EL Rincón de Yanka: EXPERIENCIA

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jueves, 16 de julio de 2026

LIBRO "POSESIÓN": 👿👥🙏 Un psiquiatra entre exorcistas. Un viaje profundo entre la ciencia y el misterio de los exorcismos por Dr. José Miguel Gaona

POSESIÓN
Un psiquiatra entre exorcistas.
Un viaje profundo entre la ciencia 
y el misterio de los exorcismos


El exorcismo no es una reliquia del pasado. Es un fenómeno vivo, presente hoy en culturas de todo el mundo, y que la Iglesia católica sigue practicando en su lucha contra el mal.
En una era en que la ciencia parece tener respuestas para casi todo, resulta inquietante comprobar que aún existen experiencias que escapan a la explicación médica y que intentan resolver nuestra lucha cotidiana entre la luz y la oscuridad. Personas que aseguran estar poseídas. Voces que no reconocen como propias. Fuerzas que desafían lo conocido.
¿Dónde termina la enfermedad y dónde comienza lo inexplicable? 
El Dr. José Miguel Gaona lleva años enfrentándose a esa frontera. Ha presenciado exorcismos, investigado casos documentados por la Iglesia y entrevistado a figuras clave como el exorcista padre Amorth o el psiquiatra Richard Gallagher, quien describe episodios que desafían la lógica: pacientes que hablan con precisión lenguas desconocidas, revelan datos imposibles de conocer por ellos y manifiestan una fuerza fuera de lo común.
Este libro es el resultado de ese viaje al límite entre la fe y la razón. Un recorrido inquietante por los territorios donde la psiquiatría, la espiritualidad y el misterio se entrelazan. Es una invitación a dudar. A mirar más allá. Y a preguntarse si, en ocasiones, la realidad es mucho más extraña de lo que estamos dispuestos a admitir.
Prólogo

Estimado lector: Ha sido un placer para mí, como colega médico, escritor y profesor de Psiquiatría en Nueva York, haber tenido la oportunidad de intercambiar ideas profesionales con el Dr. José Miguel Gaona. Me han impresionado sus rigurosos estudios sobre las experiencias cercanas a la muerte, la naturaleza de la conciencia y el diverso mundo de los fenómenos psíquicos en un sentido amplio. Su libro Al otro lado del túnel es una excelente panorámica de múltiples aspectos de estos temas tan controvertidos. 

Me alegré mucho cuando me envió el borrador de su último libro sobre la práctica del exorcismo. Se trata de un estudio histórico, fenomenológico y teológico de otro campo de estudio aún más relevante. Su propia formación médica y su experiencia de observación en la materia hacen que este libro sea valioso, riguroso e incluso práctico. Una de sus principales virtudes es su accesibilidad para el público que busca la opinión de un psiquiatra contemporáneo, de gran inteligencia y sólida formación. 

El Dr. Gaona ha escrito un valioso estudio sobre la realidad de los ataques demoníacos y la aplicación de prácticas exorcísticas prudentes para aliviar a personas que realmente sufren, lo cual constituye la verdadera señal de cualquier médico comprometido con el bienestar de sus pacientes.

Profesor Doctor Richard Gallagher *
Psiquiatra, Universidad de Columbia, Nueva York, 2026

* Richard Gallagher, MD, psiquiatra y profesor de Psiquiatría en el New York Medical College y psicoanalista en el claustro de la Universidad de Columbia. Graduado en la Universidad de Princeton, con honores Phi Beta Kappa en estudios clásicos, realizó su residencia en Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale. Colaborador directo de exorcistas católicos durante décadas. Considerado el principal experto científico del mundo en el tema de los ataques diabólicos, ha sido miembro activo de la Asociación Internacional de Exorcistas desde la década de 1990. Autor de Demonic Foes, HarperOne, 2020; en español, Enemigos demoníacos.

¿POR QUÉ UN LIBRO SOBRE EXORCISMOS HOY?

«En mi nombre expulsarán demonios». 
Evangelio de Marcos 16,17 

Durante el tiempo en que viví en Malí, era inevitable dar un paseo por el mercado de Bamako. En algunos puestos se vendían amuletos o animales, algunos disecados o en pedazos para realizar actos de magia. Un alto precio y un hedor insoportable eran el peaje que había que pagar para intentar atraer a las entidades invisibles hacia causas más favorables de sus compradores o poco propicias para sus enemigos.

No pensaba en el poder mágico de dichos objetos por sí mismos, pero sí en la gran influencia de ellos sobre los seres humanos que participaban en dichos rituales y, quizá, la movilización de antiquísimas fuerzas invisibles. 

Pero años antes, durante mi infancia en Chile, alguna criada mapuche1 solía cuidarme durante alguna de las salidas de mis padres. Me convertía en oyente de interesantes y profundas historias de su pueblo indígena que no dejaban de impresionarme. A ciertas horas de la noche aquellos relatos parecían materializarse y la cuidadora parecía tornarse en una machi2 de cuya mano traspasaba fronteras mágicas que todavía, al día de hoy, intento volver a encontrar. 

Tal vez había una parte de sugestión, pero otra se adentraba en los laberintos más profundos del ser humano. Esa zona gris, o ennegrecida por el miedo y por la lucha entre la luz y la oscuridad, que nos persigue desde que mirábamos al cielo buscando las estrellas nada más salir de la caverna. 

Lo inexplicable regresa 

Vivimos en un tiempo en el que todo va extremadamente rápido. Por un lado, la inteligencia artificial es capaz de crear obras artísticas y algunos programas llegan casi a adivinar lo que vamos a hacer. Otros, como los de mi profesión, ya son capaces de diagnosticar la depresión e incluso aventurarse a predecir cómo van a evolucionar. Parece que la ciencia tiene respuestas para casi todo. Sin embargo, los exorcismos siguen siendo importantes y la gente se sigue interesando por ellos. Entonces, ¿por qué escribir sobre esto ahora? La respuesta no es especialmente fácil. Existen muchas razones por las que los seres humanos necesitamos imaginar aquello que desconocemos y también encontrar sentido en un mundo que para muchos parece vacío. 

Casi podríamos decir que un exorcismo va mucho más allá de expulsar los espíritus malignos del cuerpo o del alma de alguien. Es algo que va más allá de cualquier religión. De hecho, prácticamente todas las culturas del mundo lo hacen: desde los chamanes en América hasta los budistas en el Tíbet, sin olvidar a los hindúes o, por supuesto, numerosas religiones africanas. Lo que quiero decir es que todos necesitamos apoyo espiritual y que no importa de dónde seamos ni en qué época hayamos vivido. 

Para complicar aún más las cosas, observamos que el número de casos en todo el mundo, aunque no existen estadísticas especialmente fiables, siguen estables o incluso podríamos decir que aumentan. La Iglesia católica tiene más exorcistas actualmente que hace unas décadas. ¿Qué es lo que sucede en la mente con el espíritu de un ser humano cuando dice encontrarse poseído y busca exorcizarse? ¿Cómo es posible que, en ocasiones, la psiquiatría o la psicología se estrellen contra la muralla del espíritu? 

El contexto histórico y por qué sigue siendo importante 

Los exorcismos no son rituales del pasado; siguen existiendo y de una manera muy fiel a como se realizaban siglos atrás. La historia de los exorcismos revela una parte importante acerca de cómo los seres humanos hemos lidiado con aquellas cuestiones en las que fuimos o incluso somos ignorantes: enfermedades mentales, sufrimientos de alta intensidad, debacles psicológicas que en ocasiones nos pueden llevar a quitar la vida. 

Lo sugestivo de la situación es que, hasta no hace mucho, muchas enfermedades mentales, comúnmente llamadas «de los nervios», y algunas otras de origen neurológico, como la epilepsia, se veían como si los espíritus «malos» habitasen dentro de las personas. Ello nos podría llevar a pensar que los exorcismos no son otra cosa que una forma milenaria de practicar la medicina que, además, tenía todo el sentido con las creencias ancestrales. Sin embargo, a pesar de todo lo que sabemos actualmente sobre la psiquiatría o la neurología, muchas personas, incluso profesionales altamente formados, toman en consideración el exorcismo como una forma de liberarse de otros estados, como son las «posesiones». 

No queremos aceptar explicaciones solo sobre las cosas materiales. También nos confunden algunas experiencias extremas. ¿Cómo explicar cuando alguien cambia de forma radical, tiene conocimientos que no debería saber, una fuerza sobrenatural, o bien habla idiomas que, aparentemente, no conoce? Es entonces cuando comienzan nuestras dudas. 

Esta búsqueda de explicaciones, que va más allá de lo que podríamos esperar, ocurre incluso en países donde, aparentemente, la religión no parecía tan importante. Por ejemplo, en Estados Unidos, un país que visito con mucha frecuencia, han aumentado los exorcismos. 

En Hispanoamérica, gracias al crecimiento de las iglesias pentecostales, las prácticas para expulsar los espíritus de las almas ajenas han vuelto con mayor intensidad. Incluso, en la cada vez más atea Europa, todavía se realizan exorcismos. 

Lo que dicen la psicología y la antropología 

Pero los exorcismos podrían ayudarnos a entender importantes cuestiones de la experiencia humana que no llegan a explicarse solamente con la razón. Los casos de posesiones demoníacas tienen casi siempre cosas en común en diferentes culturas y épocas, algunas de las cuales ya hemos descrito unas líneas más arriba. 

Algunas de estas reacciones, que quizá deberíamos llamar «síntomas», podrían tener fácil explicación por parte de las ciencias que estudian la mente humana. Por ejemplo, el trastorno de identidad disociativo explicaría los cambios de personalidad. Algunos estados alterados de conciencia explicarían la adquisición de cierta información que bajo estados de vigilia no se podrían realizar. Cabe señalar que algunos estados psicóticos podrían imitar las posesiones. Pero, una vez más, estas explicaciones no acaban de tranquilizar muchas veces a aquellos que las padecen ni tampoco a sus familias. En ocasiones, lo más confuso del caso es que, cuando han fracasado los profesionales de la salud mental, entonces tienen éxito los sacerdotes con sus exorcismos. 
¿No será que las ciencias de la mente, profundamente materialistas, todavía no saben cómo manejar estas cuestiones espirituales? 

Justamente por esta última idea creo que es importante escribir sobre exorcismos en la época actual: tenemos que llegar a conectar la ciencia con la realidad. Tenemos que incluir el estudio profundo de lo espiritual con aquellas cuestiones que algunos científicos han sido incapaces, por su tozudez, de medir. Después de todo, ¿no resulta innegable que muchas de las cosas más importantes que poseemos los seres humanos son imposibles de medir, son intangibles?: el amor, la amistad, la lealtad y un largo etcétera que, justamente, constituyen nuestra esencia. Esta unión o intersección de la ciencia, la psicología, la antropología y la espiritualidad nos hará comprender quiénes somos. 

También desde la antropología el exorcismo no deja de ser un excelente mecanismo para que la Iglesia sane a esa persona que se cree poseída y la devuelva a la sociedad. Es un verdadero ritual para reintegrarnos, quizá para procesar traumas que nos afectan a todos y para reforzar nuestras creencias comunes. 

Cómo influyen la cultura popular y los medios 

No creo desvelar ningún secreto si decimos que los exorcismos siguen siendo unos rituales muy relevantes en la cultura popular que se manifiesta a través de los medios. Quizá todo comenzó con aquel clásico de la película llamada El exorcista, en la que el padre Damien Karras se enfrentaba a todo tipo de fenómenos; luego series de televisión, documentales, pódcasts en las redes sociales y programas realizados por youtubers independientes. Los exorcismos, como siempre, en la mente de todos. 

Por una parte, se ha reavivado este ritual y se han mantenido vivas preguntas importantes sobre el mal y lo sobrenatural, pero, por otro, es igualmente cierto que también se ha hecho mucho sensacionalismo y se han creado ideas falsas acerca de cómo son realmente los exorcismos. 

Paradójicamente, los medios también influyen acerca de cómo las personas vivimos y damos traducción a nuestras propias experiencias a través de un verdadero «contagio cultural». En otras palabras, los medios pueden influir sobre nuestros síntomas psicológicos. Antiguamente, por ejemplo, en nuestra cultura occidental se daban con mucha mayor frecuencia los trastornos conversivos.3 Este tipo de cuadro ha ido disminuyendo en gran medida con el paso de los años. La psicología social, en tanto, explica cómo las expectativas culturales influyen en los síntomas. 

Pero estos mismos medios también reflejan miedos sociales en estos tiempos modernos, ya sea perder el control, la desintegración de la familia, peligros para los niños o supuestas invasiones por elementos externos. En estos casos, el exorcismo se convierte en una forma de enfrentar las incertidumbres de la vida moderna. 

Un libro sobre exorcismos en la actualidad debería hablar no solamente acerca de cómo esta dimensión mediática puede llegar a distorsionar la realidad —le recuerdo que quien escribe estas líneas trabaja también en medios de comunicación—, sino también como parte integral de estos miedos que seguramente retroalimentan los síntomas de las posesiones. Estas representaciones culturales no son tan solo una serie de relatos, sino que su estudio nos puede ayudar a entender la realidad social que nos rodea y la interpretación de los mismos, tanto por aquellos que padecen los susodichos síntomas como por todos los que nos interesamos en la construcción de la realidad. 

A la vez, la ciencia, obviamente, tiene limitaciones a la hora de abordar la experiencia humana y su relación con el exorcismo. Podemos explicar mecanismos, pero raramente abordamos el significado, el propósito y, por supuesto, la experiencia subjetiva. Por ejemplo, un diagnóstico de trastorno disociativo podrá describir los síntomas y quizá facilitar un tratamiento, pero no garantizar la salvación integral del paciente. 

Al mismo tiempo, la situación se complica al entender que la ciencia occidental se basa fundamentalmente en el materialismo metodológico, forma de pensar que, por supuesto, ha sido imprescindible para avanzar en muchas de las materias del conocimiento humano. Sin embargo, esta metodología puede presentar dificultades para abordar aspectos de la experiencia humana que no se ajusten a sus modelos. Esta manera de pensar no niega el rigor científico, pero tenemos que reconocer que dicho método saldría ganando si añadiéramos enfoques complementarios para entender aquellas cuestiones que se escapan de las mediciones materialistas. 

¿Cómo estudiar ciertos casos que desafían cualquier explicación de la ciencia actual? Subrayo la palabra «actual», ya que probablemente en algunos años esa próxima ciencia se acercará mucho más a todas estas explicaciones. No son frecuentes, pero sí que hay informes de fenómenos durante los exorcismos y, lógicamente, también durante las posesiones que exceden a los mecanismos psicológicos o neurológicos conocidos. Parece resultar evidente que existen aspectos de la realidad aún no comprendidos. 

Un libro sobre exorcismos en el siglo xxi debería buscar un equilibrio entre el escepticismo científico y distintas posibilidades que pudieran ir más allá de los paradigmas actuales. Debe intentar explicar desde la ciencia aquellos casos que la desafían, permitiendo a los lectores formarse sus propias conclusiones. 

Resulta llamativo cómo ha cambiado el contexto religioso del exorcismo en las últimas décadas. Antiguamente, el exorcismo era propio de ciertas denominaciones cristianas, pero ahora también se ha adoptado, quizá transformado, en otras prácticas en forma de «liberación espiritual». Por ejemplo, el pentecostalismo ha difundido ideas sobre la guerra espiritual y la liberación que van más allá de los exorcismos tradicionales. También llama la atención que algunos movimientos new age hayan desarrollado sus propias versiones de «limpieza energética». Paradójicamente, muchos de estos parroquianos que se autodenominan ateos no solo buscan esa imprescindible dimensión espiritual, sino que además replican antiquísimas técnicas de sanación. 

Dentro de esta variedad espiritual no son pocas las personas que han reemplazado la adhesión a doctrinas religiosas tradicionales por una construcción de su propia espiritualidad, un tanto «a medida», combinando elementos de distintas tradiciones, pero que si las miramos de cerca y con buena voluntad veremos que no son otra cosa que reinterpretaciones de nuestras creencias milenarias. 

Atendiendo a estos cambios sociales, la Iglesia católica, históricamente asociada al exorcismo formal, ha ido adaptando sus prácticas y también la formación de los sacerdotes no solo incrementando el número de exorcistas, sino también desarrollando protocolos para distinguir entre problemas espirituales y psicológicos y, por supuesto, colaborando con profesionales de la salud mental. Todo ello muestra una evolución por parte de la Iglesia en la que ella misma reconoce que el tema de las posesiones no puede abordarse solo desde una perspectiva religiosa tradicional. 

Resulta interesante hacer notar que, a su vez, el secularismo no se ha querido quedar atrás y ha creado también un espacio donde tanto las posesiones como los exorcismos se intentan reinterpretar en términos psicológicos o terapéuticos sin perder su dimensión espiritual.
Tanto es así que algunos terapeutas han incorporado elementos rituales en su práctica, y no quiero ahora mencionar algunos tipos de drogas de tipo enteógeno,4 como la ayahuasca o el hongo peyote. Experiencias espirituales que, a su vez, son difíciles de categorizar. 

Hoy, en pleno siglo xxi, podemos utilizar todas las herramientas científicas en nuestra mano para estudiar tanto las posesiones como los exorcismos, a diferencia de los siglos pasados y de los casos históricos basados en testimonios que podrían ser cuestionables. En la actualidad, los casos se documentan con vídeos, audios y, por supuesto, con la observación directa por parte de los investigadores. Sin embargo, creo que son numerosos los casos en los que no se investiga a fondo fenómenos relacionados, por ejemplo, con cambios de temperatura, movimientos de objetos, efectos sobre equipos electrónicos, etc., dado el escepticismo de algunos científicos que afirman no creer en este tipo de cuestiones sin siquiera investigarlas. El propósito de este libro es, entre otros, permitir a los lectores evaluar los datos por sí mismos.

En estos casos de posesión se han observado diversos patrones de comportamiento en los que dichas experiencias se encuentran mediatizadas según factores culturales y personales.

Practicar exorcismos en el siglo xxi plantea una serie de cuestiones éticas que en el pasado carecían de consideración. Una de ellas no es solamente el consentimiento informado, sino también proteger a aquellos individuos que podrían considerarse psicológicamente vulnerables. Muchas personas que dicen estar poseídas y buscan un exorcismo se encuentran a menudo en estados de angustia psicológica y quizá no tomen las decisiones racionales propias del tratamiento que deberían recibir. 

Todo ello, como es lógico, da lugar a numerosos interrogantes: ¿cuándo sería apropiado realizar un exorcismo o cuándo sería recomendable derivar a la persona a tratamiento psicológico? ¿Podría ser que en ocasiones los exorcistas estuvieran causando más daño que beneficio al obviar una patología mental? ¿Existen medidas para proteger a estas personas vulnerables de aquellos que quieren practicar exorcismos en, por ejemplo, un grupo de una secta? 

En este complejo cóctel donde intentamos diferenciar qué partes podrían ser de responsabilidad sobrenatural y cuáles son psicológicas, ¿cómo tenemos que entender los casos de aquellas personas en las que el exorcismo ha tenido éxito y les ha producido alivio? ¿Un mero efecto placebo? ¿Sugestión? Incluso, ¿cómo se podría manejar y convencer a la comunidad científica de los beneficios de estos rituales de sanación si realmente tienen efectos terapéuticos reales? Me atrevería a decir incluso si los mecanismos psicológicos subyacentes no son aquellos que se asocian con los exorcismos tradicionales de la Iglesia católica.

Tal vez los exorcismos no hablan tanto de demonios como de nosotros mismos: de nuestro miedo al mal, de nuestra sed de sentido y de la eterna lucha entre la oscuridad y la luz en el corazón humano.

Pero la cuestión puede ser aún más compleja. Pensemos en algunas sociedades donde las creencias en la posesión demoníaca son tremendamente fuertes y están implantadas en su dinámica diaria. Estas creencias pueden literalmente estigmatizar a personas con enfermedades mentales, o bien evitar que busquen tratamiento médico. Al mismo tiempo, que las instituciones médicas o educativas rechacen este tipo de creencias creará barreras para que algunos grupos culturales tengan acceso real a los servicios de salud. 

Otra paradoja de este siglo que estamos viviendo es que estos fenómenos no dejan de ser una verdadera búsqueda humana sobre el significado de la existencia en una época en la que muchos la consideran espiritualmente pobre. Es cierto que estamos rodeados de multitud de avances tecnológicos y científicos, pero, a pesar de todo, son muchas las personas que experimentan un vacío existencial, una pérdida de conexión con aquello que tradicionalmente se ha considerado como trascendente. 

Experiencias de posesión y exorcismo son una forma más de conectar con otras dimensiones espirituales de la realidad que se sienten perdidas en el mundo moderno, porque nuestra psique sigue teniendo hambre de ellas. Para otros lectores, esta podría ser una explicación a para sufrimientos cuya etiología desconocen y que la ciencia no ha sabido abordar. 

En un mundo donde casi todo parece ser explicado a través de la física o de la química, este tipo de creencias mantienen vivo en lo más profundo de cada uno de nosotros que existan dimensiones de la realidad que vayan no solamente más allá de lo material, sino más allá de nuestras percepciones. Esta búsqueda de trascendencia en la vida no es necesariamente regresiva o anticientífica, sino el producto de integrar distintas formas de conocimiento o experiencia. Entender de las posesiones o los exorcismos puede llegar a servir para integrar la ciencia, la psicología y la antropología, así como aquellas cuestiones espirituales que busca gran parte de la humanidad y que respetan la necesidad del máximo rigor intelectual y la realidad de la experiencia humana, incluyendo, por supuesto, la experiencia religiosa del tipo que sea. 

Todo ello puede recordarnos que, por mucho que avancemos en nuestro conocimiento, una vez que miramos al infinito, o bien dentro de nosotros mismos, intentando encontrar ese sentido de la vida, nos damos cuenta de que seguimos siendo criaturas que buscamos significado a lo que nos rodea y que el pensamiento racional, tal como lo entendemos hoy en día, no nos proporciona todas las respuestas. 

Por último, escribir sobre exorcismos hoy en día es escribir sobre la persistencia de lo sagrado en un mundo secular, sobre cómo buscar la salvación en el terreno de lo espiritual, pero quizá, sobre todo, acerca de la resistencia del espíritu humano a ser reducido a simple materia.

CONCLUSIONES

• El exorcismo sigue siendo un fenómeno universal. A pesar de los avances científicos, rituales similares aparecen en casi todas las culturas, reflejando una necesidad humana profunda de dar sentido al mal y al sufrimiento.
• La posesión se sitúa entre la mente y la cultura. Muchos de sus síntomas pueden explicarse psicológicamente, pero su forma de manifestarse está fuertemente influida por creencias y contextos culturales.
• La ciencia aún tiene límites para explicar ciertas experiencias. Aunque describe mecanismos y síntomas, no siempre logra abordar plenamente el significado espiritual o existencial que estas vivencias tienen para quienes las padecen.
• El exorcismo puede cumplir funciones simbólicas y sociales. Desde la antropología, estos rituales actúan como formas de canalizar el sufrimiento y reintegrar al individuo dentro de su comunidad.
_______________________________

1 Pueblo indígena más numeroso de Chile y el suroeste de Argentina, cuyo nombre significa «gente de la tierra».
2 La machi es la máxima autoridad espiritual y curandera tradicional del pueblo mapuche en Chile y Argentina, actuando como intermediaria entre el mundo terrenal y espiritual. Su rol incluye sanar enfermedades físicas y espirituales.
3 Los trastornos de conversión son un grupo de trastornos mentales que tienen en común la presencia de síntomas y signos físicos, principalmente neurológicos, sin que exista una enfermedad o causa física objetivable que pueda explicarlos. Antiguamente se agrupaban bajo el diagnóstico de histeria.
4 Dicho de una sustancia: Que produce alucinación y que inicialmente fue utilizada en contextos religiosos y chamánicos, y hoy puede consumirse con otros fines (RAE).

Entrevista con José Miguel Gaona: Un neuropsiquiatra frente al demonio

VER+:




sábado, 28 de marzo de 2026

LIBRO "CRISTIANISMO: DE LA ESENCIA DE LA FE A LA EXISTENCIA CRISTIANA": Introducción general a la cosmovisión cristiana por MARCELO BRAVO PEREIRA

CRISTIANISMO: 
DE LA ESENCIA DE LA FE A LA 
EXISTENCIA CRISTIANA

Introducción general a la 
cosmovisión cristiana


La fe cristiana ha forjado la cultura occidental. Nuestro modo de hablar de Dios, del mundo y del ser humano lleva impresa la huella de la experiencia religiosa que se remonta a Jesús de Nazaret. Las ciudades de Europa y de América Latina se han construido en torno a iglesias, santuarios y monasterios. La arquitectura, la pintura, la escultura, la música: todo el universo del arte occidental testimonia cómo el cristianismo ha sabido sintetizar lo mejor de la herencia clásica con el genio artístico y espiritual de los pueblos en los que ha germinado. 
Este libro, del teólogo Marcelo Bravo Pereira, ofrece una introducción clara, rigurosa y profundamente humanista a la cosmovisión cristiana. No se trata de un tratado de apologética, sino de una guía para comprender, más allá de la adhesión personal, qué significa esta propuesta religiosa en sus elementos esenciales: su visión de Dios, del hombre, del mundo y del sentido de la vida. 
Primera edición en lengua española, esta obra recoge la experiencia del autor como docente universitario en Roma y responde a una necesidad urgente: conocer el cristianismo no solo para dialogar con los creyentes, sino para entender nuestras raíces culturales, las personas que nos rodean, nuestras calles y ciudades, incluso nuestras leyes y nuestra economía. Porque, en última instancia, conocer el cristianismo es conocernos más profundamente a nosotros mismos.

VER+:

El P. Marcelo Bravo nos invita a acercarnos al cristianismo no solo como una propuesta confesional, sino también como una propuesta cultural que ha dado forma a nuestra manera de entender al ser humano y el mundo.
Nuestra cultura occidental es heredera de esta visión, y reconocerlo nos ayuda a descubrir que, más allá de la fe personal, muchos elementos del cristianismo siguen vivos en nuestra forma de pensar, valorar y vivir.
Una reflexión para comprender mejor quiénes somos y de dónde venimos.

La fe no nace de una evidencia empírica, sino de la credibilidad de un testigo. Creemos no porque podamos demostrarlo todo, sino porque confiamos en quien nos transmite una verdad.
En este fragmento, el P. Marcelo Bravo profundiza en la esencia misma de la fe: una adhesión libre y razonable que se apoya en la confianza. Cuando el testigo es creíble, puede surgir una fe auténtica capaz de transformar la vida.
Escucha el fragmento y descubre cómo razón y confianza se encuentran en el corazón de la experiencia creyente.


Marcelo Bravo Pereira, LC: Comprender la religión en el siglo XXI


sábado, 28 de febrero de 2026

LIBRO "DIOS. LA CIENCIA. LAS PRUEBAS": EL ALBOR DE UNA REVOLUCIÓN por MICHEL-YVES BOLLORÉ y OLIVIER BONNASSIES

DIOS
LA CIENCIA
LAS PRUEBAS

EL ALBOR DE UNA 
REVOLUCIÓN

En este libro se revelan, al cabo de tres años de trabajo en colaboración con unos veinte científicos y especialistas de alto nivel, las pruebas modernas de la existencia de Dios. Durante cerca de cuatro siglos, de Copérnico a Freud, pasando por Galileo y Darwin, los descubrimientos científicos se acumularon de manera espectacular, dando la impresión de que era posible explicar el Universo sin la necesidad de recurrir a un dios creador. Fue así como a principios del siglo XX se asistió al triunfo intelectual del materialismo. De manera tan imprevista como sorprendente, el péndulo de la ciencia se puso en movimiento en sentido inverso, con una fuerza increíble. Los descubrimientos de la relatividad, de la mecánica cuántica, de la expansión del Universo y de la complejidad de la vida llegaron uno tras otro. Estos nuevos conocimientos llegaron para dinamitar las certezas ancladas en el espíritu colectivo del siglo XX, hasta tal punto que hoy se puede decir que el materialismo, que nunca fue más que una creencia como otra, está en vías de transformarse en una creencia irracional.
Con un lenguaje accesible a todos, los autores de este libro retoman, de manera apasionante, la historia de esos avances y ofrecen un panorama riguroso de las nuevas pruebas de la existencia de Dios. En los albores del siglo XX, creer en un dios creador parecía oponerse a la ciencia. ¿No sería hoy todo lo contrario?

PRÓLOGO

Este libro es una muy buena presentación del desarrollo de la teoría del Big Bang y de su impacto en nuestras creencias y en nuestra representación del mundo. Tras haber leído los diferentes capítulos consagrados a la cosmología, pienso que esta obra ofrece una perspectiva particularmente interesante sobre la ciencia, la cosmología y sus implicaciones filosóficas y religiosas. 

Según los autores, Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, ambos ingenieros, un espíritu superior podría estar en el origen del Universo; aunque esta tesis general no me aporta una explicación suficiente, acepto su coherencia. Ya que, si bien mi trabajo de cosmólogo se limita a una interpretación estrictamente científica, puedo comprender que la teoría del Big Bang dé lugar a una explicación metafísica. En la hipótesis de un Universo estacionario, sostenida por Fred Hoyle, mi profesor de Cosmología en Caltech, el Universo es eterno y no hay motivo para plantear la cuestión de su creación. Pero si, a la inversa, como lo sugiere la teoría del Big Bang, el Universo tuvo un comienzo, no podemos evitar esta pregunta. 

Al inicio de mi carrera, como la mayor parte de mis colegas, pensaba que el Universo era eterno. A mis ojos, el cosmos siempre había existido y la cuestión de su origen ni siquiera se planteaba. Ahora bien, no sabía que estaba a punto de descubrir, por casualidad, algo que iba a cambiar para siempre mi visión del Universo. En la primavera del 1964, mi colega Arno Penzias y yo mismo nos preparábamos para utilizar, en las instalaciones de los laboratorios Bell, en Holmdel, el gran reflector de veinte pies para llevar a cabo varios proyectos de radioastronomía. Uno de ellos consistía en buscar un halo alrededor de la Vía Láctea. Pero, durante las experiencias preliminares de control, habíamos constatado la presencia inesperada e indudable de un exceso de «ruido» detectado por la antena. En esa época, estábamos aún lejos de darnos cuenta de que ese misterioso «ruido» no podía ser nada menos que el eco de la creación del Universo. Afortunadamente, uno de nuestros amigos, el radioastrónomo Bernie Burke, nos señaló en ese momento los trabajos de un joven físico de Princeton, Jim Peebles. Siguiendo las sugerencias del profesor Robert Dicke, había establecido por cálculo que la radiación residual del Big Bang podría ser detectada en el cosmos. Había redactado en ese entonces un artículo aún inédito sobre esa hipótesis. Inspirados por las perspectivas extraordinarias de ese artículo (predicciones que, paralelamente a una carrera excepcional en cosmología, valieron a Jim Peebles el Premio Nobel en 2020), realizamos rápidamente algunos test finales y publicamos nuestras medidas al mismo tiempo que el artículo de Peebles y Dicke. La única explicación verosímil de nuestros resultados era que, sin duda, habíamos encontrado la «radiación fósil» proveniente de una época muy antigua del Universo, tal como había sido predicho por Dicke y calculado por Peebles. 

Nuestro descubrimiento hizo añicos la creencia según la cual el Universo no tenía comienzo ni fin. Lo más sorprendente es que, desde los primeros microsegundos tras el Big Bang hasta hoy, la evolución del Universo predicha por la física actual corresponda tan bien a nuestras observaciones. De tal modo que la teoría del Big Bang parece ser una representación fiel de la manera en que el Universo comenzó y se desarrolló. Pienso que se trata de una conformidad notable entre la teoría y la observación. 

Sin embargo, esta imagen confortable presenta dos problemas. El primero es que actualmente solo conocemos aproximadamente el 4% de la materia y de la energía del Universo. La materia y la energía oscuras representan, respectivamente, un 26% y un 70% de lo que contiene el Universo, pero no sabemos de qué se trata. La resolución de este problema podría hacer surgir una nueva física, que cambiaría nuestra actual comprensión de la génesis y de la evolución de nuestro Universo desde el Big Bang. El segundo problema es quizá aún más serio. En efecto, para que el Universo primordial haya podido evolucionar hacia el que nos ha engendrado y que hoy comprendemos, el Big Bang ha debido necesariamente configurarse de manera ultraprecisa. Diferencias increíblemente pequeñas en la densidad del Universo primitivo habrían provocado o bien una expansión tan rápida que el Sol y la Tierra no se habrían formado nunca, o bien, por el contrario, una expansión breve seguida de una nueva desintegración, mucho antes del nacimiento del Sol, hace aproximadamente 4700 millones de años. Tal como veremos en este libro, la inflación cósmica pudo haber iniciado el Big Bang de la manera requerida. De todos modos, la inflación cósmica está basada en una nueva física que, si bien no está en conflicto con la física del momento, no puede ser corroborada por otras observaciones. Además, no cualquier inflación daría el resultado adecuado. Para ello se necesita una forma de inflación muy específica, en la que los valores de las constantes físicas sean justo los correctos. De hecho, una de ellas, la constante cosmológica de Einstein, que se precisa para el proceso inflacionista, difiere —en lo que los científicos llamarían su valor natural— en 120 órdenes de magnitud. De este modo, aunque la inflación podría haber lanzado el Big Bang como lo conocemos, los requerimientos que necesita no dan explicación en sí del origen del Universo: simplemente lo desplazan un nivel hacia atrás. Una explicación actual a este problema sugiere que somos parte de un multiverso que existe desde siempre y que quizá haya habido un número infinito de Big Bang, cada uno con unas constantes físicas aleatorias. Desde ese punto de vista, nosotros vivimos en el Universo en el que las constantes iniciales eran las adecuadas para que apareciéramos, tal como lo describe el conocido principio antrópico. Nada de todo esto, a mi entender, da una explicación científica satisfactoria de cómo empezó el Universo. 

Este libro explora la idea de un espíritu o de un Dios creador —idea que se encuentra en muchas religiones— en relación con los conocimientos científicos actuales. Ciertamente, para una persona religiosa formada en la tradición judeocristiana, no puedo pensar en una teoría científica del origen del Universo que coincida mejor con las descripciones del libro del Génesis que el Big Bang. Aunque, en cierto modo, esto solo pospone una vez más la cuestión de su último origen. ¿Cómo llegó a existir ese espíritu o Dios, y cuáles son sus propiedades? 

A veces, cuando levanto los ojos hacia los millares de estrellas que brillan en la noche, pienso en todas las personas que, como yo, levantaron los suyos hacia el cielo de la misma manera y se preguntaron cómo empezó todo esto. Ciertamente, no conozco la explicación. Pero quizá algunos lectores tendrán la suerte de encontrar el principio de la respuesta en este libro.

Robert W. Wilson,
Universidad de Harvard, 
28 de julio del 2021

DIRECTO | Presentación del libro 'Dios. La ciencia. Las pruebas'
   
LOS DOMINGOS, 2025

Ainara, una joven idealista y brillante de 17 años, ha de decidir qué carrera universitaria estudiará. O, al menos, eso espera su familia que haga. Sin embargo, la chica manifiesta que se siente cada vez más cerca de Dios y que se plantea abrazar la vida de monja de clausura. La noticia pilla por sorpresa a toda la familia, provocando un abismo y una prueba de fuego para todos.



EL MISTERIO DE LA FE


Hay en la sociedad una resurrección del debate sobre Dios, sobre el sentido de la vida y sobre qué somos y por qué estamos aquí.

EL 23 de noviembre de 1654 Blaise Pascal sintió la presencia de Dios en su habitación. Lo sabemos porque, tras su muerte, se encontraron unas notas, cosidas dentro del forro de su abrigo. Apuntó: «Certeza. Gozo. Paz: Dios de Jesucristo». Estas palabras me vinieron a la cabeza al salir del cine tras ver "Los domingos", la película de Alauda Ruiz de Azúa, que narra la historia de una joven de 17 años que decide ser monja de clausura. Su familia intenta disuadirla, pero ella persiste. 

Hay dos visiones que se confrontan en este extraordinario filme, lleno de matices y que entronca con el debate sobre la existencia de Dios. 
La primera es la de quienes creen que la joven ha sido abducida y que es víctima de un espejismo, producto de su inmadurez y de la muerte de su madre. 
La segunda es la de la propia protagonista, que, como la fe es un don gratuito, está convencida de haber escuchado la llamada de Dios y toma los hábitos contra viento y marea.

Estoy leyendo estos días el libro de Byung Chul Han sobre Simone Weil, una mujer que concilió la lucha contra la injusticia con una visión mística de la existencia. El filósofo coreano escribe: «No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba»
Retomando la concepción de Weil, Han apunta que la sociedad contemporánea, distraída por el espectáculo, padece una falta de atención que le impide escuchar la voz del Señor. 

«Quien no es capaz de mantener una actitud contemplativa, de mirar, no puede acceder a la verdad, al verdadero y duradero orden de las cosas», escribe. De sus palabras, se desprende que el filósofo sustenta que hay una verdad y un orden inmutables, a los que se puede llegar mediante un proceso de ascesis o, dicho con otras palabras, por la oración. Vemos en la película de Alauda a la joven que llora cuando escucha la llamada de Dios en una iglesia. Como yo sentí lo mismo cuando era adolescente, entiendo esa emoción. Salí conmovido del cine. Mientras mi mujer y mis amigos se centraban en el perfil psicológico de la joven, su vulnerabilidad y la fascinación por los ritos, yo pensaba en la frontera infranqueable que separa a los que creen de los que no creen. 

Me resisto a calificar la fe de una ilusión y la religión como un refugio que nos aporta seguridad. Por el contrario, sostengo que es una apuesta en el sentido pascaliano, una opción personal o, si se quiere, un don gratuito de Dios. Yo me considero agnóstico porque, como nadie ha vuelto de la muerte, no es posible saber lo que hay más allá. Tan racional es creer como no creer. Sí constato que hay en la sociedad una resurrección del debate sobre Dios, que es tanto como decir sobre el sentido de la vida y sobre qué somos y por qué estamos aquí. Sólo puedo dejar constancia de que no he encontrado respuestas a esas preguntas.

Roger Penrose: probabilidad del universo con condiciones para vida es tan improbable que escribirla requiere más ceros que átomos.
Einstein: "Dios no juega dados". 
Hawking: "Conoceríamos mente de Dios".
No eres accidente, eres milagro matemático de 1 en 10^10^123 con propósito divino.

John C. Lennox - Ha enterrado la ciencia a Dios..pdf by Paulo Ramiro

¿HA ENTERRADO LA CIENCIA A DIOS? por JOHN C. LENNOX


Origen Del Universo - Principio Antropico - Manuel Carreira, S.J by claferib

ORÍGEN DEL UNIVERSO por MANUEL CARREIRA

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viernes, 16 de enero de 2026

LIBRO "EL AULLIDO DEL LOBRO": 🐺 ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES GUERREROS por GONZALO RODRÍGUEZ GARCÍA

El aullido del lobo
Orientaciones espirituales 
para jóvenes guerreros

🐺
Un aldabonazo que impulsa la lucha contra la decadencia y el nihilismo de nuestro tiempo

El Aullido del Lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros es una llamada, una sacudida dirigida a quienes presienten —aunque sea vagamente— que algo esencial se ha quebrado en el mundo moderno. A quienes intuyen que la crisis de nuestro tiempo no es económica ni política, sino espiritual.
A partir de las enseñanzas de la cosmovisión tradicional y de la Sophia Perennis, Gonzalo Rodríguez García ofrece una crítica implacable al nihilismo contemporáneo y plantea las claves para su confrontación y superación. Frente a la bancarrota espiritual de la modernidad, este libro propone una visión renovada del mundo, la vida, la muerte y el ser humano, donde el ideal clásico de la areté —la excelencia del alma— vuelve al centro de la existencia.

Alumbra así una juventud rebelde, no por moda, sino por nobleza. Una juventud forjada en la disciplina, guiada por el honor y decidida a reconquistar su alma. Inspirado en la sabiduría perenne —del platonismo griego al dharma hindú, del estoicismo romano al espíritu heroico celta y germano, del Grial medieval a la mística cristiana y la cristiandad hispánica—, El Aullido del Lobo traza una cruzada interior y exterior.

Nada será más revolucionario. Nada, más disidente. Frente a una época que progresa hacia la necedad en nombre de la emancipación, este libro propone la restauración del hombre de acuerdo al camino y enseñanzas del «guerrero espiritual».

El lobo ha aullado. El combate ha comenzado.
¿Responderás a la llamada?

Llega el libro que despierta a una 
juventud disidente, espiritual y combativa

En un momento histórico dominado por la confusión espiritual, la disolución de referentes y la exaltación del vacío, llega una obra que irrumpe con fuerza en el debate contemporáneo desde el corazón mismo de la tradición filosófica y metafísica.
El aullido del lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros, de Gonzalo Rodríguez García, no es un libro más de filosofía o autoayuda: es un manifiesto, una guía de combate interior, un aldabonazo dirigido a los que intuyen que la verdadera crisis de nuestro tiempo no es política ni económica, sino espiritual.
Inspirado en la Sophia Perennis, el autor construye una crítica implacable al nihilismo moderno y plantea una alternativa que no es evasión ni reformismo, sino restauración radical del alma y del ideal clásico de la areté: la excelencia moral, la virtud activa, la vida forjada en la disciplina y guiada por el honor.
A través de influencias que van del platonismo y el estoicismo al hinduismo védico, del espíritu heroico germánico a la mística cristiana medieval, Rodríguez traza un recorrido vital y filosófico que reclama una nueva nobleza del alma. 
Una juventud que no se conforme con sobrevivir, sino que aspire a reconquistar su centro interior, restaurar el orden perdido y actuar en el mundo como guerreros de luz.

Dividido en dos grandes bloques —“El guerrero espiritual” y “Cabalgar el tigre”— el libro ahonda en conceptos clave del pensamiento tradicional y los traduce en prácticas, ideas y caminos para resistir, trascender y vencer la inercia de una época que ha hecho del caos su bandera.
Una cruzada contra el ruido, la superficialidad y la pérdida del sentido que ofrece una brújula firme para quienes no aceptan la mediocridad espiritual como destino.

Presentación

Este libro es ante todo y en primer lugar un libro sobre espiritualidad y dirigido a personas con sensibilidad y vocación espiritual. Y es desde dicha espiritualidad, en primer término y razón de ser, plantea varias cosas que como corriente de fondo sostienen todo su discurso. 
En pri­mer lugar, plantea una mirada crítica respecto del proceso histórico moderno y del significado del momento presente. Marcado este por las ideas de nihilismo y alienación espiritual y, en consecuencia, de decadencia y degeneración. 
Por otro lado, plantea la posibilidad de un tipo humano antagónico a dicho momento presente y proceso histórico moderno, y capaz de actualizar en sí mismo aquello que precisamente permite superar todo nihilismo y alienación espiritual y, por ende, toda la decadencia y degeneración a la que habríamos arribado. Unido a esto plantea una serie de orientaciones espirituales, prácticas y disciplinas, para dicho tipo humano antagónico al nihilismo, y conducentes a dicha actualización y superación. Y, finalmente, señala la fuente de dicha mirada crítica y de dichas orientaciones y disciplinas en el mundo de la cosmovisión tradicional. De la Tradición Sapiencial. De la Tradición como Sophia Perennis.

Siendo esa la fuente, el texto se argumenta y desarrolla con conceptos y términos que provendrán de la Grecia clásica y el mundo romano. Del platonismo y del estoicismo. También de la India védica, del Sanatana Dharma, y del budismo. También de la mística cristiana, los «padres del desierto», y la cristiandad hispánica. Y, finalmente y en menor medida, de los mitos y leyendas del antiguo mundo céltico y germánico, así como de la literatura artúrica y el ciclo del Grial.
El texto es así en sus fuentes y en su intención abiertamente anti­ moderno y se escribe conforme a las coordenadas filosóficas del tra­dicionalismo. Del tradicionalismo planteado como perennialismo, y es desde ahí, hace tanto el ejercicio de discernimiento crítico respecto del proceso histórico moderno y del momento presente al que hemos arri­bado como de orientación espiritual, alternativa filosófica, y práctica y disciplina, a la contra de dicha modernidad. Todo ello sin dejar de tener presente y con absoluto realismo, el especial oscurecimiento espiritual de nuestro tiempo, pero también, y a partir de ahí, su especial oportunidad...
*
De acuerdo a todo esto, este libro no es para todo el mundo. No está es­crito para el común y no pretende llegar a cualquiera que pudiera saber de él. No tiene así ni intención ni vocación de dirigirse a todos ni de con­ vencer o debatir con quien es ajeno a sus términos. Sino que está escrito y dirigido a un tipo concreto de persona. A un tipo humano específico. 
El libro es para aquel que, aunque sea vagamente, sabe que el mundo moderno es un dislate... Una enfermedad que no puede curarse a sí misma. Una subversión nihilista y un desorden distópico que no puede corregirse desde dentro con sus propias ideologías y fórmulas. Que todo él es un error. Y que tiene que haber «otra cosa» exterior y superior a él, que sea perenne, universal e incondicionada, y a su vez potencial en el ser humano, y que deba poder reemerger para desenmascararlo, tras­cenderlo y dejarlo atrás...

El libro está escrito así para lo que hemos llamado los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... Para los hombres y mujeres en los que todo lo que en el ser humano es mera individualidad fenoménica y existencial, mero soporte psicofísico y emocional, está llamado a ser órgano e instrumento de expresión y acción de aquello que es anterior y superior a esa mera individualidad condicionada. De modo tal que no aspirarán a deberse a los temores y apegos, ansias y vanidades, afec­taciones o traumas, caprichos, emociones, biografía y deseos de dicha individualidad, sino a deberse a la conquista de sí mismos y la posesión total de la personalidad. A realizar su dimensión espiritual, supraindi­vidual e incondicionada, a pleno de su potencia y superioridad. Dando lugar así a que la realidad esencial, central, adamantina e incondicio­nada del Hombre, despierte, se haga presente y se afirme y gobierne. Todo ello fruto de una vía de disciplina y ascesis que supera, subordina, controla y agota, todo sentido puramente fenoménico, subjetivo, individual, psicofísico y existencial del yo. Poniendo entonces ese núcleo Incondicionado y «extrasamsárico» de la personalidad, al frente de la propia vida y el gobierno de sí. No habiendo entonces, a la manera del auriga platónico, soberanía interior ni libertad sin sabiduría espiritual y autoconocimiento. Y siendo entonces, a la manera estoica, el ánimo imperturbable e impasible, la cima del poder y la dominación sobre uno mismo...

A partir de aquí y al modo de las tradiciones míticas recabadas en la Grecia clásica por Hesíodo, diríamos que llegada la Edad del Hierro y el «oscurecimiento del mundo», Zeus, «rey de los Dioses» y símbolo del principio inmortal y Olímpico, generará una «raza de héroes» provista potencialmente de la posibilidad de reconquistar y restaurar dicho principio Olímpico en sí mismos y en el mundo, poniendo fin con ello a la Edad del Hierro, poniendo fin a la «Edad Oscura». Y en esos mismos términos y horizonte de restauración resonará y llamará a los Hombres de la «Raza del Espíritu» nuestra época, toda vez que esta discurre por las antípodas de tan alta posibilidad y principio Olímpico e inmortal e incluso ofrece su contraimagen, como logro de emancipación y pro­greso...

Y efectivamente hemos dicho «Raza del Espíritu» y hemos hecho referencia al platonismo y al estoicismo, y hemos hecho referencia a conceptos como Incondicionado, samsárico, adamantino, fenoménico, inmortal, Olímpico, etc. Todo un glosario de términos que recogemos alfabéticamente en el apartado correspondiente y allí definimos y ex­plicamos. Siendo fundamental para el buen entendimiento y provecho de este libro, tener dicho glosario muy presente para poder seguir el sentido que vamos a dar a lo largo del texto a muchos conceptos que ire­mos trayendo a colación. Tanto así que sin la definición y compresión correspondiente de dichos términos, e incluso del uso particular que haremos de algunos de ellos, podría perderse el hilo de lo que vamos planteando. Del mismo modo y conforme al peso que algunos de estos conceptos tendrán nos reservamos el derecho a dejarlos por escrito en mayúsculas.

*
Por último: el libro se plantea y redacta con una fuerte vocación de llamada y aldabonazo. De «aullido en la noche», de «forja de la espada», de «Convertir el asco en acero y salir al mundo a buscar tus iguales». Y es desde dichas coordenadas que se escribe y proyecta sus imágenes, ideas fuerza, su uso del lenguaje y de términos y conceptos muy concretos. Con intención de resonancia, sugestión, conexión y esclarecimiento. Este estilo, unido a los propios temas que trataremos, aspiramos a que funcione como filtro para esos hombres y mujeres a los que va diri­gido...

Prólogo: apertura y llamada...

Arribados a la Medianoche del Mundo el fuego del Espíritu debe ser de nuevo avivado en nuestras almas...

Con especial tesón y consagración debemos volver al argumento primero, hoy día olvidado, en el que nos jugamos el ser o no ser: la forja del alma... Pues somos ya los habitantes del confín de la Historia allá donde pare­cerá que solo un nuevo amanecer puede cambiar las tornas de esta oscura noche por la que transitamos. Y ese nuevo amanecer no llegará sin más y de manera fatal, sino que también dependerá de nosotros. Del despertar en nosotros a una sabiduría y una fuerza que hace ya demasiado tiempo hemos dejado de conocer, entender, y cultivar y que, sin embargo, perma­nece perenne en los adentros del alma como una semilla escondida que nunca muere y siempre es posible, conforme al correspondiente aprendizaje y disciplina, hacer germinar. Dando entonces como fruto un «centro inte­rior» Incondicionado, invulnerable, y libre. Un centro «autoluminoso» que no es otro que el argumento mismo de la vida humana para los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... La cual a su vez no es sino la antítesis absoluta a la degeneración y decadencia por la que transitamos. Su anta­gonista total y su «Némesis»...
*
Como nunca antes es así preciso la existencia de hombres y mujeres dis­puestos a avivar en sus almas la llama del Espíritu, en pleno corazón del «Kali Yuga», en esta medianoche del Mundo a la que hemos arribado. For­jando su ser más íntimo en dicha «llama imperecedera» y elevando su alma hacia lo Incondicionado. Hacia ese «Centro autoluminoso e inmutable» que no es sino el centro mismo de nuestro ser. Punto de unión de la Tras­cendencia en la inmanencia, de la «Vertical en la horizontal». Actuando entonces en el mundo desde dicha forja y elevación, desde dicho «Centro y Vertical», en actuar puro y absoluto, supraindividual y liberado. Hecho de Consciencia y presencia plenas, calma profunda y entrega total...

Frente al tipo humano de la decadencia y la degeneración, del «ruido que no cesa», del estado de carencia, del psiquismo incesante, de la mente insomne y el ánimo neurótico, puramente «Samsárico», inconscien­temente alienado, inconsciente de sí... Preparar y anunciar el horizonte de una «Nueva Restauración». De un «Nuevo Hombre» que trae un «Nuevo Tiempo» que no es sino la actualización de lo Eterno. De una renovada Aristeía frente al nihilismo y decadencia posmoderna.

Y esa es la tarea que pide nuestro tiempo a los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu» y de la verdadera Revolución, si es que Revolución sig­nifica realmente eso: «Volver al Origen». Volver a la fuente primera...

*
Las enseñanzas de la cosmovisión tradicional ya nos advirtieron de la decadencia y fanatismo que el nihilismo traería, que la noche del Kali Yuga generaría, y de cómo frente a todo ello, el «Hombre de la Areté» se postula como antítesis, respuesta, y antídoto. Un Hombre que en primer lugar y como punto de partid a, sabe y asume de manera radical que ninguna dificultad material, decepción personal, decadencia sociocultural y política, golpe de mala suerte o fatalidad puede ser más terrible para él y hacerle más daño y alienarle más que un alma ofuscad a, sin discernimiento ni Consciencia ni esclarecimiento, sin «Silencio y libertad»... Del mismo modo, que ninguna riqueza material, prosperidad, buena compa­ñía, tiempo histórico de esplendor y grandeza, éxito profesional o golpe de buena suerte le puede hacer más bien, elevarle y reportarle más que un alma trabajada, purificad a, esclarecida, recta y dueña de sí... Que un ser interior liberado, centrado, «vertical y supraindívidual». Y que es precisa­ mente esa Aristeía, esa vía de la Areté, esa «forja interior» en la «llama imperecedera» del Espíritu, el punto de partida y raíz para toda contestación completa, impugnación total y superación sin remisión, del tiempo de nihilismo, degeneración, fanatismo, decadencia y subversión, que estamos viviendo.

El Guerrero Espiritual es así el auténtico sujeto revolucionario que necesita nuestra época...

Él es el «Cruzado» al que toda mera aspiración burguesa, lucha obrera o reivindicación nacionalista, no dejan de parecerle cuestiones secundarias tras cuya primacía política e ideológica se esconde en gran medida el desnorte y sinsentido de nuestra época.

La verdadera batalla entonces, la cuestión fundamental en la que el Hom­bre se juega el ser o no ser, es el conocimiento y conquista de sí mismo. Y siempre ha sido así y siempre será así. Y es partir de ahí que se articula, une, armoniza y ordena todo lo demás... Y esa ha sido la esencia de la cosmovisión tradicional y ha sido precisamente el olvido de esto o su in­ comprensión, el fundamento de la subversión moderna y el origen de la decadencia. Y es así en el recuerdo y actualización de dichas enseñanzas del mundo de la Tradición, que tenemos las palancas de fuerza para salir del atolladero al que hemos llegad o. Las palancas de fuerza para liberarnos del mundo de ofuscación, inconsciencia, ignorancia, temor, carencia, debi­lidad interior y ansía que nos rodea.

*
...Y aquellos que consiguen enraizarse en la Verdad, gobernarse así mismos y ser así realmente libres son entonces buscados por aquellos a los que les pesan las cadenas y quieren también la fuerza para romperlas. Y se unen en lazos de lealtad, confianza y respeto y forman de este modo una comuni­dad de personas tan unidas como decidid as a ser lúcidas, despiertas, fuer­tes y libres, y a ayudarse las unas a las otras en este propósito. Y ellos son la auténtica disidencia y el germen de la nueva élite revolucionaría. Ellos son la «forja de la espada» y el «aullido del lobo», el anuncio del fin de la Edad Oscura y la vanguardia del nuevo amanecer...

El guerrero espiritual y el Kali Yuga

ENTENDER NUESTRA ÉPOCA: 
TRADICIÓN, MODERNIDAD Y REVOLUCIÓN...

A modo expositivo y sintético si bien sería más profuso de detallar, planteamos casi como si fuera una cartografía básica de situación, que dos grandes corrientes principales de pensamiento y compren­sión habrán configurado la historia de Occidente. Dos corrientes que aun cuando se han sucedido cronológicamente a lo largo del proceso histórico occidental, su relación no será la de la continuidad en pro­gresión ascendente de la una a la otra, sino la del antagonismo y la contraposición . Un antagonismo raíz, que sigue operativo hoy día, que estuvo operativo en el pasado, y que contrapone lo que por un lado de­ nominaremos cosmovisión tradicional o directamente Tradición. Y lo que denominaremos genéricamente Modernidad. Desde el ángulo de la Modernidad la Tradición fue superada y el avance de la historia sería un progreso en emancipación y libertad en el que en todo caso los para­digmas de la Tradición quedarían subordinados al avance y liberación moderna. Desde el ángulo de la Tradición, la Modernidad sería una caída de grado, una decadencia espiritual e incluso degeneración cuyo sueño de emancipación habría conducido sin embargo a la alienación y al nihilismo.

La cosmovisión tradicional corresponderá a una visión «trascendente y espiritual» de la vida, el Hombre, y el mundo, y, muy sucintamente señalado, en ella encontraremos la idea de un principio superior de orden Incondicionado y atemporal, sobrenatural y metafísico, que se configura tanto como fundamento, origen y sostén de toda realidad na­tural y material, condicionada y temporal, como horizonte último de sentido de la vida humana, cuya razón de ser fundamental sería así el conocimiento unitivo de dicho principio. Siendo entonces que dicha dimensión «trascendente y espiritual» se encontrará en el centro mismo del alma humana y como en estado de potencia. De esencia en latencia o semilla. Y el argumento mismo de la vida del Hombre no será otro que despertar a dicha esencia y actualizar dicha potencia. «Despertar» a dicha dimensión «trascendente y espiritual», que sería inmanente al alma humana, y hacerlo conforme a una elevación ontológica del sujeto al plano supraindividual de la personalidad. Más allá de la mera egoidad fenoménica, condicionada y existencial.

Platón y Homero, en las raíces mismas de Europa, estarán en claro entroncamiento con dicha cosmovisión trascendente y espiritual del mundo de la Tradición. El Rig-veda y su corolario en los Upanishads, al otro lado del mundo, en la India, resonarán a su vez en análoga cosmo­visión al pensamiento platónico y los himnos de Homero. De Oriente a Occidente, del Indo a Europa, un arco de expansión y diversificación de un mismo «linaje» espiritual de comprensión y sabiduría tradicional.

En términos de la posterior tradición cristiana, nada sintetizará mejor la cosmovisión tradicional que la consigna evangélica «la Verdad os hará libres». La Verdad como la raíz y asiento propio del ejercicio de la libertad y, a su vez, la palanca de toda «liberación» verdadera. De todo descondicionamiento y superación de la mera existencia pasiva y reac­ tiva frente a la mundanidad. Inserta unilateralmente en el mero deve­ nir y la mera individualidad fenoménica.

De otra manera, la ética heroica del antiguo mundo germánico y céltico, su horizonte de «gloria trascendente» en clave épica, de honor, valor, arrojo e ímpetu de combate, de «sed de Valhalla», apuntará tam­bién en la misma dirección que la cosmovisión «trascendente y espi­ritual» del mundo de la Tradición. Y del mismo modo ocurrirá con la literatura medieval, los cantares de gesta, el ideal de la «Caballería espi­ritual» y, de manera especialmente refinada y de profundo simbolismo, en la literatura artúrica y las sagas del Grial.

En frente, el mundo de la Modernidad (advenido fundamentalmente a lo largo de los últimos quinientos años), se moverá exactamente en las antípodas de la cosmovisión tradicional y hará, por el contrario, de la realidad meramente natural y material, y de la existencia mera­ mente fenoménica, condicionada y contingente, el fundamento y reali­ dad única de todas las cosas e incluso la causa eventualmente oculta que subyacería a toda inquietud humana, aun cuando esta se expresara en términos espirituales o religiosos. Pensadores claramente modernos como Hume, Marx, Freud o Nietzsche, aunque muy diferentes entre sí, desde distintos ámbitos y perspectivas, convergerán sin embargo en un mismo principio a la hora de afrontar la realidad humana y natural: para todos ellos la referencia a la «trascendencia» no tendrá lugar... Siendo entonces las fuerzas desnudas de la naturaleza, de la materia, la economía, el azar, el subconsciente, el instinto de supervivencia y de reproducción, la voluntad de poder, o cualquier otra instancia «no espi­ritual», el verdadero fundamento, sostén y explicación del Hombre y el Mundo. Y siendo entonces y además que, desde ahí, se querrá levantar acta de defunción del mundo de la Tradición, que «finalmente habrá podido ser dejado atrás» para amanecer a un nuevo horizonte de eman­cipación: el horizonte de la Modernidad... Que es a su vez entendido como el lugar predilecto al que el ser humano tenía que llegar y avanzar. El horizonte y paradigma que deja atrás el «oscurantismo metafísico» de la Tradición, nos libera de «sus cadenas» y nos impele a un horizonte de progreso, siempre inconcluso y siempre con renovadas líneas de avance que alcanzar, cuya mirada última alcanza efectivamente la utopía...

Esta corriente de pensamiento, meramente materialista, cientificista y de raíz antimetafísica y antitrascendente, es la que ha sostenido de fondo el desarrollo de nuestros tiempos modernos y es la que está en la base de los paradigmas de nuestra época. Época la presente que se arroga superioridad y marchamo de progreso y avance respecto de toda época pasada, si bien cada vez resulte más evidente que más allá del desarrollo científico-técnico y el bienestar material, que como nunca antes se habrá logrado, para todo lo demás, nos moveremos sin embargo en el ámbito de un hondo nihilismo y sinsentido. De una «debilidad del alma» para la que bien parecerá que efectivamente la «utopía moderna» ha terminado por arribar y sin desviación mediante a la «distopía posmoderna». La emancipación respecto de la «Verdad» con mayúsculas, y tal como desde las coordenadas de la Tradición se advertía, no ha conducido a la «Liberación», sino a la alienación, la ca­rencia, la sinrazón de ser, la insania, y el absurdo...

Nada sintetizará mejor de este modo el significado de la Modernidad que la consigna invertida y luciferina de: «La Libertad os hará verda­deros». La libertad ejercida por sí misma y no como fruto y consecuen­cia de la Verdad. La libertad entendida así como mera expresión de la individualidad, personal o colectiva, convertida en piedra de toque de la verdadera humanidad que ahora sí, tras siglos de «oscurantismo», se puede hacer realidad... Aquello respecto de lo que las enseñanzas de la Tradición Sapiencial nos libera y eleva, convertido en el centro y argumento moderno. Y al tiempo esa misma cosmovisión tradicio­nal, anagógica y liberadora, señalada como imposición, oscurantismo, mera fantasía y condena.

En este sentido, el contraste entre el mundo de la Tradición, entendida esta ante todo como Sophia Perennis; y el Mundo Moderno, entendido este ante todo no como progreso de la ciencia y la técnica, sino como emancipación respecto de todo principio de «Verdad espiritual» y, por ende, de superior Auctoritas, tendrá un reflejo fundamental en el ám­bito de la gnoseología y la ética. Así mientras que para el mundo de la Tradición el Hombre puede acceder a la «Verdad espiritual» y es desde ahí que está llamado a ser Libre. Para la Modernidad, toda verdad que no sea descripción científica de la realidad será relativizada, no habrá así «verdad espiritual», y, por ende, la libertad, quedará entonces confundida con el mero ejercicio y validación de la individualidad y la subjetividad. La cual una vez sacralizada tenderá a organizar y articular la vida personal, social y política de la Modernidad, que a su vez y en úl­tima instancia parecerá configurarse en gran medida como un sistema para el incentivo, cultivo, satisfacción y salvaguarda de dicha subjetivi­dad. Incluyéndose aquí no solo la subjetividad individual propiamente dicha, sino también los «individualismos colectivos» de clase, nación o género, que la Modernidad también en algunas de sus variantes ideológicas sobredimensiona hasta poner unilateralmente en el mismo centro de la acción política, rompiendo así el sentido «orgánico», «de cuerpo», que el mundo de la Tradición asignaría a cada uno de dichos niveles.

En todo caso lo que nos estaríamos encontrando aquí, y esta sería una de las claves de la subversión moderna, sería ese paso anteriormente señalado de la consigna cristiana que nos dice: «La Verdad os hará li­bres»; a la consigna posmoderna que nos dice: «La Libertad os hará verdaderos»... Consigna posmoderna que efectivamente, y a la luz de esa misma tradición cristiana, no será sino el corolario del non serviam luciferino. Del atentar contra el principio de Auctoritas en nombre de la individualidad. La consecuencia final de dicha subversión y atentado «contra la Verdad» en nombre de la «individualidad», no será sin em­bargo ninguna «liberación», ninguna «conquista interior», sino todo lo contrario... Su fruto maduro es la distopía posmoderna: el tipo humano de la «carencia perpetua», de la «agitación samsárica», del «infierno del alma», de la Dukkha: la sed que no cesa y, por ende, el malestar, la neuro­sis la alienación, la debilidad del alma y la civilización del nihilismo...

Yendo a lo que sería el punto de vista histórico y recogiéndolo de ma­nera muy sintética, diremos que con la caída de Roma se habría cerrado el ciclo histórico de la Antigüedad europea. Ciclo que, con su con­fluencia de mundo griego, romano, celta y germano, habría marcado definitivamente la identidad de la Europa tradicional. Seguidamente, la cristiandad medieval sucederá y continuará a Roma como nuevo ciclo histórico tradicional de nuestra civilización. Y en dicho medievo euro­ peo, algunos de los andamiajes fundamentales de la Antigüedad segui­rán presentes. Si bien con renovadas formas y posibilidades surgidas ahora de la tradición cristiana.

Es así que sucintamente podrá decirse que la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del Imperium (prefigurado ya por Alejandro y después por César), más la cultura guerrera, ética heroica y vínculos espirituales con la naturaleza de los pueblos bárbaros (fundamentalmente celtas y germanos), unido todo ello a la tradición cristiana medieval, terminarán por darnos las claves básicas de la Europa tradicional premoderna. La cual tendría así dos ciclos históricos: el pagano y el cristiano. Siendo que en cada uno de ellos y en continuidad el segundo con el primero, habrán mantenido y más allá de sus infinitas vicisitudes, variantes, e incluso confrontación de un ciclo respecto del otro, un argumento de fondo basado siempre en la dimensión de la Trascendencia y la posibilidad de alinearse y unirse a ella a partir de la propia naturaleza humana.

Más adelante, sin embargo, la decadencia de la civilización medieval, el nominalismo y el güelfismo, y el subsiguiente antropocentrismo re­nacentista, más la Reforma Protestante, el Absolutismo, la Ilustración, el Romanticismo y finalmente las revoluciones contra un ya esclerótico Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario, pero también en Norteamérica), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Europa moderna cuyo fruto maduro será precisamente la civilización ajena y de espaldas, e incluso abiertamente «negacionista», respecto de la dimensión de la Trascendencia. Una civilización antitética a la tradicio­nal, a la cosmovisión tradicional, y a cuyo propio nihilismo antimetafí­sico, lo considerará progreso y emancipación...

Y efectivamente es ahí donde estamos y nuestro tiempo histórico no será así, sino resultado de dicho proceso moderno. Y entender todo esto, distinguiendo el ciclo tradicional, en su etapa pagana y después cristiana, del proceso de la Modernidad, del Renacimiento a la Revolu­ción francesa, será fundamental para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y qué significado tiene la época que estamos viviendo. Más aún cuando de la Revolución francesa a la Segunda Guerra Mundial se sucederán tres siglos de respuesta, guerra y confrontación a la sub­versión moderna que aun pretendiendo contraponer el horizonte de la Tradición al despliegue de la Modernidad, ya no será capaz de hacerse sin limitaciones, desviaciones y adulteraciones y, así y finalmente, la subversión se impondrá... la civilización del nihilismo se hará realidad. Tanto así que, a día de hoy, Europa vive y se ordena totalmente con­ forme a los paradigmas de dicho nihilismo moderno, y lo que fue la Europa premoderna y tradicional, habría quedado reducida a un mero «paisaje de ruinas». Ruinas evocadoras, quizás incluso monumentales y artísticas, dignas de deslumbrarnos en los museos, y sin embargo ajenas de toda vez al desarrollo del proyecto moderno de Hombre y Civilización.

Es en este contexto que hay que entender que surge como síntoma característico y definitorio del Mundo Moderno, ese fenómeno que hemos llamado del «nihilismo»: el Mundo Moderno, con su olvido o negación de la Tradición y su vivir de espaldas a la dimensión de la Trascendencia, habría ido dejando a su paso una subyacente sensación de absurdo y sinsentido que los lenitivos del progreso científico, el materialismo práctico y la cultura del consumo, apenas conseguirán miti­gar. Ocurriendo entonces que en ocasiones dichas «ruinas» del pasado, aun no siendo ya algo realmente vivo y presente en nuestra cultura, sensibilizarán sin embargo a los europeos menos modernizados, despertándoles a la conciencia de lo fatuo y vacío del proyecto moderno...

Se tiene entonces la impresión de que el ingente desarrollo científico y económico técnico de nuestro tiempo se habría pagado conforme a una suerte de «progreso decadente». Una bancarrota espiritual que el «progreso» no compensaría y que, rastreable a todos los niveles, re­sultará especialmente lacerante en la generación de sujetos sin apenas centro ni gobierno interior. Sujetos neurotizados, anestesiados, fanati­zados, alienados, envilecidos o idiotizados, en una sociedad inorgánica y atomizada, de escaso discernimiento y gran debilidad emocional. Una sociedad que deja inerme al sujeto frente a sí mismo y sus neurosis, y que parecerá abocar a una vida de bajísimas expectativas espiritua­les y, sin embargo, fijación obsesiva en todo lo meramente material, cuantitativo, instrumental, accesorio, pulsional, emocional, instintivo, subjetivo o prepersonal. Y es que la sociedad moderna se caracteri­zará por no dotar al sujeto de herramientas espirituales y disciplinas para construirse auténticamente como «Persona». Siendo entonces que quedará abocado fácilmente a la propia estupidez, inseguridad, miedo, apegos, ofuscación o bajeza de su mera individualidad condicionada y existencial.

Y precisamente, frente a ese peligro de no llegar a construirnos au­ténticamente como «Personas», de ser víctimas nuestra propia «debili­dad», se constituía lo más fundamental de la Tradición Sapiencial...

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Para el mundo de la Tradición, para la Sophia Perennis, el Hombre está llamado a ser Libre. Y decimos «Libre» en el sentido de no ser un pro­ ducto alienado de su propia ignorancia u ofuscación, apego y temor, de su mero yo fenomenológico o egoidad. Está llamado así a «liberarse de sí mismo», para poder llegar a ser «SÍ mismo», para poder llegar a ser quien «realmente Es». La Tradición se configura de este modo y en gran medida como vía y disciplina de «autoconocimiento y liberación». De esclarecimiento y conquista interior. A partir de aquí, los Hombres au­ténticamente libres, tampoco podrán ser producto de alguna otra cosa o proceso que se les sobreponga; léase aquí la economía, la clase social, las pulsiones, el medio natural o la inercia histórica... Siendo entonces sus circunstancias de toda índole, el mero «soporte material» desde el cual recorrer el arduo «camino vertical», de elevación anagógica y su­ praindividual de la personalidad, hacia el conocimiento y señorío de sí, hacia la Aristeía y la Autárkeia, hacia la «liberación» interior en el plano del Ser, respecto del plano del mero devenir. De la dimensión de la asei­dad sobre la mera contingencia...

El Hombre no sería así un mero agregado de vida biológica y psi­quismo, un mero ente horizontal de la realidad fenoménica, atrapado en el Samsara de la simple vida y la simple muerte, del estado de carencia, apego y temor, y de la mente que no cesa y no sabe de su «Cen­tro»... Muy al contrario, en su interior habría un núcleo «extra samsá­rico» Incondicionado, principio de Consciencia, aseidad y liberación, «autoluminoso», inmutable e invulnerable, «chispa divina», «llama del Espíritu Santo», que en estado de potencia aguarda, para conforme a la correspondiente Areté y Áskesis, ser «despertado»...

Más allá así del «yo opaco» de la egoidad, embotellado en su pura individualidad fenoménica, en su psiquismo y su emotividad, ajeno e incluso refractario a «la luz» del Nous y su dimensión de Conscien­cia y Logos, habría la posibilidad de un «Yo esencial», de un «sujeto trascendente», «central y supraindividual», alineado con dicho Nous y Logos, y fruto de una ardua Áskesis o disciplina espiritual, que descon­dicionado y liberado de dicha «Opacidad», es el argumento mismo de la cosmovisión tradicional. Y, por ende, el principio fundamental de toda verdadera autoridad, jerarquía y orden personal y colectivo.

Nous y Logos, Consciencia supramental, discernimiento, esclareci­miento, y «estado de presencia». Eje vertebrador de la personalidad del sujeto «descondicionado». «Central y Vertical». Supraindividual y anagógico. Señor de sí y de la Autárkeia. Dimensión del Ser, de la asei­dad, sobre el plano del mero devenir. Consciencia de Trascendencia in­manente frente al estado de Avidya, de «ignorancia espiritual», de mero individuo, fenoménico y existencial. De mera egoidad. Del «paria del alma». Del «sujeto samsárico», del sujeto de la carencia, el apego y el temor. Del Hombre del Kali Yuga...

El «Centro y la Vertical» como presencia así de la dimensión de la aseidad en el alma humana, y lugar y escala ontológica propia del Hom­bre. Del «Hombre verdadero». Del que se ha diferenciado del estado de «caída», de «carencia», de «ignorancia», de «opacidad», de «medio hacer» y «des-Gracia», y que ha alcanzado por el contrario la plena posesión de su naturaleza más íntima y central. Espiritual y verti­cal. Inafectada y libre. Presencia actualizada de la «Gracia del Espíritu Santo», «suficiente y eficiente», dentro de sí. Como esencia radical del ser humano. Como su más verdadera identidad, motor y sentido. Que debe ser desvelada y hecha presente «más allá de nuestra naturaleza caída» y que nos impele así a hacer de la disciplina, de la Areté y la Áske­sis, del autoconocimiento y la liberación, de la «salvación del alma», el argumento primero de la vida humana. Y desde ahí, todo lo demás...

Manual para jóvenes guerreros espirituales | Con Gonzalo Rodríguez García



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