EL Rincón de Yanka: ANOTACIONES SOBRE EL NACIONALISMO DE GEORGE ORWELL

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martes, 17 de octubre de 2017

ANOTACIONES SOBRE EL NACIONALISMO DE GEORGE ORWELL


George Orwell

"Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad." Arthur Schopenhauer

“El orgullo más barato es el orgullo nacional, que delata en quien lo siente la ausencia de cualidades individuales.” Goethe
En tiem­pos como en los que esta­mos viviendo, fuer­te­mente marca­dos por el descon­tento civil al rede­dor del mundo, este no siempre se refleja bajo la forma de marchas, mani­fes­ta­ciones y protes­tas sino que también – y como la histo­ria nos ha mostrado – resur­gen progre­si­va­mente y con fuerza los nacio­na­lis­mos y todo tipo de extre­mis­mos (reli­gio­sos, fascismo, y claro, terro­ris­mo–). George Orwell en este, su exce­lente ensayo “Notes on Natio­na­lism” escrito en las etapas finales de la segunda guerra mundial y publi­cado en mayo de 1945 , esta­blece una defi­ni­ción del nacio­na­lismo que va más allá de las barre­ras geográ­fi­cas y poli­ti­cas. La presen­cia del nacio­na­lismo es visible en muchos pasajes de la histo­ria, y es frecuente aún en el mundo contem­porá­neo. Aquí les presen­ta­mos un resu­men de la obra.
Anota­ciones sobre el Nacio­na­lismo

Existe un hábito de la mente que está hoy tan exten­dido que afecta nues­tro pensa­miento en casi todo tema, pero al que no se le ha dado todavía un nombre. Como su más cercano equi­va­lente que existe he esco­gido la pala­bra “nacio­na­lismo”, pero como se verá en un momento no estoy usán­dola en el sentido ordi­na­rio, sencil­la­mente porque la emoción de la que hablo no siempre se refiere a lo que se conoce como nación –esto es, una raza deter­mi­nada o un área geográ­fica. Puede apli­carse a una igle­sia o clase, o puede trabajar en un sentido mera­mente nega­tivo, contra algo y sin la nece­si­dad de algún objeto posi­tivo de leal­tad.

Por “nacio­na­lismo” quiero refe­rirme primero al hábito de asumir que los seres huma­nos pueden ser clasi­fi­ca­dos como insec­tos y que grupos ente­ros de millones o dece­nas de millones de perso­nas pueden razo­na­ble­mente ser etique­ta­das como “buenas” o “malas.” Pero en segundo lugar –y esto es mucho más impor­tante- quiero refe­rirme al hábito de iden­ti­fi­carse uno mismo con una deter­mi­nada nación u otra unidad, colocán­dola más allá del bien y del mal y reco­no­ciendo no otro deber que el de apoyar sus inter­eses. El nacio­na­lismo no debe ser confun­dido con el patrio­tismo. Ambos térmi­nos son normal­mente usados de forma tan vaga que cualquier defi­ni­ción está sujeta a cues­tio­na­miento, pero uno debe dife­ren­ciar entre ellas, pues encier­ran dos ideas distin­tas y hasta opues­tas. Por “patrio­tismo” me refiero a la devo­ción a un lugar en parti­cu­lar y a un parti­cu­lar estilo de vida, los cuales uno cree que son los mejores del mundo pero sin tener la menor inten­ción de forzarlo a los demás. El patrio­tismo es por natu­ra­leza defen­sivo, tanto mili­tar­mente como cultu­ral­mente. El nacio­na­lismo, por otro lado, es inse­pa­rable del deseo de poder. El propó­sito perdu­rable de todo nacio­na­lista es el de asegu­rar más poder y pres­ti­gio, no para sí mismo sino para la nación u otra unidad a la cual ha deci­dido some­ter su propia indi­vi­dua­li­dad.

Un nacio­na­lista es alguien que piensa sola­mente, o prin­ci­pal­mente, en térmi­nos de pres­ti­gio compe­ti­tivo. Puede ser un nacio­na­lista posi­tivo o nega­tivo –esto es, puede emplear su energía ya sea en promo­ver o en deni­grar- pero en todo caso sus pensa­mien­tos giran siempre en torno a victo­rias, derro­tas, triun­fos y humil­la­ciones. El nacio­na­lista ve la histo­ria, espe­cial­mente la contem­porá­nea, como la inter­mi­nable suce­sión de ascen­sos y declives de unidades de poder, y cada evento que tiene lugar le parece una demos­tra­ción de que su propio bando está en ascenso y algún bando rival muy odiado está en descenso. Pero final­mente, es impor­tante no confun­dir el nacio­na­lismo con la mera alabanza del éxito. El nacio­na­lista no es alguien que simple­mente tiene como prin­ci­pio estar siempre del lado del grupo más fuerte. Al contra­rio, una vez que ha elegido su grupo, se conven­cerá a sí mismo de que aquel es el más fuerte, y estará en capa­ci­dad de mante­ner tal creen­cia aún cuando los hechos estén avasal­la­do­ra­mente contra dicha creen­cia. El nacio­na­lismo es hambre de poder alimen­tada por el autoen­gaño. Todo nacio­na­lista es capaz de la más flagrante desho­nes­ti­dad, pero también – desde que esta consiente de servir algo más grande que a él mismo- está firme­mente seguro de estar en lo correcto.

Sería una sobre­sim­pli­fi­ca­ción decir que todas las formas de nacio­na­lismo son iguales, aún en sus esque­mas mentales, pero hay cier­tas reglas que apli­can bien a todos los casos. Las siguientes son las prin­ci­pales carac­terís­ti­cas del pensa­miento nacio­na­lista:

OBSESIÓN

En térmi­nos gene­rales, ningún nacio­na­lista piensa, habla o escribe sobre otra cosa que la super­io­ri­dad de su propia unidad. Es difí­cil, sino impo­sible, para cualquier nacio­na­lista escon­der su leal­tad. Si la unidad de su leal­tad es un país, decla­rará la super­io­ri­dad de éste no sólo en térmi­nos mili­tares y de virtud polí­tica, sino también en el arte, la lite­ra­tura, el deporte, la estruc­tura lingüís­tica, la belleza física de sus habi­tantes, y quizás incluso hasta en el clima, paisajes y cocina. Mostrará una gran sensi­bi­li­dad sobre aspec­tos tales como la correcta manera de enar­bo­lar la bandera, tamaños rela­ti­vos de titu­lares y el orden en que los distin­tos países son nombra­dos. La nomen­cla­tura juega un papel impor­tante en el pensa­miento nacio­na­lista.

INESTABILIDAD

La inten­si­dad con que son senti­das no impide que las leal­tades nacio­na­lis­tas sean trans­fe­ribles. De parti­cu­lar interés es la retrans­fe­ren­cia. Un país u otra unidad que ha sido idola­trada por años puede repen­ti­na­mente deve­nir odiada, y otro objeto de afecto puede tomar su lugar casi sin un inter­valo. En Europa conti­nen­tal los movi­mien­tos fascis­tas reclu­ta­ban a sus segui­dores en su mayoría de entre los comu­nis­tas. Lo que perma­nece constante en el nacio­na­lista es su estado mental: el objeto de sus senti­mien­tos puede cambiar, y hasta ser imagi­na­rio.

Pero para un inte­lec­tual, la trans­fe­ren­cia tiene una función impor­tante. Hace posible para él ser mucho más nacio­na­lista –más vulgar, más ridí­culo, más mali­gno, más desho­nesto- de lo que jamás podría ser en nombre de su país nativo, o de cualquier unidad de la que tuviese real cono­ci­miento. Cuando uno ve la basura preten­ciosa que se escribe sobre Stalin, el Ejér­cito Rojo, etc., por gente bastante inte­li­gente y sensible, uno se percata que ello sólo es posible porque algún tipo de dislo­ca­ción ha tenido lugar. En socie­dades como la nues­tra, es inusual para cualquier persona que se describa como inte­lec­tual el sentir un apego muy profundo a su propio país. La opinión pública –esto es, la sección del público de la cual él es inte­lec­tual­mente consciente- no se lo permi­tirá. La mayoría de la gente que lo rodea es escép­tica e indi­fe­rente, y él puede adop­tar la misma acti­tud ya sea por imita­ción o por pura cobardía: en tal caso habrá aban­do­nado aquella forma de nacio­na­lismo que se encuen­tra a su más cercano alcance. Pero él todavía siente la nece­si­dad de una Patria, y es natu­ral que la busque en algún otro lado. Una vez que la ha encon­trado, puede indul­gir en exac­ta­mente aquel­las emociones de las cuales él cree que se ha eman­ci­pado. Dios, el Rey, el Impe­rio, la Bandera –todos los ídolos aban­do­na­dos pueden reapa­re­cer bajo dife­rentes nombres, y dado que no los reco­noce como lo que son los puede adorar con una buena conscien­cia. El nacio­na­lismo trans­fe­rido, como el uso de los chivos expia­to­rios, es una forma de lograr la salva­ción sin tener que alte­rar la propia conducta.

DESCONEXIÓN CON LA REALIDAD

Todos los nacio­na­lis­tas tienen la capa­ci­dad de obviar las analogías entre hechos simi­lares. Las acciones son teni­das como buenas o malas, no en aten­ción a sus propios méri­tos, sino de acuerdo a quién las realiza, y prác­ti­ca­mente no hay clase alguna de barba­rie –tor­tura, la toma de rehenes, trabajo forzado, depor­ta­ciones en masa, penas de cárcel (o ejecu­ciones) sin juicio previo, falsi­fi­ca­ción, asesi­nato, el bombar­deo de pobla­ciones civiles- cuya cali­fi­ca­ción moral no cambie cuando es come­tida por “nues­tro” bando.

El nacio­na­lista no sólo no desa­prueba las atro­ci­dades come­ti­das por su propio bando, sino que además tiene una notable capa­ci­dad para ni siquiera ente­rarse de ellas. Durante seis años los admi­ra­dores de Hitler en Ingla­terra se las arre­gla­ron para no ente­rarse de la exis­ten­cia de Dachau y Buchen­wald. Y aquel­los que más ardien­te­mente denun­cia­ban los campos de concen­tra­ción alemanes esta­ban muchas veces en desco­no­ci­miento de que también había campos de concen­tra­ción en Rusia. Even­tos notables como la hambruna de Ucra­nia de 1933, que invo­lu­cra­ron las muertes de millones de perso­nas, han esca­pado la aten­ción de la mayoría de los rusó­fi­los ingleses. En el pensa­miento nacio­na­lista hay hechos que pueden ser a la vez cier­tos y falsos, cono­ci­dos y desco­no­ci­dos. Un hecho cono­cido puede ser tan inso­por­table que habi­tual­mente es descar­tado y no se le permite entrar en proce­sos lógi­cos.

Todo nacio­na­lista se obse­siona con alte­rar el pasado. Se pasa parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocur­ren como deberían –en que, por ejem­plo, la Armada Española fue todo un éxito o la Revo­lu­ción Rusa fue aplas­tada en 1918– y trans­fe­rirá frag­men­tos de este mundo de fantasía a los libros de histo­ria cada vez que pueda. Hechos impor­tantes son supri­mi­dos, fechas alte­ra­das, citas remo­vi­das de sus contex­tos y mani­pu­la­das para cambiar su signi­fi­cado. Even­tos cuya ocur­ren­cia se piense que no debió darse son omiti­dos y en última instan­cia nega­dos. En 1927 Chiang Kai Shek quemó cien­tos de comu­nis­tas vivos, y sin embargo 10 años después se había conver­tido en uno de los heroes de la Izquierda. El reali­nea­miento de la polí­tica inter­na­cio­nal lo había traído al campo anti­fas­cista, así que de alguna manera se llegó a pensar que la quema de comu­nis­tas vivos “no contaba”, o quizás no había ocur­rido. El obje­tivo prima­rio de la propa­ganda es, por supuesto, influen­ciar la opinión contem­porá­nea, pero aquel­los que rees­cri­ben la histo­ria proba­ble­mente creen en una parte de sí mismos que están real­mente rear­mando los hechos hacia el pasado. Cuando uno consi­dera las elabo­ra­das falsi­fi­ca­ciones que han sido come­ti­das para demos­trar que Trotsky no tuvo un papel impor­tante en la Guerra Civil Rusa, es difí­cil sentir que las perso­nas respon­sables esta­ban simple­mente mintiendo. Más probable es que ellos sintie­ran que su propia versión era lo que había ocur­rido a los ojos de Dios, y que había justi­fi­ca­ción plena en reor­de­nar los regis­tros de acuerdo con ello.

Algu­nos nacio­na­lis­tas están no muy lejos de la esqui­zo­fre­nia, viviendo muy felices entre sueños de poder y conquista que no guar­dan conexión alguna con el mundo real.
George Orwell


Las dos guerras mundiales y el fascismo, son fenómenos de raíz nacionalista. El nacionalismo siempre aspira al privilegio (privi+legio, es decir ley privada, ley a medida). Los rasgos étnico-culturales son como la marca del ganadero que han impreso y cultivado las elites, similar también al uniforme, signos y bandera que identifica a los miembros de un ejército, todo para el más efectivo pastoreo para los más altos fines; los fines de la clase alta, la dominante.

De ahí deriva el concepto personalista y patrimonialista del estado y el partido nacionalista: Son totalitarios, como Mussolini, su objetivo es el estado total: “El estado soy yo y lo manejo como si fuese mi casa”. Las oligarquías nacionalistas separatistas pueden ponerse de acuerdo con las centrales para una separación, en caso contrario, la guerra abierta (declarada o no) es la única manera.

En Alemania, se tuvo que crear el concepto de "patriotas constitucionales" por horror a recordar el pasado nazi y la complicidad de todo un pueblo.

Los cuatro pilares que sustentan al nacionalismo son:

- Exaltación del territorio y de la raza, por encima de los derechos y libertades de los habitantes. Las relaciones jurídicas en los sistemas jurídicos modernos se establecen entre sujetos de derecho, nunca entre territorios ni cosas.

- El enemigo común: (el estado central “opresor”). Invención de un culpable o chivo expiatorio —una etnia, un país— de los males de la población, al cual se deshumaniza y presenta como más incapaz, irracional, malvado. Fomento del odio para cohesionar al grupo.

- El victimismo: explotación política de agravios —reales o imaginarios— para justificar las reivindicaciones secesionistas, los liberticidios y los estallidos de violencia.

- La manipulación informativa: adulteración del pasado y del presente. Construcción de una realidad ficticia para engañar y dirigir a las masas, para afianzar los tres pilares anteriores. Sustitución de la historia por mitología, y del raciocinio por consignas y eslóganes. Recurso, habitual o esporádico, a métodos coercitivos para la homogeneización ideológica de la población. 
Eliminación —física, o social, profesional y política— de toda disidencia del “pensamiento único”, institucionalizado como verdad irrefutable. Manías de grandeza. Historia-ficción.