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sábado, 23 de mayo de 2026

LIBRO "CUANDO YUNQUE, YUNQUE. CUANDO MARTILLO, MARTILLO 🔨 por AUGUSTO ASSÍA (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO): EL LEGENDARIO ESPÍA Y PERIODISTA GALLEGO QUE ENGAÑÓ A HITLER

 

Cuando yunque, yunque.
Cuando martillo, martillo


Durante la segunda guerra mundial, Augusto Assía (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO), corresponsal de La Vanguardia, era el único periodista español que informaba a sus compatriotas desde Londres. Una vez terminada la guerra recogió algunas de esas crónicas en dos libros. El primer volumen, que apareció en 1946 e incluía textos publicados durante la primera parte de la guerra, la denominada «guerra defensiva», llevaba por título Cuando yunque, yunque. El segundo volumen, Cuando martillo, martillo, recoge las crónicas publicadas a partir de julio de 1943, durante la segunda fase de la guerra, la «guerra ofensiva».
Las crónicas escogidas no incluían solo artículos de corte bélico, porque en palabras de su autor: «El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte». Así, las crónicas lo mismo nos dan noticia de cómo funciona la corona británica que de la retirada de los soldados ingleses de Dunquerque o del sistema escolar vigente en el Reino Unido.
El libro es, por tanto, no solo una crónica de la guerra vista por un español, sino también un auténtico retrato moral del único país de Europa occidental que no se dejó doblegar por Hitler.
Prólogo

Augusto Assía (Felipe Fernández Armesto). Una vida española del siglo xx El periodismo puede hacer o deshacer a un escritor, pero es indudable que la literatura española siempre ha entrado y salido de los periódicos con naturalidad perfecta. Quizá por eso sea un acto de estricta justicia que el mejor periodismo español del siglo xx —de Camba a Gaziel y de Xammar a Chaves Nogales— haya ido pasando en estos últimos años de las hemerotecas a los libros. Rescate tras rescate, es algo que estamos viviendo todavía. 

Más allá del valor historiográfico de un legado hasta ahora disperso, la recuperación de tantas obras y de tantos nombres nos ha servido, de modo eminente, para repensar las galerías que unen el periodismo y la literatura. Nos ha ayudado a subrayar la inteligencia sobre la realidad que puede abarcar un género tan mixto y fecundo como es la crónica. 

Nos ha puesto ante los ojos la dosificación inmejorable de atractivo literario y peso moral que llega a alcanzar la palabra del cronista. Y nos ha hecho ampliar la imagen que de sí mismas tenían las letras españolas en el siglo xx para así perfeccionar su canon. Si este salvamento editorial era ya una empresa de mérito, los lectores tampoco han dejado de celebrar su oportunidad, agradecidos de encontrar —en aquella España con frecuencia endogámica y sufriente— el testimonio del temperamento abierto, el alcance europeo y el temple de civilización de nuestros grandes cronistas. 

Literatura o periodismo, queda claro que su lucidez no estaba destinada a prescribir con el diario de la mañana. Quién sabe si, todavía hoy, la exclusión de Augusto Assía* (1904-2002) del elenco de magníficos de nuestro periodismo no será el pago póstumo a una carrera fértil y feliz como pocas. Sin duda, ese apartamiento tiene algo de purgatorio, a la espera de la mano de nieve que devuelva a los lectores una prosa perpetuamente legible y grata, inmune a los años, de soltura infalible y totalmente seductora. 

No es la única generosidad de su escritura: página tras página y país tras país, con el Assía corresponsal y viajero recorremos también el itinerario vital de un curieux de profession que vio y narró un siglo en su fuego y sus cenizas en todo lo que va de la Alemania nazi a los primeros barruntos del proyecto europeo o el optimismo moral de la América de los fifties. Ni siquiera iba a ahorrarse Assía los claroscuros y misterios que tanto seducen en una edad mitómana. En su caso, son más que suficientes para una ubicación controvertida entre quienes ponderan su pasado de fiereza comunista, su colaboración con el Gobierno de Burgos o su posible espionaje aliadófilo. 

Como periodista, él supo bien que a los suyos se les conoce por informados tanto como por discretos. Restaurado su perfil de cronista con este volumen, queda aún por hacer la quest de Augusto Assía. Ni faltan materiales ni debieran faltar voluntarios. De la vida a los libros, lo importante —en todo caso— será el carácter «independiente y liberal» que otorgó a Assía su palco de privilegio en la hora de tragedia y de gloria del continente. El escritor que aún acertó a vivir el último cosmopolitismo de la gran Europa iba a dar fe de la ventolera de la historia y a metabolizarla como un poso ético y una cierta sabiduría en lo político. Por eso, si hemos de buscar una vida española del siglo xx, tal vez no debamos buscar mucho más allá de Augusto Assía, quien tuvo además la largueza de contarlo con esa facilidad propia del periodismo en su aleación más pura. 

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randolph Hearst, clases de Einstein o de Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. 

¿Qué otro personaje tuvo oportunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? Ciertamente, no a todo el mundo le fue dado conocer a Picasso y a Miró en la misma mañana parisina, reconciliar a Pla y a Xammar o encontrarse por primera vez a Julio Camba nada menos que en los tejados de la catedral de Santiago. Sí, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar, del 23F en el Congreso al acercamiento hispano-yanqui o —más prosaicamente— el día aquel que sorprendió a Truman bajándose los calzoncillos. Ese bendito oportunismo iba a convertirlo en príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo. 

Tiene quizá algo de ironía que, para abrazar esos grandes destinos, Assía debiera rechazar otros no menores. Cuando, allá por los años veinte, empieza a destacarse en las letras de su tierra, nada menos que Rafael Dieste saluda su primera novelita, Xelo, o salvaxe, con una de esas frases que sellan una vocación: «Por primera vez nos hallamos ante un verdadero escritor gallego». 

Por entonces, Assía era el muchacho criado en la solidez de una buena familia de la Galicia interior que llega a Santiago, se crea un nombre en los periódicos y va haciendo suyo el estimable paisaje literario de una Universidad en sus tiempos más selectos. Portela Valladares le ofrece —tan joven todavía— la dirección del progresista El pueblo gallego. Assía rehúsa, efectivamente, como el cambio de un destino. 

El vínculo universitario y periodístico seguiría ya lejos de casa: en París, primero, y en Berlín, después, en uno de esos lectorados de Románicas que tanto hicieron en el siglo xx por la literatura española y la manutención de sus creadores. En su ruta jacobea a la inversa, Assía iba a aprovechar para escribir y enviar sus colaboraciones, aquí y allá, a los medios españoles. La siembra trajo fruto cuando, por una sustitución y mil azares, le cae la correspondencia berlinesa de La Vanguardia con la bendición de Gaziel. Era 1929, y Assía permanecería unido al diario hasta 1986. Todavía impone algo de vértigo pensar en su estreno: contar el fenomenal ocaso de la República de Weimar, el «salto a la oscuridad» de la Alemania nazi. 

Cuando Josep Pla, buen amigo, lo recuerda en una de sus notas de ancianidad, describe el tono «ligeramente confuso y complicado» de aquel primer Assía. No era, quizá, una confusión que se limitara a la prosa. En la década de los treinta, su propio pensamiento iba a conocer bandazos radicales, de un galleguismo en los postulados del Grupo Nós a la militancia comunista, para en última instancia insertarse en la propaganda del Movimiento. Estas son páginas mal conocidas, tardíamente descubiertas y nunca desveladas por el propio autor, ante todo en lo atinente al compromiso con el pc. Ahí parece que su flirteo comunista fue tan intenso como breve, nacido hacia 1930 e incapaz de sobrevivir al contacto con la realidad soviética que vivió —como una conversión— junto a Pasternak, Gide o Dos Passos en la reunión moscovita del Pen Club en 1932. Hasta entonces, sin embargo, no faltan recuerdos de su trato con Alberti, de su condición de «escritor español proletario».

El pintor trotskista Andrés Colombo nos describe al Assía de la época como un joven de «afilados huesos» que «hablaba de los planes quinquenales rusos con la facilidad y fruición con que cualquiera se traga un helado en pleno verano». 
En tiempos de socavamiento de las democracias liberales, no hace falta abundar sobre el punto, tan tratado, de la sugestión que hallaron los intelectuales en el marxismo. Unos llegarían a la complicidad totalitaria; muchos otros lo abrazaron a modo de contraveneno del fascismo. 

No se sabe qué actitud tomó Assía. Sí se sospecha que su separación del pc fue traumática. Y también consta la certeza de que, desde entonces, el periodista sería más cuidadoso en sus apegos y directamente magistral en el manejo de las distancias. Dicho de otro modo, Assía desarrolló una magnífica capacidad para caer de pie, pero no sin conocer el sabor de la contradicción: 
baste pensar que, en el mismo 1936, iba a experimentar la censura de la República y también la del franquismo. Unos años antes, en 1933, con el nazismo recién instalado en el poder, Assía ya había tenido la mala idea y el cuajo moral de enfrentarse a Goebbels y convertirse en uno de los happy few rechazados por el Reich. 

Aquel fue el fin de su corresponsalía berlinesa y el comienzo de su corresponsalía volante por Europa, en todo lo que va de la Sociedad de Naciones al asesinato del canciller Dollfuss. Ya se iban adensando las sombras de los años treinta y su propio país, como un anticipo de la conflagración continental, aceleraba hacia la guerra. Desde el primer momento, Assía también sabría aprovechar ciertas zonas de ambigüedad en su relación con el franquismo. 

Por ejemplo, siempre se negó a jurar «fidelidad íntegra y total a los principios nacional-sindicalistas», lo que le dejó, primero, sin carné de prensa, y después, sin la subdirección y la dirección de La Vanguardia. Esas no eran las lealtades esperadas en quien había vuelto a España para encargarse de la prensa del Gobierno de Burgos, mano a mano con un Juan Pujol que iba a alterar el curso de la guerra mundial bajo el alias de Garbo.

Entre episodios de cercanía y episodios de desdén, su trato con la dictadura conoció texturas interesantes y complejas. Tuvo tiempo de dirigir un par de medios locales: La Voz de España, en San Sebastián, o el elocuente Arco orensano, también influyó en Franco de cara al nein de la Entrevista de Hendaya. Finalmente, cuando se le reintegra La Vanguardia al conde de Godó, Assía vuelve a entrar en plantilla y, en recuerdo de las viejas lealtades, ayuda a exiliarse al expresidente Portela Valladares. 

Otro de los capítulos de su vida marcados por la incógnita. Para el primer día de la guerra mundial, Assía ya está en Londres, con el mérito de haber sido el único español en vivir y contar toda la guerra desde allí. Aquellos iban a ser, seguramente, sus mejores años, con la historia ante los ojos como un adiestramiento en la política de calidad. 

No serían, sin embargo, sus años más fáciles, al menos en sus rapports con los jerarcas del régimen: el alineamiento aliadófilo de sus despachos irritaba al duque de Alba —el embajador— y llevó a Serrano Súñer —el ministro— a amenazar con despojarle de la nacionalidad española. Aun así, fueron tiempos de tés con Churchill, de conocer a un prometedor joven llamado John F. Kennedy, de posar ante el todo Londres como «la persona mejor relacionada», según se dijo, «con la colonia española». De paso, Assía iba a ir sumando glorias a su archivo personal: fue el primer español en aparecer en una televisión, fue el impulsor de la programación en gallego —pionera en Europa— de la bbc, y también fue, desde entonces y por mucho tiempo, el periodista mejor pagado de España. 

Cuenta el hijo de Augusto Assía, el gran historiador angloespañol Felipe Fernández Armesto, de cierto don oxoniense que se le acercó un día a agradecerle los servicios prestados por su padre a la causa de la libertad. Entre sonriente y lloroso, aquel anciano profesor aludía a la historia que entronca a Assía con el espionaje aliado. Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones. Pensemos, por ejemplo, que poco antes del Desembarco de Normandía, una de las «crónicas radiotelegráficas» de Assía ya expande el engaño, según la pauta de Garbo, de una supuesta toma de tierra aliada «en Francia y el sur de Bélgica». 

Por supuesto, del mismo modo que no hay materialidad ninguna para corroborar la implicación de Assía en la esfera del espionaje, tampoco es aceptable pensar que los nazis soslayaran sus despachos. Como sea, el mismo periodista que había apostado por la victoria de Franco en el verano del 36, tampoco tuvo dudas de que la causa aliada se impondría al nazismo. Conocía el acero de los ingleses. Es tentador pensar que, para Assía, sus años británicos fueron también el mediodía de su carrera periodística. Todavía le quedaban —mano a mano con Sentís— los juicios de Núremberg, una vuelta al mundo a la mitad del siglo, puestos y destinos capaces de coronar cualquier trayectoria. 

En Nueva York y Washington, a comienzos de los cincuenta, hizo no poco por acercar a España y Estados Unidos. Ahí volvieron a aflorar los rumores de espionaje: atípicamente, además de escribir para La Vanguardia, Assía ejerció como attaché de prensa de la embajada española. Después fue llamado a la Alemania fundacional de Adenauer y —firme en su convicción europeísta— pudo narrar a placer la firma del Tratado de Roma. Para entonces, en aquella Europa que tan bien conoció, quedaban pocas de las dulzuras larbaudianas que aún había entrevisto en su juventud. 

Él iba a seguir publicando, como una voz posibilista e incansable, en La Vanguardia, en el Ya, en Destino y en La voz de Galicia. Precisamente se casaría con una de las hijas propietarias del diario gallego, Victoria Fernández-España, una mujer —inteligente, rica, guapa— de excepción. Iba a tener hijos de probada brillantez intelectual. Iba a perpetuar su nombradía con sus «cartas al director» en el diario del conde de Godó. Irreductible como era, también iba a perpetuar sus problemas con el franquismo: su galleguismo templado, su filiación europeísta, sus afanes de descentralización y apertura democrática contaban con sobrada autoridad para molestar.

A finales de los setenta, Assía era el gallego que había cumplido con el deseo tenaz de volver a casa. Con su familia partida por la guerra, no pudo menos que celebrar la Constitución como sutura histórica, el pacto de concordia de la Transición. Tonteó, solo un poco, con la política activa. Y ya en su edad provecta, de retiro en la Casa Grande de Xanceda, aún daría en gozarse en las complejidades de una vida en la que el periodismo era el oficio más interesante de la tierra y un corresponsal valía lo que valía un diplomático. Ahí todavía le quedó tiempo para fundar una de las mayores vacadas de su tierra. 

Assía terminó sus días al modo de sus admirados lores dieciochescos, en una pose de gentleman farmer que no era sino una espléndida cuadratura de sentido. A Augusto Assía nunca se le ha negado el protagonismo entre los corresponsales españoles; curiosamente, no se ha subrayado lo suficiente su primacía en el estamento, tan menguado, de nuestros anglófilos. Al respecto tal vez baste con traer a la memoria que nos dejó media docena de libros y que cuatro de ellos tratan sobre esa «magnífica y peculiar isla en acción». Así, a las estampas de costumbres de Los ingleses en su isla y a los perfiles de prohombres de Vidas inglesas, les seguirían —ya en la posguerra— Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, los volúmenes que ahora reeditamos. 

En ambos se extractan sus mejores crónicas de la guerra, cribadas de entre el millón de palabras que envió a La Vanguardia desde Londres. Con la divisoria fijada en 1943, el primer libro acompaña aquella finest hour británica en que Churchill y su pueblo vieron y sufrieron el órdago alemán. Era la Inglaterra golpeada como un yunque. En el segundo volumen, con las tornas cambiadas, Gran Bretaña —junto al resto de los aliados— se convierte ya en el martillo que percute hasta la victoria final. 

Desde las escombreras de un hotel o entre la polvareda que sigue a un bombardeo, habrá que decir que Assía nos va contando en directo, con insistencia diaria, los acontecimientos de una guerra cuyo signo final él y todos desconocen. Por eso redunda en su honor y en su capacidad de profecía que jamás dudara de unas gentes que «no se dejan deprimir por los reveses» ni «se exaltan fácilmente con los éxitos». 

«Gallego fascinado con Inglaterra», a Assía no solo le tocó alzar testimonio de un país castigado y resistente, sino erigirse —como se ha dicho— en «traductor de una cultura». En esa labor, no hay ninguna desmesura en equiparar su conocimiento y su pasión inglesa a la altura de los Voltaire, los Taine y los Morand, de los anglófilos históricos que con Assía suman a un raro español entre sus filas. Su pedagogía británica, como él mismo reconoció, no era cosa sencilla: 
ya Ortega había sentenciado que «no hay hecho más extraño en el planeta que el pueblo inglés», y Assía asume que «es el país más difícil de describir para un escritor». 
El corresponsal abundará en sus contradicciones: 
Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y —a la vez— la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo, se dirige desde «la casa humilde, de aspecto pobre», de Downing Street. 

Ahí, Assía sabrá transmitir a sus lectores el don genuino de lo británico: que el país haya sabido convertir esa contradicción «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Siempre más sensible a las texturas de la libertad que a las del tweed, las simpatías inglesas de Assía reverberan en unos artículos que, escritos «en horas obscuras para la civilización europea», no querían sino verter «sobre los hogares un rayo de esperanza». 

En verdad, como recuerda Niall Ferguson al hablar del prestigio moral de Inglaterra durante la contienda, quizá nunca como entonces se hizo tan fácil estimar lo inglés, pero Assía no deja de figurar en calidad de adelantado. Así, en sus páginas, el «mundo de confusión y pesadilla» de los bombardeos y el cielo «encandilado de llamas» del Blitz van dejando paso imperceptiblemente a una normalidad heroica, y ya en el año 39, Assía puede constatar que «los londinenses han comenzado a dejar en sus armarios las caretas antigás y han vuelto a sacar las chisteras». 

Es el cuajo de un país para el que «irse a la guerra es tan propio como traficar, jugar al cricket o hacer turismo». En la pluma de Assía, la imagen quedará cifrada en aquel caballero que lucía su casco con forma de bombín. Como una resistencia o un derecho ancestral, el corresponsal admira cómo «ni aun en las más graves y urgentes ocasiones se dejan los ingleses arrebatar el privilegio de sus viejas y pintorescas costumbres». Tampoco bajo los bombazos cerraron los pubs. Quizá por esa mezcla de ardor guerrero y business as usual, Assía no se limita a dar el parte diario de la guerra. 

En sus crónicas, «lo mismo desfila la descripción del acorralamiento del Graf Spee en el Mar del Plata, que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra o el origen del Plan Beveridge». Las Mitford, Churchill o una Isabel II todavía muchacha harán cameos en sus libros. Y junto a la toma de París, la pica en Normandía o la rendición de Italia, las páginas sobre Oxford o la India, la anticipación de las medidas de posguerra o el desfile tan bizarro del Lord Mayor buscan dar a entender cómo vivieron la guerra los ingleses: 
«leyendo el Times por las noches, al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky». 
De este modo, conforme la guerra avanza, Assía no se limita a indicar el progreso de los ejércitos, sino que va engrosando su mayor mérito: el de escribir el más nutrido compendio de la vida inglesa a ojos de un español. 

De pronto, en cualquier párrafo, nos vuelve a acometer el temblor de la historia, y se hace imposible no preguntarse cómo fue escuchar, cómo fue transcribir el discurso en el que Churchill afirma que «defenderemos nuestra Isla a cualquier precio, lucharemos en las playas, en los campos, en las calles; no nos rendiremos jamás». 

Cuenta John Lukacs en sus memorias que, allá por 1940, la respuesta bélica de Inglaterra fue la defensa de unas libertades antiguas frente a la ferocidad moderna del totalitarismo. Es una cartografía exacta de la actitud de Assía ante lo inglés. Como ocurre con sus mejores practicantes, la anglofilia del gran corresponsal, por usar las palabras de Valentí Puig «no es una simple cuestión de corbatas (…) 

Es una admiración institucional, de formas, de consideración por una capacidad de resistencia que el mundo británico ha demostrado cuando ha visto en peligro su libertad». En virtud de esa fe, mientras los Junkers asolaban Coventry, Assía podía afirmar que Inglaterra pierde todas las batallas menos la última. Y si en un momento dado se pregunta cuántas derrotas no ha sufrido, al instante vuelve a preguntarse cuántas guerras —ninguna— perdió. 

En nuestro tiempo de «declinólogos» de lo inglés, se hace complicado no detectar en las páginas de Assía un aire ya elegíaco. Como él mismo señaló, aquella Inglaterra —su Inglaterra— era aún un país que tomaba la fibra moral de sus tradiciones, la nación inmemorial donde «las reformas se superponen a las instituciones», como dijo Taine, «y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa». 
De los impuestos de sucesión a la contracultura, las viejas formas de la vida inglesa iban a quedar, ya en la posguerra, como un piccolo mondo antico. El propio Assía tiene tiempo, doblado el año de 1945, para lamentarse de la pérdida «del hábito de vestirse de smoking para cenar». 

Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado «con la mitad de policías y el doble de carteros» que cualquier otro Estado. Los usos de su Administración se resumen en la frase «su humilde servidor». 
Sus sastres y zapateros atienden no más que a los amigos. Las polémicas parlamentarias persisten, siempre civilizadas pero siempre enconadas. Y su prensa, libérrima, sigue «puesta a disposición de los caprichos o las humoradas de cualquier colaborador». 

El respeto al enemigo entraba dentro del archivo de lo inglés, quizá porque el gentleman «no odia nunca». Al general Rommel, señala Assía, nunca se le ha alabado más que en el Times.

En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: «Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra». Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas. Era el signo de una civilización donde —al contrario de los regímenes totalitarios— «la libertad, el humor y el respeto por la ley prevalecen sobre la búsqueda radical de la perfección humana». 

Ahí están las gracias de Inglaterra. Al terminar la contienda, Assía medita que Hitler no ha hecho sino repetir «la historia de Luis XIV, de Napoleón, del Káiser», de todos los enemigos de la Isla. Como ellos, el nazismo tampoco iba a poder nada «contra el poder de la libertad» que, en su mejor hora, encarnó Inglaterra para el mundo. 
Es la épica que Assía narró día a día en su momento y que se condensa en estos libros como una lección moral. A tanto llegan unas páginas que se escribieron como periodismo y hoy solo podemos entender como literatura.

Ignacio Peyró
Nota del autor a la primera edición 

La base de este libro está formada por artículos aparecidos en La Vanguardia, de Barcelona, durante la primera fase de la guerra. Abarca desde la impresión que recibí al llegar a Londres, pocas semanas después de comenzada la conflagración, tras una ausencia de tres años impuesta por la guerra civil española, hasta la victoriosa campaña de África. 

Si la reagrupación de artículos periodísticos en forma de libro exige una explicación, pídasela usted a los editores de este. Solo respondiendo a sus reiterados requerimientos, he accedido a que fuera publicado. No creo, sin embargo, que la cosa requiera disculpa alguna por mi parte. Al contrario, me parece que poder reproducir hoy, sin quitarles ni añadirles una coma, artículos escritos sobre el correr de la guerra, a lo largo de los años cuarenta, cuarenta y uno y cuarenta y dos, puede ser todo menos motivo para reproches. 

Me parece, igualmente, que el hecho de haber sido el único periodista español que ha informado sobre el conflicto desde Inglaterra quizá dé a este libro un carácter documental que, andando el tiempo, pueda tener interés para la historia del periodismo en nuestra patria, sin contar que tal vez los lectores se alegren de poder tener ahora, recopilados en un tomo, algunos de los artículos que, en horas obscuras para la civilización europea, vertían sobre los hogares un rayo de esperanza. 

Mi optimismo innato, al lado de mi fe en la fuerza de la libertad, así como mi conocimiento del carácter inglés, contribuyeron a que ni por un solo momento dudara del triunfo de Inglaterra. Esto, a su vez, imprimió a mi labor un tono a «contrapelo» que, si me produjo inquietudes, llevó la tranquilidad a no pocos ánimos. Quizá este recuerdo sea el mejor justificante del libro, los editores creen que tiene también la virtud de ofrecer un cuadro sinóptico de la vida en Inglaterra bajo la obscuridad que lanzó sobre la Isla la catástrofe del ejército francés. 

El juicio, a este respecto, lo dejo en manos de usted. Quiero avisarle, sin embargo, de que los artículos reproducidos en el libro no son sino una parte esquemática de la pléyade que la radio y el cable volcaron noche tras noche sobre La Vanguardia. Seleccionar este tomo, entre más de un millón de palabras, ha sido tarea ímproba. Una parte del material original se ha extraviado y otra ha perdido toda relación con la actualidad. 

El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte. A través de ellos, lo mismo desfila la descripción del acodalamiento del Graf Spee en el Mar del Plata que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra que el origen del Plan Beveridge. 

A pesar del sistema esquemático introducido en la selección, ha sido imposible condensar en un solo volumen todo el material. Mientras este tomo se ocupa de la primera fase de la guerra, o lo que pudiera llamarse la «guerra defensiva», el segundo, de próxima publicación, se ocupará de la segunda fase o la «guerra ofensiva», y se titulará: Cuando martillo, martillo.

Augusto Assía, 1946

* Siempre dado a usar un nom de plume, Felipe Fernández Armesto —así fue bautizado— utilizaría este seudónimo de resonancias viajeras y tolstoyanas para sus crónicas en La Vanguardia.


El legendario espía y periodista gallego 
que engañó a Hitler 
y fundó Casa Grande de Xanceda


Un legado periodístico que perdura

El trabajo de Augusto Assia continúa siendo objeto de estudio por parte de historiadores y periodistas. A través de su obra, miles de lectores pudieron entender mejor un conflicto que cambió el mundo y conocer, además, la voz poco escuchada de una reina relegada por la historia. Sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial son, todavía hoy, referentes de un periodismo valiente, honesto y profundamente humano.

La impresionante historia de Augusto Assía, también conocido como Felipe Fernández Armesto, uno de los más ilustres gallegos del siglo XX, testigo de grandes momentos de la historia y fundador, ya anciano, de una marca láctea de referencia.

A las 14:50 del 1 de octubre de 1946 se iniciaba la última sesión de los Juicios de Núremberg, un proceso penal contra 24 altos cargos de la Alemania nazi acusados por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre del Tercer Reich. El Palacio de Justicia de Núremberg fue el elegido para albergar este proceso por razones simbólicas, ya que había sido el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las Leyes de Núremberg, una serie de normas antisemitas y racistas. Tras 314 días, en los que se escuchó a 240 testigos y se leyeron 300.000 declaraciones, el tribunal dictó varias condenas a muerte, de prisión y absoluciones. Más de 250 periodistas se desplazaron para cubrir la actuación del Tribunal Militar Internacional instalando su base de operaciones en el castillo de los condes Faber-Castell. Solo tres españoles cubrieron los juicios de Nuremberg, entre ellos un gallego que acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del periodismo del siglo XX. 

Un orensano que conoció el nazismo, la Inglaterra de Churchill, los Estados Unidos de Eisenhower, que fue condecorado con la Orden del Imperio Británico, que se cree que trabajó para los servicios secretos engañando a Hitler y que fundó una granja cuya marca lleva el nombre de Galicia y su calidad por todo el mundo: Casa Grande Xanceda. 

Esta es la historia de Augusto Assía.

Su verdadero nombre era Felipe Fernández Armesto, natural de un pequeño pueblo de Ourense, A Mezquita, donde nació el 30 de abril de 1906. Pronto dio salida a su vocación periodística publicando sus primeros artículos en el diario vigués “El Pueblo Gallego”, en 1924.
Ese mismo año ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela y se licenció tres años después. 
En 1928, Felipe logró una beca para acudir a la Universidad de Humboldt de Berlín, desde donde comenzó a trabajar para varios medios como “El Sol”, “La Libertad” o “ABC”.

Tras leer algunos de sus artículos, el diario “La Vanguardia” le propuso ser corresponsal permanente del periódico en Berlín, momento que eligió para comenzar a usar un seudónimo y evitar así perder su beca y las colaboraciones con otros medios: Augusto Assía.
Su nueva identidad marcaría el resto de su existencia, ya que nunca volvería a firmar con su verdadero nombre ni cambiaría de periódico a lo largo de su vida, trabajando de manera ininterrumpida para La Vanguardia hasta su jubilación en 1986.

En Alemania asistió al imparable ascenso de Hitler y a los cambios que experimentaba el país, hasta que fue expulsado en 1933 como represalia por sus crónicas contra los dirigentes nazis recién ascendidos al poder y por una incómoda e insistente pregunta que hizo al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, sobre la implicación de las SS en la muerte de tres sacerdotes católicos en la ciudad de Kiel.
Su último artículo en Alemania fue publicado el 20 de mayo de 1933. El 13 de junio se publicaba su primera crónica desde Inglaterra, adonde había sido destinado por La Vanguardia como corresponsal en Londres.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Augusto se trasladó a España para cubrirla y en 1939 fue reenviado de nuevo a Londres, donde pasaría toda la Segunda Guerra Mundial despachando unas crónicas que se hicieron famosas y que le convirtieron en una de las pocas voces que defendían la posición de los aliados frente a los nazis, apoyados por la mayor parte de la prensa española de la época.

A pesar de que Londres era bombardeada cada noche, Augusto decidió permanecer allí, siendo el único periodista español que informaba sobre el conflicto desde Inglaterra y ofreciendo puntos de vista tan molestos que el régimen franquista llegó a amenazarlo, a través de su embajador en Londres, con retirarle la ciudadanía española. Tras conocer la amenaza, Augusto contestó: “No me importa, con tal de no perder la gallega…”.

El éxito de sus crónicas fue tan extraordinario que, una vez terminada la guerra, fue publicada una antología de las mismas en dos volúmenes considerados uno de los libros periodísticos más importantes del siglo XX.

Su figura se volvió tan sobresaliente que, durante años, se pensó que este gallego era “Garbo”, el famoso agente doble que engañó a los alemanes sobre el lugar en el que se produciría el desembarco aliado en Francia. Y se llegó a esta creencia debido a algunas crónicas publicadas por él días antes del Día D en las que pronosticaba que la ofensiva aliada se produciría en el paso de Calais, justo la tesis que usaba el servicio secreto británico y el mismo “Garbo” para desinformar al contraespionaje nazi.

Pero ¿fue Augusto realmente un espía? Resulta cuanto menos curioso que fuese condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico, además de recibir la King’s Medal, una condecoración de carácter militar.
Su hijo suele recordar cómo le sorprendieron las atenciones que le prestaba un viejo catedrático mientras estudiaba en Oxford, hasta que descubrió que aquel anciano era sir John Cecil Masterman, el director del programa de agentes dobles del MI5, el cerebro del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial, que agradecía así la contribución de su padre a la victoria y que llegó a decirle que había sido uno de sus agentes más importantes.

Aunque él nunca lo reconoció, el hecho de ser expulsado de Berlín, sus condecoraciones y que fuera uno de los contados periodistas españoles que asistiría a los juicios de Nuremberg, también hicieron sospechar a los soviéticos de que, bajo el seudónimo de Augusto Assía, no se escondía un espía común, sino la identidad del legendario “Garbo”, cuyo nombre real se sabría décadas después: Juan Puyol García.
Tras el fin de la guerra y cubrir la información sobre los juicios de Núremberg, fue corresponsal en Nueva York, en la década de los 50, en plena guerra fría, así como en Washington, donde también desempeñó la labor de agregado de prensa de la embajada española. De 1955 a 1963 fue corresponsal en Bonn y a partir de 1964 se convirtió en enviado especial cubriendo los acontecimientos internacionales más importantes.

MARÍA VICTORIA, FELIPE PADRE E  HIJO

En la década de 1970 regresó a Galicia con su esposa, la historiadora, periodista y política María Victoria Fernández España, nieta de Juan Fernández Latorre, fundador del diario La Voz de Galicia. Una extraordinaria mujer que llegaría a ser la primera vicepresidenta del Congreso de los Diputados.
Ambos decidieron retirarse en una hacienda en Mesía, para la que importaron en barco 20 vacas de Canadá, las mejores de su época, para que pastasen en libertad por las 30 hectáreas de la hacienda, ya que Augusto creía que no tenía sentido tenerlas en un establo alimentadas por pienso.
Cuando aún nadie había oído hablar de este término, Felipe Fernández Armesto ya era un precursor de la agricultura ecológica y evitaba utilizar pesticidas, herbicidas o productos químicos, ya que tenía el convencimiento de que había una forma más responsable y respetuosa de producir leche.

Poco a poco, el periodista fue comprando e intercambiando terrenos con sus vecinos hasta llegar a poseer 160 hectáreas y cientos de reses en el momento de su muerte. Cuando la familia tuvo que decidir qué hacer con la granja, que en aquel momento abastecía de leche a otras marcas, decidieron mantener el legado de Felipe creando una yogurtería ecológica: Casa Grande de Xanceda, los segundos mayores productores ecológicos en España, con más de 50 empleados, 200 hectáreas y 10 millones de euros de facturación anual con productos lácteos 100 % naturales y ecológicos.
Su logo, su nombre y la sede central de la compañía, dirigida en la actualidad por sus nietos, nacieron de la casona del siglo XVII en la que un día Felipe vivió felizmente junto a su esposa y desde donde, a pesar de su avanzada edad, cuidaba de sus vacas con el mismo esmero que escribía sus crónicas.


¿Sabías que un legendario periodista gallego, Caballero de la Orden del Imperio Británico y galardonado con la Medalla Castelao, el Premio Galicia de Comunicación y el Premio Fernández-Latorre, fundó Casa Grande de @xanceda?

sábado, 13 de diciembre de 2025

LIBROS "EL 'TÍO CURRO': LA CONEXIÓN ESPAÑOLA DE J.R.R. TOLKIEN y "LA FE DE TOLKIEN": BIOGRAFÍA ESPIRITUAL 🧚

 El "Tío Curro"

La Conexión Española
de J.R.R. TOLKIEN

José Manuel Ferrández Bru

En esta segunda edición española se proporcionan nuevos datos que nos permiten profundizar aún más en Francis Morgan y la influencia que ejerció sobre su protegido J.R.R. Tolkien, y también se presenta nuevo material gráfico que nos ayuda a ser partícipes de un fascinante viaje al pasado.
Este libro es una biografía, pero no sólo es una biografía. Reconstruye la poco conocida trayectoria de Francis Morgan Osborne (1857-1935), un sacerdote católico nacido en El Puerto de Santa María (Cádiz), tutor y “segundo padre” de J.R.R. Tolkien, uno de los autores contemporáneos más conocidos.
Nos encontramos ante el resultado de una investigación exhaustiva llevada a cabo entre España e Inglaterra que ha contado, entre otros, con el apoyo de Priscilla Tolkien, hija del autor, cuyo testimonio ha permitido conocer informaciones nunca antes publicadas sobre el vínculo del autor con España a través de la figura de su tutor.
El Tolkien del título no es otro que el escritor británico John Ronald Reuel Tolkien (Bloemfontein, 1892-Bournemouth, 1973), filólogo y profesor en las universidades de Leeds y de Oxford, más conocido por el gran público como autor de la novela fantástica El hobbit (1937) y de su continuación, El señor de los anillos (1954-1955), una magna trilogía pronto convertida en un fenómeno sociocultural que todavía resuena en la actualidad, debido en parte a las aclamadas adaptaciones cinematográficas (2001-2003) del neozelandés Peter Jackson. 
En La Conexión Española de J. R. R. Tolkien, José Manuel Ferrández aborda “la influencia vital e intelectual en Tolkien de su tutor y protector el padre Francis Xavier Morgan Osborne, a través de la reconstrucción biográfica de la trayectoria vital de éste y del contexto histórico en el que se desarrolló su vida y la de sus antecedentes familiares” (p. 1). 

¿Y quién es exactamente ese “Tío Curro” que se nos presenta como la “conexión española” de Tolkien? Ya en la portada interior y en el prefacio del libro se introduce a la persona como un sacerdote católico nacido en El Puerto de Santa María (España) en 1857 y fallecido en Birmingham (Inglaterra) en 1935. Ferrández desarrolla la ascendencia de Francisco Javier Morgan Osborne en unas cuarenta páginas (33-76) del primer capítulo, titulado “Antecedentes”. En síntesis, era uno de los cuatro hijos (tres varones y una mujer) habidos del matrimonio –1851– entre el extractor de vinos Francis Morgan (1821-1876), de origen galés, y María Manuela Osborne Böhl de Faber (1827-1894), que aporta a su prole una mezcla de sangre inglesa, alemana, española e irlandesa. 

En cualquier caso, debemos precisar que Francis Morgan Osborne tenía nacionalidad británica. Cuando en 1854 fallece en El Puerto de Santa María (Cádiz) el vinatero Thomas Osborne Mann (Exeter, 1781), abuelo materno de Francisco Javier Morgan Osborne e instaurador de la familia Osborne en España, ninguno de sus dos hijos varones Tomás (1836-1890) y Juan Nicolás (1838-1897) era mayor de edad, por lo que su yerno Francis Morgan asumirá temporalmente la dirección de la empresa –denominada todavía Duff Gordon y Cía.– y la tutela de sus jóvenes cuñados. 

De manera similar, por “una curiosa coincidencia” (p. 81), Francisco Javier Morgan Osborne se convertirá en tutor de J. R. R. Tolkien y de su hermano menor Hilary tras la muerte de la madre de estos, Mabel, en 1904. Mabel Tolkien, viuda desde febrero de 1896, quiso así asegurarse de que los menores no abandonarían la práctica del catolicismo, religión a la que los tres se habían convertido en 1900. En el capítulo segundo (“Primeros años”, pp. 77-137) se describe la trayectoria de Francisco-Javier Morgan desde que con aproximadamente 9 años se traslada con su familia a Londres hasta que en 1902, siendo ya presbítero del Oratorio de S. Felipe Neri de Birmingham, establece contacto con Mabel y sus hijos. 

El papel protector y de generoso sostén económico desempeñado por el padre Morgan durante los años formativos de J. R. R. Tolkien se ha puesto de manifiesto en las diversas biografías del escritor, desde la pionera (1977) de Humphrey Carpenter hasta las más recientes de Mark Horne (2011) o Colin Duriez (2012). Sin embargo, Ferrández observa que Francis Morgan Osborne apenas es citado a partir de la mayoría de edad de su protegido, a pesar de que durante los años en que Tolkien –casado desde 1916– fue profesor universitario en Leeds (1920- 1925), “Morgan fue un visitante habitual de los Tolkien, una costumbre que se mantuvo también durante los primeros años treinta del siglo XX una vez se trasladaron a Oxford” (p. 22). José Manuel Ferrández reconstruye sucintamente -en las pp. 191-198 del capítulo tercero (“Madurez”)- la relación del padre Morgan con la familia Tolkien en este periodo final de la vida del sacerdote, para lo cual se basa en algunos recuerdos que le fueron transmitidos durante la elaboración del libro por la hija de J. R. R. Tolkien, Priscilla (Oxford, 1929). 

En la sección postrera de este mismo capítulo (pp. 199-208) se incluyen algunos fragmentos de la correspondencia inédita mantenida en 1933 entre el “tío Curro” y su sobrino segundo Antonio Osborne Vázquez (1903-1984), que se conserva en el Archivo Osborne.
El último capítulo de La Conexión Española (“A modo de epílogo”) está compuesto por cuatro ensayos. Dos de ellos, “Tolkien y el Cardenal Newman” (pp. 223-230) y “La Guerra Civil Española” (pp. 231-240), son reediciones –con algunas variaciones– de los publicados por José Manuel Ferrández en el volumen (2009) que recopila los Premios Gandalf y Ælfwine 2007 y 2008 de la Sociedad Tolkien Española. Los dos textos restantes llevan por título “Influencia intelectual en Tolkien” (pp. 211-221) y “Barriles de contrabando” (pp. 241-246). En el primero de ellos, Ferrández argumenta y ejemplifica que Francisco Javier Morgan pudo haber transmitido a J. R. R. Tolkien el “poso intelectual” –romántico, tradicional, costumbrista– que recibió de sus bisabuelos maternos Juan Nicolás Böhl de Faber y Frasquita Larrea, así como de su tía abuela Cecilia Böhl de Faber (la escritora Fernán Caballero). Habría que puntualizar una cuestión de detalle. Ferrández se refiere en la p. 99 a “la escuela de St Philip, más conocida como escuela del Oratorio de Birmingham” como una sola institución, cuando lo cierto es que se trata de dos colegios diferentes, aunque ambos se ubicaran en el barrio de Edgbaston (Birmingham). 

Francisco Javier Morgan fue ciertamente alumno (1868-1874) del Oratory School, un internado fundado por John Henry Newman en 1859. Por su parte, J. R. R. Tolkien asistió fugazmente (1902-1903) al colegio para externos llamado St Philip’s Grammar School, cuya fundación en 1887 -tres años antes de la muerte de Newman- se debe al sacerdote oratoriano Richard G. Bellasis (1849-1939). No obstante lo señalado, La Conexión Española de J. R. R. Tolkien evidencia una labor investigadora de varios años. Es un libro ameno, escrito con rigor y claridad, que sitúa con precisión en su contexto histórico los hechos narrados. 

Las notas a pie de página, de las que el autor no hace un uso abusivo, cumplen adecuadamente su función aclaratoria. El texto se ilustra con una decena de fotografías, procedentes del Archivo Osborne, del Oratorio de Birmingham y de la colección de los descendientes de Tolkien. 
La Conexión Española incluye dos útiles árboles genealógicos con las líneas materna y paterna de Francisco Javier Morgan Osborne, así como la bibliografía y las fuentes consultadas por el autor. Con esta novedosa contribución a los estudios sobre la vida y la obra de J. R. R. Tolkien, José Manuel Ferrández Bru ha cumplido con creces el objetivo, expresado por él mismo, de “componer, en un viaje a través del tiempo, un puzzle de piezas dispersas entre España y el Reino Unido”.

Prefacio

Cuando el Padre Francis Morgan entró en la vida del joven J.R.R. Tolkien, no sólo debió rellenar el vacío dejado por Mabel, su madre, que murió cuando él tenía únicamente doce años, sino también el de Arthur, su padre, que había fallecido ocho años antes. Años después, Tolkien se re­firió al Padre Francis como su 'segundo padre' y se mostró hondamente agradecido por su calidez, humanidad y comprensión.
De igual modo, la sumamente documentada biografía del Padre Fran­cis escrita por José Manuel Ferrández Bru cubre otra brecha que se re­ monta a 1977, año en que Humphrey Carpenter publicó la biografía autorizada de Tolkien. Ciertamente el trabajo de Carpenter bosqueja muy atinadamente la vida de Tolkien, si bien adolece de cierta falta de profundidad en los detalles y de cierta superficialidad al abordar muchos matices, lo que deja al lector curioso con ganas de conocer con mayor profundidad algunos de los temas tratados.

En efecto, queda mucho por descubrir acerca de este joven que pasó a convertirse en un residente de por vida del Oratorio de Birmingham, y buena parte de ello lleva al lector a detenerse a pensar en Tolkien.
Voy a mencionar sólo un ejemplo. En una actuación en la escuela del Oratorio, el joven Francis interpretó a una anciana nodriza. De acuerdo con un testigo, su actuación supuso "la aparición de una autentica bruja, con un entusiasmo y una comicidad nunca vistos''. Cuando tenía 19 años, el mismo Tolkien disfrutó de un momento de gloria muy similar inter­pretando a la Señora Malaprop en la obra de Sheridan "Los Rivales". De acuerdo con la revista de su escuela: "una verdadera creación, excelente en todos los sentidos y no menos en el maquillaje".

Sospecho que existe una conexión y que parte de este vigoroso entu­siasmo de Tolkien procedía de la actuación de su tutor. La importancia de esto no se debe subestimar. Uno de los motores que impulsaron la creatividad de Tolkien era el placer de actuar. Se trataba de alguien cuyo talento por la escritura primero floreció como una forma de exhibirse en reuniones y revistas escolares y universitarias, que incluso llegaría a comenzar conferencias sobre Beowulf dando zancadas en el escenario mientras declamaba el poema como un trovador anglosajón, y cuyas obras más conocidas, El Hobbit y El Señor de los Anillos, fueron leídas en voz alta mucho antes de que llegaran a ser impresas.

Este nuevo libro dibuja un retrato no sólo de Francis Morgan, sino tam­bién de la estirpe vinculada con el comercio del jerez en Cádiz, un pe­queño mundo en sí mismo, del que procedía, aunque su devenir le con­dujo hacia una vida diferente. También saciará el hambre de más de un entusiasta que, siguiendo el gusto hobbit, disfrute de indagar en ge­nealogías y antecedentes familiares.
Seguramente ningún otro lector sentirá una sorpresa tan grande leyendo este nuevo libro como la que yo mismo me llevé. Se trata de algo totalmente personal. Cuando descubrí que el adolescente Francis Morgan había vivido en Londres cerca de Regent Park, en el número 138 de Harley Street, hice un doble descubrimiento. Esa dirección está justo al lado de la casa en la que empecé a escribir Tolkien y la Gran Guerra. Se trata de una coincidencia trivial. pero, de repente, me hizo reconocer a La Conexión Española de J.R.R. Tolkien como lo que es: una puerta hacia una época donde las cosas familiares repentinamente toman perspec­tivas desconocidas.

El viaje en el tiempo ocupaba un lugar destacado en la mente de Tolkien en 1937 cuando comenzó una historia llamada El Camino Perdido. Fue escrita dos años después de la muerte del Padre Francis, cuando la Guerra Civil Española se mostraba como un terrible ejemplo de lo que podría estar a punto de pasar en Europa y en el mundo. Así, en el mo­mento en que Alboin, un filólogo de nuestro mundo, viaja en el tiempo a la tierra condenada de Númenor, los problemas que encuentra allí resul­tan ser sorprendentemente contemporáneos.

Pero Alboin no se traslada corporalmente a Númenor, como el ar­quetípico viajero del tiempo de H.G.Wells que viaja entre los Eloi y los Morlocks. Por contra, él lo percibe todo a través de los ojos y con la con­ ciencia de un númenóreano. Se ha sugerido que Oswin, el padre de Al­boin, debe algo al Padre Francis, sobre todo su estado de callada an­siedad paterna ante la obsesión del adolescente Alboin por el lenguaje "Eresseano" que amenaza con descarrilar sus posibilidades de entrar en la Universidad de Oxford. En tal caso, el retrato de Francis Morgan que elabora Tolkien es la pieza más emotiva de viaje en el tiempo en toda la trama; un intento de volver a examinar su propia juventud, pero vién­dola a través de los ojos de su "segundo padre" al que tanto añoraba.

En mi propia investigación ha aparecido otro hecho relevante para las biografías de estos dos hombres. Cuando murió, el Padre Francis Mor­gan dejó a Tolkien y a su hermano Hilary 1.000 libras esterlinas a cada uno. Se trataba de una suma enorme en aquellos días. A Tolkien pudo haberle ayudado a aligerar la carga de las finanzas familiares que le agobiaban y obligaban a llenar gran parte de su tiempo libre corrigiendo exámenes para obtener ingresos adicionales. Tal vez, puede que esta inyección económica liberara algo de tiempo para renovar el trabajo de su Legendarium, lo que parece haber sido un denominador común en los dos años siguientes, en que Tolkien publicó El Hobbit y comenzó su se­ cuela.

Pero Tolkien sabía que la deuda con su tutor era mucho más profunda que cualquier cosa que se pudiera adquirir con dinero. De este modo, señaló que después de la muerte de su madre encontró "la súbita ex­periencia milagrosa del amor, cuidado y humor del Padre Francis". Esta declaración recuerda el trasfondo de su ensayo Sobre los cuentos de hadas, donde define el supremo momento del cuento de hadas, "el re­pentino y gozoso «giro»" que él llamó eucatástrofe:
Hay una gracia súbita y milagrosa con la que ya nunca se puede volver a contar. No niegan la existencia de la discatástrofe, de la tristeza y el fracaso, pues la posibilidad de ambos se hace necesaria para el gozo de la liberación; rechazan (tras numerosas pruebas, si así lo deseáis) la completa derrota final, y es por tanto evangelium, ya que proporciona una fugaz visión del Gozo, Gozo que los límites de este mundo no encierran y que es penetrante como el sufrimiento mismo.
John Garth
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1. Diana Pavlac Glyer y Josh B. Long, 'Biographyas Source: Niggles and Notions', en Jason Fisher (ed.), Tolkien and the Study of His Sources, McFar­land, Jefferson,2011.
2. Archivos del Oratorio de Birmingham, citado con permiso.
3. Humphrey Carpenter, (ed.), Cartas de J. R.R. Tolkien, Houghton Mifflin, Boston,1981, Carta 332.

Introducción

Nadie es ajeno a la influencia de los que le rodean y aun aquellos que marcan tendencias, definen modas o se transforman en referentes so­ciales, son producto, en gran medida, de los vínculos que a lo largo de su vida han entablado con otras personas, ya sea de forma voluntaria o cir­cunstancia l.
En el terreno de la literatura es donde en mayor medida se ponen de manifiesto estas influencias, dado que ciertos individuos con los que un autor haya tenido una relación vital significada, dan forma y sirven de in­spiración a personajes e historias que luego se reflejan en sus obras.

En este trabajo vamos a indagar en la vida de una de estas personas: el Padre Francis Xavier Morgan, uno de esos "actores secundarios" de la bi­ografía de John Ronald Reuel Tolkien, autor conocido y significado en el mundo de las letras del siglo XX y responsable de obras que son autén­ticos iconos contemporáneos tales como El Señor de los Anillos:

El origen de la relación entre Tolkien y Morgan se remonta a la infancia del primero, a principios del siglo XX, cuando su madre, recientemente viuda, tomó la difícil decisión, sobre todo en aquel contexto histórico, de convertirse junto a sus hijos al catolicismo. Morgan, un maduro sacer­ dote católico de origen español, fue un apoyo para ellos en aquellos momentos.

El desamparo en el que quedaron tras el cambio de religión hizo que su trato se intensificara hasta el punto de que cuando, pocos años de­spués, se produjo la muerte de la madre de Tolkien, la última voluntad de ésta, temerosa de que tras su fallecimiento se obligara a sus dos hijos a abandonar la práctica del catolicismo, fue que quedaran bajo la tutela de Morgan.
El Padre Francis Morgan pasó a ser una de las principales referencias vitales de Tolkien. Desde la muerte de su madre y hasta su mayoría de edad (e incluso después) se ocupó de su formación religiosa, pero tam­bién de supervisar sus estudios, de su manutención y de su futuro.

También fue uno de los principales responsables de que Tolkien lle­gara a estudiar en la universidad de Oxford, gracias a su ayuda económi­ca e indirectamente a la oposición inicial que mantuvo sobre la relación de Tolkien con la que luego se convertiría en su esposa, Edith Mary Bratt.
Lamentablemente, su postura firme en contra de un amor juvenil que en su momento no podía aportar nada positivo para Tolkien, ni para su carrera, ni, en general, para su futuro, le ha conferido un injusto rol de severidad que dista mucho de ser real. Es más, puede afirmarse que su papel en esta cuestión ha sido el desencadenante de una encubierta e injusta animosidad hacia él y que le ha transformado en una de las per­sonas con una relación cercana a Tolkien peor considerada por los bió­grafos del autor.

En cierto modo, uno de los objetivos principales de este estudio es el de tratar de dar una imagen fiel y cercana a la realidad de Francis Mor­gan, lo que resulta una tarea compleja ya que la visión que se nos pro­porciona, en buena medida distorsionada por la trascendencia que ha adquirido la de Tolkien, nos presenta, en muchas ocasiones, un retrato poco agradable, con su forma de ser descrita como ruidosa y vulgar, su personalidad definida veladamente como mezquina y poco perspicaz o su carácter invariablemente presentado como firme e intransigente.
Sin embargo, estas opiniones responden más a tópicos que a una real­idad y la influencia de Morgan en Tolkien, seguramente de manera sor­prendente, resulta mucho más importante de lo que tradicionalmente se ha dado por sentado. Él era un hombre, que pese a la necesaria pon­deración propia de un miembro de la Iglesia, no tenía problemas en ex­hibir su carácter y su temperamento abierto en una sociedad como la británica caracterizada por su contención y su flema. Es muy probable que su aparente falta de intelecto y erudición no sea sino un reflejo de una personalidad extrovertida y chocante para el entorno social en el que se desenvolvía.

Lo que es innegable, y es un hecho apenas significado entre los bió­grafos y estudiosos de Tolkien, es la intensa relación que compartieron a lo largo de sus vidas, casi como si hubieran sido padre e hijo biológicos. Se ha destacado mucho el contacto de ambos durante los primeros años del autor, pero en cambio, a partir de su mayoría de edad, Morgan ape­nas es citado.
No obstante, eso no significa que su vínculo cesara o se atenuara, por ejemplo, por alguna clase de animadversión hacia él debido a su tem­prana oposición a la relación sentimental entre Tolkien y su futura es­ posa. Por el contrario, en los años de Leeds, la época en que Tolkien ob­tuvo su primera plaza como profesor universitario, Morgan fue un visi­tante habitual de los Tolkien, una costumbre que se mantuvo también durante los primeros años treinta del siglo XX, una vez se trasladaron a Oxford.

Este trabajo revelará igualmente como Francis Morgan procedía por parte española de una familia con unos significados antecedentes en el mundo de las letras, lo que sin duda le aportó un poso intelectual que, aun de forma indirecta, llegó sin duda a Tolkien.
Además, su universo ¡personales mucho más amplio del que se asume unánimemente y porciones de su riqueza vital también debieron transmitirse a Tolkien. Al profundizar en su biografía nos encontramos ante al­guien cuya vida se desarrolló entre dos mundos: por un lado Inglaterra hacia donde le condujo su vocación y donde era el Padre Francis Mor­gan, por otro, Anda lucía, su Puerto de Santa María natal, soleado y ale­gre, refugio vacacional y referencia vital, donde era Curro Morgan, o sim­plemente "El tío Curro", que es cura en Inglaterra.
Por ello, para poder comprender su figura y su influencia, se hace necesario tratar de reconstruir su trayectoria vital, lo que, en cierto modo, significa componer, en un viaje a través del tiempo, un puzle de piezas dispersas entre España y el Reino Unido.
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l. Resulta más que probable que aquellos que se acerquen a este tra­bajo lo hagan debido a su interés por J.R.R. Tolkien, pues aunque pueda entenderse la vida de Francis Morgan desligada de la de su protegido, su relación con éste es, sin duda, uno de los hechos que más llama la aten­ción de su biografía y, en cierto modo, su labor como su tutor constituye una de las tareas principales que le deparó su destino. Como infor­mación complementaria para aquellos que no conozca n en profundidad la biografía de J.R.R. Tolkien, éste nació el 3 de enero de 1892 en Bloem­fontein capital del entonces estado libre de Orange, hoy en día asociado a la República de Sudáfrica. Su padre era director de una sucursal ban­caria en Bloemfontein y allí nacieron sus dos hijos: John Ronald y Hilary. Sin embargo, los niños pasaron poco tiempo en África debido a su mala salud y tras su traslado a Inglaterra y su establecimiento en la zona de Birmingham, de donde era originaria la familia, su infancia vino marcada por la temprana muerte de su padre y, posteriormente, por la de su madre. Ella, que se había convertido al catolicismo hacia el final de su vida, y que por ello debió sufrir el rechazo familiar, dejó a sus hijos bajo la tutela de un sacerdote amigo de la familia:  

el Padre Francis Morgan. J.R.R. Tolkien destacó en sus estudios y se formó en lengua y literatura en Oxford, lugar al que volvería como profesor una vez superada la Primera Guerra Mundial, tras un breve paso por la Universidad de Leeds. En Oxford, Tolkien alcanzó un considerable prestigio y reconocimiento por su tarea docente e investigadora que, sin embargo, no tiene com­paración con la celebridad que le otorgaría su vertiente de escritor de obras de ficción. 

Casi como una vocación secundaria, aunque ligada a su gusto profesional por los idiomas, publicó varias novelas en vida entre las que destacan El Hobbit y especialmente El Señor de Jos Anillos, una de las obras más aclamadas del siglo XX. Póstumamente, se dieron a conocer otras entre las que destaca El Silmarillion. J.R.R. Tolkien murió el 2 de septiembre de 1972.

LA FE DE TOLKIEN
Biografía espiritual


Este libro ofrece una exploración profunda e inédita sobre cómo la religión moldeó la vida y la obra de J.R.R. Tolkien, uno de los escritores más emblemáticos del siglo XX. A través de un detallado estudio biográfico, Holly Ordway desentraña la compleja relación entre la fe personal de Tolkien y su creación literaria, especialmente en "El Señor de los Anillos", que el propio autor describió como una obra "fundamentalmente religiosa y católica". 
Este libro no solo presenta la evolución espiritual de Tolkien, desde su infancia bajo la influencia del catolicismo hasta los desafíos y confirmaciones de su fe durante las guerras y su vida adulta, sino que también muestra cómo estos elementos se entrelazan sutil y profundamente con los relatos de la Tierra Media.

Más allá de las ya conocidas hazañas literarias de Tolkien, “La fe de Tolkien” de Holly Ordway ofrece una visión íntima y personal del autor, revelando cómo sus creencias espirituales y su relación con la fe fueron fundamentales en su proceso creativo. Este enfoque no solo ilumina su vida, sino que también permite apreciar sus libros desde una dimensión más profunda y significativa.
El libro destaca cómo las relaciones personales y los acontecimientos históricos, como su amistad con C.S. Lewis y las experiencias en la Gran Guerra, moldearon y fortalecieron la fe de Tolkien. Estas influencias son clave para entender cómo sus convicciones religiosas se filtraron en sus historias, ofreciendo una nueva perspectiva sobre la creación de personajes y mundos que han cautivado a millones.

Holly Ordway no solo se basa en los escritos conocidos de Tolkien, sino que también explora cartas personales, diarios y entrevistas inéditas que arrojan luz sobre aspectos desconocidos de su vida espiritual. Esta minuciosa investigación aporta una comprensión más completa y matizada sobre cómo su fe y sus experiencias personales se reflejaron en toda su creación literaria.
“La fe de Tolkien” invita a redescubrir los libros de Tolkien con una nueva lente. Al entender la profundidad de sus convicciones religiosas y cómo estas influyeron en su narrativa, podremos encontrar nuevos significados y conexiones en sus historias favoritas. Por eso, este libro, es más que una biografía: es toda una guía para una lectura más enriquecedora y reflexiva de la Tierra Media y más allá.

El hombre tenía un carácter, y muchas cicatrices de su orfandad, pobreza infantil y de la I Guerra Mundial. Luchó con una vena depresiva. A veces era híper sensible y siempre extremadamente crítico. No le gustaban demasiado la Divina Comedia ni la traducción de la Biblia de Ronald Knox (que a C.S. Lewis, sí). Incluso al Padrenuestro puso peros. Lo consideraba redundante: «Mostraba una ligera objeción a la frase «santificado sea tu nombre» que era innecesaria, dado que ya se santifica el nombre cuando se pronuncia «Padre Nuestro». No fue tan generoso con C.S. Lewis como éste con él. De particular importancia para los lectores de Tolkien es lo crítico que era con sus críticos, esto es, su preocupación constante por cortar de raíz cualquier potencial lectura alegórica, aunque los paralelismos entre fe y obra son continuos y, a menudo, voluntarios. Y viceversa:  Tolkien se molestó ante la afirmación de un crítico de que en El señor de los anillos no había nada religioso. 
El libro de Ordway tiene un efecto benéfico: desinhibe al lector que podría estar acogotado por tanta protesta del autor contra cualquier lectura analógica o anagógica. 

Por supuesto, también era muy simpático. Una estudiante estaba desolada porque suspendió un examen. Tolkien lo ofreció una copa de jerez [¡bien!] y le dijo «Pero, querida muchacha, todo el mundo suspende eso» [¡Muy bien!]. Tiene muchos gestos de nobleza: sus cartas a sus hijos o la memoria continua de su madre o su gozo en la camaradería universitaria. Cuando escribe al biógrafo de santo Tomás Moro, Raymond Chambers, que era anglocatólico, y le propone la conversión al catolicismo, le invita a «una causa siempre perdida», pues sabía que eso obligaría mucho más a un caballero que la promesa de la victoria final. 

También lo hace entrañable saberlo un procrastinador empedernido y presa un terror johnsoniano de irse a la cama. Estos detalles dan un retrato complejo, con luces, sombras y, sobre todo, claroscuros; pero la fe lo recoge todo y le da coherencia, sentido final y una luz superior. Quizá si Ordway no hablase de y desde su vida de fe, no podría haber puesto los defectos y las virtudes del escritor genial encima de la mesa con tanta naturalidad, buen humor y esperanza. La autora añade un manejo enriquecedor de los futuribles. Hace múltiples hipótesis: 

«Si Tolkien no se hubiera hecho amigo de Lewis, nunca habría acabado El señor de los anillos, ni mucho menos lo hubiera publicado», por ejemplo. Siempre con honestidad, reconociendo que son conjeturas. Se pone algo más nerviosa cuando tiene que recoger las críticas de Tolkien al Concilio Vaticano II, que se empeña en reconducir como no había hecho antes con ninguna de las otras. Con todo, las plasma junto con iluminadores testimonios contemporáneos, y el lector se hace su composición de lugar. Espero que estos fragmentos también sirvan para que usted se haga la idea de este libro: Tolkien: 

«Soy cristiano (lo que puede deducirse de mis historias)». 
Tolkien confesó en muchas ocasiones que «se le había otorgado una historia como respuesta a una plegaria». Le era imposible desenmarañar entre sí la fe y el arte. 
Priscilla dice de su padre: «El único tipo de música que sé que amaba apasionadamente era el canto litúrgico gregoriano». 
El humor se considera como el núcleo de cualquier moralidad. [Una característica clave de la espiritualidad oratiana.] 
A lo largo de su vida tendería a procrastinar, dedicándose con empeño a cosas que no tenían nada que ver con lo que debería estar haciendo. Su capacidad de concentración era extraordinaria…, pero era excepcionalmente capaz de concentrarse en las distracciones. 
Siempre saludaba elevando el sombrero cuando pasaba junto a una iglesia.
Para 1918, todos salvo uno de mis amigos íntimos habían muerto. 
Tolkien confesó que albergaba «un ardiente rencor privado contra ese pequeño maldito ignorante Adolf Hitler que arruina, pervierte y aplica incorrectamente y vuelve por siempre maldecible ese noble espíritu del norte».
[Carta de Tolkien a sus editores alemanes en 1938] Si debo entender que lo que quieren es averiguar si soy de origen judío, sólo puedo responder que, por lo que sé, lamento no tener antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo 
[Contra la bomba atómica] Que semejantes explosivos estén en manos de hombres mientras su condición moral e intelectual decae… 
Uno de los temas principales de El señor de los anillos es un estudio del ennoblecimiento de los hobbits. […] eran susceptibles de «ennoblecimiento» y héroes más dignos de alabanza que los profesionales. 
Un buen sermón, según Tolkien, necesita tener «algo de arte, algo de virtud y algo de conocimiento». 
Tolkien emborronó la página con sus propias lágrimas mientras escribía [el final de El señor de los anillos]. 
Mantenía un debate constante con la familia y los amigos sobre su creciente alarma y su sentimiento de traición por parte de Roma, especialmente en la época del Concilio Vaticano II, cuando lamentó amargamente la pérdida de la misa latina tradicional y todo lo que aquello implicaba.
«Nada revela tan claramente el poder del Señor Oscuro como el distanciamiento que divide a quienes aún se le oponen». [El elfo Haldir, de Lothlórien] 
La pérdida del latín como un gran golpe, que le afectó de un modo que probablemente nadie pueda entender del todo. 
*
[Un amigo polaco al llegar de su país comunista, le dijo:] «¡Vengo de Mordor!», ejemplo que Tolkien apreció de la aplicabilidad de El señor de los anillos para representar la angustiosa situación política de Polonia. 
C. S. Lewis en una ocasión exclamó, un tanto exasperado que Tolkien era «el hombre más casado que conocía».



Fue su mentor, su tutor legal y, en muchos sentidos, el verdadero padre que el joven Tolkien necesitaba.
Morgan sostuvo a la familia cuando todos les dieron la espalda, abrió las puertas del Oratorio donde Tolkien creció en la fe, alimentó su amor por los libros e incluso le enseñó algo de español. Sin él, el autor de «El Señor de los Anillos» no habría tenido la educación, la estabilidad ni el mundo espiritual que moldearon su obra.
Basado en «El tío Curro» de José Manuel Ferrández Bru y «La fe de Tolkien» de Holly Ordway, este video rescata la historia del hombre que estuvo detrás del creador de la Tierra Media.

Entrevista a José M. Ferrández Bru - Autor de «El Tío Curro: La conexión española de JRR Tolkien»


EUCATRÁSTROFE


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