EL Rincón de Yanka: TRASCENDENCIA

inicio









CALENDARIO CUARESMAL 2026

CALENDARIO CUARESMAL 2026





Mostrando entradas con la etiqueta TRASCENDENCIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TRASCENDENCIA. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de enero de 2026

LIBRO "EL AULLIDO DEL LOBRO": 🐺 ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES GUERREROS por GONZALO RODRÍGUEZ GARCÍA

El aullido del lobo
Orientaciones espirituales 
para jóvenes guerreros

🐺
Un aldabonazo que impulsa la lucha contra la decadencia y el nihilismo de nuestro tiempo

El Aullido del Lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros es una llamada, una sacudida dirigida a quienes presienten —aunque sea vagamente— que algo esencial se ha quebrado en el mundo moderno. A quienes intuyen que la crisis de nuestro tiempo no es económica ni política, sino espiritual.
A partir de las enseñanzas de la cosmovisión tradicional y de la Sophia Perennis, Gonzalo Rodríguez García ofrece una crítica implacable al nihilismo contemporáneo y plantea las claves para su confrontación y superación. Frente a la bancarrota espiritual de la modernidad, este libro propone una visión renovada del mundo, la vida, la muerte y el ser humano, donde el ideal clásico de la areté —la excelencia del alma— vuelve al centro de la existencia.

Alumbra así una juventud rebelde, no por moda, sino por nobleza. Una juventud forjada en la disciplina, guiada por el honor y decidida a reconquistar su alma. Inspirado en la sabiduría perenne —del platonismo griego al dharma hindú, del estoicismo romano al espíritu heroico celta y germano, del Grial medieval a la mística cristiana y la cristiandad hispánica—, El Aullido del Lobo traza una cruzada interior y exterior.

Nada será más revolucionario. Nada, más disidente. Frente a una época que progresa hacia la necedad en nombre de la emancipación, este libro propone la restauración del hombre de acuerdo al camino y enseñanzas del «guerrero espiritual».

El lobo ha aullado. El combate ha comenzado.
¿Responderás a la llamada?

Llega el libro que despierta a una 
juventud disidente, espiritual y combativa

En un momento histórico dominado por la confusión espiritual, la disolución de referentes y la exaltación del vacío, llega una obra que irrumpe con fuerza en el debate contemporáneo desde el corazón mismo de la tradición filosófica y metafísica.
El aullido del lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros, de Gonzalo Rodríguez García, no es un libro más de filosofía o autoayuda: es un manifiesto, una guía de combate interior, un aldabonazo dirigido a los que intuyen que la verdadera crisis de nuestro tiempo no es política ni económica, sino espiritual.
Inspirado en la Sophia Perennis, el autor construye una crítica implacable al nihilismo moderno y plantea una alternativa que no es evasión ni reformismo, sino restauración radical del alma y del ideal clásico de la areté: la excelencia moral, la virtud activa, la vida forjada en la disciplina y guiada por el honor.
A través de influencias que van del platonismo y el estoicismo al hinduismo védico, del espíritu heroico germánico a la mística cristiana medieval, Rodríguez traza un recorrido vital y filosófico que reclama una nueva nobleza del alma. 
Una juventud que no se conforme con sobrevivir, sino que aspire a reconquistar su centro interior, restaurar el orden perdido y actuar en el mundo como guerreros de luz.

Dividido en dos grandes bloques —“El guerrero espiritual” y “Cabalgar el tigre”— el libro ahonda en conceptos clave del pensamiento tradicional y los traduce en prácticas, ideas y caminos para resistir, trascender y vencer la inercia de una época que ha hecho del caos su bandera.
Una cruzada contra el ruido, la superficialidad y la pérdida del sentido que ofrece una brújula firme para quienes no aceptan la mediocridad espiritual como destino.

Presentación

Este libro es ante todo y en primer lugar un libro sobre espiritualidad y dirigido a personas con sensibilidad y vocación espiritual. Y es desde dicha espiritualidad, en primer término y razón de ser, plantea varias cosas que como corriente de fondo sostienen todo su discurso. 
En pri­mer lugar, plantea una mirada crítica respecto del proceso histórico moderno y del significado del momento presente. Marcado este por las ideas de nihilismo y alienación espiritual y, en consecuencia, de decadencia y degeneración. 
Por otro lado, plantea la posibilidad de un tipo humano antagónico a dicho momento presente y proceso histórico moderno, y capaz de actualizar en sí mismo aquello que precisamente permite superar todo nihilismo y alienación espiritual y, por ende, toda la decadencia y degeneración a la que habríamos arribado. Unido a esto plantea una serie de orientaciones espirituales, prácticas y disciplinas, para dicho tipo humano antagónico al nihilismo, y conducentes a dicha actualización y superación. Y, finalmente, señala la fuente de dicha mirada crítica y de dichas orientaciones y disciplinas en el mundo de la cosmovisión tradicional. De la Tradición Sapiencial. De la Tradición como Sophia Perennis.

Siendo esa la fuente, el texto se argumenta y desarrolla con conceptos y términos que provendrán de la Grecia clásica y el mundo romano. Del platonismo y del estoicismo. También de la India védica, del Sanatana Dharma, y del budismo. También de la mística cristiana, los «padres del desierto», y la cristiandad hispánica. Y, finalmente y en menor medida, de los mitos y leyendas del antiguo mundo céltico y germánico, así como de la literatura artúrica y el ciclo del Grial.

El texto es así en sus fuentes y en su intención abiertamente anti­ moderno y se escribe conforme a las coordenadas filosóficas del tra­dicionalismo. Del tradicionalismo planteado como perennialismo, y es desde ahí, hace tanto el ejercicio de discernimiento crítico respecto del proceso histórico moderno y del momento presente al que hemos arri­bado como de orientación espiritual, alternativa filosófica, y práctica y disciplina, a la contra de dicha modernidad. Todo ello sin dejar de tener presente y con absoluto realismo, el especial oscurecimiento espiritual de nuestro tiempo, pero también, y a partir de ahí, su especial oportunidad...
*
De acuerdo a todo esto, este libro no es para todo el mundo. No está es­crito para el común y no pretende llegar a cualquiera que pudiera saber de él. No tiene así ni intención ni vocación de dirigirse a todos ni de con­ vencer o debatir con quien es ajeno a sus términos. Sino que está escrito y dirigido a un tipo concreto de persona. A un tipo humano específico. 
El libro es para aquel que, aunque sea vagamente, sabe que el mundo moderno es un dislate... Una enfermedad que no puede curarse a sí misma. Una subversión nihilista y un desorden distópico que no puede corregirse desde dentro con sus propias ideologías y fórmulas. Que todo él es un error. Y que tiene que haber «otra cosa» exterior y superior a él, que sea perenne, universal e incondicionada, y a su vez potencial en el ser humano, y que deba poder reemerger para desenmascararlo, tras­cenderlo y dejarlo atrás...

El libro está escrito así para lo que hemos llamado los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... Para los hombres y mujeres en los que todo lo que en el ser humano es mera individualidad fenoménica y existencial, mero soporte psicofísico y emocional, está llamado a ser órgano e instrumento de expresión y acción de aquello que es anterior y superior a esa mera individualidad condicionada. De modo tal que no aspirarán a deberse a los temores y apegos, ansias y vanidades, afec­taciones o traumas, caprichos, emociones, biografía y deseos de dicha individualidad, sino a deberse a la conquista de sí mismos y la posesión total de la personalidad. A realizar su dimensión espiritual, supraindi­vidual e incondicionada, a pleno de su potencia y superioridad. Dando lugar así a que la realidad esencial, central, adamantina e incondicio­nada del Hombre, despierte, se haga presente y se afirme y gobierne. Todo ello fruto de una vía de disciplina y ascesis que supera, subordina, controla y agota, todo sentido puramente fenoménico, subjetivo, individual, psicofísico y existencial del yo. Poniendo entonces ese núcleo Incondicionado y «extrasamsárico» de la personalidad, al frente de la propia vida y el gobierno de sí. No habiendo entonces, a la manera del auriga platónico, soberanía interior ni libertad sin sabiduría espiritual y autoconocimiento. Y siendo entonces, a la manera estoica, el ánimo imperturbable e impasible, la cima del poder y la dominación sobre uno mismo...

A partir de aquí y al modo de las tradiciones míticas recabadas en la Grecia clásica por Hesíodo, diríamos que llegada la Edad del Hierro y el «oscurecimiento del mundo», Zeus, «rey de los Dioses» y símbolo del principio inmortal y Olímpico, generará una «raza de héroes» provista potencialmente de la posibilidad de reconquistar y restaurar dicho principio Olímpico en sí mismos y en el mundo, poniendo fin con ello a la Edad del Hierro, poniendo fin a la «Edad Oscura». Y en esos mismos términos y horizonte de restauración resonará y llamará a los Hombres de la «Raza del Espíritu» nuestra época, toda vez que esta discurre por las antípodas de tan alta posibilidad y principio Olímpico e inmortal e incluso ofrece su contraimagen, como logro de emancipación y pro­greso...

Y efectivamente hemos dicho «Raza del Espíritu» y hemos hecho referencia al platonismo y al estoicismo, y hemos hecho referencia a conceptos como Incondicionado, samsárico, adamantino, fenoménico, inmortal, Olímpico, etc. Todo un glosario de términos que recogemos alfabéticamente en el apartado correspondiente y allí definimos y ex­plicamos. Siendo fundamental para el buen entendimiento y provecho de este libro, tener dicho glosario muy presente para poder seguir el sentido que vamos a dar a lo largo del texto a muchos conceptos que ire­mos trayendo a colación. Tanto así que sin la definición y compresión correspondiente de dichos términos, e incluso del uso particular que haremos de algunos de ellos, podría perderse el hilo de lo que vamos planteando. Del mismo modo y conforme al peso que algunos de estos conceptos tendrán nos reservamos el derecho a dejarlos por escrito en mayúsculas.

*
Por último: el libro se plantea y redacta con una fuerte vocación de llamada y aldabonazo. De «aullido en la noche», de «forja de la espada», de «Convertir el asco en acero y salir al mundo a buscar tus iguales». Y es desde dichas coordenadas que se escribe y proyecta sus imágenes, ideas fuerza, su uso del lenguaje y de términos y conceptos muy concretos. Con intención de resonancia, sugestión, conexión y esclarecimiento. Este estilo, unido a los propios temas que trataremos, aspiramos a que funcione como filtro para esos hombres y mujeres a los que va diri­gido...

Prólogo: apertura y llamada...

Arribados a la Medianoche del Mundo el fuego del Espíritu debe ser de nuevo avivado en nuestras almas...

Con especial tesón y consagración debemos volver al argumento primero, hoy día olvidado, en el que nos jugamos el ser o no ser: la forja del alma... Pues somos ya los habitantes del confín de la Historia allá donde pare­cerá que solo un nuevo amanecer puede cambiar las tornas de esta oscura noche por la que transitamos. Y ese nuevo amanecer no llegará sin más y de manera fatal, sino que también dependerá de nosotros. Del despertar en nosotros a una sabiduría y una fuerza que hace ya demasiado tiempo hemos dejado de conocer, entender, y cultivar y que, sin embargo, perma­nece perenne en los adentros del alma como una semilla escondida que nunca muere y siempre es posible, conforme al correspondiente aprendizaje y disciplina, hacer germinar. Dando entonces como fruto un «centro inte­rior» Incondicionado, invulnerable, y libre. Un centro «autoluminoso» que no es otro que el argumento mismo de la vida humana para los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... La cual a su vez no es sino la antítesis absoluta a la degeneración y decadencia por la que transitamos. Su anta­gonista total y su «Némesis»...
*
Como nunca antes es así preciso la existencia de hombres y mujeres dis­puestos a avivar en sus almas la llama del Espíritu, en pleno corazón del «Kali Yuga», en esta medianoche del Mundo a la que hemos arribado. For­jando su ser más íntimo en dicha «llama imperecedera» y elevando su alma hacia lo Incondicionado. Hacia ese «Centro autoluminoso e inmutable» que no es sino el centro mismo de nuestro ser. Punto de unión de la Tras­cendencia en la inmanencia, de la «Vertical en la horizontal». Actuando entonces en el mundo desde dicha forja y elevación, desde dicho «Centro y Vertical», en actuar puro y absoluto, supraindividual y liberado. Hecho de Consciencia y presencia plenas, calma profunda y entrega total...

Frente al tipo humano de la decadencia y la degeneración, del «ruido que no cesa», del estado de carencia, del psiquismo incesante, de la mente insomne y el ánimo neurótico, puramente «Samsárico», inconscien­temente alienado, inconsciente de sí... Preparar y anunciar el horizonte de una «Nueva Restauración». De un «Nuevo Hombre» que trae un «Nuevo Tiempo» que no es sino la actualización de lo Eterno. De una renovada Aristeía frente al nihilismo y decadencia posmoderna.

Y esa es la tarea que pide nuestro tiempo a los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu» y de la verdadera Revolución, si es que Revolución sig­nifica realmente eso: «Volver al Origen». Volver a la fuente primera...

*
Las enseñanzas de la cosmovisión tradicional ya nos advirtieron de la decadencia y fanatismo que el nihilismo traería, que la noche del Kali Yuga generaría, y de cómo frente a todo ello, el «Hombre de la Areté» se postula como antítesis, respuesta, y antídoto. Un Hombre que en primer lugar y como punto de partid a, sabe y asume de manera radical que ninguna dificultad material, decepción personal, decadencia sociocultural y política, golpe de mala suerte o fatalidad puede ser más terrible para él y hacerle más daño y alienarle más que un alma ofuscad a, sin discernimiento ni Consciencia ni esclarecimiento, sin «Silencio y libertad»... Del mismo modo, que ninguna riqueza material, prosperidad, buena compa­ñía, tiempo histórico de esplendor y grandeza, éxito profesional o golpe de buena suerte le puede hacer más bien, elevarle y reportarle más que un alma trabajada, purificad a, esclarecida, recta y dueña de sí... Que un ser interior liberado, centrado, «vertical y supraindívidual». Y que es precisa­ mente esa Aristeía, esa vía de la Areté, esa «forja interior» en la «llama imperecedera» del Espíritu, el punto de partida y raíz para toda contestación completa, impugnación total y superación sin remisión, del tiempo de nihilismo, degeneración, fanatismo, decadencia y subversión, que estamos viviendo.

El Guerrero Espiritual es así el auténtico sujeto revolucionario que necesita nuestra época...

Él es el «Cruzado» al que toda mera aspiración burguesa, lucha obrera o reivindicación nacionalista, no dejan de parecerle cuestiones secundarias tras cuya primacía política e ideológica se esconde en gran medida el desnorte y sinsentido de nuestra época.

La verdadera batalla entonces, la cuestión fundamental en la que el Hom­bre se juega el ser o no ser, es el conocimiento y conquista de sí mismo. Y siempre ha sido así y siempre será así. Y es partir de ahí que se articula, une, armoniza y ordena todo lo demás... Y esa ha sido la esencia de la cosmovisión tradicional y ha sido precisamente el olvido de esto o su in­ comprensión, el fundamento de la subversión moderna y el origen de la decadencia. Y es así en el recuerdo y actualización de dichas enseñanzas del mundo de la Tradición, que tenemos las palancas de fuerza para salir del atolladero al que hemos llegad o. Las palancas de fuerza para liberarnos del mundo de ofuscación, inconsciencia, ignorancia, temor, carencia, debi­lidad interior y ansía que nos rodea.

*
...Y aquellos que consiguen enraizarse en la Verdad, gobernarse así mismos y ser así realmente libres son entonces buscados por aquellos a los que les pesan las cadenas y quieren también la fuerza para romperlas. Y se unen en lazos de lealtad, confianza y respeto y forman de este modo una comuni­dad de personas tan unidas como decidid as a ser lúcidas, despiertas, fuer­tes y libres, y a ayudarse las unas a las otras en este propósito. Y ellos son la auténtica disidencia y el germen de la nueva élite revolucionaría. Ellos son la «forja de la espada» y el «aullido del lobo», el anuncio del fin de la Edad Oscura y la vanguardia del nuevo amanecer...

El guerrero espiritual y el Kali Yuga

ENTENDER NUESTRA ÉPOCA: 
TRADICIÓN, MODERNIDAD Y REVOLUCIÓN...

A modo expositivo y sintético si bien sería más profuso de detallar, planteamos casi como si fuera una cartografía básica de situación, que dos grandes corrientes principales de pensamiento y compren­sión habrán configurado la historia de Occidente. Dos corrientes que aun cuando se han sucedido cronológicamente a lo largo del proceso histórico occidental, su relación no será la de la continuidad en pro­gresión ascendente de la una a la otra, sino la del antagonismo y la contraposición . Un antagonismo raíz, que sigue operativo hoy día, que estuvo operativo en el pasado, y que contrapone lo que por un lado de­ nominaremos cosmovisión tradicional o directamente Tradición. Y lo que denominaremos genéricamente Modernidad. Desde el ángulo de la Modernidad la Tradición fue superada y el avance de la historia sería un progreso en emancipación y libertad en el que en todo caso los para­digmas de la Tradición quedarían subordinados al avance y liberación moderna. Desde el ángulo de la Tradición, la Modernidad sería una caída de grado, una decadencia espiritual e incluso degeneración cuyo sueño de emancipación habría conducido sin embargo a la alienación y al nihilismo.

La cosmovisión tradicional corresponderá a una visión «trascendente y espiritual» de la vida, el Hombre, y el mundo, y, muy sucintamente señalado, en ella encontraremos la idea de un principio superior de orden Incondicionado y atemporal, sobrenatural y metafísico, que se configura tanto como fundamento, origen y sostén de toda realidad na­tural y material, condicionada y temporal, como horizonte último de sentido de la vida humana, cuya razón de ser fundamental sería así el conocimiento unitivo de dicho principio. Siendo entonces que dicha dimensión «trascendente y espiritual» se encontrará en el centro mismo del alma humana y como en estado de potencia. De esencia en latencia o semilla. Y el argumento mismo de la vida del Hombre no será otro que despertar a dicha esencia y actualizar dicha potencia. «Despertar» a dicha dimensión «trascendente y espiritual», que sería inmanente al alma humana, y hacerlo conforme a una elevación ontológica del sujeto al plano supraindividual de la personalidad. Más allá de la mera egoidad fenoménica, condicionada y existencial.

Platón y Homero, en las raíces mismas de Europa, estarán en claro entroncamiento con dicha cosmovisión trascendente y espiritual del mundo de la Tradición. El Rig-veda y su corolario en los Upanishads, al otro lado del mundo, en la India, resonarán a su vez en análoga cosmo­visión al pensamiento platónico y los himnos de Homero. De Oriente a Occidente, del Indo a Europa, un arco de expansión y diversificación de un mismo «linaje» espiritual de comprensión y sabiduría tradicional.

En términos de la posterior tradición cristiana, nada sintetizará mejor la cosmovisión tradicional que la consigna evangélica «la Verdad os hará libres». La Verdad como la raíz y asiento propio del ejercicio de la libertad y, a su vez, la palanca de toda «liberación» verdadera. De todo descondicionamiento y superación de la mera existencia pasiva y reac­ tiva frente a la mundanidad. Inserta unilateralmente en el mero deve­ nir y la mera individualidad fenoménica.

De otra manera, la ética heroica del antiguo mundo germánico y céltico, su horizonte de «gloria trascendente» en clave épica, de honor, valor, arrojo e ímpetu de combate, de «sed de Valhalla», apuntará tam­bién en la misma dirección que la cosmovisión «trascendente y espi­ritual» del mundo de la Tradición. Y del mismo modo ocurrirá con la literatura medieval, los cantares de gesta, el ideal de la «Caballería espi­ritual» y, de manera especialmente refinada y de profundo simbolismo, en la literatura artúrica y las sagas del Grial.

En frente, el mundo de la Modernidad (advenido fundamentalmente a lo largo de los últimos quinientos años), se moverá exactamente en las antípodas de la cosmovisión tradicional y hará, por el contrario, de la realidad meramente natural y material, y de la existencia mera­ mente fenoménica, condicionada y contingente, el fundamento y reali­ dad única de todas las cosas e incluso la causa eventualmente oculta que subyacería a toda inquietud humana, aun cuando esta se expresara en términos espirituales o religiosos. Pensadores claramente modernos como Hume, Marx, Freud o Nietzsche, aunque muy diferentes entre sí, desde distintos ámbitos y perspectivas, convergerán sin embargo en un mismo principio a la hora de afrontar la realidad humana y natural: para todos ellos la referencia a la «trascendencia» no tendrá lugar... Siendo entonces las fuerzas desnudas de la naturaleza, de la materia, la economía, el azar, el subconsciente, el instinto de supervivencia y de reproducción, la voluntad de poder, o cualquier otra instancia «no espi­ritual», el verdadero fundamento, sostén y explicación del Hombre y el Mundo. Y siendo entonces y además que, desde ahí, se querrá levantar acta de defunción del mundo de la Tradición, que «finalmente habrá podido ser dejado atrás» para amanecer a un nuevo horizonte de eman­cipación: el horizonte de la Modernidad... Que es a su vez entendido como el lugar predilecto al que el ser humano tenía que llegar y avanzar. El horizonte y paradigma que deja atrás el «oscurantismo metafísico» de la Tradición, nos libera de «sus cadenas» y nos impele a un horizonte de progreso, siempre inconcluso y siempre con renovadas líneas de avance que alcanzar, cuya mirada última alcanza efectivamente la utopía...

Esta corriente de pensamiento, meramente materialista, cientificista y de raíz antimetafísica y antitrascendente, es la que ha sostenido de fondo el desarrollo de nuestros tiempos modernos y es la que está en la base de los paradigmas de nuestra época. Época la presente que se arroga superioridad y marchamo de progreso y avance respecto de toda época pasada, si bien cada vez resulte más evidente que más allá del desarrollo científico-técnico y el bienestar material, que como nunca antes se habrá logrado, para todo lo demás, nos moveremos sin embargo en el ámbito de un hondo nihilismo y sinsentido. De una «debilidad del alma» para la que bien parecerá que efectivamente la «utopía moderna» ha terminado por arribar y sin desviación mediante a la «distopía posmoderna». La emancipación respecto de la «Verdad» con mayúsculas, y tal como desde las coordenadas de la Tradición se advertía, no ha conducido a la «Liberación», sino a la alienación, la ca­rencia, la sinrazón de ser, la insania, y el absurdo...

Nada sintetizará mejor de este modo el significado de la Modernidad que la consigna invertida y luciferina de: «La Libertad os hará verda­deros». La libertad ejercida por sí misma y no como fruto y consecuen­cia de la Verdad. La libertad entendida así como mera expresión de la individualidad, personal o colectiva, convertida en piedra de toque de la verdadera humanidad que ahora sí, tras siglos de «oscurantismo», se puede hacer realidad... Aquello respecto de lo que las enseñanzas de la Tradición Sapiencial nos libera y eleva, convertido en el centro y argumento moderno. Y al tiempo esa misma cosmovisión tradicio­nal, anagógica y liberadora, señalada como imposición, oscurantismo, mera fantasía y condena.

En este sentido, el contraste entre el mundo de la Tradición, entendida esta ante todo como Sophia Perennis; y el Mundo Moderno, entendido este ante todo no como progreso de la ciencia y la técnica, sino como emancipación respecto de todo principio de «Verdad espiritual» y, por ende, de superior Auctoritas, tendrá un reflejo fundamental en el ám­ bito de la gnoseología y la ética. Así mientras que para el mundo de la Tradición el Hombre puede acceder a la «Verdad espiritual» y es desde ahí que está llamado a ser Libre. Para la Modernidad, toda verdad que no sea descripción científica de la realidad será relativizada, no habrá así «verdad espiritual», y, por ende, la libertad, quedará entonces confundida con el mero ejercicio y validación de la individualidad y la subjetividad. La cual una vez sacralizada tenderá a organizar y articular la vida personal, social y política de la Modernidad, que a su vez y en úl­tima instancia parecerá configurarse en gran medida como un sistema para el incentivo, cultivo, satisfacción y salvaguarda de dicha subjetivi­dad. Incluyéndose aquí no solo la subjetividad individual propiamente dicha, sino también los «individualismos colectivos» de clase, nación o género, que la Modernidad también en algunas de sus variantes ideológicas sobredimensiona hasta poner unilateralmente en el mismo centro de la acción política, rompiendo así el sentido «orgánico», «de cuerpo», que el mundo de la Tradición asignaría a cada uno de dichos niveles.

En todo caso lo que nos estaríamos encontrando aquí, y esta sería una de las claves de la subversión moderna, sería ese paso anteriormente señalado de la consigna cristiana que nos dice: «La Verdad os hará li­bres»; a la consigna posmoderna que nos dice: «La Libertad os hará verdaderos»... Consigna posmoderna que efectivamente, y a la luz de esa misma tradición cristiana, no será sino el corolario del non serviam luciferino. Del atentar contra el principio de Auctoritas en nombre de la individualidad. La consecuencia final de dicha subversión y atentado «contra la Verdad» en nombre de la «individualidad», no será sin em­bargo ninguna «liberación», ninguna «conquista interior», sino todo lo contrario... Su fruto maduro es la distopía posmoderna: el tipo humano de la «carencia perpetua», de la «agitación samsárica», del «infierno del alma», de la Dukkha: la sed que no cesa y, por ende, el malestar, la neuro­sis la alienación, la debilidad del alma y la civilización del nihilismo...

Yendo a lo que sería el punto de vista histórico y recogiéndolo de ma­nera muy sintética, diremos que con la caída de Roma se habría cerrado el ciclo histórico de la Antigüedad europea. Ciclo que, con su con­fluencia de mundo griego, romano, celta y germano, habría marcado definitivamente la identidad de la Europa tradicional. Seguidamente, la cristiandad medieval sucederá y continuará a Roma como nuevo ciclo histórico tradicional de nuestra civilización. Y en dicho medievo euro­ peo, algunos de los andamiajes fundamentales de la Antigüedad segui­rán presentes. Si bien con renovadas formas y posibilidades surgidas ahora de la tradición cristiana.

Es así que sucintamente podrá decirse que la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del Imperium (prefigurado ya por Alejandro y después por César), más la cultura guerrera, ética heroica y vínculos espirituales con la naturaleza de los pueblos bárbaros (fundamentalmente celtas y germanos), unido todo ello a la tradición cristiana medieval, terminarán por darnos las claves básicas de la Europa tradicional premoderna. La cual tendría así dos ciclos históricos: el pagano y el cristiano. Siendo que en cada uno de ellos y en continuidad el segundo con el primero, habrán mantenido y más allá de sus infinitas vicisitudes, variantes, e incluso confrontación de un ciclo respecto del otro, un argumento de fondo basado siempre en la dimensión de la Trascendencia y la posibilidad de alinearse y unirse a ella a partir de la propia naturaleza humana.

Más adelante, sin embargo, la decadencia de la civilización medieval, el nominalismo y el güelfismo, y el subsiguiente antropocentrismo re­nacentista, más la Reforma Protestante, el Absolutismo, la Ilustración, el Romanticismo y finalmente las revoluciones contra un ya esclerótico Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario, pero también en Norteamérica), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Europa moderna cuyo fruto maduro será precisamente la civilización ajena y de espaldas, e incluso abiertamente «negacionista», respecto de la dimensión de la Trascendencia. Una civilización antitética a la tradicio­nal, a la cosmovisión tradicional, y a cuyo propio nihilismo antimetafí­sico, lo considerará progreso y emancipación...

Y efectivamente es ahí donde estamos y nuestro tiempo histórico no será así, sino resultado de dicho proceso moderno. Y entender todo esto, distinguiendo el ciclo tradicional, en su etapa pagana y después cristiana, del proceso de la Modernidad, del Renacimiento a la Revolu­ción francesa, será fundamental para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y qué significado tiene la época que estamos viviendo. Más aún cuando de la Revolución francesa a la Segunda Guerra Mundial se sucederán tres siglos de respuesta, guerra y confrontación a la sub­versión moderna que aun pretendiendo contraponer el horizonte de la Tradición al despliegue de la Modernidad, ya no será capaz de hacerse sin limitaciones, desviaciones y adulteraciones y, así y finalmente, la subversión se impondrá... la civilización del nihilismo se hará realidad. Tanto así que, a día de hoy, Europa vive y se ordena totalmente con­ forme a los paradigmas de dicho nihilismo moderno, y lo que fue la Europa premoderna y tradicional, habría quedado reducida a un mero «paisaje de ruinas». Ruinas evocadoras, quizás incluso monumentales y artísticas, dignas de deslumbrarnos en los museos, y sin embargo ajenas de toda vez al desarrollo del proyecto moderno de Hombre y Civilización.

Es en este contexto que hay que entender que surge como síntoma característico y definitorio del Mundo Moderno, ese fenómeno que hemos llamado del «nihilismo»: el Mundo Moderno, con su olvido o negación de la Tradición y su vivir de espaldas a la dimensión de la Trascendencia, habría ido dejando a su paso una subyacente sensación de absurdo y sinsentido que los lenitivos del progreso científico, el materialismo práctico y la cultura del consumo, apenas conseguirán miti­gar. Ocurriendo entonces que en ocasiones dichas «ruinas» del pasado, aun no siendo ya algo realmente vivo y presente en nuestra cultura, sensibilizarán sin embargo a los europeos menos modernizados, despertándoles a la conciencia de lo fatuo y vacío del proyecto moderno...

Se tiene entonces la impresión de que el ingente desarrollo científico y económico técnico de nuestro tiempo se habría pagado conforme a una suerte de «progreso decadente». Una bancarrota espiritual que el «progreso» no compensaría y que, rastreable a todos los niveles, re­sultará especialmente lacerante en la generación de sujetos sin apenas centro ni gobierno interior. Sujetos neurotizados, anestesiados, fanati­zados, alienados, envilecidos o idiotizados, en una sociedad inorgánica y atomizada, de escaso discernimiento y gran debilidad emocional. Una sociedad que deja inerme al sujeto frente a sí mismo y sus neurosis, y que parecerá abocar a una vida de bajísimas expectativas espiritua­les y, sin embargo, fijación obsesiva en todo lo meramente material, cuantitativo, instrumental, accesorio, pulsional, emocional, instintivo, subjetivo o prepersonal. Y es que la sociedad moderna se caracteri­zará por no dotar al sujeto de herramientas espirituales y disciplinas para construirse auténticamente como «Persona». Siendo entonces que quedará abocado fácilmente a la propia estupidez, inseguridad, miedo, apegos, ofuscación o bajeza de su mera individualidad condicionada y existencial.

Y precisamente, frente a ese peligro de no llegar a construirnos au­ténticamente como «Personas», de ser víctimas nuestra propia «debili­dad», se constituía lo más fundamental de la Tradición Sapiencial...

*
Para el mundo de la Tradición, para la Sophia Perennis, el Hombre está llamado a ser Libre. Y decimos «Libre» en el sentido de no ser un pro­ ducto alienado de su propia ignorancia u ofuscación, apego y temor, de su mero yo fenomenológico o egoidad. Está llamado así a «liberarse de sí mismo», para poder llegar a ser «SÍ mismo», para poder llegar a ser quien «realmente Es». La Tradición se configura de este modo y en gran medida como vía y disciplina de «autoconocimiento y liberación». De esclarecimiento y conquista interior. A partir de aquí, los Hombres au­ténticamente libres, tampoco podrán ser producto de alguna otra cosa o proceso que se les sobreponga; léase aquí la economía, la clase social, las pulsiones, el medio natural o la inercia histórica... Siendo entonces sus circunstancias de toda índole, el mero «soporte material» desde el cual recorrer el arduo «camino vertical», de elevación anagógica y su­ praindividual de la personalidad, hacia el conocimiento y señorío de sí, hacia la Aristeía y la Autárkeia, hacia la «liberación» interior en el plano del Ser, respecto del plano del mero devenir. De la dimensión de la asei­dad sobre la mera contingencia...

El Hombre no sería así un mero agregado de vida biológica y psi­quismo, un mero ente horizontal de la realidad fenoménica, atrapado en el Samsara de la simple vida y la simple muerte, del estado de carencia, apego y temor, y de la mente que no cesa y no sabe de su «Cen­tro»... Muy al contrario, en su interior habría un núcleo «extra samsá­rico» Incondicionado, principio de Consciencia, aseidad y liberación, «autoluminoso», inmutable e invulnerable, «chispa divina», «llama del Espíritu Santo», que en estado de potencia aguarda, para conforme a la correspondiente Areté y Áskesis, ser «despertado»...

Más allá así del «yo opaco» de la egoidad, embotellado en su pura individualidad fenoménica, en su psiquismo y su emotividad, ajeno e incluso refractario a «la luz» del Nous y su dimensión de Conscien­cia y Logos, habría la posibilidad de un «Yo esencial», de un «sujeto trascendente», «central y supraindividual», alineado con dicho Nous y Logos, y fruto de una ardua Áskesis o disciplina espiritual, que descon­dicionado y liberado de dicha «Opacidad», es el argumento mismo de la cosmovisión tradicional. Y, por ende, el principio fundamental de toda verdadera autoridad, jerarquía y orden personal y colectivo.

Nous y Logos, Consciencia supramental, discernimiento, esclareci­miento, y «estado de presencia». Eje vertebrador de la personalidad del sujeto «descondicionado». «Central y Vertical». Supraindividual y anagógico. Señor de sí y de la Autárkeia. Dimensión del Ser, de la asei­dad, sobre el plano del mero devenir. Consciencia de Trascendencia in­manente frente al estado de Avidya, de «ignorancia espiritual», de mero individuo, fenoménico y existencial. De mera egoidad. Del «paria del alma». Del «sujeto samsárico», del sujeto de la carencia, el apego y el temor. Del Hombre del Kali Yuga...

El «Centro y la Vertical» como presencia así de la dimensión de la aseidad en el alma humana, y lugar y escala ontológica propia del Hom­bre. Del «Hombre verdadero». Del que se ha diferenciado del estado de «caída», de «carencia», de «ignorancia», de «opacidad», de «medio hacer» y «des-Gracia», y que ha alcanzado por el contrario la plena posesión de su naturaleza más íntima y central. Espiritual y verti­cal. Inafectada y libre. Presencia actualizada de la «Gracia del Espíritu Santo», «suficiente y eficiente», dentro de sí. Como esencia radical del ser humano. Como su más verdadera identidad, motor y sentido. Que debe ser desvelada y hecha presente «más allá de nuestra naturaleza caída» y que nos impele así a hacer de la disciplina, de la Areté y la Áske­sis, del autoconocimiento y la liberación, de la «salvación del alma», el argumento primero de la vida humana. Y desde ahí, todo lo demás...

Manual para jóvenes guerreros espirituales | Con Gonzalo Rodríguez García


VER+:



martes, 29 de octubre de 2024

MÚSICA E INSPIRACIÓN: VIDA SECRETA DE LOS GRANDES MAESTROS: 🎶CONVERSACIONES TRASCENDENTES CON BRAHMS, PUCCINI, STRAUSS Y OTROS GENIOS por ARTHUR M. ABELL


VIDA SECRETA DE LOS 
 GRANDES MAESTROS
🎶
Conversaciones trascendentales 
con Brahms, Puccini, Strauss y otros genios

El libro «Vida secreta de los grandes maestros” de Arthur M. Abell nos habla de la capacidad de conectar con una fuerza espiritual superior a la hora de componer y estar inspirados los grandes músicos del siglo XIX cómo Brahms, Puccini, Strauss o Wagner.
«Los compositores somos proyectores del infinito en lo finito»

¿Qué inspira la creatividad?

Entre los años 1890 y 1917, Arthur M. Abell entabló conversaciones largas y sinceras con los mejores compositores de su época: Johannes Brahms, Giacomo Puccini, Richard Strauss, Engelbert Humperdinck (hablando sobre Wagner), Max Bruch y Edvard Grieg, sobre lo intelectual, lo psíquico y espiritual de sus grandes esfuerzos creativos. El resultado es una obra maestra donde se revelan la agonía, los triunfos y la religiosidad inherente a la mente creativa.
Los seis compositores acordaron explorar con Abell sus pensamientos más íntimos sobre la psicología del proceso creativo. Sin embargo, Brahms insistió en que sus divulgaciones no se publicaran hasta cincuenta años después de su muerte, porque, dijo, «no encontraré mi verdadero lugar en la historia musical hasta al menos medio siglo después de que me haya ido».

Esta obra es un homenaje a la inspiración creativa, y brilla por su ingenio, sinceridad, humor y, sobre todo, por dar a conocer la genialidad de los compositores más apreciados de todos los tiempos.
El proceso creativo es una mezcla de técnica, entendimiento, fuerza de voluntad, don de la imaginación, fantasía, determinación, deseo ardiente. Y por muy buena que sea la ejecución, no habrá ninguna composición que perdure si no tiene inspiración. Cuando viene, la inspiración es de tal sutileza y finura (como un fuego fatuo) que escapa a casi toda clasificación.

La inspiración es un despertar, una activación de todas las facultades humanas. El gran secreto de todos los genios creadores se encuentra en el hecho de que poseen la fuerza de apropiarse de la belleza, riqueza, grandeza y excelsitud que hay dentro de su alma y, al mismo tiempo, de comunicar tal riqueza a los demás. En este libro, Arthur M. Abell recoge el testimonio de seis importantes figuras de la música occidental —Brahms, Strauss, Puccini, Humperdinck, Bruch y Grieg— en relación con sus experiencias espirituales, psíquicas y mentales en el momento del impulso creador. Además, nos invita a conocer el contexto cultural europeo de principios del siglo xx a partir de la experiencia vital de sus protagonistas.

Arthur M. Abell, músico y periodista norteamericano, entrevistó entre 1890 y 1917 a varios grandes compositores sobre la psicología del proceso creativo, conversaciones de las que escribió un libro publicado cincuenta años después, en 1947, por expreso deseo de Brahms y que ahora recupera la editorial Luciérnaga.

Abell mantuvo una larga conversación con Brahms en 1896 sobre la creatividad gracias a la intermediación de un amigo íntimo del músico, Joseph Joachim, y que fue transcrita por un taquígrafo bilingüe de la embajada estadounidense en Viena.
“Toda inspiración verdadera emana de una fuerza espiritual que es Dios, y que los psicólogos modernos llaman el subconsciente, una experiencia que pocas personas pueden sentir y es por ello que hay tan pocos grandes compositores”, según Brahms.
Para el músico austriaco, “cuando voy a componer atraigo hacia mí el creador y primero le formuló las tres preguntas más importantes relativas a nuestra vida en este mundo: desde dónde, por qué y hacia dónde”.
“Inmediatamente noto vibraciones que me estremecen y que es el poder iluminador del Espíritu y, en este estado de exaltación, distingo con claridad lo que está oscuro en mi interior. Después me siento capaz de sacar inspiración de ello, como hizo Beethoven”.

El compositor lo explica como un entrar en un estado ensoñación similar a un trance, un momento en el que las ideas emergen con tal fuerza y rapidez que le es imposible retener todas, ya que llegan como flashes instantáneos y desaparecen rápidamente a no ser que las haya plasmado en un papel.

Wagner coincide con Brahms en que componer es captar “una energía universal que conecta el alma humana con la fuerza suprema del universo, de la que todos formamos parte”.
El compositor alemán decía que había descubierto que este poder transmitido por el espíritu no se manifestaba a través de la fuerza de la voluntad, sino de la imaginación y la fantasía. 
“A través del ojo de mi mente, veo visiones muy concretas de los personajes de mis dramas musicales”, explicó.
También él entraba en un estado de trance, “que es el requisito para cualquier intento creativo. Siento que me fundo con esta fuerza, que es omnisciente, y que puedo recurrir a ella con mis capacidades como única limitación”.

Strauss dijo a Abell que componer es un procedimiento que no es fácil de explicar y la inspiración es algo “tan sutil, tan tenue, que casi desafía definirla. Cuando estoy inspirado, tengo visiones muy persuasivas y claras que me envuelven y siento que estoy bebiendo de la fuente de energía infinita y eterna de la que todas las cosas proceden. La religión lo denomina Dios.”

Según Puccini, la inspiración es algo tan intangible, “que no puedo definirla. Me llega cuando me llega, pero no sé expresarlo con palabras. Por experiencia sé que cuando compongo es porque una influencia sobrenatural permite que reciba las verdades divinas y que las pueda comunicar al público a través de mis óperas”.

En lo que también coinciden todos es en el trabajo y la necesidad de evitar distracciones y ruidos. Para Brahms, “mis composiciones no son solo el fruto de la inspiración sino también de una dedicación laboriosa y minuciosa” y Puccini trabajaba de noche porque decía que durante el día había demasiado ruido en su casa.

Brahms y Joachim hablan de la inspiración 

Una tarde, Johannes Brahms y Joseph Joachim se sentaron en el estudio de la casa del famoso compositor de Viena para hablar de la fuente de inspiración en los grandes genios de la creación. Era finales del otoño de 1896 y el encuentro había sido concertado por el famoso violinista como un favor especial para mí, estando él también muy interesado en mi intención de escribir un libro sobre la genialidad y la inspiración. 

Yo estaba totalmente hechizado porque el tema siempre me había fascinado, y el lugar del encuentro no podía ser mejor, pues estábamos en una habitación en la que habían nacido muchas de las obras inmortales de Brahms. Sin la cooperación de Joachim, nunca habría logrado convencer a Brahms para que me revelara sus secretos acerca de cómo componía, inspirado con la fuerza de su alma e iluminado por el espíritu del Todopoderoso. 

En los repetidos empeños míos por convencerle, me di cuenta de que escondía algún tipo de tema sagrado y que no quería hablar de ello. De hecho, al inicio de la conversación esa tarde, Brahms le dijo a Joachim: 

—Joseph, todavía no he olvidado que tú y Clara Schumann a menudo me habíais hecho preguntas similares a aquellas con las que el señor Abell ha estado incordiándome los últimos cuatro años, y que siempre he rehusado contarte mi experiencia interior al componer. Es un tema del que no me apetece nada hablar, pero dado que Clara falleció el mes de mayo pasado, he empezado a ver las cosas de forma distinta. De hecho, siento que mi muerte se está acercando velozmente. Al final, quizá en el futuro pueda tener algo de interés saber cómo el espíritu habla cuando tengo la urgencia de crear. Por ello, te revelaré ahora mi proceso intelectual, físico y espiritual al componer. Beethoven declaró que sus ideas procedían de Dios, y yo puedo decir lo mismo. ¿Qué opinión tienes sobre la valía del libro que el señor Abell quiere escribir, Joseph? 

—Johannes, no hay duda de su valía. Tal libro, basado en tus propias experiencias, puede tener una incidencia cultural inmensa, no solo para el mundo de la música, sino para cualquiera que esté interesado en grandes valores estéticos. La inspiración pertenece a todos los genios creadores, desde poetas, pintores, escultores y dramaturgos hasta los compositores. 
¿No te gustaría leer con todo lujo de detalle el proceso espiritual de Mozart, Bach y Beethoven si nos hubieran dejado dicha crónica? 
—Por supuesto que sí, Joseph, y es una pena que lo poco que haya de ellos sea tan escaso. Entonces ¿crees realmente que merece la pena que mi propio proceso espiritual esté registrado en un libro? 

—Esta es una pregunta extraña, Johannes. Cuarenta y tres años antes, cuando solo tenías veinte años y estabas en el umbral de tu carrera, Schumann dijo que tú eras el nuevo mesías musical, y treinta y cinco años después, en 1888, nada menos que Hans von Bülow te comparó con Bach y Beethoven. A través de tu ego espiritual vibran armonías celestiales; estás dejando a la humanidad una herencia incalculable, Johannes, y el mundo musical se enriquecerá inmensamente si dejas testimonio de cómo el Espíritu te emociona cuando estás creando tus obras maestras. 
—Muy bien [es sei denn]. Os contaré a ti y a tu joven amigo cómo es mi método para comunicar con el infinito, para inspirarme ideas procedentes de Dios. Beethoven, que es mi modelo, lo conocía muy bien.

Brahms toma a Beethoven como guía 

—Beethoven siempre ha sido mi modelo. Las pocas cosas que sabemos acerca de cómo se inspiraba a través del Gran Creador han sido de una ayuda incalculable para mí. Bach y Mozart también son grandes fuentes de inspiración, pero la atracción de Beethoven es más universal. 

En ese momento, Brahms se giró hacia Joachim y dijo: 

—Joseph, háblale al señor Abell acerca de Beethoven y Schuppanzigh. 

A lo que Joachim me contó la siguiente historia: 

—Cuando era un niño estudié violín aquí, en Viena, durante tres años con Joseph Böhm, que también era el profesor de Ernst. Viví en casa de Böhm, y frau Böhm siempre supervisaba mi práctica. Con frecuencia se hospedaba en esta casa tan acogedora un violinista muy mayor que se llamaba Grünberg, que había tocado durante muchos años en la orquesta de Beethoven. Grünberg contó que, durante el primer ensayo de una nueva obra, Schuppanzigh, el concertino, se quejaba a Beethoven de que había una parte que estaba tan mal compuesta para la mano izquierda que resultaba casi imposible tocarla. A lo que Beethoven le respondió chillando: 

«Cuando compuse este pasaje, era plenamente consciente de estar siendo inspirado por Dios Todopoderoso. ¿Crees que puedo tener en cuenta tu violinito cuando Él me está hablando?». 
El violinista anciano citó las propias palabras de Beethoven con un gran entusiasmo y me impresionó profundamente. —Igual que yo, cuando cuentas esta historia, Joseph —exclamó Brahms—. Beethoven se sentía como yo cuando compuse el concierto para violín. 
¿Recuerdas cómo toda la comunidad de violinistas se escandalizó y Hellmesberger declaró que «el concierto de Brahms no está escrito para, sino contra el violín»? 
—Por supuesto que lo recuerdo, Johannes, y también recuerdo cómo Hellmesberger predijo que rápidamente caería en el olvido porque era intocable. 
—Beethoven hizo declaraciones similares —prosiguió Brahms—, en particular, a Bettina von Arnim en 1810. A esta mujer remar cable le confesó que era consciente de estar más cerca de su Creador de lo que estaban otros compositores. Declaró: 

«Sé que estoy más cerca de Dios que el resto de los compositores. Me acerco a él sin temor». Esta es una afirmación extraordinaria del mejor de los compositores, y corrobora lo que dijo Jesucristo, embebido de la presencia de Dios, en Juan 14, 10: «Las palabras que yo les digo no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras». Jesús proclamó una gran verdad cuando dijo esto, y cuando estoy en mi punto álgido componiendo, también siento un poder superior que trabaja a través de mí. Es interesante remarcar que estas palabras de Beethoven, expresadas ciento cuarenta y cinco años atrás, todavía se citan de vez en cuando. Por ejemplo, Ernest Newman, el destacado musicólogo inglés, las menciona en un artículo sobre Beethoven que apareció en The Atlantic Monthly, en marzo de 1953. 

Cómo Brahms contactó con Dios 

—Señor Brahms, ¿cómo contacta con la Omnipotencia? —le pregunté—. 
La mayoría de la gente la siente bastante distante. 

—Esta es una gran pregunta —contestó Brahms—. No se puede hacer con fuerza de voluntad, con un deseo que se busca a través de la conciencia, que es un producto de la evolución del reinado de lo físico y que desaparece con la muerte. Solo puede alcanzarse con el poder del alma, con el ego auténtico que sobrevive a la muerte del cuerpo. Este poder es inalcanzable para la conciencia, a no ser que esté iluminada por el Espíritu. Además, Jesús nos enseñó que Dios es el Espíritu, y también dijo: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10, 30). 

«Darse cuenta de que se es uno con el Creador, como hizo Beethoven, es una experiencia maravillosa e impresionante. Pocas personas pueden sentir esto, y es por ello que hay tan pocos grandes compositores o genios. Siempre pienso en eso antes de empezar a componer. 
Es el primer paso. Cuando siento la necesidad, empiezo atrayendo hacia a mí al Creador, y primero le formulo las tres preguntas más importantes relativas a nuestra vida en este mundo: desde dónde, por qué y hacia dónde. »Inmediatamente noto vibraciones que me estremecen —prosiguió Brahms—. 
Es el poder iluminador del Espíritu y, en este estado de exaltación, distingo con claridad lo que está oscuro en mi interior. Después me siento capaz de sacar inspiración de ello, como hizo Beethoven. Por encima de todo, en esos momentos me doy cuenta de la extraordinaria importancia de la mayor revelación de Jesús: 

“Yo y el Padre somos uno”. Estas vibraciones toman la forma de distintas imágenes mentales tras haber formulado mi deseo y escoger lo que quiero (en concreto, inspirarme para componer algo que eleve y beneficie a la humanidad): algo con un valor imperecedero. 

»De inmediato empiezan a brotar ideas de mí, directamente dictadas por Dios, y no solo puedo distinguir melodías con el ojo de mi mente, sino que toman formas específicas, armonías y orquestaciones. Poco a poco, se me va revelando el producto final en un estado de inspiración, como los que tuvo Tartini cuando compuso su mejor obra, la sonata El trino del diablo. Debo mantenerme en un estado de semitrance para alcanzar tales resultados; un estado en el que la conciencia está temporalmente en suspensión y el subconsciente toma el control, dado que es a través de este, que forma parte de la Omnipotencia, que llega la inspiración. Sin embargo, tengo que ser cuidadoso y no perder la consciencia, porque en tal caso las ideas se desvanecen. 

Brahms toma a Mozart como modelo 

—Este es el modo en el que Mozart componía. Una vez le preguntaron cuál era su proceso para componer, y respondió: «Es geht bei mir zu wie in einem schönen, starken Traume» [‘Mi proceso es como un sueño vívido’]. »Después prosiguió describiendo cómo las ideas, vestidas con la puesta en escena adecuada, se iban construyendo a través de él, gual que lo hacen conmigo. Por supuesto que es indispensable que un compositor domine las técnicas de composición, la teoría, la armonía, el contrapunto, la instrumentación…, pero cualquier persona puede hacer esto con su correcta aplicación. Sin embargo, tengo que decir que dominar la orquesta en la forma en que lo hace mi joven amigo Richard Strauss requiere una habilidad excepcional. Acuérdate de lo que te estoy diciendo, Joseph, llegará lejos. —Sigue, Johannes —dijo Joachim—. 

Estoy fascinado con tus revelaciones. Para mí es tan nuevo como lo es para el señor Abell. Por favor, sigue contándonos cómo el Espíritu trabaja a través de ti para componer obras. 
—El Espíritu es la luz de mi alma —prosiguió Brahms—. El Espíritu es universal. El Espíritu es la energía creativa del cosmos. El alma del hombre no es consciente de su poder hasta que el Espíritu la ilumina. De este modo, para crecer y evolucionar, el hombre tiene que aprender a usar y a desarrollar la fuerza de su propia alma. Todos los genios creadores lo hacen, aunque algunos son más conscientes del proceso que otros. 

—Por ejemplo —interviene Joachim—, aquellos genios tan dotados, como Shakespeare, Milton y Beethoven, que fueron conscientes de que eran inspirados y que dejaron información sobre ello. Joachim hablaba el inglés casi tan bien como el alemán. Tenía un marcado acento de Oxford y una pronunciación fantástica. Su inglés era majestuoso, y su voz profunda impresionaba bastante. Poseía un gran conocimiento de los poetas británicos y, durante esa maravillosa tarde, citó varios versos de Milton, Wordsworth y Tennyson que ilustraban el tema que se estuviera hablando (primero a mí en inglés y, después, traducidos al alemán para Brahms). Es más, señaló que la «superalma» de Emerson había aportado un maravilloso análisis del alma del hombre, de ese poder omnisciente con el que Brahms conectaba tanto. Estaba tan impresionado con todos los conocimientos y la amplitud de vista de Joachim que le dije: 
—Profesor Joachim, ¿dónde obtuvo tal grado de dominio del inglés y tantos conocimientos acerca de la literatura inglesa?

A lo que me respondió: 
—Cuando era joven y estaba estudiando en la Universidad de Gotinga, hice una asignatura dedicada a ello. Mi profesor era inglés, graduado en la Universidad de Oxford, y de él adquirí el acento. Es más, he pasado mucho tiempo en Inglaterra. He tocado allí cada temporada durante cuarenta años. Cuando Mendelssohn me introdujo en Londres, en 1844, toqué el concierto de Beethoven con la orquesta filarmónica bajo su dirección, y experimenté amor por esa ciudad y por su idioma. Siempre he sido fiel a este sentimiento. 

Brahms y la invocación de la musa 

Brahms tenía un modo desconcertante de dar la vuelta a la conversación de forma abrupta, y su siguiente pregunta me cogió totalmente desprevenido. 

—¿Alguna vez ha leído la Odisea o la Eneida? 
—Sí, he estudiado tres años de griego y cuatro de latín, y he leído ambas obras en su idioma original. —Muy bien. Cíteme la primera línea de la Odisea. 
—«Háblame, musa, del varón de gran ingenio». 
—¿Qué significa para usted? ¿Cómo lo interpreta? ¿Qué pensaban sus compañeros de clase cuando leían a Homero? 
—Puesto que la musa griega era una entidad imaginaria que no existía realmente, pensábamos que era una mera forma poética de expresión. No le atribuíamos ningún significado especial. —¿Y sigue pensando igual? 
—Sí. De hecho, no he pensado en ello desde que hice el examen de admisión en Yale, en 1889. —Bueno, con esta declaración acaba de demostrar una profunda ignorancia acerca de la gran ley de la sugestión. Esta invocación a la musa expresa una realidad psicológica suprema, y Homero y Virgilio eran conscientes de ella. Sentían cómo les llegaba ayuda desde una entidad superior, una entidad externa a ellos mismos, cuando componían sus grandes obras épicas. En otras palabras, sentían cómo les llegaba la inspiración, como me pasa a mí cuando compongo y como le pasaba a Beethoven. 

Por supuesto que eran paganos; tenían muchos dioses y no habían alcanzado el grado de espiritualidad al que llegaron los antiguos profetas hebreos en el Antiguo Testamento cuando se dieron cuenta de que solo existía un Dios. La idea que se había sostenido de un dios monoteísta por parte de estos genios espirituales ancestrales fue uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad, y créeme, Joseph, siempre reflexiono sobre este hecho antes de empezar a componer. 

Resulta más inspirador y estimulante pensar en estas cosas antes de entrar en un estado de trance a través del que llega la inspiración. »Como he dicho antes, cuando entro en un estado de ensoñación es como si estuviese en trance, entre estar despierto y dormido; estoy consciente, pero al borde de perder la consciencia, y en esos momentos es cuando llega la inspiración. Toda inspiración verdadera emana de Dios, y Él se revela a sí mismo ante nosotros a través de esta chispa divina (a través de lo que los psicólogos modernos llaman el subconsciente). En ese momento, Joachim dijo: 

—Siempre me ha parecido, Johannes, que el término subconsciente [Unterbewustein] es una apelación inadecuada para tal poder omnipotente. 
¿Qué piensas? —Estoy bastante de acuerdo contigo, Joseph. Es un término muy inapropiado para algo perteneciente a la divinidad. Superconsciencia sería un término más adecuado, pero la mejor respuesta a tu pregunta se halla en el versículo 11 del capítulo 14 del Evangelio de san Juan, en el que nada menos que a través de una autoridad como Jesús, Él dijo: «El Padre está en mí y yo en el Padre». 

—¿Crees que Jesús quería decir que ese poder omnipotente que él denominaba Padre está en todos nosotros, y que cualquier compositor puede entrar en ese estado de ensoñación que describes y crear obras inmortales como las que tú has hecho? 
—El propio Jesús responde a esta pregunta en el mismo capítulo. En el versículo 10, dice: «El Padre que mora en mí es el que hace las obras». Y, en el versículo 12 del mismo capítulo, añade:

«El que en mí cree, las obras que yo hago las hará también». 

Esta es una de las declaraciones más trascendentales de Jesús, y una que la Iglesia ortodoxa ignora. Entonces, girándose hacia mí, preguntó: 

—¿Alguna vez ha oído en misa este texto? 

El Brahms religioso, pero no ortodoxo 

—Nunca antes lo había pensado, habiendo crecido con la Iglesia ortodoxa —contesté—. Pero ahora que lo pienso debo confesar que nunca he escuchado un sermón basado en el texto de Juan 14, 12. 
—Y nunca lo hará —contestó Brahms—, porque es una gran contradicción con Juan 3, 16, que es la piedra angular sobre la que la Iglesia ortodoxa se ha construido. 
La importancia de ese versículo es que son las propias palabras de Jesús y no las de los evangelistas o las del apóstol Pablo de Tarso. Recuerde esto, amigo mío. En ese momento, Joachim interrumpió la conversación y dijo: 

—Me encanta verte, Johannes, hablando de nuevo de esas cuestiones cruciales de las que tanto habíamos hablado hace años en Hannover. Tus observaciones perspicaces me apartaron de las creencias ortodoxas y, desde entonces, he abrazado la fe cristiana. Luego, girándose hacia mí, prosiguió: 

—Como ve, señor Abell, crecí en la fe judía ortodoxa. Cuando era un niño, ni siquiera se me permitía leer el Nuevo Testamento. Pero después me convencí de que las enseñanzas de Jesús eran más elevadas y más universales para ser aplicadas a las necesidades de la humanidad que la antigua doctrina judía, así que me bauticé y me uní a la Iglesia cristiana ortodoxa. Sin embargo, nunca me he atrevido a decírselo a mi padre porque es un judío ortodoxo muy estricto y se habría horrorizado si hubiera descubierto la verdad. 

Pero, más adelante, encontré algunas cosas en las creencias y dogmas de la Iglesia cristiana ortodoxa con las que no estoy de acuerdo, como Juan 3, 16, y fue un gran alivio descubrir que mi amigo Brahms compartía mis reparos. Nunca pude interiorizar la idea de que Jesús es el «Hijo unigénito» de Dios, como se declara en Juan 3, 16. Este es el motivo por el que Johannes —en ese momento Joachim se giró hacia Brahms— ha citado el versículo 14, 12 del Evangelio de san Juan, que se contradice con el versículo 3, 16, pero no debemos olvidar que las del 14, 12 son las propias palabras de Dios, mientras que las del 3, 16 son las del evangelista. 

Esta es una enorme diferencia. »Pero, por favor, sigue y cuéntale al señor Abell tus razones para creer que el gran Nazareno proclamó una verdad profunda cuando dijo: “El que en mí cree, las obras que yo hago las hará también, y hará otras todavía más grandes”. 
Entonces, me giré hacia Brahms y le pregunté: 

—Pero, señor Brahms, ¿qué tiene que ver la divinidad de Jesús con cómo se inspira cuando compone? 
—Tiene todo que ver, mi joven amigo, como verá si tiene un poco de paciencia. Todas estas cosas de las que estamos hablando mantienen una estrecha relación con lo que desea saber acerca de mi proceso mental, físico y espiritual cuando compongo. 
El poder desde el cual se inspiraron grandes compositores como Mozart, Schubert, Bach y Beethoven es el mismo poder que hizo posible que Jesús obrara sus milagros. Lo llamamos Dios, Omnipotencia, Divinidad, Creador, etc. Schubert lo llamó die Allmacht, pero, como bien preguntó Shakespeare: 

«¿Qué hay en un nombre?». «Es el poder que ha creado nuestra Tierra y todo el universo, incluyéndonos a usted y a mí, y este nazareno “intoxicado de Dios” nos enseñó que podemos apropiarnos de este poder para construirnos a nosotros mismos, aquí mismo y ahora, y también aprender de la vida eterna. 

Brahms cita a Mateo 7, 7  

—Jesús es muy explícito con esto al decir: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá». No se echarían a perder tantos intentos de componer buena música si se entendieran mejor estas palabras. Pero volvamos a Juan 14, 12. En ese instante, Brahms me sorprendió con una pregunta inesperada: 

—¿Alguna vez ha escuchado el prestigioso sermón de Dwight Moody? 
—Sí, vino a mi ciudad natal, Norwich, en 1886, con Ira Sankey, el tenor, que viajó con él a todas partes y cantó los himnos. Predicó su sermón cada noche durante una semana en la iglesia Broadway, en Norwich. 
—Bueno, debe provocar bastante revuelo, por lo que he leído en los periódicos de Viena. Él cree, según tengo entendido, que Jesús era el mismo Dios en forma humana, ¿verdad? 
—Sí, es lo que en Estados Unidos llamamos un fundamentalista; eso es que se cree, literalmente, todo lo que dice la Biblia. 
—Bueno, si lo que cree fuera verdad, los milagros de Jesús no tendrían nada de extraordinario, puesto que Él habría sido la gran excepción y no podríamos ni llegar a soñar en imitarlo. Pero, si lo que nos enseñó en Juan 14, 12 es verdad, hay mucha esperanza para nosotros. De acuerdo con las palabras de Jesús, él no era en este caso una excepción, sino el gran ejemplo para que nosotros lo imitáramos. —Entonces, ¿no cree que Jesús fuera el hijo de Dios? 
—Por supuesto que creo que era el hijo de Dios; todos lo somos, ya que no podemos haber salido de ninguna otra parte. Sin embargo, la gran diferencia entre Él y nosotros, mortales ordinarios, radica en que Él se apropió de más divinidad que el resto de nosotros. Entonces Joachim exclamó: 
—Johannes, estoy encantado de oírte decir el término apropiarse, porque me recuerda a un poema de solo dos estrofas que un autor británico famoso, Bulwer-Lytton, me dio en Londres, en 1853. Pasó mucho tiempo en la India y tenía un don especial para el misticismo, como revelaba en sus novelas.

Cómo Lao-Tse se apropia de la divinidad 

—En la India, Bulwer-Lytton conoció a un anciano monje budista que estaba totalmente entregado a la sabiduría tradicional oriental, y del que aprendió muchas «verdades eternas», en palabras del autor. Una de ellas forma parte de este poema pequeño, cuya traducción al inglés me dio. Dijo que su autor probablemente era Lao-Tse, el filósofo chino y fundador de la antigua religión taoísta. Voy a citar las palabras de Bulwer-Lytton tal y como las recibió del monje budista: Lao-Tse, que vivió en el año 500 a. C., era un hombre más importante que Confucio, pero no tan famoso. 

El confucianismo no es una religión, es un sistema ético que proporciona normas de conducta para nuestro mundo. En muchos aspectos es maravilloso, porque nos enseña a ser honestos, igual que hizo Jesús. Sin embargo, no hay ninguna mención a Dios o al Más Allá. Por otro lado, Lao-Tse era un hombre muy religioso. Creía firmemente en la vida después de la muerte y en el poder benevolente omnipotente del que nos podemos beneficiar todos nosotros para avanzar en la vida. Denominaba a este poder Espíritu, como Jesús haría quinientos años después, cuando declaró que «no podemos definir el Espíritu, pero podemos apropiarnos de él». 

—¡Eso es! —dijo Brahms—. Cuando compongo, siempre siento que me estoy apropiando del mismo Espíritu al que Jesús tanto se refiere. 
—¿Cuál es su proceso al apropiarse de él? —pregunté—. Debe de poseer una actitud especial hacia este poder, pero me gustaría saber cómo contacta con él. 
—En primer lugar, sé que este poder existe. No te lo puedes apropiar si no crees que este poder es una entidad viva real, y cuya fuente es nuestro propio ser. Esto no lo puedes saber desde tu mente consciente, que es un producto de la evolución en el reino de lo material. Solo se puede percibir con el eterno y real ego, el poder del alma.

Entonces Joachim intervino: 
—Johannes, antes de que nos digas nada más acerca de cómo contactas con este poder, deja que cite esas dos estrofas que proporcionan la fórmula de cómo Lao-Tse se apropió de él quinientos años antes de Cristo. Y, por cierto, Bulwer-Lytton me dijo que algunos investigadores creyeron que era un poema de origen hindú, otros que era de origen egipcio, y otros incluso lo atribuyeron a Zoroastro. Dice: 

La afirmación del yo 

Todo lo que necesitas está cerca de ti, 
Dios te provee de todo, 
confía, ten fe y escúchate, 
atrévete a afirmar tu yo. 

El poder está en ti, 
guíate por la luz de tu ojo. 
Nada puede derrotarte 
si te has atrevido a afirmar tu yo. 

—¡Espléndido! —exclamó Brahms—. 
Qué fórmula tan concisa y breve, y cómo se mantiene igual en el propio precepto que Jesús reveló a través del discurso de Dios, en el que encontramos siete súplicas, todas ellas una afirmación. Siempre me ha parecido que una afirmación es mucho más efectiva que una mera petición para atraer la inspiración cuando se está componiendo. En ese momento, Brahms se dirigió al piano y tocó tres fuertes acordes en do mayor, mientras exclamaba: 
—¡Esto es lo que opino de este poema!


VER+:



Giacomo Puccini cuando le preguntaban acerca de cómo había compuesto “La Bohème” o “Madama Butterfly” decía que “soy el obrero del todopoderoso. Es la conciencia primera la que me da nota por nota, campo por campo en el pentagrama, para que lo transmita a la humanidad”.
Y esto lo dijo no solo Puccini. También Brahms, Strauss, Griek, Beethoven, Mozart, Händel.
Arthur M. Abell, periodista norteamericano, entrevistó a músicos de renombre y todos llegaban a la misma conclusión. Que hay una conciencia interior a través de una conciencia primera y es la que les inspira a componer estas obras.

Platicando Con Johannes Bra... by Mafalda Mo