EL Rincón de Yanka: LIBRO "¡Franco, Franco, Franco!: Memorias del tardofranquismo" por ENRIQUE DE DIEGO

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sábado, 16 de mayo de 2026

LIBRO "¡Franco, Franco, Franco!: Memorias del tardofranquismo" por ENRIQUE DE DIEGO

¡Franco, Franco, Franco!: 
Memorias del tardofranquismo

Enrique de Diego escribe sus Memorias que construyen el paisaje sociológico de un pasado mejor, vivido en primera persona, el tardofranquismo. Diabolizado interesadamente mediante la tenaz propaganda. Ante nuestros ojos pasa la vida y el balance de la gestión de Franco, personaje histórico comparable a Carlomagno e Isabel la Católica. Ajuste de cuentas con el mundo político y mediático de la mierdocracia. En el circo mediático van pasando, con pluma afilada y estilo exquisito, las personas que ha conocido con sus miserias y su corrupción moral: Luis María Anson, Joaquín Vila, José Antonio Vera, Ramón Pi, Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos. Julio Ariza, inventor de Vox. y Risto Mejide. Y en el político: José María Aznar, Eduardo Zaplana, Federico Trillo y José Bono. Por último, el autor se enfrenta al genocidio en curso con el que se juramenta para hacer pagar a todos los culpables.
A Assumpta, mi primer y único amor. No hubo ningún hecho extraordinario, ninguna conjunción astral, ningún hecho histórico relevante, y sin embargo, el 3 de abril de 1956 fue una fecha marcada para mi historia pues vine al mundo. También fue una jornada importante para mis queridos padres, sobre todo para mi querida madre, María Villagrán Mozo. Ella dio a luz en casa, en una casa hecha de adobes que está a las afueras de Villameca de Ce­peda, un villorrio hermoso en el noroeste de León.

Mi madre me tuvo como una amazona, con su partera. Así era entonces. No se paría en un hospital, desde luego tendría que haber ido, en todo caso, a Sueros de Cepeda o, mejor, a Astorga. Mi madre nunca me ha hablado de este hecho, para mí inusual, pero ella no le debió dar importancia. Entonces, pa­sábamos los nueve meses fortaleciéndonos, tranquilos y seguros. No estába­mos amenazados por el aborto cruel y sanguinario, por el que una presunta criminal mata a su hijo en sus entrañas, en su vientre; en aquellos días, las mujeres amaban a sus vástagos y eran una bendición de Dios, se decía que veníamos con un pan bajo el brazo; amor infinito a un futuro abierto. 

Hoy en día, cuando la Medicina se ha degradado hasta el ínfimo nivel del matarife, en España se ejecutan cien mil abortos, en 2005, ligero descenso respecto a 2004. Una matanza. Es decir, que en diez años se han masacrado a un millón de españoles, que no verán la luz del día, un millón de españoles para hacer grande a España.
Entonces las madres no anestesiaban su conciencia con eufemismos absur­dos como interrupción voluntaria del embarazo, ni mucho menos con eso de los derechos sexuales y reproductivos. Pero la naturaleza no sabe de palabras vacuas, ni de circunloquios semánticos, y gasta jugadas traicioneras. Con el aborto no sólo se mata a un inocente, se desgracia la vida de la madre fallida. Es el shock post aborto. He conocido mujeres que celebran el cumpleaños de su hijo asesinado. Es un drama terrorífico. Queda en el pensamiento provo­cando destrozos inenarrables.

Corre el año 1956 y hasta 1975, esto es obra de Francisco Franco, y de la generación que le supo seguir como Caudillo invicto. A diferencia de otros personajes históricos, todo en Franco es verdad. Hitler se dedicó al culto de la personalidad, su título era el de Führer. Lo mismo sucede con Benito Musso­lini. Era el Duce y el Duce, prepotente y fatuo, siempre tiene razón. Franco es el Caudillo y es invicto, encabezó a sus tropas en la batalla y siempre los llevó a la victoria. Es el Caudillo elegido por sus pares, como en los almogávares, elevado al palenque, como en nuestro pasado íbero, que exige la devotio, por­ que él ha asumido una enorme responsabilidad. Comparativamente, tiene la entidad de un Carlomagno o de Isabel la Católica.

Duré poco en Villameca de Cepeda, a los cuarenta días emprendo viaje desde mi paraíso terrenal. En ese corto lapso de tiempo, he recibido las vivificantes aguas del Bautismo, con un tesoro de gracias. Han sido mis padrinos, Hipó­lito y Araceli, de quienes he recibido el nombre del padre de él. Un matrimo­nio al que el Señor no ha bendecido con hijos que alegren su hogar, pero que está bienavenido y a los que no conoceré hasta catorce años después. 
¿Por qué un segoviano ha terminado en León y emprende ahora viaje, en la más tierna infancia hacia Salou y Vilaseca, en tierras de Cataluña? Es sencillo. Mi muy querido padre, Mariano de Diego Alonso es guardia civil y ha ascendido a cabo, es para mí un ejemplo de superación, pues-una auténtica proeza- lle­gará a capitán, la meta más alta en su brillante y sacrificada carrera militar.

¡Oh, mi querido papá! como te admiro y te amo. Te echo de menos cada día, tan largos sin ti. Mi padre era un artista enfundado en las galas de guardia civil. Quería ser alguien en la vida. Con ese propósito, quiso estudiar y se fue interno a un colegio de frailes en Nava de la Asunción. Estalló la guerra y tuvo que volver a la casa familiar en Fuente el Olmo de Íscar, en tierra de pinares en Segovia. Me lo imagino gallardo montando la yegua. O cuando volvió de otro pueblo donde había aprendido una forma de riego mejor y más rápida y todo el pueblo comentó que era vago y no quería trabajar. A él, que era todo laboriosidad. Ahora, me lo imagino en la foto de boda con las galas de la Benemérita y su bigotito airoso, hecho un chaval. Y me lo imagino cruzando los arcos milenarios del Acueducto de mi entrañable Segovia, él el primero, abriendo las austeras y profundas procesiones de Semana Santa, todo galán, montado a caballo. ¡Qué orgulloso me sentía yo, con los ojos ple­namente abiertos, a punto de salirse de las órbitas!

Mas he dicho que mi padre tenía alma de artista enfundado en el traje verde. En la Casa Cuartel de Segovia tenía dos encargos: era el jefe del equipo de mantenimiento y el jefe del servicio fiscal. Segovia -pues terminamos en la ciudad amada de Enrique IV, que coronó a Isabel la Católica, tras su azarosa juventud de pretendiente al trono, y la orgullosa ciudad donde primero prendió la rebelión comunera con sus milicias comandadas por Juan Bravo- no tenía mucho problema de contrabando, así que la mayor parte del tiempo la dedicaba a los carpinteros, electricistas, fontaneros, jardineros, etc., porque el Cuartel debía ser autosuficiente; y también, con el camión, de tiempo en tiempo, salía a comprar, para el Economato (que se contaba un chiste en que los guardias daban el alto a unos gitanos, 'quién vive' y respondían: 'voso­tros, que tenéis economato') cerdos y terneras. 

Mi padre todo lo hacía bien, era puntilloso, perfeccionista, a todo le dedicaba sus conocimientos y si no aprendía. Ponía los cinco sentidos en la tarea encomendada y más en sus aficiones. Entrenaba duro con la pistola y el máuser hasta entrar a formar parte del equipo nacional de tiro de la Benemérita. Empero a lo que dedicó sus mayores esfuerzos fue a la carpintería, hasta brillar. Empezó haciendo barcos como la réplica del San Juan Neopomuceno. Cuadros con El Alcázar o la Catedral de Segovia. Luego camas torneadas, como la que uso para dor­mir, bandejas, armarios, auténticas maravillas. Cuando se jubiló, encontró una carpintería donde le dejaban pasar las tardes trabajando. También sacó adelante un taller en quiebra que se dedicaba a hacer tresillos. Yo le decía que debía hacer escuela, formar aprendices, montar una exposición, hacer nego­cio, pero él había hecho promesa de no ganar dinero con lo que era su pasión. Cuando compró un piso en el barrio de La Albuera, resultó que el constructor había dejado los solares yermos, abandonados. Él, ni corto ni perezoso, mo­vilizó voluntarios, que se dedicaron a convertirlo en un vergel, plantando árboles, setos, rosales, jardines. Prestó especial atención a la Iglesia, que es preciosa. Este esfuerzo titánico lo desarrolló una vez jubilado.

Solía definirse como un "desertor del arado". Aquella Guardia Civil de tiem­pos de Franco, provenían, efectivamente, del campo, pero guardaba las esen­cias y "el honor era su principal divisa", era muy familiar, acogedora, y, por encima de todo, muy profesional. Yo me levantaba temprano, para verlos hacer la instrucción en el patio. Y hubo un día que degradaron a un guardia, por no sé qué razones, pero fue un espectáculo bien fuerte, que helaba la sangre.

Mi padre antes de que toda la familia se trasladara a Vilaseca, incluso antes de ir destinado a Villameca, estuvo en el servicio militar en Figueras y en el Parque Móvil, de soltero. En Figueras, se encargaba de los caballos junto a otro soldado, que, por cuestiones políticas desertó, pero dejó una carta exculpando a mi padre. Y en el Parque Móvil participó en una batida contra dos maquis en los Montes Aquilanos, en la agonía final de tal movimiento; total, que fueron abatidos los dos bandoleros, pues a tal condición habían degenerado los que se echaban la monte. 

El maquis fue una torpe estrategia del Partido Comunista, por orden de Stalin, que se inició con la invasión del valle de Arán, con 6.000 efectivos de gente bregada en la lucha de la resistencia francesa, precedida de ataques de diversión por Roncesvalles, Roncal. Can­franc, Andorra. Aquella invasión fue un fracaso, pues la Capitanía General movilizó a todas las unidades. Los comunistas buscaban un levantamiento popular que justificara la intervención aliada. Ninguna de las dos situaciones se produjo ni por asomo, pero entre los años 1945 y 1947 la Guardia Civil vivió su propia epopeya para acabar con ese problema de orden público con tácticas ajustadas a las circunstancias como la formación de contrapartidas que fueron exitosas.

Los maquis actuaron con gran crueldad para conseguir vituallas y poder sobrevivir. La Guardia Civil contabilizó 8.054 hechos delictivos. Murieron 2.036 maquis y 3.211 fueron hechos prisioneros. Guardias civiles murieron 243 y hubo 1.341 heridos. En 1948, a la vista del estrepitoso fracaso, Josef Stalin dio la orden deponer fin a la aventura estéril, y visto que la inactividad de los aliados era total, y que no querían prolongar la guerra y sacrificar más hombres en una guerra con España, cuando ya empezaba la guerra fría. En­rique Líster culpa a Santiago Carrillo de en vez de trasladar la orden hacerlo con trapisondas y engaños, generando debates agotadores y desmovilizado­ res. Los últimos maquis fueron bandidos aislados que fueron cazados como los dos de la batida en la que participó mi padre.

Me encuentro en un tren, como solo cuarenta días rumbo a Vilaseca. Cam­brils y Salou. No recuerdo nada de mi estancia durante cuatro años. Salou estaba virgen, quedaban años para el boom turístico que llenó de edificacio­nes el litoral. Los únicos recuerdos familiares son unas fotos delante de una solitaria casa con un matrimonio alemán, pioneros de las multitudes que lle­garían después. Y una historia de mi padre que suena bastante a las películas del Oeste. Por una enrevesada cuestión de igualas en las que estaba mezclado el padre de Eduard Punset había una reunión en un bar en la que se hablaba de contratar a alguien para que matara a mi padre, cuando, sólo acompañado por el guardia que iba en patrulla, decidió entrar él y encararse con el orador asesino. Mi padre los tenía bien puestos.

Transcurren los años y en Cambrils hay un suceso luctuoso, el 17 de agosto de 2017, precedido el día 16 por una tremenda explosión en un chalet de Al­canar donde los inútiles terroristas han estado almacenando gran cantidad de bombonas de butano y explosivos para atentar contra la Sagrada Familia y la Torre Eiffel. Otros tiempos, otras costumbres. Los Mossos d'Esquadra, de quienes depende la seguridad en Cataluña, entregada al wokismo, no se en­teran de nada. El 17 agosto de 2017 un niñato, venido de Ripoll, montado en una camioneta, zigzaguea 530 metros por Las Ramblas arrollando a cuantos encuentra su paso, provocando 15 muertos. El niñato -será llorado por unas modernas plañideras, letales, las trabajadoras sociales- en su huida apuñala a un joven, Será abatido cuatro días después. Otros cinco musulmanes, lle­gados a Cataluña por la ceguera de Junts y el islamoizquierdismo de Esque­rra, se encaminan a Cambrils, compran cuchillos, y atacan como hienas, se saltan un control, y matan a una joven, pero un mosso d'esquadra, que ha sido formado en la Legión, mata a los cinco. Esta es otra España, surcada de problemas y conflictos, con barrios inseguros, violaciones disparadas, en la que el extranjero mata indiscriminadamente y los políticos tienen anteojeras de burro, vendidos al mejor postor, destruyen sus sociedades y lanzan a sus ciudadanos a las fauces de sus asesinos. Estos sólo siguen El Corán que predica, sin distingos, "matadlos a todos allá donde los encontréis".

Me veo en Olombrada, Segovia, a los cuatro años, en la escuela. Está en un alto, solitaria, tengo unas botas katiuskas y hay unos charcos helados y los estoy pisando. Sólo tengo recuerdos inconexos, como fotos, muy nítidas, gra­badas indelebles en mi memoria, pero como sin relación unas con otras. Me veo en una peluquería. Las paredes con viejas y la vieja máquina me pega unos tirones que me hacen daño. Luego veo nevada una plaza y allí vigilo unos cepos con uno trozo de pan. Más tarde, se abre una ventana y unas grandes llamaradas ascienden. El cuartel se quemó, la acumulación de depo­siciones de palomas hizo que un escape en la chimenea prendiera. Me sacan en brazos. Vamos a vivir a casa de unos señores. Distingo un manantial en una tarde de verano; el agua sale a borbotones, cristalina.

Después, mi primer recuerdo es de Segovia. Vivimos junto a la Estación: habitación con derecho a cocina. Me veo, con cinco años, con mi baby azul sentado en la Escuela que hay en la Casa Cuartel. El sol entra a raudales por los ventanales; afuera, los rosales expanden su alegre colorido granate y su fragancia. Estoy atento, concentrado, recogido los lápices de Alpino. Suena el timbre y salgo corriendo, despavorido, hacia la salida y cruzo por la puerta. No es que no me guste la escuela. No pienso en nada mientras mis pies dando todo de sí. No sé lo que pasa, sólo pienso en huir. 

No tengo recuerdos som­bríos, pero tengo que escapar. Supongo que, incorporado a mitad de curso, siendo el nuevo, soy sometido a lo que ahora se conoce como bullying, pero no lo sé con exactitud. De pronto, me encuentro en una casa en el barrio con dos maestras que dan clases particulares, relajado, tranquilo, que preparan para el ingreso en bachillerato, porque la enseñanza no es obligatoria y los que quieren estudiar han de pasar un examen oral. Aún queda para eso. Las maestras tienen muchos libros, y me inculcan la afición por la lectura. Tie­nen unos magníficos ejemplares de la Editorial Doncel donde el protagonista es un joven pasiego que va recorriendo España y a través de sus andanzas nos presenta las costumbres y la economía de cada región. 

Para ser una dic­tadura, no adoctrinan demasiado -lo único que el padre del joven murió en el patio del Cuartel de la Montaña entre aquellos cuerpos acribillados a balazos, sin la guerra puesta, en camisa, para no poder esconder sus armas- y es una delicia conocer la geografía espa­ñola. Allí soy feliz, entre un montón de libros.

Vivo en el barrio de la Estación y vamos al valle de Tejadilla, formado por el arroyo Clamores, que se une al Eresma al pie del imponente Alcázar. Dicen que en tiempos de peste se extendía por la ciudad milenaria los ayes y los gritos de los enfermos, porque el arroyo Clamores es una cloaca. Pero sus pa­redes cortadas, sus riscos pedregosos, sus riberas llenas de zarzas con moras tentadoras, todo el valle es mágico, propicio para imaginar una película del Oeste de John Ford con John Wayne. Para darle un tono más misterioso, estaba lleno de fósiles, de numilites, de forma que hasta allí había llegado el mar. Correteábamos por allí, pues entonces los chicos hacíamos la vida en la calle, seguros; cogíamos grillos, tarántulas, que salían peludas de su agu­jero donde introducíamos una pajita o una ramita, a veces espantábamos un bando de perdices. y, sobre todo, cogíamos gran cantidad de moras maduras, que, al llegar a casa, preparábamos con leche y azúcar, hasta deglutir tan ex­quisito manjar. Éramos felices.

Recuerdo un día en que en el barrio de la Estación se produjo un hecho extraordinario. Llegó mi tío Emilio -el mayor de los cuatro hermanos de mi padre, es decir tenía tíos, seis de mi madre, vivían mis cuatro abuelos, Sergia y Mariano, por mi madre, y Eusebio y María de los Ángeles, por mi padre, y 32 primos- con un camión lleno de sacos de patatas. Bueno, venía con más gente, pero mis ojos asombrados se centraron en mi tío Emilio, quien con un micrófono animaba a la parroquia a adquirir sus productos. Venía de Coca donde se había abierto paso a base de ingenio, sin tierras propias, para sacar adelante a sus cinco hijos, como Emilín, quien llegaría a ser Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, especialista en la guerra de la Independencia. Allí no había inspectores ni facturas, ni policías municipales pidiendo los papeles, las autorizaciones. Mi tío Emilio no era autónomo y esos rollos que ahora han montado para expoliar a la gente tra­bajadora, con iniciativa. Era mi héroe social.

Todo eso era obra, la bonanza económica, se debía al mejor ministro que ha tenido España, con mucho, en los tres últimos siglos: Alberto Ullastres. Antes de ser ministro de Comercio desde el 25 de febrero de 1957 al 7 de julio de 1965, momento en el que fue nombrado embajador ante la Comunidad Europea, don Alberto fue un hombre bragado, héroe de guerra. Luchó como alférez provisional en el bando nacional, rango creado en septiembre de 1936 por el decreto nº 94 de la Junta de Defensa Nacional, brillante creación para obtener una oficialidad de circunstancias. Los alféreces provisionales dieron buen juego en el combate, valientes, motivados, cohesionando las unidades. Con su distintivo de una estrella de seis puntas sobre fondo negro, aquellos hombres hicieron historia por su arrojo. 
De las academias salieron entre 28.000 y 30.000 alféreces provisionales que se batieron el cobre con gallardía, unos 3.000 ofrecieron su sangre y su vida por sus altos ideales. Al concluir la contienda, la mayoría volvieron a la vida civil, salvo 8.000 que siguieron como tenientes y 500 como capitanes, constituyendo la columna vertebral del Ejército de la victoria y la base de la legitimidad del régimen.


Como alférez provisional, don Alberto Ullastres brilló actuando en los fren­tes de Asturias, Aragón y Levante y en la 83ª División del Cuerpo de Ejército de Galicia, recibiendo por sus actuaciones las siguientes condecoraciones: la Medalla de la Campaña, la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, la Cruz de Guerra, la Medalla del Asedio de Oviedo y citaciones como distinguido en la orden del día de la batalla de Nules (1938). En 1940 pidió la admisión como miembro numerario del Opus Dei, haciendo de su vida una total en­trega a Dios. En eso también fue ejemplar.

El hombre idóneo en el momento oportuno. Franco sabía elegir a sus colaboradores. España había pasado por una autarquía forzada por un aislamiento internacional dictado por la masonería y el estalinismo. Ahora escogió a la mejor cabeza con que contaba España, un digno émulo de la Escuela de Sa­lamanca. Se había doctorado en Derecho con una tesis ni más ni menos que "Las ideas económicas de Juan de Mariana" defendida el 2 de junio de 1944. También estudioso de Martín de Azpilicueta. Adelantado a los estudios de la Escuela Austriaca que llevó a Friedrich von Hayek a considerar nuestra Es­cuela de Salamanca como el origen del capitalismo. Catedrático de Economía Política y Hacienda Pública en 1948 y más adelante de Historia Económica de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Com­plutense de Madrid. 
En 1959 elaboró y puso en marcha el Plan Nacional de Estabilización Económica, el conjunto mejor pensado y más correcto del siglo. Efectivamente, como ese gran hombre había previsto, al quitar rigide­ces a la economía española y eliminar los precios fijos incluso a los productos básicos estos se dispararon unos días pero luego bajaron y se adecuaron al mercado, a la ley de la oferta y la demanda.

Hombre de su tiempo supo aprovechar los medios de comunicación y tuvo un programa de televisión en el que daba consejos a esas grandes economis­tas que eran las amas de casa. Su nombramiento se produjo un día después de estar trabajando en la construcción de una ermita en Molino Viejo, la primera Casa de Retiros del Opus Dei y cuando lo vio en televisión, el guar­dés comentó que era el que llevaba la carretilla. El Fundador de la Obra, San Josemaría Escrivá de Balaguer dijo 'nos han hecho ministro'. Era un hombre cercano, con don de gentes. Estando haciendo un curso anual con la Obra, en la excursión semanal, le reconoció un pastor y allí se paró y estuvo un buen rato hablando con él de economía. ¿Qué dirigente 'democrático', con muchos menos méritos que él, os imagináis con esa cercanía al pueblo?

Don Alberto le había insuflado a mi tío Emilio y a todo el pueblo español un halo de libertad y de progreso que se manifestó exponencialmente. La economía española creció rauda a una media de un 7% del PIB y todavía entre 1985 y 2005 creció el 69%. Don Alberto merecía tener bustos, plazas o calles importantes en todas las ciudades de España y, sin embargo, es un desconocido para los españoles de hoy. Todavía prestó otro descomunal ser­ vicio a la nación: el Acuerdo Preferencial entre el Estado Español y la CEE, que resultaba muy ventajoso para los productos españoles, con un descenso importante de los aranceles y muy beneficioso especialmente para el campo español. El Acuerdo lo rubricó en 1970 el ministro Gregorio López Bravo. Franco siempre supo elegir a sus colaboradores y ministros, empezando por Luis Carrero Blanco, José Luis Arrese, el citado Gregorio López Bravo, Julio Rodríguez, Gonzalo Fernández de la Mora, Laureano López Rodó, José Ibáñez Martín, José Solís, etc., todos los cuales fueron de suma eficiencia y compe­tentes, y a cualesquiera de ellos no le llegan a la suela de los zapatos los ministrillos de la democracia, ni los presidentes del Gobierno, pues en esta mierdocracia se eligen a los más mierdas y cada vez peores.

Del Barrio de la Estación a la Casa-Cuartel de la Guardia Civil hay unos cien metros que toda la familia recorrió encantada, cuando a mi padre le tocó un pabellón. Mi feliz infancia -adolescencia no tuve, lo que se entiende por adolescencia como la edad de rebeldía no existió- continuó. En el cuartel había suficientes chavales de mi edad para formar pandilla. Mientras tanto, me presenté al ingreso del Bachillerato, todo formal. Ya he dicho que por sorprendente que suene ahora la enseñanza no era obligatoria en ninguno de sus cursos. Como debe ser. En un colegio concertado de Madrid había una línea bajo el nombre de "garantía social" donde se agrupaban todo los alum­ nos, vamos a llamarlos así, que no hacían nada hasta llegar a los 16 años cuando se les ponían definitivamente en la calle.

No hay mayor fracaso que el de la enseñanza obligatoria que ha convertido todo el sistema educativo en una infame guardería, donde los niños y jóvenes son adoctrinados en cosas como la ideología de género. Donde la disciplina brilla por su ausencia: Durante el curso 2024-2025 en España, el servicio ANPE "Defensor del Profesor" ha registrado más de 2.000 casos de agresiones y acoso a docentes, incluyendo 174 ataques físicos. El profeso­rado no puede expulsar al alumno violento. Recuerdo una expulsión fulmi­nante cuando a un alumno que copiaba mecánicamente, por fin, le pillaron y produjo una situación harto curiosa: el profesor le dijo que levantara la hoja del examen debajo de la cual estaba la chuleta, cuando se decidió a ejecutar la orden, con un movimiento rápido puso la mano sobre la chuleta, vuelta a dar la orden que levantara la mano, cuando ejecutó de nuevo la orden, puso la otra mano; entonces se produjo una sonora carcajada. Él se fue a la calle definitivamente. Sin embargo, se estableció como aprendiz en un garaje de coches, luego se puso por su cuenta y luego montó una cadena.

Era una sociedad de oportunidades. Había una Formación Profesional es­pléndida, con Universidades Laborales magníficas. Todo lo hacía bien el jodido Franco. Aquellos gobernantes sabían actuar con cabeza. Por de pronto. Ahorraban un montón de gasto público. Y, sin embargo, el analfabetismo cayó del 30% en 1940 al 7% en 1975- Porque había una colección de es­ cuelas informales financiadas por los ayuntamientos, como hemos visto en Olombrada o podríamos ver en Fuente el Olmo de Íscar, para chicos y chi­cas, o en el Cuartel de la Guardia Civil de Segovia, que se articulaban bajo el principio de subsidiariedad. Yo había ingresado en el IES Andrés Laguna -por el gran médico segoviano del Renacimiento, autor del Dioscórides, un naturista, autor de "La Europa que se atormenta a sí misma"- del que estaba muy orgulloso, con un plantel de profesores de primera, todos sumamente excelentes.

Corría la especie de que era un Instituto piloto y que de ahí pasa­ban los profesores al Ramiro de Maeztu de Madrid. No sé la verdad, porque de allí no se iba nadie. Había grandes poetas como el celebrado José Gaos, que era profesor de inglés, el profesor Córdoba, que hacía unas maravillosa poesías con los presocráticos, Platón y Aristóteles, y nuestro eximio profesor de Religión, don Rafael Matesanz, que había ganado el concurso internacio­nal de poesía mística.