EL Rincón de Yanka: PRESENTACIÓN

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viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO





jueves, 15 de octubre de 2026

LIBRO "HISTORIA DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA 1936-1939" 👿👥💣💥⛪💀

 
HISTORIA DE LA PERSECUCIÓN 
RELIGIOSA EN ESPAÑA
1936-1939

Este trabajo tiene la finalidad de recordar los mártires, que dieron su sangre por Dios y por España, durante la persecución religiosa de 1936, y en la que sufrieron el martirio doce obispos, unos cinco mil sacerdotes y más de dos mil religiosos, y fueron asesinados más de trescientos mil seglares. Siendo éste un hecho real e histórico, ¿no sería una ingratitud relegarlo al olvido? 

El motivo de escribir sobre este tema, es porque a ello me ha impulsado la lectura del "Martirologio español. 1936-1939" de Fr. Antonio de Lugo, Monje Jerónimo, quien refiere muchísimos casos ejemplares de personas que por librar a España de la opresión marxista y atea, supieron dar su vida, derramando su sangre en defensa de la fe católica. Existen muchos artículos y obras escritas sobre este tema, especialmente sobre el sacrificio sangriento de millares de vidas consagradas a Dios, y una de ellas más notable es la "Historia de la persecución religiosa en España" del actual obispo de Badajoz Dr. Antonio Montero, a la que hace referencia Fr. A. de Lugo, mas reconociendo que a medida que van pasando los años, van quedando también en olvido altos ejemplos de virtud, me he decidido a escribir este pequeño libro con datos verdaderamente históricos (pues los más se fundamentan en dichas obras), para contribuir en lo posible a mantener vivo el recuerdo de tantos ejemplos de virtud, que nos están hablando a cada paso de la vida futura y eterna. 

Hemos de reconocer que siempre ha habido persecuciones religiosas, pues es la herencia de Jesucristo dejó a la Iglesia. El fue perseguido y nos dice: "A mí me han perseguido y a vosotros os perseguirán..." (Jn. 13,20). 
Los ejemplos que voy a referir no son de la época de las persecuciones romanas, o sea, de los primeros siglos de la Iglesia; sino de hace poco más de cuarenta años, y es necesario recordarlos, porque se pueden repetir. Si tú eres católico, debes tenerlos presente para que sus lecciones te enseñen a saber vivir, y si fueras de los que actualmente abrigan aún odio a los que profesan la religión católica, los deberás recordar también para que sepas lo ignominioso de aquellas crueldades y depongas todo odio. Aquí, pues, tienes unos pocos de tantos hechos más sobresalientes, acaecidos en esos años de persecución religiosa. Mi deseo es que sirvan de lección a todos.


La persecución religiosa en España Es una realidad histórica, que en 1936 comenzó en España una persecución religiosa y descaradamente abierta, promovida por el odio a Dios y a cuanto tuviera relación con la Iglesia católica. Este es un hecho tal que no puede ponerse en duda.

Pio XI

"En nuestra queridísima España, el azote comunista... no se ha contentado con derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le fue posible, destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religión cristiana, por más ligada que estuviera a los más insignes monumentos del arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de modo especial a aquellos y aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con pobres y obreros, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase y condición, que diariamente, puede decirse, son asesinados en masa por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan sólo contrarios al ateísmo comunista. Y una destrucción tan espantosa la lleva a cabo con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestro siglo" (Divini Redemptoris. 19-3-1937) 

Pio XII 

"Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La nación elegida por Dios, principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del Espíritu... Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas las edades y condiciones que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica: No hay mayor prueba de amor" (Jn.15,13) (Radiomensaje al pueblo español; 16-4-1939)

Palabras del Cardenal Mons. Etchegaray: "Una Iglesia que no recuerda a sus mártires de ayer y no descubre a los mártires de hoy, no puede reclamar el honor de ser Iglesia de Cristo".

Carta colectiva del episcopado español

De esta carta que fue dirigida a los obispos del mundo entero, que merecía ser leída por todos, sólo copio lo siguiente: "Hacemos historia sin hacer interpretaciones de carácter psicológico o social... La hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue "premeditada". Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días, ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las iglesias o a lo menos de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto... Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras". En algunas, y en primer lugar, figuraba el obispo. De los sacerdotes, decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos orden de quitar toda su semilla".

"Prueba elocuentísima de que la destrucción de templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria, fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis devastadas (en algunas llegan al 80 por 100) sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó como perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin juicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social. Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número se calculan en número superior a 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas; en Madrid y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay un pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas.

Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: A muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciado los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivo, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido con los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más. La revolución fue "inhumana". No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aun la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios...". 

Esta revolución fue también bárbara, antiespañola y anticristiana... Y terminan su carta diciendo: "Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la patria... Rogad para que en nuestro país se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en el vínculo de la caridad. Acordaos de nuestros obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque fueron milicias escogidas de Cristo, y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre redentora..." (1-7-1937).

Los gobernantes y periódicos marxistas Estos reconocieron la ola de terrorismo que desbordaba las ambiciones más sanguinarias, y el mismo Galarza, ministro de Gobernación, al ver la realidad del terrorismo imperante, se vio obligado a citar a los periodistas para decirles que habiendo sido ejecutadas ilegalmente más de 20.000 personas en Madrid (15.000 identificadas y 5.00.0 por identificar), él no podía consentir por más tiempo una horrenda situación de la que no se hacía solidario, y que estaba dispuesto a terminar tales actos como fuesen fusilando sin contemplaciones de ninguna especie. 

El periódico "Solidaridad obrera", que el 28 de enero de 1937 y en sucesivos artículos se gloriaban en decir: "En las provincias que gobernamos, la Iglesia no existe... No les queda un altar en pie... No quedan apenas feligreses...", meses más tarde viéndose avergonzados, decía el 30 de julio de 1937 bajo el título "La pasión exacerbada": "Termine ya el terror que ha venido actuando en la sombra. Que sea el tribunal del pueblo, quien a plena luz, con plena responsabilidad, depure lo que depuración necesita...". "Lo interesante sería que nos decidiéramos a acabar con esa danza macabra de todas las noches, con esa procesión de muertos que, señalándonos ante el mundo, nos acusa de la misma ignominia que las gentes honradas acusan a los fascistas...", y terminan pidiendo la depuración de los tribunales populares, y clamaban por el cese inmediato de las matanzas irresponsables.


En 1936 asesinaron en España a casi 7.000 clérigos por odio a la fe. Y la memoria oficial prefiere no contarlo.
Los datos están documentados: 6.832 religiosos asesinados en la zona republicana. 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas, entre ellos 13 obispos. No murieron en combate: los fusilaban sin juicio por el solo hecho de ser curas, frailes o monjas. Iglesias enteras ardieron en toda España.
7.000 clérigos asesinados por odio a la fe. Y no tiene museos, ni series, ni minutos de silencio.

**¿Por qué la historia que llora por todo 
se queda muda ante 7.000 mártires?**

Persecución religiosa en España l F. Cancino y G. Escudero en FNM


Montero, Antonio - Historia de La Persecucion Religiosa en España (1936-1939) by Sergio Augusto Navarro


VER+:



sábado, 10 de octubre de 2026

LIBRO "ESTAMPAS CARAQUEÑAS" por GRACIELA SCHAEL MARTÍNEZ

 ESTAMPAS CARAQUEÑAS

GRACIELA SCHAEL MARTÍNEZ

Es una reconocida obra escrita por la periodista y cronista venezolana Graciela Schael Martínez, editada originalmente en 1975 por el Concejo Municipal del Distrito Federal en conmemoración del 408º aniversario de la fundación de Caracas. La "Presentación" formal de este volumen impreso fue redactada por el intelectual y periodista Pedro Beroes. La obra recopila crónicas, tradiciones, recetas coloniales y semblanzas de personajes icónicos de la capital (como el cochero Isidoro Cabrera o el floricultor Pacheco).

Estampas Caraqueñas - Autor Graciela Schael Martinez - 1975 by LUIS ZARATE


Moradas Caraqueñas Del Libertador - Autor Graciela Schael Martinez - 1983 by LUIS ZARATE


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martes, 29 de septiembre de 2026

LIBRO "¡EL TALMUD DESENMASCARADO!": LAS ENSEÑANZAS RABÍNICAS SECRETAS SOBRE LOS CRISTIANOS por Rev. Justin Bonaventure Pranaitis


¡EL  TALMUD
DESENMASCARADO!

LAS ENSEÑANZAS RABÍNICAS
SECRETAS SOBRE LOS CRISTIANOS

Rev. Justin Bonaventure Pranaitis

En este trabajo he citado solo unos pocos de los libros talmúdicos que se refieren a los cristianos. En aras de la brevedad y para proteger su alma sensible, omití muchos otros que podrían haberse incluido. Sin embargo, estos textos que he citado deberían ser suficientes para demostrar cuán falsas son las declaraciones de los judíos cuando afirman que no hay nada en el Talmud que enseñe el odio y la enemistad hacia los cristianos.
Descubre los oscuros secretos del Talmud y sus enseñanzas sobre Cristo, la Virgen María y el Cristianismo. Basado en el valiente análisis del padre Federico Highton y el trabajo exhaustivo del padre Iustinus Bonaventura Pranaitis, exploramos las sorprendentes revelaciones sobre cómo el judaísmo rabínico fariseo ve a los cristianos. 
¿Qué dice el Talmud realmente sobre nuestra fe? ¿Por qué estas enseñanzas permanecen ocultas?

De los Fariseos y el Talmud

(...)
Haciéndonos eco del llamamiento "papal" bergogliano a hacer un estudio interdisciplinario del fariseísmo (que es casi como decir del judaísmo rabínico[11]) y a buscar “alcanzar una comprensión más madura y precisa de los fariseos”, proponemos que se proceda a hacer una revisión interdisciplinaria del Talmud, que, como vimos, es el código del derecho fariseo, desde el siglo II d. C.
Ahora bien, como el Talmud es un libro muy voluminoso (ocupa 14 ó 15 volúmenes) proponemos comenzar su lectura leyendo el libro del padre Pranaitis, cuyos escritos son la principal fuente de nuestras líneas. Quien no comparta las conclusiones del padre Pranaitis, debería fundamentarlo, lo cual no parece fácil. Al menos, en nuestro caso.

Mas, ¿quién fue el olvidado Padre Pranaitis? Veámoslo brevemente.

El Padre Iustinus Bonaventura Pranaitis fue un Sacerdote Católico que doctorado en Teología, fue profesor de idioma hebreo en la Academia Imperial Eclesiástica de la Iglesia Católica en el viejo San Petesburgo. Él publicó un libro titulado “Christianus in Talmude Iudaeorum” (“Los Cristianos en el Talmud Judío”). La edición original de este libro fue publicada en formato bilingüe, en hebreo y en latín, hace casi 130 años, esto es, en 1892, en el Taller de la Imprenta de la Academia Imperial de Ciencias de San Petesburgo. El libro fue publicado con el imprimatur de Su Exc. Rev. Mons. Francisco Albino Simon, Arzobispo Metropolitano de Moghileff, que era a su vez Doctor en Teología, Profesor, Miembro del Ordinum Equiti y Rector de la Academia Católica Eclesiástica Petropolitana, concedido el13 de abril de 1892. El padre Pranaitis le dedicó este libro a su superior eclesiástico, esto es, al Mons. Simon.

El libro versa sobre las enseñanzas talmúdicas, y por ende, fariseas y judeo-rabínicas, sobre los cristianos. Es una obra erudita que transcribe las principales citas del Talmud sobre los cristianos. Las transcribe del hebreo y las traduce cuidadosamente al latín (la obra luego fue traducida del latín a muchos idiomas, incluso el español, cuyo facsímil es accesible online). El libo está dividido en dos secciones: la primera trata sobre las enseñanzas del Talmud respecto a los cristianos, y la segunda, sobre las reglas que los judíos están obligados a cumplir en su convivencia con los cristianos.

El lector es libre de coincidir, o no, con el trabajo del padre Pranaitis, pero quien ose criticar este libro deberá ser tan cuidadoso como Pranaitis en documentar sus argumentos con el mismo rigor científico. Hasta el día de hoy, nadie lo ha refutado. Como el autor aclara en la dedicatoria, el libro, si bien es pequeño, “ha sido preparado con mucho esfuerzo y esmero”. Fue tal el esmero sacerdotal puesto en la realización de esta obra que el Padre Pranaitis, en la dicha dedicatoria, incluyó lo siguiente: “Que estas páginas sean para Su Excelencia la prueba de mi eterno y sincero cariño y gratitud”.
Previendo el autor vanas impugnaciones, en su Prólogo, señaló lo siguiente: “Para no ser acusado de utilizar un texto desvirtuado del Talmud o de no haberlo interpretado correctamente, como ha sucedió generalmente con aquellos que han intentado develar las enseñanzas secretas de los judíos, he colocado un texto hebreo frente al texto en latín”.

El padre Iustinus Pranaitis no sólo era un erudito sobre el tema de su libro, sino que advirtió que su vida corría peligro y así fue: fue degollado, aparentemente por la Cheka durante la revolución bolchevique en Rusia. El crimen de la Cheka contra el padre Pranaitis le impidió a este erudito Sacerdote de Dios cumplir con el noble propósito que declaró por escrito a Mons. Simon, al manfiestarle lo siguiente: “Bendígame también para que muy pronto pueda realizar obras más grandes para la gloria de Dios”.
El padre Pranaitis sabía que este libro sobre el Talmud le podía costar la vida y por eso, escribió un martirial epílogo, casi profético, del que reproducimos un haz de fragmentos: “habrá muchos que se convertirán en mis enemigos por haber de este modo testimoniado la verdad. (…) Todos vaticinaron que perecería (…). Al intentar impedirme que prosiguiera con mi obra algunos me rogaron que me acordara del destino del Profesor Charini (…) Otros me hicieron acordar del destino del monje Didacus de Vilna (…) Cualquier cosa que me sobreviniera por lo que he hecho, lo sufriré alegremente. Estoy preparado para hacer entrega de mi vida”[12].

Como indica el padre Pranaitis en el Prólogo de la citada obra, el Talmud, desde que fue compuesto, es el “código de moral inalterable por el cual la vida religiosa y social de los judíos ha sido regida hasta el día de hoy”.
La realidad es que, salvo que Pranaitis haya publicado fraudulentamente citas inexistentes del Talmud (lo cual jamás fue probado y, hasta donde nos consta, ni siquiera postulado), se debe concluir que la visión talmudista y, por tanto, farisaica, sobre el Cristianismo, y aun sobre nuestro señor Jesucristo y la Virgen Santísima, es negativa in extremis.
Mas, al fin de cuentas, esto no es sorprendente ya que “los fariseos son los fundadores del judaísmo rabínico y por lo tanto sus ancestros espirituales”[13]. En la misma línea, el famoso filólogo y rabino francés Isidore Loeb (1839-1892), Profesor de Historia Judía en la Escuela Rabínica, secretario de la Alianza Israelita Universal y fundador de la biblioteca de esta entidad, apelando a una lógica inflexible, escribió lo siguiente: 
“¿Qué hay de sorprendente en que se hallen en el Talmud algunos ataques contra Jesús? Lo singular sería que fuese de otra manera, y si hay que admirarse de algo, es de que esos ataques no sean mayores”[14]. Loeb espetó semejante confesión en la célebre Revue de Etudes Juives, de la cual fue uno de sus mayores colaboradores[15]. Como señala Pranaitis, “el pensamiento de los cristianos acerca del Talmud está comprobado ampliamente por los numerosos Edictos y Decretos que se han publicado sobre el mismo, por medio de los cuales las autoridades de la Iglesia y el Estado lo han proscrito muchas veces y han condenado sea arrojado al fuego”[16]. En efecto, el Emperador Justiniano prohibió la difusión del Talmud; los Papas Gregorio IX e Inocencio IV mandaron quemar el Talmud por contener vilezas y blasfemias contra los cristianos y muchas horribles herejías; Julio III, Pablo IX, Pío IV, Pío V, Gregorio XIII, Clemente VIII, Alejandro VII, Benedicto XIV y otros Soberanos Pontífices condenaron el Talmud. León XIII, entre otros Papas, incluyó al Talmud en el Index de libros prohibidos[17].

Como señala Pranaitis, el Talmud es “el libro doctrinario que por sí solo expone y explica completamente toda la ciencia y enseñanza del pueblo judío”[18].

El mismo autor explica que “es suficientemente conocido que antes del nacimiento de Cristo, existían en Palestina colegios en los que se enseñaba literatura sagrada. Las interpretaciones de los doctores de la ley se registraban sobre cartas y listas como una ayuda memoria, las que una vez recopiladas, constituyeron los comienzos del Talmud judío. En el siglo segundo después de Cristo, el rabino Jehuda, llamado El Santo y El Príncipe, advirtiendo que la ciencia de los judíos disminuía, que su ley oral se estaba perdiendo, y que los judíos se estaban dispersando, fue el primero en considerar los medios de restaurar y preservar su ley oral. Recopiló todas las listas y cartas y formó, de éstas, un libro que se llamó el Sepher Mischnaioth, o Mischnah, un Deuterosis, o segunda ley. Lo dividió en seis partes, las que fueron a su vez divididas en muchos capítulos”[19]. Como indica Pranaitis, el Mischnah es el fundamento y la parte principal de todo el Talmud. Este libro fue aceptado en todas partes por los judíos y fue reconocido como el auténtico código de la ley. Luego, el Talmud fue ampliado con una serie de interpretaciones y resoluciones de los Doctores de la Ley[20]. Esta ampliación es conocida como la Gemarah. En suma, “el Mischnah sirve primeramente como una especie de texto de la ley”[21] y “el Gemarah como un análisis de las diversas opiniones que conducen a las resoluciones definitivas”[22]. El Gemarah es doble: hay una Gemarah de la Escuela de Jerusalen (tiene 39 capítulos), cuyo autor es el rabino Jochanan quien la finalizó en el 230 d. C., y una Gemarah de la Escuela de Babilonia. La Gemarah babilónica consta de 36 capítulos y fue compilada por varios rabinos (Aschi, Maremar y Abina) desde el 327 d.C. hasta alrededor del año 500 d. C. Esta última es la “que ha sido siempre tenida en el más alto concepto por los judíos de todas las épocas”[23].

Al binomio Mischnah-Gemarah se agregaron 4 textos más, todos los cuales conforman el Talmud: las notas marginales o comentarios colegiales (Tosephoth, hecho por el rabino Ascher), los comentarios extra-colegiales (Baraiethoth), el completamiento de los comentarios (Piske Tosephoth) y el Perush del célebre rabino Maimónides (autor tantas muchas refutado por Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica), y el rabino Schelomo. Estos 6 textos conforman el Talmud corriente, mas hay 4 breves tratados agregados por escritores y expositores posteriores: el Massekheth Sopherim (sobre los Escribas), el Ebhel Rabbeti (sobre el duelo), el Kallah (sobre la novia y su adquisición) y el Massekheth Drekii Erets (sobre la conducta).

El Talmud corriente, compuesto de 63 libros (524 capítulos), está dividido en 6 partes principales (“los 6 preceptos”), cada parte está dividida en libros (Massiktoth) y cada libro en capítulos (Perakim).

La 1ª parte se titula Zeraim, se refiere a las semillas y contiene 11 libros (el libro 4to, v.gr., trata sobre las distintas mezclas de semillas y el 7mo sobre los diezmos de los levitas).
La 2ª parte se titula Moed, se refiere a las fiestas y contiene 12 libros.
La 3ª parte se titula Naschim, se refiere a las mujeres y contiene 12 libros (el 4to, v.gr., trata sobre el divorcio, y el 7mo sobre la mujer sospechosa de adulterio).
La 4ª parte se titula Nezikin, se refiere a los daños y contiene 10 libros (el 5to, v.gr., trata sobre los 39 flagelos dados a los criminales).
La 5ª parte se titula Kodaschim, se refiere a lo sacro y contiene 11 libros.
La 6ª parte se titula Tohoroth, se refiere a las purificaciones y contiene 12 libros, que, entre otros temas, se refiere a la purificación ritual de los utensilios domésticos y de las carpas, a la gonorrea y a cómo las cáscaras de fruta portan “impurezas rituales”.

Ahora bien, como el Talmud era tan extenso y desordenado, el rabino Alphassi, en el s. XI, hizo un resumen llamado Halakhoth. Como también este resumen fue desordenado, Maimónides (llamado “El Águila de la Sinagoga”) hizo otro resumen y la Sinagoga lo condenó a muerte por agregar ideas filosóficas y leyes inventadas por él. El rabino Ascher expurgó el resumen de Maimónides, publicando el Arbaa Turin. Mas, como Alphassi, Maimónides y Ascher se contradecían en muchos puntos, el rabino palestinense Joseph Caro comentó el Arbaa Turin, publicando el Schulchan Arukh. Pero, como este libro no le gustó a los judíos occidentales, el rabino Mosche Isserles comentó el Schulchan Arukh, publicando el Darkhe Mosche, que tiene el mismo valor que el Schulchan en oriente. Hoy, el Schulchan Arukh es el “Código de Ley obligado de los judíos” y aun hoy es considerado más importante que las Sagradas Escrituras[24] y ésto se da a tal punto que en el Tratado Sanhedrin (X, 3, f. 88b) dice que “aquel que quebranta las palabras de los escribas peca más gravemente que aquellos transgresores de las palabras de la ley”. En la misma línea, en el libro Mizbeach (cap. V) se dice que “no existe nada superior al Sagrado Talmud”. Como señala Pranaitis, “los defensores contemporáneos del Talmud se expresan acerca de él de la misma manera”[25].

La primer edición impresa íntegra del Talmud es la de Daniel Bomberg y fue publicada en Venecia entre 1520 y 1523, conservada (al menos hasta 1892), v.gr., en el Hall Imperial de la Biblioteca de Viena, de donde se hicieron muchas copias[26]. De fines del siglo XVI al comienzos del XVII, muchos famosos pensadores se dedicaron a estudiar el Talmud y entonces “los judíos temiendo por sí mismos, comenzaron a expurgar las partes del Talmud que abiertamente eran hostiles hacia los cristianos”[27], mas “los libros judíos fueron publicados posteriormente en Holanda (país que recibía muy gentilmente a los judíos expulsados de España) con muy pocas mutilaciones. El Talmud que se publicó allí en 1664-1648 es casi similar a la edición veneciana”[28]. Pranaitis, para su libro, usa la edición del Talmud publicada en Amsterdam en 1644-1648 y la edición del Schulchan Arukh publicada en Venecia en 1594.

Lo dicho nos permite, transcribir algunos poquísimos de los pasajes del Talmud, siguiendo la traducción castellana de la obra de Pranaitis. Con esta selección de citas, hecha casi al azar, damos por concluido este breve articulo introductorio sobre el Talmud y el Fariseísmo. Estas citas pueden resultar muy ofensivas para quienes las lean, por lo que hacemos nuestra la advertencia del padre Pranaitis: “si a ti lector cristiano te ha causado repugnancia leer las horribles blasfemias contenidas en este libro, no desahogues tu cólera contra mí. No he afirmado al comienzo que iba a narrar algo agradable, sino meramente que iba a mostrar lo que el Talmud enseñaba sobre los cristianos”[29]. Mas, veamos algunas citas sin más proemios…

El Talmud sostiene que los bienes de los no-judíos pertenecen a los judíos, como se lee en el libro IIIº del Nezikin (Babha Batra, 54b), que dice: “todas las cosas pertenecientes a los Goim son como el desierto; la primera persona que llega y se las lleva puede reclamarlas como suyas”.
El Talmud sostiene que los judíos pueden defraudar a los no-judíos, como se lee en el libro Iº del Nezikin (Baba Kama, 113b), que dice: “Está permitido defraudar a un Goi”.
El Talmud sostiene que los judíos pueden mentir para condenar a un cristianos, como se lee en el libro Iº del Nezikin (Baba Kama, 113b), que dice: “El nombre de Dios no es profanado cuando, por ejemplo, un judío miente a un Goi diciendo: “Yo le dí algo a tu padre, pero él está muerto; tú me lo tienes que devolver”, siempre que el Goi no sepa que tú estás mintiendo”.

Los cristianos son considerados “herejes” por el Talmud. Ahora bien, el Talmud sostiene que a los herejes (y, por tanto, a los cristianos) se los debe matar, como se lee en el libro IXº del Nezikin (Aboda Zarah, 26b), que dice: “A los herejes, traidores y apóstatas se los debe arrojar dentro de un pozo y no deben ser rescatados”. El mismo pasaje llega a decir esto: “Se los debe matar aun a los mejores de los Goim”.
El Talmud sostiene que un cristianos merece la muerte si se lo encuentra estudiando el Talmud, como se lee en el libro IVº del Nezikin (Sanhedrin, 59a), que dice: “el rabino Jochanan dice: un goi que escudriña dentro de la Ley es culpable de muerte”. Esperemos que no nos maten por haber escrito esta introducción al Talmud.

Después de haber leído esto se entiende una de las invectivas que nuestro señor Jesucristo, manso y humilde de corazón, les dirigió no sólo a los fariseos, sino a la totalidad (moral, no matemática) de los judíos: “Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde el principio (…) él es mentiroso y padre de la mentira” (Jn VIII, 44). Santo Tomás en la célebre Catena Aurea cita a San Agustín, quien comentando esta caritativa corrección escuetamente señala lo siguiente: “Los judíos eran hijos del diablo, porque lo imitaban, no porque hubiesen nacido de él”[30] y a Alcuino, quien precisa lo siguiente: “como Dios es la verdad, el Hijo de Dios verdadero dice la verdad; mas los judíos, como eran hijos del diablo, se separaron de la verdad”.

Que el Niño Jesús nos bendiga a todos,
Mayo de 2019
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[11] Cf. S.S. Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los profesores y estudiantes del Pontificio Instituto Bíblico: “para muchos judíos, sin embargo, los fariseos son los fundadores del judaísmo rabínico y por lo tanto sus ancestros espirituales”.
[12] I. Pranaitis, Christianus in Talmude Iudaeorum, trad. esp., p. 85-86.
[13] S.S. Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los profesores y estudiantes del Pontificio Instituto Bíblico.
[14] I. Loeb, Revue de Etudes Juives, t. I, p.256.
[15] Esta revista se encuentra online publicada en archive.org
[16] I. Pranaitis, Christianus in Talmude Iudaeorum, trad. esp., p. 23.
[17] Cf. ibidem, p. 23-24.
[18] I. Pranaitis, Christianus in Talmude Iudaeorum, trad. esp., p. 15.
[19] Ibidem, p. 15-16.
[20] Cf. ibidem, p. 16.
[21] Ibidem.
[22] Ibidem.
[23] Ibidem.
[24] Cf. I. Pranaitis, Christianus in Talmude Iudaeorum, trad. esp., p. 22.
[25] Ibidem.
[26] Cf. I. Pranaitis, Christianus in Talmude Iudaeorum, trad. esp., p. 24.
[27] Ibidem.
[28] Ibidem
[29] Ibidem, p. 85.
[30] San Agustín, In Joannem, tract. 42.

VER+:






El Talmud Desenmascarado Pranaitis by Alberto Martin