EL Rincón de Yanka: BIOGRAFÍA.

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miércoles, 8 de julio de 2026

LA HISTORIA DE DILIGENCIA MARY FIELDS: "UNA CARTA DESDE LAS GRANDES CASCADAS" por Pierdomenico Baccalario

UNA CARTA DESDE LAS GRANDES CASCADAS: 
LA HISTORIA DE MARY FIELDS

Mary Fields (Condado de Hickman, Tennessee, Estados Unidos, 1832-Great Falls, Montana, 1914), también conocida como "La Diligencia" (Stagecoach Mary), fue la primera mujer afroestadounidense empleada como cartera postal en Estados Unidos, y la segunda en trabajar para el Servicio Postal de los Estados Unidos.
Fields medía 1,80 metros y pesaba cerca de 90 kg y le gustaba fumar puros; solía llevar una pistola bajo el delantal y una jarra de whisky a su lado. Nacida esclava, creció huérfana, no tuvo educación, nunca se casó, ni tuvo hijos. Reconocida por no perder un solo día de trabajo y se dice que podía enganchar seis caballos en menos de 5 minutos.

Mary Fields vivió gracias a su ingenio y su fuerza. Viajó al norte de Ohio, se asentó en Toledo y trabajó para un convento católico donde formó un fuerte vínculo con la Madre Amadeus. Tiempo después, las monjas se trasladaron a Montana y María se enteró de la mala salud de la Madre Amadeus, así que se trasladó para vivir con ellas.

En alguna ocasión protegió a las monjas con su habilidad con el revólver, ya que era una buena pistolera. Abrió un café, pero su gran corazón llevó a la ruina su negocio porque gastaba sus beneficios alimentando a personas hambrientas. Así fue como, en 1895 encontró un puesto de trabajo que se adaptaba a ella, como repartidora de correo en el condado de Cascade. Ella y su mula Moisés se ganaron el apodo de "La Diligencia" ("Stagecoach") por entregar siempre las cartas, lloviera o nevara. Su tumba está marcada con una simple cruz.

En la literatura

Es la protagonista de "Una carta desde las grandes cascadas", novela juvenil de Pierdomenico Baccalario. Según esta novela, Mary curó a una monja, la madre Amadeus con unas hierbas que serían las antecesoras de la fórmula de la Coca-Cola y que habría obtenido del doctor Pemberton, con quien se habría encontrado en el tren de viaje al Condado de Cascade.


Descubre cómo Mary Fields, nacida en la esclavitud, desafió todos los prejuicios para convertirse en una de las mujeres más respetadas del Salvaje Oeste. Entre rutas de correo, tormentas de nieve y una valentía inquebrantable, su vida parece sacada de una película, pero ocurrió de verdad.

jueves, 25 de junio de 2026

"¡AYÚDEME, PADRE!": EL SACERDOTE LUIS MARÍA PADILLA QUE DESAFIÓ LAS BALAS E HIZO HISTORIA EN VENEZUELA

EL SACERDOTE QUE DESAFIÓ LAS BALAS 
E HIZO HISTORIA EN VENEZUELA 

¿Hasta dónde llega el valor de un pastor por salvar un alma? En medio del horror de "El Porteñazo" de 1962, una insurrección promovida por el comunismo, el P. Luis María Padilla caminó impávido entre el fuego cruzado para dar la extremaunción a los moribundos. 

¡Una historia de heroísmo católico que conmovió al mundo! 

Aquel fatídico sábado 2 de junio, las calles de Puerto Cabello se tiñeron de sangre. Mientras caían bombas y ráfagas de ametralladora, el P. Padilla, capellán de la base naval, no dudó en cumplir con su deber sagrado. Sin importarle las balas, salió a buscar a los soldados heridos —muchos de ellos jóvenes conscriptos de apenas 18 años— para darles auxilio espiritual. 
Fue allí donde el fotógrafo Héctor Rondón capturó la mítica imagen que ganaría el Premio Pulitzer: el momento exacto en que el cabo Andrés de Jesús Quero, herido de muerte, clama al sacerdote: "¡Ayúdeme, padre!". 
El P. Padilla intentó levantarlo y, al no poder por el peso, se fundió en un abrazo con él para darle la absolución final. La sotana del sacerdote quedó empapada de sangre, pero su alma intacta en la caridad. 

Borburata es una pequeña población a pocos kilómetros de Puerto Cabello. Aquel sábado, la conmoción de la insurrección porteña afectó también a esta localidad.
Su párroco es el P. Luis María Padilla, quien a la vez es el capellán de la base naval Agustín Armario. 
El sacerdote Padilla recibe el llamado de asistir espiritualmente a los soldados, aún cuando las balas y los bombardeos no habían terminado.
La carrera de armas y la del púlpito comparten —paradójicamente— un alto sentido de cumplimiento del deber. Abrazando su responsabilidad, el P. Padilla llega a un Puerto Cabello cuyas calles están repletas de cadáveres y moribundos. Una vez allí, arriesgando gravemente su vida, no demora en ponerse manos a la obra.

“Fue un momento bastante difícil que asumió con una inmensa valentía”, dijo Mons. Tulio Ramírez Padilla, Obispo de Guarenas y sobrino-nieto del párroco de Borburata.

“No le importó que hubiera fuego cruzado”.

Su sobrino-nieto, Mons. Tulio Ramírez Padilla, recuerda que al párroco "se le puso la mente en blanco" y solo pensaba en su único objetivo: salvar las almas de sus ovejas. 
Un ejemplo de reciedumbre que nos recuerda el valor infinito del sacerdocio, especialmente en la hora de la tribulación y el tránsito hacia la Casa del Padre. 
El sacerdote es el mensajero de la misericordia divina, un Buen Pastor dispuesto a dar la vida por su rebaño. Hoy se promueve la repatriación de los restos de este ejemplar sacerdote al Panteón Nacional de Caracas, un honor reservado para los grandes héroes de la patria. 

"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15,13). 

¡Qué el testimonio del P. Padilla nos inspire a vivir nuestra fe con valentía!

sábado, 13 de junio de 2026

POEMA "CANTO AL RÍO DE MI INFANCIA" por PASCUAL VENEGAS FILARDO

Canto  al  río  de  mi  infancia 

Eres siempre mi río, el río de mi infancia, 
el río de mi primer amor, con tus mismas palmeras,
 con su macuto verde y su tipicare  gris, 
donde los duendes son el alma de los bosques,
 y una niña encantada se convirtió en flor. 

Quisiera ser a un niño para tocar tus aguas; 
para sentir el beso de tu fresca corriente, 
y hundir el pie desnudo en tus arenas cálidas; 
tomar entre mis manos un arisco corroncho, 
y sentir en mis plantas tus filosos guijarros. 

Te recuerdo remoto, cuando en busca del pozo,
los muchachos del barrio, no teníamos distancias, 
y allí estás intacto, ¡oh río rumoroso!, con sus escasas aguas, 
con tu lecho caldeado y tus mismas palabras, 
tus mismas lavanderas, tus piedras azuladas. 

Eres hoy como ayer, el río de mi infancia. 
Allí está tu triste causa, la cariñosa fronda 
de tus antiguos árboles, tus mañanas radiantes, 
el mismo viento mueve las veredas erguidas,
 el agua tiene exacto aquel rumor de entonces, 
el tiempo no ha tocado tu fluvial armonía.
Eres... Serás siempre... el río de mi infancia.

ESTE ES EL RÍO DE MI INFANCIA: 
RÍO A MARISQUEIRA, 
ALMEIRAS, CULLEREDO, GALICIA, ESPAÑA



Pascual Venegas Filardo - Viajeros a Venezuela en Los Siglos XIX y XX by Chjalmar Ekman


sábado, 23 de mayo de 2026

LIBRO "CUANDO YUNQUE, YUNQUE. CUANDO MARTILLO, MARTILLO 🔨 por AUGUSTO ASSÍA (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO): EL LEGENDARIO ESPÍA Y PERIODISTA GALLEGO QUE ENGAÑÓ A HITLER

 

Cuando yunque, yunque.
Cuando martillo, martillo


Durante la segunda guerra mundial, Augusto Assía (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO), corresponsal de La Vanguardia, era el único periodista español que informaba a sus compatriotas desde Londres. Una vez terminada la guerra recogió algunas de esas crónicas en dos libros. El primer volumen, que apareció en 1946 e incluía textos publicados durante la primera parte de la guerra, la denominada «guerra defensiva», llevaba por título Cuando yunque, yunque. El segundo volumen, Cuando martillo, martillo, recoge las crónicas publicadas a partir de julio de 1943, durante la segunda fase de la guerra, la «guerra ofensiva».
Las crónicas escogidas no incluían solo artículos de corte bélico, porque en palabras de su autor: «El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte». Así, las crónicas lo mismo nos dan noticia de cómo funciona la corona británica que de la retirada de los soldados ingleses de Dunquerque o del sistema escolar vigente en el Reino Unido.
El libro es, por tanto, no solo una crónica de la guerra vista por un español, sino también un auténtico retrato moral del único país de Europa occidental que no se dejó doblegar por Hitler.
Prólogo

Augusto Assía (Felipe Fernández Armesto). Una vida española del siglo xx El periodismo puede hacer o deshacer a un escritor, pero es indudable que la literatura española siempre ha entrado y salido de los periódicos con naturalidad perfecta. Quizá por eso sea un acto de estricta justicia que el mejor periodismo español del siglo xx —de Camba a Gaziel y de Xammar a Chaves Nogales— haya ido pasando en estos últimos años de las hemerotecas a los libros. Rescate tras rescate, es algo que estamos viviendo todavía. 

Más allá del valor historiográfico de un legado hasta ahora disperso, la recuperación de tantas obras y de tantos nombres nos ha servido, de modo eminente, para repensar las galerías que unen el periodismo y la literatura. Nos ha ayudado a subrayar la inteligencia sobre la realidad que puede abarcar un género tan mixto y fecundo como es la crónica. 

Nos ha puesto ante los ojos la dosificación inmejorable de atractivo literario y peso moral que llega a alcanzar la palabra del cronista. Y nos ha hecho ampliar la imagen que de sí mismas tenían las letras españolas en el siglo xx para así perfeccionar su canon. Si este salvamento editorial era ya una empresa de mérito, los lectores tampoco han dejado de celebrar su oportunidad, agradecidos de encontrar —en aquella España con frecuencia endogámica y sufriente— el testimonio del temperamento abierto, el alcance europeo y el temple de civilización de nuestros grandes cronistas. 

Literatura o periodismo, queda claro que su lucidez no estaba destinada a prescribir con el diario de la mañana. Quién sabe si, todavía hoy, la exclusión de Augusto Assía* (1904-2002) del elenco de magníficos de nuestro periodismo no será el pago póstumo a una carrera fértil y feliz como pocas. Sin duda, ese apartamiento tiene algo de purgatorio, a la espera de la mano de nieve que devuelva a los lectores una prosa perpetuamente legible y grata, inmune a los años, de soltura infalible y totalmente seductora. 

No es la única generosidad de su escritura: página tras página y país tras país, con el Assía corresponsal y viajero recorremos también el itinerario vital de un curieux de profession que vio y narró un siglo en su fuego y sus cenizas en todo lo que va de la Alemania nazi a los primeros barruntos del proyecto europeo o el optimismo moral de la América de los fifties. Ni siquiera iba a ahorrarse Assía los claroscuros y misterios que tanto seducen en una edad mitómana. En su caso, son más que suficientes para una ubicación controvertida entre quienes ponderan su pasado de fiereza comunista, su colaboración con el Gobierno de Burgos o su posible espionaje aliadófilo. 

Como periodista, él supo bien que a los suyos se les conoce por informados tanto como por discretos. Restaurado su perfil de cronista con este volumen, queda aún por hacer la quest de Augusto Assía. Ni faltan materiales ni debieran faltar voluntarios. De la vida a los libros, lo importante —en todo caso— será el carácter «independiente y liberal» que otorgó a Assía su palco de privilegio en la hora de tragedia y de gloria del continente. El escritor que aún acertó a vivir el último cosmopolitismo de la gran Europa iba a dar fe de la ventolera de la historia y a metabolizarla como un poso ético y una cierta sabiduría en lo político. Por eso, si hemos de buscar una vida española del siglo xx, tal vez no debamos buscar mucho más allá de Augusto Assía, quien tuvo además la largueza de contarlo con esa facilidad propia del periodismo en su aleación más pura. 

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randolph Hearst, clases de Einstein o de Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. 

¿Qué otro personaje tuvo oportunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? Ciertamente, no a todo el mundo le fue dado conocer a Picasso y a Miró en la misma mañana parisina, reconciliar a Pla y a Xammar o encontrarse por primera vez a Julio Camba nada menos que en los tejados de la catedral de Santiago. Sí, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar, del 23F en el Congreso al acercamiento hispano-yanqui o —más prosaicamente— el día aquel que sorprendió a Truman bajándose los calzoncillos. Ese bendito oportunismo iba a convertirlo en príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo. 

Tiene quizá algo de ironía que, para abrazar esos grandes destinos, Assía debiera rechazar otros no menores. Cuando, allá por los años veinte, empieza a destacarse en las letras de su tierra, nada menos que Rafael Dieste saluda su primera novelita, Xelo, o salvaxe, con una de esas frases que sellan una vocación: «Por primera vez nos hallamos ante un verdadero escritor gallego». 

Por entonces, Assía era el muchacho criado en la solidez de una buena familia de la Galicia interior que llega a Santiago, se crea un nombre en los periódicos y va haciendo suyo el estimable paisaje literario de una Universidad en sus tiempos más selectos. Portela Valladares le ofrece —tan joven todavía— la dirección del progresista El pueblo gallego. Assía rehúsa, efectivamente, como el cambio de un destino. 

El vínculo universitario y periodístico seguiría ya lejos de casa: en París, primero, y en Berlín, después, en uno de esos lectorados de Románicas que tanto hicieron en el siglo xx por la literatura española y la manutención de sus creadores. En su ruta jacobea a la inversa, Assía iba a aprovechar para escribir y enviar sus colaboraciones, aquí y allá, a los medios españoles. La siembra trajo fruto cuando, por una sustitución y mil azares, le cae la correspondencia berlinesa de La Vanguardia con la bendición de Gaziel. Era 1929, y Assía permanecería unido al diario hasta 1986. Todavía impone algo de vértigo pensar en su estreno: contar el fenomenal ocaso de la República de Weimar, el «salto a la oscuridad» de la Alemania nazi. 

Cuando Josep Pla, buen amigo, lo recuerda en una de sus notas de ancianidad, describe el tono «ligeramente confuso y complicado» de aquel primer Assía. No era, quizá, una confusión que se limitara a la prosa. En la década de los treinta, su propio pensamiento iba a conocer bandazos radicales, de un galleguismo en los postulados del Grupo Nós a la militancia comunista, para en última instancia insertarse en la propaganda del Movimiento. Estas son páginas mal conocidas, tardíamente descubiertas y nunca desveladas por el propio autor, ante todo en lo atinente al compromiso con el pc. Ahí parece que su flirteo comunista fue tan intenso como breve, nacido hacia 1930 e incapaz de sobrevivir al contacto con la realidad soviética que vivió —como una conversión— junto a Pasternak, Gide o Dos Passos en la reunión moscovita del Pen Club en 1932. Hasta entonces, sin embargo, no faltan recuerdos de su trato con Alberti, de su condición de «escritor español proletario».

El pintor trotskista Andrés Colombo nos describe al Assía de la época como un joven de «afilados huesos» que «hablaba de los planes quinquenales rusos con la facilidad y fruición con que cualquiera se traga un helado en pleno verano». 
En tiempos de socavamiento de las democracias liberales, no hace falta abundar sobre el punto, tan tratado, de la sugestión que hallaron los intelectuales en el marxismo. Unos llegarían a la complicidad totalitaria; muchos otros lo abrazaron a modo de contraveneno del fascismo. 

No se sabe qué actitud tomó Assía. Sí se sospecha que su separación del pc fue traumática. Y también consta la certeza de que, desde entonces, el periodista sería más cuidadoso en sus apegos y directamente magistral en el manejo de las distancias. Dicho de otro modo, Assía desarrolló una magnífica capacidad para caer de pie, pero no sin conocer el sabor de la contradicción: 
baste pensar que, en el mismo 1936, iba a experimentar la censura de la República y también la del franquismo. Unos años antes, en 1933, con el nazismo recién instalado en el poder, Assía ya había tenido la mala idea y el cuajo moral de enfrentarse a Goebbels y convertirse en uno de los happy few rechazados por el Reich. 

Aquel fue el fin de su corresponsalía berlinesa y el comienzo de su corresponsalía volante por Europa, en todo lo que va de la Sociedad de Naciones al asesinato del canciller Dollfuss. Ya se iban adensando las sombras de los años treinta y su propio país, como un anticipo de la conflagración continental, aceleraba hacia la guerra. Desde el primer momento, Assía también sabría aprovechar ciertas zonas de ambigüedad en su relación con el franquismo. 

Por ejemplo, siempre se negó a jurar «fidelidad íntegra y total a los principios nacional-sindicalistas», lo que le dejó, primero, sin carné de prensa, y después, sin la subdirección y la dirección de La Vanguardia. Esas no eran las lealtades esperadas en quien había vuelto a España para encargarse de la prensa del Gobierno de Burgos, mano a mano con un Juan Pujol que iba a alterar el curso de la guerra mundial bajo el alias de Garbo.

Entre episodios de cercanía y episodios de desdén, su trato con la dictadura conoció texturas interesantes y complejas. Tuvo tiempo de dirigir un par de medios locales: La Voz de España, en San Sebastián, o el elocuente Arco orensano, también influyó en Franco de cara al nein de la Entrevista de Hendaya. Finalmente, cuando se le reintegra La Vanguardia al conde de Godó, Assía vuelve a entrar en plantilla y, en recuerdo de las viejas lealtades, ayuda a exiliarse al expresidente Portela Valladares. 

Otro de los capítulos de su vida marcados por la incógnita. Para el primer día de la guerra mundial, Assía ya está en Londres, con el mérito de haber sido el único español en vivir y contar toda la guerra desde allí. Aquellos iban a ser, seguramente, sus mejores años, con la historia ante los ojos como un adiestramiento en la política de calidad. 

No serían, sin embargo, sus años más fáciles, al menos en sus rapports con los jerarcas del régimen: el alineamiento aliadófilo de sus despachos irritaba al duque de Alba —el embajador— y llevó a Serrano Súñer —el ministro— a amenazar con despojarle de la nacionalidad española. Aun así, fueron tiempos de tés con Churchill, de conocer a un prometedor joven llamado John F. Kennedy, de posar ante el todo Londres como «la persona mejor relacionada», según se dijo, «con la colonia española». De paso, Assía iba a ir sumando glorias a su archivo personal: fue el primer español en aparecer en una televisión, fue el impulsor de la programación en gallego —pionera en Europa— de la bbc, y también fue, desde entonces y por mucho tiempo, el periodista mejor pagado de España. 

Cuenta el hijo de Augusto Assía, el gran historiador angloespañol Felipe Fernández Armesto, de cierto don oxoniense que se le acercó un día a agradecerle los servicios prestados por su padre a la causa de la libertad. Entre sonriente y lloroso, aquel anciano profesor aludía a la historia que entronca a Assía con el espionaje aliado. Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones. Pensemos, por ejemplo, que poco antes del Desembarco de Normandía, una de las «crónicas radiotelegráficas» de Assía ya expande el engaño, según la pauta de Garbo, de una supuesta toma de tierra aliada «en Francia y el sur de Bélgica». 

Por supuesto, del mismo modo que no hay materialidad ninguna para corroborar la implicación de Assía en la esfera del espionaje, tampoco es aceptable pensar que los nazis soslayaran sus despachos. Como sea, el mismo periodista que había apostado por la victoria de Franco en el verano del 36, tampoco tuvo dudas de que la causa aliada se impondría al nazismo. Conocía el acero de los ingleses. Es tentador pensar que, para Assía, sus años británicos fueron también el mediodía de su carrera periodística. Todavía le quedaban —mano a mano con Sentís— los juicios de Núremberg, una vuelta al mundo a la mitad del siglo, puestos y destinos capaces de coronar cualquier trayectoria. 

En Nueva York y Washington, a comienzos de los cincuenta, hizo no poco por acercar a España y Estados Unidos. Ahí volvieron a aflorar los rumores de espionaje: atípicamente, además de escribir para La Vanguardia, Assía ejerció como attaché de prensa de la embajada española. Después fue llamado a la Alemania fundacional de Adenauer y —firme en su convicción europeísta— pudo narrar a placer la firma del Tratado de Roma. Para entonces, en aquella Europa que tan bien conoció, quedaban pocas de las dulzuras larbaudianas que aún había entrevisto en su juventud. 

Él iba a seguir publicando, como una voz posibilista e incansable, en La Vanguardia, en el Ya, en Destino y en La voz de Galicia. Precisamente se casaría con una de las hijas propietarias del diario gallego, Victoria Fernández-España, una mujer —inteligente, rica, guapa— de excepción. Iba a tener hijos de probada brillantez intelectual. Iba a perpetuar su nombradía con sus «cartas al director» en el diario del conde de Godó. Irreductible como era, también iba a perpetuar sus problemas con el franquismo: su galleguismo templado, su filiación europeísta, sus afanes de descentralización y apertura democrática contaban con sobrada autoridad para molestar.

A finales de los setenta, Assía era el gallego que había cumplido con el deseo tenaz de volver a casa. Con su familia partida por la guerra, no pudo menos que celebrar la Constitución como sutura histórica, el pacto de concordia de la Transición. Tonteó, solo un poco, con la política activa. Y ya en su edad provecta, de retiro en la Casa Grande de Xanceda, aún daría en gozarse en las complejidades de una vida en la que el periodismo era el oficio más interesante de la tierra y un corresponsal valía lo que valía un diplomático. Ahí todavía le quedó tiempo para fundar una de las mayores vacadas de su tierra. 

Assía terminó sus días al modo de sus admirados lores dieciochescos, en una pose de gentleman farmer que no era sino una espléndida cuadratura de sentido. A Augusto Assía nunca se le ha negado el protagonismo entre los corresponsales españoles; curiosamente, no se ha subrayado lo suficiente su primacía en el estamento, tan menguado, de nuestros anglófilos. Al respecto tal vez baste con traer a la memoria que nos dejó media docena de libros y que cuatro de ellos tratan sobre esa «magnífica y peculiar isla en acción». Así, a las estampas de costumbres de Los ingleses en su isla y a los perfiles de prohombres de Vidas inglesas, les seguirían —ya en la posguerra— Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, los volúmenes que ahora reeditamos. 

En ambos se extractan sus mejores crónicas de la guerra, cribadas de entre el millón de palabras que envió a La Vanguardia desde Londres. Con la divisoria fijada en 1943, el primer libro acompaña aquella finest hour británica en que Churchill y su pueblo vieron y sufrieron el órdago alemán. Era la Inglaterra golpeada como un yunque. En el segundo volumen, con las tornas cambiadas, Gran Bretaña —junto al resto de los aliados— se convierte ya en el martillo que percute hasta la victoria final. 

Desde las escombreras de un hotel o entre la polvareda que sigue a un bombardeo, habrá que decir que Assía nos va contando en directo, con insistencia diaria, los acontecimientos de una guerra cuyo signo final él y todos desconocen. Por eso redunda en su honor y en su capacidad de profecía que jamás dudara de unas gentes que «no se dejan deprimir por los reveses» ni «se exaltan fácilmente con los éxitos». 

«Gallego fascinado con Inglaterra», a Assía no solo le tocó alzar testimonio de un país castigado y resistente, sino erigirse —como se ha dicho— en «traductor de una cultura». En esa labor, no hay ninguna desmesura en equiparar su conocimiento y su pasión inglesa a la altura de los Voltaire, los Taine y los Morand, de los anglófilos históricos que con Assía suman a un raro español entre sus filas. Su pedagogía británica, como él mismo reconoció, no era cosa sencilla: 
ya Ortega había sentenciado que «no hay hecho más extraño en el planeta que el pueblo inglés», y Assía asume que «es el país más difícil de describir para un escritor». 
El corresponsal abundará en sus contradicciones: 
Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y —a la vez— la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo, se dirige desde «la casa humilde, de aspecto pobre», de Downing Street. 

Ahí, Assía sabrá transmitir a sus lectores el don genuino de lo británico: que el país haya sabido convertir esa contradicción «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Siempre más sensible a las texturas de la libertad que a las del tweed, las simpatías inglesas de Assía reverberan en unos artículos que, escritos «en horas obscuras para la civilización europea», no querían sino verter «sobre los hogares un rayo de esperanza». 

En verdad, como recuerda Niall Ferguson al hablar del prestigio moral de Inglaterra durante la contienda, quizá nunca como entonces se hizo tan fácil estimar lo inglés, pero Assía no deja de figurar en calidad de adelantado. Así, en sus páginas, el «mundo de confusión y pesadilla» de los bombardeos y el cielo «encandilado de llamas» del Blitz van dejando paso imperceptiblemente a una normalidad heroica, y ya en el año 39, Assía puede constatar que «los londinenses han comenzado a dejar en sus armarios las caretas antigás y han vuelto a sacar las chisteras». 

Es el cuajo de un país para el que «irse a la guerra es tan propio como traficar, jugar al cricket o hacer turismo». En la pluma de Assía, la imagen quedará cifrada en aquel caballero que lucía su casco con forma de bombín. Como una resistencia o un derecho ancestral, el corresponsal admira cómo «ni aun en las más graves y urgentes ocasiones se dejan los ingleses arrebatar el privilegio de sus viejas y pintorescas costumbres». Tampoco bajo los bombazos cerraron los pubs. Quizá por esa mezcla de ardor guerrero y business as usual, Assía no se limita a dar el parte diario de la guerra. 

En sus crónicas, «lo mismo desfila la descripción del acorralamiento del Graf Spee en el Mar del Plata, que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra o el origen del Plan Beveridge». Las Mitford, Churchill o una Isabel II todavía muchacha harán cameos en sus libros. Y junto a la toma de París, la pica en Normandía o la rendición de Italia, las páginas sobre Oxford o la India, la anticipación de las medidas de posguerra o el desfile tan bizarro del Lord Mayor buscan dar a entender cómo vivieron la guerra los ingleses: 
«leyendo el Times por las noches, al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky». 
De este modo, conforme la guerra avanza, Assía no se limita a indicar el progreso de los ejércitos, sino que va engrosando su mayor mérito: el de escribir el más nutrido compendio de la vida inglesa a ojos de un español. 

De pronto, en cualquier párrafo, nos vuelve a acometer el temblor de la historia, y se hace imposible no preguntarse cómo fue escuchar, cómo fue transcribir el discurso en el que Churchill afirma que «defenderemos nuestra Isla a cualquier precio, lucharemos en las playas, en los campos, en las calles; no nos rendiremos jamás». 

Cuenta John Lukacs en sus memorias que, allá por 1940, la respuesta bélica de Inglaterra fue la defensa de unas libertades antiguas frente a la ferocidad moderna del totalitarismo. Es una cartografía exacta de la actitud de Assía ante lo inglés. Como ocurre con sus mejores practicantes, la anglofilia del gran corresponsal, por usar las palabras de Valentí Puig «no es una simple cuestión de corbatas (…) 

Es una admiración institucional, de formas, de consideración por una capacidad de resistencia que el mundo británico ha demostrado cuando ha visto en peligro su libertad». En virtud de esa fe, mientras los Junkers asolaban Coventry, Assía podía afirmar que Inglaterra pierde todas las batallas menos la última. Y si en un momento dado se pregunta cuántas derrotas no ha sufrido, al instante vuelve a preguntarse cuántas guerras —ninguna— perdió. 

En nuestro tiempo de «declinólogos» de lo inglés, se hace complicado no detectar en las páginas de Assía un aire ya elegíaco. Como él mismo señaló, aquella Inglaterra —su Inglaterra— era aún un país que tomaba la fibra moral de sus tradiciones, la nación inmemorial donde «las reformas se superponen a las instituciones», como dijo Taine, «y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa». 
De los impuestos de sucesión a la contracultura, las viejas formas de la vida inglesa iban a quedar, ya en la posguerra, como un piccolo mondo antico. El propio Assía tiene tiempo, doblado el año de 1945, para lamentarse de la pérdida «del hábito de vestirse de smoking para cenar». 

Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado «con la mitad de policías y el doble de carteros» que cualquier otro Estado. Los usos de su Administración se resumen en la frase «su humilde servidor». 
Sus sastres y zapateros atienden no más que a los amigos. Las polémicas parlamentarias persisten, siempre civilizadas pero siempre enconadas. Y su prensa, libérrima, sigue «puesta a disposición de los caprichos o las humoradas de cualquier colaborador». 

El respeto al enemigo entraba dentro del archivo de lo inglés, quizá porque el gentleman «no odia nunca». Al general Rommel, señala Assía, nunca se le ha alabado más que en el Times.

En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: «Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra». Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas. Era el signo de una civilización donde —al contrario de los regímenes totalitarios— «la libertad, el humor y el respeto por la ley prevalecen sobre la búsqueda radical de la perfección humana». 

Ahí están las gracias de Inglaterra. Al terminar la contienda, Assía medita que Hitler no ha hecho sino repetir «la historia de Luis XIV, de Napoleón, del Káiser», de todos los enemigos de la Isla. Como ellos, el nazismo tampoco iba a poder nada «contra el poder de la libertad» que, en su mejor hora, encarnó Inglaterra para el mundo. 
Es la épica que Assía narró día a día en su momento y que se condensa en estos libros como una lección moral. A tanto llegan unas páginas que se escribieron como periodismo y hoy solo podemos entender como literatura.

Ignacio Peyró
Nota del autor a la primera edición 

La base de este libro está formada por artículos aparecidos en La Vanguardia, de Barcelona, durante la primera fase de la guerra. Abarca desde la impresión que recibí al llegar a Londres, pocas semanas después de comenzada la conflagración, tras una ausencia de tres años impuesta por la guerra civil española, hasta la victoriosa campaña de África. 

Si la reagrupación de artículos periodísticos en forma de libro exige una explicación, pídasela usted a los editores de este. Solo respondiendo a sus reiterados requerimientos, he accedido a que fuera publicado. No creo, sin embargo, que la cosa requiera disculpa alguna por mi parte. Al contrario, me parece que poder reproducir hoy, sin quitarles ni añadirles una coma, artículos escritos sobre el correr de la guerra, a lo largo de los años cuarenta, cuarenta y uno y cuarenta y dos, puede ser todo menos motivo para reproches. 

Me parece, igualmente, que el hecho de haber sido el único periodista español que ha informado sobre el conflicto desde Inglaterra quizá dé a este libro un carácter documental que, andando el tiempo, pueda tener interés para la historia del periodismo en nuestra patria, sin contar que tal vez los lectores se alegren de poder tener ahora, recopilados en un tomo, algunos de los artículos que, en horas obscuras para la civilización europea, vertían sobre los hogares un rayo de esperanza. 

Mi optimismo innato, al lado de mi fe en la fuerza de la libertad, así como mi conocimiento del carácter inglés, contribuyeron a que ni por un solo momento dudara del triunfo de Inglaterra. Esto, a su vez, imprimió a mi labor un tono a «contrapelo» que, si me produjo inquietudes, llevó la tranquilidad a no pocos ánimos. Quizá este recuerdo sea el mejor justificante del libro, los editores creen que tiene también la virtud de ofrecer un cuadro sinóptico de la vida en Inglaterra bajo la obscuridad que lanzó sobre la Isla la catástrofe del ejército francés. 

El juicio, a este respecto, lo dejo en manos de usted. Quiero avisarle, sin embargo, de que los artículos reproducidos en el libro no son sino una parte esquemática de la pléyade que la radio y el cable volcaron noche tras noche sobre La Vanguardia. Seleccionar este tomo, entre más de un millón de palabras, ha sido tarea ímproba. Una parte del material original se ha extraviado y otra ha perdido toda relación con la actualidad. 

El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte. A través de ellos, lo mismo desfila la descripción del acodalamiento del Graf Spee en el Mar del Plata que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra que el origen del Plan Beveridge. 

A pesar del sistema esquemático introducido en la selección, ha sido imposible condensar en un solo volumen todo el material. Mientras este tomo se ocupa de la primera fase de la guerra, o lo que pudiera llamarse la «guerra defensiva», el segundo, de próxima publicación, se ocupará de la segunda fase o la «guerra ofensiva», y se titulará: Cuando martillo, martillo.

Augusto Assía, 1946

* Siempre dado a usar un nom de plume, Felipe Fernández Armesto —así fue bautizado— utilizaría este seudónimo de resonancias viajeras y tolstoyanas para sus crónicas en La Vanguardia.


El legendario espía y periodista gallego 
que engañó a Hitler 
y fundó Casa Grande de Xanceda


Un legado periodístico que perdura

El trabajo de Augusto Assia continúa siendo objeto de estudio por parte de historiadores y periodistas. A través de su obra, miles de lectores pudieron entender mejor un conflicto que cambió el mundo y conocer, además, la voz poco escuchada de una reina relegada por la historia. Sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial son, todavía hoy, referentes de un periodismo valiente, honesto y profundamente humano.

La impresionante historia de Augusto Assía, también conocido como Felipe Fernández Armesto, uno de los más ilustres gallegos del siglo XX, testigo de grandes momentos de la historia y fundador, ya anciano, de una marca láctea de referencia.

A las 14:50 del 1 de octubre de 1946 se iniciaba la última sesión de los Juicios de Núremberg, un proceso penal contra 24 altos cargos de la Alemania nazi acusados por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre del Tercer Reich. El Palacio de Justicia de Núremberg fue el elegido para albergar este proceso por razones simbólicas, ya que había sido el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las Leyes de Núremberg, una serie de normas antisemitas y racistas. Tras 314 días, en los que se escuchó a 240 testigos y se leyeron 300.000 declaraciones, el tribunal dictó varias condenas a muerte, de prisión y absoluciones. Más de 250 periodistas se desplazaron para cubrir la actuación del Tribunal Militar Internacional instalando su base de operaciones en el castillo de los condes Faber-Castell. Solo tres españoles cubrieron los juicios de Nuremberg, entre ellos un gallego que acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del periodismo del siglo XX. 

Un orensano que conoció el nazismo, la Inglaterra de Churchill, los Estados Unidos de Eisenhower, que fue condecorado con la Orden del Imperio Británico, que se cree que trabajó para los servicios secretos engañando a Hitler y que fundó una granja cuya marca lleva el nombre de Galicia y su calidad por todo el mundo: Casa Grande Xanceda. 

Esta es la historia de Augusto Assía.

Su verdadero nombre era Felipe Fernández Armesto, natural de un pequeño pueblo de Ourense, A Mezquita, donde nació el 30 de abril de 1906. Pronto dio salida a su vocación periodística publicando sus primeros artículos en el diario vigués “El Pueblo Gallego”, en 1924.
Ese mismo año ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela y se licenció tres años después. 
En 1928, Felipe logró una beca para acudir a la Universidad de Humboldt de Berlín, desde donde comenzó a trabajar para varios medios como “El Sol”, “La Libertad” o “ABC”.

Tras leer algunos de sus artículos, el diario “La Vanguardia” le propuso ser corresponsal permanente del periódico en Berlín, momento que eligió para comenzar a usar un seudónimo y evitar así perder su beca y las colaboraciones con otros medios: Augusto Assía.
Su nueva identidad marcaría el resto de su existencia, ya que nunca volvería a firmar con su verdadero nombre ni cambiaría de periódico a lo largo de su vida, trabajando de manera ininterrumpida para La Vanguardia hasta su jubilación en 1986.

En Alemania asistió al imparable ascenso de Hitler y a los cambios que experimentaba el país, hasta que fue expulsado en 1933 como represalia por sus crónicas contra los dirigentes nazis recién ascendidos al poder y por una incómoda e insistente pregunta que hizo al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, sobre la implicación de las SS en la muerte de tres sacerdotes católicos en la ciudad de Kiel.
Su último artículo en Alemania fue publicado el 20 de mayo de 1933. El 13 de junio se publicaba su primera crónica desde Inglaterra, adonde había sido destinado por La Vanguardia como corresponsal en Londres.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Augusto se trasladó a España para cubrirla y en 1939 fue reenviado de nuevo a Londres, donde pasaría toda la Segunda Guerra Mundial despachando unas crónicas que se hicieron famosas y que le convirtieron en una de las pocas voces que defendían la posición de los aliados frente a los nazis, apoyados por la mayor parte de la prensa española de la época.

A pesar de que Londres era bombardeada cada noche, Augusto decidió permanecer allí, siendo el único periodista español que informaba sobre el conflicto desde Inglaterra y ofreciendo puntos de vista tan molestos que el régimen franquista llegó a amenazarlo, a través de su embajador en Londres, con retirarle la ciudadanía española. Tras conocer la amenaza, Augusto contestó: “No me importa, con tal de no perder la gallega…”.

El éxito de sus crónicas fue tan extraordinario que, una vez terminada la guerra, fue publicada una antología de las mismas en dos volúmenes considerados uno de los libros periodísticos más importantes del siglo XX.

Su figura se volvió tan sobresaliente que, durante años, se pensó que este gallego era “Garbo”, el famoso agente doble que engañó a los alemanes sobre el lugar en el que se produciría el desembarco aliado en Francia. Y se llegó a esta creencia debido a algunas crónicas publicadas por él días antes del Día D en las que pronosticaba que la ofensiva aliada se produciría en el paso de Calais, justo la tesis que usaba el servicio secreto británico y el mismo “Garbo” para desinformar al contraespionaje nazi.

Pero ¿fue Augusto realmente un espía? Resulta cuanto menos curioso que fuese condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico, además de recibir la King’s Medal, una condecoración de carácter militar.
Su hijo suele recordar cómo le sorprendieron las atenciones que le prestaba un viejo catedrático mientras estudiaba en Oxford, hasta que descubrió que aquel anciano era sir John Cecil Masterman, el director del programa de agentes dobles del MI5, el cerebro del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial, que agradecía así la contribución de su padre a la victoria y que llegó a decirle que había sido uno de sus agentes más importantes.

Aunque él nunca lo reconoció, el hecho de ser expulsado de Berlín, sus condecoraciones y que fuera uno de los contados periodistas españoles que asistiría a los juicios de Nuremberg, también hicieron sospechar a los soviéticos de que, bajo el seudónimo de Augusto Assía, no se escondía un espía común, sino la identidad del legendario “Garbo”, cuyo nombre real se sabría décadas después: Juan Puyol García.
Tras el fin de la guerra y cubrir la información sobre los juicios de Núremberg, fue corresponsal en Nueva York, en la década de los 50, en plena guerra fría, así como en Washington, donde también desempeñó la labor de agregado de prensa de la embajada española. De 1955 a 1963 fue corresponsal en Bonn y a partir de 1964 se convirtió en enviado especial cubriendo los acontecimientos internacionales más importantes.

MARÍA VICTORIA, FELIPE PADRE E  HIJO

En la década de 1970 regresó a Galicia con su esposa, la historiadora, periodista y política María Victoria Fernández España, nieta de Juan Fernández Latorre, fundador del diario La Voz de Galicia. Una extraordinaria mujer que llegaría a ser la primera vicepresidenta del Congreso de los Diputados.
Ambos decidieron retirarse en una hacienda en Mesía, para la que importaron en barco 20 vacas de Canadá, las mejores de su época, para que pastasen en libertad por las 30 hectáreas de la hacienda, ya que Augusto creía que no tenía sentido tenerlas en un establo alimentadas por pienso.
Cuando aún nadie había oído hablar de este término, Felipe Fernández Armesto ya era un precursor de la agricultura ecológica y evitaba utilizar pesticidas, herbicidas o productos químicos, ya que tenía el convencimiento de que había una forma más responsable y respetuosa de producir leche.

Poco a poco, el periodista fue comprando e intercambiando terrenos con sus vecinos hasta llegar a poseer 160 hectáreas y cientos de reses en el momento de su muerte. Cuando la familia tuvo que decidir qué hacer con la granja, que en aquel momento abastecía de leche a otras marcas, decidieron mantener el legado de Felipe creando una yogurtería ecológica: Casa Grande de Xanceda, los segundos mayores productores ecológicos en España, con más de 50 empleados, 200 hectáreas y 10 millones de euros de facturación anual con productos lácteos 100 % naturales y ecológicos.
Su logo, su nombre y la sede central de la compañía, dirigida en la actualidad por sus nietos, nacieron de la casona del siglo XVII en la que un día Felipe vivió felizmente junto a su esposa y desde donde, a pesar de su avanzada edad, cuidaba de sus vacas con el mismo esmero que escribía sus crónicas.


¿Sabías que un legendario periodista gallego, Caballero de la Orden del Imperio Británico y galardonado con la Medalla Castelao, el Premio Galicia de Comunicación y el Premio Fernández-Latorre, fundó Casa Grande de @xanceda?

jueves, 7 de mayo de 2026

LIBRO "ANTONIO MOLLE LAZO": MARTIRIZADO POR NEGARSE A BLASFEMAR, Y GRITAR EN CAMBIO, "¡VIVA CRISTO REY!" ✞

Antonio Molle Lazo 
(1915 - 1936) 
Juventud, ideales y martirio


El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde entonces lo medité muchas veces.
Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han brotado, abundantes: por una parte, por compasión hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa.
He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno, y he dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y, en particular, a los españoles.
Padre Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

"ME MATARÉIS, PERO CRISTO TRIUNFARÁ"

Yo era niño cuando mi padre me contaba la muerte heroica de Antonio Molle por negarse a blasfemar y gritar, en cambio, «¡Viva Cristo Rey!». Seguía yo siendo pequeño cuando en mi casa se rezaba a diario, al término del rosario familiar, la oración: «Señor, que dijisteis: a aquel que me confesare en la tierra ante los hombres, yo lo confesaré en el cielo ante mi Padre celestial», pidiendo por nuestra parte la glorificación de Antonio Molle y su intercesión en el cielo.

Pasaron los años y, siendo yo un muchacho espigado, tomé parte en la peregrinación venida a Jerez de la Frontera desde diferentes puntos de España, para asistir al traslado de los restos mortales de Antonio Molle desde ese cementerio a la iglesia del Carmen —también en Jerez—, donde reposan. ¡Cuántas emociones aquel día!

Ahora, ya viejo y caduco, me corresponde estar a la puerta de la autoridad eclesiástica pidiendo la apertura de su proceso de canonización. Siento igual fervor ahora que entonces, el mismo amor y respeto a la Iglesia. Pero con mayor conocimiento de la realidad histórica de la vida y muerte de Antonio Molle; y admiración por la limpieza de su alma, forjada en el amor a Cristo Eucaristía, a María su madre y a la Iglesia perseguida. Me llama la atención cómo Antonio se dejó llevar por la providencia divina. Su corazón generoso —sin duda, sede del Espíritu Santo— sabía marcar los pasos a seguir, sin cálculo o contabilidad de los riesgos y sacrificios.

No le importó sufrir encarcelamiento durante la II República, por lo que, llegado el Alzamiento de julio de 1936, rápido se presentó como voluntario para ir al frente para defender a España de los enemigos de Dios. Así es que, estando en este, aquel 10 de agosto de ese mismo año, 1936, cuando en Peñaflor se conoce que el pueblo va a sufrir un duro ataque de las numerosas fuerzas que vienen de Palma del Río, sus compañeros, requetés y guardias civiles, se retiran estratégicamente a la iglesia y al ayuntamiento, pero Antonio solicita permiso para cuidar personalmente del convento (Hermanas de la Cruz), situado a la misma entrada del pueblo en la dirección del peligro. Su defensa, su caballerosidad, su heroísmo y su muerte son conocidas y mejor explicadas en este trabajo que trae a la luz fray Santiago Cantera. ¡Sigue actuando la Providencia!

Aquella perla que brillaba en el mundo, Dios la escogió para sí, purificándola plenamente con la sangre del martirio.

Ahora, de la paz del claustro de Santa Cruz del Valle de los Caídos, viene la pluma de un monje que habla al mundo: «Escuchad: la paz verdadera está en Cristo, porque nace de su Amor». 
El martirio de Antonio Molle convirtió a alguno de sus verdugos. Hoy, su sangre, en justa memoria histórica, clama ante el Señor: 
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Con nuestras obras hagamos eco al clamor de Antonio Molle, al morir gritando: «¡Viva Cristo Rey!». 
Que nuestra vida, en este mundo laicista que reniega de Dios, sea la de nuevos soldados de paz y amor, sin mirar los sacrificios.

Leamos las páginas de esta vida de Antonio Molle con la devoción que merecen y, después, dejemos que la Providencia y la mano de María nos guíen en el servicio de España, de una España para Dios.

Domingo Fal-Conde-Macías
Sevilla, 10 de agosto de 2008

A los 70 años de la muerte martirial de Antonio Molle Lazo —que entonces tenía 21 años— en la localidad sevillana de Peñaflor, su figura cobre relevancia hoy de nuevo e incluso un nuevo valor. Adquiere valor de nuevo, porque la grandeza de las almas cristianas más generosas crece con el paso del tiempo. Y es precisamente pasado un tiempo, cuando mejor aún se puede comprender su magnitud ante los hombres como manifestación del Amor providente de Dios y ofrece, además, un nuevo valor, porque, en me- dio de la crisis de valores y de referentes que sufre actualmente la juventud —de un modo particular la juventud española—, el ejemplo de este muchacho andaluz de corazón puro, de pensamiento claro, de alma limpia, delicado con sus compañeros, con sus formadores y con sus padres, 

entregado a unos ideales que consideraba justos, verdaderos y rectos, y, finalmente, muerto por confesar a Cristo tras un durísimo calvario de crueles tormentos, se impone como un modelo ejemplar, digno de imitación para los jóvenes. Asimismo, considerando que Juan Pablo II quiso impulsar de nuevo las causas de los mártires españoles de 1934 y de 1936-39, que deseó proponer modelos de seglares santos y, singularmente, de algunos comprometidos en la acción pública y aun política, la figura de Antonio Molle reúne también las  mejores condiciones. Ante todo, nos parece que se trata de un modelo para los jóvenes: rico en virtudes, entregado a unos ideales y decidido a la hora de dar la vida por confesar su fe. No es un joven ñoño, si bien en los años de su primera educación de infancia, cabría descubrir algunos aspectos que, tal vez, pudieran darnos tal impresión, debido a la enseñanza propia de la época. 

Muestra virtudes vividas en un alto grado: el amor filial a sus padres, el compañerismo, el vencimiento de sí mismo, la diligencia en el trabajo, la honestidad, la guarda de la castidad y la pureza, el patriotismo, la devoción sincera, la fortaleza y la decisión ante la adversidad, la esperanza religiosa… y una fe inquebrantable hasta el martirio. Por otro lado, encontramos también en Antonio Molle la entrega generosa a unos ideales que, siendo fundamentalmente de base religiosa, llenan su vida; y esto es algo propio de una edad juvenil vivida en plenitud. 

Este libro no es —ni pretende ser— una apología del carlismo o tradicionalismo español, ni está escrito con una intencionalidad política. Independientemente de cuál sea el posicionamiento particular de quien escribe las presentes páginas hacia esta doctrina que, como se verá, no solo es política, lo que desea el presente libro es proponer la figura de Antonio Molle como modelo para los jóvenes y promover su conocimiento entre el mayor número posible de lectores, para destacar sus virtudes cristianas y su muerte martirial y, en consecuencia, favorecer en lo que esté en mi mano su proceso de beatificación y canonización. Ahora bien, lo que sí queremos pedir al lector es capacidad para acercarse a comprender, al menos escuetamente como aquí lo hacemos, lo que significaba en los años de Antonio Molle el tradicionalismo carlista. De otro modo, será muy difícil, por no decir imposible, entender del todo bien su figura. 

Presentamos a un joven entregado a unos ideales,  a los cuales no exigimos necesariamente la adhesión del lector: lo que nos importa en esta obrita es el modelo de ese joven, adherido, él sí, a esos ideales que juzgaba verdaderos y justos. De otra parte, cuando aludimos a que Juan Pablo II ha deseado modelos de católicos dedicados a la vida política y elevados a los altares, nos parece que el caso de Antonio Molle reúne bien tales condiciones. Una vez más, advertimos que en el presente libro no tratamos de proponer el tradicionalismo carlista en sí, sino el ejemplo particular de Antonio Molle, quien se adhirió a un pensamiento y un movimiento en nada incompatibles con la fe católica y con la Doctrina Social de la Iglesia; es más, se hallan profundamente inspirados en ellas.

Al cabo de 70 años de su muerte —hoy en día el carlismo no goza en España de la fuerza que en aquellas fe- chas tenía—, parece seguramente, más fácil e imparcial promover su elevación a los altares. Sin duda, ese paso del tiempo ha posibilitado también la glorificación del beato Carlos de Habsburgo, el último soberano del Imperio austrohúngaro, y de los mártires cristeros mexicanos, entre ellos, la impresionante personalidad del beato Anacleto González Flores, fundador de la Unión Popular. 

¿Cuántos reyes santos hay en la Iglesia católica y no son un problema para la acción espiritual de esta? ¿O qué decir de santo Tomás Moro? Por eso, pensamos asimismo que no existen objeciones verdaderas que plantear hoy, en ese sentido, a la beatificación y a la canonización de Antonio Molle. Más aún si se tiene presente que, de los 971 carlistas asesinados entre 1936 y 1939 en las tierras del antiguo Reino de Valencia (provincias de Valencia, Castellón y Alicante) por su fe católica y con frecuencia también por su militancia tradicionalista, de todas las clases sociales y con unas edades de entre 15 y 90 años, son ya 30 (25 varones y 5 mujeres) los que han sido beatificados. 

Ciertamente, nada más comenzar la guerra civil española el 18 de julio de 1936, se dispuso como soldado requeté a defender la religión católica frente a la persecución que sufría. Su entrega fue generosa y decidida. No se le puede recriminar que tomase las armas, por varios motivos: porque la doctrina católica considera positivamente, desde muy antiguo, el concepto de la guerra justa; porque ha habido muchos santos guerreros (san Fernando, san Luis de Francia, etc.) y promotores de las cruzadas y de órdenes militares en la historia (san Bernardo de Claraval, san Raimundo de Fitero, etc.); y porque en 1936 fue el propio episcopado español quien consideró justa la causa del Alzamiento Nacional. En consecuencia, nada se puede recriminar a un joven seglar que actuó conforme a su conciencia y a lo que la Iglesia misma en España dijo.

Aún más, casi recién iniciada la guerra y evitando, con sabia diplomacia, prematuros compromisos políticos, Pío XI no dudó sin embargo en bendecir a tantas personas que, como Antonio Molle, habían salido a defender la fe en los campos de batalla: Sobre toda consideración política y mundana, Nuestra Bendición se dirige de una manera especial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es como decir los derechos y la dignidad de las conciencias, la condición primera y la base segura de todo humano y civil bienestar. Todo ello sin olvidar bendecir asimismo a «todos aquellos otros que también son y permanecen siendo hijos Nuestros», a pesar de sus actos persecutorios contra la religión (Alocución a los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares prófugos de España, 14-IX-1936). 

Por otro lado, Juan Pablo II ha elevado a los altares a personas que combatieron y que murieron martirialmente en medio de conflictos que tenían un matiz esencial de lucha en defensa de la religión, como fueron las guerras de la Vendée durante la Revolución Francesa y las guerras cristeras en México en la primera mitad del siglo XX. Movimientos ambos, por cierto, con muchas similitudes respecto del tradicionalismo carlista español. 

En el caso de Antonio Molle Lazo, por otra parte, la muerte martirial es clarísima, nítida, evidente a más no poder. Fue apresado en combate, pero no murió en combate, sino ya en condición de prisionero. Los sufrimientos que padeció en los tormentos que le causaron sus verdugos siguen siendo aterradores a nuestros ojos y los afrontó de lleno, con fe religiosa y por puro amor a Jesucristo Rey; se los infringieron por odio a la fe, porque intentaron que apostatara de ella y él se negó. Y como permaneció firme en su amor a Cristo, le produjeron por fin la muerte, mientras él se identificaba completamente con su amado Redentor y emitía con todas sus fuerzas su último «¡Viva Cristo Rey!». 

El martirio de Antonio Molle es estremecedor, impresionante, impacta en lo más hondo de cualquier sensibilidad humana no endurecida y llega hasta lo más íntimo del alma cristiana. Me produjo una gran impresión interior la primera vez que lo leí completo y, desde entonces lo medité muchas veces. Pero ahora, al relatarlo por escrito, he de decir que he llorado y he tenido que detenerme, y lo mismo al repasarlo. Las lágrimas me han brotado, abundantes: por una parte, por compasión hacia el sufrimiento humano del muchacho; pero, por otro lado, también por una bien entendida emoción religiosa. 

He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno, y he dado gracias a Dios por habernos regalado un joven de su talla, por habernos dado un modelo así a la Iglesia y, en particular, a los españoles. Este es, posiblemente, el libro más sencillo de cuantos hasta el momento he escrito, pero creo que, sin embargo, es el que mayor y más profunda impresión me ha causado, debido al martirio del joven requeté. Medito con frecuencia este acontecimiento, a la vez doloroso y glorioso, y se enardece mi fe. Muchas veces lo tengo presente al ir a comulgar: altísimo Sacramento de la Eucaristía, pienso también en Antonio Molle, subido y abrazado con Él en la cruz.

Oda a Antonio Molle Lazo, 
mártir de España

En Hispania inmortal, de María tierra electa, germina una nueva gesta.

De la cristiandad en sus entrañas, esplende del ruedo ibérico, 
de la Fe un gladiador.
Gesta martirial bravía de la Gloriosa Cruzada, 
gestada con ardor en agosto abrasador.
En Peñaflor abrasan las casas blancas, vivas de cal, 
de fuego grana y gualdo arde su corazón.
Desde el lagar martirial bombea al orbe cristiano 
latidos por Cristo Rey de amor apasionado.

Alma del cielo dilecta, sufre con espanto la blasfemia, 
coraje numantino, custodia la Santa Fe.
A altísimo precio la tasó, la savia de su vida en flor, 
en vasija rebosante, por Amor se desbordó.
Pasto tierno de dentelladas fieras, crueldad atroz 
de enemigos de España y de la eternal mansión.
Orejas mancebas mutiladas de un tajo, 
guillotina punzante de acero certero y feroz.
De cuajo le arrancaron los ojos, sangrante zafiro puro, 
verdugos ávidos de sangre virginal.
Con saña descarnaron sus fosas nasales, 
desfigurando las alimañas su fisonomía casta.

No se amilanó un ápice ante la muerte cierta, 
cuál Miura negro, miró de frente al encaste.
Con el capote martirial ensangrentado a Cristo 
brindo su vida por celestial montera.
Gemía de gozo y su voz descuartizada rasgaba 
el cielo turquesa de España: “¡Viva Cristo Rey!”
¿En qué manantial se cultivó en 21 primaveras 
esta perla fina de heroísmo tan señera?
Fusta repujada de excelso talle desde la cuna 
por el Cielo predilecta y amada.
Infante, ramiro fiel y dócil cordero, 
mullido reposa en el redil del Buen Pastor.
En verdes majadas encontró el cobijo santo 
al calor de Cristianas Escuelas.
Sorbió ávido licor, néctar y ambrosía, 
libando del cáliz de la perenne doctrina.
Diamantina caridad, humilde y mansa, 
vereda de hagiografía certera.
Dulce temple de terciopelo exquisito en vasija recia, 
dura como el ruejo.
De amor prematuro con premura por ósmosis 
imantado a congregaciones pías
Se fue forjando en aurero crisol el hombre y
 tejiendo de espinas el cilicio de su vida.

El amor desbordante a Cristo y su realeza 
conquistó la principalía en su corazón.
Carmelita terciario hizo del Escapulario milicia y Tercio, 
coraza invencible del guerrero.
El Santo Rosario, valioso caudal, 
aroma de virginal deleite y fiel camarada.
Émulo de San Juan Berchman, obediente 
cual flamenco jesuita en versión andalusí.
Congregante y colegial modelo, viril e 
intransigente con la malicia montaraz.
Flagelo del blasfemo fiero, protector del débil, 
guardián del pobre y centinela.

Becario ferroviario, arduos sudores bajo el sol de metal, 
a Dios propicio y escaso el pan.
Ambiente hostil de hordas rojas, pureza de armiño, 
entre lobos carniceros.
De bruces en la calle y sin trabajo, 
escribiente en vinícola penumbra de bodega añeja.
Taquillero en el teatro de los sueños, 
ensoñación de mansiones celestes.
Apóstol de la Sagrada Eucaristía, 
adalid de las sanas costumbres.
Su mirada fontana de rocío cristalino, 
deportista audaz, patrón de santa eutrapelia.

Idilio tempranero con la Hispana Tradición, 
presto se afilió a las carlistas huestes.
Mesnada de Cristo hizo de la Cruz de Borgoña 
estandarte y de la Patria blasón.
Privado de Santa Misa, su bálsamo el Rosario, 
los libros devotos su panacea.
Leía hazañas de mártires para cincelar 
con su sangre joven a pulso página nueva.
Sublimada su inocencia, se fue en su adolescencia, 
caballero para la eternidad.
Vestiduras radiantes como el sol, 
de la sangre del Cordero batanero.



Antonio Molle Lazo, breve biografía. Por el Prof. Miguel Ayuso Torres