EL Rincón de Yanka: LA TIERRA LLORA. LA AMARGA HISTORIA DE LAS GUERRAS INDÍGENAS POR LA CONQUISTA DEL OESTE

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viernes, 27 de octubre de 2017

LA TIERRA LLORA. LA AMARGA HISTORIA DE LAS GUERRAS INDÍGENAS POR LA CONQUISTA DEL OESTE


LA TIERRA LLORA

Peter Cozzens


Si hay un fenómeno de la historia de los Estados Unidos que se ha explotado hasta la saciedad en la cultura popular occidental, este ha sido la conquista del Oeste y el conflicto con las tribus de nativos que lo habitaban, denominado como las Guerras Indias. De una demonización del indio o nativo norteamericano, el péndulo basculó a partir de la década de 1970 a su santificación, y a menudo se echan en falta visiones más ecuánimes, capaces de superar ese maniqueísmo de buenos y malos. Y eso es algo que Peter Cozzens consigue con La Tierra llora. La amarga historia de las Guerras Indias por la conquista del Oeste, una narración apasionante merecedora del prestigioso Gilder Lehrman Prize for Military History y que ha sido elogiado por Booklist como «un maravilloso trabajo de comprensión y compasión».

Comprensión, porque Peter Cozzens realiza un enorme esfuerzo en el análisis de las motivaciones que latían detrás del proceso de expansión hacia el Oeste del que nacerían los modernos Estados Unidos, pero también se pone en la piel de unos indios atrapados entre una mentalidad y modo de vida ancestrales y la modernidad. Pero compasión también, hacia hombres como Caballo Loco, Toro Sentado, Gerónimo y Nube Roja, que las más de las veces pelearon forzados, defendiendo a sus mujeres y niños, en un combate que sabían perdido de antemano. Empero, no hay sensiblería: no se hurtan ni las mezquindades ni el racismo latente en buena parte de la administración estadounidense, ni las continuas querellas intestinas y barbarie de apaches, sioux o comanches.

La Tierra llora. La amarga historia de las Guerras Indias por la conquista del Oeste se devora página a página, tan rápidamente como veloz avanzó el tendido del ferrocarril por las llanuras del Oeste norteamericano, a lo largo de tres décadas que vieron la extinción de comunidades enteras, en una historia trágica del fin de un mundo pero que hace justicia a vencedores y vencidos.



«Agudo rigor histórico» 
The New York Times 

«Un nuevo clásico» 
True West Magazine 

«Intensidad abrasadora» 
The San Francisco Chronicle 

«Excelente libro» 
New York Journal of Books 

«Poderosa cadencia narrativa» 
The Weekly Standard 

«Relato sobresaliente» 
The Washington Post

Si hay un fenómeno de la historia de los Estados Unidos que se ha explotado hasta la saciedad en la cultura popular occidental este ha sido la conquista del Oeste y el conflicto con las tribus de nativos que lo habitaban. De una demonización del indio, el péndulo basculó a partir de los años setenta hacia su santificación y, a menudo, se echan en falta visiones más ecuánimes, capaces de superar ese maniqueísmo de buenos y malos ‒o malos y buenos‒, según desde dónde y cuándo miremos. 

Y eso es algo que Peter Cozzens consigue con La tierra llora, una narración apasionante, elogiada por ser «un maravilloso trabajo de comprensión y compasión». Comprensión, porque Cozzens realiza un enorme esfuerzo en el análisis los motivos que latían detrás del proceso de expansión hacia el Oeste del que nacerían los modernos Estados Unidos y, al mismo tiempo, se pone en la piel de unos indios atrapados entre una mentalidad y modo de vida ancestrales y la modernidad. Pero compasión también hacia hombres como Caballo Loco, Toro Sentado, Gerónimo o Nube Roja, los cuales, las más de las veces, se vieron forzados a pelear para defender a sus mujeres y niños en un combate que sabían perdido. 

La tierra llora. La amarga historia de las Guerras Indias por la conquista del Oeste se devora página a página, tan rápido como veloz avanzó el tendido del ferrocarril, a lo largo de tres décadas que vieron la extinción de comunidades enteras, en una historia trágica del fin de un mundo pero que hace justicia a vencedores y vencidos. 

PETER COZZENS es autor o editor de diecisiete libros sobre la Guerra de Secesión y el Oeste americano, entre ellos Shenandoah 1862: Stonewall Jackson’s Valley Campaign, This Terrible Sound: The Battle of Chickamauga o No Better Place to Die: The Battle of Stones River. Tras una carrera de treinta años como funcionario de Asuntos Exteriores al servicio del Departamento de Estado y, antes, en el Ejército de los Estados Unidos, donde alcanzó el rango de capitán, recientemente se ha retirado para dedicarse en cuerpo y alma a escribir. En 2002, recibió el máximo galardón de la American Foreign Service Association, otorgado anualmente a un funcionario del Foreign Service por su ejemplar valentía moral, integridad y disidencia creativa. También recibió un Alumni Achievement Award de su alma mater, el Knox College. 

Colaborador habitual con diferentes revistas de Historia militar, es miembro del consejo editorial de Desperta Ferro Historia Moderna . Ilustración de portada: Tres guerreros cheyenes a caballo, 1905. Fotografía de Edward Sheriff Curtis incluida en su obra The North American Indian, publicada en veinte volúmenes entre 1907 y 1930. 

Ganador en 2017 del The Gilder Lehrman Prize for Military History. Finalista en 2017 del premio Golden Spur Award - Western Writers of America.


Si al hombre blanco le arrebatan las tierras, la civilización justifica que este se resista al invasor. La civilización hace algo más: si se somete a la injusticia, lo llama cobarde y esclavo. Si el salvaje se resiste, la civilización, con los Diez Mandamientos en una mano y la espada en la otra, pide su exterminio inmediato. Informe de los Comisionados de Paz Indios, 1868 Recuerdo que los blancos venían a luchar contra nosotros y nos quitaban nuestras tierras, y yo pensaba que eso no estaba bien. Nosotros también somos humanos y Dios nos ha creado a todos iguales, y yo iba a hacer todo lo que pudiera para defender a mi pueblo. Por lo que emprendí el sendero de la guerra cuando tenía dieciséis años. Trueno de Fuego (Fire Thunder), guerrero cheyene Hemos oído hablar mucho acerca de la astucia del indio. En cuanto a astucia, promesas rotas por parte de los altos oficiales, mentiras, robos, matanzas de mujeres y niños indefensos, así como cualquier crimen dentro del catálogo de la crueldad del hombre contra el hombre, el indio no era más que un mero principiante comparado con el «noble hombre blanco». Teniente Britton Davis, Ejército de los Estados Unidos.





A VECES NUESTROS MUCHACHOS SE PORTAN MAL 

En 1863, los patrocinadores del Museo Americano de P. T. Barnum estaban de enhorabuena. Por veinticinco centavos tenían la ocasión de ver a once jefes indios de las llanuras recién llegados a Nueva York para visitar al Gran Padre, el presidente Abraham Lincoln. No se trataba de los «pieles rojas vagabundos y borrachos de las reservas del este, sacados del montón» que Barnum acostumbraba a presentar al público, aseguraba The New York Times a sus lectores. Eran cheyenes, arapahoes, kiowas y comanches; «nómadas de los más remotos valles de las Montañas Rocosas». Barnum prometía tres actuaciones diarias, pero por un periodo muy limitado. «Vengan ahora o será demasiado tarde –anunciaba el gran empresario–; están echando de menos sus verdes praderas y sus hogares en los bosques salvajes, de modo que o los ven ahora o no lo harán nunca».

Barnum tentaba a los neoyorquinos con extravagantes avances. Iba con los indios por las calles de Manhattan en un gran carruaje precedido por una banda de música. El gran showman y los jefes hacían paradas en los colegios, donde los niños realizaban calistenias y entonaban canciones para ellos. A pesar de que los periódicos reaccionaron con divertidas chanzas, los indios cautivaron al público. Las multitudes acudían en masa al teatro de cuatro pisos de Barnum, situado en la galería de la calle Broadway, para ver representaciones de pow-wow, o asambleas indias. Los jefes no decían apenas nada, pero sus rostros pintados, sus largas trenzas, sus camisas de ante y sus pantalones adornados con cuero cabelludo entusiasmaban al público. El último día de función, el 18 de abril, el jefe Oso Flaco (Lean Bear) de los cheyenes del sur se despidió de los neoyorquinos de parte de la delegación.

Oso Flaco era miembro del Consejo de los Cuarenta y Cuatro, el órgano rector del pueblo cheyene. Los jefes del consejo eran pacificadores, estaban obligados por la tradición tribal a impedir en todo momento que la pasión se impusiera a la razón, y a actuar siempre en aras del máximo provecho de la tribu, lo que, en 1863, para los jefes cheyenes más ancianos, se traducía en mantener unas relaciones amistosas con la creciente población blanca del Territorio de Colorado, que invadía sus ya mermadas tierras de caza. No obstante, en Washington estaban preocupados. Se rumoreaba que los agentes confederados circulaban por las Llanuras Indias, para intentar incitarlos a la guerra. Para contrarrestar la amenaza (que, en realidad, era infundada por completo) y suavizar las diferencias con las tribus, la Oficina de Asuntos Indios había organizado la visita al Gran Padre de Oso Flaco y otros diez jefes. Los acompañaba el agente para los Asuntos Indios, Samuel G. Colley, y su intérprete blanco. 

La mañana del 26 de marzo de 1863, dos semanas antes de la inauguración de su gran espectáculo en Nueva York, los indios, su agente y su intérprete habían entrado en fila en el ala este de la Casa Blanca tras pasar a través de una multitud cuchicheante de secretarios de gabinete, diplomáticos extranjeros y eminentes buscadores de curiosidades. «Con esa dignidad e indolencia característica de los estoicos de los bosques –relató un periodista de Washington a sus lectores–, se sentaron sobre la alfombra en semicírculo mientras guardaban silencio, con aire de ser conscientes de la imagen de grandeza que ofrecían, y de estar bastante satisfechos del esplendor de sus propios adornos y colorido».

Tras quince minutos de espera, el presidente Lincoln entró en la habitación a grandes zancadas y preguntó a los jefes si tenían algo que decir. Oso Flaco se levantó. La multitud de dignatarios se apiñó a su alrededor y, por un momento, Oso Flaco perdió la compostura. El jefe balbuceó que tenía mucho que decir, pero que estaba tan nervioso que necesitaba una silla. Trajeron dos asientos y Lincoln se sentó frente al jefe. Oso Flaco, sujetando su larga pipa, comenzó a hablar, titubeante en un principio, pero después, con creciente elocuencia. Dijo a Lincoln que su invitación había recorrido un largo camino hasta llegar a ellos, y que los jefes habían realizado un largo viaje para oír su consejo. A pesar de que no tenía bolsillos en los que guardar las palabras del Gran Padre, las atesoraría en su corazón y se las transmitiría fielmente a su pueblo. 

El jefe indio se dirigió a Lincoln como un igual. El presidente –aseveró–, vivía con magnificencia en una tienda mucho más grande que la suya, sin embargo, Oso Flaco, al igual que el presidente, era en su tierra un gran jefe. El Gran Padre debía aconsejar a sus muchachos blancos que se abstuvieran de realizar actos violentos, para que tanto indios como blancos pudieran viajar por las llanuras con seguridad.

Oso Flaco, además, condenó la guerra del hombre blanco que, en ese momento, estaba arrasando el este y rezó por que llegara a su fin. Al concluir recordó a Lincoln que, puesto que todos ellos eran jefes de sus respectivos pueblos, él y el resto de representantes indios debían regresar a casa; por tanto, pidió al presidente que acelerara su partida.

A continuación, tomó la palabra Lincoln. Comenzó, con una jovial pero marcada condescendencia, hablando a los jefes de maravillas inimaginables para ellos, de las «gentes de rostro pálido» presentes en aquella sala que habían acudido desde lejanos países, de la tierra, que era una «pelota redonda y grande rebosante de blancos». Pidió un globo terrá- queo e hizo que un profesor les mostrara el océano y los continentes, las numerosas naciones habitadas por blancos, y, al final, la amplia franja beis que representaba las Grandes Llanuras de los Estados Unidos. 

Completada la lección de geografía, Lincoln adoptó un tono más grave. «Me habéis pedido consejo Lo único que os puedo decir es que no veo modo alguno en que vuestra raza pueda llegar a ser tan numerosa y próspera como la raza blanca, excepto si vivís igual que ella, cultivando la tierra. El objetivo de este gobierno –continuó Lincoln–, es vivir en paz con vosotros y con todos nuestros hermanos pieles rojas , y si nuestros muchachos a veces se comportan mal y violan los tratados, es contra nuestra voluntad. Ya sabéis –añadió–, un padre no siempre logra que sus hijos le obedezcan». El presidente dijo que un empleado llamado el comisionado de Asuntos Indios se encargaría de su pronto regreso al oeste. Entregaron a los jefes medallas de la paz de cobre ba- ñadas en bronce y documentos firmados por Lincoln que certificaban su amistad con el gobierno, tras lo cual Oso Flaco dio las gracias al presidente y concluyó el consejo.

No obstante, la estancia de los jefes en Washington no terminó con el encuentro en la Casa Blanca. Como si su viaje al este no hubiera sido suficiente para demostrar el poder del pueblo blanco, durante diez días el comisionado de Asuntos Indios no dejó de pasear a la delegación por los edificios gubernamentales y los fuertes militares. El agente Colley aceptó la invitación de P. T. Barnum a Nueva York. Para cuando los indios subieron al tren a Denver el 30 de abril de 1863, habían estado casi un mes en las ciudades blancas.6

El compromiso de paz del presidente Lincoln cayó en saco roto en el Territorio de Colorado, donde la idea de amistad interracial del gobernador John Evans consistía en confinar a los cheyenes en una reserva pequeña y árida. A pesar de que tres años antes habían firmado un tratado en el que aceptaban vivir en una reserva, Oso Flaco y los otros jefes pacificadores no podían obligar a su pueblo a renunciar a su libertad. Los grupos de cazadores cheyenes deambulaban por el este de Colorado y las despobladas llanuras del oeste de Kansas tal como habían hecho siempre. No causaban daño a ningún blanco; de hecho, los cheyenes se consideraban en paz con sus vecinos blancos, pero, a pesar de ello, a los habitantes de Colorado su presencia les resultaba intolerable. El gobernador Evans y el comandante del distrito militar, el coronel John Chivington, el cual tenía sus propias ambiciones políticas en Colorado, utilizaron, como excusa para declarar la guerra a la tribu, unos dudosos informes que denunciaban el robo de ganado por cheyenes hambrientos. A principios de abril de 1864, Chivington ordenó a la caballería que se dispersara por el oeste de Kansas y matara a los cheyenes «donde y cuando los encontrara». 

Oso Flaco y su compañero jefe de paz Caldera Negra (Black Kettle) habían pasado el invierno y el inicio de la primavera tranquilos cerca de Fort Larned, en Kansas, donde comerciaron con pieles de bisonte. En ese momento, los mensajeros de la tribu les anunciaron el inminente peligro. Los dos jefes indios hicieron, entonces, regresar a sus grupos de cazadores y pusieron a su pueblo en marcha hacia el norte, para estar más protegidos junto a los grupos cheyenes reunidos en el río Smoky Hill. Sin embargo, el ejército los encontró antes. 

La noche del 15 de mayo de 1864, Oso Flaco y Caldera Negra acamparon a la vera de un arroyo embarrado flanqueado por álamos, cinco kilómetros al norte del Smoky Hill. Al amanecer, los cazadores se dispersaron por la llanura abierta en busca de búfalos. Al poco tiempo, regresaron azuzando a sus caballos en dirección a la tienda del voceador del campamento. Habían divisado en el horizonte cuatro columnas de soldados a caballo, y las tropas tenían cañones. Mientras el voceador despertaba al poblado, Oso Flaco se adelantó con una pequeña escolta para encontrarse con los soldados. Llevaba bien visible sobre el pecho la medalla del presidente Lincoln y, en la mano, los documentos de paz de Washington. Desde lo alto de un pequeño promontorio, Oso Flaco vio a los soldados de caballería al tiempo que ellos le vieron a él. El comandante ordenó a sus ochenta y cuatro hombres que se dispusieran en línea de combate con sus dos obuses de montaña. Detrás del jefe indio se agruparon con cautela cuatrocientos guerreros del poblado.

Oso Flaco se adelantó a caballo y un sargento se acercó a medio galope hacia él. Al jefe no le debió parecer que hubiera peligro alguno. Al fin y al cabo, él y el Gran Padre habían acordado una paz mutua. Le habían recibido dignatarios de todo el mundo en la Casa Blanca. Los oficiales del ejército y de los fuertes de alrededor de Washington habían sido amables y respetuosos. La gente de Nueva York le había rendido honores. Tenía su medalla y los papeles de la paz para demostrar que era amigo del hombre blanco. Pero las Grandes Llanuras eran un mundo aparte. Oso Flaco se encontraba a tan solo nueve metros de los soldados, cuando estos abrieron fuego. El jefe murió antes de caer al suelo. Al disiparse el humo, varios soldados rompieron filas y descargaron más balas sobre su cadáver. Tal como le había advertido Lincoln, a veces sus muchachos se portaban mal.8

En cierta ocasión, un periodista preguntó a George Crook, uno de los grandes generales del Oeste, qué le parecía su trabajo. Respondió que resultaba difícil verse obligado a luchar contra los indios, quienes, en la mayoría de las ocasiones, tenían razón. No me extraña, y es probable que a usted tampoco, que cuando los indios ven a sus mujeres y a sus hijos morirse de hambre y cómo les arrebatan sus últimas fuentes de alimento, se dispongan a luchar. Y entonces nos envían a nosotros allí a matarlos. Es una atrocidad. Todas las tribus cuentan la misma historia. Están rodeados por todas partes, el juego consiste en eliminarlos o echarlos, se les deja que mueran de hambre, y solo les queda una cosa por hacer: luchar mientras puedan. El modo en que tratamos a los indios es un escándalo.9 

El hecho de que un general hiciera una defensa pública de los indios tan sincera y contundente parece inverosímil, porque contradice el imperecedero mito de que el ejército regular era el enemigo implacable del indio. En efecto, no hay ninguna otra época de la historia de los Estados Unidos que esté tan mitificada como la era de las Guerras Indias del Oeste americano. Durante ciento veinticinco años, buena parte de la historia popular y académica, del cine y de la literatura han descrito este periodo como una lucha palmaria entre el bien y el mal, invirtiendo los papeles de los héroes y los villanos según conviniera para acomodarse a una tornadiza conciencia nacional.

En los primeros ochenta años que siguieron a la tragedia de Wounded Knee, que marcó el final de la resistencia india, el país idealizó la imagen de aquellos que luchaban contra los indios y de los colonos blancos, y denigró o menospreció a los indios que se les opusieron. La imagen del ejército era la de un conjunto de fulgentes caballeros al servicio de un gobierno iluminado dedicado a la tarea de conquistar la tierra salvaje, así como a «civilizar» el Oeste y a sus habitantes americanos nativos. 

En 1970, la historia se invirtió, y el péndulo osciló hacia el extremo opuesto. Los norteamericanos comenzaron a desarrollar una fuerte conciencia de los innumerables daños que habían causado a los indios. El libro de Dee Brown, Bury My Heart at Wounded Knee [ed. en esp.: Enterrad mi corazón en Wounded Knee], escrito con elegancia y forjado con pasión y, a continuación, ese mismo año, la película Little Big Man [en esp.: Pequeño gran hombre], conformaron una nueva saga que dio voz a los sentimientos de culpa del país. La opinión pública comenzó a ver al Gobierno y al ejército de las últimas décadas del siglo XIX como recalcitrantes exterminadores de los pueblos nativos del Oeste. (En realidad, la respuesta del Gobierno a lo que se solía denominar el «problema indio» no fue uniforme, y, a pesar de que hubo masacres y de que se incumplieron algunos tratados, el Gobierno federal nunca se planteó el exterminio. No obstante, se dio por hecho que puesto que los indios sobrevivirían, habría que erradicar la forma de vida india). 

Bury My Heart at Wounded Knee aún tiene una profunda influencia en el modo en que los norteamericanos perciben las Guerras Indias, y todavía es el modelo de obra popular sobre esa época. Resulta, al tiempo, paradójico y extraordinario que un periodo tan crucial de nuestra historia se siga definiendo, en gran medida, por una obra que no buscaba el equilibrio histórico. Dee Brown estableció como objetivo expreso de su libro la presentación de la «conquista del Oeste americano tal como la experimentaron sus víctimas», de ahí el subtítulo del libro «Una historia india del Oeste americano». El concepto de Brown de víctimas era muy limitado. Algunas tribus, en especial los shoshones, los crows, y los pawnees, se aliaron con los blancos. Bury My Heart at Wounded Knee menospreció a esas tribus como «mercenarias», sin intentar comprenderlas o explicar sus motivos. Esos indios, al igual que el ejército y el Gobierno, se convirtieron en figuras de cartón, meros accesorios de las «víctimas» del relato. 

El estudio de la historia con un enfoque tan parcial no resulta, en modo alguno, beneficioso, ya que resulta imposible juzgar con honradez la verdadera injusticia causada a los indios o el auténtico papel del ejército en esa época trágica sin tener un conocimiento completo y matizado tanto del punto de vista blanco como del de los indios. Por lo tanto, mi intención al escribir este libro ha sido ofrecer un equilibrio histórico a la crónica de las Guerras Indias. No me decido a utilizar la palabra «restaurar» al hablar de equilibrio, ya que lo que ha caracterizado a la visión de esta cuestión por parte de la sociedad desde el cierre de la frontera militar en 1891 ha sido la oscilación del péndulo. 

La gran cantidad de fuentes primarias indias que tenemos a nuestra disposición desde la publicación de Bury My Heart at Wounded Knee han resultado de inestimable ayuda para mi trabajo. Me han permitido contar la historia tanto a través de las palabras de los indios como de los participantes blancos, y, gracias a una comprensión más profunda de todas las partes implicadas en el conflicto, he podido enfrentarme mejor a los numerosos mitos, ideas erróneas y falsedades que rodean a las Guerras Indias. 

Un mito tan persistente como el de un ejército hostil a los indios por naturaleza es el de una resistencia india unida frente a la intrusión blanca. Ninguna tribu famosa por luchar contra el Gobierno estuvo nunca unida, ni en la guerra ni en la paz. Reinó una gran división por bandos, que hacía que cada tribu tuviera sus facciones de guerra y de paz que luchaban y se enfrentaban entre sí por el dominio, en ocasiones, de forma violenta. Uno de los defensores más comprometidos de la reconciliación pacífica con los blancos pagó sus ideas con su vida, ya que un contrariado miembro de la facción de guerra de la tribu lo envenenó. 

La unanimidad solo existió entre las tribus que aceptaron la invasión blanca. Algunos jefes influyentes, como Washakie, de los shoshones, vieron al gobierno como garante de la supervivencia de su pueblo frente a otras tribus enemigas más poderosas. Los shoshones, los crows, y los pawnees resultaron ser inestimables aliados del ejército en la guerra, en consonancia con el dicho que afirma que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. 

Los indios no solo fueron incapaces de unirse para hacer frente a la expansión hacia el oeste de la «civilización», sino que también continuaron luchando entre sí. No hubo un sentido de «indianidad» hasta que ya fue demasiado tarde, y entonces llegó, pero de forma muy tenue, a través de una fe milenaria que solo provocó derramamiento de sangre, horror y esperanzas rotas. 

El conflicto intertribal fue, en parte, consecuencia de un hecho que nunca se ha tenido en cuenta, pero que veremos a lo largo de este libro: las guerras entre los indios y el gobierno por las llanuras del norte, el territorio en el que tuvieron lugar las luchas más largas y sangrientas, supusieron, más que la destrucción de una forma de vida profundamente arraigada, el desplazamiento de un pueblo inmigrante por otro. Una década después del asesinato de Oso Flaco, un oficial del ejército preguntó a un jefe cheyene por qué su tribu robaba a los vecinos crows. Respondió: «Robamos las tierras de caza de los crows porque eran las mejores. Queríamos más espacio».10 

Este era un sentimiento que los habitantes de Colorado dispuestos a expulsar de aquel territorio a los cheyenes podían comprender a la perfección. 

NOTAS 

1. New York Times, 11 de abril de 1863. 2. New York Times, 8 y 11 de abril de 1863. Ver también Hoig, S., 1980, 74. 3. Washington Evening Star, 27 de marzo de 1863. 4. Washington Daily Intelligencer, 27 de marzo de 1863. 5. Vid. Basler, R., 1953, vol. 6, 151-153. Ver también Washington Daily Intelligencer, 27 de marzo de 1863; Powell, P. J., 1981, vol. 1, 244. 6. New York Times, 7, 13 y 17 de abril de 1863. 7. Vid. Berthrong, D. J., 1963, 168-186. Ver también Powell, P. J.: op. cit., 257 y 263; Hoig, S., 1961, 47-50. 8. Vid. Powell, P. J.: op. cit., 263-264. Ver también Grinnell, G. B., 1915, 145; Hoig, S., 1980, 75-76; War of the Rebellion: A Compilation…, 1880-1901, vol. 34, parte I, 931. 9. Vid. «Bannock Troubles», en Army and Navy Journal, 29 de junio de 1878, 756. 10. Citado en Powers, T., 2011, 36.



Historia India del Oeste americano, de Dee Brown


Los hechos de Wounded Knee dan título y, asimismo, ponen punto y final al libro del estadounidense Dee Brown (1908-2002), Enterrad mi corazón en Wounded Knee. Historia india del Oeste americano, que la editorial Turner acaba de reeditar en España. La obra apareció por vez primera en inglés en 1970, convirtiéndose en un best-seller en Estados Unidos y en otros países, así como en una obra de “culto” en algunos sectores. La editorial Bruguera la tradujo y editó en español en 1971 e hizo varias reimpresiones. Un par de años antes de fallecer y tres décadas después de la publicación de la primera edición, Dee Brown escribió unas palabras –más formales que otra cosa– para prologar el libro. La edición actual de Turner, en la colección Armas y Letras, recupera la antigua traducción e incorpora el nuevo prefacio.