EL Rincón de Yanka: CIVILIZACIÓN

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domingo, 27 de septiembre de 2026

LIBRO "DE LA MUERTE DE DIOS A LA MUERTE DEL HOMBRE": LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE LA DECADENCIA DE OCCIDENTE por PALOMA HERNÁNDEZ


DE  LA  MUERTE   DE   DIOS
A LA MUERTE DEL HOMBRE

LA GENEALOGÍA FILOSÓFICA DE
LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

PALOMA HERNÁNDEZ


Vivimos una época fascinada por la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la promesa de superar todos los límites de la condición humana. Pero esta revolución tecnológica plantea una pregunta mucho más profunda que cualquier avance científico, ¿qué significa hoy ser hombre?
Desde la Antigüedad hasta nuestros días, la idea de hombre ha sido el fundamento de la filosofía, la política y la civilización occidental. Sin embargo, esa concepción no nació de forma espontánea. Fue el cristianismo el que elevó la dignidad de la persona hasta situarla por encima de cualquier otra criatura, convirtiendo al ser humano en el centro de una visión del mundo que marcaría el rumbo de Occidente durante siglos.

CUANDO EL HOMBRE DEJA DE MIRARSE DESDE DIOS, ACABA SOÑANDO CON DEJAR DE SER HOMBRE.

Este ensayo recorre el largo camino que conduce desde el humanismo cristiano hasta el transhumanismo contemporáneo. Analiza cómo la proclamación de la «muerte de Dios» desemboca, paradójicamente, en la «muerte del hombre»: un individuo cada vez más aislado, desarraigado y dispuesto a sustituir su propia naturaleza por un ideal biotecnológico de perfección.
Frente a la promesa de fabricar seres aumentados, inmunes al dolor, al envejecimiento y a la muerte, Paloma Hernández plantea una reflexión de enorme actualidad sobre el precio que estamos dispuestos a pagar por ese supuesto progreso. 
¿Qué ocurre cuando el sufrimiento, el esfuerzo, la vulnerabilidad o incluso la libertad dejan de formar parte de la experiencia humana? ¿Qué queda de la dignidad personal cuando el hombre pretende rediseñarse a sí mismo?
Con rigor histórico, profundidad filosófica y una mirada crítica sobre los grandes debates de nuestro tiempo, esta obra invita al lector a comprender que el verdadero desafío del siglo XXI no consiste únicamente en transformar al hombre, sino en decidir si queremos seguir siéndolo.

PRÓLOGO DE J. J. ESPARZA

Normalmente es el autor el que pide que alguien le escriba un prólogo. En este libro ha sido al revés: aquí ha sido el prologuista el que ha pedido escribir estas breves páginas. Porque este es un libro fundamental, como lo es ya su autora.

Primero, la autora. Paloma Hernández es una firma indispensable. Para quien no la conozca, contemos lo más importante. Artista, youtuber, acti­vista, divulgadora, pensadora... Paloma posee ese raro don de Dios que te permite hacer cosas hermosas con las manos. Su carrera como artista plás­tica la avala. Pero en un cierto momento, movida por la íntima necesidad de contribuir a la supervivencia de su nación, de su patria, dejó de lado los pin­celes para entregarse a la tarea de reflexionar sobre la identidad española. Ese es el sentido de su intensa participación en la Escuela de Oviedo. Y el fruto mayor de ese impulso fue el canal Fortunata y Jacinta, que se convirtió muy pronto en banderín de enganche, aula, fortín y lugar de encuentro, todo a la vez, para cientos de miles de personas. Lo más importante que ha pasado en la cultura española en el último cuarto de siglo ha sido el movimiento espontáneo, popular, nacido de la gente, de recuperación de nuestra identi­dad cultural e histórica. En ese combate -porque está siendo un combate-, Paloma es una referencia ineludible porque nadie ha abordado de una manera tan extensa, sistemática y profunda -y divertida, todo sea dicho-­ los asuntos centrales de la identidad española, sus grandes momentos, sus grandes debates. En la estela de Fortunata y Jacinta surgieron, entre otras cosas, los Encuentros Forjados -aquí entra el lado activista-, que han ve­nido reuniendo a ponentes de lo más variopinto en algo que es al mismo tiempo reflexión y convivencia. Y Juego está la obra, claro: el análisis crítico de las relaciones entre arte y propaganda política-frente básico de la guerra cultural-, la revisión de la evolución dela izquierda, quede ser una doctrina «de clase» ha pasado a convertirse en instrumento de la ideología globalista, y la singular contorsión del feminismo en el contexto de la incipiente islami­zación de las sociedades europeas. 

Los tres libros editados en Sekotia y tres cuestiones clave no solo para entender nuestro tiempo, sino también para hacerle frente. Era absolutamente inevitable que, en esa sucesión de explora­ciones por cuestiones clave, Paloma Hernández desembocara en la cuestión clave por antonomasia: la que aborda este nuevo libro.

En realidad, es el tema de nuestro tiempo. Nuestra civilización, la civili­zación occidental moderna, borró a Dios (lo «matón) y puso en su Jugar al hombre con su razón universal. En buena medida, ese fue el acto fundacional de la propia modernidad. Aquel hombre, convertido en centro del cosmos, no tardó en verse a sí mismo como una suerte de nuevo Dios, un ente supremo y autosuficiente capaz de ordenar todas las cosas. Ahora bien, el hombre es una criatura menesterosa y la universalidad de su razón es, cuando menos, discutible. Y si hemos borrado a Dios y el hombre ya no nos vale, ¿cuál es el siguiente paso que debemos dar? Es una pregunta filosófica, pero no es, ni mucho menos, una pregunta solo para filósofos: de hecho, de la respuesta que demos dependen mil cosas en nuestras existencias, desde los conceptos de lo que está bien y lo que está mal, y su porqué, hasta el sentido general de nuestras vidas. Algunos, hoy, creen que pueden hallar una respuesta en la máquina, pero eso, al cabo, es como fabricar un muñeco con apariencia hu­mana, declararlo dios y rendirle pleitesía: una impostura. Así que la pregunta permanece y se va haciendo más y más lacerante cuanto más nos negamos a plantearla. Hemos perdido el rumbo. Y cuando uno pierde el rumbo, lo más aconsejable es volver sobre los propios pasos para averiguar en qué punto uno se extravió. Eso es lo que Paloma Hernández se propone, y de manera brillante, en este ensayo.

La cuestión de la muerte de Dios es absolutamente esencial, así que con­ viene precisar de qué estamos hablando. Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento. Nietzsche utiliza expresamente la fórmula de una esponja que borra el hori­zonte, y es una figura muy adecuada: en un determinado momento, a Dios se le deja de ver porque el hombre decide que ya no está ahí. 
¿Cuándo ocurrió eso? Marx y Engels decían que fue con Descartes, al que consideraban el primer materialista porque con él se establece por primera vez -eso pensa­ban ellos- una clara diferencia entre el mundo del alma y el mundo de las cosas, y si en el primero aún late Dios, el segundo es enteramente territorio del hombre. Seguramente esa interpretación habría escandalizado al propio Descartes, que era un ferviente católico. Lo mismo pasa con otro antecedente clásico del borrado de Dios: la célebre fórmula de Hugo Gracia «etsi Deus non dareturn, «como si Dios no existieran. La verdad es que Gracia nunca dijo exactamente eso: arrojado en la barbarie de un mundo en guerra, Gracia trató de sentar reglas de naturaleza que todo el mundo pudiera aceptar fuera cual fuere su religión. Por eso escribió, textualmente, que «la ley de la naturaleza no perdería validez incluso si admitiéramos que Dios no existe o que no se ocupa de las cuestiones humanas, cosa por lo demás -precisa el holandés -que no se puede conceder sin cometer el mayor delito». O sea que Grocio, como Descartes, lo último que tenía en la cabeza era quitar a Dios del mapa. Y sin embargo, así se escribe la Historia.

Lo interesante es subrayar que ese borrado de Dios primigenio tenía truco: es un instrumento intelectual para tratar de encontrar la verdad objetiva de las cosas, pero siempre en la convicción de que Dios está detrás. En este sen­tido, no sobra recordar que el ejercicio empezó bastante antes, y basta citar el precedente de la Escuela de Salamanca. Podemos resumir la cuestión así: nosotros tenemos ideas muy concretas sobre lo bueno, lo bello, lo justo, lo verdadero, etc., ideas que consideramos objetivas y que se inscriben en una concepción general delas cosas presididas por la presencia del Dios cristiano. Pero, si prescindiéramos de Dios, ¿nuestras ideas seguirían siendo válidas? La pregunta tiene todo el sentido del mundo si la ponemos en el contexto de la España del siglo XVI, confrontada al encuentro -siempre conflictivo con realidades culturales enteramente ajenas. ¿Cómo saber si nuestro concepto de la justicia es el correcto cuando hemos de aplicarlo a realidades materiales donde nuestro Dios es un desconocido? Aquí es donde la reflexión sobre las leyes naturales se hace trascendental. En cierto modo, es la conse­cuencia del encuentro con el Otro, o con lo absolutamente Otro, como podía ser el caso de las culturas amerindias. Como se sabe, el encaje de la ley de Dios con la realidad natural es una obsesión permanente del pensamiento cató­ lico. Desde un punto de vista filosófico, el cristianismo es frecuentemente la ley de Dios -y también su amor- enunciados en los términos de la filosofía griega. La gran obra de los escolásticos puso los fundamentos decisivos. Para que la justicia sea justa, por ejemplo, debe seguir siéndolo también cuando se aplica en contextos donde el otro la reconocerá como tal aun cuando des­ conozca su fundamento divino, es decir, «Como si Dios no existiera». Pero la consecuencia final es que, en efecto, la idea correcta de la justicia es la nues­tra porque es la racional, la natural. Por eso Benedicto XVI insistía tanto en la naturaleza esencialmente racional de la visión cristiana del mundo. Dios es racional y no puede no serlo.

Pero algo pasó después. Algo que llevó a ciertos espíritus a apartar a Dios, a borrarlo, ya no como hipótesis de trabajo para ver si el esquema seguía «funcionando», sino como pena de exilio, como expulsión, para dejar el campo enteramente a merced del hombre triunfante. Referencia clásica: Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) y su idea del «hombre máquina», del hombre sin alma, como una máquina compleja con capacidad para orde­nar el funcionamiento de otras muchas máquinas a su alrededor. Natural­mente, no es solo una cuestión filosófica: el movimiento es inseparable del carácter prerrevolucionario de la época, del ascenso de la burguesía como clase dominante, de la emancipación de lo económico respecto de lo político y lo espiritual, etc. Aquí cambia completamente el esquema. Aquí sí puede decirse que se ha «matado» a Dios, que se le ha borrado. Es un ejercicio de poder: desmontar el mundo anterior, donde Dios estaba en el centro a pesar de todo, y volver a montarlo con un orden nuevo donde el centro lo ocupa el hombre, pero ya no como criatura (aún era así en el emblemático «Hombre de Vitruvio», por ejemplo), sino como rey. La modernidad propiamente dicha empieza con esta expulsión de Dios. Tiene todo el sentido del mundo que prosiguiera con la decapitación de un monarca.

Este prólogo no puede ser una exégesis del libro de Paloma Hernández ni un diálogo con él. Eso lo tiene que hacer el lector. Lo esencial es esto: si el borrado de Dios y la coronación del hombre abrieron una era, hoy esa era se cierra. Los últimos dos siglos de historia de la humanidad se han carac­terizado por un despliegue extraordinario de poder técnico sobre la materia y, simultáneamente, por una ruina absoluta del espíritu. Por utilizar una figura elemental, hemos construido el vehículo más perfecto imaginable pero hemos olvidado adónde ir con él. Así que el reinado del hombre ofrece hoy la imagen de un pobre sujeto aferrado a una banqueta que un día creyó trono, mirando alrededor sin saber muy bien cómo ha llegado hasta ahí ni qué hacer ahora. Por eso es tan urgente la pregunta sobre aquel Dios que un día fue borrado. Probablemente jamás podamos volver a ver el mundo como lo vieron nuestros antepasados. Tres siglos de secularización han dejado su huella. Pero tal vez sí sea posible volver a pensar las cosas «como si Dios exis­tiera». Tal vez entonces todo empiece a cobrar otra vez sentido. Y los funda­mentos para eso se hallarán en este nuevo libro de Paloma Hernández.

INTRODUCCIÓN

Vivimos en una época que gusta presentarse como la más racional, científica y emancipada de toda la historia. Se nos repite insistentemente que hemos dejado atrás las supersticiones religiosas y que el progreso consiste en la ampliación constante de derechos individuales y en el perfeccionamiento de las instituciones democráticas. Sin embargo, pese a que esté muy extendida la creencia de que nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas ya no operan con entidades metafísicas, tales como Dios o la verdad, lo cierto es que sí lo hacen. Lejos de haber desaparecido, las ideas metafísicas continúan organizando la vida de nuestras sociedades, son abundantísimas, y se pre­sentan a sí mismas como absolutas y revestidas de los mismos atributos que antes se reservaban a Dios o a la verdad.

Todo orden político necesita una nematología, es decir, un entramado de ideas, valores, símbolos, mitos, creencias y doctrinas que legitimen su poder. Esto significa que, para poder llevar a cabo determinados planes y programas políticos y geopolíticos, estos tienen que ir acompañados de un conjunto de teorías-ficción, un entramado ideológico que justifique las acciones y deci­siones de los gobernantes. Desde la perspectiva católica, la reflexión alcanza una profundidad extraordinaria, dado que, si la comunidad política elimina a Dios como principio ordenador de la vida colectiva, será cualquier realidad mundana lo que termine ocupando el lugar de lo absoluto: la democracia, la naturaleza, el bienestar, la raza, el mercado, la identidad o incluso el indivi­duo autónomo.

Desde esta perspectiva, la crisis actual adquiere una magnitud mucho mayor que la de un simple cambio de leyes o de instituciones políticas, eco­ nómicas o culturales. Se trata de una crisis de civilización, cuyas raíces se hunden en la misma rebelión que atraviesa toda la historia de la salvación: la tentación del Génesis de «Seréis como dioses»; la soberbia de Babel, que pretende alcanzar el cielo por sus propias fuerzas; y la desobediencia del rey Saúl, que antepone su propia gloria a la obediencia debida a Dios. En todos los casos se repite el mismo patrón: el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y convertir su propia voluntad en la medida última de la realidad. El problema aparece cuando cualquier forma de poder deja de reconocerse sometido a un orden objetivo y comienza a presentarse como creador de ese mismo orden. Es entonces cuando reaparece Babel.

En nuestros días, el régimen liberal-progresista pretende decidir qué es el matrimonio, qué es la familia, qué es un padre, qué es la vida, qué es la muerte, qué es el hombre, qué es la mujer, qué es la verdad, qué es la justicia y, en definitiva, qué es el bien y qué es el mal. En otras palabras, vuelve a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Desde esta perspec­tiva puede comprenderse con mayor profundidad la doctrina tradicional del Reinado Social de Cristo, que no constituye un proyecto de poder teocrático, sino que expresa que toda sociedad necesita reconocer un principio común y superior a sí misma si quiere evitar que el poder político termine con­virtiéndose en una tiranía. La doctrina del Reinado Social de Cristo Rey no destruye ni niega la legitimidad de las instituciones políticas, cuya necesidad histórica reconoce, sino que salva al poder temporal -a la política- de con­vertirse precisamente en idolatría.

La novedad de la modernidad revolucionaria no reside en que existan go­bernantes impíos o persecuciones contra la religión, pues eso ha ocurrido en otros momentos de la historia. Lo verdaderamente singular es la pretensión de edificar un orden social, moral y político que se fundamente explícita­ mente al margen de Dios, e incluso contra Dios, haciendo de la autonomía absoluta del hombre el principio rector de la vida pública. Por primera vez, la negación de toda referencia trascendente deja de ser una actitud personal o circunstancial para convertirse en el fundamento mismo de un proyecto de civilización. Para comprender esta deriva será necesario identificar el subje­tivismo como uno de los principales vicios del pensamiento contemporáneo. 

En buena medida, los errores de nuestro tiempo nacen de la tendencia a convertir las percepciones, emociones o preferencias individuales en criterio último de verdad. Este vicio, disloque o distorsión condiciona la forma de ra­zonar y, por tanto, la forma misma de interpretar el mundo y sus fenómenos. Nos referimos a la propensión a situar la subjetividad -la vida interior del individuo, sus emociones, deseos y estados psicológicos- como centro de la comprensión de la realidad. Desde esta perspectiva, la experiencia subjetiva se erige en criterio supremo de verdad y de legitimidad, de modo que las instituciones tradicionales -la familia, la escuela, la Iglesia o el Estado-­ pasan a contemplarse principalmente como estructuras de las que el indivi­duo debe emanciparse para realizar plenamente su libertad.

Esta tendencia venía gestándose desde siglos atrás. Con el nominalismo comienza un proceso de disolución de los fundamentos sobre los que des­ cansaba la filosofía jurídico-política que había configurado el régimen civi­lizatorio de la Cristiandad. A partir de entonces, la realidad fue dejando de entenderse como un orden objetivo e inteligible para pasar a depender cada vez más de la conciencia y de la voluntad del sujeto, hasta quedar reducida, en último término, a sus percepciones subjetivas.

El subjetivismo feroz de nuestros días, unido al rechazo a las tradiciones propias, derivará hacia una concepción psicologista de la existencia. La búsqueda de la trascendencia y de la salvación no desaparecerá, sino que em­pezará a ser entendida como el cultivo del individuo egoiforme, del narciso, quien de forma obsesiva se embarcará en el inagotable proyecto del autoco­nocimiento y de la autodeterminación, tratando de detectar, «deconstruir» y combatir toda suerte de presuntos traumas y opresiones que le acecharían por todas partes. Estos individuos flotantes, desnortados, precisarán cons­tantemente de la orientación y guía «espiritual» de costosos psicólogos, de exóticos maestros ayahuasqueros, de todo tipo de terapéuticas anticientíficas y de gurús ideológicos.

Por razones históricas, la Iglesia católica de nuestros días ya no es la Igle­sia católica regida por la teología tomista, donde el sacerdote atesoraba dos mil años de sabiduría y cumplía de forma gratuita su función como padre espiritual, uno de cuyos cometidos consistía en destruir, precisamente, el principio subjetivista del individuo, esa inercia enfermiza a expansionarse en pensamientos obsesivos y autorreferenciales. Como dirá Chesterton, las máximas del mundo moderno no eran más que las antiguas virtudes cristia­nas desquiciadas, o sea, sacadas de su quicio, separadas de su fundamento, que no era otro sino la fe en el Dios Uno y Trino, ahora sustituido por el «yo interior», el fuero interno de la conciencia.

Los predicadores del liberal-progresismo dan por supuesto que, en nom­bre de la «Razón», la «Libertad» y el «Progreso», es necesario abolir cualquier vestigio de culto religioso porque las religiones son instrumentos del poder para mantener el control sobre las masas. Como mucho, las tradiciones reli­giosas serán toleradas como meras manifestaciones culturales, siempre que renuncien a toda pretensión de orientar la vida moral o el orden político y acepten quedar relegadas al ámbito estrictamente privado.

Nuestro propósito en este libro consistirá en estudiar las ideas que han hecho posible la crisis civilizacional que vivimos. Porque las leyes, reformas educativas o transformaciones sociales no son ideológicamente neutras, sino que aparecen siempre justificadas filosóficamente por una determinada idea del hombre, de la libertad, de la autoridad, de la familia, del Estado y del bien común.

Desde esta perspectiva, sostendremos que buena parte de las transfor­maciones experimentadas por Occidente durante los últimos siglos solo pueden comprenderse reconstruyendo el itinerario que conduce desde de­ terminadas rupturas filosóficas y teológicas de la Baja Edad Media y el pro­testantismo hasta las corrientes liberal-progresistas contemporáneas. No se trata de establecer relaciones mecánicas de causa y efecto ni de reducir la historia a una única explicación, sino demostrar cómo ciertas concepciones acerca de la naturaleza humana, la libertad, la verdad o la autoridad han ido modificándose progresivamente hasta configurar el horizonte disolvente en el que hoy vivimos.

Una de las tesis que recorrerá estas páginas es que la secularización no ha eliminado la dimensión metafísica de la política. Lo sagrado no ha desapare­cido, sino que se ha desplazado de lugar. Lo que ha cambiado son los objetos de la sacralización. Allí donde antes Dios constituía el fundamento último del orden moral y político, hoy encontramos nuevas realidades elevadas a la condición de absolutos: el individuo autónomo, la identidad, el mercado, el Estado, el progreso, la democracia, la ciencia o determinados discursos sobre los derechos humanos. Surgen, entonces, dos problemas: 
el primero es que esas nuevas ideas sacralizadas se presentan como verdades indiscuti­bles, inmunes a toda crítica y revestidas de una autoridad semejante a la que antes se atribuía a los dogmas religiosos. 
La segunda consecuencia es aún más grave, porque mientras Dios opera como principio ordenador del Todo, funcionando como parámetro compartido, colectivo, común a todos los miembros de la sociedad política, un parámetro trascendente, supraindivi­dual, situado por encima de los intereses particulares de individuos, grupos, gremios, partidos políticos, clases sociales, etc., los mitos liberal-progresistas son disolventes, fraccionadores de la realidad social y política.

Desde la perspectiva católica, esta transformación adquiere una profun­didad todavía mayor porque cuando el hombre ocupa el lugar que anterior­ mente correspondía a Dios, reaparece la vieja tentación del Génesis: decidir por sí mismo qué es el bien y qué es el mal. Es entonces cuando todo se frag­menta, se relativiza y se disuelve en un entramado de intereses particulares y rupturistas. La crisis contemporánea deja entonces de ser exclusivamente política para convertirse también en una crisis antropológica y civilizacional: de la muerte de Dios a la muerte del hombre.

El lector no encontrará aquí una simple denuncia de los males de nuestro tiempo ni una nostalgia estéril por el pasado. Encontrará, sobre todo, una in­vitación a pensar filosóficamente los presupuestos ideológicos que dominan nuestra época, porque comprender las ideas que la sustentan es el primer paso para comprender el mundo en que vivimos y, a partir de ahí, poder reac­cionar con inteligencia, prudencia y esperanza.


¿Por qué un libro titulado De la muerte de Dios a la muerte del hombre?

Porque quería subrayar que la crisis contemporánea no es solo existencial, psicológica, moral o política. Es una crisis antropológica y civilizacional: si borras a Dios destruyes también al hombre. El título describe un proceso histórico que se inició hace unos 250 años y que supuso el paso del orden histórico-político de la Cristiandad a un régimen progresivamente secularizado, en el que Dios y la religión fueron desplazados del centro de la sociedad y de la política. Se trataba de construir una sociedad sin Dios, o mejor dicho, contra Dios… contra el Dios de los católicos, para ser exactos.
Evidentemente, Dios no muere porque el hombre deje de creer en Él. La «muerte de Dios» significa su expulsión del horizonte público y, finalmente, de la propia comprensión del ser humano. José Javier Esparza lo explica con precisión en el prólogo que ha escrito para el libro: «Evidentemente, Dios no va a dejar de existir por el hecho de que el hombre diga que ya no hay Dios. De lo que estamos hablando es más bien de una desaparición, de un ocultamiento (…) Nuestra civilización, la civilización occidental moderna, borró a Dios (lo “mató”) y puso en su lugar al hombre con su razón universal».
Primero se destronó a Dios para coronar al hombre y después se declaró que el propio hombre era una construcción cultural modificable. Por eso el libro sostiene que ambas muertes están relacionadas: «sin el Creador, la criatura desaparece». Al perder a Dios, el hombre no se ha encontrado a sí mismo; más bien se ha perdido, se ha quedado sin saber quién es y cómo debe vivir.

¿Cuál es su propósito con este libro?

Mi principal objetivo era responder a la pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí y también ofrecer un camino para iniciar la reacción y la reconstrucción. Un camino accesible a todo el mundo, por cierto, porque debo advertir que en el libro hay teología y filosofía, pero que no se trata de un ensayo reservado únicamente a especialistas en teología o en filosofía. Todo lo contrario, está escrito para que cualquier persona pueda entender las conexiones que van desde el Génesis hasta la misión de san Pablo; desde el reinado del rey David hasta la monarquía temperada del Imperio español, pasando por el Imperio romano, el Anticristo de san Juan, el katéchon de san Pablo y la doctrina del Reinado Social de Cristo. También abordo el hilo que va de Lutero al krausismo, así como la ofensiva modernista contra el cristianismo, los fundamentos de la francmasonería, el proceso de folclorización de la fe o la papolatría, tan en boga hoy en día.
El caso es que hoy día muchos viven convencidos de que la religión es un lastre y que había que eliminarla para así alcanzar por fin la plenitud, pero esa es la gran mentira de la modernidad: creer que no necesitábamos a Dios, que el borrado de Dios nos haría definitivamente libres y felices. Pero resulta que el individuo se encuentra hoy más aislado, desarraigado, desesperanzado y desorientado que nunca, incapaz incluso de entender que ahora está más sometido y tiranizado que hace trescientos años.

Lo que estamos comprobando hoy día en España y en todas las regiones del mundo que conformaron o fueron herederas del régimen de la Cristiandad es que cuando se elimina a Dios como principio ordenador de la realidad, las consecuencias alcanzan a todos los órdenes de la vida… todo se disuelve, se rompe, se destruye… la moral, la familia, la educación, la economía, la sociedad y también, por supuesto, la política. Europa se construyó desde coordenadas cristianas y una civilización no puede borrar su fundamento sin que todo el edificio termine resquebrajándose. Más teniendo en cuenta que uno de los peligros más inmediatos es el crecimiento de una ideología político-religiosa llamada islam.

Antes ha hablado del peligro de la papolatría, ¿cómo definiría usted ese fenómeno?

Bueno, la papolatría comienza cuando la autoridad pretende ocupar el lugar que corresponde a la Verdad. Es decir, cuando se actúa como si una afirmación fuese verdadera simplemente porque procede de una autoridad eclesiástica, y no porque esa autoridad esté custodiando y transmitiendo fielmente la Verdad revelada por Cristo. La autoridad del papa no es absoluta ni creadora, sino que está al servicio de la Revelación, de la Tradición y de la misión recibida por la Iglesia. Y nuestra función, como la de san Juan Bautista, es señalar a Cristo y decir: «Este es el Cordero de Dios». Esa es la misión de la Iglesia militante, señalar a Cristo.
Hoy día hay mucha confusión interesada sobre estos temas, pero la tradición católica ha dejado siempre muy claro que la dignidad del cargo eclesiástico no garantiza por sí sola la santidad personal. Toda autoridad humana, también la más elevada dentro de la Iglesia, permanece sometida al juicio de Cristo, único Señor y Cabeza de la Iglesia. De ahí que la veneración hacia el ministerio petrino nunca implicara la divinización de la persona del papa ni la identificación automática de todas sus decisiones con la verdad revelada.

Hoy día, sin embargo, pocos saben que un católico puede criticar ciertas ideas, decisiones o conductas de un papa, sin incurrir por ello en desobediencia. La crítica se puede y se debe hacer, aunque siempre desde la caridad, el respeto y la fidelidad a la Iglesia, es decir, sin cuestionar la institución del papado ni la autoridad del papa como sucesor de san Pedro. Y Pedro era una persona de carne y hueso, no necesariamente santa ni impecable. El papa es el sucesor de Pedro, no el sucesor de Cristo. Cristo continúa siendo Cabeza de la Iglesia, de manera que toda autoridad eclesiástica permanece subordinada a Él. Esto significa que la autoridad del papa es vicaria y ministerial, por lo que su misión consiste precisamente en servir a una Verdad que no le pertenece y que no puede cambiar de forma caprichosa o voluntarista para adaptarse al mundo.

¿Por qué las ideas que pretendieron destronar a Dios son las mismas que amenazan hoy con acabar con el hombre? ¿Cuáles son estas ideas?

Porque esas ideas parten de un mismo error: considerar al hombre un ser autosuficiente, capaz de darse a sí mismo su naturaleza, su verdad y su ley moral. Es la vieja tentación del Génesis: «Seréis como dioses». Es decir: proclamaos soberanos absolutos y podréis decidir por vosotros mismos qué es el bien y qué es el mal. Ese es también el principio que impulsa la ideología laicista: negar el Reinado Social de Cristo, expulsar a Dios de la vida pública y recluirlo en el fuero interno de la conciencia individual.
Entre esas ideas encontramos el voluntarismo, el subjetivismo, el individualismo, el relativismo moral, el fundamentalismo científico, el mito del progreso indefinido, la felicidad canalla o la consideración de la libertad como pura autodeterminación. Todas ellas confluyen en la pretensión de que el hombre no recibe una naturaleza, sino que la construye mediante su voluntad.
Pero el mismo principio que prometía liberar al hombre permite ahora afirmar que el cuerpo carece de significado, que la diferencia sexual es una construcción social, que una vida enferma puede dejar de ser digna, que el aborto libre es un «derecho humano» que los Estados están obligados a brindar constitucionalmente, que la familia es una institución opresora, que la maternidad es una «injusticia biológica» o que el ser humano es débil y defectuoso y debe ser superado tecnológicamente. Lo que vemos es que las ideologías que proclamaron la soberanía absoluta del hombre han terminado convirtiéndolo en material disponible y fungible para el Estado, el mercado y la tecnología.

Desde los inicios de la modernidad, ha persistido la seductora idea de que es posible construir una sociedad perfecta, libre de sufrimiento y de conflictos. ¿Por qué se desatan estas utopías tras la ruptura del régimen de la Cristiandad?

Porque el catolicismo siempre ha mantenido una perspectiva realista sobre la condición humana y sobre la naturaleza del mundo, una visión que mantuvo a las sociedades católicas a salvo de idealismos pánfilos y de aspiraciones irrealizables. Si rompes el orden de la Cristiandad, consigues derribar el dique que frenaba la expansión de todo ese tipo de irracionalismos.
Diversos socialismos, los utópicos, los marxistas, también ciertas visiones liberales, los anarquistas, el feminismo en cualquiera de sus corrientes, filosofías propias de la Ilustración, el krausismo, la paz perpetua kantiana, el fundamentalismo democrático, también el globalismo oficial, el humanismo metafísico de nuestros días, etc., todas estas corrientes se presentan como ideologías salvíficas. En nuestros días, los autotitulados progresistas han asimilado estas funciones soteriológicas, mesiánicas, razón por la que se presentan como los nuevos redentores de la humanidad: la sociedad perfecta es posible y sólo nosotros sabemos cómo construirla, ¡vótanos!

Y entonces llega el transhumanismo, que da un paso más allá…

Exacto, el proyecto de comprender al «Hombre por el Hombre», y no «desde Dios», también ha dado lugar al peligroso proyecto del transhumanismo: ya no se trata de construir una sociedad perfecta, sino de crear al hombre perfecto. Gracias a la biotecnología, dicen, podemos transformar la imperfecta naturaleza humana en una naturaleza superior: aumentaremos la inteligencia, eliminaremos el sufrimiento, prolongaremos la vida e incluso venceremos la muerte… La clave es entender que la ideología transhumanista interpreta la imperfección humana como un fallo técnico, susceptible de corrección.
Para confrontar esa aberración aparece la Verdad de la teología católica, que sostiene que el mal tiene una dimensión moral y espiritual y que no puede eliminarse solo con tecnología. La perspectiva católica devuelve las cosas a su quicio, pone orden en toda esta confusión… En primer lugar, el catolicismo advierte que el problema fundamental del hombre no es su limitación biológica, sino la desorientación de su voluntad. Por eso, la solución no es huir del sufrimiento, sino integrarlo en una vida de amor, donde la libertad no se pierde, sino que alcanza su plenitud a través de la gracia, la vida moral y el ejercicio de la virtud.

En segundo lugar, desde la visión católica podemos entender con claridad que el transhumanismo representa un intento de salvación inmanente, una salvación sin Dios que, aseguran, podríamos llevar a cabo los hombres aquí en la Tierra solo con nuestras fuerzas. Pero no olvidemos que esta búsqueda de una redención sin trascendencia es el error de la Torre de Babel… En realidad, nuestras sociedades descristianizadas son la Torre de Babel 2.0… Además, según el transhumanismo solo se salvarían los elegidos, no todos los hombres. No hay que olvidar que la ideología transhumanista cuenta con numerosos apoyos en el sector tecnológico y financiero internacional, y que cuando hablan de generar seres «aumentados», perfeccionados, no están pensando en proveer a toda la humanidad de esas «bondades», sino únicamente a los «elegidos» que puedan pagarla.

¿Cuáles han sido las principales revoluciones que han desencadenado la decadencia de Occidente desde la Cristiandad medieval hasta la posmodernidad?

Bueno, en el libro no planteo una sucesión mecánica en la que cada acontecimiento produzca necesariamente el siguiente, pero sí existe una genealogía filosófica. El primer gran quebrantamiento aparece en la Baja Edad Media con el nominalismo y el voluntarismo, que debilitan la comprensión de la realidad como un orden objetivo e inteligible. Después llega la revolución protestante. El libre examen rompe la unidad religiosa de la Cristiandad, subjetiviza la fe y prepara su progresiva reducción a un asunto privado… el individuo se comunicaría directamente con Dios y para nada necesitaría a los curas ni a la Iglesia ni los sacramentos ni nada de nada más que su fe y su sentimiento. Ese es el gravísimo error luterano que, lamentablemente, está ahora penetrando en amplios sectores católicos… Jamás en la historia de España había habido una apostasía tal generalizada de la misa y de los sacramentos.

Pero bueno, tras Lutero aparece la Ilustración, que desplaza la soberanía de Dios hacia una Razón humana abstracta, mientras que la Revolución francesa intenta traducir esa ruptura al orden político mediante la destrucción del trono y del altar. Las revoluciones liberales del siglo XIX profundizan en la secularización del Estado, la educación y la sociedad. Posteriormente, el marxismo convierte la política en un proyecto de redención terrenal y presenta la religión como una forma de alienación. Finalmente, la revolución cultural y sexual del siglo XX dirige el combate contra la familia, la autoridad, la moral sexual y la propia naturaleza humana. La posmodernidad culmina el proceso: ya no se limita a negar a Dios, sino que niega también la verdad y la propia naturaleza del hombre y de la sociedad. Y así llegamos hasta nuestros días.

El problema es que hemos borrado de nuestra brújula el norte verdadero, que es Dios. Y ya sabemos qué ocurre cuando acercamos un imán a una brújula: la aguja no deja necesariamente de señalar una dirección, sino que empieza a señalar un norte falso. Eso es precisamente lo que hacen las ideologías. Una vez retirado Dios como principio ordenador, cualquier ideología basura que disponga de suficiente poder político, económico y mediático puede imantar la brújula de una sociedad, falsear su sentido de la orientación y convencer a millones de personas de que caminar hacia el precipicio es avanzar en la dirección del progreso.

¿Cómo luchan las ideologías por suplantar los grandes ideales de la fe católica?

Haciendo una sustitución. Las ideologías modernas no han eliminado la necesidad humana de creer, esperar y encontrar una salvación. Lo que han hecho es secularizar esas aspiraciones y dirigirlas hacia nuevos objetos. Tampoco han destruido el sentido de lo sagrado, lo que se ha producido ha sido un desplazamiento: se han desacralizado unas cosas y se han sacralizado otras. La fe en Dios ha sido sustituida por la fe en el progreso, en la ciencia, en la democracia o en el Estado; la esperanza en la vida eterna ha sido sustituida por la promesa de una sociedad perfecta o de un hombre perfecto; las virtudes cristianas, por un conjunto de buenos sentimientos; la caridad cristiana, por un sentimentalismo humanitario que habla constantemente de solidaridad, pero prescinde de la Verdad, de la Justicia y del Bien.
También se sustituye el Bien por el bienestar, el pecado por la opresión social o la gracia por la terapia, el entretenimiento o el asistencialismo estatal. Todos son desplazamientos y sustituciones. El resultado son doctrinas políticas con estructura religiosa: el liberal-progresismo, por ejemplo, tiene dogmas que no pueden discutirse, pecados ideológicos, inquisidores, herejes, rituales públicos y, sobre todo, promesas de salvación. El liberal-progresismo es una ideología mesiánica cuyos voceros se autopresentan como los nuevos redentores de la humanidad y de la pachamama.

Por eso sostengo que nuestras sociedades no son verdaderamente posmetafísicas. No han dejado de sacralizar; simplemente han cambiado de dioses… se han paganizado. La democracia, la identidad, el mercado, la naturaleza, el bienestar o los derechos individuales ocupan ahora el lugar de lo absoluto. Pero son falsos absolutos porque no ordenan el conjunto, no responden al Bien Común, sino a los particularismos, por lo que finalmente terminan enfrentando, fragmentando y disolviendo la sociedad.

¿Por qué el transhumanismo no es más que una continuación de los viejos mitos de Prometeo o de Frankenstein?

Exactamente, recordemos que Prometeo representa la voluntad de arrebatar a los dioses un poder reservado al ámbito divino. Frankenstein, cuyo subtítulo es precisamente El moderno Prometeo, presenta a ese hombre que pretende producir vida mediante la técnica, pero que finalmente se muestra incapaz de gobernar moralmente aquello que ha creado. El transhumanismo reproduce esa misma tentación. Ya no propone únicamente curar enfermedades o aliviar padecimientos, objetivos perfectamente legítimos, sino rediseñar la naturaleza humana, como decíamos antes.

Por eso es tan importante entender la diferencia que hay entre medicina y transhumanismo. La medicina trata de restaurar la naturaleza humana cuando está dañada; el transhumanismo considera esa propia naturaleza un defecto que debe ser superado. Ya no acepta al hombre como criatura, sino como materia prima de un proyecto tecnológico. Es una nueva promesa de salvación, pero una salvación inmanente, sin Dios y reservada únicamente a quienes puedan pagarla. Es toda una impostura… el hombre pretende emanciparse de dios para convertirse en creador de sí mismo, pero termina fabricando una criatura sometida como nunca antes a los poderes tecnológicos, financieros y políticos que controlan ese proceso.

¿Por qué no tiene ningún sentido que la criatura se rebele contra un Creador todopoderoso que la va a juzgar?

Porque la criatura no existe por sí misma, el hombre no es causa sui. Todo cuanto posee —la vida, la inteligencia, la libertad y la capacidad de obrar— lo ha recibido de Dios. Rebelarse contra Él es utilizar los dones recibidos para negar la fuente misma de esos dones. Obedecer a Dios significa confiar —tener fe— y ordenar nuestra vida conforme a la verdad de lo que somos. El problema es que nuestra rebelión no perjudica a Dios ni amenaza su soberanía. Quien resulta destruido es el propio hombre, como el sarmiento que pretende vivir separado de la vid. En eso consiste la tragedia del pecado: la criatura quiere alcanzar su plenitud separándose de quien constituye precisamente su principio y su fin. Dios permite esa rebelión porque creó al hombre libre, pero la libertad no elimina las consecuencias ni el juicio. Podemos rechazar el orden de Dios, pero no podemos construir una realidad en la que Dios deje de ser Dios, por eso vamos tan desnortados.

Frente al espejismo utópico de un mundo sin dolor, ¿por qué es más actual que nunca la propuesta de Cristo, que con su muerte en la cruz da un sentido profundo al dolor?

Porque el proceso de descristianización ha generado una sociedad sin referentes ejemplares: vidas modélicas de personas que enseñen que el sufrimiento forma parte de la vida y que, lejos de evitarlo a toda costa, es necesario dotarlo de sentido y dignidad. Porque de lo que se trata, en suma, es de dignificar esa vida humana doliente. Jesús de Nazaret es el mayor ejemplo que tenemos: una persona que soporta el escarnio, la traición, el abandono, la incomprensión, las tentaciones más duras, un extremo sufrimiento físico y moral, calumnias, etc., pero que se sobrepone, aguantando con fortaleza y perseverando hasta el final por una causa que trasciende su propia vida. Cristo, crucificado, se sacrifica por algo que está por encima de Él mismo: el Amor al Padre. Esa idea está desapareciendo, la idea de que en la vida unas veces vienen bien dadas y otras mal dadas, y que en el momento en que las cosas vienen mal dadas hay que ejercitar la fortaleza. Cristo no promete una existencia sin dolor, sino que entra en el sufrimiento humano, lo asume y lo transforma. En la Cruz, el dolor deja de ser únicamente una desgracia absurda y puede convertirse en entrega, amor, sacrificio y redención.

Esto no significa glorificar el sufrimiento ni dejar de combatir la enfermedad, la pobreza o la injusticia. El cristianismo nunca ha dicho que debamos buscar el dolor por sí mismo. Lo que afirma es que, cuando el sufrimiento inevitablemente llega, no destruye la dignidad ni vuelve inútil la vida. Unido a Cristo, puede adquirir un sentido sobrenatural. Las utopías modernas prometen eliminar el sufrimiento mediante la política, la psicología, la tecnología o el consumo. Pero, cuando no pueden eliminarlo, terminan eliminando al que sufre. Ahí están la eutanasia, el aborto e incluso ciertos proyectos transhumanistas. La Cruz ofrece una respuesta radicalmente distinta: no te dice que tu vida carezca de valor porque sufras, sino que Dios mismo ha entrado en tu dolor y puede transformarlo.

¿Por qué está en juego la dignidad del hombre y su vocación dentro del plan de Dios?

Porque estamos enfrentando dos ideas radicalmente distintas del ser humano, incompatibles entre sí. Para la antropología contemporánea, el hombre debe convertirse en un individuo autónomo que pertenece únicamente a sí mismo y cuyo valor depende de su voluntad, su salud, su productividad o su capacidad para disfrutar, consumir y votar. Para el catolicismo, en cambio, el hombre es criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza, dotado de razón y libertad y llamado a convertirse, mediante la gracia, en hijo adoptivo de Dios. Su dignidad no depende de que esté sano, sea autónomo, resulte útil o pueda colmar todos sus deseos. La posee desde su concepción hasta su muerte natural.
Por eso está en juego mucho más que un debate cultural. Está en juego la propia idea de hombre, porque de eso dependerá que cualquiera pueda ser descartado si no cumple ciertas exigencias sociales, biológicas o ideológicas. Pero sobre todo está en juego la vocación sobrenatural del ser humano. El hombre no está llamado a convertirse técnicamente en una criatura superior, como promete el transhumanismo; está llamado a participar de la vida divina.

¿Cómo, a raíz de su conversión, comprende más profundamente el misterio del hombre y su relación con Dios?

Mi conversión me permitió comprender que el hombre no puede explicarse completamente desde la política, la sociología, la psicología, la filosofía o la biología. Todas estas disciplinas iluminan aspectos verdaderos, pero parciales. La razón natural no alcanza por sí sola. Cristo no solo revela quién es Dios: también revela la verdadera naturaleza del hombre: quién es realmente, cuál es su herida, cuál es su dignidad y para qué ha sido creado. La conversión, en mi caso particular, tiene que ver con el entendimiento: entender los límites de la razón humana, los peligros del exceso de mundanización, el sentido de la vida y de la historia… Tiene que ver, en definitiva, con una suerte de comprensión de la estructura que lo ordena todo… con un asentimiento ante el principio que ordena la voluntad, la vida familiar, la política, la economía, las artes, la educación, etc. Tiene que ver con la certeza de que Dios es necesario.

¿Por qué merece la pena leer el libro?

Porque no es simplemente un catálogo de quejas contra la modernidad. Tampoco propongo una nostalgia estéril por el pasado, sino una invitación a comprender las ideas que gobiernan nuestro presente y una guía para reaccionar frente a ellas con inteligencia y con propósito, de forma realista, sin triunfalismos ni derrotismos.
Muchas personas perciben que algo no funciona: el triunfo del narciso, el individualismo estrecho, el nihilismo político, la conversión del Estado en policía de la conciencia, la destrucción del individuo desde el sistema educativo, la pérdida de autoridad de padres y maestros, la desmaternalización de las mujeres, la feminización de los hombres, la desintegración de la familia, la soledad, la eutanasia, el aborto, el abandono de la patria, la sentimentalización de la fe, el neopaganismo, la infantilización de la sociedad, el victimismo constante… Muchos lo ven, pero contemplan estos fenómenos como problemas separados. El libro muestra que están relacionados porque proceden de una determinada idea de Dios, del hombre, de la libertad, del cuerpo, de la verdad, de la política y del bien.

Además, el libro culmina con un último apartado que he llamado «Del desorden al orden» porque no basta con diagnosticar la enfermedad: en la medida de lo posible hay que intentar curarla. La crítica radical no sirve de nada si no va acompañada de una reacción posible, inteligente y eficaz, capaz de reconstruir la vida moral, social y política. Primero hay que reconocer los errores, comprender sus causas y medir sus consecuencias; después, hay que recuperar un principio de orden. No basta con criticar y triturar, hay que poder reconstruir. Así que el libro ofrece una respuesta: el camino del desorden al orden continúa abierto y todos podemos actuar, no es una tarea que debamos confiar únicamente en los políticos.

Por Javier Navascués

 
El Sagrado Corazón contra el mundo moderno con J. Barraycoa. FORJA 367



"SAGRADO CORAZÓN" | TRAILER OFICIAL ESPAÑOL

jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». 

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE