EL Rincón de Yanka: noviembre 2022

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miércoles, 30 de noviembre de 2022

LIBRO "VENEZUELA": CRÓNICAS DE ÁNGEL SASTRE, NOVELA GRÁFICA


Venezuela 

Jon Sedano | Juancho Velez | Guillermo Fajardo | Ángel Sastre

El testimonio del periodista Ángel Sastre 
cristalizado en esta novela gráfica.

Venezuela ha sido tradicionalmente un país convulso pues ha vivido desde el siglo XIX más de una decena de golpes de estado o revoluciones. Con la muerte de Chávez en 2013, su vicepresidente, Nicolás Maduro, tomó el cargo y durante su mandato el país vio agravada su inestabilidad socioeconómica y Venezuela se adentró en un vertiginoso declive. Las elecciones de 2015 favorecieron a la oposición por mayoría, pero Maduro persistió en el puesto. El pueblo, descontento por la situación, tachó al gobierno como autoritario e inició movilizaciones y protestas civiles. La respuesta de Maduro fue contundente y el conflicto entre manifestantes y el gobierno fue profundamente violento.
El periodista Ángel Sastre, habituado a zonas de conflicto, tiene en América Latina su residencia asidua. Aunque en 2015 fue secuestrado durante nueve meses por Al Qaeda en Siria, no se quiso mantener alejado de la profesión y regresó a Venezuela para contar lo que ocurría…

"Espero que esos jóvenes vuelvan y reclamen lo que es suyo": entrevistamos a los autores de 'Venezuela', la novela gráfica del año

No todos los días se estrena en librerías uno de esos libros que marcarán una nueva forma de narrar. 'Venezuela' es la crónica —en clave cómic— y el testimonio periodístico de Ángel Sastre, reportero extremeño que lleva más de 15 años recorriendo el mundo y cubriendo todo tipo de conflictos: ha explorado el Amazonas más violento, el desarme de las FARC, escribió sobre los matrimonios infantiles en Bangladesh y sobrevivió al secuestro de Al Nusra, filial siria de Al Qaeda, que lo mantuvo 299 días aislado del mundo. 'Venezuela' es también el mejor trabajo conceptual del guionista Jon Sedano y el dibujante Guillermo Fajardo.

La muerte de Hugo Chávez en 2013 y el ascenso de su vicepresidente, Nicolás Maduro, en 2015; las protestas y manifestaciones contra un gobierno deshumanizado; el amor encontrado y perdido; la pobreza extrema que empuja a miles a sus rincones más oscuros, ejecutando secuestros exprés, prostituyendo y drogando a quien haga falta; un puzle de emociones a flor de piel extremadamente humano y, sobre todo, fidedigno con lo vivido.

Podríamos decir que 'Venezuela' también son 152 páginas a todo color con portada cartoné, pero le haríamos un flaco favor. Porque ‘Venezuela’ es similar al mito de la Caja de Pandora. Pocas veces en tan escasas páginas se concentra tanta vida y tanta muerte, tanto amor y tanto miedo. Pero mejor que nos los cuenten sus autores. La que sigue a continuación es la entrevista más profunda, por exhaustividad y dureza, que hemos llevado a cabo en esta sección. De Venezuela se habla mucho y mal y esta novela gráfica es un relato exclusivo desde dentro, una mirada única que narra lo que escapó a los ojos del mundo.

Qué es 'Venezuela'

Comencemos por una pregunta de rigor, ¿de dónde nace y cómo se gesta esta novela gráfica?

Jon: La idea surgió en 2017, poco después de la liberación de Ángel, cuando vino a la Universidad de Málaga a dar una charla. Tomando unas cañas después le propuse llevar sus historias a formato cómic y así empezó a gestarse un primer proyecto —’La batalla de Mosul’, que publicamos en El País Semanal— y, tras éste, llegó ‘Venezuela’, que se lo propusimos a Planeta.
Ángel: Sí, Jon se acercó con los libros de Joe Sacco y me dijo "tus historias podrían ser dignas de estar plasmadas en un cómic". Yo desde chico ya era un gran aficionado a los cómics, mi padre me leía Tintín y siempre soñé con convertirme en un personaje de cómic y de plasmar mis historias en este formato. Venía dando vueltas a esta idea pero fue Jon el que se acercó a mí, que es un gran forofo y experto en cómic y guiones, quien me dijo que esta nueva narrativa sería el elemento perfecto para plasmar el tema.

Más allá de Joe Sacco, de sus historias de Bosnia y Palestina, ¿qué otros referentes hay para quienes busquemos lecturas adicionales a ‘Venezuela’, al cómic periodístico?
Jon: hay unos cuantos. Guy Delisle (Pyongyang), Carlos Spottorno y Guillermo Abril (La grieta), Sagar Fornies y Jorge Carrión (Los vagabundos de la chatarra), Emmanuel Guibert (El fotógrafo), Susanna Martín y Miguel Á. Giner (Ofensiva final) y muchos otros.
Absolutamente todo es realidad, es periodismo, todas las viñetas han sido extraídas de fotogramas. No hay lugar para la invención.

Dentro del cómic se combina dibujo, en un estilo marcadamente americano, con fotos. Pero estas fotos aparecen en contadísimas ocasiones. ¿A qué responde esta decisión artística?

Ángel: Que el lector entienda que absolutamente todo es realidad, es periodismo, que todas las viñetas han sido extraídas de fotogramas. No hay lugar para la invención. Ahora bien, el cómic te permite generar escenas como panorámicas o planos picados. Jon peleó mucho por ese concepto, que las fotos no sobresaltasen o quedasen mal sobre el conjunto pero sí que aparecieran.

En cierta medida recuerda a Frank Miller: ágil y rápido. No en vano son 15 años de vivencias concentrados en menos de 150 páginas. ¿Temisteis no tener espacio para “sutilidades”?

Jon: Sí, de hecho hay varias referencias al trabajo de Miller, desde la directa con la viñeta que simboliza a '300', hasta el capítulo dedicado a Karina donde quise que fuera entero en blanco y negro manteniendo el rojo o azul según la necesidad narrativa. El cómic empieza de forma más o menos calmada y se va acelerando según la situación comienza a ser más extrema, algo similar a las historias de Miller. Y aunque tenía margen de maniobra para la extensión de páginas, sí que tuve que dejar a un lado aspectos más pausados para poder incluir todo lo que consideraba relevante.

De hecho, y sin que suene como eufemismo, la composición de escenas es muy Marvel. Igual que el uso del color en algunos cielos, rojizos y apocalípticos.

Ángel: No es un eufemismo, es lo que buscábamos. El cómic periodístico es muy simplista, muy lineal, muy en blanco y negro. A veces es el propio periodista el que dibuja sus obras. Nosotros queríamos algo mucho más potente visualmente: el color, el fuego, los escuderos. Creo que daba para un estilo propio del superhéroe y no se había usado en el periodismo. Por eso buscamos a Guillermo Fajardo.
Además, los escuderos utilizaban tácticas dignas de los soldados griegos o de los romanos. Cuando hacían esa tortuga, como los troyanos, prácticamente entre los escudos no quedan huecos para que entre nada. En el caso de los romanos hacían frente a flechas y lanzas. Los escuderos lo hacían para evitar balas y perdigones.

El lector medio de cómic ha crecido con violencia: desde Sin City hasta Faust, pasando por Preacher y llegando a cotas como los últimos Crossed. Sin embargo, en ‘Venezuela’ esto es distinto, es la traslación de una realidad. Y hay escenas de una violencia gráfica abrumadora. 
¿Se consideró otro estilo, otras concesiones para acercar esta novela a otros públicos potenciales?

Jon: Se ha tratado de utilizar un estilo artístico cercano al comicbook para diferenciarnos de los cómics periodísticos que hay en el mercado, así como para acercarnos a un público más afín a este tipo de cómics. El color y la violencia que se plasman aquí dejan de ser ficción para convertirse en realidad, todo ello potenciado por el uso de fotografías en ciertas páginas.
Encajaría en la línea de Aftershock

Ángel, ¿tú también has dibujado y bocetado escenas o todo ha sido trabajo de Guillermo Fajardo?

Ángel: No, no, es todo trabajo de Fajardo y Juancho Vélez. Yo lo que hacía era dar el visto bueno. Coordinaba los guiones con Jon para las adaptaciones de mis crónicas, revisábamos dudas que tenía sobre el terreno y concretábamos antes de pasar el dibujo. Luego Jon hablaba con Fajardo, hacían sus bocetos, los veíamos y luego ya concretaban el color con Juancho Vélez.
Marcha tras marcha, muerte tras muerte. Era todo así de convulso y caótico, noches y días de amor y de guerra

¿Y quién se encargó del orden de los episodios? Porque a veces parece caótico.

Ángel: Fue Jon. Elegimos las historias de máximo potencial que podían encajar en esa mezcolanza, en ese crisol. Hay algunos órdenes cronológicos, como la entrada por el Desierto de la Guajira. Las protestas tenían que aparecer cuanto antes porque era el momento en el que yo aterrizaba al país. 
Pero sí, el guión es de Jon y el orden también.
Era así de caótico como aparece en el cómic. Si bien había momentos de descanso, era un sinvivir en el sentido de que llegabas al hotel después de pasar un día en una marcha de tragar gas y polvo y ya estabas pensando en organizar el día siguiente, “he quedado con tal”. Porque a veces era una repetición, marcha tras marcha, muerte tras muerte, aunque suene así de duro. Era todo así de convulso y caótico, noches y días de amor y de guerra. No había momentos de descanso porque ahí estaban los Servicios Secretos de Inteligente, el SEBIN, persiguiéndote de hotel en hotel.

El coste emocional

Ángel, tu voz en off impregna todo, eres el protagonista de una crónica relatada en primera persona. ¿Decidisteis desde el principio seguir esta línea u os planteasteis otras posibilidades, como la de un narrador omnisciente o un protagonista visto con cierta distancia, en tercera persona?

Ángel: Fue siempre así de directo y visceral. En realidad, el formato es una adaptación de mis coberturas, pero Jon me ha abierto en canal. Mis conversaciones con él iban más allá de la crónica que se plasmaba en televisión o en el diario. Él sabía lo que pasaba cuando yo llegaba al hotel. Sabía cómo me enamoré, lloré y me apasioné en Venezuela y dejé una parte de mí, que sigue allí, latente.
Es un retrato muy visceral de cómo vivo el periodismo, como me mimetizo y me convierto en uno más. No soy el típico cronista que llega, sustrae las historias y se marcha. Siento lo que ellos sienten, se produce una especie de simbiosis, de fusión. Y es algo que no puedo evitar, porque no sé si es bueno implicarse tanto en las historias, porque trae consecuencias. Y eso es todavía con lo que estoy lidiando. Jon solo lo narra. Y está bien, porque si no acaba siendo un simple libro de batallitas.

Hay un coste emocional, claro.

Ángel: Emocional y psicológico. Sobre todo cuando muchas historias tienen un final tan fatídico y triste. Pero yo me quedo siempre con este fondo de alegría de los venezolanos, de todo lo que me llevo del pueblo tan noble, de las valquirias y guerreros que eran los estudiantes que me acompañaban. Me quedo con la parte positiva. Pero bueno, en este libro están retratadas ambas facetas: historias muy crudas, muy salvajes que son reales y continúan, si bien ya no hay estallidos sociales.


¿Es ‘Venezuela’ una forma de exorcizar tus recuerdos?

Ángel: No, no. Todo el mundo me dice que si es una especie de catarsis. Mi problema es que no sé hacer catarsis. Yo ansío estar otra vez allí, volver.

Tu "hermosa adicción". Entonces no hay moraleja ni moralina, no hay mensaje final educativo. Es un documento periodístico, que relata los hechos tal cual.

Ángel: Precisamente es más difícil así, el reto de no caer en la polarización política. Porque ya algunos nos han acusado de chavistas. Pero el libro no es chavista ni antichavista. El libro relata lo que pasa. Ni de un lado ni de otro. Cuando hablamos de Chávez, hablamos de su muerte, del proceso y de las misiones y de los planes sociales, de la sucesión de Maduro, etcétera. Si alguien dice que no hay insumos en los hospitales, yo no tomo partido: a mí lo que me importa es la gente que no tiene insumos. Si tengo que contar que los niños rebuscan en la basura y en las cloacas para hallar alimentos —o resguardarse en las cloacas de las alcantarillas para resguardarse de los peligros de la noche—, no hablo de izquierda ni de derecha. Aquellos niños han acabado muertos, por cierto. Hablo de la pobreza y de la desigualdad. Había un pueblo levantado contra un sistema. Yo no soy de ninguna otra parte que de la gente.
Hablo de la pobreza y de la desigualdad. Había un pueblo levantado contra un sistema. Yo no soy de ninguna otra parte que de la gente.
Pero tanto tu mirada personal como la de tu cámara tienen una posición política. ¿Qué piensas de esa sentencia que dicen algunos, que ninguna obra cultural “no deberían ser políticas”?

Ángel: Es muy difícil meterte a hablar de Venezuela sin que enseguida te encasillen. Obviamente yo tengo mi opinión sobre el gobierno actual, un gobierno al que le ocurre lo mismo que a todos los que duran demasiado. En cualquier país del mundo, cuando gobiernos o gobernantes se perpetúan demasiado, se toman licencia que no debieran y que paga el pueblo.

Eso decían hasta de los peronistas.

Ángel: Durante esos 15 años yo he estado viajando continuamente y Buenos Aires era mi base. Por eso yo cubrí América Latina entera, viajando continuamente con base en Buenos Aires. Por más freak que suene, durante mis vacaciones yo hacía otros continentes, es decir, otra vez guerras como tal. Aunque a mí me gusta la palabra conflicto, que es mi especialidad, no solo guerras, porque el conflicto abarca cambio climático, estados migratorios, indigenismo, género, desigualdad, etc. Eso, en América Latina… las venas siguen abiertas, que diría Galeano.

¿Cuántas coberturas abarca este resumen de 15 años?

Ángel: Seis o siete. Pero si bien muchas historias se sucedieron durante los meses que yo estuve allí empotrado, donde murieron decenas de estudiantes, otras muchas historias han sucedido en otras elecciones legislativas, durante la muerte de Hugo Chávez. Muchas son de tinte humano y son atemporales: están sucediendo ahora y sucedían hace cuatro, cinco o seis años. Era relativamente aceptable meterlas durante las protestas porque podían suceder en aquel momento y era una manera de encajarlas en ese puzle.

Así cubre más perspectivas.

Ángel: Claro, desde los perros en agua, es decir, los niños que, para sobrevivir, buscan en las cloacas los restos que la gente tira en sus inodoros, los paleros, los profanadores de tumbas, los sicarios, narcos o los secuestradores, la vida en las cárceles, los calabozos, la santería, insumos de hospitales...

Una cuestión de amor y confianza

Algunas de estas vivencias transmiten auténtico terror, escenas al límite que en cualquier momento podrían desencadenar una bala en la cabeza. El simple hecho de haber sobrevivido casi impone contarlo. Pero, ¿no temes alguna represalia?

Ángel: Hay momentos muy delicados como el del secuestrador exprés, en donde el riesgo a que el secuestrador se revuelva y acabes siendo uno de sus pajaritos, como él decía, era grande. Pero siempre vas con el máximo de seguridad posible. Minimizas los riesgos. Tienes una cadena de seguridad: si en un momento alguien avisa de tu desaparición, ya saben dónde estás. Y en las marchas, el sistema era protegerse, rodearse de un grupo de periodistas. Porque estaba rodeado de hienas, no sabías en quién confiar. Si en el paramilitar, el motorista, la Policía Nacional Bolivariana o los propios guayumberos que protestaban, que bajaban de los cerros… La única manera de permanecer unidos era mediante los Cascos Verdes, los jóvenes médicos que atendían a los protestantes.

La crónica periodística a veces tiende a la caricatura, o la ficcionalización, como en ‘Maus’. Vuestro relato es mucho más realista, una traslación directa. 


¿Por qué habéis apostado por este tratamiento?

Jon: Por diferenciarnos de lo que ya existía. No queríamos hacer un cómic periodístico más, sino que queríamos hacer una obra que se desmarcara del resto sin olvidar su esencia, demostrando que se puede trabajar con muchos estilos a la hora de contar realidad. Por ejemplo, el uso de fotografías responde a la necesidad de mostrar que lo que se cuenta está documentado y es 100% real, potenciando la veracidad y el hecho de que los personajes que mueren o sufren en las viñetas no son simples dibujos.

Sin hacer mucho spoiler, hacia el final de la novela leemos “de puño y letra” una especie de carta epistolar sobre lo vivido. ¿Fue difícil guionizar y trasladar esos, de hecho, 15 años de vida, en tan poco espacio?

Jon: Sí, fue como tener un montón de piezas de un puzle que había que ir poniendo en su lugar. Opté por comenzar por las revueltas de 2017 y tirar de flashbacks para contar hechos pasados que ayudaran a entender la transición y evolución del país. Poco a poco le fui dando forma hasta tener un relato más o menos completo, que dividí en capítulos por facilitar la lectura a un tipo de lector que tal vez no esté acostumbrado a los cómics.

¿Se trabajó con documentación adicional además de la aportada por el propio Sastre?

Jon: Sí, a diferencia de los cómics de ficción, aquí todo tiene que estar contrastado. Cuando plasmo datos para entender la evolución histórica o el contexto de Venezuela, tuve que ir revisando fuentes fidedignas, que plasmo mediante notas al pie. Y cuando aparece un coche, un arma, una bebida, etc. iba buscando referencias de las que se utilizaban en ese momento en Venezuela, que le pasaba al dibujante para que las utilizara como base.

Karina fue ese gran amor y su episodio sirve como bello inserto, una pausa en mitad del caos que finalmente resulta quizá el relato más desolador y descorazonador: no hay escapatoria. Además, está justo en el centro y de alguna forma hace más duro continuar. ¿Estaba originalmente en esa posición, qué buscabais con ello?

Jon: Sí, decidí ponerlo ahí como punto de inflexión. Es un antes y un después dentro de la historia de Ángel, y eso se plasma en el resto de la novela gráfica. Desde ahí es un descenso hacia los infiernos, tanto en lo personal como en la selección de coberturas. Ese punto, unido a lo que se va narrando a continuación, lleva al lector a sumirse en el día a día de la dureza venezolana.

Después de haber presenciado auténticas carnicerías, Ángel, ¿tienes fe en esa sociedad venezolana? ¿Crees que puede escapar de esa espiral constante en la que llevan casi 60 años atrapados?

Ángel: En realidad ha ido a peor en el sentido de que ya no hay estallido social. La mecha ha sido apagada porque los estudiantes han tenido que salir pitando. Las familias vendieron todo para mandar a sus hijos afuera. Es un pueblo anestesiado por la situación y ha entrado en un siniestro bucle en donde no te queda más que intentar irte o aguantar y aceptar lo que hay. 

¿Levantarse, un golpe de estado, una intervención internacional? Y menos ahora, con todas las miradas puestas en Ucrania.
Si tu único anhelo es comer y subsistir, no tienes tiempo para levantarte y protestar, ni que surjan estas ideas en tu cabeza.
Muchas rebeliones proceden de las universidades, donde hay cultura y son clases con más posibles. Si tu único anhelo es comer y subsistir, no tienes tiempo para levantarte y protestar, ni que surjan estas ideas en tu cabeza. Los estudiantes eran la esperanza y han conseguido ya no solo reprimirla, sino expulsarla. El país ha entrado en un estado de dictadura constitucional: controlas al Supremo, al Consejo Nacional Electoral, el Parlamento, anulas a la oposición y al Ejército. Un país a tu medida.

No hay visos de cambio, pero mi esperanza está en esos jóvenes que salieron afuera en un momento dado y vuelvan al país, que es su país, y propicien un cambio. Porque ellos son las bases, los cimientos, el futuro y el presente del país. Han tenido que irse, pero tienen derecho a un sistema democrático con todas las garantías que eso conlleva, con elecciones libres, con separación de poderes y con mucha más igualdad a nivel social. Yo espero que esos jóvenes vuelvan y reclamen sus derechos.

Jóvenes como Canserbero, ya asesinado. En el cómic aparece con una cita. Muchos estudiantes españoles solo saben de Venezuela lo que han oído rimarle a este rapero.

Ángel: Me gusta mucho el hip hop en español. Hay una nueva ola con El Prieto, como con Canserbero, Apache y otros. Más que una ola, una camada nueva. Es otra narrativa callejera y muchos raperos españoles están bien coordinados con los venezolanos. A veces la información de lo que ocurre en estos sitios llega por vías diferentes a las clásicas.

Echemos un ojo al futuro. ¿Hay intenciones de expandir esta idea como una saga, una especie de Tintín?

Jon: Todo depende de la recepción de esta primera obra. Material hay de sobra, pero hay que ver si es demandado. Eso sí, por parte de la editorial han quedado muy contentos con el trabajo publicado.

Ángel: Me gusta la idea de que esto se convierta en una saga, ya sea otro país y otro conflicto. Hay material de archivo. Ahora mismo estoy intentando sacar adelante tres proyectos con el cómic como enlace. El cómic ya forma parte de muchas series y te permite narrar con mucha más agilidad. Si, por ejemplo, quiero hablar de mis recuerdos de Siria, el cómic te permite hacer un flashback y trasladarte directamente a la escena. Permite a la animación volar y dota a las escenas de una originalidad especial.


VENEZUELA, novela gráfica

Hojeando Venezuela (novela gráfica)

martes, 29 de noviembre de 2022

LIBRO "LA MÁSCARA MORAL" por EDU GALÁN 👺

LA MÁSCARA MORAL

Así ha titulado Edu Galán su más reciente obra, publicada por la editorial Debate, en la que disecciona un fenómeno que amenaza con esterilizar por completo a las sociedades contemporáneas. El derrumbe de la moral compartida que antaño vertebraba y cohesionaba a las sociedades propició un individualismo euforizante, un espejismo de autosuficiencia personal que las llamadas ‘nuevas tecnologías’ no han hecho sino agigantar. Y, en volandas de estas ‘nuevas tecnologías’, potenciada por las redes sociales, se ha impuesto una nueva forma de impostura o ‘postureo’ moral que desborda y deja chiquita la hipocresía de antaño (que no era más que el homenaje que el vicio rendía a la virtud), que se traduce en un exhibicionismo furioso de presuntas cualidades personales que implican la crítica de otros comportamientos que no se adaptan a ellas. De este modo, las redes sociales se convierten en herramientas para el control moral de las personas, a quienes se celebra cuando su conducta se adapta a los ‘valores’ impuestos desde Silicon Valley y se execra cuando osan apartarse de ellos.

Pero el embrujo tecnológico hace creer a estas personas alienadas que son ‘protagonistas’ de su vida, que sus automatismos morales son valiosas elecciones personales, cuando en realidad no hacen sino reproducir estereotipos y códigos gregarios de conducta impuestos globalmente. Así, el mundo se convierte –en palabras de Galán– en un «teatro con miles de máscaras donde todos los personajes quieren ser los protagonistas»; y para obtener el aplauso del público, todo estará permitido, desde airear nuestras intimidades hasta señalar al réprobo, en un remolino de ansiedad emotivista que, a la vez que nos hace sentir ‘buenos’, nos obliga a mimetizarnos con la impostura moral reinante, en una pantomima agotadora: pues por un lado nos empuja al autoritarismo y la simplificación, nos instala en el prejuicio y la superioridad moral; pero por otro lado nos llena de miedos y vergüenzas (puesto que íntimamente sabemos que estamos representando una mascarada) que acaban estallando, tarde o temprano. Puesto que nunca estamos a la altura del papel que representamos, acabamos quebrándonos interiormente, o recurriendo a las autojustificaciones más peregrinas para no ser señalados, como antes hemos hecho nosotros con otros cuya debilidad no hemos perdonado.

"Me molesta mucho que se castre la libertad de los humoristas"

Edu Galán nos propone diversos ejemplos de esta impostura moral que han adquirido carta de naturaleza. Así, por ejemplo, el amor desmedido a las mascotas, que en España ha alcanzado proporciones por completo desquiciadas (hasta un cuarenta por ciento de los españoles consideran que los animales merecen la máxima consideración moral, que ellos mismos son sujetos morales) y en algunos activistas se adentra en los «mágicos vericuetos del animismo», considerando incluso que en los animales existe sociedad política, biografía, personalidad o razonamiento complejo. También la consideración de la obra artística como un artefacto didáctico que reivindique causas en boga (el transgenerismo, la religión climática, etcétera), de tal modo que, al adherirnos a sus reivindicaciones, lleguemos a sentirnos coautores o coproductores del bodrio en cuestión. Huelga decir que en esta impostura moral el humor –y no digamos la sátira– resulta por completo inconcebible. Y, puesto que la vida se ha convertido en una competición individual por exhibir moralidad, se exige la deshumanización de quienes no comparten mis valores, que ipso facto se convierten en diana de las más crueles persecuciones. Así surge la moda de la ‘cancelación’, que condena al ostracismo a aquellas personas que se atreven a contravenir el postureo moral: no se trata de una crítica legítima, sino de destruir la carrera profesional y la vida personal del ‘cancelado’, a quien se etiqueta y demoniza, para que las personas que hasta entonces han trabajado con él sientan vergüenza de contratarlo, sientan como una obligación expulsarlo a un arrabal de descrédito y humillación del que le resulte por completo imposible salir.

En su ameno y clarividente ensayo, Edu Galán se centra en el análisis sociológico; aunque aquí y allá se apuntan algunas reflexiones filosóficas y se desliza la genealogía de este mal que está esterilizando por completo a nuestras sociedades. Un mal que tiene un cuño inequívocamente protestante, ligado en sus orígenes al ‘libre examen’, que proclama la suficiencia absoluta de la voluntad humana para erigirse en árbitro de su vida moral. Y ese árbitro acaba siempre desligándose de un orden moral objetivo, para ligarse emotivamente a principios que cree salidos de su caletre y que en realidad están dictados desde Silicon Valley.


La máscara moral

Por qué la impostura 
se ha convertido en un 
valor de mercado

La impostura moral define nuestra época. No pasa un segundo sin que veamos en nuestras pantallas a alguien (un político, un periodista, un influencer, un ser anónimo) exhibiendo sus cualidades personales o criticando las de otros. Y para ello vale cualquier artimaña: su propio cuerpo, su alimentación, sus causas benéficas, sus mascotas, sus hijos o sus mayores.
La máscara moral. Por qué la impostura se ha convertido en un valor de mercado trata de explicar cómo el neoliberalismo y la masificación de las nuevas tecnologías han redefinido nuestra forma de relacionarnos basándose en el control moral del otro, han esterilizado nuestra cultura y han trastocado la función evolutiva de la moral: desde la cohesión grupal hasta la actual exhibición individualista e hipócrita en un teatro con miles de máscaras donde todos los personajes quieren ser el protagonista.

La crítica ha dicho:

«Nos propone un ensayo serio y sociológico sobre el uso de la palabra "moral" y la prostitución de su actual empleo mercantil. Podría decirse que es éste un manual de auto ayuda para distinguir y protegerse de los ataques morales, ya que son insidiosos, traidores e hipócritas». Félix de Azúa, The Objective
Sobre El síndrome Woody Allen se dijo:
«Un libro de extraordinaria profundidad, inteligencia y valentía». Arturo Pérez-Reverte
«Un ensayo demoledor que tumba en el diván a una cultura desquiciada de sentimentalismo y victimismo». Sergio del Molino
«Una historia impresionante y un ensayo completísimo e incómodo que se lee sin respiro. Crónica y reflexión. De todos los Edu Galán que conozco, este es el mejor». Manuel Jabois
«Agudo y provocador. De cómo, queriendo ser buenas personas, nos hemos convertido en cazadores de brujas en Twitter». Santiago Roncagliolo
«Lucidísimo análisis del momento que nos ha tocado vivir. Imprescindible, no importa si te interesa el caso o no. Encima es divertido y absorbente. La única pega que le puedo encontrar es que el autor sea Edu Galán, pero es por buscarle un ángulo malo». Berto Romero
«Un ensayo demoledor». Raúl del Pozo, El Mundo

Prólogo

El comercio de la moral

Me recuerdo en 2012, plena resaca del 15M, de paseo por el barrio de Lavapiés de Madrid. Se sabe que en casi toda la memoria que uno puede tener de Madrid brilla el sol. Brillaba el sol, obligado, aunque fuese de noche. Pienso en aquel Lavapiés mezclándolo con el de ahora: un barrio de migrantes, con paredes permanentemente empapeladas, calles estrechas y edificios del siglo XX, la iglesia patólica de Leo Bassi, el Barbieri, el Teatro del Barrio, un supermercado abierto veinticuatro horas, la calle Argumosa —abrumada de terrazas—, la sala Mirador, las tiendas de los paquistaníes, el teatro Valle-Inclán, el restaurante indio donde José Luis Cuerda pidió «algo que no picase», el bar Portomarín, y eso. Entre miles de estímulos, entre toda la ebullición de entonces, estaba eso. Eso, quizá lo único importante que me ocurrió ese día, era una fotocopia de color rosa, en A4, pegada en una farola y con la parte inferior recortada como si fuese un bigote de morsa. En los pelos celulósicos de ese mostacho, un número de teléfono —sí, igual que en los miles de anuncios callejeros de «Clases de inglés», «Me ofrezco para trabajar» o «Veo el futuro y tú no»—. Destacado, en su zona superior, leí «APRENDE A BAILAR TANGO ANTIFASCISTA». Tipografía: una letra algo parecida a la Comic Sans. Debajo, un pequeño «Si te apetece, llama al XXXXXX893». Y en la última línea, a modo de certificación académica, «Rosa XXXXX, titulada en tango por la escuela XXX de Buenos Aires».

Quedé noqueado por la conjunción de términos y por la audacia de la tal Rosa al solo presentarse como experta en tango, ya que aún no se expiden certificados de experto en antifascismo. Sobre todo me sorprendió el modelo de venta de unas clases de danza a través de una moral determinada. Como si la motivación de la transacción radicase no en aprender tango, una habilidad que puedes adquirir en cualquier cuartucho de Rosario, sino en aprender a moverte de un modo antifascista, reservado a unos pocos. No entendí qué tenía que ver el tango —un tipo de baile prefascista, nacido en el siglo XIX— con la lucha antifascista, salvo para descansar de la segunda mediante el primero.

Rememorada una década después, tantas cosas atrás, hoy aquella fotocopia no me hubiese llamado la atención.

En el momento que escribo estas líneas la venta de uno mismo o de su mercancía apoyado en su moral se ha convertido en algo habitual. Hace unos días, el (entonces) ministro de Consumo del (entonces) Gobierno de izquierda, Alberto Garzón, hizo una crítica a las macrogranjas en un digital inglés, The Guardian. Una de las respuestas más celebradas por las dos Españas —una para criticarla, otra para llamar «progres catetos» a la anterior— se condensó en un vídeo colgado por un tuitero con el siguiente texto: «Esto se lo dedico con mucho cariño al ministro Garzón». Al inicio de la grabación —con un millón de reproducciones— un niño de unos seis años —disculpadme, solo sé adivinar la edad de los niños si los corto por la mitad, como los árboles— entraba en plano por nuestra derecha y, como un simiecito controlado por sus padres, izaba una bandera de España con un complejísimo mecanismo: una cuerda y un mástil. Al elevarse, situado estratégicamente debajo de esa enorme enseña, aparecía... ¡un jamón! Y en ese instante llegaban los fotogramas más escalofriantes: la cámara se deslizaba hacia aún mayor derecha, y allí estaban. Allí estaban otros miembros de la familia del imberbe, colocados en posición de saludo militar, niños delante —vestidos de internado suizo— y adultos detrás —vestidos de supervivientes de internado suizo—, firmes como vara de maestro mientras sonaba a todo trapo —perdonad la reiteración— el himno de España.

¿Cuándo los valores morales de estas personas —y su grupo social— se asociaron tan fuertemente a la bandera? ¿Cuándo se facilitó su exhibición hasta niveles impúdicos? Y, lo más importante, ¿cuándo lo anterior se asoció al consumo de jamón? ¿Qué proceso hemos vivido para que la pata de un cerdo se convierta en el reflejo de una moral ante la cual infantes y mayores deben cuadrarse con tal de oponerse a otra moral que baila tango antifascista?

Para comenzar he escogido, pensaréis, dos ejemplos extremos, pero es objetivo de este libro (de)mostrar cómo y por qué el comercio de la moral —es decir, su manufactura, su exhibición y el posterior refuerzo social o dinerario— va mucho más allá de estas anécdotas y emponzoña nuestras relaciones personales. A lo largo de un recorrido por diversos campos, este ensayo tratará de evidenciar que vivimos bombardeados por la ostentación moral —unas veces, lluvia fina, y otras, chuzos de punta— y que el influencer —junto con el emprendedor, la figura que resume nuestro tiempo, aspiración laboral de millones y millones de personas en nuestro mundo— vive instalado en su comercio. Como advertía el cómico político Bill Maher a las generaciones más jóvenes —esas que le llaman «señoro» o «boomer» por haber nacido en los cincuenta— en un segmento titulado con acierto «Ok, zoomer», sus principales referentes no mejoran en lo moral a los que idolatraba su quinta durante el descoque pop y reaganista de los ochenta norteamericanos. Razonaba Maher: a finales de 2021 los catorce millones de seguidores de Greta Thunberg en Instagram son una nimiedad al lado de los doscientos setenta y siete millones de la influencer Kim Kardashian. No bastan para sentirse superiores.

Residimos en una época que traslada cualquier detalle al plano moral. El agua mineral ya no sirve para beber: no solo te hidrata, sino que su ingesta se puede correlacionar con una buena conducta si viene embotellada en cartón en lugar de plástico. Los maratones y las carreras por el cáncer se han multiplicado: tu esfuerzo individual no solo te vale a ti, ayuda a los enfermos a través de la visibilización y la donación. Gracias a un anuncio protagonizado —sorpresa— por la influencer Kendall Jenner —y que posteriormente la compañía retiró ante las protestas—, atiborrarte de Pepsi se puede asociar al movimiento #BlackLivesMatter. En el vídeo la susodicha famosa emerge de una protesta con una lata de Pepsi en la mano hacia una fila de policías muy serios y muy blancos. Una mujer con velo le toma fotos. Parsimoniosa, Jenner entrega la bebida a un agente y, de pronto, este cambia su gesto adusto. Bebe del refresco: es decir, el madero sorbe de la moral de Jenner y de Pepsi, ya parásito del #BlackLivesMatter, mientras los actores manifestantes lo celebran con gran —y mal pagada, pues son extras— alegría. En uno de los últimos planos el policía vuelve la cabeza, sonríe cómplice a un compañero y vocaliza: «Wow». Wow. Entona «Wow», una expresión muy estadounidense y de aires perrunos, uno no sabe si por chupar Pepsi o por chupar algo —aunque solo sea la moral— de Jenner.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO

lunes, 28 de noviembre de 2022

LIBRO "LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA" ⛪

Vittorio Messori:
«Los verdaderos enemigos de la Iglesia 
están en su interior, no los tiene fuera»

“Es necesario que nos demos cuenta de una vez –nos dice Vittorio Messori en estas páginas– del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo lo que históricamente concierne a la Iglesia. Nos encontramos literalmente asediados por la malicia y el engaño: los católicos, en su mayoría, no reparan en ello, o no quieren hacerlo…”.
Con esta firme convicción ha nacido este libro, y su objetivo no es otro que el convertirse en un instrumento indispensable para no perder la razón, que es el primer paso para pensar sin prejuicios, y descubrir nuevamente la belleza de Cristo y de su Iglesia.
Hace 25 años publicó Leyendas negras de la Iglesia, que ahora se edita de nuevo en España con el sello editorial de Vozdepapel. Con motivo de la reedición, Aciprensa lo ha entrevistado.

- ¿Qué le movió a escribir sobre un tema como las leyendas negras, y a ser un defensor de la Iglesia, un apologista moderno?
- La pasión por la verdad. Es una búsqueda que nace de una necesidad personal de entender, de saber. Yo no soy un profesional del Evangelio, no soy un sacerdote. Soy un periodista que no sabía ni siquiera lo que era el Evangelio, que en un cierto momento de su vida lo ha descubierto, y le ha parecido que allí estaban las respuestas justas a las preguntas que se ponía. Y entonces ha comenzado a indagar sobre la verdad del Evangelio, sobre la verdad de la fe. Es, sobre todo un interés personal.
He descubierto que las preguntas que yo me hago le importan también a los demás. Por ejemplo, mi primer libro Hipótesis sobre Jesús, más de un millón de personas han comprado este libro en Italia en unos pocos años. Lo mismo ha ocurrido con los que han venido después. Se han vendido mucho. Sin embargo, si los lectores me abandonaran, continuaría escribiendo, porque estos libros no nacen de un deber profesional, nacen de una necesidad personal.

- Usted es un convertido que después de la Universidad ha leído el Evangelio y ha encontrado en Él la verdad, ¿le hace esto tener alguna ventaja a la hora de enfrentarse a este tipo de temas sin ningún tipo de respeto humano?
- Mi ventaja es también mi problema. Mi experiencia ha sido una experiencia solitaria, sobre todo porque después del Concilio yo me dirigía hacia la Iglesia y me encontraba a aquellos que ya estaban dentro que venían en sentido contrario, esperando encontrar la tierra prometida en esa cultura laica que yo ya conocía. Me sorprendía. ¿Cómo era posible tanto entusiasmo?
Yo había sido formado y había vivido en esa cultura y en cierto momento sentía que me asfixiaba, me sentía morir de claustrofobia. Este ha sido mi drama, pero también ha sido mi ventaja, en el sentido de que no puedo tener respeto humano cuando en realidad para mí el descubrimiento de la Iglesia ha sido el descubrimiento de una casa.
Descubrir que dentro de la Iglesia existía la posibilidad de acercarme al Jesús que había encontrado en los Evangelios. Este descubrimiento me dio mucha alegría. Cuando alguien tiene una gran alegría, si es una persona sincera, tiene necesidad de expresarla a los demás. El respeto humano es una cosa incomprensible. Siento la necesidad de hacer partícipes a los demás de que la verdad existe y que está en el Evangelio.

- Usted es un apologista, ¿no sería esa labor de sacerdotes u obispos?
- Yo no soy un profesional del Evangelio, no soy un sacerdote. Soy un periodista que en un cierto momento de su vida ha descubierto el Evangelio, y le ha parecido que allí estaban las respuestas justas a las preguntas que se ponía.
Lo que ocurre es que ciertos hombres de Iglesia parecen afectados de masoquismo, y parece que quieran acusar a la Iglesia de todas las culpas, cometidas o no. Estos hombres de Iglesia no responden a las difamaciones en nombre de un malentendido diálogo, cuando el verdadero diálogo se basa en la verdad.

- ¿Es por eso que usted ha dejado de lado el ser un vaticanólogo y se ha centrado más en la fe?
- Mire, mi primer libro no se llamaba Hipótesis sobre el Vaticano, o Hipótesis sobre la política religiosa, sino Hipótesis sobre Jesús. El libro-entrevista al cardenal Ratzinger, prefecto del Santo Oficio, no se llamaba informe sobre la Iglesia, se llamaba Informe sobre la fe. A su santidad, en el libro Cruzando el umbral de la Esperanza, no le he preguntado por qué los homosexuales no se pueden casar, o qué pensaba sobre el preservativo, todas las preguntas que le he hecho eran sobre la fe, sobre la posibilidad misma de creer.

- ¿En qué radica esta posibilidad de creer?
- En Cristo. En los miles de artículos que he escrito y en mis libros el cristianismo, la fe no ha sido jamás para mí una ideología o un hecho cultural o sociológico. Ha sido una persona viva, la de aquel hebreo nacido bajo Augusto y muerto bajo Tiberio, que se llamaba Jesús de Nazaret.

- Las leyendas negras que usted desenmascara en su libro del mismo nombre son ataques directos contra la Iglesia basados en mentiras. ¿Por qué este afán de echar en cara a la Iglesia mentiras y maldades que no ha cometido?
- Nos debería asombrar lo contrario. Jesús ha dicho: "Si me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros; y pobres de vosotros cuando los hombres os aplaudan". Es lo que ha dicho Jesús a diferencia de lo que afirman tantos clericales de hoy. Jesús no ha venido a traer la paz, en el sentido fácil. Todo lo contrario, en el Evangelio de san Lucas se dice claramente: "No creáis que he venido a traer la paz, he venido a traer la división".
Dice incluso que el creer o no creer traerá la división dentro de las mismas familias. "El padre estará contra la madre, los padres contra los hijos". Si Jesús ha sido signo de contradicción, la institución humana a la que se ha confiado la misión de continuar su encarnación en la historia necesariamente será ella también signo de contradicción. Lo ha sido desde el inicio y lo será siempre.
No me asombro de la hostilidad contra la Iglesia, que en un principio fue por parte de los hebreos, como se descubre por los Hechos de los Apóstoles, después los paganos, después las sectas heréticas del medievo, después los iluministas del setecientos, después los positivistas del ochocientos, después los marxistas, los liberales, los nacionalsocialistas... la aversión contra la Iglesia forma parte de esa vocación a signo de contradicción que Jesús mismo ha previsto para los suyos. Esto no me da miedo, lo que sí me da miedo es el hecho de que hoy se tiene la impresión de que los verdaderos enemigos de la Iglesia estén en su interior.
Se tiene la impresión de que hoy la polémica más áspera contra el Magisterio, contra la jerarquía, contra la enseñanza tradicional de la Iglesia, tenga lugar dentro de la Iglesia, no fuera. Esta es la novedad que más miedo da. Buena parte de mi tiempo y de mis energías las he debido dedicar no a contrastar los argumentos de quien está fuera, sino a contrastar el sabotaje de quien está dentro.

- En cuanto a los ataques externos de que hablaba usted. Aquí en España hay una encendida polémica sobre la expulsión de los judíos llevada a cabo cuando comenzaba la labor misionera de España en América. Quizá no era una época de tolerancia...
- Como en todas las "leyendas negras" es necesario que el debate se haga de acuerdo a la situación y según los documentos históricos. No se trata de justificar todo, pero es necesario al hablar de cosas como éstas conocer que pasó en realidad. Los hebreos fueron expulsados de una forma dramática de todos -subrayo todos- los demás países de Europa. Antes o después tuvo lugar esta expulsión y, sin embargo, a cinco siglos de distancia se habla siempre y sólo de la expulsión de los judíos del Reino de España.
La historia auténtica es fuente de sorpresas. He dicho que fueron expulsados de todos los países, pero faltó uno. ¿Sabe usted cuál es el único Estado del cual los hebreos no fueron jamás expulsados? Los Estados Pontificios. La comunidad hebrea de Roma, la capital de lo que se ha presentado como el cruel, oscurantista y atormentador Papado, permaneció en Roma sin jamás sufrir el proceso de expulsión que caracterizó a todas las otras comunidades de Europa.
Para llegar a la captura y a la deportación de la comunidad hebrea de Roma fue necesario esperar hasta junio de 1944 cuando en la Roma ocupada por los nazis en el gueto hebreo que duraba más de dos mil años, descendientes de los judíos que habitaron Roma durante el Imperio, sin que jamás los Papas los hayan expulsado, los discípulos de una ideología radicalmente anticristiana como el nazismo, de una ideología que retornaba a los cultos paganos de la sangre, de la tierra y del racismo, procedieron a la captura de los hebreos, algo que ningún Papa había hecho en veinte siglos de historia.
La historia es muy compleja. Todos estamos de acuerdo en el indignarnos cuando hay algo que lo merece, sin embargo, tenemos un deber, no sólo cristiano, sino humano, de confrontar los documentos e intentar reconstruir cómo fueron las cosas. La expulsión de los judíos de España fue algo negativo, una cosa trágica, pero no ocurrió como nos han contado tantas veces en la escuela.

- Por su investigación y su experiencia. ¿Se puede hacer un balance positivo de la historia de la Iglesia?
-Muchas veces se confunde el marco con el cuadro. Que los hombres de Iglesia han tenido errores, sería absurdo negarlo. Pero es necesario distinguir el misterio de la Iglesia de la institución eclesial, la cual es indispensable en la lógica de la encarnación, pero no es lo esencial. Con frecuencia he manifestado en mis escritos que se olvida que en la Iglesia es más importante lo que no se ve respecto a lo que se ve.
Lo que se ve es el rostro humano de la Iglesia, muchas veces es un rostro poco atractivo, es el rostro de nuestros pecados, de nuestros límites, de nuestras miserias humanas. Pero aquello que solamente los ojos de la fe logran ver y que no podemos ver con los ojos humanos es una Iglesia que lleva el perdón de Cristo, una Iglesia que todos los días el pan y del vino hace la carne y sangre de Cristo, una Iglesia que lleva un mensaje de esperanza a los desesperados.
Es necesario intentar entender que en una perspectiva de fe el balance de la historia de la Iglesia solamente Dios está en grado de hacerlo, no lo pueden hacer los hombres. Porque sólo Dios sabe cuál es la acción misteriosa sobre las almas que esta encarnación suya en la historia ha cumplido.
Tomemos por ejemplo el fenómeno milenario del monaquismo, con la regla de san Benito, importantísimo también en el plano cultural, histórico, económico. Quien lo conoce sabe que el monaquismo ha tenido efectos positivos también en el plano de la historia humana. Pero el balance verdadero nosotros no estamos en grado de hacerlo, sólo lo puede hacer el Padre Eterno, porque es una cuestión que tiene que ver más que con la eficacia política y cultural, con la santidad.
Es necesario que abandonemos nuestra contaminación racionalista de quien piensa que puede juzgar a la Iglesia en el plano de los resultados humanos como ocurre con otras instituciones. En realidad el balance verdadero de la Iglesia es un balance misterioso que se le escapa al hombre y que sólo Dios puede hacerlo.

- Por su libro "Leyendas negras de la Iglesia" parece conocer muy bien la historia de España...
-La historia de España fascina por un rasgo que la ha caracterizado, y que ha marcado a vuestros místicos, a vuestros misioneros, es el tomar en serio la causa del Evangelio. Lo que la propaganda iluminista ha llamado fanatismo hispánico es por el contrario vuestra gloria, vuestro honor. No es fanatismo, es pasión, seriedad, coherencia.

Aquí puedes adquirir la obra de Vittorio Messori 'Leyendas negras de la Iglesia'.
INTRODUCCIÓN

El presente libro es una recopilación de artículos que he publicado en periódicos italianos. El origen periodístico de los textos se manifiesta en el hecho de que, en cada uno de ellos, el argumento se encuentra claramente encuadrado. Ello propicia que una de sus formas de lectura pueda ser a página abierta. 

El título que los une, "Leyendas negras de la Iglesia", manifiesta la triste realidad de aquella frase evangélica: 
«¿Creéis que he venido a traer la paz al mundo? Os digo que no, sino la división.» Sin embargo, es necesario recordar el antiguo principio de que el movimiento no se prueba con complejas teorías sino, simplemente, moviéndose. Así también ocurre con el cristianismo: 
fe en un Dios que se ha tomado tan en serio el tiempo de los hombres que ha participado en él —encarnándose en un lugar, en un tiempo, en un pueblo, con un rostro y un nombre—; la verdad del Evangelio se prueba en la historia concreta. Es Jesús mismo quien lanza el desafío: 
al árbol se le juzga por sus frutos. Es precisamente la defensa de estos frutos lo que sirve de nexo a los diversos capítulos de este libro. 

La pasión con que me enfrento al contenido de estos temas convive siempre con la vigilante autoironía de quien sabe bien cómo el creer no es un arrogante, incluso fanático, «según yo». En ninguna página, ni siquiera en las más polémicas, he olvidado el consejo de san Agustín: Interficite errores; homines diligite. Acabad con los errores; amad a los hombres. No todas las ideas ni todas las acciones son respetables. Dignos de todo respeto son, sin embargo, cada uno de los hombres. 

Las consideraciones que desarrollo en las páginas que siguen unen convicción y disponibilidad a la discusión. Y también se hallan abiertas a la humildad de la obediencia, al sacrificio duro pero convencido del saber callar, en el momento en que así se decida por quien, en la Iglesia, ostenta la legítima autoridad sobre el «depósito de la fe». Gracias a Dios no me encuentro entre aquellos (hoy numerosos) que están convencidos de que a ellos se les ha concedido descubrir en qué consista el «verdadero» cristianismo, la «verdadera» Iglesia. Y que piensan que sólo a partir de los años sesenta del siglo XX un grupo de teólogos académicos habrían descubierto qué quiere decir verdaderamente el Evangelio. Como si, durante tantos siglos, el Espíritu Santo hubiera estado aletargado o, sádicamente, se hubiera divertido inspirando de modo erróneo y abusivo a tantas generaciones de creyentes, entre los cuales una multitud de santos que solamente Dios conoce. 

En realidad, no somos sino enanos sobre las espaldas de gigantes. Y solamente la conciencia de nuestro extraordinario pasado donde abundó el pecado, sí, pero también la gracia, puede abrirnos el camino del futuro.


Vittorio Messori - Leyendas... by Irimia Blackmamba