EL Rincón de Yanka: RECONOCER

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martes, 9 de junio de 2026

LIBRO "VIEJOS Y NUEVOS MUNDOS": 🌍🌎 AMÉRICA Y SU DUALIDAD por MARIANO PICÓN SALAS

 

El escritor merideño Mariano Picón Salas, analizó el devenir del continente americano y la dualidad identitaria que ha llenado las páginas de nuestra historia. Entendió como pocos, que el estudio del pasado es vital para avanzar como sociedad, viendo más allá de las acostumbradas tergiversaciones ideológicas de indigenistas e hispanistas radicales, cuya dicotomía genera un debate estéril que en nada contribuye a la construcción de una identidad firme y coherente.

Mariano Picón Salas: 
Historia útil para tiempos de coyuntura


MARIANO PICÓN SALES, fundador de la Revista Nacional de Cultura y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, Mariano Picón Salas es uno de esos escritores nacionales que todo venezolano y latinoamericano debería leer.


Guillermo Sucre, en el prólogo a una edición recopilatoria de Biblioteca Ayacucho (esa joya del pensamiento latinoamericano que fue posible gracias a la iniciativa de Carlos Andrés Pérez), titulada "Viejos y Nuevos Mundos", ya señalaba algunas de las implicaciones en la manera de escribir e historiar de Picón Salas. Con respecto a su decisión de suprimir los textos publicados antes de 1938 en una edición de sus Obras selectas en 1958, justificada en la observación de un abuso del “yo” en estos, Sucre desarrolla la opinión de que lo que le ocurre escritural y vitalmente a Picón Salas es un alejamiento de ese “yoísmo” inicial para dar paso a la persona. No se trata solamente, aclara, de un recurso estilístico (el uso del “nosotros” en lugar de “yo”), sino del nacimiento de un “sujeto imaginario” que para Sucre se encuentra en las “creaciones auténticas”, “en las que se borran los límites entre realidad e invención”. El viaje de la vida se torna también la aventura del descubrimiento y desciframiento de América. Su obra es la vida en su Mérida natal, la remota Caracas de comienzos de siglo XX, su exilio en Chile y Chile mismo, Perú, Brasil, Estados Unidos, México, Checoslovaquia, países desde los que observaba o participaba en el devenir político de su patria mientras los descubre y se descubre en ellos. En esa aventura de doble descubrimiento, el de los rostros que pululan por las ciudades y el de sí mismo como latinoamericano, y más aún como venezolano merideño, hay una correspondencia directa con su acercamiento a la Historia.

Para Salas, había que “ver, más allá de la Historia externa y de las fórmulas frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que Don Miguel de Unamuno llamaba la intrahistoria, el oculto y replegado meollo de los hechos”, lo cual es, según él, “la tarea sutilísima del historiador”. Es decir, la Historia es también la vida de todos los días y no sólo (e)vocación libresca; una necesidad humana primordial, algo útil, esencial:

“Tanto como una fuente escrita son testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares de cultura, los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra con sus datos para aclararnos problemas e interrogantes de cada día; que no sea tan sólo el tema del discurso heroico sino la propia vida y el repertorio de formas de la comunidad”. De este modo recomienda “completar siempre la Venezuela ya escrita en los Archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador, el auténtico baquiano de la patria, descubre en un diálogo campesino, en una canción popular, en una de esas casas de provincia donde parece haberse detenido el tiempo”.

Es de este modo que en una de las bellas páginas de Comprensión de Venezuela Salas atrapa un fragmento del alma caraqueña. Teniendo en mente los momentos compartidos con su amigo Pedro Emilio Coll, escribe:
“Dentro de lo que puede llamarse nuestra tradición literaria, la auténtica nota caraqueña ─pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa de la Parra─ no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso, sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo estruendo como las nieblas del monte Ávila templan desde el mediodía, la abierta y regocijada luz de este valle. El alma frecuentemente extrovertida del hombre costero y la seria intraversión de nuestro hombre serrano, parecen armonizarse en este clima medio, en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño. Aunque la inmigración Antillana y el descuido de la escuela en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes, están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y estos hallazgos del habla vernácula; casi lo que llamaríamos el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos; ese arte de evitarse todo un discurso de Sociología con una anécdota reveladora, constituía, en gran parte, el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll”.
La Historia no se puede comprender en su totalidad a través de los libros. Una enorme cantidad se escapa al historiador en la tradición oral, en el compartir con las personas que van tejiendo esas intrahistorias que la componen. Lo mismo nos mostraba José Rafael Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia: una historia siempre presente y viva en su extraordinaria experiencia.
Ahora bien, ¿para quién escribió la Historia Picón Salas? Directamente a nosotros, lectores del siglo XXI. En un momento tan desalentador como este, me parece más que oportuno citar y divulgar largamente estas palabras:

“Quizás los estallidos que frente a la voluntad de orden democrático siempre se produjeron en el país, sea también un sutil y complicado problema de cultura colectiva. En 150 años de vida independiente no hemos podido aprender todavía el buen juego de la política como se puede practicar en Inglaterra o en los países escandinavos. Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizaron en un solo ‘slogan’ y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. Hay que sacar a muchas gentes de las pobres fórmulas abstractas que mascullan con odio y sin análisis, para que por un proceso fenomenológico (tan característico del pensamiento contemporáneo) definan el hecho y la circunstancia concreta. Hay que acercar nuestra Cultura no sólo al siglo XX ─que ya está bastante canoso─ sino al siglo próximo que emerge en la inmediata lejanía, con sus promontorios y cordilleras de problemas. Contra la idea de una catástrofe y una retaliación universal donde la sangre del hombre sería el combustible revolucionario, brota también de nuestra época una más humana esperanza. La Ciencia, La Técnica y sobre todo el fortalecimiento de la conciencia moral, puede ayudarnos a ganar las nuevas batallas y aventuras del hombre sin necesidad de ‘paredones’ y guillotinas. 

En un país como el nuestro, ya no sólo 8 millones de venezolanos que debemos ser en el momento, sino los muchos que seremos en el año 2000, podrían vivir en concordia, seguridad y justicia si nos dedicamos a la seria tarea de valorizar nuestro territorio; si trabajamos y estudiamos de veras, si aquel igualitarismo social que proclamó hace ya cien años la guerra federal se realiza en la educación para todos, en la equilibrada redistribución de la renta pública; en salvar por medio de la renta y de la seguridad social los tremendos desniveles de fortuna. Y sentir lo venezolano no sólo en la Historia remota y el justo respeto por los próceres que duermen en el panteón, sino como vivo sentimiento de comunidad, como la empresa que nos hermana a todos. El venezolanismo de nuestros hombres ejemplares ─de Bolívar, de Miranda, de Bello, de Simón Rodríguez, de Fermín Toro─ tampoco se quedó enclavado a la sombra del campanario, sino salió a buscar en los libros, las instituciones y caminos del mundo, cómo enriquecerse y aprender de la humanidad entera.

El país es hermoso y promisorio, y vale la pena que los venezolanos lo atendamos más, que asociemos a su nombre y a su esperanza nuestra inmediata utopía de concordia y felicidad”.

Este mensaje de vida y esperanza, como hubiese dicho Rubén Darío, nos sirve también para reconocer a aquellos que con sus antítesis históricas nos han llevado a la retaliación (nunca mejor dicho) en la que estamos. Ya señalaba Salas: 

“El engrandecimiento y tecnificación del país debe hacerse aun por encima de las guerras políticas y colisiones de credos e ideologías que tornaron tan áspera la Historia Universal de los últimos años”. Y el chavismo no se ha cansado de enrojecer al Estado venezolano, rechazando así a una inmensa cantidad de gente apta y con un gran amor por el país (a contracorriente de la supuesta verdad que ellos se inventan). Además, como veremos de inmediato, ha hecho tediosa y exactamente lo contrario a lo que Salas aconsejaba: 
“Conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente, en consigna política”.

Ociel Alí López, en su libro "Dale más gasolina" (publicado en 2015 por la Casa Bello) ha comparado las “hordas” chavistas con esa masa de desposeídos que, como señala Orlando Araujo, se mantuvieron en su condición después de la Guerra de Independencia y más tarde se sublevaron durante la Guerra Federal con el mismo resultado (pero esta vez dejando al país arruinado, como ahora). López también retoma otros antecedentes de odio similares, como este de Boves:

“El éxodo a oriente de 1814, es una de las máximas representaciones del terror. Pero más recientemente, el petróleo terminó de impulsar al pueblo en retaguardia a tomar las ciudades que permanecían en manos blancas y urbanizadas.

Lo que presentamos a continuación es un intento de construir otro enfoque para entender nuestra historia. La guerra interminable seguirá, pero ahora en los espacios que los europeos creían ‘pacificados’. Justo allí sale un zambo, vengador anónimo, que roba, secuestra y mata a decir de Humboltd. Caracas y las ciudades de calma terminan siendo ‘ciudades de despedida’”.

De ese espíritu de igualitarismo del que hablaba Salas al mencionar este surgimiento militar en los llanos venezolanos, López hace la fuente de un devastador resentimiento, con el cual justifica la violencia social que anualmente arrasa con la vida de miles de venezolanos de todas las clases sociales. Si esta es la escritura chavista, entonces el chavismo es toda esa abstracción que Salas advertía. Basándose en sus lecturas de Gramsci, de Baudrillard, etc., López quiere justificar hechos injustificables; en pocas palabras, celebrar el crimen y la violencia. Y lo hace destrozando ese pacto social que Salas llamaba “la conciencia de nuestro mestizaje conciliador”. Es la antítesis histórica de la cual debe surgir una tesis de país futuro y convivial.

Contra el pesimismo y la celebración de la anomia, Salas dejaba unas palabras desde las cuales valdría la pena pensar este hilo histórico en su relación al chavismo, la coyuntura actual y, por lo tanto, con su propia manera de entender la apropiación del pasado:

“La Historia no puede interpretarse sólo como antítesis, como alternancia de gloria y miseria, de premio o de castigo. El hecho histórico tiene una vibración infinitamente más amplia que la que le impone nuestro subjetivismo romántico. Y ver, por ejemplo, en Venezuela una época grandiosa y dorada a la que se opone en claroscuro una época negra, es una forma de ilusión, una metáfora. La turbulencia y la ilegalidad violenta de todo un período de nuestra historia no significa para nosotros, ninguna inferioridad específica en relación con cualquier pueblo americano o europeo, sino una explicable etapa de nuestro proceso social. Y aún podemos preguntarnos si esas revueltas que retardaron nuestro avance material no contribuyeron, desde cierto punto de vista, a solucionar o cuando menos a precipitar, la solución de otros problemas que sin ellas gravarían o complicarían más la vida venezolana”.

VER+:



Viejos y Nuevos mundos - MarianoPiconSalas.pdf by Deiller Leandro


lunes, 11 de mayo de 2026

CONOZCA, ¿QUIÉN ES EL GRAN ENEMIGO DE VENEZUELA? 💩


¿CUÁL ES EL GRAN ENEMIGO
DE LOS VENEZOLANOS?


«La SOCIEDAD VENEZOLANA es terriblemente ignorante, emocionalista, irresponsable y sin la capacidad de razonar y accionar por sí misma». 
Y es que HISTÓRICAMENTE la SOCIEDAD VENEZOLANA ha sido culpable de su propio fracaso. El mismo Bolívar comenzó a ver con profunda decepción y frustración que enfrentaba a una fuerza mayor y más destructiva que el mismo ejército del Imperio español: 

*«...un PUEBLO IGNORANTE es instrumento ciego de su propia destrucción»* 

Su preocupación central era que, tras lograr la independencia militar de España, el pueblo no supiera gestionar su propia libertad. Argumentaba que un pueblo que no conoce sus derechos ni sus deberes es fácilmente manipulable por tiranos o demagogos. Bolívar temía que ese "vicio" de la obediencia ciega se trasladara a los nuevos gobiernos republicanos, donde la gente podría seguir a líderes autoritarios simplemente por no tener un criterio propio. 

Y HOY, 207 años después de que Bolívar pronunciara esas palabras, no solamente siguen en vigencia, sino que además confirman la RAIZ de nuestros males: 

"SOMOS UN PUEBLO IGNORANTE" 

El mayor enemigo es justamente esa IDIOSINCRASIA, esa "VIVEZA", esa "masa amorfa, sin ideología, principios, sin orden ni consciencia propia" que tiene la capacidad de sufragar: EL PUEBLO. 
Y es que sería A TRAVÉS DEL VOTO que la misma SOCIEDAD VENEZOLANA se pondría una pistola en la frente. Es que si Chávez no hubiera nacido, la SOCIEDAD VENEZOLANA, igual se lo inventa. 

LA MALDICIÓN DEL IGNORANTE 

Y el problema NO es que SOMOS IGNORANTES, el problema es que NO LO QUEREMOS RECONOCER... 
NO solo se trata de que en 1999 LA SOCIEDAD VENEZOLANA votó por Hugo Chávez fuese presidente, sino que se trata también que durante los siguientes 27 años contribuyó a que permaneciera en el poder. Porque no hay nadie más fácil de manipular y engañar que UN IGNORANTE. 
Y en Venezuela los IGNORANTES no solo están en los barrios, no solo es la gente humilde de los estratos bajos. Hay también muchos IGNORANTES de clase alta con Maestrías y Postgrados. 

EL CICLO DE LOS 6 AÑOS 

Dicen que: "El que NO aprende de sus errores ESTÁ CONDENADO A REPETIRLOS". Nosotros cometíamos LOS MISMOS ERRORES cada seis años: 
  • Se levanta un "líder opositor" que promete que, participando en un proceso electoral, se desplazará al Chavismo del poder.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA lo apoya irrestrictamente: Sin críticas, sin cuestionamientos de ningún tipo, de forma masiva y contundente.  
  • Se va a unas ELECCIONES, a pesar de que el Chavismo controla el tablero, pone las fichas, y dicta las normas del juego.  
  • El Resultado es obvio: El Chavismo "gana" las elecciones.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA sale a las calles a reclamar, se manifiesta, hay revueltas y protestas.  
  • El líder opositor derrotado convence a la SOCIEDAD VENEZOLANA que regrese a sus hogares. Se luchará en otros ámbitos.  
  • La Oposición se sienta a "negociar" con el Régimen.  
  • Se adormece a la SOCIEDAD VENEZOLANA hasta que se necesite para un NUEVO PROCESO ELECTORAL, donde se levantará un nuevo "Líder Opositor" que reiniciará el Ciclo.  
*¿CUÁL ES EL COSTO DE LA IGNORANCIA?* 

Este es el resumen de lo que nos ha dejado CADA CICLO por 27 años: 

*Detenciones*: Más de 18,980 personas detenidas por motivos políticos. La mayoría sufrió torturas y tratos crueles con secuelas físicas y psicológicas permanentes. 
*Asesinados*: Más de 280 fallecidos documentados en el contexto de manifestaciones masivas. 
*Exiliados y migrantes*: 7.9 millones de personas han salido de Venezuela hasta la fecha (cifra oficial de la plataforma R4V) Pero son muchísimos venezolanos más sin registro. 

¿Y SI LO HACEMOS A "LA AMERICANA"? 

Por primera vez en 27 años SE ROMPIÓ EL CICLO: El 03 de Enero una variable inesperada golpeó la mesa y derribó el tablero.  
  • Se sometió al RÉGIMEN.  
  • Se apartó a la FALSA OPOSICIÓN.  
  • Se tutela a la SOCIEDAD VENEZOLANA. 
¿Será que esta vez NO lo arruinaremos?

Somos lo que somos PORQUE FUIMOS lo que fuimos.
Y estamos como estamos, porque somos como somos.
No somos capaces de ver la realidad de nuestra realidad.
Nuestra "VIVEZA" es nuestra "TORPEZA".

27 años Bailando: Daniel Lara Farías



DES-CHAVITIZAR VENEZUELA


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?




No es un carrusel para generar división. Es un recordatorio de una historia que millones vivimos en carne propia.

📍1998 – El inicio del chavismo.
🌧️ 1999 – La tragedia de Vargas.
⚖️ 2002–2003 – Golpe de Estado y paro petrolero.
💸 2013–2019 – Hiperinflación.
✊ 2014, 2017 y 2019 – Protestas nacionales.
🛒💊 2016–2021 – Escasez de alimentos y medicinas.
⚫ 2019 – El apagón nacional.
🧳 Más de 7 millones de venezolanos obligados a emigrar.
🗳️ Las elecciones que millones consideran les arrebataron la esperanza de un cambio.
🌎 2026 – Los terremotos que golpearon a Venezuela.

Y aun así… seguimos de pie.

Cada crisis nos cambió. Cada despedida nos hizo más fuertes. Cada obstáculo nos enseñó a reinventarnos.

Ser venezolano es llevar cicatrices que no siempre se ven, pero también una capacidad inmensa para levantarse una y otra vez. 💛💙❤️

A todos los que siguen en Venezuela y a quienes hemos tenido que empezar de cero lejos de casa: este también es nuestro homenaje.

Que nunca olvidemos de dónde venimos y que nunca perdamos la esperanza de volver a ver una Venezuela libre, segura y llena de oportunidades. 🇻🇪❤️

VER+:

📕 LIBRO "NO VALE, YO NO CREO" 
DE AGUSTÍN BLANCO MUÑOZ 
Y EL OPTIMISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO 😇











martes, 10 de marzo de 2026

LIBRO "MASONISMO Y CATOLICISMO": PARALELOS ENTRE LA DOCTRINA DE LAS LOGIAS Y LA DE NUESTRA SANTA IGLESIA por FÉLIX SARDÁ Y SALVANY


Masonismo y Catolicismo: 
Paralelos entre la doctrina de las logias 
y la de nuestra Santa Iglesia


¿Es posible conciliar la fe católica con los principios de la masonería?

En esta obra fundamental, el insigne Don Félix Sardá y Salvany —autor del célebre El liberalismo es pecado— realiza un análisis magistral y profundo sobre la incompatibilidad absoluta entre la Iglesia Católica y la Masonería. Escrito con la precisión de un teólogo y la pasión de un centinela de la fe, este libro no es solo un documento histórico, sino una profecía cumplida que resuena con una fuerza vibrante en nuestros días.
¿Qué descubrirás en este libro? Sardá y Salvany explica que el peligro no reside solo en las logias secretas, sino en el "Masonismo": esa atmósfera intelectual y errores difusos que han penetrado en las leyes, la enseñanza y la sociedad actual.
Un paralelismo detallado entre la verdad revelada por la Iglesia y el naturalismo racionalista que intenta sustituir a Dios por el hombre.
El autor desenmascara cómo la "secta materialmente organizada" busca socavar los cimientos de la civilización cristiana, ofreciendo al lector las herramientas intelectuales para identificar y combatir estos errores.
Incluye referencias a las advertencias de los Romanos Pontífices y un llamado a la caridad intelectual para iluminar a los descarriados.

¿Por qué leerlo hoy?

A pesar de haber sido publicado originalmente en 1885, este texto conserva una actualidad sorprendente. Es una lectura imprescindible para seminaristas, estudiosos de la doctrina social de la Iglesia y cualquier católico que desee comprender las raíces de la crisis de valores en la modernidad.
Recupera la claridad doctrinal y fortalece tu fe con un clásico de la apologética española.

Hemos decidido rescatar esta obra del gran Don Félix Sardá y Salvany porque constituye una «imperiosa necesidad de caridad intelectual». Vivimos en tiempos de una confusión absoluta, y este libro, aunque escrito en 1885, conserva la «fuerza vibrante de una profecía cumplida». Sardá y Salvany no fue solo un sacerdote de pluma afilada, sino un «centinela» que supo identificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras. Republicarlo es ofrecer un bálsamo de claridad en un mundo que agoniza por falta de certezas, donde todo se presenta como opinable, y relativo.
Es un texto que, a pesar de su antigüedad, resulta «sobrecogedor» por su actualidad permanente. Muchos católicos hoy desconocen la profundidad doctrinal de este ataque masónico, y por ello rescatar estas páginas es devolver a la luz una herramienta de combate espiritual que se creía olvidada.

¿Cuál es la diferencia entre Masonería y Masonismo?

Esta es la «distinción magistral» del libro. La Masonería es la secta materialmente organizada, con sus logias y ritos. El Masonismo, en cambio, es la «irradiación difusa de sus errores en la sociedad». Es la atmósfera intelectual, la «Revolución mansa» o el «catolicismo liberal» que busca convivir con el enemigo sin irritarle. Se puede ser «masonizante» sin haber pisado nunca una logia.
Porque el peligro real no está solo en los que conspiran con mandil, sino en el veneno de sus ideas. El Masonismo busca sustituir el orden sobrenatural por el «naturalismo puro». Esta oposición es radical: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora con el reino de las sombras. No hay término medio.
Su vigencia es total porque nos ofrece un «Decálogo antirrevolucionario». Merece la pena leerlo para no ser «espíritus tibios» y aprender a combatir. En estas páginas se juega no solo la salvación de las almas, sino el destino de la civilización occidental.

PRÓLOGO

El Masonismo, 
cáncer de la modernidad y eclipse de la verdad

Constituye una imperiosa necesidad de caridad intelectual, presentar estas páginas del insigne Don Félix Sardá y Salvany. Un texto que, a pesar de haber sido escrito en el siglo XIX, conserva la fuerza vibrante de una profecía cum­plida. Sardá y Salvany no fue solo un valiente y culto sacerdote de pluma afilada, sino un centinela que, desde la torre de la Revista Popular, supo iden­tificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras de las logias y los salones del liberalismo.

El elemento principal que el lector encontrará en este libro es una distin­ción magistral, necesaria hoy más que nunca: la diferencia entre la Maso­nería, esto es, la secta materialmente organizada, y el Masonismo, que es la irradiación difusa de sus errores en la sociedad. Sardá y Salvany nos advierte de que el peligro no reside únicamente en aquellos que, con el mandil de la escuadra y el compás, conspiran en el secreto de una logia. 

El verdadero triunfo de la «secta infernal» -como él la llama acertadamente- es el Ma­sonismo. Es decir, esa atmósfera intelectual que ha envenenado las leyes, la enseñanza, la beneficencia y hasta a la misma jerarquía de la Iglesia. Se trata de la «Revolución mansa» o el «Catolicismo liberal», que es esa parodia de fe que busca convivir pacíficamente con el enemigo sin irritarle, trasmutando un inicial oportunismo en un conclusivo servilismo. De ahí que la actuali­dad permanente de esta obra sea sobrecogedora por tres motivos que paso a señalar:

El naturalismo Imperante. La Masonería no busca solo destruir edifi­cios, sino sustituir el orden sobrenatural por el naturalismo puro. En nues­tros días, esta agenda se manifiesta en el laicismo agresivo que ha expulsado a Dios de la vida pública, como una reliquia de un oscuro pasado ya feliz­ mente superado.

La infiltración en el pensamiento católico: Sardá señala la «Revolución mansa». Hoy buena parte de quienes se autoperciben como católicos, obis­pos y cardenales incluidos, abrazan las máximas masónicas de un huma­nismo sin Cristo, una fraternidad universal sin Padre común y una libertad religiosa que es, en realidad, la indiferencia relativista ante el error.
La organización del Anticristo. El autor describe a la Masonería como el «Anticristo organizado». Si en 1885 las estadísticas de logias ya eran alar­mantes, hoy esa red de influencia ha mutado en organismos globalistas que legislan contra la ley natural, la vida y la familia, cumpliendo paso a paso el diseño satánico.

Como todos los de Sardá, este libro no es para espíritus tibios. Puede considerarse como un «Decálogo antirrevolucionario», que nos recuerda que «nunca es mejor tiempo de combatir que cuando hay enemigos que presen­ ten el combate». 
Siguiendo el ejemplo de León XIII en su encíclica Humanum Genus, Sardá y Salvany nos insta a «desenmascarar» a la secta, a no tener miedo de ser llamados «intransigentes» y «reaccionarios» por defender la Verdad subsistente que es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En un mundo que agoniza por falta de certezas, estas páginas son un bálsamo de claridad. No se puede servir a dos señores: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora, por acción u omisión, con el reino de las sombras. 

Lea el lector con atención, pues aquí se juega no solo la salvación de las almas, sino también el destino de las naciones y, en definitiva de la entera civilización oc­cidental a la que dio a luz la Iglesia durante la Cristiandad medieval.

P. Gabriel Calvo Zarraute

Masonismo y Catolicismo - D. Félix Sardá y Salvany by Yanka


viernes, 27 de febrero de 2026

LIBRO "LA CULPA ES NUESTRA": Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España por BENITO ARRUÑADA

 


LA CULPA ES NUESTRA
Cómo las preferencias ciudadanas 
frenan las reformas en España


Este libro parte de una tesis incómoda: nuestras instituciones no fallan solo por culpa de políticos, élites o leyes, sino porque reflejan nuestras propias preferencias, a menudo mal informadas, contradictorias e incoherentes.
La culpa es nuestra no busca culpables fáciles ni se entrega a la denuncia moral, sino a la comprensión. Con rigor y claridad, muestra cómo nuestras decisiones colectivas —como votantes, ciudadanos y consumidores— alimentan el mismo sistema que después criticamos.
Con un estilo incisivo pero sereno, Benito Arruñada examina los mecanismos que explican el estancamiento español: desde la educación y la vivienda hasta la organización territorial y la cultura política. Frente a la comodidad de culpar a otros, propone una salida exigente pero realista: una ciudadanía mejor informada, más responsable y menos crédula ante promesas mágicas.
Estas páginas no invitan a la resignación, sino a ser adultos y recuperar la iniciativa. Porque si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

«Los antiguos decían que cuando los dioses nos eran favorables ignoraban nuestros deseos y cuando querían castigarnos los cumplían. De igual modo, los españoles expresamos preferencias que los políticos procuran cumplir con resultados insatisfactorios. Este libro perspicaz y minucioso analiza por qué exigimos al Estado lo que nos frustra y luego le culpamos por dárnoslo». Fernando Savater

INTRODUCCIÓN

¿QUIÉN TIENE LA CULPA DE NUESTROS MALES?

Es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites. Este libro defiende que esa atribución es simplista. Muchos problemas sociales derivan menos de la incompetencia o el egoísmo de unos pocos que de la interacción entre preferencias ciudadanas y decisiones políticas. Además, atribuir una responsabilidad excesiva a las élites conduce a buscar soluciones equivocadas que, lejos de resolver los problemas, suelen agravarlos. 

Para ir más allá de ese señalamiento fácil, basta con reconocer que buena parte del problema no reside tanto en los políticos o en las instituciones con las que los elegimos, sino en la racional ignorancia y el propio interés de los ciudadanos. Más exactamente: no solo fallan las instituciones encargadas de transmitir las preferencias de la ciudadanía, sino también aquellas destinadas a conformarlas, darles coherencia y hacer visibles las consecuencias de su puesta en práctica. De hecho, según revelan las encuestas de opinión, las decisiones de los gobernantes se ajustan a las preferencias que manifiesta la mayoría. Somos los europeos más partidarios de que el Estado controle la economía, resuelva nuestros problemas e imponga una fiscalidad redistributiva, al tiempo que nos resistimos a cualquier recorte significativo del gasto público o la liberalización efectiva del mercado laboral. Es cierto que nuestros políticos siguen sin contener el déficit público y que las propuestas electorales de todos los partidos tienden a aumentarlo. También es cierto que, incluso para niveles medios de renta, imponen una escala de tipos impositivos tan desincentivadora como la del actual IRPF, o que mantienen una regulación laboral de las más restrictivas de Europa. Por supuesto, al tomar esas decisiones, los políticos responden a su propio interés, pero también obedecen fielmente a nuestras preferencias. 

Lo grave es que esa correspondencia no asegura que se cumplan nuestros deseos. Al contrario: son precisamente esas políticas las que nos impiden alcanzarlos. Sucede que, si bien los políticos ponen en pie los medios que queremos, esos medios son a menudo contrarios a nuestros fines últimos. Pero la responsabilidad no es solo del gobernante que aplica las políticas, sino también del ciudadano que las demanda, y ello por varios motivos. Sobre todo, por la contradicción entre los deseos últimos de bienestar del ciudadano y los medios que permite adoptar a sus representantes políticos. Asimismo, por el tipo de político que prefiere como gobernante. Como tiende a elegirlo más por afinidad que por competencia, no es de esperar que ese político, tan lleno de ideología como escaso de conocimiento, aporte gran racionalidad a las tareas de gobierno. 

La contradicción entre fines y medios y la afinidad emocional al elegir líderes enlazan con una incoherencia más profunda. Los sondeos de opinión también muestran que, a la vez que nos permitimos ser muy críticos con nuestros políticos e instituciones, los españoles somos los europeos que menos nos molestamos en informarnos. Además, decimos odiar mucho la corrupción o la injusticia de indultos y amnistías, pero ni siquiera dejamos de votar a los políticos de nuestro partido «de siempre» cuando demuestran ser corruptos o mentirosos, ni siquiera cuando incumplen de manera flagrante sus promesas electorales. Tanto es así que muchos observadores llegaron a considerar una heroicidad el que algún escritor confesara sentirse frustrado porque las políticas adoptadas por su partido favorito tras las elecciones generales del 23 de julio de 2023 eran opuestas a las que había prometido durante la campaña electoral. Ello a pesar de que esa frustración no le llevaba más que a prometer votar en blanco, con la incongruente excusa de que toda la clase política es irresponsable. Como suele suceder, solo exigía responsabilidad a los demás. 

El ejemplo ilustra un patrón más amplio. Cuando no desdeñamos la política, más que como ciudadanos, nos comportamos como forofos. Parece que nuestro enojo solo se manifiesta cuando la política no puede darnos el consumo al que aspiramos. Queremos reformas, pero si duelen solo a los demás. Y puestos a elegir, ninguna opción política real satisface nuestros deseos. No es casual que nuestras respuestas a las crisis suelan ser tardías e incompletas, como sucedió en las de 1957, 1973, 2008 o 2020. Pese a que en cada una de esas ocasiones las instituciones políticas eran muy distintas, las respuestas fueron similares: reaccionamos cuando no quedaba otro remedio, a medias y con marcha atrás. 

Si estoy en lo cierto, sería superficial responsabilizar únicamente a los políticos, a las élites o a las instituciones. Es más, sería un error, pues cambiar a los políticos no tiene efecto alguno si se mantienen los mismos incentivos, que constituyen, en última instancia, el núcleo de las instituciones. Pero, aunque cambiar los incentivos sea fácil, mejorarlos es difícil. Por eso, reformar las instituciones, aunque costoso, no asegura obtener buenos resultados. Tampoco conviene confiar en remedios simples, como el mero cambio de líder o de partido gobernante. Ni siquiera en modificaciones estructurales del sistema de representación, como, por ejemplo, el pasar de un sistema proporcional a uno mayoritario. Menos aún depositar esperanzas en elegirlos dentro de un eventual Estado independiente, como algunos pretendían para Cataluña, llevándola así, por un falso idealismo desnortado, a mostrarse más española que nadie. 

Por este motivo, es erróneo exonerar a las masas, como hacen los planteamientos maniqueos, tanto populistas como intelectuales. En realidad, sus miembros somos igual de «extractivos» que las élites: el fraude no campea solo en la fiscalidad de las grandes fortunas (por desgracia, no tan grandes y más bien escasas), sino también —y, quizá, sobre todo— en los pequeños pero mucho más numerosos fraudes de la economía sumergida y las prestaciones sociales. 

Por si fuera poco, sucede que las masas solemos ser más «disipadoras» porque nuestra corrupción no solo redistribuye rentas, sino que en buena medida las dilapida, pues gastamos y hacemos gastar muchos recursos para capturarlas. Por ejemplo, el que quizá haya sido nuestro mayor derroche, la desproporcionada inversión en obras públicas, contó durante décadas con apoyo general de la ciudadanía y parece bastante claro que, más que distribuir rentas, las ha malgastado, sin prever los costes de mantenimiento, cuyo déficit comienza ya a notarse. Así es que, averías mediante, seguimos viajando felices en alta velocidad, aunque la mayoría de los viajeros no tenga prisa alguna, como revela el que muchos de ellos estén ya en la estación una hora antes de la salida, permanezcan inmóviles sin caminar en los pasillos rodantes y algunos incluso hayan tardado más en llegar a la estación que en recorrer su trayecto en tren. Pero el AVE sigue contando con apoyo mayoritario gracias a que el coste de su construcción sigue oculto y no se refleja plenamente en el precio de los billetes y a que la mayoría de los viajeros rehúsa hacer esfuerzo alguno para verlo. Al usuario de AVE le cuesta creer que este sea un derroche, por mucho que las evaluaciones coincidan en afirmar que el coste social de la red de alta velocidad excede sus beneficios (AIReF, 2020b). Tenemos la red más densa pero menos utilizada del mundo. La última vez que, años ha, Ciudadanos discutió la posibilidad de racionalizar las inversiones reculó enseguida, tras constatar cómo empezaba a perder votos en varias regiones y sin que aumentaran sus votos en las demás. 

Por lo común de este tipo de espejismo presupuestario, me temo que tanto la reforma como (aún más) la ruptura con las instituciones representativas —las que se limitan a «transmitir» nuestras preferencias— están condenadas, si no a fracasar, al menos a defraudar las expectativas y ser insuficientes. Nuestros procesos colectivos de decisión no fallan principalmente porque los mecanismos de transmisión sean defectuosos, sino porque nuestras preferencias se forman mal y resultan incoherentes. Lo queremos todo sin aportar nada. En particular, lo queremos todo del Estado sin cooperar en su vigilancia y control, y menos aún en su mantenimiento. 

En estas condiciones, es lógico que el ocaso del bipartidismo, con el consiguiente aumento de la competencia entre partidos políticos, haya dado peores resultados de lo que se esperaba. No debería extrañarnos. Los efectos de la competencia resultan de las reglas que la rijan, en todo tipo de ámbito, desde la selva hasta el deporte, e incluidas la economía y la política. Como ha demostrado durante décadas la política catalana, mayor competencia entre partidos no produce necesariamente más información ni mejores decisiones, sino que a menudo incrementa la propaganda y el populismo. Mucho depende de las reglas de juego —el deporte solo es un espectáculo valioso cuando sus reglas se diseñan y aplican con esmero—, pero también, en última instancia, de las cualidades de la ciudadanía: sobre todo, de su disposición a informarse y ejercer como ciudadanos maduros y no como gregarios, sin dejarse arrastrar por emociones epidérmicas.

La lección trasciende el caso catalán. En la medida en que este diagnóstico se ajuste a la realidad, necesitamos que el diseño de las instituciones y de las políticas públicas considere, si no las raíces, al menos las restricciones culturales. Esto no implica que estemos atados indefinidamente a nuestra cultura, pero las reformas que no consideran esas restricciones pecan de frivolidad, cuando no de oportunismo, y están condenadas a fracasar. La cultura es fruto a largo plazo de las instituciones, pero el cambio institucional, para ser viable, y máxime quizá en democracia, ha de respetar las restricciones culturales e incluso aprender a usarlas como palanca. Lo contrario lleva al error, tantas veces repetido, del despotismo más o menos ilustrado. 

Consideremos el fracaso de la liberalización del alquiler residencial de 1985: como analizaré más adelante en el capítulo 4, apenas nueve años después, ya volvíamos a restringirlo, a iniciativa, como en el caso de los horarios comerciales, del muy regresivo partido de Jordi Pujol. Treinta años más tarde, la Ley de vivienda de 2023 nos acercó a los niveles de intervencionismo que habíamos vivido desde 1920 hasta 1985. 

En este orden de ideas, la gran duda es si cabe o no pensar en similares términos de adaptación respecto a la Transición política y la Constitución de 1978. Si bien esta ha servido para organizar la convivencia durante más de cuatro décadas, lo ha logrado a costa de tolerar una deriva notable respecto a los principios de igualdad y respeto mutuo que la habían inspirado. Como consecuencia, a la altura de 2025 abundan los indicios de un posible colapso institucional. 

Si es así, cobra más urgencia que nuestras preferencias como ciudadanos se hagan más racionales, compensando nuestra escasa disposición a informarnos y cooperar en el control de lo público, para poder abordar una profunda renovación institucional. No se trata de una cuestión de educación formal o académica, porque tenemos pocos incentivos para hacernos mejores ciudadanos. Tampoco de grandes ejercicios deliberativos, igualmente costosos. Es debido a esos costes que, por ejemplo, cualquier empleador suele saber más acerca de la realidad sustancial de nuestras relaciones laborales que muchos expertos en derecho y economía laboral, acostumbrados estos a prestar atención a problemas secundarios y contemplarlos desde representaciones jurídicas y estadísticas que a menudo distorsionan la realidad sustantiva. 

Por ello, es importante que las reformas reduzcan los costes de información ciudadana, de modo que nuestra educación cívica sea automática e inevitable. Hagamos evidentes el pago de impuestos y el coste de usar los servicios públicos: menos cargas fiscales ocultas, como el IRPF mayoritariamente «a devolver», los precios «con IVA incluido» y la Seguridad Social «a cargo de la empresa»; y menos secretismo sobre la eficacia relativa de los servicios públicos. Publiquemos, por ejemplo, cómo se emplea y cuánto gana cada graduado según su carrera y centro universitario, un dato disponible desde hace años, pero que en la mayoría de las autonomías permanece silenciado. 

Hagamos, en suma, que nos resulte ineludible informarnos, como sucede en nuestras comunidades de vecinos. Distan mucho de ser perfectas, pero ni despilfarran tantos recursos ni atienden a afiliaciones políticas para castigar la corrupción de sus presidentes y administradores. Están gobernadas por españoles, pero opera en ellas la inmediatez e incluso, ante casos de fraude, el instinto de posesión. Si esa lógica funciona a pequeña escala, podemos trasladar su esencia al nivel nacional, activando fuerzas similares en lo público: divulgar ingresos y aportaciones fiscales es costoso en términos de privacidad, pero ayuda a reclutar para el bien común esas inclinaciones naturales al cotilleo y la envidia que apenas hemos domesticado culturalmente.

Esa mejor conciencia de lo público contribuiría a homogeneizar con las del resto de Europa nuestras actuales preferencias, hoy más estatistas y contrarias a la competencia. Quizá así accederíamos a dotarnos de los incentivos individuales que aseguraran el bienestar. Entre nosotros, estos incentivos deben ser más personalizados que en aquellos países cuya cultura lleva a sus ciudadanos a vigilar algo más que ninguno eluda su aportación al bien común. Es un asunto clave, porque los fallos de acción colectiva no solo afectan a la política, sino también a todo tipo de ámbitos, desde la educación hasta la empresa, desde las profesiones hasta los medios de comunicación. Necesitamos esos incentivos «compensatorios» de nuestros valores para alinear mejor las retribuciones con las conductas. Los incentivos individuales son el motor de nuestros mejores deportistas y profesionales: esos españoles no triunfan porque renuncien a sus valores, sino porque los aplican en un contexto diferente, ya que trabajan bajo reglas estables que los retribuyen por su rendimiento. El modelo es aplicable a todo tipo de actividades, pero nos resistimos a adoptarlo, pues preferimos sistemas que, en esencia, frenan la competencia y diluyen los incentivos individuales. 

Esa convicción vertebra la estructura del libro, que volverá reiteradamente a ese argumento. Lo hará desde perspectivas diferentes, pero atendiendo siempre a esos tres factores condicionantes: las preferencias de la ciudadanía, las instituciones que las canalizan y las políticas en que se acaban concretando, cuyas consecuencias intentaré valorar para desvelar su escasa coherencia con los intereses reales de los ciudadanos. Los capítulos avanzan desde planteamientos generales a sectoriales, pero la mayoría pone el foco en cuestiones concretas, desde la regulación laboral del trabajo doméstico hasta la afición de muchos padres españoles por una enseñanza poco exigente para sus hijos. 

El libro se divide en tres partes. 
La primera tiene un contenido más teórico y menos aplicado que las otras, pues, tras preguntarse si los fallos de la sociedad española son atribuibles a sus élites políticas e intelectuales o a los ciudadanos, analiza las preferencias de estos últimos. Pone así de relieve que, en buena medida, muchas de nuestras políticas e instituciones se ajustan a ellas, aunque a menudo no a los intereses reales de los ciudadanos. 
La segunda parte confirma este diagnóstico tras analizar tres cuestiones críticas de carácter sectorial y transversal, como son la vivienda, la educación y las comunidades autónomas. 
Por último, la tercera parte tiene carácter más normativo que positivo, pues reflexiona sobre qué hacer, aunque no pretende aportar soluciones propiamente dichas. Más que mejorar los mecanismos de gobierno, debemos empezar a pensar de otra manera. Para ello, hemos de renovar nuestro «mercado» de ideas, pero también mejorar la información disponible de forma automática al ciudadano. Esa mejor información dotará de mayor coherencia a sus preferencias y, en consecuencia, mejorará sus decisiones políticas. Es imprescindible si de verdad queremos hacer realidad nuestros deseos. 

Se trata de una propuesta optimista: no solo cree en una democracia de ciudadanos adultos bien informados, sino también en su racionalidad potencial y en su capacidad para asumir sus responsabilidades. Confía en que, sean cuales sean sus preferencias, supondrá una diferencia radical el que empiece a comprender la necesidad de atenderlas con medios más apropiados que los que suele demandar. 

El libro condensa trece años de trabajo académico y reflexión pública. Muchas de sus tesis fueron desarrolladas y contrastadas en investigaciones previas, charlas y tribunas publicadas sobre todo en The Objective. Aquí se presentan no como una recopilación, sino como una síntesis crítica y articulada que amplía y depura los argumentos que han resistido el juicio del tiempo, el contraste público y mis propios cambios de opinión. 

Mi propósito ha sido ordenar ese conjunto en un marco coherente, acumulativo y comparado. No se trata de provocar ni de convencer por vía emocional, sino de contribuir a entender por qué nuestras instituciones y políticas funcionan como lo hacen, y qué papel desempeñamos los ciudadanos en su configuración y en sus disfunciones. El enfoque combina observación empírica, fundamentos teóricos y reflexión crítica, con la ambición de ofrecer un diagnóstico que nos permita pensar el cambio institucional desde nuestras propias limitaciones culturales. 

Si de verdad queremos cambiar nuestra situación, creo que el primer paso es mirarnos con objetividad a nosotros mismos. 

«Una democracia de ciudadanos informados 
puede corregir sus errores sin líderes 
ni expertos providenciales»

La prioridad no es solo mejorar las instituciones, sino formar una ciudadanía más lúcida, capaz de ver el coste real de lo que exige. Ninguna reforma durará si no cambia también la forma en que pensamos y votamos.
Ahí reside la esperanza —y el mensaje optimista— del libro: la solución a nuestros problemas está a nuestro alcance. Una democracia de ciudadanos informados puede corregir sus errores sin líderes ni expertos providenciales. La prosperidad no necesita héroes ni santos, sino mecanismos que nos obliguen a pensar. Basta con que cada ciudadano sienta lo que da y lo que recibe. Entonces la corrupción dejará de parecernos un espectáculo ajeno y se sentirá como una ofensa personal. Si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

 
Diálogo; «¿La culpa es nuestra? Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España»