EL SACERDOTE QUE DESAFIÓ LAS BALAS
E HIZO HISTORIA EN VENEZUELA
¿Hasta dónde llega el valor de un pastor por salvar un alma? En medio del horror de "El Porteñazo" de 1962, una insurrección promovida por el comunismo, el P. Luis María Padilla caminó impávido entre el fuego cruzado para dar la extremaunción a los moribundos.
¡Una historia de heroísmo católico que conmovió al mundo!
Aquel fatídico sábado 2 de junio, las calles de Puerto Cabello se tiñeron de sangre. Mientras caían bombas y ráfagas de ametralladora, el P. Padilla, capellán de la base naval, no dudó en cumplir con su deber sagrado. Sin importarle las balas, salió a buscar a los soldados heridos —muchos de ellos jóvenes conscriptos de apenas 18 años— para darles auxilio espiritual.
Fue allí donde el fotógrafo Héctor Rondón capturó la mítica imagen que ganaría el Premio Pulitzer: el momento exacto en que el cabo Andrés de Jesús Quero, herido de muerte, clama al sacerdote: "¡Ayúdeme, padre!".
El P. Padilla intentó levantarlo y, al no poder por el peso, se fundió en un abrazo con él para darle la absolución final. La sotana del sacerdote quedó empapada de sangre, pero su alma intacta en la caridad.
Borburata es una pequeña población a pocos kilómetros de Puerto Cabello. Aquel sábado, la conmoción de la insurrección porteña afectó también a esta localidad.
Su párroco es el P. Luis María Padilla, quien a la vez es el capellán de la base naval Agustín Armario.
El sacerdote Padilla recibe el llamado de asistir espiritualmente a los soldados, aún cuando las balas y los bombardeos no habían terminado.
La carrera de armas y la del púlpito comparten —paradójicamente— un alto sentido de cumplimiento del deber. Abrazando su responsabilidad, el P. Padilla llega a un Puerto Cabello cuyas calles están repletas de cadáveres y moribundos. Una vez allí, arriesgando gravemente su vida, no demora en ponerse manos a la obra.
“Fue un momento bastante difícil que asumió con una inmensa valentía”, dijo Mons. Tulio Ramírez Padilla, Obispo de Guarenas y sobrino-nieto del párroco de Borburata.
“No le importó que hubiera fuego cruzado”.
Su sobrino-nieto, Mons. Tulio Ramírez Padilla, recuerda que al párroco "se le puso la mente en blanco" y solo pensaba en su único objetivo: salvar las almas de sus ovejas.
Un ejemplo de reciedumbre que nos recuerda el valor infinito del sacerdocio, especialmente en la hora de la tribulación y el tránsito hacia la Casa del Padre.
El sacerdote es el mensajero de la misericordia divina, un Buen Pastor dispuesto a dar la vida por su rebaño. Hoy se promueve la repatriación de los restos de este ejemplar sacerdote al Panteón Nacional de Caracas, un honor reservado para los grandes héroes de la patria.
"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15,13).
¡Qué el testimonio del P. Padilla nos inspire a vivir nuestra fe con valentía!


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