EL Rincón de Yanka: CIENCIA

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viernes, 24 de julio de 2026

EVALUACIÓN CIENTÍFICA DE LOS RIESGOS DE LA LOCURA POR LA MARIHUANA (PORRO) 😵😱 por DR. ROBIN MURRAY


Evaluación de los riesgos
de la locura por la marihuana
😵😱

Los estudios que vinculan el consumo de cannabis con la esquizofrenia en el cerebro en desarrollo son solo la punta del iceberg en lo que respecta a la marihuana. 
¿Son especialmente peligrosas las distintas variedades y los cannabinoides sintéticos? 
¿Estamos haciendo lo suficiente para educar a los jóvenes sobre los riesgos? ¿Disminuye el coeficiente intelectual el consumo de marihuana? 
¿Dónde está el límite entre la marihuana medicinal y la recreativa? 
Nuestro autor, un reconocido psiquiatra británico, ofrece una perspectiva europea sobre estas cuestiones.
Las manifestaciones clínicas producidas por una intoxicación aguda por Cannabis son muy variables entre personas y dependen de la dosis, del contenido de THC, de la proporción THC/CBD, de la forma de administración, así como la personalidad, las expectativas y experiencias previa del sujeto y también del contexto en que se consume. 
Algunos autores afirman que las personas que consumen grandes cantidades de marihuana pueden presentar desorientación, despersonalización, paranoia y probables alucinaciones. Algunos estudios sugieren que puede producir enfermedades mentales graves como psicosis tóxicas en las que aparecen síntomas como alucinaciones y delirios graves, mientras que otros indican que puede acelerar la aparición de enfermedades psicóticas.

Quienes padecen esquizofrenia están especialmente predispuestos a estos efectos, existe probada evidencia de que la esquizofrenia puede empeorar con el uso de marihuana. Según algunos estudios, los consumidores de marihuana son más propensos a presentar anhedonia y desorganización cognitiva. Pueden producirse reacciones de pánico. Otros efectos incluyen taquicardia. Sin embargo se han encontrado evidencias sustanciales del uso del CBD (cannabidiol) como antipsicótico, ya que actúa en ciertas dosis como inhibidor natural del receptor CB1.

Actualmente hay suficiente evidencia científica para confirmar el efecto perjudicial del consumo diario de cannabis en la salud mental, asociado de forma directa a las mayores concentraciones de THC, especialmente de las variedades de alta potencia. El consumo habitual de cannabis produce un palpable deterioro cognitivo, incluyendo disminución del coeficiente intelectual, amnesia y perdida de memoria, sobre todo en menores de 21 años. Un metaanálisis de 2007 calcula que el consumo de cannabis está estadísticamente asociado con un aumento dosis-dependiente del riesgo de desarrollo de trastornos psicóticos. En un estudio de 2019 publicado en la revista The Lancet Psychiatry, por ejemplo, se confirma que el consumo de cannabis afecta la incidencia de trastornos psicóticos, incluyendo la esquizofrenia, al punto de que puede afirmarse que el consumo de marihuana en la actualidad (año 2025) triplica el riesgo de contraer dicha enfermedad mental, debido al incremento de su contenido de THC en comparación con el pasado reciente. En varias investigaciones, se ha comprobado incluso que el consumo diario de cannabis puede causar cambios epigenéticos en el consumidor, que a su vez pueden ser transmisibles a dos generaciones siguientes. Se reconocen, por tanto, los potenciales efectos adversos asociados con el consumo diario de cannabis, especialmente de las variedades de alta potencia en lo que a la salud mental se refiere.

Efectos a largo plazo

El consumo de cannabis se ha evaluado en diversos estudios que lo correlacionan con el desarrollo de ansiedad, psicosis y depresión, además del desarrollo de trastornos de pánico, independiente de si se continúa consumiendo o no, actuando, por lo tanto, el cannabis como detonante en al menos el 33 % de ataques de pánico sufrido por pacientes, que lo presentaron por primera vez y 48 horas post-consumo.

Con respecto a la aparición de trastornos mentales, tales como depresión y ansiedad, los consumidores diarios tienen 5 veces más posibilidades de desarrollarlos que los no consumidores, mientras que aquellos que son consumidores semanales tienen cerca del doble de posibilidades que los no consumidores. Con respecto a la posibilidad de sufrir esquizofrenia, se triplica al consumir cannabis.

Respecto a la aparición de trastornos psicóticos, los individuos con predisposición tienen entre un 25 y un 40 % más de posibilidades de padecer alguno de estos trastornos, mientras que en los individuos sin predisposición alcanza un 4 a 6 % más de incidencia. Algunos estudios avalan estos resultados afirmando que, probablemente el consumo de cannabis incremente el riesgo de reacciones psicóticas o sea la única causa del desarrollo de trastornos psicóticos en aquellos individuos que se encontraban sanos, previo al inicio del consumo, mientras que otros argumentan que ello es poco probable debido a la existencia de otros factores.

Estudios en consumidores de cannabis crónicos reportaron una reducción del volumen del hipocampo y de la amígdala.

Se considera que los consumidores ocasionales de cannabis tienden a acumular el THC, ya que el mismo suele depositarse en zonas ricas en grasa (como el cerebro, el hígado y las gónadas), esta acumulación suele asociarse a problemas de pérdida de memoria, (ocasionados por las alteraciones del hipocampo), como también a otros problemas de salud como impotencia. Se estima que se necesitan alrededor de 4 semanas para que el THC sea eliminado completamente del organismo, en consumidores ocasionales; sin embargo se cree que los consumidores crónicos de cannabis, requieren mucho más tiempo para recuperar sus funciones cognitivas, y que algunos de los trastornos producidos son crónicos.

Una característica de los efectos del consumo de psicotrópicos, como la marihuana, es el conocido como síndrome amotivacional, estudiado primero por Richard H. Schwartz, caracterizado por abulia, apatía, pasividad, indiferencia o irritabilidad, dificultad en mantener la atención y fatiga. Pero esto no está claro del todo ya que existen fuentes que afirman que esto tiene que ver con la personalidad y la conducta del individuo más que con el consumo en sí mismo. Aunque algunos estudios (IRMf) han mostrado fuertes cambios en la función neurológica a largo plazo en los consumidores diarios de cannabis, no se observaron cambios significativos en la conducta de aquellos individuos que realizaron un período de abstinencia de la sustancia.

A partir de mediados de la década de 1980, los psiquiatras europeos, como yo, comenzamos a ver un número creciente de adolescentes que antes funcionaban bien y que habían desarrollado alucinaciones y delirios: el cuadro clínico característico de la esquizofrenia. Estos pacientes con problemas nos desconcertaban porque la mayoría habían sido inteligentes y sociables y no tenían ninguna relación con los factores de riesgo habituales, como antecedentes familiares del trastorno o daño cerebral durante el desarrollo. Familiares y amigos solían decir: «Quizás sea por todo el cannabis que han estado fumando», y nosotros, con seguridad, les asegurábamos que estaban equivocados y les decíamos que el cannabis era una droga segura.

Mi perspectiva comenzó a cambiar cuando un colega, Peter Allebeck, del Instituto Karolinska de Estocolmo, inició su propia investigación. A él también le había llamado la atención observar cómo jóvenes bien adaptados desarrollaban esquizofrenia sin razón aparente. El excelente sistema nacional de registros suecos le permitió rastrear la evolución de 45.750 jóvenes a quienes se les preguntó sobre su consumo de drogas al ser reclutados en el ejército sueco. A partir del análisis de estos datos, Allebeck y sus colegas informaron en 1987 que los reclutas que habían consumido cannabis más de cincuenta veces tenían seis veces más probabilidades de desarrollar esquizofrenia en los siguientes quince años que aquellos que nunca lo habían consumido.

Debido a que solo existía un estudio, la mayoría de los psiquiatras se convencieron de que los consumidores de cannabis probablemente estaban predispuestos a la esquizofrenia antes de empezar a fumar. Como resultado, los hallazgos de Allebeck fueron prácticamente ignorados. Incluso la prestigiosa revista médica The Lancet, que había publicado el artículo de Allebeck, incluyó un editorial en 1995 que reiteraba la opinión médica predominante de que «fumar cannabis, incluso a largo plazo, no es perjudicial para la salud».

Sin embargo, con la ayuda de un joven psiquiatra, Anton Grech, comencé a estudiar a pacientes que habían fumado cannabis y habían sido ingresados ​​en el Hospital Maudsley de Londres con un diagnóstico de psicosis. Nuestro objetivo era observar qué sucedía con aquellos que continuaban consumiendo cannabis. Si, como algunos sugerían, los pacientes psicóticos usaban cannabis para "automedicarse" o para sobrellevar su enfermedad, cabría esperar que los consumidores persistentes tuvieran un mejor pronóstico. Pero encontramos lo contrario: cuatro años después, los pacientes que seguían consumiendo cannabis tenían muchas más probabilidades de seguir presentando delirios y alucinaciones. 3 Numerosos estudios han replicado estos hallazgos.

Entonces, si fumar cannabis exacerba la psicosis establecida, ¿podría también desempeñar un papel causal? Esta pregunta impulsó a varios grupos de investigación a intentar replicar el estudio del ejército sueco mediante el seguimiento de muestras de jóvenes de la población general, divididos en consumidores y no consumidores de cannabis. Desde 2002, una serie de diez estudios de este tipo han informado que las personas que consumían cannabis en la evaluación inicial tenían un mayor riesgo de desarrollar posteriormente. síntomas psicóticos e incluso esquizofrenia manifiesta que los no consumidores. Otros estudios de consumidores de cannabis que habían buscado atención médica mostraron que tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar esquizofrenia posteriormente.  Tal unanimidad es poco común en la epidemiología psiquiátrica.

Una reacción hostil

Gran parte de la comunidad científica recibió estos hallazgos con hostilidad, al igual que quienes abogaban por una actitud más liberal respecto al consumo de cannabis. Mis colegas y yo fuimos acusados ​​de ser prohibicionistas encubiertos; algunos sugirieron que estábamos experimentando nuestra propia versión de "locura por la marihuana". Los críticos insinuaron que quienes consumían cannabis lo hacían porque eran personas extrañas y estaban destinadas a desarrollar esquizofrenia de todos modos. 

Pero en un estudio de jóvenes que habían sido sometidos a un intenso escrutinio desde su nacimiento en Dunedin, Nueva Zelanda, pudimos excluir a aquellos que ya parecían propensos a la psicosis a los once años. Aun así, encontramos una relación entre el consumo de cannabis y la esquizofrenia posterior, incluso cuando excluimos los efectos de otras drogas conocidas por aumentar el riesgo de psicosis. Otra crítica fue que tal vez algunas personas consumían cannabis en un intento de aliviar los síntomas de la psicosis o sus precursores. Sin embargo, un segundo estudio neozelandés, esta vez de Christchurch, mostró que una vez que se desarrollaban síntomas psicóticos leves, las personas tendían a fumar menos.

Finalmente, el gran volumen de datos convenció a los psiquiatras europeos y australianos de la existencia de un vínculo. Actualmente, se acepta generalmente que el cannabis es una causa de esquizofrenia aunque en menor medida en Norteamérica, donde este tema ha recibido poca atención). Sin embargo, persiste el debate sobre la magnitud de la psicosis asociada al cannabis. En diferentes países, la proporción de esquizofrenia atribuida al consumo de cannabis oscila entre el 8 y el 24 por ciento, dependiendo, en parte, de la prevalencia de dicho consumo. 
El exceso se convierte en una preocupación importante.

La mayoría de las personas disfrutan del cannabis con moderación y sufren pocos o ningún efecto adverso. Les reconforta saber que algunas de las figuras más célebres del planeta —Paul McCartney, Oprah Winfrey y Barack Obama, por ejemplo— han admitido consumir cannabis sin sufrir efectos negativos. Sin embargo, el consenso científico indica que, si bien no existe evidencia concluyente de una relación con la ansiedad o la depresión, el consumo excesivo de cannabis puede provocar psicosis. En resumen: los consumidores habituales que fuman grandes cantidades aumentan su riesgo de desarrollar esquizofrenia.

Sin embargo, la gran mayoría de los consumidores no desarrollarán psicosis. De hecho, cuando se les pregunta a los jóvenes que han desarrollado esquizofrenia tras años de consumo de cannabis si creen que su hábito pudo haber contribuido, suelen responder: «No, mis amigos fuman tanto como yo y están bien». Parece que algunas personas son especialmente vulnerables.

Como era de esperar, las personas con una personalidad paranoide o propensa a la psicosis son las que corren mayor riesgo, junto con aquellas con antecedentes familiares de psicosis. La investigación también sugiere que heredar ciertas variantes de genes que influyen en el sistema dopaminérgico, implicado en la psicosis, puede hacer que algunos usuarios sean especialmente susceptibles; ejemplos de estos genes incluyen AKT1, DRD2 y posiblemente COMT. 

Otra pregunta importante es: ¿Son algunos tipos de cannabis más riesgosos que otros?

La naturaleza cambiante del cannabis

Se cree que la planta de cannabis es originaria de Asia central o de las estribaciones del Himalaya. Produce compuestos conocidos como cannabinoides en los tricomas glandulares, principalmente alrededor de las flores de la planta. El cannabis recreativo se deriva de los tricomas y tradicionalmente ha estado disponible como hierba (marihuana, hierba) o resina (hachís); la primera es más común en Norteamérica y la segunda en Europa. El cannabis actúa sobre el receptor cannabinoide CB1, parte del sistema endocannabinoide, que ayuda a mantener la estabilidad neuroquímica en el cerebro. La planta de cannabis produce más de 70 cannabinoides, pero los más importantes son el tetrahidrocannabinol (THC) y el cannabidiol (CBD). El THC es responsable del efecto psicoactivo que experimentan los consumidores. Activa el receptor cannabinoide CB1, que es uno de los receptores más extendidos en el cerebro.

La proporción de THC en la marihuana tradicional y la resina en la década de 1960 era de aproximadamente entre el 1 y el 3 por ciento. La potencia del cannabis comenzó a aumentar en la década de 1980, cuando cultivadores como David Watson, conocido como "Sam the Skunkman", huyeron de la "Guerra contra las Drogas" impulsada por Reagan y llevaron semillas de cannabis a Ámsterdam, donde se podía vender legalmente en los "coffee shops". Junto con entusiastas holandeses, experimentaron para producir plantas más potentes. Esto marcó la tendencia para un aumento lento pero constante de una nueva variedad de marihuana llamada sinsemilla, cosechada de flores femeninas no polinizadas (a menudo llamada "skunk" por su fuerte olor). A principios del siglo XXI, en Inglaterra y los Países Bajos, respectivamente, la potencia de la sinsemilla, medida por la proporción de THC, había aumentado a entre el 16 y el 20 por ciento, y había acaparado gran parte del mercado tradicional, desplazando a la resina.

En 1845, el psiquiatra francés Jacques-Joseph Moreau (apodado «Moreau de Tours») consumió cannabis en el Club de Hashischins, cuyo nombre resultaba muy apropiado, y se lo administró a algunos de sus estudiantes y pacientes.  
Concluyó que el cannabis podía precipitar «reacciones psicóticas agudas, que generalmente duraban solo unas horas, pero ocasionalmente hasta una semana». Sin embargo, desde entonces, sorprendentemente, se ha investigado muy poco científicamente sobre los efectos del THC en humanos.

Uno de los primeros estudios sobre el THC fue realizado por Paul Morrison, un psicofarmacólogo escocés de nuestro grupo en el King's College de Londres, quien administró el ingrediente por vía intravenosa a jóvenes voluntarios sanos y entusiastas. Sus reacciones variaron desde euforia hasta sospecha, paranoia y alucinaciones. Posteriormente, él y Amir Englund  pretrataron a sus voluntarios con cannabidiol (CBD), el otro ingrediente principal del cannabis tradicional, antes de administrarles THC por vía intravenosa; los efectos de este último fueron mucho menores. Por lo tanto, el CBD pareció contrarrestar los efectos psicotrópicos del THC. Un ensayo clínico alemán respalda esta idea: Marcus Leweke descubrió que el CBD tenía acciones antipsicóticas equivalentes a las de un antipsicótico estándar, la amisulprida, en pacientes con esquizofrenia.

Las variedades de cannabis de alta potencia, como la sinsemilla (skunk), se diferencian de las tradicionales no solo por la cantidad de THC que contienen, sino también por la proporción de CBD. Curiosamente, las plantas cultivadas para producir una alta concentración de THC no pueden producir también mucho CBD, por lo que las variedades de cannabis con alto contenido de THC contienen poco o ningún CBD. 

¿Podrían, por lo tanto, los tipos de cannabis de alta potencia tener más probabilidades de inducir psicosis que las formas tradicionales? Para examinar esta cuestión, mi esposa, Marta Di Forti, psiquiatra financiada por el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido, comparó los hábitos de consumo de cannabis de 410 pacientes ingresados ​​en el Hospital Maudsley con su primer episodio de trastorno psicótico con los de 390 personas de control de la población local. Quienes habían consumido cannabis de alta potencia (skunk) presentaban un riesgo mucho mayor de psicosis que los consumidores de resina. Las personas que consumían cannabis tipo skunk a diario tenían cinco veces más probabilidades que los no consumidores de sufrir un trastorno psicótico , mientras que los consumidores de resina tradicional no presentaban diferencias con los no consumidores. Otro estudio que analizó el cabello en busca de cannabinoides mostró que los consumidores con THC y CBD detectables en el cabello presentaban menos síntomas psicóticos que aquellos con solo THC.

Por lo tanto, la creciente disponibilidad de tipos de cannabis de alta potencia explica por qué los psiquiatras deberían estar más preocupados por el cannabis ahora que en las décadas de 1960 y 1970. La tendencia hacia una mayor potencia no se está desacelerando, y se informa que nuevas formas de resina y aceite de resina contienen hasta un 60 por ciento. Estas formas particularmente muy potentes siguen siendo inusuales, pero los cannabinoides sintéticos (a menudo denominados "spice" o "K2") ahora se anuncian y venden comúnmente en sitios web que cumplen con la ley al etiquetar sus productos como incienso, o agregando "no apto para el consumo humano". Mientras que el THC solo activa parcialmente el receptor CB1, la mayoría de las moléculas spice/K2 activan completamente el receptor y, por lo tanto, son más potentes. En consecuencia, las reacciones adversas agudas son más comunes. Una encuesta a 80 000 consumidores de drogas mostró que aquellos que usaban cannabinoides sintéticos tenían treinta veces más probabilidades de terminar en una sala de emergencias que los consumidores de cannabis tradicional.  La agitación, la ansiedad, la paranoia y la psicosis que pueden resultar del uso de cannabinoides sintéticos se han denominado “espiceofrenia”. 

La dependencia y el deterioro cognitivo siguen siendo temas controvertidos.

Si bien la dependencia psicológica y la tolerancia se presentan, el tema de la dependencia física sigue siendo objeto de intenso debate. Quienes la defienden señalan la aparente ausencia de síntomas agudos de abstinencia del cannabis (hasta la fecha no se han realizado estudios que examinen específicamente a consumidores con alto contenido de THC). En circunstancias normales, los síntomas de abstinencia están ausentes porque el cannabis permanece en el cuerpo durante varias semanas; por lo tanto, la abstinencia es muy gradual y poco evidente, aunque pueden desarrollarse ansiedad, insomnio, trastornos del apetito y depresión. Algunos afirman que el 10 % de las personas que experimentan con cannabis desarrollarán dependencia y que las tasas de dependencia entre los consumidores diarios alcanzan al menos el 25 %. Independientemente de la veracidad de estas cifras, la dependencia del cannabis es una causa cada vez más común de personas que buscan ayuda en Australia, Europa y Norteamérica. 

Otro tema controvertido es el deterioro cognitivo. El THC altera el hipocampo, la zona del cerebro crucial para la memoria. Cuando Paul Morrison indujo síntomas psicóticos administrando THC por vía intravenosa a voluntarios, también se observó un deterioro cognitivo transitorio. Es probable que este deterioro explique por qué los conductores bajo los efectos del cannabis tienen el doble de riesgo de sufrir accidentes de tráfico. 

Los consumidores habituales muestran deterioro cognitivo, pero persiste la controversia sobre qué sucede cuando dejan de consumir. Algunos estudios sugieren que pueden recuperarse por completo, mientras que otros indican que solo es posible una recuperación parcial.  Un estudio (aún no replicado) que generó gran preocupación fue un informe de Madeleine Meier y sus colegas, basado en el estudio de Dunedin.  Este sugirió que el consumo persistente de cannabis durante varias décadas provoca una disminución de hasta ocho puntos en el coeficiente intelectual.

Una posible explicación para los resultados cognitivos inconsistentes es que los efectos sobre la cognición podrían depender de la edad de inicio del consumo de cannabis. Harrison Pope y sus colegas examinaron a consumidores habituales de cannabis a largo plazo y descubrieron que aquellos que iniciaron su consumo antes de los diecisiete años presentaban puntuaciones de CI verbal más bajas.  Meier también halló un mayor deterioro en aquellos de su cohorte de Dunedin que comenzaron a consumir en la adolescencia. 

Otros estudios han señalado una asociación entre el consumo de cannabis en la adolescencia y un bajo rendimiento académico. Edmund Silins y sus colegas analizaron a más de 2500 jóvenes en Australia y descubrieron que el consumo diario de cannabis antes de los diecisiete años se asociaba con una clara disminución en la probabilidad de completar la escuela secundaria y obtener un título universitario. 

Los investigadores han planteado preguntas similares con respecto a la edad de inicio y el riesgo de psicosis. En nuestro estudio de Dunedin, encontramos que las personas que comenzaron a consumir cannabis a los dieciocho años o más mostraron solo un pequeño aumento, no significativo, en el riesgo de psicosis similar a la esquizofrenia a los veintiséis años. Pero entre quienes comenzaron a los quince años o antes, el riesgo se cuadruplicó.  Otros estudios han reportado disparidades similares. 

Estudios experimentales en roedores han revelado que la administración de THC produjo un mayor impacto en la función cognitiva en ratas jóvenes que en ratas adultas. Además, algunos estudios recientes de neuroimagen en personas que consumen cannabis de forma prolongada y en grandes cantidades han afirmado encontrar cambios cerebrales detectables, especialmente en aquellos que comenzaron en la adolescencia. Aunque los estudios de neuroimagen siguen siendo controvertidos, una posible explicación es que comenzar a consumir cannabis a una edad en la que el cerebro aún se está desarrollando podría dañar permanentemente el sistema endocannabinoide e impactar en otros neurotransmisores como el sistema dopaminérgico —conocido por estar implicado tanto en el aprendizaje como en la psicosis.

Trascendencia

Las actitudes hacia el cannabis están cambiando a nivel mundial. Uruguay ha legalizado su uso, al igual que cuatro estados estadounidenses. Además, diecisiete estados han despenalizado el cannabis, mientras que otros veintitrés han aprobado leyes sobre la marihuana medicinal basándose en que ayuda a personas con dolor crónico y síntomas asociados a la quimioterapia. Se ha abierto una curiosa brecha entre Norteamérica y Europa. En Estados Unidos, el consumo de cannabis entre los jóvenes ha aumentado desde mediados de la década de 1990, a medida que ha disminuido la percepción de riesgo sobre su consumo. En contraste, el consumo ha disminuido en muchos países europeos, en parte debido a un mayor conocimiento de los riesgos para la salud mental. En Inglaterra, por ejemplo, en 1998, el 26% de las personas de entre dieciséis y veinticuatro años admitió haber consumido cannabis el año anterior. Para 2013, esa cifra había descendido al 15%. 

Al considerar el futuro del uso legal del cannabis, los legisladores y políticos deben equilibrar el disfrute de muchos con el potencial de daño. Este desafío se evidencia en el Reino Unido, donde los grupos de presión a favor y en contra del cannabis han protagonizado una acalorada discusión. En 2004, el gobierno siguió la recomendación del Consejo Asesor sobre el Abuso de Drogas, que afirmaba que el consumo de cannabis no tenía efectos adversos graves, y redujo las restricciones sobre la droga. Al año siguiente, el Consejo Asesor revirtió su postura y aceptó la evidencia que vinculaba el cannabis con la psicosis. Algunos periódicos que habían hecho campaña a favor de la liberalización respondieron atacando a los políticos "liberales". Para 2007, el clamor mediático había alcanzado tal magnitud que el gobierno volvió a aumentar las restricciones. Ahora, la presión para la liberalización vuelve a crecer. 

Al analizar las opiniones contradictorias, los políticos y reguladores deben reconocer que la "marihuana medicinal" se ha convertido en gran medida en una tapadera para la introducción del uso recreativo por parte de la industria de la marihuana, y que hay médicos inescrupulosos y cada vez más adinerados involucrados. Sin embargo, se debe fomentar la investigación sobre los numerosos componentes del cannabis, ya que, al igual que la investigación sobre los opiáceos, puede dar lugar a fármacos con importantes usos médicos. Los componentes cannabinoides individuales pueden entonces someterse a ensayos para medir su eficacia en diversas dolencias (por ejemplo, esclerosis múltiple, epilepsia) del mismo modo que se evalúa cualquier otro fármaco propuesto. Cuando sea eficaz, debería estar disponible bajo prescripción médica; varios fármacos cannabinoides ya están disponibles de esta manera.

Pero debemos ser cautelosos, ya que la evidencia que hemos revisado sugiere que el cannabis, al igual que otras drogas psicotrópicas, tiene efectos tanto negativos como positivos. Si consideramos que casi 200 millones de personas en todo el mundo consumen cannabis, es probable que el número de personas que sufren psicosis inducida por cannabis ascienda a millones, y la cantidad de personas en riesgo de desarrollar problemas graves de salud mental se convierte en una gran preocupación.

Los europeos siguen con gran interés la evolución del debate sobre el cannabis en Estados Unidos. La despenalización y la legalización del cannabis y los cannabinoides sintéticos están sobre la mesa. 
¿Conllevará la legalización un aumento del consumo? ¿Esto resultará en un mayor uso por parte de los adolescentes, quienes parecen ser los más susceptibles a los efectos adversos? ¿Podrán los servicios de salud mental y de tratamiento de adicciones hacer frente a la situación? ¿Cómo se desarrollarán las campañas educativas sobre los riesgos del consumo regular de cannabis de alta potencia o cannabinoides sintéticos? ¿Podría una simple prueba genética revelar quién tiene más probabilidades de sufrir efectos mentales adversos? 
A medida que el consumo de cannabis sigue ganando aceptación, persisten tantas preguntas como respuestas.

Los artículos de Cerebrum: el foro de Dana sobre neurociencia se ofrecen aquí por cortesía de la Fundación Dana.

jueves, 16 de julio de 2026

LIBRO "POSESIÓN": 👿👥🙏 Un psiquiatra entre exorcistas. Un viaje profundo entre la ciencia y el misterio de los exorcismos por Dr. José Miguel Gaona

POSESIÓN
Un psiquiatra entre exorcistas.
Un viaje profundo entre la ciencia 
y el misterio de los exorcismos


El exorcismo no es una reliquia del pasado. Es un fenómeno vivo, presente hoy en culturas de todo el mundo, y que la Iglesia católica sigue practicando en su lucha contra el mal.
En una era en que la ciencia parece tener respuestas para casi todo, resulta inquietante comprobar que aún existen experiencias que escapan a la explicación médica y que intentan resolver nuestra lucha cotidiana entre la luz y la oscuridad. Personas que aseguran estar poseídas. Voces que no reconocen como propias. Fuerzas que desafían lo conocido.
¿Dónde termina la enfermedad y dónde comienza lo inexplicable? 
El Dr. José Miguel Gaona lleva años enfrentándose a esa frontera. Ha presenciado exorcismos, investigado casos documentados por la Iglesia y entrevistado a figuras clave como el exorcista padre Amorth o el psiquiatra Richard Gallagher, quien describe episodios que desafían la lógica: pacientes que hablan con precisión lenguas desconocidas, revelan datos imposibles de conocer por ellos y manifiestan una fuerza fuera de lo común.
Este libro es el resultado de ese viaje al límite entre la fe y la razón. Un recorrido inquietante por los territorios donde la psiquiatría, la espiritualidad y el misterio se entrelazan. Es una invitación a dudar. A mirar más allá. Y a preguntarse si, en ocasiones, la realidad es mucho más extraña de lo que estamos dispuestos a admitir.
Prólogo

Estimado lector: Ha sido un placer para mí, como colega médico, escritor y profesor de Psiquiatría en Nueva York, haber tenido la oportunidad de intercambiar ideas profesionales con el Dr. José Miguel Gaona. Me han impresionado sus rigurosos estudios sobre las experiencias cercanas a la muerte, la naturaleza de la conciencia y el diverso mundo de los fenómenos psíquicos en un sentido amplio. Su libro Al otro lado del túnel es una excelente panorámica de múltiples aspectos de estos temas tan controvertidos. 

Me alegré mucho cuando me envió el borrador de su último libro sobre la práctica del exorcismo. Se trata de un estudio histórico, fenomenológico y teológico de otro campo de estudio aún más relevante. Su propia formación médica y su experiencia de observación en la materia hacen que este libro sea valioso, riguroso e incluso práctico. Una de sus principales virtudes es su accesibilidad para el público que busca la opinión de un psiquiatra contemporáneo, de gran inteligencia y sólida formación. 

El Dr. Gaona ha escrito un valioso estudio sobre la realidad de los ataques demoníacos y la aplicación de prácticas exorcísticas prudentes para aliviar a personas que realmente sufren, lo cual constituye la verdadera señal de cualquier médico comprometido con el bienestar de sus pacientes.

Profesor Doctor Richard Gallagher *
Psiquiatra, Universidad de Columbia, Nueva York, 2026

* Richard Gallagher, MD, psiquiatra y profesor de Psiquiatría en el New York Medical College y psicoanalista en el claustro de la Universidad de Columbia. Graduado en la Universidad de Princeton, con honores Phi Beta Kappa en estudios clásicos, realizó su residencia en Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale. Colaborador directo de exorcistas católicos durante décadas. Considerado el principal experto científico del mundo en el tema de los ataques diabólicos, ha sido miembro activo de la Asociación Internacional de Exorcistas desde la década de 1990. Autor de Demonic Foes, HarperOne, 2020; en español, Enemigos demoníacos.

¿POR QUÉ UN LIBRO SOBRE EXORCISMOS HOY?

«En mi nombre expulsarán demonios». 
Evangelio de Marcos 16,17 

Durante el tiempo en que viví en Malí, era inevitable dar un paseo por el mercado de Bamako. En algunos puestos se vendían amuletos o animales, algunos disecados o en pedazos para realizar actos de magia. Un alto precio y un hedor insoportable eran el peaje que había que pagar para intentar atraer a las entidades invisibles hacia causas más favorables de sus compradores o poco propicias para sus enemigos.

No pensaba en el poder mágico de dichos objetos por sí mismos, pero sí en la gran influencia de ellos sobre los seres humanos que participaban en dichos rituales y, quizá, la movilización de antiquísimas fuerzas invisibles. 

Pero años antes, durante mi infancia en Chile, alguna criada mapuche1 solía cuidarme durante alguna de las salidas de mis padres. Me convertía en oyente de interesantes y profundas historias de su pueblo indígena que no dejaban de impresionarme. A ciertas horas de la noche aquellos relatos parecían materializarse y la cuidadora parecía tornarse en una machi2 de cuya mano traspasaba fronteras mágicas que todavía, al día de hoy, intento volver a encontrar. 

Tal vez había una parte de sugestión, pero otra se adentraba en los laberintos más profundos del ser humano. Esa zona gris, o ennegrecida por el miedo y por la lucha entre la luz y la oscuridad, que nos persigue desde que mirábamos al cielo buscando las estrellas nada más salir de la caverna. 

Lo inexplicable regresa 

Vivimos en un tiempo en el que todo va extremadamente rápido. Por un lado, la inteligencia artificial es capaz de crear obras artísticas y algunos programas llegan casi a adivinar lo que vamos a hacer. Otros, como los de mi profesión, ya son capaces de diagnosticar la depresión e incluso aventurarse a predecir cómo van a evolucionar. Parece que la ciencia tiene respuestas para casi todo. Sin embargo, los exorcismos siguen siendo importantes y la gente se sigue interesando por ellos. Entonces, ¿por qué escribir sobre esto ahora? La respuesta no es especialmente fácil. Existen muchas razones por las que los seres humanos necesitamos imaginar aquello que desconocemos y también encontrar sentido en un mundo que para muchos parece vacío. 

Casi podríamos decir que un exorcismo va mucho más allá de expulsar los espíritus malignos del cuerpo o del alma de alguien. Es algo que va más allá de cualquier religión. De hecho, prácticamente todas las culturas del mundo lo hacen: desde los chamanes en América hasta los budistas en el Tíbet, sin olvidar a los hindúes o, por supuesto, numerosas religiones africanas. Lo que quiero decir es que todos necesitamos apoyo espiritual y que no importa de dónde seamos ni en qué época hayamos vivido. 

Para complicar aún más las cosas, observamos que el número de casos en todo el mundo, aunque no existen estadísticas especialmente fiables, siguen estables o incluso podríamos decir que aumentan. La Iglesia católica tiene más exorcistas actualmente que hace unas décadas. ¿Qué es lo que sucede en la mente con el espíritu de un ser humano cuando dice encontrarse poseído y busca exorcizarse? ¿Cómo es posible que, en ocasiones, la psiquiatría o la psicología se estrellen contra la muralla del espíritu? 

El contexto histórico y por qué sigue siendo importante 

Los exorcismos no son rituales del pasado; siguen existiendo y de una manera muy fiel a como se realizaban siglos atrás. La historia de los exorcismos revela una parte importante acerca de cómo los seres humanos hemos lidiado con aquellas cuestiones en las que fuimos o incluso somos ignorantes: enfermedades mentales, sufrimientos de alta intensidad, debacles psicológicas que en ocasiones nos pueden llevar a quitar la vida. 

Lo sugestivo de la situación es que, hasta no hace mucho, muchas enfermedades mentales, comúnmente llamadas «de los nervios», y algunas otras de origen neurológico, como la epilepsia, se veían como si los espíritus «malos» habitasen dentro de las personas. Ello nos podría llevar a pensar que los exorcismos no son otra cosa que una forma milenaria de practicar la medicina que, además, tenía todo el sentido con las creencias ancestrales. Sin embargo, a pesar de todo lo que sabemos actualmente sobre la psiquiatría o la neurología, muchas personas, incluso profesionales altamente formados, toman en consideración el exorcismo como una forma de liberarse de otros estados, como son las «posesiones». 

No queremos aceptar explicaciones solo sobre las cosas materiales. También nos confunden algunas experiencias extremas. ¿Cómo explicar cuando alguien cambia de forma radical, tiene conocimientos que no debería saber, una fuerza sobrenatural, o bien habla idiomas que, aparentemente, no conoce? Es entonces cuando comienzan nuestras dudas. 

Esta búsqueda de explicaciones, que va más allá de lo que podríamos esperar, ocurre incluso en países donde, aparentemente, la religión no parecía tan importante. Por ejemplo, en Estados Unidos, un país que visito con mucha frecuencia, han aumentado los exorcismos. 

En Hispanoamérica, gracias al crecimiento de las iglesias pentecostales, las prácticas para expulsar los espíritus de las almas ajenas han vuelto con mayor intensidad. Incluso, en la cada vez más atea Europa, todavía se realizan exorcismos. 

Lo que dicen la psicología y la antropología 

Pero los exorcismos podrían ayudarnos a entender importantes cuestiones de la experiencia humana que no llegan a explicarse solamente con la razón. Los casos de posesiones demoníacas tienen casi siempre cosas en común en diferentes culturas y épocas, algunas de las cuales ya hemos descrito unas líneas más arriba. 

Algunas de estas reacciones, que quizá deberíamos llamar «síntomas», podrían tener fácil explicación por parte de las ciencias que estudian la mente humana. Por ejemplo, el trastorno de identidad disociativo explicaría los cambios de personalidad. Algunos estados alterados de conciencia explicarían la adquisición de cierta información que bajo estados de vigilia no se podrían realizar. Cabe señalar que algunos estados psicóticos podrían imitar las posesiones. Pero, una vez más, estas explicaciones no acaban de tranquilizar muchas veces a aquellos que las padecen ni tampoco a sus familias. En ocasiones, lo más confuso del caso es que, cuando han fracasado los profesionales de la salud mental, entonces tienen éxito los sacerdotes con sus exorcismos. 
¿No será que las ciencias de la mente, profundamente materialistas, todavía no saben cómo manejar estas cuestiones espirituales? 

Justamente por esta última idea creo que es importante escribir sobre exorcismos en la época actual: tenemos que llegar a conectar la ciencia con la realidad. Tenemos que incluir el estudio profundo de lo espiritual con aquellas cuestiones que algunos científicos han sido incapaces, por su tozudez, de medir. Después de todo, ¿no resulta innegable que muchas de las cosas más importantes que poseemos los seres humanos son imposibles de medir, son intangibles?: el amor, la amistad, la lealtad y un largo etcétera que, justamente, constituyen nuestra esencia. Esta unión o intersección de la ciencia, la psicología, la antropología y la espiritualidad nos hará comprender quiénes somos. 

También desde la antropología el exorcismo no deja de ser un excelente mecanismo para que la Iglesia sane a esa persona que se cree poseída y la devuelva a la sociedad. Es un verdadero ritual para reintegrarnos, quizá para procesar traumas que nos afectan a todos y para reforzar nuestras creencias comunes. 

Cómo influyen la cultura popular y los medios 

No creo desvelar ningún secreto si decimos que los exorcismos siguen siendo unos rituales muy relevantes en la cultura popular que se manifiesta a través de los medios. Quizá todo comenzó con aquel clásico de la película llamada El exorcista, en la que el padre Damien Karras se enfrentaba a todo tipo de fenómenos; luego series de televisión, documentales, pódcasts en las redes sociales y programas realizados por youtubers independientes. Los exorcismos, como siempre, en la mente de todos. 

Por una parte, se ha reavivado este ritual y se han mantenido vivas preguntas importantes sobre el mal y lo sobrenatural, pero, por otro, es igualmente cierto que también se ha hecho mucho sensacionalismo y se han creado ideas falsas acerca de cómo son realmente los exorcismos. 

Paradójicamente, los medios también influyen acerca de cómo las personas vivimos y damos traducción a nuestras propias experiencias a través de un verdadero «contagio cultural». En otras palabras, los medios pueden influir sobre nuestros síntomas psicológicos. Antiguamente, por ejemplo, en nuestra cultura occidental se daban con mucha mayor frecuencia los trastornos conversivos.3 Este tipo de cuadro ha ido disminuyendo en gran medida con el paso de los años. La psicología social, en tanto, explica cómo las expectativas culturales influyen en los síntomas. 

Pero estos mismos medios también reflejan miedos sociales en estos tiempos modernos, ya sea perder el control, la desintegración de la familia, peligros para los niños o supuestas invasiones por elementos externos. En estos casos, el exorcismo se convierte en una forma de enfrentar las incertidumbres de la vida moderna. 

Un libro sobre exorcismos en la actualidad debería hablar no solamente acerca de cómo esta dimensión mediática puede llegar a distorsionar la realidad —le recuerdo que quien escribe estas líneas trabaja también en medios de comunicación—, sino también como parte integral de estos miedos que seguramente retroalimentan los síntomas de las posesiones. Estas representaciones culturales no son tan solo una serie de relatos, sino que su estudio nos puede ayudar a entender la realidad social que nos rodea y la interpretación de los mismos, tanto por aquellos que padecen los susodichos síntomas como por todos los que nos interesamos en la construcción de la realidad. 

A la vez, la ciencia, obviamente, tiene limitaciones a la hora de abordar la experiencia humana y su relación con el exorcismo. Podemos explicar mecanismos, pero raramente abordamos el significado, el propósito y, por supuesto, la experiencia subjetiva. Por ejemplo, un diagnóstico de trastorno disociativo podrá describir los síntomas y quizá facilitar un tratamiento, pero no garantizar la salvación integral del paciente. 

Al mismo tiempo, la situación se complica al entender que la ciencia occidental se basa fundamentalmente en el materialismo metodológico, forma de pensar que, por supuesto, ha sido imprescindible para avanzar en muchas de las materias del conocimiento humano. Sin embargo, esta metodología puede presentar dificultades para abordar aspectos de la experiencia humana que no se ajusten a sus modelos. Esta manera de pensar no niega el rigor científico, pero tenemos que reconocer que dicho método saldría ganando si añadiéramos enfoques complementarios para entender aquellas cuestiones que se escapan de las mediciones materialistas. 

¿Cómo estudiar ciertos casos que desafían cualquier explicación de la ciencia actual? Subrayo la palabra «actual», ya que probablemente en algunos años esa próxima ciencia se acercará mucho más a todas estas explicaciones. No son frecuentes, pero sí que hay informes de fenómenos durante los exorcismos y, lógicamente, también durante las posesiones que exceden a los mecanismos psicológicos o neurológicos conocidos. Parece resultar evidente que existen aspectos de la realidad aún no comprendidos. 

Un libro sobre exorcismos en el siglo xxi debería buscar un equilibrio entre el escepticismo científico y distintas posibilidades que pudieran ir más allá de los paradigmas actuales. Debe intentar explicar desde la ciencia aquellos casos que la desafían, permitiendo a los lectores formarse sus propias conclusiones. 

Resulta llamativo cómo ha cambiado el contexto religioso del exorcismo en las últimas décadas. Antiguamente, el exorcismo era propio de ciertas denominaciones cristianas, pero ahora también se ha adoptado, quizá transformado, en otras prácticas en forma de «liberación espiritual». Por ejemplo, el pentecostalismo ha difundido ideas sobre la guerra espiritual y la liberación que van más allá de los exorcismos tradicionales. También llama la atención que algunos movimientos new age hayan desarrollado sus propias versiones de «limpieza energética». Paradójicamente, muchos de estos parroquianos que se autodenominan ateos no solo buscan esa imprescindible dimensión espiritual, sino que además replican antiquísimas técnicas de sanación. 

Dentro de esta variedad espiritual no son pocas las personas que han reemplazado la adhesión a doctrinas religiosas tradicionales por una construcción de su propia espiritualidad, un tanto «a medida», combinando elementos de distintas tradiciones, pero que si las miramos de cerca y con buena voluntad veremos que no son otra cosa que reinterpretaciones de nuestras creencias milenarias. 

Atendiendo a estos cambios sociales, la Iglesia católica, históricamente asociada al exorcismo formal, ha ido adaptando sus prácticas y también la formación de los sacerdotes no solo incrementando el número de exorcistas, sino también desarrollando protocolos para distinguir entre problemas espirituales y psicológicos y, por supuesto, colaborando con profesionales de la salud mental. Todo ello muestra una evolución por parte de la Iglesia en la que ella misma reconoce que el tema de las posesiones no puede abordarse solo desde una perspectiva religiosa tradicional. 

Resulta interesante hacer notar que, a su vez, el secularismo no se ha querido quedar atrás y ha creado también un espacio donde tanto las posesiones como los exorcismos se intentan reinterpretar en términos psicológicos o terapéuticos sin perder su dimensión espiritual.
Tanto es así que algunos terapeutas han incorporado elementos rituales en su práctica, y no quiero ahora mencionar algunos tipos de drogas de tipo enteógeno,4 como la ayahuasca o el hongo peyote. Experiencias espirituales que, a su vez, son difíciles de categorizar. 

Hoy, en pleno siglo xxi, podemos utilizar todas las herramientas científicas en nuestra mano para estudiar tanto las posesiones como los exorcismos, a diferencia de los siglos pasados y de los casos históricos basados en testimonios que podrían ser cuestionables. En la actualidad, los casos se documentan con vídeos, audios y, por supuesto, con la observación directa por parte de los investigadores. Sin embargo, creo que son numerosos los casos en los que no se investiga a fondo fenómenos relacionados, por ejemplo, con cambios de temperatura, movimientos de objetos, efectos sobre equipos electrónicos, etc., dado el escepticismo de algunos científicos que afirman no creer en este tipo de cuestiones sin siquiera investigarlas. El propósito de este libro es, entre otros, permitir a los lectores evaluar los datos por sí mismos.

En estos casos de posesión se han observado diversos patrones de comportamiento en los que dichas experiencias se encuentran mediatizadas según factores culturales y personales.

Practicar exorcismos en el siglo xxi plantea una serie de cuestiones éticas que en el pasado carecían de consideración. Una de ellas no es solamente el consentimiento informado, sino también proteger a aquellos individuos que podrían considerarse psicológicamente vulnerables. Muchas personas que dicen estar poseídas y buscan un exorcismo se encuentran a menudo en estados de angustia psicológica y quizá no tomen las decisiones racionales propias del tratamiento que deberían recibir. 

Todo ello, como es lógico, da lugar a numerosos interrogantes: ¿cuándo sería apropiado realizar un exorcismo o cuándo sería recomendable derivar a la persona a tratamiento psicológico? ¿Podría ser que en ocasiones los exorcistas estuvieran causando más daño que beneficio al obviar una patología mental? ¿Existen medidas para proteger a estas personas vulnerables de aquellos que quieren practicar exorcismos en, por ejemplo, un grupo de una secta? 

En este complejo cóctel donde intentamos diferenciar qué partes podrían ser de responsabilidad sobrenatural y cuáles son psicológicas, ¿cómo tenemos que entender los casos de aquellas personas en las que el exorcismo ha tenido éxito y les ha producido alivio? ¿Un mero efecto placebo? ¿Sugestión? Incluso, ¿cómo se podría manejar y convencer a la comunidad científica de los beneficios de estos rituales de sanación si realmente tienen efectos terapéuticos reales? Me atrevería a decir incluso si los mecanismos psicológicos subyacentes no son aquellos que se asocian con los exorcismos tradicionales de la Iglesia católica.

Tal vez los exorcismos no hablan tanto de demonios como de nosotros mismos: de nuestro miedo al mal, de nuestra sed de sentido y de la eterna lucha entre la oscuridad y la luz en el corazón humano.

Pero la cuestión puede ser aún más compleja. Pensemos en algunas sociedades donde las creencias en la posesión demoníaca son tremendamente fuertes y están implantadas en su dinámica diaria. Estas creencias pueden literalmente estigmatizar a personas con enfermedades mentales, o bien evitar que busquen tratamiento médico. Al mismo tiempo, que las instituciones médicas o educativas rechacen este tipo de creencias creará barreras para que algunos grupos culturales tengan acceso real a los servicios de salud. 

Otra paradoja de este siglo que estamos viviendo es que estos fenómenos no dejan de ser una verdadera búsqueda humana sobre el significado de la existencia en una época en la que muchos la consideran espiritualmente pobre. Es cierto que estamos rodeados de multitud de avances tecnológicos y científicos, pero, a pesar de todo, son muchas las personas que experimentan un vacío existencial, una pérdida de conexión con aquello que tradicionalmente se ha considerado como trascendente. 

Experiencias de posesión y exorcismo son una forma más de conectar con otras dimensiones espirituales de la realidad que se sienten perdidas en el mundo moderno, porque nuestra psique sigue teniendo hambre de ellas. Para otros lectores, esta podría ser una explicación a para sufrimientos cuya etiología desconocen y que la ciencia no ha sabido abordar. 

En un mundo donde casi todo parece ser explicado a través de la física o de la química, este tipo de creencias mantienen vivo en lo más profundo de cada uno de nosotros que existan dimensiones de la realidad que vayan no solamente más allá de lo material, sino más allá de nuestras percepciones. Esta búsqueda de trascendencia en la vida no es necesariamente regresiva o anticientífica, sino el producto de integrar distintas formas de conocimiento o experiencia. Entender de las posesiones o los exorcismos puede llegar a servir para integrar la ciencia, la psicología y la antropología, así como aquellas cuestiones espirituales que busca gran parte de la humanidad y que respetan la necesidad del máximo rigor intelectual y la realidad de la experiencia humana, incluyendo, por supuesto, la experiencia religiosa del tipo que sea. 

Todo ello puede recordarnos que, por mucho que avancemos en nuestro conocimiento, una vez que miramos al infinito, o bien dentro de nosotros mismos, intentando encontrar ese sentido de la vida, nos damos cuenta de que seguimos siendo criaturas que buscamos significado a lo que nos rodea y que el pensamiento racional, tal como lo entendemos hoy en día, no nos proporciona todas las respuestas. 

Por último, escribir sobre exorcismos hoy en día es escribir sobre la persistencia de lo sagrado en un mundo secular, sobre cómo buscar la salvación en el terreno de lo espiritual, pero quizá, sobre todo, acerca de la resistencia del espíritu humano a ser reducido a simple materia.

CONCLUSIONES

• El exorcismo sigue siendo un fenómeno universal. A pesar de los avances científicos, rituales similares aparecen en casi todas las culturas, reflejando una necesidad humana profunda de dar sentido al mal y al sufrimiento.
• La posesión se sitúa entre la mente y la cultura. Muchos de sus síntomas pueden explicarse psicológicamente, pero su forma de manifestarse está fuertemente influida por creencias y contextos culturales.
• La ciencia aún tiene límites para explicar ciertas experiencias. Aunque describe mecanismos y síntomas, no siempre logra abordar plenamente el significado espiritual o existencial que estas vivencias tienen para quienes las padecen.
• El exorcismo puede cumplir funciones simbólicas y sociales. Desde la antropología, estos rituales actúan como formas de canalizar el sufrimiento y reintegrar al individuo dentro de su comunidad.
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1 Pueblo indígena más numeroso de Chile y el suroeste de Argentina, cuyo nombre significa «gente de la tierra».
2 La machi es la máxima autoridad espiritual y curandera tradicional del pueblo mapuche en Chile y Argentina, actuando como intermediaria entre el mundo terrenal y espiritual. Su rol incluye sanar enfermedades físicas y espirituales.
3 Los trastornos de conversión son un grupo de trastornos mentales que tienen en común la presencia de síntomas y signos físicos, principalmente neurológicos, sin que exista una enfermedad o causa física objetivable que pueda explicarlos. Antiguamente se agrupaban bajo el diagnóstico de histeria.
4 Dicho de una sustancia: Que produce alucinación y que inicialmente fue utilizada en contextos religiosos y chamánicos, y hoy puede consumirse con otros fines (RAE).

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