EL Rincón de Yanka: ESTATISMO

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viernes, 27 de febrero de 2026

LIBRO "LA CULPA ES NUESTRA": Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España por BENITO ARRUÑADA

 


LA CULPA ES NUESTRA
Cómo las preferencias ciudadanas 
frenan las reformas en España


Este libro parte de una tesis incómoda: nuestras instituciones no fallan solo por culpa de políticos, élites o leyes, sino porque reflejan nuestras propias preferencias, a menudo mal informadas, contradictorias e incoherentes.
La culpa es nuestra no busca culpables fáciles ni se entrega a la denuncia moral, sino a la comprensión. Con rigor y claridad, muestra cómo nuestras decisiones colectivas —como votantes, ciudadanos y consumidores— alimentan el mismo sistema que después criticamos.
Con un estilo incisivo pero sereno, Benito Arruñada examina los mecanismos que explican el estancamiento español: desde la educación y la vivienda hasta la organización territorial y la cultura política. Frente a la comodidad de culpar a otros, propone una salida exigente pero realista: una ciudadanía mejor informada, más responsable y menos crédula ante promesas mágicas.
Estas páginas no invitan a la resignación, sino a ser adultos y recuperar la iniciativa. Porque si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

«Los antiguos decían que cuando los dioses nos eran favorables ignoraban nuestros deseos y cuando querían castigarnos los cumplían. De igual modo, los españoles expresamos preferencias que los políticos procuran cumplir con resultados insatisfactorios. Este libro perspicaz y minucioso analiza por qué exigimos al Estado lo que nos frustra y luego le culpamos por dárnoslo». Fernando Savater

INTRODUCCIÓN

¿QUIÉN TIENE LA CULPA DE NUESTROS MALES?

Es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites. Este libro defiende que esa atribución es simplista. Muchos problemas sociales derivan menos de la incompetencia o el egoísmo de unos pocos que de la interacción entre preferencias ciudadanas y decisiones políticas. Además, atribuir una responsabilidad excesiva a las élites conduce a buscar soluciones equivocadas que, lejos de resolver los problemas, suelen agravarlos. 

Para ir más allá de ese señalamiento fácil, basta con reconocer que buena parte del problema no reside tanto en los políticos o en las instituciones con las que los elegimos, sino en la racional ignorancia y el propio interés de los ciudadanos. Más exactamente: no solo fallan las instituciones encargadas de transmitir las preferencias de la ciudadanía, sino también aquellas destinadas a conformarlas, darles coherencia y hacer visibles las consecuencias de su puesta en práctica. De hecho, según revelan las encuestas de opinión, las decisiones de los gobernantes se ajustan a las preferencias que manifiesta la mayoría. Somos los europeos más partidarios de que el Estado controle la economía, resuelva nuestros problemas e imponga una fiscalidad redistributiva, al tiempo que nos resistimos a cualquier recorte significativo del gasto público o la liberalización efectiva del mercado laboral. Es cierto que nuestros políticos siguen sin contener el déficit público y que las propuestas electorales de todos los partidos tienden a aumentarlo. También es cierto que, incluso para niveles medios de renta, imponen una escala de tipos impositivos tan desincentivadora como la del actual IRPF, o que mantienen una regulación laboral de las más restrictivas de Europa. Por supuesto, al tomar esas decisiones, los políticos responden a su propio interés, pero también obedecen fielmente a nuestras preferencias. 

Lo grave es que esa correspondencia no asegura que se cumplan nuestros deseos. Al contrario: son precisamente esas políticas las que nos impiden alcanzarlos. Sucede que, si bien los políticos ponen en pie los medios que queremos, esos medios son a menudo contrarios a nuestros fines últimos. Pero la responsabilidad no es solo del gobernante que aplica las políticas, sino también del ciudadano que las demanda, y ello por varios motivos. Sobre todo, por la contradicción entre los deseos últimos de bienestar del ciudadano y los medios que permite adoptar a sus representantes políticos. Asimismo, por el tipo de político que prefiere como gobernante. Como tiende a elegirlo más por afinidad que por competencia, no es de esperar que ese político, tan lleno de ideología como escaso de conocimiento, aporte gran racionalidad a las tareas de gobierno. 

La contradicción entre fines y medios y la afinidad emocional al elegir líderes enlazan con una incoherencia más profunda. Los sondeos de opinión también muestran que, a la vez que nos permitimos ser muy críticos con nuestros políticos e instituciones, los españoles somos los europeos que menos nos molestamos en informarnos. Además, decimos odiar mucho la corrupción o la injusticia de indultos y amnistías, pero ni siquiera dejamos de votar a los políticos de nuestro partido «de siempre» cuando demuestran ser corruptos o mentirosos, ni siquiera cuando incumplen de manera flagrante sus promesas electorales. Tanto es así que muchos observadores llegaron a considerar una heroicidad el que algún escritor confesara sentirse frustrado porque las políticas adoptadas por su partido favorito tras las elecciones generales del 23 de julio de 2023 eran opuestas a las que había prometido durante la campaña electoral. Ello a pesar de que esa frustración no le llevaba más que a prometer votar en blanco, con la incongruente excusa de que toda la clase política es irresponsable. Como suele suceder, solo exigía responsabilidad a los demás. 

El ejemplo ilustra un patrón más amplio. Cuando no desdeñamos la política, más que como ciudadanos, nos comportamos como forofos. Parece que nuestro enojo solo se manifiesta cuando la política no puede darnos el consumo al que aspiramos. Queremos reformas, pero si duelen solo a los demás. Y puestos a elegir, ninguna opción política real satisface nuestros deseos. No es casual que nuestras respuestas a las crisis suelan ser tardías e incompletas, como sucedió en las de 1957, 1973, 2008 o 2020. Pese a que en cada una de esas ocasiones las instituciones políticas eran muy distintas, las respuestas fueron similares: reaccionamos cuando no quedaba otro remedio, a medias y con marcha atrás. 

Si estoy en lo cierto, sería superficial responsabilizar únicamente a los políticos, a las élites o a las instituciones. Es más, sería un error, pues cambiar a los políticos no tiene efecto alguno si se mantienen los mismos incentivos, que constituyen, en última instancia, el núcleo de las instituciones. Pero, aunque cambiar los incentivos sea fácil, mejorarlos es difícil. Por eso, reformar las instituciones, aunque costoso, no asegura obtener buenos resultados. Tampoco conviene confiar en remedios simples, como el mero cambio de líder o de partido gobernante. Ni siquiera en modificaciones estructurales del sistema de representación, como, por ejemplo, el pasar de un sistema proporcional a uno mayoritario. Menos aún depositar esperanzas en elegirlos dentro de un eventual Estado independiente, como algunos pretendían para Cataluña, llevándola así, por un falso idealismo desnortado, a mostrarse más española que nadie. 

Por este motivo, es erróneo exonerar a las masas, como hacen los planteamientos maniqueos, tanto populistas como intelectuales. En realidad, sus miembros somos igual de «extractivos» que las élites: el fraude no campea solo en la fiscalidad de las grandes fortunas (por desgracia, no tan grandes y más bien escasas), sino también —y, quizá, sobre todo— en los pequeños pero mucho más numerosos fraudes de la economía sumergida y las prestaciones sociales. 

Por si fuera poco, sucede que las masas solemos ser más «disipadoras» porque nuestra corrupción no solo redistribuye rentas, sino que en buena medida las dilapida, pues gastamos y hacemos gastar muchos recursos para capturarlas. Por ejemplo, el que quizá haya sido nuestro mayor derroche, la desproporcionada inversión en obras públicas, contó durante décadas con apoyo general de la ciudadanía y parece bastante claro que, más que distribuir rentas, las ha malgastado, sin prever los costes de mantenimiento, cuyo déficit comienza ya a notarse. Así es que, averías mediante, seguimos viajando felices en alta velocidad, aunque la mayoría de los viajeros no tenga prisa alguna, como revela el que muchos de ellos estén ya en la estación una hora antes de la salida, permanezcan inmóviles sin caminar en los pasillos rodantes y algunos incluso hayan tardado más en llegar a la estación que en recorrer su trayecto en tren. Pero el AVE sigue contando con apoyo mayoritario gracias a que el coste de su construcción sigue oculto y no se refleja plenamente en el precio de los billetes y a que la mayoría de los viajeros rehúsa hacer esfuerzo alguno para verlo. Al usuario de AVE le cuesta creer que este sea un derroche, por mucho que las evaluaciones coincidan en afirmar que el coste social de la red de alta velocidad excede sus beneficios (AIReF, 2020b). Tenemos la red más densa pero menos utilizada del mundo. La última vez que, años ha, Ciudadanos discutió la posibilidad de racionalizar las inversiones reculó enseguida, tras constatar cómo empezaba a perder votos en varias regiones y sin que aumentaran sus votos en las demás. 

Por lo común de este tipo de espejismo presupuestario, me temo que tanto la reforma como (aún más) la ruptura con las instituciones representativas —las que se limitan a «transmitir» nuestras preferencias— están condenadas, si no a fracasar, al menos a defraudar las expectativas y ser insuficientes. Nuestros procesos colectivos de decisión no fallan principalmente porque los mecanismos de transmisión sean defectuosos, sino porque nuestras preferencias se forman mal y resultan incoherentes. Lo queremos todo sin aportar nada. En particular, lo queremos todo del Estado sin cooperar en su vigilancia y control, y menos aún en su mantenimiento. 

En estas condiciones, es lógico que el ocaso del bipartidismo, con el consiguiente aumento de la competencia entre partidos políticos, haya dado peores resultados de lo que se esperaba. No debería extrañarnos. Los efectos de la competencia resultan de las reglas que la rijan, en todo tipo de ámbito, desde la selva hasta el deporte, e incluidas la economía y la política. Como ha demostrado durante décadas la política catalana, mayor competencia entre partidos no produce necesariamente más información ni mejores decisiones, sino que a menudo incrementa la propaganda y el populismo. Mucho depende de las reglas de juego —el deporte solo es un espectáculo valioso cuando sus reglas se diseñan y aplican con esmero—, pero también, en última instancia, de las cualidades de la ciudadanía: sobre todo, de su disposición a informarse y ejercer como ciudadanos maduros y no como gregarios, sin dejarse arrastrar por emociones epidérmicas.

La lección trasciende el caso catalán. En la medida en que este diagnóstico se ajuste a la realidad, necesitamos que el diseño de las instituciones y de las políticas públicas considere, si no las raíces, al menos las restricciones culturales. Esto no implica que estemos atados indefinidamente a nuestra cultura, pero las reformas que no consideran esas restricciones pecan de frivolidad, cuando no de oportunismo, y están condenadas a fracasar. La cultura es fruto a largo plazo de las instituciones, pero el cambio institucional, para ser viable, y máxime quizá en democracia, ha de respetar las restricciones culturales e incluso aprender a usarlas como palanca. Lo contrario lleva al error, tantas veces repetido, del despotismo más o menos ilustrado. 

Consideremos el fracaso de la liberalización del alquiler residencial de 1985: como analizaré más adelante en el capítulo 4, apenas nueve años después, ya volvíamos a restringirlo, a iniciativa, como en el caso de los horarios comerciales, del muy regresivo partido de Jordi Pujol. Treinta años más tarde, la Ley de vivienda de 2023 nos acercó a los niveles de intervencionismo que habíamos vivido desde 1920 hasta 1985. 

En este orden de ideas, la gran duda es si cabe o no pensar en similares términos de adaptación respecto a la Transición política y la Constitución de 1978. Si bien esta ha servido para organizar la convivencia durante más de cuatro décadas, lo ha logrado a costa de tolerar una deriva notable respecto a los principios de igualdad y respeto mutuo que la habían inspirado. Como consecuencia, a la altura de 2025 abundan los indicios de un posible colapso institucional. 

Si es así, cobra más urgencia que nuestras preferencias como ciudadanos se hagan más racionales, compensando nuestra escasa disposición a informarnos y cooperar en el control de lo público, para poder abordar una profunda renovación institucional. No se trata de una cuestión de educación formal o académica, porque tenemos pocos incentivos para hacernos mejores ciudadanos. Tampoco de grandes ejercicios deliberativos, igualmente costosos. Es debido a esos costes que, por ejemplo, cualquier empleador suele saber más acerca de la realidad sustancial de nuestras relaciones laborales que muchos expertos en derecho y economía laboral, acostumbrados estos a prestar atención a problemas secundarios y contemplarlos desde representaciones jurídicas y estadísticas que a menudo distorsionan la realidad sustantiva. 

Por ello, es importante que las reformas reduzcan los costes de información ciudadana, de modo que nuestra educación cívica sea automática e inevitable. Hagamos evidentes el pago de impuestos y el coste de usar los servicios públicos: menos cargas fiscales ocultas, como el IRPF mayoritariamente «a devolver», los precios «con IVA incluido» y la Seguridad Social «a cargo de la empresa»; y menos secretismo sobre la eficacia relativa de los servicios públicos. Publiquemos, por ejemplo, cómo se emplea y cuánto gana cada graduado según su carrera y centro universitario, un dato disponible desde hace años, pero que en la mayoría de las autonomías permanece silenciado. 

Hagamos, en suma, que nos resulte ineludible informarnos, como sucede en nuestras comunidades de vecinos. Distan mucho de ser perfectas, pero ni despilfarran tantos recursos ni atienden a afiliaciones políticas para castigar la corrupción de sus presidentes y administradores. Están gobernadas por españoles, pero opera en ellas la inmediatez e incluso, ante casos de fraude, el instinto de posesión. Si esa lógica funciona a pequeña escala, podemos trasladar su esencia al nivel nacional, activando fuerzas similares en lo público: divulgar ingresos y aportaciones fiscales es costoso en términos de privacidad, pero ayuda a reclutar para el bien común esas inclinaciones naturales al cotilleo y la envidia que apenas hemos domesticado culturalmente.

Esa mejor conciencia de lo público contribuiría a homogeneizar con las del resto de Europa nuestras actuales preferencias, hoy más estatistas y contrarias a la competencia. Quizá así accederíamos a dotarnos de los incentivos individuales que aseguraran el bienestar. Entre nosotros, estos incentivos deben ser más personalizados que en aquellos países cuya cultura lleva a sus ciudadanos a vigilar algo más que ninguno eluda su aportación al bien común. Es un asunto clave, porque los fallos de acción colectiva no solo afectan a la política, sino también a todo tipo de ámbitos, desde la educación hasta la empresa, desde las profesiones hasta los medios de comunicación. Necesitamos esos incentivos «compensatorios» de nuestros valores para alinear mejor las retribuciones con las conductas. Los incentivos individuales son el motor de nuestros mejores deportistas y profesionales: esos españoles no triunfan porque renuncien a sus valores, sino porque los aplican en un contexto diferente, ya que trabajan bajo reglas estables que los retribuyen por su rendimiento. El modelo es aplicable a todo tipo de actividades, pero nos resistimos a adoptarlo, pues preferimos sistemas que, en esencia, frenan la competencia y diluyen los incentivos individuales. 

Esa convicción vertebra la estructura del libro, que volverá reiteradamente a ese argumento. Lo hará desde perspectivas diferentes, pero atendiendo siempre a esos tres factores condicionantes: las preferencias de la ciudadanía, las instituciones que las canalizan y las políticas en que se acaban concretando, cuyas consecuencias intentaré valorar para desvelar su escasa coherencia con los intereses reales de los ciudadanos. Los capítulos avanzan desde planteamientos generales a sectoriales, pero la mayoría pone el foco en cuestiones concretas, desde la regulación laboral del trabajo doméstico hasta la afición de muchos padres españoles por una enseñanza poco exigente para sus hijos. 

El libro se divide en tres partes. 
La primera tiene un contenido más teórico y menos aplicado que las otras, pues, tras preguntarse si los fallos de la sociedad española son atribuibles a sus élites políticas e intelectuales o a los ciudadanos, analiza las preferencias de estos últimos. Pone así de relieve que, en buena medida, muchas de nuestras políticas e instituciones se ajustan a ellas, aunque a menudo no a los intereses reales de los ciudadanos. 
La segunda parte confirma este diagnóstico tras analizar tres cuestiones críticas de carácter sectorial y transversal, como son la vivienda, la educación y las comunidades autónomas. 
Por último, la tercera parte tiene carácter más normativo que positivo, pues reflexiona sobre qué hacer, aunque no pretende aportar soluciones propiamente dichas. Más que mejorar los mecanismos de gobierno, debemos empezar a pensar de otra manera. Para ello, hemos de renovar nuestro «mercado» de ideas, pero también mejorar la información disponible de forma automática al ciudadano. Esa mejor información dotará de mayor coherencia a sus preferencias y, en consecuencia, mejorará sus decisiones políticas. Es imprescindible si de verdad queremos hacer realidad nuestros deseos. 

Se trata de una propuesta optimista: no solo cree en una democracia de ciudadanos adultos bien informados, sino también en su racionalidad potencial y en su capacidad para asumir sus responsabilidades. Confía en que, sean cuales sean sus preferencias, supondrá una diferencia radical el que empiece a comprender la necesidad de atenderlas con medios más apropiados que los que suele demandar. 

El libro condensa trece años de trabajo académico y reflexión pública. Muchas de sus tesis fueron desarrolladas y contrastadas en investigaciones previas, charlas y tribunas publicadas sobre todo en The Objective. Aquí se presentan no como una recopilación, sino como una síntesis crítica y articulada que amplía y depura los argumentos que han resistido el juicio del tiempo, el contraste público y mis propios cambios de opinión. 

Mi propósito ha sido ordenar ese conjunto en un marco coherente, acumulativo y comparado. No se trata de provocar ni de convencer por vía emocional, sino de contribuir a entender por qué nuestras instituciones y políticas funcionan como lo hacen, y qué papel desempeñamos los ciudadanos en su configuración y en sus disfunciones. El enfoque combina observación empírica, fundamentos teóricos y reflexión crítica, con la ambición de ofrecer un diagnóstico que nos permita pensar el cambio institucional desde nuestras propias limitaciones culturales. 

Si de verdad queremos cambiar nuestra situación, creo que el primer paso es mirarnos con objetividad a nosotros mismos. 

«Una democracia de ciudadanos informados 
puede corregir sus errores sin líderes 
ni expertos providenciales»

La prioridad no es solo mejorar las instituciones, sino formar una ciudadanía más lúcida, capaz de ver el coste real de lo que exige. Ninguna reforma durará si no cambia también la forma en que pensamos y votamos.
Ahí reside la esperanza —y el mensaje optimista— del libro: la solución a nuestros problemas está a nuestro alcance. Una democracia de ciudadanos informados puede corregir sus errores sin líderes ni expertos providenciales. La prosperidad no necesita héroes ni santos, sino mecanismos que nos obliguen a pensar. Basta con que cada ciudadano sienta lo que da y lo que recibe. Entonces la corrupción dejará de parecernos un espectáculo ajeno y se sentirá como una ofensa personal. Si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

 
Diálogo; «¿La culpa es nuestra? Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España»

martes, 20 de enero de 2026

MARCEL GRANIER JUNTO A LA OLIGARQUÍA EMPRESARIAL TAMBIÉN DESTRUYÓ VENEZUELA



El que fue presidente de Radio Caracas Televisión (RCTV) se encargó también de hacer lo peor en materia audiovisual. Programas como Alerta siempre iban con un tono político dirigido hacia el entonces presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, de hecho: desde la directiva de RCTV se le ordenó a corresponsales como Luis Guillermo García sembrar falsas noticias a varios dirigentes políticos en el país. Todo en un ambiente de altísima tensión, en esos años después del Segundo Golpe de Estado al presidente Democrático Carlos Andrés Pérez. 

De hecho tal cosa hizo la Directiva de RCTV, que en un reportaje de Luis Guillermo García, el ex presidente Jaime Lusinchi, se le acerca al joven reportero, para confrontarlo y decirle aquella frase ´´a mi no me jodes tú´´ que fue utilizada por meses por RCTV. Aquella respuesta del Dr Lusinchi, fue nada más que un arduo trabajo de cosechar noticias instigantes sobre aquella clase política Venezolana. En ese mismo reportaje Lusinchi confronta a Marcel Granier invitándolo para hablar sobre las diferencias que ambos tienen, ya que en ese entonces el Dr. Lusinchi aseguraba que Marcel presidente de RCTV, estaba creando rumores que aseguraban a Lusinchi como un asesinó y ladrón. Y quien diría que ese Joven Guillermo García, le daría la mano años después a Nicolás Maduro, lo otro curioso es que la directiva de RCTV y Marcel Granier fueron con todas a por el ex presidente Luis Herrera Campins, debido a que este negó la transmisión de cigarrillos y bebidas alcohólicas en Radio Caracas Televisión. Desde ese entonces RCTV fue con todo a por la clase política venezolana, esto debido a que;

El presidente socialdemócrata Jaime Lusinchi (1984-1989), que en medio de una corrupción generalizada ejerció un poder casi sin límites y era enemigo declarado de la cadena televisiva, no se atrevió a negarle la renovación de la licencia, pese a que estaba facultado por ley para hacerlo.
Pero fue precisamente bajo el mandato de Lusinchi cuando el decreto Nº 1577, publicado el 27 de mayo de 1987 en la Gaceta Oficial Nº 33.796, estableció que todas las concesiones de la televisión privada tendrían validez durante 20 años, sin obligación de extensión o renovación. El plazo venció, finalmente, hace 48 horas.

El artículo 108 de la Constitución de Venezuela establece: «El Estado garantizará servicios públicos de radio, televisión y redes de bibliotecas e informática, con el fin de permitir el acceso universal a la información». 
RCTV y la empresa Venevisión, fundada en 1960, controlaban en conjunto el 80 por ciento de los canales de televisión, transmitían 80 por ciento de los mensajes y contenidos que se difundían en Venezuela y se beneficiaban con el 85 por ciento de la inversión publicitaria en medios de comunicación.
Además de manera oficial se puedo conocer como Marcel Granier se ensaño contra otros políticos venezolanos, Marcel Granier y Peter Bottome trataron de manera desesperada de obtener contratos gubernamentales, pero el estado venezolano en ese entonces se negó. 

¿Cuál fue la respuesta de Marcel Granier en ese entonces?
En esos años Henrique Salas Romer y Hugo Chavez eran las dos figuras favoritas en ese entonces, pero también bloquearon (con ayuda de RCTV) a otros candidatos que pasaron desapercibidos; Irene Sáenz, Luis Alfaro Ucero y Radames Muñoz León.
Eduardo Sapene quién como jefe de información de RCTV fue el principal encargado de, inyectar odio y desinformación en Venezuela.

Junto con Yaser Dagga poderoso jerarca y magnate venezolano, comenzó una estrecha relación con Eladio Larez. Larez quién entonces es mano derecha de Marcel Granier, cuñado de Henry Ramos Allup y el propio Allup que estuvo involucrado en un caso de corrupción de Julio Veluntinno, mismo quien estuvo ligado al guerrillero comunista de Américo Martin. Y también quién estuvo involucrado en corrupción fue nada mas y nada menos que Leopoldo López. También la mujer que lloraba el cierre de RCTV Camila Canabal fue vinculada con Nasar Dagga quien también tiene nexos con el chavismo.
Y por última cosa Enrique Ochoa Antich es actualmente un operador activo de Maduro y su gobierno, compartiendo incluso Enrique, conexión con Emmanuel Rincón y Eduardo Bittar, ambos haciendo partícipes de una supuesta derecha venezolana.


Inicié una discusión en Twitter sobre las causas que hicieron Presidente a Hugo Chávez, más allá del simplismo de que fue el golpe del 4F-1992, ayudado por el sobreseimiento otorgado por Caldera. Si Chávez no gana las elecciones de 1998, no hubiera sido sino uno más de los muchos golpistas habidos en el país. Igual hubiera ocurrido con Betancourt, si su golpe de octubre de 1945 hubiera fracasado. Unos veinte participantes debatieron el tema seriamente, aunque con distintos grados de información, estudio y análisis. Copiaré casi textualmente lo dicho. Pese a las limitaciones, los lectores pueden hacerse ahora un juicio más completo y veraz de lo ocurrido.

“Cuando sale de prisión, Chávez tenía sólo 4% de aceptación. Sin embargo, gana las elecciones de 1998. Habría que preguntarse por qué ganó. Y no especular que todo se debió al golpe del 4F”. Éste fue mi estímulo inicial. Las respuestas fueron inmediatas: 
“La imagen de Chávez fue catapultada por los medios que se encargaron de limpiar y exaltar a un militar golpista”. 
“4% en marzo 1994. Tuvo 4 años hasta marzo 1998 para superar a Irene Sáez que punteó hasta esa fecha. Lo logró con el eco de los medios de comunicación, prometiendo mentiras y acusando de todo a los 40 años de democracia”.

“La oligarquía empresarial conspiró para destruir a CAP, Poleo entre ellos; RCTV había destruido a AD, los Mata en El Universal le dieron duro a la clase política”. “Una gran campaña lo ayudó, los medios desprestigiaron a CAP y a los políticos; “vendieron” a Chávez como un salvador a pesar que el joven golpista no tenía logros”. “Recuerdo que Venevisión y medios impresos lo ponían hasta en la sopa. Eso contribuyó a vendérselo a la gente”. 
“Respaldo económico de Cisneros, Boulton, Cervini y Pro Venezuela; respaldo de El Nacional, RCTV, VV; respaldo académico de rectores como Mayz Vallenilla y Chirinos; respaldo de los profesionales inconformes, aunque ascendidos socialmente”.

“Los dueños de los medios usaron su enorme poder de penetración e influencia en la opinión pública y establecieron un pensamiento contra el Estado político del momento, agotado en efectividad y en ofrecer soluciones a las mayorías”. 
“Asdrúbal Aguiar dijo que para 1989 los partidos se disolvieron y Chávez simplemente usufructuó una destrucción que él no generó, pues no llevó a cabo ninguna revolución”. 
“La sustitución de los partidos políticos por los empresarios sobre todo los de la prensa creó un vacío que aprovechó Chávez, a quien muchos pensaron podían manejar”.

“Contra CAP se actuó más por odio que por su plan económico. La godarria lo detestaba por «adeco tierrúo», la izquierda por su pasado «represor», sus compañeros por su preferencia de los tecnócratas y las alimañas de los empresarios porque temían a la competencia”. 
“Todas esas piezas encontraron a 2 vivianes: J.V. Rangel y Miquilena, para armar el tinglado, añadieron a los «notables» y derrocaron a CAP con un golpe frío”. 
“Desde antes de la intentona, se trabajó con grupos que le abrirían las puertas más allá del mundo militar. Tuvo apoyo de prensa y recorrió el país con discursos que exaltaban el resentimiento y la promesa de justicia”.

“Los Ramia, Otero, Cisneros, el Ateneo de Caracas, El Nacional y Venevisión, por citar unos, catapultaron a Chávez. Jugaron al vengador y al pase de facturas entre las élites y resultaron afectados”. 
“El grupo Roraima, Marcel Granier, que se encargaron de fomentar en la TV el odio hacia instituciones del Estado”. “Chávez es una consecuencia de los malos gobiernos de AD y COPEI y del germen militarista, que con sus glorias de la independencia tiene cree tener el derecho de gobernar a Venezuela. “Cuando se nacionalizo PDVSA se les dio a los políticos la llave de la riqueza petrolera. 18 Planes Marshall se tragó la 4ta entre 1973-1995, dejando al país en ruinas y dependiente del Estado papá”.

“Para bien o para mal, personas con el carisma de Chávez son escasas. El liderazgo de Chávez y su personalidad tuvieron un importante papel”. 
“Por la impunidad, los votos de los ignorantes, la anti política, corresponsabilidad de partidos y dirigentes, directivos y miembros de los Poderes de la época, medios, periodistas, empresarios e intelectuales. No inhabilitaron a Chávez y secuaces por atentados del 92”. 
“Quizá con haberlos inhabilitado como se hizo con Pérez Jiménez, se hubiera evitado la escalada del 4% de aceptación en 1994 hasta lograr la presidencia con todo el apoyo mediático y financiero de quienes vieron la oportunidad de colocarse con el próximo ganador”. Fin del debate.



"Si los #medios callan, se hacen cómplices 
del tirano torturador, y también caerán juntos". 
#Venezuela #TeleSur #Venevisión #Panorama 
HDP Malditos Medios Palangristas
@venevision @noticierovenevision

Marcel Granier: El Personaje que Destruyó a Venezuela


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jueves, 15 de enero de 2026

LIBRO "PRIVATIZAR LAS MENTES": POR UN CONTRATO CON ESPAÑA 😵 por ENRIQUE DE DIEGO


PRIVATIZAR LAS MENTES:
POR UN CONTRATO CON ESPAÑA

ENRIQUE DE DIEGO

En tiempos profesionalmente convulsos, zaherido por las trapisondas torticeras y traidoras de dos mediocres, Joaquín Vila y José Antonio Vera Gil, dio a luz este libro “Privatizar las mentes” para avisar a la sociedad española de su segura marcha hacia el abismo. Corría el año de la Encarnación del Señor de 1996. Desde entonces, una gran cantidad de lectores han mostrado interés en acceder al libro, dado su dificultad. Por último, Germán lo ha conseguido y me ha hablado admirado de su rabiosa actualidad. Hoy lo pongo a disposición de los lectores a través de Amazon. No he hecho ninguna modificación. Está tal como lo escribí en 1996. Tiene como finalidad dar a conocer que el desastre era perfectamente claro y que yo lo diagnostique con tiempo y acierto.
Enrique de Diego Villagrán, es Licenciado en Ciencias de la Información. Periodista político, teorizó en 1985 acerca de la doble ruptura, generacional e ideológica, del centro derecha. En ABC ha ostentado la jefatura de diversas áreas. Colaborador habitual de periódicos iberoamericanos y de La Gaceta de Negocios. Miembro del Club de Tomás de Mercado. Es autor, entre otros, de los libros La ofensiva neoliberal, Por la Europa de la libertad y Nuevos tiem­pos: de la caída del Muro a Maastricht.

Quedan rigurosamente prohibidas sin la autorización escrita de los titulares del -Copyright-, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendi­dos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejempla­res de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
Copyright 1996. Enrique de Diego ISBN: 84-87155-62-6 Depósito legal: NA 195-1996 Cubierta: Javier Molina & SCV Imprime: Line Grafic, S .A .. Hnos. Noáin, sin. Ansoáin (Navarra) Printed in Spain - Impreso en España

A mi esposa Assumpta. A mi hijo Fran. Mis dos amores

Prólogo

Al contemplar el panorama económico y social que nos rodea, la actitud más común es el desconcierto. Cuando las prédicas de los políticos auguraban un aumento de bienestar para todos, las economías, incluso cuando, oca­sionalmente, se muestran de signo creciente, no logran hacer decrecer un desempleo que se hace de larga duración y que afecta especialmente a los jóvenes que, por primera vez desde la segunda guerra mundial, tienen peo­ res expectativas que los de la generación anterior. A pesar de la atonía que, a lo largo de dilatados períodos, afecta a la producción, el aumento de los precios se mantiene, tercamente, a ritmos que perjudican el nivel de la vida del ciudadano medio que, ante la incertidumbre del empleo y del salario, se retrae del consumo. 

Los gobiernos, con el pretendido propósito del bien común, incrementan sus gastos y, aunque aumentan los impuestos, generan constantes déficit que financian con emisión de deuda, cuyo galopante creci­miento obliga a mantener tipos elevados de interés que, directamente y a tra­vés de la elevación del tipo de cambio de la moneda, inciden negativamente en el crecimiento de la economía, realimentando el proceso de aumento del paro. Toda esta situación induce a pensar que nos hallamos en el fin de etapa de un modelo de organización económico-social que no funciona. Cada vez son más, en efecto, las personas que entienden que algo está fallando, sin que, sin embargo, lleguen a formular un diagnóstico de lo que está pasando, porque los mensajes que reciben son contradictorios y, en la mayoría de los casos, no van en la dirección correcta.

Descubierto lo que había tras el Muro, todos estuvimos de acuerdo, aunque algunos a regañadientes, en criticar al sistema que ciertos pensadores, para dejar a salvo las «esencias socialistas», se empeñaron en calificar de socia­lismo «real». Pero la verdad es que, a pesar de esta crítica, nuestras socieda­des democráticas occidentales se han seguido alimentando de los principios que informan el socialismo, con el consiguiente mantenimiento y expansión del Estado intervencionista que, de hecho, es la causa última de ese andar va­cilante de nuestras sociedades. Si bien esto es así, los estatistas se empeñan en seguir defendiendo el intervencionismo gubernamental porque, incluso desde posturas en apariencia encontradas, dicen que se trata de un bien, aunque precise de continuas reformas para mantener el objetivo buscado. De esta forma, estas «buenas intenciones» ponen en marcha un círculo vicioso en el que los «efectos perversos» que estas buenas intenciones producen se «corrigen» con más intervencionismo que, a su vez, produce nuevos efectos perversos.

Este proceso imposible, intelectualmente angustioso, que Enrique de Diego analiza directamente y sin subterfugios en el libro que el lector tiene entre sus manos, acaba en lo que el autor llama la «estatalización de las mentes», que se produce porque prácticamente todos los aspectos materiales de la vida de los ciudadanos dependen de los fondos públicos y su pensamiento está influenciado por una enseñanza y una cultura que, en grandes porcenta­jes, han pasado a ser de obediencia estatal.

Se engañan y engañan a los demás los que consideran que la defensa de la intervención estatal es fruto de una posición ética de la que carecen los partidarios de la libertad económica. La verdad es exactamente lo contrario. Los liberales establecen sus propuestas en búsqueda del interés general, pero lo hacen tras el análisis racional de la realidad, cuya ausencia constituye el fallo fundamental de las soluciones socialistas. Es decir, los partidarios de la libertad económica entre los que se encuentra el autor de este libro que, con gusto prologo, creen, con notable fundamento en la realidad, que con menos Estado habrá menos pobreza, menos paro y menos marginación. Y que, por contra, habrá más progreso, más libertad y más riqueza para todos; no para un grupo determinado, porque las posiciones que denominamos liberales no defienden privilegios, que suelen ser el efecto precisamente de la interven­ción y la arbitrariedad del poder estatal.

Los grandes pensadores liberales han respetado habitualmente las buenas intenciones que, a pesar de los errores intelectuales en que incurrían, ani­maban a los oponentes socialdemócratas de su tiempo. Friedrich A. Hayek consideraba que los intervencionistas se contaban entre las personas de mayor calidad intelectual y sensibilidad moral. Karl R. Popper indicaba que si la utopía socialista fuera posible, y no degenerara en una de las más per­niciosas tiranías de la historia, seguiría siendo socialista. Incluso Ludwig von Mises, más polemista, consideraba el error científico del estatismo como una enfermedad intelectual de almas nobles. Robert Nozick, al defender las virtudes morales del Estado mínimo, lamenta tener que abandonar la com­pañía de personas de buena educación y apertura de espíritu.

Sim embargo, lo que era probablemente predicable de los primeros socia­ listas -tanto de izquierdas como de derechas, como reitera el autor necesita ser revisado cuando existe ya la evidencia del fracaso práctico, tanto de las fórmulas más terribles y más coherentes de socialismo, como de las más moderadas y democráticas. Enrique de Diego cree que esas buenas intencio­nes, en el momento presente, deben ser puestas en duda, porque han sido sustituidas por el interés personal y gremial en los sentidos más radicales y fundamentalistas. 

El intervencionismo se ha hecho profunda e instintiva­ mente conservador y, de hecho, no persigue otra cosa que la defensa política de grupos de presión que viven del presupuesto público. Es la mentalidad del que denomina «buen salvaje socialdemócrata», que, a la vista del fracaso de su modelo, no propone su revisión sino su intensificación. Para llegar a esa conclusión, el autor echa mano de la filosofía clásica y considera que el socia­lismo es el estadio en el que los principios intervencionistas se han llevado hasta sus últimas consecuencias, con los resultados que todos conocemos, pero que muchos, en el fondo, aparentan ignorar.

Enrique de Diego vuelve su mirada hacia los individuos concretos, hacia los parados, y específicamente hacia los jóvenes, que son en buena medida los sacrificados del sistema, y considera que la ética y la lógica imponen adoptar aquellas medidas que resulten más beneficiosas para sus vidas. La crítica di­recta no oculta que la radicalidad anida precisamente entre quienes obligan a los ciudadanos a contratar su pensión con un sistema estatal que no cum­ ple sus compromisos; a confiar su salud a una sanidad pública que ofrece un servicio deficiente; y, sobre todo, a acudir a un sistema público de enseñanza que transmite la adoración al Estado, que reproduce el error y que estataliza las mentes.

Este es el punto en el que el libro plantea mayor número de cuestiones para el debate. Por de pronto, Enrique de Diego califica de totalitario este proceso de estatalización de la enseñanza, que sólo pueden romper unos pocos a costa del sacrificio de una doble imposición. Ese proceso se ha realizado en nom­bre de la igualdad de oportunidades y de la neutralidad de los contenidos docentes del sistema estatal. El autor desmonta ambos mitos. La enseñanza estatal, dice, no es neutral: es la gran legitimadora del intervencionismo, toma partido permanente a favor del Estado tutor y omnipresente. Es una de las armas más eficaces de esa dictadura adormecedora de los espíritus que describe proféticamente Alexis de Tocqueville. Además, lejos de ser una fór­mula justa, se convierte en una trampa para los jóvenes, a los que el Estado ya no puede asegurar la lógica última del sistema: un puesto funcionarial.

Enrique de Diego, respetuoso con los esfuerzos docentes de tantas personas vocacionalmente entregadas, establece su crítica sobre una fórmula que mata el espíritu crítico y desalienta la iniciativa personal. Y, partiendo de la convicción de que, frente a la estatalización del intelecto, la primera priori­ dad de la defensa de la sociedad abierta es proceder a la privatización de las mentes, concluye que es más decisivo privatizar las escuelas y las universida­des que sacar al mercado un organismo autónomo o un monopolio estatal.

Sin embargo, al revés de lo que sucede cuando se habla de la empresa pública industrial, sobre cuya ineficacia hay amplio acuerdo, la realidad es que no se avanza por esa senda cuando se trata de la cultura o de la enseñanza. Es más; ni siquiera se debate un aspecto tan crucial. Los planes de estudio han elimi­nado contenidos humanistas que se habían considerado fundamentales en la docencia occidental. Los poderes públicos consideran el proceso estatali­zador de la enseñanza como una especie de campo de experimentación y se resisten a devolver el protagonismo a los padres y a la sociedad civil. Desde la óptica liberal, el autor expone con acierto que si son beneficiosos los efectos de la privatización de las líneas aéreas mucho más lo sería la privatización de la enseñanza. Para ello propone un método que, puesto en marcha en algu­nas naciones, se abre paso en el debate internacional: el cheque escolar.

Si son visibles las consecuencias negativas del intervencionismo en la enseñanza y en la cultura, ¿por qué son minoritarias aún las voces que diag­nostican el hecho y que propugnan alternativas? 
El autor da una respuesta explicativa: la razón es que intelectuales, artistas y profesores dependen del presupuesto público. La enseñanza y la cultura se han funcionarizado, y han pasado a tener la virtud que Max Weber definía como clave del funcio­nariado -la lealtad y no la que se suponía al mundo intelectual- la crítica. Aquellas funciones y profesiones pedagógicas, cuya misión era el libre pen­samiento y el análisis de las alternativas posibles, han adquirido el status de legitimadoras de lo existente, de defensoras de la expansión del Estado.

Pero la sociedad dual, con su entramado de privilegios legales, y su conse­cuencia de expoliación fiscal, no es viable. Ese es el drama último que puede pasar a ser tragedia vital. Y puede serlo precisamente porque los ciudadanos, que son las víctimas del sistema, no sólo parece que no se dan cuenta de ello sino que defienden a ultranza una situación que erróneamente estiman ventajosa e irrenunciable. Enrique de Diego, comparando la revolución de mayo del 68 con la protesta de funcionarios, sindicalistas y estudiantes de diciembre de 1995, dice que estos manifestantes por la defensa a ultranza de lo establecido, deberían enarbolar la esfinge de Bismarck, como los de 25 años antes esgrimían la de Mao, y organizar barricadas con las cartillas de la seguridad social y las pensiones. La izquierda acratoide -dice- ha dado paso a esta izquierda que se niega al cambio y que adora los trenes públicos a pesar de los cuatro billones de déficit.

Esta esquizofrénica actitud de unas personas que, por otro lado, no se cansan de hablar de libertad, no es otra cosa, como acertadamente señala Enrique de Diego, que la drogo dependencia del favor estatal, resultado de la política del subsidio, criticable no sólo en términos de eficacia, sino sobre todo por sus componentes negativos desde el punto de vista ético. Desalentando el estímulo, expandiendo la «Cultura de la subvención», el socialismo, a través del Estado de bienestar, extiende el Estado como costumbre, hace que los hombres consideren normal la invasión de sus vidas, la fiscalización de sus herencias, la organización de su ocio, y la expropiación de sus derechos de propiedad. El ciudadano, devuelto a la condición de súbdito previa a la revo­lución industrial, limitado el Estado de Derecho, roto por todos lados el principio de igualdad de todos ante la ley, pasa a considerar normal un estado de cosas que, en términos racionales, debería repudiar.

Enrique de Diego, en un interesante recorrido histórico que arranca en Alfonso X el Sabio, antes de la unidad nacional, bucea en las raíces del intervencionismo estatal en España, que, con escasísimas excepciones, llega hasta nuestros días, pasando por el modelo político que sigue a la Res­tauración, cuyo artífice, Cánovas del Castillo, alardeaba de no haber mili­tado nunca en el librecambismo, y después de hacer escala en el turnismo decimonónico, en el cual-dice-las dos cabezas del sistema, Eduardo Dato y José Canalejas, polemizan sobre la convicción intervencionista de cada uno, pujando ambos en orgullo por la reivindicación del término como seña de identidad definitoria. Y cuando Joaquín Costa levanta la bandera del regeneracionismo lo hace para pedir más Estado, propiedad comunal y colectivismo. 

La conclusión es que, en España, las distintas formas de intervencionismo de derechas y de izquierdas se han experimentado sin éxito. Lo único inédito es el liberalismo. Y Enrique de Diego apuesta claramente por su introducción. Sólo la fórmula de la sociedad abierta, pensando la so­ciedad desde el individuo y el Estado desde la sociedad, puede considerarse hoy capaz de ofrecer las soluciones a los graves problemas del momento y del próximo futuro. Tras años de estatismo, la situación reclama la solución liberal. Pero, puesto que son las ideas las que a la postre gobiernan, esta so­ lución no podrá ser implantada por ningún político sin antes privatizar las mentes de los ciudadanos. 

Tal es el mensaje de este libro que, decididamente, recomiendo. Resultará difícil al lector mantenerse indiferente ante los retos intelectuales que se lanzan en las páginas que siguen. Son, en cualquier caso, fundamentales en el horizonte del tercer milenio hacia el que nos en­ caminamos. Son los jóvenes los que habrán de definir ese futuro. 
El Estado ha invadido nuestras vidas, nuestras escuelas y por ende ha estatalizado el pensamiento. Por ello, la espada con la que la alternativa liberal será capaz de cortar el nudo gordiano del fracaso intervencionista es precisamente: priva­tizar las mentes.
Rafael Termes Madrid, enero 1996

Introducción

Desde la estatalización de las mentes a los estertores del mundo socialista « Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes, y en ningún caso constituye obstáculo la pobreza... La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los actos de nuestro vecino, dejándolo que siga su propia senda... Pero esta libertad no significa que quedemos al margen de las leyes. A todos se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y a las leyes. y a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles. Y también se nos enseña a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción sólo reside en el sentimiento universal de lo que es justo...

Nuestra ciudad tiene las puertas abiertas al mundo; jamás expulsamos a un extranjero... Somos libres de vivir a nuestro antojo y, no obstante, siempre estamos dispuestos a enfrentar cualquier peligro... Amamos la belleza sin dejarnos llevar de las fantasías, y si bien tratamos de perfeccionar nuestro intelecto, esto no debilita nuestra voluntad... Admitir la propia pobreza no tiene entre nosotros nada de ver que sí consideramos vergonzoso es no hacer ningún esfuerzo por evitarla. 

El ciudadano ateniense no descuida los nego­cios públicos por atender sus asuntos privados... No consideramos inofen­sivos, sino inútiles, a aquellos que no se interesan por el estado; y si bien sólo unos pocos pueden dar origen a una política, todos nosotros somos incapaces de juzgarla. No consideramos la discusión como un obstáculo colocado en el camino de la acción política, sino como un preliminar indis­pensable para actuar prudentemente... 
Creemos que la felicidad es el fruto de la libertad y la libertad, el del valor, y no nos amedrentemos ante el peligro de la guerra... 

Resumiendo: sostengo que Atenas es la Escuela de la Hélade y que todo individuo ateniense alcanza en su madurez una feliz versatilidad, una excelente disposición para las emergencias y una gran confianza en sí mismo».

viernes, 26 de diciembre de 2025

ÉMILE DURKHEIM: EL DERECHO COMO FENÓMENO SOCIAL


El derecho como fenómeno social: 
Émile Durkheim

Para Émile Durkheim, el derecho no es solo un conjunto de normas impuestas, sino una manifestación visible de la moral colectiva que rige una sociedad. 
En su sociología, el derecho refleja la solidaridad social: en las sociedades primitivas, predominan las leyes represivas que castigan la ruptura de la cohesión; en las modernas, el derecho se vuelve restitutivo, orientado a mantener el equilibrio funcional entre individuos y grupos. Así, el derecho actúa como un espejo del tipo de vínculo social que une a las personas, siendo un indicador del grado de evolución moral y estructural de una comunidad.
Para Émile Durkheim, el derecho es el indicador objetivo y visible de la solidaridad social y un hecho social que expresa la conciencia colectiva y las normas morales de una sociedad. No es simplemente un conjunto de reglas impuestas, sino un fenómeno social que refleja y refuerza los lazos que unen a los individuos en una comunidad.

El Derecho como Hecho Social

Durkheim define los hechos sociales como "maneras de obrar, de pensar y de sentir, externas al individuo y dotadas de un poder coercitivo en cuya virtud se impone a él". 

El derecho cumple con estos criterios: 
  • Exterioridad: Las leyes existen fuera del individuo y le son impuestas, independientemente de su voluntad personal.
  • Coerción: El incumplimiento de las normas jurídicas conlleva sanciones formales y externas, garantizando el orden y la armonía social.
  • Generalidad: El derecho es general en una sociedad y tiene una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales.
El Derecho como Reflejo de la Solidaridad Social

En su obra fundamental La división del trabajo social, Durkheim utiliza el derecho como herramienta empírica para estudiar los diferentes tipos de solidaridad que cohesionan a las sociedades en distintas etapas de desarrollo:

Solidaridad Mecánica (sociedades primitivas/tradicionales): 
  • Prevalece en sociedades con poca división del trabajo y una fuerte conciencia colectiva.
  • El derecho predominante es el derecho represivo (penal). Su función es castigar los delitos, que son vistos como ofensas directas a la moral común y, por tanto, a la conciencia colectiva. La severidad de las penas sirve para reforzar la moral compartida y la cohesión social.
Solidaridad Orgánica (sociedades modernas/industriales):

Emerge con la creciente especialización y diferenciación de funciones (división del trabajo).
El tipo de derecho predominante pasa a ser el derecho restitutivo (civil, comercial, administrativo). Este derecho no busca castigar, sino restablecer el equilibrio y regular las interacciones y contratos entre individuos interdependientes. La cohesión se basa en la necesidad mutua de los diferentes roles especializados, más que en una moralidad común y uniforme.

Función Social del Derecho

Para Durkheim, la función esencial del derecho es el control social y la integración. El sistema legal formaliza las normas sociales y ayuda a mantener el orden social y la cohesión. Cuando estos lazos morales y jurídicos se debilitan (por ejemplo, debido a cambios sociales rápidos y la consecuente desregulación), la sociedad puede caer en un estado de anomia (falta de normas), lo que Durkheim consideraba patológico.

En resumen, Durkheim no ve el derecho como una simple herramienta estatal, sino como un elemento vital y observable de la vida social que revela la naturaleza de los lazos que unen a las personas.