LAS ARMAS DE LA FE
Con los ojos de la fe miramos al acontecimiento que tuvo lugar el 2 de mayo de 1808 (en Madrid), con esos ojos, lo que se ve no es solo una batalla. Ve una lección sobre la conciencia. Sobre el sacrificio. Sobre lo que significa ser parte de un pueblo. Sobre la memoria como forma de fidelidad. Y sobre la pregunta que este programa lleva en el nombre: ¿qué armas son las que de verdad sostienen a un hombre cuando todo se derrumba?
* Y rendimos homenaje al Arma de Artillería española y a su patrona, Santa Bárbara, a quien dedicaremos un momento especial al final del programa.
Son cientos los episodios en los que la valentía española se hace un hueco en la historia. No obstante, pocos hechos hay más heroicos que los protagonizados por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Belarde, quienes murieron en las calles de Madrid luchando con apenas un mosquete y un sable contra miles de invasores franceses.
De San Bernardo hasta Fuencarral, calles por las que hoy caminan centenares de madrileños.
El 2 de mayo de 1808, el pueblo español se levantó contra el enemigo que amenazaba su soberanía. Junto a él, multitud de soldados también tomaron las armas y aunque en aquel momento la revuelta fue reprimida, sin duda sentó las bases para la expulsión francesa 5 años después.
Para conocer la historia de estos dos heroicos españoles es necesario remontarse hasta el año 1807 tras la creación de una alianza entre Francia de Napoleón y la España de Carlos IV.
Por aquellos tiempos, el pequeño corso quería a toda costa conquistar Portugal y ofreció a Manuel Godoy un tratado aparentemente inmejorable, el reparto de Portugal una vez derrotado. Las condiciones parecían óptimas para España. Únicamente debían abrir las fronteras al ejército francés para que llegara a Portugal a través de la península. El llamado Tratado de Fontainebleau (1807) hizo mella en la corona que permitió al Ejército imperial cruzar España de punta a punta. Sin embargo, lo que nadie podía imaginarse es que las intenciones del emperador eran otras. De los más de 60,000 soldados que entraron en España, no todos se dirigieron hacia la frontera portuguesa.
Multitud de unidades imperiales fueron estableciéndose en decenas de localidades españolas para sorpresa de sus ciudadanos.
Esta toma pacífica de territorios provocó el rencor de los españoles que comenzaron a sospechar de una posible invasión encubierta.
Finalmente, la paciencia de los ciudadanos de la capital terminó por acabarse cuando observaron que Napoleón pretendía trasladar a un miembro de la familia real fuera de Madrid. Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó harto del pequeño corso. Multitud de madrileños salieron a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas para combatir al ejército imperial, en defensa de la libertad e independencia española.
No obstante, no tendrían el apoyo oficial del Ejército español. Los altos mantos dependían de la junta del gobierno, entregada en esos momentos a la voluntad de Napoleón. Las órdenes eran tajantes, colaborar con los franceses y no participar en los combates. Y en aras de la disciplina, los militares no se movieron de los cuarteles.
Hay algo que merece que nos detengamos aquí un momento.
El pueblo español intuyó que algo estaba mal mucho antes de que los hechos lo demostraran. Esa capacidad de leer la realidad con ojos limpios, de no dejarse engañar por las apariencias, es lo que la tradición cristiana llama discernimiento.
El evangelio lo dice con una imagen sencilla pero poderosa: "Sed astutos como serpientes y sencillos como palomas".
No toda obediencia es virtud. A veces la primera arma de la fe es saber ver la verdad cuando otros prefieren mirar a otro lado.
Por aquel entonces, la casualidad quiso que en Madrid se encontrara el capitán andaluz Luis Daoiz y el militar cántabro Pedro Belarde.
El primero de 41 años se encontraba al mando del parque de artillería de Monteleón, ubicado en la actual plaza del 2 de mayo y tenía a sus espaldas más de 30 años de servicio fiel a España.
El segundo, que contaba con 29 añitos, se había hecho un hueco en las altas esferas del Estado Mayor del Cuerpo de Artillería. Ambos vieron en esta revolución un momento perfecto para luchar por la soberanía española. Y a pesar que desde el gobierno se les había ordenado no combatir contra los franceses, decidieron ponerse al lado del pueblo que con piedras, palos y navajas se enfrentaba a miles de soldados imperiales.
Las fuerzas eran escandalosamente desiguales. Los españoles eran unos 5000 hombres, en su mayoría acuartelados fuera de la ciudad. Los franceses unos 40,000, situados en el casco urbano y sus alrededores.
El primer paso para organizar una defensa era liberar el parque de artillería de Monteleón, uno de los pocos enclaves donde los escasos militares rebeldes podían plantar cara al ejército francés. El lugar, sin embargo, estaba guardado por una unidad de 80 soldados franceses.
Belerde convenció a un oficial superior para que le cediera el mando de una unidad española, afirmando que pretendía ayudar a los franceses que defendían Monteleón. Le fue concedido el mando de la tercera compañía del capitán Goigochea.
Por la calle de San Miguel y San José marchaba paso redoblado y arma terciada esa compañía. En su camino, la sangre de los madrileños salpicaba las calles de la capital, pues enfrentaban a una fuerza mejor armada y preparada.
Los patriotas tuvieron que enfrentarse casi desarmados contra las bien equipadas unidades de infantería y caballería napoleónica apoyadas por cañones que barrieron a la población civil.
Al llegar a Monteleón junto a una trentena de soldados, Belarde no tuvo problemas en entrar engañando a los franceses.
El español anunció con voz firme que las tropas de infantería que traía estaban destinadas a reforzar la seguridad del parque. El oficial francés accedió a que los soldados franqueasen los portones. Sin embargo, cuando sus soldados tomaron posiciones alrededor de las tropas de Napoleón, la actitud de Belarde cambió radicalmente. Se giró hacia el oficial francés y le informó de que a sus hombres tiraban las armas o serían masacrados.
Al francés no le quedó más remedio que capitular. ya estaba hecho. Los españoles habían tomado el emplazamiento arengados por los madrileños que desde fuera pedían que se les entregasen armas para poder enfrentarse en igualdad de condiciones a los imperiales. Y es, tras tomar Monteleón, Belarde pensaba encontrarse con un Daoiz dispuesto a combatir. Nada más lejos de la realidad.
El siempre sereno Luis Daoiz había llegado hecho una furia. Él era el oficial al mando de Monteleón y el capitán de mayor antigüedad.
Belarde había atribuido unos poderes y una autoridad que no le correspondían.
Ambos capitanes tuvieron más que palabras. Daoiz quería seguir las órdenes de no atacar a los franceses.
Belarde estaba convencido de que debían unirse al pueblo y entonces ocurrió algo que merece quedarse grabado en la memoria.
Luis Daoiz se detuvo en seco, alzó la vista, se quitó el bicornio, desenvainó su sable, se volvió hacia sus 20 artilleros y su voz sonó más alta en el patio de arena:
- Abrid las puertas, las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?
Detengámonos aquí.
Daoiz tenía órdenes claras, firmadas, emanadas de la autoridad legítima, no combatir. Y sin embargo, en ese patio, algo en su interior le resultó imposible de callar. Eso que se negaba callar tiene nombre, se llama conciencia.
Y la conciencia para el cristiano no es una mera opinión personal. Santo Tomás de Aquino enseñaba que la ley humana obliga en conciencia solo cuando es justa. Cuando un orden viola esa orden moral, inscrito por Dios en el corazón del hombre, la obligación se invierte. Daoiz no traicionó su juramento. Fue fiel a algo más alto que cualquier juramento. El militar creyente no es un autómata, tiene conciencia y esa conciencia es sagrada. Mientras los defensores armaban al pueblo, las columnas francesas habían conseguido conquistar casi todo el centro de Madrid y se dirigían hacia Monteleón. El parque carecía de defensas naturales. Su acceso estaba franco desde tres calles que confluían en su portón. Ninguna era defendible desde el interior del vasto edificio que nunca había sido diseñado con fines militares. No obstante, aunque su muerte parecía segura, prepararon las defensas para resistir.
Los primeros combates fueron contra una pequeña unidad de tiradores franceses que al acercarse al enclave y pedir hablar con el oficial al mando, fueron recibidos a balazos. Pero esto no fue más que una escaramuza inicial.
El primer combate serio llegó cuando una unidad francesa originaria de Westfalia se acercó a Monteleón.
Lo que no sabían los asaltantes es que les esperaba una cruel sorpresa. Al tratar de descarrajar la puerta, un estruendo de humo y fuego llenó la calle.
Varios soldados cayeron heridos por el fuego de los mosquetes y en ese momento, un estruendo aún mayor echó las puertas abajo. Las tres piezas de artillería desplegadas en el interior habían abierto fuego, abatiendo el portón que cayó sobre los Westfalianos.
Su filial al mando solo pudo gritar una orden, la de huida.
Los españoles aprovecharon la ventaja y persiguieron en su carrera a los enemigos, gritando consignas contra los soldados imperiales y alabanzas en favor del rey Fernando.
Daoiz aprovechó la retirada para ordenar desplegar los cañones, dos hacia la calle San Bernando, otros dos hacia Fuencarral y el último hacia la calle de San Pedro Nueva.
Ese pueblo que entró en Monteleón sin uniforme y sin rango, esas mujeres que transportaban munición bajo el fuego, como Clara del Rey que murió allí junto a su marido y a su único hijo.
Esos vecinos que se pusieron detrás de los cañones sin que nadie les llamara. Son una imagen que San Pablo conocía bien. Si un miembro sufre, todos sufren contra él. La fe crea comunidad. Nadie se salva solo, nadie defiende solo. No son nuestros hermanos, había gritado Daoiz.
No era retórica. Esta primera victoria fue efímera. Los franceses hicieron su aparición en más ante Monteleón y comenzaron a coser a cañonazos las posiciones españolas, pretendiendo acabar con los defensores y agotar su munición. La táctica imperial fue efectiva. Los madrileños sufrieron grandes bajas.
Finalmente, las tropas francesas se decidieron asaltar Monteleón con la bayoneta calada. Los españoles lanzaron una descarga de artillería causando grandes bajas.
Pero no consiguieron frenar su ánimo. El final estaba cerca. Y entonces, cuando los defensores casi podían sentir el frío acero de los cuchillos franceses, algo inesperado ocurrió.
A lo lejos apareció un oficial local portando una bandera blanca. Los franceses detuvieron su carga. Los españoles dejaron sus puestos de fuego.
El oficial designado por la junta de gobierno instó a voz en grito a que los defensores se rindieran. La conversación no duró mucho. Unos de los defensores se interpuso entre ambos oficiales gritando vítores a Fernando VI.
La reacción fue inmediata. Los españoles dispararon sus cañones y sus fusiles a quemarropa contra los franceses que estaban con la guardia baja esperando el fin de las negociaciones. La inesperada descarga barrió la cabeza de la compañía francesa. La mayoría arrojó sus fusiles al suelo y levantó los brazos en señal de rendición.
La picaresca española había conseguido ganar una batalla, pero los franceses no cometerían nuevamente ese error. Tras detener el ataque, los militares hicieron un recuento de los supervivientes. Apenas quedaban 10 artilleros entre mandos y soldados. Otra veintena larga de infantes y medio centenar de civiles seguían peleando y solo quedaban media docena de cargas por pieza de artillería.
Belarde decidió usar las afiladas piedras de silex de los mosquetes como metralla.
Las cosas pintaban realmente mal. Sin apenas combatientes ni munición, los españoles solo podían esperar la hora de su muerte.
Este pequeño enclave había hecho perder la paciencia de Murat, que no entendía Como unos pocos soldados y unos centenares de civiles podían contrarrestar la fuerza de un ejército imperial. Ordenó asaltar Monteleón desde todas las calles posibles. Más de 2000 franceses preparaban su tercer asalto. Menos de 100 españoles los esperaban sin intención de rendirse. El ataque, como había ordenado Murat, fue simultáneo desde las calles de San Miguel, San José y San Pedro Nueva.
Las tres columnas con las compañías de granaderos a su cabeza aparecieron como una negra sombra erizada de bayonetas destellantes.
Y aquí está el momento más hondo de toda esta historia: Daoiz y Belarde sabían lo que significaba esos números. Eran militares profesionales, no eran ingenuos y sin embargo, siguieron disparando hasta la última piedra de Silex.
¿Por qué?
El evangelio de Juan lo dice con una sencillez que corta la respiración: "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos".
No murieron en un arrebato. Eligieron con la cabeza fría y el corazón encendido. Sabían que el gesto valía, aunque el resultado fuera adverso. Eso no es heroísmo romántico. Es lo que San Pablo llama esperanza contra toda esperanza. Esperar no porque los números acompañen, sino porque el bien merece ser defendido, aunque cueste la vida.
El asalto definitivo asoló a los españoles, superados por una fuerza 30 veces mayor. El fuego de tiradores franceses situados en balcones y casas hizo bajar rápidamente el número de defensores.
Daoiz fue alcanzado por la espalda con una balloneta y posteriormente acribillado a estocadas. El valiente capitán había defendido hasta su último aliento Monteleón.
800 franceses confluyeron en las puertas del parque desde sus tres costados, barriendo a los últimos 50 defensores a ballonetazos y con un fuego devastador y a quemarropa.
Por su parte, Belarde cayó cuando acudía junto a varios fusileros a reforzar una de las entradas. Un oficial polaco le disparó a quemarropa en el corazón y su cuerpo cayó con violencia en el suelo. Todo había acabado.
El cuerpo de Daoiz fue trasladado a su casa, el de Belarde fue profanado por el enemigo. Hasta que horas más tarde fue recogido por sus compañeros, trasladado al cuartel y posteriormente a la iglesia de San Martín, donde fue amortajado con un hábito de San Francisco.
Al día siguiente fue enterrado en el jardinillo dentro del templo junto a Daoiz. Ambos acabaron como empezaron juntos. Ese hábito franciscano con el que amortajaron a Belarde no es un detalle menor. Es el pueblo diciendo: "Este hombre es de los nuestros, pertenece a algo sagrado".
Y el hecho de que fueran enterrados juntos en tierra consagrada habla de algo que va más allá de la camaradería militar. Es una imagen de comunión. Nadie muere solo cuando muere por los demás. La historia no terminó.
El 2 de mayo de 1808, terminada la guerra de independencia de 1814, los restos de Daoiz y Belarde fueron exhumados y entonces ocurrió algo conmovedor:
Sus cadáveres peregrinaron por toda España, por ciudades y pueblos. La gente se congregaba para clamarlos, para llorarlos, para darles el homenaje que la guerra había impedido. Dos capitanes de artillería que habían muerto casi en secreto, enterrados a escondidas en una iglesia bajo un hábito franciscano, recibieron en muerte lo que no pudieron recibir en vida. Hoy descansan en el monumento a los héroes del 2 de mayo en Madrid, juntos como murieron.
¿Por qué nos tomamos las molestias de recordar? ¿Por qué peregrinar con unos restos mortales? ¿Por qué levantar monumentos? ¿Por qué dedicar un programa de radio a algo que ocurrió hace 218 años?
Porque la memoria, queridos oyentes, no es nostalgia. La memoria es fidelidad.
La Iglesia lo sabe bien. Por eso tenemos el santoral, por eso celebramos el martirologio. Por eso cada misa es en su esencia un acto de memoria. Haced esto en memoria mía. No recordamos a los santos porque vivamos en el pasado. Lo recordamos porque su vida nos dice algo sobre cómo vivir la nuestra.
Daoiz y Belarde nos preguntan a nosotros hoy, ¿qué harías tú si la orden fuera injusta? ¿Seguirías disparando cuando los números no te acompañan? ¿Reconocerías al vecino como hermano cuando la situación se pone difícil?
Para quienes vivís el servicio militar desde la fe, para los hombres y mujeres que escucháis este programa, la pregunta es todavía más concreta:
¿De qué está hecha vuestra conciencia? ¿Qué os sostiene cuando la misión es dura? Y el horizonte no está claro. Ellos nos respondieron con su vida. Nosotros debemos responder con la nuestra.
SANTA BÁRBARA ES ELEGIDA
PATRONA DEL ARMA DE ARTILLERÍA
Y DEL CUERPO DE INGENIEROS TÉCNICOS
DE ARMAMENTO Y CONSTRUCCIÓN.
El 4 de diciembre, se celebra la festividad de Santa Bárbara, patrona del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento.
Su culto entra en España en el siglo XI. "Si es cierto -dice el historiador Padre Luis Urbano- que el Cuerpo de Artillería es el más antiguo de Europa, porque aquí se introdujo antes que en los demás países el uso de la pólvora para la guerra, y si a principios del siglo XV en los ejércitos volantes de Don Fernando de Antequera, vemos ya indicios del Cuerpo de Artillería, razón será que entre nosotros naciese el patronato de Santa Bárbara, y que fuera español aquel ejército que pintan las leyendas alemanas invadiendo la costa de África y conquistando una ciudad bajo lluvia de granizo, tras heroicos esfuerzos, que sólo se coronaron por el éxito cuando los soldados rezaron en su favor a Santa Bárbara; o que naciese esta devoción por haberse conquistado Baza por los ejércitos cristianos, con la brillante cooperación de los artilleros, precisamente el día de Santa Bárbara, el 4 de diciembre de 1499".
Para los componentes del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento, la fe en Santa Bárbara, la joven mártir de Bitinia, está por encima de la evidencia o la duda, ya que la santa existe y vive en la mente y en el corazón de cuantos sirven a España en este Arma y Cuerpo del Ejército.
DATOS HISTÓRICOS DE SANTA BÁRBARA:
Bárbara nació en Nicomedia, cerca del mar de Mármara, el 4 de diciembre del año 273 d.C., a principios del siglo III.
Era hija de un sátrapa, Dióscoro, quien la encerró en la torre de un castillo para evitar que los hombres la sedujeran, pues era muy bella, y para evitar que fuera atrapada por el proselitismo cristiano de la época.
Durante su encarcelamiento fue adquiriendo una enorme cultura. Tenía maestros que le dieron una amplia y diversa formación. Entre otras materias, estudió poesía y filosofía. Debido a esto, y a que su padre estaba ausente con frecuencia, Bárbara se convirtió al cristianismo. Mandó un mensaje a Orígenes, un erudito de la Iglesia cristiana, para que fuera a educarla en esta fe.
Se bautizó y mandó construir una tercera ventana en su habitación de la torre, simbolizando así la Trinidad.
Cuando su padre regresó, quiso casar a Bárbara, pero ella se opuso a este matrimonio, diciéndole que era cristiana y que elegía a Cristo como esposo. Su padre se encolerizó y quiso matarla, para lavar su honor ante sus dioses. Por este motivo, Bárbara huyó. Su padre con algunos de sus hombres la perseguía y cuando estaban ya muy cerca de ella, una gran roca se abrió milagrosamente, para que ella pudiera esconderse allí. Pero pese a todo, fue capturada.
Bárbara sufrió un martirio horroroso: fue atada a una columna, flagelada, le desgarraron la piel con hierros, la colocaron sobre trozos de piedras afiladas y allí marcaban su cuerpo con hierros candentes.
Al final de este penoso martirio, fue su propio padre quien la decapitó, en lo alto de una montaña. En ese momento fue alcanzado por un rayo, muriendo él también.
Santa Bárbara es protectora contra los daños del temporal, las tormentas y los rayos.




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