EL Rincón de Yanka: LA REFORMA GATOPARDIANA DE LOS SINIESTROS, PATRICIDAS Y HUMANICIDAS DE LOS HERMANOS DELCY Y JORGE RODRÍGUEZ (SOSVENEZUELA)

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lunes, 4 de mayo de 2026

LA REFORMA GATOPARDIANA DE LOS SINIESTROS, PATRICIDAS Y HUMANICIDAS DE LOS HERMANOS DELCY Y JORGE RODRÍGUEZ (SOSVENEZUELA)

 

La reforma gatopardiana 
de los hermanos Rodríguez

Muchas veces hemos hablado en Venezuela de que alguien está cambiando todo para no cambiar nada. Tal vez nunca ha sido tan cierto como ahora
Destituyen como fiscal general a Tarek William Saab, uno de los protagonistas del aparato represivo que somete a la sociedad venezolana, pero nombran en su lugar a un amigo de la familia que lleva años negando las atrocidades de Maduro en la arena internacional. Reemplazan a Vladimir Padrino, investigado por violaciones sistemáticas de derechos humanos, por Gustavo González López, investigado por violaciones sistemáticas de derechos humanos. Aprueban una ley de amnistía, pero sobre todo para amnistiarse a sí mismos. Excarcelan a más de 700 de presos políticos, pero dejan a otros 400 en las prisiones, y los que salen a la calle no siempre cuentan con libertad plena.

Las reformas institucionales de Delcy y Jorge Rodríguez generan titulares afuera que los hacen ver, ante quien no se fija en los detalles, como los moderados que The New York Times dijo que eran poco antes de la incursión militar del 3 de enero. Las reformas económicas, en cambio, brindan argumentos, o más bien contenido, a la administración Trump para que diga en sus cuentas de redes sociales que está triunfando al reconfigurar Venezuela, cuando en el terreno la población observa sus condiciones de vida —los apagones, la inflación, la vulnerabilidad generalizada— y concluye que siguen siendo las mismas que cuando Maduro estaba bailando tranquilo sobre nuestros muertos.

Sí, hay algunas razones para el optimismo, sobre todo en lo que se refiere a la transición económica, pero la transición hacia la democracia no parece estar ocurriendo todavía. El dictador y su esposa fueron removidos en un helicóptero, pero la dictadura sigue allí.
Hasta ahora, todo esto cuadra en una metáfora que se ha citado innumerables veces en décadas de artículos de opinión en Venezuela: los Rodríguez están cambiando todo para no cambiar nada.
Crecí leyendo ese cliché en la prensa, antes de que el chavismo irrumpiera, a tiros, en nuestra historia. 
“Son como el Gatopardo, cambian todo para no cambiar nada”. 
En un país que ha visto tantas supuestas refundaciones, tantas revoluciones que prometen tabula rasa para simplemente cambiar un elenco de poder por otro sin resolver ninguno de los problemas estructurales de la nación, ese cliché se ha dicho sobre muchos gobiernos y muchos líderes. Pero, ¿de dónde viene, y qué significa originalmente?

La astucia del oportunista

Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, era un aristócrata siciliano que parecía el personaje de una novela: fracasó como militar, no pudo impedir la ruina de su familia, vio cómo las bombas de la Segunda Guerra Mundial destruyeron su palacio, y en realidad sólo servía para leer y aprender idiomas. Publicó muy poco en vida, y pasó más de veinte años escribiendo una novela que se editó un año después de su muerte en 1957. El libro, que tuvo mucho éxito desde el principio, se titulaba Il Gattopardo, por el guepardo que sale en el escudo de armas de su protagonista: don Fabrizio, el príncipe de Salina.

El personaje, como su creador, era el último de una estirpe. Era un terrateniente cuyos títulos nobiliarios y privilegios dependían de la existencia del Reino de las Dos Sicilias, como se llamaba para 1860 el dominio español del extremo sur de Italia. Cuando, ese año, las tropas de Garibaldi invadieron Sicilia, en el proceso que terminaría produciendo la Italia que conocemos hoy, Don Fabrizio se encontró con que todo lo que él representaba estaba en peligro. Sicilia dejaría de ser española para fundirse en el nuevo Reino de Italia, y él perdería su lugar en la cúspide de esa sociedad feudal, dominada por unos pocos por la mera voluntad de un soberano extranjero.
El mundo está lleno de Tancredis como Jorge, en Venezuela nunca han faltado. Juan Vicente Gómez también prometió cambios al derrocar a su compadre Cipriano Castro, para quedarse en el poder por 27 años.

Don Fabrizio, que había dedicado su vida a mantener inmutable lo que heredó, no veía cómo detener las transformaciones que se acercaban como un maremoto a las puertas de su palacio coronadas por guepardos de hierro forjado. Pero su sobrino favorito, Tancredi, un ambicioso trepador que se casó con la hija de un nuevo rico sin educación y se sumó sin titubeos a la revolución de los camisas rojas de Garibaldi, le enseñó lo que había que hacer: “si queremos que todo siga como está, hay que hacer que todo cambie”.

El destino de los cínicos

Il Gattopardo es una obra exquisita, una gran novela histórica que reúne todas las virtudes del género: la capacidad de transportarte a una época y de diseccionarla; el placer de escaparse hacia un hermoso palacio en las amarillas colinas de Sicilia, junto a un mar turquesa; los detalles como el timballo de pasta y las granitas que se sirven en una mesa con servicio completo. Todo eso está en la magnífica versión fílmica de Luchino Visconti de 1963, protagonizada por Burt Lancaster y Alain Delon, y en la estupenda miniserie —en la que todos los actores son italianos.

Pero lo que la inmortalizó fue esa frase de Tancredi, por la potencia que tiene para sintetizar lo que mucha gente, en muchos contextos históricos distintos, ha hecho una y otra vez: pasarse del viejo orden al nuevo, disfrazándose de reformistas, para evitar perder sus privilegios al asegurarse un puesto en la élite emergente. 
Cambiar todo para que nada cambie es la estrategia de quienes deben simular que son el futuro y no el pasado, porque pagarían un gran costo si no lo hacen. La hoja de ruta de quienes, como Delcy y Jorge Rodríguez, se han preparado para aprovechar un factor externo que desestabiliza el orden de su mundo —el desembarco de Garibaldi, el aterrizaje de los marines— y reorganizar ese mundo a su conveniencia.

Tal vez Jorge Rodríguez leyó a Lampedusa en la época en que frecuentaba las librerías y escribía ficción como el cuento que ganó el concurso de El Nacional. Tal vez vio la película de Visconti. Tal vez ni siquiera conoce esta historia: el mundo está lleno de Tancredis como él, y en Venezuela nunca han faltado. Juan Vicente Gómez también prometió cambios al derrocar a su compadre Cipriano Castro, para quedarse en el poder por 27 años, a la cabeza de una dictadura que se llevaba muy bien con las petroleras extranjeras.

En la novela, sin embargo, Tancredi termina mal: pierde un ojo, falla en su ambición de llegar al poder, paga el error de subestimar al suegro mafioso con quien se vinculó y el de sobreestimar sus propios talentos. El príncipe, como cabe esperar, desaparece con el mundo que representaba. La Italia de 1860 cambió en muchos sentidos, y dejó otras cosas tal como estaban. 
Cuando lees bien ese libro inmortal que nos dejó aquel pobre príncipe solitario de Sicilia, entiendes cómo los cínicos trabajan para apropiarse los cambios históricos, pero también te das cuenta de que nadie, ni siquiera quienes parecen más poderosos, los pueden controlar.