EL Rincón de Yanka: CRISIS

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jueves, 16 de julio de 2026

LIBRO "LA MUERTE DEL PRÓJIMO" 👥 por LUIGI ZOJA y "EL NUEVO NÓMADA" por E.W. HEINE

LA MUERTE DEL PRÓJIMO


Ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo es el doble mandamiento que rigió la moral judeocristiana durante milenios. El mundo occidental se ha sostenido sobre estos dos pilares y con ellos ha conquistado el resto del mundo por la fuerza de sus armas y de su economía. 
A fines del siglo XIX el terrible grito de Nietzsche se esparció por todo el planeta: Dios ha muerto. La muerte de Dios vació el cielo, que se llenó con las divinidades de la ciencia y de la economía. 
A comienzos del siglo XXI la globalización y la revolución informática favorecen nuestra solidaridad con personas lejanas. El amor por quien está distante se convierte rápidamente en una abstracción y, como en un círculo vicioso, esa tendencia se enlaza con la indiferencia hacia quien está cerca, nuestro vecino, como producto de la cultura de masas y la descomposición de los valores tradicionales. 
El hombre de las ciudades se siente, cada vez más, rodeado de extraños. 
Luigi Zoja se pregunta si ha llegado el momento de aceptar abiertamente lo que todos vemos y experimentamos: también el prójimo ha muerto. Después de la muerte de Dios, la muerte del prójimo representa la desaparición de la segunda relación esencial para el hombre. 
El hombre cae en una soledad esencial. Es un huérfano sin precedentes en la historia. Lo es en un sentido vertical ha muerto su Padre Celestial , pero también en un sentido horizontal: ha muerto quien estaba cerca de él. Es un huérfano mire hacia donde mire.
***
EL DESAMPARO, LA FALTA DE SOLIDARIDAD, LA DESAPARICIÓN DEL "OTRO" Y UNA TECNOLOGÍA QUE FUNCIONA COMO UNA MAQUINARIA DE FABRICAR DISTANCIA, SON LOS NÚCLEOS DEL NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR ITALIANO LUIGI ZOJA: LA MUERTE DEL PRÓJIMO, QUE EL ESTUDIOSO ANUDA AL CONCEPTO VERTIDO A FINES DEL SIGLO XIX POR NIETZSCHE: "DIOS HA MUERTO".

Del latín proximus, el término prójimo tiene que ver con cercanía (el paso del darse la mano al abrazo), vecindad, reciprocidad, "apariencia visible", lo fraterno, intereses mancomunados, lo compartido que ha sido reemplazado por "individuos que hablan por celular o escuchan sus auriculares" –señala Zoja- en un nuevo tiempo "posthumano". 

El nuevo ensayo de este escritor y psicoanalista nacido en Italia en 1943, editado por el Fondo de Cultura Económica, se suma a otros títulos suyos -La voz de Filemón. Estudios sobre El libro rojo de Jung; Drogas: adicción e iniciación, La búsqueda moderna del ritual y Paranoia. La locura que hace la historia- y se ubica en la línea de otros análisis sobre un individuo seriado y globalizado, como Amor líquido del ensayista polaco Zygmunt Bauman; en el que explicita el temor a establecer relaciones duraderas. En el plano local, posee puntos comunes con Fugas. 

El fin del cuerpo en los comienzos del milenio, en el que el escritor Daniel Calmels evidencia los efectos de hábitos que empobrecen manifestaciones corporales como aceleramiento, mecanización, indiferencia. Otro título en esta línea es La era de la desolación, donde el filósofo Dardo Scavino, señala los modos en que el poder ha desarticulado los lazos sociales reemplazándolos por "la competencia salvaje, el individualismo y la percepción del semejante como enemigo".

Zoja enfoca seres modelados desde la televisión o publicidades viales adaptadas al perfil de ese consumidor: "que se siente inesperadamente halagado, pero definitivamente solo", frente a la pantalla del celular, la pantalla de la computadora portátil y también el cartel publicitario, que, agrega, "aprendió a seguirnos; juntos son 'nuestra familia'". 

Señala que la alienación viene de la mano de una curiosidad reprimida, una "artritis de la psique" que tiene que ver con "el hábito de encontrar imágenes que no son verdaderas (lo) que vuelve normal el no experimentar sentimientos ante nuevas figuras… que sí son auténticas… cuando salimos en la calle estamos acostumbrados a considerar todo como una puesta en escena comercial". 

El temor también formaría parte de este individuo enajenado merced, según Zoja, a "la inflación de las crónicas policiales", todo alentado por el negocio de "una nueva generación de sistemas de alarma y compañías de seguros" a los que podríamos agregar otros intereses como policía privada, cámaras de seguridad, etcétera. Entre los ejemplos con que refuerza su idea del individuo aislado en el "invencible mercado de la distancia", cita a un jefe indígena de la tribu estadounidense crows, hablando de la muerte espiritual de su pueblo, ya que al desaparecer el bisonte de sus campos: "las manos no tocaban más a los bisontes que la naturaleza les había asignado como prójimo; a tal punto que sus ritos se centraban en ellos". 
En un contexto humano "cada vez menos próximo", "desaparece la comunidad", "nadie está cerca de nadie" y "nadie es prójimo de nadie"; es así que toman el timón grandes consorcios empresarios que recurren a un lenguaje militar: "cadenas de mando", "escudos internos", "cavan trincheras, lanzan campañas y contraataques". Al punto de que ya se estudian las perturbaciones psicológicas del empresario de hoy -irresponsable, inadaptado, cínico, irritable, manipulador, inestable, inmoral- que, sin sentimientos de culpa y con tendencia a mentir y a sacar ventaja rápidamente, se emparenta con peligrosos psicópatas.

Zoja no deja por fuera otros aspectos ubicados en la cotidianidad como los "video games" donde se juega "a matar sin escrúpulos" poniendo la excitación por sobre el compartir, el voyerismo de quienes filman a grupos de alumnos golpeando a un compañero (podría agregarse a los militares que filman el suplicio de sus víctimas) y el snuff films en los que los asesinatos son reales. 

El libro se completa con la mención de otros símbolos de la distancia como muros y alambradas que dividen poblaciones, los cientos de miles de refugiados a la deriva estigmatizados como "invasores" y la riqueza concentrada en pocas manos a una velocidad sin precedentes. Uno de sus capítulos los dedica Zoja al joven que "ni trabaja, ni estudia, ni recibe formación" (los "neet" en inglés, los "hikikomori" en Japón), especie de eremita urbano que vive por fuera de la realidad encerrado con llave en su habitación, que duerme de día –"su madre le deja un plato de comida frente a su puerta" y solo lo conecta al mundo una computadora conectada a Internet. 

Si bien resulta por demás interesante el ensayo de Zoja sobre "la construcción de distancia" que convierte al prójimo en algo remoto, decae en su parte final donde coloca al deseo como apetito animal que encarna pulsiones sociales de cambio y emancipación que rotula -sobre todo desde los '60- como contracultura narcisista. Convierte así un legítimo y madurado deseo social (contraparte, por otro lado, de la inmediatez consumista) en factor de provocación frente al poder de turno y, por consiguiente, en responsable del accionar represivo, dando como ejemplos de este "hedonismo" utopista, que denomina "romanticismo inconsciente", tanto al Che Guevara como a los Beatles y el movimiento estudiantil del Mayo Francés.

Introducción

Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. 
Levítico, 19:18
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, 
con toda tu alma, con todas tus fuerzas 
y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
Lucas, 19:27 (Mateo, 22:36-40; Marcos, 12:28-31)

Durante milenios un doble mandamiento rigió la moral judeocristiana: ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo. A fines del siglo XIX, Nietzsche anunció: Dios ha muerto. Terminado el siglo XX, ¿acaso no ha llegado el momento de decir lo que todos vemos? También ha muerto el prójimo. Perdimos también la segunda parte del mandamiento porque cada vez sabemos menos a qué se refiere. 

“Tu prójimo” es algo muy simple: la persona que ves, que oyes, que puedes tocar. La palabra hebrea réa, en el Levítico, y la griega plesíos, en el Evangelio de Lucas, quieren decir exactamente eso: el otro que está a tu lado. Tanto el Antiguo Testamento como los Evangelios sinópticos no se refieren a un prójimo abstracto, sino a tu prójimo: el que está próximo a ti, cerca de ti, aquel sobre quien puedes apoyar tu mano. 
Santo Tomás no cree que Jesús haya resucitado: primero quiere verlo y tocarlo (Juan, 20:25). 

La cercanía siempre ha sido fundamental. Por este motivo, el acercamiento estaba protegido por ritos casi sagrados: el paso del “usted” al “tú”, el paso de estrecharse las manos a abrazarse. 
A menudo los inmigrantes nos dan miedo porque, como hablan mal nuestra lengua, nos tutean de inmediato: nos parecen invasivos, que se acercan demasiado. 

En el siglo XXI predominan la distancia y las relaciones mediadas de la técnica, por lo cual la búsqueda de la intimidad reaparece en formas tortuosas. La necesidad de proximidad, re­primida, se disfraza de sexualidad o de otros impulsos hoy formalmente permitidos. Cristo no modificó el mandamiento veterotestamentario, sino que vinculó a Dios y al prójimo, convirtiendo en absoluto también el amor hacia este último. El Antiguo Testamento se dirigía a los fieles de Yahvé, no a los demás pueblos. 

La novedad del cristianismo, generosísima pero abstracta, consiste en transformar en prójimo hasta al más lejano habitante de la Tierra. Se le debe amor en cualquier caso: he aquí la antigua raíz de ideas modernas como los derechos universales del hombre o las affirmative actions. 
El evangelista Lucas sabe que no dice algo incomprensible cuando traduce al griego (es decir, desnacionaliza) la verdad hebrea: ya desde setecientos u ochocientos años antes, la Odisea expresaba algo similar (vi, 207 y 208). 
“Todos los forasteros y pobres son de Zeus —es decir, para los griegos, el equivalente de Dios Padre—, y un exiguo don que se les haga le es grato”, había dicho Nausicaa, antecesora de María Magdalena por su sensibilidad y dulzura. En la Odisea, “don” es dòsisLa raíz indoeuropea do- significa “dar” pero también “tomar”: señala tanto la universalidad como el equilibrio de la relación entre prójimos. No es casual, por lo tanto, que en las lenguas europeas “dosis” signifique todavía hoy en día la “justa cantidad”. 

Al dar al prójimo, al amar al prójimo, le damos también a Dios lo que le es debido. El hombre justo hace cada día sus ofrendas a Dios y al prójimo. Durante milenios, el mundo judeocristiano se ha sostenido sobre estos dos pilares. Este mundo conquistó al resto del mundo por la fuerza de sus armas y de su economía: si el resultado no ha sido un genocidio general sino una globalización, esto se debe también a la fuerza —inmensa y global— de este doble mandamiento. Pero la sociedad actual es laica. A fines del siglo XIX, el terrible grito de Nietzsche se esparció por toda la tierra: “Dios ha muerto”. 

Incluso quienes no le tienen simpatía a Nietzsche deben reconocerlo como profeta: durante el siglo xx, en el mundo judeocristiano las personas religiosas pasaron de ser mayoría a ser minoría. Y también para esta minoría, la fe se ha convertido en una cuestión privada, como la elección de una filosofía, de una convicción política, incluso de un amor. La sociedad que se apoyaba en dos pilares no conservó el equilibrio desde que uno de ellos se desmoronó. 

La muerte de Dios ha vaciado el cielo. Pero nada resiste la succión del vacío. El espacio celestial se ha llenado con la admisión entre las divinidades de los milagros de la ciencia y de la economía, con la elevación a las estrellas de los deseos personales. Demasiado a menudo se olvida que desiderare [desear] significa justamente eso: dejar de (de-) confiar en los astros (sidera), prescindir de ellos, para ponerse uno mismo en su lugar en el cielo. Continuamos teniendo necesidad de adorar a alguien, pero el lugar de Dios ha sido tomado por el hombre y sus obras. Se elevan conjuntamente como modelo y meta para los demás hombres. El hombre ideal se transfigura, se diviniza. En consecuencia, ya no es un hombre cercano. Ya no tiene una apariencia visible: ahora es una visión. 

Surge entonces el culto de las personas famosas, de las celebrities. Naturalmente, las personas cercanas siguen existiendo, pero sus banales imperfecciones las vuelven más lejanas que un tiempo atrás. No es casual que a fines del siglo xix Freud inventara el psicoanálisis, que se difunde inconteniblemente en el siglo xx. El aislamiento aumenta. Un mal al que se le asigna el nombre de neurosis afecta a las personas más sensibles. 

A través del psicoanálisis reconstruirán una relación humana, no con el prójimo sino con un profesional. Su necesidad de cercanía es tan violenta que se crea un exceso de intimidad con él que se llama transferencia y se considera, a su vez, un estado neurótico. Freud sugiere técnicas para contenerla. Hace acostar al paciente en un diván para evitar su mirada. 
Con el paso del siglo XX al XXI, cede de modo irremediable también el segundo pilar del mandamiento: el hombre de las ciudades se siente, cada vez más, rodeado de extraños. 

Es tiempo, entonces, de pensar en las secuelas de Nietzsche, y decir abiertamente que también ha desaparecido el prójimo. 
Los tiempos que siguen a la “muerte de Dios” se han llamado alguna vez posteológicos o posreligiosos. Para el tiempo presente, todavía no se ha encontrado un nombre. Una posibilidad desagradable sería “posthumano”.

VER+:

El progreso se basa únicamente en el saber grupal, así lo entiende
E.W. Heine, arquitecto y escritor alemán, en su obra "El nuevo nómada":
"Un individuo aislado es incapaz de construir un automóvil o un televisor. Ni siquiera podría producir corriente eléctrica. No somos más que simples células de un gigantesco organismo, del que dependemos pase lo que pase. Si dicho organismo acabara descomponiéndose, los supervivientes vegetarían al cabo de una generación en un nivel existencial inferior incluso al de los primitivos cavernícolas".

10- Luigi Zoja - La Muerte Del Projimo by Denise Tardí


miércoles, 27 de mayo de 2026

LIBRO "TIERRA ROJA": SUICIDIOS Y VIÑAS ARRANCADAS: 🍇🍷 UN THRILLER ADICTIVO Y TREPIDANTE AMBIENTADO EN EL EXCLUSIVO MUNDO DEL VINO, LAS BODEGAS Y LAS ANTIGUAS DINASTÍAS VINÍCOLAS


 TIERRA ROJA

PEPE MÜLLER

Un thriller adictivo y trepidante ambientado 
en el exclusivo mundo del vino, 
las bodegas y las antiguas dinastías vinícolas.

🍇🍷

Arnault Leclerc, propietario de la legendaria bodega bordelesa Château Marchand, aparece colgado de una soga en su habitación de hotel el día en el que iba a recibir un homenaje por el éxito de sus vinos de parte de toda la comunidad enológica. Aparentemente se trata de un suicidio, pero Cristina Castillo, una periodista especializada, sospecha que hay gato encerrado. Comienza así una investigación que irá atrapando a Cristina en una peligrosa tela de araña que envuelve las miserias y los secretos del mundo del vino.
De Washington a La Rioja, y pasando por Burdeos, Pepe Müller aprovecha todo su conocimiento sobre enología para construir una novela que todo lector aficionado al género disfrutará como el mejor tinto.

Nota del autor

Querido lector:

Este libro te trasladará a los viñedos de La Rioja y de Burdeos. Mientras disfrutas con su intrigante trama, aprenderás mucho sobre el fascinante mundo del vino y podrás descubrir excelentes representantes de ambas re­giones.
Aunque se trate de una novela de ficción, he incluido algunos hechos y personajes reales para darle más verosimilitud.

En primer lugar, el recordado enólogo riojano Ezequiel García, apodado el Brujo, al que me he tomado la libertad de homenajear.
Destacaré asimismo al abogado y crítico de vinos estadounidense Robert
M. Parker debido a su relevancia en la trama y la enología moderna.
Criado en Baltimore y gran aficionado al vino, creó la guía The Wine Ad­vocate para asesorar al consumidor. Saltó a la fama al predecir la excelencia de la añada 1982 en Burdeos, contradiciendo la opinión general de los exper­tos. Poco después, dejó la abogacía para dedicarse en exclusiva a la crítica de vinos.

Para ello, definió un método de valoración, basado en una escala de cin­cuenta a cien puntos, que pronto fue equivalente a las estrellas Michelin en la gastronomía. Si un vino obtenía cien «puntos Parker» aumentaba pronto su categoría y precio.
El impacto inicial fue positivo e impulsó la calidad en muchas bodegas.
Sin embargo, algunas adaptaron sus vinos al paladar de Parker para subir la puntuación y se fue reduciendo la diversidad. Esta «parkerización» ha hecho que el crítico ya no tenga el predicamento de 2006, año en el que se sitúa nuestra historia.

Tienes entre tus manos una novela muy sensorial. Para que puedas disfru­tarla plenamente, te recomiendo acompañarla con una copa de buen vino en la mano y escuchando su «banda sonora»...



Burdeos, al borde del abismo

Suicidios, viñas arrancadas 
y el colapso de un modelo centenario


La crisis del vino de Burdeos ha dejado de ser una abstracción económica para convertirse en una tragedia humana. En menos de un año, tres suicidios vinculados directamente al sector vitivinícola han sacudido a la región más famosa del vino mundial, revelando hasta qué punto la tormenta perfecta que asola al viñedo bordelés ha superado ya el umbral de lo asumible. No se trata solo de cifras en rojo, de excedentes o de mercados perdidos, sino de vidas rotas por la sensación de no tener salida en un territorio donde el vino no es una actividad económica más, sino una identidad.

El último de estos suicidios, ocurrido el 31 de diciembre de 2025, fue el de Guillaume Pétergne, un viticultor del Médoc que había heredado una explotación familiar centenaria. Tras años de ventas inexistentes, deudas acumuladas y participación en programas públicos de arranque de viñas como último recurso, Pétergne decidió abandonar la actividad. En una entrevista concedida meses antes de su muerte, había confesado que la idea de perder la propiedad familiar lo «roería hasta el final de sus días». A Pétergne le habían antecedido en el trance Christophe Blanc, viticultor de Castillon, y Jonathan Mayer, joven productor comprometido con la reconversión ecológica y con un papel activo en los órganos de gobernanza del sector. Tres perfiles distintos —un heredero exhausto, un viticultor tradicional y un reformista convencido— unidos por un mismo desenlace: la ruina económica convertida en derrota íntima.

Tras el tercer suicidio, el sector ha reaccionado con un gesto poco habitual en Burdeos: unidad absoluta. Todas las organizaciones profesionales, sindicatos agrarios y entidades interprofesionales han firmado un documento conjunto dirigido al Gobierno francés en el que reclaman medidas inmediatas para evitar el colapso de la viticultura regional. El diagnóstico es unánime: el sistema ha dejado de ser viable para una parte creciente de los productores.
Las cifras sostienen ese grito de auxilio. Solo en el último ejercicio, el sector habría acumulado pérdidas superiores a los 130 millones de euros. Miles de viticultores venden su uva por debajo de los costes de producción, cuando consiguen venderla. El Gobierno francés ha anunciado un plan de arranque de viñedos dotado con 130 millones de euros para los próximos años, con el objetivo de reducir superficie, aliviar excedentes y sanear el mercado. La medida supone aceptar oficialmente que una parte del Burdeos productivo ya no tiene mercado. Para muchos bodegueros, sin embargo, no es una solución, sino una eutanasia económica diferida.

A ello se suman las demandas de fondos para destilación de excedentes, la revisión de la ley Egalim para proteger los ingresos del productor, una mayor flexibilidad normativa en materia fitosanitaria y la posibilidad de crear organizaciones de productores con mayor fuerza negociadora frente a la gran distribución. La protesta ha llegado incluso a la Cité du Vin, convertida simbólicamente en escenario de «exequias de la agricultura francesa» por jóvenes agricultores que denuncian la paradoja de promover vinos extranjeros mientras el viñedo local se desangra.
Para entender la profundidad de la crisis hay que recordar qué es Burdeos. No se trata solo una región vitícola: es el arquetipo del vino moderno. Aquí se inventó, mucho antes de que existiera el término, el concepto de marca aplicada al vino. Aquí se fijó la idea de jerarquía territorial, de clasificación, de prestigio acumulado. Desde la Edad Media, cuando los vinos de Aquitania abastecían masivamente a Inglaterra tras el matrimonio de Leonor de Aquitania con Enrique II, hasta la clasificación de 1855 impulsada por Napoleón III, Burdeos ha sido sinónimo de orden, poder y comercio.

Durante siglos, el puerto de Burdeos fue una máquina logística al servicio del vino. El estuario de la Gironda permitió una expansión comercial sin precedentes. Los vinos bordeleses viajaban a Inglaterra, Flandes, Alemania y, más tarde, a América. Esa vocación exportadora moldeó el estilo: vinos pensados para largas travesías, para resistir el tiempo, para evolucionar en botella. Burdeos inventó el vino de guarda antes de que el concepto existiera.
También aquí se consolidó la noción de château como unidad simbólica. No era solo una bodega, sino un relato: una propiedad, una familia, un terroir, una continuidad. Nombres como Château Lafite‑Rothschild, Château Latour, Château Margaux o Château Haut‑Brion no solo designan vinos, sino una forma de entender el lujo, la herencia y el savoir faire.

Ese savoir faire era el santo grial al que aspirábamos, en los 90, los aficionados incipientes que ansiábamos descubrir los mejores vinos del mundo, que llegaban a nuestras enotecas y wine-bars primigenios –¡qué recuerdos de El Aloque y el Buen Provecho!– procedentes de un mosaico complejo de territorios y uvas. En la orilla izquierda dominaban los suelos calcáreos y las gravas del Médoc y de Graves, cuna de vinos estructurados y longevos basados en la variedad cabernet sauvignon. En la orilla derecha, las arcillas de Saint-Émilion y Pomerol daban protagonismo al merlot y el cabernet franc, con vinos más redondos y sedosos. A ello se sumaban los blancos secos de Pessac-Léognan, los dulces de Sauternes y Barsac, y un océano de denominaciones genéricas que son las que siempre han alimentado el mercado cotidiano. Ese equilibrio, hoy, está roto.

La campaña de venta a la avanzada (primeur) de la añada 2024 ha actuado como detonante final de una crisis larvada. Pese a rebajas de precios que en algunos casos alcanzaron el 30%, la respuesta del mercado fue el silencio. «Han sido los peores primeurs en 25 años», reconocía un comerciante británico citado por Neil Martin en Vinous, quien no duda en hablar de la mayor crisis de Burdeos desde los años treinta.

Martin describe un panorama devastador: vinos que no vendieron ni una sola caja, teléfonos que no sonaron, correos electrónicos sin respuesta. Incluso entre los grandes nombres —los 1.ers crus del Médoc—, el interés fue tibio. El problema ya no es solo el precio, sino la saturación del sistema. Hay demasiadas añadas anteriores disponibles a precios similares o inferiores. El incentivo para comprar vino que aún no existe ha desaparecido.

Desde el punto de vista cualitativo, la añada tampoco ayuda. William Kelley, en su informe para The Wine Advocate, califica 2024 como la cosecha más floja de la última década. Un año marcado por lluvias persistentes, presión extrema de mildiu, dificultades de maduración y decisiones límite en viña y bodega.
«La madurez, en resumen, fue el factor crítico», resume Kelley. Solo algunos productores, con medios técnicos y financieros suficientes, lograron sortear el desastre. El resto produjo vinos delgados, herbáceos o simplemente mediocres.
En otro contexto histórico, Burdeos habría absorbido una añada mediocre sin mayores consecuencias. Pero el mercado actual es implacable. Consumidores escaldados por la pérdida de valor de cosechas recientes, comerciantes saturados de stock y tipos de interés al alza han convertido 2024 en la prueba definitiva de que el sistema primeur ha dejado de funcionar tal como fue concebido.

Nada de esto es completamente nuevo. Burdeos lleva más de una década acumulando síntomas de agotamiento. El consumo mundial de vino tinto cae de forma estructural, especialmente entre los jóvenes. En Francia, el tinto se ha desplomado en pocos años; en China, uno de los grandes motores del auge bordelés de principios de siglo, la demanda se ha hundido. A ello se suman la competencia de regiones emergentes, el auge de blancos y espumosos, la presión sanitaria sobre el alcohol y un cambio cultural profundo.
Con un viñedo compuesto en un 85% por tintos, Burdeos es especialmente vulnerable. Ya en 2023 los viticultores pedían arrancar un 10% de la superficie. En 2024, el arranque dejó de ser un tabú para convertirse en política pública. Miles de hectáreas están destinadas a desaparecer o a reconvertirse en otros usos agrícolas. Es una cirugía mayor aplicada a un cuerpo histórico.

El ajuste, además, no es equitativo. Los châteaux de mayor prestigio pueden resistir gracias a su fama, su músculo financiero o su integración en grandes patrimonios. Pero el tejido intermedio y popular —los crus bourgeois, pequeños productores, cooperativas— es el que está cayendo. Ahí se concentran las quiebras silenciosas, las transmisiones familiares frustradas y, en los casos más extremos, las tragedias personales.
Desde The Guardian, Tim Dowling apunta a una posible salida cultural además de económica: recuperar estilos más ligeros y frescos, como el clairet de siglos pasados, adaptados a nuevos hábitos de consumo. No olvidemos que aquel tinto bordelés que nos fascinó hace décadas cambió de estilo mirando el modelo de Napa Valley y el gusto del mercado estadounidense, tornándose más oscuro, confitado, alcohólico y estructurado, al tiempo que multiplicaba sus precios por tres y por cuatro.

Solo unos pocos châteaux con vocación ultraclásica (Latour, Leóville-Las Casses, Lafleur) o bien con cierta rebeldía contracultural vinculada a la biodinámica y los vinos naturales (Le Puy, Meylet, Castel Vielh La Salle) se mantuvieron en sus trece. Casi todo el resto cayó, parafraseando a Patricia Highsmith, en la fascinación del amigo americano. Y hoy resulta difícil rectificar, no solo en estilo, sino también en el posicionamiento de precio en el mercado.

«Para una región cuya producción de vino es 85% tinto, esto es una crisis existencial», recuerda Dowling en el diario británico, subrayando que Burdeos produce cientos de millones de botellas que ya no encuentran comprador. Y no le falta razón.
Otros, como Neil Martin, son más radicales: la única salida pasa por asumir una fuerte corrección de precios, abandonar la ficción del vino como activo financiero y reconstruir la relación con el consumidor desde la honestidad. «La respuesta radica en lo que los consumidores están dispuestos a pagar por el vino, no en lo que piensa la bodega», sentencia.

Quizá ambas cosas sean ciertas. Lo que resulta indiscutible es que Burdeos ha llegado al final de un ciclo histórico. El modelo que convirtió al vino en objeto de especulación, que confundió prestigio con inflación permanente y que dio por sentado que el mundo siempre querría beber —y atesorar— sus botellas, ha dejado de funcionar.
Mientras tanto, en los viñedos de la Gironda, hay familias que arrancan cepas plantadas por sus abuelos, bodegas que cierran en silencio y viticultores que ya no ven futuro. Esa es la verdadera dimensión de la crisis. No la de los primeurs fallidos, sino la de un territorio que lucha por no perder su razón de ser.

domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

Salvar a Occidente: el reto de Eric Zemmour


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lunes, 20 de abril de 2026

LOS PRODUCTOS BONOS BASURA O TÓXICOS PREFERENTES FINANCIEROS (HIPOTECAS SUBPRIME) DE LA BASURA DE LOS POLÍTICOS DE MIERDA 🏦💩 EN GALICIA Y EN ESPAÑA


LOS PRODUCTOS BASURA 
DE LA BASURA DE LOS POLÍTICOS DE MIERDA
🏦💩

ME HAN ELIMINADO ENTRADAS 
EN MI BLOG Y EN MIS REDES 
SOBRE EL TEMA DE 
LAS CAJAS DE AHORRO. 
Y EN INTERNET, NO APARECE NADA...
El periodo de crisis financiera y la comercialización de productos financieros complejos y de alto riesgo a clientes minoristas, un fenómeno conocido comúnmente como la comercialización de preferentes y deuda subordinada, considerados activos "basura" o de alto riesgo por su complejidad y falta de liquidez.
Aquí están los puntos clave basados en la información histórica:

Comercialización de productos de riesgo: La entidad, antes de su integración en Novagalicia Banco y su posterior quiebra, comercializó masivamente participaciones preferentes y deuda subordinada a pequeños ahorradores, muchos de los cuales no tenían perfil inversor para este tipo de productos.
Consecuencias y estafa: Estas prácticas llevaron a denuncias por parte de sindicatos (como la CIG) y asociaciones de consumidores, acusando a exdirectivos de la entidad (como José Luis Méndez y Mauro Varela) de estafa y administración desleal, alegando una estrategia para ocultar la situación real de insolvencia de la caja.

Quiebra y saneamiento: Caixa Galicia (integrada en NCG) quebró y tuvo que ser intervenida, resultando en pérdidas millonarias para los contribuyentes (8.000 millones de euros) y en la venta de la entidad al grupo venezolano Banesco por 1.003 millones en 2013.
Situación actual: Tras la reestructuración bancaria, el grupo resultante fue adquirido y el banco original de Caixa Galicia desapareció. Actualmente, las referencias a CaixaBank y "residuos" son de carácter ambiental, enfocadas en programas de recogida de basura en entornos naturales.
En resumen, el concepto de "productos basura" aplicado a Caixa Galicia se refiere a la venta de productos financieros tóxicos que resultaron en la pérdida de ahorros de miles de clientes.


El juez cuestiona la fusión, impulsada por la Xunta 
y que costó al Estado 8.000 millones €s

La sala de lo Penal de la Audiencia Nacional afirma en un auto del pasado día 1 que las ayudas públicas que en 2010 recibió la fusión de las cajas gallegas, que ascendieron a 9.000 millones de euros, fueron motivadas por “la situación económica financiera en la que se encontraba Caixa Galicia antes de la fusión”. “CaixaNova nunca habría sido intervenida si no se hubiera visto obligada a fusionarse con Caixa Galicia, dando lugar a NovaCaixaGalicia (NCG)”, añade.
El auto que citas, dictado el 1 de octubre de 2020 por la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, constituye un documento clave para entender el colapso del sistema financiero gallego. En esta resolución, la justicia establece una distinción clara entre la salud financiera de las dos entidades originales antes de su unión forzosa.

A continuación, se detallan los puntos fundamentales que recoge el auto y el contexto de este rescate:

Conclusiones de la Audiencia Nacional

Culpa de Caixa Galicia: El tribunal afirma que la situación de insolvencia de Caixa Galicia fue la que arrastró a la nueva entidad y motivó el uso de fondos públicos.
Viabilidad de Caixanova: Según el auto, Caixanova era una entidad viable que "nunca habría sido intervenida" de no haber sido obligada a fusionarse.
Fusión Política: Se señala que la fusión fue una decisión impulsada por la Xunta de Galicia y avalada por el Banco de España para evitar la quiebra inminente de Caixa Galicia.
Inyección de capital: La intervención del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) se debió exclusivamente a los riesgos generados por el balance de la caja con sede en La Coruña.

Impacto Económico del Rescate

La cronología del coste para el contribuyente se resume en estas cifras: 
Inyección total: El Estado inyectó aproximadamente 9.000 millones de euros para sanear la entidad resultante (NovaCaixaGalicia).
Venta a Banesco: En 2013, la entidad (ya convertida en NCG Banco) fue vendida al grupo venezolano Banesco por 1.003 millones de euros, dando origen a lo que hoy es ABANCA.
Pérdida neta: El Estado dio por perdidos unos 8.000 millones de euros de dinero público tras la operación.

Consecuencias Judiciales

El auto supuso un giro en las responsabilidades legales, ya que: 
Inhibición del caso: La Audiencia Nacional se inhibió en favor de la Audiencia Provincial de Pontevedra para juzgar operaciones específicas de inversión.
Crítica a la gestión: Subrayó que los riesgos asumidos por Caixa Galicia en el sector inmobiliario fueron determinantes para el "derrumbe" de la caja única gallega.
Dato clave: La Audiencia destacó que las inversiones de Caixanova que estaban bajo sospecha (como una operación en Cangas) solo representaban el 4% de sus recursos propios y no comprometían su viabilidad.

Cómo las CAJAS de ahorro ARRUINARON ESPAÑA - VisualEconomik

MÁS ALLÁ DEL CRASH por SANTIAGO NIÑO BECERRA


LA GRAN ESTAFA 
DE LAS PREFERENTES
Abusos e impunidad de la banca durante 
la crisis financiera en España


El libro pone al descubierto las estrechas vinculaciones entre los abusos bancarios y las características del actual sistema financiero. El libro profundiza en los problemas de la asimetría de la información que preside las relaciones entre bancos y ciudadanos que se encuentran en una clara posición de inferioridad. Los bancos han incumplido masivamente la legislación de protección de los usuarios, entre los que figuraban ancianos, analfabetos, menores y enfermos de Alzheimer. El relato destaca las multitudinarias movilizaciones que fueron determinantes para que muchas personas pudieran recuperar sus ahorros. Las protestas propiciaron la concienciación de los jueces, que han dictado decenas de miles de sentencias condenatorias de los bancos, un acontecimiento sin precedentes en España.
La historia nunca contada sobre el mayor escándalo financiero español Alternativas Económicas edita La gran estafa de las preferentes, de Andreu Missé.

• Las duras quitas impuestas a los clientes atrapados, de hasta el 70% de lo invertido, se aplicaron en España sin una base legal europea específica.
• Las preferentes fueron empleadas por los bancos y cajas españoles como un instrumento de capitalización más barato al eludir el pago de impuestos entre 1998 y 2003. Durante este periodo captaron más de 18.000 millones de euros.
• La legalización de las preferentes se realizó tras una amnistía fiscal en 2003.
• Las pérdidas de los preferentistas redujeron la factura del rescate bancario español en más de 15.000 millones de euros.
• Sólo la presión de las protestas de los afectados mitigó el alcance de las pérdidas.
• Los jueces de lo civil dan la razón a los clientes engañados con decenas de miles de sentencias contra la banca mientras continúa la investigación penal. Barcelona, 7 de septiembre.
La gran estafa de las preferentes, cuyo autor es el periodista Andreu Missé, desvela el papel determinante de los abusos y malas prácticas de la banca durante la gestación, el estallido y los intentos de reparación de la crisis financiera en España.

Las duras quitas impuestas a los clientes atrapados, de hasta el 70% de lo invertido, se aplicaron en España sin una base legal europea que lo permitiera de manera específica, según la investigación periodística de Missé. Los ahorradores españoles se convirtieron de este modo en conejillos de indias sobre los que la Unión Europea asentó en 2012 una nueva doctrina de que los preferentistas participaran, además de los contribuyentes, en el rescate del sector financiero. 
El Gobierno español cedió a las presiones y no defendió lo suficiente a los afectados a sabiendas de que la comercialización de un producto de elevado riesgo se había realizado como si se tratara de un depósito. 

Resultado de ello fue una factura menos costosa del rescate bancario español que ya ha consumido 94.755 millones de ayudas directas de capital. La experiencia española sirvió de base para elaborar la nueva legislación europea a partir de 2013 que no entró en vigor con todos sus efectos hasta 2016. Las multas impuestas a las entidades financieras españolas por estas prácticas abusivas son irrisorias, pues apenas han alcanzado los diez millones de euros en los caso más elevados. 

Mientras que los diez principales bancos de Estados Unidos y Europa que han incurrido en prácticas abusivas han pagado multas que en su conjunto superan los 150.000 millones de dólares. El trabajo de Andreu Missé, director de AlterEco, ha durado más de dos años y maneja una cantidad ingente de documentación y de fuentes informativas, además de retratar decenas de perjudicados que evidencian el engaño. Los perfiles de afectados convierten el libro en lo que el autor define como “una crónica sobre los perdedores de la crisis”. 

La gran estafa de las preferentes ahonda en los orígenes en paraísos fiscales de este producto maldito, que fue empleado por bancos y cajas como un instrumento de capitalización de bajo coste, eludiendo el pago de impuestos. Entre 1998 y 2003 captaron una inversión superior a los 18.000 millones de euros. El pionero en esta práctica fue el antiguo BBV y Bankia ha sido la entidad que ha tenido un mayor número de afectados.

El trabajo expone a su vez la amnistía fiscal que resultó de la legalización de las preferentes hace trece años en España, capitaneada por el ex vicepresidente económico Rodrigo Rato y el entonces secretario de Estado de Economía y hoy ministro Luis De Guindos; se detiene en la popularización de las preferentes entre particulares convencidos de que sus ahorros estaban seguros cuando los inversores profesionales ya habían huido de un producto de alto riesgo entre tibias advertencias del supervisor; y, sobre todo, destaca las elevadas pérdidas impuestas por la UE y el Gobierno a los ahorradores españoles, que fueron más allá de lo previsto en el marco legal vigente en la Unión Europea. 

El libro atribuye a las incansables protestas de los afectados, y no a la actuación de las autoridades, la respuesta que finalmente empezaron a dar bancos y cajas al problema, que no evitaron importantes pérdidas ni lograron recuperación inmediata del dinero. La solución del arbitraje, controlado en todo momento por la banca, resolvió el problema a un número importante de perjudicados per dejó a más de 125.000 excluidos de este mecanismo. 

El autor destaca el rol clave desempeñado por los jueces de lo civil con decenas de miles de sentencias condenatorias a las entidades financieras en un escándalo que ha llegado a colapsar los juzgados y tras el que la banca española ha acabado inspirando la peor valoración ciudadana de un país europeo, sólo por detrás de la irlandesa. Varias investigaciones judiciales en la vía penal siguen abiertas.


Presentación del libro: La gran estafa de las preferentes, de Andreu Missé

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Los ciudadanos del mundo entero vivimos con inquietud la grave situación económica de nuestros días. Entre esperanzados y desconfiados, oímos las buenas palabras y los anuncios de planes salvadores con que nos bombardean nuestros gobernantes. Pero, mas que frases de aliento y anuncios de milagros que no se cumplen, lo que deseamos es saber la verdad, encontrar respuestas fiables a las preguntas que todos nos formulamos: 
¿Cuál es el origen de la actual situación económica? ¿Se trata de una crisis más, de efectos pasajeros? ¿Ha estallado la crisis, o estamos todavía en sus prolegómenos? ¿Cuál podría ser su alcance? ¿Tiene remedio? 
Santiago Niño Becerra alertó hace tiempo de que los años de vacas gordas estaban llamados a terminar, y advirtió que esta vez íbamos a enfrentarnos a una crisis verdaderamente profunda, a una crisis sistémica, que conduciría a un inevitable y necesario cambio, pues el capitalismo está agotándose. 
En El crash del 2010 desarrolla y profundiza su análisis de la situación, y ofrece respuesta a todas esas preguntas. 
Se trata de una obra valiente, clara y contundente. La crisis no ha empezado todavía, estallará con toda su crudeza en el 2010, y será larga y muy dura, sobre todo en algunos países, como España. Lo dice uno de los pocos expertos mundiales que, en los momentos de plena euforia, se atrevieron a anunciar lo que ahora apenas comenzamos a intuir.




La crisis de las hipotecas "subprime" fue una crisis financiera por desconfianza crediticia que se extendió inicialmente por los mercados financieros de Estados Unidos y fue la alarma que puso en el punto de mira a las hipotecas «basura» de Europa desde el verano de 2007, evidenciándose al verano siguiente con la crisis financiera de 2008. Generalmente, se considera el detonante de la Gran Recesión en el plano internacional, incluyendo la burbuja inmobiliaria en España.
La crisis hipotecaria, hasta octubre de 2008, se había saldado con numerosas quiebras financieras, nacionalizaciones bancarias, constantes intervenciones de los bancos centrales de las principales economías desarrolladas, profundos descensos en las cotizaciones bursátiles y un deterioro de la economía global real que ha supuesto la entrada en recesión de algunas de las economías más industrializadas.