La revista norteamericana The Saturday Evenin Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las diecinueve narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura.
El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos:
la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental.
En algunas ocasiones, sin embargo, como en «El diablo en el desierto», el autor se aparta del tema clásico, y da mayor profundidad a su historia. Pero tenemos siempre narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión.
Entre los autores seleccionados figuran Conrad Richter, Paul Horgan y MacKinlay Kantor, los tres ganadores del Premio Pulitzer, el más alto galardón literario de Norteamérica.
INTRODUCCIÓN
Un tema importante en la novelística de los últimos tiempos —al menos desde hace un siglo— ha sido, en todos los países, pero muy especialmente, claro está, en Norteamérica, la aventura del hombre blanco en el lejano Oeste. Como tema de acción, el cine lo ha popularizado extraordinariamente, al igual que ha sucedido con el tema policíaco. Y al igual que ha sucedido con este último, el episodio en el Oeste no ha sido presentado siempre — como tampoco en el cine— con la atención y el cuidado que requiere toda la producción literaria. Con la preocupación de darle nivel superior —que en la traducción se ha conservado con todo cuidado— la revista norteamericana The Saturday Evenin Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las diecinueve narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. En algunas ocasiones, sin embargo, como en «El diablo en el desierto», el autor se aparta del tema clásico, y da mayor profundidad a su historia.
Pero tenemos siempre narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión. Entre los autores seleccionados figuran Conrad Richter, Paul Horgan y MacKinlay Kantor, los tres ganadores del Premio Pulitzer, el más alto galardón literario de Norteamérica.
EL DIABLO EN EL DESIERTO
Una mañana de verano, hace casi un centenar de años, en la ciudad de Brownsville, situada cerca del punto donde el río Grande vierte sus aguas en el Golfo de México, el Padre Pierre se despertó antes del alba, muy preocupado.
«Ayer —se dijo a sí mismo amargamente—. Debí habérselo dicho ayer.» Se quedó escuchando en la oscuridad de su habitación, por cuya pequeña ventana asomaba la primera claridad del día. Sí, oyó lo que había temido oír. Ruido de pasos que se extendían por toda la casa, de una parte a otra. El Padre Pierre hubiera podido decir por dónde andaba el hombre que daba aquellos pasos, y qué estaba haciendo. Ahora se hallaba en el estudio recogiendo material impreso: un breviario, un misal, unos cuantos formularios para certificar los bautizos, las bodas y las Primeras Comuniones. Los pasos retrocedieron en dirección al refectorio, y la bolsa de viaje, de cuero, quedaría pronto llena con un queso, dos panes, una lonja de carne ahumada, una botella de vino tinto y una cantimplora de agua. Luego se oyó el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse, y los pasos resonaron en el jardín en dirección a la sacristía, donde la otra bolsa de cuero quedaría llena de ornamentos sagrados, confeccionados con fina seda de Lyon, la cajita de los Santos Óleos, el cáliz, el copón y las pequeñas bandejas para administrar la Santa Eucaristía.
La puerta de la sacristía volvió a abrirse, y el Padre Pierre supo que los pasos se encaminaban ahora hacia el establo donde los dos curas de la parroquia guardaban sus caballos. Allí sería ensillado el viejo Pancho, un caballo del color de la maleza que crecía a orillas del río, para ser llevado después al patio, donde aguardaban las dos bolsas de cuero. Para entonces habría ya suficiente claridad y el Padre Pierre tendría que bajar al patio.
Por los sonidos que podía oír y las actividades que podía imaginar, el Padre Pierre disponía de una exacta composición de lugar acerca del hombre que se disponía a marcharse. Aunque los pasos sonaban como los de un anciano, había en ellos una obstinada fortaleza. El ruido que armaba antes de que amaneciera, cuando los demás podían estar durmiendo, demostraba su desdén por las comodidades humanas; parecía estar diciendo que si un hombre podía levantarse y hacer todo aquel ruido en nombre de Dios, cualquier otro hombre debía sentirse contento de haber sido despertado por él.
El Padre Pierre sabía que el mundo estaba lleno de felicidad, aquella mañana, para su amigo y colega el Padre Louis Bellefontaine. Sabía también que el Padre Louis se esforzaba en dominar una capacidad para el enfurecimiento que podía arder en él tan rápida y tan agresivamente como en un gato. En la nueva casa parroquial, edificada de piedra y ladrillo, los dos hombres vivían juntos, en santa armonía la mayor parte del tiempo. El conseguirlo exigía en los dos un férreo dominio de sus respectivos temperamentos, ya que existía una dificultad que hacía muy enojosa la situación, y era que el Padre Pierre, mucho más joven que su compañero, era el párroco; en tanto que el Padre Louis, que había llegado de Francia una generación antes que el Padre Pierre, era el vicario y, por tanto, estaba a las órdenes de su joven compañero. Esto era motivo de chanzas entre ellos, como lo era la esmerada educación del Padre Pierre. El Padre Louis conocía solamente a su Dios, sus obligaciones y lo que había aprendido en sus rudos contactos con la Naturaleza. Sabía que era muy lógico que un caballero tan fino como el Padre Pierre fuera su superior; y su viejo rostro resplandecía de admiración cuando el Padre Pierre le contaba cómo era la vida en la madre Patria, es decir, en Francia, donde algún día, indudablemente, el joven sacerdote sería consagrado obispo. Pero el Padre Louis no envidiaba a su superior en nada, ya que estaba convencido de ser un gran dominador en su propio mundo: un dominador de las distancias, del calor, de la fatiga; de la ruda vegetación del desierto y del peligro de los implacables indios, cuya alma no estaba aún completamente formada; dominador de los temores, de las esperanzas y de las necesidades de las familias cristianas que vivían tan aisladas a lo largo del curso del río Grande. Por espacio de más de un lustro el Padre Louis había cabalgado, la mayor parte de las veces solo, y dos veces al año, río arriba.
Aquellos viajes eran para él, no sólo el cumplimiento de un deber, sino también una especie de evasión. Nunca se sentía tan cerca de Dios como cuando cabalgaba por aquella región inhóspita para llevar consuelo, noticias y los Sacramentos a alguna familia que habitaba en la más recóndita soledad. Cuanto más viejo se hacía, más imprescindibles le eran aquellas evasiones de la ciudad y de la parroquia. Cuanto más se debilitaba físicamente con el paso de los años, más fuerte era en él su espíritu misional. Cada vez que se disponía a emprender uno de aquellos viajes, cuya duración oscilaba entre dos y tres meses, el Padre Pierre descubría en el arrugado rostro del anciano un brillo juvenil. Sus ojos estaban apagados por la edad, pero su espíritu se mantenía más vivaz que nunca, mostrándole claramente lo que la gente esperaba de él y lo que él podía llevar a la gente. Si su mano temblaba hasta el punto de dificultarle el escribir los nombres en los certificados de bautismo o de matrimonio, nunca dejaba de asomar a sus labios una sonrisa burlona hacia su propia debilidad, ni dejaba de asegurar a sus feligreses que, de todos modos, la administración del Sacramento había quedado registrada en el Cielo. Si a veces su corazón se agitaba como un pájaro herido en la jaula de sus costillas, se tumbaba unos instantes y esperaba a que cesara la agitación; y siempre terminaba por sonreír sardónicamente, pensando que no había llegado aún el momento en que su corazón le jugara una mala pasada definitiva. Tenía muchas cosas que hacer, y las haría.
El Padre Pierre sabía muchas de estas cosas de un modo intuitivo, y las recordó aquella mañana, al levantarse. Se dio prisa a vestirse, ya que iba a salir al encuentro del Padre Louis y a decirle lo que hubiera debido decirle el día anterior, e incluso mucho antes. Debía darse prisa.
«¿No será —pensó el Padre Pierre— que le tengo miedo? ¿O que temo que resulte lastimada mi dignidad? ¿Qué ocurrirá si se niega a escucharme? Cuando no le ha interesado escucharme, se ha hecho el sordo, como un anciano. ¿O será, acaso, que no deseo ver reflejado el dolor en sus diminutos ojos azules? En realidad, es muy posible que lo que tengo que decirle le impresione hasta el punto de hacerle caer enfermo».
El Padre Pierre se encogió de hombros ante sus propias dudas y trató de contestarse a ellas de un modo razonable:
«Tonterías. Después de todo, tengo una carta del obispo aprobando mi decisión y autorizándome a hacer lo que crea más prudente. ¿Por qué debo detenerme a considerar los sentimiento personales de nadie, ni siquiera los míos, cuando se trata de cumplir con un deber? Si he sido un cobarde durante muchos días, a pesar de mis continuas plegarias para obtener el valor y la clarividencia suficientes para hacer lo que tengo que hacer, hoy debo mostrarme más firme que nunca».
Y, sin embargo, mientras bajaba la escalera que conducía al patio, iluminado ya por los primeros rayos del sol naciente, el Padre Pierre tenía mucha más conciencia de la que había tenido nunca hasta entonces de la diferencia de edad existente entre él mismo y el anciano que en aquel momento estaba atando las bolsas de cuero a la silla del viejo Pancho, con una rodilla alzada y apoyada contra un costado del animal para ayudarse a hacer más fuerte la atadura.
El Padre Pierre se detuvo unos instantes a contemplar el cuadro. El caballo se mostraba de lo más paciente. Llevaba un sombrero de paja que había sido cuidadosamente cepillado y por el que asomaban sus orejas. La brida era de pelo de caballo entretejido. La silla muy voluminosa, y muy gastada por el uso; el Padre Louis la utilizaba también como almohada. No llevaba ningún aditamento para una arma: el Padre Louis viajaba siempre desarmado.
El anciano sacerdote llevaba una larga chaqueta de confección casera y unos pantalones de tejido muy basto y resistente. Al igual que el caballo, llevaba un sombrero de paja. Sus botas altas eran del color de la arcilla seca. Ahora, en presencia de su joven superior, redobló sus esfuerzos para terminar los preparativos. Efectuaba movimientos innecesarios, para demostrar lo difícil que era la tarea que tenía entre manos, y los completaba con un gesto levemente jactancioso, para demostrar la facilidad con que la había llevado a cabo. Su respiración era acelerada, haciendo que su voz sonara ligeramente aflautada al hablar.
—Bueno, Pierre, ya estoy terminando con esto. Esperaba verle antes de emprender la marcha.
El Padre Pierre sonrió. Su corazón latía aceleradamente. Se dijo a sí mismo: «Ahora, ahora, debo decírselo ahora.» Pero se oyó decir en voz alta:
—¿Cree usted que alguien puede dormir con todo este ruido? El Padre Louis se limitó a encogerse de hombros, con absoluta indiferencia. Luego alzó la mirada y clavó los ojos en los de su superior. Lo que vio en ellos le hizo apresurarse.
—Bien, ya lo tengo todo dispuesto. Le mandaré recado si encuentro a alguien que baje a la ciudad.
—Sí, hágalo. Pero, antes de irse…
El Padre Louis empezó a rebuscar en sus bolsillos con repentino desaliento.
—¡Oh, Pierre! Por poco me olvido de mis lentes, los nuevos, ya sabe usted a los que me refiero: esos que mi sobrina me envió desde Vitry-leFrançois.
—Sí, creo haberlos visto. Tienen los cristales verdes y la montura de metal, ¿verdad?
—¡Exactamente! ¿Quiere hacerme un gran favor? No me obligue ahora a subir escaleras… Vaya a buscármelos, Pierre. Tienen que estar en mi habitación.
—¿Me esperará usted? —¡No faltaría más!
—En seguida bajo.
No podía ser, y, sin embargo, era. El Padre Pierre, cuando estaba a punto de cumplir con su penoso deber, había sido enviado a un encargo por su víctima. Sacudió la cabeza. ¿De qué tenía miedo? ¿Del estallido de cólera del Padre Louis? ¿De los años de callada sumisión del más anciano al más joven? ¿De los humanos achaques que pueden invadir los corazones de los hombres, incluso los de aquellos hombres consagrados a Dios? No lo sabía Sólo estaba seguro de una cosa: de que el anciano que esperaba en el patio junto al caballo ensillado, con sus manos temblorosas y sus ojos azules, era más fuerte que él. El Padre Pierre era alto, y esbelto, y su rostro poseía una gran nobleza de líneas. Su sotana estaba siempre limpia. Su rostro pálido y sus ojos oscuros inspiraban respeto. Pero en aquellos momentos se sentía incapaz de imponer su autoridad a un anciano de ropas remendadas y rostro arrugado, sin afeitar.
La habitación del Padre Louis mostraba un desorden absoluto. El Padre Pierre sonrió al verlo. Revolvió montones de papeles, apartó a un lado manzanas resecas por el tiempo y cacharros cubiertos de polvo, pero los lentes no aparecieron. El Padre Pierre volvió a bajar al patio. El Padre Louis estaba ya montado en la silla. Blandió los lentes en su mano derecha.
—Los encontré —dijo—. Siento que haya tenido usted que molestarse buscándolos. Adiós, Pierre. Deme su bendición.
A través de su voz cascada y de sus apagados ojos, hablaba un muchacho que marchaba a una agradable excursión. Al mirarle, el corazón del Padre Pierre se rindió. Comprendió que no iba a decirle lo que tenía el deber de comunicarle. Disgustado de su propia debilidad, alzó su mano y trazó la señal de la cruz, mientras el Padre Pierre inclinaba la cabeza.
Después de todos aquellos años llevaba un mapa en su cabeza. El río trazaba una larga diagonal. Un viejo camino indio corría en dirección noroeste. Cuanto más se avanzaba tierra adentro, más se separaban uno de otro. Hacia el interior, el terreno era muy distinto a como se presentaba en las cercanías de la costa. El viaje del Padre Louis terminaba a una distancia de semanas, en lugares donde el mapa no tenía nada que anotar, como no fueran datos basados en los rumores y en las leyendas. Los límites naturales de su resistencia estaban determinados por el agua. Su mapa privado tenía marcada una X al final de cada una de las etapas de su viaje: un campamento, una granja, un arroyo, un manantial, una charca de agua… suponiendo que no estuviera seca.
Durante los primeros siete días de viaje, no tenía la sensación de ausentarse de su hogar. La tierra era aún baja y arenosa, y el Padre Louis podía leer en ella que el mar llegó hasta aquellos parajes en otras épocas, lamiendo con sus olas los caminos que ahora pisaba su caballo. El aire era húmedo y unas pequeñas nubes blancas se formaban y se desvanecían continuamente en él. El Padre Louis no podía seguir el río muy de cerca, ya que el curso de agua formaba innumerables recodos y en algunas partes parecía doblarse sobre sí mismo. De modo que seguía el camino trazado por los indios, y sólo lo abandonaba para dirigirse a las granjas aisladas situadas a orillas del río.
Allí pasaba la noche, o más tiempo, según lo que encontraba. A veces la muerte visitaba a una de aquellas familias, y el Padre Louis administraba los últimos Sacramentos. A veces había niños por bautizar. Por la mañana, improvisaba un altar debajo de un árbol y allí celebraba la Santa Misa y administraba la Comunión. Oía las noticias que llegaban de Méjico a través del río Grande: se hablaba de otra guerra entre los rancheros de Coahuila y las tropas mejicanas; hacía ciento setenta días que no había llovido; unos bandidos habían cruzado el río y matado a cuatro hombres, después de robar ganado y caballos; en el Bolson de Mapimi había nacido un niño que a los tres días hablaba claramente, hablando de una inundación que estaba a punto de producirse, pero que después había perdido repentinamente el habla; y así por el estilo.
El Padre Louis, a su vez, hablaba de cómo estaban las cosas en Brownsville, y más arriba en la costa, en Corpus Christi y en Galveston, y al otro lado del mar, en Francia, donde, bajo el reinado del nuevo emperador, los negocios florecían, y el comercio con Méjico crecía de continuo, como podía apreciarse por los muchos barcos que llegaban al Golfo de Méjico procedentes de Marsella y El Havre. Tras haber sido obsequiado con algunas provisiones por la familia, el jinete se apartaba del río y volvía al camino trazado por los indios, siempre avanzando hacia el noroeste.
Días después, aunque el aire no se enfriaba durante las horas nocturnas, la calidad del calor era distinta. Ahora, el calor era seco, y las tierras bajas de la costa empezaban a dar paso a una región más árida, cubierta de arbustos espinosos. El suelo empezaba a ser rocoso. De cuando en cuando, el paisaje se alegraba con el verdor de unos olivos, pero no con aquella dulzura que el Padre Louis recordaba en el paisaje de la Francia meridional, donde los olivos ponían una nota de melancolía en el paisaje.
A medida que avanzaba, la región trataba de impedir su avance. Los pinchos de los mesquites se agarraban a sus botas y a las perneras de sus pantalones. Pancho era muy experto en evitar la mayor parte de los peligros, pero había lugares donde la maleza era tan espesa, que lo único que podían hacer, hombre y caballo, era avanzar con el mayor cuidado posible. Pero esto no era nada nuevo. El Padre Louis había luchado antes contra los pinchos y siempre había salido vencedor de la contienda.
En cuanto al agua, siempre había, o demasiada, o muy poca. Muy poca cuando, en años de sequía, los arroyos y manantiales que el Padre Louis esperaba encontrar a lo largo de su camino sólo mostraban su seco fondo rocoso. Demasiada, cuando una tormenta de terrible violencia asolaba la región, y el agua caída en cantidades terribles del cielo no conseguía penetrar en la tierra recocida, produciendo una especie de inundación hasta que el suelo se había ablandado lo suficiente como para permitir que se filtrara a través de sus grietas.
Cuando se producía una de esas tormentas, el caudal más insignificante se convertía en un impetuoso torrente capaz de arrastrar como una pluma a un hombre montado a caballo. Cuando acababa de cruzarse uno de ellos sin novedad, otro aguardaba ya con sus fauces dispuestas a engullir a su presa. No había ningún lugar donde guarecerse. Cuando cesaba la lluvia, salía el sol y lo secaba todo el mismo día, excepto los arroyos, que quedaban secos al día siguiente.
Y no había que olvidar tampoco las nubes de polvo que volaban empujadas por el cálido viento. Para defenderse de ellas, el Padre Louis se cubría el rostro con un gran pañuelo de hierbas que había sido comprado en Nueva Orleans. Y seguían avanzando, hombre y caballo, lentamente pero con seguridad, a través de aquella inhóspita e inmensa región, en la que de cuando en cuando aparecían pequeños racimos de vida humana, que para el Padre Louis eran como faros en la oscuridad.
¿Que era un viaje muy duro? De acuerdo, era un viaje muy duro. Pero también era dura la vida que el Padre Louis encontraba al término de cada una de las etapas de su viaje. En sus visitas, había visto envejecer a muchos hombres, y sus hijos seguían trayendo nuevas almas al mundo. El aislamiento, el calor y la hostilidad del mundo animal y vegetal les habían enseñado varias lecciones. Cada uno de ellos —el chiquillo, el abuelo, el marido, la esposa, el joven, el caballo, la doncella— luchaba incesantemente, desde que salía el sol hasta el anochecer, contra el polvo, los pinchos, la ignorancia y la escasez. El gran mundo no era allí más que un rumor, y un rumor totalmente desfigurado cuando llegaba. Pero detrás de los ojos de toda aquella gente morena, obediente a las condiciones naturales de sus vidas, había un mundo sin dimensiones y sin límite; el mundo del alma humana, en el cual pueden vivir promesas tan hermosas y satisfacciones tan intensas que las dificultades y las perfidias de la impersonal Naturaleza pueden ser soportadas, con tal de que de cuando en cuando llegue alguien con un poco de alimento espiritual.
Para el Padre Louis era un hecho evidente —tan duro como la roca, tan misterioso como el agua, tan sorprendente como la luz— que, sin Dios, la vida más rica del mundo era más árida que el desierto; y, con Él, la vida era, después de todo, completa, en una armonía de la que estaban compuestas todas las cosas. Ser el agente de tal transacción colocaba sobre los hombres del Padre Louis un deber, a la luz del cual todos los peligros de sus viajes se convertían, en el peor de los casos, en simples inconvenientes. En aquella región desolada, todo el mundo necesitaba y merecía lo que sólo él, bajo las circunstancias imperantes, podía proporcionarles.
El Padre Louis estaba aún aterrado por el misterio de su oficio. Y, como ser humano que era, no podía negarse a sí mismo la alegría que le inspiraba ver en los rostros de aquella gente lo que su llegada significaba para ellos. Sabían los peligros que había desafiado. Estaban orgullosos al pensar que merecían tales esfuerzos y tales riesgos. Le amaban.
Su mente no permanecía ociosa ni un instante en la soledad a través de la cual cabalgaba día tras día, a lomos del fiel Pancho. Una de sus meditaciones favoritas era la siguiente: entre Dios en el cielo, cualquier pequeño rancho hacia los cuales cabalgaba a través de los días y él mismo, existía un triángulo. Era un triángulo siempre cambiante, ya que uno de sus extremos no era fijo: el que le correspondía a él. A medida que se acercaba más y más a su objetivo del momento, la gran hipotenusa entre él y Dios se hacía más y más corta, hasta que finalmente, cuando alcanzaba su destino, no había ya más que una sola línea recta en perfecta comunión. Se sonreía de esta idea, pero al mismo tiempo le inspiraba un gran respeto; y a veces sacaba un tizón de un fuego y dibujaba una serie de cuadros de lo que pensaba, explicando su significado a las gentes a quienes visitaba, y oía con suma complacencia sus murmullos de asentimiento, y observaba cómo se consultaban unos a otros, y cómo gozaban de aquella idea con él, maravillados.
Al mediodía de una jornada de su actual viaje, divisó las paredes de un alto cañón, cuyas rocas amarillas aparecían veteadas de grandes franjas azules. En el fondo de aquel cañón se veían todas las huellas de un río, aunque nunca corría agua por él. Aquí y allá había profundas charcas alimentadas por la corriente subterránea, demasiado escasa para flotar a la superficie, excepto cuando llovía intensamente. El Padre Louis se detenía siempre en aquel lugar a tomar un baño. Normalmente, era media tarde cuando llegaba al cañón. El sol empezaba ya a descender y el lugar estaba muy sombreado. Para el Padre Louis era como un palacio, abierto al cielo. Se bañaba, dormía un poco y luego se sentaba a la sombra a leer su breviario. Sabía el momento exacto en que debía reemprender la marcha para llegar a la caída de la tarde a la casa y al pozo de Encarnadino Guerra, para pasar allí la noche.
Encarnadino era un muchacho de diez años cuando el Padre Louis lo vio por primera vez. Ahora era padre de seis muchachos, marido de una mujer silenciosa y risueña llamada Cipriana, e hijo de una viuda llamada doña Luz, la cual, en su última visita, había dicho al Padre Louis que no viviría lo suficiente para recibirle cuando volviera a la casa. Recordaba el rostro de la anciana, marcado con las huellas del tiempo, de las preocupaciones, del trabajo y de las penas, mientras le decía: «Cada noche, cuando todo está silencioso y yo me despierto —ya que duermo muy poco—, alguien me habla y me dice que esté dispuesta para emprender el último viaje, que no haga planes de ninguna otra clase».
Le miró con sus ojillos casi desprovistos de luz, y el Padre Louis supo que la anciana estaba en lo cierto. Y ahora, cuando avanzaba hacia la casa, se preguntó si, por un milagro de tenacidad semejante a la del desierto, estaría aún viva.
Pero cuando descabalgó ante el pórtico de la casa de los Guerra, la primera noticia que le dieron, después de saludarle calurosamente fue que doña Luz había fallecido durante el verano, sentada a la sombra, en su banco favorito.
A la luz del farol, los miembros de la familia miraron al Padre Louis y luego se miraron unos a otros. Quedaron impresionados por lo mucho que había cambiado desde el año anterior. Requemado por el viento y por el sol, su rostro parecía más menudo. Sus manos temblaban sin cesar. Respiraba profundamente, con la boca ligeramente abierta. De repente, se habían dado cuenta de que era un hombre viejo, muy viejo. Pero esto sería para ellos un pequeño secreto que procurarían ocultarle.
Tras los saludos de rigor, las mujeres empezaron a preparar la cena. Los niños perdieron su timidez y acabaron por trepar a las rodillas del Padre. Para ellos, el Padre olía a sequedad y a polvo, como la tierra.
Después de cenar, examinó de catecismo a los niños que al día siguiente debían hacer su Primera Comunión. Los padres y los dos hijos mayores escuchaban atentamente.
Terminado el examen, quedó un pequeño espacio para el intercambio de noticias. Las de la familia eran las mismas de todas las temporadas. Las del Padre Louis se referían casi exclusivamente a las cartas y periódicos que le habían llegado de Francia. Los Guerra sabían ya que el gran amor de su vida era, en el aspecto terreno, su país natal, en el que no había puesto el pie en los últimos treinta años, pero que seguían reflejándose en sus vivaces ojillos azules, en su sociabilidad y en el acento con que hablaba el castellano. Le escuchaban respetuosamente mientras trazaba cuadro tras cuadro de lo que tanto había amado, aunque no podían ver, ni con los ojos de su imaginación, los campos verdes, las antiguas granjas de piedra labrada, los árboles, los ríos que el Padre Louis describía; ni las antiguas ciudades, ni las gloriosas catedrales, ni su querida ciudad de París.
Pero se sentían honrados con tenerle allí, entre ellos, oyéndole hablar de todas aquellas maravillas, y preparándoles para que al día siguiente pudieran recibir, en perfecta disposición de espíritu, los Sacramentos.
Por la mañana, el Padre Louis visitó la tumba de doña Luz. Le acompañaron todos los miembros de la familia. Doña Luz estaba enterrada a poca distancia de la casa de adobes. Cuando vio la poca tierra que había desplazado el cuerpo de la anciana, el Padre Louis asintió y sonrió, ya que aquello encajaba perfectamente con el carácter humilde de la difunta, que él conocía tan bien. Guerra había traído agua en un recipiente de barro… muy poca, sólo la suficiente. El Padre Louis tomó el recipiente con ambas manos y se quedó contemplándolo unos instantes. Luego les recordó cuán preciosa era el agua sobre la tierra, ya que su presencia determinaba la presencia de la vida. A continuación la bendijo, y todos supieron lo que ello significaba en términos de su lucha diaria. Después rodeó el pequeño montón de tierra rezando por la difunta y esparciendo agua bendita, y todos supieron que en aquel momento renovaba una promesa establecida entre el cielo y la tierra hacía muchísimo tiempo.
Regresaron a la casa y el Padre Louis recibió a solas a cada uno de los miembros de la familia y oyó la confesión de sus pecados, de los cuales les absolvió. A continuación, en un altar improvisado contra la pared donde doña Luz solía sentarse por espacio de muchas horas, celebró la Santa Misa, vistiendo sus ornamentos de seda francesa.
La familia se arrodilló en el suelo, frente al altar, en línea recta. El famoso triángulo del Padre Louis se cerró también en línea recta por uno de sus lados. Dios y el género humano se habían fundido en uno. Mientras recitaba las palabras del Ofertorio: «Oh, Dios, que has ennoblecido la naturaleza humana…», el Padre Louis sintió detrás de él la presencia corporal de aquella familia aislada, y una sensación casi dolorosa de la bondad de cada una de sus almas le postró humildemente ante su altar.
Terminó la misa y volvieron a entrar en la casa, donde, en la mesa gastada por los innumerables contactos de todos los miembros de la familia, el Padre Louis llenó los certificados de Primera Comunión de los niños. Llevaba consigo un frasco de tinta indeleble y una pluma de acero alemán. Sentado tan lejos como pudo de los documentos, para ver mejor, empezó a escribir. Una expresión de disgusto asomó a sus ojos al darse cuenta de que su mano temblorosa le dificultaba la tarea. Con una exclamación de impaciencia, apoyó su mano izquierda sobre la muñeca contraria para hacer más firme su mano, pero la maniobra le sirvió de muy poco. Cuando hubo terminado, empujó los papeles hacia el cabeza de familia, diciendo:
—No creo que nadie, excepto Dios, pueda leer lo que acabo de escribir.
Y, tras un breve silencio, añadió:
—Pero, es suficiente con que Él pueda leerlo, ¿no es cierto? Tuvieron un alegre desayuno, y todo el mundo quería hablar a la vez, como si pensaran que aquella era la última oportunidad que se les ofrecía de conversar con el Padre, lo cual era cierto; todo el mundo, excepto Guerra que se disponía a hablar de algo tan pronto como se hubiera hecho el silencio. Finalmente, se presentó la ocasión.
—Padre —dijo, reclinándose hacia atrás en su silla y entrecerrando los ojos, para ocultar lo que sentía en aquel instante en lo más profundo de su corazón—, cuando se marche de aquí no irá a visitar a nadie más, ¿verdad?
—¡Oh, sí!
—¿A dónde se dirigirá usted, Padre?
—Tengo la intención de marchar directamente hacia el río. Hay allí un par de familias a las que quiero visitar, y tal vez me acerque a la ciudad de San Ignacio, para ver si los Padres de Mier llegan hasta allí en sus visitas. ¿Por qué?
Guerra inclinó la cabeza a un lado y se encogió de hombros. No deseaba decir que el anciano estaba agotado y que no debía ir tan lejos por aquella desolada región, sufriendo los efectos del implacable sol. No sería cortés decirle que parecía más viejo de lo que realmente era, aunque tenía más de setenta años. No se atrevía a decir que a todo el mundo le llega el instante, después de una vida de duro trabajo, de detenerse a descansar y de dejar que la gente más joven y más fuerte haga lo que es necesario hacer. No se atrevía a proponerle que se quedara unas semanas en su casa, descansando, y luego él mismo, que podía dejar todas las cosas en manos de sus dos hijos mayores, lo acompañaría hasta Brownsville.
El Padre Louis acercó su rostro al de su amigo y captó lo suficiente de aquellos pensamientos para ponerse hecho una furia.
—¿Qué pasa? —inquirió, golpeando con sus nudillos la frente de Guerra
—¿Qué es lo que hay ahí dentro?
Estaba sumamente irritado. ¿Qué es lo que imaginaban? ¿Que era un anciano desvalido? Su estado de salud era cuenta suya, y de nadie más.
—Ten mucho cuidado, muchacho —le dijo a Guerra, entrecerrando sus ojillos hasta que no fueron más que dos diminutos puntos azules—. ¿Eh? Algo te baila en el magín, ¿verdad? Pues bien, guárdate tus opiniones para ti. Cuando desee conocer tus opiniones, ya te lo diré. He venido aquí, ¿no es cierto? ¿Cuántas veces he venido? ¿Y por qué he venido? ¿Acaso me ha dicho alguien que viniera? ¿Me ha dicho alguien dónde tenía que ir? ¿O cuándo? ¿O por qué? Entonces, muchacho, quédate en el lugar que te corresponde, y da gracias a Dios por las bendiciones que derrama sobre ti, y sobre tus amigos, y ten en cuenta que un mal pensamiento es tan pecaminoso como una mala acción. ¿Eh? —Su cuerpo entero temblaba de pasión, a pesar de sus esfuerzos por dominarse—. Sí, tan pecaminoso. De modo que ten mucho cuidado, es todo lo que tengo que decirte. ¿Te has enterado?
La familia quedó desconcertada ante aquel estallido del Padre Louis. Permanecían sentados, con la vista clavada en el suelo, pensando que sería una falta de respeto mirar al Padre en aquel acceso de furor. Pero lo tembloroso de su voz les indicaba que no iban desencaminados en sus suposiciones acerca del estado de salud del misionero. Guerra, que era más indio que cualquier otra cosa, podía dominar perfectamente sus emociones.
No respondió a las invectivas del sacerdote. Sabía que su preocupación por la salud de aquél estaba plenamente justificada. Admiraba el vigor espiritual del anciano, su indomable tenacidad. Ahora, tras haber intentado lo que había intentado, Guerra estaba en paz consigo mismo.
El más pequeño de los muchachos, sin comprender lo que estaba ocurriendo, percibió lo enrarecido de la atmósfera y no tardó en estallar en llanto. El Padre Louis lo cogió y lo sentó en su regazo, y acercó la cara del chiquillo a la suya, cactus y melocotón juntos, y en un murmullo apenas audible tranquilizó al niño y se tranquilizó a sí mismo.
Pasados cinco minutos, el visitante estaba de nuevo sonriente y la familia había dejado de sentir temor por él.
—Bueno, tendré que marcharme —dijo el Padre Louis, dejando el chiquillo en el suelo y poniéndose en pie—. ¿Queréis ensillarme el caballo?
Guerra ordenó a uno de sus hijos que fuera a buscar a Pancho. Salieron todos. Cipriana había preparado algunas tortillas, que puso en la bolsa de cuero. Se arrodillaron, para recibir la bendición del anciano. El sol calentaba con fuerza. Se habían entretenido mucho después del desayuno. Era tarde. El Padre Louis, montado y dispuesto a emprender la marcha, bendijo tres veces a la familia y empezó a cabalgar hacia el sur. La familia seguía arrodillada. Cuando el Padre Louis se volvió a mirarles, apenas los pudo distinguir, ya que incluso a aquella pequeña distancia hacían la misma sombra que las matas de arbustos que crecían en el reseco suelo, y parecían tan arraigadas a él como las propias matas.
Tuvo una mala mañana. El sol le pareció más cálido que antes. Los pinchos de la maleza se clavaban en sus piernas y el propio Pancho, tan acostumbrado a la región, se encabritaba de cuando en cuando.
—¡Quieto, animal! —gritaba cuando esto ocurría—. ¿Te has vuelto loco?
Pero se dirigía a sí mismo tanto como al caballo. Durante las primeras horas de viaje de aquel día, recordó muchas veces el espectáculo que había dado en casa de los Guerra, al dejarse llevar por su temperamento. Trató de razonar con la lógica que sólo es posible en un francés, que su actitud al reprochar a Guerra lo que pensaba acerca de él había sido no sólo natural, sino realmente necesaria. Pero, ¿y los golpes con los nudillos en la frente de su amigo? ¿Habían sido también necesarios? Desde luego, tenía que hacerle comprender a su amigo… ¿Comprender qué?
No se había portado bien. Como siempre le sucedía, al final perdió la discusión que había entablado consigo mismo. La verdad, pura y simple, era que había ofendido a Dios y a su amigo con su pecado de orgullo, y que lo único que podía hacer, que debía hacer, era arrodillarse y rogar que le fuese perdonado.
Él mismo se impuso la penitencia por su pecado, resolviendo que no comería ni bebería hasta la noche.
A media tarde, la maleza se hizo más espesa. Muy espaciados aparecían pequeños claros entre las matas de mesquites, las cuales sobrepasaban en altura al Padre Louis montado sobre Pancho. A pesar de sus gafas de cristales verdes, el reflejo del sol hería sus ojos. Miró hacia delante, pero no consiguió descubrir ni rastro del otro cañón que había de llevarle, después de varios días de viaje, al río Grande. Mantuvo el sol a su derecha, ya que estaba declinando hacia el oeste y él se dirigía al sur.
Pero, ¿qué era aquello? Le pareció oír un viento cantarín, pero cuando se volvió para ver levantarse la nube de polvo que acompañaba a cada racha de aire no percibió ningún signo de viento. Volvió la cabeza. Sí, oía algo, ora hacia delante, ora junto a su oído. Se detuvo para examinar los alrededores, pero no vio nada que le pareciera anormal.
Al reemprender la marcha, el sonido se hizo más intenso. Era como la voz del calor del desierto. El Padre Louis sacudió la cabeza, molesto por no acertar a descubrir el misterio. Y repentinamente comprendió, y se llamó estúpido a sí mismo por no haberlo sabido comprender antes.
Lo que producía el sonido eran las cigarras que cantaban al calor entre los mesquites. Había millares, millones de ellas. Seguían ciegamente el impulso de sus naturalezas, respondiendo colectivamente a la llamada del sol y del desierto. La atmósfera parecía estar en llamas, y el sonido de los incansables insectos contribuía a aumentar esa sensación.
El Padre Louis había tocado el desierto con bastante frecuencia. Lo había olido. Lo había gustado cuando el viento levantaba nubes de polvo. Lo había visto desde todos los ángulos posibles. Pero, hasta entonces, no podía decir que lo hubiera oído.
De repente, se sintió agotado. Se detuvo en un pequeño claro y desmontó, trabando a Pancho a la rama de un mesquite. Una nube de cigarras salió volando en busca de otro arbusto. El zumbido de los insectos era ensordecedor. El Padre Louis no podía oír siquiera el patear de los cascos de Pancho golpeando el suelo para espantarse las moscas. Batió palmas, pero quedaron ahogadas por el estridente zumbido del aire. Se sintió transportado fuera de sí mismo. Todos los elementos del desierto se habían combinado para convertirle en un ente impersonal. Aquí, humillado no sólo desde dentro sino también desde fuera, pudo encontrar su contrición real. Cayó de rodillas y empezó a orar. Siempre rezaba en francés, el idioma a través del cual se había entendido con Dios por vez primera.
No solía rezar durante mucho rato, ya que sabía que la plegaria era más importante desde el punto de vista de su intensidad que de su extensión. Más calmado, se puso trabajosamente en pie y buscó una sombra para tenderse a descansar. Cerró los ojos. Era delicioso poder reposar unos instantes y recobrar fuerzas para el camino.
A través de las embrolladas armas del mesquite bajo el cual estaba tendido, caían sobre él pequeñas monedas de luz. Estaba tan inmóvil y tan sólido como una roca. Y si él utilizaba a la Naturaleza, la Naturaleza le utilizaba a él sin que se diera cuenta, ya que estaba dormido.
No vio, ni olió, ni oyó lo que se acercaba a él reptando por el suelo, en busca de sombra y de frescor. La serpiente de cascabel, de cabeza triangular, se acercó al durmiente con infinito cuidado, como si temiera despertarle, y se tendió a la sombra que proyectaba su hombro derecho.
Durante un rato, los durmientes permanecieron completamente inmóviles. Luego, el Padre Louis se despertó, bostezó y se incorporó, quedando sentado en el suelo, preguntándose dónde estaba y cómo había llegado allí.
La serpiente, al percibir la primera señal de movimiento a su lado se había erguido sobre su cola. Pero el sonido no pudo ser percibido entre el estridente zumbar de las cigarras.
«¡Ah, sí!», murmuró el Padre Louis.
Acababa de descubrir dónde estaba, y por qué, y hacia dónde se dirigía. Puso una mano en su nuca y se dejó caer pesadamente hacia atrás, para descansar unos minutos más. La serpiente le mordió en el hombro, y volvió a morderle.
La primera impresión del Padre Louis fue que le había golpeado la rama de un mesquite. Al volverse, vio la clase de rama que le había golpeado. La serpiente continuaba erguida, y el Padre Louis pudo ver sus brillantes ojillos. Su corazón empezó a latir aceleradamente, al tiempo que una oleada de furor invadía su ser. Deseó matar a la serpiente y se incorporó sobre una rodilla en busca de algo con que atacar al animal: una piedra, una rama, cualquier cosa… Pero no encontró nada. Se dejó caer de nuevo de espaldas y, dominando sus rabiosos impulsos, cruzó las manos sobre su pecho, con los pulgares juntos, en actitud de orar.
«No, no debo enfurecerme», se dijo a sí mismo con los ojos cerrados. Acababa de superar una de sus crisis de orgullo y de amor propio, y no debía dejarse dominar por otra. Abrió los ojos y vio que la serpiente continuaba erguida a la sombra del mesquite más próximo.
—Vete —le dijo.
Lo que esto significaba se le hizo más y más claro en la hora de calma y de lucha que siguió. La serpiente, como si le hubiese entendido, empezó a retroceder lentamente hasta que se perdió de vista entre los altos arbustos donde las incansables cigarras seguían cantando y cantando.
—Sí, vete —repitió amargamente el Padre Louis.
Se avergonzó al descubrir que estaba sollozando. Lo que de humano había en él sollozaba al comprender que se acercaba la muerte. El Padre Louis cayó de bruces al suelo y se colocó las polvorientas manos sobre el rostro. Su boca estaba abierta y por ella penetraba el áspero sabor de la tierra. Sus lágrimas se deslizaban por entre sus dedos. Su corazón latía desordenadamente contra el suelo. Era como si la tierra estuviese temblando. El Padre Louis comprendió que estaba muy asustado. «¿Asustado? ¿De qué? —pensó—.
¿Asustado de la muerte? He pasado con ella toda mi vida y he luchado por evitar sus terrores a los que sabían que iban a morir. ¿No es la muerte la única victoria de la vida? ¿Por qué, pues, debo temerla?».
Permaneció inmóvil unos instantes, sin pensar en nada. Si conservaba todas sus energías, su vitalidad conseguiría derrotar a la asesina del desierto. Se obligó a sí mismo a relajarse, pensando que al cabo de unos instantes su corazón se habría tranquilizado y él podría levantarse, montar en su caballo y marchar lentamente hacia el cañón, donde le esperaba una conocida charca de agua fresca. Una noche de reposo y de oración, y al día siguiente podría llegar a casa de unos amigos que le atenderían, le darían de comer y le dejarían en condiciones de seguir realizando su tarea en este mundo, adquiriendo méritos para el otro.
Pero el veneno actuaba rápidamente, y no tardó en percibir el cambio que se operaba en su cuerpo y en su mente. Su vista se nubló y su cabeza cayó hasta que la mejilla chocó contra el suelo. El Padre Louis trató de decir:
«Acógeme en tu seno, Señor». Pero las palabras no salieron de sus labios.
Atado a la rama del mesquite, Pancho seguía aguardando pacientemente. De pronto, el Padre Louis creyó despertar. Su mente funcionaba con la mayor lucidez, con una lucidez que no había conocido hasta entonces. Vio todos sus pensamientos como a través de un purísimo cristal. Sabía que estaba a la sombra de un mesquite, y lo que le había ocurrido, y sabía todo esto con una pureza de sensaciones que sólo había experimentado después de recibir o de administrar los Sacramentos. Era algo más que un simple bienestar físico. Era una sensación de liberación de su propia arcilla y del exasperante peso de lo terreno. Era un estado que no podía definirse, que no necesitaba ser definido. Estaba allí, dentro, y estaba allí, fuera. Era una comunión perfecta con el todo. Y cuando llegaba a conocerse el todo, nada resultaba sorprendente.
El Padre Louis no se sorprendió, por tanto, cuando vio que a su lado, a la luz del sol, estaba la serpiente, mirándole con sus penetrantes ojillos. El Padre Louis habló a la serpiente. —No te guardo ningún rencor. Me basta con haberte reconocido. La serpiente contestó:
—Esa es mi condenación.
—Sí —dijo el Padre Louis—.
Cuando el diablo es reconocido, todos los demás poderes se unen para derrotarle.
—Y, sin embargo, nunca le derrotan. ¿Cómo te explicas esto?
—¡Ah! Tú y yo no vemos las cosas desde el mismo ángulo. Tú crees que la derrota sería la posible muerte del diablo, después de la cual sólo el bien sobreviviría. —Desde luego.
—Ese es tu pecado de vanidad. La verdad es que el diablo debe morir una y otra vez, con cada acto de Vida. Puede decirse, incluso, que ese acto repetido es esencial para la supervivencia de la misma Vida. Si todos los actos de muerte terminaran de una vez para siempre, al alma no le quedaría nada sobre lo cual triunfar. La serpiente sacudió despectivamente su cabeza triangular y dijo:
—¿No crees posible que yo pueda triunfar repetidamente sobre todos los actos de bien —es decir, de Vida—, hasta quedar como única potencia?
—No puedo admitir la posibilidad de tu triunfo repetido sobre todos los actos de Vida. Desde el punto de vista histórico tu premisa es insostenible.
—Y, sin embargo, yo he desempeñado un papel muy importante en la vida humana. Y sigo desempeñándolo en todas y cada una de las vidas humanas.
—No lo niego. No estamos discutiendo ahora el hecho de que tus poderes tengan una existencia más o menos real; sólo discutimos sus límites. La serpiente sonrió. —¿De veras crees que mis poderes tienen un límite? —preguntó, en tono irónico. —¿A qué te refieres? —preguntó el Padre Louis, que no había comprendido la ironía.
—Si mis poderes tienen un límite —dijo la serpiente—, ¿cómo he podido matarte? ¿Crees que existe algún poder superior a éste? El Padre Louis se pasó la mano por el rostro para disimular su regocijo.
—Tú sabes —dijo— que la muerte de la materia carece de toda importancia, excepto para otra materia. El materialismo sólo ve el final de sus poderes en la destrucción. Yo, y mis hermanos, y mis hijos, sabemos que detrás de la materia está el espíritu, y que es en el espíritu donde se encuentran todas las respuestas, donde la verdad se convierte en un lugar común, donde esfuerzos como los tuyos, tan incansables, tan ingeniosos, tan llenos de apasionada vanidad, se ven en sus verdaderas dimensiones, tal como realmente son.
La serpiente frunció el ceño y quedó silenciosa unos instantes. Luego, disimulando su irritación tras un barniz de cortesía, no desprovista de cierto encanto, como el Padre Louis fue el primero en reconocer, dijo:
—Todos y cada uno deben hacer lo que su naturaleza les impulsa a realizar.
—Permíteme que te diga —respondió el Padre Louis en tono grave— que detrás de la formación de la naturaleza a que aludes hay muchas cosas que no tienes en cuenta.
—¿De veras? Después de todo, yo soy una serpiente, procedo de las serpientes, hago lo que debe hacer una serpiente. ¿Cómo podría comportarme de un modo que no correspondiera a la conducta que debe seguir una serpiente?
—La forma exterior no tiene nada que ver en el asunto. Carece de importancia. A fin de cuentas, tú puedes adoptar la forma que escojas, ¿no es cierto?
La serpiente tardó unos segundos en responder. A su rostro asomó una expresión admirativa, como si le maravillara la astucia que demostraba el Padre Louis.
—Confieso, aunque seamos enemigos —terminó por decir— que te admiro y me resultas simpático.
—Gracias —dijo el Padre Louis—. Desde un punto de vista puramente abstracto, también tú posees grandes y hermosas cualidades —añadió.
—¿De veras crees eso? —Sí, desde luego —asintió el Padre Louis—. Pero debo añadir que esas cualidades, a fin de cuentas, me parecen menos importantes de lo que tú las consideras.
—Me doy cuenta de que no eres, precisamente, un hombre demasiado cortés.
—No trato de mostrarme rudo, ni mucho menos —dijo amablemente el Padre Louis—. Y lo que importa, en realidad, no es el modo de decir o de hacer las cosas, sino las cosas que se hacen o se dicen. Por ejemplo, creo que tú puedes hacer cosas mucho mejor que yo. Pero cuando se trate de averiguar la clase de cosas, estimo que mi superioridad sobre ti es evidente. La serpiente acogió las palabras del Padre Louis con evidente disgusto.
El Padre Louis continuó:
—Yo no puedo, por ejemplo, adoptar la forma que desee, como puedes hacerlo tú. Conservo siempre el mismo aspecto, el de un hombre, el de un anciano; un anciano sucio cuando el agua escasea, un anciano lleno de orgullo, de pecado y de vanidades; pero mi aspecto no engaña a nadie pues siempre soy lo que realmente parezco, y con todos mis errores de forma, el jardín que yo cultivo no cesa de dar flores.
—¿Y yo? —Tú eres a veces una serpiente, y a veces un látigo, y a veces un sueño, un hervor en la sangre, un rostro bonito, una ambición, un proyecto para ganar dinero, una tarea para un ejército. A veces puedes ser incluso un hombre y desarmar a cualquiera que no pueda ver tu corazón. Pero siempre acabas por ser descubierta. La bondad puede pasar inadvertida en algunas ocasiones. Pero el diablo siempre termina por ser reconocido.
—Sí, creo que la mayoría de la gente me conoce más a mí que a las otras cosas. —No debes enorgullecerte de ello —dijo el Padre Louis— ya que cuando eres reconocida estás a punto de sufrir una de tus incontables derrotas.
El Padre Louis se dio cuenta de que la serpiente acabaría por enfurecerse, a menos que cambiaran de tema. La serpiente cambió de tema.
—Me pregunto —murmuró— cómo es que no te he conocido hasta ahora. El Padre Louis se encogió de hombros.
—Más pronto o más tarde —respondió—, teníamos que conocernos.
—¿Acaso me esperabas?
—Te he estado esperando toda mi vida; aunque no exactamente del modo que has llegado. Me has sorprendido mientras dormía, como un mal sueño.
—No quería más que descansar un poco. Tenía mucho calor. No podía soportarlo. El Padre Louis sonrió con deleite.
—¿Te das cuenta? Por comodidad, incluso tú has tenido que acercarte al bien.
—¿Por qué me dejaste marchar?
—No tenía ninguna arma.
—Podías haberme aplastado.
—No creo en el asesinato.
—Pero, yo soy enemiga tuya.
—Sí, lo eres. Pero creo que existen otros medios, que no son la venganza, para triunfar de ti.
—Di, mejor, que no te dejé tiempo para defenderte. Si te hubiera dejado tiempo, me hubieras matado antes de que te atacara. ¿No es cierto?
—Tal vez. Pero tú hablas como si yo pudiera haber dispuesto del tiempo a mi voluntad. Y no es así. ¿Cómo puedo yo saber el tiempo que me pertenece?
La serpiente pareció desconcertada por esa afirmación. Sacudió repetidamente la cabeza y acabó por preguntar, como contra su voluntad.
—¿Quién puede decidir, si no eres tú mismo, el tiempo que te pertenece? ¿A quién te refieres? La serpiente se removía, inquieta. Parecía presa de la angustia, como si obedeciera a un deseo que había de lastimarle, pero al que no podía resistir.
—No creo que desees oírlo —dijo el Padre Louis compadecido del evidente malestar del animal.
—¡Oh, sí! ¡Lo deseo! ¡Dímelo!
—sollozó la serpiente, sufriendo por anticipado con la respuesta que esperaba oír. El Padre Louis se inclinó sobre la serpiente, sintiendo una intensa piedad.
—Puesto que lo deseas, voy a responderte; yo, y todos los seres vivientes, recibimos nuestra parte de tiempo de Dios, nuestro Padre Celestial. Al oír estas palabras, la serpiente, con la velocidad del rayo, golpeó una y otra vez la tierra con su cabeza, levantando una nube de polvo, que ascendió en partículas doradas por un rayo de sol. Calmado aquel acceso, y casi exhausta, la serpiente preguntó en tono rencoroso:
—Entonces, ¿no crees que ha sido mi voluntad la que ha determinado que mueras?
—No.
—¿Crees que he sido sólo un medio?
—Sólo, un medio —respondió el Padre Louis.
—¿Crees que la hora de tu muerte había sido fijada de antemano?
El Padre Louis alzó la mirada al cielo. Su arrugado rostro estaba radiante.
—La hora de mi muerte había sido fijada por nuestro Padre Celestial. La serpiente cerró los ojos y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Y la hora de mi muerte? —murmuró.
—Morirás, en tu forma corporal, cuando lo disponga la Voluntad Divina.
—Yo no quiero morir.
—Pero vivirás en tu calidad de diablo por Su Voluntad.
—¿Estás seguro?
—Sí. Pero reinarás únicamente sobre la tierra, adoptes la forma que adoptes.
La serpiente palideció.
—¡Oh, no!
—Sí —dijo el Padre Louis—.
Sólo en la tierra, porque el diablo no puede vivir en el Cielo y en el Infierno cumple una misión y un castigo. La serpiente permaneció con la boca abierta, asomando por ella su lengua como una pequeña lengua de fuego, temblando de desesperación, los ojos abiertos sin ver. Estaba vencida, destrozada, convertida en una insignificancia.
El Padre Louis sacudió la cabeza y deseó no haber pasado el mal rato que acababa de pasar. Luego se dio cuenta de que su cabeza latía como si en su interior resonaran mil martillos. ¿Cómo era posible que se sintiera tan enfermo, después de haberse sentido tan extraordinariamente bien?
—Y, ahora, te ruego que me disculpes —dijo a la serpiente—, pero tengo muchas cosas que hacer. Además, no me encuentro bien. Te agradeceré que me dejes solo. Miró para ver si la serpiente se alejaba, pero el animal ya había desaparecido. El Padre Louis miró a su alrededor.
El aire estaba completamente silencioso. Esto era debido a que en su cabeza resonaba un martilleo que le impedía oír el ininterrumpido zumbar de las miríadas de insectos. Vio a Pancho atado al mesquite.
—No, no debes quedarte conmigo —dijo el Padre Louis, tratando de ponerse en pie. Le resultó imposible, ya que sus piernas estaban paralizadas, de modo que tuvo que arrastrarse hasta llegar junto al caballo. Se agarró al estribo y consiguió ponerse en pie, apoyándose en el viejo Pancho.
—No tienes por qué morir aquí, atado a, un mesquite —le dijo al caballo —. Deja que coja mis cosas y podrás marcharte.
Con un poderoso esfuerzo de su voluntad consiguió librar al caballo de la silla. La dejó caer al suelo. A continuación le libró de la brida.
—¡Vete! ¡Vete! —gritó el Padre Louis, palmeando a Pancho en el lomo para que emprendiera el trote, como había hecho tan a menudo en Brownsville, después de desensillar al animal, para que se dirigiera hacia el establo.
Pero el viejo Pancho no se movió.
—Bueno, bueno; ya te marcharás cuando quieras, amigo —dijo el Padre Louis. Arrastrándose sobre manos y rodillas, regresó a la sombra del mesquite.
El sol había iniciado su caída sobre la línea del horizonte.
«Magnificat anima mea Dominum», murmuró el Padre Louis en latín, mientras mil espadas de dolor atravesaban su carne. Pero ni siquiera aquel terrible sufrimiento le impidió saborear el dulce privilegio de conocer en su hora final lo que los santos habían gustado desde el principio del mundo.
La plegaria murió en sus labios.
Ante el Padre Louis acababa de abrirse una puerta. Y el Padre Louis la cruzó.
Al día siguiente, Pancho se decidió a emprender el camino de regreso a la casa de Encarnadino Guerra. La familia se dio cuenta de que el animal no llevaba silla ni brida. Guerra y sus hijos mayores recorrieron el desierto durante varios días, pero no encontraron nada. A finales de aquel año, cuando los supervivientes de una expedición del Ejército de los Estados Unidos pasaron por su casa, de camino hacia Brownsville, Guerra les informó de lo sucedido, rogándoles que comunicaran la noticia a las autoridades competentes, entregando, al mismo tiempo, al viejo Pancho a la parroquia.
Ocho años más tarde, Guerra se dirigía a San Ignacio para conocer a su nieto, que acababa de nacer. Su hijo mayor vivía ahora en aquella población. Al detenerse a descansar en un pequeño claro, descubrió por casualidad lo que había buscado durante tanto tiempo. Lo que quedaba no era mucho, ya que el desierto y los coyotes son muy voraces. Reverentemente, Guerra recogió los huesos que el viento no había esparcido y las escasas pertenencias del Padre Louis que el tiempo y los animales salvajes habían respetado: el cáliz, el copón, un rosario confeccionado con diminutas conchas marinas, tres dólares norteamericanos de plata, las gafas de cristales verdes y la brida de pelo de caballo.
En cuanto tuvo ocasión, efectuó un viaje a Brownsville, llevando consigo las reliquias de su querido amigo. Fue a visitar al Padre Pierre Arnoud.
—¡Cuántos recuerdos nos traen estas cosas! —dijo el Padre Pierre, después de oír el final de la historia que había empezado ocho años antes. Miró a Guerra y vio que era un hombre que había perdido a un amigo muy amado y que podía comprender cualquier cosa que se le dijera en nombre del Padre Louis. Añadió—:
Voy a marchar pronto a Francia. ¿Sabe usted dónde está Francia?
—Sí. El Padre Louis nos hablaba siempre de ella. El Padre Pierre regresaba a Francia para ser consagrado obispo de una de sus diócesis.
—Voy allí a hacerme cargo de un nuevo puesto —dijo—. Estas cosas, este sacrificio —añadió, señalando los objetos que Guerra había traído—, me ayudarán a desempeñarlo mejor. Guerra asintió.
—Le enterraremos aquí, en el patio de la iglesia —continuó diciendo el Padre Pierre—, y usted debe estar presente. Como era su amigo, y le ha servido tan bien, quisiera pedirle permiso para quedarme con esto. Y le mostró el rosario de conchas marinas.
—Sí —dijo Guerra, aceptando con la mayor sencillez el poder de disponer de los bienes del Padre Louis.
—Me estoy preguntando de qué moriría —murmuró el Padre Pierre—.
¿Indios? ¿Un ataque al corazón?
—No fueron los indios.
—¿Por qué no? —No hubieran dejado marchar al caballo.
—Es cierto. ¿Cuál sería la causa de la muerte?
Guerra conocía muy bien el desierto y los peligros que acechaban en él.
—Creo que lo sé —afirmó.
—¿De veras?
—No murió de repente.
—¿No?
—No.
Dispuso de tiempo para dejar en libertad a su caballo.
—Es verdad. —Si hubiera creído que podía salvarse, hubiera marchado con el caballo.
—Indudablemente.
—Pero no lo hizo. Se quedó allí. Eso significa que sabía que no podía salvarse.
—Eso parece.
—El lugar donde le encontré, era justamente el lugar más a propósito para que sucediera.
—¿Para que sucediera qué? Guerra alzó la mano y trazó en el aire una línea sinuosa, de inconfundible significado.
—¡No! —exclamó el Padre Pierre—. ¿Una serpiente? Guerra asintió.
—Eso es lo que yo creo —dijo.
El Padre Pierre se estremeció ante aquella terrible sugerencia, y de repente acudió a su memoria el recuerdo de una antigua debilidad.
—Quiero contarle a usted algo —dijo—. Nuestro querido amigo era un anciano, agotado y enfermo, cuando emprendió aquel último viaje. Muchos días antes de que se marchara, tenía que decirle que no debía ir. Intenté hacerlo una y otra vez, pero no pude. Ni siquiera la mañana en que se marchó pude darle la orden de quedarse.
—El Padre Pierre juntó las manos, emocionado con el recuerdo—. ¿Qué hubiera evitado con ello? ¿Que muriera en el desempeño de su labor? Creo que así es como deseamos morir todos cuando nos llegue la hora. Miró ávidamente a Guerra, pero si creyó que encontraría en aquel hombre el abstracto perdón de la vida, se equivocó. Guerra se limitó a apartar la mirada de él, con el criterio impersonal del mundo.
—No, no pude dar la orden —continuó el Padre Pierre—. Y estoy convencido de que el Padre Louis sabía que yo tenía que dársela. Pero no me dejó hacerlo. En el último momento, me envió incluso a su habitación a buscar sus gafas verdes. No las encontré. Cuando volví a bajar, las tenía en la mano. Había sido una excusa para que yo no pudiera hablar.
Guerra se echó a reír en voz alta: aquello había sido muy propio del viejo astuto que fue el Padre Louis. Luego se inclinó a coger un par de gafas de cristales verdes, con la montura de metal, y se las entregó al Padre Pierre.
—Guárdelas usted, Padre —dijo.
—Gracias —respondió sencillamente el nuevo obispo.
VER+:


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