EL Rincón de Yanka: PRETEXTOS

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta PRETEXTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PRETEXTOS. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de mayo de 2026

LIBRO "LA FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO": ¿CUÁNTO DINERO MOVIÓ ETA? ¿DE QUÉ FORMA DEPREDÓ LA ECONOMÍA DEL PAÍS VASCO? por MIKEL BUESA


LA FINANCIACIÓN
DEL TERRORISMO

¿Cuánto dinero movió ETA?
¿De qué forma depredó 
la economía del País Vasco?

ETA Y EL MOVIMIENTO 
DE LIBERACIÓN NACIONAL VASCO

MIKEL BUESA

La financiación del terrorismo ha sido objeto de pocos estudios detallados que permitan conocer con precisión sus fuentes y evolución. 
En este libro, Mikel Buesa aborda esta cuestión en el caso de ETA y el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. El autor reconstruye, a partir de información hasta ahora dispersa, los datos que permiten cuantificar los recursos de los que dispuso esta organización terrorista desde 1967, cuando decidió emprender una campaña de asesinatos, hasta 2010, cuando finalizaron sus atentados. En estas páginas, se analizan los rendimientos obtenidos mediante la violencia, tales como atracos, secuestros de personas adineradas, extorsiones a empresarios y robos, así como los logrados a través de las entidades del MLNV mediante la captación de subvenciones públicas, beneficios comerciales y fraude fiscal. 
El lector descubrirá que, entre los primeros, los rescates pagados por las familias de los secuestrados jugaron un papel principal, mientras que la extorsión y otras fuentes tuvieron una importancia secundaria. En cuanto a los segundos, destacan los fondos proporcionados por el Gobierno Vasco, siendo menor el papel desempeñado por las demás administraciones, y las ganancias que dejaron los negocios controlados por ETA
Este libro también examina las deficiencias de la política represiva de la financiación del terrorismo, cuyos resultados fueron exiguos y no impidieron que el conjunto de ETA y el MLNV llegara a contar con más de 440 millones de euros para desplegar su campaña terrorista. 
Una obra fundamental para entender las claves económicas del terrorismo vasco.

El catedrático estima que la banda terrorista movió unos 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010 y que mantuvo a unos 8.000 militantes
La concienzuda investigación ha terminado con la conclusión de que ETA y el MLNV movieron como mínimo 440 millones de euros entre los años 1967 y 2010, periodo que abarca el trabajo. Sus fuentes de financiación más importantes fueron, por este orden, secuestros, extorsiones, atracos y subvenciones a partidos políticos y entidades culturales. El entramado dio de comer durante estos años a los militantes de ETA, unos 8.000, según Buesa.

El catedrático explica que los alrededor de cuarenta secuestros que realizó ETA en estos años supusieron más de la mitad de su financiación: 
«Decayeron en los años 90 por la presión popular. La campaña del lazo azul desencadenada tras la captura de Julio Iglesias Zamora fue clave, aunque los secuestros no desaparecieron hasta el que acabó con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Este último no fue un secuestro económico, sino político».
Las cantidades que se pagaron por los secuestros han estado ampliamente documentadas por los periódicos. Como ejemplo se puede poner que por Javier Ybarra, expresidente de El Correo y el Diario Vasco, y exalcalde de Bilbao, se pidieron 1.000 millones de pesetas en el año 1977. «La familia no pudo reunir el dinero y fue asesinado», recuerda Buesa.
El catedrático explica que ETA intensificó su campaña de extorsiones cuando se derrumbaron las subvenciones. Diferencia entre quienes fueron secuestrados y estuvieron en peligro inminente de muerte y los que fueron extorsionados y no lo estaban. Aclara que el 88 % de los extorsionados nunca pagó: «Asumieron el riesgo. Hubo algún asesinato. Otros iban al sur de Francia a negociar rebajas o pagos a plazos», explica.

Los atracos fueron la tercera fuente de financiación, importante en la década de los 70: robaban explosivos y armas para atentados.

Otra parte de la financiación provino de las subvenciones a partidos políticos y a entidades culturales que promocionaban el euskera (prensa, libros…). Buesa aclara que las subvenciones no son ilegales, pero se dan mirando para otro lado. Las considera un «pseudopatrocinio». Lamenta que todas las Administraciones Públicas hayan financiado el terrorismo, con un protagonismo destacado del Gobierno Vasco, que afirma que lo ha hecho en un 60 % de los casos. Sobre las subvenciones electorales a Batasuna, señala que «Felipe González se las negó, al igual que Aznar y Zapatero. Al final el Gobierno las pagó al Tribunal Supremo cuando liquidó Batasuna».
Buesa también habla del negocio de las alrededor de cien herriko tabernas que estima vinculadas con ETA. Calcula que recaudaron unos 60 millones de euros en el periodo estudiado y que lo emplearon en financiar el terrorismo. La Fiscalía no pudo actuar contra sus propietarias, que eran asociaciones culturales diferentes, y liquidarlas.

Buesa no ha podido estudiar si se ha trasladado dinero a Bildu. Sabe que entre 2000 y 2010 ETA recaudó 33 millones, y que sus gastos no fueron más de 15-16 millones. 
«¿Dónde han quedado los 17-18 millones que faltan? Alguien debería investigarlo», sostiene.
Los gastos iban menguando, entre otros motivos, porque los militantes cada vez estaban menos tiempo en ETA. Al principio aguantaban tres años, y en la década de los 2000 ya no llegaban al año. Buesa explica además que mantener una organización terrorista no cuesta mucho dinero: «Es una forma de guerra barata. No requiere de una gran cantidad de dinero, sino de voluntad de matar. Solo hay una organización terrorista con un presupuesto elevado: Hezbolá».

La huella de ETA en Bildu no queda demostrada más allá de la noticia de la presencia de exetarras en las listas electorales, el nombramiento de dos alcaldes condenados por colaboración con la banda y de concejales que también estuvieron relacionados con ellos. En el libro, Buesa busca mostrar la verdad económica del terrorismo, y parte de esa realidad es el impacto dañino que tuvo sobre la economía vasca. Aunque el consejero de Economía del Gobierno Vasco, Pedro María Azpiazu, dijo hace poco que el terrorismo fue doloroso para el País Vasco pero no influyó en su economía, Mikel Buesa demuestra que «es falso. La economía vasca pasó de crecer un 7,5 % respecto al PIB español en el año 1975 a hacerlo un 5,3 % cuando acabó ETA. Ese 5,3 % era el mismo crecimiento que tenía la región en el año 1955».
El País Vasco dejó de recibir población en esos años, y Buesa estima que se fueron de allí entre 100.000 y 125.000 empresarios en esos años. Afortunadamente aquello se acabó, y lo ideal sería poner los medios para que no vuelva a repetirse.

FINANCIACIÓN DEL TERRORISMO


La financiación es, según se dice, el alma del terrorismo. Sin embargo, su estudio adolece de importantes lagunas, en especial por lo que respecta a los cambios que experimenta a lo largo del tiempo. Este artículo se centra en esa dinámica y en sus factores determinantes, tomando en consideración los casos de ETA en España y de las FARC en Colombia, así como la yihad terrorista ejemplificada en el Estado Islámico. 
El trabajo muestra que la del terrorismo es una economía depredadora que se basa en fuentes legales e ilegales que cambian con el tiempo y cuya composición depende de las necesidades financieras de las organizaciones terroristas, las oportunidades existentes sobre el terreno y factores políticos. Se comprueba que existe una relación estrecha entre la financiación y la capacidad de esas organizaciones para encuadrar militantes armados y desarrollar campañas de atentados. Finalmente, se muestra que, en las tareas de obtención de recursos, juegan un papel relevante tanto los elementos armados de la organización como los que se encuadran en las entidades de su entorno político y civil.

1 Introducción

Economía de la guerra terrorista 

El terrorismo es una actividad de naturaleza política y revolucionaria —dado que las organizaciones que lo practican tienen como objetivo trastocar el orden social, bien para establecer una nación independiente, bien para someter a la sociedad a los dictados de una ideología o una religión— que se desarrolla mediante el ejercicio de la violencia en razón, sobre todo, de la asimetría que se constata entre quienes lo ejercen y las fuerzas de seguridad y defensa de los países a los que ataca. Menachem Begin —el que fue dirigente del Irgún, en Israel, antes de la independencia— lo señaló con nitidez meridiana en sus memorias de aquella etapa de su vida cuando dijo que, debido a la fortaleza del ejército británico, la del Irgún solo podía ser «una lucha política desarrollada con medios militares» (Begin, 2008). 

Desde esta perspectiva, el terrorismo puede ser concebido como una forma de guerra, pues se trata de «la continuación del tráfico político con otros medios» —tal como la definió su teórico moderno más destacado, el general Carl von Clausewitz (1832, 31)—, cuya principal singularidad viene dada por el hecho de la limitación de sus acciones armadas, pues éstas no se diseñan con vistas a «la aniquilación de las fuerzas armadas enemigas» (ibidem, 35), sino al logro del desistimiento de la sociedad —y de su Gobierno— frente a las pretensiones de dominación de dichas organizaciones. Es, por ello, una guerra de baja intensidad orientada sobre todo hacia objetivos civiles —a los que ataca por su valor simbólico o propagandístico, sin atenerse a ningún tipo de reglas— que se realiza preferentemente con armamento ligero, fácil de adquirir en los mercados clandestinos y de financiar con medios relativamente modestos. 


Las diferencias entre la guerra moderna y la guerra terrorista son notorias, tal como muestra el
Cuadro 1, en cuyo detalle no entraré por haberlo hecho en otro lugar (Buesa, 2010), aunque sí me detendré en la última de sus líneas, referida a la economía.
Desde esta perspectiva, lo característico del terrorismo es que se fundamenta sobre un modelo de depredación de recursos para poder sostener el esfuerzo bélico. Ello es posible porque este último es, por lo general, de una dimensión reducida, de manera que no son necesarios demasiados recursos para mantenerlo. 

La guerra terrorista es, en este sentido, una guerra barata, tal como muestran las diferentes estimaciones de que se dispone con respecto a organizaciones concretas, cuyo coste anual se ubica generalmente en las decenas o los centenares de miles de euros o dólares1. No obstante, conviene añadir que nuestros conocimientos sobre las finanzas terroristas son casi siempre fragmentarios y se basan en fuentes limitadas que no ofrecen una contabilización completa de los ingresos y gastos de dichas organizaciones2

La economía sobre la que se fundamenta la guerra terrorista es el contrapunto de la que se corresponde con la guerra moderna. Ésta se basa en una movilización de recursos destinados a generar los bienes y servicios que consume la preparación y ejecución de las acciones bélicas y contribuye así a sostener la base productiva nacional, mientras que aquella se basa en el expolio o la rapiña de los bienes que se encuentran sobre el territorio en el que actúa, destruyendo su capacidad productiva. Ello es coherente con el objetivo de movilización política que tiene la guerra terrorista, pues su logro se fundamenta en la extensión del miedo, lo que es compatible con la destrucción del capital humano —a través, por ejemplo, del desplazamiento de una población a la que se roban sus propiedades o de la limpieza étnica e ideológica—, de las infraestructuras y el capital privado, así como con los ataques sistemáticos a objetivos civiles para generar inseguridad. 

Sin embargo, tal depredación tiene también sus límites, pues las organizaciones terroristas tienen que evitar dañar los bienes del segmento de la población en cuyo nombre actúan y del que obtienen tanto su apoyo político como sus militantes (Reinares, 1998). Señalemos adicionalmente que, aunque para dichas organizaciones el territorio controlado no es irrelevante, su geografía es generalmente variable, adaptada al curso de la guerra y, por tanto, supeditada a la necesidad estratégica de prolongar el conflicto. Por ello, no es posible asentar sobre él una actividad productiva permanente orientada al sostenimiento del esfuerzo bélico y resulta preferible el aprovechamiento oportunista de sus recursos, toda vez que ese esfuerzo es, como ya se ha señalado, relativamente pequeño. 

2. Las fuentes de financiación del terrorismo y sus condicionantes 
Después de que, tras los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2011, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptara la decisión de declarar ilícita la financiación del terrorismo e instara a los Estados miembros a incorporar este asunto en su legislación penal, ha proliferado la literatura académica sobre él3. Los estudios disponibles se ubican generalmente en el terreno descriptivo con referencia a casos concretos, empleando fuentes muy diversas, entre las que predominan las de carácter periodístico, aunque también se citan informes de inteligencia o policiales, casi siempre filtrados a la prensa.

Es importante tener en cuenta que no se dispone de ninguna fuente que recopile sistemáticamente la información disponible acerca de los recursos utilizados por las organizaciones terroristas, lo que contrasta con los grandes avances que, por el contrario, ha experimentado la elaboración de datos acerca de los atentados cometidos por ellas, sus circunstancias tácticas y sus consecuencias en términos de victimación4

Además, los Gobiernos nacionales no emplean los resultados de sus investigaciones policiales o de inteligencia para desarrollar una aproximación a las dimensiones económicas de la financiación terrorista, elaborando series anuales de datos, siendo excepcionales los casos en los que se dispone de este tipo de fuentes, como se verá más adelante. Y otro tanto ocurre con los organismos policiales internacionales, incluso cuando, como es el caso de Europol, publican informes anuales sobre el terrorismo5. Una de las principales consecuencias de esta situación es que, para casi todas las organizaciones armadas, solo se dispone de un esbozo de su financiación, siendo muy pocos los casos en los que se conoce su evolución temporal con un mínimo detalle. 

El enorme esfuerzo empírico que se ha desplegado durante la última década y media en esta materia —en el que no son infrecuentes las reiteraciones de tópicos asentados cuyo fundamento documental es más bien débil y a veces puramente especulativo (Romaniuk, 2015, 10)— no ha ido más allá de establecer que los terroristas necesitan dinero para su actividad violenta de la misma manera que cualquier otro tipo de organización delictiva. Más aún, no se han encontrado diferencias sustanciales entre aquellos y éstas, de forma que, como destaca Romaniuk (2015, 9), «la actividad financiera terrorista es menos distintiva de lo que se pensaba» y solo puede identificarse por su finalidad, pero no por el tipo de transacciones en las que se concreta. Ello hace extraordinariamente compleja la represión del delito de financiación del terrorismo. 

Con base en los estudios disponibles se han avanzado algunos catálogos de fuentes de financiación empleadas por las organizaciones terroristas (Vittori, 2011), así como algunas tipologías para clasificarlas. Entre estas últimas, la que alcanza un mayor grado de generalidad es la propuesta por Freeman (2012), quien distingue los cuatro grupos siguientes (Esquema 1): 

● En primer lugar, el patrocinio estatal. Esta fuente de recursos fue muy frecuente predominantemente en el período de la Guerra Fría, cuando varios Estados armaron y financiaron a grupos terroristas para alimentar las tensiones internas de sus enemigos o rivales. Tras la caída del Muro de Berlín muchos de esos patrocinios, aunque no todos, cesaron, y las organizaciones terroristas que pervivieron o las que se formaron después experimentaron un proceso de «privatización» en cuanto a la base de sus recursos financieros. 
● Un segundo tipo de fuentes de financiación es el que se deriva del ejercicio de actividades ilegales por parte de las organizaciones terroristas. Cabe aquí una multiplicidad de elementos, dependiendo de las oportunidades, idiosincrasia y base territorial de esas organizaciones como son el robo, las amenazas y el secuestro extorsivo, el contrabando, los tráficos ilegales de mercancías valiosas, tabaco y drogas, la falsificación de tarjetas de crédito, la imposición forzada de servicios de protección, la venta de documentos de identidad falsificados y la explotación de redes de inmigración irregular. 
● Hay también, en tercer lugar, actividades legales o de apariencia legal que se desarrollan en forma de empresas o negocios destinados a obtener una rentabilidad de la que extraer recursos para el sostenimiento de las organizaciones terroristas, así como a emplear a excombatientes o a militantes en activo, y también ocasionalmente al blanqueo de dinero. A veces se emplean como infraestructuras para el desarrollo de las acciones armadas. 
● Finalmente, debe mencionarse el apoyo popular que se expresa bajo la forma de cuotas de afiliación a entidades vinculadas con las organizaciones terroristas y donaciones directas o indirectas —a través, por ejemplo, de instituciones de caridad o de asociaciones de emigrantes— hacia ellas. 


En el Esquema 1 se reflejan también los factores que, de acuerdo con la propuesta de Freeman (2012), determinan el mix de fuentes de financiación para cada una de las organizaciones terroristas. 
Este autor propone la consideración de seis criterios condicionantes que, de manera combinada, podrían explicar la singularidad de cada caso y, por tanto, también la variedad de formas con la que se resuelve en el mundo real la obtención de recursos por las organizaciones terroristas. Son los siguientes: 

● En primer lugar, la cantidad. Las organizaciones terroristas requieren una determinada cantidad de recursos cuya dimensión dependerá de sus fines políticos, su capacidad de movilización para encuadrar militantes, sus necesidades de infraestructura y armamento, y el desarrollo de sus actividades ideológicas, de propaganda y de atención social dirigidas a su población de referencia. Esa cantidad será siempre limitada, tal como se evidencia en el hecho de que la guerra terrorista sea, incluso en los casos más extremos, barata y, por ello, no se puede atribuir a los grupos terroristas un comportamiento maximizador similar al que caracteriza a otras organizaciones delictivas, pues no buscan obtener el mayor rendimiento posible de sus «acciones económicas», sino tan solo el que cubre sus necesidades operativas6
● Un segundo criterio se refiere a la legitimidad de las fuentes de financiación. Dada la naturaleza política de las organizaciones terroristas, todas sus acciones, incluidas las económicas, buscarán legitimar sus opciones ante la sociedad o población en cuyo nombre actúan. Ello significa que los métodos de recaudación de fondos que sean vistos por ésta como ilegítimos no podrán utilizarse, como ocurre a veces con el narcotráfico o el secuestro. 
El tercer criterio se refiere a la seguridad y alude a los riesgos que asumen las organizaciones terroristas para obtener recursos, que dependerán de la naturaleza de las fuentes de financiación y de las facilidades que ofrezcan a las fuerzas de seguridad del Estado para obtener información sobre aquellas. 
Está, en cuarto lugar, la fiabilidad de las fuentes de financiación. Las organizaciones terroristas tratarán de explotar aquellas que sean predecibles y ofrezcan un flujo regular de recursos, e intentarán apartarse de las sujetas a fluctuaciones aleatorias o a casuísticas de difícil conocimiento. 
Otro criterio, el quinto, alude a la simplicidad. Los métodos de obtención de recursos que sean sencillos, necesiten un esfuerzo pequeño y conlleven un coste reducido serán siempre preferibles a los que requieran una alta cualificación, una operativa compleja o tengan un coste elevado. 
Y finalmente, está el control. Las organizaciones terroristas, debido a su naturaleza política y a sus necesidades de operar en la clandestinidad, tratarán de controlar al máximo sus fuentes de recursos. 

Teniendo en cuenta la variedad de las posibles fuentes de recursos a las que pueden acudir las organizaciones terroristas y la multiplicidad de criterios con los que, finalmente, se determinará el mix de aquellas, cabe esperar que la financiación del terrorismo se resuelva de una forma singular en cada caso e, incluso, que esa forma sea cambiante con el tiempo. Ello conllevará una extraordinaria complejidad en la realidad empírica de este asunto y, por tanto, una enorme dificultad para identificar cualquier tipo de operaciones, en términos abstractos, con el terrorismo. Esto solo será factible en términos concretos, de modo que lo que en unos casos es financiación del terrorismo puede no serlo en otros. Mi propósito en lo que sigue es mostrar esta diversidad de modelos de financiación a partir de los resultados de la investigación de unas pocas organizaciones o de algún tipo específico de actividades. 

3. La financiación de ETA 

He estudiado la financiación de Euskadi ta Askatasuna (ETA), la organización surgida en el País Vasco a finales de la década de 1950 que desarrolló su campaña terrorista entre 1968 y 2010, en sendos trabajos complementarios cuyos resultados —expresados en euros de 2010— utilizaré en las páginas que siguen7. Los datos que se muestran proceden, en todos los casos, de fuentes públicas, principalmente periodísticas y bibliográficas, que se han ido recopilando a lo largo de más de una década. Esas fuentes se hacen eco de la documentación incautada por las fuerzas de seguridad a ETA, haya sido utilizada o no en sumarios judiciales. Se trata de datos dispersos que ha sido necesario sistematizar, ordenar y expresar a precios constantes, para lo que se ha empleado el deflactor del PIB. 

La cobertura temporal de esas fuentes arranca del año 1978, recién estrenada la democracia en España, y termina en 2010, fecha en la que ETA dejó de cometer atentados, aunque no declaró el cese de sus actividades armadas hasta un año más tarde. Sin embargo, las lagunas en la información son muy importantes hasta el comienzo de la década de 1990, pues con anterioridad a ella se ha carecido de fuentes que sobre los recursos obtenidos por el conjunto de las organizaciones formales —partidos políticos, asociaciones, fundaciones y empresas— e informales — coordinadoras, grupos alegales— han formado parte del entorno político de la banda terrorista y han estado controladas por ella8. En consecuencia, nuestro conocimiento sobre la financiación de ETA es mucho más completo desde 1992 que antes de este año.
_______________________________

1 Una reciente estimación de los ingresos de las principales organizaciones terroristas del mundo, publicada por la revista Forbes en su edición israelí de noviembre de 2014, establece el siguiente ranking (en millones de euros anuales): Estado Islámico (IS): 1.600; Hamás: 800; FARC: 430; Hezbolá: 400; Talibanes: 321; Al Qaeda: 120; Lashkar-eTaiba: 64; Al Shabab: 64; IRA Auténtico: 40; Boko Haram: 20. Con una perspectiva histórica más amplia, FREEMAN (2012) reúne las cifras estimadas en diversos estudios para las décadas de 1990 y 2000, que oscilan entre los 15.000.000 de dólares del IRA Provisional y los 1.000 millones de las FARC colombianas.
2 Alguna autora, como RACHEL EHRENFELD (2005) aprovecha esta circunstancia para enfatizar en todo lo contrario, señalando que «el coste total de mantenimiento de la red global del terror islamista se estima en miles de millones de dólares» (p. 2), aunque su apreciación parece exagerada. Véase, para una discusión acerca del carácter incompleto del conocimiento sobre las finanzas terroristas, el trabajo de ROMANIUK (2015), del que procede la cita anterior.
3 Veáse PRICE (2013) para una recopilación amplia de los estudios disponibles en la que se contienen varios centenares de referencias.
4 Las dos principales bases de datos internacionales son las siguientes: International Terrorism: Attributes of Terrorist Events (ITERATE), sostenida por la Duke University y Global Terrorism Database (GTD), mantenida por el National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism (START) en la Universidad de Maryland. Con menor amplitud, en Estados Unidos se reúne información tanto por la RAND Corporation como por el National Memorial Institute for the Prevention of Terrorism (MIPT) de Oklahoma, financiado por el US Department of Homeland Security. Para los países europeos se dispone de Terrorism in Western Europe: Event Data (TWEED), desarrollada por el profesor Jan Oskar Engene en la Universidad de Bergen. Véase, para una consideración metodológica sobre todas ellas, ENDERS, SANDLER y GAIBULLOEV (2011). Existen también bases de datos nacionales, como es el caso, para España, de la que mantiene sobre el terrorismo yihadista el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada.
5 Véanse los informes anuales de Europol que llevan por título TE-SAT (año). EU Terrorism Situation and Trend Report.
6 Mi planteamiento es discrepante en este punto del de FREEMAN (2012), pues este autor afirma que «las organizaciones terroristas quieren tanto dinero como sea posible» (p. 10), atribuyéndoles así un sentido maximizador.
7 BUESA (2011) y BUESA y BAUMERT (2012). 
8 BUESA y BAUMERT (2012). En la página 6 puede encontrar el lector una relación completa de esas organizaciones.

VER+:


sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo

sábado, 3 de mayo de 2025

LIBRO "UN VIRUS RECORRE EL MUNDO: EL VIRUS DEL LIBERALISMO" por CARLOS X. BLANCO 〰🔆


UN VIRUS RECORRE EL MUNDO

EL VIRUS DEL
LIBERALISMO

CARLOS X. BLANCO

Nunca fue tan engañosa la raíz de una palabra: liberalismo. Liber, libre… Pero ¿quién va ser libre con respecto a qué? No se trata aquí de la persona, que supuestamente se libera de poderes que la envuelven y aplastan. Antes bien: se libera la Economía respecto del poder político. Nunca se cometió mayor aberración en la historia de los pueblos civilizados, libertando a las peores fuerzas e instintos crematísticos, esclavizando al ser humano sometiéndolo a un becerro de oro. Esta es la causa de la muerte de Europa. 
Carlos X. Blanco nació en Gijón (1966). Doctor y profesor de Filosofía. Autor de varios ensayos y novelas, así como de recopilaciones y traducciones de David Engels, Ludwig Klages, Diego Fusaro, Costanzo Preve, entre otros. Es autor de los libros La insubordinación de España y Ensayos antimaterialistas, coordinador de las obras El Imperio y la Hispanidad, co-autor de Pandemia contra España y del estudio introductorio de Tiempo de incertidumbre: 
El final del franquismo y la transición según la CIA estadounidense, todos ellos publicados por Letras Inquietas. También colabora de manera habitual con diferentes medios de comunicación digitales.

INTRODUCCIÓN

Un virus recorre el mundo, y recorre Europa. Es el virus del liberalismo.

Este virus, auténtico parásito cultural, no posee vida propia. Su actividad seme­ jante a la vida, pues toda ella es depredación y reproducción, carece no obstante de motor propio. Es una actividad que destruye aquello en donde se aloja.
El virus del liberalismo hizo su aparición en medio del orbe cristiano, ese orbe que después se llamó Europa. El virus promovió y, a la vez, obtuvo ventajas de la disolución de la comunidad tradicional. Ésta comunidad era, en realidad, un complejo organismo en donde el trabajo y su heterogeneidad se veían prote­gidos. Las propias profesiones se autorregulaban y se establecían los debidos procedimientos contra la chapuza, el intrusismo y la falta de mérito. Las comunas rurales o urbanas protegían a los pobres y creaban, bajo redes tupidas y sólidas, un "estado asistencial" que luego el liberalismo, como haría con los gremios, barrería del mapa.

Los reyes anteriores al virus no eran absolutos, pues el Rey de Reyes, aquí en la Tierra, un emperador, y allá en el Cielo, el propio Dios Padre, pediría cuen­tas y clamaría justicia. Los reyes no eran absolutos, pues el Pueblo y la Iglesia eran entidades de derecho propio, que sabían y podían detectar tiranos y, llegado el caso, resistirse a ellos. Asambleas y sínodos, jerarquías y cuerpos intermedios, principios de subsidiariedad y derecho natural protegían al hombre de cualesquiera reduccionismos. Protegían a la persona del virus liberal.

La Edad Media fue denostada, condenada. Significativo nos parece que la invención y propagación del término, asociado al mismo auge del absolutismo, aconteciera en la Europa de finales del siglo XVII, en los albores de una Ilustra­ción en la cual las "luces" disiparían unas supuestas tinieblas que se superpo­nían entre la antigua luz diáfana de los clásicos (Grecia y Roma) y la luz triun­fante del capitalismo "moderno". Lo "moderno" fue, entonces, el proceso de se­cularización del yo protestante. Ese yo suelto (absoluto) que se reclama intér­prete único y dialogante íntimo y sin mediadores con el Altísimo, que rinde cuentas sólo ante él sin Madre ni Maestra (la Iglesia se atomiza), quiere decirse el yo suelto propio de los protestantes, deviene el yo-ciudadano (productor-consu­midor) que en un capitalismo desbocado también se atomiza, descoyuntando la comunidad orgánica que tan alto grado de civilidad había alcanzado de forma católica (universal) en torno al siglo XIII.

Nada más lejos de la luz que este "liberalismo": tiniebla satánica, verdadero ocaso de la Universalidad Cristiana que trabajosamente se había tratado de re­componer en suelo cristiano tras la caída de Roma. La llamada Edad Medía,y su continuidad legítima, el Imperio de la Monarquía Hispánica, fue un katehon, el espíritu de resistencia y recomposición de esa Unidad Espiritual, que también es unión político-militar, del Imperium. El cristiano civilizado, consciente de su mi­sión y de las posibilidades de su alma y su sangre, nunca había renunciado a re­componer esa verdadera Comunidad Superior bajo la cual se amparan y "nidifi­can" todas las demás comunidades orgánicas (rural, feudal urbana) y agrupacio­nes estamentales: 

esto es, el Imperio. La protección del desvalido, el apoyo mu­tuo de los estamentos, la lealtad personal, la protección de los "derechos", todo cuanto de humanismo y civilidad se atesoró tras las invasiones bárbaras, vino a consolidar un fermento para la nueva Civilización:esa que renace con los recon­quistadores asturianos en las montañas del Norte, cuna de la Hispanidad. Esa que renace con Carlomagno y el sueño hecho realidad de un imperio franco-ro­mano, preludio destellante del mucho más duradero Sacro Imperio Romano Ger­mánico. Esa que renace tras el órdago protestante y la inmensa presión oto­mana: la resistencia neomedieval de la Monarquía Hispánica.

Pero el katehon enflaquece a partir de la derrota de los Austrias españoles y de la Iglesia combatiente. A Europa le entra un virus. Todo virus es parasitario, destructivo, simula la vida y no es verdadera vida. El virus del liberalismo fue tan catastrófico y letal como el virus Covidl 9, o más. Al infectar a las sociedades europeas, ya en los inicios mismos de la llamada "Modernidad", millones de personas perecieron, preciosos monumentos de la Civilización Cristiana, como el propio concepto de "persona" y "caridad", sucumbieron. Este virus ejerció la clara misión "separadora" que la tradición asigna al diablo. Hermanos de sangre, como Caín y Abel, llegaron al asesinato por el vil oro. 

Las guerras de sectas, per­dida la Unidad Católica, regaron de sangre nuestra Europa (aunque la Península Ibérica, protegida desde lo Alto, conservó esa Unidad y, por ende, esa paz in­terna).Y mientras Europa se desangraba en los siglos XVI y XVII por obra de los sectarios, los turcos avanzaban sobre Viena. Mientras los capitalistas efectuaban su "acumulación originaria"(Marx) y las "leyes de pobres" se abolían (Polanyi), el virus no hizo sino extenderse, no pudo sino circular sin freno. 

El individualismo rebelde y hereje que la falsa teología difundió en la Europa del norte y del centro mutó muy pronto en un individualismo ético, económico, político. Quedó abolida la verdadera caridad, esto es, el amor al otro que consiste en verle como parte de la propia sangre y como aspecto de una misma comunidad orgánica ética. Ésta se disolvió por obra de una ideología que, al igual que todas, se formó como detritus procedente de lejanas filosofías. El empirismo y liberalismo fun­dante de un Locke no suponen sino un empobrecimiento de la lejana escolástica nominalista, ya de por sí decadente, una adaptación de ésta a un creciente mate­rialismo mecanicista, para el cual el hombre es, en potencia, mercancía, un bruto sin alma cuyo valor económico ha de realizarse.

Hoy en día, el liberalismo no se ve representado exclusivamente por los Es­tados Unidos y su cortejo de satélites anglosajones y sionistas. La propia existen­cia de la Unión Europea responde a la misma traición perpetrada en los comien­zos de la "Modernidad", con su despótica absorción centralizada de soberanías nacionales, con su sempiterna búsqueda de mecanismos que impiden coactiva­mente el proteccionismo económico de cada Estado-nación, con su sumisión desastrosa a los dictados globalistas... Quizá sea el hombre europeo el primer ejemplo de tipo de hombre civilizado, condenado en vida a la mercantilización de su persona, a la bestialización de su existencia. 

Otros tipos de hombre, v.gr. el romano, vieron cómo se barbarizaba por momentos, sin dejar de ser, en el fondo, aquello que un día fue, un punto de luz civilizada en la noche. Pero el europeo de hoy se oscurece, chapotea en el barro de su ignominia y relame su propia sucie­ dad. No es simplemente un civilizado tardío,un nuevo bárbaro. Es un esclavo, una hormiga humanoide. El liberalismo mundial ha previsto que sea el nuevo esclavo de un "tercer mundo" revanchista, la sustancia irreconocible de mil mes­tizajes, la puta que aporta su propia cama y el nuevo converso que muerde el polvo, orientado hacia desiertos que se extienden por las orillas norteñas del Me­diterráneo, hasta más allá, hasta una Hiperbórea perdida para siempre. Allá, en boreales latitudes será también en donde las arenas de Arabia y el viento seco de África derritan los hielos y se entierran las cruces de las iglesias.

La Civilización que creó el concepto de persona, sujeto libre de derechos, y el más fino y ajustado concepto de propiedad privada, como extensión de la pro­pia persona y nunca ajeno a la responsabilidad comunitaria, es también la Civili­zación que ha optado por el suicidio. Se ha expuesto al virus del liberalismo, en­tronizando la Economía por encima de la Política, pero la Economía meramente crematística, el afán de lucro a costa de los seculares fundamentos de su existencia: 
la propia noción de persona y la propia noción de propiedad privada. El neoliberalismo que asoma sus garras hoy en este negro horizonte es un virus ideoló­gico que no se conforma con colonizar y esclavizar naciones enteras, deteriorar el medio ambiente, anular la existencia religiosa y nacional de las masas. 

El neo­liberalismo es un virus que ataca directamente ala persona. Para ese afán de lucro, ya sobra la propia noción de "persona". Es una noción prescindible. Unos fondos de inversión opacos, robotizados, a locales, que actúan sobre todo el orbe terres­tre, tienen absoluta primacía sobre las masas humanas, reducidas hoy a la con­dición de hormigas, sin ideas ni sexo distinguibles, todas iguales, ambiguas en su piel, sin fe ni convicciones, débiles y desarraigadas...

Una reseña de 
La amenaza liberal
Nacido en 1966 en Gijón, Asturias, Carlos X. Blanco es profesor de Filosofía. Ávido lector de Oswald Spengler, Ludwig Klages, David Engels y Robert Steuckers, escribió varios ensayos, entre ellos La caballería espiritual. Ensayo de psicología profunda (2018), Ensayos antimaterialistas (2021) o La insubordinación de España (2021). Recientemente fundada, Éditions La Nivelle publica finalmente un breve ensayo, Le virus du liberalisme, la traducción francesa de El virus del liberalismo: Un virus recorre el mundo (2021) editado por Letras Inquietas.
Contrariamente a la tendencia actual, que nos hace ver a una derecha identitaria nacionalista europea desviándose hacia la adulación de Donald Trump, Elon Musk y el presidente argentino Javier Milei, Carlos X. Blanco desafía la ideología liberal en sus diversas facetas mortíferas al aplicar a su pensamiento "el método del análisis dialéctico [...], en esencia, holístico y funcional".

Así, señala que "la economía se libera del poder político", lo que fomenta la propagación del "virus del liberalismo [...], un verdadero parásito cultural, [que] no tiene vida propia. Su actividad vital, al ser pura depredación y reproducción, carece de motor propio". Sin embargo, "este virus ha favorecido y se ha beneficiado de la disolución de la comunidad tradicional". Cree que "el mundo actual es un mundo pornográfico". Ésta es la esencia última y radical del liberalismo y la expansión del modo de producción capitalista en su fase globalista. También ataca con insistencia la "globalización", que no es otra cosa que el nombre de moda que resume las tendencias expansivas, intrusivas y destructivas del capitalismo a escala planetaria". Según el autor, "el imperialismo estadounidense es el agente militar de la vanguardia y de la globalización forzada, entendida en el sentido estrictamente económico, globalización ejercida por el capital mundial". Sin embargo, "hoy en día, el liberalismo no está representado exclusivamente por Estados Unidos y su séquito de satélites anglosajones y sionistas". Mucho antes de la actual distorsión de las relaciones transatlánticas bajo los arietes del trío Donald Trump, J.D. Vance y Marco Rubio, Carlos X. Blanco ya previó que, para Estados Unidos, «la alianza actual con Europa es puramente circunstancial, y llegará el día en que se romperá. La injerencia de los sionistas, los rusos y los chinos, el conflicto con las fuerzas más expansionistas del islam, etc., tendrán algo que ver». La disociación actual es, en última instancia, bienvenida, especialmente si la ideología liberal "es la causa de la muerte de Europa".

El fracaso pseudoeuropeo

Estas fuertes consideraciones confirman un realismo sólido, en particular sobre el destino de la politogénesis europea. Europa es el juguete del americanismo y el sionismo. Carece de un verdadero ejército y su economicismo frenético impide una educación exigente y disciplinada de sus ciudadanos para una verdadera unión federal europea. El autor recuerda con mordaz ironía que «esta misma maravillosa Unión [...] permitió genocidios durante las guerras en la antigua Yugoslavia. Esta misma “unión de destino en lo universal” [...] recientemente encubrió y ocultó los vuelos secretos de la CIA". Más recientemente, canceló la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Rumania, tal como había instigado la organización de otra segunda vuelta para la elección del jefe de Estado austriaco en 2016. Argumenta además que «la Unión Europea es una unión de estados, pero no es en absoluto una unión de pueblos. Estados y pueblos: 

dos categorías conceptuales inconexas. Siempre se complace en hacer esta distinción beneficiosa. Pueblos y estados nunca son sinónimos ni intercambiables. El pueblo-estado (y no el estado-nación) es poco común si tomamos la palabra "pueblo" en su sentido etnocultural, con la posible excepción del caso de la República Popular Democrática de Corea. El estado-pueblo en un sentido social (y plebeyo) no existe, ni siquiera en la época del socialismo soviético.

El Estado puede crear un pueblo siguiendo un enfoque cívico y contractual, es decir un grupo de ciudadanos iguales en derechos y deberes, una comunidad política que borre las especificidades bioculturales. Todavía existen Estados formados por varios pueblos, especialmente en África, América Latina y Asia. Los pueblos pertenecen a varias afiliaciones estatales distintas (los francófonos viven en el Valle de Aosta italiano, en la Suiza francófona, en la Valonia belga, sin olvidar, al otro lado del Atlántico, los francos y los cajunes en Estados Unidos, los quebequenses, los acadianos, los bois-brûlés y los fransaskois en Canadá). Entre los separatismos regionales que minan España y un estatismo centralizador que borra las diferencias históricas y populares, Carlos X. Blanco adopta una tercera vía. Ni un nacionalismo español jacobino, como el de UPyD [centristas centralizadores] o Vox [derecha nacionalista], ni un poscomunismo sin Marx, como es el de Podemos [el equivalente español de La Francia insumisa] (y, por lo tanto, sin un análisis actualizado del modo de producción capitalista en términos de explotación, plusvalía y alienación) tienen futuro a largo plazo. 

Mejor aún, el Estado español casi no existe, según nos dicen [los políticos establecidos], es una especie de ONG que "garantiza la solidaridad" entre las comunidades autónomas, y otras tonterías. Los soberanismos nacionales y regionales encarnan ahora viejas ideologías o tácticas desgastadas que incitan la desconfianza, fortalecen el sistema de partidos y benefician a una parte de la oligarquía. Son incapaces de ir más allá del marco actual: “España” y “Europa” se conciben como categorías antiguas y vacías. Además, ignoran la geopolítica actual: 

un islam en guerra civil, una africanización de Europa, una reorganización de las potencias extracomunitarias (China, Rusia, India, Brasil, etc.) que hace peligrosa nuestra alianza con Estados Unidos, etc. Además, el autor describe a la llamada Unión Europea como una "absorción despótica y centralizada de las soberanías nacionales, con su búsqueda perpetua de mecanismos para impedir coercitivamente el proteccionismo económico de cada Estado-nación, con su desastrosa sumisión a los dictados globalistas". Para él, "quienes afirman que la Unión Europea es un antídoto contra el estatismo saben que mienten. La Unión Europea es una entidad monstruosa, una entidad con un claro signo capitalista y al servicio de la gran acumulación de plusvalía. La Unión Europea no es menos Estado, ni en el sentido liberal ni en el anarquista: es simplemente el club de los Estados-nación existentes y el instrumento de unos pocos, con cuya primacía podrán ejercer una especie de neocolonialismo sobre los demás".

Refundación neomedieval para el siglo XXI

A principios del siglo XVIII , en la época de la terrible Guerra de Sucesión Española (1701-1714), Carlos X. Blanco habría sido sin duda un ardiente austracista, es decir, un partidario español del pretendiente Carlos de Habsburgo. Hostil a la dinastía borbónica restaurada en 1975, deplora la acelerada americanización de la Corona y de la vida política española. Condena además, por una parte, "el concepto de igualdad (de todos los hombres) [que] oculta la desigualdad material de la especie en todos los aspectos, especialmente en lo que respecta a la posesión de los medios de producción", y, por otra parte, a riesgo de parecer reaccionario, "la democracia, que […] es estrictamente una forma de ley política, [ahora...] trasplantada a terrenos donde el concepto mismo degenera". De ahí surgieron el "lenguaje del algodón" (título de una obra de François-Bernard Huyghe publicada en 1991), la corrección política y el wokismo . En los análisis de Carlos X. Blanco podemos detectar formulaciones similares a las del francés Guy Debord en La sociedad del espectáculo (1967) y luego en Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). 

¿Ha leído a Debord? Podemos suponer que debía estar interesado por los escritos de Guillaume Faye. De hecho, afirma que "occidental y europeo serán términos incompatibles. No lo son ya, pero la divergencia solo aumentará en las próximas décadas". Redescubrir la esencia de lo europeo implica, en primer lugar, rechazar “lo “moderno” [que] fue, por tanto, el proceso de secularización del yo protestante”. El surgimiento y expansión del individualismo ha abolido «la verdadera caridad, es decir, el amor al otro que consiste en considerarlo como parte de la propia sangre y como un aspecto de la misma comunidad ética orgánica». Proveniente de la matriz reformada, preludio de la fétida ideología de la Ilustración, el individualismo concibió el liberalismo, el gran corruptor de los vínculos comunitarios orgánicos. Asambleas y sínodos, jerarquías y organismos intermediarios, los principios de subsidiariedad y ley natural protegieron al hombre de todo reduccionismo. Protegieron al individuo del virus liberal. 

En respuesta, insiste en la obligación imperativa de redescubrir el feudalismo, que es un personalismo opuesto a la reificación capitalista. Sin embargo, debemos ser cautelosos al abordar esta noción histórica. Karl Marx se equivoca al hablar de la economía feudal. El liberalismo y el feudalismo forman parte de la esencia de la política, y no de la economía, al establecer vínculos sinalagmáticos a pesar de la fuerte jerarquía político-social entre los miembros del clero y/o la nobleza. Al igual que el filósofo ruso Nicolás Berdiaeff, Carlos X. Blanco aboga por un retorno a la Edad Media en un contexto tecnocientífico avanzado. Lo que se denomina la Edad Media, y su legítima continuidad, el Imperio de la Monarquía Hispánica, fue un katechon , el espíritu de resistencia y recomposición de esta Unidad espiritual, que es también una unión político-militar, del Imperio. 

Sabemos por Carl Schmitt que el katechon es el que retrasa la llegada del Anticristo. Éste es un factor determinante que impide la aparición del caos en la gran política. 

Al referirse a la Monarquía Hispánica, un poder a la vez telurocrático y talasocrático, que dominó a varios pueblos (incluidos los arpitanos francófonos del Franco Condado y los hablantes de oïl picard en los Países Bajos), ¿hace el autor una alusión implícita a una nueva Unión de Armas? En 1626, el rey Felipe IV de España intentó acelerar la unidad de sus coronas y reinos (Castilla, Portugal, Países Bajos, Aragón, las Dos Sicilias, Franco Condado y posesiones de ultramar en América, África y Asia) en los planos militar y financiero. Las reservas y otras reticencias de las asambleas provinciales paralizaron y finalmente interrumpieron esta gran idea geopolítica inacabada. 

Como podemos ver, El virus del liberalismo muestra una hostilidad radical hacia la mercantilización del mundo. Carlos X. Blanco ocupa una posición clave en la actual batalla de ideas. ¡Un libro para meditar urgentemente!

VER+: