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viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO





jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LIBRO "LA FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO": ¿CUÁNTO DINERO MOVIÓ ETA? ¿DE QUÉ FORMA DEPREDÓ LA ECONOMÍA DEL PAÍS VASCO? por MIKEL BUESA


LA FINANCIACIÓN
DEL TERRORISMO

¿Cuánto dinero movió ETA?
¿De qué forma depredó 
la economía del País Vasco?

ETA Y EL MOVIMIENTO 
DE LIBERACIÓN NACIONAL VASCO

MIKEL BUESA

La financiación del terrorismo ha sido objeto de pocos estudios detallados que permitan conocer con precisión sus fuentes y evolución. 
En este libro, Mikel Buesa aborda esta cuestión en el caso de ETA y el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. El autor reconstruye, a partir de información hasta ahora dispersa, los datos que permiten cuantificar los recursos de los que dispuso esta organización terrorista desde 1967, cuando decidió emprender una campaña de asesinatos, hasta 2010, cuando finalizaron sus atentados. En estas páginas, se analizan los rendimientos obtenidos mediante la violencia, tales como atracos, secuestros de personas adineradas, extorsiones a empresarios y robos, así como los logrados a través de las entidades del MLNV mediante la captación de subvenciones públicas, beneficios comerciales y fraude fiscal. 
El lector descubrirá que, entre los primeros, los rescates pagados por las familias de los secuestrados jugaron un papel principal, mientras que la extorsión y otras fuentes tuvieron una importancia secundaria. En cuanto a los segundos, destacan los fondos proporcionados por el Gobierno Vasco, siendo menor el papel desempeñado por las demás administraciones, y las ganancias que dejaron los negocios controlados por ETA. 
Este libro también examina las deficiencias de la política represiva de la financiación del terrorismo, cuyos resultados fueron exiguos y no impidieron que el conjunto de ETA y el MLNV llegara a contar con más de 440 millones de euros para desplegar su campaña terrorista. 
Una obra fundamental para entender las claves económicas del terrorismo vasco.

El catedrático estima que la banda terrorista movió unos 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010 y que mantuvo a unos 8.000 militantes
La concienzuda investigación ha terminado con la conclusión de que ETA y el MLNV movieron como mínimo 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010, periodo que abarca el trabajo. Sus fuentes de financiación más importantes fueron, por este orden, secuestros, extorsiones, atracos y subvenciones a partidos políticos y entidades culturales. El entramado dio de comer durante estos años a los militantes de ETA, unos 8.000, según Buesa.

El catedrático explica que los alrededor de cuarenta secuestros que realizó ETA en estos años supusieron más de la mitad de su financiación: 
«Decayeron en los años 90 por la presión popular. La campaña del lazo azul desencadenada tras la captura de Julio Iglesias Zamora fue clave, aunque los secuestros no desaparecieron hasta el que acabó con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Este último no fue un secuestro económico, sino político».
Las cantidades que se pagaron por los secuestros han estado ampliamente documentadas por los periódicos. Como ejemplo se puede poner que por Javier Ybarra, expresidente de El Correo y el Diario Vasco, y exalcalde de Bilbao, se pidieron 1.000 millones de pesetas en el año 1977. «La familia no pudo reunir el dinero y fue asesinado», recuerda Buesa.
El catedrático explica que ETA intensificó su campaña de extorsiones cuando se derrumbaron las subvenciones. Diferencia entre quienes fueron secuestrados y estuvieron en peligro inminente de muerte y los que fueron extorsionados y no lo estaban. Aclara que el 88 % de los extorsionados nunca pagó: «Asumieron el riesgo. Hubo algún asesinato. Otros iban al sur de Francia a negociar rebajas o pagos a plazos», explica.

Los atracos fueron la tercera fuente de financiación, importante en la década de los 70: robaban explosivos y armas para atentados.

Otra parte de la financiación provino de las subvenciones a partidos políticos y a entidades culturales que promocionaban el euskera (prensa, libros…). Buesa aclara que las subvenciones no son ilegales, pero se dan mirando para otro lado. Las considera un «pseudopatrocinio». Lamenta que todas las Administraciones Públicas hayan financiado el terrorismo, con un protagonismo destacado del Gobierno Vasco, que afirma que lo ha hecho en un 60 % de los casos. Sobre las subvenciones electorales a Batasuna, señala que «Felipe González se las negó, al igual que Aznar y Zapatero. Al final el Gobierno las pagó al Tribunal Supremo cuando liquidó Batasuna».
Buesa también habla del negocio de las alrededor de cien herriko tabernas que estima vinculadas con ETA. Calcula que recaudaron unos 60 millones de euros en el periodo estudiado y que lo emplearon en financiar el terrorismo. La Fiscalía no pudo actuar contra sus propietarias, que eran asociaciones culturales diferentes, y liquidarlas.

Buesa no ha podido estudiar si se ha trasladado dinero a Bildu. Sabe que entre 2000 y 2010 ETA recaudó 33 millones, y que sus gastos no fueron más de 15-16 millones. 
«¿Dónde han quedado los 17-18 millones que faltan? Alguien debería investigarlo», sostiene.
Los gastos iban menguando, entre otros motivos, porque los militantes cada vez estaban menos tiempo en ETA. Al principio aguantaban tres años, y en la década de los 2000 ya no llegaban al año. Buesa explica además que mantener una organización terrorista no cuesta mucho dinero: «Es una forma de guerra barata. No requiere de una gran cantidad de dinero, sino de voluntad de matar. Solo hay una organización terrorista con un presupuesto elevado: Hezbolá».

La huella de ETA en Bildu no queda demostrada más allá de la noticia de la presencia de exetarras en las listas electorales, el nombramiento de dos alcaldes condenados por colaboración con la banda y de concejales que también estuvieron relacionados con ellos. En el libro, Buesa busca mostrar la verdad económica del terrorismo, y parte de esa realidad es el impacto dañino que tuvo sobre la economía vasca. Aunque el consejero de Economía del Gobierno Vasco, Pedro María Azpiazu, dijo hace poco que el terrorismo fue doloroso para el País Vasco pero no influyó en su economía, Mikel Buesa demuestra que «es falso. La economía vasca pasó de crecer un 7,5 % respecto al PIB español en el año 1975 a hacerlo un 5,3 % cuando acabó ETA. Ese 5,3 % era el mismo crecimiento que tenía la región en el año 1955».
El País Vasco dejó de recibir población en esos años, y Buesa estima que se fueron de allí entre 100.000 y 125.000 empresarios en esos años. Afortunadamente aquello se acabó, y lo ideal sería poner los medios para que no vuelva a repetirse.

FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO


La financiación es, según se dice, el alma del terrorismo. Sin embargo, su estudio adolece de importantes lagunas, en especial por lo que respecta a los cambios que experimenta a lo largo del tiempo. Este artículo se centra en esa dinámica y en sus factores determinantes, tomando en consideración los casos de ETA en España y de las FARC en Colombia, así como la yihad terrorista ejemplificada en el Estado Islámico. 
El trabajo muestra que la del terrorismo es una economía depredadora que se basa en fuentes legales e ilegales que cambian con el tiempo y cuya composición depende de las necesidades financieras de las organizaciones terroristas, las oportunidades existentes sobre el terreno y factores políticos. Se comprueba que existe una relación estrecha entre la financiación y la capacidad de esas organizaciones para encuadrar militantes armados y desarrollar campañas de atentados. Finalmente, se muestra que, en las tareas de obtención de recursos, juegan un papel relevante tanto los elementos armados de la organización como los que se encuadran en las entidades de su entorno político y civil.

1 Introducción

Economía de la guerra terrorista 

El terrorismo es una actividad de naturaleza política y revolucionaria —dado que las organizaciones que lo practican tienen como objetivo trastocar el orden social, bien para establecer una nación independiente, bien para someter a la sociedad a los dictados de una ideología o una religión— que se desarrolla mediante el ejercicio de la violencia en razón, sobre todo, de la asimetría que se constata entre quienes lo ejercen y las fuerzas de seguridad y defensa de los países a los que ataca. Menachem Begin —el que fue dirigente del Irgún, en Israel, antes de la independencia— lo señaló con nitidez meridiana en sus memorias de aquella etapa de su vida cuando dijo que, debido a la fortaleza del ejército británico, la del Irgún solo podía ser «una lucha política desarrollada con medios militares» (Begin, 2008). 

Desde esta perspectiva, el terrorismo puede ser concebido como una forma de guerra, pues se trata de «la continuación del tráfico político con otros medios» —tal como la definió su teórico moderno más destacado, el general Carl von Clausewitz (1832, 31)—, cuya principal singularidad viene dada por el hecho de la limitación de sus acciones armadas, pues éstas no se diseñan con vistas a «la aniquilación de las fuerzas armadas enemigas» (ibidem, 35), sino al logro del desistimiento de la sociedad —y de su Gobierno— frente a las pretensiones de dominación de dichas organizaciones. Es, por ello, una guerra de baja intensidad orientada sobre todo hacia objetivos civiles —a los que ataca por su valor simbólico o propagandístico, sin atenerse a ningún tipo de reglas— que se realiza preferentemente con armamento ligero, fácil de adquirir en los mercados clandestinos y de financiar con medios relativamente modestos. 


Las diferencias entre la guerra moderna y la guerra terrorista son notorias, tal como muestra el
Cuadro 1, en cuyo detalle no entraré por haberlo hecho en otro lugar (Buesa, 2010), aunque sí me detendré en la última de sus líneas, referida a la economía.
Desde esta perspectiva, lo característico del terrorismo es que se fundamenta sobre un modelo de depredación de recursos para poder sostener el esfuerzo bélico. Ello es posible porque este último es, por lo general, de una dimensión reducida, de manera que no son necesarios demasiados recursos para mantenerlo. 

La guerra terrorista es, en este sentido, una guerra barata, tal como muestran las diferentes estimaciones de que se dispone con respecto a organizaciones concretas, cuyo coste anual se ubica generalmente en las decenas o los centenares de miles de euros o dólares1. No obstante, conviene añadir que nuestros conocimientos sobre las finanzas terroristas son casi siempre fragmentarios y se basan en fuentes limitadas que no ofrecen una contabilización completa de los ingresos y gastos de dichas organizaciones2. 

La economía sobre la que se fundamenta la guerra terrorista es el contrapunto de la que se corresponde con la guerra moderna. Ésta se basa en una movilización de recursos destinados a generar los bienes y servicios que consume la preparación y ejecución de las acciones bélicas y contribuye así a sostener la base productiva nacional, mientras que aquella se basa en el expolio o la rapiña de los bienes que se encuentran sobre el territorio en el que actúa, destruyendo su capacidad productiva. Ello es coherente con el objetivo de movilización política que tiene la guerra terrorista, pues su logro se fundamenta en la extensión del miedo, lo que es compatible con la destrucción del capital humano —a través, por ejemplo, del desplazamiento de una población a la que se roban sus propiedades o de la limpieza étnica e ideológica—, de las infraestructuras y el capital privado, así como con los ataques sistemáticos a objetivos civiles para generar inseguridad. 

Sin embargo, tal depredación tiene también sus límites, pues las organizaciones terroristas tienen que evitar dañar los bienes del segmento de la población en cuyo nombre actúan y del que obtienen tanto su apoyo político como sus militantes (Reinares, 1998). Señalemos adicionalmente que, aunque para dichas organizaciones el territorio controlado no es irrelevante, su geografía es generalmente variable, adaptada al curso de la guerra y, por tanto, supeditada a la necesidad estratégica de prolongar el conflicto. Por ello, no es posible asentar sobre él una actividad productiva permanente orientada al sostenimiento del esfuerzo bélico y resulta preferible el aprovechamiento oportunista de sus recursos, toda vez que ese esfuerzo es, como ya se ha señalado, relativamente pequeño. 

2. Las fuentes de financiación del terrorismo y sus condicionantes 
Después de que, tras los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2011, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptara la decisión de declarar ilícita la financiación del terrorismo e instara a los Estados miembros a incorporar este asunto en su legislación penal, ha proliferado la literatura académica sobre él3. Los estudios disponibles se ubican generalmente en el terreno descriptivo con referencia a casos concretos, empleando fuentes muy diversas, entre las que predominan las de carácter periodístico, aunque también se citan informes de inteligencia o policiales, casi siempre filtrados a la prensa.

Es importante tener en cuenta que no se dispone de ninguna fuente que recopile sistemáticamente la información disponible acerca de los recursos utilizados por las organizaciones terroristas, lo que contrasta con los grandes avances que, por el contrario, ha experimentado la elaboración de datos acerca de los atentados cometidos por ellas, sus circunstancias tácticas y sus consecuencias en términos de victimación4. 

Además, los Gobiernos nacionales no emplean los resultados de sus investigaciones policiales o de inteligencia para desarrollar una aproximación a las dimensiones económicas de la financiación terrorista, elaborando series anuales de datos, siendo excepcionales los casos en los que se dispone de este tipo de fuentes, como se verá más adelante. Y otro tanto ocurre con los organismos policiales internacionales, incluso cuando, como es el caso de Europol, publican informes anuales sobre el terrorismo5. Una de las principales consecuencias de esta situación es que, para casi todas las organizaciones armadas, solo se dispone de un esbozo de su financiación, siendo muy pocos los casos en los que se conoce su evolución temporal con un mínimo detalle. 

El enorme esfuerzo empírico que se ha desplegado durante la última década y media en esta materia —en el que no son infrecuentes las reiteraciones de tópicos asentados cuyo fundamento documental es más bien débil y a veces puramente especulativo (Romaniuk, 2015, 10)— no ha ido más allá de establecer que los terroristas necesitan dinero para su actividad violenta de la misma manera que cualquier otro tipo de organización delictiva. Más aún, no se han encontrado diferencias sustanciales entre aquellos y éstas, de forma que, como destaca Romaniuk (2015, 9), «la actividad financiera terrorista es menos distintiva de lo que se pensaba» y solo puede identificarse por su finalidad, pero no por el tipo de transacciones en las que se concreta. Ello hace extraordinariamente compleja la represión del delito de financiación del terrorismo. 

Con base en los estudios disponibles se han avanzado algunos catálogos de fuentes de financiación empleadas por las organizaciones terroristas (Vittori, 2011), así como algunas tipologías para clasificarlas. Entre estas últimas, la que alcanza un mayor grado de generalidad es la propuesta por Freeman (2012), quien distingue los cuatro grupos siguientes (Esquema 1): 

● En primer lugar, el patrocinio estatal. Esta fuente de recursos fue muy frecuente predominantemente en el período de la Guerra Fría, cuando varios Estados armaron y financiaron a grupos terroristas para alimentar las tensiones internas de sus enemigos o rivales. Tras la caída del Muro de Berlín muchos de esos patrocinios, aunque no todos, cesaron, y las organizaciones terroristas que pervivieron o las que se formaron después experimentaron un proceso de «privatización» en cuanto a la base de sus recursos financieros. 
● Un segundo tipo de fuentes de financiación es el que se deriva del ejercicio de actividades ilegales por parte de las organizaciones terroristas. Cabe aquí una multiplicidad de elementos, dependiendo de las oportunidades, idiosincrasia y base territorial de esas organizaciones como son el robo, las amenazas y el secuestro extorsivo, el contrabando, los tráficos ilegales de mercancías valiosas, tabaco y drogas, la falsificación de tarjetas de crédito, la imposición forzada de servicios de protección, la venta de documentos de identidad falsificados y la explotación de redes de inmigración irregular. 
● Hay también, en tercer lugar, actividades legales o de apariencia legal que se desarrollan en forma de empresas o negocios destinados a obtener una rentabilidad de la que extraer recursos para el sostenimiento de las organizaciones terroristas, así como a emplear a excombatientes o a militantes en activo, y también ocasionalmente al blanqueo de dinero. A veces se emplean como infraestructuras para el desarrollo de las acciones armadas. 
● Finalmente, debe mencionarse el apoyo popular que se expresa bajo la forma de cuotas de afiliación a entidades vinculadas con las organizaciones terroristas y donaciones directas o indirectas —a través, por ejemplo, de instituciones de caridad o de asociaciones de emigrantes— hacia ellas. 


En el Esquema 1 se reflejan también los factores que, de acuerdo con la propuesta de Freeman (2012), determinan el mix de fuentes de financiación para cada una de las organizaciones terroristas. 
Este autor propone la consideración de seis criterios condicionantes que, de manera combinada, podrían explicar la singularidad de cada caso y, por tanto, también la variedad de formas con la que se resuelve en el mundo real la obtención de recursos por las organizaciones terroristas. Son los siguientes: 

● En primer lugar, la cantidad. Las organizaciones terroristas requieren una determinada cantidad de recursos cuya dimensión dependerá de sus fines políticos, su capacidad de movilización para encuadrar militantes, sus necesidades de infraestructura y armamento, y el desarrollo de sus actividades ideológicas, de propaganda y de atención social dirigidas a su población de referencia. Esa cantidad será siempre limitada, tal como se evidencia en el hecho de que la guerra terrorista sea, incluso en los casos más extremos, barata y, por ello, no se puede atribuir a los grupos terroristas un comportamiento maximizador similar al que caracteriza a otras organizaciones delictivas, pues no buscan obtener el mayor rendimiento posible de sus «acciones económicas», sino tan solo el que cubre sus necesidades operativas6. 
● Un segundo criterio se refiere a la legitimidad de las fuentes de financiación. Dada la naturaleza política de las organizaciones terroristas, todas sus acciones, incluidas las económicas, buscarán legitimar sus opciones ante la sociedad o población en cuyo nombre actúan. Ello significa que los métodos de recaudación de fondos que sean vistos por ésta como ilegítimos no podrán utilizarse, como ocurre a veces con el narcotráfico o el secuestro. 
● El tercer criterio se refiere a la seguridad y alude a los riesgos que asumen las organizaciones terroristas para obtener recursos, que dependerán de la naturaleza de las fuentes de financiación y de las facilidades que ofrezcan a las fuerzas de seguridad del Estado para obtener información sobre aquellas. 
● Está, en cuarto lugar, la fiabilidad de las fuentes de financiación. Las organizaciones terroristas tratarán de explotar aquellas que sean predecibles y ofrezcan un flujo regular de recursos, e intentarán apartarse de las sujetas a fluctuaciones aleatorias o a casuísticas de difícil conocimiento. 
● Otro criterio, el quinto, alude a la simplicidad. Los métodos de obtención de recursos que sean sencillos, necesiten un esfuerzo pequeño y conlleven un coste reducido serán siempre preferibles a los que requieran una alta cualificación, una operativa compleja o tengan un coste elevado. 
● Y finalmente, está el control. Las organizaciones terroristas, debido a su naturaleza política y a sus necesidades de operar en la clandestinidad, tratarán de controlar al máximo sus fuentes de recursos. 

Teniendo en cuenta la variedad de las posibles fuentes de recursos a las que pueden acudir las organizaciones terroristas y la multiplicidad de criterios con los que, finalmente, se determinará el mix de aquellas, cabe esperar que la financiación del terrorismo se resuelva de una forma singular en cada caso e, incluso, que esa forma sea cambiante con el tiempo. Ello conllevará una extraordinaria complejidad en la realidad empírica de este asunto y, por tanto, una enorme dificultad para identificar cualquier tipo de operaciones, en términos abstractos, con el terrorismo. Esto solo será factible en términos concretos, de modo que lo que en unos casos es financiación del terrorismo puede no serlo en otros. Mi propósito en lo que sigue es mostrar esta diversidad de modelos de financiación a partir de los resultados de la investigación de unas pocas organizaciones o de algún tipo específico de actividades. 

3. La financiación de ETA 

He estudiado la financiación de Euskadi ta Askatasuna (ETA), la organización surgida en el País Vasco a finales de la década de 1950 que desarrolló su campaña terrorista entre 1968 y 2010, en sendos trabajos complementarios cuyos resultados —expresados en euros de 2010— utilizaré en las páginas que siguen7. Los datos que se muestran proceden, en todos los casos, de fuentes públicas, principalmente periodísticas y bibliográficas, que se han ido recopilando a lo largo de más de una década. Esas fuentes se hacen eco de la documentación incautada por las fuerzas de seguridad a ETA, haya sido utilizada o no en sumarios judiciales. Se trata de datos dispersos que ha sido necesario sistematizar, ordenar y expresar a precios constantes, para lo que se ha empleado el deflactor del PIB. 

La cobertura temporal de esas fuentes arranca del año 1978, recién estrenada la democracia en España, y termina en 2010, fecha en la que ETA dejó de cometer atentados, aunque no declaró el cese de sus actividades armadas hasta un año más tarde. Sin embargo, las lagunas en la información son muy importantes hasta el comienzo de la década de 1990, pues con anterioridad a ella se ha carecido de fuentes que sobre los recursos obtenidos por el conjunto de las organizaciones formales —partidos políticos, asociaciones, fundaciones y empresas— e informales — coordinadoras, grupos alegales— han formado parte del entorno político de la banda terrorista y han estado controladas por ella8. En consecuencia, nuestro conocimiento sobre la financiación de ETA es mucho más completo desde 1992 que antes de este año.
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1 Una reciente estimación de los ingresos de las principales organizaciones terroristas del mundo, publicada por la revista Forbes en su edición israelí de noviembre de 2014, establece el siguiente ranking (en millones de euros anuales): Estado Islámico (IS): 1.600; Hamás: 800; FARC: 430; Hezbolá: 400; Talibanes: 321; Al Qaeda: 120; Lashkar-eTaiba: 64; Al Shabab: 64; IRA Auténtico: 40; Boko Haram: 20. Con una perspectiva histórica más amplia, FREEMAN (2012) reúne las cifras estimadas en diversos estudios para las décadas de 1990 y 2000, que oscilan entre los 15.000.000 de dólares del IRA Provisional y los 1.000 millones de las FARC colombianas.
2 Alguna autora, como RACHEL EHRENFELD (2005) aprovecha esta circunstancia para enfatizar en todo lo contrario, señalando que «el coste total de mantenimiento de la red global del terror islamista se estima en miles de millones de dólares» (p. 2), aunque su apreciación parece exagerada. Véase, para una discusión acerca del carácter incompleto del conocimiento sobre las finanzas terroristas, el trabajo de ROMANIUK (2015), del que procede la cita anterior.
3 Veáse PRICE (2013) para una recopilación amplia de los estudios disponibles en la que se contienen varios centenares de referencias.
4 Las dos principales bases de datos internacionales son las siguientes: International Terrorism: Attributes of Terrorist Events (ITERATE), sostenida por la Duke University y Global Terrorism Database (GTD), mantenida por el National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism (START) en la Universidad de Maryland. Con menor amplitud, en Estados Unidos se reúne información tanto por la RAND Corporation como por el National Memorial Institute for the Prevention of Terrorism (MIPT) de Oklahoma, financiado por el US Department of Homeland Security. Para los países europeos se dispone de Terrorism in Western Europe: Event Data (TWEED), desarrollada por el profesor Jan Oskar Engene en la Universidad de Bergen. Véase, para una consideración metodológica sobre todas ellas, ENDERS, SANDLER y GAIBULLOEV (2011). Existen también bases de datos nacionales, como es el caso, para España, de la que mantiene sobre el terrorismo yihadista el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.
5 Véanse los informes anuales de Europol que llevan por título TE-SAT (año). EU Terrorism Situation and Trend Report.
6 Mi planteamiento es discrepante en este punto del de FREEMAN (2012), pues este autor afirma que «las organizaciones terroristas quieren tanto dinero como sea posible» (p. 10), atribuyéndoles así un sentido maximizador.
7 BUESA (2011) y BUESA y BAUMERT (2012). 
8 BUESA y BAUMERT (2012). En la página 6 puede encontrar el lector una relación completa de esas organizaciones.

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