, sobre todo con el suyo propio, y no respete las filosofías que le sean endilgadas desde afuera.

Utilizar el espacio para dispersarse y crear diseños abstractos no debiera ser sinónimo de abandonar la concentración de poder cuando ello resulta ventajoso y de gran valor. La ausencia de una forma definida hace que los adversarios busquen en todas partes y dispersen sus propias fuerzas, tanto mentales como físicas. Sin embargo, cuando usted al fin los enfrente, deberá asestarles un golpe poderoso y certero. 

Así fue como Mao triunfó sobre los nacionalistas: fraccionó las fuerzas enemigas en pequeñas unidades aisladas, a las cuales luego pudo vencer con un solo y enérgico ataque. 

La ley de concentración fue lo que prevaleció. Cuando usted juegue con la ausencia de forma, no pierda el control del proceso y tenga siempre presente su estrategia a largo plazo. Cuando adopte una forma y se lance al ataque, use la concentración, la rapidez y el poder. Como dijo Mao: «Cuando luchamos contra usted, nos aseguramos de que no pueda escapar».


Ley nº 1.- Nunca le hagas sombra a tu jefe.
Ley nº 2.- Nunca confíes demasiado en tus amigos; aprende a utilizar a tus enemigos.
Ley nº 3.- Disimula tus intenciones.
Ley nº 4.- Di siempre menos de lo necesario.
Ley nº 5.- Casi todo depende de tu prestigio; defiéndelo a muerte.
Ley nº 6.- Busca llamar la atención a cualquier precio.
Ley nº 7.- Logra que otros trabajen por ti, pero no dejes nunca de llevarte los laureles.
Ley nº 8.- Haz que la gente vaya hacia ti y, de ser necesario, utiliza la carnada más adecuada para lograrlo.
Ley nº 9.- Gana a través de tus acciones, nunca por medio de argumentos.
Ley nº 10.- Peligro de contagio: evita a los perdedores y los desdichados.
Ley nº 11.- Haz que la gente dependa de ti.
Ley nº 12.- Para desarmar a tu víctima, utiliza la franqueza y la generosidad en forma selectiva.
Ley nº 13.- Cuando pidas ayuda, no apeles a la compasión o a la gratitud de la gente, sino a su egoísmo.
Ley nº 14.- Muéstrate como un amigo pero actúa como un espía.
Ley nº 15.- Aplasta por completo a tu enemigo.
Ley nº 16.- Utiliza la ausencia para incrementar el respeto y el honor.
Ley nº 17.- Mantén el suspenso. Maneja el arte de lo impredecible.
Ley nº 18.- No construyas fortalezas para protegerte: el aislamiento es peligroso.
Ley nº 19.- Averigua con quién estás tratando: no ofendas a la persona equivocada.
Ley nº 20.- No te comprometas con nadie.
Ley nº 21.- Finge candidez para atrapar a los cándidos: muéstrate más tonto que tu víctima.
Ley nº 22.- Utiliza la táctica de la capitulación. Transforma la debilidad en poder.
Ley nº 23.- Concentra tus fuerzas.
Ley nº 24.- Desempeña el papel de cortesano perfecto.
Ley nº 25.- Procura recrearte permanentemente.
Ley nº 26.- Mantén tus manos limpias.
Ley nº 27.- Juega con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales.
Ley nº 28.- Sé eficaz al entrar en acción.
Ley nº 29.- Planifica tus acciones de principio a fin.
Ley nº 30.- Haz que tus logros parezcan no requerir esfuerzos.
Ley nº 31.- Controla las opciones: haz que otros jueguen con las cartas que repartes.
Ley nº 32.- Juega con las fantasías de la gente.
Ley nº 33.- Descubre el talón de Aquiles de los demás.
Ley nº 34.- Actúa como un rey para ser tratado como tal.
Ley nº 35.- Domina el arte de la oportunidad.
Ley nº 36.- Menosprecia las cosas que no puedes obtener: ignorarlas es la mejor de las venganzas.
Ley nº 37.- Arma espectáculos imponentes.
Ley nº 38.- Piensa como quieras, pero compórtate como los demás.
Ley nº 39.- Revuelve las aguas para asegurarte una buena pesca.
Ley nº 40.- Menosprecia lo que es gratuito.
Ley nº 41.- Evita imitar a los grandes hombres.
Ley nº 42.- Muerto el perro, muerta la rabia.
Ley nº 43.- Trabaja sobre el corazón y la mente de los demás.
Ley nº 44.- Desarma y enfurece con el efecto espejo.
Ley nº 45.- Predica la necesidad de introducir cambios, pero nunca modifiques demasiado a la vez.
Ley nº 46.- Nunca te muestres demasiado perfecto.
Ley nº 47.- No vayas más allá de tu objetivo; al triunfar, aprende cuándo detenerte: lo puedes perder todo.
Ley nº 48.-Sé cambiante en tu forma.

Principios Del Poder Volumen I(Mar2026) by megavil68


Las 48 Leyes Del Poder by Ronald Rincon Salgado


lunes, 7 de septiembre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "CONFESIONES VERDADERAS (TRUE CONFESSIONS)": EN EL CORAZÓN DE LA CORRUPCIÓN por JOHN GREGORY DUNNE y DIRIGIDA por ULU GROSBARD


Los Ángeles, años cuarenta: en un solar es descubierto el cadáver mutilado de una joven. La prensa bautiza el caso con el sugerente nombre de 'la Golfa Virgen' y, de repente, un asesinato que podría haber pasado desapercibido en las páginas de sucesos se convierte en el ojo de un huracán de mayores dimensiones… Dos hermanos, Tom, detective de homicidios, y Desmond Spellacy, sacerdote católico con ambiciones políticas dentro de la Iglesia, constituyen los ejes en torno a los cuales desfilan personajes involucrados en sobornos y tráficos de influencias, que nos llevan de los aposentos de un cardenal a un sórdido prostíbulo de suburbio; de los campos de golf donde los notables juegan sus partidas y entretejen sus redes de poder y corrupción a la humilde feligresía de una parroquia californiana; de policías de moral ambigua cuyos actos bordean la ilegalidad a la atormentada vida sentimental de Tom, cuya esposa entra en delirios místicos y cuya amante tiene la molesta virtud de avivar sus remordimientos… 

Cuando se descubre la relación entre la víctima y alguien de vital influencia económica para iglesia, Tom tendrá que enfrentarse a su hermano y pedirle que haga una elección que marcará su destino: seguir los dictados de su conciencia o abandonarse a la ambición. 

Confesiones verdaderas trata de un crimen que no tiene soluciones, solo víctimas… En una nueva edición prologada por Rodrigo Fresán y con una introducción de George Pelecanos, el clásico de John Gregory Dunne evoca el famoso asesinato de la Dalia Negra, que también sirvió de inspiración a James Ellroy para escribir la novela homónima que lo llevaría a la fama. Y se llevó al cine "LA DALIA NEGRA, 2006".

El personaje de Burgess Meredith, monseñor Seamus Fargo,
actúa como un mentor veterano para el personaje de De Niro, Desmond Spellacy. En la película, Seamus Fargo es un sacerdote íntegro y de la vieja escuela que choca con los negocios astutos y políticamente motivados de Desmond. A consecuencia de este conflicto, el pragmático cardenal de la diócesis obliga a Fargo —un hombre de buen corazón— a jubilarse anticipadamente, enviándolo a una remota parroquia en el desierto. 
En última instancia, Fargo sirve como espejo moral para Desmond. Cuando Desmond cae en desgracia más adelante debido a su vinculación con escándalos políticos y criminales, es enviado a esa misma parroquia remota; allí ocupa el lugar de Fargo y encuentra su propia salvación espiritual.

‘Confesiones verdaderas’: 
En el corazón de la corrupción


Si no les gustan las películas duras, descarnadas, en las que no se hacen prisioneros, no se les ocurra acercarse a True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981), un film noir con pedigrí de novela de Hammett, Chandler o James Cain, esto es, reserva curado en estilo de autopsia de la vida moderna, o de la de siempre, porque por sus fotogramas desfilan cardenales y sacerdotes ambiciosos, putas, detectives, cineastas porno, chicas a la deriva que escriben poemas pequeños y simples, antiguos chulos reconvertidos en especuladores inmobiliarios aliados con concejales de vista gorda y abogados de ocasión para cualquier chanchullo, iglesias, burdeles, comisarías de policía, morgues, elegantes campos de golf y cutres cafeterías, restaurantes para gente rica y cuarteles desafectados en los que rodar películas porno y descuartizar a chicas tan hermosas como usadas como moneda de cambio. Podrán encontrar en este laberinto de intereses cruzados la huella de irlandeses católicos, misas, bodas, confesiones, una Iglesia que ejerce el poder y busca el dinero, pero también sacerdotes que prefieren retirarse a morir a una olvidada parroquia en el desierto, no solo para expiar pecados del pasado sino para interrogarse cómo y por qué no tienen el don de amar a Dios.

"El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado"

Ese pedigrí del que les hablo lo excava "Confesiones verdaderas" de una maravillosa novela, mil veces olvidada, escrita por John Gregory Dunne, uno de los nombres jamás mencionados cuando se habla del “nuevo periodismo” de los Wolfe y los Talese porque, como dice Garci, El estudio, el libro reportaje que Dunne consagró a un año de producción de películas en la Fox a mediados de los años 60, cuando el viejo Zanuck tuvo que volver de Europa para reflotar una nave en quiebra tras los dispendios de Spyros Skouras y Joe Mankiewicz por Cleopatra, no tiene nada que envidiar a The Right Stuff o a Honrarás a tu padre. Dunne, tomando como algo más que un macguffin el célebre asesinato de la Dalia Negra, un cadáver descuartizado de una chica encontrado en un solar de L. A., efectúa la autopsia de un cadáver nada exquisito, el de la sociedad angelina, la de la América de la posguerra, quizás de la Humanidad de siempre. Un cadáver enfermo de corrupción y vicios privados y públicos camino de una era de prosperidad que intenta olvidar la pasada guerra y hacer negocios al margen de cualquier regla y bajo cualquier influencia. Claro que ese panorama sería solo un brillante y duro trampantojo si no se poblara de seres humanos que se sienten irremediablemente muy lejos del Paraíso. El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado. 

Un film noir no es nada sin el peso del pasado o sin un flashback que lo evoque, como el que le viene a los ojos al sargento de homicidios de L. A. Tom Spellacy (Robert Duvall) mientras contempla el desolado desierto al otro lado de la ventana de la pobre rectoría de la parroquia que regenta su hermano Desmond (Robert De Niro), el cura que iba para obispo y ya solo espera reposar en una descarnada parcela de tierra abrasada en el vecino cementerio. Dunne escribió el guion de Confesiones verdaderas con su mujer, Joan Didion, otra que conocía bien cómo escribir sobre seres humanos a la deriva, sumidos en el dolor y en la pena pero nunca vencidos, apoyados en la esperanza de luchar y no rendirse.

"Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre"

Ulu Grosbard, un cineasta sueco muy eficiente, muy buen artesano, que hizo carrera en Hollywood con melodramas bien armados como Enamorarse, remake sofisticado y neoyorquino del Breve encuentro de David Lean, sabe que tiene en sus manos oro puro y no lo desaprovecha, filmando esta historia desarbolada de sentimientos, 104 minutos de pathos, emociones de choque, de forma clásica, sujeto, verbo y complemento. Cuenta además con un reparto maravilloso, y no solo por el duelo fraternal de Robert Duvall y De Niro, dos actores de la misma camada del sector más ligero del Actor’s Studio, que ofrecen un recital de miradas que nos permiten penetrar en su dolor u orgullo, su rabia o su vergüenza interior, una manera magistral de dominar el tempo de una secuencia, el sentido de un plano mental, una manera de moverse en el encuadre. Junto a ellos está la vulgaridad de Charles Durning, un Jack Amsterdam, antiguo chulo, ahora Laico Católico del Año, bastión de la Iglesia por sus contribuciones siempre unidas a sus negocios; la dureza de acero de Cyril Cusack, un príncipe de la Iglesia, cardenal, distante, frío, que sacó a la diócesis de la quiebra para transformarla en una máquina de poder y riqueza y dejó para el final derrumbe moral; o Rose Gregorio como Brenda Samuels, la regenta de un burdel cutre, que anda aún enamoriscada del poli Spellacy, aunque ella pagara en la cárcel la corrupción de éste. Su rostro, surcado de arrugas y de vida devastada, una mirada gris, orgullosa pero derrotada, aún posee la belleza de la desesperación cuando Tom Spellacy descubre su rostro al retirar la sábana que la cubre en la morgue tras abrir la espita del gas huyendo de una vida que ya no le ofrece nada.

Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones Verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre, es una película de las que te abre en canal tus sentimientos mientras te sumerges, te guste o no, en su historia, en sus imágenes.

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True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981). Produicida por Irwin Winkler y Robert Chartroff. Dirigida por Ulu Grosbard. Guion de John Gregory Dunne y Joan Didion, sobre la novela True Confessions, de Dunne. Fotografía de Owen Roizman. Música de George Delerue. Montaje, Linzy Klingman. 
Interpretada por Robert De Niro, Robert Duvall, Charles Durning, Burgess Meredith, Cyril Cusack, Rose Gregorio, Ed Flanders, Kenneth McMillan, Dan Hedaya, Jeanette Nolan. Duración: 104 minutos.