EL Rincón de Yanka: ARTÍCULOS

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sábado, 5 de septiembre de 2026

PARA VENEZUELA HAY DIABLOCRACIA: 👿👥💀 EL CASTROCHAVISMO COMO MAL PRIMORDIAL por ALEJANDRO PERDOMO


 «El diablo no crea, no produce, es un falso agricultor de terrenos baldíos. 
A lo sumo, un ganadero de rebaño perdido. Ni con infinitas reservas petrolíferas 
podría acabar con la barbarie, porque es padre de la barbarie».

Para Venezuela hay diablocracia
El chavismo como Mal primordial


Sabrán nuestros apreciados lectores excusar un poco la naturaleza metapolítica de esta breve disertación, pero es fundamental ir «más allá» de las coordenadas políticas de costumbre, de la política tradicional o del juego democrático. Partamos de una afirmación incendiaria: Venezuela es el más grande experimento-país del presente, donde la miseria y la crueldad se extienden por todos los rincones del mismo de parte de gobernantes y tutelados. Y aunque hay todo un fervor totalitario por parte del enemigo sombrío que tiene las riendas del país, no hay una máquina lo suficientemente totalitaria para un ejercicio omnipresente del poder. La solución del chavismo es el desgobierno, la anarquía; la gehena como medio de gobierno. La igualdad por inacción, por omisión, como en el infierno. El Caos absoluto. Por ejemplo, Dios en su perfección hizo que los ángeles se jerarquizaran por su naturaleza. A los hombres los hizo desiguales por naturaleza, para que cada uno desarrollase sus virtudes como prefiriese, para que unos mandasen sobre otros. La hueste del Diablo, sin embargo, es desigual en vicio y en pecado, mas no en virtud. En todo lo demás, son iguales; sí, como en las revoluciones. En el infierno todos son iguales, recordaba Nicolás Gómez Dávila.

Un queridísimo amigo mío, Rafael Valera, ahondaba, dentro de su cosmos audiovisual, en la crueldad que es inherente al chavismo como hueste al mando de los yermos venezolanos y, con ánimo similar, ahondamos nosotros aquí en cómo esa cratofilia (sexo del poder), que bien podría estar travestida en transición, es un fiel reflejo del que, con voluntad propia y sin arrepentimiento, niega al que debe la vida. El ejercicio de la política es siempre analógico, aunque no valoremos la dimensión metapolítica y descartemos el metanálisis tildándolo de esotérico, de teológico, de fantasioso. Lo último, sin embargo, ya lo advertían las Escrituras: nosotros no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades. Cada gobernante, decía Juan de Salisbury, era avatar de algo: el rey, de Dios y el tirano, de Satanás.

No importan las transiciones, ni las tutelas, mientras la forma de gobierno esté impregnada en una oscuridad que odia a la patria misma. El infierno, como cosmópolis unida por el pecado desenfrenado, es una revolución espiritual, en el sentido de que rompe con el hilo de oro que nos une con el Todopoderoso. Ahora, la revolución política rompe el hilo de oro que nos une al Altar, a la Patria, a nuestras tradiciones, a nuestra vida ancestral. San Agustín visualiza dos ciudades, bien es cierto, y dice, comprendiendo la dimensión real del mensaje del Nazareno, que la Ciudad Eterna, el Reino, rompe con todas las instituciones y los potentados porque lo fundamental es la vida eterna, no la vida temporal, pero no por ello niega que el hombre, que busca perfeccionarse para alcanzar a Dios en la vida eterna, tenga que valerse de medios políticos. El infierno es, por el contrario, la destrucción de toda jerarquía, de toda tradición y de todo respeto por lo que es bello, justo y divino. Es una subversión constante. La teología política chavista lleva a cimentar la idea de una diablocracia.

Una mente lúcida como la de J. R. R. Tolkien comprendió esta relación primordial entre Bien y Mal, entre lo que quiere Dios y lo que quiere el diablo, o lo que quieren los hombres que, en su degeneración y salvajismo, le siguen. El Enemigo, que es el adversario de toda la Tierra Media, es adicto al poder y a conservarlo; es una suerte de alegoría a la rebelión, pero también al Estado y su obsesión con la industria, con el dominio, con el aglutinar a todos los hombres. Las reminiscencias espectrales de Chávez nos miran diligentemente, como el Ojo veía a todas las criaturas de la Tierra Media: «El Poder Oscuro, con el Ojo vuelto hacia adentro, sopesando las noticias de peligro e incertidumbre», mientras el ejercicio necropolítico sigue haciendo prescindible al venezolano, como ganado. En el archipiélago Venezuela los hombres mueren por armas del Estado, o por instrumentalización de los desastres naturales. Y los servidores del Mal incesantemente trabajan para hacer de la miseria la moneda de curso, como narra Gollum, que es una buena alegoría del estado de barbarie del venezolano: «¡Espectros con alas! Son los siervos del Tesoro. Lo ven todo, todo. ¡Nada puede ocultárseles!».

Por ello y más, la tutela es una realidad, pero un cambio político, que los incautos llaman, por ejemplo, transición, es un flatus vocis. El Ojo persiste en sus propósitos, aunque observe silenciosamente. Gobierna para que otros mueran y para que los espectros de la Revolución, esos que todavía siguen acechándonos, nos recuerden el origen blasfemo de toda esta desgracia. Queda un Estado nigromante, por tomar a préstamo la expresión de la profesora Troconis. El Ojo, o más bien los Ojos, nos mira mientras vivimos el espejismo de un progresismo repentino, de una modernización urgente que acabe con los males que sufren los venezolanos desde hace más de 20 años. Pero la verdad, porque solo nos importa la verdad, es que «el mal puede remedar, no crear: no seres verdaderos, con vida propia». El zombi venezolano no puede aspirar a más, mientras el nigromante mantenga el conjuro.

El país ranchificado parece aquella estepa industrial del Ojo, que fue introducida al mundo literario como metáfora de la modernidad, pero también como metáfora de los infiernos. Allí no hay nada que salvar, allí no crece nada. No hay vida, no hay esperanza. El gran barrio archipiélago de Caracas, que es lo poco que podemos ver del Valle, es lo que describen en el ficticio Isengard: «Él y esas gentes inmundas hacen estragos ahora, derribando árboles allá en la frontera, buenos árboles». Lo importante para el adversario es que la candela queme y carbonice todo vestigio de civilización porque, al final, si recordamos lo que dijo Belloc, el bárbaro no puede construir; puede destruir, pero no puede sostener nada. Para nuestro hermano mayor norteamericano, que parece resistirse a su decadencia civilizatoria, a su declive imperial, es ganancia mantener a los reyezuelos tribales, o dictadores consulares, para frenar lo que en todas las latitudes se percibe.

El problema es que los diablos, incluso cuando son por naturaleza ambiciosos, no producen porque, en el fondo, no hay nada que administrar; es Dios el único administrador de almas porque es el patriarca de la economía divina. El diablo no crea, no produce, es un falso agricultor de terrenos baldíos. A lo sumo, un ganadero de rebaño perdido. Ni con infinitas reservas petrolíferas podría acabar con la barbarie, porque es padre de la barbarie. De verdad que sí es el excremento del diablo, porque solamente los bárbaros han tenido acceso a sus frutos en detrimento de todo el país. La diablocracia es maldad política, mal instrumentalizado; y dicen los realistas, los positivistas, que es imposible ver a la política desde dimensiones morales, pero la verdad es que, en el fondo, siempre existe una dimensión moral que determina, de comienzo a fin, el libre accionar del político. Venezuela es el vivo ejemplo.

Durante años, el chavismo juró que los “yanquis” nunca volverían a gobernar el país, que el petróleo era del pueblo y que negociar con EEUU. equivalía a traicionar la patria. Hoy, Delcy Eloína agradece a Donald Trump por un acuerdo petrolero que entrega a Estados Unidos un control sin precedentes sobre parte de nuestras anheladas reservas.
Confieso que existe cierta satisfacción en ver al chavismo tragarse sus palabras. Eso no tiene nombre. Pero leer la contradicción es muy distinto a vivir sus consecuencias. El venezolano de a pie no come de la humillación ideológica del régimen, ni recupera a sus desaparecidos con promesas futuras de inversión…
La revolución bolivariana terminó convirtiendo al ENEMIGO que se inventó en el SOCIO que necesitan para sobrevivir.
Eso señores, es la diablocracia: cambiar de discurso para conservar el poder, negociar lo que juraron defender y pretender que el petróleo borre sus crímenes.
El petróleo puede financiar la reconstrucción de Venezuela, pero JAMÁS debería comprar la absolución del chavismo.

jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

jueves, 11 de junio de 2026

EL "HOMBRE NUEVO" O LA ELIMINACIÓN DE LA PERSONA por MIRLA PÉREZ (LA GRAN ALDEA)


El “hombre nuevo” 
o la eliminación de la persona


La idea del “hombre nuevo” y la deshumanización son claves para entender la violencia de los proyectos totalitarios y la importancia de la memoria histórica.
Para que la memoria histórica de un conflicto sociopolítico o de una experiencia totalitaria se convierta en una garantía de no repetición, es necesario comprender algunos conceptos que han servido para justificar la violencia política. Entre ellos destaca la noción del “hombre nuevo”, una de las ideas más influyentes y peligrosas de los proyectos revolucionarios del siglo XX.

Tomaré como referencia "El libro negro del comunismo" y una observación de François Furet, citada por Stéphane Courtois, según la cual “la Unión Soviética une la fuerza material con el mesianismo del hombre nuevo”. Esta afirmación revela que el proyecto soviético no buscaba únicamente transformar la economía o las instituciones. Su aspiración era más profunda: transformar la propia naturaleza humana.
El “hombre nuevo” representaba la promesa de un individuo liberado de sus antiguas lealtades, de la religión, de las tradiciones familiares y de cualquier identidad considerada incompatible con el proyecto socialista. La revolución no pretendía únicamente reorganizar la sociedad; aspiraba a crear un nuevo tipo de ser humano.

Sin embargo, la filosofía política del siglo XX mostró los riesgos de esta pretensión. Cuando una ideología cree poseer la definición correcta del ser humano, termina considerando defectuosos a quienes no encajan en ese modelo. La persona concreta deja de ser lo importante para convertirse en objeto de transformación. Allí comienza el tránsito de la propaganda hacia la dominación.
Courtois vincula esta idea con la eliminación de las llamadas “clases enemigas”. Un ejemplo revelador es la instrucción atribuida a Martin Latsis, dirigente de la Cheka: “No hacemos la guerra contra las personas en particular. Exterminamos a la burguesía como clase”. Desde su lenguaje, ¿quién es el burgués? ¿No es una persona?
La frase expresa muerte a lo esencialmente humano: la libertad, el amor, su distinción. Ya no importan los actos, las responsabilidades o las decisiones personales. Lo determinante es la categoría social a la que se pertenece o la que se le vincula. La identidad humana es sustituida por una clasificación ideológica.

Desde esta lógica, el asesinato político es contra grupos considerados incompatibles con la revolución, pero esto requiere la muerte concreta de la persona. El enemigo deja de ser sujeto con nombre para convertirse en una abstracción. Y cuando el adversario se convierte en una abstracción, su eliminación puede presentarse como una necesidad histórica: la emergencia del hombre nuevo.
En este contexto resulta significativa una afirmación de Héctor Rodríguez: “…no es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarla a la clase media y que después pretendan ser escuálidos”.
Más allá de la coyuntura política en la que fue pronunciada, la frase deja entrever una concepción particular de la relación entre ciudadanía y poder. El problema no sería la pobreza, sino la autonomía que podría surgir de su superación. La movilidad social deja de ser un objetivo para convertirse en una amenaza. El individuo debe permanecer dentro de los límites definidos por el proyecto político y no desarrollar una identidad independiente de él.
La eliminación de la persona cumple entonces una doble función. Por una parte, suprime a quien es considerado un obstáculo para el proyecto revolucionario. Por otra, destruye la posibilidad de transmitir valores, experiencias y formas de vida distintas a las definidas por el poder. No se elimina solamente a un individuo; se intenta impedir la continuidad de aquello que representa.

El asunto no es únicamente semántico. Las ideas terminan traduciéndose en prácticas concretas. Cuando determinadas concepciones de la humanidad se convierten en políticas de Estado, sus efectos se inscriben sobre los cuerpos, las familias y las comunidades.
Por ello resulta imposible no recordar a Daniel Queliz, joven de veinte años asesinado el 11 de abril de 2017 en Valencia durante las protestas. Daniel fue el único hijo Neils Queliz, quien, semanas más tarde queda viudo a causa del suicidio de su esposa quien no soportó el dolor de la muerte de su hijo.
La pregunta permanece abierta: ¿por qué en una manifestación civil las fuerzas encargadas del orden público portaban armas capaces de producir la muerte? ¿Error o diseño?

La muerte genera terror, pero también tiene consecuencias que trascienden a la víctima inmediata. Murió Daniel. Murió también su madre. Desaparecieron los hijos que nunca pudo tener y los nietos que sus padres jamás conocerán. La violencia política no elimina únicamente vidas presentes; también destruye futuros posibles.
Por ello la memoria histórica exige mirar más allá de las cifras. Cada joven asesinado representa una biografía interrumpida, una familia rota y una familia que no existirá. La eliminación en estos sistemas posee una dimensión generacional que con frecuencia permanece invisible.
En el fondo, la discusión remite a dos concepciones opuestas de la condición humana. La tradición democrática reconoce a la persona como un sujeto libre, dotado de dignidad propia y capaz de autodeterminar su destino. La lógica totalitaria, por el contrario, concibe al individuo como instrumento de un proyecto histórico superior, necesariamente obediente y sumiso a sus propósitos.

Por eso la naturaleza profunda de los proyectos totalitarios no consiste únicamente en controlar el poder político. Su aspiración última es moldear la vida humana de acuerdo con una visión ideológica determinada. El “hombre nuevo” pasa de ser una promesa emancipadora (propaganda) para convertirse en la negación de la persona concreta.
Las protestas venezolanas de 2014 y 2017, junto al movimiento comunitario del 2024 dejaron cientos de muertos, miles de detenidos y una generación marcada por la prisión política, el exilio y la persecución. Recordar a sus víctimas no es únicamente un ejercicio de memoria. Es una defensa de la persona humana frente a cualquier proyecto que pretenda decidir quién merece vivir, quién debe obedecer y quién puede ser sacrificado en nombre de una supuesta “redención colectiva”.

Por eso, el desafío venezolano no consiste únicamente en un cambio de régimen, sino en la reconstrucción de una sociedad profundamente herida. Como ocurrió en la Europa de la posguerra, la tarea no será solo reemplazar un gobierno, sino reconstruir instituciones, comunidades, memorias.

sábado, 6 de junio de 2026

HUMANIDAD LESIONADA: LA ENCÍCLICA DE "LEÓN XVI" POPULISTA, DESENFOCADA E IDEOLOGIZADA GLOBALISTA por AGAPITO MAESTRE

Humanidad lesionada: 
el Papa sustituye a san Agustín 
y santo Tomás por Tolkien

La encíclica de León XIV es un texto escrito con mucha dificultad, 
que carece de soltura y al que le falta la espontaneidad 
de quien tiene genuina fe.


El hombre concreto disuelto en abstracciones se vuelve un peligro. Esa es la sensación que me ha provocado la lectura de la encíclica de León XIV. No he podido dejar de exclamar "la humanidad está jodida" con este tipo de rollo. Dios ha desaparecido de este texto, y al hombre, creado a su imagen y semejanza, se le ha desposeído de su carnalidad y de su alma. Y todo se lleva a cabo en nombre del 'diálogo' —'filosofema' neoidealista para uso libre de los irenistas del Vaticano—. He ahí las bases clave para construir una ideología sobre el pobrismo y el progresismo en el siglo XXI. El colmo. Provoca pavor un texto que apuesta por Tolkien y toca arrebato contra san Agustín y santo Tomás por defender la guerra justa. Por lo tanto, como dice mi amigo vallisoletano: "Tiene huevos la huevera"; sustituir a san Agustín y a santo Tomás por un escritor de literatura de evasión. Nunca pensé que el nivel de la Iglesia católica pudiera descender hasta la pobre imaginación retórica de un Tolkien.

Por cierto, la guerra justa es, sin duda alguna, algo más que un dogma de fe o una doctrina moral. Está en el inicio del Génesis y en el Apocalipsis. Es uno de los fundamentos del cristianismo. Es Dios el encargado de separar el bien del mal. Es Dios, después de librar duras batallas contra el diablo, el responsable de separar la luz del mundo de las tinieblas satánicas. El Antiguo Testamento, sí, es el principal aval de la guerra justa. Pero no entraré en discusiones teológicas. Prefiero quedarme en la religión explicada con sencillez. Jesucristo, o sea Dios, siempre habló claro y en corto, sin rigideces y para que todo el mundo entendiese su mensaje. Los dos grandes textos del cristianismo responden a ese espíritu divino: el Padrenuestro y el Credo. A la luz de esas dos grandes oraciones nadie dejará de observar que la encíclica de León XIV resulta larga, premiosa e ideológica. No se leen fácilmente más de 90 páginas y 224 citas. No transmite un mensaje claro para el pueblo cristiano, sino un fárrago de supuestas argumentaciones para dirigentes políticos de corte intervencionista.

Estamos ante un texto escrito con mucha dificultad, que carece de soltura y al que le falta la espontaneidad de quien tiene genuina fe. No agarra al toro por los cuernos. Esta encíclica no entra jamás de modo directo en los problemas —tampoco los aborda en círculos filosóficos—, sino que los 'nombra' para inmediatamente rehuirlos con rodeos tan retóricos como vacuos. La crítica a la IA es tan elemental que recuerda la 'crítica' romántica del siglo XIX a la ciencia... No creo que haya habido en la historia de la Iglesia católica muchas encíclicas tan gruesas, por decirlo suavemente, como la de León XIV. Incluso se pretende un recuento, o sea, se escribe un cuento, una nueva narrativa, sobre las encíclicas que vinieron después de la Rerum novarum, de León XIII.

Magnifica humanitas tiene un hilo directriz más ideológico que cristiano; enseña a conllevar los males del mundo con los dirigentes que los provocan. O sea, socialistas, comunistas y estatalistas aplaudirán a León XIV, seguidor disciplinado del argentino Francisco, quien se negó a participar en España en el quinto centenario de santa Teresa de Jesús y jamás criticó el kirchnerismo. Cuestiona, desde el principio hasta el final, las iniciativas de la sociedad civil, incluida la comunidad cristiana, dispuesta a no dejarse pisotear su libertad, la cristiana, por los estados: "En el pasado", dice León XIV, "eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente 'privado', y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común." Pareciera que León XIV prefiere a Putin y Xi Jinping a Elon Musk para dirigir el planeta digital y la IA... ¡Dios nos pille confesados!

Esta encíclica está más cerca de los estados que de los cristianos de base dispuestos a ganar la vida eterna con el ejercicio de su libertad. El irenismo de fondo con los dirigentes estatalistas del planeta va acompañado de una cierta displicencia hacia la sociedad... En fin, Magnífica humanidad tiene cierto parecido con el viaje programado de León XIV a España. El Papa estará en Madrid, Barcelona y en las dos islas principales de Canarias..., pero, desgraciadamente, no pasará por el Valle de los Caídos. ¿Será eso vivir en el mundo, como quería el obispo Sebastián, sin ser del mundo? ¿Quién lo sabe? No visitará la cruz más grande del mundo. Sí, León XIV cantará a los que cantan y viven del pobrismo y la inmigración ilegal y asaltan un día sí y otro también un lugar de culto sagrado como la basílica del Valle de los Caídos. Olvídense, amigos cristianos, del mensaje contenido en la pintada que hicieron al lado de la Conferencia Episcopal, el día que fue elegido papa: "¡León XIV, salva el Valle!".

Este Papa, sí, dará oxígeno a Sánchez y a Zapatero, y a todos los populismos que en el mundo existen, porque le da pavor orar ante la cruz más grande del mundo; la cruz que ideó un escultor republicano como símbolo de reconciliación entre los españoles: la Cruz del Valle de los Caídos. Cualquier abstracción le vale para no entrar en el terreno de la historia. Olvida la lección de san Agustín y de todos los grandes Padres de la Iglesia: la revelación divina no sólo se efectúa en este mundo sino que se prueba en él. 
Por eso, el propio san Agustín condenó la guerra de conquista, pero siempre defendió la guerra defensiva. He ahí la base de la gran filosofía de la guerra justa, elaborada por los grandes pensadores políticos españoles del Renacimiento y el Barroco, a la que parece haber renunciado León XIV en esta tediosa carta pastoral. Se trata de un texto más cercano a la Agenda 2030, maldad entre las peores maldades de nuestra vida, que a la solución de los nuevos problemas de esta época. Preveo, pues, un negro porvenir para los cristianos que quieran ser antes ciudadanos que buenos padres de familia. 
En modo alguno esta encíclica aborda la cuestión central del cristianismo: Dios. No enfrenta, en efecto, el apogeo del paganismo en todas sus versiones; o sea, una vez liquidado el cristianismo, han jodido y aflorado todo tipo de supersticiones, empezando por el culto a la IA..., pero de eso ya escribiremos otro día.


VER+:


...Porque para un español que conoce el percal, leer ese folleto no es leer un perfil: es asistir a una traición. La Santa Sede no describe a un presidente; blanquea a un autócrata. A un autócrata sometido a un cerco judicial sin precedentes en la democracia española, cuyo entorno más íntimo —su número dos en el partido, su exministro de confianza, su propio hermano, su mujer— desfila por los juzgados, y cuyo método de gobierno ha consistido, sin disimulo, en colonizar las instituciones, fundir el Estado con el partido, indultar a sus socios, amordazar a los contrapesos y tratar a la Justicia y a la prensa libre como enemigos a abatir. 
A ese personaje, y no a otro, el aparato comunicativo de la Iglesia lo presenta al mundo entero como un reformador progresista impecable, víctima de injusticias ajenas. Lo hace, además, en vísperas de una visita en la que el Papa pisará un país donde millones de católicos —los que llenan las iglesias que León XIV viene a abarrotar— resisten precisamente el proyecto de ese hombre, sufren su hostilidad y pagan su factura. 
Que Roma elija justo este momento para darle lustre internacional no es torpeza, ni descuido, ni neutralidad mal entendida: es alistamiento. 
La Santa Sede se ha puesto del lado del poder y contra los suyos. 
Y para el católico español que resiste, eso tiene un nombre exacto: la Iglesia le ha disparado por la espalda.

Mientras en España misa con cayucos, 
en el Vaticano prohibición de entrada 
de inmigrantes ilegales. 
Te tienes que reír…












Recordemos LOS MUROS que rodean la ciudad del Vaticano bloqueando que entren inmigrantes y necesitados. Ahora vienes y me cuentas otra milonga, Páter.

León XIV y su encíclica populista, por Agapito Maestre.

 
Obispo STRICKLAND advierte ENCÍCLICA de León XIV: CRISTO debe estar en el CENTRO

El RITUAL de INVERSIÓN para La CONSAGRACIÓN ESPACIAL de la AGENDA y El FIN de la MISA

La Ley de Inversión y la "Destrucción desde la Cuna" es lo que vamos a contemplar en los próximos días con la visita de Preboste a España, especialmente con la misa celebrada el domingo 7 de junio, solemnidad del Corpus, y misa al aire libre frente a la diosa pagana Cibeles. En el ocultismo clásico, para destruir o neutralizar un poder espiritual, no se le ataca desde la periferia; se opera un ritual de inversión en su mismo centro neurálgico o en su "cuna". 
España posee el título histórico de ser la tierra mariana por excelencia (el Pilar) y el bastión de la Contrarreforma y la defensa de la Eucaristía (los decretos de Trento). El simbolismo nos lo marca el: Iniciar la demolición definitiva de la fe en España y en el modo previsto, es algo que no es una decisión logística, sino un rito de profanación simbólica. Vencer espiritualmente a España significa, en la mente ocultista, descabezar la resistencia católica tradicional del mundo hispano.

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GEOPOLÍTICA ESOTÉRICA 👁️ 

El gran maestro Enrique de Vicente regresa a #ElCanalDelCoronel. En esta ocasión, establece una curiosa relación entre geopolítica y esoterismo. ¿Es eso posible? Nadie más que el maestro Enrique lo podría hacer. Nos habla de temas tan interesantes como: el vínculo histórico entre esoterismo y política; la relación entre comunismo y ocultismo; las raíces ocultas de la revolución americana; la ignorada metapolítica; la muy desconocida metahistoria, la crítica histórica; o la criptopolítica. También de grandes misterios actuales, como la verdadera historia de la creación y utilización de Al Qaeda y del ISIS, franquicias de servicios de inteligencia. Así como de la idéntica unanimidad con la que se anuncia como algo terrible el triunfo de Trump en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, al tiempo que se minimizan las “faltas” de Joe Biden, su familia y su entorno mediante hábiles operaciones de desinformación e influencia social. Enrique incluso analiza la importancia de las próximas elecciones europeas, en las que nos anima a votar, cuando en las elecciones nacionales recomienda no hacerlo por ser una partitocracia. Asegura que el abandono de Europa a su suerte estaba ya descrito, con absoluta precisión, por los grandes profetas, entre otros por los del bosque centroeuropeo. Cree que unas manos negras están tejiendo un escenario idéntico al anunciado por todas las tradiciones proféticas, sin que nadie quiera darse por enterado. Por supuesto, Enrique, consciente de que nos conducen a la guerra en Europa, nos exhorta salir a la calle y manifestarnos para impedirlo por todos los medios. Igualmente, nos hace un balance de la simbología del pasado eclipse solar y sus implicaciones. Sin olvidar, asegura, que la masacre en Gaza puede acabar por enfurecer a los musulmanes de todo el mundo y trastocar la estabilidad planetaria. Al tiempo que analiza las probables reacciones tanto de Israel como de Irán tras los últimos acontecimientos. 
En definitiva, un repaso, desde un punto de vista esotérico y del misterio, a los principales acontecimientos políticos y geopolíticos del momento.

En este marco de alta geopolítica esotérica, cada movimiento, fecha, diseño arquitectónico o emblema corporativo responde a una sofisticada ingeniería social y manipulación de masas. Las élites y organizaciones utilizan la guerra de símbolos para comunicar agendas, establecer narrativas subconscientes y ejercer poder mucho más allá del discurso político tradicional.

Para analizar este tablero, se suelen considerar varios pilares:
  • Sincronicidad temporal: Las fechas de eventos clave, tratados o declaraciones suelen coincidir con efemérides astrológicas o números con fuerte carga en diversas tradiciones ocultas (como el 11, 22, o 33).
  • Arquitectura y diseño: La alineación de monumentos, el trazado de ciudades capitales y el uso de geometría sagrada (como en la configuración de Washington D.C.) se interpretan como intentos de canalizar energía o dominar el espacio simbólico.
  • Heráldica institucional: Los logotipos de grandes corporaciones, organismos internacionales (como la ONU) o agencias de inteligencia ocultan arquetipos y mitologías antiguas que condicionan la psique colectiva.

miércoles, 27 de mayo de 2026

LIBRO "TIERRA ROJA": SUICIDIOS Y VIÑAS ARRANCADAS: 🍇🍷 UN THRILLER ADICTIVO Y TREPIDANTE AMBIENTADO EN EL EXCLUSIVO MUNDO DEL VINO, LAS BODEGAS Y LAS ANTIGUAS DINASTÍAS VINÍCOLAS


 TIERRA ROJA

PEPE MÜLLER

Un thriller adictivo y trepidante ambientado 
en el exclusivo mundo del vino, 
las bodegas y las antiguas dinastías vinícolas.

🍇🍷

Arnault Leclerc, propietario de la legendaria bodega bordelesa Château Marchand, aparece colgado de una soga en su habitación de hotel el día en el que iba a recibir un homenaje por el éxito de sus vinos de parte de toda la comunidad enológica. Aparentemente se trata de un suicidio, pero Cristina Castillo, una periodista especializada, sospecha que hay gato encerrado. Comienza así una investigación que irá atrapando a Cristina en una peligrosa tela de araña que envuelve las miserias y los secretos del mundo del vino.
De Washington a La Rioja, y pasando por Burdeos, Pepe Müller aprovecha todo su conocimiento sobre enología para construir una novela que todo lector aficionado al género disfrutará como el mejor tinto.

Nota del autor

Querido lector:

Este libro te trasladará a los viñedos de La Rioja y de Burdeos. Mientras disfrutas con su intrigante trama, aprenderás mucho sobre el fascinante mundo del vino y podrás descubrir excelentes representantes de ambas re­giones.
Aunque se trate de una novela de ficción, he incluido algunos hechos y personajes reales para darle más verosimilitud.

En primer lugar, el recordado enólogo riojano Ezequiel García, apodado el Brujo, al que me he tomado la libertad de homenajear.
Destacaré asimismo al abogado y crítico de vinos estadounidense Robert
M. Parker debido a su relevancia en la trama y la enología moderna.
Criado en Baltimore y gran aficionado al vino, creó la guía The Wine Ad­vocate para asesorar al consumidor. Saltó a la fama al predecir la excelencia de la añada 1982 en Burdeos, contradiciendo la opinión general de los exper­tos. Poco después, dejó la abogacía para dedicarse en exclusiva a la crítica de vinos.

Para ello, definió un método de valoración, basado en una escala de cin­cuenta a cien puntos, que pronto fue equivalente a las estrellas Michelin en la gastronomía. Si un vino obtenía cien «puntos Parker» aumentaba pronto su categoría y precio.
El impacto inicial fue positivo e impulsó la calidad en muchas bodegas.
Sin embargo, algunas adaptaron sus vinos al paladar de Parker para subir la puntuación y se fue reduciendo la diversidad. Esta «parkerización» ha hecho que el crítico ya no tenga el predicamento de 2006, año en el que se sitúa nuestra historia.

Tienes entre tus manos una novela muy sensorial. Para que puedas disfru­tarla plenamente, te recomiendo acompañarla con una copa de buen vino en la mano y escuchando su «banda sonora»...



Burdeos, al borde del abismo

Suicidios, viñas arrancadas 
y el colapso de un modelo centenario


La crisis del vino de Burdeos ha dejado de ser una abstracción económica para convertirse en una tragedia humana. En menos de un año, tres suicidios vinculados directamente al sector vitivinícola han sacudido a la región más famosa del vino mundial, revelando hasta qué punto la tormenta perfecta que asola al viñedo bordelés ha superado ya el umbral de lo asumible. No se trata solo de cifras en rojo, de excedentes o de mercados perdidos, sino de vidas rotas por la sensación de no tener salida en un territorio donde el vino no es una actividad económica más, sino una identidad.

El último de estos suicidios, ocurrido el 31 de diciembre de 2025, fue el de Guillaume Pétergne, un viticultor del Médoc que había heredado una explotación familiar centenaria. Tras años de ventas inexistentes, deudas acumuladas y participación en programas públicos de arranque de viñas como último recurso, Pétergne decidió abandonar la actividad. En una entrevista concedida meses antes de su muerte, había confesado que la idea de perder la propiedad familiar lo «roería hasta el final de sus días». A Pétergne le habían antecedido en el trance Christophe Blanc, viticultor de Castillon, y Jonathan Mayer, joven productor comprometido con la reconversión ecológica y con un papel activo en los órganos de gobernanza del sector. Tres perfiles distintos —un heredero exhausto, un viticultor tradicional y un reformista convencido— unidos por un mismo desenlace: la ruina económica convertida en derrota íntima.

Tras el tercer suicidio, el sector ha reaccionado con un gesto poco habitual en Burdeos: unidad absoluta. Todas las organizaciones profesionales, sindicatos agrarios y entidades interprofesionales han firmado un documento conjunto dirigido al Gobierno francés en el que reclaman medidas inmediatas para evitar el colapso de la viticultura regional. El diagnóstico es unánime: el sistema ha dejado de ser viable para una parte creciente de los productores.
Las cifras sostienen ese grito de auxilio. Solo en el último ejercicio, el sector habría acumulado pérdidas superiores a los 130 millones de euros. Miles de viticultores venden su uva por debajo de los costes de producción, cuando consiguen venderla. El Gobierno francés ha anunciado un plan de arranque de viñedos dotado con 130 millones de euros para los próximos años, con el objetivo de reducir superficie, aliviar excedentes y sanear el mercado. La medida supone aceptar oficialmente que una parte del Burdeos productivo ya no tiene mercado. Para muchos bodegueros, sin embargo, no es una solución, sino una eutanasia económica diferida.

A ello se suman las demandas de fondos para destilación de excedentes, la revisión de la ley Egalim para proteger los ingresos del productor, una mayor flexibilidad normativa en materia fitosanitaria y la posibilidad de crear organizaciones de productores con mayor fuerza negociadora frente a la gran distribución. La protesta ha llegado incluso a la Cité du Vin, convertida simbólicamente en escenario de «exequias de la agricultura francesa» por jóvenes agricultores que denuncian la paradoja de promover vinos extranjeros mientras el viñedo local se desangra.
Para entender la profundidad de la crisis hay que recordar qué es Burdeos. No se trata solo una región vitícola: es el arquetipo del vino moderno. Aquí se inventó, mucho antes de que existiera el término, el concepto de marca aplicada al vino. Aquí se fijó la idea de jerarquía territorial, de clasificación, de prestigio acumulado. Desde la Edad Media, cuando los vinos de Aquitania abastecían masivamente a Inglaterra tras el matrimonio de Leonor de Aquitania con Enrique II, hasta la clasificación de 1855 impulsada por Napoleón III, Burdeos ha sido sinónimo de orden, poder y comercio.

Durante siglos, el puerto de Burdeos fue una máquina logística al servicio del vino. El estuario de la Gironda permitió una expansión comercial sin precedentes. Los vinos bordeleses viajaban a Inglaterra, Flandes, Alemania y, más tarde, a América. Esa vocación exportadora moldeó el estilo: vinos pensados para largas travesías, para resistir el tiempo, para evolucionar en botella. Burdeos inventó el vino de guarda antes de que el concepto existiera.
También aquí se consolidó la noción de château como unidad simbólica. No era solo una bodega, sino un relato: una propiedad, una familia, un terroir, una continuidad. Nombres como Château Lafite‑Rothschild, Château Latour, Château Margaux o Château Haut‑Brion no solo designan vinos, sino una forma de entender el lujo, la herencia y el savoir faire.

Ese savoir faire era el santo grial al que aspirábamos, en los 90, los aficionados incipientes que ansiábamos descubrir los mejores vinos del mundo, que llegaban a nuestras enotecas y wine-bars primigenios –¡qué recuerdos de El Aloque y el Buen Provecho!– procedentes de un mosaico complejo de territorios y uvas. En la orilla izquierda dominaban los suelos calcáreos y las gravas del Médoc y de Graves, cuna de vinos estructurados y longevos basados en la variedad cabernet sauvignon. En la orilla derecha, las arcillas de Saint-Émilion y Pomerol daban protagonismo al merlot y el cabernet franc, con vinos más redondos y sedosos. A ello se sumaban los blancos secos de Pessac-Léognan, los dulces de Sauternes y Barsac, y un océano de denominaciones genéricas que son las que siempre han alimentado el mercado cotidiano. Ese equilibrio, hoy, está roto.

La campaña de venta a la avanzada (primeur) de la añada 2024 ha actuado como detonante final de una crisis larvada. Pese a rebajas de precios que en algunos casos alcanzaron el 30%, la respuesta del mercado fue el silencio. «Han sido los peores primeurs en 25 años», reconocía un comerciante británico citado por Neil Martin en Vinous, quien no duda en hablar de la mayor crisis de Burdeos desde los años treinta.

Martin describe un panorama devastador: vinos que no vendieron ni una sola caja, teléfonos que no sonaron, correos electrónicos sin respuesta. Incluso entre los grandes nombres —los 1.ers crus del Médoc—, el interés fue tibio. El problema ya no es solo el precio, sino la saturación del sistema. Hay demasiadas añadas anteriores disponibles a precios similares o inferiores. El incentivo para comprar vino que aún no existe ha desaparecido.

Desde el punto de vista cualitativo, la añada tampoco ayuda. William Kelley, en su informe para The Wine Advocate, califica 2024 como la cosecha más floja de la última década. Un año marcado por lluvias persistentes, presión extrema de mildiu, dificultades de maduración y decisiones límite en viña y bodega.
«La madurez, en resumen, fue el factor crítico», resume Kelley. Solo algunos productores, con medios técnicos y financieros suficientes, lograron sortear el desastre. El resto produjo vinos delgados, herbáceos o simplemente mediocres.
En otro contexto histórico, Burdeos habría absorbido una añada mediocre sin mayores consecuencias. Pero el mercado actual es implacable. Consumidores escaldados por la pérdida de valor de cosechas recientes, comerciantes saturados de stock y tipos de interés al alza han convertido 2024 en la prueba definitiva de que el sistema primeur ha dejado de funcionar tal como fue concebido.

Nada de esto es completamente nuevo. Burdeos lleva más de una década acumulando síntomas de agotamiento. El consumo mundial de vino tinto cae de forma estructural, especialmente entre los jóvenes. En Francia, el tinto se ha desplomado en pocos años; en China, uno de los grandes motores del auge bordelés de principios de siglo, la demanda se ha hundido. A ello se suman la competencia de regiones emergentes, el auge de blancos y espumosos, la presión sanitaria sobre el alcohol y un cambio cultural profundo.
Con un viñedo compuesto en un 85% por tintos, Burdeos es especialmente vulnerable. Ya en 2023 los viticultores pedían arrancar un 10% de la superficie. En 2024, el arranque dejó de ser un tabú para convertirse en política pública. Miles de hectáreas están destinadas a desaparecer o a reconvertirse en otros usos agrícolas. Es una cirugía mayor aplicada a un cuerpo histórico.

El ajuste, además, no es equitativo. Los châteaux de mayor prestigio pueden resistir gracias a su fama, su músculo financiero o su integración en grandes patrimonios. Pero el tejido intermedio y popular —los crus bourgeois, pequeños productores, cooperativas— es el que está cayendo. Ahí se concentran las quiebras silenciosas, las transmisiones familiares frustradas y, en los casos más extremos, las tragedias personales.
Desde The Guardian, Tim Dowling apunta a una posible salida cultural además de económica: recuperar estilos más ligeros y frescos, como el clairet de siglos pasados, adaptados a nuevos hábitos de consumo. No olvidemos que aquel tinto bordelés que nos fascinó hace décadas cambió de estilo mirando el modelo de Napa Valley y el gusto del mercado estadounidense, tornándose más oscuro, confitado, alcohólico y estructurado, al tiempo que multiplicaba sus precios por tres y por cuatro.

Solo unos pocos châteaux con vocación ultraclásica (Latour, Leóville-Las Casses, Lafleur) o bien con cierta rebeldía contracultural vinculada a la biodinámica y los vinos naturales (Le Puy, Meylet, Castel Vielh La Salle) se mantuvieron en sus trece. Casi todo el resto cayó, parafraseando a Patricia Highsmith, en la fascinación del amigo americano. Y hoy resulta difícil rectificar, no solo en estilo, sino también en el posicionamiento de precio en el mercado.

«Para una región cuya producción de vino es 85% tinto, esto es una crisis existencial», recuerda Dowling en el diario británico, subrayando que Burdeos produce cientos de millones de botellas que ya no encuentran comprador. Y no le falta razón.
Otros, como Neil Martin, son más radicales: la única salida pasa por asumir una fuerte corrección de precios, abandonar la ficción del vino como activo financiero y reconstruir la relación con el consumidor desde la honestidad. «La respuesta radica en lo que los consumidores están dispuestos a pagar por el vino, no en lo que piensa la bodega», sentencia.

Quizá ambas cosas sean ciertas. Lo que resulta indiscutible es que Burdeos ha llegado al final de un ciclo histórico. El modelo que convirtió al vino en objeto de especulación, que confundió prestigio con inflación permanente y que dio por sentado que el mundo siempre querría beber —y atesorar— sus botellas, ha dejado de funcionar.
Mientras tanto, en los viñedos de la Gironda, hay familias que arrancan cepas plantadas por sus abuelos, bodegas que cierran en silencio y viticultores que ya no ven futuro. Esa es la verdadera dimensión de la crisis. No la de los primeurs fallidos, sino la de un territorio que lucha por no perder su razón de ser.