LOS MAGOS
DE LA
OSCURIDAD
Los nuevos señores del poder:
inteligencia artificial y tecnocésares
Una denuncia de las élites tecnológicas que aspiran a rediseñar la sociedad, concentrar el poder y decidir el destino de millones de personas.
¿Y si la revolución tecnológica que vivimos no estuviera construyendo un futuro mejor, sino preparando un nuevo sistema de poder basado en el control, la vigilancia masiva y la guerra?
¿Y si figuras supuestamente comprometidas con el progreso de la humanidad, como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Peter Thiel o Alex Karp, estuvieran impulsando la llamada «Ilustración Oscura», un movimiento que propone el regreso a unas estructuras políticas antidemocráticas y totalitarias, en las que la inteligencia artificial sea «el ojo que todo lo ve» y «la mente que todo lo decide», destruyendo nuestro conocimiento y los avances de la civilización?
Cristina Martín Jiménez desvela los planes de la nueva élite del poder que, carente de códigos éticos y morales, está poniendo en jaque las democracias y aspira a sustituirlas por un modelo de gobierno totalitario controlado por una minoría privilegiada. Una transformación que amenaza la libertad, la igualdad, la justicia, la ciencia y el conocimiento que, en última instancia, conduce a la aniquilación de la esencia del ser humano.
INTRODUCCIÓN
Creo que una de las cosas más subversivas
que uno puede hacer en nuestra sociedad
es tratar de pensar por uno mismo.
PETER THIEL
En marzo de 2016, por las vibrantes calles de Roma comenzaron a correr extraños rumores acerca de la llegada del Anticristo. No, no me lo estoy inventado... Y no hacía falta que lo anunciara ningún periódico. Roma siempre ha tenido sus propios canales de información: los pasillos, las sacristías, los cafés, las sombras del Vaticano y esa mezcla tan italiana de fe, miedo y política. Mientras el mundo moderno fingía haber enterrado las profecías bajo capas de progreso, allí, en la ciudad que ha visto caer imperios, coronar Papas y ocultar secretos, volvía a pronunciarse una palabra que nunca desaparece del todo: Anticristo.
El protagonista de aquella escena no era un predicador descalzo ni un iluminado de plaza pública. El magnate estadounidense Peter Thiel, uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta, se paseaba por la Ciudad Eterna, henchido de orgullo y envuelto en un secretismo casi litúrgico, anunciando su particular «buena nueva» a todo aquel que quisiera escucharla. Mejor dicho, al reducido grupo de elegidos que tuvieron la dicha de asistir a las charlas de este nuevo y oscuro «profeta» de nuestro tiempo. Ni el lugar exacto de los encuentros ni la lista de invitados fueron revelados pública mente. Tampoco se permitió el uso de teléfonos móviles ni de dispositivos de grabación en las sesiones, no vayamos a confundir la «palabra de Belcebú» con un irrelevante concierto de Rosalía o de Taylor Swift. Hay misterios que deben protegerse del vulgo.
Resulta difícil no reparar en el escenario elegido para hablar de esta especie de Apocalipsis 2.0. Roma, con sus ruinas, sus iglesias, sus símbolos imperiales, sus mármoles y sus pasillos de poder. Roma, la ciudad en la que se tejieron algunos de los hilos más enraizados de la civilización occidental y a escasos metros del Estado del Vaticano, sede central del gobierno de la Iglesia católica y residencia de los Papas desde 1377. Nada era casual. En hombres como Thiel, casi nada lo es y la puesta en escena también forma parte del mensaje. Porque Peter Thiel no solo acumula fortunas; también acumula relatos. Y sabe perfectamente que, en nuestro tiempo, quien controla el cuento controla mucho más que una conversación; controla el marco mental desde el que millones de personas interpretarán el mundo. Mientras unos siguen creyendo que el poder se ejerce desde los Parlamentos, otros llevan años ejerciéndolo desde los medios de comunicación, las universidades, los fon dos de inversión, los laboratorios de microdatos, las empresas de seguridad y las tecnologías aplicadas a la guerra. Palantir Technologies, su criatura más conocida, no es precisamente una anécdota en esta historia. Es una pista. Y bastante luminosa.
Si vas a diseñar un nuevo mundo, necesitas un nuevo relato, mejor aún, toda una Biblia. ¿Y dónde mejor que Roma para a escribirla? ¿Dónde poner el primer ladrillo de su «Tecnópolis» sino en el corazón del símbolo, en el alma del imperio que inspiró a los posteriores? Consciente de que toda civilización necesita una cosmogonía fundacional, el «tecno-san Pedro» -Peter es Pedro en inglés; hasta en su nombre hay símbolo- sabe que no basta con levantar una nueva estructura de poder: necesita una fe, un dogma, una promesa de salvación y un enemigo al que combatir y condenar. El nuevo Pedro ya no edificará su Iglesia sobre la roca, sino sobre el silicio.
El caso es que la fecha sigue conectando con imperios antiguos, ciudades sagradas y guerras de poder. Apenas unos días después de que, el 28 de febrero, la Administración Trump y el Gobierno de Benjamín Netanyahu bombardearan Irán, Peter Thiel se preparaba para hablar del fin de la civilización, del fin de la democracia, del fin de la religiosidad y la espiritualidad, del fin de la libertad y de la justicia... En definitiva, del fin del ser humano como protagonista de progreso y de vida. Lo interesante es que, por lo poco que sabemos, Thiel y sus seguidores hablan de la llegada del Anticristo como una amenaza que nada tiene que ver con ellos -ni con sus empresas ni con el mundo que están construyendo-y dela que, por tanto, debemos protegernos. Es decir, nos alertan de que el Maligno está a la vuelta de la esquina y de que debemos prepararnos. Seríamos tontos si no lo hiciéramos. A fin de cuentas, como dice el refrán, el que avisa no es traidor. A la humanidad le espera un futuro plagado de lacras y sufrimiento-nos viene a decir Thiel-, a no ser que optemos por ceder nuestra dignidad y nuestra capacidad crítica para someternos a los designios de quienes saben lo que está sucediendo -o está a punto de suceder- y, sobre todo, lo que nos conviene. La vieja táctica de todos los poderes ilegítimos: asustar primero para decretar después. Presentar la obediencia como protección. Convertir la sumisión en prudencia y vender la jaula como refugio. Él lo explica con una solemnidad calculada:
En nuestro presente hay fuerzas incesantes, más o menos ocultas, comprometidas en destruir lo que queda del Occidente que nos es querido e hipotecar el destino de la humanidad y su dignidad.
La frase suena grave. Incluso hermosa, si uno no la mira demasiado de cerca. Pero conviene hacerse algunas preguntas. ¿Cuáles son exactamente esas «fuerzas incesantes y ocultas» a las que se refiere Thiel? ¿De qué modo se «hará carne» el Anticristo? ¿Y en qué rostro podremos reconocerlo? ¿En el del político, en el del regulador, en el del crítico, en el del ciudadano que todavía se atreve a preguntar?
No es fácil responder a estas cuestiones porque al secretismo se añade una jerga pseudoteológica difícil de descifrar. Pero el fondo empieza a distinguirse con bastante nitidez. Para Thiel, el Anticristo no parece ser la deshumanización tecnológica, ni la vigilancia masiva, ni la concentración obscena de poder en unas pocas compañías privadas, ni siquiera la conversión de la vida humana en datos explotables. No. Para Thiel, el Anticristo es todo lo contrario de lo anterior: cualquier intento de limitar o cuestionar el avance tecnológico.
El Anticristo puede ser un Gobierno que pretenda regular el uso de las redes sociales. Puede ser un legislador que pregunte qué se hace con los datos de millones de ciudadanos. Puede ser un usuario de ChatGPT que denuncie que la información ofrecida por la inteligencia artificial es incorrecta, sesgada o directamente falsa. Puede ser un periodista incómodo. Un profesor crítico. Un juez. Un Parlamento. Una ley. El Anticristo puedes ser tú.
Dicho de otro modo: para uno de los hombres más poderosos de la Tierra, el Maligno se encarna en todo aquel que le lleve la contraria o le critique y, por si alguien se atreviera a dudar, en la democracia en su conjunto, porque -a pesar de todos sus defectos y corrupciones- la democracia exige deliberación, límites, controles y responsabilidad, y es el sistema que mayor pensamiento crítico y regulación requiere para funcionar. Es decir, todo aquello que molesta profundamente a quienes prefieren un mundo gobernado por la velocidad del dinero, la opacidad de los algoritmos y la ley del más fuerte.
No deja de ser fascinante observar que los mismos que convierten la libertad en un dato, la identidad en un perfil -o en una variable sociológica- y la política en una arquitectura invisible de control nos pidan que confiemos en ellos para salvarnos del mal. Porque lo que Peter Thiel calla es que, en realidad, quienes están «hipotecando el destino de la humanidad y su dignidad» son él mismo y toda la tribu de tecnocésares que planean convertir su palabra «divina» en hechos. Y para ello, cómo no, recurren a esta suerte de «mensaje» pseudorreligioso que parece ser el resultado de una borrachera delirante. Saben bien que «la fe mueve montañas» y, sobre todo, que los principios religiosos y civilizatorios, como la justicia, la bondad, el amor y el respeto al prójimo promueven conductas éticas y morales que moldean las normas sociales y las decisiones políticas de los Estados. Conceptos pasados de moda, piensan Peter Thiel y sus compañeros de farra nocturna. Ya hemos tenido bastante amor y respeto al prójimo durante dos milenios. Ahora ha llegado el momento de crear nuevos dioses a los que adorar y nuevos tiranos a los que obedecer. Y se han puesto manos a la obra.
En resumidas cuentas, de lo que se trata es de crear el caldo de cultivo adecuado para imponer una agenda plutocrática dirigida a acabar con las formas de gobierno tradicionales -democracia o dictadura- y sustituirlas por la tiranía de las élites tecnológicas y económicas, carentes del menor código ético o moral. Y para ello, qué mejor que construir y difundir una nueva teoría -con tintes religiosos- que dé sustento a sus macabros planes de dominio. A fin y al cabo, en eso consiste la llamada «Ilustración Oscura», un movimiento reaccionario que propone un retorno a construcciones sociales y formas de gobierno -basadas en las monarquías absolutas- propias del Antiguo Régimen y la Edad Media, como el feudalismo y el vasallaje. Eso sí, con ellos, los tecno-oligarcas, en la cima, como dueños y señores del Orbe, decidiendo cómo hemos de pensar, sentir y comportarnos todos los demás.
En realidad, y como veremos en las siguientes páginas, los creadores y ejecutores de esta macabra teoría del apocalipsis obedecen a la misma fuerza motora que ha guiado el mundo desde sus inicios: la sed de poder... y el miedo a perderlo. No les basta con haber acumulado millones de dólares volviéndonos a todos adictos a las redes sociales y a sus productos tecnológicos, sino que ahora aspiran a atemorizarnos con la llegada del Anticristo si no nos sometemos a sus planes de aniquilación. Porque, en última instancia, el objetivo es acabar con el libre albedrío que nos define como humanos para construir un «Estado mundial en red» dirigido por los tecno-oligarcas de Silicon Valley y por empresas que, como Palantir, controlan todos nuestros datos y, a través de modelos de inteligencia artificial, nos espían -como ocurre con el famoso ICE (Servicio de Control de Aduanas e Inmigración de Estados Unidos), encargado de vigilar y expulsar a los migrantes que previamente introdujeron como experimento geopolítico-, nos evalúan y nos condenan al exterminio ya la guerra. Pero Thiel también tiene miedo. ¿A qué teme? A perder sus 27.000 millones de dólares y a morir. Ni siquiera en la Ciudad Eterna entendió que él también es mortal.
En las siguientes páginas haremos un recorrido por las sombras más os curas del poder, por ese vasto territorio que ni se ve ni se oye abiertamente, aunque lo cierto es que su inconfundible hedor nos llega a todos. Mientras escribo estas páginas, me entero de que el ideario político de Palantir Technologies se resume en una de las noticias más llamativas que ha abierto un informativo en la televisión: «Mili universal y obligatoria, la tecnología al servicio de la guerra, impunidad para los líderes y la religión interviniendo en la política». O sea, que ya no se esconden, porque, como les ocurre a los gánsteres, su soberbia les impide mantener en secreto sus fechorías durante demasiado tiempo y siempre terminan presumiendo de sus conquistas. Ellos tienen el poder, así que ¿para qué seguir ocultándolo? Como veremos, esta siniestra y opaca compañía colabora directamente con Donald Trump, Benjamín Netanyahu, la OTAN, la Unión Europea y los Gobiernos de Ucrania y de muchos países de Hispanoamérica -aunque habría que preguntarse quién colabora con quién y quién rinde cuentas a quién- en sus aventuras bélicas, actuando como el cerebro de inteligencia artificial encargado de seleccionar los objetivos automáticamente, ya sea un enclave militar oculto en las montañas, ya seamos nosotros en el salón de nuestras casas. Es decir, estamos ante la empresa encargada de sembrar la muerte y la destrucción donde más daño provoque.
No nos engañemos: la mal llamada guerra de Irán en ningún momento buscó acabar con el régimen de los ayatolás y llevar la democracia y el res peto por los derechos humanos a la principal potencia islámica de la región. La conquista del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, es sin duda una pieza codiciada del tablero. Pero ahí no termina la partida. No. La guerra, en realidad, no es solo contra la soberanía de los iraníes, sino contra todos nosotros: contra nuestra libertad, contra nuestros valores, contra nuestra capacidad de pensar, opinar y decidir.
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Tecnología versus ser humano. Inteligencia artificial versus inteligencia humana. Tecnotiranía versus democracia, justicia y derechos humanos... Sé que parece una distopía, pero es real y está pasando ahora. No se trata de que las máquinas se rebelen y actúen contra las personas por propia iniciativa, como ocurre en multitud de libros y películas de ciencia ficción -y como algunos pretenden hacernos creer-, sino de cómo unos cuantos humanos han configurado -y lo siguen haciendo- la «inteligencia» de las máquinas (la IA) para actuar contra la civilización, acabar con ella y, a continuación, construir desde cero su nueva Tecnópolis.
De este pequeño grupo de humanos nos ocuparemos en este libro. Todos tienen en común que son hombres-me pregunto dónde quedan las mujeres en su esquema mental- que dominan y controlan la tecnología y que tienen un ilimitado afán de control e influencia política. Están asentados en el corazón más oscuro del poder y anhelan manejar a su antojo todos los hilos que mueven el mundo. Nos pueden parecer locos o, en el mejor de los casos, excéntricos, pero lo cierto es que sus planes -y las consecuencias de estos están pensados al milímetro.
En la primera parte hablaremos de algunos viejos conocidos, esos «chicos» de Silicon Valley que llegaron para quedarse y abrir una senda que tarde o temprano todos recorreríamos, pese a las consecuencias nefastas que ha traído consigo: adicciones, abusos, suicidios, crímenes, desinformación, censura, adoctrinamiento masivo... Personajes como Elon Musk (X, SpaceX, Neuralink, xAI y Grok) o Mark Zuckerberg (Meta; es decir, Facebook, Instagram, WhatsApp y ahora Meta Al) aparecieron en escena a finales del siglo xx y principios del XXI para cambiarnos a todos la existencia2.. En un abrir y cerrar de ojos se convirtieron en multimillonarios y sus decisiones comenzaron a mover los cimientos de nuestras vidas con el uso masivo de Internet y las redes sociales. Pero aquello solo era el inicio... Faltaba el siguiente golpe, que ellos mismos, junto con otros «eminentes colegas» (Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, o Sundar Pichai, CEO de Alphabet y Google), se encargaron de dar: el desarrollo de la inteligencia artificial y, con ella, la construcción de un nuevo orden mundial cognitivo diseñado a su gusto. Ellos mandan, censuran, crean opinión, programan algoritmos, ponen y quitan Gobiernos, intervienen en elecciones, declaran guerras y manejan a su antojo a los líderes políticos que se ponen a tiro, hayan salido o no de las urnas.
Como compañeros inevitables de los «chicos» de Silicon Valley aparecieron otras figuras que supieron aprovechar la coyuntura para dictar su doctrina. Me estoy refiriendo a esos otros magos de la oscuridad que, desde sus particulares «tecnopúlpitos», se encargan de teorizar, de convertir sus hazañas y aspiraciones en programas políticos y de justificar sus acciones construyendo un marco pseudofilosófico que nos conduce irremediablemente a la nada. Me estoy refiriendo a personajes como Peter Thiel y Alex Karp (fundador y director general, respectivamente, de Palantir Technologies), y de Curtis Yarvin y Nick Land (padres ideológicos de la Ilustración Oscura), de quienes hablaremos en la segunda parte del libro. Todos ellos invierten millones de dólares, dan charlas, aconsejan, financian campañas políticas, escriben libros de éxito -o, en su caso, blogs en Internet con millones de seguidores-y, loquees más importante, introducen en nuestro imaginario colectivo cuál es la dirección que debe tomar el mundo y el papel que en él desempeñará el «tecnohumano» que diseñan.
Como en mis libros anteriores, lo que propongo a mis lectores es un acto de reflexión tras conocer los datos. Y los datos (y las biografías de los protagonistas) hablan por sí mismos. El orden mundial surgido del final de la Segunda Guerra Mundial ha colapsado y, como ocurre con todas las caídas definitivas, estas traen catástrofes y, al mismo tiempo, oportunidades. Ellos predican las ruinas. Nosotros estamos llamados a responder, porque nos encontramos en la antesala de una nueva era regida por un tecnofeudalismo voraz e insaciable.
Para los protagonistas de este libro, el ser humano es el principal obstáculo del progreso tecnológico, por lo que debe ser «superado» y «mejorado». Para ello cuentan con la biomedicina y la inteligencia artificial, una herramienta que no deja de crecer, que se alimenta de sí misma -y de nuestros datos y conocimientos- para construir un mundo sin alma, sin sentimientos, sin principios. Es la era del transhumanismo (nos detendremos en este asunto en la tercera parte del libro), esa que algunos visionarios ya nos anunciaron en sus novelas distópicas, como George Orwell y su 1984; Aldous Huxley y su Un mundo feliz, o la mismísima Mary Shelley y su maravilloso Frankenstein o el moderno Prometeo.
Lo que parecía el producto de la más pura fantasía se está convirtiendo en realidad, una realidad inmoral e inquietante -por no decir aterradora- que debemos conocer para hacerle frente.




