Manifiesto por la Hispanidad
La Hispanidad no es una hipótesis, ni una nostalgia, ni una causa pendiente de demostrarse: es un hecho. Existe, funciona y beneficia a cuantos hablamos, pensamos y sentimos en español a un lado y otro del Atlántico. Es una comunidad de afectos e intereses, forjada por la historia y sostenida, desde hace más de quinientos años, por instituciones que ningún tratado internacional ha conseguido replicar: ayuntamientos que llevan nombres gemelos en dos continentes, universidades que comparten claustro intelectual desde el siglo XVI, diócesis y parroquias que rezan en la misma lengua, hospitales nacidos de la misma caridad. Nada de esto es artificial. Nada de esto hay que inventarlo. Solo hay que reconocerlo, y ponerlo al servicio del futuro con la ambición que merece.
Esta XXVIII edición del Congreso Católicos y Vida Pública se celebra en un momento exigente para la sociedad occidental, sacudida por la pérdida de algunos de los anclajes que la han sostenido durante siglos. Precisamente por eso conviene mirar con serenidad y con orgullo hacia una comunidad que no depende de esos vaivenes: la Hispanidad ha atravesado guerras, independencias y crisis de toda índole sin perder su cohesión de fondo, porque su cimiento no es coyuntural, sino histórico e institucional.
Isabel la Católica no puso en marcha una promesa: puso en marcha una civilización. Su testamento, en el que ordenó tratar a los naturales de las Indias «como personas libres y no sujetas a servidumbre», fijó desde el primer instante el criterio con el que España construiría un mundo nuevo: la dignidad del otro como condición, no como excepción. Ninguna otra potencia de la historia moderna legisló así sobre sí misma desde el origen. España lo hizo, y de ahí nació todo lo demás.
De ahí nacieron las Leyes de Indias, el cuerpo jurídico más extenso jamás dictado por una potencia para limitarse a sí misma. Y de ahí nació la Escuela de Salamanca, donde Francisco de Vitoria formuló, un siglo antes que nadie en Europa, los principios del derecho internacional y de la dignidad universal de la persona humana. Esa no es una curiosidad erudita: es nuestra genealogía, y es motivo de orgullo, no de arqueología.
Esa genealogía se traduce en principios que no son negociables. La dignidad de la persona humana, la herencia grecolatina que nos dio la razón y la ley, la tradición cristiana que dio forma a nuestra idea de comunidad, el respeto al derecho como límite del poder, las libertades civiles como condición de una vida digna, y un marco legal capaz de proteger la propiedad, el contrato y la iniciativa como motores de prosperidad: ese es el sustrato común sobre el que se ha edificado la Hispanidad, el mismo hilo que atraviesa Salamanca, las Leyes de Indias y las constituciones que después se escribieron a ambos lados del Atlántico. No son valores importados: son valores propios, y por eso los defendemos con naturalidad, no como una imposición ajena.
Hoy esa comunidad habla una lengua que crece en dos continentes, con más de seiscientos millones de hablantes y una proyección demográfica que ningún otro gran proyecto occidental puede exhibir. No se contrae: crece. Y crece sostenida por la misma trama institucional de siempre —municipios, universidades, diócesis, parroquias, hospitales, colegios profesionales, empresas— que ha demostrado, durante medio milenio, una capacidad de permanencia que ninguna organización supranacional ha logrado en un siglo de existencia.
La Hispanidad no se agota en el ámbito político ni en las relaciones entre Gobiernos y naciones. Exige un cambio de actitud profundo, radical si es preciso, para defenderla, expandirla y desarrollarla, y exige también una dimensión cultural y moral a la altura de su historia: reconocer que la fe ha sido uno de los cimientos más firmes de esa civilización, y que recuperarla en el centro de nuestra vida pública es parte esencial de la respuesta a la crisis que atraviesa Occidente. Como recordaba el papa Benedicto XVI: «Hay que vivir como si Dios existiera».
Por eso reivindicar la Hispanidad no es mirar atrás: es actuar con la confianza de quien parte de una posición de fuerza. Toca dejar de tratar como legado menor lo que es, en realidad, nuestra mayor ventaja competitiva y moral en el mundo que viene.
Isabel la Católica lo fundó. Vitoria lo pensó. Las Leyes de Indias lo escribieron. Quinientos años de instituciones compartidas lo han sostenido. A nosotros nos corresponde, sencillamente, estar a la altura de lo que hemos heredado y hacerlo crecer.
Juntos somos más fuertes. Ese es el punto de partida, y también la conclusión.


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