EL Rincón de Yanka: BUROCRACIA

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jueves, 4 de diciembre de 2025

LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA: NUEVA FORMAS DE CULTO EN EL SIGLO XXI por FRANCISCO DE BORJA GALLEGO PÉREZ


La religión democrática: 
nuevas formas de culto en el siglo XXI



1. EL DEVENIR HISTÓRICO DE LA RELIGIÓN POLÍTICA

El fenómeno de la religión política no es extraño a la historia de la modernidad europea. Las ideologías utópico-revolucionarias nacidas en torno a la deriva reformista del calvinismo eclosionarían entre los XVIII y XIX, dando el pistoletazo de salida al modo de pensar occidental posmoderno, cuya savia doctrinal, fundada en la revolución como elixir farmacológico-emancipatorio, se extendería hasta bien entrado el siglo XX. La culminación de estos nuevos dogmas de fe decididamente ateos, pero marcadamente religiosos, llegaría como consecuencia del auge y del posterior triunfo de los regímenes totalitarios. Estas nuevas formas de mesianismo político compartían entre ellas no solo las características típicas de todo pensamiento total -siendo la más prominente, quizá, la invasión de la conciencia-, sino también la necesidad de erradicar el mal -trasunto secular del pecado- como condición sine qua non para la victoria definitiva de la ideología en la historia. La materialización del paraíso en la tierra -una idea puritana- no era otra cosa que la construcción de la sociedad perfecta, el prurito revolucionario por antonomasia. La promesa en la bienaventuranza eterna del cristianismo fue, por tanto, sustituida por el discurso prometeico de la bienaventuranza terrestre, conquistada y garantizada por la política. No resulta arriesgado afirmar que el precedente más nítido de religión secular, y futuro material genético totalitario, se halle en el socialismo marxista, aunque se podría legítimamente alegar también que la verdadera embriogénesis se remonte al jacobinismo francés o incluso en los experimentos proto-anarquistas del milenarista Juan de Leiden.

En cualquier caso, el marxismo presentó un sistema filosófico que sentaría la base de los futuros dogmas totalitarios. El principal estandarte fue el materialismo histórico, de cuño hegeliano. En el marxismo supuso la liquidación definitiva del sentido lógico-objetivo, y también natural, de la realidad, a favor de una interpretación mecánica y científica de la historia, sostenida por la dialéctica entre las clases como motor del progreso y del futuro. La violencia, partera de toda revolución según Marx, sería el instrumento de acción necesario para catalizarla. La recompensa final era el paraíso terrenal, liberado de toda desigualdad; una suerte de edén intrahistórico donde una nueva categoría antropológica se declaraba vencedora y redentora de todos los males del mundo. Una hipótesis, con acentuado tono soteriológico, reproducida hasta la saciedad casi un siglo más tarde por todos los grandes movimientos totalitarios del momento.

Así, el pensamiento totalitario abrazó, sin excepción -aunque con ciertas variaciones según cada evangelio ideológico- todos los elementos clásicos del marxismo, empezando por la explicación mecánico-materialista, antirreligiosa, nihilista y secularista de la realidad, la cual incluye una escatología terrestre, así como la hondura hegeliana en la dialéctica existencial entre las estructuras sociales. Posteriormente, los diversos movimientos fueron añadiendo sus características propias: la palingenesia a través de la sociología moral de la nación -un hito romántico-, el utopismo y la perfectibilidad humana mediante la política – que exige el culto a la juventud y el rechazo de lo vetusto-, la hagiografía de los mártires, la extirpación política del mal, la megalomanía estética, el nominalismo subyacente en el uso del lenguaje, el derecho auto percibido y la identidad auto construida, y, en algunos casos, la mitificación de la raza mediante la mística alrededor del bios. En fin, un largo etcétera que constituye los ingredientes de la receta clásica de religión secular y la devoción sistémica hacia la idea del hombre nuevo, hijo predilecto del progreso.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazismo, la cuestión de la religión política como sustituta de la espiritual, pareció haber perdido cierta relevancia, y el debate sobre sobre la posibilidad de un culto inmanente o laico en los tiempos de la democracia, ha quedado desplazado o directamente postergado al ámbito de la especulación académica. Sin embargo, creo que el fenómeno ha experimentado una intensificación al asociarse con determinadas expresiones políticas propias y exclusivas del modelo democrático, que particularmente sirve como plataforma de propagación y, a menudo, ocultamiento.

2. LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA Y SUS SUBPRODUCTOS

En nuestro tiempo hodierno, la cuestión religiosa ha quedado limitada al ámbito de lo privado. La aconfesionalidad de los Estados occidentales y el triunfo de las sociedades laicas son testimonio de la culminación final del proceso de secularización inaugurado en la era de Lutero. Lo que comenzó como una maniobra para preservar la fe del poder contaminador de lo mundano, acabó por desplazar lo religioso del espacio público, confinándolo en la esfera individual de la conciencia. De esta manera lo religioso abandonó su papel, antes fundamental como constitutivo del êthos social, para quedar relegado a la intimidad espiritual individual. Este modelo ha logrado perdurar en Europa al encajar operativamente con el espíritu de neutralidad de los sistemas democráticos. Esto no fue óbice sin embargo para la confección de una moral pública y colectiva, desalojada ya de toda sustantividad o trascendencia. Un tipo de moral que habría de servir como remedo de la otrora moral religiosa ante el vacío metafísico que provocó la ausencia de un sentido verdaderamente espiritual en la vida pública del hombre. Así, las sociedades modernas habrían de suplir la falta de fe en la vida ultramundana por una fe en el sistema.

En el contexto de la superación de la etapa de los totalitarismos, el modelo liberal parlamentario -cuya legitimidad internacional había quedado probada tras las guerras mundiales-, gozaría de una presencia -bajo la fórmula de la socialdemocracia- cuasi omnímoda en Europa. Un remedio apotropaico aplicado a todas estructuras políticas posibles, imponiendo no sólo la fórmula representativa y electoral, sino los valores europeos laicos, herederos del humanismo cristiano -libertad, igualdad, dignidad- ahora neutralizados y atravesados por el matiz ideológico del liberalismo occidental. Un sistema fundado en las libertades individuales, los derechos civiles y la igualdad jurídica que, sin embargo, parece a menudo funcionar en contra del pensamiento crítico y la libertad de conciencia, supuestamente objeto de protección jurídica. Oponerse a la democracia constituye un anatema, puesto que esta representa el bien político por excelencia, y cualquier otra alternativa es susceptible de ser expulsada del espacio público. En el crisol pluriideológico de la democracia, dominado por el relativismo y la neutralidad política, cualquier forma de pensar es válida siempre y cuando esté subsumida al valor supremo del sistema. Dicho de otra manera, ningún discurso es moralmente superior a otro porque todos se articulan dentro del mismo código de valores instituidos por la democracia. Se ha generado así, desde mediados del siglo XX, un universalismo moral democrático sobre el que no cabe reproche, pues oponerse a la democracia constituye una felonía política o, cuanto menos, una herejía secular. El concepto del pecado ha transitado desde la prevaricación moral contra el orden divino, hacia la desobediencia -legal o moral- al orden de cosas establecido. El centro metafísico de la mácula religiosa ahora es sustituido por el estigma sociopolítico que supone sospechar de un sistema que aparentemente existe para proteger la libertad. Una libertad en la que no es posible la disidencia.

Por todo esto, me aventuro a colegir que la democracia ha devenido en la última religión política de nuestro tiempo, aunque esta afirmación exige sin duda matices. El más importante es que la religión democrática se diferencia ampliamente de las religiones seculares “tradicionales”, que todavía se articulaban alrededor de una explicación objetiva de la realidad -mecánica o biológica-, ya que la religión democrática apuesta directamente por la fragmentación del pensamiento y la hipertrofia solipsista de la voluntad. De esta forma, la democracia, más que una religión en sí misma, busca proporcionar una legitimidad al resto de ideologías que ven la luz como subproductos de ella. Se trata por tanto de un medio conductivo para la conformación de nuevas y muy numerosas formas de religión laica. Estas, como digo, solo existen o pueden sobrevivir dentro de la tuición del pluralismo y la pretendida neutralidad democrática, por eso entiendo que son subyacentes al sistema y jamás podrían reproducirse fuera de este.

La agenda ideológica de la religión democrática es muy variada y variopinta. El denominador común es doble: el sustrato nominalista y el sentido materialista e indeterminado del progreso.

3. EL ÓBITO DE LA REALIDAD

Empezando con lo primero, resulta inevitable rescatar la idea de Baudrillard, quien lamentaba que la realidad posmoderna, carente de sentido y desahuciada ontológicamente, parece haber devenido en un simulacro, una ficción representativa o una “performance”. En otras palabras, lo que el filósofo francés denunciaba, en definitiva, es que la posmodernidad es el verdugo de la realidad, y que lo que estamos presenciando, no es otra cosa que su ejecución o asesinato: lento, tortuoso e irreversible. Una suerte de tiempo patibulario en el que el orden objetivo de las cosas, con antaño referencia en lo universal -a lo que el hombre siempre ha podido acceder, desde los tiempos de Aristóteles, por medio de la razón y de la inteligencia- periclita a favor de la vindicación identitaria y emocional del individuo, solo accesible vía deconstrucción del orden mismo del ser y de su propia naturaleza. La sindéresis tomista -aquella que nos hacía partícipes del orden de lo creado mediante la razón- deja paso a la letanía de la auto referencia absoluta del sujeto.

Defenestrado el binomio universal-racional, la religión laica posmoderna reclama un nuevo sintagma fundado en lo personal-identitario o subjetivo-emocional. La naturaleza y la razón, antaño estandartes de la vida política y social, en tanto ordenaban el quehacer humano en torno al bien lo común según una naturaleza -política y antropológica- compartida, son resignificados ahora por la conjura arbitraria de la voluntad privada del agente reflexivo, recipiente último de la voluntad superior del Estado, quien colma vía deus ex machina sus más bizantinos designios. El interés común de la vida pública queda desplazado por el capricho individual, al quedar confundido el deseo con derecho -el gran problema del derecho subjetivo-, haciéndolo mudar desde su sentido ordenador de lo común, hasta su instrumentalización por parte de lo que exigen unos pocos para la asunción de todos.

La nueva teodicea identitaria, marca también de forma definida sus ritos y liturgias seculares, así como la democracia lo hace con el sacramento del voto -que incluye jornada institucional de reflexión-, la perícopa de la religión política posmoderna celebra sus conmemoraciones, cabalgatas y “parades”, reivindicando orgullosamente la libertad, la igualdad y la integración de aquellos que, según su discurso, han sido tradicionalmente desplazados y que ahora, en una suerte de revanchismo histórico, tienen el deber moral de invertir la dinámica superestructural de hegemonía política. En todo este proceso, se configuran símbolos, se enarbolan banderas, se elaboran consignas y, sobre todo, se produce ingente cantidad de nuevo lenguaje. Las palabras constituyen la principal munición en la batalla política por doblegar la realidad y la naturaleza. La plasticidad ínsita del lenguaje se presta para esta peculiar tarea: allí donde no existe una categoría, se inventa, porque solo mediante su invocación nominal es posible determinar su existencia sobre el vacío de una realidad ya sustancialmente debelada. Dicho de otra manera, de lo que se trata es de pujar por un emplazamiento en el espacio político en esta enorme subasta de las ideas y los conceptos que es la posmodernidad.

Un carnaval orgiástico del capricho humano, donde la voluntad es confundida con un deseo sicalíptico auto referencial, y en el que el narcisismo patológico se extiende endémicamente como una enfermedad crónica e histérica, ansiosa por reclamar todo aquello que imagina como suyo. O, al menos, aquello sobre lo que tiene capacidad de poseer puesto que, en el fondo, la lógica oculta a esta dinámica del deseo, capaz de reclamar lo imposible mediante ficciones jurídicas útiles, delata una actitud sumamente mercantilista que persigue capitalizar lo humano -su identidad, su naturaleza, su razón-, como un bien de consumo. Como vemos, el germen nominalista es infranqueable.

Algunas de estas religiones subproducto, tienen un claro fetiche genital-identitario, como otras parecen desplegar micro dogmas alrededor de cuestiones también puramente materiales como la raza o el derecho reproductivo, resultado de una interpretación negativa de la libertad sexual, que reducen la vida a una cuestión emocional-psicosocial. De ahí que se haya dado pábulo sin mucho miramiento a la “cultura de la muerte”, donde se justifica la eutanasia y el aborto por motivos fundamentados en la voluntad individual, despreciando la dignidad de la vida humana. Como la categoría “vida” ha quedado rebajada a una imputación nominal, esta deviene sujeta a la veleidad médica y jurídica pertinente, que puede legislar -y así lo hace- sobre la existencia humana hasta el punto de hacer de ella una situación se excepcionalidad, en el que la volición individual hace las veces de poder soberano, así sea sobre el propio cuerpo o el ajeno. En el caso de este último, al no reconocerse su realidad óntica -tampoco fenomenológica- puede liquidarse sin contemplaciones morales, pues no se trata más de una extensión corpórea, tan desechable como cualquier otro apéndice potencialmente deforme del cuerpo.

La eugenesia sistémica del nonato se ha convertido, no solo en un motivo de reclamo político, sino en la gran tragedia de nuestro tiempo. Lo humano -en su sentido ontológico, integral- ha quedado desplazado a favor de los intereses particularistas del mercado, la conveniencia privada y la dimensión psíquica de la madre, aunque esta ya no puede ser considerada a tal efecto. Porque, en todo esto, el uso del lenguaje por supuesto, que como venía adelantando más arriba, juega un papel crucial. El niño es un zigoto, la madre es una progenitora o, incluso, es referida únicamente como persona gestante, porque admitir su sexo sería algo así como asumir que efectivamente existe un vínculo genético, natural y biológico entre ella y el no nacido. El objeto de toda esta oligofrenia terminológica no es otro que desnaturalizar lo humano, vía politización, haciendo de la noción del hombre algo artificioso. La naturaleza, antes inscrita en el magma antropológico del ser, ahora es impostada, performativa y, por tanto, sujeta a todo desplazamiento político posible. Así se derogan las categorías, o como mínimo se hace de ellas nada más que una representación fugaz e intrascendente que ya nada tiene que decir o imponer sobre la vida de las personas. Se puede ser hombre y menstruar porque el dato de experiencia biológico no es suficiente argumento de peso a la hora de dictaminar la providencial agenda identitaria de este “nuevo hombre nuevo”, que ya difícilmente puede ser hombre, pero que desde luego busca ser incesantemente nuevo en la quimérica obsesión por ser relevante en el escaparate monstruoso de la posmodernidad.

Como vemos, el discurso de la libertad ha quedado retorcido, ya que ahora parece versar exclusivamente en términos de autopercepción. El problema radica en que esa percepción se hace vinculante al resto. No en vano, en todo esto subyace una velada tiranía democrática que, como los viejos totalitarismos, ejecutan sus designios motivados por el sentido indeterminado del progreso.

4. EL PROGRESO ETERNO

La primera ideología progresista de la historia, si se me permite expresarlo con estas palabras, fue el cristianismo. Esto es así al menos si tomamos el concepto de progreso como un proceso de perfeccionamiento que alcanza una plenitud en un determinado momento de la historia. Con el cristianismo, esa plenitud es satisfecha fuera de la historia, y además es conclusiva, es decir, se agota sobre sí misma. No puede existir más progreso humano que la salvación, y el hombre no pude ser más perfecto que en su elevación hacia lo trascendente. Al individuo se le abre la posibilidad de este progreso gracias a la inmolación de Cristo, y comienza a recorrer ese sendero progresivo en el momento en el que abre su corazón y acepta la llamada de Jesús. Cuando el hombre encuentra la muerte, sino indefectible en la vida terrenal, comienza a verdaderamente a vivir, sin máculas, sin imperfecciones. El hombre ha progresado y ese progreso termina ahí y se conserva infinitamente. En adición a esto, la historia del mundo también avanza en un sentido progresivo-escatológico. De ahí el entendimiento, desde la perspectiva de la teología política, que la vida terrenal es un espacio intermedio entre el primer Reino de Dios, aquel que es proclamado con la vida y muerte de Jesús, y el segundo, que es consumado en la Parusía que sigue al tiempo apocalíptico. Como vemos, progreso y salvación guardan una muy estrecha relación, algo que el credo secular asumiría muy bien.

Ya desde los tiempos de las comunidades auto proclamadas santas, se entendió que el progreso absoluto puede darse en el mundo, siempre y cuando el pecado sea exterminado por el camino. El calvinismo, en su deriva angelista, tenía claro que la precipitación del Reino de Dios en la tierra era el camino para la salvación y la única vía posible del progreso. La secularización de esta idea trajo lo que ya se ha mencionado: el pensamiento utópico revolucionario, obsesionado con la perfección. La religión política del siglo XIX y XX actualizaría esta propuesta, como he insistido. En lo que respecta a las religiones subproducto de la democracia, esa suerte de culto emotivo-identitario fundado en la voluntad humana, la idea del progreso no sólo no se ha abandonado, sino que se ha intensificado problemáticamente. Quizá la ideología más representativa de este sentir es el transhumanismo, que puede entenderse también como una tentativa por conquistar lo post humano, situando en los altares religiosos la ciencia, la bio-tecnología, la informática y la robótica. En este sentido, el transhumanismo se constata como una filosofía ecléctica, heredera de esa mentalidad progresista que ha acompañado al espíritu revolucionario desde los tiempos jacobinos, pero suavizada mediante los mimbres de la convivencia democrática, la neutralidad política y la sofisticación deducida de las aparentes bonanzas que genera la transformación tecnología.

La diferencia con aquel modo de pensar anterior, mucho más sanguinario, es que el transhumanismo verdaderamente no reconoce el límite de lo humano, o al menos no lo imputa, como hicieron los anteriores, en el mundo. La revolución transhumanista más bien lo que busca no es tanto un perfeccionamiento de lo humano mediante la política, sino superar esa misma naturaleza, por atávica, caduca e imperfecta. En otras palabras, lo que el transhumanismo propone es la transmigración del individuo desde su naturaleza actual hacia una completamente nueva, mejorada y en constante estado de potencial perfección. Esto, constituye, en el fondo, la culminación de siglos de voluntarismo, de sacralización e hipertrofia de la voluntad individual sobre la realidad existencial del hombre, ahora transmutada y pergeñada en algo superior mediante los sortilegios de la ciencia. El enemigo para batir ya no es por tanto un sistema o una superestructura, sino el propio ser, al que se le niega, como ya he dicho, cualquier fundamento antropológico. El punto de partida, insisto, es el deseo de superar lo humano, puesto que lo humano por sí mismo es insuficiente. Su naturaleza, caduca o marchita, o bien se transforma o bien se evacúa. La transexualidad es, quizá, el mejor ejemplo para ilustrar la convergencia entre el viejo nominalismo -uso del lenguaje para resignificar realidades de suyo abstractas- y el transhumanismo como metodología de superación del ser. La discusión sobre los roles de género -que son un excedente social- es relativamente ajena al debate sobre la entidad del sexo. El transexualismo, alimentado por la agenda transhumanista, anima a despreciar lo natural a favor de lo percibido.

En fin, para el transhumanismo, lo humano no es más que una ideación conjetural, una predicación nominativa, siempre modal, siempre potencial y, por lo tanto, siempre subjetiva y no verdadera. Negada la sustancia y toda dimensión entitativa del ser humano, ya no queda nada y, por lo tanto, es fácilmente susceptible de ser reconstruido y mejorado. Aquel viejo mito del “hombre nuevo” alcanza aquí pues un grado de abstracción sin precedentes que somete la realidad y la naturaleza humana a la mera especulación ideológica. Lo humano quedada desalojado de toda sustancia y queda disuelto en la vorágine implacable del progreso.

Desde el punto de vista filosófico, como vemos, el transhumanismo es un legítimo heredero del voluntarismo, pero también, de forma extensiva, del nihilismo. De esto se deduce la lógica capitalista y mercantilista en su aplicación. De este sumatorio, nace un pensamiento necesariamente antirreligioso, que desvía el culto hacia un tipo de progreso que, aunque definido por la tecnología, es en el fondo indeterminado, ya que carece de todo límite. Las viejas religiones políticas definían con gran nitidez las características y las condiciones de su paraíso intramundano e intrahistórico. Al transhumanismo parece no bastarle el mundo, apuntando incluso a las estrellas.

5. EL NUEVO PURITANISMO LAICO

La articulación de una moral pública bajo la cual dar pábulo a todas estas nuevas formas de culto laico viene acompañada de la necesaria persecución de todo aquello que niegue, comprometa o violente las premisas antes expuestas. El paso a las sociedades de rendimiento, típicas de la cultura capitalista, en el que la agresividad ya no es ejercida al modo disciplinario por el Estado, sino que se realiza desde la interioridad del yo, es vital la conformación de un inconsciente colectivo, ese psicopoder al que se ha referido ya Byung-Chul Han. Solo así es posible aplicar una moral compartida sin necesidad de reprimir violentamente al individuo, puesto que él mismo ya lo hace solo mediante la autocensura y la corrección política. Aunque esto no significa que las estructuras de poder sean ajenas, y que la muerte civil, el ostracismo político y social no hayan sustituido al ius vitae ac necis. De hecho, la lógica patibularia del Estado, que imprime un complejo victimista a los individuos, juega este doble papel: por un lado, figura de autoridad que dirime lo bueno, lo socialmente aceptable, del anatema. Por otro, es brazo ejecutor, muchas veces sin tener que recurrir a los procedimientos legales o punitivos tradicionales. Basta con el señalamiento, el estigma, el oprobio y la desaprobación conjunta para generar el castigo. Pero para ello se ha tenido que desplegar previamente toda una maquinaria moralizante al servicio de este trasunto de dictadura no proclamada de la tolerancia. Esta, por cierto, opera como sucedáneo laico del amor al prójimo cristiano. A continuación, veamos esto, así como los mecanismos de control mediante los cuales la religión democrática y sus subproductos hacen la labor de vigilancia y aseguran el correcto mantenimiento de la moral pública al tiempo que reinventan los códigos antropológicos y sociales de nuestro tiempo.

6. LA MORAL INVERTIDA

Esto engarza directamente con el ya mencionado sustrato nominalista, performativo y representativo del credo laico. Si el viejo puritanismo de cuño protestante demonizaba la naturaleza y todas sus expresiones -especialmente el sexo, lo carnal, esencialmente diabólico por su poder de seducción-, pues lo natural pertenece al orden del mundo y por tanto al pecado, la actual maquinaria de higienización social ha invertido los parámetros. El sentido ideológico del progreso, especialmente desde la revolución de mayo de 1968, ha tendido a sacralizar el cuerpo como un templo de devoción privado, -y a veces colectivo-. Un territorio de satisfacción de la libertad, el gusto y la satisfacción estética y libidinal por lo material. El deseo inmanente por lo corpóreo se deduce del proceso emancipatorio por el cual el hombre se aliena del orden trascendente del ser. Rendida la sexualidad en términos reproductivos y teleológicos, la carne es despojada de todo límite y, una vez más, aparece como un objeto consumible y mercadeable. El cuerpo se fagocita a sí mismo mediante una sexualidad animalizada, como parte de un delirante proceso de auto canibalismo psicológico y moral. El amor erótico, que responde a esa identidad compartida con el otro, la persona amada, con quien se completan los vínculos afectivo-emocionales de ajenidad y otredad que nos permiten ser nosotros mismos y más aún, ser para el otro, queda replegado y depuesto frente al ascenso del amor carnívoro, despiritualizado. Y en los términos de moral colectiva, esta sexualidad hiperbólica pero simplificada constituye un hito social sin precedentes. Nada es más importante hoy que la moral sexual y todas las consecuencias jurídicas y humanas que de ello se derivan en términos de libertad y realización personal.

7. LA VIOLENCIA INTERIOR Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

En consonancia con lo anterior, el aparato moral de la religión democrática favorece el autocontrol del individuo, quien se ve obligado a reprimir sus ideas – y a veces pensamientos- para poder ser integrado en el magmático conjunto social e ideológico al que pertenece o quiere pertenecer. Esta auto agresividad, ya explicada por Han, genera una violencia subjetiva de carácter psicológico, que queda expresada también en las dinámicas típicas de las sociedades de consumo, en las que el hombre busca desesperadamente aliviar el burnout emocional y profesional. El clima moral de la sociedad posmoderna impone al hombre una experiencia de vida famélica, controlada fundamentalmente por un mecanismo tanto externo como interno de represión psicosocial. La culpa y el arrepentimiento, antes inseparables de su significado espiritual, ahora transitan hacia una demoledora dinámica de auto sanción. El individuo que no piensa como el sistema le induce a pensar, es el individuo subversivo, el que se aparta de la lógica falazmente samaritana de la tolerancia civil.

Comenzando con el uso del lenguaje, el aparataje ideológico revisa cada sustantivo para asegurar su conveniencia moral al sistema de valores. A partir de ahí, la terminología es de sobra conocida. La inclusión de las “minorías” se convierte en una agenda de religioso cumplimiento. Las cuotas raciales y de género se tornan vinculantes. Se juridifican los sentimientos y se condena el pensamiento mediante anomalías legales como el muy famoso “delito de odio”. En todo ello, las “víctimas” juegan un papel imprescindible. En la cultura de la cancelación, inherente al eón de la corrección política -que como su propio nombre indica, busca corregir aquello que es de dominio público para la satisfacción exclusiva de unos pocos-, existe una lógica victimaria que replica con inteligencia la legitimidad moral cristiana, como observó René Girad. Es decir, la de la víctima inocente, aquella que sufre la persecución y, como chivo expiatorio, es sacrificado para expirar el mal ajeno. Allende sus matices y diferencias particulares -que además no permiten su jerarquización-, ideologías tales como la de género, el feminismo, el identitarismo, el transexualismo, el homosexualismo -sintetizado en lo queer- el indigenismo, el ecologismo o ambientalismo comparten un claro denominador común, el cual reza que la hegemonía política tradicional ha ejercido una violencia sistémica que se ha sido perpetuada con la connivencia del resto de agentes sociales. En este discurso, la supuesta superestructura, siempre verdugo, se impone agresivamente sobre estos colectivos, los cuales reclaman un nicho de existencia. Esta neurosis colectiva ha generado un sentimiento constante de ofensa e incesante afección que, revestida de concienciación, se jacta de haber “despertado” la lucha por igualdad social, según reza al menos el mantra de lo que actualmente se conoce como woke. En fin, lo cierto es que más allá de esa conciencia de agente reprimido, lo que este ideologismo ha logrado es secuestrar el lenguaje, depauperar el arte, neutralizar la inteligencia y apagar la llama de la libertad.

8. LA DICTADURA DE LA TOLERANCIA

Más arriba adelantaba la idea de que la tolerancia es un remedo del amor al prójimo cristiano. La justificación de esta idea la deduzco de su natural proceso de secularización. Para entender la diferencia, me fundamento en que la propuesta cristiana se ejerce desde la caridad. En la teología cristiana, el pecado no tiene aceptación, al contrario de quien lo padece, que es buscado para ser sanado, y así lo dijo Jesús, quien comparó al pecador con un “enfermo”. Pero en esta analogía no existe desprecio, sino compasión. Jesús no se rodeaba de pecadores porque tolerase el pecado. El pecado, entendía Jesús, debía ser extirpado porque solo así se puede acceder a su Reino. Pero paras ser curado, debe existir voluntad de quien padece el mal. El remedio cristológico no se impone. Es el hombre quien, en el ejercicio de su libertad, decide aceptarlo o no. La hodierna tolerancia exige la aceptación del mal, aunque es un mal relativo. Relativo a quien lo interpreta, no a quien lo padece, pues este, bajo su propia interpretación, no lo sufre. En estos términos no puede darse la caridad, porque el que está en el error no desea ser corregido o no es consciente de ello, y el que lo observa no desea cambiarlo porque parte de la premisa de que ese mal puede ser tal vez un bien para el otro. El relativismo moral, insisto, liquida la posibilidad de la caridad. Y, sin embargo, la farmacología política se aplica con fines claramente apotropaicos. El mal debe ser extinto, pero al no existir una idea sustancial y ontológicamente inmutable del mal, hay que resignificarlo. Al carecer de sustancia, el mal ahora solo puede surgir del gran demonio de nuestro tiempo: la intolerancia, que quizá sea el único elemento en el que parece haber una cierta coincidencia entre las partes ideológicas, las minorías políticas y las religiones subproducto. No tolerar al otro, incluso cuando existe convicción de su error, mal o padecimiento, constituye una falta grave, cuya ofensa puede tener consecuencias civiles y jurídicas.

La articulación horizontal de la libertad negativa, como espacio de acción intersubjetiva, privativa y excluyente -frente a la libertad positiva del Estado, que se ejerce verticalmente para dirimir disputas privilegiando al vulnerado-, se presta muy bien para la consecución de esta lógica pragmática. Además, responde muy bien al concepto de libertad individualista y material de las sociedades posmodernas. De nuevo, lo que es tuyo, es tuyo, y lo que es mío, es mío. Y ese mantra se reza como una plegaria sagrada en la que la libertad humana queda reducida a un dominio privado, lo que incluye, por supuesto, la esfera del pensamiento. Se puede pensar con cierta libertad siempre y cuando ese pensamiento no penetre el espacio vital ajeno, aun si quiera para cuestionarlo. En este peculiar tablero de la existencia humana, los individuos se desplazan con cautela dentro de su pequeña e invisible celda de ideas, con mucho cuidado de no entrar en contacto con la del prójimo. Esto parece describir un escenario de apocalíptica neutralidad, donde no existe la verdadera política al no haber tensión o conflicto en las relaciones humanas. El presagio de Schmitt sobre la era de la neutralización ha resultado ser espeluznantemente cierto.

9. COROLARIO

La religión democrática ha triunfado donde las viejos cultos neopaganos, violentos y represivos no pudieron hacerlo, al carecer de la legitimidad social necesaria para mantenerse en el poder. El poder, que es una categoría política, se ejerce con mayor destreza cuando no hay una verdadera resistencia política. El miedo a la aniquilación solo puede conservarse transitoriamente. El éxito de la democracia radica en su pericia para presentarse ante el mundo en términos salvíficos y ciertamente escatológicos. Esto no supone necesariamente una novedad respecto de las religiones políticas tradicionales, pero el modo difuso en el que lo hace, a través de estos micro dogmas o subproductos religiosos ha logrado una gran difusión social y política. En añadido, el termómetro religioso-espiritual de las sociedades occidentales está en franca decadencia. Y de la derrota de la fe en lo trascendente no puede sino nacer la fe en aquello que está en el mundo, como también he venido explicando. Quizá convendría analizar el papel que juegan otras confesiones no cristianas en Europa, y como pueden invertir la ecuación de la religión democrática -todavía más a costa de la cristiana-, lo que sin duda pondrá en jaque el humanismo laico occidental. Pero eso, sin duda, será motivo de otro ensayo.

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lunes, 10 de marzo de 2025

LIBRO "FÁBULAS PARA UNA ZOOCIEDAD MODERNA" por RAFAEL AITA 🐷🐺🐴

FÁBULAS PARA UNA
ZOOCIEDAD MODERNA

En un mundo donde los animales piensan, hablan y conspiran como humanos, Fábulas para una "zoociedad" moderna nos sumerge en relatos satíricos que desenmascaran las contradicciones y absurdos de nuestra época. Con una mezcla magistral de humor e ironía, Rafael Aita reinventa la tradición de las fábulas para abordar temas como la manipulación ideológica, la burocracia, la identidad, el populismo izquierdista o la lucha imperecedera entre naturaleza y civilización. Desde un cerdo que desafía las leyes de la biología para salvar su pellejo hasta un castor que descubre el secreto del éxito empresarial en los rincones más insospechados, cada historia es un espejo deformante de la sociedad contemporánea. La jungla se convierte en un escenario donde la realidad y la farsa se entremezclan, revelando verdades incómodas con una dosis irresistible de sarcasmo. 

A medio camino entre Esopo, Orwell y La Fontaine, este libro es una invitación a sonreír, reflexionar y cuestionar la locura de nuestro tiempo. Porque en esta zoociedad moderna, la línea entre lo humano y lo bestial es cada vez más difusa.

Tal vez, en más de una ocasión, hemos sentido que vivimos en un zoológico, en un circo o en una selva, antes que en una sociedad civilizada, especialmente en lo que respecta a ideologías políticas modernas y posmodernas. Era inevitable escribir fábulas que incorporaran aquel ambiente tomando como protagonistas a animales, de hecho, me sorprende que esto no sea más popular en la actualidad, tomando en cuenta la cantidad de material e historias que se podrían escribir.

Sí, es reivindicar el género de las fábulas y los valores que nos enseña, pues las fábulas siempre traen una moraleja. Seguramente todos nosotros hemos aprendido valores escuchando alguna fábula y es lógico preguntarse si se pueden enseñar lecciones acordes a la sociedad actual usando el mismo estilo. Por ejemplo, ¿cómo le enseñarías a un niño un concepto tan complejo (y a veces aburrido) como lo es la inflación? 
En el libro hay una fábula que narra cuando el león decide introducir el dinero en la selva y empieza a imprimir dinero para que todos sean millonarios, de tal manera que al final del cuento, el dinero no vale nada. He leído comentarios en redes sociales de adultos que se preguntan por qué el Estado no imprime más billetes y los reparte a los pobres, por lo que esa fábula puede ser útil no solamente para los niños.

PROLOGO

En la tradición de las grandes fábulas, desde Esopo hasta Orwell, Fábulas para una "zoociedad" moderna nos sumerge en un universo tan bestial como profundamente humano. Rafael Aita, magistral autor de "Los incas hispanos", despliega aquí una aguda inteligencia narrativa, conjugando la sátira mordaz con la reflexión filosófica, y dotando a sus historias de una claridad conceptual que atraviesa los dilemas contemporáneos con la eficacia de una parábola eterna.

Los relatos de este libro no son simples cuentos de animales para adultos. Cada historia revela, con un humor implacable y una ironía afilada, las contradicciones, los excesos y las falacias de la "zoociedad" moderna. Desde el cerdo que busca redefinir su identidad para escapar de su destino culinario hasta el gusano subestimado que termina resolviendo el problema del plástico, cada narración es una pieza magistral de crítica social disfrazada de fábula.

Rafael Aita maneja la alegoría con destreza, invitándonos a descubrir en cada historia una metáfora de las realidades que nos rodean: el poder y su corrupción, la ideología y sus trampas, la naturaleza y sus inquebrantables leyes. Su estilo, ágil y certero, nos recuerda que la mejor forma de abordar los temas más serios es, a menudo, con una sonrisa o un gesto de asombro.

Este libro no es solo un entretenimiento ingenioso; es una advertencia lúcida y, en muchos casos, una denuncia necesaria. Al cerrar estas páginas, el lector no solo se llevará la satisfacción de haber disfrutado de un humor inteligente y una narrativa envolvente, sino también una renovada capacidad para ver el mundo con ojos más críticos. Y quizás, con un poco más de sentido común, ese bien tan escaso en nuestra zoociedad moderna.

Pero la verdadera genialidad de estas fábulas no reside únicamente en su humor o en su agudeza intelectual, sino en su capacidad para mostrarnos, sin dogmatismos ni sermones, el absurdo en el que a veces nos sumergimos como sociedad. Con una escritura que recuerda a los grandes clásicos, pero que resuena con las preocupaciones actuales, Rafael Aita nos deja frente a un espejo en el que se reflejan nuestros propios delirios colectivos, nuestras contradicciones y nuestras pequeñas y grandes hipocresías.

Cada historia de este libro, con su carga simbólica y su precisión argumentativa, es una invitación a cuestionar las falsas certezas impuestas y a rebelarse contra las narrativas acomodaticias que buscan adormecer el pensamiento crítico. Es, en esencia, una reivindicación de la inteligencia frente a la necedad, del instinto de supervivencia frente a la complacencia, de la realidad frente a la fantasía ideológica.

El lector atento notará, además, que estas fábulas no solo apuntan hacia la política o la sociedad en general, sino también hacia la naturaleza humana en su sentido más profundo. Los personajes animales, a pesar de sus formas y hábitats, se comportan como nosotros: se engañan, se justifican, manipulan o se dejan manipular, huyen de la verdad o la abrazan con valentía. En ese juego de espejos radica el poder de estas narraciones, que consiguen ser a la vez entretenimiento, reflexión y revelación.

Con Fábulas para una zoociedad moderna, Rafael Aita nos entrega nuevamente un libro magistral que debería ser leído y releído, discutido y reflexionado. Porque, como bien nos enseñan sus páginas, las fábulas no son solo cuentos para niños: son herramientas para comprender el mundo, y, en ocasiones, para evitar que éste se derrumbe bajo el peso de su propia locura.



Presentación del libro Fábulas de una Zoociedad Moderna

martes, 18 de febrero de 2025

LA UE NO ES UNA DEMOCRACIA, ES UNA BUROCRACIA GLOBALISTA Y AUTORITARIA: EL ENEMIGO DE EUROPA ES ELLA MISMA: EUROPICIDIO 👿👥💥💀



"La UE no es una democracia, 
es una burocracia autoritaria"


La élite de la UE ha perdido el control del discurso. Los europeos están alejándose en masa de las mentiras y los mitos del Pacto Verde.
La idea fundadora de la Unión Europea fue la de crear, a través de la prosperidad compartida, solidaridad y un sentido de destino compartido entre las naciones de Europa. Por eso se formaron tres comunidades: la económica, la del carbón y el acero, y la de la energía nuclear. Hasta alrededor del año 2000, en términos de crecimiento e innovación, la economía europea, año tras año, estaba a la par de la estadounidense.

De aquel gesto inicial –y bastante brillante– de “paz a través de la prosperidad”, literalmente no queda nada . A ninguno de los actuales dirigentes de la UE le importa el bienestar financiero de los europeos. El carbón es considerado el combustible del diablo y las élites europeas aborrecen la energía nuclear , que dicen preferir las ineficientes y erráticas turbinas eólicas. Desde el año 2000, la economía europea ha estado sumida en un estancamiento que se ha agravado desde 2008 y amenaza con alcanzar su punto álgido en los próximos años, terminando en la destrucción de Europa.

Pacto Verde

La UE es una red de instituciones con las que un estadounidense no estaría familiarizado, así que digamos simplemente que esta red está dominada por una institución: la Comisión Europea . Es una especie de "gobierno" europeo con el monopolio de las iniciativas legislativas . Nada se vota en la UE sin el asentimiento de la Comisión.

La Comisión no oculta que su prioridad absoluta es el Pacto Verde : convertir a Europa en una « sociedad neutra en carbono » de aquí a 2050. Esto significa lograr un equilibrio entre las emisiones de gases de efecto invernadero producidas y las absorbidas por los sumideros de carbono naturales o tecnológicos. Las principales estrategias de la UE para lograr este equilibrio incluyen la reducción de las emisiones mediante un aumento masivo del uso de fuentes de «energía renovable» como la solar, la eólica, la hidroeléctrica y la biomasa, la mejora de la eficiencia energética de los edificios, los vehículos y las industrias, y el avance hacia procesos industriales de bajas o nulas emisiones, en particular en el acero, el cemento y los productos químicos. También pretenden desarrollar tecnologías de captura y almacenamiento de carbono ( CAC ) para absorber y almacenar el CO2 procedente de fuentes de combustión o del aire. El dióxido de carbono capturado suele almacenarse en formaciones geológicas como yacimientos de gas natural agotados o antiguas minas de carbón. 

En Europa, el lecho marino del Mar del Norte es un lugar ideal para el almacenamiento de carbono.
El problema es que estas tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 son extremadamente caras . Imponerlas de la forma gigantesca que exige la neutralidad de carbono implica costes adicionales imposibles de digerir para cualquier economía desarrollada. Probablemente por eso estas fantásticas tecnologías de captura y almacenamiento de CO2 desempeñan un papel tan marginal en Europa. La verdad es que la reducción de las emisiones de CO2 en Europa se debe casi exclusivamente a que la industria se va de Europa. Ese es el pequeño secreto sucio del Pacto Verde: Europa está reduciendo sus emisiones de CO2 en la misma medida y en proporción a la destrucción de su industria.

Sin embargo, la industria destruida en Europa renace inmediatamente en otras partes del mundo: en Asia Oriental , Sudamérica y, por supuesto, en los Estados Unidos . Esto significa que las emisiones de CO2 destruidas en Europa reaparecen como por arte de magia en otro lugar, antes de que los productos de esa industria en particular sean reexportados a Europa. En la mayoría de los casos, dado que el transporte de cualquier cosa emite CO2, el balance de esta maniobra europea para reducir las emisiones globales de CO2 es negativo.

El motivo y la razón de ser del Pacto Verde es salvar el clima, que en los círculos europeos se escribe a menudo con C mayúscula: “clima”, lo que dice mucho sobre la religiosidad de todo el planteamiento. Para “ salvar el planeta ”, se nos dice, tenemos que reducir las emisiones de CO2.

La única forma tecnológica que conocemos hasta ahora para reducir las emisiones de CO2 es la energía nuclear. Sin embargo, las "élites" de la UE odian la energía nuclear : su verdadero objetivo no es mitigar el cambio climático y "salvar el planeta", sino forzar la salida del capitalismo y el retorno a la economía de subsistencia que siempre ha sido la ambición, el sueño y el horizonte de los ecologistas, mucho antes de que se hablara del calentamiento global. " El capitalismo está matando al planeta ", escribió The Guardian.

Libertad de interlocución

Si hay una realidad que los líderes cuyo poder se basa en mitos aborrecen, es la transparencia . Mientras que en 2020, el poder de los medios tradicionales estadounidenses todavía les permitía hacer creer a la gente que el portátil de Hunter Biden era una operación de desinformación rusa , en los últimos años, este poder se ha reducido a pedazos. El mismo cambio está ocurriendo en Europa, bajo la influencia no de las redes sociales europeas, porque no existen, sino de las estadounidenses, como X. La élite de la UE ha perdido el control de la narrativa . Los europeos se están alejando en masa de las mentiras y los mitos del Pacto Verde.

Esto es lo que la UE no puede tolerar. Al adoptar la Ley de Servicios Digitales (DSA), la UE quería dotarse de un instrumento con el que someter a las plataformas estadounidenses y se vio obligada a financiar hordas de censores para perseguir el contenido que no está de acuerdo con la Reina-Comisión Europea. La UE ha estado exigiendo una multa del 6% de los ingresos mundiales a las empresas de redes sociales, lo que inevitablemente acabaría con las plataformas.

Estos cazadores de censores sin rostro, que no rinden cuentas a nadie, deberían eliminar todo contenido que sea odioso , discriminatorio o transfóbico. Ninguno de estos términos vagos puede definirse con rigor. Dada la ausencia de definiciones precisas, los censores hacen lo que quieren . La arbitrariedad es total. En la práctica, estos censores suprimen masivamente los contenidos llamados " de derecha ", mientras que dejan intacta la abundante literatura antisemita, islamista y marxista.

Ese es, aparentemente, el quid de la cuestión. La izquierda europea , al igual que la izquierda estadounidense, muestra un antagonismo ilimitado contra todo lo que no piense, hable, sueñe, coma o trabaje como ella.
Al introducir leyes como la DSA, Europa se afirma como un actor importante en el campo de la censura , siguiendo el ejemplo de China, Irán, Rusia y los países islamistas, y contribuye a la descivilización del continente europeo. Al fin y al cabo, ¿no es la libertad la definición, la razón de ser y el único criterio distintivo de la civilización occidental?

Fronteras abiertas

No pasa una semana en Europa sin que un inmigrante ilegal , un recién llegado, un solicitante de asilo o un afgano que está aquí sin que nadie sepa en calidad de qué, atropellando deliberadamente a peatones, apuñalando a mujeres jóvenes o masacrando a bebés y niños pequeños en una cuna . Europa vive la peor crisis de anarquía migratoria desde las invasiones normandas e islámicas de la Alta Edad Media.

Esta anarquía no es una calamidad natural, sino el resultado de una serie de decisiones políticas compartidas entre la UE, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y los Estados miembros. La UE, en particular, al ser un mercado sin fronteras, ha creado y desarrollado un servicio de guardia de fronteras exteriores, FRONTEX . El problema es que, tal como está actualmente la legislación europea (UE + CEDH), estos guardias fronterizos proporcionan esencialmente un servicio de ferry gratuito entre África y Europa. La legislación europea les prohíbe expresamente rechazar a los inmigrantes ilegales cuando son interceptados. Tienen la obligación de llevarlos a la Unión Europea para que puedan ejercer todos sus " derechos ".

En Europa, incluso más que en los Estados Unidos, una vez que un inmigrante ilegal llega al país, en la abrumadora mayoría de los casos se queda: millones de ellos . Los europeos observan con asombro cómo sus orgullosas ciudades –París, Berlín, Bruselas, Roma, Londres– sufren metamorfosis demográficas en tiempo real, mientras multitudes llenas de odio marchan regularmente por sus calles gritando consignas antisemitas, “ muerte a los judíos ” y otras bendiciones tomadas de su amistosa cultura nativa.

¿Es posible salvar la UE?

Una razón para que exista la democracia es permitir un cambio pacífico de liderazgo y de políticas. En las últimas elecciones al Parlamento Europeo, los europeos votaron masivamente a la derecha, evidentemente como reacción y furia contra las políticas de la Comisión Europea bajo el liderazgo de Ursula von der Leyen . Lo que enfureció a los votantes fue el Pacto Verde , que hace que la energía sea inasequible, y el caos migratorio , ahora fuertemente teñido de islamismo y odio a los judíos.

¿Qué salió de esas elecciones? 
¡Una nueva Comisión Von der Leyen! ¿Con un programa diferente? No, con un programa aún más radical, ecologista y censurador que la primera Comisión Von der Leyen. Es como si los estadounidenses hubieran votado en un 60% a los republicanos y el presidente elegido fuera un socialista. 
¿Cómo puede ser esto, cuando Europa dice jurar por la "democracia"?

Parece que se debe a dos factores. 

El primero: el grupo más numeroso del Parlamento Europeo es el Partido Popular Europeo ( PPE ), de centroderecha. Este grupo está dominado numéricamente por la CDU/CSU de Alemania, el partido de la ex canciller Angela Merkel. Su partido, sin embargo, está a la izquierda del Partido Demócrata estadounidense en la mayoría de los temas. Su apoyo al ecologismo más obtuso, y en particular al Pacto Verde, parece total. Por eso, a la hora de imponer un nuevo presidente de la Comisión Europea tras las elecciones de junio de 2024, la CDU/CSU eligió entre sus filas a alguien que mantiene fuertes convicciones ecologistas: Ursula von der Leyen.

El segundo factor, y el más importante, es que la UE es, en realidad, una democracia Potemkin. Parece una democracia, pero en realidad es una burocracia autoritaria . No hay elección por parte de los ciudadanos de un parlamento digno de ese nombre, no hay transparencia, no hay recursos y, al parecer, no hay forma de eliminar la organización o alguna parte de ella. Los ciudadanos europeos pueden votar como quieran, pero es una élite autoproclamada dentro de las instituciones europeas la que decide el futuro de Europa. Estas "élites" harán cualquier cosa para mantenerse a sí mismas y a su ideología en el poder . La semana pasada, el diario holandés De Telegraaf reveló que la primera Comisión Von der Leyen había financiado masivamente a ONG ambientalistas para presionar a los miembros del Parlamento Europeo -¡viva la separación de poderes!- y a los ciudadanos a favor del Pacto Verde.

Además, Qatar se ha infiltrado masivamente en el Parlamento Europeo, comprando parlamentarios para promover sus intereses y su visión islamista del mundo. No importa si la gente vota a izquierdas o a derechas: 
Von der Leyen y su agenda ecologista de extrema izquierda siguen en el poder. ¿Se puede medir la sensación de alienación que deben sentir los europeos, obligados a financiar una burocracia corrupta que trabaja en contra de sus intereses?
En materia de inmigración, economía, libertad de expresión y democracia, la UE no es la solución a ningún problema. La UE es el problema.


El discurso (DOBLADO AL ESPAÑOL) de J.D. Vance en la Conferencia de Múnich




«Ningún votante de este continente acudió a las urnas para abrir las puertas a millones de inmigrantes sin control»

Una de las cosas de las que quería hablar hoy es, por supuesto, de nuestros valores compartidos. Y, bueno, es genial estar de vuelta en Alemania. Como habéis escuchado antes, estuve aquí el año pasado como senador de Estados Unidos. Vi al Secretario de Asuntos Exteriores, David Lammy, y bromeé con él sobre que ambos, el año pasado, teníamos trabajos diferentes a los que tenemos ahora. Pero ahora es el momento de que todos nuestros países, de que todos nosotros, que hemos tenido la suerte de recibir el poder político de nuestros respectivos pueblos, lo usemos con sabiduría para mejorar sus vidas.

Y quiero decir que he tenido la suerte, durante mi estancia aquí, de pasar algo de tiempo fuera de los muros de esta conferencia en las últimas veinticuatro horas, y me ha impresionado mucho la hospitalidad de la gente, incluso, por supuesto, cuando aún se están recuperando del horrendo ataque de ayer. La primera vez que estuve en Múnich fue, de hecho, con mi esposa, que está aquí conmigo hoy, en un viaje personal. Siempre me ha encantado la ciudad de Múnich y siempre me ha encantado su gente.
JD Vance, vicepresidente de EEUU: «Ningún votante de Europa acudió a las urnas para abrir las puertas a millones de inmigrantes sin control»
Solo quiero decir que estamos profundamente conmovidos, y nuestros pensamientos y oraciones están con Múnich y con todas las personas afectadas por el mal que se ha infligido a esta hermosa comunidad. Estamos pensando en vosotros, rezamos por vosotros y, sin duda, estaremos apoyándoos en los días y semanas que vienen.

Nos reunimos en esta conferencia, por supuesto, para hablar de seguridad. Y normalmente nos referimos a amenazas a nuestra seguridad exterior. Veo aquí hoy a muchos grandes líderes militares. Pero, aunque la administración Trump está muy preocupada por la seguridad europea y cree que podemos llegar a un acuerdo razonable entre Rusia y Ucrania, también creemos que, en los próximos años, Europa debe dar un gran paso adelante para garantizar su propia defensa. Sin embargo, la amenaza que más me preocupa en lo que respecta a Europa no es Rusia, ni China, ni ningún otro actor externo. Lo que me preocupa es la amenaza interna. La retirada de Europa de algunos de sus valores más fundamentales: valores que comparte con Estados Unidos de América.
Me sorprendió que un excomisario europeo apareciera recientemente en televisión y pareciera encantado de que el Gobierno rumano hubiera anulado unas elecciones enteras. Advirtió que, si las cosas no salen según lo previsto, lo mismo podría suceder en Alemania.
Ahora bien, estas declaraciones despreocupadas resultan impactantes para los oídos estadounidenses. Durante años se nos ha dicho que todo lo que financiamos y apoyamos es en nombre de nuestros valores democráticos compartidos. Todo, desde nuestra política sobre Ucrania hasta la censura digital, se presenta como una defensa de la democracia. Pero cuando vemos a tribunales europeos anulando elecciones y a altos cargos amenazando con cancelar otras, deberíamos preguntarnos si realmente nos estamos exigiendo un estándar lo suficientemente alto. Y digo «nosotros» porque creo firmemente que estamos en el mismo equipo.

Debemos hacer más que hablar de valores democráticos. Debemos vivirlos. Ahora bien, dentro de la memoria de muchos de los que estáis en esta sala, la Guerra Fría posicionó a los defensores de la democracia contra fuerzas mucho más tiránicas en este continente. Y pensemos en el bando de esa lucha que censuraba a los disidentes, que cerraba iglesias, que anulaba elecciones. ¿Eran los buenos? Desde luego que no.

Y gracias a Dios, perdieron la Guerra Fría. La perdieron porque ni valoraban ni respetaban todas las extraordinarias bendiciones de la libertad: la libertad de sorprender, de cometer errores, de inventar, de construir. Al final, no se puede imponer la innovación o la creatividad, de la misma manera que no se puede obligar a la gente a pensar, sentir o creer en algo. Y creemos que esas cosas están, sin duda, conectadas. Lamentablemente, cuando miro a la Europa de hoy, a veces no está tan claro qué ha pasado con algunos de los ganadores de la Guerra Fría.

Miro a Bruselas, donde los comisarios de la Comisión Europea han advertido a los ciudadanos de que pretenden cerrar las redes sociales en tiempos de disturbios civiles, en cuanto detecten lo que ellos han juzgado como «contenido de odio». O a este mismo país, donde la policía ha llevado a cabo redadas contra ciudadanos sospechosos de publicar comentarios antifeministas en internet como parte de la lucha contra la «misoginia» en la red.

Miro a Suecia, donde hace dos semanas el Gobierno condenó a un activista cristiano por participar en quemas del Corán que acabaron con el asesinato de su amigo. Y como señaló escalofriantemente el juez en su caso, las leyes suecas que supuestamente protegen la libertad de expresión no conceden, de hecho, y cito, «carta blanca» para decir o hacer cualquier cosa sin correr el riesgo de ofender al grupo que sostiene esa creencia.

Y quizás lo más preocupante, miro a nuestros muy queridos amigos del Reino Unido, donde el retroceso en los derechos de conciencia ha puesto en el punto de mira las libertades básicas, especialmente de los británicos religiosos. Hace poco más de dos años, el Gobierno británico acusó a Adam Smith-Connor, un fisioterapeuta de 51 años y veterano del Ejército, de cometer el atroz crimen de estar de pie a 50 metros de una clínica de abortos y rezar en silencio durante tres minutos. No obstruyó a nadie, no interactuó con nadie, simplemente rezó en silencio por su cuenta. Cuando las fuerzas del orden británicas lo detectaron y le exigieron saber por qué rezaba, Adam respondió simplemente que lo hacía por su hijo no nacido.

Él y su exnovia habían abortado años atrás. Pero a los agentes no les conmovió su respuesta. Adam fue declarado culpable de infringir la nueva Ley de Zonas de Exclusión del Gobierno, que penaliza la oración silenciosa y otras acciones que puedan influir en la decisión de una persona dentro de un radio de 200 metros de una clínica de abortos. Fue condenado a pagar miles de libras en costas legales al Estado.

Ahora bien, ojalá pudiera decir que esto fue un caso aislado, un ejemplo disparatado de una ley mal redactada aplicada contra una sola persona. Pero no. En octubre pasado, hace solo unos meses, el Gobierno escocés comenzó a distribuir cartas a ciudadanos cuyas casas se encuentran dentro de las llamadas zonas de acceso seguro, advirtiéndoles de que incluso rezar en privado dentro de sus propios hogares podría suponer una violación de la ley. Naturalmente, el Gobierno instó a los lectores a denunciar a cualquier conciudadano sospechoso de cometer un delito de pensamiento en el Reino Unido y en toda Europa.

Me temo que la libertad de expresión está en retirada y, en aras del humor, amigos míos, pero también en aras de la verdad, admitiré que, a veces, las voces más fuertes a favor de la censura no han venido de Europa, sino de mi propio país, donde la administración anterior amenazó y presionó a las empresas de redes sociales para que censuraran la llamada desinformación. Desinformación como, por ejemplo, la idea de que el coronavirus probablemente se había filtrado de un laboratorio en China. Nuestro propio Gobierno alentó a empresas privadas a silenciar a personas que se atrevieron a decir lo que resultó ser una verdad evidente.

Así que vengo hoy aquí no solo con una observación, sino con una oferta. Y del mismo modo que la administración Biden parecía desesperada por silenciar a la gente por expresar su opinión, la administración Trump hará precisamente lo contrario, y espero que podamos trabajar juntos en ello.

En Washington, hay un nuevo sheriff en la ciudad. Y bajo el liderazgo de Donald Trump, podemos no estar de acuerdo con vuestras opiniones, pero lucharemos por defender vuestro derecho a expresarlas en la plaza pública. ¿Estáis de acuerdo o en desacuerdo? Ahora bien, hemos llegado a un punto en el que la situación ha empeorado tanto que, en diciembre pasado, Rumanía anuló directamente los resultados de unas elecciones presidenciales basándose en meras sospechas infundadas de una agencia de inteligencia y en la enorme presión de sus vecinos continentales. Hasta donde tengo entendido, el argumento fue que la desinformación rusa había contaminado las elecciones rumanas.

Pero les pediría a mis amigos europeos que tengan un poco de perspectiva. Se puede creer que está mal que Rusia compre anuncios en redes sociales para influir en vuestras elecciones. Nosotros ciertamente lo creemos. Incluso se puede condenarlo en el escenario mundial. Pero si vuestra democracia puede ser destruida con unos cientos de miles de dólares en publicidad digital de un país extranjero, entonces nunca fue muy fuerte desde el principio.

Ahora bien, la buena noticia es que creo que vuestras democracias son sustancialmente menos frágiles de lo que muchos aparentemente temen. Y realmente creo que permitir a nuestros ciudadanos expresarse libremente solo las hará aún más fuertes.

Lo que, por supuesto, nos devuelve a Múnich, donde los organizadores de esta misma conferencia han prohibido la participación de legisladores de partidos populistas tanto de izquierda como de derecha en estas conversaciones. Ahora bien, no tenemos por qué estar de acuerdo con todo, o con nada, de lo que digan estas personas. Pero cuando los líderes políticos representan a un electorado importante, es nuestra obligación al menos participar en un diálogo con ellos.

Para muchos de nosotros, al otro lado del Atlántico, cada vez parece más que los viejos intereses establecidos se esconden detrás de términos feos de la era soviética como «desinformación» y «fake news» simplemente porque no les gusta la idea de que alguien con un punto de vista alternativo pueda expresar una opinión diferente o, Dios no lo quiera, votar de manera distinta, o lo que es aún peor, ganar unas elecciones.

Esta es una conferencia de seguridad, y estoy seguro de que todos vinisteis aquí preparados para hablar de cómo exactamente planeáis aumentar el gasto en defensa en los próximos años conforme a algún nuevo objetivo. Y eso está muy bien, porque el presidente Trump ha dejado absolutamente claro que cree que nuestros amigos europeos deben desempeñar un papel más importante en el futuro de este continente. No queremos oír más hablar de “reparto de cargas”, sino que creemos que es una parte fundamental de estar en una alianza compartida que los europeos den un paso adelante mientras América se centra en otras zonas del mundo que están en grave peligro.

Pero permítanme también preguntarles: ¿cómo siquiera empezar a reflexionar sobre cuestiones presupuestarias si ni siquiera sabemos qué es lo que estamos defendiendo en primer lugar? Ya he escuchado mucho en mis conversaciones, y he tenido muchas, muchísimas grandes conversaciones con muchas personas reunidas aquí en esta sala. He oído mucho sobre de qué deben defenderse, y, por supuesto, eso es importante. Pero lo que me ha parecido un poco menos claro, y ciertamente creo que también a muchos ciudadanos de Europa, es exactamente qué es lo que están defendiendo.

¿Cuál es la visión positiva que da vida a este pacto de seguridad compartido que todos creemos que es tan importante?

Creo firmemente que no puede haber seguridad si se teme a las voces, las opiniones y la conciencia de su propio pueblo. Europa enfrenta muchos desafíos. Pero la crisis que este continente enfrenta en este momento, la crisis que creo que todos enfrentamos juntos, es una crisis creada por nosotros mismos. Si huyen de sus propios votantes, no hay nada que América pueda hacer por ustedes. Y, de hecho, tampoco hay nada que puedan hacer por el pueblo estadounidense que me eligió a mí y al presidente Trump. Necesitan mandatos democráticos para lograr algo valioso en los próximos años.

¿No hemos aprendido nada del hecho de que los mandatos débiles producen resultados inestables? Pero hay mucho valor que se puede lograr con el tipo de mandato democrático que, creo, vendrá de ser más receptivos a las voces de sus ciudadanos. Si desean disfrutar de economías competitivas, de energía asequible y de cadenas de suministro seguras, entonces necesitan mandatos para gobernar, porque tendrán que tomar decisiones difíciles para conseguir todo esto.

Y, por supuesto, lo sabemos muy bien. En Estados Unidos, no se puede ganar un mandato democrático censurando a los oponentes o metiéndolos en la cárcel. Ya sea el líder de la oposición, una humilde cristiana rezando en su propia casa o un periodista tratando de informar. Tampoco se puede obtener un mandato democrático ignorando a su propio electorado en cuestiones como quién puede formar parte de nuestra sociedad compartida.

Y de todos los desafíos urgentes que enfrentan las naciones representadas aquí, creo que ninguno es más apremiante que la migración masiva. Hoy, casi una de cada cinco personas que viven en este país vino del extranjero. Ese es, por supuesto, un récord histórico. Es una cifra similar, por cierto, en Estados Unidos, también un récord histórico. El número de inmigrantes que entraron a la UE desde países no pertenecientes a la UE se duplicó entre 2021 y 2022. Y, por supuesto, ha aumentado mucho más desde entonces.

Y todos conocemos la situación. No surgió de la nada. Es el resultado de una serie de decisiones conscientes tomadas por políticos de todo el continente, y de otros lugares del mundo, a lo largo de una década. Ayer vimos los horrores que estas decisiones han provocado en esta misma ciudad. Y, por supuesto, no puedo mencionarlo sin pensar en las terribles víctimas, que vieron arruinado un hermoso día de invierno en Múnich. Nuestros pensamientos y oraciones están con ellas y seguirán estándolo. Pero, ¿por qué sucedió esto en primer lugar?

Es una historia terrible, pero es una que hemos escuchado demasiadas veces en Europa, y, lamentablemente, también en Estados Unidos. Un solicitante de asilo, a menudo un joven de veintitantos años, ya conocido por la policía, embiste con un coche contra una multitud y destruye una comunidad. ¿Cuántas veces más debemos sufrir estos terribles golpes antes de cambiar de rumbo y llevar nuestra civilización compartida en una nueva dirección?

Ningún votante de este continente acudió a las urnas para abrir las puertas a millones de inmigrantes sin control. Pero, ¿saben por qué sí votaron? En Inglaterra, votaron por el Brexit. Y, estén de acuerdo o no, votaron por él. Y en cada vez más lugares de Europa, están votando por líderes políticos que prometen poner fin a la migración descontrolada. Ahora bien, resulta que estoy de acuerdo con muchas de estas preocupaciones, pero ustedes no tienen que estarlo.

Solo creo que a la gente le importan sus hogares. Les importan sus sueños. Les importa su seguridad y su capacidad de proveer para sí mismos y para sus hijos. Y son inteligentes. Creo que esta es una de las cosas más importantes que he aprendido en mi breve tiempo en la política. Contrario a lo que podrían escuchar en Davos, los ciudadanos de todas nuestras naciones no se ven a sí mismos como animales educados o como piezas intercambiables de una economía global. Y no es de extrañar que no quieran ser manipulados o ignorados implacablemente por sus líderes. Y es el deber de la democracia adjudicar estas grandes cuestiones en las urnas.

Creo que despreciar a la gente, ignorar sus preocupaciones o, peor aún, cerrar medios de comunicación, cerrar elecciones o excluir a las personas del proceso político no protege nada. De hecho, es la manera más segura de destruir la democracia. Hablar y expresar opiniones no es una interferencia electoral. Incluso cuando las personas expresan opiniones fuera de su propio país, e incluso cuando esas personas son muy influyentes. Y créanme, digo esto con humor: si la democracia estadounidense ha sobrevivido a diez años de los regaños de Greta Thunberg, ustedes pueden sobrevivir unos meses de Elon Musk.

Pero lo que ninguna democracia, ni la estadounidense, ni la alemana ni la europea, sobrevivirá es decirle a millones de votantes que sus pensamientos y preocupaciones, sus aspiraciones, sus súplicas por ayuda, no son válidas o no merecen ser consideradas. La democracia descansa sobre el principio sagrado de que la voz del pueblo importa. No hay espacio para cortafuegos. O se defiende el principio o no. Europeos, el pueblo tiene una voz. Los líderes europeos tienen una elección. Y mi firme convicción es que no tenemos por qué temer al futuro.

Acojan lo que su gente les dice, incluso cuando les sorprenda, incluso cuando no estén de acuerdo. Y si lo hacen, podrán enfrentar el futuro con certeza y confianza, sabiendo que la nación está detrás de cada uno de ustedes. Y esa, para mí, es la gran magia de la democracia. No está en estos edificios de piedra o en estos hermosos hoteles. Ni siquiera está en las grandes instituciones que construimos juntos como sociedad compartida.

Creer en la democracia es entender que cada uno de nuestros ciudadanos tiene sabiduría y tiene voz. Y si nos negamos a escuchar esa voz, incluso nuestras batallas más exitosas habrán asegurado muy poco. 
Como dijo el Papa Juan Pablo II, en mi opinión, uno de los mayores defensores de la democracia en este continente o en cualquier otro: «No tengáis miedo». 
No debemos tener miedo de nuestro pueblo, incluso cuando expresan opiniones que discrepan con el liderazgo. 

Gracias a todos. Buena suerte a todos ustedes. Que Dios los bendiga.»


"En realidad, el hombre no tiene derechos en una democracia.
No los perdió en beneficio de la colectividad nacional ni de la nación, sino de una casta político-financiera de banqueros y agentes electorales. 
La democracia masónica (globalista), a través de una traición sin igual, se disfraza de apóstol de la paz en esta tierra y al mismo tiempo proclama la guerra entre el hombre y Dios.
"Paz (Pacifismo) entre los hombres y guerra contra Dios". Corneliu Zelea Codreanu

El estado es la encarnación 
del demonio
Jesús Huerta de Soto



VER+:



Sí, los enemigos también están dentro. Son los que piensan que Occidente ha sido una basura que ha contaminado al resto del planeta con su economía, religión, política y cultura. Son esos que sostienen que Europa fue una máquina de explotación que debe desaparecer como civilización para dar cabida a los supuestamente explotados. Son todos aquellos que aquí quieren cancelar museos, escritores y artistas porque les resultan «machistas» o «esclavistas». Son los que laminan los programas educativos y universitarios para ahormarlos a su ideología woke, o que censuran las opiniones y el lenguaje que no coincide con el dogma del progreso. Todos estos han enfermado a Europa. Son una plaga como lo fueron los totalitarios del siglo XX, aquellos fascistas, nazis y comunistas que castraron la libertad como identidad de Europa para construir una civilización nueva ajustada a su ideología excluyente e «indiscutible».