EL Rincón de Yanka: POPULISMO

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

LIBROS "LAS 48 LEYES DEL PODER" por ROBERT GREENE y "PRINCIPIOS DEL PODER" por SERGIO HORACIO FELER


PRINCIPIOS
DEL   PODER

Libro I: Éxito y Felicidad

Volumen I: Poder Interior

Sergio Horacio Feler

Introducción

El libro en tus manos es un compilado de “Principios” básicos, pero poderosos. Son ideas profundas, que funcionan como herramientas mentales prácticas para pensar y actuar con inteligencia.

No vienen a decirte cómo vivir, sino a mostrarte caminos posibles. No buscan que admires, sino que te transformes. Están escritos para generar impacto, no para complacer.

Estos surgen de la síntesis e integración de disciplinas esenciales como la economía, la filosofía, la psicología y las finanzas. También se nutren de las enseñanzas de figuras como Aristóteles, Charlie Munger, Maquiavelo, Sun Tzu, Ayn Rand, Adam Smith, Warren Buffett y Daniel Kahneman, entre otros.

Aclaración: Tenga el lector presente que estos “Principios” no son recetas universales, son generalizaciones que admiten excepciones, y deben ser usados como mapas, no como mandatos. Con ellos no pretendo tener la verdad absoluta ni decirle a nadie cómo vivir; pero me complace si ayudan a otras personas.

Gracias por leer.


Izquierda y derecha sirven para orientarnos políticamente. El problema empieza cuando creemos que explican todo.
Más Estado no significa automáticamente izquierda. Mercado no significa automáticamente derecha. El populismo puede aparecer en ambos lados. También el autoritarismo.
Y quizás el error más interesante sea creer que dos movimientos son necesariamente opuestos porque se ubican en extremos distintos del mapa político.
Las etiquetas ayudan. Hasta que empiezan a pensar por nosotros.


LAS 48 
LEYES DEL 
P
O
D
E
R


Una guía diseñada para mostrarle al lector cuáles son las cualidades personales que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra. Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie  I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P.  T.  Barnum, Mao Zedong y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal.

El libro es una guía diseñada para poder mostrarle al lector cuáles son las "cualidades personales" que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra.

Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P. T. Barnum, Mao Zedong, Lope de Aguirre y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal. El libro contiene 48 capítulos, uno dedicado a cada ley, y cada ley posee su propia transgresión, observación y regresión.

CLAVES PARA ALCANZAR EL PODER 

El animal humano se distingue por su constante creación de formas. Al expresar muy raras veces sus emociones de manera directa, le da forma a través del lenguaje o rituales socialmente aceptables. No podemos comunicar nuestras emociones sin algún tipo de forma. Sin embargo, las formas que creamos cambian de manera constante: en moda, en estilo, en todos los fenómenos humanos que representan el humor y el estado de ánimo del momento. Constantemente alteramos las formas que hemos heredado de las generaciones previas, y estos cambios son signos de vida y vitalidad. La verdad es que las cosas que no cambian, las formas que se vuelven rígidas, terminan pareciéndonos muertas y las destruimos. Es entre los jóvenes donde se observa esto con toda claridad: incómodos con las formas que la sociedad les impone, sin una identidad formada, juegan con sus propios caracteres, probándose una diversidad de máscaras y poses para expresarse. Esa es la vitalidad que impulsa el motor de la forma y crea constantes cambios de estilo. Los poderosos son a menudo personas que en su juventud han demostrado enorme creatividad para expresar algo nuevo mediante nuevas formas. 

La sociedad les otorga poder porque ansía la renovación y la premia con generosidad. El problema surge más tarde, cuando esos jóvenes creativos se tornan conservadores y posesivos: ya no sueñan con crear nuevas formas, sus identidades están demarcadas, sus hábitos se han congelado y su rigidez los convierte en blancos fáciles. Todo el mundo conoce o intuye el próximo paso que darán. En lugar de imponer respeto, generan aburrimiento: ¡Bájese del escenario!, decimos, deseosos de que otra persona, más joven, diferente, nos entretenga. Cuando permanece encerrado en el pasado, el poderoso resulta cómico: una fruta demasiado madura que espera caer del árbol.

El poder solo puede crecer y desplegarse si es flexible en sus formas. Ser cambiante en las formas que se adoptan no significa ser amorfo, todo tiene una forma, esto es algo imposible de evitar. La no forma del poder se parece más al agua, o al mercurio, que adopta la forma de lo que lo rodea. Como cambia constantemente, nunca es predecible. Los poderosos crean formas sin cesar, y su poder proviene de la rapidez con que son capaces de cambiar. Esa carencia de forma definida está destinada al enemigo, que no puede ver lo que ellos traman y por lo tanto no disponen de un objeto sólido que atacar. Esta es la principal pose del poder: inasible, evasivo y veloz como el dios Mercurio, que podía tomar la forma que más le complacía y usaba esa habilidad para crear gran confusión en el monte Olimpo. 

Las creaciones humanas evolucionan hacía la abstracción, hacia una identidad más mental y menos material. Esta evolución se evidencia en el arte que en este siglo hizo el gran descubrimiento de la abstracción y el conceptualismo. También se lo puede ver en política, que a través del tiempo se ha vuelto menos abiertamente violenta, más complicada, indirecta y cerebral. La guerra y la estrategia han seguido este modelo. La estrategia comenzó con la manipulación de ejércitos en tierra, dispuestos en formaciones ordenadas. En tierra, la estrategia es relativamente bidimensional y es controlada por la topografía. Pero todas las grandes potencias han terminado por volcarse hacia el mar, tanto para el comercio como para la colonización. Y para proteger sus rutas comerciales debieron aprender a luchar en el mar. 

La guerra marítima requiere tremenda creatividad y capacidad de pensamiento abstracto, dado que las líneas cambian de modo constante. El capitán de navío se destaca por su habilidad de adaptarse a la literal fluidez del medio y confundir al enemigo con formas abstractas y difíciles de prever. Opera en una tercera dimensión: la mente. En tierra, la guerra de guerrillas también demuestra esa evolución hacia la abstracción. T. E. Lawrence fue quizás el primero de los estrategas modernos en desarrollar y practicar la teoría en que se basa este tipo de guerra. Sus ideas influyeron a Mao, que vio que sus escritos eran un extraño equivalente occidental del wei-chi.

Lawrence trabajaba con árabes que luchaban por defender su territorio contra los turcos. Su idea consistió en hacer que los árabes se mimetizaran con el vasto desierto, de modo de no ofrecer nunca un blanco ni reunirse nunca en un lugar. A medida que los turcos se esforzaban al tratar de combatir a ese ejército espectral, se desgastaban y agotaban, desperdiciaban energía al moverse de un lugar a otro sin obtener resultados. Eran los turcos quienes tenían la mayor capacidad de fuego, pero los árabes tomaban la iniciativa jugando al gato y al ratón, sin darles nada a que aferrarse y destruyéndoles la moral. 

«La mayoría de las guerras fueron guerras de contacto… La nuestra debiera ser una guerra de distanciamiento —escribió Lawrence—. Debemos contener al enemigo con la amenaza secreta de un vasto desierto desconocido, sin mostrarnos hasta que nos ataquen». Esta es la forma más sofisticada de estrategia. La guerra del enfrentamiento directo es demasiado peligrosa y costosa, lo indirecto y evasivo permite lograr mejores resultados a un costo mucho menor. El principal costo, en realidad, es el mental: el pensamiento y la planificación que exige alinear las fuerzas en un esquema disperso y socavar la mente y la psicología del adversario. Nada enfurecerá y desorientará tanto al enemigo como la falta de una forma definida. 

En un mundo en que las guerras de distanciamiento están a la orden del día, la no forma es fundamental. 
El primer requisito psicológico de la no forma es el de aprender a no tomar nada de manera personal. Nunca se muestre a la defensiva. Cuando actúa a la defensiva, usted muestra sus emociones y revela una forma clara. Sus adversarios se darán cuenta de que han tocado un nervio, un talón de Aquiles, y volverán a golpearlo una y otra vez. De modo que entrénese para no tomar nada en forma personal. Sea como una pelota enjabonada que nadie puede sostener: no permita que nadie vea qué es lo que lo afecta o hiere, ni cuáles son sus puntos débiles. Mantenga su rostro como una máscara sin forma y terminará enfureciendo y desorientado a sus intrigantes colegas y adversarios. 

Un hombre que supo utilizar esta técnica fue el barón James Rothschild. Como judío (SIONISTA) alemán en París, inmerso en una cultura hostil a los extranjeros, Rothschild nunca tomaba como algo personal cualquier ataque que le hicieran, ni se mostraba herido de modo alguno. Además, iba adaptándose al clima político del momento, cualquiera que fuere: la acartonada y formal restauración de la monarquía de Luis XVIII, el reino burgués de Luis Felipe, la revolución democrática de 1848, el surgimiento de Luis Napoleón, coronado emperador en 1852. 

Rothschild los aceptaba a todos y se mimetizaba con el entorno. Podía darse el lujo de parecer un hipócrita o un oportunista, porque lo valoraban por su dinero, no por su política, su dinero era la moneda del poder. Mientras se adaptaba y prosperaba, sin mostrar forma alguna por fuera, la mayoría de las otras grandes familias que al comienzo del siglo poseían inmensas fortunas se arruinaron en los complejos vaivenes sociopolíticos y económicos. Al aferrarse al pasado, se tornaban visibles. A lo largo de la historia, el estilo de gobernar por medio de la no forma fue practicado con preferencia por reinas que regían solas. Una reina se encuentra en una posición radicalmente distinta que un rey, por ser mujer, sus súbditos y cortesanos suelen dudar de su habilidad para gobernar y de su fuerza de carácter. Si se inclina por una de las partes en algún forcejeo ideológico, la acusan de actuar por motivaciones emocionales. 

Por otra parte, si reprime sus emociones y asume el papel de monarca autoritaria, al estilo masculino, despierta aún mayores críticas. Ya sea por naturaleza o por experiencia, las reinas tienden a adaptar un estilo de gobierno flexible, que a la larga se revela más poderoso que la masculina forma directa. Dos líderes femeninas que constituyen un claro ejemplo de este estilo de gobierno sin forma definida son la reina Isabel I de Inglaterra y la emperatriz Catalina la Grande de Rusia. Durante las violentas guerras entre católicos y protestantes, Isabel mantuvo un curso intermedio. Evitó alianzas que la comprometerían con una u otra parte y a la larga perjudicarían al país. Se las ingenió para mantener la paz hasta que estuvo lo bastante fuerte para enfrentar una guerra. Su reinado fue uno de los más gloriosos de la historia, gracias a su increíble capacidad de adaptación y a su ideología flexible. También Catalina la Grande desarrolló un estilo de improvisación en su gobierno.

Después de destituir a su esposo, el emperador Pedro II, y asumió el control de Rusia, nadie creyó que consiguiera sobrevivir. Pero no tenía ideas preconcebidas ni filosofías o teorías que dictaran sus políticas. A pesar de que era extranjera (alemana), comprendió la mentalidad rusa y los cambios que esta nación había sufrido a lo largo de los años. «Hay que gobernar de forma tal que el pueblo crea que son ellos mismos quienes desean hacer lo que uno les ordena», dijo, y para lograr este objetivo siempre debió anticiparse a los deseos de su pueblo y adecuarse a su resistencia. Al no imponer nunca algo por la fuerza, logró reformar Rusia en un período sorprendentemente breve. Este fluido estilo de gobierno femenino, quizás haya surgido como una forma de sobrevivir y prosperar en circunstancias difíciles, pero ha resultado muy seductor para quienes lo han ejercido. Con un gobernante fluido, la obediencia resulta bastante fácil a los súbditos, ya que se sienten menos presionados, objeto de menor coerción, menos obligados a seguir la ideología del gobernante. También abre opciones en las cuales la adherencia a una doctrina los aísla. No comprometerse con un sector determinado permite al gobernante usar a un enemigo contra el otro. 

Las normas rígidas podrán parecer fuertes, pero con el tiempo su inflexibilidad crispa los nervios y los súbditos encuentran formas de sacar de escena a esos soberanos. Los gobernantes flexibles, sin forma definida, serán muy criticados pero perduran, y con el tiempo la gente termina identificándose con ellos, dado que son como sus súbditos: cambiantes frente a los cambiantes tiempos, abiertos a las circunstancias. A pesar de trastornos y demoras, el estilo de poder permeable y flexible, es en general el que triunfa, así como Atenas prevaleció sobre Esparta gracias a su dinero y su cultura. 

Cuando usted se encuentre inmerso en un conflicto con alguien más fuerte y más rígido permítale una victoria temporal. Simule inclinarse ante su superioridad. Luego, prescindiendo de una forma definida y adecuándose, conquiste poco a poco el alma del rival. De esta manera lo sorprenderá con las defensas bajas, porque quienes son rígidos, están siempre a la defensiva para repeler golpes directos, sin reparar en que eso los torna indefensos ante lo sutil y lo insinuante. Para tener éxito con este tipo de estrategia es necesario convertirse en camaleón: adecuarse por fuera mientras se doblega al enemigo desde adentro. 

Durante siglos, los japoneses aceptaron graciosamente a los extranjeros y se mostraron susceptibles a las culturas e influencias foráneas. João Rodríguez, un sacerdote portugués que llegó a Japón en 1577 y vivió allí muchos años, escribió lo siguiente: «Estoy pasmado ante la disposición de los japoneses a probar y aceptar todo lo que sea portugués». Veía en las calles a los japoneses, vestidos con ropa portuguesa, con rosarios alrededor del cuello y crucifijos sujetos a los cinturones. Podrán parecer una cultura débil y mutante, pero la adaptabilidad de Japón fue lo que protegió al país de que se le impusiera una cultura extranjera a través de una invasión militar. Sedujo a los portugueses y a otros occidentales y les hizo creer que los japoneses cedían a una cultura superior, cuando en realidad la cultura extranjera no era más que una moda que se usaba y luego se descartaba. Bajo aquella superficie de adaptación prosperaba la verdadera cultura japonesa. Si los japoneses hubiesen sido rígidos e intentado defenderse de toda influencia extranjera, podrían haber sufrido las heridas que Occidente le infligió a China en sucesivas guerras. 

Este es el poder de la no forma: no ofrece al agresor nada que agredir. En la evolución de las especies, la dimensión excesiva es a menudo el primer paso hacia la extinción. Lo que carece de movilidad y además necesita alimentarse constantemente. Los poco inteligentes suelen ceder a la tentación de creer que el tamaño es símbolo de poder. 

En el siglo 483 a. C. el rey Jerjes de Persia invadió Grecia, creyendo poder conquistar el país con una sola y rápida campaña. Después de todo, él disponía del ejército más grande que se hubiese reunido jamás para una invasión, estimado por el historiador Herodoto en más de cinco millones de hombres. Los persas proyectaban construir un puente por sobre el Helesponto para invadir Grecia por tierra, mientras su armada, igualmente inmensa, retenía a los buques griegos en el puerto e impedía que sus fuerzas escaparan por vía marítima. El plan parecía perfecto, pero mientras Jerjes preparaba aquella invasión, su asesor Artabano le advirtió de sus temores: 
«Las dos potencias más poderosas del mundo están contra ti». 
Jerjes se echó a reír: ¿qué potencia podía compararse con su inmenso ejército? «Te diré cuáles son —contestó Artabano—. La tierra y el mar». No había puertos seguros lo bastante grandes para albergar la flota de Jerjes. Y cuanto más tierra conquistaran los persas, más se estirarían sus líneas de abastecimiento y mayor y más deficitario sería el costo de alimentar al inmenso ejército. Creído de que su consejero era un cobarde, Jerjes procedió a la invasión. Sin embargo, tal como Artabano había predicho, las tormentas diezmaron la flota persa, que era demasiado grande para refugiarse en cualquier puerto. 

En tierra, entretanto, los persas destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, por lo cual resultó imposible alimentar a las tropas, ya que la destrucción incluía cosechas y depósitos. Las fuerzas persas constituían además un objetivo lento y fácil de atacar. Los griegos llevaron a cabo todo tipo de maniobras engañosas para desorientarlos. Al fin, la derrota de Jerjes a mano de los aliados griegos fue un desastre de increíble magnitud. 

Esta historia es simbólica para todos aquellos que sacrifican movilidad por tamaño: los ágiles y flexibles casi siempre ganarán, porque tienen más opciones estratégicas. Cuanto más gigantesco sea el enemigo, tanto más fácil será lograr que se desmorone. La necesidad de la no forma se hace mayor a medida que avanzamos en edad, dado que tendemos a reafirmarnos en nuestras modalidades y adoptamos formas demasiado rígidas. Nos tornamos predecibles, lo cual es siempre la primera señal de la decrepitud. Y la predecibilidad hace que resultemos cómicos. Aunque el ridículo y el desdén parezcan formas leves de agresión, en realidad constituyen armas poderosas que con el tiempo erosionan los fundamentos del poder. 

Un enemigo que no lo respeta se volverá audaz, y la audacia convierte en peligroso aun al animal más pequeño. La corte francesa de fines del siglo XVIII, uno de cuyos principales exponentes fue María Antonieta, se había atado sin remedio a una rígida formalidad, que el francés promedio consideraba una reliquia estúpida. Esta devaluación de una institución que había perdurado durante siglos fue la primera señal de una enfermedad terminal, dado que representaba una liberación simbólica de los lazos entre el pueblo y la monarquía. A medida que la situación empeoraba, María Antonieta y el rey Luis XVI se iban aferrando con mayor firmeza al pasado, lo cual no hizo sino acelerar su camino rumbo a la guillotina. 

El rey Carlos I de Inglaterra reaccionó de forma similar ante la ola de cambio democrático que sacudió a Inglaterra en la década de 1630: disolvió el Parlamento y los rituales de su corte se tornaron cada vez más formales y distantes. Quería regresar a un antiguo estilo de gobierno y observar de modo estricto todo tipo de mezquinos protocolos. Su rigidez intensificó el deseo de cambio de los súbditos. Antes de poder recapacitar, fue arrastrado a una devastadora guerra civil, y al fin perdió la cabeza bajo el hacha del verdugo. A medida que usted vaya envejeciendo deberá apoyarse cada vez menos en el pasado. Esté atento, no sea que la forma que adopte lo haga parecer una reliquia del pasado. Pero tampoco se trata de imitar las modas de juventud, algo igualmente ridículo. 

Es su mente la que deberá adecuarse de manera constante a cada nueva circunstancia, incluso al inevitable cambio que implica comprender que ha llegado el momento de dar un paso al costado y dejar que los más jóvenes se preparen a ascender. La rigidez solo le dará la apariencia desagradable de un cadáver. 

Nunca olvide, sin embargo, que la falta de forma es una pose estratégica. Le brinda espacio para crear sorpresas tácticas, mientras sus enemigos luchan por adivinar el próximo paso que dará usted, revelan su propia estrategia, y se ponen en decidida desventaja. Esto permite que usted conserve la iniciativa y en muchos casos trabe por completo el accionar de sus enemigos al obligarlos a reaccionar de continuo. Así, usted anula el espionaje y el trabajo de inteligencia del rival. Recuerde que la no forma es una herramienta. 

Nunca confunda esta estrategia con el estilo de «nadar con la corriente» o con una resignación religiosa a las vueltas del destino. Utilice la falta de forma definida, no para alcanzar armonía y paz interior, sino para incrementar y reafirmar su poder. Por último, aprender a adaptarse a cada nueva circunstancia significa ver los hechos a través de sus propios ojos, y a menudo ignorar los consejos que la gente le ofrece. Significa que, en última instancia, usted tendrá que desechar las leyes que otros predican y los manuales que otros escriben, y también el sabio consejo de sus mayores.

«Las leyes que rigen las circunstancias son abolidas por las nuevas circunstancias», escribió Napoleón, lo que significa que es responsabilidad de usted evaluar cada situación nueva. Si confía demasiado en las ideas de los demás, terminará adoptando una forma que no es la construida por usted. Demasiado respeto por la sabiduría ajena hará que usted termine despreciando la suya. Sea brutal con el pasado, sobre todo con el suyo propio, y no respete las filosofías que le sean endilgadas desde afuera.

Utilizar el espacio para dispersarse y crear diseños abstractos no debiera ser sinónimo de abandonar la concentración de poder cuando ello resulta ventajoso y de gran valor. La ausencia de una forma definida hace que los adversarios busquen en todas partes y dispersen sus propias fuerzas, tanto mentales como físicas. Sin embargo, cuando usted al fin los enfrente, deberá asestarles un golpe poderoso y certero. 

Así fue como Mao triunfó sobre los nacionalistas: fraccionó las fuerzas enemigas en pequeñas unidades aisladas, a las cuales luego pudo vencer con un solo y enérgico ataque. 

La ley de concentración fue lo que prevaleció. Cuando usted juegue con la ausencia de forma, no pierda el control del proceso y tenga siempre presente su estrategia a largo plazo. Cuando adopte una forma y se lance al ataque, use la concentración, la rapidez y el poder. Como dijo Mao: «Cuando luchamos contra usted, nos aseguramos de que no pueda escapar».


Ley nº 1.- Nunca le hagas sombra a tu jefe.
Ley nº 2.- Nunca confíes demasiado en tus amigos; aprende a utilizar a tus enemigos.
Ley nº 3.- Disimula tus intenciones.
Ley nº 4.- Di siempre menos de lo necesario.
Ley nº 5.- Casi todo depende de tu prestigio; defiéndelo a muerte.
Ley nº 6.- Busca llamar la atención a cualquier precio.
Ley nº 7.- Logra que otros trabajen por ti, pero no dejes nunca de llevarte los laureles.
Ley nº 8.- Haz que la gente vaya hacia ti y, de ser necesario, utiliza la carnada más adecuada para lograrlo.
Ley nº 9.- Gana a través de tus acciones, nunca por medio de argumentos.
Ley nº 10.- Peligro de contagio: evita a los perdedores y los desdichados.
Ley nº 11.- Haz que la gente dependa de ti.
Ley nº 12.- Para desarmar a tu víctima, utiliza la franqueza y la generosidad en forma selectiva.
Ley nº 13.- Cuando pidas ayuda, no apeles a la compasión o a la gratitud de la gente, sino a su egoísmo.
Ley nº 14.- Muéstrate como un amigo pero actúa como un espía.
Ley nº 15.- Aplasta por completo a tu enemigo.
Ley nº 16.- Utiliza la ausencia para incrementar el respeto y el honor.
Ley nº 17.- Mantén el suspenso. Maneja el arte de lo impredecible.
Ley nº 18.- No construyas fortalezas para protegerte: el aislamiento es peligroso.
Ley nº 19.- Averigua con quién estás tratando: no ofendas a la persona equivocada.
Ley nº 20.- No te comprometas con nadie.
Ley nº 21.- Finge candidez para atrapar a los cándidos: muéstrate más tonto que tu víctima.
Ley nº 22.- Utiliza la táctica de la capitulación. Transforma la debilidad en poder.
Ley nº 23.- Concentra tus fuerzas.
Ley nº 24.- Desempeña el papel de cortesano perfecto.
Ley nº 25.- Procura recrearte permanentemente.
Ley nº 26.- Mantén tus manos limpias.
Ley nº 27.- Juega con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales.
Ley nº 28.- Sé eficaz al entrar en acción.
Ley nº 29.- Planifica tus acciones de principio a fin.
Ley nº 30.- Haz que tus logros parezcan no requerir esfuerzos.
Ley nº 31.- Controla las opciones: haz que otros jueguen con las cartas que repartes.
Ley nº 32.- Juega con las fantasías de la gente.
Ley nº 33.- Descubre el talón de Aquiles de los demás.
Ley nº 34.- Actúa como un rey para ser tratado como tal.
Ley nº 35.- Domina el arte de la oportunidad.
Ley nº 36.- Menosprecia las cosas que no puedes obtener: ignorarlas es la mejor de las venganzas.
Ley nº 37.- Arma espectáculos imponentes.
Ley nº 38.- Piensa como quieras, pero compórtate como los demás.
Ley nº 39.- Revuelve las aguas para asegurarte una buena pesca.
Ley nº 40.- Menosprecia lo que es gratuito.
Ley nº 41.- Evita imitar a los grandes hombres.
Ley nº 42.- Muerto el perro, muerta la rabia.
Ley nº 43.- Trabaja sobre el corazón y la mente de los demás.
Ley nº 44.- Desarma y enfurece con el efecto espejo.
Ley nº 45.- Predica la necesidad de introducir cambios, pero nunca modifiques demasiado a la vez.
Ley nº 46.- Nunca te muestres demasiado perfecto.
Ley nº 47.- No vayas más allá de tu objetivo; al triunfar, aprende cuándo detenerte: lo puedes perder todo.
Ley nº 48.-Sé cambiante en tu forma.

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Principios Del Poder Volumen I(Mar2026) by megavil68


Las 48 Leyes Del Poder by Ronald Rincon Salgado


martes, 25 de agosto de 2026

LIBRO "UN PACTO CON EL DIABLO": Los orígenes del liberalismo venezolano por Elías Pino Iturrieta 👿👥💥💀


UN PACTO CON EL DIABLO
Los orígenes del liberalismo venezolano


Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, constituye un penetrante y necesario ensayo, en el cual Elías Pino Iturrieta vuelve la mirada hacia los años fundacionales de la república venezolana para explorar un momento decisivo: el intento temprano -y frustrado- de instaurar una política civil inspirada en los principios del liberalismo. A través de una lectura crítica de * las Epístolas Catilinarias (1835) de Francisco Javier Yanes, el autor recupera una voz precoz que ya advertía sobre los riesgos de una república sin bases sólidas, expuesta a la inestabilidad, a la personalización del poder y a la ausencia de una ciudadanía activa.

Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, nos acerca a la fragilidad que marcó el nacimiento del ideal republicano, donde la guerra, la incertidumbre y la falta de instituciones crearon un terreno movedizo sobre el cual se intentó levantar el proyecto. Las tensiones entre el ideal civil y las prácticas autoritarias minaron desde temprano esa promesa. Así, el liberalismo venezolano surgió en disputa, cercado por la desconfianza, las urgencias del mando y la escasa tradición de deliberación ciudadana.
Este libro no es solo una indagación histórica, sino también una advertencia. En tiempos en que el debate público se reduce y el futuro de la república vuelve a parecer incierto, la pregunta por sus orígenes cobra una nueva urgencia: ¿es posible imaginar una república distinta?

* Las Epístolas Catilinarias fueron escritas por Francisco Javier Yanes en 1835 para criticar las revoluciones y golpes de estado en Venezuela durante las primeras guerras civiles. El fragmento presentado critica la inestabilidad política causada por los caudillos que buscaban el poder y los empleos públicos usando pretextos como las reformas. El autor argumenta que esta inestabilidad dañaría la reputación y economía de Venezuela y desalentaría a los extranjeros a invertir en el país.
Epístolas Catilinarias, escritas por Francisco Javier Yanes, hijo (1806 – 1848). Por muchos años se pensó, erróneamente, que el autor de estos textos era Juan Vicente González, pero el escritor e investigador Pedro Grases descubrió su verdadero autor.

Fragmento:

Ningún país del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho, que el nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos de ellos en una situación de que ahora no encuentran otro modo de libertarse que haciendo revoluciones a costa del propietario honrado. Las ideas de Bolívar no son más que un pretexto: la comodidad de vivir de empleos es el verdadero móvil. (…) Una revolución. Este es el modo de vivir más conocido en nuestro país. El pretexto que más puede alucinar es el de las reformas (…). Se dará una nueva Constitución que sin duda será vista con desprecio por los pueblos que todos los años están jurando constituciones, se inspirará el desaliento, se acarrearán males infinitos, pero este desaliento y estos males convienen a nuestras miras. Colóquese por fin en la presidencia al hombre que nos dé empleos, y esto nos basta, proclamemos reformas. (…) El descrédito internacional en que va a caer Venezuela (…) es un mal tan evidente como fatal por sus resultados. Nosotros gozábamos ya de una reputación honrosa (…) era un cuadro verdaderamente halagüeño para todos (…)
Yo no abandonaré mi patria, dirá con razón un extranjero, para transportar mi capital a un país en que de un día para otro las personas y propiedades se encuentran a merced de una facción; en que los soldados pagados y mantenidos por el pueblo para que sean custodios de su seguridad, conviertan las armas que él puso en sus manos en instrumentos de opresión (…) y en que los mismos agentes del gobierno, burlando sus juramentos, (…) conspiran contra su propia existencia. Yo me guardaré bien de habitar una tierra en que a cada momento se invoca el derecho sagrado de la insurrección, y en que la impunidad de todo crimen se ha erigido en sistema. (Fragmentos, 1835).

Las Epístolas Catilinarias fueron escritas en el contexto de las primeras guerras civiles (1835). Los sucesivos golpes de estado y la lucha de los caudillos por el poder movieron a este intelectual a escribir estas cartas que han tenido gran influencia en la historia y literatura venezolana. Sus principales características son:

1. Se puede observar que el verbo de esta carta está inflamado de emociones por lo que el discurso tiene carácter subjetivo.
2. El autor trata de demostrar su posición con argumentos lo que le confiere propiedades de texto ensayístico.
3. Se observa la presencia de la primera persona lo que muestra la empatía con la situación planteada.

 
"Venezuela es una hechura militar": Elías Pino Iturrieta y la trampa de la República

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jueves, 13 de noviembre de 2025

LIBRO "HOMO POPULUS": EL PUEBLO COMO "SUJETO POLÍTICO" (OPRIMIDO Y REPRIMIDO) Y "YO, EL PUEBLO" DE CIMARRON CITY (TV)


HOMO POPULUS

EL PUEBLO COMO 
SUJETO POLÍTICO


Homo populus: El pueblo como sujeto político. El pueblo contiene la esencia de la sociedad moderna. Sobre este concepto reposa el sentido constitutivo de la comunidad política. Todos se refieren al pueblo como sustancia y propósito del bien común. Sin embargo, ¿en qué momento el pueblo levanta su voz y se hace presente como fuerza vinculante en las decisiones de lo público? Existe una lógica de administración en representación de este concepto. Este trabajo realiza un recorrido por la tradición occidental y revisa, mediante análisis y alegorías, la tensión que existe entre gobierno y pueblo, o lo que se puede traducir como el antagonismo entre hegemonía y subalternidad. También señala caminos y momentos en los que la agenda popular se hizo presente para revelar que existen fórmulas para el ejercicio directo de la democracia popular.
Luis Berrizbeitia

"Homo Populus" es un libro de Luis Berrizbeitia que ofrece una crítica al concepto de "pueblo" como sujeto político, explorando la tensión entre gobierno y pueblo, hegemonía y subalternidad. La obra analiza la historia de Occidente para entender cómo el pueblo se manifiesta como fuerza vinculante en las decisiones públicas y propone caminos para el ejercicio directo de la democracia popular.

Puntos clave de la crítica en "Homo Populus"

El pueblo como sujeto político:
El libro parte de la idea de que el pueblo es la esencia de la sociedad moderna y el propósito del bien común, pero critica la forma en que este concepto ha sido administrado por otros, generando una tensión constante.

Tensión entre gobierno y pueblo:
Se analiza el antagonismo entre quienes administran el poder (gobierno) y el pueblo, y cómo esta relación determina la hegemonía y la subalternidad.

Análisis a través de la cultura:
Berrizbeitia utiliza obras literarias, cinematográficas e incluso publicitarias para sustentar su análisis crítico de eventos políticos occidentales, lo que le otorga un método "muy original", según comentan.

Búsqueda de protagonismo popular:
El libro busca visibilizar la necesidad del pueblo de reclamar identidad, protagonismo y poder, invitando a repensar el papel del pueblo como protagonista de la historia.

Propuestas para la democracia directa:
A pesar de la crítica, la obra también señala caminos y momentos en los que la agenda popular se ha hecho presente, revelando la existencia de fórmulas para el ejercicio directo de la democracia popular.

PRESENTACIÓN

Pueblo. ¡Vaya concepto tan útil, tan utilizado, tan falsamente venerado!; podríamos agregar, con crudeza: ¡vaya concepto tan manoseado! ¿Por quiénes? Por las clases dominantes de turno, desde las monarquías absolutas, hasta las democracias liberales, (SOBRE TODO POR LOS GOBIERNOS PARTIDOCRÁTICOS, SOCIALISTAS Y COMUNISTAS CASTROCHAVISTAS) todas han echado mano a la categoría pueblo para mantener intactos sus privilegios, manipulando a las mayorías. Todas las modalidades de gobierno de los pocos, le temen al pueblo, les aterroriza; como aquel fantasma de 1848, que recorre el mundo, amenazando con abrir las compuertas de la incorporación de los muchos al ejercicio del poder. 

La participación de las mayorías en los asuntos públicos, en la redistribución justa de la riqueza de las naciones y en la toma de decisiones estratégicas es lo último que los grupúsculos gobernantes y los actores de su ecosistema de exclusión inducida admitirían. Todas lo vociferan como el deber ser teórico de las sociedades políticas modernas; pero, en la práctica, se convierte, lo convierten, en el «imposible ser». 

Luis Berrizbeitia nos entrega esta obra poco convencional, a partir de un estilo de escritura tan particular que nos permite ahondar en los más complejos e inevitables litigios políticos por el poder, desde perspectivas comprensibles, frescas, amenas y hasta entretenidas. La filosofía política no es de fácil comprensión para quienes no se han adentrado en ella por interés propio. Sin embargo, el autor va haciendo recorridos inesperados por grandes obras literarias, cinematográficas, y hasta piezas publicitarias, que sustentan su análisis crítico sobre los hechos y procesos políticos más destacados en el mundo occidental y sus hegemonías, desde la Grecia antigua hasta los experimentos de distribución del poder alternativos para las mayorías de principios del siglo XX. 

Leer Homo populus es como entrar en una máquina del tiempo, que nos hace viajar al pasado lejano —a partir de recursos artísticos del pasado cercano, casi del presente— apuntando hacia el futuro. ¿Es el pueblo una suma de individualidades? ¿Puede el individuo desentenderse del colectivo? ¿Es, en realidad, el pueblo el depositario de las soberanías nacionales en la modernidad?: ¿lo fue alguna vez?; ¿lo será? ¿Es el pueblo hoy lo que fue Dios a las monarquías absolutas? 

Entender al pueblo como sujeto político, como fuerza originaria y determinante del devenir de la historia, ¿se compadece con el utilitarismo con que las clases dominantes han utilizado retóricamente esta categoría, tan pura y humana, para mantener sus prebendas y espacios incontrovertibles de dominación perpetua? Berrizbeitia va asomando respuestas a interrogantes como los anteriores, manteniendo siempre un respeto profundo, una admiración sustantiva, al pueblo como fuerza protagónica que insurge para desafiar al poder hegemónico, cuando las condiciones y circunstancias lo hacen inevitable. Pero ¿en qué momento este pueblo disruptivo se asume a sí mismo como pueblo y, a su vez, aquellos grupúsculos gobernantes lo identifican como tal? ¿Cuándo ceden ante el sujeto histórico subyacente que viene por sus fueros, aquellos que ellos le han negado sistemáticamente, para partir la historia, una y otra vez? 

Las reflexiones y los paisajes históricos que nos va dibujando el autor fluyen inevitablemente hacia la necesidad de crear los canales para que el pueblo sea sujeto protagónico y transmute de la subalternidad, a la que siempre termina siendo condenado, para ejercer el poder real, el que libera, el que iguala, el que puede; el que construye y purifica al ser humano como homo populus, hombre y mujer pueblo, cuyo único privilegio será concebirse únicamente desde y como pueblo. Quizás la brújula que nos permite navegar esta obra, con rumbo inalterado, parte del análisis que hace Berrizbeitia sobre la conexión que establece Walter Benjamin entre todos los instantes transformativos que el pueblo ha empujado y protagonizado a lo largo de la historia: El instante de peligro benjaminiano abarca todos los momentos de disrupción del relato dominante en la historia. 

Es la ladera nevada que lleva consigo, más allá de la impronta de la tradición como continuidad de los intereses de clase hegemónicos, todos los momentos en que estos han sido vulnerados por la subalternidad. Dentro de la historia de las ideas dominantes, subsiste la resistencia sistemática y la voluntad de un contingente político subalterno que busca irrumpir con su cualidad beligerante dentro del debate social. Llevarnos a entender que no se trata de acontecimientos inconexos, que la resistencia hegemónica a estos no es azarosa, que toda esa serie de momentos relampagueantes se concatenan y retroalimentan entre sí, sin reparar en distancias espaciales y temporales, es tal vez uno de los más poderosos aportes de esta obra. 

¿Por qué la fiereza de las clases dominantes para contener la justeza de los cambios forjados desde las bases y los sufrires populares? Apelando a las tesis de Jacques Rancière, que nos presenta el autor, se puede establecer qué clases dominantes se empeñan en garantizar que la mayoría esté predestinada a mantenerse como «la parte, que no tiene parte» y cómo, una y otra vez, esa parte reclamará su parte; y, una y otra vez, se desatarán los consecuentes procesos de litigio y confrontación. La lucha de clases que todo lo determina, dirían Marx y Engels: la dialéctica que todo lo explica.

Luis Berrizbeitia nos lleva por los caminos tortuosos de la acumulación originaria del capital, en los que la sociedad moderna ya no solo dejó a las mayorías sin parte alguna, sino que se dedicó a dejarlas sin vida alguna. La explotación en su modalidad más inhumana, la esclavitud, el dolor y la sangre que moldearon esa modernidad colonial impresentable. La institución religiosa como validadora de masacres y coronas ficticias, aunque de su seno también surgieran las críticas más punzantes a los excesos inhumanos y antidivinos de sus ejecutores. Entenderemos también cómo se imponen la repetición de patrones y valores hegemónicos en los nuevos actores que irrumpen y terminan abonando el mismo suelo de la dominación perenne, en nombre de las mayorías. 

Luis nos lleva también a través de la concepción y los conflictos de clase durante el Romanticismo, aquella Revolución francesa frustrada por sus herederos restauradores. Las mediaciones y moderaciones de un Jean Valjean, leal con los principios de su clase, pero atado a los avatares dislocados de la burguesía. Los intentos de restauración monárquica, interrumpidos por los intentos de instauración de repúblicas liberales, que marginaron, por igual, a las mayorías, al pueblo, hasta que estalló el más noble proyecto popular en tiempos de la modernidad, en el seno mismo de Occidente: la Comuna de París. 

Dos meses en los que las partes excluidas se hicieron de la parte que siempre les correspondió: la gran parte se apoderó de su parte, con el visto bueno de sus miembros. Precisamente, por ello, aquel experimento, aquel injerto de igualdad, democracia y justicia, fue aplastado y liquidado a sangre y fuego —sin piedad—, por monárquicos, republicanos y extranjeros, coaligados para evitar que semejante suceso se repitiera en sus dominios. Porque, así como todos los momentos insurgentes y transformativos se conectan y alimentan entre sí, también lo hacen las fuerzas que se resisten a que ocurran o, si ocurren, a que triunfen. Todas las clases dominantes en la historia occidental han dialogado entre ellas, han aprendido entre ellas, se han perfeccionado entre ellas —incluso si entre ellas mediaran guerras y agresiones—. 

Los que sí tienen parte en todas las sociedades estudiadas por el autor, tienen, a su vez, la conciencia de clase suficiente para frenar a quienes buscan obtener, en justicia, su parte, encuéntrense donde se encuentren. Las aproximaciones de Hegel a aquellas transformaciones inconscientes e indoloras chocan con las explicaciones de Carlos Marx y Federico Engels. La confrontación entre los incluidos y los excluidos va delineando inexorablemente los caminos de la historia. Solo anulando la opresión podrán los pueblos optar por la libertad y la igualdad, preservando y expandiendo, incluso, su parte, en colectivo. 

Fue Simón Bolívar, antes de hacerse gigante en los campos de batalla, quien nos llamaba a resolver el problema del hombre en libertad, la misteriosa incógnita que habría de despejarse en el Nuevo Mundo. Un nuevo mundo que terminó no dependiendo de la geografía, sino de la capacidad de los pueblos para insurgir y darse nuevas formas de gobierno. La facultad de los pueblos de entenderse como pueblos y ejercer el poder, su poder, desde la única legitimidad posible, la del propio PUEBLO. La Comuna de París, los soviets en la URSS y tantos otros experimentos pasados y presentes que procuran redistribuir el poder con equidad y cerrarle el paso a la dominación de las minorías para siempre, son parte también de esta aleccionadora lectura que nos regala Luis Berrizbeitia. 

¿Dejará el pueblo de ser la categoría y el concepto que se usa como pretexto? ¿Dejará de ser muletilla en los discursos preconcebidos de los gobernantes? ¿Logrará el pueblo, como nos dice Paulo Freire, liberar incluso a sus opresores en el proceso de liberación? ¿Es posible extinguir el litigio subyacente que ha estructurado y determinado el mundo entre las clases dominantes que se alternan el poder, entre sus propios miembros (generando conflictos controlables), y las clases subalternas, a las que se les niega el acceso al poder que les corresponde y que solamente se alternan en sus roles de oprimidos y explotados (pero que, al reclamar su espacio, mueven los cimientos de los sistemas de dominación imperantes)? 

El caraqueño CHAVISTA Luis Berrizbeitia asoma este como el primero de tres tomos, cuyo texto habrá de ser sucedido por el análisis de las disputas por el poder y la igualdad en nuestra América, desde nuestra perspectiva originaria y original, enfrentando la visión colonial, para culminar en las experiencias y alternativas del gobierno comunal en la Venezuela del siglo XXI, en la que el momento transformativo se ha asumido desde las bases populares y desde el propio Estado, con el fin de aportar en la fórmula definitiva hacia la liberación (¿?) (REPRESIÓN Y AL LIBERTICIDIO). La democracia real está aún por comprobarse y se hará. Apelando, como lo hace el autor, a la cultura cinematográfica, esta zaga, necesaria, continuará.


PRÓLOGO 

La categoría pueblo, el propio nombre, la propia palabra «pueblo» tiene en la historia de las ideas políticas que llega hasta nosotros un lugar de particular relevancia. No hay política, en ningún sentido, en que la palabra adquiera un valor propio o contundente sin una referencia al pueblo: a su identidad; a sus intereses; a su bienestar; al modo en que todo el tiempo se modifica y se trastoca; a las formas en las que, en medio de sus conflictos y de sus diferencias, va construyendo colectivamente una voz común; a las maneras en que se las arregla para volverse un fundamento de la legitimidad de los poderes que se ejercen en su nombre y también a los modos en los que, con mucha frecuencia, esos poderes se las arreglan para mantener a raya la efectiva intervención de este en los asuntos públicos. 

Los antiguos griegos lo llamaban demos, y derivaba de esa auspiciosa palabra otra que seguimos usando en nuestros días, tan distintos y distantes: la palabra democracia, que a los filósofos de aquella antigua Grecia —cuyos textos llegan hasta nosotros— no les gustaba nada, porque nombraba un tipo de gobierno que, so pretexto de ser el de la totalidad de los ciudadanos, corría el riesgo de ser, en la práctica, el gobierno de los pobres, los cuales, por todas partes, eran la mayoría y contaban, por lo tanto, con mayor cantidad de votos en las asambleas; además, porque el principio mismo de la soberanía popular exigía que no existiera ningún poder (ni el de la Constitución ni el de las leyes ni el de las costumbres) superior a él o que pudiera limitarlo, lo que volvía a la democracia —como han mostrado los notables trabajos de Julián Gallego— un sinónimo (o cuanto menos una segura antesala) de la anarquía. 

Es claro que, a diferencia de los antiguos griegos, a nosotros la palabra democracia sí nos gusta: se ha vuelto una palabra «buena», e incluso casi obligatoria en nuestro lenguaje político contemporáneo, pero eso solo ha sido posible sobre la base de la introducción, en ese mismo lenguaje, de la noción típicamente moderna de representación. Los ciudadanos no deliberan ni gobiernan —escribieron y argumentaron Hamilton, Madison y Jay— sino por medio de sus representantes. 

Esa noción tan sencilla y —si apenas se piensa un poco en ella— tan anti-democrática permitió que el pueblo siguiera funcionando en nuestros sistemas políticos actuales como fundamento último de la legitimidad de los poderes instituidos, al mismo tiempo que todo un conjunto de dispositivos asociados a esa idea de la representación lo mantienen alejado de cualquier forma efectiva de participación en ellos. Por supuesto, esta idea de democracia no puede satisfacernos y no nos satisface. Es por eso que, a lo largo del tiempo, le hemos ido añadiendo —a lo que estamos dispuestos a nombrar con esa palabra, por encima de este «piso mínimo» de reconocimiento de la soberanía popular y de funcionamiento de las instituciones representativas— una serie de otras exigencias, o la exigencia de la garantía de otras posibilidades (de otras libertades, de otros derechos) para ese pueblo en el que, a lo largo de todos estos siglos de historia de las ideas y de las instituciones políticas, no hemos dejado de pensar. 

Pero también es cierto —como es inevitable reconocer a esta altura de nuestro argumento— que no sabemos bien cómo definirla, toda vez que una de las virtudes de la palabra, pero también de sus problemas, es lo esquivo o lo incierto de su significado. No está claro, en efecto, lo que «pueblo» significa, porque lo que esa palabra entraña varía mucho según el modo en el que la usemos. 

Es en este punto que se inscribe y que adquiere todo su interés la ambiciosa investigación cuyos resultados nos entrega acá Luis Berrizbeitia, quien sabe suficientemente claro que no es fácil postular para la palabra pueblo un referente exterior que hubiera estado a lo largo del tiempo a la espera de esa etiqueta para poder reconocerse en ella una «sustancia» —como suele decirse hoy, en general, para condenar al que tuviera la ocurrencia de pensar que algo como eso pueda tener algún lugar en una discusión ilustrada, «posmetafísica», libre de mitos, supersticiones y fundamentalismos sobre la política— que esa prestigiosa palabra hubiera llegado apenas para designar. Todos hemos leído —y Berrizbeitia también— el argumento del buen Edmund Morgan sobre el modo en que esa palabra —y los discursos en los que, a partir del siglo XVII, vino a articularse en las naciones europeas— construye —incluso, inventa— mucho más que lo que designa a ese sujeto colectivo de cuya historia aquí se trata. 

Un concepto que, en determinado momento de la vida política de esas naciones europeas, habría venido a reemplazar al mismo Dios —tal como la interesante hipótesis de Morgan—como fuente de legitimidad de unos representantes que debían empezar a pensarse a sí mismos y a ser pensados como interpretando la voluntad de alguna cosa más tangible y menos problemática que la f igura cuya representación venían usufructuando desde hacía ya unos cuantos siglos. Se ven bien, entonces, dos cosas fundamentales. 

Una: que la representación no es una función derivada, sino, por el contrario, el principio mismo de la configuración de aquello que solo a través de ella aparece como el fundamento de la legitimidad de un cierto orden y del poder de quienes lo rigen. 
Y la otra: que, en las narrativas políticas dominantes en la modernidad filosófico-política, sí «permanece» —para usar el verbo que en su momento empleó Claude Lefort al hablar sobre la Historia de la Revolución francesa de Michelet— un fondo «teológico-político» por debajo de su declarado laicismo de superficie. Hace muy bien Berrizbeitia en no olvidarlo. 

Por cierto, no deja de oírse un eco de ese «invencionismo» en los escritos sobre la cuestión del populismo de Ernesto Laclau, quien incorporaba a este esquema que acabamos de recordar la idea, de matriz estructuralista y específicamente althusseriana, de una «interpelación» de los sujetos —que solo se convierten en tales sujetos cuando se reconocen en esa interpelación— por el discurso o por los discursos que los nombran y que, nombrándolos y obteniendo de ellos ese reconocimiento, los constituyen colectivamente como pueblo. Por supuesto, como esos discursos son muchos, diferentes y, a veces incluso, contrapuestos, la idea de pueblo no hace más que vacilar y desplazarse, no pudiendo nunca descansar sobre una base sociológica verdadera y cierta, porque, como nos muestra aquí Berrizbeitia, cuando hablamos de pueblo no estamos hablando (solamente) de sociología, sino (también) de otra cosa: de política, que en los últimos y, sobre todo, en el último libro de Laclau se con-funde casi con la retórica. 

Por supuesto, no se trata de extremar este argumento hasta el punto de hacerle perder a ese sujeto, en nombre del reconocimiento de la fuerza de los discursos y de las interpelaciones, toda historicidad. Si ese sujeto es sujeto es porque está, claro, sujetado a un discurso o a una serie de discursos que de más de un modo lo «inventan» y lo constituyen, pero también porque es sub-jectum: porque es el fondo que subyace a las diversas expresiones, lingüísticas, culturales y políticas, en las que lo reconocemos y en las que él mismo también se reconoce (pueblo en sí y para sí, dice Berrizbeitia) y que le permiten a él mismo, entonces, reconocerse también en aquellos discursos que lo nombran, «desde fuera» —digamos— de sí mismo, como pueblo. 

Me tienta escribir aquí la palabra sedimentación, que nos permite nombrar eso que va quedando de la acumulación de una cantidad de prácticas y también de interpelaciones que, a lo largo del tiempo, han ido estructurando al sujeto colectivo al que llamamos pueblo. Entre esas diversas interpelaciones ocupan un lugar fundamental en nuestras teorías sobre el pueblo, y también, desde luego, en el recorrido que propone aquí Berrizbeitia, las que despliega ese personaje fundamental en la discusión contemporánea sobre el populismo o sobre los populismos (de izquierda y de derecha, democráticos y autoritarios, republicanos y antirrepublicanos: sobre todo esto hay también mucho conversado y para conversar), que es el líder. Se abre aquí un gran tema, sobre el que Berrizbeitia nos deja unas cuantas pinceladas del más alto interés. 

El líder es o puede o suele ser un factor clave en la configuración de un pueblo, y es mucho todavía, sobre todo en nuestra región —tan rica en experiencias de repúblicas democráticas populares con liderazgos fuertes—, lo que tenemos que pensar acerca de esto. De los tipos de líderes del pueblo y de los tipos de relación entre esos líderes y ese pueblo. 

Se abre aquí un rico campo de investigaciones. Ellas deberían incluir la distinción entre los líderes que sostienen su liderazgo sobre el subrayado de una excepcionalidad que los distingue y los separa de un pueblo que generalmente (pero esto no tiene por qué ser una buena noticia desde una perspectiva republicana y democrática) los adora, y aquellos que lo hacen sobre la base de su capacidad para configurar ámbitos amplios de participación popular (deliberativa y activa, como le gusta decir a Carole Pateman) en los asuntos públicos: para dialogar con un pueblo de iguales (y de iguales, en primer lugar, a él mismo o a ella misma), en lugar de mantenerlo a una distancia necesariamente muy odiosa; entre los que entienden la democracia como un gobierno para el pueblo y los que la piensan como un gobierno de ese pueblo que, en determinado momento, puede contar con ellos para librar algunas de sus batallas. Pero no es este el lugar para avanzar en esta discusión ni en ninguna de las otras que quedan apenas apuntadas. 

Estas palabras preliminares deben terminar, acá, destacando la importancia del libro que el lector o la lectora tiene entre sus manos y la necesidad de profundizar en los debates que Luis Berrizbeitia, con erudición y sensibilidad, deja aquí planteados: el de la relación entre «pueblo» y «clase», o «clases»; el de la necesaria articulación entre las teorías que mejor han pensado al uno y a las otras. 

El autor de este trabajo deberá convocar en su auxilio, en ulteriores pasos del gran camino investigativo que ha iniciado, lo mucho y muy bueno que sobre esos asuntos se ha producido a lo largo del tiempo en nuestra región, a cuyo pensamiento político este libro provee hoy un aporte especialmente relevante. 

Eduardo Rinesi, 2025



1/11
🚨 ¿Sabías que el populismo tiene un manual destructivo?

Aquí las 10 metas que George Orwell identificó.
Míralo con atención.
Esto no es ficción: es lo que estamos viviendo.

2/11
DESTRUIR LA LIBERTAD.
El primer paso del populismo: acabar con las libertades individuales bajo promesas de “justicia”.
¿Te suena familiar?

3/11
2. EMPOBRECER AL PUEBLO.
Mantener al pueblo dependiente y pobre es la mejor forma de controlarlo.
Mientras ellos viven en la opulencia, el pueblo sufre.

4/11
3. DEFORMAR LA LENGUA.
Cambiar el significado de las palabras para confundir y manipular.
“Pueblo”, “democracia”, “progreso”… ya sabemos cómo lo usan.

5/11
4. ABOLIR LA VERDAD.
La verdad objetiva es el enemigo. Solo importa la “verdad oficial” del régimen.

6/11
5. SUPRIMIR LA HISTORIA.
Borrar o reescribir el pasado para que las nuevas generaciones no conozcan la realidad.

7/11
6. NEGAR LA NATURALEZA.
Atacar la familia, la biología y el orden natural.
Guerra contra todo lo que Dios estableció.

8/11
7. PROPAGAR EL ODIO.
Dividir a la sociedad: ricos vs pobres, campo vs ciudad, unos contra otros.
El odio es su combustible.

9/11
8. ASPIRAR AL IMPERIO.
No buscan gobernar, buscan un poder total, casi imperial, sin límites ni oposición.

10/11
9. DEFORMAR LA EDUCACIÓN.
Convertir las escuelas en fábricas de ideología en vez de formar personas libres y críticas.

11/11
10. FOMENTAR LA IGNORANCIA.
Un pueblo ignorante es más fácil de manipular.
La ignorancia es la madre de su poder.

Despierta Iberoamérica.

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¡Socialismo Nunca Más! 
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Homo Populus Luis Berrizbeitia WEB by Jeffrey Pino


CIMARRON CITY SERIE TV 1958

Temporada 01: Episodio 01: "Yo, el Pueblo". Tras atribuirse un mérito desproporcionado por derrotar a un grupo de atracadores, Laird Garner rápidamente consigue apoyo para su banco y gana las elecciones para alcalde de Ciudad Cimarrón. Garner tiene planes aún más ambiciosos y, con la ayuda de un sheriff corrupto y un grupo de comisarios malvados, rápidamente se hace con el control financiero y social de la floreciente ciudad.