EL Rincón de Yanka: EN EL PRESENTE. ENSAYOS POLÍTICOS DE HANNAH ARENDT

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lunes, 30 de octubre de 2017

EN EL PRESENTE. ENSAYOS POLÍTICOS DE HANNAH ARENDT




EN EL PRESENTE
ENSAYOS POLÍTICOS

HANNAH ARENDT


«Es muy posible que nos encontremos en uno de esos momentos históricos decisivos que separan toda una era de la siguiente. Para los contemporáneos que están enredados en las inexorables exigencias de la vida diaria, tal como lo estamos nosotros, las líneas divisorias entre épocas pueden resultar apenas visibles cuando se están cruzando; solo una vez traspasadas se convierten en muros que cortan de manera irremediable el pasado.»

«El fascismo ha añadido al viejo arte de mentir una nueva variante —la más diabólica—, la de mentir la verdad.»

«Mucho más decisivo que [las] consecuencias sociales y económicas [de la última crisis] es el hecho de que se haya permitido que las tácticas de las empresas publicitarias invadan nuestra vida política.»

«Es bien sabido que el más radical de los revolucionarios se volverá conservador al día siguiente de la revolución.»

Presentamos en este volumen una selección de ensayos en los que, con su lucidez y coraje característicos, Hannah Arendt reflexiona sobre algunos de los acontecimientos políticos más relevantes que le tocó vivir desde su salida de Alemania en 1933 hasta su fallecimiento en los Estados Unidos en 1975. El drama de los refugiados, las secuelas del régimen nazi, los orígenes de la Unión Europea, los conflictos raciales de los años cincuenta, la desobediencia civil de la década siguiente, el caso Watergate y el uso de la mentira en política: estos y otros asuntos son abordados por la autora, quien al mismo tiempo arroja luz sobre nuestro presente.
Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) es una de las figuras más relevantes de la teoría política del siglo XX, que alcanzó notoriedad por su análisis de la cuestión judía y del totalitarismo.
Nacida en el seno de una familia de origen judío, estudió Filosofía, Teología y Filología Griega en las universidades de Marburgo, Friburgo y Heidelberg, donde fue alumna de Martin Heidegger, Rudolf Bultmann, Edmund Husserl y Karl Jaspers. Dirigida por este último, se doctoró en Filosofía en 1928 con la tesis El concepto de amor en san Agustín.

En 1933, tras el ascenso del nazismo, se exilió en París, y en 1941 se estableció definitivamente en los Estados Unidos, donde ejerció la docencia en las universidades de Chicago y de Princeton y en la New School for Social Research de Nueva York.

Entre sus obras destacan Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963), Entre el pasado y el futuro (1961), Sobre la revolución (1963), Hombres en tiempos de oscuridad (1968), Sobre la violencia (1970), Crisis de la república (1972) y, editada póstumamente por Mary McCarthy, La vida del espíritu (1978).

NOSOTROS, LOS REFUGIADOS 
(1943)


En primer lugar, no nos gusta que nos llamen «refugiados». Nosotros nos llamamos unos a otros «recién llegados» o «inmigrantes». Nuestros periódicos se dirigen a «norteamericanos de lengua alemana», y, que yo sepa, los perseguidos por Hitler jamás han creado ningún club cuyo nombre indique que sus miembros son refugiados. Un refugiado solía ser una persona obligada a buscar refugio a causa de sus actos o de sus opiniones políticas. Pues bien, es cierto que tuvimos que buscar refugio, pero no habíamos cometido acto delictivo alguno, y la mayoría ni siquiera en nuestros sueños habíamos albergado una opinión política radical. 

Con nosotros, el significado del término refugiado ha sufrido un cambio: refugiados son ahora aquellos que han tenido la desgracia de llegar a un país nuevo sin contar con medios de subsistencia y han necesitado recurrir a los comités de ayuda. Antes del estallido de la guerra, el término nos gustaba aún menos. Hicimos todo lo posible para demostrar a los demás que no éramos sino inmigrantes comunes. Afirmábamos que habíamos partido por propia voluntad hacia países que nosotros habíamos elegido, y negábamos que nuestra situación tuviera algo que ver con los «llamados problemas judíos». Sí, éramos «inmigrantes» o «recién llegados» que un buen día habíamos dejado nuestro país porque ya no nos convenía quedarnos, o bien por razones puramente económicas. 

Queríamos rehacer nuestras vidas, eso era todo. Y para rehacer la propia vida es necesario ser fuerte y optimista. Así que somos muy optimistas. En efecto, aunque seamos nosotros mismos quienes lo decimos, nuestro optimismo es admirable. Finalmente, la historia de nuestra lucha ha llegado a conocerse. Perdimos nuestro hogar, es decir, la familiaridad de la vida cotidiana. Perdimos nuestra ocupación, esto es, la confianza de ser útiles en este mundo. Perdimos nuestra lengua, lo cual quiere decir que perdimos la naturalidad de nuestras reacciones, la simplicidad de los gestos, la sincera expresión de los sentimientos. Dejamos a nuestros parientes en los guetos polacos y nuestros mejores amigos han sido asesinados en los campos de concentración, lo que significa que nuestras vidas privadas se han roto. Sin embargo, tan pronto como fuimos rescatados —y la mayoría de nosotros lo fuimos varias veces— empezamos nuestras nuevas vidas y tratamos de seguir tan fielmente como nos fue posible todos los consejos de nuestros salvadores. 

Se nos dijo que olvidásemos, y así lo hicimos, con mayor rapidez de la que cualquiera podría imaginar. De manera amistosa, se nos recordó que el nuevo país se convertiría en un nuevo hogar, y tras cuatro semanas en Francia o seis semanas en los Estados Unidos pretendíamos ser franceses o norteamericanos. Los más optimistas entre nosotros incluso afirmaban que habían pasado su vida anterior en una especie de exilio inconsciente, y que solo ahora, gracias a su nuevo país, descubrían lo que es un verdadero hogar. 

Es cierto que a veces planteamos objeciones cuando se nos dice que olvidemos nuestro trabajo anterior, y que es difícil renunciar a nuestros ideales anteriores si está en juego nuestra posición social. Ahora bien, por lo que respecta al idioma, no hemos encontrado dificultades: después de un año, los optimistas están convencidos de que hablan inglés tan bien como su lengua materna, y pasados dos años juran solemnemente que lo hablan mejor que cualquier otra lengua —apenas recuerdan ya el idioma alemán. Para poder olvidar más eficazmente, preferimos evitar cualquier alusión a los campos de concentración o de internamiento que conocimos en casi todos los países europeos —mencionar eso podría interpretarse como pesimismo o falta de confianza en la nueva patria—. Además, ¿cuántas veces nos han dicho que a nadie le gusta oír hablar de ello? El infierno ya no es una creencia religiosa ni una fantasía, sino algo tan real como las casas, las piedras y los árboles. Según parece, nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos: 

aquellos que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos. Ni siquiera entre nosotros hablamos de ese pasado. En lugar de ello, hemos encontrado nuestra propia forma de afrontar un futuro incierto. Ya que todo el mundo planea, desea y espera, hacemos lo mismo. Pero, además de compartir esa actitud humana general, intentamos aclarar el futuro de modo más científico. Después de tanta mala suerte, queremos un rumbo completamente seguro. Por lo tanto, dejamos atrás la tierra y todas sus incertidumbres, y dirigimos nuestra mirada al cielo. Las estrellas nos dicen —mejor de lo que lo hacen los periódicos— cuándo será derrotado Hitler y cuándo nos convertiremos en ciudadanos norteamericanos. 

Creemos que dichas estrellas son consejeras más dignas de confianza que todos nuestros amigos; ellas nos dicen cuándo debemos compartir mesa con nuestros benefactores y cuál es el día más propicio para rellenar uno de esos incontables cuestionarios que nos acompañan en nuestra vida presente. Pero a veces ni siquiera nos fiamos de las estrellas, y recurrimos a la lectura de la mano o a la grafología. Así, averiguamos poco sobre los acontecimientos políticos pero mucho sobre nuestro querido yo, a pesar de que el psicoanálisis ha pasado de moda. Aquellos tiempos felices en que las damas y los caballeros de la alta sociedad, para combatir el aburrimiento, conversaban sobre las geniales travesuras de su tierna infancia son cosa del pasado. Ya no necesitan historias de fantasmas, lo que ahora les estremece son las experiencias reales. Ya no hay necesidad de hechizar el pasado, pues bastante hechizado está el presente. Por lo tanto, a pesar de nuestro proclamado optimismo, recurrimos a todo tipo de trucos mágicos para convocar a los espíritus del futuro. 

Desconozco qué recuerdos y qué pensamientos habitan en nuestros sueños nocturnos, y no me atrevo a pedir información, ya que yo también preferiría ser una optimista. Sin embargo, a veces imagino que, al menos durante la noche, pensamos en nuestros muertos o recordamos los poemas que una vez nos entusiasmaron. Incluso podría comprender que nuestros amigos de la Costa Oeste, durante el toque de queda, alberguen curiosas ideas que les hagan creer que no solo somos «ciudadanos potenciales», sino también, en el presente, «enemigos extranjeros». A la luz del día, cómo no, solo somos enemigos «técnicamente» —todos los refugiados lo sabemos—. 

Ahora bien, cuando razones técnicas te impiden dejar tu casa durante las horas de oscuridad, no es fácil evitar las oscuras especulaciones sobre la relación entre lo técnico y la realidad. Algo va mal con nuestro optimismo. Entre nosotros hay curiosos optimistas que, después de pronunciar un montón de discursos plagados de dicho optimismo, vuelven a casa y hacen un uso peculiar del gas o de la altura de un rascacielos. Parecen demostrar que nuestro proverbial buen humor se basa en una peligrosa predisposición a la muerte. Educados en la convicción de que la vida es el más alto bien y la muerte la mayor desgracia, nos hemos convertido en testigos y víctimas de un terror peor que el de la muerte —y sin haber sido capaces de descubrir un ideal más elevado que la vida—. 

Así pues, aunque para nosotros la muerte ha perdido su horror, no hemos tenido ni la voluntad ni la capacidad de arriesgar nuestras vidas por una causa. En lugar de luchar —o de pensar en cómo ser capaces de devolver los golpes—, los refugiados nos hemos acostumbrado a desear la muerte de amigos o parientes; cuando alguien muere, nos alegramos al imaginar todo el sufrimiento del que se ha librado. Al final, muchos terminamos por desear también para nosotros el ahorrarnos sufrimiento, y actuamos en consecuencia. Desde 1938 —desde que Hitler invadió Austria— hemos visto con qué rapidez el elocuente optimismo puede transformarse en mudo pesimismo. Conforme iba pasando el tiempo, nos pusimos peor —nos volvimos aún más optimistas y más propensos al suicidio—. 

Bajo el gobierno de Schuschnigg, los judíos austriacos eran personas tan alegres que todos los observadores imparciales los admiraban. Resultaba sorprendente ver cuán convencidos estaban de que nada podía sucederles. Sin embargo, cuando las tropas alemanas invadieron el país y los vecinos gentiles empezaron a causar disturbios en las casas judías, los judíos austríacos empezaron a suicidarse. A diferencia de otros suicidas, nuestros amigos no dejan explicación alguna de su acto, ninguna acusación, ningún cargo contra un mundo que ha forzado a un hombre desesperado a hablar y a comportarse con alegría hasta el último día de su vida. Las cartas que nos dejan son documentos convencionales, carentes de importancia. Por lo tanto, los discursos fúnebres que pronunciamos ante sus tumbas abiertas son breves, y están llenos de vergüenza y esperanza. Nadie se preocupa por los motivos, pues a todos nos parecen claros. 

Hablo de una realidad incómoda; y empeora las cosas el hecho de que, para probar mi punto de vista, no disponga de los únicos argumentos que hoy en día impresionan a la gente: las cifras. Por lo que se refiere a estas, incluso aquellos judíos que niegan de forma vehemente la existencia del pueblo judío nos conceden bastantes probabilidades de sobrevivir: ¿de qué otro modo podrían probar que solo unos pocos judíos son criminales, y que muchos judíos están muriendo en esta guerra como buenos patriotas? Gracias a sus esfuerzos por salvar la vida estadística del pueblo judío, sabemos que este tiene la tasa más baja de suicidios de todas las naciones civilizadas. 

Estoy bastante segura de que esas cifras ya no son correctas, y si bien no puedo probarlo con nuevos datos, ciertamente puedo hacerlo con nuevas experiencias. Esto podría ser suficiente para aquellos espíritus escépticos que nunca estuvieron demasiado convencidos de que la medida del cráneo de una persona da una idea exacta de su contenido, o de que las estadísticas de delitos indican el nivel exacto de la ética nacional. En cualquier caso, dondequiera que los judíos europeos estén viviendo hoy, ya no se comportan según las leyes estadísticas. Los suicidios se producen no solo entre quienes son presa del pánico en Berlín y Viena, en Bucarest o París, sino también en Nueva York y Los Ángeles, en Buenos Aires y Montevideo. En cambio, cuando se trata de los suicidios en los guetos y en los campos de concentración, sabemos muy poco al respecto. Es cierto que teníamos muy poca información sobre Polonia, pero hemos estado bastante bien informados sobre los campos de concentración alemanes y franceses. 

En el campo de Gurs, por ejemplo, donde tuve la oportunidad de pasar algún tiempo, solo oí hablar de suicidio en una ocasión, y se trataba de la propuesta de una acción colectiva, aparentemente un tipo de protesta para hacer reaccionar a los franceses. Cuando algunos de nosotros objetamos que, en cualquier caso, nos habían enviado allí «pour crever», 1 el estado de ánimo general se convirtió de forma repentina en una apasionada voluntad de vivir. Predominantemente, se pensaba que si uno todavía era capaz de interpretar la situación como un caso de mala suerte personal e individual, y en consecuencia terminaba con su propia vida de forma personal e individual, tenía que tratarse de alguien anormalmente asocial y despreocupado de los acontecimientos generales. Pero esas mismas personas, tan pronto como volvieron a sus propias vidas individuales y tuvieron que hacer frente a problemas igualmente individuales, se entregaron una vez más a ese insensato optimismo que raya en la desesperación. Somos los primeros judíos no religiosos que sufren la persecución —y somos los primeros que, no solo in extremis, respondemos con el suicidio—. 

Quizás estén en lo cierto los filósofos que enseñan que el suicidio es la última y suprema garantía de la libertad humana: no siendo libres para crear nuestras vidas ni el mundo en que vivimos, lo somos no obstante para tirar nuestra vida por la borda y abandonar este mundo. Ciertamente, los judíos piadosos no pueden alcanzar esta libertad negativa; entienden el suicidio como un asesinato, es decir, como la destrucción de lo que el hombre no puede nunca producir, como una interferencia en los derechos del Creador. Adonai nathan veadonai lakach («El Señor lo da, el Señor lo quita»); y tal vez añadan: baruch shem adonai («bendito sea el nombre del Señor»). Para ellos, el suicidio, al igual que el asesinato, significa un ataque blasfemo a la creación en su conjunto. El hombre que se quita la vida afirma que no merece la pena vivirla y que el mundo no es digno de albergarlo. Ahora bien, nuestros suicidas no son locos rebeldes que lanzan un desafío a la vida y al mundo, no intentan matar en sí mismos al universo entero. La suya es una forma silenciosa y modesta de desaparecer, y parecen disculparse por la violenta solución que han encontrado para sus problemas personales. 

En su opinión, los acontecimientos políticos no tienen en general nada que ver con el destino individual; ellos creen únicamente en su personalidad, tanto en los buenos como en los malos tiempos. Y ahora encuentran en sí mismos unas misteriosas carencias que les impiden seguir adelante. Dado que desde su más temprana infancia han creído que tienen derecho a una determinada posición social, se ven como unos fracasados si no pueden seguir manteniendo dicha posición. Su optimismo es un vano intento de mantenerse a flote. Tras esa fachada entusiasta luchan contra sí mismos de forma desesperada, sin tregua. Finalmente, mueren de una especie de egoísmo. Si nos salvan nos sentimos humillados, y si recibimos ayuda nos sentimos degradados. Luchamos como locos por una existencia privada y un destino individual, ya que tenemos miedo de llegar a formar parte de ese miserable hatajo de schnorrers 2  a los que muchos de nosotros, antiguos filántropos, recordamos demasiado bien. Y así como en su día no logramos entender que el denominado schnorrer era un símbolo del destino judío y no un estúpido cenizo, hoy no creemos tener derecho a la solidaridad judía; somos incapaces de entender que no se trata de nosotros, sino del pueblo judío en su conjunto. Y a veces nuestros protectores han reforzado esta incapacidad de comprensión. 

Así, recuerdo al director de una gran institución benéfica de París que, siempre que recibía la tarjeta de un intelectual judío de origen alemán, con el inevitable título de «doctor» impreso en ella, solía exclamar «Herr Doktor, Herr Doktor, Herr Schnorrer, Herr Schnorrer!». La conclusión que extrajimos de tan desagradables experiencias fue bastante simple: ya no nos bastaba con tener el título de doctor, y aprendimos que para construir una nueva vida primero era necesario mejorar la anterior. Para describir nuestra conducta, se inventó un bonito cuento de hadas; según este, un triste perro salchicha exiliado, en su desolación, comienza a hablar: «Una vez, cuando yo era un san Bernardo…». 

Nuestros nuevos amigos, abrumados por tantas estrellas y famosos, apenas entienden que en el fondo de todas nuestras descripciones del pasado esplendor yace una simple verdad humana: hubo un tiempo en que éramos personas por quienes la gente se interesaba, teníamos amigos que nos querían y los caseros sabían que pagábamos regularmente el alquiler. Hubo un tiempo en que podíamos comprar nuestra comida y montar en el metro sin que nos llamaran indeseables. Nos hemos vuelto un poco histéricos desde que los periodistas empezaron a detectarnos y a decirnos públicamente que dejemos de ser desagradables cuando compramos la leche y el pan. Y nos preguntamos cómo es posible hacer eso que nos piden, pues ya nos comportamos con excesivo cuidado en cada aspecto de nuestra vida cotidiana con el objetivo de evitar que la gente adivine quiénes somos, qué clase de pasaporte tenemos, dónde fueron rellenados nuestros certificados de nacimiento —y que no le gustábamos a Hitler—. 

Hacemos todo lo que podemos para encajar en un mundo en el que tienes que adoptar una mentalidad política cuando vas a hacer la compra. En semejantes circunstancias, el san bernardo crece y crece. No puedo olvidar a aquel joven que, cuando se esperaba que aceptara un determinado tipo de trabajo, respondió: «Usted no sabe con quién está hablando; fui jefe de sección en Karstadt [unos grandes almacenes de Berlín]». Pero está también la profunda desesperación de aquel hombre de mediana edad que, después de hacer cola en innumerables comités de refugiados, finalmente exclamó: «¡Y nadie aquí sabe quién soy!». Dado que nadie lo trataba con la dignidad debida a un ser humano, comenzó a enviar telegramas a grandes personalidades y a los importantes contactos que tenía. Rápidamente descubrió que en este mundo insensato es mucho más fácil ser aceptado como un «gran hombre» que como un ser humano. 

Cuanto menos libres somos para decidir quiénes somos o vivir como nos gusta, más intentamos construir una fachada, esconder los hechos y representar un papel. Fuimos expulsados de Alemania porque éramos judíos, pero tan pronto como cruzamos la frontera francesa nos convirtieron en boches 3. Incluso nos dijeron que, si realmente estábamos en contra de las teorías raciales de Hitler, teníamos que aceptar que nos llamasen así. Durante siete años interpretamos el ridículo papel consistente en intentar ser franceses —o al menos futuros ciudadanos—; de todas formas, nada más comenzar la guerra fuimos internados como boches. Sin embargo, la mayoría de nosotros nos habíamos convertido efectivamente en unos franceses tan leales que ni siquiera podíamos criticar una orden del gobierno francés; así, declaramos que nos parecía bien que nos internasen. 

Fuimos los primeros prisonniers volontaires conocidos en la historia. Y después de que los alemanes invadieran el país, el gobierno francés tan solo tuvo que cambiar el nombre de la empresa; habíamos sido encarcelados por ser alemanes, y ahora no se nos liberaba porque éramos judíos. 


1. Para que reventásemos, para morir. (N. del T.)
2. Expresión yidis que significa pordiosero o gorrón. (N. del T.)
3. Expresión francesa con la que se designaba de forma despectiva a los alemanes. (N. del T.)