EL Rincón de Yanka: LIBRO "LA MUERTE DEL PRÓJIMO" 👥 por LUIGI ZOJA y "EL NUEVO NÓMADA" por E.W. HEINE

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jueves, 16 de julio de 2026

LIBRO "LA MUERTE DEL PRÓJIMO" 👥 por LUIGI ZOJA y "EL NUEVO NÓMADA" por E.W. HEINE

LA MUERTE DEL PRÓJIMO


Ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo es el doble mandamiento que rigió la moral judeocristiana durante milenios. El mundo occidental se ha sostenido sobre estos dos pilares y con ellos ha conquistado el resto del mundo por la fuerza de sus armas y de su economía. 
A fines del siglo XIX el terrible grito de Nietzsche se esparció por todo el planeta: Dios ha muerto. La muerte de Dios vació el cielo, que se llenó con las divinidades de la ciencia y de la economía. 
A comienzos del siglo XXI la globalización y la revolución informática favorecen nuestra solidaridad con personas lejanas. El amor por quien está distante se convierte rápidamente en una abstracción y, como en un círculo vicioso, esa tendencia se enlaza con la indiferencia hacia quien está cerca, nuestro vecino, como producto de la cultura de masas y la descomposición de los valores tradicionales. 
El hombre de las ciudades se siente, cada vez más, rodeado de extraños. 
Luigi Zoja se pregunta si ha llegado el momento de aceptar abiertamente lo que todos vemos y experimentamos: también el prójimo ha muerto. Después de la muerte de Dios, la muerte del prójimo representa la desaparición de la segunda relación esencial para el hombre. 
El hombre cae en una soledad esencial. Es un huérfano sin precedentes en la historia. Lo es en un sentido vertical ha muerto su Padre Celestial , pero también en un sentido horizontal: ha muerto quien estaba cerca de él. Es un huérfano mire hacia donde mire.
***
EL DESAMPARO, LA FALTA DE SOLIDARIDAD, LA DESAPARICIÓN DEL "OTRO" Y UNA TECNOLOGÍA QUE FUNCIONA COMO UNA MAQUINARIA DE FABRICAR DISTANCIA, SON LOS NÚCLEOS DEL NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR ITALIANO LUIGI ZOJA: LA MUERTE DEL PRÓJIMO, QUE EL ESTUDIOSO ANUDA AL CONCEPTO VERTIDO A FINES DEL SIGLO XIX POR NIETZSCHE: "DIOS HA MUERTO".

Del latín proximus, el término prójimo tiene que ver con cercanía (el paso del darse la mano al abrazo), vecindad, reciprocidad, "apariencia visible", lo fraterno, intereses mancomunados, lo compartido que ha sido reemplazado por "individuos que hablan por celular o escuchan sus auriculares" –señala Zoja- en un nuevo tiempo "posthumano". 

El nuevo ensayo de este escritor y psicoanalista nacido en Italia en 1943, editado por el Fondo de Cultura Económica, se suma a otros títulos suyos -La voz de Filemón. Estudios sobre El libro rojo de Jung; Drogas: adicción e iniciación, La búsqueda moderna del ritual y Paranoia. La locura que hace la historia- y se ubica en la línea de otros análisis sobre un individuo seriado y globalizado, como Amor líquido del ensayista polaco Zygmunt Bauman; en el que explicita el temor a establecer relaciones duraderas. En el plano local, posee puntos comunes con Fugas. 

El fin del cuerpo en los comienzos del milenio, en el que el escritor Daniel Calmels evidencia los efectos de hábitos que empobrecen manifestaciones corporales como aceleramiento, mecanización, indiferencia. Otro título en esta línea es La era de la desolación, donde el filósofo Dardo Scavino, señala los modos en que el poder ha desarticulado los lazos sociales reemplazándolos por "la competencia salvaje, el individualismo y la percepción del semejante como enemigo".

Zoja enfoca seres modelados desde la televisión o publicidades viales adaptadas al perfil de ese consumidor: "que se siente inesperadamente halagado, pero definitivamente solo", frente a la pantalla del celular, la pantalla de la computadora portátil y también el cartel publicitario, que, agrega, "aprendió a seguirnos; juntos son 'nuestra familia'". 

Señala que la alienación viene de la mano de una curiosidad reprimida, una "artritis de la psique" que tiene que ver con "el hábito de encontrar imágenes que no son verdaderas (lo) que vuelve normal el no experimentar sentimientos ante nuevas figuras… que sí son auténticas… cuando salimos en la calle estamos acostumbrados a considerar todo como una puesta en escena comercial". 

El temor también formaría parte de este individuo enajenado merced, según Zoja, a "la inflación de las crónicas policiales", todo alentado por el negocio de "una nueva generación de sistemas de alarma y compañías de seguros" a los que podríamos agregar otros intereses como policía privada, cámaras de seguridad, etcétera. Entre los ejemplos con que refuerza su idea del individuo aislado en el "invencible mercado de la distancia", cita a un jefe indígena de la tribu estadounidense crows, hablando de la muerte espiritual de su pueblo, ya que al desaparecer el bisonte de sus campos: "las manos no tocaban más a los bisontes que la naturaleza les había asignado como prójimo; a tal punto que sus ritos se centraban en ellos". 
En un contexto humano "cada vez menos próximo", "desaparece la comunidad", "nadie está cerca de nadie" y "nadie es prójimo de nadie"; es así que toman el timón grandes consorcios empresarios que recurren a un lenguaje militar: "cadenas de mando", "escudos internos", "cavan trincheras, lanzan campañas y contraataques". Al punto de que ya se estudian las perturbaciones psicológicas del empresario de hoy -irresponsable, inadaptado, cínico, irritable, manipulador, inestable, inmoral- que, sin sentimientos de culpa y con tendencia a mentir y a sacar ventaja rápidamente, se emparenta con peligrosos psicópatas.

Zoja no deja por fuera otros aspectos ubicados en la cotidianidad como los "video games" donde se juega "a matar sin escrúpulos" poniendo la excitación por sobre el compartir, el voyerismo de quienes filman a grupos de alumnos golpeando a un compañero (podría agregarse a los militares que filman el suplicio de sus víctimas) y el snuff films en los que los asesinatos son reales. 

El libro se completa con la mención de otros símbolos de la distancia como muros y alambradas que dividen poblaciones, los cientos de miles de refugiados a la deriva estigmatizados como "invasores" y la riqueza concentrada en pocas manos a una velocidad sin precedentes. Uno de sus capítulos los dedica Zoja al joven que "ni trabaja, ni estudia, ni recibe formación" (los "neet" en inglés, los "hikikomori" en Japón), especie de eremita urbano que vive por fuera de la realidad encerrado con llave en su habitación, que duerme de día –"su madre le deja un plato de comida frente a su puerta" y solo lo conecta al mundo una computadora conectada a Internet. 

Si bien resulta por demás interesante el ensayo de Zoja sobre "la construcción de distancia" que convierte al prójimo en algo remoto, decae en su parte final donde coloca al deseo como apetito animal que encarna pulsiones sociales de cambio y emancipación que rotula -sobre todo desde los '60- como contracultura narcisista. Convierte así un legítimo y madurado deseo social (contraparte, por otro lado, de la inmediatez consumista) en factor de provocación frente al poder de turno y, por consiguiente, en responsable del accionar represivo, dando como ejemplos de este "hedonismo" utopista, que denomina "romanticismo inconsciente", tanto al Che Guevara como a los Beatles y el movimiento estudiantil del Mayo Francés.

Introducción

Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. 
Levítico, 19:18
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, 
con toda tu alma, con todas tus fuerzas 
y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
Lucas, 19:27 (Mateo, 22:36-40; Marcos, 12:28-31)

Durante milenios un doble mandamiento rigió la moral judeocristiana: ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo. A fines del siglo XIX, Nietzsche anunció: Dios ha muerto. Terminado el siglo XX, ¿acaso no ha llegado el momento de decir lo que todos vemos? También ha muerto el prójimo. Perdimos también la segunda parte del mandamiento porque cada vez sabemos menos a qué se refiere. 

“Tu prójimo” es algo muy simple: la persona que ves, que oyes, que puedes tocar. La palabra hebrea réa, en el Levítico, y la griega plesíos, en el Evangelio de Lucas, quieren decir exactamente eso: el otro que está a tu lado. Tanto el Antiguo Testamento como los Evangelios sinópticos no se refieren a un prójimo abstracto, sino a tu prójimo: el que está próximo a ti, cerca de ti, aquel sobre quien puedes apoyar tu mano. 
Santo Tomás no cree que Jesús haya resucitado: primero quiere verlo y tocarlo (Juan, 20:25). 

La cercanía siempre ha sido fundamental. Por este motivo, el acercamiento estaba protegido por ritos casi sagrados: el paso del “usted” al “tú”, el paso de estrecharse las manos a abrazarse. 
A menudo los inmigrantes nos dan miedo porque, como hablan mal nuestra lengua, nos tutean de inmediato: nos parecen invasivos, que se acercan demasiado. 

En el siglo XXI predominan la distancia y las relaciones mediadas de la técnica, por lo cual la búsqueda de la intimidad reaparece en formas tortuosas. La necesidad de proximidad, re­primida, se disfraza de sexualidad o de otros impulsos hoy formalmente permitidos. Cristo no modificó el mandamiento veterotestamentario, sino que vinculó a Dios y al prójimo, convirtiendo en absoluto también el amor hacia este último. El Antiguo Testamento se dirigía a los fieles de Yahvé, no a los demás pueblos. 

La novedad del cristianismo, generosísima pero abstracta, consiste en transformar en prójimo hasta al más lejano habitante de la Tierra. Se le debe amor en cualquier caso: he aquí la antigua raíz de ideas modernas como los derechos universales del hombre o las affirmative actions. 
El evangelista Lucas sabe que no dice algo incomprensible cuando traduce al griego (es decir, desnacionaliza) la verdad hebrea: ya desde setecientos u ochocientos años antes, la Odisea expresaba algo similar (vi, 207 y 208). 
“Todos los forasteros y pobres son de Zeus —es decir, para los griegos, el equivalente de Dios Padre—, y un exiguo don que se les haga le es grato”, había dicho Nausicaa, antecesora de María Magdalena por su sensibilidad y dulzura. En la Odisea, “don” es dòsisLa raíz indoeuropea do- significa “dar” pero también “tomar”: señala tanto la universalidad como el equilibrio de la relación entre prójimos. No es casual, por lo tanto, que en las lenguas europeas “dosis” signifique todavía hoy en día la “justa cantidad”. 

Al dar al prójimo, al amar al prójimo, le damos también a Dios lo que le es debido. El hombre justo hace cada día sus ofrendas a Dios y al prójimo. Durante milenios, el mundo judeocristiano se ha sostenido sobre estos dos pilares. Este mundo conquistó al resto del mundo por la fuerza de sus armas y de su economía: si el resultado no ha sido un genocidio general sino una globalización, esto se debe también a la fuerza —inmensa y global— de este doble mandamiento. Pero la sociedad actual es laica. A fines del siglo XIX, el terrible grito de Nietzsche se esparció por toda la tierra: “Dios ha muerto”. 

Incluso quienes no le tienen simpatía a Nietzsche deben reconocerlo como profeta: durante el siglo xx, en el mundo judeocristiano las personas religiosas pasaron de ser mayoría a ser minoría. Y también para esta minoría, la fe se ha convertido en una cuestión privada, como la elección de una filosofía, de una convicción política, incluso de un amor. La sociedad que se apoyaba en dos pilares no conservó el equilibrio desde que uno de ellos se desmoronó. 

La muerte de Dios ha vaciado el cielo. Pero nada resiste la succión del vacío. El espacio celestial se ha llenado con la admisión entre las divinidades de los milagros de la ciencia y de la economía, con la elevación a las estrellas de los deseos personales. Demasiado a menudo se olvida que desiderare [desear] significa justamente eso: dejar de (de-) confiar en los astros (sidera), prescindir de ellos, para ponerse uno mismo en su lugar en el cielo. Continuamos teniendo necesidad de adorar a alguien, pero el lugar de Dios ha sido tomado por el hombre y sus obras. Se elevan conjuntamente como modelo y meta para los demás hombres. El hombre ideal se transfigura, se diviniza. En consecuencia, ya no es un hombre cercano. Ya no tiene una apariencia visible: ahora es una visión. 

Surge entonces el culto de las personas famosas, de las celebrities. Naturalmente, las personas cercanas siguen existiendo, pero sus banales imperfecciones las vuelven más lejanas que un tiempo atrás. No es casual que a fines del siglo xix Freud inventara el psicoanálisis, que se difunde inconteniblemente en el siglo xx. El aislamiento aumenta. Un mal al que se le asigna el nombre de neurosis afecta a las personas más sensibles. 

A través del psicoanálisis reconstruirán una relación humana, no con el prójimo sino con un profesional. Su necesidad de cercanía es tan violenta que se crea un exceso de intimidad con él que se llama transferencia y se considera, a su vez, un estado neurótico. Freud sugiere técnicas para contenerla. Hace acostar al paciente en un diván para evitar su mirada. 
Con el paso del siglo XX al XXI, cede de modo irremediable también el segundo pilar del mandamiento: el hombre de las ciudades se siente, cada vez más, rodeado de extraños. 

Es tiempo, entonces, de pensar en las secuelas de Nietzsche, y decir abiertamente que también ha desaparecido el prójimo. 
Los tiempos que siguen a la “muerte de Dios” se han llamado alguna vez posteológicos o posreligiosos. Para el tiempo presente, todavía no se ha encontrado un nombre. Una posibilidad desagradable sería “posthumano”.

VER+:

El progreso se basa únicamente en el saber grupal, así lo entiende
E.W. Heine, arquitecto y escritor alemán, en su obra "El nuevo nómada":
"Un individuo aislado es incapaz de construir un automóvil o un televisor. Ni siquiera podría producir corriente eléctrica. No somos más que simples células de un gigantesco organismo, del que dependemos pase lo que pase. Si dicho organismo acabara descomponiéndose, los supervivientes vegetarían al cabo de una generación en un nivel existencial inferior incluso al de los primitivos cavernícolas".

10- Luigi Zoja - La Muerte Del Projimo by Denise Tardí