EL Rincón de Yanka: VERDAD

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lunes, 7 de septiembre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "CONFESIONES VERDADERAS (TRUE CONFESSIONS)": EN EL CORAZÓN DE LA CORRUPCIÓN por JOHN GREGORY DUNNE y DIRIGIDA por ULU GROSBARD


Los Ángeles, años cuarenta: en un solar es descubierto el cadáver mutilado de una joven. La prensa bautiza el caso con el sugerente nombre de 'la Golfa Virgen' y, de repente, un asesinato que podría haber pasado desapercibido en las páginas de sucesos se convierte en el ojo de un huracán de mayores dimensiones… Dos hermanos, Tom, detective de homicidios, y Desmond Spellacy, sacerdote católico con ambiciones políticas dentro de la Iglesia, constituyen los ejes en torno a los cuales desfilan personajes involucrados en sobornos y tráficos de influencias, que nos llevan de los aposentos de un cardenal a un sórdido prostíbulo de suburbio; de los campos de golf donde los notables juegan sus partidas y entretejen sus redes de poder y corrupción a la humilde feligresía de una parroquia californiana; de policías de moral ambigua cuyos actos bordean la ilegalidad a la atormentada vida sentimental de Tom, cuya esposa entra en delirios místicos y cuya amante tiene la molesta virtud de avivar sus remordimientos… 

Cuando se descubre la relación entre la víctima y alguien de vital influencia económica para iglesia, Tom tendrá que enfrentarse a su hermano y pedirle que haga una elección que marcará su destino: seguir los dictados de su conciencia o abandonarse a la ambición. 

Confesiones verdaderas trata de un crimen que no tiene soluciones, solo víctimas… En una nueva edición prologada por Rodrigo Fresán y con una introducción de George Pelecanos, el clásico de John Gregory Dunne evoca el famoso asesinato de la Dalia Negra, que también sirvió de inspiración a James Ellroy para escribir la novela homónima que lo llevaría a la fama. Y se llevó al cine "LA DALIA NEGRA, 2006".

El personaje de Burgess Meredith, monseñor Seamus Fargo,
actúa como un mentor veterano para el personaje de De Niro, Desmond Spellacy. En la película, Seamus Fargo es un sacerdote íntegro y de la vieja escuela que choca con los negocios astutos y políticamente motivados de Desmond. A consecuencia de este conflicto, el pragmático cardenal de la diócesis obliga a Fargo —un hombre de buen corazón— a jubilarse anticipadamente, enviándolo a una remota parroquia en el desierto. 
En última instancia, Fargo sirve como espejo moral para Desmond. Cuando Desmond cae en desgracia más adelante debido a su vinculación con escándalos políticos y criminales, es enviado a esa misma parroquia remota; allí ocupa el lugar de Fargo y encuentra su propia salvación espiritual.

‘Confesiones verdaderas’: 
En el corazón de la corrupción


Si no les gustan las películas duras, descarnadas, en las que no se hacen prisioneros, no se les ocurra acercarse a True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981), un film noir con pedigrí de novela de Hammett, Chandler o James Cain, esto es, reserva curado en estilo de autopsia de la vida moderna, o de la de siempre, porque por sus fotogramas desfilan cardenales y sacerdotes ambiciosos, putas, detectives, cineastas porno, chicas a la deriva que escriben poemas pequeños y simples, antiguos chulos reconvertidos en especuladores inmobiliarios aliados con concejales de vista gorda y abogados de ocasión para cualquier chanchullo, iglesias, burdeles, comisarías de policía, morgues, elegantes campos de golf y cutres cafeterías, restaurantes para gente rica y cuarteles desafectados en los que rodar películas porno y descuartizar a chicas tan hermosas como usadas como moneda de cambio. Podrán encontrar en este laberinto de intereses cruzados la huella de irlandeses católicos, misas, bodas, confesiones, una Iglesia que ejerce el poder y busca el dinero, pero también sacerdotes que prefieren retirarse a morir a una olvidada parroquia en el desierto, no solo para expiar pecados del pasado sino para interrogarse cómo y por qué no tienen el don de amar a Dios.

"El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado"

Ese pedigrí del que les hablo lo excava "Confesiones verdaderas" de una maravillosa novela, mil veces olvidada, escrita por John Gregory Dunne, uno de los nombres jamás mencionados cuando se habla del “nuevo periodismo” de los Wolfe y los Talese porque, como dice Garci, El estudio, el libro reportaje que Dunne consagró a un año de producción de películas en la Fox a mediados de los años 60, cuando el viejo Zanuck tuvo que volver de Europa para reflotar una nave en quiebra tras los dispendios de Spyros Skouras y Joe Mankiewicz por Cleopatra, no tiene nada que envidiar a The Right Stuff o a Honrarás a tu padre. Dunne, tomando como algo más que un macguffin el célebre asesinato de la Dalia Negra, un cadáver descuartizado de una chica encontrado en un solar de L. A., efectúa la autopsia de un cadáver nada exquisito, el de la sociedad angelina, la de la América de la posguerra, quizás de la Humanidad de siempre. Un cadáver enfermo de corrupción y vicios privados y públicos camino de una era de prosperidad que intenta olvidar la pasada guerra y hacer negocios al margen de cualquier regla y bajo cualquier influencia. Claro que ese panorama sería solo un brillante y duro trampantojo si no se poblara de seres humanos que se sienten irremediablemente muy lejos del Paraíso. El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado. 

Un film noir no es nada sin el peso del pasado o sin un flashback que lo evoque, como el que le viene a los ojos al sargento de homicidios de L. A. Tom Spellacy (Robert Duvall) mientras contempla el desolado desierto al otro lado de la ventana de la pobre rectoría de la parroquia que regenta su hermano Desmond (Robert De Niro), el cura que iba para obispo y ya solo espera reposar en una descarnada parcela de tierra abrasada en el vecino cementerio. Dunne escribió el guion de Confesiones verdaderas con su mujer, Joan Didion, otra que conocía bien cómo escribir sobre seres humanos a la deriva, sumidos en el dolor y en la pena pero nunca vencidos, apoyados en la esperanza de luchar y no rendirse.

"Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre"

Ulu Grosbard, un cineasta sueco muy eficiente, muy buen artesano, que hizo carrera en Hollywood con melodramas bien armados como Enamorarse, remake sofisticado y neoyorquino del Breve encuentro de David Lean, sabe que tiene en sus manos oro puro y no lo desaprovecha, filmando esta historia desarbolada de sentimientos, 104 minutos de pathos, emociones de choque, de forma clásica, sujeto, verbo y complemento. Cuenta además con un reparto maravilloso, y no solo por el duelo fraternal de Robert Duvall y De Niro, dos actores de la misma camada del sector más ligero del Actor’s Studio, que ofrecen un recital de miradas que nos permiten penetrar en su dolor u orgullo, su rabia o su vergüenza interior, una manera magistral de dominar el tempo de una secuencia, el sentido de un plano mental, una manera de moverse en el encuadre. Junto a ellos está la vulgaridad de Charles Durning, un Jack Amsterdam, antiguo chulo, ahora Laico Católico del Año, bastión de la Iglesia por sus contribuciones siempre unidas a sus negocios; la dureza de acero de Cyril Cusack, un príncipe de la Iglesia, cardenal, distante, frío, que sacó a la diócesis de la quiebra para transformarla en una máquina de poder y riqueza y dejó para el final derrumbe moral; o Rose Gregorio como Brenda Samuels, la regenta de un burdel cutre, que anda aún enamoriscada del poli Spellacy, aunque ella pagara en la cárcel la corrupción de éste. Su rostro, surcado de arrugas y de vida devastada, una mirada gris, orgullosa pero derrotada, aún posee la belleza de la desesperación cuando Tom Spellacy descubre su rostro al retirar la sábana que la cubre en la morgue tras abrir la espita del gas huyendo de una vida que ya no le ofrece nada.

Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones Verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre, es una película de las que te abre en canal tus sentimientos mientras te sumerges, te guste o no, en su historia, en sus imágenes.

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True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981). Produicida por Irwin Winkler y Robert Chartroff. Dirigida por Ulu Grosbard. Guion de John Gregory Dunne y Joan Didion, sobre la novela True Confessions, de Dunne. Fotografía de Owen Roizman. Música de George Delerue. Montaje, Linzy Klingman. 
Interpretada por Robert De Niro, Robert Duvall, Charles Durning, Burgess Meredith, Cyril Cusack, Rose Gregorio, Ed Flanders, Kenneth McMillan, Dan Hedaya, Jeanette Nolan. Duración: 104 minutos.

martes, 11 de agosto de 2026

EL CELO DE DIOS QUE NO ES POR DIOS 😡: SOBERBIA EGÓLATRA INSULTANTE Y ANTIEVANGÉLICO DE LOS FALSOS CRISTIANOS

 
EL CELO DE DIOS 
QUE NO ES POR DIOS
"Hermanos, el deseo de mi corazón y la súplica que elevo a Dios, es en favor de ellos para que sean salvos. Porque les doy testimonio de que tienen celo por Dios, pero no según el conocimiento; por cuanto ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios; porque el fin de la Ley es Cristo para justicia a todo el que cree". Rm 10, 1-4.
Hay muchos "cristianos" que van de apologistas, de "puros", pisando y difamando a otros hermanos sin ninguna caridad ni fraternidad. 
No voy a dar nombres, ya saben de quienes hablo. Se encuentran tanto entre los progres como en los conservadores. Están en "RELIGIÓN DIGITAL", INFOCATÓLICA, etc.

El "celo por Dios que no es de Dios" se refiere a una pasión religiosa o activismo espiritual intenso que nace del ego, la ignorancia o el orgullo humano en lugar del verdadero conocimiento y amor divino.

Características del celo humano vs. el celo divino

Celo verdadero (de Dios): Nace del amor santo, busca la unidad, la gracia y la obediencia guiada por la humildad y la verdad.
Celo falso (que no es de Dios): Se impulsa por el juicio propio, la ideología, la soberbia, la intolerancia y el deseo de imponer méritos personales en lugar de aceptar la guía de Dios. Nunca se equivocan. Nunca piden perdón. Son rigoristas y fundamentalistas. 
El peligro: Puede justificar acciones dañinas, exclusión o fanatismo creyendo erróneamente que se está sirviendo al Creador.

MAURICIO OZAETA: Defensa a Padres Artur, Juan María y Pedro, a Sor Amapola, 
y a Monseñores Strickland y Schneider, y también como defensa 
a la Misión de la Divina Misericordia.

Arturo Picatoste, Periodista Católico y Vicente Montesinos son los ejemplos de fariseísmo fundamentalista espiritualista de soberbia ególatra. 
Que El Señor nos quebrante....

domingo, 12 de julio de 2026

LIBRO "EL HOMBRE JUGANDO A SER DIOS": ¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO? por EMMANUEL RINCÓN

 
EL HOMBRE 
JUGANDO  A SER 
DIOS

¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES 
DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO?

EMMANUEL RINCÓN

El hombre jugando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño. Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?
A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tiranía,
o B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstancias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre. Si es una persona con conciencia, ya sabe la respuesta. Ahora hay que ponerse a trabajar.
Lawrence W. Reed
PRÓLOGO

Para un ciudadano sensato, el mundo en este momento parece tener cada vez menos sentido con cada día que pasa. Los valores que una vez apreciamos, que nos unían en una sociedad civil vibrante, se enfrentan a un bombardeo diario. Cosas ofensivas que nunca diríamos o haríamos hace una generación, se dicen y se hacen hoy con la intención de inflamar, denigrar y dividir. 
Las libertades que dábamos por sentadas -las libertades de pensamiento, expresión, prensa y religión- se están desvaneciendo rápidamente a medida que el Gobierno intrusivo y la cultura de la cancelación ganan terreno.

«Orwelliano» ya no es solo un adjetivo derivado de una obra de ficción de hace más de siete décadas; ahora parece describir algún nuevo aconteci­miento en nuestras vidas cada día. La propia historia se está reescribiendo para servir a las agendas políticas.

¿El mundo se está volviendo loco o es solo usted, o solo yo?

Emmanuel Rincón es un pensador serio. No observa las cosas en silencio. Las pone en contexto, las evalúa, las juzga por los frutos quedan y da la voz de alarma para que la civilización aún pueda salvarse. Este libro sostiene que sus sentidos no le engañan; el mundo se está volviendo loco, ante nuestros ojos.

El mal anda suelto. No te deprimas por este hecho, porque un espíritu derro­tista te desarmará fatalmente, y eso es precisamente lo que el mal quiere. Lo último que el mal espera es lo que el libro de Rincón trata de inspirar: una ciudadanía informada y deseosa de contraatacar con fuerza. No es inevitable que el mal gane, a menos que la gente buena se rinda.

La esencia del mal que combatimos es el engaño, y su enemigo mortal es la verdad. Lo que parece una locura es en realidad una guerra contra la verdad. Es un asalto ala razón, a la mente, a la propia naturaleza humana. Quiere que creamos el mito de que todo el mundo es una víctima o un opresor, que la libertad individual debe ser sofocada en favor del colectivismo y la concen­tración del poder político. Es una perspectiva profundamente reaccionaria y pesimista de la vida. 
Exige que nos callemos y nos conformemos con las manipulaciones de titiriteros corruptos que presumen de que el resto de no­sotros somos sus marionetas.
Como explica hábilmente Rincón, el mal, por un lado, nos insta a rechazar la creencia en el Dios tradicional, mientras que, por otro, eleva al Estado a la categoría de Dios. Este no es un engaño nuevo. De hecho, es tan antiguo como la Torre de Babel. A lo largo de los siglos, ha destruido una civilización, un imperio, una nación tras otra. De hecho, el progreso de la libertad humana solo llega cuando un pueblo reúne el valor y la integridad intelectual para lu­char contra el mal, con uñas y dientes.

En 1943, el mundo se vio inmerso en una terrible guerra que fue diseñada por hombres malvados -Hitler, Stalin, Tojo-, quienes creían saber cómo debían vivir los demás. Estos hombres tergiversaron la verdad para servir a sus fines, que justificaban los medios más atroces. Afirmaron ser los salvado­res de la humanidad, incluso mientras mataban a millones de personas. En medio de esa oscuridad, el aclamado autor británico]. R. R. Tolkien escribió una carta a su hijo Christopher. 
En ella, resumía una de las verdades más du­raderas del mundo, que resulta ser también el tema del libro de Rincón:

«...El trabajo más impropio de cualquier hombre, incluso de los santos (que al menos no estaban dispuestos a asumirlo), es mandar a otros hombres. Ni uno entre un millón es apto para ello, y menos aún los que buscan la oportunidad».

Siguiendo el espíritu del viejo refrán, «Siempre es más oscuro antes del amanecer», opto por creer que el «pico de locura» puede estar cerca. El hombre ju­gando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes de que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño.

Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?

A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tira­nía, o..
B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstan­cias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre.

Si eres una persona con conciencia, ya sabes la respuesta. Ahora ponte a trabajar.


Lawrence W. Reed
Presidente Emérito, 
Fundación para la Educación 
Económica Atlanta, Georgia

sábado, 11 de julio de 2026

👉 EL PROFESOR ESTÁ MÁS SOLO QUE NUNCA, EN SU TAREA DE INSTRUIR por PABLO PÉREZ

El profesor está más solo que nunca, 
en su tarea de instruir

(Y LOS PADRES ESTAMOS MÁS SOLOS QUE NUNCA EN LA TAREA DE EDUCAR)

En el intrigante conversatorio titulado "Ser profesor hoy", el destacado filósofo y educador, el doctor Pablo Pérez, arrojó luz sobre tres aspectos inquietantes que acechan la noble tarea docente, delineando un panorama en el que el profesor se encuentra más solo que nunca en su compromiso de educar.
Pérez, exdecano de la Facultad de Ciencias de la Educación de UDEP y experto en Filosofía y Psicología, desentrañó la complejidad contemporánea del rol del maestro, destacando que en el pasado la familia y la sociedad colaboraban en la labor educativa. Sin embargo, en la actualidad, el docente se enfrenta a una soledad creciente, ya que la familia no desempeña su papel educativo y la sociedad, en cambio, desorienta.
"Tenemos que enseñar nosotros solos, compitiendo con lo que se dice fuera. Por ello, debemos estudiar mucho más", expresó, evidenciando la carga adicional que recae sobre los hombros de los educadores modernos.
En su análisis, Pérez subrayó dos preocupaciones fundamentales. En primer lugar, destacó la escasez de verdad en el mundo actual y la responsabilidad del maestro de buscarla activamente. "Si no la encontramos, nos quedaremos sin profesión; no tendremos qué enseñar", advirtió. El educador, según Pérez, debe dedicarse a descubrir y enseñar verdades fundamentales que sirvan como brújulas para la vida.
"Tenemos que enseñar nosotros solos, compitiendo con lo que se dice fuera. Por ello, debemos estudiar mucho más".
Pérez comparó la tarea del filósofo, que busca la verdad, con la del educador, que tiene la tarea de enseñarla. Enfatizó que la educación no debe adaptarse a la "sociedad líquida" de modas y tendencias, sino centrarse en la búsqueda y transmisión de la verdad, rechazando la mera adaptación a ideologías efímeras.
El filósofo también señaló la preocupación de que la educación priorice los métodos sobre el conocimiento de la verdad. Enfatizó que el método no revela la verdad, simplemente se ajusta a las demandas cambiantes de la sociedad. 
"Hay que preocuparse de que el maestro conozca la verdad; si la conoce bien, siempre encontrará la forma de enseñarla", apuntó.
Pero el análisis de Pérez no se detuvo en la pedagogía. Hizo hincapié en la importancia de que los maestros sean sabios en la comprensión del ser humano y el mundo, permitiéndoles orientar a los estudiantes en los desafíos cotidianos. Subrayó la necesidad de respetar cada etapa de formación y no verlas simplemente como preparación para la siguiente, advirtiendo que lo que se omite aprender en una etapa puede perderse para siempre.
"Hay que preocuparse de que el maestro conozca la verdad; si la conoce bien, siempre encontrará la forma de enseñarla".

Falta humanidad en el mundo

Finalmente, Pablo Pérez concluyó su reflexión con una llamada a la humanidad. En un mundo carente de humanidad, enfatizó la importancia de que los maestros se conviertan en sabios en esta virtud esencial. Remarcó que el maestro debe ser un portador de verdad y amor, pues no hay mejor manera de formar a las personas que hacerlo con amor.
En resumen, la tarea del profesor, según Pablo Pérez, se enfrenta a desafíos únicos en la sociedad actual, que exige más que nunca una búsqueda constante de la verdad y una conexión profunda con la humanidad. 
En su soledad aparente, el profesor se erige como un faro de conocimiento y amor, guiando a las generaciones futuras en un mundo que necesitan más de ambas virtudes.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LIBRO "EL CARDENAL PIE": LUCIDEZ Y CORAJE AL SERVICIO DE LA VERDAD por ALFREDO SÁENZ


EL CARDENAL PIE
Lucidez y coraje al servicio de la verdad

"DOS COSAS SON NECESARIAS A LOS HOMBRES: 
LUCIDEZ Y CORAJE. 
LUCIDEZ PARA CONOCER E IDENTIFICAR LA VERDAD. 
Y EL CORAJE PARA SEGUIR LA VERDAD".

"Lo hemos ensayado todo, 
¿Por qué no ensayamos la verdad?" 

El Cardenal Pie, Arzobispo de Poitiers, una de las personalidades más relevarles del siglo XIX, digno heredero de su antecesor San Hilario -el gran contrincante de la herejía arriana en el siglo IV-, vivió una época de intensas controversias doctrinales en la Francia impregnada por la mentalidad de la Revolución francesa. El espíritu de dicha Revolución había penetrado en amplias capas de la Iglesia bajo el nombre de "catolicismo liberal", reeditándose así las viejas pretensiones del arrianismo bajo una óptica diferente. Este libro expone de manera sistemática el pensamiento del Cardenal, centrado en el Señorío de Cristo sobre las personas y las sociedades. Se analiza la naturaleza de la Revolución moderna, los grandes errores doctrinales del siglo pasado: el naturalismo, el racionalismo, el liberalismo, errores que no han desaparecido, ya que siguen permeando nuestra conflictuada época; al tiempo que se con-signan sus ardientes proclamas en pro de una decidida militancia contrarrevolucionaria, emprendida por caracteres recios, absolutamente extraños a aquella cobardía que se enmascara cómodamente bajo el nombre de "moderación" y "equilibrio". Trátase por cierto de un libro de género histórico, pero de acuciante actualidad, merced al cual el Cardenal Pie, obispo de la raza de Hilario y de Atanasio, podrá seguir haciendo escuchar su voz, proclamando verdades de a puño, a modo de clarinadas, que no dejarán de estimular al lector para que ponga por centro de sus luchas a Dios, a Cristo Rey, a la Santísima Virgen. La lectura de esta obra hará "renacer en nosotros el coraje", como gustaba decir el Cardenal.


Prólogo

Para sostener y animar a sus discípulos en medio de las incomprensiones y persecuciones que esperan a todo fiel pregonero de la verdad, San Pablo les exhortaba a buscar la “consolatio scripturarum”. El consuelo de las escrituras no se refiere tan sólo a las enseñanzas de los Libros Sagrados, sino a todo lo que nos ha sido transmitido de la historia y de su pueblo, y lo que la sabiduría y la experiencia de nuestros antepasados pueden enseñarnos para comportarnos rectamente frente a las realidades de nuestro tiempo.

El Cardenal Pie es uno de esos grandes espíritus que tienen mucho que enseñarnos hoy, y es sin duda una obra útil y meritoria hacer conocer su personalidad y su pensamiento. Ha vivido en un período en que se presentaban problemas religiosos, sociales y políticos muy semejantes a los que vivimos ahora. Recuerdo muy bien cómo hace cincuenta años el estudio de las obras de personajes como el Cardenal Pie y el escritor Louis Veuillot nos ayudaba a comprender ciertos fenómenos nuevos para mi patria canadiense pero que Francia había vivido y sufrido varias décadas antes. La perspicacia y el valor de estos grandes pensadores y hombres de acción nos preparaban para reconocer a los enemigos de la verdad y de la religión y para detectar sus maquinaciones, ocultas a menudo detrás de legislaciones o políticas aparentemente dictadas por la piedad o la búsqueda de la paz.

La parte del libro consagrada a la biografía del Cardenal es breve, concisa, pero muy viva y sumamente útil para comprender la substancia y la tonalidad especial de sus discursos y escritos. Muestra la fidelidad del dignatario de la Iglesia a sus ideales de joven ardiente y de sacerdote apostólico, vecino a su grey. Muestra la unidad, la coherencia entre sus convicciones, maduradas en la oración al pie del Santísimo, y sus actividades en favor de la comunidad eclesial y de las instituciones. Muestra también cómo, en todas las etapas de su vida, la docilidad frente al magisterio del Pastor Supremo y una obediencia escrupulosa a su persona, fueron el secreto de la seguridad de Luis Eduardo Pie cuando tuvo que tomar decisiones difíciles y denunciar errores, injusticias y violaciones de los derechos. Fue porque radicaba en una doctrina sólida y profunda que su acción pastoral y social supo ejercerse en las circunstancias más diversas y concretas.

Por otra parte el Cardenal tenía un amor ardiente a Jesús y a su divina Madre, y por eso su amor al prójimo era tal que no podía consentir en que quedara engañado por los sofismas del día o por una noción de libertad que, desconociendo los derechos del Creador, llevara al ser creado a su perdición. El Cardenal, así como la Iglesia misma, no ha pensado nunca que se ama y se presta servicio al hombre dejándolo en la “ignorancia material”.

La parte del libro consagrada al pensamiento de Monseñor Pie ilustra bien la reflexión del autor, a saber, que “Pie no se limita a predicar la verdad sino que la predica bien”. Las amplias citas que lo jalonan nos dan a conocer una persona de cultura excepcional, que a su conocimiento de la Escritura y de la Tradición añade un talento literario y sobre todo un fuego de caridad tales, que le hacen encontrar las palabras más adecuadas para llegar a las mentes y a los corazones.

No quiero quitar a los lectores el placer de descubrir poco a poco las riquezas de la enseñanza de Monseñor Pie. Pero quiero congratularme con el autor por el modo orgánico con que la presenta. Nuestra religión, nuestra fe, no es un andamiaje de atrayentes abstracciones. Es la adhesión de todo nuestro ser a un Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, la adhesión al Señor, Dios y hombre. Se le debe aceptar tal como es, y es el Rey de la creación, tanto por derecho de naturaleza como por derecho de conquista: en la Cruz ha adquirido por su muerte redentora, en cuanto hombre, el derecho que tenía ya como Dios sobre nuestras personas y sobre las sociedades que constituimos. La realeza social de Jesús es un hecho del que no podemos prescindir. El reino del Señor no es como los reinos de este mundo. Es por cierto un reino de amor. Pero, como bien dice Teresa de Ávila, no es porque amo a mi Señor que le debo menos respeto y lealtad.

El reconocimiento de la soberanía de Cristo no es meramente cuestión de palabra. Debe comprometer toda la vida. Y por eso en sus sermones le agrada a Monseñor Pie presentarnos personas que han puesto todas sus fuerzas al servicio del Rey: Nuestra Señora, la Virgen María, en primer lugar; luego los santos que han tenido un gran impacto sobre sus respectivas épocas; y los ministros sagrados, llamados a continuar la obra de los santos.

A veces pensamos que somos nosotros quienes hemos descubierto la idea de que la Iglesia tiene que encarnarse en el mundo de su tiempo. Monseñor Pie, a la vez que propone ante nuestros ojos la figura de diversos santos que han cambiado su mundo, nos indica cómo podemos y debemos hacer en la actualidad para que todas las cosas y todos los días se hagan sagrados en nuestras patrias y en el mundo. Y para ser muy práctico nos enseña cómo el Enemigo de Cristo sabe utilizar los medios más variados, violentos o sutiles, para llevar a los ingenuos o desprevenidos por la senda de la secularización, del humanismo pagano, de las revoluciones materialistas y destructivas.

Espero pues que muchos cristianos, preocupados por la crisis actual, se interesarán por este trabajo apasionante. Sé que una vez empezada su lectura encontrarán motivos de confianza en el porvenir y estímulo para un apostolado bien inspirado en favor del Reino de Cristo.

CARDENAL EDOUARD GAGNON 
Presidente del Consejo Pontificio 
para la Familia Ciudad del Vaticano – 
ROMA 10 de junio de 1987


lunes, 16 de marzo de 2026

LIBRO "VENEZUELA: LA VERDAD QUE EL MUNDO NO QUISO VER" y "EL CHAVISMO COMO ESPEJO DE VENEZUELA"


El libro que sacude conciencias

VENEZUELA:
La verdad que el mundo
no quiso ver


"La verdad no necesita 
permiso para existir"

Hay historias que el mundo prefiere ignorar.

Historias de madres que vieron a sus hijos partir sin saber si volverían. De familias separadas por miles de kilómetros. De un país que fue arrebatado a su gente en silencio, mientras el resto del mundo miraba hacia otro lado.
Este libro existe porque esas historias merecen ser contadas. Porque la memoria es el único territorio que nadie puede quitarnos.




Para los que tuvieron que irse

Estás en otro país,
pero Venezuela sigue en ti.

Saliste porque no quedaba otra opción. Dejaste atrás a tu madre, a tus amigos, a las calles que te vieron crecer. Y aunque hoy vives en otro continente, hay noches en que el peso de lo que pasó te aplasta.
No estás solo. Más de 7 millones de venezolanos cargamos esa misma mochila invisible. 
Este libro es para todos nosotros. Es el testimonio de lo que vivimos, de lo que perdimos, y de por qué nunca debemos olvidar.
Regálaselo a quien no entiende por qué te fuiste. 
Léelo tú mismo cuando necesites recordar que tu historia importa. Compártelo con tus hijos para que sepan de dónde vienen.

🏃Colombia 🏃España 🏃Estados Unidos  
🏃Chile  🏃Perú  🏃Argentina y  🏃12 países más.

Fragmentos del libro
Palabras que no se olvidan

"No fue la pobreza lo que nos rompió. Fue ver cómo la esperanza se apagaba en los ojos de quienes más amábamos".— Capítulo III: El año en que todo cambió.
"Venezuela no murió. La enterraron viva. Y desde adentro del ataúd, su gente siguió gritando".—. Prólogo
"El exilio no es solo un lugar. Es una herida que sangra en silencio cada vez que alguien te pregunta de dónde eres".— Capítulo VII: Los que se fueron.




Es el momento
La historia de Venezuela
merece ser leída.

No dejes que el tiempo borre lo que pasó. 
No permitas que el silencio gane.
Por menos de lo que cuesta un café, tienes en tus manos el relato más completo y honesto sobre la tragedia venezolana. 


El chavismo como 
espejo de Venezuela
Superar el chavismo implica reconstruir una idea de ciudadanía, de responsabilidad cívica y de respeto por las instituciones. Solo así el país podrá recuperar no solo su democracia, sino también el respeto por sí mismo.

Durante un cuarto de siglo la política venezolana ha practicado con disciplina un deporte que ya forma parte de nuestra cultura pública: cambiar de villano como si con eso cambiara el país. Primero fue Hugo Chávez, el origen de todos los males, el hombre cuya desaparición —se prometía con solemnidad— abriría las puertas de la democracia, como si Venezuela fuera un melodrama donde basta con que el tirano caiga para que las instituciones florezcan a la mañana siguiente. Después fue Nicolás Maduro, el heredero grotesco, la caricatura tropical que muchos consideraron demasiado torpe para sostener el poder durante mucho tiempo. Ahora, llegaron los hermanos Rodríguez, convertidos en la nueva encarnación del mal burocrático, y para completar el catálogo de villanos siempre estuvo Diosdado Cabello, el personaje que la imaginación política nacional necesita para explicar cada derrota.

La fórmula es cómoda, casi terapéutica: si el problema es un hombre, basta con sacarlo del escenario para que el país vuelva a la normalidad. Lo único incómodo es que la realidad venezolana lleva más de veinte años desmintiendo esa fantasía con una paciencia pedagógica que debería avergonzarnos.
Porque el chavismo nunca fue solo Chávez, ni solo Maduro, ni solo Cabello, ni solo los Rodríguez. El chavismo es algo más incómodo de admitir: el chavismo fue y son venezolanos que crearon un sistema político que aprendió a sobrevivir no solo a sus enemigos, sino también a sus propias crisis, y que ha demostrado una capacidad de adaptación que algunos jamás se han tomado la molestia de entender y aceptar.

Y aquí aparece una pregunta que la política venezolana ha evitado durante años con una mezcla de pudor y autoengaño: ¿hasta qué punto una parte importante de la oposición terminó funcionando dentro del mismo sistema que decía combatir?
No se trata de una teoría conspirativa ni de una acusación moral simplista, sino de una observación empírica que la historia reciente del país repite con obstinación. Durante veinte años la oposición venezolana ha producido una sucesión casi religiosa de liderazgos providenciales, cada uno presentado como la última esperanza nacional, cada uno acompañado por la promesa de que esta vez sí, esta vez el régimen estaba acabado, esta vez la transición era inevitable.
La lista de líderes y figuras opositoras puede parecer el santoral político de una fe que siempre anuncia el milagro y siempre termina celebrando la próxima aparición del mesías. 
Cada ciclo ha tenido su liturgia completa: el líder emergente, la movilización multitudinaria, la narrativa épica, las negociaciones discretas, el desgaste progresivo y finalmente la adaptación al sistema que se prometía derrotar. No necesariamente por traición —aunque también las hubo— sino por algo más banal y frecuente en la política latinoamericana: cálculo, supervivencia, ambición personal o simple incapacidad estratégica.

Pero hay una verdad todavía más incómoda que la política venezolana rara vez se atreve a mirar de frente. El chavismo no apareció en el vacío ni fue un accidente histórico inexplicable. Su origen está profundamente conectado con la propia sociedad venezolana.
Mucho antes de que Chávez llegara a Miraflores, una parte importante del país —incluidas élites políticas, económicas y mediáticas— había normalizado algo que en cualquier democracia consolidada habría sido un escándalo irreversible: el aplauso abierto o silencioso a los intentos de golpe de Estado de 1992. Aquella conspiración militar contra la democracia no solo tuvo simpatizantes en los cuarteles; también encontró indulgencia en sectores civiles profundamente desencantados con el sistema político de la llamada IV República. Intelectuales, empresarios, dirigentes políticos y comentaristas públicos justificaron, relativizaron o incluso celebraron la irrupción del joven teniente coronel que prometía barrer con una clase política desacreditada.

Ese momento fundacional importa más de lo que muchos quisieran admitir, porque fue entonces cuando una parte significativa de la sociedad venezolana comenzó a legitimar la idea de que la democracia podía ser reemplazada por un redentor autoritario.
Cuando Chávez ganó las elecciones de 1998 lo hizo dentro de la legalidad electoral, pero también montado sobre ese clima de descomposición institucional y desencanto ciudadano. El chavismo, en ese sentido, no fue solo un proyecto político; fue también el síntoma y expresión de una crisis social más profunda. Pero con el tiempo ocurrió algo aún más decisivo: el chavismo no solo conquistó el poder, también transformó la cultura política del país.

Durante más de dos décadas el régimen consolidó un modelo basado en la lealtad clientelar, la distribución discrecional de recursos, la corrupción estructural y el uso sistemático del chantaje político como herramientas de gobierno. Programas sociales convertidos en mecanismos de control, redes de distribución de alimentos condicionadas políticamente, sistemas de vigilancia comunitaria y un aparato estatal diseñado para premiar la obediencia y castigar la disidencia fueron moldeando nuevas formas de relación entre ciudadanos y poder.
En ese ambiente prosperaron —y en muchos casos se profundizaron— rasgos culturales que ya existían en la sociedad venezolana: la llamada viveza criolla, la desconfianza hacia las instituciones, la percepción de que el poder es ante todo un espacio para obtener beneficios personales. 
El chavismo no inventó esas conductas, pero sí las potenció y convirtió en parte central del funcionamiento del sistema político. Tomó algunos de los rasgos más oscuros de la cultura política venezolana y los elevó a categoría de método de gobierno.

La corrupción dejó de ser una desviación para convertirse en estructura.
El oportunismo dejó de ser un vicio marginal para convertirse en estrategia de supervivencia. La manipulación dejó de ser una táctica ocasional para convertirse en política de Estado. En ese proceso ocurrió algo todavía más profundo: el propio significado de la venezolanidad comenzó a deformarse.
Durante décadas la identidad venezolana estuvo asociada —con todos sus problemas— a una idea de movilidad social, modernización democrática y convivencia civil. El chavismo, en cambio, fue construyendo una narrativa donde la nacionalidad terminó asociada a la precariedad institucional, al autoritarismo y al colapso económico. Venezuela dejó de ser percibida en gran parte del mundo como una democracia imperfecta y pasó a convertirse en sinónimo de crisis, migración masiva y régimen autoritario convertido en una organización del crimen trasnacional, narcotraficante y violador sistemático de los derechos humanos.

El daño no fue solo institucional; también fue simbólico. La identidad nacional comenzó a cargarse de una connotación negativa que el propio régimen explotó políticamente: un país acostumbrado a sobrevivir, a adaptarse, a resolver individualmente lo que el Estado destruye.
El chavismo, en ese sentido, no solo gobernó a Venezuela: reconfiguró parte de su cultura. Transformó prácticas sociales, degradó expectativas institucionales y normalizó formas de relación con el poder basadas en la dependencia, el miedo o el oportunismo. Y lo hizo porque esa transformación cultural también era funcional para conservar el poder.

Venezuela ha atravesado en veinticinco años una secuencia devastadora de crisis: colapso institucional, hiperinflación, empobrecimiento masivo, represión política y una migración que supera los ocho millones de personas. 
Ninguna sociedad atraviesa una experiencia histórica de esa magnitud sin cambiar profundamente. La Venezuela de hoy no es la que eligió a Chávez en 1998. Tampoco es la que llenaba las calles en 2014 o 2017. Es una sociedad fragmentada, fatigada y dispersa por el mundo. Y, sin embargo, incluso en medio de esa transformación, algo ha sobrevivido.
Porque si el chavismo logró deformar prácticas políticas y degradar instituciones, no logró borrar del todo una aspiración que sigue latente en amplios sectores de la sociedad venezolana: la idea de que la democracia sigue siendo el horizonte deseable. Paradójicamente, millones de venezolanos redescubrieron el valor de las instituciones democráticas viviendo en países que las conservaban, mientras el país de origen se acostumbraba a la normalidad autoritaria.

Tal vez por eso la reconstrucción democrática venezolana ha sido tan difícil. El país arrastra ahora una doble herencia: por un lado, la degradación institucional y cultural producida por el chavismo; por otro, una memoria democrática que aún sobrevive como nostalgia, como aspiración o como proyecto pendiente.
Por eso, la discusión sobre Venezuela no puede seguir reduciéndose al reemplazo de un nombre por otro en el palacio presidencial. 
El chavismo no es solo un gobierno: es un sistema que, durante veinticinco años, reorganizó el poder, degradó instituciones y deformó parte de la cultura política del país. Desmontarlo exige algo más que elecciones o acuerdos políticos; exige más que una transición tutelada por el gobierno norteamericano: exige una revisión profunda de la propia sociedad que lo hizo posible. Ninguna democracia se reconstruye si antes no se reconoce con honestidad el tipo de prácticas, valores y complicidades que permitieron su destrucción.

La verdadera transición venezolana será, inevitablemente, un proceso moral antes que político. Implicará recuperar la idea de que el poder no es un botín, que la ley no es una formalidad negociable y que la ciudadanía no se reduce a la supervivencia individual. Significará también construir una venezolanidad distinta a la que el chavismo explotó y degradó: una identidad fundada en la responsabilidad cívica, el respeto institucional y la conciencia de que la democracia no es un episodio ocasional de nuestra historia, sino una construcción que exige vigilancia permanente. El chavismo convirtió los peores rasgos de nuestra cultura política en sistema de gobierno. Superarlo exige exactamente lo contrario: reconstruir un país donde esos rasgos vuelvan a ser vergüenza pública y no método de poder. Solo entonces Venezuela podrá recuperar no solo su democracia, sino también algo más profundo: el respeto por sí misma.



miércoles, 11 de marzo de 2026

LIBRO "UNA VERDAD INCÓMODA": TESTIMONIO DE UNA ÉPOCA: CONTRA EL SILENCIO Y LA MENTIRA por JAIME MAYOR OREJA

Una verdad incómoda
Testimonio de una época: 
contra el silencio y la mentira

"En época de mentiras, contar la verdad 
se convierte en un acto revolucionario".
Se atribuye popularmente a George Orwell.


Un apasionado alegato en defensa de los valores tradicionales que han sostenido el entendimiento, la libertad y la identidad de España y que ahora se cuestionan.

Jaime Mayor Oreja es uno de los políticos españoles con más amplia proyección en nuestra historia de los últimos cincuenta años, y "Una verdad incómoda" recoge su testimonio y sus experiencias —algunas de ellas especialmente dolorosas y difíciles— en la política vasca, española y europea, así como su actual participación en la sociedad civil al frente de la Fundación Neos. En la década de los ochenta en el País Vasco, una macabra mentira referida a las víctimas —«algo habrá hecho»— diluyó las conciencias de buena parte de aquella sociedad. Siguió después el desenlace de una transición política en la que el nacionalismo jugó con las cartas marcadas e impuso un falso empate entre ETA y el Estado de derecho, que solo podía concluir con una negociación política.
Ya en los años noventa, la refundación del centro-derecha en el Partido Popular puso en marcha una alternativa de gobierno y una política antiterrorista diferente, asentada en la ley, nada más que en la ley, pero en toda la ley. Sin embargo, la actualidad supera todos los pronósticos negativos y la existencia del nuevo «frente popular» que nos gobierna —esto es, la asociación del crimen del pasado con la mentira del presente— ha construido una segunda leyenda negra desde el interior que exige tomar conciencia de la misma y que se produzca un entendimiento entre las fuerzas políticas de la derecha y del centro-derecha para evitar caer en la profundidad del abismo en el que nos encontramos.


"LA MENTIRA PUEDE MANTENER LA PAZ...
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD". 
DOSTOIEVSKI

PRÓLOGO

Este no es un libro de memorias, aunque las contenga. No es tampoco un libro sobre política, aunque la política lata en cada una de sus páginas. No es un ensayo sobre el nacionalismo, sobre España o sobre la evolución política del país, aunque el lector se topará con todas esas cuestiones.
Lo que pretendo es algo más complejo y profundo. A estas alturas de la vida he llegado a la conclusión de que debo contar una verdad —la que yo he vivido—, aunque resulte incómoda para muchos. Dar testimonio de lo que he conocido en primera persona para que la verdad de los hechos no sucumba frente a la mentira de los relatos que a día de hoy circulan como moneda corriente.

Las teorías pueden ser importantes, los análisis pueden ser sugestivos, las ideologías pueden ser atractivas, pero el testimonio va mucho más allá. Es una experiencia que pretende reivindicar la verdad de lo ocurrido. Es una vivencia personal que se hace contrastable, que se actualiza y se convierte en mensaje, en evidencia, en una verdad que, tal y como uno la vivió, sale nuevamente a escena. El testimonio es mucho más veraz e importante que cualquier teoría y que cualquier relato.

Me gustaría ofrecer dos imágenes para enmarcar temporalmente esta historia.

Primera imagen: en los años sesenta, yo veraneaba en Villafranca de Oria (hoy Ordizia), en casa de mis abuelos, con el resto de la familia. Guardo la viva imagen de aquella placidez en la memoria. Aquellos veraneos de vida familiar tranquila, de juegos infantiles y contacto con la naturaleza hacían impensable que pocos años después se desataría en ese mismo valle una orgía de odios y crímenes políticos, de persecución y falta de humanidad.
Segunda imagen (que, en realidad, son dos): la bajada al zulo en el que ETA tuvo secuestrado, durante 532 días, al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y, poco después, el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco como expresión de la crueldad máxima, de la maldad en estado puro y del odio cerval que atenazaba al pueblo vasco.
Y entre una y otra imagen, un periodo de tiempo —no demasiado largo en términos históricos— trascendental desde el punto de vista político, social y cultural.

¿Qué ocurrió en ese tiempo? ¿Qué nos pasó a los españoles? La respuesta es clara: ETA.

Este libro pretende levantar acta de lo sucedido en aquellos años y explicar en qué consistió el proceso de destrucción de aquel País Vasco y de su sustitución por otro completamente distinto, así como dejar constancia del impacto demoledor que esa sustitución ha tenido sobre la nación española, en trance de nuevo de ser reemplazada y volverse irreconocible.

¿Era aquel País Vasco un lugar idílico? Evidentemente, no. Pero tenía unas características específicas que daban una especial cohesión y personalidad a su sociedad, y que las tres décadas siguientes destruyeron sin piedad. El País Vasco era, por ejemplo, la tierra con más número de vocaciones religiosas de España; las familias numerosas tenían una especial fortaleza y articulaban naturalmente la sociedad. El carácter alegre, emprendedor, y la simpatía natural de aquella gente eran especialmente apreciados por el resto de los españoles. La pluralidad de dialectos, variedades y acentos del vascuence daba personalidad a valles, comarcas… Había una importante diversidad de identidades territoriales, de tal manera que Álava tenía su propia y marcada personalidad y Vizcaya se diferenciaba claramente de Guipúzcoa. A su vez, las ciudades eran muy distintas del mundo rural.

ETA destruyó todo aquello, desfiguró el ser de los vascos y sustituyó la personalidad social de aquella tierra por otra bien distinta, impostada, ideológica. Hoy es el lugar de España con menor número de vocaciones religiosas, con menor número de nacimientos y matrimonios, y con más familias desestructuradas. Se ha perdido una enorme riqueza lingüístico-dialectal, la cultura se ha homogeneizado bajo el paraguas de un pensamiento único, de una identidad monolítica y de un credo político común. Álava se parece más a Vizcaya que nunca, y Vizcaya a Guipúzcoa. El campo ha ganado la batalla cultural a la ciudad; el folclore ha sustituido y desplazado a la cultura, y la diversidad y la pluralidad han sido suplantadas por la homogeneidad incluso en asuntos aparentemente superficiales, como la moda o las costumbres.

Pero ETA no es solo un fenómeno vasco, sino también netamente español, y su persistencia ha destruido la realidad del país. Porque la desfiguración del País Vasco ha sido la del conjunto del Estado.

Desde hace muchos años, mi diagnóstico es el mismo. Muchos me han llamado agorero, cenizo, aguafiestas… Otros se agarraban al clavo ardiendo de los pequeños detalles engañosos, de los espejismos políticos, para justificar su ceguera voluntaria. Pero mi análisis, basado en la experiencia, se ha confirmado: España se encaminaba hacia la formación de un «frente popular» en toda regla, gracias al cual la izquierda abandonaría la democracia constitucional y confluiría con el proyecto político diseñado por la banda terrorista. Hay quienes, por puro prejuicio, no han querido o no se han atrevido a diagnosticar el problema y a llamarlo por su nombre.

¿Cómo ha sido posible ese vuelco histórico? Gracias a un proceso complejo —en distintas etapas— de negociación política hacia la autodeterminación y la toma del poder por parte de ETA. Un proceso que se desarrolla, como explicaré en las siguientes páginas, primero, en el seno del nacionalismo vasco, entre ETA y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), y, después, entre ETA y la izquierda española.
Tal análisis ha implicado no pocas dosis de soledad, de dolor, de incomodidad, y ha hecho que algunos me vieran como una antigualla y descalificaran mi posición sin entrar a analizarla. Bien. No importa. Tengo la conciencia tranquila. Me hubiese encantado equivocarme y que todos esos reproches hubieran resultado ciertos. Pero no ha sido así. Desgraciadamente, mi diagnóstico era certero. El testimonio que doy en este libro es la confirmación de ese diagnóstico.

Creo que nunca hay que tener miedo a la verdad, aunque sea dolorosa o nos pueda incomodar. Y creo que ha llegado la hora de que los españoles sean exigentes consigo mismos y miren de frente a la realidad de su patria.
A lo largo de las siguientes páginas, el lector encontrará vivos recuerdos, imágenes, experiencias, conversaciones, hechos a partir de los cuales iré analizando qué pasó, cómo pasó y por qué pasó. Y dónde hemos fallado. Pido perdón de antemano si mi objetivo resulta pretencioso. No deseo imponer mi punto de vista, pero sí ofrecer un testimonio —no un relato—, un eco de la verdad que yo viví. Lo hago con ambición de objetividad, pero sin afán de imposición ni de revancha.

No solo pretendo dejar a las próximas generaciones una descripción fiel de lo ocurrido, sino, además —no he de ocultarlo—, dar un aldabonazo en la conciencia nacional de los españoles sobre lo que estamos viviendo y sus dramáticas consecuencias. Evitar el desastre, tener la determinación nacional y colectiva de cambiar de rumbo y reconstruir nuestro país constituye un imperativo moral de primer orden.
Siempre en la vida he intentado conducirme sin perder de vista mis convicciones y mis principios. Este es el testimonio de alguien que cree en la verdad, en la vida, en la familia, en las tradiciones y en las raíces cristianas. Me declaro —con toda libertad y naturalidad— una persona religiosa. Soy católico y amo a mi país, un país de formidable historia, cultura y riqueza.

Que mi experiencia pueda contrariar a tirios y troyanos ya no me preocupa. Me preocuparía mentir, ocultar hechos, manipular la historia o inducir a error. Si mi testimonio no lograra alcanzar la verdad completa, con derrotar a la mentira ya me sentiré más que satisfecho.
Todo lo que cuento en este libro, los momentos duros y difíciles contra el crimen y la mentira, no los habría podido afrontar sin la compañía y la proximidad de mi mujer, Isabel, y de mis hijos, mis hermanos y, por supuesto, mis padres cuando vivían.

MAYOR OREJA: "Estamos en el ABISMO"