EL Rincón de Yanka: PARTIDISMO

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martes, 16 de junio de 2026

¿POR QUÉ HAY CORRUPCIÓN POLÍTICA CON SU JUSTIFICACIÓN PARTIDISTA?




Nos han vendido el cuento de que el sistema falla cuando un político roba. Falso. El sistema funciona así.
El Premio Nobel James Buchanan y el sociólogo Robert Michels lo dejaron claro: en política, la prioridad de quien llega arriba no es el pueblo, es no perder la silla.

Pero Étienne de La Boétie fue al fondo del problema real hace 500 años: nadie gobierna solo. El poder es una pirámide de favores, sobornos y migajas. Si el líder no reparte, se cae. Y esa pirámide la sostenemos nosotros cada vez que apartamos la mirada porque el corrupto lleva la camiseta de nuestro bando.
¿La solución? No hay que atacar al gigante de barro. Basta con no darle nada. Dar un paso atrás y dejar de empujar la piedra.

👁️ Mira los hechos. No la camiseta.
💬 ¿Cuál crees que es la mentira más grande que seguimos aplaudiendo hoy en día?

Enciendes la tele y ahí está: otro escándalo de corrupción. Y siempre la misma pregunta: ¿por qué lo hacen? Si ya tienen sueldo, poder y la vida resuelta, y saben que cada pocos años estallan estos casos y muchos acaban en la cárcel… ¿por qué roban en lugar de hacer las cosas bien? 
La respuesta no es "son idiotas" ni "son escoria". Es estructural. Y la explican tres pensadores: 
el Nobel James Buchanan (la política no es un altar moral, es un mercado de incentivos), el sociólogo Robert Michels (todo partido acaba en oligarquía) y, hace cinco siglos, Étienne de La Boétie, que desveló por qué el corrupto es, en realidad, prisionero de su propia pirámide de cómplices. 
Y lo más importante: la salida. Que no es quemar las calles, sino algo mucho más pacífico y poderoso. No va de bandos. Los ha habido de todos los colores. Va del mecanismo que los atraviesa a todos.

FUENTES 
James Buchanan — teoría de la elección pública (El cálculo del consenso, con Gordon Tullock, 1962) 
Robert Michels — Los partidos políticos (1911), la "ley de hierro de la oligarquía" 
Étienne de La Boétie — Discurso de la servidumbre voluntaria (s. XVI)


LAS CAUSAS DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA


VER+:


LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA
DALMACIO NEGRO


viernes, 27 de febrero de 2026

LIBRO "LA CULPA ES NUESTRA": Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España por BENITO ARRUÑADA

 


LA CULPA ES NUESTRA
Cómo las preferencias ciudadanas 
frenan las reformas en España


Este libro parte de una tesis incómoda: nuestras instituciones no fallan solo por culpa de políticos, élites o leyes, sino porque reflejan nuestras propias preferencias, a menudo mal informadas, contradictorias e incoherentes.
La culpa es nuestra no busca culpables fáciles ni se entrega a la denuncia moral, sino a la comprensión. Con rigor y claridad, muestra cómo nuestras decisiones colectivas —como votantes, ciudadanos y consumidores— alimentan el mismo sistema que después criticamos.
Con un estilo incisivo pero sereno, Benito Arruñada examina los mecanismos que explican el estancamiento español: desde la educación y la vivienda hasta la organización territorial y la cultura política. Frente a la comodidad de culpar a otros, propone una salida exigente pero realista: una ciudadanía mejor informada, más responsable y menos crédula ante promesas mágicas.
Estas páginas no invitan a la resignación, sino a ser adultos y recuperar la iniciativa. Porque si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

«Los antiguos decían que cuando los dioses nos eran favorables ignoraban nuestros deseos y cuando querían castigarnos los cumplían. De igual modo, los españoles expresamos preferencias que los políticos procuran cumplir con resultados insatisfactorios. Este libro perspicaz y minucioso analiza por qué exigimos al Estado lo que nos frustra y luego le culpamos por dárnoslo». Fernando Savater

INTRODUCCIÓN

¿QUIÉN TIENE LA CULPA DE NUESTROS MALES?

Es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites. Este libro defiende que esa atribución es simplista. Muchos problemas sociales derivan menos de la incompetencia o el egoísmo de unos pocos que de la interacción entre preferencias ciudadanas y decisiones políticas. Además, atribuir una responsabilidad excesiva a las élites conduce a buscar soluciones equivocadas que, lejos de resolver los problemas, suelen agravarlos. 

Para ir más allá de ese señalamiento fácil, basta con reconocer que buena parte del problema no reside tanto en los políticos o en las instituciones con las que los elegimos, sino en la racional ignorancia y el propio interés de los ciudadanos. Más exactamente: no solo fallan las instituciones encargadas de transmitir las preferencias de la ciudadanía, sino también aquellas destinadas a conformarlas, darles coherencia y hacer visibles las consecuencias de su puesta en práctica. De hecho, según revelan las encuestas de opinión, las decisiones de los gobernantes se ajustan a las preferencias que manifiesta la mayoría. Somos los europeos más partidarios de que el Estado controle la economía, resuelva nuestros problemas e imponga una fiscalidad redistributiva, al tiempo que nos resistimos a cualquier recorte significativo del gasto público o la liberalización efectiva del mercado laboral. Es cierto que nuestros políticos siguen sin contener el déficit público y que las propuestas electorales de todos los partidos tienden a aumentarlo. También es cierto que, incluso para niveles medios de renta, imponen una escala de tipos impositivos tan desincentivadora como la del actual IRPF, o que mantienen una regulación laboral de las más restrictivas de Europa. Por supuesto, al tomar esas decisiones, los políticos responden a su propio interés, pero también obedecen fielmente a nuestras preferencias. 

Lo grave es que esa correspondencia no asegura que se cumplan nuestros deseos. Al contrario: son precisamente esas políticas las que nos impiden alcanzarlos. Sucede que, si bien los políticos ponen en pie los medios que queremos, esos medios son a menudo contrarios a nuestros fines últimos. Pero la responsabilidad no es solo del gobernante que aplica las políticas, sino también del ciudadano que las demanda, y ello por varios motivos. Sobre todo, por la contradicción entre los deseos últimos de bienestar del ciudadano y los medios que permite adoptar a sus representantes políticos. Asimismo, por el tipo de político que prefiere como gobernante. Como tiende a elegirlo más por afinidad que por competencia, no es de esperar que ese político, tan lleno de ideología como escaso de conocimiento, aporte gran racionalidad a las tareas de gobierno. 

La contradicción entre fines y medios y la afinidad emocional al elegir líderes enlazan con una incoherencia más profunda. Los sondeos de opinión también muestran que, a la vez que nos permitimos ser muy críticos con nuestros políticos e instituciones, los españoles somos los europeos que menos nos molestamos en informarnos. Además, decimos odiar mucho la corrupción o la injusticia de indultos y amnistías, pero ni siquiera dejamos de votar a los políticos de nuestro partido «de siempre» cuando demuestran ser corruptos o mentirosos, ni siquiera cuando incumplen de manera flagrante sus promesas electorales. Tanto es así que muchos observadores llegaron a considerar una heroicidad el que algún escritor confesara sentirse frustrado porque las políticas adoptadas por su partido favorito tras las elecciones generales del 23 de julio de 2023 eran opuestas a las que había prometido durante la campaña electoral. Ello a pesar de que esa frustración no le llevaba más que a prometer votar en blanco, con la incongruente excusa de que toda la clase política es irresponsable. Como suele suceder, solo exigía responsabilidad a los demás. 

El ejemplo ilustra un patrón más amplio. Cuando no desdeñamos la política, más que como ciudadanos, nos comportamos como forofos. Parece que nuestro enojo solo se manifiesta cuando la política no puede darnos el consumo al que aspiramos. Queremos reformas, pero si duelen solo a los demás. Y puestos a elegir, ninguna opción política real satisface nuestros deseos. No es casual que nuestras respuestas a las crisis suelan ser tardías e incompletas, como sucedió en las de 1957, 1973, 2008 o 2020. Pese a que en cada una de esas ocasiones las instituciones políticas eran muy distintas, las respuestas fueron similares: reaccionamos cuando no quedaba otro remedio, a medias y con marcha atrás. 

Si estoy en lo cierto, sería superficial responsabilizar únicamente a los políticos, a las élites o a las instituciones. Es más, sería un error, pues cambiar a los políticos no tiene efecto alguno si se mantienen los mismos incentivos, que constituyen, en última instancia, el núcleo de las instituciones. Pero, aunque cambiar los incentivos sea fácil, mejorarlos es difícil. Por eso, reformar las instituciones, aunque costoso, no asegura obtener buenos resultados. Tampoco conviene confiar en remedios simples, como el mero cambio de líder o de partido gobernante. Ni siquiera en modificaciones estructurales del sistema de representación, como, por ejemplo, el pasar de un sistema proporcional a uno mayoritario. Menos aún depositar esperanzas en elegirlos dentro de un eventual Estado independiente, como algunos pretendían para Cataluña, llevándola así, por un falso idealismo desnortado, a mostrarse más española que nadie. 

Por este motivo, es erróneo exonerar a las masas, como hacen los planteamientos maniqueos, tanto populistas como intelectuales. En realidad, sus miembros somos igual de «extractivos» que las élites: el fraude no campea solo en la fiscalidad de las grandes fortunas (por desgracia, no tan grandes y más bien escasas), sino también —y, quizá, sobre todo— en los pequeños pero mucho más numerosos fraudes de la economía sumergida y las prestaciones sociales. 

Por si fuera poco, sucede que las masas solemos ser más «disipadoras» porque nuestra corrupción no solo redistribuye rentas, sino que en buena medida las dilapida, pues gastamos y hacemos gastar muchos recursos para capturarlas. Por ejemplo, el que quizá haya sido nuestro mayor derroche, la desproporcionada inversión en obras públicas, contó durante décadas con apoyo general de la ciudadanía y parece bastante claro que, más que distribuir rentas, las ha malgastado, sin prever los costes de mantenimiento, cuyo déficit comienza ya a notarse. Así es que, averías mediante, seguimos viajando felices en alta velocidad, aunque la mayoría de los viajeros no tenga prisa alguna, como revela el que muchos de ellos estén ya en la estación una hora antes de la salida, permanezcan inmóviles sin caminar en los pasillos rodantes y algunos incluso hayan tardado más en llegar a la estación que en recorrer su trayecto en tren. Pero el AVE sigue contando con apoyo mayoritario gracias a que el coste de su construcción sigue oculto y no se refleja plenamente en el precio de los billetes y a que la mayoría de los viajeros rehúsa hacer esfuerzo alguno para verlo. Al usuario de AVE le cuesta creer que este sea un derroche, por mucho que las evaluaciones coincidan en afirmar que el coste social de la red de alta velocidad excede sus beneficios (AIReF, 2020b). Tenemos la red más densa pero menos utilizada del mundo. La última vez que, años ha, Ciudadanos discutió la posibilidad de racionalizar las inversiones reculó enseguida, tras constatar cómo empezaba a perder votos en varias regiones y sin que aumentaran sus votos en las demás. 

Por lo común de este tipo de espejismo presupuestario, me temo que tanto la reforma como (aún más) la ruptura con las instituciones representativas —las que se limitan a «transmitir» nuestras preferencias— están condenadas, si no a fracasar, al menos a defraudar las expectativas y ser insuficientes. Nuestros procesos colectivos de decisión no fallan principalmente porque los mecanismos de transmisión sean defectuosos, sino porque nuestras preferencias se forman mal y resultan incoherentes. Lo queremos todo sin aportar nada. En particular, lo queremos todo del Estado sin cooperar en su vigilancia y control, y menos aún en su mantenimiento. 

En estas condiciones, es lógico que el ocaso del bipartidismo, con el consiguiente aumento de la competencia entre partidos políticos, haya dado peores resultados de lo que se esperaba. No debería extrañarnos. Los efectos de la competencia resultan de las reglas que la rijan, en todo tipo de ámbito, desde la selva hasta el deporte, e incluidas la economía y la política. Como ha demostrado durante décadas la política catalana, mayor competencia entre partidos no produce necesariamente más información ni mejores decisiones, sino que a menudo incrementa la propaganda y el populismo. Mucho depende de las reglas de juego —el deporte solo es un espectáculo valioso cuando sus reglas se diseñan y aplican con esmero—, pero también, en última instancia, de las cualidades de la ciudadanía: sobre todo, de su disposición a informarse y ejercer como ciudadanos maduros y no como gregarios, sin dejarse arrastrar por emociones epidérmicas.

La lección trasciende el caso catalán. En la medida en que este diagnóstico se ajuste a la realidad, necesitamos que el diseño de las instituciones y de las políticas públicas considere, si no las raíces, al menos las restricciones culturales. Esto no implica que estemos atados indefinidamente a nuestra cultura, pero las reformas que no consideran esas restricciones pecan de frivolidad, cuando no de oportunismo, y están condenadas a fracasar. La cultura es fruto a largo plazo de las instituciones, pero el cambio institucional, para ser viable, y máxime quizá en democracia, ha de respetar las restricciones culturales e incluso aprender a usarlas como palanca. Lo contrario lleva al error, tantas veces repetido, del despotismo más o menos ilustrado. 

Consideremos el fracaso de la liberalización del alquiler residencial de 1985: como analizaré más adelante en el capítulo 4, apenas nueve años después, ya volvíamos a restringirlo, a iniciativa, como en el caso de los horarios comerciales, del muy regresivo partido de Jordi Pujol. Treinta años más tarde, la Ley de vivienda de 2023 nos acercó a los niveles de intervencionismo que habíamos vivido desde 1920 hasta 1985. 

En este orden de ideas, la gran duda es si cabe o no pensar en similares términos de adaptación respecto a la Transición política y la Constitución de 1978. Si bien esta ha servido para organizar la convivencia durante más de cuatro décadas, lo ha logrado a costa de tolerar una deriva notable respecto a los principios de igualdad y respeto mutuo que la habían inspirado. Como consecuencia, a la altura de 2025 abundan los indicios de un posible colapso institucional. 

Si es así, cobra más urgencia que nuestras preferencias como ciudadanos se hagan más racionales, compensando nuestra escasa disposición a informarnos y cooperar en el control de lo público, para poder abordar una profunda renovación institucional. No se trata de una cuestión de educación formal o académica, porque tenemos pocos incentivos para hacernos mejores ciudadanos. Tampoco de grandes ejercicios deliberativos, igualmente costosos. Es debido a esos costes que, por ejemplo, cualquier empleador suele saber más acerca de la realidad sustancial de nuestras relaciones laborales que muchos expertos en derecho y economía laboral, acostumbrados estos a prestar atención a problemas secundarios y contemplarlos desde representaciones jurídicas y estadísticas que a menudo distorsionan la realidad sustantiva. 

Por ello, es importante que las reformas reduzcan los costes de información ciudadana, de modo que nuestra educación cívica sea automática e inevitable. Hagamos evidentes el pago de impuestos y el coste de usar los servicios públicos: menos cargas fiscales ocultas, como el IRPF mayoritariamente «a devolver», los precios «con IVA incluido» y la Seguridad Social «a cargo de la empresa»; y menos secretismo sobre la eficacia relativa de los servicios públicos. Publiquemos, por ejemplo, cómo se emplea y cuánto gana cada graduado según su carrera y centro universitario, un dato disponible desde hace años, pero que en la mayoría de las autonomías permanece silenciado. 

Hagamos, en suma, que nos resulte ineludible informarnos, como sucede en nuestras comunidades de vecinos. Distan mucho de ser perfectas, pero ni despilfarran tantos recursos ni atienden a afiliaciones políticas para castigar la corrupción de sus presidentes y administradores. Están gobernadas por españoles, pero opera en ellas la inmediatez e incluso, ante casos de fraude, el instinto de posesión. Si esa lógica funciona a pequeña escala, podemos trasladar su esencia al nivel nacional, activando fuerzas similares en lo público: divulgar ingresos y aportaciones fiscales es costoso en términos de privacidad, pero ayuda a reclutar para el bien común esas inclinaciones naturales al cotilleo y la envidia que apenas hemos domesticado culturalmente.

Esa mejor conciencia de lo público contribuiría a homogeneizar con las del resto de Europa nuestras actuales preferencias, hoy más estatistas y contrarias a la competencia. Quizá así accederíamos a dotarnos de los incentivos individuales que aseguraran el bienestar. Entre nosotros, estos incentivos deben ser más personalizados que en aquellos países cuya cultura lleva a sus ciudadanos a vigilar algo más que ninguno eluda su aportación al bien común. Es un asunto clave, porque los fallos de acción colectiva no solo afectan a la política, sino también a todo tipo de ámbitos, desde la educación hasta la empresa, desde las profesiones hasta los medios de comunicación. Necesitamos esos incentivos «compensatorios» de nuestros valores para alinear mejor las retribuciones con las conductas. Los incentivos individuales son el motor de nuestros mejores deportistas y profesionales: esos españoles no triunfan porque renuncien a sus valores, sino porque los aplican en un contexto diferente, ya que trabajan bajo reglas estables que los retribuyen por su rendimiento. El modelo es aplicable a todo tipo de actividades, pero nos resistimos a adoptarlo, pues preferimos sistemas que, en esencia, frenan la competencia y diluyen los incentivos individuales. 

Esa convicción vertebra la estructura del libro, que volverá reiteradamente a ese argumento. Lo hará desde perspectivas diferentes, pero atendiendo siempre a esos tres factores condicionantes: las preferencias de la ciudadanía, las instituciones que las canalizan y las políticas en que se acaban concretando, cuyas consecuencias intentaré valorar para desvelar su escasa coherencia con los intereses reales de los ciudadanos. Los capítulos avanzan desde planteamientos generales a sectoriales, pero la mayoría pone el foco en cuestiones concretas, desde la regulación laboral del trabajo doméstico hasta la afición de muchos padres españoles por una enseñanza poco exigente para sus hijos. 

El libro se divide en tres partes. 
La primera tiene un contenido más teórico y menos aplicado que las otras, pues, tras preguntarse si los fallos de la sociedad española son atribuibles a sus élites políticas e intelectuales o a los ciudadanos, analiza las preferencias de estos últimos. Pone así de relieve que, en buena medida, muchas de nuestras políticas e instituciones se ajustan a ellas, aunque a menudo no a los intereses reales de los ciudadanos. 
La segunda parte confirma este diagnóstico tras analizar tres cuestiones críticas de carácter sectorial y transversal, como son la vivienda, la educación y las comunidades autónomas. 
Por último, la tercera parte tiene carácter más normativo que positivo, pues reflexiona sobre qué hacer, aunque no pretende aportar soluciones propiamente dichas. Más que mejorar los mecanismos de gobierno, debemos empezar a pensar de otra manera. Para ello, hemos de renovar nuestro «mercado» de ideas, pero también mejorar la información disponible de forma automática al ciudadano. Esa mejor información dotará de mayor coherencia a sus preferencias y, en consecuencia, mejorará sus decisiones políticas. Es imprescindible si de verdad queremos hacer realidad nuestros deseos. 

Se trata de una propuesta optimista: no solo cree en una democracia de ciudadanos adultos bien informados, sino también en su racionalidad potencial y en su capacidad para asumir sus responsabilidades. Confía en que, sean cuales sean sus preferencias, supondrá una diferencia radical el que empiece a comprender la necesidad de atenderlas con medios más apropiados que los que suele demandar. 

El libro condensa trece años de trabajo académico y reflexión pública. Muchas de sus tesis fueron desarrolladas y contrastadas en investigaciones previas, charlas y tribunas publicadas sobre todo en The Objective. Aquí se presentan no como una recopilación, sino como una síntesis crítica y articulada que amplía y depura los argumentos que han resistido el juicio del tiempo, el contraste público y mis propios cambios de opinión. 

Mi propósito ha sido ordenar ese conjunto en un marco coherente, acumulativo y comparado. No se trata de provocar ni de convencer por vía emocional, sino de contribuir a entender por qué nuestras instituciones y políticas funcionan como lo hacen, y qué papel desempeñamos los ciudadanos en su configuración y en sus disfunciones. El enfoque combina observación empírica, fundamentos teóricos y reflexión crítica, con la ambición de ofrecer un diagnóstico que nos permita pensar el cambio institucional desde nuestras propias limitaciones culturales. 

Si de verdad queremos cambiar nuestra situación, creo que el primer paso es mirarnos con objetividad a nosotros mismos. 

«Una democracia de ciudadanos informados 
puede corregir sus errores sin líderes 
ni expertos providenciales»

La prioridad no es solo mejorar las instituciones, sino formar una ciudadanía más lúcida, capaz de ver el coste real de lo que exige. Ninguna reforma durará si no cambia también la forma en que pensamos y votamos.
Ahí reside la esperanza —y el mensaje optimista— del libro: la solución a nuestros problemas está a nuestro alcance. Una democracia de ciudadanos informados puede corregir sus errores sin líderes ni expertos providenciales. La prosperidad no necesita héroes ni santos, sino mecanismos que nos obliguen a pensar. Basta con que cada ciudadano sienta lo que da y lo que recibe. Entonces la corrupción dejará de parecernos un espectáculo ajeno y se sentirá como una ofensa personal. Si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

 
Diálogo; «¿La culpa es nuestra? Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España»

miércoles, 5 de noviembre de 2025

LIBRO "UNIDOS AL NACER": 👥 RAFAEL CALDERA Y HUGO CHÁVEZ por GERARDO LUCAS


UNIDOS AL NACER
Caldera y Chávez

GERARDO LUCAS

Gerardo Lucas estudia la relación entre Rafael Caldera y Hugo Chávez, desde antes del Golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez y luego el apoyo de los golpistas y los partidos la izquierda al Chiripero que le permitió a Caldera ganar las elecciones de 1993. Continua con el sobreseimiento a los militares golpistas, que nunca enfrentaron juicio, y habilitó su capacidad de seguir en el juego político que permitió que Chávez llegue al poder.

El libro Unidos al nacer examina la compleja relación entre Rafael Caldera y Hugo Chávez en el contexto de la última década del siglo XX venezolano, periodo marcado por crisis políticas, conspiraciones y el colapso del bipartidismo. En este trabajo se plantea como eje central la interrogante de si ambos líderes estuvieron vinculados antes, durante y después del intento de golpe militar del 4 de febrero de 1992, y cómo este hecho determinó el rumbo político del país.

La obra comienza explicando el escenario político y económico del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez. Venezuela estaba dominada por dos poderosos grupos económico-bancarios enfrentados, Grupo Conexus y Grupo 7B, mientras Acción Democrática sufría divisiones internas. A este clima se sumaron la conspiración civil, encabezada por Caldera, Alfaro Ucero, Uslar Pietri y los llamados “Notables”, y la conspiración militar, liderada por Chávez y el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200. Ambas confluyeron en un objetivo común: debilitar y finalmente desplazar a Pérez.

También se describe con detalle el desarrollo del 4F: el fracaso militar de la insurrección contrastó con el triunfo político de Chávez, cuyo “por ahora” lo convirtió en símbolo de esperanza para sectores descontentos. Paralelamente, Caldera pronunció un polémico discurso en el Congreso justificando las razones de fondo de la asonada, lo que lo catapultó nuevamente a la escena política y lo posicionó como presidenciable. Así, el golpe fallido terminó beneficiando tanto a Chávez como a Caldera, de allí la idea de que sus trayectorias estaban “unidas al nacer”.

Analizamos múltiples testimonios y acusaciones que sugieren vínculos indirectos entre Caldera y los conspiradores militares, a través de personajes intermediarios como Vinicio De Sola o Abdón Vivas Terán. Aunque Caldera siempre negó su participación, la benevolencia con la que trató a los golpistas en su segundo mandato — incluyendo el sobreseimiento de las causas, la restitución de derechos políticos, recibimiento en Miraflores, cargos en su gobierno y su incorporación a la vida pública — consolidó la narrativa de complicidad.

El texto aborda también el juicio y destitución de Pérez en 1993, impulsado por un frente heterogéneo de adversarios civiles y militares. Con Pérez fuera del poder, Caldera regresó a la presidencia en 1994 con el apoyo del “chiripero”, una coalición que incluía a partidos de izquierda y a figuras cercanas a los golpistas. La incorporación del MAS y la izquierda que apoyó a los golpistas al Chiripero, fue el Acuerdo – revelado posteriormente por Caldera al periodista César Miguel Rondón – que le permitió acceder por segunda vez a Miraflores. En este marco, Chávez recuperó su libertad y comenzó su camino hacia el triunfo electoral de 1998.

En conclusión, Unidos al nacer sostiene que la caída de Pérez, el discurso de Caldera y el “por ahora” de Chávez fueron hitos que reconfiguraron la política venezolana. Ambos líderes, aunque distintos en ideología y estilo, estuvieron ligados por los sucesos del 4F, que dio origen al fin de una era y al comienzo de otra.

Las personas que quieran leer el libro, sin costo, en PDF, pueden pedirlo al correo-e: lucasgerardo5@gmail.com


INTRODUCCIÓN

Al abordar el estudio de la agitada última década del siglo XX venezolano, nos queda, entre otras, una pregunta no resuelta ¿cuál era la relación entre Rafael Caldera y Hugo Chávez antes y después del 4 de febrero? Para tratar de aproximarnos a una respuesta, necesitamos conocer varios aspectos importantes, entre ellos, que durante el segundo gobierno de Pérez no solo se maquinaron dos conspiraciones militares, además, estaba en marcha una conspiración civil, el origen de ambas, sus protagonistas y los pormenores que los rodearon, será tema a desarrollar en este trabajo. 

También es indispensable resaltar el alcance que tuvieron las palabras pronunciadas por Chávez al entregarse a las autoridades militares, poco después del fracaso de su intentona golpista, el famoso “por ahora”, que caló en el subconsciente colectivo, así como el discurso de Caldera ante la sesión conjunta del Congreso, ese mismo día, justificando y defendiendo a los militares felones, aun cuando la asonada no había concluido, circunstancia que lo sacó de la “reserva” para colocarlo de vuelta en el ruedo de los individuos presidenciables. 

Cuando iniciamos nuestro estudio se nos ocurrió titularlo Unidos al nacer, ya que el segundo gobierno de Caldera y el primero de Chávez son, ambos, por diferentes razones, producto de la asonada del 4F. Pronto me enteré de que el título escogido no tenía nada de original, ya lo había utilizado el propio Chávez con el mismo propósito, así como otros comentaristas.

Gerardo Lucas - CODICIA: Auge y caída de la cúpula bancaria de Venezuela 1974-1994 (1/2)


 
Gerardo Lucas - CODICIA: Auge y caída de la cúpula bancaria de Venezuela 1974-1994 (2/2)

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Af-web-unidos Al Nacer 6 09 25 by Gerardo Lucas


lunes, 3 de noviembre de 2025

PELÍCULA "UN DESTINO DE MUJER" 1947 (THE FARMER´S DAUGHTER): INTEGRIDAD POLÍTICA 🙋 y "LA HIJA DE UN GRANJERO": "Si te gusta ver crecer las cosas, haz lo que amas y serás recompensado por Dios".


(THE FARMER´S DAUGHTER) 1947

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Uno tiene ya una edad en que sólo con ver un minuto de película sabe ya si le va a gustar o no. Claro está que no siempre se acierta. A veces he desechado películas al minuto de empezar, y, cuando ha pasado cierto tiempo, las vuelvo a ver y me enganchan.
No es el caso de ésta que comento ahora. Nada más empezar ya sé que me va a gustar ¿por qué lo sé? Podría ser por muchos motivos: música, paisaje, ritmo... lo que tengo claro es que nada más entrar Loretta Young en escena, ya veré la película hasta el final, porque Loretta es adorable.
La película tiene un buen guion en el que se critica la corrupción política y el racismo más o menos escondido de ciertos partidos que se envuelven con la bandera, en este caso americana. El film es de 1947, pero el tema por desgracia sigue siendo actual.
Cuando veo a esos politicos prepotentes que se creen que pueden pasar por encima de todo el mundo porque han adquirido “un trocito de poder”, y que se obnubilan con el respeto y la adulación que le prodiga un limitado rebaño de apocados, me duele pensar que, tras su máscara de “grandeza”, no hay más que un ser plagado de miedo al que obsesionan las medidas de seguridad porque, bien que sabe que cada día aumentan sus enemigos porque, con sus acciones se hunde un poquito, y otro poquito más… y sobre todo, le tengo consideración, porque aunque él está convencido de que es muy inteligente, no es más que un redomado ignorante que no logra comprender que, si haces daño te haces daño a ti mismo. Es ley existencial. Así las cosas, el que vive del oportunismo, de la patraña, el crimen, el robo… lo que esencialmente necesita es conocimiento y visión, porque si esto tuviéramos, nadie haría el mal ni se volvería soberbio.

Una película como, "UN DESTINO DE MUJER", me resulta maravillosa porque, además de ofrecer unas actuaciones encantadoras, un ambiente envolvente, una trama deliciosa y un ritmo siempre en alto, garantiza un ejemplar entendimiento de la vida, y esto nadie debería perdérselo. Se trata de una muchacha, Katrin Holstrom, la única hija-mujer de una familia de granjeros inmigrantes suecos, la cual decide abandonar el campo para irse a estudiar enfermería… pero, enseguida, se va a encontrar con un pintor de brocha gorda quien acaba de hacer un trabajo en su casa y con él tendrá una “frustrante experiencia” que la alejará de su objetivo y la llevará a trabajar como empleada en la casa de una familia de alta influencia política.

Katrin, demostrará pronto que no es una empleada cualquiera, y va a despertar el interés de Glenn Morley, como también el de su madre Agatha, una brillante y verdadera matrona. Comienza así, lo que podría verse como uno de los ocasionales milagros de la existencia o cómo salir de la nada para volverse importante de la noche a la mañana. Pero, el filme no se queda ahí, y creo que la lectura más importante se encuentra a otro nivel, quizás ni siquiera captada por sus propios autores y, sin embargo, tan clara como el agua cristalina.

LA POLÍTICA ES EL ARTE DE HACER FELICES 
A LOS PUEBLOS CON SENTIDO DE FUTURO

DISCURSO DEL SENADOR MORLEY:

"Señor Presidente: Hoy no quiero dar un discurso. Quiero contarles la historia de un médico llamado Sorenson, que vivía en un pueblo pequeño. Era un buen médico, pero a los ricos del pueblo no les gustaba porque les decía la verdad con demasiada frecuencia sobre sus enfermedades imaginarias.  
Las cosas se pusieron feas para el Dr. Sorenson, y se mudó al otro lado de las vías, a la zona pobre del pueblo, donde la gente lo necesitaba, pero no tenía dinero para pagar.  Trabajaba para ellos, de todos modos. Le daban una botella de leche cuando curaba un dolor de garganta, o una hogaza de pan cuando le curaban una pierna rota. El Dr. Sorenson no podía permitirse un consultorio fijo. Ejercía en la habitación que ocupaba, arriba, sobre un establo. La teja de afuera era un letrero sencillo que decía: "DR. SORENSON ARRIBA". 
Bueno, hasta los médicos se enferman. Y después de trabajar años con esta pobre gente, el Dr. Sorenson enfermó y murió, y todas las personas que lo amaban, y a quienes él amaba, lo enterraron. 
Querían erigir un gran monumento de mármol, pero no podían permitírselo. Así que tomaron el letrero del establo y lo colocaron sobre la tumba del doctor. Allí estaba, y ese era su monumento: "DR. SORENSON ARRIBA".  
Hoy ha muerto un presidente. Hace poco, su sueño, la Liga de Naciones, fue destruido por personas que no soportaron la verdad. Pero su sueño no desaparecerá de la tierra. Vivirá en los corazones de la gente buena y común. Sobre la tumba del presidente, el pueblo ha erigido su monumento eterno, que, al igual que el del doctor, dice simplemente: "WOODROW WILSON, ARRIBA"". 


UN DESTINO DE MUJER 1947 ESPAÑOL Loretta Young, Joseph Cotten, Ethel Barrymore


VER+:


Soy hija de granjero. Esas palabras significan mucho para mí. Ahora, de adulta, vivo en una pequeña granja con mi esposo, Jack. Todavía recuerdo la vida en el campo que tuve de niña. Recuerdo correr por el campo de alfalfa y perseguir mariposas, disfrutar del sol en aquellos calurosos días soleados de Bakersfield, jugar en las acequias para refrescarme y ver a los terneros recién nacidos de pie sobre sus patas temblorosas.

Los recuerdos de mi infancia en una granja en Pumpkin Center significaban que siempre había algo que hacer. De niña, me encantaba estar al aire libre, jugar con los animales, dar paseos en el tractor de mi papá y realizar las tareas del campo. Al haberme criado sin tecnología, tuve que usar mi imaginación. Mi patio de recreo era el campo y la granja, y allí di mis primeros pasos de niña. Crecí con padres amorosos y la oportunidad de ser una chica de campo. Crecí sabiendo lo importante que era todo lo que me rodeaba y que la vida es un regalo de Dios.

Crecer en una granja me enseñó lo especial que es conectar con Dios a través de la naturaleza y apreciar sus creaciones. Soy hija de un granjero. Aquel a quien Dios eligió personalmente para cuidar de su creación y alimentar a su pueblo. 
Un granjero se levanta temprano, prepara su día mientras cuida de su familia los 365 días del año. Se asegura de que haya comida en nuestras mesas y ropa en nuestras espaldas. La agricultura es todo menos deseable con largas jornadas y teniendo que seguirle el ritmo a la Madre Naturaleza. El trabajo duro se realiza desinteresadamente, con la intención de proveer para la familia, los amigos y los demás, con la fe y la mano de Dios guiándolos. 
Un amigo granjero dijo una vez: "Si te gusta ver crecer las cosas, haz lo que amas y serás recompensado por Dios".

Según la Biblia, los seres humanos comenzaron en el jardín con Adán y Eva. Génesis 1:2:9, 15 nos dice que, de la nada, Dios creó la tierra y designó a los agricultores como sus cuidadores.

Mi poema de granjero favorito, escrito por Paul Harvey, un locutor de radio estadounidense de ABC News Radio, me recordó un poco a mi padre y a cuando crecí en la granja:

"Y al octavo día, Dios miró hacia el paraíso planeado y dijo: “Necesito un cuidador”.

—Así que Dios hizo al agricultor.

Dios dijo: “Necesito a alguien dispuesto a levantarse antes del amanecer, ordeñar vacas, trabajar todo el día en el campo, ordeñar vacas nuevamente, cenar, luego ir al pueblo y quedarse hasta pasada la medianoche en una reunión de la junta escolar”.

—Así que Dios hizo al agricultor.

Necesito a alguien con brazos lo suficientemente fuertes como para criar un ternero y, a la vez, lo suficientemente gentil como para ayudar a su propio nieto; alguien que llame a los cerdos, domeñe maquinarias cascarrabias, que llegue a casa con hambre, tenga que esperar para almorzar a que su esposa termine de alimentar a las damas de visita, y luego les diga a las damas que se aseguren de volver pronto, y que lo diga en serio.

—Así que Dios hizo al agricultor.

Dios dijo: «Necesito a alguien dispuesto a pasar la noche con un potro recién nacido y verlo morir, luego secarle los ojos y decir: 'Quizás el año que viene'. Necesito a alguien que pueda dar forma a un mango de hacha con un brote de caqui, herrar un caballo con un trozo de neumático, que pueda hacer un arnés con alambre de heno, sacos de pienso y restos de herraduras; que, en época de siembra y cosecha, termine su semana de cuarenta horas para el martes al mediodía, y luego, con dolor desde la parte trasera del tractor, trabaje otras setenta y dos horas».

—Así que Dios hizo al agricultor.

Dios tenía que tener a alguien dispuesto a recorrer los surcos a doble velocidad para recoger el heno antes de las nubes de lluvia, y sin embargo detenerse en medio del campo y correr a ayudar cuando ve el primer humo de la casa de un vecino.

—Así que Dios hizo al agricultor.

Dios dijo: “Necesito a alguien lo suficientemente fuerte para talar árboles y levantar fardos, pero lo suficientemente gentil para domar corderos y destetar cerdos y cuidar pollitas de cresta rosada, que detenga su cortadora de césped durante una hora para entablillar la pata rota de una alondra”.

—Así que Dios hizo al agricultor.

Tenía que ser alguien que pudiera arar profundo y recto y no tomar atajos; alguien que sembrara, desherbara, alimentara, criara, rastrillara, arara y plantara, atara el vellón, colara la leche, reabasteciera el autoalimentador y terminara una semana de trabajo duro con un viaje de ocho kilómetros hasta la iglesia; alguien que pudiera unir a una familia con los suaves y fuertes lazos del compartir, que se reiría, luego suspiraría y luego respondería con ojos sonrientes cuando su hijo diga que quiere pasar su vida allí.

'Haciendo lo que hace papá'

—Así que Dios hizo al agricultor".
Si eres hija (o hijo) de un granjero, considérate bendecida si creciste en una granja o rancho. Creo que crecer en una granja es sumamente beneficioso para cualquier niño. Al crecer como hija de un granjero, ves las cosas de otra manera. Aprendes desde pequeña el verdadero significado de la vida. Te enseñaron lecciones de vida sobre el amor de Dios, el valor de la familia y los amigos, y la certeza de que casi todo es una bendición. Me enorgullece que me llamen hija de un granjero. Esta hija de granjero ahora es una mujer, y sé lo que se necesita para llegar a fin de mes y ser autosuficiente. Mi orgullo siempre estará en mi fe, mi familia y la agricultura. Para mí, la agricultura es mucho más que una ocupación, es una forma de vida. Hoy, sigo siendo una hija de granjero de corazón.

sábado, 5 de abril de 2025

"EL SESGO DE CONFIRMACIÓN" ES LA TENDENCIA A BUSCAR INFORMACIÓN QUE RESPALDE CREENCIAS PREEXISTENTES IGNORANDO LO QUE SE LE CONTRARÍE



El sesgo de confirmación es la tendencia a buscar, interpretar y recordar información que respalde creencias preexistentes, ignorando o minimizando datos contrarios. Refuerza percepciones erróneas, dificulta el pensamiento crítico y consolida prejuicios individuales y colectivos.
El sesgo de confirmación es la tendencia de la mente de las personas a buscar información que respalde los puntos de vista que ya tienen. También lleva a las personas a interpretar evidencia de manera que apoye sus creencias, expectativas o hipótesis preexistentes.
Las personas fácilmente aceptan nueva información que sea consistente con sus creencias, pero son escépticas ante la información que contradice sus creencias. En un estudio, se les dijo a unos maestros que ciertos estudiantes eran especialmente prometedores … a pesar de que los estudiantes realmente fueron elegidos al azar. Con base en esta falsa creencia, los maestros elogiaron y prestaron más atención a los estudiantes elegidos … quienes mejoraron más debido a las expectativas de los maestros. En otras palabras, el sesgo de confirmación puede crear profecías inexorables.

Por ejemplo, cuando los médicos tienen una idea sobre el diagnóstico de un paciente, pueden centrarse en la evidencia que respalda su teoría mientras subestiman la evidencia que respalda un diagnóstico alternativo que es igualmente plausible.
Asimismo, los agentes de policía que aceptan estereotipos que vinculan a los jóvenes negros con el crimen pueden recopilar y procesar evidencia de manera unilateral cuando investigan un crimen con un sospechoso negro. Como advierte el ganador del premio Nobel Daniel Kahneman, incluso los científicos que se comprometen a una teoría tienden a ignorar los hechos inconsistentes, concluyendo que los hechos son incorrectos, no la teoría.
Por tanto, el sesgo de confirmación puede llevarnos fácilmente a llegar a conclusiones inexactas, e incluso poco éticas. Es esencial reconocer nuestra vulnerabilidad al sesgo de confirmación y protegernos activamente contra él al estar abiertos a evidencia que no sea consistente con nuestras creencias y teorías.


EL SESGO DE CONFIRMACIÓN



jueves, 26 de diciembre de 2024

LA MUERTE DEL PERIODISMO: PERIODISMO Y GLOBALISMO: UNA ALIANZA CONTRA LA LIBERTAD 📰

Periodismo y globalismo: 
una alianza contra la libertad


Una de las principales batallas que se está librando en Occidente es la batalla por la libertad de expresión. Considerada irrenunciable hasta no hace mucho, su deterioro se ha acelerado tras el exitoso experimento totalitario puesto en marcha durante la pandemia. Sin embargo, los contendientes en esta batalla no son tan obvios como parece. ¿Quiénes son los enemigos de la libertad de expresión, es decir, los amigos de la censura?

En el vértice de la pirámide (nunca mejor dicho) está el Lado Oscuro, esto es, el globalismo de Davos, ese movimiento elitista formado por un grupo de megalómanos con delirios mesiánicos que, desde su soberbia, sienten un gran desprecio e incluso un cierto odio (fruto del temor) hacia el hombre común y hacia su libertad, y sólo desean esclavizarlo «por su propio bien». Sus correas de transmisión preferidas son las instituciones supranacionales, que reúnen tres características: inelegibilidad de sus líderes, opacidad y poder. Es el caso de la UE, la ONU y su IPCC, la OMS o la OCDE, por poner algunos ejemplos.
En segundo lugar, se encuentran los partidos políticos, que, o bien son esclavos de la corrección política que el globalismo marca como linde a la oposición consentida o están directamente infiltrados y controlados por el mismo.
Finalmente, nos encontramos con la inmensa mayoría de medios de comunicación tradicionales, sin los cuales las consignas no podrían ser trasladadas a la población. No se confundan: aunque defiendan posturas opuestas en cuestiones políticas de menor importancia, coinciden prácticamente por unanimidad en los grandes dogmas globalistas, como la ideología de género, el cambio climático o el covid.

La revolución de internet

Debemos poner la situación actual en contexto. Hasta hace muy poco, para informarse, el ciudadano dependía de un oligopolio de medios de comunicación que constituía un estrecho embudo por cuyo filtro tenía que pasar la realidad para llegar a conocimiento de la ciudadanía. Lo que no se publicaba, no existía. Este peaje de obligado paso otorgaba a los medios un poder inmenso.
Su supuesta independencia del poder político nunca pasó de ser una entelequia, pues jamás jugaron el papel de «cuarto poder» independiente, sino que se fusionaron con la política de forma incestuosa: unos defendían a un partido y, otros, al otro; a la oposición y al poder, alternativamente. A pesar de mencionar constantemente la ética, ante las órdenes sus ampulosos códigos deontológicos eran papel mojado. Así, exaltaban las virtudes del partido afín y negaban las del contrario, mientras que lo opuesto ocurría con sus defectos y tropelías, que en un caso eran un desliz sin importancia y en el otro un escándalo mayúsculo. A pesar de sus evidentes sesgos, su carácter de oligopolio convirtió al sector en un gran negocio durante el s. XX. Sin embargo, la tecnología lo cambió todo.

En efecto, internet devastó el modelo de negocio de los medios tradicionales, que se enfrentaron a una competencia imprevista de medios digitales y a una desafección de sus usuarios, liberados de toda atadura. Repentinamente, el peaje por el que los ciudadanos tenían que pasar para conocer la realidad ―y por el que las empresas tenían que pasar para anunciarse― fue puenteado por el acceso directo a fuentes primarias y por las posibilidades de publicidad alternativa que ofrecía la red. Los medios dejaron de ser imprescindibles. Como consecuencia de ello, sufrieron un irrecuperable deterioro económico y un ajuste masivo de plantillas, lo que condujo a una disminución de su nivel profesional (fruto de un enorme desequilibrio entre oferta y demanda de periodistas). En paralelo a esta enorme destrucción de valor, su poder se convirtió en una sombra de lo que había sido, aunque la arrogancia con la que estaban acostumbrados a actuar continuara por inercia.

Para el globalismo, este movimiento tectónico supuso una noticia ambivalente. Por un lado, siempre había preferido lidiar con pocos actores, más fáciles de controlar cuanto menor fuera su número (¿por qué creen que, en su objetivo de controlar la producción alimentaria, ha declarado la guerra a los pequeños agricultores y ganaderos independientes en favor de grandes corporaciones?). Por otro lado, aunque la multiplicación de actores dificultara su control, la mayor vulnerabilidad financiera de los medios tradicionales aumentaba su dependencia de fuentes de financiación externas, públicas o privadas, frecuentemente opacas, y por tanto su sumisión a quienes las proveyeran.
Sin embargo, la mejor noticia para el globalismo fue que internet fue pronto controlado por un número muy reducido de jugadores. El mercado de motores de búsqueda se convirtió prácticamente en un monopolio en manos de Google (90% de cuota de mercado mundial), y las redes sociales se convirtieron en un oligopolio de dos: Meta y X (antes, Twitter). El globalismo no necesitaba más que controlar a tres actores.
En cuanto a Google, los algoritmos del buscador favorecían unas noticias frente a otras y primaban a los fact-checkers, chiringuitos creados y financiados por el globalismo con la misión de desacreditar toda información hostil, es decir, una policía del pensamiento o, si lo prefieren, una especie de Gestapo de internet.
En cuanto a las redes sociales, la herramienta elegida fue la censura de toda noticia políticamente incorrecta llegando al extremo de querer influir en las elecciones norteamericanas del 2020 al eliminar, de forma alucinante, la cuenta del presidente en ejercicio. Cualquier noticia que cuestionara los tabúes del globalismo, como la consigna climática o el relato oficial del covid ―por muy respetable, rigurosa, objetiva o científica que fuera―, era inmediatamente eliminada.

A esta escandalosa normalización de la censura en redes se unió la censura en los medios tradicionales (que yo mismo sufrí [1]) y, sobre todo, la generalización de la autocensura de la corrección política, una eficaz herramienta de control cuya sombra cubre incluso conversaciones privadas, como ocurría en la Unión Soviética (a la que cada vez se parece más la UE). Todo ello ha constituido un ataque concertado contra la libertad que no se vivía desde los sistemas totalitarios del s. XX y contribuye a vaciar de contenido las democracias para transformarlas en tiranías encubiertas que guardan las apariencias mediante una ficción: el ritual inconsecuente de depositar cada cuatro años un voto perfectamente inútil.
Musk compra Twitter y lo cambia todo
En definitiva, todo parecía ir viento en popa para el globalismo, pero ocurrió lo imprevisto: el hombre más rico del mundo, Elon Musk, se negó a pasarse al Lado Oscuro y compró Twitter, devolviendo la voz a millones de ciudadanos anónimos previamente silenciados por la censura. Repentinamente, el escenario cambió, y su primera consecuencia relevante ha sido la victoria de Trump, que este blog supo predecir [2]. Como una carga de profundidad, tras las elecciones de EEUU Musk tuiteó a los usuarios de su red social: «Ahora los medios de comunicación sois vosotros».

En este sentido, la victoria de Trump ha supuesto una derrota de los medios tradicionales, casi unánimemente contrarios a su candidatura, los cuales se han quedado boquiabiertos al descubrir que la población ya no les obedece. Sin embargo, no deberían sorprenderse. Compararon a Trump con Hitler [3], y el primer mandatario internacional en felicitarle ha sido un judío, el primer ministro de Israel. Le acusaron de racismo, pero ha nombrado a un hispano como secretario de Estado por primera vez en la historia. También le acusaron de misoginia, pero el director de Inteligencia Nacional y el jefe de Gabinete de la Casa Blanca serán, también por primera vez en la historia, mujeres. Y para qué mencionar el tratamiento informativo de su primer atentado, que pasó de la negación inicial (utilizando expresiones como «incidente» o «tiroteo» en vez de «atentado») al enterramiento de la noticia en pocos días.

La merecida pérdida de credibilidad de los medios

La compra de Twitter por parte de Musk desató todas las alarmas en Davos, que, en su última reunión y con su cinismo habitual, declaró que la «desinformación» era una las mayores amenazas a la que se enfrentaba el mundo [4]. Naturalmente, dicha amenaza parecía no ser tan grave cuando Twitter estaba sólidamente en manos globalistas, puesto que para ellos «desinformación» es un eufemismo para designar toda aquella información que contradiga sus intereses.
Un Twitter libre ha puesto de manifiesto el enorme nivel de mentira que impregna la inmensa mayoría de la información publicada. Antes, los medios podían tergiversar o silenciar la realidad. Ahora, un solo ciudadano con un móvil puede informar al mundo de lo que ocurre. Esta desintermediación supone un cambio formidable. Por tanto, la mentira es el primer factor que explica la pérdida de credibilidad de los medios.

En segundo lugar, resulta cada vez más obvio ―particularmente en España―, el bajo nivel de formación de los periodistas, que adolecen de un gran déficit cultural, de una ignorancia extrema sobre la mayoría de temas que tocan y de un sorprendente analfabetismo numeral: 12 de cada 10 no saben interpretar un dato o un porcentaje.
En tercer lugar, el gremio tiene un serio problema de sectarismo: la inmensa mayoría de periodistas es de izquierdas, y la mayoría de quienes creen no serlo no superarían un interrogatorio con pentotal sódico. Para que se hagan una idea, en EEUU sólo el 3% de los periodistas se identifica como republicano [5]. Imaginen cuál será el resultado en España, lo que significa que la objetividad sencillamente no existe, sino que es sustituida por un enfoque preconcebido de la historia y por una preselección interesada de las fuentes (cuando las hay) [6].

En cuarto lugar, la información se ha convertido en un mal negocio de un grupo de desesperados que compite por su supervivencia, como en los Juegos del Hambre. Siguiendo la pauta de La Era de la Propaganda («si usted no tiene nada que decirles, distráigales»), la información ha dado paso al entretenimiento más banal, a un espectáculo sensacionalista cada vez más chabacano y sórdido que en vez de dignificar al hombre lo deshumaniza, pues el mal y la mentira suelen ir acompañados de la fealdad.
Finalmente, la ética brilla por su ausencia en un gremio que, paradójicamente, no para de mencionarla. Hay que reconocer que el sistema de incentivos no ayuda: la dependencia económica de sus anunciantes —aprovechado por las administraciones públicas para poner sordina a la crítica y por los directivos de ciertas empresas para convertirse en intocables—, las afinidades ideológicas o la enorme susceptibilidad del periodista a ser sobornado por el poder —una confidencia, un café con el poderoso o un plato de lentejas bastan—, se convierten en obstáculos para informar con honestidad.

Naturalmente, conozco unos pocos periodistas que son claras excepciones a estas reglas, pero son tan pocos que incluir la habitual expresión «con las debidas excepciones» resultaría exagerado. Ellos estarían de acuerdo con la generalización que hago.

La combinación de estos síntomas de decadencia, acelerada por el cataclismo que ha producido internet y la eliminación de la censura en Twitter, ha producido una brecha enorme entre la percepción que tiene el público de los medios y la ilusoria percepción que éstos tienen de sí mismos: en EEUU, el 70% de la población desconfía de los medios [7], cifra sólo un poco superior a la que se da en España [8]. El emperador está desnudo, y lo único que le mantiene a flote es un determinado segmento demográfico formado por una generación que conoció otro periodismo más fiable o que sencillamente fue educada en confiar en la única fuente de información entonces disponible. Para muchos medios, por tanto, el tiempo se ha convertido en una cuenta atrás.

Davos y el control de la información

El control de la información es un elemento clave para el globalismo como lo fue para los sistemas totalitarios del s. XX, pues, por muy opresivo que sea el sistema político, la permanencia en el poder depende de cierto grado de aquiescencia de la población. Así como las dictaduras comunistas la controlaron de modo insidioso, ocultando astutamente sus verdaderas intenciones (bajo sus actuales disfraces, el marxismo cultural aún lo hace), la dictadura nacionalsocialista de Hitler lo hizo de modo menos pudoroso. En efecto, su máximo órgano censor se denominó abiertamente Ministerio de Propaganda, aunque Goebbels había sugerido llamarlo Ministerio de Cultura. Tras controlar con mano férrea todo lo que se publicaba, el propio Goebbels escribió en su diario: «Cualquiera que aún mantenga un vestigio de honor se cuidará mucho de no convertirse en periodista». [9] Me pregunto si la máxima vuelve a ser aplicable hoy.

Como hemos visto anteriormente, la reacción de Davos al cambio de propiedad de Twitter ha sido señalar a la libertad de expresión (que ellos denominan «desinformación») como enemigo público número uno. Para que se hagan una idea de la importancia que le dan a este hecho, una organización británica ligada al laborismo, que ayudó activamente a la campaña de Kamala Harris, consideraba su primer objetivo «acabar con el Twitter de Musk» (sic) [10].

En este sentido, el laboratorio por excelencia del globalismo, la UE, fue pionera del ataque a la libertad de expresión al aprobar en diciembre del 2020 la controvertida Ley de Servicios Digitales con el objeto escasamente disimulado de controlar la información que se publicaba en redes. No es casualidad que su aprobación coincidiera con el experimento totalitario del covid, puesto que su función inicial era evitar que surgieran relatos contrarios a la falsa consigna oficial. Recuerden que las principales fuentes de desinformación durante la pandemia fueron precisamente la propia UE, los políticos y los medios, que transmitieron a la población un Himalaya de falsedades a cada cual más grotesca, no en balde la señal indeleble del globalismo es la mentira.
La alianza entre periodismo y globalismo

Pues bien, recientemente ha sido la OCDE la que ha marcado la agenda de supresión de la libertad de expresión con un farragoso documento denominado «Facts not Fakes», un verdadero ejemplo de «neolengua» al más típico estilo 1984 [11] en el que resulta elocuente que el concepto de «verdad» brille por su ausencia. En él, la organización actúa en su papel soterrado de think tank del globalismo para proponer medidas que hagan frente a la amenaza que para ellos plantea la «desinformación». El texto acusa a las plataformas online de facilitar la proliferación de información engañosa, polarizadora y falsa (como si la banda de Davos, los políticos o los medios tradicionales no lo hicieran) y propone sostener financieramente a aquellos medios «que cumplan determinados criterios» y contribuyan a alcanzar objetivos «democráticos». Asimismo, propone la creación de oficinas y unidades de control para reforzar «la integridad de la información» y actuar conjuntamente para lograr una «coordinación regulatoria internacional». Aplica un doble rasero: mientras las redes deben ser férreamente controladas y reguladas, a los medios tradicionales se les permitirá «autorregularse». También sugiere proteger a los periodistas por encima de cualquier otro ciudadano para intimidar a quienes les «ataquen», aunque sea virtualmente. Me pregunto si una crítica será suficiente para desencadenar la persecución.

Lo relevante del asunto no es que la OCDE proponga cercenar la libertad de expresión, sino que los periodistas lo apoyen. En efecto, el secretario general de la Federación Europea de Periodistas (¿otro brazo del globalismo?) ha aplaudido dicho documento en un discurso reciente [12]. Dicha Federación afirma representar a casi 300.000 periodistas europeos y ha sido una de las pocas organizaciones que ha decidido abandonar Twitter (junto con The Guardian o La Vanguardia), un movimiento que no parece haber ganado excesiva tracción. En dicho discurso, tras tildar a Musk, cómo no, de «extrema derecha» (sólo un periodista de extrema izquierda ―perdonen la tautología― puede sostener semejante memez) insta a los gobiernos e instituciones intergubernamentales a actuar para «desarmar a los desinformadores», alabando a la UE por su liberticida Ley de Servicios Digitales («va por buen camino», afirma condescendiente). Finalmente, muestra su acuerdo con la OCDE en fomentar una lucha integrada de todos los «actores virtuosos», los primeros de los cuales son, según él, «los periodistas y medios de comunicación». Me pregunto quiénes seremos los ciudadanos catalogados como «no virtuosos», pero sé que de ahí a crear un sistema de crédito social como en China sólo hay un paso. Por último, aboga por fomentar sólo la difusión de «información verificada», supongo que por verificadores oficiales o fact-checkers designados desde Davos.

La muerte de este periodismo decadente puede dar lugar al resurgimiento de otro periodismo que sencillamente defienda la verdad, sin la que no puede haber libertad. La pregunta es: ¿encontrará lectores ese periodismo riguroso y veraz? Dicho de otro modo: ¿podemos separar la decadencia moral del periodismo de la decadencia moral de nuestra sociedad?

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El Consejo de Ministros ha aprobado este martes el anteproyecto de ley que reforma el derecho de rectificación y con el que el ejecutivo pretende regular la actividad de los “usuarios de especial relevancia”. 
El anteproyecto de Ley contempla que los perfiles con más de 100.000 seguidores tendrán que someterse a la misma normativa que los medios de comunicación convencionales cuando divulguen hechos inexactos o directamente falsos. La medida forma parte del Plan de Acción por la Democracia aprobado en el mes de septiembre.