EL Rincón de Yanka: VIOLENCIA

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martes, 19 de mayo de 2026

LIBRO "LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER" 💥👧👩👵💥 por SVETLANA ALEXIÉVICH, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2015


LA GUERRA NO TIENE
ROSTRO DE MUJER

SVETLANA ALEXIÉVICH

La Premio Nobel de Literatura 2015 Svetlana Alexiévich, «la voz de los sin voz», muestra en esta obra maestra una perspectiva de la guerra ignorada hasta el momento: la de las mujeres que combatieron en la segunda guerra mundial.
Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra.
¿Qué les ocurrió? ¿Cómo les transformó? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? Estas mujeres, la mayoría por primera vez en sus vidas, cuentan la parte no heroica de la guerra, a menudo ausente de los relatos de los veteranos. Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte. Alexiévich deja que sus voces resuenen en este libro estremecedor, que pudo reescribir en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión.
«[...] por su escritura polifónica, que es un monumento al valor y al sufrimiento en nuestro tiempo», palabras del Jurado de la Academia Sueca al otorgar a la autora el Premio Nobel de Literatura 2015.
«Soy historiadora de almas [...]. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de eternidad. Lo que en él hay de inmutable».

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, soldados del Ejército Rojo cometieron violaciones masivas en territorios ocupados, especialmente en Alemania. Se estima que hasta 2 millones de mujeres fueron víctimas, muchas en repetidas ocasiones.
En Berlín, tras la caída del Tercer Reich en abril-mayo de 1945, al menos 100,000 mujeres fueron violadas por tropas soviéticas. Muchas eran menores de edad, algunas de apenas 12 o 13 años.
Las agresiones comenzaron en 1944, con el avance soviético en Europa del Este. En Alemania, los casos se dispararon en la zona de ocupación soviética. Hospitales reportaron abortos masivos y miles de muertes.
Según el historiador Antony Beevor, en Prusia Oriental, Pomerania y Silesia, al menos 1.4 millones de mujeres fueron violadas. Algunas sufrieron hasta 70 agresiones. La escala se describe como el mayor caso de violaciones masivas en la historia. Testimonios, como los recopilados por Svetlana Alexiévich, revelan la brutalidad: “Éramos jóvenes, sin mujeres durante años. Tomábamos niñas de 12 o 13 años. Si lloraban, las silenciábamos”. Las víctimas incluían alemanas, polacas y ucranianas.
En Berlín, los registros de abortos de 1945-1946 (995 solo en Neukölln) reflejan la magnitud de las violaciones. Se estima que 10,000 mujeres murieron por suicidio o enfermedades tras las agresiones.
Aunque Stalin sabía de las atrocidades, según archivos de la NKVD, no hizo mucho para detenerlas. Incluso dijo: “Un soldado que ha cruzado miles de kilómetros merece divertirse”. 
Las violaciones no fueron sancionadas oficialmente y muchos violadores fueron recompensados.
En la posguerra el tema fue silenciado. En Alemania Occidental se usó políticamente para victimizar a la población alemana. En Rusia, muchos veteranos negaron las acusaciones o las justificaron.
Las violaciones masivas del Ejército Rojo son una tragedia histórica que dejó cicatrices imborrables. Es importante que hoy en día hay gente que defiende el comunismo o la figura de Stalin, políticas totalmente criminales y contrarias a la moral de occidente.





sábado, 21 de febrero de 2026

LIBRO "LOS PELIGROS DE LA MORALIDAD": POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI por PABLO MALO


LOS PELIGROS
DE LA
MORALIDAD

POR QUÉ LA MORAL ES UNA AMENAZA 
PARA LAS SOCIEDADES DEL SIGLO XXI

PABLO MALO

Una nueva epidemia ha llegado a nuestras sociedades: la hipermoralización. Ha traído consigo linchamientos públicos, tribalismo ideológico y ataques a la libertad de expresión. Y todo ello en un enorme clima de polarización política, en un «ellos frente al nosotros», donde una espiral de virtud imparable nos exige cada vez mayores niveles de corrección, y la cual se ha manifestado en la cultura de la cancelación, la sociedad del victimismo, la indignación continua en redes sociales y el postureo.
Tal y como describe en este libro el psiquiatra experto en biología evolucionista Pablo Malo, la tecnología y sus distintas herramientas, como las redes sociales, se ha convertido en una máquina al servicio de la indignación moral. Las redes sociales se aprovechan de nuestros instintos morales igual que la pornografía en Internet se aprovecha de nuestros instintos sexuales y, por si fuera poco, otros cambios tecnológicos y de estilo de vida han hecho que la religión tradicional haya perdido terreno como marcapasos moral.

Malo estudia la naturaleza de la moral y la moralidad y, como demuestra en este osado y erudito ensayo, explica que el rol antes ocupado por la Iglesia o el sindicato como prescriptor de valores ha sido sustituido por el wokismo a través de nuevos canales como Black Lives Matter, las políticas de identidad, la teoría queer y el feminismo interseccional.
Y ante este punitivismo nos alerta, pues como dice él mismo: «El mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, pues las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien».

***
Pablo Malo pretende en esta obra abrir los ojos a una mayoría de la población de nuestra infantil sociedad, la cual ingenuamente cree que el mundo se divide en buenas y malas personas haciendo respectivamente buenas y malas acciones, como en las películas de Disney o Hollywood —señala el autor.

Se tocan cuestiones perennes sobre la realidad del ser humano, y muestra cómo éstas se aplican a la actualidad social. Según Malo, los instintos morales tribales, el etnocentrismo de considerar lo de nuestro grupo como bueno y lo de otros grupos como malo, son parte innata de nuestro ser, por nuestra base neurobiológica evolucionada por las reglas de la selección natural darwiniana. Señala además el autor que «parece que no podemos tener una identidad si no es contra alguien, que no podemos vivir sin un Ellos al que oponer un Nosotros.» No obstante, distintas circunstancias derivan en distintos desarrollos del contenido moral con distintos principios, sobre los cuales no hay razones que las soporten sino más bien emociones, o sentido de identidad y pertenencia a un grupo. No son nuestros principios morales deducibles por pura lógica, al estilo Kant. Donde tenemos que mirar para entender la moralidad de cada individuo es al mundo social y a la dinámica de grupos en la que el individuo se encuentra inmerso.

En referencia a la idea de poder discutir sobre moral con algún moralista, cita Malo a Jonathan Swift: «no puedes disuadir con razones a nadie de algo de lo que no fue convencido por razones». También cita a David Hume: «la razón es esclava de las pasiones y no puede pretender otra cosa que servirlas y obedecerlas». Entonces, si no podemos discutir sobre principios morales, ¿cómo se hace para ponernos de acuerdo en los principios comunes de una sociedad tan plural como la nuestra con su múltiples tribus y subtribus, cada una señalando el bien y el mal en direcciones diferentes? La respuesta pesimista de Malo es que no es posible tal acuerdo, y que lo que tenemos es lo único que es posible tener: una guerra civil cultural sin tregua, en la cual, como siempre ha sucedido a lo largo de la Historia, los poderosos han de intentar imponer su moral o bien por el proselitismo que ellos dominan o bien por la fuerza, no por lo convincente de sus argumentos. No es posible que cada cual viva con los suyos con su moral sin interferir con el resto de la sociedad, pues como ilustra Malo con un magnífico ejemplo: «Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo, sino que voy a impedir que tú lleves minifalda» y «cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos —su foco principal son los fines— y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluidas la mentira y la violencia» —señala Malo. Ése es el drama de nuestra sociedad actual que plantea el autor.

El mundo no es justo referido a un bien absoluto, el mundo no es un escenario estilo Star Wars en el que las fuerzas del bien luchan contra las fuerzas del mal y al final consiguen su objetivo. La creencia en un mundo justo es solo eso, una mera creencia, un opio del pueblo necesario para mantener el orden y la confianza en el sistema. Lo único que hay son distintas tribus humanas con distintas morales luchando por hacer prevalecer la suya. El bien o el mal es relativo a cada cultura, no hay un bien en términos absolutos. Dice Malo: «La mayoría de las personas necesita creer que el mundo es justo, los necesitamos para salir y para mandar a él a nuestros hijos. Pensar que el mundo no es justo nos desorienta y deprime». Añadiría yo (esto no lo dice Malo) que la mayoría de las personas son incapaces de pensamiento propio y carecen de fortaleza psíquica para afrontar la realidad, necesitan líderes para guiarlos y que les provean de su opio; son plebe para cuestiones intelectuales, y no está hecha la miel para la boca del asno. Nietzsche no escribió Más allá del bien y del mal pensando en convencer a las masas con ello. Lamentable es que aquéllas tengan tanto peso en nuestras sociedades occidentales democráticas de la era internáutica.

Antaño fueron las religiones las defensoras de la moralidad. Hoy prima en Occidente, sobre todo en los países anglosajones, una moralidad laica woke o de Social Justice Warriors: feminismo, LGTBIQ+, teoría crítica de la raza y otros temas progres. Aunque probablemente menos del 10% de la población sostenga estas ideas, están ejerciendo una desproporcionada influencia en cómo se entiende la sociedad a sí misma —asevera Malo. Las herramientas de imposición de este nuevo orden moral pasan por el victimismo (el derecho de los proclamados oprimidos a imponer sus reglas en su condición de víctimas históricas), cultura de la cancelación sobre sus críticos, linchamientos mediáticos y en las redes sociales, despidos por opiniones contrarias a la corrección política, etc. lo que ha llevado en un país como Estados Unidos a que el miedo de expresar ideas y la autocensura se hayan triplicado desde los años 50 del siglo pasado (era McCarthy de la caza de brujas anticomunista) a la actualidad —según indica Malo en su libro. La ciencia, que debiera mantenerse neutral en esta guerra cultural, también hace en multitud de ocasiones prevalecer la moral de ciertas ideas políticas sobre la verdad; ¿de qué extrañarse pues de que cuando cambian las tornas políticas, como con la llegada de Trump en Estados Unidos, se desmantelen muchos programas científicos? Todo un programa post-postmodernista de destrucción de valores ilustrados, en el que el pensamiento libre, la racionalidad, la ciencia y la búsqueda de la verdad dan varios pasos atrás para retornar a la época de inquisidores, quemas de brujas (o, aunque no se queme a nadie, se le fulmina en el plano profesional y personal), masas fanatizadas y los nuevos «curas» de la nueva religión sin Dios soltando sus arengas al populacho para agitarlo.

Son los mismos perros del pasado inquisitorial con distinto collar. Este movimiento de la Justicia Social es cristiano en su esencia —asegura Malo parafraseando a otros autores: «el movimiento #MeToo repite las peticiones de las puritanas de otros tiempos; la muerte de George Floyd —la muerte de un inocente a manos del imperio actual— tiene ecos de la muerte de Cristo; el Dios cristiano siempre ha estado más cerca de los débiles y oprimidos que de los poderosos; (…) sólo hace falta observar las imágenes posteriores a la muerte de George Floyd, a los senadores estadounidenses de rodillas, a la gente postrada en el suelo, a personas blancas lavándoles los pies a personas negras, etc., para darnos cuenta del simbolismo religioso, de la liturgia de purificación y renacimiento, del deseo de limpiar y renovar observables en todos los acontecimientos que hemos presenciado»; «Estos cazadores de herejes de la Inquisición que han existido a lo largo de la historia del cristianismo estarían representados actualmente por los santurrones fanáticos woke que no queman ahora personas en la hoguera, pero sí arruinan sus reputaciones y sus vidas». Cierto que estas situaciones son más extremas en Estados Unidos, país nutrido en sus orígenes por fervorosos puritanos cuyo espíritu fanático todavía pervive, pero dada la influencia y el dominio cultural actual de los EE.UU. llega esto en cierta medida a todo Occidente.

Aunque el autor hace más énfasis en discutir la moralidad woke que otras ideologías, se sobreentiende que todo lo que explica es también aplicable a otros frentes de la guerra cultural. En particular, en lo que respecta por ejemplo a la censura en detrimento de la libertad de expresión, o el uso de las redes sociales como medio de difundir propaganda ideológica y propagar el odio sobre quienes se separan de sus cánones, en todos los sitios cuecen habas. No hay que fiarse de esos medios que se dicen amantes de la libertad y abiertos a la discusión de ideas de cualquier tipo, pues, a nada que se ponga el dedo en la llaga de sus correspondientes vacas sagradas, saldrá a relucir algún ofendidito reclamando que se prohíban las importunas palabras. En mi experiencia, por ejemplo, he conocido medios afines a la izquierda que se ponen muy nerviosos y se cierran de plano cuando se quiere opinar sobre feminismo sin morderse la lengua, cosa que no ocurre con los medios más a la derecha. Sin embargo, y también me consta por experiencia propia, en los medios donde la crítica a lo woke es común, intentar poner a caldo a Israel por el genocidio que está cometiendo en Palestina resulta casi automáticamente en una puerta cerrada en las narices, asunto que sin embargo es bien recibido por los medios progresistas. Estoy de acuerdo con Pablo Malo cuando dice, en el último capítulo de su libro: «Vivimos unos tiempos difíciles para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y sólo hay dos posiciones: comprar el paquete completo o rechazarlo. Como digas: ‘Pues, mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto, pero creo que eso de ahí y eso otro no es así…’, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva.»

Quizá —pienso yo— la única solución para mantenerse escéptico y crítico como se requiere en un librepensador es no casarse con ninguna ideología, no ser de derechas ni de izquierdas, ni de ninguna secta, ni de ninguna fundación, ni pertenecer a ninguna escuela de pensadores, ni pertenecer a grupo alguno. Es un camino en solitario que pocos están dispuestos a transitar. Nadie ha dicho que pensar por libre sea fácil, no lo era ni en los tiempos de Galileo ni lo es ahora. Lo fácil (e inútil) es unirse a un grupo de poderosos fariseos y verse arropado por los nuestros al tiempo que se siente la unión que produce poseer enemigos comunes (ellos); la vida vegetal aburguesada del académico o pseudointelectual que se dedica a echar panza y medrar en la jerarquía de su Iglesia; y si el político de turno señala que hay que dar una «perspectiva de género» a la ciencia, de cabeza van sin chistar, porque les importa más el medrar en el sistema que la verdad o la ciencia.

En definitiva, creo que tenemos en Los peligros de la moralidad una obra que refleja y analiza extensamente lo que podría llamarse tema de nuestro tiempo, o al menos uno de los temas más cruciales de la actualidad. Aunque la obra se explaya con disertaciones científicas y filosóficas, pienso que cabe clasificarla más dentro del área de la sociología y de la política.

El sociólogo contemporáneo Erik Olin Wright escribió en una ocasión: «La sociología es una complicada reelaboración de lo evidente». Me parece certera la opinión de Wright, y es que, si leemos cualquier libro de sociología actual, lejos de las grandes teorías globales y sus visiones filosóficas de los pioneros de la disciplina científica, no parece que uno pueda sustraer una visión de la sociedad más allá de lo que se aprende viendo algún telediario de vez en cuando. También esto se aplica al libro de Malo, que pone en negro sobre blanco lo que vemos todos los días ante nuestros ojos. No obstante, no sobra que se haga explícita la problemática y quede plasmada en una obra como ésta, cargada de lúcidas y valientes observaciones.

Aunque el tema da para exaltados e impetuosos discursos, la prosa de Malo es sosegada y alejada de pasiones, próxima a un texto científico o académico con múltiples referencias, pero con desarrollos accesibles al público general no especializado. No pretende su obra guiarnos o exhortarnos hacia un nuevo paradigma social, ni convencernos de ninguna idea política en particular. Malo se presenta aquí como un estudioso de la moral humana tal cual antropólogo o sociólogo. Si bien en su último capítulo indica algunas posibles soluciones para una sociedad mejor (separar moralidad de política; regular las redes sociales para que no promuevan discusiones sobre temas morales; etc.), son meras ideas en el aire sobre las que no se ve posibilidad de llevarlas a cabo en un futuro a medio plazo.


Introducción

La violencia se considera moral, no inmoral: 
por todo el mundo y a lo largo de toda la historia, 
se ha asesinado a más personas para imponer 
la justicia que para satisfacer la codicia.
STEVEN PINKER

Este libro es el resultado de una búsqueda personal. Aunque según esas teo­rías que dicen que el nombre que nos ponen influye en nuestra personalidad e intereses en la vida, mi apellido me predestinaba a ocuparme del tema de la psicología moral; la realidad es que, hasta donde puedo ser consciente de la motivación de mis actos, mi búsqueda tiene que ver en esencia con vivir en el País Vasco y haber sido por ello testigo del terrorismo de ETA y de cómo un porcentaje significativo de la población no sólo no condenaba sino que justi­ficaba esta violencia.

La mayoría de estas personas eran personas con valores, con principios morales, algunos de ellos incluso sacerdotes. Así pues, me pareció desde un principio que la visión de que hay personas buenas (morales) que hacen cosas buenas y personas malas (inmorales) que hacen cosas malas no expli­caba lo que yo estaba observando. Mi problema era explicar cómo personas con una moralidad que funciona de modo correcto podían apoyar actos como el asesinato que moralmente son considerados malos de forma casi universal. El rompecabezas era, por tanto, explicar a qué se debe que actos que suelen ser considerados malos -y que las personas que los llevan a cabo considerarían que son moralmente malos si los sufrieran ellas- son realiza­ dos contra otras personas por gente que cree que está haciendo el bien.

Al inicio de esta búsqueda cayó en mis manos el libro Becoming Evil, de James Waller, cuyo subtítulo es «Cómo la gente normal comete genocidios y asesinatos de masas». El libro trata la inquietante realidad de que todos po­demos hacer el mal y de que las mayores maldades a lo largo de la historia las ha cometido gente que creía que estaba haciendo el bien. Tanto en los genocidios de la era nazi como en los posteriores en la antigua Yugoslavia o en Ruanda participaron altos porcentajes de la población, lo que hace imposi­ble explicarlos culpando a individuos psicópatas o malvados. Gente normal, vecinos -amigos o familiares incluso-, se volvieron unos contra otros en estos terribles acontecimientos. Y en este libro encontré por primera vez la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos/Nosotros, que es considerada un universal antropológico, y ahí comenzó mi interés por estudiar la teoría de la evolución para comprender la mente humana. Trataremos la división Ellos/Nosotros y el tribalismo en uno de los capítulos del libro, pero ya des­ cubrí ahí que nuestra moralidad no es universal, no se aplica a todos los seres humanos, sino que su ámbito de aplicación viene marcado por los límites de lo que considero mi grupo. Nuestra moralidad llega hasta los límites de nuestrogrupo, se aplica a nuestra comunidad moral, es decir, no empleamos las mismas normas con los individuos que pertenecen a nuestro grupo (No­sotros) que con los individuos que no pertenecen a nuestro grupo (Ellos).

Pongamos un ejemplo. «No matarás» es una norma moral existente en todas las culturas. Pero en ningún sitio esa norma moral consiste en «No matarás a nadie», así, a secas. Al enemigo, por ejemplo, sí se le puede matar. Y no sólo se le puede matar, sino que se le debe matar, y el que lo haga no será ningún criminal, sino que será considerado un héroe. Así que la misma moralidad que nos conduce a hacer el bien nos puede empujar a hacer el mal, porque la moralidad, como veremos, es una herramienta para la co­laboración de los grupos humanos, y los grupos humanos han colaborado para competir contra otros grupos. Por eso, nuestra moralidad o nuestra mente moral tiene dos caras: una cara brillante que mira al endogrupo (Nosotros) y promueve la colaboración, la compasión, el altruismo y otras facetas positivas. La cara oscura es la que mira a los grupos rivales exteriores (Ellos) y se caracteriza por el tribalismo, el castigo, el odio y el desprecio a los miembros de esos grupos con los que competimos. Veremos en su momento que las fronteras entre comunidades morales pueden venir marcadas por di­ferentes atributos (raza, nación, religión...), pero un marcador cada vez más importante es la ideología. La ideología y las creencias políticas marcan las fronteras de nuestra comunidad moral y aquellos que tienen otras creencias no son considerados como pertenecientes a ella. Los que piensan diferente pertenecen a otra comunidad moral (Ellos) y las normas morales que se deben utilizar no son las mismas.

Un segundo componente de esta búsqueda personal con respecto a la naturaleza de la moral -que fue surgiendo mientras investigaba el primero- fue contemplar con asombro la creciente importancia del lugar que la mo­ralidad ha ido ocupando en nuestra sociedad actual y la necesidad de enten­der este fenómeno. Estamos viviendo una epidemia de moralidad que se ha iniciado en las universidades estadounidenses y se ha extendido ya al resto de la angloesfera (Canadá, Australia y Reino Unido) y por las redes sociales, y está llegando ya a toda Europa y a otras regiones. Se trata de una explosión de moralidad, de una espiral de virtud imparable que nos exige unos niveles cada vez más elevados de santidad para estar a la altura. Se manifiesta en la cultura de la cancelación, en la sociedad del victimismo, en la indignación continua en las redes sociales ante los menores errores o faltas morales de las personas, en linchamientos morales que recuerdan a las cazas de brujas, en despidos de trabajadores por expresar sus ideas, en censura, en retirada de libros considerados herejes, en un ataque a la libertad de expresión, en un miedo a hablar, etc. Debemos estar cada vez más pendientes de nuestra identidad moral y más atentos a demostrar a los demás que uno es una per­ sona virtuosa. El ambiente moral se ha ido haciendo cada vez más punitivo y asfixiante.

Pero, antes de continuar, ya he utilizado varias veces los términos morali­dad y moral por lo que, aunque lo hablaremos más adelante, conviene aclarar desde un principio a qué me estoy refiriendo y cuál es la terminología que voy a manejar a lo largo del libro, que es, creo yo, muy sencilla. En nuestro mundo de habla hispana -a diferencia de la literatura anglosajona que voy a manejar- está muy extendida la división entre ética y moral, y muchas veces cuando hablo de moralidad en el blog o en Twitter aparecen comen­tarios sobre esta diferencia que, dicho sea de paso, me parece muy frágil, aunque no necesitamos entrar en ello. Para los efectos de este libro pedi­ría al lector que, si maneja esta dicotomía, se olvide temporalmente de ella. Cuando me refiera a moral, moralidad, mente moral, sentido moral o instinto moral me voy a estar refiriendo a la capacidad humana de distinguir entre bien y mal, entre actos buenos y malos. Es una facultad o capacidad similar a la del lenguaje, que no existe -por lo menos con la misma extensión- en otros animales. Y hablaré de normas morales cuando me refiera a las reglas sobre las obras o acciones concretas que son consideradas buenas o malas.

Es decir, moralidad sería equivalente a nuestra capacidad para el lenguaje, y las normas morales concretas serían el equivalente a las lenguas que se hablan en cada lugar; todos los seres humanos distinguen entre bien y mal, pero no en todas partes se habla el mismo lenguaje moral; no en todas partes lo que es considerado bueno o malo coincide por completo. La ética, como rama de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, y la metaética, como la moral en el sentido de normas y costumbres, se basan en nuestra capacidad humana para distinguir entre bien y mal, y no existi­rían sin esa capacidad humana básica. Con eso es suficiente para nuestros fines. Lo que nosotros vamos a estudiar es cómo surgió esta capacidad moral humana, qué peculiaridades y qué consecuencias tiene.

Adelanto brevemente lo que el lector va a encontrar en cada capítulo. En el capítulo 1 voy a defender que tenemos una explicación naturalista -científica, basada en la selección natural- delorigen de la moral. La moral sería una adaptación y una adaptación es cualquier rasgo o característica- sea física o de comportamiento- que ha sido seleccionada por la selección natural porque aumenta eléxito reproductivo. Nuestra moral es contingente a la evolución que ha seguido nuestra especie. Si nuestra trayectoria evolu­tiva hubiera sido diferente, también lo sería nuestra capacidad moral, que tendría otras características, y nuestras normas morales. La consecuencia es que no hay valores absolutos, lo que no quieredecir que esos valores relativos a nuestra peculiar evolución no sean importantes. También hablaremos de las bases neurobiológicas de la moral en el cerebro, de la existencia de regio­ nes cerebrales que desempeñan un papel en nuestra conducta moral.

En el capítulo 2 veremos las principales teorías evolucionistas sobre el ori­gende la moral y cómo convergen todas en que la moralidad es un conjunto de soluciones culturales y biológicas para resolver los problemas de coope­ración y los conflictos de convivencia en las sociedades humanas. Veremos también la teoría diádica de la moral, que plantea que los seres humanos tenemos una plantilla de las transgresionesmorales, un modelo cognitivo de lo que es una transgresión moral y los elementos claves de este modelo son la intención y el dolor. La esencia de un juicio moral es la percepción de dos mentes complementarias, una díada, compuesta por un agente moral inten­ cional y un paciente moral que sufre (la acción del agente). Según esta teoría, al aplicar esta plantilla, se produce un «encasillamiento moral» que consiste en el fenómeno por el que la gente es catalogada o bien como agentes mora­les o bien como pacientes morales; no se puede ser las dos cosas a la vez.

En el capítulo 3 veremos por qué las creencias morales son muy diferentes a otro tipo de creencias y acarrean consecuencias sociales y políticas que de ninguna manera tienen otro tipo de creencias. Trataremos temas como el fenómeno de la moralización, el proceso por el que algo que antes era neu­tro moralmente (como comer carne o fumar) pasa a ser incluido en la esfera moral. También vamos a estudiar aspectos de nuestra psicología que no son directamente morales, pero que interactúan y tienen una fuerte relación con nuestra mente moral. Nuestra preocupación por el estatus y la reputación está íntimamente relacionada con la moralidad y necesitamos entender el lugar que ocupan en nuestra mente primate para comprender luego fenóme­nos como el «postureo» o «exhibicionismo moral», o los linchamientos y las cazas de brujas en las redes sociales. Una gran parte de nuestro repertorio moral lo interpretamos de cara a la galería, muchas de nuestras acciones sir­ven para señalar a los demás nuestra virtud. Gran parte de nuestras conduc­tas morales son dirigidas a observadores y por ello es importante entender también conceptos como el altruismo recíproco y otros.

En el capítulo 4 trataremos la tendencia humana a dividir el mundo en Ellos y Nosotros y las graves consecuencias que esta tendencia tiene en nues­tro mundo actual, especialmente el tribalismo moral e ideológico. La divi­sión Ellos/Nosotros crea una frontera moral, un límite entre dos territorios morales. Más allá de ese límite ya no se aplican nuestros principios morales o no se aplican de la misma manera: Ellos no tienen la misma consideración moral que Nosotros. Somos moralmente tribales y este tribalismo es uno de los grandes retosde nuestra época: tanto eltribalismo entresociedades como dentro de cada sociedad, cultura o nación. Las sociedades occidentales nos estamos dividiendo en tribus y el motor principal de esas divisiones es en la actualidad la ideología, principalmente la ideología política. Este tribalismo intrasocietal está poniendo en peligro el propio funcionamiento de nuestras instituciones.

En el capítulo 5 haremos un repaso de otros fenómenos de nuestro mundo moral actual que giran alrededor de la indignación moral y de un nuevo vehículo para expresarla -las redes sociales- que no existían hasta hace poco y que lo han cambiado todo. Las redes sociales, Twitter en particular, se han convertido en tribunales morales de los que todo el mundo está pen­diente, más poderosos incluso que los tradicionales tribunales de justicia. Hablaremos de la difamación ritual, la cultura de la cancelación, la cultura del victimismo, el exhibicionismo moral y otros temas. Nadie quiere indig­nar a Twitter, la condena en redes equivale a la excomunión y la muerte social.

En el capítulo 6 veremos la explicación a la hipermoralización de nuestra época que mencionaba. Estamos viviendo un nuevo despertar religioso sin Dios y sin perdón cuyo epicentro se encuentra en Estados Unidos. Allí el co­lapso del protestantismo ha dejado un vacío que ha sido ocupado por una religión laica que es la llamada «Justicia Social Crítica» o «wokismo». Como decía Eric Hoffer: «Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa». 
Es un capítulo un poco denso de leer porque trata­ remos someramente los principios filosóficos del posmodernismo, pero creo que el esfuerzo merece la pena por su poder explicativo para entender la época que estamos viviendo y lo que tenemos por delante.

En el capítulo 7 trataremos los problemas que la moralidad supone en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, el peligro de llevamos a la vio­lencia moralista, la violencia más frecuente y grave a lo largo de la historia, una violencia que suele ser masiva y a gran escala. Y junto a ello el peligro que la moralidad encierra para el buen funcionamiento de dos instituciones básicas de nuestras sociedades: la democracia y la ciencia. 

Por último, en el capítulo final daré algunas ideas y propuestas alternativas sobre la forma de neutralizar estos peligros de la moralidad.
El mensaje fundamental de este libro, en resumidas cuentas, es que la moralidad es un arma de doble filo y que tiene un lado oscuro con el que debemos tener cuidado, lo que puede resultar controvertido ya que la visión habitual es que más moralidad es siempre buena. Aquí, sin embargo, voy a defender que necesitamos menos moralidad y no más. Básicamente, lo que hago en el libro es compartir los hallazgos de esta búsqueda personal que co­mento, y tendría dos finalidades fundamentales. 
Por un lado, ayudar al lec­tor a comprender el mundo moral que tenemos ahí fuera y en el que tenemos que desenvolvernos; que el lector salga del libro entendiendo mejor lo que ocurre a su alrededor. 

Y, por otro lado, tiene un objetivo práctico también: hacer recapacitar al lector cuando vaya a utilizar esa capacidad moral de la que hablo, en especial cuando se sienta indignado moralmente y dispuesto a escribir un tuit o a contestar a alguien en una discusión. El objetivo sería conseguir que cada uno de nosotros nos paremos un segundo a reflexionar antes de lanzar ese tuit o esa contestación, que se nos encienda una alarma en nuestro interior: 
«Atención, estás funcionando en modo moral, peligro». La esperanza es que podamos entre todos disminuir el elevado nivel de con­taminación moral actual y conseguir así un mundo más habitable.

¿La Sociedad Ha Perdido La Cabeza? - Pablo Malo

lunes, 12 de enero de 2026

LIBRO "EL TEJÓN DE LA MIEL: EL VENENO DE LA LEY": Biografía de un fiscal venezolano que enfrentó el poder un régimen represivo y corrupto por PEDRO LUPERA

EL TEJÓN 
DE LA MIEL
EL VENENO DE LA LEY

Biografía de un fiscal venezolano que enfrentó 
el poder un régimen represivo y corrupto

El libro Biografía del fiscal venezolano Pedro Alexander Lupera Zerpa en tiempos de dictadura es una obra profunda que narra la vida y carrera de uno de los fiscales más valientes en la lucha contra la corrupción en Venezuela, en un contexto de creciente autoritarismo y represión bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. La obra se adentra en los desafíos y obstáculos a los que se enfrentó a Lupera Zerpa mientras investigaba casos de corrupción de alto perfil, como los relacionados con PDVSA, Odebrecht y figuras clave del chavismo como Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Tarek William Saab, entre otros.
PRÓLOGO

En él relato experiencias personales vinculadas con mi trabajo en la fiscalía venezolana y los desafíos institucionales a los que me enfrenté durante ese período.
Su propósito es documentar los hechos desde una perspectiva vivencial y profesional. Hay lágrimas, noches de desvelo, riesgos asumidos y una verdad silenciada durante mucho tiempo detrás de cada palabra escrita en este libro.

Mi historia comenzó como la de cualquier niño: jugando en Maracay, con la complicidad de mis hermanos y la guía incansable de mis padres.
Sin embargo, la vida me reservaba un golpe que no llegó en la infancia, sino en mi juventud, cuando ya trabajaba en la fiscalía. Allí, entre expedientes y casos, recibí la noticia que lo cambió todo: mi madre había sido asesinada de un disparo en la cabeza, en plena calle, por un dinero que no valía nada en comparación con su vida.
Aquella mañana, la muerte no solo se la llevó a ella, también se llevó una parte de mí. No obstante, en ese vacío nació una fuerza nueva: el compro­ miso de no callar jamás ante la injusticia.

Las páginas que siguen relatan cómo pasé de ser un joven tímido, fascinado por la informática, a descubrir, casi por accidente, una vocación inquebran­table por el Derecho. En la fiscalía, primero como asistente y luego como fis­ cal, fui testigo del lado más oscuro del sistema judicial venezolano. Vi cómo una jueza cambiaba sentencias a cambio de "Padre Nuestros" y "Ave Marías", un sistema de corrupción tan grotesco como real. Participé en operativos que destaparon redes criminales en las que los poderosos se movían con total impunidad, creyéndose intocables.

Con el tiempo, mi trabajo me llevó a enfrentarme a los gigantes de la corrup­ción. Me ocupé de los casos de Petróleos de Venezuela (PDVSA), donde el oro negro dela nación se convirtió en botín de las mafias enquistadas en el poder, y de las investigaciones de Odebrecht, una red de sobornos internacionales que alcanzó las más altas esferas de la política venezolana.
Esos expedientes no solo destaparon fortunas ilícitas y contratos amañados, sino que también desataron amenazas directas contra mí, llamadas en las que me advertían que me volarían "en mil pedazos" si continuaba.

No eran amenazas vacías. Las balas atravesaron mi vehículo en un atentado planificado para acabar con mi vida. Mi nombre fue manchado con falsas acusaciones fabricadas con perversidad para destruirme moralmente. Pero no callé. No podía. Cada intento por silenciarme se convirtió en combustible para seguir adelante.

Este libro no solo cuenta mi historia. Es la historia de un país que pasó de ser una tierra de promesas a convertirse en un territorio dominado por la co­rrupción, el narcotráfico y la violencia.
También es un homenaje a las víctimas que nunca tuvieron voz, a los fun­cionarios honestos que resistieron dentro de un sistema manipulado y a los amigos y familiares que me sostuvieron cuando todo parecía derrumbarse.
El lector encontrará en estas páginas momentos de ternura e inocencia, pero también de extrema crudeza: desde los juegos con mis hermanos en Caracas hasta los allanamientos a despachos de alcaldes corruptos; desde las charlas con informantes y contactos con agencias internacionales de inteligencia, hasta las amenazas de muerte, los atentados y las traiciones de quienes al­guna vez consideré aliados.

Aquí está la historia completa, sin adornos ni silencios convenientes, con nombres, hechos y recuerdos que aún hoy me estremecen.
Si llegas a leer estas líneas, te invito a acompañarme en este recorrido.
No será un viaje fácil. Habrá pasajes que te indignarán, otros que te dolerán y quizá algunos que te devuelvan la esperanza. Pese a los obstáculos, las prue­bas y los testimonios permanecen como evidencia de la búsqueda constante de la verdad y la justicia.

El propósito de esta autobiografía es compartir experiencias que pueden resultar impactantes o difíciles de asimilar. Espero que contribuyan a la re­ flexión sobre la justicia y la dignidad humana.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

LA DIFERENCIA ENTRE INDIGNACIÓN Y POLARIZACIÓN, O CÓMO LA IZQUIERDA PASÓ DE LA IRA AL LLORIQUEO 😠😡😭

La violencia sistemática contra la derecha 
que la izquierda finge no recordar


En 2011 surgió en España el llamado movimiento del 15M, creado desde la extrema izquierda (un hecho que estaba muy claro, aunque algunos ingenuos tardaron semanas o meses en darse cuenta de ello) con el fin de captar los votos de los socialistas descontentos y evitar que fueran a la abstención, después de dos desastrosas legislaturas del PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero en la presidencia del gobierno.
Aquel movimiento pronto mostró las características de la extrema izquierda clásica: en el verano de 2011, el movimiento del 15M se marcó como meta reventar la visita del Papa Benedicto XVI a Madrid para participar en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) organizada por la Iglesia Católica en esa ciudad. En agosto de ese año, los peregrinos católicos sufrieron una ola de insultos, amenazas y agresiones por parte de matones del 15M ante las cuales el gobierno socialista de Zapatero no hizo absolutamente nada, dando órdenes a la Policía de no actuar contra los ultraizquierdistas violentos.

A pesar de estos hechos, los medios izquierdistas defendieron y blanquearon a esos matones, calificándolos como "los indignados". Esta forma de propaganda pretendía presentar a los clásicos ultraizquierdistas violentos como unos jóvenes idealistas que estaban preocupados e inquietos. En contraste, las críticas de la derecha contra el gobierno de Zapatero habían sido calificadas como "crispación". En este caso, por lo visto, no se trataba de idealistas indignados, sino de malvados agitadores que querían irritar a los españoles.
El movimiento del 15M dio lugar a Podemos, un partido de extrema izquierda que ha apoyado abiertamente la violencia y que incluso ha justificado agresiones contra rivales políticos acusándoles de "provocar" (el viejo argumento de la minifalda con el que algunos disculpaban a los violadores). Esa violencia no molestó a la izquierda que se dice moderada, pero cuando los socialistas volvieron al poder, recuperaron el cuento de la "crispación" para demonizar cualquier protesta de la derecha. Un cuento que ha sido repetido tantas veces que ya no resulta eficaz.

Así pues, la izquierda sacó otro truco de su chistera: la "polarización", una palabra que sirve para adoptar una actitud de fingida preocupación porque cada vez más gente de derechas se ha hartado de la doble moral de la izquierda y está aplicando a socialistas y comunistas su propio jarabe. Se trata, además, de un concepto que los tibios del Partido Popular y sus medios afines son propensos a asumir, en su afán de parecer más moderados que nadie.
Ayer, el diario El Mundo publicó una entrevista con la periodista izquiedista Ana Pastor, poniendo en el titular esta definición: "Polarización es que tú digas buenos días y te llamen hija de puta". Habría que hacer un matiz a esa afirmación: según el manual de propaganda de la izquierda, eso es "polarización" cuando se lo haces a un izquierdista, pero cuando la izquierda se lo hacía a la derecha era "indignación".
Yo no defiendo la violencia con fines políticos. En este blog tengo por norma no insultar a nadie. Mis armas son la palabra, los argumentos y la razón. Lo que tengo muy claro es que la izquierda está cosechando el odio que ha sembrado durante años, un odio que le ha llevado a intentar deshumanizar a todos los que no somos socialistas ni comunistas, etiquetándonos como "fascistas" o cosas peores, unas etiquetas que nos convertían en personas que merecían toda violencia, a los ojos de una izquierda radicalizada y que ve fascistas por todas partes.
La diputada de Vox Rocío de Meer tras ser agredida de una pedrada por matones de extrema izquierda en Sestao, Vizcaya, en junio de 2020. Ningún miembro del gobierno de Pedro Sánchez condenó esta agresión, y algunos miembros de Podemos acusaron a la agredida de inventárselo todo, a pesar de los numerosos testigos y de que la agresión fue grabada en vídeo.

Esa izquierda ha venido utilizando contra la derecha la falacia del hombre de paja de forma sistemática, una falacia que inventa una falsa imagen de alguien y sobre ella construye un discurso fanático que en los últimos años ha dejado un reguero de agresiones izquierdistas, especialmente contra Vox, agresiones que los socialistas y sus socios comunistas nunca han condenado, tratando a los agredidos como si fuesen apestados. Y la izquierda aún se atreve a hablar de "polarización", pasando de la ira al lloriqueo. Qué cara más dura.

ZAPATERO CON GABILONDO: 
NOS CONVIENTE  QUE HAYA TENSIÓN. 
HAY QUE EMPEZAR A DRAMATIZAR

viernes, 29 de agosto de 2025

LIBRO "UN SIGLO DE CRÓNICA ROJA (1894 - 1984): QUINCE HISTORIAS SOBRECOGEDORAS DE VENEZUELA 💥💀 por PEDRO REVERTE y MARIANA ALARCÓN

 
UN SIGLO DE
CRÓNICA ROJA
1894 - 1994

QUINCE HISTORIAS SOBRECOGEDORAS

PEDRO REVERTE y MARIANA ALARCÓN

«Un siglo de crónica roja», de Pedro Revete y Mariana Alarcón, es una obra que sumerge al lector en el fascinante y a menudo perturbador mundo de la crónica de sucesos en Venezuela. Este libro, publicado como un compendio de historias que abarcan cien años de crímenes y tragedias que marcaron la memoria colectiva del país, destaca por su rigor investigativo y su narrativa envolvente.
Los autores, con una trayectoria destacada en la investigación de la crónica roja, logran tejer un relato que no solo documenta los hechos, sino que también explora las complejidades humanas detrás de cada caso.
Desde asesinatos que conmocionaron a la sociedad hasta misterios sin resolver, el libro ofrece una mirada cronológica que refleja cómo la violencia y el crimen han evolucionado en paralelo con los cambios sociales, políticos y económicos de Venezuela.
Esta obra equilibra el detalle periodístico con un estilo literario accesible y atrapante. Los autores no se limitan a relatar los eventos; también contextualizan las motivaciones de los protagonistas —víctimas, victimarios y testigos—, así como el impacto de estos sucesos en la opinión pública. Además, la inclusión de fotografías, enriquece la experiencia, dotando al texto de una dimensión casi tangible.

Un siglo de crónica roja es una pieza imprescindible para los amantes del periodismo narrativo. Revete y Alarcón no solo preservan un archivo histórico, sino que invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana y el peso de la memoria en un país marcado por la turbulencia. Una lectura tan inquietante como reveladora.

¿Qué casos contiene?

Las dos muertes de Madame Balou
El asesinato del gobernador de Caracas Luis Mata Illas
El puñal que mató a Juanita Vega
El crimen de El Silencio: la maestra del Bloque 7
El mito del negro Antonio
El secuestro de Vallita
La muerte de Pancho López. (Actor de Radio Rochela)
Señuelo mortal: el caso de la hija de Eva Blanco
El crimen de la bañera
El carnicero de Maracay
El bulto macabro
El monstruo de Guarenas
El monstruo de Carayaca
La descuartizada de Pipe
La viuda negra de Santa Fe

Razones para adquirir este libro

Exploración histórica única: El libro ofrece un recorrido por cien años de crónica roja, un género periodístico fascinante que combina investigación, narrativa y hechos reales, permitiéndote entender cómo han evolucionado los crímenes y su cobertura a lo largo del tiempo.
Narrativa envolvente: Los autores, reconocidos por su habilidad para contar historias, transforman casos reales en relatos que enganchan, haciendo que la lectura sea tanto informativa como entretenida.
Perspectiva cultural: A través de las crónicas, se refleja la sociedad, sus valores, miedos y cambios a lo largo de un siglo, ofreciendo una ventana a la historia desde un ángulo poco convencional.
Trabajo riguroso: Pedro Revete y Mariana Alarcón son investigadores experimentados, lo que garantiza un enfoque detallado y bien documentado sobre los casos más emblemáticos.
Atractivo para amantes del true crime: Si disfrutas de historias de crímenes reales, este libro promete satisfacer tu curiosidad con casos que han marcado época.
Relevancia contemporánea: Al analizar un siglo de crónica, el libro conecta eventos del pasado con cuestiones actuales sobre justicia, crimen y medios de comunicación.

¿A qué esperas? Haz clic en el botón COMPRAR AHORA y sumérgete en este viaje en el tiempo. Conoce en detalle 15 crímenes que impactaron a la sociedad venezolana.

Prefacio

En 1972 durante una de mis incursiones infantiles por la casa tropecé con una caja llena de viejos libros. Entre un montón de novelas, que ha­bría de devorar con fruición, estaba un ejemplar de la Historia Mundial de la Prensa que 20 o 30 años atrás se usara en los cursos de Periodismo, impartidos a distancia, por academias asentadas en los Estados Unidos. De tapa dura, impreso en papel glasé y con abundantes ilustraciones ese libro despertó en mí el gusto por la comunicación, del tipo que toda­ vía se hacía en aquella época: 
la del tecleo en las máquinas, la del plomo fundido, la del olor a tinta y papel y la del estrépito de las rotativas. 
Este sentimiento se afianzó cuando al poco tiempo tuve la suerte de visitar con mi madre, en un mismo día, el taller donde imprimían el diario La Religión y el local en el que Distribuidora Continental encuadernaba las revistas extranjeras.

Quizás por eso entre mis precoces y desordenadas lecturas nunca llegó a faltar la prensa, sobre todo la dominical, tan copiosa y variopinta. Allí conocí a Max Haines, escritor canadiense que desde hacía poco producía Crime Flashback, columna que en América Latina conocimos con el nombre de «Los crímenes más sonados», y en la que Haines reconstruía con singular destreza sucesos ocurridos en décadas anteriores. Aunque ya para entonces había disfrutado de las aventuras de los héroes y heroínas de la literatura policial, me incliné en favor de la crónica por lo que tenía de no ficción. Al crecer además en un período particular­ mente estremecido por la violencia, con casos como el de Vegas Pérez, León Taurel o la masacre de la calle Páez quedó sembrado en mí el inte­rés por este género. Con el paso de los años la vida me regaló la dicha de conocer a mi alma gemela, mi par en el apego por la investigación rigu­rosa. Con ella, hace doce años, inicié la feliz aventura de crear Crónicas del Tánatos, revista digital que trajo a la memoria casi un centenar de los más sensacionales crímenes cometidos en Venezuela.

Ahora, tras un intenso trabajo de clasificación, arqueo, verificación y composición queremos presentarles Un Siglo de Crónica Roja, obra que rescata de polvorientos archivos quince casos, que pese a ser hoy poco o nada conocidos, causaron en su tiempo un fuerte impacto. Le adver­timos que los crímenes que vamos a narrar y algunas de las imágenes que los ilustran podrían llegar a perturbarle, por lo que recomendamos cautela.

Aclarado ese punto dejamos abierta para usted, la puerta de acceso que le llevara a un viaje por el tiempo. Los relatos reconstruidos aquí arran­can con la llegada de un tren a Turmero en 1894 y terminan cien años después con el asesinato de un joyero húngaro, en el momento justo en que abordaba un taxi con la intención de salir del país.

Crónicas del Tánatos, 
crímenes que se convirtieron en Historia. 
Caracas, 20 de septiembre de 2023.

Hoy en la Biblioteca del Crimen te hablamos de los libros 
y otras publicaciones que se realizaron por el caso del padre Biaggi.

VER+:


viernes, 22 de agosto de 2025

CRÓNICA: "TODO POR EL ORO": MIGRACIÓN, VIOLENCIA Y ECOCIDIO EN LA TRIFONTERA DEL RÍO NEGRO (VENEZUELA, COLOMBIA Y BRASIL) 🌎



Crónica

Todo por el oro: migración y violencia 
en la trifrontera del Río Negro

A lo largo del río Negro, la arteria que conecta a Colombia, Venezuela y Brasil en la Amazonía, numerosos pueblos indígenas y distintas comunidades ribereñas sobreviven entre la minería ilegal y los grupos armados, dos poderes de facto que dominan ese eje con el peso de un metal innoble: el plomo.
Durante la madrugada del 3 de agosto en el caño Pimichín, un afluente del río Negro ubicado junto al municipio de Maroa, en la amazonía venezolana, combatientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) atacaron a integrantes del Frente Acacio Medina de la Segunda Marquetalia (SM), una disidencia de las antiguas Farc, en una maniobra para aniquilar el liderazgo del grupo. Hubo muertos y heridos, inclusa de varios mandos, pero hasta la publicación de esta crónica su número no se ha podido confirmar.

Los dos grupos se repartían el control territorial de la zona fronteriza entre Colombia y Venezuela, pero la búsqueda del dominio total rompió esa alianza, un matrimonio de conveniencia basado en acuerdos para dividir las minas, compartir las rutas de narcotráfico y repartir las ganancias. Ahora, cuentan los líderes indígenas locales, varios mineros y fuentes de las fuerzas de seguridad, el acceso y el tránsito por esta zona está controlado y prohibido por el ELN como la nueva autoridad única. Los civiles han sido arrastrados a un miedo mayor y podrían desplazarse en masa hacia Inírida, la capital del departamento de Guainía. Las fuentes reportaron ayer movilizaciones de tropas en territorios indígenas, lo que podría marcar el inicio de una nueva ola de violencia en la región.
Esta noticia y la incertidumbre frente a sus consecuencias viajaron rápido hacia las poblaciones aledañas, río arriba y abajo, entre comunidades cuyo destino está ligado al vaivén caprichoso de la violencia armada.

MUERTE EN BUSCA DEL FULGOR

Hace algunas semanas, seis lanchas de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), decenas de soldados y varios drones vigilaban el río Cunucunuma, ubicado en la Amazonía venezolana, sobre un cauce donde abundan piedras que los indígenas yekuanas consideran sagradas. Hablamos del granito y de otras formaciones; pero no del oro, un metal blando que carece de utilidad en su cultura. Fuera del universo yekuana, entre los mineros mestizos, ese desinterés muta en un afán que sortea la persecución, la extorsión y la muerte en busca del codiciado fulgor amarillo.

Dairo Pertuz*, 41 años y 13 en la minería, llevaba diez días escondido entre los márgenes del Cunucunuma, donde prendía su teléfono solo unos minutos para evadir a los drones; mientras su balsa, una estructura de 200 millones de pesos colombianos (casi USD 50 mil) que horada el lecho del río, permanecía enterrada en pedazos. 
“Dicen que este operativo va a durar 40 días. Toca esperar pa’ poder trabajar”, contaba.
La Guardia vuelve cada tanto a ese lugar, pero los mineros están habituados. “Desarmamos las balsas, escondemos las piezas y nos movemos entre las bocas del río. Cambiamos de lugar todos los días mientras esa gente se va”.

Dairo vive en Inírida, la pequeña capital del departamento de Guainía, en el extremo suroriental de Colombia, pero pasa meses en Cunucunuma buscando la veta dorada. Desde su casa viaja tres días en lancha, y en el camino atraviesa varios peajes que los indígenas imponen a quienes explotan la selva. Hasta la semana pasada, antes del conflicto, cuando llegaba a la mina en el río, tenía que pagar 25 gramos de oro mensuales para el Frente José Pérez Carrero del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y para el Frente Acacio Medina de la Segunda Marquetalia (SM), un grupo liderado por Iván Márquez, jefe negociador por las antiguas FARC en el Acuerdo de Paz de 2016, que tiempo después desertó del acuerdo. Los dos grupos ahora se disputan el control, pero difícilmente eso genere alguna ventaja para Dairo.

Dairo también debe comprar agua, comida y mucho combustible para el motor de la draga. Después el beneficio se reparte: 40 por ciento para los buzos y 60 para el dueño de la balsa, que debe invertir en averías y repuestos. Los mineros gastan fortunas en su operación, pero consiguen un buen retorno, a una tasa de 400 mil pesos colombianos por gramo (unos USD 100). 
“Mínimo sacamos 20 o 30 gramos de oro en un día, y ya eso es rentable. A veces salen 200, 400. Una vez sacamos 930 gramos en diez horas de trabajo”, contó Dairo. Es una vida azarosa, pero en tierra firme no abundan las opciones. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia (Dane), en Guainía padecen un desempleo del 13,6% y la mitad de los jóvenes no estudia ni trabaja.

Dairo escapó de ese panorama y se fue a buscar oro en el río Inírida, en el Atabapo y en muchos meandros donde la veta a veces pinta y a veces no. Ahora en su balsa emplea hasta 12 personas, pero hace unos años tuvo que empezar de nuevo cuando la Armada colombiana le incendió otra. 
“Ellos nos queman cinco, pero a los pocos días salen diez”, dijo confiado.
Varias minas ya vivieron su auge, y seguro vendrán otras después. Pero hoy Cunucunuma concita el mayor interés en el Alto Orinoco: hasta 200 balsas en producción permanente, calculó Dairo. Cunucunuma yace en Venezuela, pero su influencia viaja hasta Colombia y Brasil, donde irriga las economías de muchas comunidades por una arteria común: el extenso y sinuoso río Negro.

UN CASERÍO FANTASMA

En San Carlos de Río Negro, la segunda población del Amazonas venezolano, hubo un aeropuerto con vuelos diarios; un hospital que atendía a locales y vecinos; dos escuelas para estudiantes de aquí y de los asentamientos indígenas cercanos; siete tanques que suministraban gasolina barata a los tres países; una casa de la cultura donde se reunía la multitud en las fiestas patronales; una antena que daba telefonía hasta el lado colombiano; una pequeña flota mercante con grandes bongos de hierro; y varios expendios donde vendían los víveres que llegaban desde la capital, Puerto Ayacucho, por la vía fluvial.

San Carlos fue el mayor centro poblado de toda esta zona. Tres mil personas vivían aquí en los buenos tiempos, pero la ruina de Venezuela dejó a solo 800 y convirtió esto en un caserío fantasma. 
“Muchos jóvenes se fueron a las minas, y el resto cogió pa’Brasil”, contó Daniel Abreu en las ruinas de su negocio. Donde antes hubo un almacén bien surtido, hoy se degradan un horno industrial y una amasadora en desuso, junto a dos vitrinas que exhiben galletas con marcas en portugués.

Ese día no había casi nadie en San Carlos: dos señoras vendían loterías de animalitos, un juego de azar informal y populachero; una chica se protegía del sol con su sombrilla; dos hombres en moto vendían un cerdo despiezado; otros cinco esperaban frente a la casa del alcalde en busca de ayudas; y dos militares de la Guardia Nacional, que al pasar provocaron el silencio precavido de Daniel. Cuando se alejaron, el comerciante, un indígena baré mestizo, retomó la charla y dijo que la infraestructura del pueblo se había hecho en democracia, antes de que Venezuela escorara.

Pese a todo, su local sigue bien ubicado frente a la Plaza Bolívar, un parche verde con grandes árboles en el centro de San Carlos. En diagonal está el muelle, adonde muchas veces llegó Daniel con su bongo cargado de comida y licores que traía en siete días de viaje por el río. 
“Había que pagarle 4% al ELN, pero quedaba plata”, dijo. Aquella mañana solo navegaban los pequepeques: unas canoas con motores mínimos que cruzan pasajeros hacia el pueblo de San Felipe, en Colombia.
Hoy la energía en San Carlos llega intermitente, y la gasolina dejó de fluir desde Puerto Ayacucho el año pasado. Ahora esta comunidad la importa costosa desde Brasil en barcos de 20 mil litros. Daniel tenía uno similar, pero hoy yace oxidado entre la maleza junto al patio de su casa. Se subió a la proa como si todavía navegara.
“De la gente que conocí cuando llegué hace 25 años, solo quedan mis vecinos. Los demás murieron o se fueron. Hasta los perros se acabaron: no había comida pa’ uno, menos pa’ellos”. Daniel Abreu, 61 años, comerciante.
Pero Daniel nunca pensó en irse. 
“Que se vaya el que esté joven”, dijo. Y unos cuantos lo están haciendo. 
“Se van a las minas que hay por estos lados: Siapa, Moya, Cunucunuma, Camello, Carioca. Ahorita varios están esperando que pase un operativo de la Guardia pa’ irse”.
Aunque la riqueza del oro fluye en suelo venezolano, sus ganancias no se ven en poblaciones como San Carlos porque las familias beneficiadas cruzaron la frontera hace rato. Incluso la guerrilla se fue: aquí el ELN usaba a los jóvenes como informantes y como bestias de carga. Ya no. Entre los pocos rezagados quedan varios que también quieren irse, pero no tienen los medios. A algunos, como única salida, les ha quedado sólo la muerte: durante los últimos años ha habido varios suicidios aquí. En el patio de su casa, un poco desanimado después del recorrido, Abreu aventuró una tesis: 
“Pa’evadir la realidad, pa’no sufrir lo que está pasando, se matan”.

UNA BANDERA DE LA AMAZONÍA

Navegar durante horas y días por estas aguas exige conciliar el esplendor y la monotonía del río, la vegetación y el cielo abierto en las dos orillas: tres franjas horizontales que transcurren paralelas por centenares de kilómetros. Esta podría ser una bandera de la Amazonía: abajo la banda oscura de la superficie, que sostiene la embarcación y permite el viaje; más arriba la franja verde de los árboles tupidos; y en lo alto la faja azul, iluminada por el sol como una gran lámpara incombustible. Mientras navegábamos en un pesado bongo de hierro, sobre la margen venezolana surgían comunidades indígenas que fueron abandonadas en los años recientes.

A 130 kilómetros de San Carlos y San Felipe, en Puerto Colombia, hace algunas semanas nos reunimos puertas adentro para evitar a hombres armados de las disidencias de las FARC, que a las siete de la noche deambulaban a sus anchas por el caserío. En el patio de una vivienda, varios indígenas curripacos compartían una sopa de pescado con ají y casabe mientras charlaban en su lengua a un ritmo veloz; hasta que cambiaron al castellano para exponer sus urgencias. 
Primero habló Gilberto Elías*, dueño de una tienda: 
“Aquí no hay seguridad. Los grupos armados pretenden vivir en el pueblo. Ellos antes hacían sus cosas en el monte; ahora patrullan aquí con fusiles y nos ponen en riesgo. Mañana vienen otros y nos acusan de colaboradores”, dijo con los labios apretados.

En este punto medio viven 70 personas en casas de tablas, sobre un borde alto del río, ubicado a 186 kilómetros de Inírida en lancha. Este solía ser un pasadizo útil para los viajeros y los comerciantes que transportan mercancías: 30 kilómetros por un atajo rudo en territorio venezolano acortaban el viaje hasta Maroa, un pueblo ubicado frente a Puerto Colombia, al otro lado del río. Pero la Guardia Nacional, dicen los pobladores en ambas orillas bajo estricto anonimato, empezó a extorsionar y a detener viajeros, y el tránsito paró. Ahora la única opción es viajar tres días o más, siempre en suelo colombiano, por una zona llamada Huesitos, donde la carga vadea arroyos y barriales en tractores para comunicar el río Inírida con el Negro.

Callada durante la reunión, Mariela*, otra comerciante indígena, por fin habló: 
“¿Por qué tengo que compartir con esa gente el fruto de mi trabajo?”. 
El Acacio Medina les cobraba una vacuna a quienes producen dinero en Puerto Colombia y lo mismo hacían los hombres del ELN, acampados en una finca vecina. Ambos grupos han llegado a convivir durante periodos en la zona. Sin embargo, como confirman los hechos recientes, la dinámica entre bandos es cambiante y volátil, y puede conducir a conflictos violentos. En el medio siempre queda atrapada la población civil. 
“Yo soy de aquí y aquí quiero vivir. Si no, ya me hubiera ido”, dijo Mariela resignada.

Desde 2023 la Defensoría del Pueblo de Colombia advirtió el riesgo que corren los indígenas en esta región por la amenaza de los grupos armados que se alimentan del oro. “Esa explotación ilegal y violenta ha incrementado su capacidad financiera, y les posibilita robustecer sus estructuras e imponer el control territorial. Bajo este contexto la población civil está expuesta a graves vulneraciones de sus derechos”, dijo el defensor de entonces, Carlos Camargo. El lecho del río Negro ya no se explota, pero su cauce sirve para transportar el oro extraído hacia distintos destinos en Colombia, Venezuela y Brasil.
Las ondas de la minería viajan así desde los yacimientos hacia las comunidades. Aunque Puerto Colombia no mostraba una actividad comercial importante, los víveres y el combustible sólo se venden por la demanda de oro. 
“El pueblo indígena no es minero. Lo que pasa es que los extranjeros contratan a nuestros jóvenes, y ellos se van para las minas”, dijo desde un extremo de la mesa Edson Meregildo, un joven que representa a 14 comunidades y casi 1800 indígenas de Guainía.

Varios de sus paisanos se fueron hace meses o años a Cunucunuma, algunos volvieron rígidos en congeladores conectados a plantas de energía, en voladoras que cruzan los ríos hasta la comunidad de origen, donde las familias reciben sus cadáveres derrotados.
De allí mismo, sin demora, siempre sale alguien más como reemplazo.

Aquella noche la conversación se extendió hasta tarde, y Edson, por seguridad, recomendó dormir en una hamaca bajo ese mismo techo. Por la mañana, decenas de niños indígenas que estudian y viven en el internado de Puerto Colombia saltaron al río para bañarse y jugar un rato antes de las clases. Después se acercaron a la cocina de la escuela y recibieron allí una ración de galletas y café con leche.
Los chicos se divertían sin angustias, pero en el pueblo flotaba una atmósfera inquietante: los vecinos cruzaban miradas de sospecha o cautela; casi nadie hablaba. De pronto, una lancha rápida apareció con un sujeto de pie sobre el casco, vestido de civil, con gorra y gafas oscuras. El hombre bajó de un salto y abordó otra lancha amarrada en la orilla. Cuando se inclinó para encender el motor, en su cinto asomó una pistola. 
“Ese era el comandante de la guerrilla, el que manda en la zona”, dijo un motorista más tarde, cuando nos alejábamos río abajo a toda velocidad.

Confluencia del Río Guainía y el Casiquiare del Orinoco, juntos forman el gran Río Negro. Foto: Sinar Alvarado.

ECONOMÍA DE ORO

Desde Inírida, en 45 minutos de vuelo sobre la selva hacia el sur, pequeñas aeronaves transportan pasajeros y carga ligera hasta una pista de tierra en San Felipe, la nueva capital comercial del río Negro en su tramo colombo-venezolano. Lo que no vuela hasta aquí, llega a través del cauce oscuro por toneladas: pasajeros, alimentos, bebidas, herramientas, ladrillos, cemento, gasolina y un sinfín de mercancías esenciales que sostienen la vida en las comunidades aledañas. El 80 por ciento de esa carga sigue hacia las minas. El resto se consume en este pueblo que apenas supera el millar de habitantes.

Juvenal Herrera*, dueño de un negocio en la calle principal, llegó hace 20 años y no puede quejarse: compró casas afuera y educó a sus hijos con el dinero que produce en este lugar. 
“He tenido días de 20 y 30 millones. Esto aquí es bueno”, dijo satisfecho en su negocio repleto. “Entre diciembre y enero metí 120 tambores de gasolina. En febrero ya no había”. Cada tambor —60 galones— cuesta en Inírida 1,2 millones de pesos colombianos (casi USD 300), y se vende al doble en San Felipe. Si el oro aquí es el rey, la gasolina es la reina: con ella se encienden las dragas y los motores de las embarcaciones, las plantas de energía y los equipos de sonido en los comercios, los ventiladores en los hoteles y las luces que iluminan el pueblo cada noche. Aunque a veces, cuando el combustible se retrasa, los vecinos pasan varios meses apagados.

San Felipe no vive desprotegido como Puerto Colombia: aquí el Ejército y la Armada tienen puestos permanentes, y los soldados patrullan con sus fusiles al hombro. Pero hay mucho dinero y los grupos ilegales también controlan aquí su flujo. Varios comerciantes, transportistas, líderes indígenas y hasta la Defensoría confirman que sí están presentes, que las tiendas pagan sus extorsiones y los comandantes frecuentan el pueblo vestidos de civil. Pero el miedo promueve la autocensura: en San Felipe no se habla del asunto fácil ni espontáneamente. En las charlas entre vecinos se comparten anécdotas de viajes pasados, se debate sobre política, fútbol y mujeres. Pero el tema grueso permanece callado. 
“Eso no es conmigo”, es la respuesta que se repite cuando uno pregunta por ese control territorial.

El pueblo consiste en dos calles pavimentadas donde vive una minoría de prósperos comerciantes blancos, algunos de ellos mineros en retiro; rodeados por tres comunidades con piso de tierra donde conviven centenares de indígenas yerales, puinaves y curripacos en casas de tablas y techos de palma. El apogeo que disfrutan los primeros lo padecen los últimos. 
“Aquí es caro. Muchos mineros vienen con oro, y todo sube. Esta es una economía minera, de puro oro. Pero no todos tenemos”, se quejó Carlos Dos Santos, sentado bajo un árbol en una mañana calurosa a las afueras del pueblo.

Dos Santos, un flaco de 38 años, es la máxima autoridad de la comunidad Primero de Agosto, donde 43 familias indígenas subsisten precarias. 
“Vivimos del conuco, de la caza y la pesca. Aquí siempre hubo pescado, pero con la minería ha bajado mucho, por el ruido y la contaminación. Ahora nos toca comprar pollo y carne, pero es muy caro”, dijo Dos Santos, mientras habla, sus manos se posan cruzadas sobre la mesa como en una plegaria. Aislados en el último rincón de Colombia, los habitantes de San Felipe sienten que los gobiernos se han olvidado de ellos.

“Aquí se han muerto varias personas. La última fue hace dos meses: una muchacha embarazada murió porque no la pudimos sacar a tiempo. Murió con el hijo adentro”.Carlos Dos Santos, autoridad indígena.

El pueblo tiene un puesto de salud, pero el suministro de medicamentos falla con frecuencia, y sólo quienes pueden pagan millones para traer en avión sus pastillas. También hay una escuela que recibe a todos los niños de la zona, incluidos los que cruzan desde San Carlos. 
“A veces la comida dura un mes viajando desde Inírida. Se pierde en el viaje, o llega mojada. Pero nos toca aceptarla así, porque no hay más. A veces la comida se retrasa y los profesores tienen que esperar hasta dos meses para empezar clases”, contó Dos Santos, cuyos hijos estudian también allí.

El capitán, que poco antes hablaba del oro como un asunto ajeno a su cultura y aseguraba con convicción que los indígenas no son mineros, admitió después que muchos hombres de las comunidades alrededor de San Felipe se han ido a la selva venezolana en busca del sueño dorado. 
“Aquí es muy escaso el trabajo para los jóvenes; no hay oficios. Muchos se van a las minas y no vuelven. Pero entendemos que aquí no encuentran cosas para hacer”.

UNA DESESPERANZA COMÚN

Cuando quedaron atrás los últimos bordes de Colombia y Venezuela, la lancha navegó frente a la inmensa Piedra del Cocuy, cruzó la frontera brasileña y el cauce cambió: la corriente suave encontró rocas y se erizó entre raudales que recordaban el lomo de un animal hirsuto. Después de 12 horas de navegación río abajo, frente a São Gabriel da Cachoeira, en el Amazonas brasileño, cambió también el paisaje: entre la selva surgieron edificios y la inusitada agitación urbana. Pero antes de desembarcar, lo agreste persistía: sobre el agua, trepados como cangrejos encima de las rocas, medio centenar de indígenas moraban bajo carpas y expuestos a la corriente que podría barrerlos sin esfuerzo. Venían de distintas comunidades a cobrar subsidios oficiales, y acampaban varios días mientras los recibían. Antes de irse iban a enrollar sus lonas plásticas; pero dejarían los palos sembrados para otros que llegarían al mismo campamento.

Aquí la gasolina sigue mandando: en el puerto Padre Cícero, a principios de abril, centenares de indígenas hacían fila para llenar tanques plásticos financiados por la alcaldía. El combustible viaja en camiones cisternas a bordo de barcos desde Manaos; y desembarca en Camanaos, un puerto mayor ubicado a 30 kilómetros de São Gabriel. La fila reptaba despacio aquella mañana, y muchos indígenas dormían hacinados en un barracón mientras llegaba su turno para cargar.

Alexánder Moura*, un flaco venezolano de origen brasileño, veía la rebatiña junto al muelle y explicaba: “Usan una parte de la gasolina para sus motores, y el resto lo venden a los mineros. De aquí sale mucha gasolina para las minas de Brasil y de Venezuela”. Es un largo vaivén a través del río: hacia el norte viaja el combustible, y hacia el sur el oro que extraen con él.
Alexánder nació y creció en Venezuela, pero sus abuelos son de aquí, y decidió emigrar cuando allá recrudeció la crisis. En São Gabriel sobrevive con una esposa y un hijo, como cientos de migrantes que enfrentan a diario la xenofobia. 
“Tenemos un chat y somos muchos, la mayoría albañiles y caleteros (cargadores). Aquí hay jefes que nos tratan mal, nos pagan menos que a los brasileños. Pero entre todos nos apoyamos”, dijo con la mirada fija en el río.

Según el último censo realizado en Brasil durante el 2022, en São Gabriel viven más de 50 mil habitantes, y 48 mil son indígenas de 23 etnias diversas: banivas, curripacos, barés, yanomamis y un largo etcétera. El corazón comercial, unas pocas calles con tiendas que se disputan la clientela una junto a la otra, prospera en la parte alta; y no se ven locales donde vendan oro, pues la ciudad es solo un lugar de paso hacia el enorme mercado brasileño. Abajo, sobre la orilla, una fila de casas y establecimientos mira hacia una playa vacía. Es el lugar más atractivo de la ciudad, pero no recibe mayor atención. Al frente, ancho y proceloso, el río Negro se alborota entre cascadas que nombran a este puerto: las cachoeiras.

El resto del área urbana y más allá pertenece a la jurisdicción militar. Casi toda São Gabriel está bajo su control y los soldados abundan en los cafés, en las panaderías, en los hoteles. El predominio viene desde la dictadura que vivió el país desde 1964 hasta 1985, cuando en 1968 esta zona fronteriza fue declarada área de seguridad nacional. Aún así fluye lo ilícito: la legislación brasileña prohíbe explotar oro en áreas indígenas o reservas naturales, pero la ciudad es un eslabón clave en el tráfico. En 2023 un juez del municipio le pidió al Ministerio de Justicia abrir con urgencia una comisaría de la Policía Federal. Según dijo, la ubicación de la ciudad en el corredor que viene de Colombia y Venezuela la vuelve estratégica para el trasiego ilegal. Por aquí entra el oro que viaja hasta Itaituba, donde el metal de origen ilegal entra a la economía en torrente.
São Gabriel es un escampadero: una playa donde se refugian los migrantes desfavorecidos antes de buscarse la vida tierra adentro. La venta de gasolina y la economía informal, que prospera en ventorrillos sobre los andenes, apenas disimulan la precariedad, y debe ser común la desesperanza cuando los suicidios entre los jóvenes indígenas se han convertido en un problema de salud pública. 

Otro vínculo que conecta a este lugar con San Carlos de Río Negro.

En un recorrido por la ciudad, Alexánder, el albañil venezolano, contó que la agricultura también ha decaído en los cuatro años que lleva aquí. Las etnias locales reciben los subsidios y completan sus ingresos con el negocio de la gasolina. Aunque la mayoría no participa en el comercio del oro, sí pellizcan la torta y subsisten con esa migaja. 
“Ya no cazan, no siembran, no pescan. Con esa plata compran carne y pollo que viene de Manaos”, dijo.
Al día siguiente, en el puerto de Camanaos, varios venezolanos y brasileños sudorosos descargaban barcos llenos de materiales traídos desde esa ciudad, donde el Negro y el Amazonas se juntan. En varios de esos cascos la Policía Federal de Brasil ha decomisado cargamentos de oro ilegal que llegarán por el río Tapajós hasta Itaituba.

Un par de días antes, durante el viaje hacia São Gabriel, la voladora zigzagueaba por el río Negro en busca de zonas más profundas, así se alargó el recorrido y el sol de la tarde empezó a caer por el occidente. Las nubes se arremolinaron y los rayos amenazaban con lamparazos repentinos. Cirilo, un indígena con la cara arrugada, aminoró la marcha y puso la proa hacia una playa donde el casco encalló con el motor apagado. 
“Está fea esa tormenta, muy peligroso seguir así. Yo he visto lanchas que se voltean llenitas de gente”, dijo.
Cirilo trepó una ladera y caminó entre las casas de una comunidad que parecía abandonada. Gritó varias veces, pero nadie respondió: los indígenas que habitaban esas chozas huyeron quién sabe cuándo y adónde. 
“Aquí dormimos. Apenas amanezca, nos vamos”, dijo Cirilo.

Renny, su yerno y ayudante, otro indígena a quien todos llaman Pequeño, armó un cambuche en la lancha y descolgó varias lonas para proteger el espacio donde ambos pasarían la noche. Después nos sentamos en la playa para hablar de su oficio anterior, apenas iluminados por los relámpagos. 
“Ahora estamos llevando mercancía a las minas, y nos pagan con oro; pero yo empecé como caletero: cargando gasolina, víveres. Después trabajé en varias minas de tierra, y lo máximo que saqué fueron 39 gramitos. Ahí me cansé y aprendí a bucear. Estuve en Cunucunuma y en otras. Ahí sí sacaba 70, 80 gramos. Allá abajo uno se excita y se queda pegado”, acotó complacido. 

“Yo me salvé de varias piedras grandes. En la oscuridad del río no se ve, por más que uno lleva linterna. Varios compañeros salieron muertos. Los amarraban en el fondo y los sacaban con grúa, chorreando agua. Hasta ahí llegaban”.
Pequeño miraba el tránsito apaciguado del río y reflexionaba sobre su función como proveedor y vehículo de una riqueza incalculable. 
“El oro viaja por el río pa’ los dos lados: pa’Inírida y pa’Brasil. Igualito que el mercurio, que lo llevan escondido pa’evitar a la ley”. 
Pequeño dijo que en su breve temporada como minero le cogió miedo al ambiente violento de las minas y por eso dejó el oficio. Sentado en la orilla recordó peleas que se resolvieron a machetazos y muertos anónimos que fueron sepultados en algún lugar de la selva. Hombres que dejaron sus pueblos y sus familias para jugarse la vida en busca de una prometedora y elusiva veta dorada. 

“Todo por el oro”.

Algunos nombres de esta historia fueron cambiados por seguridad de las fuentes.


Donde el oro vale más que la vida