EL Rincón de Yanka: DEMOCRACIA

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta DEMOCRACIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DEMOCRACIA. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de septiembre de 2026

PELÍCULA "EL ILUSTRE INCÓGNITO, 1943" ⚔ (A STRANGER IN TOWN): CORRUPCIÓN POLÍTICA Y SOCIAL

 
A STRANGER IN TOWN
EL ILUSTRE INCÓGNITO, 1943
⚔

En una pequeña ciudad, un abogado se presenta a las elecciones de alcalde para acabar con la corrupción. Le echa una mano un cazador forastero, que en realidad es un miembro del Tribunal Supremo de vacaciones.

Un juez del Tribunal Supremo que está de vacaciones y de incógnito (interpretado por Frank Morgan) llega a un pequeño pueblo rural controlado por la corrupción local y un alcalde mafioso. Allí ayuda de manera inesperada a un joven abogado honesto que se postula a las elecciones municipales para limpiar el ayuntamiento.
La crítica ha valorado esta obra de 67 minutos como una comedia dramática ligera, entrañable y sorprendentemente lúcida para su época de plena Segunda Guerra Mundial. Destaca por la sólida y carismática interpretación de Frank Morgan.
Hacia el final, la cinta incluye un fuerte alegato patriótico sobre la responsabilidad ciudadana, advirtiendo que la apatía del pueblo y la tolerancia hacia los políticos corruptos abren la puerta a formas de autoritarismo como el fascismo o el comunismo.

 
 El ilustre incógnito (1943, película de comrom) VOSE

Juez de la Corte Suprema, John Grant: 

- Es justo que sepan por qué yo, un extraño, me he involucrado en sus asuntos. Créame, no es porque sea juez de la Corte Suprema. Es porque, como todos los que están aquí, soy ciudadano de este país. No es poco honor. Los hombres han luchado en las revoluciones, han muerto para que los llamen «ciudadanos». Y como ciudadanos, tenemos una responsabilidad ardiente. Significa que cuando elegimos a hombres para ocupar cargos públicos, no podemos hacerlo tan a la ligera como lanzar una moneda al aire. 
Significa que, una vez que los hayamos elegido, no podemos quedarnos de brazos cruzados y decir: 
«Nuestro trabajo está hecho. Lo que hagan ahora no nos concierne». Esa filosofía de indiferencia es lo que quieren los enemigos de un gobierno decente. Si permitimos que se salgan con la suya para hacerse fuertes y despiadados, entonces la heroica lucha que unió a miles de hermosas ciudades como esta en una gran nación no significa nada. Entonces no somos ciudadanos, somos traidores. 
Las grandes libertades por las que vivimos se han comprado con sangre. El tipo de gobierno que tenemos es el tipo de gobierno que queremos. El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.  Y no puede significar cualquier tipo de gobierno. Es nuestro deber hacer que signifique un solo tipo: incorrupto, libre y unido.

VER+:




jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

lunes, 24 de agosto de 2026

LIBRO "LA REBELIÓN DE LAS ÉLITES Y LA TRAICIÓN A LA DEMOCRACIA" por CHRISTOPHER LASCH


LA  REBELIÓN 
DE LAS ÉLITES
Y LA TRAICIÓN A LA DEMOCRACIA


En esta obra estimulante, Christopher Lasch realiza una contundente crítica de las deficiencias detectadas en los valores de las élites profesionales y directivas de nuestro tiempo. Este eminente historiador; así; afirma que la democracia actual no sólo está amenazada por las masas; como ya apuntó Ortega y Gasset; sino también por las élites; de manera que la ~rebelión de las masas~ del filósofo español se convierte aquí en la rebelión de las élites~; entes móviles y con una visión cada vez más global que se niegan a aceptar límites o lazos tanto nacionales como Lasch sostiene que; al aislarse en sus redes y enclaves; abandonan la clase media; dividen la nación y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos. El autor; calculado en este punto de partida; utiliza el pasado para descubrir las raíces de nuestro dilema actual; rastrea el modo en que la meritocracia -el ascenso selectivo hacia la élite- ha ido sustituyendo gradualmente a los ideales humanistas del respeto y la tolerancia; y critica incisivamente; además de otras tendencias culturales; la moda de basar la autoestima en el éxito como (falso) remedio de los más profundos problemas sociales. La conclusión es que; por desgracia; todos nuestros males parecen proceder de la irracional e ilimitada fe de esas élites en los poderes de la ciencia y la economía global. Terminado inmediatamente antes de la muerte de Lasch; este libro constituye la culminación de su vigoroso y original pensamiento; pues; como sucede en toda su obra; la aparente sencillez y modestia de sus ideas no sólo pretenden el replanteamiento público de muchas cuestiones; sino sobre todo el examen de conciencia de todos aquellos lectores preocupados por el futuro de Occidente y de su democracia.
Su obra más célebre es "La cultura del narcisismo" (1979), que ganó el National Book Award y analiza el impacto del consumismo en la sociedad moderna.

INTRODUCCIÓN: EL MALESTAR DEMOCRÁTICO 

La mayor parte de mi obra reciente vuelve de una u otra manera a la cuestión de si la democracia tiene futuro. Creo que muchas personas se están planteando la misma pregunta. Los norteamericanos son mucho menos optimistas acerca del futuro de lo que solían, y con razón. El declive de la manufactura y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo; la disminución de la clase media; el incremento del número de pobres; el creciente índice de criminalidad; el floreciente tráfico de drogas; la decadencia de las ciudades... Las malas noticias se suceden sin fin. Nadie tiene una solución plausible para estos problemas intratables, y la mayor parte de la supuesta discusión política ni siquiera los menciona. Se libran feroces batallas ideológicas sobre temas periféricos. Las élites, que definen los temas de discusión, han perdido el contacto con el pueblo. (Véase el capítulo 2, «La rebelión de las élites».) El carácter irreal, artificial, de nuestra política refleja su aislamiento de la vida corriente, así como la secreta convicción de que los verdaderos problemas son insolubles. 

El asombro de George Bush cuando vio por primera vez un dispositivo electrónico de registro en la caja de un supermercado reveló, como en un relámpago, el abismo que separa a las clases privilegiadas del resto de la nación. Siempre ha habido una clase privilegiada, incluso en América, pero nunca ha estado tan peligrosamente aislada de su entorno. En el siglo XIX las familias ricas siempre estaban asentadas, a menudo durante varias generaciones, en un escenario determinado. En una nación de nómadas su estabilidad de residencia proporcionaba una cierta continuidad. Se reconocía a las familias antiguas, especialmente en las más viejas ciudades costeras, sólo porque resistían el hábito migratorio y echaban raíces. Su insistencia en la santidad de la propiedad privada sólo quedaba limitada por el principio de que los derechos de propiedad no eran ni absolutos ni incondicionales. Se entendía que la riqueza conllevaba obligaciones cívicas. Hay bibliotecas, museos, parques, orquestas, universidades, hospitales, etc., que son otros tantos monumentos a la munificencia de la clase alta. 

Indudablemente esta generosidad tenía un aspecto egoísta: Proclamaba la posición majestuosa de los ricos, atraía nuevas industrias y contribuía a promocionar la ciudad propia frente a las rivales. La promoción pública redundaba en buenos negocios en una época de intensa competencia entre las ciudades, cada una de las cuales aspiraba a la preeminencia. Lo importante, sin embargo, era que la filantropía implicaba a las élites en la vida de sus vecinos y de las generaciones futuras. La tentación de recluirse en un mundo propio exclusivo quedaba contrarrestada por una persistente conciencia -que en algunos círculos sobrevivió incluso durante el desenfreno de la era Gilded- de que «todos han recibido beneficios de sus antepasados», como lo expresó Horace Mann en 1846, y por tanto «todos están obligados, como por un juramento, a transmitir esos beneficios, incrementados incluso, a la posteridad». Según este autor, sólo un «ser aislado, solitario... sin relaciones con la comunidad que le rodea» podría suscribir la «arrogante doctrina de la propiedad absoluta». Mann hablaba no sólo por sí mismo sino en nombre de un considerable grupo de opinión presente en las ciudades más antiguas, en gran parte de Nueva Inglaterra y en las zonas del viejo Noroeste culturalmente dependientes de Nueva Inglaterra. 

La decadencia del dinero viejo y de su ética de la responsabilidad cívica ha hecho que en la actualidad las lealtades locales y regionales estén tristemente atenuadas. La movilidad del capital y la emergencia de un mercado mundial han contribuido a producir ese mismo efecto. Las nuevas élites, que incluyen no sólo a los directivos de corporaciones sino a todos los profesionales que producen y manipulan información -la savia vital del mercado mundial- son mucho más cosmopolitas -o al menos más inquietas y migratorias- que sus predecesoras. El progreso profesional en el mundo de los negocios exige en nuestro tiempo la voluntad de dejarse arrastrar por el canto de sirena de la oportunidad, lleve a donde lleve. Los que permanecen en la ciudad natal pierden la ocasión de ascender. El éxito nunca ha estado tan estrechamente asociado con la movilidad, concepto éste que sólo figuraba marginalmente en la definición decimonónica de la oportunidad (véase capítulo 3, «La oportunidad en la tierra prometida»). Su relevancia en el siglo xx es otro importante síntoma de la erosión del ideal democrático, que ya no pretende la igualdad de situación sino el ascenso selectivo de los que no pertenecen a las élites de la clase profesional y directiva. 

Las personas ambiciosas entienden, pues, que una forma de vida migratoria es el precio que hay que pagar por avanzar. Es un precio que pagan con satisfacción, ya que relacionan la idea de ciudad natal con la de parientes y vecinos entrometidos, chismorreos intolerantes y convenciones rígidas. Las nuevas élites están en rebelión contra la «América media» que se imaginan así: una nación tecnológicamente atrasada, políticamente reaccionaria, represiva en su moralidad sexual, de gustos semiplebeyos, pagada de sí y suficiente, torpe y vulgar. Los que aspiran a incorporarse a la nueva aristocracia de cerebros tienden a congregarse en las costas, dando la espalda al interior y vinculándose con el dinero de rápida circulación, glamour, moda y cultura popular del mercado mundial. No está claro si se consideran a sí mismos americanos. El patriotismo no se encuentra, sin duda, entre las virtudes más apreciadas por ellos. El «multiculturalismo», por el contrario, les sienta perfectamente, ya que evoca la agradable imagen de un bazar mundial en el que se pueden saborear indiscriminadamente cocinas exóticas, ropas exóticas, músicas exóticas y costumbres tribales exóticas, sin preguntas ni compromisos. Las nuevas élites sólo se sienten en casa cuando están de tránsito, yendo a una conferencia de alto nivel, a la gran inauguración de una nueva franquicia, a un festival internacional de cine o a un lugar de vacaciones no descubierto. Su visión del mundo es esencialmente la de un turista, una perspectiva que difícilmente puede suscitar una devoción apasionada por la democracia. 

En The True and Only Heaven («El único y verdadero cielo») intenté recuperar una tradición de pensamiento democrático -que podemos llamar populismo a falta de un término mejor- que ha caído en desuso. Un crítico me sorprendió afirmando que el libro no tenía nada que ver con la democracia (un malentendido que confío haber refutado en el capítulo 4, «¿Merece sobrevivir la democracia?»). Que no entendiera la tesis central del libro dice algo sobre el actual clima cultural. Muestra lo equivocados que estamos sobre el significado de la democracia, cuánto nos hemos alejado de las bases sobre las que se fundó este país. El término ha llegado a servir para describir simplemente el estado terapéutico. Cuando hablamos hoy de democracia, nos referimos con frecuencia a la democratización de la «autoestima». Las palabras de moda -diversidad, compasión, posibilitar, tener derecho- expresan la melancólica esperanza de que la buena voluntad y un lenguaje cuidadoso permitan superar las profundas divisiones de la sociedad americana. Se nos pide que reconozcamos que todas las minorías tienen derecho al respeto no por sus logros sino por sus sufrimientos pasados. Se nos dice que la compasión contribuirá de algún modo a que mejore su opinión de sí mismos, y que la prohibición del uso de epítetos raciales hará maravillas para elevar su moral. Nuestra preocupación por las palabras nos ha hecho olvidar la dura realidad, que no puede suavizarse sencillamente halagando la autoimagen de las personas. ¿En qué beneficia a los habitantes del sur del Bronx que se establezcan ciertas limitaciones lingüísticas en las universidades de la élite? 

En la primera mitad del siglo XIX la mayor parte de los que pensaban sobre estos temas daban por supuesto que la democracia debía basarse en una amplia distribución de la propiedad. Opinaban que los extremos de la riqueza y la pobreza serían fatales para la experiencia democrática. Su temor al populacho, interpretado a veces erróneamente como desdén aristocrático, procedía de la observación de que una clase obrera degradada, servil y resentida a la vez, carecía de las cualidades mentales y de carácter necesarias en una ciudadanía democrática. Pensaban que los hábitos democráticos -confianza en sí mismo, responsabilidad, iniciativa- se adquirían mejor dirigiendo un negocio o administrando una pequeña propiedad. Una «Competencia», como la llamaban, era tanto una propiedad como la inteligencia y el carácter emprendedor necesarios para administrarla. Era razonable pensar, pues, que la democracia funcionaba mejor cuanto más distribuida estaba la propiedad entre los ciudadanos. 

La idea puede expresarse más ampliamente: la democracia funciona mejor cuando los hombres y las mujeres hacen las cosas por sí mismos, con la ayuda de sus amigos y vecinos, en lugar de depender del Estado. Esto no quiere decir que haya que identificar la democracia con el individualismo estricto. La confianza en sí mismo no equivale a la suficiencia. La unidad básica de la sociedad democrática no es el individuo sino la comunidad autogobernada, como intento demostrar en los capítulos 5 ( «¿Comunitarismo o populismo?» ), 6 («La conversación y las artes cívicas») y 7 («Política racial en Nueva York»). Lo que pone en cuestión el futuro de la democracia es, más que ninguna otra cosa, la decadencia de esas comunidades. Los centros comerciales de las afueras de las ciudades no pueden sustituir los barrios. El mismo modelo de desarrollo se ha repetido ciudad tras ciudad, con los mismos resultados desalentadores. La huida de la población al extrarradio, seguida por la huida de la industria y de los puestos de trabajo, ha dejado desamparadas nuestras ciudades. A medida que los impuestos recaudados disminuyen, los servicios y medios públicos desaparecen. Los intentos de revitalizar las ciudades construyendo centros de congresos e instalaciones deportivas sólo sirven para acentuar el contraste entre la riqueza y la pobreza. La ciudad se convierte en un bazar, pero el lujo exhibido en sus tiendas, hoteles y restaurantes exclusivos está fuera del alcance de la mayoría de los residentes. Algunos de éstos recurren al crimen como único modo de acceder al deslumbrante mundo que se anuncia seductoramente como el sueño americano. Mientras tanto, a los de aspiraciones más modestas se los exprime mediante altos alquileres, rehabilitaciones de edificios antiguos que pasan a poder de personas con más medios y una política equivocada de disolución de barrios étnicos que supuestamente dificultan la integración racial. 

El populismo, tal como yo lo entiendo, nunca fue una ideología exclusivamente agraria. No aspiraba a una nación sólo de granjeros sino también de artesanos y comerciantes. Ni tampoco se oponía implacablemente a la urbanización. En los cincuenta años anteriores a la Primera Guerra Mundial, el rápido crecimiento de las ciudades, el flujo de inmigrantes y la institucionalización del trabajo asalariado supusieron un formidable reto para la democracia; pero reformadores urbanos como Jane Addams, Frederick C. Howe y Mary Parker Follett confiaban en que las instituciones democráticas podían adaptarse a las nuevas circunstancias de la vida urbana. Howe expresó la esencia del llamado movimiento progresista cuando llamó a la ciudad la «esperanza de la democracia». Los barrios urbanos parecían recrear las condiciones de la vida en pequeñas localidades con las que la democracia había estado asociada en el siglo XIX. La ciudad favorecía nuevas formas de asociación, especialmente el sindicato, así como un vivo espíritu. cívico. 

El conflicto entre el campo y la ciudad, explotado por los demagogos nativistas que pintaban la ciudad como un pozo de iniquidad, fue en gran parte ilusorio. Las mejores mentes siempre han entendido que la ciudad y el campo son complementarios y que un saludable equilibrio entre ellos es condición necesaria para que haya una buena sociedad. Este equilibrio se destruyó cuando la ciudad se convirtió en una megalópolis, después de la Segunda Guerra Mundial. La propia distinción entre la ciudad y el campo dejó de tener sentido cuando la forma predominante de asentamiento ya no fue el urbano o el rural -y mucho menos una síntesis de ambos- sino un extenso y amorfo conglomerado sin límites, espacio público o identidad cívica claramente identificables. Robert Fishman ha defendido persuasivamente la idea de que el nuevo modelo ni siquiera puede definirse adecuadamente como suburbano, ya que el barrio periférico (suburb), antes un anexo residencial de la ciudad, ha asumido ahora la mayor parte de las funciones de ésta. El centro de la ciudad conserva una importancia residual como el lugar donde se encuentran los grandes bufetes, agencias publicitarias, editoriales, empresas de espectáculos y museos, pero los barrios de clase media que sostenían una vigorosa cultura cívica están desapareciendo rápidamente. Los centros de nuestras ciudades son meros vestigios cada vez más polarizados. Los profesionales de clase media-alta y los trabajadores de servicios que proveen sus necesidades mantienen un dominio precario sobre los distritos de alquileres elevados y se atrincheran contra la pobreza y el crimen que amenazan con tragarlos. 

Todo esto no presagia nada bueno para la democracia; pero el panorama se vuelve aún más oscuro si tenemos en cuenta el deterioro del debate público. La democracia exige un vigoroso intercambio de ideas y opiniones. Las ideas, como la propiedad, deben estar distribuidas lo más ampliamente que sea posible. Sin embargo, mucha de la «mejor gente» -en su propia opinión- siempre ha sido escéptica acerca de la capacidad de los ciudadanos corrientes de entender asuntos complejos y emitir juicios criticas. Desde su punto de vista, el debate democrático degenera demasiado fácilmente en un combate de gritos en el que la voz de la razón se deja oír con poca frecuencia. Horace Mann, acertado en tantas cosas, no fue capaz de ver que la controversia política y religiosa es educativa en sí misma y por eso intentó excluir los temas conflictivos de las escuelas públicas (capítulo 8, «Las escuelas públicas»). Su afán de evitar luchas sectarias es comprensible, pero dejó un legado que puede explicar el carácter blando, inocuo y adormecedor de la educación pública actual. 

El periodismo americano ha abrigado siempre reservas similares sobre la capacidad de razonar de los hombres y las mujeres corrientes (capítulo 9, «El arte perdido de la discusión»). Según Walter Lippmann, uno de los pioneros del periodismo moderno, el «ciudadano omnicompetente» era un anacronismo en la era de la especialización. En cualquier caso, a la mayoría de los ciudadanos -pensaba- les preocupaba muy poco la substancia de la política pública. La finalidad del periodismo no era fomentar el debate público sino suministrar a los expertos la información en la que basar decisiones inteligentes. Lippmann afirmaba, en contra de John Dewey y otros veteranos del movimiento progresista, que la opinión pública no era nada sólido. Estaba más configurada por la emoción que por el juicio razonado. El mismo concepto de pueblo era sospechoso. El pueblo idealizado por los progresistas, un pueblo capaz de dirigir inteligentemente los asuntos públicos, era un «fantasma». Sólo existía en la mente de los demócratas sentimentales. 
Lippmann escribió: «El interés público por un problema se limita a esto: a que haya reglas... Al pueblo le interesa la ley, no las leyes; el método de la ley, no la substancia». Las cuestiones sustantivas podían dejarse tranquilamente a los expertos, cuyo acceso al conocimiento científico les inmunizaba contra los «símbolos» y los «estereotipos» emocionales que dominaban el debate público. 

El razonamiento de Lippmann se basaba en una tajante distinción entre la opinión y la ciencia. Pensaba que sólo ésta podía pretender ser objetiva. La opinión, por el contrario, se basaba en impresiones vagas, prejuicios y espejismos. Este culto del profesionalismo ha tenido una influencia decisiva en el desarrollo del periodismo moderno. Los periódicos podrían haber servido como extensiones de las asambleas locales. Abrazaron, por el contrario, un equivocado ideal de objetividad y definieron su finalidad como la transmisión de información fidedigna; es decir, de la clase de información que no tiende a fomentar el debate sino a evitarlo. Lo más curioso de la situación es, por supuesto, que aunque los americanos actuales se ahogan en información gracias a los periódicos, la televisión y los otros medios de comunicación, las encuestas muestran regularmente un descenso constante de su conocimiento de los asuntos públicos. 
En la «era de la información», el pueblo americano está notablemente mal informado. La explicación de esta aparente paradoja es obvia, aunque se oye pocas veces: como la mayoría de los americanos han quedado excluidos de hecho del debate público debido a su falta de competencia, las grandes cantidades de información que reciben no les sirven para nada. Se han vuelto casi tan incompetentes como sus críticos siempre habían dicho que eran; lo que nos recuerda que es el debate, y sólo el debate, el que provoca el deseo de información útil. Ante la ausencia de intercambio democrático, la mayor parte de la gente no tiene incentivo alguno para hacerse con el conocimiento que les convertiría en ciudadanos competentes. 

La engañosa distinción entre el conocimiento y la opinión reaparece, de un modo ligeramente diferente, en las controversias que han convulsionado recientemente la universidad (capítulo 10, «El pseudorradicalismo académico»). Estas controversias son encarnizadas y no llegan a ningún resultado porque ambas facciones comparten la misma premisa no reconocida: que el conocimiento debe basarse en fundamentos indiscutibles para tener peso. Una facción -identificada con la izquierda aunque su punto de vista se parece poco a la tradición que dice defender- adopta la posición de que el derrumbamiento del «fundamentismo» permite ver por primera vez que el conocimiento sólo es otro nombre del poder. Los grupos dominantes -varones blancos eurocéntricos, según la formulación acostumbrada- imponen sus ideas, sus criterios, su lectura interesada de la historia a todos los demás. Su poder de suprimir los puntos de vista diferentes les capacita supuestamente para atribuir a su propia ideología particularista el estatuto de verdad universal y trascendente. Según la izquierda académica, la demolición crítica del fundamentismo muestra la falsedad de esta atribución y permite a los grupos privados de derechos oponerse a la ortodoxia hegemónica, que sólo serviría para mantener en su sitio a las mujeres, los homosexuales y las «personas de colon». Habiendo desacreditado la visión del mundo dominante, las minorías están en disposición de sustituirla por una que les pertenezca a ellos o al menos de asegurar la misma atención a los estudios negros, los estudios feministas, los estudios gays, los estudios chicanos y otras ideologías «alternativas». Una vez identificado el conocimiento con la ideología, deja de ser necesario discutir intelectualmente con los adversarios o abrirse a su punto de vista. Basta con desecharlos por eurocéntricos, racistas, sexistas, homofóbicos... en otras palabras, por políticamente sospechosos. 

Los críticos conservadores de la universidad, comprensiblemente incómodos ante este rechazo de toda la cultura occidental, no hallan mejor modo de defenderla que apelando a la misma premisa cuyo hundimiento provoca el ataque a los clásicos: que el reconocimiento de ciertos principios axiomáticos es la condición necesaria de todo conocimiento fidedigno. Desgraciadamente para su causa, es imposible a estas alturas resucitar los absolutos que en otros tiempos parecieron constituir un cimiento firme sobre el que erigir estructuras de pensamiento seguras. La búsqueda de la certeza, que se convirtió en un tema obsesivo del pensamiento moderno cuando Descartes intentó basar la filosofía en proposiciones indudables, era un comienzo equivocado. Como señaló John Dewey, distraía la atención del verdadero objetivo de la filosofía: el de intentar lograr «juicios concretos... sobre los fines y los medios en la regulación del comportamiento práctico». Buscando lo absoluto y lo inmutable, los filósofos adoptaron una perspectiva despectiva acerca de lo temporal y contingente. Como dice Dewey: 
«La actividad práctica» se convirtió para ellos en «algo intrínsecamente inferior». En la visión del mundo de la filosofía occidental, el saber llegó a separarse del hacer, la teoría de la práctica, la mente del cuerpo. 

La persistente influencia de esta tradición tiñe la crítica conservadora de la universidad. Los conservadores afirman que el fundamentismo proporciona la única defensa contra el relativismo moral y cultural. O el conocimiento se apoya en fundamentos inmutables o los hombres y mujeres pueden pensar lo que les parezca. «Las cosas se derrumban; el centro no sostiene; la anarquía se extiende por el mundo.» Los conservadores no se cansan de citar los versos de Yeats para mostrar lo que sucede cuando los principios axiomáticos pierden su autoridad. El conflicto de la academia, sin embargo, no se debe a la carencia de fundamentos seguros sino a la creencia -compartida, hay que repetirlo, por las dos partes de este debate- de que en su ausencia el único resultado posible es un escepticismo tan profundo que no puede distinguirse del nihilismo. Dewey habría visto muy claramente que ésta no es la única alternativa posible. La revitalización del pragmatismo como objeto de estudio histórico y filosófico -uno de los escasos puntos brillantes en un panorama por lo demás desalentador- nos permite esperar que exista una salida del callejón sin salida académico. 

La búsqueda de la certeza presenta un interés no meramente académico. También incide en la acalorada controversia sobre el papel público de la religión. De nuevo los dos bandos comparten aquí a menudo la misma premisa, en este caso la de que la religión proporciona una roca de seguridad en un universo imprevisible. Según los críticos de la religión, el derrumbamiento de las viejas certezas es lo que impide (al menos a los expuestos a la influencia corrosiva de la modernidad) tomarse en serio la religión. Los defensores de la religión tienden a argumentar desde la misma premisa. Sin un conjunto de dogmas incontestables, dicen, las personas pierden sus coordenadas morales. Lo bueno y lo malo se vuelven más o menos indistinguibles. Todo está permitido. Se desafía impunemente los antiguos mandatos. 

Estos argumentos no sólo los exponen predicadores evangélicos sino, en ocasiones·, intelectuales seculares preocupados por el peligro de anarquía moral (capítulo 12, «Philip Rieff y la religión de la cultura»). Estos intelectuales deploran, con razón, la privatización de la religión, la desaparición de los asuntos religiosos del debate público. Pero hay dos graves defectos que debilitan su argumentación. En primer lugar, es imposible que la creencia religiosa recupere su fuerza sólo porque sea socialmente útil. La fe proviene del corazón. No se la puede crear a la fuerza. De todos modos, no se puede esperar que la religión suministre un código de conducta exhaustivo y definitivo que resuelva todas las discusiones y solucione todas las dudas. Curiosamente, este mismo supuesto es el que provoca la privatización de la religión. Los que quieren mantener la religión al margen de la vida pública argumentan que la creencia religiosa, por su propia naturaleza, compromete al creyente con dogmas indiscutibles que se encuentran fuera del alcance de la argumentación racional. Estos escépticos ven la religión como una colección de férreos dogmas que los fieles tienen prohibido cuestionar. Las mismas cualidades que hacen que la religión sea atractiva para los que lamentan su decadencia -la supuesta seguridad que proporciona contra la duda y la confusión, la comodidad que se dice que los fieles obtienen de un sistema hermético que no deja nada sin explicar hacen que resulte repulsiva para la mente secular. Los oponentes de la religión afirman además que inevitablemente alimenta la intolerancia, ya que los que la abrazan creen que se encuentran en posesión de verdades absolutas, exclusivas, incompatibles con otras pretensiones de verdad. Si se les da la ocasión, invariablemente intentarán que todos se adapten a sus convicciones. Las personas cultas que desdeñan la religión sospechan que la tolerancia religiosa es una contradicción en los términos; opinión aparentemente justificada por la larga historia de las guerras religiosas. 

No cabe duda de que esta visión despectiva de la religión, que lleva tanto tiempo presente entre nosotros, tiene no poco de verdad; pero no comprende el desafío que la religión supone para la complacencia, no entiende el corazón y el alma de la fe (capítulo 13, «El alma del hombre bajo el secularismo»). En lugar de desaprobar la indagación moral, la religión puede igualmente estimularla llamando la atención sobre la contradicción entre la profesión verbal y la práctica, insistiendo en que una práctica superficial de los rituales prescritos no es suficiente para asegurar la salvación y animando a los creyentes a cuestionar continuamente sus motivaciones. Lejos de anestesiar las dudas y los temores, la religión ha producido con frecuencia el efecto de intensificarlas. Juzga con mayor dureza a los que profesan la fe que a los no creyentes. Les propone un modelo de conducta tan exigente que muchos de ellos inevitablemente no pueden alcanzarlo. No tiene paciencia con los que siempre están buscando excusas, un arte en el que los americanos han alcanzado un nivel inigualable.
Si últimamente perdona las debilidades y desatinos de los hombres, no lo hace porque los ignore o porque sólo se los atribuya a los no creyentes. Para los que se toman en serio la religión, la creencia es una carga, no una santurrona convicción de poseer un estado moral privilegiado. De hecho, es posible que la suficiencia sea más frecuente entre los escépticos que entre los creyentes. La disciplina espiritual contra la suficiencia es la verdadera esencia de la religión. 

La sociedad secular interpreta mal la naturaleza de la religión porque no comprende la necesidad de esa disciplina. Ésta consuela, pero, sobre todo, desafía y confronta. Desde un punto de vista secular, la principal preocupación espiritual no es la buena conciencia sino la «autoestima» (capítulo 11, «La abolición de la vergüenza»). Dedicamos precisamente la mayor parte de nuestra energía espiritual a combatir la vergüenza y la culpa, con la finalidad de que las personas «Se sientan bien consigo mismas». Las propias Iglesias se han incorporado a este ejercicio terapéutico cuyas principales beneficiarias, al menos en teoría, son las minorías castigadas a las que una cruel historia de opresión habría privado sistemáticamente de autoestima. Lo que necesitan estos grupos, según el consenso predominante, es el consuelo espiritual proporcionado por la afirmación dogmática de su identidad colectiva. Se les anima a recuperar su herencia ancestral, a recuperar rituales olvidados y a celebrar un pasado mítico en nombre de la historia. Que este recurso vigorizante relacionado con su pasado distintivo satisfaga o no los requisitos aceptados de la interpretación histórica es un tema secundario. Lo que importa es que contribuya a una autoimagen positiva que supuestamente favorecería la asunción de los derechos propios. Se piensa que hasta los beneficios que se asocian erróneamente con la religión -seguridad, comodidad espiritual, alivio dogmático de la duda- proceden de una política terapéutica de la identidad. La política de la identidad, en efecto, ha llegado a servir de sustituto de la religión; o al menos de la sensación de buena conciencia que se confunde tan frecuentemente con la religión. 

Estos desarrollos arrojan más luz sobre la decadencia del debate democrático. La «diversidad» -un eslogan a primera vista atractivo- ha llegado a significar lo contrario de lo que parece significar. En la práctica, la diversidad sirve para legitimar un nuevo dogmatismo en el que las minorías rivales se escudan tras un conjunto de creencias intocables por la discusión racional. La segregación física de la población en enclaves cerrados y racialmente homogéneos va unida a la balcanización de la opinión. Cada grupo intenta atrincherarse tras sus propios dogmas. Nos hemos convertido en una nación de minorías. Sólo falta su reconocimiento oficial como tales para que el proceso se complete. 1 
Esta parodia de «Comunidad» -un término muy apreciado pero no muy claramente entendido- se basa en el pernicioso presupuesto de que se puede esperar que todos los miembros de un grupo dado piensen de modo semejante. En ese caso la opinión se convierte en una función de la identidad racial o étnica, del género o la preferencia sexual. Los portavoces autodesignados de las minorías fomentan esta conformidad condenando al ostracismo a los que se apartan de la línea del partido, como por ejemplo los negros que «piensan en blanco». 
¿Cuánto podrá sobrevivir en estas circunstancias el espíritu de investigación libre y debate abierto?

Mickey Kaus, uno de los redactores-jefe de New Republic, ha propuesto una interpretación del malestar democrático, con el título provocativo y ligeramente engañoso de The End of Equality («El fin de la igualdad»), que tiene mucho en común con la interpretación propuesta en estas páginas.2 Según Kaus, la amenaza más grave para la democracia en nuestra época no procede tanto de la mala distribución de la riqueza como de la decadencia y el abandono de las instituciones públicas en las que los ciudadanos se encuentran como iguales. Sostiene que la igualdad de ingresos es menos importante que el «más factible» objetivo de la igualdad social o cívica. Nos recuerda que los observadores extranjeros solían maravillarse ante la falta de esnobismo, deferencia y sentimiento de clase que había en América. Wemer Sombart escribió en 1906 que el trabajador americano no tenía <<nada de oprimido ni de sumiso». «Lleva la cabeza en alto, camina con paso ligero y su expresión es tan franca y alegre como la de cualquier miembro de la clase media.» Pocos años después R. H. Tawney advirtió que América estaba «ciertamente caracterizada por una gran desigualdad económica, pero también por una gran igualdad social».
Es esta cultura de autorrespeto la que, según Kaus, estamos en peligro de perder. 

Desde este punto de vista, el problema de nuestra sociedad no es sólo que los ricos tengan demasiado dinero sino que éste los aísla de la vida corriente mucho más de lo que solía. La «aceptación rutinaria de los profesionales como una clase distinta» le parece a Kaus de mal agüero. Igual que el «arrogante desdén por los demográficamente inferiores» de esos mismos profesionales. Yo añadiría que parte del problema es que le hemos perdido el respeto al trabajo manual honrado. Creemos que el trabajo «Creativo» consiste en una serie de operaciones mentales abstractas realizadas en una oficina, preferiblemente con la ayuda de ordenadores, y no en la producción de alimentos, viviendas y otros bienes. Las clases pensantes están fatalmente separadas del aspecto físico de la vida; por eso intentan compensarlo realizando agotadores programas de ejercicio gratuito. Sólo se relacionan con el trabajo productivo como consumidores. No tienen experiencia de hacer nada sustancial o duradero. Viven en un mundo de abstracciones e imágenes, un mundo simulado hecho de modelos informáticos de la realidad -«hiperrealidad», como se la ha llamado- distinto de la realidad palpable, inmediata, física, habitada por hombres y mujeres corrientes. Su fe en la «Construcción social de la realidad» -dogma central del pensamiento posmoderno- refleja la experiencia de vivir en un medio artificial del que ha quedado rigurosamente excluido todo lo que se resiste al control humano (así como, inevitablemente, todo lo conocido y tranquilizador). El control se ha convertido en su obsesión. La tendencia de las clases pensantes hacia el aislamiento contra el riesgo y la contingencia -contra los riesgos imprevisibles que afligen la vida humana- no sólo las ha separado del mundo común que las rodea sino de la misma realidad. 

Las guerras culturales que han convulsionado América desde los años sesenta se entienden mejor como una forma de lucha de clases en la que una élite ilustrada (como se considera a sí misma) no intenta tanto imponer sus valores a la mayoría (una mayoría percibida como incorregiblemente racista, sexista, provinciana y xenófoba), y mucho menos persuadir a la mayoría mediante un debate racional público, como crear instituciones paralelas o «alternativas» en las que ya no sería en absoluto necesario enfrentarse a los ignorantes. 

Según Kaus, la política pública no debería intentar deshacer los efectos del mercado, que inevitablemente produce desigualdad de ingresos, sino limitar su alcance; «restringir el ámbito de la vida en el que importa el dinero». 
En Spheres of Justice («Ámbitos de justicia») Michael Walzer afirma que la meta del liberalismo cívico -en cuanto distinto del «liberalismo monetario»- consiste en «crear un ámbito de la vida en el que el dinero carezca de valor, para evitar que los que tienen dinero se crean superiores». A Walter también le preocupa limitar la «extracción no sólo de riqueza sino también de prestigio e influencia del mercado», en sus palabras. Trata el problema de la justicia como un problema de límites y de «revisión de límites». El dinero, más aún que otras cosas buenas como la belleza, la elocuencia y el encanto personal, tiende a «filtrarse a través de los límites» y comprar cosas que no deberían estar en venta: exenciones del servicio militar, amor y amistad, incluso cargos políticos (por el exorbitante coste de las campañas políticas)... Walter sostiene que no se apoya mejor el principio de igualdad garantizando una distribución igualitaria de los ingresos sino poniendo límites al imperialismo del mercado, que «transforma todos los bienes sociales en mercancías». «Lo que se plantea», escribe, «... es la hegemonía del dinero fuera de su esfera». 3 

Hay mucha sabiduría en estas palabras, y los que valoran la democracia deberían tenerlas en cuenta; pero es igualmente importante recordar algo que ni Walzer ni Kaus negarían en un último análisis: que la desigualdad económica es intrínsecamente indeseable, aunque se reduzca a su propio ámbito. El lujo es algo moralmente repugnante, y además su incompatibilidad con los ideales democráticos ha sido reconocida constantemente en las tradiciones que configuran nuestra cultura política. La dificultad de limitar la influencia de la riqueza hace pensar que lo que hay que limitar es la riqueza. Cuando habla el dinero, todo lo demás está condenado a callarse. Por esta razón, una sociedad democrática no puede permitir una acumulación ilimitada. La igualdad social y cívica presupone al menos un mínimo de igualdad económica. Una «pluralidad de ámbitos», como lo llama Walzer, es sumamente deseable, y habría que hacer todo lo posible por fortalecer los límites entre ellos; pero también hay que recordar que los límites son permeables, especialmente cuando se trata de dinero, que la condena moral de las grandes fortunas debe formar parte de toda defensa del mercado libre, y que la condena moral debe recibir el apoyo de una acción política efectiva. 

En los viejos tiempos, los americanos estaban de acuerdo, al menos en principio, en que los individuos no podían atribuirse el derecho de poseer riquezas que excedieran con mucho sus necesidades. La persistencia de esta creencia -aunque haya que reconocer que a contracorriente de la celebración de la riqueza que actualmente amenaza con ahogar todos los otros valores- permite mantener una cierta esperanza de que aún no todo esté perdido.
______________________________

1. La vaguedad del concepto impide que los que intentan llevar a cabo la política de minorías se pongan de acuerdo sobre la lista de minorías reconocidas con derecho a compensaciones por haber padecido una historia de opresión. Los científicos sociales empezaron a hablar de minorías, en el sentido actual del término, durante la época del New Deal. Se refería a los grupos que se habían «singularizado... por un trato diferencial y desigual», en palabras de Louis Wirth. A las minorías nacionales de Europa se las denunciaba como agresivas y belicosas; pero a las americanas se las veía com0 víctimas en lugar de como predadoras. Desde el comienzo, el estatuto de minoría confirió a los que podían atribuírselo una cierta ventaja política y moral. Si «el mero hecho de ser odiado generalizadamente... es lo que define a un grupo minoritario», como explicaban Arnold y Caroline Rose, la ventaja moral siempre se encuentra del lado de la «minoría» (aunque constituya una mayoría estadística de la población). 
La tendencia a ampliar la categoría, con la consiguiente pérdida de precisión, ha resultado irresistible. Para los años setenta ya incluía no sólo diversos grupos étnicos y raciales sino también a las mujeres (excepto cuando se las distinguía con la absurda fórmula «las mujeres y las minorías»), los homosexuales y los grupos (por ejemplo, los sordos) tratados anteriormente por los científicos sociales como "desviados». 
El juez Lewis Powell expuso en el caso Bakke (1978), la resolución definitiva aunque confusa del Tribunal Supremo en materia de acción afirmativa, que «los Estados Unidos se han convertido en una nación de minorías». Cualquier grupo que pudiera «atribuirse una historia de discriminación previa» podía defender su estatuto de minoría y su titularidad de los «derechos» de reciente creación otorgados por los tribunales en su interpretación expansiva de la acción afirmativa. Sin embargo, también era evidente que «no todos estos grupos» podían «recibir un trato preferencial», porque en ese caso «la única "mayoría" que quedaría sería la nueva minoría de los blancos anglosajones protestantes». 
¿Cómo habría que decidir entonces exactamente qué grupos son los elegibles para un trato compensatorio? Sería difícil discrepar de la conclusión de Powell de que «no hay principio básico que permita decidir qué grupos merecen "atención judicial intensificada" y cuáles no». A pesar de su evidente imprecisión, el concepto de minoría ha ejercido una enorme influencia en la política social. Un debate público sólo podría fortalecer la oposición popular contra la acción afirmativa y la idea de minoría que la sustenta. En ausencia de ese debate, los funcionarios de la administración se encuentran en la poco envidiable situación de tener que llevar a cabo una política que carece del menor vestigio de consenso social. Philip Gleason, en una reflexiva revisión del concepto de minoría, afirma que «el trato diferencial... exige indudablemente un reconocimiento y un debate más explícitos que los que ha recibido hasta ahora». Es difícil imaginar una declaración más modesta que ésta.
2. El título de Kaus es ambiguo porque no deja en absoluto claro si lo que propone es abandonar la lucha contra la desigualdad o si la meta u objetivo («fin») apropiado de una sociedad igualitaria, tal como él la concibe, es una rica vida cívica accesible para todos, no una equiparación de ingresos. La segunda lectura es la que acaba siendo la correcta. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de que una cierta igualdad económica sea un medio o condición importante para el fin de la igualdad cívica.
3. Preocupaciones semejantes se suscitaron, mucho antes, en la obra de sociólogos más o menos vinculados al movimiento progresista, especialmente en Social Process («El proceso social»), de Charles Horton Cooley, publicado en 1907. Cooley escribió: 
«El motivo pecuniario excluye regiones tan amplias de la vida que podemos maravillarnos ante nuestro grado de confianza en el proceso del mercado». En su opinión «los valores pecuniarios no pueden expresar la vida más elevada de la sociedad». El contrapeso al mercado se encontraría en actividades realizadas por sí mismas y no por obtener recompensas extrínsecas, en el arte, la destreza y la profesionalidad. «El placer del trabajo creativo y de compartirlo con los que aprecian el producto... al contrario que el placer de poseer cosas que ganamos frente a otros... aumenta cuanto más lo compartimos, y nos sustrae al ambiente egoísta de la competición cotidiana».

Lasch, Christopher - La Rebelión de Las Élites by giannimainiero


La Cultura Del Narcisismo by Sate Luquinky


Christopher Lasch – La Rebelión de las Élites

 
La Nación frente al Globalismo | con José Javier Esparza

VER+:



viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria: «El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime? 

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre