EL Rincón de Yanka: EUROPICIDIO

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domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

Salvar a Occidente: el reto de Eric Zemmour


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viernes, 20 de marzo de 2026

LIBRO "REINICIAR ESPAÑA": de la farsa del globalismo a la revuelta de las naciones por JOSÉ JAVIER ESPARZA

REINICIAR 
ESPAÑA

de la farsa del globalismo
a la revuelta de las naciones


Una época ha terminado. Empieza otra. La época que ha terminado es la que se abrió en 1989 con el desplome del bloque soviético e inauguró la construcción del mundo global. Pero hoy el globalismo ha muerto como doctrina rectora del orden del mundo. Enfrente ha surgido una realidad nueva: el interés nacional, encarnado en China, los Estados Unidos, Rusia… Esta época que ahora empieza aún no tiene nombre, pero ya es posible ver sus perfiles. La pregunta es: y ahora nosotros, españoles, europeos, ¿qué hacemos?

Hay que estudiar cómo hemos llegado hasta aquí y bucear en nuestra decadencia. Muy particularmente, en la España desmantelada que hoy tenemos. Tal vez encontremos, pese a todo, las energías precisas para reaccionar. El desplome del gran escenario es también un signo de esperanza: la oportunidad de un reinicio. La hora de reiniciar España.

Prólogo

EL RETORNO DE LA HISTORIA

Una época ha terminado. Empieza otra. La época que ha terminado es la que se abrió en 1989 con el desplome del bloque soviético, la hegemonía mundial norteamericana y la construcción del mundo global, eso que en su día se llamó «fin de la Historia» y, después, «globalismo». La época que ahora empieza aún no tiene nombre, pero ya es posible ver sus perfiles, como las siluetas que emergen desde lo oscuro en los primeros minutos de un amanecer, en «la dudosa luz del día», por emplear el celebérrimo verso de Góngora (los clásicos están para citarlos). No podemos saber aún qué habrá al otro lado, pero sí podemos describir el paisaje y estudiar cómo hemos llegado hasta aquí. Y qué pintamos los españoles en todo esto, si es que aún tenemos algo que pintar. Ese es el tema de este libro. 

El toque de trompeta para la apertura del nuevo escenario ha sido, sin duda alguna, la segunda llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, que parece haber puesto el mundo cabeza abajo. Sin embargo, la revolución política de Trump es en muchos aspectos una respuesta a cambios que ya estaban en marcha en todas partes, también en nuestras naciones, España incluida. Nietzsche decía que la Historia llega con pasos de paloma. Esos pasos de paloma no son los zapatones de Trump taconeando en los mármoles de Mar-a-Lago, sino las grandes transformaciones, a veces silenciosas, a veces estridentes, que han modificado el rostro de nuestro mundo en los últimos decenios. Bucear en esas transformaciones, rastrear su origen, nos ayudará a entender lo que está pasando. No es sólo cuestión de poder. No es sólo cuestión de dinero. No es sólo cuestión de ideas. Es todo eso a la vez, y así hay que acostumbrarse a pensarlo. 

Muchas cosas están cambiando al mismo tiempo. Cada una de ellas influye en todas las demás y el cruce de fuerzas dibuja un paisaje crítico. Crisis es la palabra: en su origen, «crisis» remite a la raíz indoeuropea *krein-, vinculada con el acto —decisivo— de separar el grano de la paja, y de la que derivan también voces como «criterio» o «criba». La gran criba se abre ahora. Durante algo más de un cuarto de siglo, todos hemos vivido —y especialmente en las sociedades occidentales— al compás que nos han marcado las instituciones globales con sus discursos sobre el mundo sin fronteras, la emergencia climática, el «orden internacional basado en reglas», el gran reinicio financiero mundial, el control sobre la «desinformación», la disolución de las identidades tradicionales, las consignas del Foro de Davos («no tendrás nada y serás feliz»), el catecismo de la Agenda 2030, la redefinición de nuestras sociedades según roles de género, etc.

Todo eso es lo que ahora termina. El orden del mundo se ha reconfigurado a partir del ascenso de nuevos espacios de poder. El horizonte del mundo global desaparece y en su lugar emerge un paisaje multipolar. Esos espacios de poder se corresponden muy precisamente con espacios de civilización que representan maneras distintas de entender las relaciones entre los hombres y las naciones, distintas expectativas vitales y formas también distintas de estar en el mundo. Vuelven las religiones y las identidades, que en realidad nunca desaparecieron, incluso allá donde los altares han quedado vacíos. El equilibrio de nuestras sociedades también se reconfigura, con frecuencia de manera traumática. Algunos lloran, nostálgicos del mundo de ayer, proclamando las viejas verdades como si su mera invocación sirviera para devolverlas a la vida. Pero no: lo que había, se acabó. 

En el caso de las sociedades occidentales, todos estamos experimentando ahora las consecuencias de las fuerzas que durante largo tiempo hemos acumulado en la caldera: sociedades opulentas sin previsión de futuro, desmantelamiento de las identidades colectivas, olvido o condena de la propia tradición cultural, salida de la Historia (es decir, renuncia a la decisión soberana), degeneración de las democracias, natalidad negativa, incorporación de millones de personas venidas de otras culturas con sus propias reglas y su propia forma de entender el orden social, entrega de los instrumentos básicos de supervivencia (la defensa, la economía, etc.) a instituciones transnacionales sin control popular… Durante muchos años, todo eso se nos vendió como un bien: estábamos construyendo «el mejor de los mundos posibles». Tal vez lo fue. Pero el espejismo tenía fecha de caducidad: la Historia ha vuelto. Cambio de ciclo. 

Y nosotros, españoles, ¿qué? Todos estos cambios de fondo sorprenden a España en la peor de las situaciones: con un país enteramente dependiente, una sociedad desmantelada a fondo, un tejido nacional pacientemente desconstruido durante medio siglo, un paisaje político envuelto en olas de corrupción, una economía sujeta a servidumbres no siempre confesables, un discurso público hozando en la insignificancia y una moral colectiva por los suelos. En la era de las soberanías nacionales y el lenguaje crudo del poder, nosotros hemos renunciado a todo eso. Y sin embargo, todavía quedan en nuestro pueblo energías capaces de movilizarse. Basta recordar las jornadas terribles de la última riada de Valencia, en 2024, cuando miles de españoles de todas partes afluyeron con sus palas y sus botas ante la inacción del poder. Hay un pueblo vivo. Por tanto, la nación puede sobrevivir. Pero sólo a costa de un severo proceso de rectificaciones que, sin duda, no será pacífico. 

Vienen años decisivos. Lo que empieza a vislumbrarse no es agradable. No tiene por qué serlo. Muchos preferirán no mirar, incluso optarán por mirar atrás y, como la esposa de Lot en Sodoma, convertirse en estatua de sal. Pero, por otra parte, ¿hay algo más fascinante que un cambio de ciclo histórico? Miremos.

jueves, 19 de marzo de 2026

LIBRO "LA RABIA Y EL ORGULLO" por ORIANA FALLACI


LA RABIA Y EL ORGULLO

«Hay momentos, en la Vida, en los que callar se convierte en una culpa y hablar en una obligación. Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del que uno no se puede evadir». Con La rabia y el orgullo, Oriana Fallaci rompió un silencio que había durado diez años. Lo rompió inspirándose en el apocalipsis que la mañana del 11 de septiembre de 2001, no lejos de su casa de Manhattan, desintegró las dos torres de Nueva York y redujo a cenizas a miles de personas. 
Enriquecido con un dramático prefacio donde cuenta cómo nació este texto y explica por qué el terrorismo islámico no se concluye con la derrota de los talibanes en Afganistán, Oriana Fallaci describe la realidad global de la Guerra Santa. Además, cogiéndonos por sorpresa, habla de sí misma: de su trabajo, de su hermético aislamiento, de sus rigurosas e intransigentes posiciones. Insertando a menudo recuerdos personales y episodios aclaratorios de su vida, nos habla de los temas relacionados con el 11 de septiembre de 2001: Norteamérica, Europa, Italia, el Islam, nosotros. Sobre todo nosotros. Con su famoso coraje, lanza durísimas acusaciones y arroja furiosas invectivas. Con su brutal sinceridad, expone penetrantes ideas y pasiones, incómodas verdades y reflexiones que reprimió durante esos años de obstinado silencio. Este «pequeño libro», como lo calificó Oriana Fallaci en su prefacio, es en realidad un gran libro. Un libro precioso, un libro que sacude las conciencias, más bien las trastorna. Pero es también el retrato de un ama: la suya. Permanecerá en nosotros como una espina dentro de nuestra cabeza y nuestro corazón. «No queréis entender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir».

"Ahora, aquí, se discute del próximo ataque que nos golpeará con armas químicas, biológicas, radiactivas y nucleares. Se dice que la nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les proporciona los materiales. Se habla de vacunación, de máscaras de gas, de peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar... ¿Contentos? 

Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano... Pues no, queridos míos. No. El océano no es más que un hilo de agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente, la supervivencia de nuestra civilización, Nueva York somos todos nosotros. 

América somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa. Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido financiero, es decir en el sentido que me parece que es el que más os preocupa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo piensan en el dinero». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes no?»). 

Nos hundimos en todos los sentidos, querido amigo. Y en el lugar de campanas, encontraremos muecines, en vez de minifaldas, el chador, en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni esto, ni siquiera esto?

¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo. El que no tiene miedo a la guerra es un cretino. Y el que quiere hacer creer que no tiene miedo a la guerra, tal y como he escrito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbrados a tener el pie en dos estribos se sustraen a esta tragedia, a mí me parecen masoquistas". (LA RABIA Y EL ORGULLO Por Oriana Fallaci)














Oriana Fallaci - La Rabia y el Orgullo.pdf by Dylan Boquerón


lunes, 22 de diciembre de 2025

LIBRO "TATUARSE EL ALMA": 💘 APUNTES SOBRE CÓMO EL GLOBALSOCIALISMO HA DESTRUIDO A OCCIDENTE por RAÚL GONZÁLEZ ZORRILLA


Autor de 

Un libro que busca el alma perdida de Occidente
Europa se desangra. Occidente se avergüenza de su legado. El globalsocialismo, con su mezcla de tecnocracia, totalitarismo amable y demolición moral, ha impregnado cada rincón de nuestras instituciones, nuestras familias, nuestra cultura. 
Este libro ofrece un lúcido y demoledor recorrido por los síntomas del colapso: el abandono de los valores, el odio a uno mismo, el olvido de Dios, la demolición de la clase media, la invasión del sentimentalismo político, la rendición cultural, la fragilidad educativa y el silencio ante el salvajismo. Y, sobre todo, una pregunta: ¿aún queda tiempo para la resistencia?
Raúl González Zorrilla: 
“Hay espacio para la resistencia. 
Y donde hay resistencia, hay esperanza”


Raúl González Zorrilla, director de La Tribuna del País Vasco, es periodista, editor y analista cultural. Durante más de cuatro décadas ha colaborado con algunos de los medios más prestigiosos del ámbito hispano, aportando siempre una mirada incisiva, rigurosa y comprometida con los valores de la civilización occidental. Como editor, dirige diversos proyectos periodísticos, revistas culturales y medios digitales que en todo momento han apostado por el pensamiento crítico, el ensayo profundo y el análisis contracorriente. A lo largo de una carrera profesional de casi cuarenta años, González Zorrilla ha abordado cuestiones como el auge de los totalitarismos blandos, la crisis cultural de Europa, la transformación totalitaria de las democracias liberales y la amenaza global de la radicalización islamoizquierdista. Con un estilo firme y elegante, ha sabido combinar la reflexión filosófica con el pulso de la actualidad. En su nuevo libro, Tatuarse el alma. Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (Ediciones La Tribuna), el autor traza un mapa minucioso, crítico y apasionado de los procesos sociales, políticos, culturales y espirituales que, a su juicio, están conduciendo a Europa y al mundo occidental hacia una lenta y peligrosa autodestrucción. El libro, compuesto por casi medio centenar de ensayos, combina el análisis riguroso con la prosa combativa. Y lo hace sin concesiones. 

González Zorrilla es también de autor de los ensayos Terrorismo y Posmodernidad, El shock de Occidente o No deben tener miedo de mí. En el terreno de la ficción ha firmado las obras Qué haces después del caos y El poder del caos.

El título del libro es provocador: Tatuarse el alma. ¿Qué quiere expresar con él? 
El título es una metáfora. Vivimos en una época en la que los cuerpos se tatúan con una intensidad nunca vista. Pero más allá de lo estético, eso refleja un fenómeno más profundo: el deseo de dejar una huella en un mundo líquido, de marcar una identidad en un tiempo sin certezas. Al final, estamos tatuando el alma con dolor, vacío, culpa y desarraigo. Occidente se está autolesionando físicamente, espiritualmente, culturalmente, moralmente. El libro quiere ser un retrato de esa herida. 

Usted utiliza el término “globalsocialismo” como hilo conductor de sus análisis. ¿Podría concretar a qué se refiere exactamente con esta palabra? 
Con "globalsocialismo" me refiero a una ideología totalitaria de nuevo cuño que combina elementos de socialismo burocrático, globalismo tecnocrático y autoritarismo cultural. Es una amalgama promovida por élites transnacionales —económicas, políticas y mediáticas— que detestan la nación, la tradición, la familia y la libertad. No se trata del viejo socialismo de lucha obrera, sino de una sofisticada ingeniería social que impone dogmas posmodernos, restringe la libertad de expresión, cancela al disidente y controla al ciudadano desde múltiples frentes: educación, sanidad, tecnología, leyes, cultura. Es el nuevo rostro del poder. Y no tiene rostro humano. 

¿Por qué escribir un ensayo así, tan crítico con la civilización occidental contemporánea? 
Porque amo profundamente a Occidente. Y cuando uno ama, no calla. Estamos presenciando la demolición de los fundamentos que hicieron grande a esta civilización: la libertad, la verdad, la belleza, el derecho natural, la familia, el individuo, el esfuerzo. No se trata de nostalgia, sino de lucidez. Este libro no es una queja, es una advertencia y también un llamamiento. 

¿Cuál es el papel del globalsocialismo en esta demolición? 
El globalsocialismo es la ideología hegemónica de nuestras élites políticas, económicas y culturales. Su narrativa mezcla progresismo moral, autoritarismo burocrático, ingeniería social, extorsión fiscal y una sospechosa alianza con determinados intereses financieros y tecnológicos. En nombre de causas justas — como la ecología, los derechos de las minorías o la inclusión— se impone una visión totalitaria, que desprecia las raíces, borra la historia y asfixia la libertad. Es una nueva y falaz religión, sin perdón y con muchos dogmas. 

En el libro habla del arte, la arquitectura, la música, la educación, la demografía, la droga, la política, el racismo… ¿No es demasiado? 
Se trata de apuntes escritos casi a vuelapluma. Es un retrato panorámico. El declive de Occidente no está en una sola esquina. Es estructural. Por eso abordo sus múltiples manifestaciones: desde el arte que ha dejado de buscar la belleza, hasta la arquitectura que no dialoga con el alma humana; desde el empobrecimiento de la clase media, hasta el odio creciente hacia Israel, o el empeño en la eliminación del dinero físico. Todo tiene un hilo común: la pérdida de sentido moral. 

¿Y cuál es el papel del cristianismo en esta caída? 
Se crea o no en sus fundamentos religiosos, el cristianismo fue el alma de Occidente. Lo estructuró todo: la idea de persona, la dignidad humana, el límite del poder, el perdón, el tiempo lineal, el progreso moral. Al perder su brújula espiritual, Occidente ha sustituido el Dios cristiano por un Estado cada vez más absoluto, la ciencia o la ideología. Pero eso no llena. Por eso proliferan los miedos apocalípticos: cambios climáticos, pandemias, meteoritos, alienígenas, inteligencia artificial. Anhelamos redención, pero ya no sabemos dónde buscarla. 

¿Cree que hay espacio para el optimismo? 
No sé si hay espacio para el optimismo, pero sí lo hay para la resistencia. Y donde hay resistencia, hay esperanza. A lo largo del libro propongo caminos para reconstruir: desde lo cultural, lo educativo, lo político y lo espiritual. Es posible reconstruir los pilares de Occidente. Pero hay que querer hacerlo, y eso exige coraje, pensamiento crítico y amor por la verdad.

¿Cree que las democracias liberales están ya definitivamente perdidas? ¿Hay lugar para la esperanza? 
Las democracias liberales están seriamente heridas. Han sido vaciadas de contenido real: ya no representan al pueblo, sino a minorías ruidosas e ignorantes, agendas ideológicas totalitarias y burocracias supranacionales. Sin embargo, no están muertas. La historia no está escrita. Hay una reacción en marcha: desde padres que recuperan el control sobre la educación de sus hijos hasta intelectuales que rompen el silencio. La esperanza está en la resistencia. Y la resistencia empieza por la palabra, por la verdad, por el pensamiento libre. Este libro quiere ser un pequeño grano de arena en esa batalla cultural. 

¿Por qué cree que gran parte de las élites occidentales han adoptado posturas abiertamente autodestructivas? 
Porque han perdido sus raíces. La élite occidental ya no cree en Occidente. Se avergüenza de su historia, reniega de su cultura y desprecia su espiritualidad. Esta falta de fe en sí misma las hace vulnerables al nihilismo, a las ideologías woke, a las fantasías autoritarias. Además, muchas de esas élites se han globalizado: ya no responden a sus países, sino a lobbies, organismos internacionales, intereses económicos opacos. Basta ver a un inútil fanático como Pedro Sánchez, permanentemente con una insignia de la totalitaria Agenda 2030 en la misma solapa donde jamás se ha puesto un pin que represente a la nación española. En ese contexto, destruir la tradición se convierte en un negocio… y en una coartada moral para seguir acumulando poder. 

¿Qué papel juega el arte en este proceso de decadencia? ¿Por qué dedica varios capítulos a la belleza estética? 
Porque la belleza es una forma de verdad. La destrucción de la belleza —en el arte, en la arquitectura, en la música— no es solo una anécdota estética: es un síntoma profundo. Cuando una civilización deja de aspirar a la armonía, al orden, a lo sublime… es que ha perdido su norte moral y espiritual. Por eso hoy se celebra lo grotesco, lo deforme, lo vulgar. El arte ya no eleva: adoctrina o deprime. Reivindicar la belleza es, por tanto, un acto de rebelión. Es afirmar que el alma humana aún tiene un lugar. 

¿Cómo le gustaría que este libro impactara en sus lectores? 
Me gustaría que generara una sacudida. No escribo para complacer, sino para despertar. Si alguien termina Tatuarse el alma con más preguntas que respuestas, con una sospecha incómoda, con el deseo de proteger a su familia, a su cultura o a su nación… entonces ha cumplido su propósito. En tiempos de confusión, hay que pensar en voz alta. Y eso es lo que he tratado de hacer: pensar con firmeza y sin miedo. Y apuntarlo todo. Porque Occidente merece ser salvado. Y salvarlo empieza por comprender por qué lo estamos dejando morir. 

¿Cuál sería su mensaje final para los lectores? 
Que no se dejen anestesiar. Que piensen, que pregunten, que lean. Que miren a su alrededor con ojos despiertos. Lo que está en juego no es un modelo político, es una civilización. Y si Occidente desaparece, el vacío que dejará no será amable.

"Occidente se ha suicidado". 
Michel Houellebecq

PREFACIO DEL LIBRO

Un Libro escrito desde una herida

He escrito estas páginas como quien se mira una cicatriz que no deja de doler. No es un ensayo frío, ni una tesis académica. Es un libro escrito con el asombro -y a veces la rabia- de ver cómo la gran civilización que nos dio el desarrollo, el arte, la música, la libertad y la fe parece estar decidida y empeñada en borrarse a sí misma.
No escribo desde la nostalgia ni desde el rencor. Escribo desde el amor. Porque sólo se puede criticar lo que se ama de verdad. Y yo amo esta cultura, con todos sus errores y todas sus gran­dezas. Amo sus catedrales y sus bibliotecas, sus calles viejas y sus escritos, sus discusiones, sus construcciones y sus silen­cios. Amo lo que Occidente fue capaz de decir sobre el hombre, sobre la mujer y sobre Dios. Y me duele ver cómo se autoinflige heridas como si buscara olvidarse de sí mismo.

El primer capítulo de este libro nació al ver un tatuaje. Una frase breve, grabada en la piel de alguien que ni siquiera co­nocía. Me quedé pensando: ¿qué significa querer escribir en tu propio cuerpo? ¿Qué significa marcarse como si la piel no fuera suficiente? Y, sobre todo: ¿qué nos dice de una civilización que millones de personas sientan la necesidad de tatuarse el cuerpo?
Ese gesto, tan íntimo y colectivo a la vez, me pareció una me­táfora perfecta: Occidente tatuándose el alma, dejando marcas visibles de una herida invisible. A partir de ahí, el libro creció solo. De los tatuajes pasé a la belleza perdida, de la belleza a la memoria borrada, de la memoria al resentimiento, de ahí al cuerpo, la familia, la escuela, la tecnología... hasta dibujar, sin quererlo, el mapa de una autodestrucción que no es inevitable, pero que ya está en marcha.

No busco convencer a nadie de nada. No tengo un plan político ni un programa cultural que vender. Solo quiero invitar al lector a repasar conmigo estos apuntes y a observar con de­tenimiento estas marcas tatuadas tras décadas de globalsocialismo. A verlas sin miedo, sin maquillaje, sin excusas. Porque sólo lo que se nombra puede salvarse.
Si este libro consigue algo, que sea esto: que cuando el lector cierre la última página, quiera amar más lo que todavía nos queda, lo que todavía merece ser amado. Y que, como yo, sienta que la tinta de una espalda desconocida en una calle de París no es sólo estética, sino un grito silencioso de supervi­vencia: sigamos siendo lo que un día fuimos.

Raúl González Zorrilla
Alicante, verano de 2025

jueves, 18 de diciembre de 2025

LIBRO "EUROPA EN LLAMAS": DESCUBRE LAS MENTIRAS DEL SISTEMA por LUIS VALDEMORO

 EUROPA  
EN  
LLAMAS
Descubre
las mentiras del sistema

LUIS VALDEMORO

EUROPA EN LLAMAS reescribe la historia de un país tan grande como España, desmiente la falsa leyenda negra y reivindica el descubrimiento de América, así como las gestas heroicas de Las Navas de Tolosa, Lepanto y el levantamiento contra Napoleón, eventos con los cuales se libró a Europa del yugo musulmán y del dominio de un tirano.
Asimismo, relata cómo, tras la desclasificación de ciertos documentos de la CIA, se reveló que la historia no fue tal como nos la contaron. Desde la muerte de Franco, España ha funcionado como una colonia de Estados Unidos y de las élites globales, lo cual ha impedido el establecimiento de una verdadera democracia. 
El país se ha convertido en un Estado profundamente corrupto e irrelevante tanto política como económicamente, donde la censura supera incluso a la de las grandes dictaduras del mundo.

PRÓLOGO

Existe un dicho muy extendido acerca de que el peor defecto de los españoles es la envidia. Puede que sea correcto, pero no es en absoluto solo de los españoles, sino de toda la humanidad.
El primer objetivo de este libro es hacer justicia a un gran país, cuya historia ha sido un ejemplo en todos los sentidos. Sin embargo, la tremenda envidia de los ingleses y franceses primero y más adelante la de los norteamericanos, nos ha perjudicado tremendamente.

La primera gran gesta, fue la batalla de "Las Navas de Tolosa y la reconquista", en las cuales libramos a Europa del yugo árabe.
La segunda fue el descubrimiento de América y que los países del nuevo continente fueran considerados como parte de España y no colonias; las razas se fusionaron y dichos países tuvieron su etapa de mayor prosperidad en la historia. Entonces, debido a la envidia, los franceses e ingleses, sobre todo desestabilizando, financiando y extendiendo la leyenda negra, consiguieron la independencia de los diversos países.

Más adelante nos quedaban Cuba, Puerto Rico y Filipinas, los cuales los compraron los Estados Unidos por 30 millones de dólares y para disimular la ALTA TRAICIÓN cometida, fingieron una derrota deshonrosa para la armada española.
Más tarde tenemos la tremenda batalla de Lepanto, en la que salvamos a Europa del yugo Otomano y, por último, la derrota de Napoleón, la cual provocó el comienzo de su caída; debemos matizar que en dicha derrota nos ayudaron los ingleses, pero a cambio le destrozaron a España, gran parte de su industria y robaron muchas obras de arte.

España ha sido un pueblo de héroes, pero no ha tenido suerte con sus gobernantes. Las dos repúblicas fueron un desastre, los reyes Borbones nos hicieron y nos continúan haciendo mucho daño, para terminar en la guerra civil.
A partir de ese momento hemos sido y continuamos siendo una colonia de la ÉLITE y nos han manejado a su antojo, hasta el punto de obligarnos a desmantelar nuestra industria, minería agricultura, ganadería y pesca, queriendo dejarnos como un país de camareros.

Pero no nos engañemos, el mayor odio hacia España viene de adentro. Desde el corazón del gobierno se fomenta una narrativa que criminaliza su pasado; presentando como vergüenza lo que es su orgullo y no solo legitima la leyenda negra, sino que la alimenta y fortalece.
Cuando un pueblo reniega de sí mismo, ¿quién va a salir para defenderlo? Un país que no se defiende a sí mismo, entrega su legado a quienes quieren destruirlo y sin memoria no hay Identidad y sin identidad no hay futuro.
Entonces, ante la tremenda injusticia y el tristísimo momento que estamos viviendo, me veo en la obligación de defender con todas mis fuerzas al grandísimo país que es ESPAÑA Y SU HISTORIA INIGUALABLE.

El segundo objetivo es denunciar la tremenda corrupción de nuestros políticos, tanto en España como en la Unión Europea.
El tercer objetivo es desanimar a los jóvenes a emprender en Europa y sobre todo en España. Hace 20 años les envié una carta a los políticos titulada "España no es lugar para empresarios, a no ser que pertenezcas al Sistema", pues desgraciadamente la situación se ha degradado mucho desde entonces.
De igual forma cuento la historia empresarial de dos grandes empresarios junto con la mía propia y, en los tres casos, sucedió lo mismo: "Sacamos la cabeza y el Sistema nos la cortó".
El cuarto objetivo es demostrar como España nunca ha sido una democracia puesto que, los tres poderes se encuentran en las mismas manos del gobierno.
El quinto objetivo consiste en relatar como Europa y España somos marionetas de unas Elites globalistas, que deciden quien nos gobiernan y si no les gustan sencillamente lo censuran. Europa ha abandonado sus valores para convertirse en una dictadura.
Estas Elites, por medio de la agenda 2030, falsas pandemias, excesiva regulación, creación de billetes y permisividad con los inmigrantes está consiguiendo empobrecemos y borrar nuestra identidad.
Europa va en picada al precipicio, económica y geopolíticamente y ya no pintamos nada en el panorama mundial.
Por último, "Las Elites" nos involucraron en una guerra absurda con Rusia, la cual no quieren detener, pues dicha guerra es el mejor negocio y no solo nos quieren obligar a gastamos 800.000 euros en armamento, sino que nos quieren llevar directamente ala MUERTE. El sexto objetivo es desvelar mi opinión sobre los agujeros negros o escándalos ocultos, cuya verdad nunca llegaremos a conocer.

"La política es el camino 
para que los hombres sin principios 
puedan dirigir a los hombres sin memoria". 
Voltarie

LA II REPÚBLICA Y LA SIMILITUD AL MOMENTO ACTUAL

"A vosotros (políticos) os hemos formado 
en interés del estado tanto corno el propio vuestro, 
para que seáis en nuestra república 
nuestros jefes y nuestros reyes".
 Platón

El 14 de abril de 193 1se abolió la monarquía de Alfonso XIII y se proclamó la II República. Este era el abuelo del emérito Rey Juan Carlos y tuvo que marcharse al exilio.

La II República se puede dividir en tres periodos o bienios. En el primero (1931-1933) gobernó el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en coalición con partidos republicanos e independentistas. En el segundo bienio (1933-1935) fue elegida la derecha, es decir, el partido Republicano Radical y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA coalición de partidos católicos de derechas). Estos pretendieron rectificar las reformas izquierdistas del primer bienio y en octubre de 1934, el PSOE con Indalecio Prieto y la Unión General de Trabajadores (UGT), Organización vinculada al Partido Socialista el PSOE de Largo Caballero, el Partido Comunista, la CNT y la Federación Anarquista Internacional (FAI) (ambas organizaciones anarquistas) promueven la «revolución de octubre», lo cual equivalía a un «golpe de Estado». Esta fue duramente reprimida y se produjeron 2.000 muertos y 30.000 detenidos. A partir de entonces ya nada sería igual. La situación era parecida al momento actual, y se considera como el preámbulo de la guerra civil.

En febrero de 19 36 se convocan de nuevo elecciones y ganan los provocadores de la revolución del 34, es decir, una coalición llamada "El Frente Popular", la cual estaba liderada por el PSOE, con Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Republicana de Catalunya, el Partido Comunista e Izquierda Independentista (Existen muchas opiniones acerca de que estas elecciones fueron fraudulentas). Sobre dicho Frente Popular si incluyéramos a los asesinos de ETA, podríamos estar hablando del gobierno actual del PSOE de Pedro Sánchez. El problema consiste en que «cuando un pueblo no conoce su historia está condenado a repetirla».

LA GUERRA CIVIL

"España, tierra de héroes valientes guerreros 
que dieron su vida por su patria, queridos 
y admirados a la vez que temidos y odiados".

Unión Patriota de Españoles

Como hemos mencionado anteriormente, en febrero de 1936 el Frente Popular gana las elecciones y, ante la deriva que estaba tomando España, el 18 de julio del mismo año los militares organizan un golpe de Estado. Estos ganan una guerra que finalizó en el año 1939, en la cual 600.000 personas perdieron la vida y más de medio millón tuvieron que exiliarse. Las brutalidades de ambos bandos fueron tremendas y España se dividió en dos. A los militares golpistas los apoyó la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, mientras que a los republicanos fue la Rusia de Stalin. Los ganadores de la guerra nombran a Francisco Franco j efe del Estado, puesto en el que se perpetuó casi 40 años.

A los pocos meses de finalizar nuestra guerra civil, comienza la Segunda Guerra Mundial, en la cual Franco, sin entrar de lleno en ella, sí apoyó a Hitler. Una vez que los aliados derrotaron a Alemania, los EE. UU repartieron el plan Marshall con el fin de ayudar a la reconstrucción de los países afectados, de la cual España no pudo beneficiarse .

POSGUERRA Y LA SEGURIDAD

Franco, al ganar la guerra, impuso una dictadura militar en toda España, lo cual provocó un aislamiento internacional y se abrió un periodo llamado «la autarquía», con una crisis económica permanente, que acabó con el plan de estabilización del año 1959. Dentro de este periodo, desde el final de la guerra en 1939 hasta 1952, los españoles sufrieron una auténtica hambruna y tuvieron que soportar durante 13años cartillas de racionamiento, con largas colas para conseguir alimentos.
La posguerra fue muy dura; no solo no tuvimos ayudas para reconstruir un país devastado, sino que el periodo de autarquía nos acabó de hundir. Si a esto añadimos que todo el oro del Banco de España se lo llevaron los republicanos para regalárselo a Stalin, la situación no podía ser peor. Joseph Stalin era el dictador de la Unión Soviética y uno de los mayores criminales de la historia. Cuando éste vio el oro español en sus almacenes comentó a sus colaboradores: «Este oro ya no se moverá de aquí». Y así fue, no se equivocó.

A partir del plan de estabilización en el año 195 9, la economía española mejoró considerablemente. A pesar de todas las desventajas que tenía el vivir en una dictadura, existía un aspecto positivo y era la seguridad que había en la calle. Ya desde muy pequeños íbamos solos al colegio, (algo impensable hoy en día). Este hecho, aparte de librar a nuestros padres de dicha tarea, para nosotros era genial pues a la salida aprovechábamos para hacer todo tipo de "gamberradas"; no podíamos ser más malos.

Yo no voy a defender a Franco, pero en lo que a la inseguridad ciudadana se refiere, pasamos del blanco al negro con la mal llamada democracia. Realmente no hemos tenido suerte en España con los dos partidos que se han turnado en el poder.
El caso fue que, durante el largo periodo de la "democracia", nos convertimos en uno de los países con más tolerancia a los malhechores y eso representó un auténtico reclamo para las bandas de Hispanoamérica, de Rumanía y las de Marruecos. Se decía que estos entraban a la comisaría por una puerta y salían por la otra. Algunos llegaron a ser detenidos más de 100 veces y la policía estaba muy desanimada al ver que su trabajo no valía para nada. Eso sí, éramos muy modernos y progres.

A lo dicho anteriormente debemos añadir la inmigración ilegal, que ha sido común en toda Europa. Los magrebíes -sobre todo­ por el trabajo, pero también por las subvenciones y ventajas que aquí se otorgaban, muchas veces arriesgando y perdiendo su vida, se colaban en Europa. El problema consiste en que, aunque muchos venían a trabajar, existe un porcentaje que son puros "delincuentes".
Por otro lado, estos no suelen renunciar a sus costumbres y se aíslan en guetos, los cuales no dejan de crecer y -de seguir así­ Europa se puede convertir en un continente Islámico. Ya tenemos ciudades, como París o Bruselas, que se han vuelto tremendamente inseguras debido, sobre todo, a estos Magrebíes. En España seguimos el mismo camino, tenemos barrios en los que no parece que nos encontremos en nuestro país y el índice de delincuencia está incrementándose exponencialmente, hasta el punto de que la delincuencia de estos grupos supone el 85 % del total en nuestro país.

No debemos olvidar que la inmigración ilegal no deja de crecer. Además, estos grupos magrebíes suelen tener entre cuatro o cinco hijos y nosotros entre cero y uno, lo cual nos puede dar una idea de la amenaza que se cierne sobre nosotros. Lo que no consiguieron los musulmanes con las guerras en el pasado, lo pueden obtener de esta manera y vamos camino de que dentro de unos años democráticamente salga elegido un partido islámico y las mujeres tengan que usar pañuelo. Y ¿entonces qué sucederá? El futuro en Europa pinta bastante negro, pero los gobernantes no tienen interés en solucionarlo e incluso les apoyan, como es el caso de los okupas y bandas marginadas, pues saben que pueden contar con esos votos cuando lleguen las elecciones. Sin embargo, no sucede lo mismo con la gente humilde, que ha visto cómo está cambiando su barrio y la inseguridad se ha vuelto insoportable.

El caso fue que pasamos de ser un país muy seguro, en el cual siendo muy pequeños nos movíamos solos por todas partes, a ser uno de los más inseguros y, lo peor de todo, es que parece que no tiene arreglo y la situación ha empeorado exponencialmente a costa de los contribuyentes.
Cuando escribí mi primer libro titulado: "El poder del deseo y los escándalos ocultos", pensaba que esto era un capricho de cada gobierno y que el pertenecer a la Unión Europea era una garantía para no repetir los errores del pasado, ¡QUE EQUIVOCADO ESTABA! Resultó ser exactamente al revés: La Unión Europea resultó ser el brazo ejecutor de las "Elites globalistas" para hundirnos y empobrecernos en beneficio de ellos mismos.

Después de esta visión tan pesimista de nuestro futuro, volvemos a los tiempos de la dictadura de Franco. Conforme desde el final de la guerra hasta 1959 pasamos autentica hambre, en ese año se puso en marcha el plan de estabilización, permitiendo a España tener uno de los crecimientos económicos más elevados del mundo occidental. Y eso se produjo a pesar de no tener ayuda de los americanos con el plan Marshall y habiendo perdido todas las reservas de oro del Banco de España, que se llevó el partido comunista antes de exiliarse.
La comparación del nivel de vida de entonces con el momento actual es devastador, como entonces una familia con 6 hijos, sin trabajar la mujer, podían tener casa propia, coche e irse de vacaciones 30 días al año.

¿FORMA EL VATICANO PARTE DE LA ELITE?

Unos de los objetivos de este libro es desenmascarar a los que realmente mandan en el mundo occidental, ¿quién se encuentra en el vértice del poder y porqué tienen tanto interés en arruinarnos y destruirnos? Yo soy un amante de los refranes, los cuales son la sabiduría popular trasmitida de generación en generación: "Con la iglesia hemos topado"
En el colegio, como llevábamos pantalones cortos, los curas delante de toda la clase no se cortaban en meter mano a los más debiluchos, los cuales no decían nada a sus familias, y esto sucedía un día sí y otro también. Eso era lo que nosotros veíamos, pero ¿qué habría detrás?
Parece que esa práctica de los curas era mundial y cuando crecieron muchos niños en EE. UU., que por lo visto eran los más valientes, se produjeron miles de denuncias y qué pasó: NADA. Más adelante también denunciaron abusos en otros países y el resultado fue el mismo: NADA.

Se estima que la Iglesia católica ha abusado de más de 100.000 niños Los superiores, que ponían todas las trabas que podían a la justicia, cuando raramente esta intervenía, se limitaban a cambiarles de iglesia y esos continuaban traumatizando niños y destrozándoles la vida, cuando tenían que haber ido a la cárcel con cadena perpetua. Lo que sucedió en EE. UU sólo era la puntita del iceberg, y cómo iban a obrar de otra manera cuando una gran parte, desde curas a cardenales, tienen el mismo tipo de enfermedad y necesitan protegerse unos a otros.

La justicia parece que nunca afecta a la Iglesia, como muy bien dice el refrán, y después de miles de abusos no se conoce el caso de que uno solo de ellos haya dado con sus huesos en la cárcel, cuando hay constancia de muchísimos niños traumatizados de por vida.
La iglesia católica ha cometido muchas barbaridades y no creo que Dios les hubiese permitido, en su nombre, realizar todas estas maldades y llegar a nuestros días como una de las instituciones más ricas y corrompidas del mundo.

En el siglo XVI, ante la gran degeneración del Vaticano, Martín Lutero se separa de la Iglesia Católica para dar origen a numerosas corrientes bajo la denominación del "protestantismo". Desde entonces y durante décadas, la historia de Europa ha sido una guerra constante entre estos, anglicanos y católicos. Aunque el motivo no era solo religioso (siendo este muy importante), había mucha codicia en conquistar los países vecinos y causaron millones de muertos.
En el siglo XII el Vaticano crea la Inquisición en la cual, para perseguir a los no creyentes, les aplicaban las más salvajes y sádicas técnicas de tortura, además de apropiarse de sus bienes, por cierto, existe un museo de cera en México, Toluca que muestra de manera gráfica todos los métodos empleados para torturar a las personas antes de matarlas.

Por otro lado, el Vaticano siempre ha tenido buenas relaciones con la Logia Masónica P2, la cual gozaba de mucha influencia en Italia y era una organización criminal muy relacionada con la familia mafiosa Gambino. Eran socios en numerosas empresas, en las cuales los accionistas minoritarios acabaron siempre arruinados. El caso más importante fue el Banco Ambrosiano, considerado el Banco de la Iglesia, en el cual el Vaticano era el accionista principal seguido por la Logia Masónica, y lo utilizaban para lavar y blanquear el dinero generado por la venta de heroína, proveniente de la familia mafiosa Gambino. A su vez, se valieron de él para financiar dictaduras y negocios ilegales por todo el mundo. Aunque el que controlaba el Banco por parte del Vaticano era el arzobispo Marcinkus, estaban implicados la mayor parte de los miembros de dicha institución.

Entonces muere el papa Pablo VI y nombran a Juan Pablo l. Este no quería ser papa porque se imaginaba la podredumbre que se iba a encontrar, pero al final accedió. Lo primero que hace al llegar al papado es elaborar una lista con las personas implicadas, tanto en las empresas como en el Banco Ambrosiano, romper los lazos con dicho banco y despedir a todos los corruptos, comenzando por el arzobispo Marcinkus. 

Juan Pablo I era un buen hombre y además tenía ideas reformistas que implicaban que muchos cardenales y arzobispos perdieran sus privilegios. Esto no lo podían permitir los que controlaban el Vaticano, y a los 35 días de pontificado lo asesinan envenenándolo mientras dormía. No se realizaron autopsias, ni hubo certificados de defunción, simplemente la Iglesia negó cualquier investigación, dijo que había fallecido de un ataque al corazón y se cerró el caso. La mafia, con la que el Vaticano estaba muy relacionada, siempre dijo que fue una conspiración y un asesinato. En la gran película "El padrino III': se muestra con una gran maestría cómo sucede. Es importante reseñar que uno de los productores de la película tenía mucha relación con la mafia. Además, esta solo confirmó lo que todos pensamos. Entonces, el Vaticano nombró Papa a Juan Pablo lI y todo continuó como estaba anteriormente. Es decir, este aceptó las acciones fraudulentas del banco, mirando para otro lado.

Al poco tiempo y coincidiendo con que el Vaticano debía una cantidad enorme de dinero al Banco Ambrosiano, se descubrió una fuga de 1.000 millones de euros y el Banco entró en quiebra. La policía encarcela al jefe de la Logia Masónica P2, Michele Sindona y a los pocos días este fue envenenado en su celda para que no confesara. Al mismo tiempo, fue encontrado el cuerpo del presidente del Banco Roberto Calvi, ahorcado en un puente de Londres con un ladrillo en cada bolsillo; ese era un símbolo de la Logia Masónica P2. Entonces el arzobispo Marcinkus, que era la persona del Vaticano en el escándalo, fue enviado por el Papa a un pueblecito perdido de Arizona para que la logia y la mafia no lo encontraran, pues el Vaticano tuvo mucho que ver con la quiebra del Banco. Este caso fue un tremendo escándalo en su día. Parece que la persona que envenenó al Papa Juan Pablo I fue el propio Marcinkus, y como premio el Papa Juan Pablo II lo iba a ascender a cardenal antes de que estallase el escándalo dela quiebra del Banco.

Creo que es importante reseñar que cuando se descubrió el desfalco en el Banco del Vaticano la organización OPUS DEI se ofreció atapar el agujero y el escándalo. Muy en la sombra tienen un poder e influencia tremenda al estilo de la masonería, como ejemplo, diré que cuando el PSOE decidió robarme mi empresa, esta organización lo conocía un año antes de producirse.
Por otro lado, han desaparecido hijas de trabajadores del Vaticano y estos no tienen duda de que los secuestradores fueron personas cercanas al Papa.

En toda su triste historia, el Vaticano siempre ha ido a contracorriente, muy desfasado de lo que pensaba la sociedad. Por ejemplo, el tema de las mujeres o, en plena pandemia del SIDA, lo único que se le ocurrió decir al Papa en un viaje a África (el continente más afectado) fue que «era pecado el usar condón». 
Esto no es ni más ni menos que un genocidio indirecto, en línea con los intereses de la Elite.

LA GRAN ESTAFA DEL SISTEMA POLÍTICO ESPAÑOL

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