EL Rincón de Yanka: IDENTIDAD

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jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». 

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE

lunes, 31 de agosto de 2026

LIBRO "UN GRANO DE ARENA" por HERACLIO E. ATENCIO BELLO (FUNDACIÓN VENEZUELA POSITIVA)

UN GRANO DE ARENA


FUNDACIÓN VENEZUELA POSITIVA

La Fundación Venezuela Positiva, institución privada sin fines de lucro, abierta a toda persona, sin distinción de credos políticos, raciales o religiosos, inició sus actividades en 1992 cuando el país se encontraba inmerso en una crisis sistémica que amenazaba y afectaba negativamente a todas sus actividades: desde la economía hasta la política, desde la educación hasta la salud, desde el orden público hasta el mal funcionamiento de un monstruoso e ineficiente Estado, y desde el aumento de la inflación corrosiva hasta la creciente y deshumanizante miseria de la pobreza. Si bien es cierto que esa es una realidad que aún subsiste y que el país no puede eludir, también es verdad que prevalece otro escenario más optimista donde el venezolano trabaja, lucha y batalla para superarse, transformándose en agente proactivo en medio de asombrosas dificultades y problemas, pero siempre queriendo reafirmar la PAZ democrática, con la finalidad de alcanzar el mayor bienestar económico, intelectual y espiritual posible. 

Es importante tener presente el gran significado de la historia de nuestro país y el costo que ha significado sembrar la noción política de democracia. Y por ello confiamos en que Venezuela si tiene futuro a pesar de sus imitaciones. Acabemos todos con las predisposiciones negativas y las actitudes obstinadas de los pesimistas. Para ello es necesario que la energía activa y creativa esté presente en los venezolanos para poder lograr el avance firme, paso a paso, conformando así la base de la estructura de un posible desarrollo sostenido. 
La Fundación Venezuela Positiva se opone rotundamente a los que se empeñan en regar esterilidad, calumnias, malos presagios y peores mentiras sobre el suelo sagrado de la Patria. 

El futuro de todos los venezolanos es un ineludible compromiso de dimensión nacional e internacional. No dejemos que el tiempo se nos escape como el viento y que la oportunidad se pierda con su paso inexorable. Busquemos la identidad perdida, formemos un ente más consistente, más expresivo, capaz de traducir en realidad lo que tanto deseamos todos. Aún estamos a tiempo para transformar la crisis actual en el punto de partida de un nuevo orden económico y social con ingredientes morales y éticos al servicio de toda la población venezolana, en especial, lo más pobres y los más necesitados. Tendríamos que estar dormidos si de un vergel tan exuberante de la voluntad de todos sus hijos. Caminemos hacia el futuro confiados todos en que vamos a vencer el derrotismo, el negativismo y la incertidumbre política. No le tengamos miedo a los grandes desafíos, espacios oscuros y peligros amenazantes.
Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada: cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores: cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo. y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti: cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada. AYN RAND (1950)

COMO UN GRANO DE ARENA

Juego de la palabra que deriva de un
hacer y andar por lo que diga

Por lo que Venezuela positiva al tiempo
diera y en su ruta siga.

Veinte y cinco años de amor y ansia
viva sembrando vida que al afán prosiga.

Así este libro cuenta lo sembrado,
lo que ha dado queda aquí plasmado
con voz de campanario y voz serena.

Trazo de luz en la mansión del sino y en el
amanecer de su camino.

Todo será como un grano de arena.

Luis Beltrán Mago

viernes, 12 de junio de 2026

CANCIÓN "SOY CATÓLICO" por RESONANCIA DE GRACIA

SOY CATÓLICO

RESONANCIA DE GRACIA

No soy una hoja que mueve el viento
Tengo raíces, tengo cimientos
Vengo de una historia de dos mil años
De mártires, santos y grandes rebaños
Navego en la barca que Cristo fundó
La misma que a Pedro Él le confió
Y aunque las olas golpeen con fuerza
Las puertas del mal no podrán contra ella
Llevo el sello del agua en mi frente
Y el fuego del Espíritu en mi mente
No camino solo, somos millones
Un solo cuerpo, en mil naciones
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Me define el milagro de la Eucaristía
Dios escondido en el pan cada día
No es un símbolo, es Su presencia
La fuente de vida, mi gran diferencia
Y tengo una Madre que ruega por mí
La misma que dijo aquel dulce "sí"
Con el Rosario me ato al Señor
Cadena de gracia, misterio de amor
Sé que soy frágil, que puedo caer
Pero en el confesionario vuelvo a nacer
Y miro al cielo, a mis santos hermanos
Que me dan aliento y me tienden la mano
La fe y las obras van en mi andar
Amar y servir, esa es mi verdad
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Una sola fe (Una sola fe)
Un solo bautismo (Un solo bautismo)
Un solo Dios y Padre
Que nos llama a ser uno en el abismo
De su inmenso amor
Desde Roma hasta el último rincón
Un solo latido
Un solo corazón
Soy Católico

SOY CATÓLICO - RESONANCIA DE GRACIA


LibroEnDefensaDelCatolicismoLoQueTodoCatolicoDebeSaberPHF by Betty Fragoso



martes, 9 de junio de 2026

LIBRO "VIEJOS Y NUEVOS MUNDOS": 🌍🌎 AMÉRICA Y SU DUALIDAD por MARIANO PICÓN SALAS

 

El escritor merideño Mariano Picón Salas, analizó el devenir del continente americano y la dualidad identitaria que ha llenado las páginas de nuestra historia. Entendió como pocos, que el estudio del pasado es vital para avanzar como sociedad, viendo más allá de las acostumbradas tergiversaciones ideológicas de indigenistas e hispanistas radicales, cuya dicotomía genera un debate estéril que en nada contribuye a la construcción de una identidad firme y coherente.

Mariano Picón Salas: 
Historia útil para tiempos de coyuntura


MARIANO PICÓN SALES, fundador de la Revista Nacional de Cultura y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, Mariano Picón Salas es uno de esos escritores nacionales que todo venezolano y latinoamericano debería leer.


Guillermo Sucre, en el prólogo a una edición recopilatoria de Biblioteca Ayacucho (esa joya del pensamiento latinoamericano que fue posible gracias a la iniciativa de Carlos Andrés Pérez), titulada "Viejos y Nuevos Mundos", ya señalaba algunas de las implicaciones en la manera de escribir e historiar de Picón Salas. Con respecto a su decisión de suprimir los textos publicados antes de 1938 en una edición de sus Obras selectas en 1958, justificada en la observación de un abuso del “yo” en estos, Sucre desarrolla la opinión de que lo que le ocurre escritural y vitalmente a Picón Salas es un alejamiento de ese “yoísmo” inicial para dar paso a la persona. No se trata solamente, aclara, de un recurso estilístico (el uso del “nosotros” en lugar de “yo”), sino del nacimiento de un “sujeto imaginario” que para Sucre se encuentra en las “creaciones auténticas”, “en las que se borran los límites entre realidad e invención”. El viaje de la vida se torna también la aventura del descubrimiento y desciframiento de América. Su obra es la vida en su Mérida natal, la remota Caracas de comienzos de siglo XX, su exilio en Chile y Chile mismo, Perú, Brasil, Estados Unidos, México, Checoslovaquia, países desde los que observaba o participaba en el devenir político de su patria mientras los descubre y se descubre en ellos. En esa aventura de doble descubrimiento, el de los rostros que pululan por las ciudades y el de sí mismo como latinoamericano, y más aún como venezolano merideño, hay una correspondencia directa con su acercamiento a la Historia.

Para Salas, había que “ver, más allá de la Historia externa y de las fórmulas frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que Don Miguel de Unamuno llamaba la intrahistoria, el oculto y replegado meollo de los hechos”, lo cual es, según él, “la tarea sutilísima del historiador”. Es decir, la Historia es también la vida de todos los días y no sólo (e)vocación libresca; una necesidad humana primordial, algo útil, esencial:

“Tanto como una fuente escrita son testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares de cultura, los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra con sus datos para aclararnos problemas e interrogantes de cada día; que no sea tan sólo el tema del discurso heroico sino la propia vida y el repertorio de formas de la comunidad”. De este modo recomienda “completar siempre la Venezuela ya escrita en los Archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador, el auténtico baquiano de la patria, descubre en un diálogo campesino, en una canción popular, en una de esas casas de provincia donde parece haberse detenido el tiempo”.

Es de este modo que en una de las bellas páginas de Comprensión de Venezuela Salas atrapa un fragmento del alma caraqueña. Teniendo en mente los momentos compartidos con su amigo Pedro Emilio Coll, escribe:
“Dentro de lo que puede llamarse nuestra tradición literaria, la auténtica nota caraqueña ─pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa de la Parra─ no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso, sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo estruendo como las nieblas del monte Ávila templan desde el mediodía, la abierta y regocijada luz de este valle. El alma frecuentemente extrovertida del hombre costero y la seria intraversión de nuestro hombre serrano, parecen armonizarse en este clima medio, en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño. Aunque la inmigración Antillana y el descuido de la escuela en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes, están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y estos hallazgos del habla vernácula; casi lo que llamaríamos el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos; ese arte de evitarse todo un discurso de Sociología con una anécdota reveladora, constituía, en gran parte, el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll”.
La Historia no se puede comprender en su totalidad a través de los libros. Una enorme cantidad se escapa al historiador en la tradición oral, en el compartir con las personas que van tejiendo esas intrahistorias que la componen. Lo mismo nos mostraba José Rafael Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia: una historia siempre presente y viva en su extraordinaria experiencia.
Ahora bien, ¿para quién escribió la Historia Picón Salas? Directamente a nosotros, lectores del siglo XXI. En un momento tan desalentador como este, me parece más que oportuno citar y divulgar largamente estas palabras:

“Quizás los estallidos que frente a la voluntad de orden democrático siempre se produjeron en el país, sea también un sutil y complicado problema de cultura colectiva. En 150 años de vida independiente no hemos podido aprender todavía el buen juego de la política como se puede practicar en Inglaterra o en los países escandinavos. Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizaron en un solo ‘slogan’ y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. Hay que sacar a muchas gentes de las pobres fórmulas abstractas que mascullan con odio y sin análisis, para que por un proceso fenomenológico (tan característico del pensamiento contemporáneo) definan el hecho y la circunstancia concreta. Hay que acercar nuestra Cultura no sólo al siglo XX ─que ya está bastante canoso─ sino al siglo próximo que emerge en la inmediata lejanía, con sus promontorios y cordilleras de problemas. Contra la idea de una catástrofe y una retaliación universal donde la sangre del hombre sería el combustible revolucionario, brota también de nuestra época una más humana esperanza. La Ciencia, La Técnica y sobre todo el fortalecimiento de la conciencia moral, puede ayudarnos a ganar las nuevas batallas y aventuras del hombre sin necesidad de ‘paredones’ y guillotinas. 

En un país como el nuestro, ya no sólo 8 millones de venezolanos que debemos ser en el momento, sino los muchos que seremos en el año 2000, podrían vivir en concordia, seguridad y justicia si nos dedicamos a la seria tarea de valorizar nuestro territorio; si trabajamos y estudiamos de veras, si aquel igualitarismo social que proclamó hace ya cien años la guerra federal se realiza en la educación para todos, en la equilibrada redistribución de la renta pública; en salvar por medio de la renta y de la seguridad social los tremendos desniveles de fortuna. Y sentir lo venezolano no sólo en la Historia remota y el justo respeto por los próceres que duermen en el panteón, sino como vivo sentimiento de comunidad, como la empresa que nos hermana a todos. El venezolanismo de nuestros hombres ejemplares ─de Bolívar, de Miranda, de Bello, de Simón Rodríguez, de Fermín Toro─ tampoco se quedó enclavado a la sombra del campanario, sino salió a buscar en los libros, las instituciones y caminos del mundo, cómo enriquecerse y aprender de la humanidad entera.

El país es hermoso y promisorio, y vale la pena que los venezolanos lo atendamos más, que asociemos a su nombre y a su esperanza nuestra inmediata utopía de concordia y felicidad”.

Este mensaje de vida y esperanza, como hubiese dicho Rubén Darío, nos sirve también para reconocer a aquellos que con sus antítesis históricas nos han llevado a la retaliación (nunca mejor dicho) en la que estamos. Ya señalaba Salas: 

“El engrandecimiento y tecnificación del país debe hacerse aun por encima de las guerras políticas y colisiones de credos e ideologías que tornaron tan áspera la Historia Universal de los últimos años”. Y el chavismo no se ha cansado de enrojecer al Estado venezolano, rechazando así a una inmensa cantidad de gente apta y con un gran amor por el país (a contracorriente de la supuesta verdad que ellos se inventan). Además, como veremos de inmediato, ha hecho tediosa y exactamente lo contrario a lo que Salas aconsejaba: 
“Conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente, en consigna política”.

Ociel Alí López, en su libro "Dale más gasolina" (publicado en 2015 por la Casa Bello) ha comparado las “hordas” chavistas con esa masa de desposeídos que, como señala Orlando Araujo, se mantuvieron en su condición después de la Guerra de Independencia y más tarde se sublevaron durante la Guerra Federal con el mismo resultado (pero esta vez dejando al país arruinado, como ahora). López también retoma otros antecedentes de odio similares, como este de Boves:

“El éxodo a oriente de 1814, es una de las máximas representaciones del terror. Pero más recientemente, el petróleo terminó de impulsar al pueblo en retaguardia a tomar las ciudades que permanecían en manos blancas y urbanizadas.

Lo que presentamos a continuación es un intento de construir otro enfoque para entender nuestra historia. La guerra interminable seguirá, pero ahora en los espacios que los europeos creían ‘pacificados’. Justo allí sale un zambo, vengador anónimo, que roba, secuestra y mata a decir de Humboltd. Caracas y las ciudades de calma terminan siendo ‘ciudades de despedida’”.

De ese espíritu de igualitarismo del que hablaba Salas al mencionar este surgimiento militar en los llanos venezolanos, López hace la fuente de un devastador resentimiento, con el cual justifica la violencia social que anualmente arrasa con la vida de miles de venezolanos de todas las clases sociales. Si esta es la escritura chavista, entonces el chavismo es toda esa abstracción que Salas advertía. Basándose en sus lecturas de Gramsci, de Baudrillard, etc., López quiere justificar hechos injustificables; en pocas palabras, celebrar el crimen y la violencia. Y lo hace destrozando ese pacto social que Salas llamaba “la conciencia de nuestro mestizaje conciliador”. Es la antítesis histórica de la cual debe surgir una tesis de país futuro y convivial.

Contra el pesimismo y la celebración de la anomia, Salas dejaba unas palabras desde las cuales valdría la pena pensar este hilo histórico en su relación al chavismo, la coyuntura actual y, por lo tanto, con su propia manera de entender la apropiación del pasado:

“La Historia no puede interpretarse sólo como antítesis, como alternancia de gloria y miseria, de premio o de castigo. El hecho histórico tiene una vibración infinitamente más amplia que la que le impone nuestro subjetivismo romántico. Y ver, por ejemplo, en Venezuela una época grandiosa y dorada a la que se opone en claroscuro una época negra, es una forma de ilusión, una metáfora. La turbulencia y la ilegalidad violenta de todo un período de nuestra historia no significa para nosotros, ninguna inferioridad específica en relación con cualquier pueblo americano o europeo, sino una explicable etapa de nuestro proceso social. Y aún podemos preguntarnos si esas revueltas que retardaron nuestro avance material no contribuyeron, desde cierto punto de vista, a solucionar o cuando menos a precipitar, la solución de otros problemas que sin ellas gravarían o complicarían más la vida venezolana”.

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Viejos y Nuevos mundos - MarianoPiconSalas.pdf by Deiller Leandro


domingo, 7 de junio de 2026

LIBRO "NOSOTROS": PALESTRA ASCÉTICA PARA HOMBRES 💪 PARA EL COMBATE ESCATOLÓGICO por ANTONIO JOSÉ GÓMEZ MIR

 
NOSOTROS
Palestra ascética para hombres

Un manual de exhortación 
para el combate escatológico


“Antes de que el Edén existiese hubo una guerra, 
una rebelión que dejó consecuencias 
que no podemos olvidar. 
El príncipe de los ángeles se rebeló contra Dios 
y la batalla no ha terminado. 
Dios tiene un enemigo y nosotros también. 
El hombre ha nacido en un mundo en guerra”.


Tras décadas de un cristianismo blando y buenista, muchos han perdido el ideal del caballero cristiano que sostiene a su familia y defiende su fe. Hoy la Iglesia parece dejar poco espacio a la fortaleza y al heroísmo, sustituidos por una moderación sin principios. Hoy parece que sólo hay sitio para la moderación y la tolerancia, que es la virtud de quien no tiene principios fuertes, un mundo para hombres igualmente moderados y en cierta medida afeminados.
Nosotros propone recuperar una manera viril de vivir según el plan de Dios, ofreciendo claves para discernir su voluntad y encarnar la fe con fuerza, pasión y firmeza. Este libro es un campo de entrenamiento espiritual para hombres católicos, para vivir la fe con fuerza, con heroísmo, con pasión, con garra, una propuesta verdaderamente evangélica, apostólica y firme en la fe.

Nosotros. Palestra ascética para hombres (2025) es un libro que nace, en la parroquia de Sant Jordi de Vallcarca de Barcelona, del compromiso personalísimo del Padre Antonio José Gómez Mir para con una pastoral catequética muy concreta… Este sacerdote catalán se dio cuenta de la necesidad de responder a un largo proceso de infantilización y feminización del varón acaecido en las últimas décadas no sólo en el ámbito social en general, sino también en el seno de la Iglesia. Así, “Nosotros nació con la vocación de dar respuesta a esta desorientación del hombre católico en el mundo moderno y en la Iglesia”.
La orfandad provocada por la ausencia de modelos de “hombre” virtuoso (héroe, caballero, mártir, monje, padre) ha venido generando un cristianismo débil, pusilánime y emasculador que hace que, en palabras del autor, “no nos resulte difícil imaginar a unas viejecitas rezando el rosario, pero ya nuestra imaginación no concibe al caballero cristiano”.

Es “un libro de espiritualidad y ascética católica para hombres” que se va fraguando al calor de la palabra viva, siempre incandescente, esto es, a través de una serie de conferencias y catequesis para jóvenes, que están disponibles en el formidable canal de YouTube del Padre: Stat Crux. Y digo “al calor”, a conciencia, porque queda claro, a lo largo del libro, que el hombre está compuesto de un material de cierta ductilidad (al menos en dos sentidos: la virtud y el vicio). La fe será acrisolada al sol, al igual que las virtudes serán acrisoladas en una forja de la voluntad que exige de la concurrencia del Hombre (en su relación con el “otro”) y, sobre todo, de la Gracia. De ahí que, invocando el pasaje de Proverbios 27, 17 nos diga Gómez Mir: “El hierro con el hierro se afila; el hombre, en el roce con su prójimo”.

Palestra significa “escuela de lucha” y “la lucha ascética es la base para vivir esta llamada a una concepción fuerte de la fe cristiana”. El objetivo es, en el contexto de un hiperconsumismo esquizoide y un nihilismo rampante, “virilizar nuestra vida con la ascética para vencer el afeminamiento de una voluntad enferma”.

Investidos de una dignidad concreta…

Según la tradición veterotestamentaria, nuestra dignidad está ya inscrita en nuestra propia naturaleza: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Después los bendijo Dios con estas palabras: ‘Sed fecundos y multiplicaos’” (Gn 1, 27-28). Hemos sido creados hombre y mujer por el Creador “a imagen suya”, por ende, debe haber una coherencia interna del ser creado.
Al igual que María, imagen perfecta de la feminidad, es “la esclava del Señor”, la Iglesia es la esposa de Jesucristo. Asimismo, José, arquetipo bíblico de virilidad, actuó sin prácticamente mediar palabra. En él se da esa precondición de todo hombre para seguir a Jesucristo: “se necesita ser un verdadero hombre para servir a Cristo”, dice Gómez Mir. Y para ello es necesario romper los afectos desordenados e idolatrías, es decir, despojarse del hombre viejo.

Por desgracia, “la desorientación antropológica que caracteriza la sociedad y la cultura actual ha contribuido a la desestructuración tanto de la familia como de la sociedad, evidenciándose en una tendencia a cancelar las diferencias inherentes entre el hombre y la mujer”. Ya saben eso de Ernst Jünger: “Lo peligroso no es el hombre inculto, sino el hombre deformado por la cultura”. Una cultura de la indiferenciación. Frente a esta existe una “verdad de ser hombres”. Una coherencia perfecta entre el ser hombre y la fuente misma del Ser, a saber, Dios. Nosotros se propone “recuperar la antropología cristiana, que contempla la sexualidad como un elemento fundamental de la personalidad, constituyendo una manifestación única de ser, de sentir, de expresar y de vivir el amor humano”.

Es por esto por lo que nuestras ensoñaciones prometeicas de superar la condición humana sólo podrían, en el mejor de los casos, abocarnos a la locura o, lo que es lo mismo, a la pérdida de cordura… Como es bien sabido, cordura proviene del latín cordis (corazón). Aristóteles defendía filosóficamente una teoría llamada “cardio-centrismo”. Para él, la phronesis (a diferencia de la noción abstracta de episteme) es la virtud de la prudencia que reside en el corazón y que debe dirigir la acción humana. Hoy, no obstante, vivimos fuera de quicio, fuera de toda cordura, nos rebelamos contra lo más íntimo de nuestro ser, aquello que nos inviste de una dignidad concreta, intransferible e inescindible.

Y en un mundo en que experimentamos la “crisis de la virilidad” fruto de la cerrazón y la hybris, Nosotros apuesta por un itinerario de virilidad en Cristo, “una virilidad que es verdadera virtud cristiana”, ya que, como dice San Pablo: “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1 Cor 16, 13-14).

El abrazar nuestro ser más íntimo debe llevarnos al correcto discernimiento de nuestra vocación (imbricada en nuestro sexo biológico): “Es Dios –nos dice el Padre Gómez Mir– quien nos dice qué quiere de nosotros (…). Uno no elige su identidad, su ser quien es. Le viene dada por Dios (…). Hemos de entender vocación como dirección, como sentido de una meta. Y luego también hemos de entender la misión como significado del día a día (…). La vocación llena de sentido nuestra vida y permite asumirla como misión personalísima. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan, de pronto, su verdadero sitio”.

Cristo: Ecce Homo

Ahora bien, el problema de la aparente “incomparecencia” del Hombre (con mayúscula) en la historia de la humanidad es un problema que nos ha acompañado desde la Antigüedad clásica…
Se cuenta que Diógenes de Sinope, pensador griego del siglo IV a. C. y exponente de la corriente filosófica cínica, vivió gran parte de su vida en la opulenta Atenas en condiciones extremadamente austeras (hasta el punto de dormir en una tinaja; de ahí lo del Síndrome de Diógenes) y empleó el aguijón de la provocación para criticar la hipocresía de la sociedad ateniense. En ese contexto, surge la célebre anécdota de la lámpara: Diógenes recorría las calles de la ciudad a plena luz del día diciendo: “Busco a un hombre”… Evidentemente, la frase no aludía a la búsqueda literal de un azaroso “alguien” sin más, sino a la dificultad de encontrar un ser humano verdaderamente recto, honesto y virtuoso. Tendríamos que esperar cuatrocientos años al Jesús de Nazaret, presentado por Poncio Pilato ante la “masa enfurecida”, para llegar a ese hombre que anhelaba encontrar Diógenes: Ecce Homo, he aquí el Hombre…

Ese hombre de carne y hueso, persona de la imagen trinitaria del Dios cristiano, fue, es y será siempre, en tanto que la historia humana no puede sino ser Cristocéntrica, el modelo de virtus por antonomasia, el “justo”. La cristiandad, como el colorido jardín de las delicias de El Bosco, ha dado frutos de todas las formas y colores, Dios se ha valido de hombres corrientes que, sin embargo, han hecho de lo corriente algo extraordinario al vaciarse de sí e inflamarse del amor Dei: San Esteban, San Jorge de Capadocia, San Antonio Abad, Constantino el Grande, Carlomagno, San Bernardo de Claraval, Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, San Ignacio de Loyola, etc. Sea como fuere, el libro Nosotros, plantea una pregunta y una respuesta que simultáneamente nos interpelan: “¿Cuál era el modelo de hombre en la sociedad tradicional? El modelo era el guerrero, era el mártir, era el monje, era el héroe, era el caballero (…). La Iglesia, en el último siglo, ha hecho daño también a esa masculinidad”. Es la obra de Dios en el hombre la que eleva su naturaleza caída mediante la Gracia.

Ahora bien, en relación con esto último, si se me permite hacer una crítica constructiva al libro, diría que el Padre Gómez Mir se apoya excesivamente en referencias contemporáneas al intentar “actualizar” el magisterio (Dorothy Sayers, C. S. Lewis, John Senior, John Eldredge, Thoreau, Robert Redeker, R. R. Reno, Viktor Frankl), perdiendo así la oportunidad de profundizar en las citadas grandes figuras de la cristiandad. Prueba de ello es que, incluso en su capítulo “Héroes y santos, arquetipos para educar”, incurre en cierto “actualismo” al citar más a Heidegger, Nietzsche, Tocqueville, Huizinga, Chesterton, Scheler y Redeker, que las Sagradas Escrituras, los Padres, el magisterio de la Iglesia y, en definitiva, la fecundísima Tradición católica stricto sensu.

Sin embargo, hay una cesura irreversible en la intrahistoria humana entre el Cristo del Nuevo Testamento y la Antigüedad clásica. En la Antigüedad mediterránea el modelo de hombre virtuoso era Aquiles, el “héroe”. La fortaleza pagana hecha carne, el hombre que ansía la eternidad en tanto que proyección de sí. A raíz del Nuevo Testamento, “Jesús es el nuevo modelo de hombre. Ya no lo es Aquiles. ¿Por qué? Porque Jesús es aquel que alcanza la plenitud dando su vida por amor. Él es el nuevo modelo de la masculinidad, no una masculinidad que se busca a sí misma y su gloria como Aquiles, sino que busca la gloria de Dios, la voluntad de Dios”.

Por ello, el Padre Raniero Cantalamessa, en su predicación del Viernes Santo del 2 de abril de 2010 pudo decir, siguiendo a René Girard, lo siguiente: “Jesucristo desenmascara y rompe el mecanismo del chivo expiatorio que sacraliza la violencia, haciéndose Él la víctima inocente de toda la violencia. Cristo no vino con la sangre de otro, sino con la suya propia. No puso sus propios pecados en los hombros de los demás –hombres o animales– sino que puso los pecados de los demás sobre sus propios hombros (…). En Cristo es Dios quien se hace víctima (…). Ya no es el hombre el que ofrece sacrificios a Dios, sino Dios quien se ‘sacrifica’ por el hombre (…). El sacrificio de Cristo contiene un mensaje formidable para el mundo de hoy. Grita al mundo que la violencia es un residuo arcaico (…). En casi todos los mitos antiguos la víctima es el vencido y el verdugo el vencedor. Jesús cambió el signo de la victoria. Ha inaugurado un nuevo tipo de victoria (…). Vitor quia victima, vencedor porque víctima, así define Agustín al Jesús de la cruz. El valor moderno de la defensa de las víctimas, de los débiles y de la vida amenazada nació sobre el terreno del cristianismo, es un fruto tardío de la revolución llevada a cabo por Cristo”.

El Espíritu que trae Jesucristo al mundo, que manifiesta el amor de Dios hacia el hombre en su debilidad, en sus pecados, en su podredumbre, es el que nos abre a la posibilidad de ser otro Cristo. Sólo sintiéndonos amados en nuestra pobreza, podemos ser vehículo de este amor. Jesucristo, es la víctima propiciatoria de la iniquidad del género humano y, en tanto que cristianos, estamos llamados a imitarle, es decir, a la santidad.
Es por ello por lo que el Padre Gómez Mir no se cansa de repetir una misma idea: “La opción más violenta para un hombre, la más heterodoxa para el mundo moderno, es ser católico”, algo que tiene resonancias, apócrifas o no, de Michel Foucault (aunque en un sentido radicalmente distinto): “Hay que ser un héroe para enfrentarse con la moralidad de la época”.

Ecce Ego: la pulsión tanática del hombre cerrado en el “yo”

Otra de las ideas recurrentes del libro es el cómo “la nada nadea” (Das Nichts nichtet), en expresión de Martin Heidegger, cuando el hombre se busca a sí mismo. Gómez Mir echa mano de la sugerente cita de John Senior, según la cual: “Debemos trabajar muy duro para restaurar, primero en nosotros mismos y luego por influencia en otros, lo opuesto a esa búsqueda furiosa del placer que culmina en el deseo real del horror y el placer de la muerte”.
Y es que no estamos descubriendo el fuego si decimos que vivimos envueltos en una cultura tanática, en tanto que hedonista. Nuestro autor nos ofrece una fotografía precisa del mundo actual: “El mundo postmoderno nos ofrece un modelo de hombre individualista y egoísta, el hombre de la sociedad liberal, que es estrictamente un productor y un consumidor, y a veces ni siquiera un productor, porque a nuestra sociedad le basta con que seamos consumidores (…). En el libro del Éxodo vemos a los israelitas esclavizados, como imagen de este hombre postmoderno esclavizado”. Esta afirmación del “yo”, Ecce Ego, es la imagen invertida del Cristo como cordero de Dios.

La experiencia de la insatisfacción infinita de los goces de la carne y el uso indebido de una libertad rebajada a libertinaje nos arroja a esa atrayente y oscura Nada que desemboca en la ausencia absoluta de sentido. La cultura de la muerte es la cara tenebrosa de esa búsqueda del placer desaforado que nos acecha continuamente (descentrado de ese centro de la cordura): aborto y eutanasia, OnlyFans e industria pornográfica, transición de género y farmacologización, lo gore y el espectáculo, estetización de la violencia y terrorismo, etc.
El filósofo italiano Diego Fusaro –autor al que aprecio personalmente–, en su ensayo El nuevo orden erótico. Elogio del amor y de la familia (2022), se ha detenido recientemente en esto al hablar de un “hedonismo mortal” que se consumó fatídicamente con el Mayo del 68.

A propósito de la película Saló, o los 120 días de Sodoma (1975), de su compatriota Pier Paolo Pasolini, Fusaro da cuenta del estrecho vínculo entre la búsqueda del placer autorreferencial y el nihilismo: 

“El goce ilimitado y autorreferencial, ahora sin límite ni medida, domina incontrolado en todo nuestro horizonte, se traduce puntualmente en Todestrieb, ‘pulsión de muerte’. La villa en la que se desarrolla la historia de Pasolini, articulada en círculos que recuerdan a la geografía del Infierno de Dante, se convierte para las víctimas, en el lugar de la experimentación en carne viva de la estrategia de una perversión desenfrenada: el goce llevado hasta sus consecuencias extremas se transforma, sin solución de continuidad, en la muerte. El placer hiperhedonista, como fin en sí mismo (…), se convierte en un macabro ritual mortal, en una práctica nihilista que lejos de emancipar a los amantes, los disuelve en la nada. Torturas sádicas, humillaciones de todo tipo, prácticas coprofágicas, el asesinato como fin en sí mismo y otras barbaridades se suceden en la villa de Saló (…). Para promover la apoteosis del plusgoce sin aplazamientos y autorreferencial, la civilización del consumo debe, al mismo tiempo, ‘darle muerte’ a las figuras del amor auténticamente relacional y donativo. En una escena, una muchacha, sumergida en una bañera de excrementos grita desesperada –retomando el pasaje evangélico de san Marcos– ‘Dios mío, Dios mío. ¿Por qué nos has abandonado?’. 
La globocracia de la omnimercantilización del mundo sumerge a toda la humanidad en la mugre”.

Inmersos en un desolador escenario como este, en el que dostoyevskienamente si Dios no existe, todo está permitido, en un mundo en el que hemos constatado –por la vía de los hechos– que el placer sin límites degenera en fascinación por lo oscuro, lo violento o lo destructivo, ¿cómo no perder la esperanza? ¿cómo creer hoy día en un camino de ascensión e imitación de Cristo? ¿cómo estar prestos a la batalla?

El Padre Gómez Mir nos ofrece cuatro verdades perennes fundamentales: Hemos sido creados para alabar, servir y hacer la voluntad de Dios.
Partimos del hecho de que somos seres caídos por el pecado original.
Estamos llamados a protagonizar un combate que llamamos la lucha ascética.
Hay un auxilio sobrenatural para dominar a ese hombre viejo y para transformarlo en un hombre nuevo que es la gracia que Jesucristo, nuestro señor, nos ganó muriendo en la cruz y resucitando.

Lucha ascética: el campo de batalla del combate escatológico

Entramos en el núcleo del libro… El combate escatológico, que no es un combate ahistórico entre las huestes demoníacas rebeldes y las huestes de Dios; que tampoco es un combate entre fuerzas eternas e increadas del Bien y el Mal como polos de una tensión cósmica (como creían los maniqueos); y que tampoco es un combate que se dará única y exclusivamente en el fin de los tiempos; sino que se trata de un combate que se está librando cada día en nuestro interior, en cada pensamiento, en cada decisión, en cada acto. “El hombre ha nacido en un mundo en guerra”.

¡Qué caprichoso es el destino! ¿verdad? Un sacerdote, párroco de la Iglesia de Sant Jordi, exhortándonos al combate… Y lo hace a partir de la tríada Job-San Pablo-San Ignacio de Loyola.

i) Mediante Job, constata que la vida del hombre es combate: “Job se preguntó retóricamente: ‘¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?”;
ii) mediante la meditación de las “dos banderas” de San Ignacio de Loyola, delimita los protagonistas del combate: “San Ignacio nos dice que Cristo llama y que nos quiere a todos bajo su bandera. Lucifer, al contrario, nos quiere bajo la suya. ¿Bajo qué bandera estamos militando? (…). Los dos campos que se enfrentan, dice San Ignacio, son Jerusalén y Babilonia”;
iii) mediante la Epístola a los Efesios de San Pablo, precisa quién es el enemigo real y el cómo y con qué armas es preciso combatirle:
“Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra los hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire (…). Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos”.
Más claro el agua… Verdad, justicia, prontitud, fe, salvación y espíritu, “siempre en oración y súplica”. Si la batalla fuera tan sólo contra la carne, no necesitaríamos ni a Dios ni al Espíritu Santo, ni oración o súplica algunas; no seríamos católicos nos bastaría con ser estoicos (mortificación del cuerpo, ayuno, abstinencia). Reconocer que el enemigo verdadero son los “espíritus malignos” es reconocer tanto nuestra pequeñez y fragilidad como la necesidad de auxilio, porque, como se esmera en destacar el Padre Gómez Mir en su libro: “No somos voluntaristas. Somos cristianos. El hombre sin gracia de Cristo no puede alcanzar este dominio. Podría alcanzar un dominio moral relativo (…). Los medios son la oración, la lectura de la Palabra de Dios, el auxilio frecuente de los sacramentos y la mortificación”.

Precisamente, este acto de auto-reconocimiento de pequeñez, el pedir auxilio (en oración y súplica) para combatir en nosotros esos “espíritus malignos” que quieren someternos y subyugarnos con su embriagadora luz, y el hacer uso de las “armas de Dios”, exige que nos pongamos en marcha. Y es el Espíritu que actúa en y con nosotros. ¿Dónde salir, pues, a su encuentro, se preguntarán? En la Palabra de Dios y en el cuerpo y la sangre de Cristo que cada domingo se abren como una semilla en nuestros corazones (aquellos donde reside la cordura y el sentido de misión): “En misa nos ponemos en pie para escuchar la palabra de Dios. Este ponernos en pie es como el gesto propio de una milicia que está a la espera de escuchar la palabra de aquel que es su capitán, como diría san Ignacio de Loyola, para salir al combate”.

Escrito el domingo de Pentecostés, mayo de 2026.

MASCULINIDAD TÓXICA para un mundo progre. Palestra cristiana. Nuevo libro


Virilidad Sacerdotal: Masculinidad, autoridad y paternidad - La Sacristía de La Vendée - 08-01-2026

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POR MARTÍN LÓPEZ CORREDOIRA 😍😚