EL Rincón de Yanka: PRINCIPIO

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sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo

domingo, 7 de diciembre de 2025

LIBRO "EL PRINCIPIO DE RESPONSABILIDAD": ENSAYO DE UNA ÉTICA PARA LA CIVILIZACIÓN TECNOLÓGICA por HANS JONAS



Ensayo de una ética para
la civilización tecnológica

HANS JONAS


Muchas son las maravillas,
pero el hombre es la mejor.
Por el mar canoso corre sin miedo
al soplo invernal del Noto
y a su destino llega entre olas encrespadas;
atormenta a la diosa
soberana entre todas, la Tierra incansable
y eterna, y cultiva cada año los surcos
con la prole del caballo.

Echa la red y persigue
a la raza de los pájaros
de mentes atolondradas
y a las fieras de los bosques
y a las criaturas marinas
el hombre lleno de ingenio;
y con sus artimañas
domina a la fiera que el monte recorre,
pone yugo al corcel en su crin ondeante
y al fuerte toro silvestre.
Y lenguaje adquirió y pensamiento
veloz como el viento
y costumbres de civil convivencia
y a huir aprendió de la helada lluvia.
Infinitos son los recursos
con que afronta el futuro,
mas de Hades no escapará,
por más que sepa a dolencias graves sustraerse..

Pero así como mal puede usar
de su arte sutil e increíble,
le es posible aplicarla a lo bueno.
Si cumple la ley de su país
de acuerdo con los dioses por que jura,
patriota será, mas no,
en cambio, quien a pecar se atreva.
¡No conviva conmigo ni comparta
mis ideas quien tal hace!


El carácter modificado de la acción humana.

Todas las éticas habidas hasta ahora -ya adoptasen la forma de preceptos directos de hacer ciertas cosas y no hacer otras, o de una determinación de los principios de tales preceptos, o de la presentación de un fundamento de la obligatoriedad de obedecer a tales principios compartían tácitamente las siguientes premisas conectadas entre sí: 

1) La condición humana, resultante de la naturaleza del hombre y de las cosas, permanece en lo fundamental fija de una vez para siempre. 
2) Sobre esa base es posible determinar con claridad y sin dificultades el bien humano. 
3) El alcance de la acción humana y, por ende, de la responsabilidad humana está estrictamente delimitado. 

Es propósito de las consideraciones siguientes mostrar que tales premisas ya no son válidas y reflexionar sobre lo que ello significa para nuestra situación moral. Más concretamente, afirmo que ciertos desarrollos de nuestro poder han modificado el carácter de la acción humana. Y dado que la ética tiene que ver con las acciones, seguidamente habremos de afirmar que la modificada naturaleza de las acciones humanas exige un cambio también en la ética. Esto, no sólo en el sentido de que los nuevos objetos que han entrado a formar parte de la acción humana han ampliado materialmente el ámbito de los casos a los que han de aplicarse las reglas válidas de comportamiento, sino en el sentido mucho más radical de que la naturaleza cualitativamente novedosa de varias de nuestras acciones ha abierto una dimensión totalmente nueva de relevancia ética no prevista en las perspectivas y cánones de la ética tradicional. 
Las nuevas capacidades a que me refiero son, claro está, las de la técnica moderna. Mi primer paso consistirá, pues, en preguntar de qué modo afecta esa técnica a la naturaleza de nuestras acciones, en qué medida hace que las acciones se manifiesten de modo distinto a como lo han hecho a lo largo de todos los tiempos. Puesto que en ninguna de esas épocas careció el hombre de técnica, mi pregunta apunta a la diferencia humana entre la técnica moderna y todas las técnicas anteriores.

Las nuevas dimensiones de la responsabilidad

Todo esto ha cambiado de un modo decisivo. La técnica moderna ha introducido acciones de magnitud tan diferente, con objetos y consecuencias tan novedosos, que el marco de la ética anterior no puede ya abarcarlos. El coro de Antígona sobre la «enormidad», sobre el prodigioso poder del hombre, tendría que sonar de un modo distinto hoy, ahora que lo «enorme» es tan diferente; y no bastaría ya con exhortar al individuo a obedecer las leyes. Además, hace tiempo que han desaparecido los dioses que en virtud del juramento recibido podían poner coto a las enormidades del obrar humano. Ciertamente, los viejos preceptos de esa ética «próxima» -los preceptos de justicia, caridad, honradez, etc.- siguen vigentes en su inmediatez íntima para la esfera diaria, próxima, de los efectos humanos recíprocos. Pero esta esfera queda eclipsada por un creciente alcance del obrar colectivo, en el cual el agente, la acción y el efecto no son ya los mismos que en la esfera cercana y que, por la enormidad de sus fuerzas, impone a la ética una dimensión nueva, nunca antes soñada, de responsabilidad.

El nuevo papel del saber en la moral

En tales circunstancias el saber se convierte en un deber urgente, que transciende todo lo que anteriormente se exigió de él: el saber ha de ser de igual escala que la extensión causal de nuestra acción. Pero el hecho de que realmente no puede ser de igual escala esto es, el hecho de que el saber predictivo queda rezagado tras el saber técnico que proporciona poder a nuestra acción, adquiere por sí mismo relevancia ética. El abismo que se abre entre la fuerza del saber previo y la fuerza de las acciones genera un problema ético nuevo. El reconocimiento de la ignorancia será, pues, el reverso del deber de saber y, de este modo, será una parte de la ética; ésta tiene que dar instrucciones a la cada vez más necesaria autovigilancia de nuestro desmesurado poder. Ninguna ética anterior hubo de tener en cuenta las condiciones globales de la vida humana ni el futuro remoto, más aún, la existencia misma de la especie. El hecho de que precisamente hoy estén en juego esas cosas exige, en una palabra, una concepción nueva de los derechos y deberes, algo para lo que ninguna ética ni metafísica anterior proporciona los principios y menos aún una doctrina ya lista.

¿Tiene la naturaleza un derecho moral propio? ¿Y si el nuevo modo de acción humana significase que es preciso considerar más cosas que únicamente el interés de «el hombre», que nuestro deber se extiende más lejos y que ha dejado de ser válida la limitación antropocéntrica de toda ética anterior? Al menos ya no es un sinsentido preguntar si el estado de la naturaleza extrahumana -la biosfera en su conjunto y en sus partes, que se encuentra ahora sometida a nuestro poder- se ha convertido precisamente por ello en un bien encomendado a nuestra tutela y puede plantearnos algo así corno una exigencia moral, no sólo en razón de nosotros, sino también en razón de ella y por su derecho propio. 

Si tal fuera el caso, sería menester un nada desdeñable cambio de ideas en los fundamentos de la ética. Esto implicaría que habría de buscarse no sólo el bien humano, sino también el bien de las cosas extrahumanas, esto es, implicaría ampliar el reconocimiento de «fines en sí mismos» más allá de la esfera humana e incorporar al concepto de bien humano el cuidado de ellos. A excepción de la religión, ninguna ética anterior nos ha preparado para tal papel de fiduciarios; y menos aún nos ha preparado para ello la visión científica hoy dominante de la naturaleza. Esta visión nos niega decididamente cualquier derecho teórico a pensar en la naturaleza como algo que haya de ser respetado, pues la ha reducido a la indiferenciación de casualidad y necesidad y la ha despojado de la dignidad de los fines. Y, sin embargo, de la amenazada plenitud del mundo de la vida parece surgir una sorda llamada al respeto de su integridad. 

¿Debemos escucharla?, ¿debemos reconocer su exigencia como vinculante, puesto que está sancionada por la naturaleza de las cosas, o bien no ver en ella más que un sentimiento nuestro al que, si lo deseamos, bien podemos abandonarnos siempre que podamos permitírnoslo? 
La primera alternativa, si se toman en serio sus implicaciones teóricas, nos obligaría a ampliar mucho más el mencionado cambio de ideas y a pasar de la doctrina de la acción, esto es, de la ética, a la doctrina del ser, esto es, a la metafísica, en la que toda ética ha de fundarse en último término. Acerca de este asunto especulativo no voy a decir aquí sino que deberíamos mantenernos abiertos a la idea de que las ciencias naturales no dicen toda la verdad acerca de la naturaleza.

El homo faber por encima del homo sapiens

Si volvemos a consideraciones estrictamente humanas, observamos un nuevo aspecto ético en el crecimiento de la techne en cuanto aspiración humana, crecimiento que rebasa las metas pragmáticamente limitadas de otros tiempos. 
Por aquel entonces, así lo hemos visto, la técnica era un dosificado tributo pagado a la necesidad, no el camino conducente a la meta elegida de la humanidad; era un medio con un grado finito de adecuación a fines próximos bien definidos. Hoy la techne, en su forma de técnica moderna, se ha transformado en un infinito impulso hacia adelante de la especie, en su empresa más importante, en cuyo continuo progresar que se supera a sí mismo hacia cosas cada vez más grandes se intenta ver la misión de la humanidad, y cuyo éxito en lograr el máximo dominio sobre las cosas y los propios hombres se presenta como la realización de su destino. 

De este modo el triunfo del homo faber sobre su objeto externo representa, al mismo tiempo, su triunfo dentro de la constitución íntima del homo sapiens, del cual solía ser en otros tiempos servidor. En otras palabras, incluso independientemente de sus obras objetivas, la tecnología cobra significación ética por el lugar central que ocupa ahora en la vida de los fines subjetivos del hombre. 
La acumulativa creación tecnológica -es decir, el mundo artificial que va extendiéndose- intensifica en un constante efecto retroactivo las fuerzas concretas que la han producido; lo ya creado exige su siempre nueva capacidad inventiva para su conservación y ulterior desarrollo, recompensándola con un éxito aumentado que, a su vez, contribuye a que surja aquella imperiosa exigencia. Este feed-back positivo de necesidad funcional y recompensa -en cuya dinámica no hay que olvidar el orgullo por los logros alcanzados- alimenta la creciente superioridad de un aspecto de la naturaleza humana sobre todos los demás y lo hace inevitablemente a costa de ellos. Si bien nada tiene tanto éxito como el éxito, nada nos atenaza tanto como él. 

La ampliación del poder del hombre sobrepasa en prestigio a todo lo demás que pertenece a su plenitud humana; y así, esa ampliación, sometiendo más y más las fuerzas de los hombres a su empeño, va acompañada de una contracción de su ser y de su concepto de sí. En la imagen que de sí mismo sustenta -la idea programática que determina su ser actual tanto como lo refleja- el hombre es ahora cada vez más el productor de aquello que él ha producido, el hacedor de aquello que él puede hacer y, sobre todo, el preparador de aquello que en breve él será capaz de hacer. Pero ¿quién es ese «él»? No vosotros o yo. Son el actor colectivo y el acto colectivo, no el actor individual y el acto individual, los que aquí representan un papel; y es el futuro indeterminado más que el espacio contemporáneo de la acción el que nos proporciona el horizonte significativo de la responsabilidad. 

Esto exige una nueva clase de imperativos. Si la esfera de la producción ha invadido el espacio de la acción esencial, la moral tendrá entonces que invadir la esfera de la producción, de la que anteriormente se mantuvo alejada, y habrá de hacerlo en la forma de política pública. Nunca antes tuvo ésta parte alguna en cuestiones de tal alcance y en proyectos a tan largo plazo. De hecho la esencia modificada de la acción humana modifica la esencia básica de la política.

individuales difíciles entre sus miembros. Esto representa el paso del uso médico al uso social de las posibilidades técnicas; se abre así un campo indefinido de potencialidades preocupantes. Los rebeldes problemas del dominio y de la anomia en la moderna sociedad de masas hacen extremadamente seductor el extender tales métodos de control a categorías extramédicas con vistas a la manipulación social. Surgen aquí varias preguntas sobre los derechos y la dignidad del hombre; el complicado problema de la tutela que quita los derechos de mayoridad frente a la que los otorga exige respuestas concretas. 

¿Debemos inducir la disposición al estudio en los niños en edad escolar mediante el suministro masivo de drogas y esquivar así la apelación a la autonomía de la motivación? ¿Debemos superar la agresividad mediante la pacificación electrónica de ciertas regiones cerebrales? ¿Debemos provocar sentimientos de felicidad, o al menos de placer, por medio de una estimulación independiente de los centros del placer -esto es, independiente de los objetos de dicha y de placer- y de su obtención en la vida y actuación personales? 
Las preguntas pueden multiplicarse. Las empresas podrían tener interés en utilizar algunas de esas técnicas para aumentar la productividad de sus empleados. Dejando aparte la consideración acerca de la coacción o el consentimiento, e independientemente de la cuestión de los efectos colaterales no deseados, cada vez que de esta manera esquivamos el modo humano de tratar los problemas del hombre, sustituyéndolo por los cortocircuitos de un mecanismo impersonal, suprimimos algo de la dignidad del yo personal y damos un paso más en el camino que lleva a convertir a los sujetos responsables en sistemas programados de comportamiento. 

La funcionalidad social, por importante que sea, constituye sólo una cara del asunto. La pregunta decisiva es qué clase de individuos componen la sociedad para que la existencia de ésta pueda ser valiosa como un todo. En algún momento a lo largo de la línea de creciente capacidad de manipulación social al precio de la pérdida de la autonomía individual habrá que plantearse la cuestión del valor, de si «vale la pena» toda la empresa humana. La respuesta apunta a la idea de hombre con la que nos sentimos comprometidos. Hemos de volver a reflexionar sobre ello a la luz de lo que hoy podemos hacer con esa idea o del perjuicio que podemos ocasionarle, cosa que antes no era posible.

El control de la, conducta

Algo parecido sucede con el resto de las casi utópicas posibilidades que el progreso de las ciencias biomédicas en parte pone ya a nuestra disposición -para su traducción en capacidad técnica- y en parte promete. Entre ellas, el control de la conducta está ya mucho más cerca de la fase de su realización que el todavía hipotético caso al que acabo de referirme; y las cuestiones éticas que plantea son menos hondas, pero tienen una relación más directa con la concepción moral del hombre. También esta nueva forma de intervención sobrepasa las viejas categorías éticas. Éstas no nos han equipado para juzgar, por ejemplo, sobre el control de la mente mediante agentes químicos o mediante influjos eléctricos directos sobre el cerebro por implantación de electrodos; intervenciones que -supongámoslo así- se efectúan con vistas a fines perfectamente admisibles e incluso loables. 

La mezcla de posibilidades saludables y dañinas es notoria, pero la frontera entre ambas no puede trazarse fácilmente. Liberar a enfermos mentales de síntomas dolorosos que provocan trastornos funcionales en el organismo parece sin duda beneficioso. Pero es imperceptible el paso que lleva de aliviar al paciente -una meta perfectamente acorde con la tradición médica- a aliviar a la sociedad de la incomodidad provocada por comportamientos

La manipulación genética

Esto tiene aún mayor vigencia en lo que se refiere al último objeto de la tecnología aplicada al hombre: el control genético de los hombres futuros. Es un tema demasiado extenso como para tratarlo de pasada en estas consideraciones preliminares, por lo que tendrá su propio capítulo en la «parte aplicada» que se publicará con posterioridad. Aquí nos contentaremos con aludir a este ambicioso sueño del homo faber, que vulgarmente se resume diciendo que el hombre quiere tomar en sus manos su propia evolución, no sólo con vistas a la mera conservación de la especie en su integridad, sino también con vistas a su mejora y cambio según su propio diseño. Si tenemos derecho a ello, si estamos cualificados para tal papel creador, son las preguntas más serias que se les puede plantear a unos hombres que de repente se hallan dueños de ese poder que el destino ha puesto en sus manos. 

¿Quiénes serán los escultores de esa imagen, según qué modelos y sobre la base de qué conocimientos? Se plantea también la cuestión del derecho a experimentar con los seres humanos futuros. Éstas y parecidas preguntas, que exigen una respuesta antes de que emprendamos viaje a lo desconocido, muestran de la forma más enérgica en qué medida nuestro poder de acción desborda los conceptos de toda ética anterior.


Hans Jonas propone que todo saber implica una carga moral: conocer es también responder por las consecuencias de ese conocimiento. En una era donde la ciencia transforma la vida misma, el pensamiento de Jonas nos exige repensar la ética como una fuerza capaz de contener el poder del hombre sobre la naturaleza. 
La responsabilidad del conocimiento no es un límite al progreso, sino su conciencia. Para Jonas, la humanidad solo será verdaderamente sabia cuando su saber no destruya aquello que le da sentido: la vida. Así, la filosofía se convierte en un llamado urgente a custodiar el futuro con la lucidez de quien entiende que cada descubrimiento es también una promesa y una amenaza.


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Jonas- El principio de responsabilidad.pdf by José Luis Castrejón Malvaez


miércoles, 19 de noviembre de 2025

ÉTICA VAQUERA: EL CÓDIGO DEL OESTE (CODE OF THE WEST) ⛺🐎🐄🐂🐏

En 2010, Wyoming firmó una ley que declaraba “El Código del Oeste” como el código oficial del estado, convirtiéndose en el primer estado en adoptar un código de ética.
En el siglo XIX, se creó un código ético no escrito entre pioneros y vaqueros, que los impulsaba a vivir con valentía y moralidad durante su viaje al oeste. En 2005, ese mismo código se plasmó en el libro (Cowboy Ethics) "Ética Vaquera: Lo que Wall Street Puede Aprender del Código del Oeste", escrito por James P. Owen, que describe los principios que encarnan el espíritu del Oeste y guía a las personas en las costumbres de los vaqueros.
En 2010, Wyoming adoptó “El Código del Oeste” como código estatal oficial para reflejar los valores de la herencia vaquera del estado. 
¿Sabías?

En realidad, "El Código del Oeste" se basó más en las ideas y principios que los pioneros, a mediados y finales del siglo XIX, siguieron para su exitosa expansión por el oeste americano. No hubo un código escrito oficial hasta 1934, escrito por Zane Gray, y posteriormente, en 2004, se publicó una interpretación más detallada de "El Código del Oeste" en el libro "Ética Vaquera: Lo que Wall Street Puede Aprender del Código del Oeste", de James P. Owen.

Acerca del Código del Oeste

Un sistema de principios conocido como el "Código del Oeste" encarna el espíritu independiente del Oeste estadounidense. Estos principios enfatizaban la importancia de la honestidad, la integridad, la lealtad y el respeto por los demás. El autor James P. Owen articuló estos valores en el libro "Ética Vaquera: Lo que Wall Street Puede Aprender del Código del Oeste", convirtiéndolos en una guía para la vida moderna.
En 2010, el estado de Wyoming, conocido por su rica cultura vaquera, adoptó el "Código del Oeste" como su código estatal oficial. Wyoming no solo fue el primer estado en adoptar un código ético, sino también el primero en convertir en ley un código moral por un simple gesto simbólico, honrando el legado del estado y promoviendo estos valores entre sus habitantes y visitantes.

El "Código del Oeste" ha impulsado al estado de Wyoming a reintroducir los principios que moldearon su historia y cultura. Los ciudadanos de Wyoming, así como los vaqueros y ganaderos, utilizan este código como recordatorio para mantener la honestidad, la integridad y un fuerte sentido de comunidad en la vida cotidiana. Este código sirve como un recordatorio válido para todos de que los 10 principios utilizados en el siglo XIX y los valores escritos en 2004 por James P. Owen son una guía para la vida.

Para mí, el Código del Oeste es un conjunto de principios éticos que rigen nuestra vida. Desde que aprendí los 10 principios utilizados en el siglo XIX, los he aplicado en mi vida diaria para impulsarme a ser lo mejor que puedo.
El principio en el que baso la mayor parte de mi trabajo es "hacer lo que hay que hacer". Lo aplico en la escuela, como tenista en el equipo de mi instituto y como miembro de la comunidad de Jackson Hole, asegurándome de hacer todo lo posible para alcanzar mis metas y convertirme en la persona que espero ser.
Ya sea que haya estado viviendo en Wyoming o esté visitando Wyoming, debe tomarse el tiempo para aprender sobre el Código del Oeste y la importancia que tiene para nuestra historia y cultura y, con suerte, puede implementarlo en su propia vida diaria.

Ética Vaquera,
un código desarrollado 
por James P. Owen.


Hay diez principios que también se conocen como el Código del Oeste.

Los diez principios son:

1. Vive cada día con valentía
2. Siéntete orgulloso de tu trabajo
3. Siempre termina lo que empiezas
4. Haz lo que se tiene que hacer
5. Sé duro, pero justo
6. Cuando hagas una promesa, cúmplela
7. Cabalga por la marca (Lealtad, Compromiso y Dedicación a La Causa o Empresa)
8. Habla menos y di más
9. Recuerda que algunas cosas no están a la venta
10. Saber dónde trazar la línea

ÉTICA VAQUERA 
(COWBOY ETHICS

Un nuevo enfoque de la ética empresarial se está imponiendo discretamente en las salas de juntas y los despachos de ejecutivos de todo Estados Unidos. 

Frustrados por una epidemia de mala conducta en todos los niveles, los equipos directivos están volviendo a lo básico: 
a la idea de que el carácter personal y la responsabilidad individual son la clave fundamental de la integridad, tal como lo eran en la época de la Granja de Campo. Hace una década, el libro "Ética Vaquera" inspiró a los empresarios a consultar el Código del Oeste. Una vez que lo hicieron, descubrieron que sus principios sencillos y de sentido común pueden ser guías más eficaces para el liderazgo empresarial que un montón de declaraciones de misión, normas y manuales de ética corporativos. 
"Los vaqueros son modelos a seguir porque viven según un código", afirma el autor James P. Owen. 
"Nos muestran lo que significa defender algo y esforzarnos cada día para que nuestras acciones coincidan con nuestras creencias. ¿Y no es esa la mejor definición de integridad que se puede encontrar?" 
En los años transcurridos desde entonces, los "Diez principios para vivir" del libro han sido adoptados por numerosas empresas, universidades e incluso un gobierno estatal.

NOTA DEL AUTOR

UN PUNTO DE PARTIDA

Dondequiera que te encuentres en la vida y cualesquiera que sean tus objetivos, nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para emprender el camino hacia el éxito. Inevitablemente, habrá altibajos. Seguramente encontrarás obstáculos y oportunidades imprevistas. Podrías encontrarte en situaciones inesperadas y cambiar de rumbo a lo largo del camino. Todo esto forma parte del viaje de la vida, y cuanto mejor preparado estés para ello, más gratificante será.

Tener una idea clara de tus objetivos y propósito sin duda te ayudará a empezar con buen pie. Pero decidir adónde quieres llegar en la vida no es algo que se deba apresurar. Explorar el mundo, abrir los ojos a su rica gama de posibilidades y descubrir tus propios intereses y potencial requiere tiempo. Además, vivimos en una época en la que podemos querer o necesitar reinventarnos periódicamente. Ya no es raro tener tres o cuatro carreras diferentes en una vida. En cuanto a lo que llamamos "jubilación", puede ser la plataforma de lanzamiento para toda una serie de nuevos proyectos, como puedo atestiguar personalmente.

En mi opinión, el requisito más fundamental para el éxito es saber quién eres en esencia y qué representas. Ahí es donde el Código del Oeste puede ayudar.
De ninguna manera sugiero que sea la declaración definitiva y universal de creencias para todos; todo lo contrario. Esto es Estados Unidos, un país fundado para que tuviéramos la libertad de creer lo que queramos.
Pero, con sus principios simples y atemporales, el Código del Oeste nos ofrece un punto de partida: un marco para decidir qué valores y principios apreciamos más.

Espero que el Camino del Vaquero te inspire a alcanzar al héroe que llevas dentro.

INTRODUCCIÓN

EN BUSCA DE LO HEROICO

Si alguna vez hemos necesitado héroes, los necesitamos ahora. No me refiero a guerreros de cómic con poderes sobrehumanos, ni a los personajes de portada de revista que presumen de fama y riqueza; de esos tenemos un exceso. Lo que escasea son héroes auténticos, de la vida real, que nos recuerden nuestro potencial para ser heroicos.
Puede que vivamos una vida aparentemente normal. Sin embargo, incluso al ritmo de nuestras tareas diarias, aún esperamos encontrar esa reserva de coraje, determinación y nobleza que realmente necesitamos cuando la vida nos pone a prueba. Queremos saber, al fin y al cabo, que no somos nada comunes.

Por eso necesitamos héroes: no para que nos muestren lo que es triunfar, sino para que nos ayuden a superar nuestros miedos y a encontrar consuelo ante las dificultades que inevitablemente encontramos en la vida. A lo largo de los siglos, cada cultura ha tenido sus héroes legendarios e históricos. En historias de dificultades superadas, desafíos superados y grandes hazañas realizadas, estos modelos a seguir nos muestran una forma de ser a la que podemos aspirar. Nos ayudan a creer que nosotros también podemos superar los obstáculos que enfrentamos, por intimidantes que sean. Nos inspiran.

Quizás sea una cuestión generacional, pero de niño, mis héroes siempre fueron vaqueros. Para mí, el vaquero parecía una figura imponente. Era alguien con quien siempre se podía contar, sin importar lo difícil o peligrosa que fuera la situación. Recuerdo como si fuera ayer cómo esas películas me hicieron querer superarme y ser mejor de lo que era. Incluso hoy, el vaquero es un ícono cultural conocido y admirado no solo en este país, sino en todo el mundo.

Me he dado cuenta de que los vaqueros siguen siendo mis héroes, y no tiene nada que ver con el sombrero y las botas. Pero la figura que me inspira ahora no es la versión cinematográfica que nos emocionaba en las matinés de los sábados. Es el auténtico vaquero trabajador que remienda cercas bajo un calor abrasador o que ensilla su caballo en medio de una nevada cegadora para rescatar a un ternero varado.

Yo no soy un vaquero. He pasado muchas más horas en asientos de avión que en una silla de montar. Aun así, he pasado suficiente tiempo con vaqueros de verdad como para saber que tienen algo especial. Se comportan con una autenticidad, una humildad genuina y una especie de confianza serena que los distingue. Para mí, la figura del vaquero representa lo mejor de Estados Unidos: el coraje, el optimismo y el trabajo duro que construyó nuestra nación.

Los vaqueros son heroicos porque nos muestran lo que significa defender algo. Viven según su código, el Código del Oeste. Y se preocupan profundamente por ser fieles a sus creencias. De hecho, honrar el Código es el sello, la marca, el distintivo de un auténtico vaquero. Es el pegamento que une a los vaqueros en una comunidad.

En un momento en el que parece que el mundo entero va cuesta abajo, el Código del Oeste nos recuerda lo básico, como cumplir la palabra dada y seguir la Regla de Oro que nos recuerda valores fundamentales como la valentía, el honor, la independencia y la confianza en si mismo.
Nos recuerda principios universales y atemporales que son relevantes para cada uno de nosotros, sin importar quiénes seamos, dónde nacimos o cómo profesamos nuestra fe.
¿Alguien está en desacuerdo con que una promesa hecha debe ser una promesa cumplida? ¿Quién de nosotros no cree que algunas cosas en este mundo nunca deberían estar a la venta?

Estos son ideales que todos los ciudadanos podemos abrazar. Es más, el Código del Oeste es un lugar natural para encontrar valores compartidos, porque forma parte de la herencia que todos los estadounidenses compartimos, sin importar si vivimos en Montana, Misisipi o Manhattan. Al centrarnos en lo que nos une, podría ayudarnos a superar algunos de los desafíos que enfrentamos como nación. Ya sé que puede ayudarnos a cada uno a tener éxito en la vida.

POR QUÉ IMPORTA EL CARÁCTER

Llevo más de diez años escribiendo y hablando sobre el vaquero y su Código. Cuando me impactó por primera vez la noción de la Ética Vaquera y me dispuse a traducir el Código del Oeste no escrito en "Diez Principios para Vivir", fue porque pensé que necesitábamos un nuevo enfoque para la ética empresarial. Una epidemia de avaricia y escándalo corporativo estaba manchando a toda la comunidad empresarial, y era evidente que ninguna regulación podría detenerla. Siempre hay otra escapatoria, siempre hay otra forma de manipular el sistema.

El Código del Vaquero le da la vuelta a todo eso, desplazando el enfoque de "¿Es legal?" a la pregunta más fundamental:
"¿Es correcto?". En la época de las praderas, cuando no existía un sistema de tribunales ni leyes, el Código del Oeste era la única influencia civilizadora. Y aunque no estaba escrito, todos los vaqueros conocían sus reglas; solo que en realidad no eran reglas. Se centraban más en el carácter personal y los principios que rigen nuestra vida, incluso cuando nadie nos ve.


Para el vaquero, la verdadera integridad significa escuchar esa voz interior que nos dice la diferencia entre el bien y el mal, para que nuestras acciones se alineen con nuestras creencias.
¿Y no es esa la mejor definición de integridad que se puede encontrar? Es la base de un enfoque ético simple y de sentido común que puede funcionar para las empresas y también para el resto de nosotros. Si algo nos enseña el vaquero es que «todos necesitamos un código... un credo por el que vivir». Todos necesitamos un sistema de creencias sólido, una brújula moral, que nos guíe cuando surgen las tentaciones o la presión social va en contra de lo que en nuestro corazón sabemos que es correcto.

Pero cuanto más he viajado por el país y he escuchado los comentarios de personas familiarizadas con mis libros y películas, más me he dado cuenta de que el Código del Vaquero va mucho más allá de la ética. Además de darnos una guía para nuestras acciones cotidianas, se refiere a toda nuestra gama de decisiones y rumbos en la vida.

Para empezar, plantea la pregunta de qué significa realmente el éxito. Vivimos en una cultura marcada por la suposición tácita, pero muy poderosa, de que el éxito significa dinero y todo lo que este puede comprar. Muchos de nosotros, sin cuestionarlo, dedicamos la mayor parte de nuestras energías a la búsqueda del éxito material. Es fácil caer en el ciclo de la búsqueda constante del mejor trabajo, la casa más bonita, el coche más lujoso. Pero una vez que aceptas la idea de vivir según un código, queda claro que el carácter individual —no tu puesto, tu estilo de vida ni tu cuenta bancaria— es la verdadera medida de quién eres.

"El cine nos ha hecho como somos. 
Yo no sería la que soy, no me reconocería 
a mí misma si tuviera que borrar de mis ojos
las imágenes imborrables de mil horas de cine". 
Josefina Aldecoa
En el western, el director o el guionista puede reflejar y concentrar mejor todos los temas y conflictos de la humanidad: la libertad, la justicia, la ley, el honor, el valor, la gesta, la unión, la traición, la codicia, el caciquismo, el deber, el derecho, la guerra, la paz, la amistad, el amor... Yanka
VER+:











The Last Cowboy Song

James P Owen: Cowboy Ethics

Zane Grey: Code Of The West | Full Classic Western Cowboy Movie | James Warren 1947