EL Rincón de Yanka: DISCURSO

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miércoles, 1 de julio de 2026

DISCURSO ÍNTEGRO DE GONZALO CELORIO, GANADOR DEL PREMIO CERVANTES 2025 Y PATRIOTA DEL HISPANISMO

Discurso íntegro de 
ganador del Premio Cervantes 2025
Nació en la ciudad de México. Estudió letras hispánicas en la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana, a la que ingresó en 1996. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores desde 1994. Como escritor ha incursionado en diversos géneros: ha publicado seis libros de ensayo: El surrealismo y lo real-maravilloso (1976), Tiempo cautivo. La Catedral de México (1982), Los subrayados son míos (1987), La épica sordina (1990), El alumno (1996) y México, ciudad de papel (1997); un libro de crónicas: Para la asistencia pública (1984); una novela: Amor propio (1992), publicada en España, México y Cuba, y traducida al italiano bajo el título Non chiamarmi Ramón; y, de “varia invención”, El viaje sedentario (1994), que, por su traducción al francés, se hizo acreedor en 1997 al Prix des Deux Océans que otorga el Festival de Biarritz.
En su lecho de muerte, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi madre nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el último en comparecer ante él. La familia había querido evitar que mi hermana menor -una niña todavía-, presenciara el fatal desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un aire enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los ojos y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz seca:

- "Tú llegarás, hijo." Y agregó: "Si no puedes, yo te empujo".
Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias.

Sus reales majestades, miembros del presídium, señoras y señores:

De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la cabecera de mi escritorio.

Engolado: con la gola o gorguera, metonimia de su efigie, que le rodea el cuello y en la que parece descansar la cabeza, y el rostro grave, como convendría a una voz grandilocuente. Tal es la imagen del más célebre escritor que ha engendrado la lengua española en todos los tiempos de su historia milenaria y en todos los lugares del vasto territorio donde se habla. Así figura en las portadillas de los libros de su autoría, en los grabados que ilustran las historias de la literatura española y hasta en el estrado del auditorio principal de la Real Academia Española. Hay en esta imagen, por supuesto, cierta correspondencia con el autorretrato literario que Cervantes incluyó en el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas entre la primera y la segunda parte del Quijote: el rostro aguileño, la nariz corva, los bigotes grandes, las barbas de plata que un tiempo fueron de oro, la boca pequeña, la color viva, antes blanca que morena.... También la frente desembarazada, ¡cómo no, si ya ha parido nada menos que el Quijote! Pero no se echa de ver la alegría de los ojos, que deberían reflejar, con su brillo, el ingenio del escritor, que supera al de su personaje, calificado con el epíteto de ingenioso. El gesto adusto no le permite la sonrisa ni la risa y mucho menos la carcajada, que pondría al descubierto sus dientes molenques, mal concertados los unos con los otros, pero que daría constancia del humor que Cervantes despliega a lo largo de las muchas páginas de su novela. El poeta zamorano exiliado en México, León Felipe, dice que "el primero que se ríe de don Quijote es Cervantes" y, con la licencia que le concede su condición de poeta para trasladarse al momento mismo de la escritura de la obra, exclama: "¡Cuántas veces, en los primeros capítulos, la carcajada incoercible le hace parar la escritura!".

En alguna página memorable de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda.

En uno de los prólogos de la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Mario Vargas Llosa destaca la importancia de la libertad en la obra cervantina. Y la libertad, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a "los desafueros que puede cometer el poder, todo poder".

Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio durante más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal grado, que la libertad, en su discurso, tiene predominio aun sobre la justicia, de la que su propia experiencia le hace recelar.

Pero la libertad que Cervantes exalta a lo largo de las páginas de su obra no se limita a la ponderación que de ella hace don Quijote incontables veces y a las acciones que emprende para defenderla. Es también una condición de su propia escritura novelística. La novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género. Alejo Carpentier dice que toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: "¡Pero esto no es una novela!" Y así la han de haber considerado los lectores de su tiempo, desconcertados por la absoluta libertad literaria que Cervantes despliega capítulo a capítulo.

¿Qué es el Quijote? Es un libro de caballerías que parodia los libros de caballerías; una novela que no sólo presenta una amplísima gama de variantes narrativas, sino que alberga en su seno otros géneros literarios: la poesía, la prédica, la reflexión ensayística y hasta otras novelas subsidiarias y varias comedias de enredo escritas al margen de la dramaturgia, amén de la crítica literaria que su autor pone en práctica en los prólogos que él mismo se ve conminado a escribir a falta de quien estuviera dispuesto a redactarlos. Carlos Fuentes dice que "Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano." Y considera que, con posterioridad al Quijote, "el género se fue adelgazando hasta llegar a la anorexia por una exigencia de pureza mal avenida con la impureza radical del género." Por fortuna, la novela ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un género sucio, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero también con todas sus lacras y sus inmundicias.

Lo paradójico es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la literatura de nuestra lengua.

Podría decirse que cualquier experimento narrativo o cualquier intento de ruptura de la tradición en busca de la modernidad ya están prefigurados en el Quijote. Si el fundamento del canon cervantino no es otro que la insubordinación a todo canon y ese canon sigue vigente, la novela ha cifrado su originalidad y su valor en tal iconoclasia. Y no sólo porque admita la concurrencia de varios géneros en su seno, como ocurre en el Quijote, sino por su renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos.

En la llamada literatura del yo, ha tenido preeminencia la poesía lírica. El poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía. Pero la literatura del yo también se ejerce en la prosa -en el ensayo, la novela, la memoria, que son los géneros, entremezclados hasta la promiscuidad, en los que mi voz ha querido perseverar. A mi propia obra habré de referirme en esta alta ocasión. También hubiera querido hablar de otros asuntos: del tardío advenimiento de la novela en América con El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya publicación en 1816, cuando ya se ha iniciado la revolución de Independencia en México, le confiere al género literario su condición de género libertario preconizada por Cervantes; del proceso de desespañolización, según el impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una literatura propia en una lengua que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad; del retorno de las carabelas, como el escritor peruano Luis Alberto Sánchez llamó a la influencia del modernismo, encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, en la Generación española del 98 y que podría aplicarse también a la riqueza narrativa del llamado boom de la novela latinoamericana, que repercutió significativamente en la literatura española de la transición democrática. Pero no. Sólo manifestaré, en esta mera enunciación de temas que me hubiera gustado desarrollar, que la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente "el territorio de la Mancha"... Me limitaré entonces a hablar, con cierto pudorcillo desmañado, de mi propia obra literaria, porque es ella, a fin de cuentas, la que me ha traído hasta este paraninfo.

En principio, mis obras responden a los géneros del ensayo, la novela, la crónica o la memoria, como tradicionalmente se han denominado, pero ninguna de ellas se ha quedado encerrada en el sitio que la clasificación genérica les ha adjudicado. Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros, como Alfonso Reyes definió el ensayo por la concomitancia en su discurso de la inteligencia rectora y la imaginación bravía. Pero también hospedan en sus páginas la crónica, la confesión, la remembranza. Es el caso de las que integran la saga titulada, no sin ironía, Una familia ejemplar, a saber: Tres lindas cubanas, El metaly la escoria y Los apóstatas. Me concentraré en ellas porque en esa trilogía me parece que se articula lo que podría llamarse una poética narrativa.

Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien a bien quién es si no sabe de dónde viene. Por lo poco que conocía de mis antepasados próximos -y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado deliberadamente en casa-, intuí que sus vidas eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas.

Tan pronto empecé a averiguar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, advertí que casi todos ellos habían desempeñado, sin sospecharlo siquiera, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que en su momento adoptaron con naturalidad y sin conciencia, era susceptible de ser contada en clave novelística. Pensé que aquellas personas, convertidas en personajes merced al artificio de la literatura, podrían ser trascendentes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias: historias de migración y de exilio; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora. Alguno más había participado en la gesta de la Revolución sandinista que destapó una Nicaragua tan violentamente dulce, como la calificó Cortázar sin que la vida le hubiera dado la oportunidad de asistir a su conversión en una oprobiosa dictadura.

Durante mucho tiempo me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas habían sido podadas de mi árbol genealógico y por las que mi curiosidad infantil hubiera querido encaramarse.

A lo largo de los muchos años de escritura de la saga, la literatura se fue enseñoreando de la historia de mi familia hasta avasallarla por completo.

Liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar, de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original. 9 Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan... todo aquello que forma parte de su realidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la realidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con mayor amplitud y se revela con mayor hondura.

En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido recabar a propósito de la historia ancestral de mi familia: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios... Y de manera milagrosa, la novela misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novela misma me proporcionaba. Mis novelas me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo.

Nunca he adoptado ninguna consideración teórica previa a la escritura. Decía Maurice Blanchot que escribir una novela es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Puedo conocer el lugar del que zarpa mi embarcación, pero ignoro cuál puede ser mi puerto de llegada, si es que llego a puerto y no me quedo varado en medio del piélago, seducido y hechizado por alguna Circe que me retenga en una isla y me impida continuar la travesía.

Después de veinte años de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados.

Yo no conocí a ninguno de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para "hacer las Américas" cuando apenas era un mozalbete de dieciséis años. Se estableció en México y al cabo de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la estirpe de la que procedo. Gracias a la novela que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.

Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, "La Perla de las Antillas", era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la estrella de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia. En la novela que escribí sobre 11 sus tres hijas -una de ellas, mi madre- no quise dar cuenta de aquel memorable episodio. Habría ido en detrimento de la credibilidad. De la misma manera que la literatura me permite contar como verdadero lo que no ocurrió, aunque hubiera podido ocurrir, me desaconseja relatar como verdad lo que, habiendo sucedido, no pasa la criba de la verosimilitud literaria.

A pesar de sus muchas ocupaciones, mi madre siempre encontró tiempo para leer novelas. Tanto disfrutaba la lectura, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de leer novelas durante cinco años, si lo salvaba. Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al cabo de cinco años pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gusto por leer novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.

Mi padre le escribió una carta de amor a mi madre todos los días, aunque ambos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la bendición de la patente o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea, escribiendo lo que acaso, sin yo saberlo, ya escribieron otros.

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Miguel, mi hermano mayor, que me llevaba 22 años, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era niño, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía aprender de memoria frases rimbombantes que tendría que decir en voz alta cuando llegara a casa alguna novia suya. Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un guiño de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo. Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Lactea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolífica descendencia: "todos mis hijos son iguales." La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.

He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que acaso habla más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como "aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles" que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido adquirir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como académico de la lengua enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre. Por eso, cuando alguien me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española, le respondo que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra.



Una narración deslumbrante que logra reconstruir con las armas de la literatura el itinerario de una familia que encarna como pocas la historia reciente de México.
En 1874, Emeterio decide emigrar a México en busca de fortuna, y se despide de sus padres en una perdida aldea de Asturias. En México, su trayectoria le llevará de mozo de tienda, que duerme bajo el mostrador, a dueño de un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas. Pero sus esfuerzos exitosos en los negocios no se verán recompensados por la labor de sus hijos, que despilfarrarán la fortuna en una vida disipada con continuos viajes a Madrid, ni por sus hijas, condenadas a un papel secundario en una sociedad machista. Cuando uno de sus nietos, en la tercera generación, retome la iniciativa económica tendrá que enfrentarse con una amenaza inesperada y devastadora: la pérdida de la memoria.

EVERNESS

Solo una cosa no hay, es el olvido. 
Dios, que salva el metal, salva la escoria 
y cifra en Su profética memoria 
las lunas que serán y las que han sido. 

Ya todo está. Los miles de reflejos 
que entre los dos crepúsculos del día 
tu rostro fue dejando en los espejos 
y los que irá dejando todavía. 

Y todo es una parte del diverso 
cristal de esa memoria, el universo; 
no tienen fin sus arduos corredores 

y las puertas se cierran a tu paso; 
solo del otro lado del ocaso 
verás los Arquetipos y Esplendores. 

Jorge Luis Borges 

La vida no ha terminado: todavía hay 
esperanzas para el olvido. 

Juan Carlos Onetti, La vida breve


jueves, 26 de febrero de 2026

KEVIN SPACEY Y LA CONDENA SOCIAL: CUANDO ERES VÍCTIMA DE LA CANCELACIÓN MEDIÁTICA GLOBALISTA (DISCURSO EN LA OXFORD UNION SOCIETY)

Kevin Spacey, 
en un discurso en Oxford: 
"La verdad no redime, avergüenza 
a quienes se equivocaron contigo"

Fue un discurso de apertura que el actor pronunció en la Oxford Union Society el pasado 1 de diciembre de 2025 y que se ha vuelto viral ahora en redes sociales


Han pasado casi tres meses desde este discurso de Kevin Spacey en la Oxford Union Society el pasado 1 de diciembre de 2025, pero aún sigue llegando lejos el eco de sus palabras. Unas palabras que eran un ataque frontal contra la cultura de la cancelación, asegurando que, en el clima actual, "los hechos no importan" frente a la voracidad de la opinión pública. Unas palabras que hoy siguen siendo virales y más aún en unas redes sociales donde el tiempo no parece dejar atrás este tipo de discursos.

El actor entonces sostuvo que la sociedad y la industria cinematográfica no buscan la justicia real, sino que simplemente "quieren un villano" para satisfacer una narrativa preestablecida. Según Spacey, su perfil de estrella "excéntrica" que no jugaba bajo las "reglas" de Hollywood lo convirtió en el blanco perfecto para un "linchamiento" mediático diseñado para vender periódicos.

El relato continuó detallando la angustia de enfrentarse a "tres juicios" para finalmente obtener un veredicto que, aunque favorable, resultó estéril ante la implacable maquinaria del prestigio social. Explicó que, a pesar de recibir una "absolución total" y una "disculpa pública" por parte de quienes juzgaron las pruebas con rigor, el castigo definitivo llegó de la mano de los despachos corporativos. Fue entonces cuando se vio "oficialmente puesto en la lista negra", una medida que, según denunció, demuestra que la "verdad no te redime", sino que se vuelve un estorbo para aquellos que ya habían dictado sentencia de muerte profesional.

Kevin Spacey atiza a Hollywood: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable"

Sin embargo, el giro más potente del discurso se produjo cuando Spacey reveló que no estaba hablando de su propia experiencia contemporánea, sino de
"Roscoe 'Fatty' Arbuckle". Al rescatar esta figura del cine mudo, señaló que Arbuckle fue víctima de una "narrativa" que lo destruyó tras ser acusado de un crimen que no cometió, a pesar de ser "totalmente inocente". 
El actor subrayó la amarga ironía de que la industria lo desechara solo cuando el sistema judicial demostró su inocencia, simplemente por ser "inconveniente" para la imagen pública de los estudios de la época.
Para cerrar su argumentación, leyó la carta de exoneración de 1922, donde el jurado afirmaba que se le había hecho una "gran injusticia" y destacaba que Arbuckle "contó una historia directa" que todos creyeron tras escuchar la evidencia. Spacey concluyó advirtiendo que, cuando la verdad "avergüenza a las personas que estaban equivocadas", estas prefieren enterrar al afectado "aún más profundo" para proteger su propio relato.
Con una audiencia en absoluto silencio, el actor finalizó preguntando retóricamente qué ha aprendido el mundo en los últimos "ciento tres años", sugiriendo que las modernas ejecuciones mediáticas son solo un eco perfeccionado de las purgas de hace un siglo. 

Spacey dejó claro que el estigma de la "lista negra" sigue siendo la herramienta preferida de una industria que sacrifica la verdad en el altar de la conveniencia corporativa. Al equiparar su caso con el de Arbuckle, el ganador del Oscar no solo reclamó su inocencia, sino que acusó a Hollywood de ser un sistema cíclico de injusticia: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable".

Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society.

Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society

jueves, 11 de diciembre de 2025

SENDOS DISCURSOS DEL PREMIO NOBEL DE LA PAZ 🏅 DE JORGEN WATNE FRYDNES y MARÍA CORINA MACHADO LEÍDO POR SU HIJA ANA CORINA SOSA MACHADO


en honor a María Corina Machado 
representando al pueblo oprimido 
y reprimido de Venezuela

"Mientras estamos aquí sentados, en el Ayuntamiento de Oslo, personas inocentes permanecen encerradas en celdas oscuras en Venezuela", declaró Jørgen Watne Frydnes

 La hija de la laureada con el Premio Nobel de la Paz, Ana Corina Sosa, acepta el premio en nombre de su madre Maria Corina Machado de manos del presidente del Comité Nobel, Jorgen Watne Frydnes, durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo, Noruega.


Samantha Sofía Hernández, una joven de 16 años, fue brutalmente secuestrada el mes pasado por miembros encapuchados de las fuerzas de seguridad del régimen de Maduro. Fue sacada de la casa de sus abuelos. No sabemos dónde se encuentra ahora, probablemente en uno de los centros de detención de la dictadura. Puede que esté junto a su padre, quien desapareció sin dejar rastro en enero.

¿Qué habían hecho mal?

Su hermano era soldado, pero se negó a obedecer las órdenes del régimen de cometer actos brutales contra la población.
Por esa falta, toda la familia debía ser castigada.
Eran venezolanos comunes que soñaban con libertad, democracia y derechos.
Por ello, les arrebataron la vida.
Bajo este régimen, ni siquiera los niños son perdonados. Más de 200 menores fueron arrestados tras las elecciones de 2024. Las Naciones Unidas documentaron sus experiencias de la siguiente manera:

bolsas plásticas apretadas sobre la cabeza;
descargas eléctricas en los genitales;
golpes al cuerpo tan brutales que dolía respirar;
violencia sexualizada;
celdas tan frías que provocaban temblores incontrolables;
agua potable contaminada, llena de insectos;
gritos que nadie acudía a detener.

Un niño yacía en la oscuridad susurrando el nombre de su madre, una y otra vez, con la esperanza de que ella no creyera que estaba muerto.
Un muchacho de 16 años logró regresar a casa, tan devastado por las descargas eléctricas y las golpizas que no podía abrazar a su madre sin sentir un dolor punzante en el cuerpo. Durante meses se sobresaltaba con cualquier ruido y casi no dormía. Por las noches despertaba sobresaltado, convencido de que los soldados habían vuelto para reanudar los ataques.
Mientras estamos aquí sentados, en el Ayuntamiento de Oslo, personas inocentes permanecen encerradas en celdas oscuras en Venezuela. No pueden escuchar los discursos que hoy se pronuncian, solo los gritos de los presos torturados. Así es como los poderes autoritarios intentan aplastar a quienes defienden la democracia.

Las Naciones Unidas han declarado que estos actos constituyen crímenes de lesa humanidad.

Este es el régimen (LIBERTICIDA Y REPRESORA) de Nicolás Maduro.

Venezuela ha evolucionado hacia un Estado brutal y autoritario, sumido en una profunda crisis humanitaria y económica. Mientras tanto, una pequeña élite en la cúpula, protegida por el poder político, las armas y la impunidad legal, se enriquece.

A la sombra de esta crisis, miles de mujeres y niños son empujados a la prostitución y la trata de personas. Las hijas simplemente desaparecen. Los niños se convierten en objetos de comercio en manos de criminales que ven la desesperación humana como una oportunidad de negocio.
Una cuarta parte de la población ya ha huido del país: una de las mayores crisis de refugiados del mundo.
Quienes permanecen viven bajo un régimen que silencia, hostiga y ataca sistemáticamente a la oposición.
Venezuela no está sola en esta oscuridad. El mundo va por mal camino. Los autoritarios avanzan.

Debemos plantearnos la pregunta incómoda:

¿por qué nos resulta tan difícil preservar la democracia, una forma de gobierno concebida para proteger nuestra libertad y nuestra paz?
Cuando la democracia pierde, el resultado es más conflicto, más violencia, más guerra.
En 2024 se celebraron más elecciones que en cualquier año anterior, pero cada vez menos son libres y justas. Se abusa del poder de la ley. Se silencian los medios independientes.
Se encarcela a los críticos. Cada vez más países, incluso aquellos con largas tradiciones democráticas, derivan hacia el autoritarismo y el militarismo.
Los regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnología y sistemas de propaganda. Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbolá, que proporcionan armas, vigilancia y apoyos económicos. Hacen al régimen más resistente y más brutal.
Y, sin embargo, en medio de esta oscuridad, hay venezolanos que se niegan a rendirse. Que mantienen viva la llama de la democracia. Que no ceden pese al enorme costo personal. Ellos nos recuerdan constantemente lo que está en juego.

Muchos de ellos están hoy aquí:

En el corazón de la lucha por la democracia brilla una verdad sencilla: la democracia es más que una forma de gobierno. Es también la base de una paz duradera.

Millones de venezolanos lo saben.

Año tras año, estudiantes, sindicatos, periodistas, empresarios y ciudadanos comunes se han movilizado en oleadas de resistencia. Han llenado las calles de protestas. Cuando les arrebataron el voto, golpearon cacerolas. Cuando la vigilancia del Estado se volvió ineludible, susurraron.
Personas de todo el espectro político, desde comunistas hasta conservadores, se han alzado para desafiar al régimen. La oposición ha ensayado una estrategia tras otra. Y en todo momento ha dicho: no buscamos venganza, sino justicia; la sacralidad de las urnas; la democracia; la paz.

Pero se les responde que todo eso es imposible. Que fracasarán.
Y cuando los venezolanos pidieron al mundo que mirara, les dimos la espalda.

Mientras perdían derechos, alimentos, salud y seguridad, y finalmente su propio futuro, gran parte del mundo se aferró a viejos relatos. Algunos insistieron en ver a Venezuela como una sociedad igualitaria ideal. Otros solo quisieron verla como un campo de batalla contra el imperialismo. Otros más interpretaron la realidad venezolana como un pulso entre superpotencias, ignorando el coraje de quienes luchan por la libertad en su propio país. Todos ellos comparten algo: la traición moral a quienes realmente viven bajo este régimen brutal.

Si solo apoyas a quienes comparten tus ideas políticas, no has entendido ni la libertad ni la democracia. Sin embargo, muchos críticos se quedan ahí. Ven a las fuerzas democráticas locales cooperando, por necesidad, con actores que les disgustan, y usan eso como excusa para negar su apoyo. Anteponen la convicción ideológica a la solidaridad humana.

¿Cómo debemos juzgar a quienes gastan todas sus energías en señalar los errores de las difíciles decisiones que los valientes defensores de la democracia han tenido que tomar, en lugar de reconocer su coraje y su sacrificio, o preguntarse cómo también nosotros podemos ayudar a combatir la dictadura?

Es fácil aferrarse a los principios cuando la libertad en juego es la de otros. Pero ningún movimiento democrático opera en circunstancias ideales. Sus líderes deben afrontar dilemas que los observadores podemos ignorar cómodamente. Quienes viven bajo una dictadura a menudo tienen que elegir entre lo difícil y lo imposible. Y, sin embargo, muchos de nosotros, desde una distancia segura, exigimos a los líderes democráticos venezolanos una pureza moral que sus adversarios jamás muestran. Esto es irreal, injusto y demuestra ignorancia histórica.

Muchos de los que han subido a este estrado para recibir el Premio Nobel de la Paz, entre ellos Lech Walesa y Nelson Mandela, conocieron bien los dilemas del diálogo. En los sistemas autoritarios, el diálogo puede conducir a mejoras, pero también puede ser una trampa. A menudo se utiliza para ganar tiempo, crear divisiones y controlar la agenda. María Corina Machado ha participado durante años en procesos de diálogo. Nunca ha rechazado el principio de hablar con la otra parte, pero sí ha descartado procesos vacíos.

Paz sin justicia no es paz.
Diálogo sin verdad no es reconciliación.

El futuro de Venezuela puede tomar muchas formas, pero el presente es una sola cosa, y es atroz. Por eso la oposición democrática en Venezuela debe contar con nuestro apoyo, no con nuestra indiferencia o, peor aún, con nuestra condena. Cada día, sus líderes deben escoger un camino que realmente esté a su alcance, no el de la ilusión.

Apoyar el desarrollo democrático es apoyar la paz.

Desde el anuncio del Premio Nobel de la Paz de este año, se ha planteado una pregunta: ¿la democracia realmente conduce a la paz? Los hallazgos de la investigación son claros y la respuesta es sí. No porque la democracia sea perfecta, sino porque sus mecanismos hacen menos probable la guerra.
Las democracias cuentan con válvulas de seguridad: medios libres, estructuras de reparto del poder, tribunales independientes, organizaciones de la sociedad civil y elecciones que permiten cambiar a los gobernantes sin violencia. En este entorno político, las opiniones divergentes no son una amenaza que deba ser reprimida, sino una ventaja.

En una democracia, un líder que ignora los hechos puede ser reemplazado en la siguiente elección. En un régimen autoritario, el líder permanece y elimina a quienes dicen verdades incómodas. La lealtad sustituye a la realidad y se toman decisiones peligrosas en la oscuridad. La guerra siempre es costosa, pero en los regímenes autoritarios no son los líderes quienes pagan el precio más alto.
Por eso las democracias casi nunca van a la guerra entre sí, a diferencia de los Estados autoritarios.

El gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela muestra por qué. Los conflictos se resuelven con fuerza bruta, no mediante negociación. El resultado es una sociedad donde millones son obligados al silencio, con consecuencias que no se detienen en la frontera. La inestabilidad, la violencia y la destrucción sistemática de las instituciones del país han afectado a toda la región, y un país vecino ha sido amenazado con invasión militar. 
Venezuela demuestra, con dolorosa claridad, que el autoritarismo destruye la sociedad desde dentro y exporta inestabilidad.
La democracia no garantiza la paz, pero es el sistema más eficaz que tenemos para prevenir la violencia y el conflicto.
Este razonamiento suele despertar un contraargumento conocido: que la democracia causa desorden y conflicto, que exigir libertad es peligroso. Es un argumento antiguo. Los líderes autoritarios lo han usado durante generaciones para justificar su poder. Hoy lo potencian con desinformación y propaganda, dos de sus armas esenciales.

Señoras y señores:

como ciudadanos de una democracia tenemos el deber de ser críticos con las fuentes de información. Deberían sonar alarmas cuando las opiniones que expresamos coinciden exactamente con las difundidas por uno de los sistemas de desinformación más manipuladores del mundo. En ese caso, no solo estamos difundiendo información, sino la propaganda estratégica de un dictador.
¿Qué debemos pensar cuando leemos que es la oposición venezolana la que amenaza al país con la guerra, que el movimiento democrático desea una invasión? Cuando la narrativa se invierte y las víctimas son presentadas como agresores. Esta es la versión de la realidad que el régimen de Maduro vende al mundo: que es garante de la paz. Pero una paz basada en el miedo, el silencio y la tortura no es paz. Es sumisión, disfrazada de estabilidad.
No, la fuente de la violencia no son los activistas democráticos. Son quienes se aferran al poder. No fue Nelson Mandela quien hizo violenta a Sudáfrica, sino la represión del apartheid frente a las demandas de igualdad. Las oposiciones no iniciaron las prisiones en Bielorrusia, las ejecuciones en Irán ni la persecución en Venezuela. La violencia proviene de los regímenes autoritarios, cuando arremeten contra los reclamos populares de cambio.

Paz y democracia no pueden separarse sin vaciar a ambas de sentido. La paz duradera depende del Estado de derecho, la participación política y el respeto a la dignidad humana.
Antes de discutir nuestras diferencias políticas, debemos establecer algún grado de democracia. Sin ella, no hay distinción significativa entre derecha e izquierda, no hay forma legítima de disentir, no hay política genuina.
La democracia no es un lujo prescindible.
No es un adorno para poner en una estantería.
La democracia es trabajo arduo.
Es acción y negociación.
Es una obligación viva.
Los instrumentos de la democracia son los instrumentos de la paz.

Nos reunimos hoy, por tanto, para defender algo mucho más importante que cualquiera de los lados de una división política o ideológica. Nos reunimos para defender la democracia misma, el fundamento sobre el cual descansa una paz duradera.

Cuando las personas se niegan a entregar la democracia, se niegan a entregar la paz. Alguien que lo entiende bien es María Corina Machado.
Como fundadora de Súmate, una organización dedicada a construir democracia, la señora Machado dio un paso al frente hace más de dos décadas para defender elecciones libres y justas. Como ella misma lo expresó: "Fue una elección entre votos y balas".
Desde cargos públicos y desde la sociedad civil, la señora Machado ha defendido la independencia judicial, los derechos humanos y la representación popular. Ha dedicado años a trabajar por la libertad del pueblo venezolano.
La elección presidencial de 2024 fue un factor clave en la decisión de otorgarle el Premio Nobel de la Paz de este año. Machado fue la candidata presidencial de la oposición y la voz unificadora de la esperanza. Cuando el régimen bloqueó su candidatura, el movimiento pudo haberse desmoronado, pero ella respaldó a Edmundo González Urrutia y la oposición se mantuvo unida.

La oposición encontró un terreno común en la exigencia de elecciones libres y un gobierno representativo. Esa es la base misma de la democracia: nuestra disposición compartida a defender el principio del gobierno popular, aun cuando discrepemos en políticas públicas. En un momento en que la democracia está amenazada en todo el mundo, defender este terreno común es más importante que nunca.

Cientos de miles de voluntarios se movilizaron, cruzando divisiones políticas. Fueron capacitados como observadores electorales y utilizaron la tecnología de nuevas formas para documentar cada etapa del proceso. Hasta un millón de personas vigilaron los centros de votación en todo el país. Subieron actas, fotografiaron registros y aseguraron copias antes de que el régimen pudiera destruirlas. Defendieron esa documentación con sus vidas y luego se aseguraron de que el mundo conociera los resultados.

Fue una movilización de base sin precedentes en Venezuela, y probablemente en el mundo: ciudadanos comunes realizando un trabajo sistemático, de alta tecnología, en un ambiente de amenazas, vigilancia y violencia.
Los esfuerzos de este movimiento democrático, antes y después de la elección, fueron innovadores y valientes, pacíficos y democráticos.
La oposición recibió apoyo internacional cuando sus líderes divulgaron los resultados recopilados en los centros electorales del país, que mostraban una victoria clara de la oposición. Pero el régimen lo negó todo, falsificó los resultados y se aferró al poder por la fuerza.

Durante el último año, la señora Machado ha tenido que vivir en la clandestinidad. A pesar de las graves amenazas, ha permanecido en el país, inspirando a millones.
Recibe el Premio Nobel de la Paz 2025 por su incansable labor en favor de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha para lograr una transición pacífica y justa de la dictadura a la democracia.

Durante mucho tiempo, la oposición venezolana ha recurrido a la caja de herramientas de la democracia para llevar adelante su campaña civil y pacífica. A lo largo de los años, Machado y sus aliados han debido adaptarse y cambiar de tácticas, utilizando casi todos los instrumentos democráticos: desde el boicot electoral, cuando el sistema estaba demasiado corrompido, hasta la participación cuando pequeñas aperturas lo permitieron. Han probado el diálogo, la organización, la movilización y una amplia documentación electoral.

Machado ha pedido atención, apoyo y presión internacional, no una invasión de Venezuela. Ha exhortado a la población a defender sus derechos por medios pacíficos y democráticos.
La investigación sobre la paz es clara: la movilización masiva y no violenta es uno de los métodos más eficaces para lograr cambios políticos en una dictadura. Cuando un pueblo se moviliza, la comunidad internacional ejerce una presión fuerte y las fuerzas de seguridad se abstienen de reprimir violentamente, puede alcanzarse un punto de inflexión.
Como líder del movimiento democrático en Venezuela, María Corina Machado es uno de los ejemplos más extraordinarios de coraje civil en la historia reciente de América Latina.

El Premio Nobel de la Paz de este año cumple los tres criterios establecidos en el testamento de Alfred Nobel. 
Primero, la oposición venezolana ha unido a movimientos políticos, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos comunes en torno a un objetivo: restaurar la democracia. Reunir a grupos diversos que antes se oponían entre sí es el equivalente moderno de lo que Nobel llamaba la celebración de congresos por la paz.
Segundo, el movimiento democrático venezolano se ha opuesto a la militarización de la sociedad. El régimen ha armado a miles de grupos, ha autorizado a bandas paramilitares a cometer abusos e invitado a fuerzas militares extranjeras al país, acelerando así la militarización. Al documentar abusos y exigir rendición de cuentas, la oposición busca fortalecer la autoridad civil democrática y revertir la influencia de las armas, cumpliendo con el criterio de Nobel de promover la paz mediante el desarme.
Tercero, la verdadera fraternidad que Alfred Nobel imaginó requiere democracia. Solo cuando las personas pueden elegir a sus líderes y hablar sin miedo puede arraigar la paz, dentro de una sociedad y entre países. La democracia es la forma más elevada de fraternidad y el camino más seguro hacia una paz duradera.

Por eso, hoy, en este salón, con toda la solemnidad que acompaña al Premio Nobel de la Paz, decimos lo que los líderes autoritarios más temen oír:
Su poder no es permanente.
Su violencia no prevalecerá sobre un pueblo que se levanta y resiste.

Señor (TIRANO HUMANICIDA) Maduro:

acepte los resultados electorales y dé un paso al costado.
Siente las bases de una transición pacífica a la democracia.
Porque esa es la voluntad del pueblo venezolano.

María Corina Machado y la oposición venezolana han encendido una llama que ninguna tortura, ninguna mentira ni ningún miedo podrán apagar.
Cuando se escriba la historia de nuestro tiempo, no destacarán los nombres de los gobernantes autoritarios, sino los de quienes se atrevieron a resistir.
Quienes se mantuvieron firmes ante el peligro.
Quienes continuaron cuando otros se rindieron.

Carl von Ossietzky.
Andréi Sájarov.
Nelson Mandela.

A lo largo de su historia, el Comité Nobel noruego ha honrado a mujeres y hombres valientes que se enfrentaron a la represión, que llevaron la esperanza de la libertad a las celdas, las calles y las plazas públicas, y demostraron con sus actos que la resistencia puede cambiar el mundo.

Hoy la honramos a usted, María Corina Machado.

Rendimos homenaje también a todos los que esperan en la oscuridad.
A todos los que han sido detenidos y torturados, o han desaparecido.
A todos los que siguen esperando.
A todos los que en Caracas y en otras ciudades de Venezuela están obligados a susurrar el lenguaje de la libertad.

Que nos escuchen ahora.
Que comprendan que el mundo no les da la espalda.
Que la libertad se acerca.
Y que Venezuela será pacífica y democrática.
Que amanezca una nueva era.



"Majestades, altezas reales, distinguidos miembros del Comité Noruego del Nobel, ciudadanos del mundo, mis queridos venezolanos:

He venido aquí para contaros una historia: la historia de un pueblo y su larga marcha hacia la libertad.
Esta marcha me trae aquí hoy como una voz entre millones de venezolanos que se levantaron, una vez más, para reclamar el destino que siempre fue suyo.
Venezuela nació de la audacia, moldeada por pueblos y culturas entrelazados. De España heredamos una lengua, una cultura y una fe que se fusionaron con raíces ancestrales indígenas y africanas.

En 1811, redactamos la primera constitución del mundo hispanohablante, una de las primeras constituciones republicanas del mundo, que afirmaba la idea radical de que todo ser humano posee una dignidad soberana. Esta constitución consagró la ciudadanía, los derechos individuales, la libertad religiosa y la separación de poderes.
Nuestros antepasados cargaron con la libertad. Cruzaron todo un continente, desde las orillas del Orinoco hasta las alturas del Potosí, para contribuir al surgimiento de sociedades de ciudadanos libres e iguales, convencidos de que la libertad nunca es plena si no se comparte.

Desde el principio, creímos en algo simple e inmenso: que todos los seres humanos nacen para ser libres. Esa convicción se convirtió en nuestra alma nacional.
En el siglo XX, la tierra se abrió: en 1922, el Reventón de La Rosa entró en erupción durante nueve días: una fuente de petróleo y de posibilidades.
En paz, convertimos esa riqueza repentina en un motor de conocimiento e imaginación.

Gracias al ingenio de nuestros científicos, erradicamos enfermedades. Construimos universidades de prestigio mundial, museos y salas de conciertos, y enviamos a miles de jóvenes venezolanos al extranjero mediante becas, confiando en que las mentes libres regresarían en forma de transformación. Nuestras ciudades brillaron con el arte cinético de Cruz-Diez y Soto.

Forjamos acero, aluminio y energía hidroeléctrica: prueba de que Venezuela podía construir cualquier cosa que se atreviera a imaginar.

Venezuela también se convirtió en refugio.

Abrimos nuestros brazos a migrantes y exiliados de todos los rincones de la tierra: españoles que huían de la guerra civil; italianos y portugueses que escapaban de la pobreza y la dictadura; judíos después del Holocausto; chilenos, argentinos y uruguayos que escapaban de regímenes militares; cubanos que escapaban del comunismo y familias de Colombia, Líbano y Siria que buscaban la paz.

Les dimos casas, escuelas, seguridad. Y se convirtieron en venezolanos.

Esto es Venezuela.

Construimos una democracia que se convirtió en la más estable de América Latina y la libertad se desplegó como una fuerza creativa.
Pero incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la libertad no es algo que esperamos, sino algo en lo que nos convertimos.
Es una elección personal y deliberada, y la suma de esas elecciones forma el ethos cívico que debe renovarse cada día.
La concentración de los ingresos petroleros en el Estado creó incentivos perversos: le dio al gobierno un inmenso poder sobre la sociedad que se convirtió en privilegio, clientelismo y corrupción.

Mi generación nació en una democracia vibrante y la dábamos por sentada. Asumíamos que la libertad era tan permanente como el aire que respirábamos. Apreciábamos nuestros derechos, pero olvidábamos nuestros deberes.
Fui criado por un padre cuyo trabajo de vida —construir, crear, servir— me enseñó que amar a este país significaba asumir la responsabilidad de su futuro.
Para cuando reconocimos la fragilidad de nuestras instituciones, un hombre que encabezó un golpe militar para derrocar la democracia fue elegido presidente. Muchos pensaron que el carisma podía sustituir al estado de derecho.
A partir de 1999, el régimen desmanteló nuestra democracia: violó la Constitución, falsificó nuestra historia, corrompió a los militares, purgó a los jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió a la disidencia y devastó nuestra extraordinaria biodiversidad.

La riqueza petrolera no se utilizó para elevar, sino para atar.
Lavadoras y refrigeradores fueron entregados en la televisión nacional a familias que vivían en pisos de tierra, no como progreso sino como espectáculo.
Los apartamentos destinados a viviendas sociales fueron entregados a unos pocos seleccionados como recompensa condicional por su obediencia.

Y luego vino la ruina:

Corrupción obscena; saqueo histórico. Durante el régimen, Venezuela recibió más ingresos petroleros que en todo el siglo anterior. Y todo fue robado.
El dinero del petróleo se convirtió en una herramienta para comprar lealtad en el exterior, mientras que en el país los grupos criminales y terroristas internacionales se fusionaron con el Estado.

La economía se derrumbó en más del 80%.
La pobreza superó el 86%.
Nueve millones de venezolanos se vieron obligados a huir.
Éstas no son estadísticas; son heridas abiertas.
Mientras tanto, ocurrió algo más profundo y corrosivo. 

Fue un método deliberado:

Dividir a la sociedad por ideología, por raza, por origen, por estilos de vida; empujando a los venezolanos a desconfiar unos de otros, a silenciarse, a ver enemigos en los demás. Nos asfixiaron, nos hicieron prisioneros, nos asesinaron, nos obligaron al exilio.
Habían sido casi tres décadas de lucha contra una dictadura brutal.
Y lo habíamos intentado todo: diálogos traicionados, protestas de millones aplastadas, elecciones pervertidas.

La esperanza se desvaneció por completo, y la creencia en cualquier futuro se volvió imposible. La idea del cambio parecía ingenua o descabellada. Imposible.
Sin embargo, desde lo más profundo de esa desesperación, un paso que parecía modesto, casi procedimental, desató una fuerza que cambió el curso de nuestra historia.
Decidimos, contra todo pronóstico, convocar elecciones primarias. Un acto de rebelión improbable. Optamos por confiar en el pueblo.
Para reencontrarnos, viajamos por carretera y por caminos de tierra en un país con escasez de gasolina, apagones diarios y comunicaciones colapsadas.

Sin publicidad, sin dinero ni medios dispuestos a pronunciar nuestros nombres, la cruzamos armados sólo de convicción.
El boca a boca era nuestra red de esperanza, y se difundió más rápido que cualquier campaña. Porque nuestro deseo de libertad estaba muy vivo en nosotros.

La migración forzada, que pretendía fracturarnos, nos unió en torno a un propósito sagrado: reunir a nuestras familias en nuestra tierra. Los abuelos me confesaron su mayor temor: morir antes de conocer a sus nietos en el extranjero; las niñas, con la voz demasiado baja para tanto dolor, me rogaron que trajera de vuelta a sus madres y hermanos dispersos por continentes.

Nuestro dolor se fusionó en un solo latido: traer a nuestros hijos a casa, ahora.
En mayo de 2023, durante una manifestación en el pequeño pueblo de Nirgua, una maestra llamada Carmen se me acercó. Me contó que acababa de encontrarse con su Jefa de Calle: una agente del régimen asignada a la cuadra de Carmen que decide, casa por casa, quién recibe una bolsa de comida mensual y quién es castigado con hambre.

Impresionada al ver a esta mujer allí, Carmen le preguntó: "¿Por qué estás aquí?"

La Jefa de Calle respondió: «Mi único hijo, que huyó a Perú, me pidió que estuviera aquí hoy. Me dijo que si ganaba, regresaría a casa. Dígame qué tengo que hacer».
Ese día, el amor venció al miedo.
Dos semanas después, llegamos a Delicias, un pequeño pueblo absorbido por la guerrilla colombiana y el narcotráfico, donde ni siquiera se puede vender un pollo sin permiso de un criminal. Ningún candidato había ido allí desde 1978.
Mientras subíamos la montaña, vi banderas venezolanas ondeando en cada humilde hogar. Pregunté ingenuamente si era un día festivo nacional. Alguien susurró: «No. Aquí la bandera permanece oculta. Sacarla es peligroso. Hoy la izaron para agradecerles por atreverse a venir. Ustedes se irán… pero nosotros seguiremos identificados».

Familias enteras se enfrentaron a los grupos armados que controlaban sus vidas. Y cuando cantamos juntos el himno nacional, la soberanía regresó en un coro único, frágil y desafiante.

Ese día, el coraje derrotó a la opresión.
Nuestras reuniones se convirtieron en encuentros íntimos de miles de personas.
Nos abrazamos, lloramos, oramos.
Entendimos que nuestra lucha era mucho más que electoral.
Era ética: la lucha por la verdad.
Existencial: la lucha por la vida. Espiritual: la lucha por el bien.

A menos de un año de las elecciones presidenciales, tuvimos que unir a todas las fuerzas democráticas y restaurar la confianza en el voto. Las primarias se convirtieron en ese momento: un esfuerzo cívico auto-organizado que construyó una red ciudadana nacional como nunca antes se había visto en Venezuela.

El 22 de octubre de 2023, contra todo pronóstico, Venezuela despertó.
La diáspora, un tercio de nuestra nación, reclamó su derecho al voto.
El hijo que se fue emitió su voto junto a la madre que se quedó.
Las filas se extendían por cuadras enteras. La participación fue tan abrumadora que se agotaron las papeletas. Confiamos en la gente, y ellos confiaron en nosotros.

Lo que comenzó como un mecanismo para legitimar el liderazgo se convirtió en el renacimiento de la confianza de una nación en sí misma. Ese día, recibí un mandato: una responsabilidad que trascendía cualquier ambición individual. Me sentí humilde y profundamente consciente del peso que se me había confiado.
Amenazado por esa verdad, el régimen me prohibió postularme a la presidencia. Fue un duro golpe, pero los mandatos pertenecen al pueblo.
Así que nos propusimos encontrar otro candidato que pudiera ocupar mi lugar.

Edmundo González Urrutia dio un paso al frente: un exdiplomático sereno y valiente. El régimen creía que no representaba ninguna amenaza.
Subestimaron la determinación de millones de ciudadanos: una sociedad plural y vibrante que, en toda su diversidad, encontró unidad en un propósito común. Comunidades, partidos políticos, sindicatos, estudiantes y la sociedad civil se unieron y trabajaron como uno solo para que se escuchara la voz de una nación.

Estábamos a tres meses del día de las elecciones y casi nadie sabía su nombre.
Pero los votos no bastaban; teníamos que defenderlos. Durante más de un año, habíamos estado construyendo la infraestructura para hacerlo:
600.000 voluntarios en 30.000 colegios electorales; aplicaciones para escanear códigos QR, plataformas digitales, centros de llamadas para la diáspora. Desplegamos escáneres, antenas Starlink y computadoras portátiles ocultas en camiones de fruta hasta los rincones más remotos de Venezuela. La tecnología se convirtió en una herramienta para la libertad.
Se llevaban a cabo sesiones de entrenamiento secretas al amanecer en trastiendas, cocinas y sótanos de iglesias, utilizando materiales impresos que se trasladaban por toda Venezuela como contrabando.

Finalmente, llegó el día de las elecciones, el 28 de julio de 2024. Antes del amanecer, las filas se extendían por toda la ciudad. Una esperanza silenciosa y temblorosa llenaba el aire. Nuestro seguimiento en vivo mostraba un aumento de la participación en todos los estados y municipios. Y entonces empezaron a llegar las actas electorales —las famosas actas, la prueba sagrada de la voluntad popular—: primero por teléfono, luego por WhatsApp, luego fotografiadas, luego escaneadas y, finalmente, llevadas a mano, en mula, incluso en canoa.

Llegaron de todas partes, una erupción de verdad, porque miles de ciudadanos arriesgaron su libertad para protegerlos.
Ante nuestra aplastante victoria, el régimen emitió una orden desesperada: los soldados debían expulsar a nuestros voluntarios de los centros de votación e impedirles recibir las actas originales a las que legalmente tenían derecho.
Pero los soldados desobedecieron.

Edmundo González ganó con el 67% de los votos, en todos los estados, ciudades y pueblos.

Cada una de las actas contaba la misma historia.
En cuestión de horas, se digitalizaron y se publicaron en un sitio web para que todo el mundo pudiera verlos.
La dictadura respondió con el terror.
2.500 personas secuestradas, desaparecidas y torturadas.
Casas marcadas.
Familias enteras tomadas como rehenes.
Sacerdotes, profesores, enfermeras, estudiantes, cualquiera que compartiera un acta de conteo, perseguido.
Se trata de crímenes de lesa humanidad, documentados por las Naciones Unidas. Terrorismo de Estado, desplegado para sepultar la voluntad popular.

Algunos de los más de 220 niños detenidos tras las elecciones fueron electrocutados, golpeados y asfixiados hasta que repitieron la mentira que el régimen necesitaba, incriminándose falsamente de haber sido pagados por mí para protestar. Las mujeres y niñas en prisión están siendo sometidas a esclavitud sexual, obligadas a soportar abusos a cambio de una visita familiar, una comida o la oportunidad de bañarse.

Y aún así, el pueblo venezolano no se rindió.

Durante estos últimos dieciséis meses en la clandestinidad, hemos construido nuevas redes de presión cívica y desobediencia disciplinada, preparando la transición ordenada de Venezuela a la democracia.
Así es como llegamos a este día, un día que lleva el eco de millones de personas que están en el umbral de la libertad.

Este premio tiene un significado profundo; recuerda al mundo que la democracia es esencial para la paz.
Y más que nada, lo que los venezolanos podemos ofrecer al mundo es la lección forjada en este largo y difícil camino: que para tener democracia, debemos estar dispuestos a luchar por la libertad.
Y la libertad es una elección que debe renovarse cada día, medida por nuestra voluntad y nuestro coraje para defenderla.

Por eso, la causa de Venezuela trasciende nuestras fronteras. Un pueblo que elige la libertad contribuye no solo a sí mismo, sino a la humanidad.
Alcanzamos la libertad sólo cuando nos negamos a darnos la espalda a nosotros mismos; cuando enfrentamos la verdad directamente, no importa lo dolorosa que sea; cuando el amor por lo que realmente importa en la vida nos da la fuerza para perseverar y prevalecer.

Solo mediante esa alineación interior, esa integridad vital, alcanzamos nuestro destino. Solo entonces nos convertimos en quienes realmente somos, capaces de vivir una vida digna de ser vivida.
A lo largo de esta marcha hacia la libertad, hemos adquirido profundas certezas del alma, verdades que han dado a nuestras vidas un significado más profundo y nos han preparado para construir un gran futuro en paz.

Por lo tanto, la paz es en última instancia un acto de amor.
Este amor ya ha puesto en marcha nuestro futuro.
Venezuela volverá a respirar.

Abriremos las puertas de las prisiones y veremos a miles de personas que fueron detenidas injustamente salir al cálido sol, abrazadas finalmente por quienes nunca dejaron de luchar por ellos.
Veremos a las abuelas sentar a los niños en sus regazos para contarles historias no de antepasados lejanos, sino del coraje de sus propios padres.
Veremos a nuestros estudiantes debatir ideas con pasión y sin miedo, y sus voces alzándose finalmente con libertad.
Nos abrazaremos de nuevo. Nos volveremos a enamorar. Escucharemos nuestras calles llenarse de risas y música.
Todas las alegrías sencillas que el mundo da por sentadas serán nuestras.

Queridos venezolanos, el mundo se ha maravillado con lo que hemos logrado. Y pronto presenciará uno de los momentos más conmovedores de nuestro tiempo: el regreso de nuestros seres queridos a casa. Y volveré al puente Simón Bolívar, donde una vez lloré entre los miles que se marchaban, para darles la bienvenida a la vida luminosa que nos espera.
Porque al final nuestro viaje hacia la libertad siempre ha vivido dentro de nosotros.
Estamos volviendo a nosotros mismos. Estamos volviendo a casa.

Permítanme honrar a los héroes de este viaje:

Nuestros presos políticos, los perseguidos, sus familias y todos los que defienden los derechos humanos; aquellos que nos abrigaron, nos alimentaron y arriesgaron todo para protegernos; los periodistas que se negaron al silencio, los artistas que llevaron nuestra voz; mi excepcional equipo, mis mentores, mis compañeros activistas políticos y sociales; los líderes de todo el mundo que se unieron y defendieron nuestra causa; mis tres hijos, mi adorado padre, mi madre, mis tres hermanas, mi valiente y amoroso esposo, quienes me han apoyado a lo largo de mi vida; y sobre todo, los millones de venezolanos anónimos que arriesgaron sus hogares, sus familias y sus vidas por amor.

A ellos pertenece este honor.
A ellos les pertenece este día.
A ellos les pertenece el futuro.

Gracias.

EN VIVO | María Corina Machado ofrece conferencia de prensa 
desde el Comité Nobel #Venezuela