Antonio Molle Lazo
(1915 - 1936)
Juventud, ideales y martirio
✞
El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde entonces lo medité muchas veces.Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han brotado, abundantes: por una parte, por compasión hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa.He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno, y he dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y, en particular, a los españoles.
Padre Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.
"ME MATARÉIS, PERO CRISTO TRIUNFARÁ"
Yo era niño cuando mi padre me contaba la muerte heroica de Antonio Molle por negarse a blasfemar y gritar, en cambio, «¡Viva Cristo Rey!». Seguía yo siendo pequeño cuando en mi casa se rezaba a diario, al término del rosario familiar, la oración: «Señor, que dijisteis: a aquel que me confesare en la tierra ante los hombres, yo lo confesaré en el cielo ante mi Padre celestial», pidiendo por nuestra parte la glorificación de Antonio Molle y su intercesión en el cielo.
Pasaron los años y, siendo yo un muchacho espigado, tomé parte en la peregrinación venida a Jerez de la Frontera desde diferentes puntos de España, para asistir al traslado de los restos mortales de Antonio Molle desde ese cementerio a la iglesia del Carmen —también en Jerez—, donde reposan. ¡Cuántas emociones aquel día!
Ahora, ya viejo y caduco, me corresponde estar a la puerta de la autoridad eclesiástica pidiendo la apertura de su proceso de canonización. Siento igual fervor ahora que entonces, el mismo amor y respeto a la Iglesia. Pero con mayor conocimiento de la realidad histórica de la vida y muerte de Antonio Molle; y admiración por la limpieza de su alma, forjada en el amor a Cristo Eucaristía, a María su madre y a la Iglesia perseguida. Me llama la atención cómo Antonio se dejó llevar por la providencia divina. Su corazón generoso —sin duda, sede del Espíritu Santo— sabía marcar los pasos a seguir, sin cálculo o contabilidad de los riesgos y sacrificios.
No le importó sufrir encarcelamiento durante la II República, por lo que, llegado el Alzamiento de julio de 1936, rápido se presentó como voluntario para ir al frente para defender a España de los enemigos de Dios. Así es que, estando en este, aquel 10 de agosto de ese mismo año, 1936, cuando en Peñaflor se conoce que el pueblo va a sufrir un duro ataque de las numerosas fuerzas que vienen de Palma del Río, sus compañeros, requetés y guardias civiles, se retiran estratégicamente a la iglesia y al ayuntamiento, pero Antonio solicita permiso para cuidar personalmente del convento (Hermanas de la Cruz), situado a la misma entrada del pueblo en la dirección del peligro. Su defensa, su caballerosidad, su heroísmo y su muerte son conocidas y mejor explicadas en este trabajo que trae a la luz fray Santiago Cantera. ¡Sigue actuando la Providencia!
Aquella perla que brillaba en el mundo, Dios la escogió para sí, purificándola plenamente con la sangre del martirio.
Ahora, de la paz del claustro de Santa Cruz del Valle de los Caídos, viene la pluma de un monje que habla al mundo: «Escuchad: la paz verdadera está en Cristo, porque nace de su Amor».
El martirio de Antonio Molle convirtió a alguno de sus verdugos. Hoy, su sangre, en justa memoria histórica, clama ante el Señor:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Con nuestras obras hagamos eco al clamor de Antonio Molle, al morir gritando: «¡Viva Cristo Rey!».
Que nuestra vida, en este mundo laicista que reniega de Dios, sea la de nuevos soldados de paz y amor, sin mirar los sacrificios.
Leamos las páginas de esta vida de Antonio Molle con la devoción que merecen y, después, dejemos que la Providencia y la mano de María nos guíen en el servicio de España, de una España para Dios.
Domingo Fal-Conde-Macías
Sevilla, 10 de agosto de 2008
A los 70 años de la muerte martirial de Antonio Molle
Lazo —que entonces tenía 21 años— en la localidad sevillana de Peñaflor, su figura cobre relevancia hoy de nuevo e incluso un nuevo valor.
Adquiere valor de nuevo, porque la grandeza de
las almas cristianas más generosas crece con el paso del
tiempo. Y es precisamente pasado un tiempo, cuando
mejor aún se puede comprender su magnitud ante los
hombres como manifestación del Amor providente de
Dios y ofrece, además, un nuevo valor, porque, en me- dio de la crisis de valores y de referentes que sufre actualmente la juventud —de un modo particular la juventud
española—, el ejemplo de este muchacho andaluz de
corazón puro, de pensamiento claro, de alma limpia,
delicado con sus compañeros, con sus formadores y con sus padres,
entregado a unos ideales que consideraba justos, verdaderos y rectos, y, finalmente, muerto por confesar a Cristo tras un durísimo calvario de crueles
tormentos, se impone como un modelo ejemplar, digno
de imitación para los jóvenes. Asimismo, considerando
que Juan Pablo II quiso impulsar de nuevo las causas de
los mártires españoles de 1934 y de 1936-39, que deseó
proponer modelos de seglares santos y, singularmente,
de algunos comprometidos en la acción pública y aun política, la figura de Antonio Molle reúne también las mejores condiciones.
Ante todo, nos parece que se trata de un modelo para
los jóvenes: rico en virtudes, entregado a unos ideales y
decidido a la hora de dar la vida por confesar su fe. No
es un joven ñoño, si bien en los años de su primera educación de infancia, cabría descubrir algunos aspectos
que, tal vez, pudieran darnos tal impresión, debido a la
enseñanza propia de la época.
Muestra virtudes vividas en un alto grado: el amor filial a sus padres, el compañerismo, el vencimiento de sí mismo, la diligencia en el
trabajo, la honestidad, la guarda de la castidad y la pureza, el patriotismo, la devoción sincera, la fortaleza y
la decisión ante la adversidad, la esperanza religiosa… y
una fe inquebrantable hasta el martirio.
Por otro lado, encontramos también en Antonio
Molle la entrega generosa a unos ideales que, siendo
fundamentalmente de base religiosa, llenan su vida; y
esto es algo propio de una edad juvenil vivida en plenitud.
Este libro no es —ni pretende ser— una apología
del carlismo o tradicionalismo español, ni está escrito
con una intencionalidad política. Independientemente
de cuál sea el posicionamiento particular de quien escribe las presentes páginas hacia esta doctrina que, como se verá, no solo es política, lo que desea el presente libro es proponer la figura de Antonio Molle como modelo para los jóvenes y promover su conocimiento entre el
mayor número posible de lectores, para destacar sus
virtudes cristianas y su muerte martirial y, en consecuencia, favorecer en lo que esté en mi mano su proceso de beatificación y canonización. Ahora bien, lo que sí queremos pedir al lector es capacidad para acercarse a
comprender, al menos escuetamente como aquí lo hacemos, lo que significaba en los años de Antonio Molle el tradicionalismo carlista. De otro modo, será muy difícil, por no decir imposible, entender del todo bien su figura.
Presentamos a un joven entregado a unos ideales, a los cuales no exigimos necesariamente la adhesión del
lector: lo que nos importa en esta obrita es el modelo
de ese joven, adherido, él sí, a esos ideales que juzgaba
verdaderos y justos.
De otra parte, cuando aludimos a que Juan Pablo
II ha deseado modelos de católicos dedicados a la vida
política y elevados a los altares, nos parece que el caso de
Antonio Molle reúne bien tales condiciones. Una vez
más, advertimos que en el presente libro no tratamos de
proponer el tradicionalismo carlista en sí, sino el ejemplo particular de Antonio Molle, quien se adhirió a un
pensamiento y un movimiento en nada incompatibles
con la fe católica y con la Doctrina Social de la Iglesia; es
más, se hallan profundamente inspirados en ellas.
Al cabo de 70 años de su muerte —hoy en día el carlismo no goza en España de la fuerza que en aquellas fe- chas tenía—, parece seguramente, más fácil e imparcial
promover su elevación a los altares. Sin duda, ese paso del tiempo ha posibilitado también la glorificación del beato Carlos de Habsburgo, el último soberano del Imperio austrohúngaro, y de los mártires cristeros mexicanos, entre ellos, la impresionante personalidad del
beato Anacleto González Flores, fundador de la Unión
Popular.
¿Cuántos reyes santos hay en la Iglesia católica
y no son un problema para la acción espiritual de esta?
¿O qué decir de santo Tomás Moro? Por eso, pensamos
asimismo que no existen objeciones verdaderas que plantear hoy, en ese sentido, a la beatificación y a la canonización de Antonio Molle. Más aún si se tiene presente
que, de los 971 carlistas asesinados entre 1936 y 1939 en
las tierras del antiguo Reino de Valencia (provincias de
Valencia, Castellón y Alicante) por su fe católica y con
frecuencia también por su militancia tradicionalista, de
todas las clases sociales y con unas edades de entre 15 y
90 años, son ya 30 (25 varones y 5 mujeres) los que han sido beatificados.
Ciertamente, nada más comenzar la guerra civil española el 18 de julio de 1936, se dispuso como soldado
requeté a defender la religión católica frente a la persecución que sufría. Su entrega fue generosa y decidida.
No se le puede recriminar que tomase las armas, por varios motivos: porque la doctrina católica considera positivamente, desde muy antiguo, el concepto de la guerra justa; porque ha habido muchos santos guerreros
(san Fernando, san Luis de Francia, etc.) y promotores
de las cruzadas y de órdenes militares en la historia (san
Bernardo de Claraval, san Raimundo de Fitero, etc.); y
porque en 1936 fue el propio episcopado español quien
consideró justa la causa del Alzamiento Nacional. En
consecuencia, nada se puede recriminar a un joven seglar que actuó conforme a su conciencia y a lo que la
Iglesia misma en España dijo.
Aún más, casi recién iniciada la guerra y evitando,
con sabia diplomacia, prematuros compromisos políticos, Pío XI no dudó sin embargo en bendecir a tantas
personas que, como Antonio Molle, habían salido a defender la fe en los campos de batalla:
Sobre toda consideración política y mundana,
Nuestra Bendición se dirige de una manera especial
a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea
de defender y restaurar los derechos y el honor de
Dios y de la Religión, que es como decir los derechos
y la dignidad de las conciencias, la condición primera y la base segura de todo humano y civil bienestar.
Todo ello sin olvidar bendecir asimismo a «todos
aquellos otros que también son y permanecen siendo
hijos Nuestros», a pesar de sus actos persecutorios contra la religión (Alocución a los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares prófugos de España, 14-IX-1936).
Por otro
lado, Juan Pablo II ha elevado a los altares a personas
que combatieron y que murieron martirialmente en medio de conflictos que tenían un matiz esencial de lucha en defensa de la religión, como fueron las guerras de
la Vendée durante la Revolución Francesa y las guerras
cristeras en México en la primera mitad del siglo XX.
Movimientos ambos, por cierto, con muchas similitudes respecto del tradicionalismo carlista español.
En el caso de Antonio Molle Lazo, por otra parte,
la muerte martirial es clarísima, nítida, evidente a más
no poder. Fue apresado en combate, pero no murió en
combate, sino ya en condición de prisionero. Los sufrimientos que padeció en los tormentos que le causaron
sus verdugos siguen siendo aterradores a nuestros ojos y los afrontó de lleno, con fe religiosa y por puro amor
a Jesucristo Rey; se los infringieron por odio a la fe,
porque intentaron que apostatara de ella y él se negó. Y como permaneció firme en su amor a Cristo, le produjeron por fin la muerte, mientras él se identificaba completamente con su amado Redentor y emitía con todas
sus fuerzas su último «¡Viva Cristo Rey!».
El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier
sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más
íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde
entonces lo medité muchas veces. Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que
detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han
brotado, abundantes: por una parte, por compasión
hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por
otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa.
He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha
conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien
ante quien me he sentido profundamente indigno, y he
dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de
su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y,
en particular, a los españoles. Este es, posiblemente, el
libro más sencillo de cuantos hasta el momento he escrito, pero creo que, sin embargo, es el que mayor y más
profunda impresión me ha causado, debido al martirio
del joven requeté. Medito con frecuencia este acontecimiento, a la vez doloroso y glorioso, y se enardece mi
fe. Muchas veces lo tengo presente al ir a comulgar: altísimo Sacramento de la Eucaristía, pienso también en
Antonio Molle, subido y abrazado con Él en la cruz.
Oda a Antonio Molle Lazo,
mártir de España
En Hispania inmortal, de María tierra electa, germina una nueva gesta.
De la cristiandad en sus entrañas, esplende del ruedo ibérico, de la Fe un gladiador.
Gesta martirial bravía de la Gloriosa Cruzada, gestada con ardor en agosto abrasador.
En Peñaflor abrasan las casas blancas, vivas de cal, de fuego grana y gualdo arde su corazón.
Desde el lagar martirial bombea al orbe cristiano latidos por Cristo Rey de amor apasionado.
Alma del cielo dilecta, sufre con espanto la blasfemia, coraje numantino, custodia la Santa Fe.
A altísimo precio la tasó, la savia de su vida en flor, en vasija rebosante, por Amor se desbordó.
Pasto tierno de dentelladas fieras, crueldad atroz de enemigos de España y de la eternal mansión.
Orejas mancebas mutiladas de un tajo, guillotina punzante de acero certero y feroz.
De cuajo le arrancaron los ojos, sangrante zafiro puro, verdugos ávidos de sangre virginal.
Con saña descarnaron sus fosas nasales, desfigurando las alimañas su fisonomía casta.
No se amilanó un ápice ante la muerte cierta, cuál Miura negro, miró de frente al encaste.
Con el capote martirial ensangrentado a Cristo brindo su vida por celestial montera.
Gemía de gozo y su voz descuartizada rasgaba el cielo turquesa de España: “¡Viva Cristo Rey!”
¿En qué manantial se cultivó en 21 primaveras esta perla fina de heroísmo tan señera?
Fusta repujada de excelso talle desde la cuna por el Cielo predilecta y amada.
Infante, ramiro fiel y dócil cordero, mullido reposa en el redil del Buen Pastor.
En verdes majadas encontró el cobijo santo al calor de Cristianas Escuelas.
Sorbió ávido licor, néctar y ambrosía, libando del cáliz de la perenne doctrina.
Diamantina caridad, humilde y mansa, vereda de hagiografía certera.
Dulce temple de terciopelo exquisito en vasija recia, dura como el ruejo.
De amor prematuro con premura por ósmosis imantado a congregaciones pías
Se fue forjando en aurero crisol el hombre y tejiendo de espinas el cilicio de su vida.
El amor desbordante a Cristo y su realeza conquistó la principalía en su corazón.
Carmelita terciario hizo del Escapulario milicia y Tercio, coraza invencible del guerrero.
El Santo Rosario, valioso caudal, aroma de virginal deleite y fiel camarada.
Émulo de San Juan Berchman, obediente cual flamenco jesuita en versión andalusí.
Congregante y colegial modelo, viril e intransigente con la malicia montaraz.
Flagelo del blasfemo fiero, protector del débil, guardián del pobre y centinela.
Becario ferroviario, arduos sudores bajo el sol de metal, a Dios propicio y escaso el pan.
Ambiente hostil de hordas rojas, pureza de armiño, entre lobos carniceros.
De bruces en la calle y sin trabajo, escribiente en vinícola penumbra de bodega añeja.
Taquillero en el teatro de los sueños, ensoñación de mansiones celestes.
Apóstol de la Sagrada Eucaristía, adalid de las sanas costumbres.
Su mirada fontana de rocío cristalino, deportista audaz, patrón de santa eutrapelia.
Idilio tempranero con la Hispana Tradición, presto se afilió a las carlistas huestes.
Mesnada de Cristo hizo de la Cruz de Borgoña estandarte y de la Patria blasón.
Privado de Santa Misa, su bálsamo el Rosario, los libros devotos su panacea.
Leía hazañas de mártires para cincelar con su sangre joven a pulso página nueva.
Sublimada su inocencia, se fue en su adolescencia, caballero para la eternidad.
Vestiduras radiantes como el sol, de la sangre del Cordero batanero.





