EL Rincón de Yanka: LIBRO "REYES Y VASALLOS" por CAPITÁN GENERAL DE LOS TERCIOS ⛨⚔🕀

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domingo, 14 de junio de 2026

LIBRO "REYES Y VASALLOS" por CAPITÁN GENERAL DE LOS TERCIOS ⛨⚔🕀


REYES Y VASALLOS
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Prólogo 

Esta novela que tiene usted entre las manos es una historia de héroes y villanos, y de aventuras como esas que devorábamos de niños, solo que sin los exotismos latitudinales a que nos acostumbraron los Salgaris y los Vernes, porque el viaje de nuestro autor no es geográfico, sino histórico. 

Y por eso, porque es una excursión histórica, hay algo que advertir: el discurso dominante, que afirma el relativismo cultural en la geografía lo niega, en cambio, en el tiempo. Se llena las fauces de pomposas censuras a su propio pasado en nombre de unas creencias que, con afectados aspavientos, rechaza aplicar a otras culturas a las que se siente indigno de juzgar. Y desde su autoarrogado olimpo moral emite fetuas a discreción, seguro de que su veredicto moral es —curiosa afirmación relativista— infalible. 

Se trata, en realidad, de una mal disimulada patología en nada disminuida por su éxito. Patología también por pueril: si Walter Lippman definió en su día al marxismo como «la historia contada por un niño», la versión progre lleva décadas empeñada en demostrarnos que ese niño es, además, tonto y caprichoso. 

La historia es un ejercicio de empatía. Lo primero que exige es capacidad de entender que los hombres de otro tiempo, incluso si se comparten valores esenciales con ellos, tenían distintos intereses, diversas esperanzas, diferentes temores. Que cualquier tiempo pasado no necesariamente fue mejor, y que hay mucho de melancolía inducida en creerlo así. Quienes desfilan por estas páginas vivieron en una sociedad en extremo violenta, enfermaron sin remedio a edades mucho más tempranas que las nuestras, perdieron los dientes antes de los cuarenta y estuvieron frecuentemente malnutridos y encadenados a un trabajo extenuante. El frío en invierno resultaba insoportable —sí, más o menos como ahora, pero sin calefacción— y el calor del verano era en verdad opresivo, también más o menos como ahora. Tenían sus canciones, claro, y sus poesías, contaban los días por los santos de la fecha y cultivaban un sentido comunitario, pero apenas sabían leer y escribir, aunque no es que les importase demasiado. El horizonte de sus vidas no se extendía mucho más allá de la comarca y, quien más y quien menos, perdió un par de hijos y quizá alguna esposa en el parto o algún marido en las aceifas. 

¡Las aceifas! Los castellanos y leoneses vivieron aterrorizados por las expediciones procedentes del mediodía. Un verano tras otro, en las planicies semidesiertas del Duero, aquellos hombres orgullosos de su libertad aguardaron la cita periódica con los guerreros de la media luna, a la espera de la devastación de sus campos y hogares. Eso fue su vida en las lindes de los reinos cristianos: una eterna incógnita presidida por la certeza de lo fatal. 

Esta novela es, entre otras cosas, la historia de la vida y de la muerte en la frontera, historia por la que desfilan desde el moro Muza y don Rodrigo hasta Abderramán y Sancho Ramírez, pasando por el Cid y Alfonso VI. Y un tal García de Zamora, al que una de aquellas expediciones caniculares arrojó al vértigo de la guerra; y hasta ahí les cuento, que no se lo voy a destripar. En la frontera, como queda dicho, porque eso fue nuestra península durante los largos siglos en que nos afanamos por expulsar a los invasores muslimes que, desde su misma irrupción, percibimos como extraños. Solo el tiempo nos reveló que eran algo más que eso, y que traían como novedad lo que no era sino el reverso tenebroso de las viejas herejías (mal digeridas, encima) que un día excretamos de nuestra infancia cristiana. 

Tampoco es casualidad que sea nuestro autor quien nos acerque precisamente estas historias. Toda novela tiene algo —mucho— de autobiográfico, y él vive en su particular desierto del Duero en compañía de esa creciente legión de camaradas que a estas horas anda velando armas junto al Capitán General de los Tercios.

El autor, como la propia España, parece haberse hecho frontera, y en este caso el término no es una socorrida figura retórica. España, cuando dejó de serlo, volvió a buscarla navegando en cien mares y atracando en cien riberas. Replegada sobre sí, ha recobrado esa condición limítrofe que parece constituir su destino histórico y, otra vez, en su propio hogar. Y contra idénticos invasores; invasores que, para qué os lo voy a recordar, han hallado en nuestros días sus don Opas y sus hijos de Witiza, que además lo son de mala madre. 

Este Capitán General de los Tercios, fogueado en mil batallas, esgrime también en estas páginas su ropera, que no esperen desenvaine sin razón ni envaine sin honor. De él también cabe decir lo que se atribuye a uno de los protagonistas de esta vibrante narración: Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor. 

De momento, aquí tienen un buen libro —que no es poco— trazado por un guerrero del único señor terrenal que merece lealtad: España. 

Se lo van a pasar bien. Así que olviden sus prejuicios y prepárense para la inmersión.
Fernando Paz

Antecedentes históricos 

La sociedad española de los siglos viii al xiii se había organizado para la guerra. Nunca hubo un armisticio general y duradero entre moros y cristianos en lo que era la línea de la frontera, sino solo paces o acuerdos, siempre frágiles. 

Durante casi trescientos años la antigua Hispania romana estuvo dominada por los visigodos, una de las belicosas hordas germánicas que arrasaron el Imperio romano, quienes se instalaron en la península y cuyas numerosas luchas internas por el poder marcaron toda su historia. Fue tras la muerte del rey Witiza (710 d. C.) cuando estalló la última guerra por la sucesión al trono. El difunto rey había asociado a su hijo Aquila al trono, pero los nobles visigodos se sublevaron contra este y eligieron rey a don Rodrigo, duque de la provincia Bética, quien intentó someter a su rival. Los partidarios de Aquila solicitaron la ayuda de los musulmanes, lo que propició la llegada a la península de contingentes militares venidos del norte de África. 

En el año de Nuestro Señor de 711, el valí de Ifriqiya, Musa ibn Nusayr, envió a su lugarteniente Tarik ibn Ziyad para ayudar a la facción de Aquila. A finales de abril, Tarik cruzó el estrecho de Gibraltar acompañado por unos siete mil bereberes y un escogido grupo de árabes. Rodrigo, que se hallaba en Pamplona combatiendo una sublevación de vascones, se dirigió a su encuentro. El caudillo visigodo se enfrentó a las tropas musulmanas en la batalla de los montes Transductinos, en la bahía de Algeciras, cerca de la laguna de la Janda, y allí encontró la muerte. La victoria se decantó del lado de los musulmanes, quienes se prepararon para proseguir con su expansión. Esta fue la única oposición militar de importancia que tuvieron que superar los invasores, hecho que pone en evidencia el estado de descomposición política del reino visigodo de Toledo, que había dejado de existir como unidad política y económica antes de la muerte de Witiza, cuando la aristocracia militar visigoda había promovido un proceso de disgregación territorial que conducía directamente a la feudalización. 

Tras la batalla, una masa de población descontenta se fue uniendo a los musulmanes, a quienes consideraron libertadores. Se deshicieron rápidamente de Aquila e iniciaron la conquista de la península provincia a provincia, acabando con cualquier oposición militar o bien pactando la rendición, la práctica más habitual, pues, en la mayoría de los casos, los nobles visigodos y las poblaciones aceptaron el gobierno de la Umma. Tarik ocupó la capital del reino, Toledo, y prosiguió la campaña por su cuenta hacia el norte de España, llegando hasta León y Astorga. Al conocer la situación, Musa ibn Nusayr desembarcó personalmente en Algeciras al mando de un ejército de dieciocho mil árabes y emprendió la conquista de varias plazas de Andalucía; después se dirigió hacia la Lusitania y tomó Mérida. En Astorga, Tarik recibió la orden de su superior de reunirse con él en Toledo, desde donde se dirigieron a Zaragoza, que fue tomada en el año 713. 

Sus avances prosiguieron más allá de los Pirineos, hasta que fueron detenidos por las tropas del rey franco Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). El ejército musulmán regresó a al-Ándalus, nombre que dieron a la antigua España visigoda, donde se instalaron. La capital sería Córdoba, que con el tiempo se convertiría en uno de los centros más importantes en el ámbito político, económico y cultural de toda la Europa occidental, y rivalizaría con las grandes ciudades orientales como El Cairo o Bagdad. Fue allí, en Córdoba, donde se distribuyó entre los combatientes las tierras que formaban parte del botín. Solamente la cornisa cantábrica quedaba fuera del control directo de los musulmanes. 

Los diferentes clanes árabes, bereberes y pertenecientes a otras etnias (sirios, egipcios) se esparcieron por toda la geografía hispana. Los grupos bereberes se instalaron en el sur de Portugal, en Sierra Morena y en la franja de levante de la península. Los clanes orientales —árabes y sirios— se establecieron especialmente en los valles del Ebro y del Guadalquivir. Tal componente étnico marcó el posterior desarrollo histórico de al-Ándalus, sobre todo con enfrentamientos entre árabes del norte y árabes del sur. 

Los musulmanes se emparentaron con las familias nobles locales de las diferentes provincias. Más adelante, organizaron su gobierno imponiendo su religión, sus costumbres, leyes… de forma que la antigua organización social fue totalmente suprimida. La población quedó compuesta por una mayoría mozárabe, judíos, además de musulmanes que iban llegando a la nueva tierra del islam. 

Volvamos un momento a la conquista de la península por parte de los musulmanes. Durante la invasión árabe, muchos hispanorromanos y visigodos se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y formaron el único núcleo de resistencia ante los invasores. 

El primer movimiento independiente fue obra de las tribus montañesas de los Picos de Europa y el valle del Sella, que procuraron huir del control de los impuestos musulmanes; estos, por su parte, habían montado un sistema de fortalezas para evitar los saqueos frecuentes de estas tribus, que buscaban botín en el altiplano del Duero, actividad que había constituido desde siempre una base importante de su economía. La batalla de Covadonga (722) hay que situarla dentro de este contexto. El noble visigodo don Pelayo diezmó a los musulmanes ayudado por las feroces tribus montañesas astures. A partir de aquí comenzó lo que los historiadores han denominado Reconquista, un periodo de casi ocho siglos de duración. 

La resistencia cristiana se formó en las dos cordilleras septentrionales de la península, lugares donde los musulmanes no se habían adentrado por su inaccesibilidad: serían el reino astur-leonés en la cordillera Cantábrica y Navarra, Aragón y los condados catalanes en los Pirineos. 

El reino de Asturias fue el núcleo cristiano más importante hasta el siglo x por su extensión, su fuerza económica y su estructura política. Asturias se extendió tanto que de él surgieron los reinos de León y Galicia, siendo el primero el más importante. En el año 854 la capital se trasladó de Oviedo a León. Los reinos cristianos fueron avanzando cada vez más hacia el sur.

Los musulmanes realizaban frecuentes campañas militares contra los reinos del norte, donde casi siempre eran más fuertes y salían victoriosos, pero sin acabar con su amenaza. Navarra y León solían unir sus fuerzas para poder responder a los ataques musulmanes, lo que indicaba la peligrosidad de la frontera en la zona oriental de León. Este territorio, gracias al conde autóctono Fernán González, logró desvincularse de León y formar un reino aparte, Castilla, que, con el tiempo, llegaría a ser el más importante de toda la península. La peculiaridad castellana provenía sobre todo de su forma de luchar (caballería villana), no teniendo que dirigirse al rey leonés para sus campañas. 

En el año 1000 aparecieron Almanzor y su hijo Abd al-Malik. Almanzor, utilizando la yihad como herramienta política y económica de primer orden, efectuó expediciones militares de manera regular (razias) contra los reinos cristianos del norte hasta hacerlos retroceder. Saqueó Barcelona (985) y Santiago de Compostela (997), obligando a sus prisioneros a llevar las campanas de la catedral de Santiago a hombros hasta Córdoba. 

En la zona nordeste de la península, el imperio de Carlomagno quiso resguardarse de la posible penetración de los musulmanes e intentó invadir el valle del Ebro, donde los musulmanes se habían establecido sólidamente. Inició una expedición hacia Zaragoza que acabó con la desastrosa derrota de Roncesvalles (778). Pero en esa campaña logró someter a vasallaje a los condados que limitaban con él en el norte de la península, fundando la Marca Hispánica. 

La superioridad de los reinos cristianos se afianzó cuando la unidad política estatal musulmana comenzó a fragmentarse a causa de la formación de diversos reinos independientes de Córdoba, los denominados reinos de taifas, militarmente poco potentes. En un principio, los reinos cristianos se conformaban con no atacar a cambio del pago de fuertes impuestos o parias, que, por otro lado, no evitaban los constantes saqueos practicados por nobles y municipios de la frontera. El dinero que recibieron los cristianos fue dedicado en gran parte a la contratación de mercenarios y se hizo una transformación de la caballería. Hasta el momento las huestes cristianas habían estado formadas por infantes o levas (casi siempre campesinos-guerreros de frontera) y por una caballería ligera de nobles o villanos. La introducción de los estribos, las herraduras y las armaduras en los caballos permitió una mejor montada y el uso de un equipo de combate más completo; se impuso una nueva caballería pesada que decidía las batallas en compactos ataques frontales. 

Ante el imparable avance militar cristiano, los reinos de taifas se vieron obligados a pedir la ayuda del Imperio almorávide norteafricano. A partir del año 1083 la tribu islámica de los almorávides cruzó el estrecho de Gibraltar y comenzó a extender su poder por todas las taifas peninsulares, hasta acabar dominándolas. 

La Reconquista de España estaba en su momento álgido. Los diferentes reinos iban a comenzar una etapa de expansión territorial. En todos ellos, en mayor o menor grado, se había producido un proceso de feudalización que tendía a poner el control de las rentas en manos de una minoría nobiliaria o eclesiástica y a confundir propiedad y poderes públicos.


Reyes y Vasallos. Con Capitán General de los Tercios