EL Rincón de Yanka: EXCUSAS

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viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO





jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». 

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE

jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo