Un hombre en su lecho de muerte. Es el frío y húmedo norte. Envuelto en fiebres, repite dos palabras insistentemente: honor, reputación. Ha sido uno de los hombres más ricos de Europa, pero ahora ya solo le queda eso: honor y reputación.
Esta semana terminó de estallar uno de los casos de corrupción más sucios de la historia de España. Quizás el más sucio de todos.
Ambrosio de Spínola no era un militar de carrera. Tampoco un noble de cuna. Ni siquiera español, sino genovés. Aun así, dio la vida por esa bandera.
Hemos podido leer las agendas de Leire Díaz. Un viaje al corazón de las tinieblas. Según van saliendo los datos, algunos reconocen cosas que negaron, mientras niegan las que aún no se pueden demostrar.
Spínola pertenecía a una casta de banqueros. Quería vivir una vida diferente y puso su fortuna al servicio de la corona. Había leído más de estrategia militar que muchos otros generales. Pronto demostraría que había nacido para el campo de batalla.
La directora de la Guardia Civil reconoce contactos con la fontanera que antes había negado vehementemente, pero niega que fueran para nada ilegal. Ya sabes.
Ostende, Frisia, el Palatinado, Breda! Ah, su querida Breda. Un general de los pies a la cabeza.
El presidente del país no ve nada raro en todo lo que está ocurriendo: es obvio que Leire miente en todo (menos en lo que ya se ha podido demostrar), pero tampoco la quiere denunciar.
Mientras tanto, en Madrid, los validos dominan a los reyes. Lerma: ninguna mala palabra, ninguna buena acción. Después, Olivares; la envidia y las excusas. Spínola va perdiendo su fortuna poco a poco.
En medio de audios y anotaciones hay persecuciones a jueces que juzgan, sanciones a investigadores que investigan. Su peor enemigo es aquel que juró defenderlos.
En España todos se pelean por ver los toros desde el palco, al lado de Felipe IV. Es galán y mecenas el rey, también necio y mezquino. Los soldados, mientras tanto, mueren en el frío norte, pero los que susurran al rey consejos son los otros, los que nunca pisaron barro.
Algo huele a quemado. Aun así, los suyos, los que todavía le apoyan, siguen bailando una música que ya no le suena bien a nadie.
Ambrosio Spínola,
el general con 7 vidas crucial
para los éxitos españoles en Flandes
El aristócrata y soldado genovés, aliado de la Corona española, fue fundamental para algunos de los mayores éxitos militares del siglo XVII
Desde la temprana época del Renacimiento, Italia, como futura proyección política y geográfica, así como España, pionera en las exploraciones allende los mares, trabajaron conjuntamente a través de los conocimientos compartidos de sus más avanzados navegantes, Colón-Colombo, Vespucci, los Doria, los almirantes genoveses, pisanos y venecianos, que con los castellanos, siempre hicieron buenas migas. Pero quizás lo más físico sería la banca italiana implicada con la Casa de Contratación de Sevilla que tuvo enorme proyección en Canarias y las emergentes industrias caribeñas.
No solamente la intervención de las familias financieras italianas contribuía a equilibrar las escoras económicas de Castilla en primera instancia y más tarde de la Monarquía Hispánica (antes de la intervención de los banqueros alemanes Fugger y Welser), sino que los vínculos matrimoniales y nexos militares ante adversarios comunes generaban un ambiente casi familiar entre las dos naciones bastante espontáneo y escasamente conflictivo. En ocasiones, la masa crítica de los tercios no estaba formada por españoles y sí por italianos, eso sí, con el portentoso entrenamiento de los oficiales de la Corona y el legado de la herencia de las tácticas del Gran Capitán, que no hay que olvidar dio sus primeros pasos hacia la fama en Italia, arrasando de sur a norte todo lo que se movía.
Los Spínola-Doria se maridaron de forma natural con las más altas instancias de la administración de la Corona española
De entre toda esta pléyade de soldados italianos, hubo una pareja de hermanos que se sumergieron en la atmósfera más avanzada de los conocimientos militares de la época y que tenían una profunda simpatía hacia todo lo español. Impregnados en lo más avanzado de las técnicas artilleras, de lo último en explosivos, de las tácticas de combate más punteras y con el apoyo de una familia de una raigambre de profundas raíces aristocráticas y financieras, los Spínola-Doria se maridaron de forma natural con las más altas instancias de la administración de la Corona, llegando con el tiempo a hacerse indispensables.
Pero en mayo del año 1603, en un lance contra los holandeses, quiso la desventura que Federico, con gran ascendiente sobre su hermano, el que daría fama sin par al apellido, cayese en combate. Su hermano Ambrosio, que apreciaba y compartía las ideas de su compinche de correrías, quedó profundamente afectado y asumió los compromisos del hermano caído haciéndose cargo de las operaciones militares en Flandes previo acuerdo con el gobierno católico del sur y las autoridades españolas.
El general con siete vidas
No sin algunas resistencias –era el caso del brillante general Alejandro Farnesio, también de origen italiano–, Spínola, que a priori no tenía conocimientos de campaña, esto es, empíricos, formuló brillantes teorías para desbloquear algunas situaciones que permanecían inamovibles desde hacía tiempo. Era el caso de Ostende, ciudad marítima que soportaba dos años largos de asedio en aquel trágico carnaval de la muerte que era la Guerra de Flandes.
Mauricio de Nassau era un veterano general holandés con tablas sobradas en los escenarios militares y una pesadilla para los españoles a pesar de haber sido derrotado en varias ocasiones. El problema es que tenía siete vidas y esto asombraba a sus adversarios, pues se llegó a pensar que estaba endemoniado el malvado hereje. Por el contrario, Ambrosio Spínola era un imberbe de 33 años que destacaba por su apostura y melancolía a partes iguales. Además, este aristócrata de porte inapelable era un cristiano compasivo, algo que no tardaría en demostrar.
Felipe III entendió que los ilimitados recursos financieros de Ambrosio Spínola y sus dotes para la guerra formaban una combinación inapelable
En unos meses más, algo menos de un año, aquella situación de bloqueo saltaría por los aires con la rendición de Ostende gracias a las originales habilidades de Ambrosio de Spínola, que con una inventiva fuera de toda duda había obligado a una rendición inesperada a los sitiados. Lamentablemente para los vencedores, en aquellos tres años de sitio habían muerto 120.000 soldados a partes iguales. El horror conjurado había creado uno de los escenarios bélicos más memorables y estragados de la larguísima Guerra de Flandes y la valoración posterior de aquella victoria planteó la inutilidad de los asedios mientras docenas de miles refugiados a los que serían respetadas sus vidas vagaban por los territorios de Zelanda y Holanda sin dirección ni sentido alguno en el que referenciarse. Habían sobrevivido a la muerte tras lo pactado por Spínola, pero ahora debían enfrentarse a una supervivencia atroz.
A partir de ese momento, Felipe III entendió que los ilimitados recursos financieros de Ambrosio Spinola y sus dotes para la guerra hacían una combinación inapelable. Durante más de veinticinco años, este general “extranjero” dirigiría con excelentes dotes diplomáticas y mucha mano izquierda la precaria paz de los Doce años e incluso legalizaría de facto la práctica de la fe protestante a cambio de que en más de sesenta ciudades del sur de Alemania –todas ellas muy próximas al famoso camino español– albergaran guarniciones hispanoitalianas, lo que permitía el control militar de amplias zonas, sin necesidad de conflictos mayores.
'Annus mirabilis'
El criterio estratégico de Spínola era lúcido y de una visión profunda. Propuso a los ministros de la Corona eliminar frentes y focalizar fuerzas, invertir en fragatas y potenciar la armada. Centrarse en Flandes para acabar con aquella pesadilla para luego dar pasos más largos y ambiciosos, pero el estrabismo de la corte madrileña era de operación quirúrgica urgente. Nadie le hacía caso, independientemente de su reconocido prestigio como militar, por entender que su sugerencia era de carácter político, y obviamente, ante la estulticia rampante, solo quedaba la retirada.
A pesar del infortunio de tener que clamar lo evidente ante una cohorte de sordos, puso sitio a Breda causando una mortandad impresionante. Ese año, 1625, fue un 'annus mirabilis' para España pues de una tacada habían derrotado a los holandeses en todos los frentes, en bahía (Brasil) fueron desalojados expeditivamente por una flota combinada de portugueses y españoles. Ademas, la tragedia de la muerte se llevó a Mauricio de Nassau allá donde solo impera el silencio.
El Conde Duque de Olivares declaró una suspensión de pagos inesperada dejando a más de 86.000 soldados en Flandes con un destino incierto
A partir de ahí se mantuvo una política muy original, al utilizar la piratería contra los holandeses, que se habían convertido en más que duchos en el tema. Barcos piratas españoles construidos en Ostende y Dunkerque comenzaron a asolar el Mar del Norte hundiendo a los pesqueros y a todos aquellos que se dedicaran al comercio causando verdaderos estragos en la economía de Holanda, Frisia y Zelanda. Parecía que los consejos dados por Spínola comenzaban a surtir efecto. A pesar del hundimiento de más de 200 barcos holandeses, el Conde Duque de Olivares declaró una suspensión de pagos inesperada, dejando a más de 86.000 soldados en Flandes al albur de un destino rotundamente incierto.
Este petulante valido del rey, con su peculiar falta de visión e incompetencia para gobernar fácilmente lo sencillo y simplificar lo complejo, desoiría los prácticos consejos del mejor general “español” del siglo XVII. En 1630, cuando su alma ya estaba preparada para el Gran Viaje, el Cardenal Mazarino, un elegante adversario del Imperio español, tuvo la cortesía de hacer un larguísimo viaje y visitarlo en su lecho de muerte para darle ánimos ante el trance porvenir. Del Conde Duque nunca se supo más; era un necio sin formación humanista y un bípedo de gola almidonada carente de todo estilo.


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