EL Rincón de Yanka: ALIENACIÓN

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lunes, 23 de marzo de 2026

DOCUMENTAL "EL SIGLO DEL YO (INDIVIDUALISMO)" The Century of the Self) 👉👈

EL   SIGLO   DEL   YO
(INDIVIDUALISMO)

The Century of the Self)

Es un documental de la BBC que consta de cuatro capítulos, fue realizado por Adam Curtis documentalista y escritor británico. Muestra y analiza cómo Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud utilizó las teorías psicoanalíticas del inconsciente y el deseo, ofreciendo sus servicios a corporaciones, políticos y empresarios con el objetivo de manipular la opinión pública, la política, y la economía con fines propagandísticos y fomentar el consumo en la sociedad norteamericana.

El Siglo del Individualismo (YO) (en inglés The Century of the Self) es un documental británico realizado en 2002 por Adam Curtis que se centra en cómo el trabajo de Sigmund Freud, Anna Freud y Edward Bernays ha influido en las corporaciones y gobiernos para poder analizar y controlar a las personas a través de la psicología de masas y la creación de la sociedad de consumo. 
  1. Máquinas de felicidad: Se maneja una idea principal acerca de la psicología de masas y la influencia que tuvo el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, y como esto influyo para que se diera un cambio social y económico significativo después de la Primera Guerra Mundial. Bernays se centra en los escritos de su tío acerca del subconsciente y decide trabajar en aquello, pero no en el ámbito del psicoanálisis sino más bien en la publicidad y el mass media que influye en demasía, dándose cambios sociales significativos. Lo que realizó Bernays fue crear estímulos que determinaban el accionar de los individuos alterando el comportamiento que estaban llevando, esto se pudo realizar bajo la teoría de Freud que sostiene que el ser humano era malo por naturaleza y se rige bajo sus instintos animales, irracionales y sobre todo sexuales. Es de esta forma que las masas sociales de ese entonces se vieron influenciadas y manipuladas por las personas ostentosas del poder, sobre todo por empresarios, que buscaban que se creara una sociedad de consumo para así mantener una economía constante y que se diera una gran demanda de ciertos productos, como los cigarrillos por parte de las mujeres. Las máquinas de felicidad hacen referencia a los individuos que fueron trabajados con su inconsciente para comprar cosas que simplemente satisfacen su imagen o su deseo de realización, mas no sus necesidades. Si bien podría hacerse referencia a que en ese momento esto se convirtió en necesario dado que se comenzó a dar el proceso de industrialización y el levantamiento de un conflicto mundial, esto también significó que los sistemas de generación masiva de opinión en la historia política e ideológica sean de suma importancia, hasta la actualidad.
  2. La ingeniería del consentimiento: se muestran las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial resaltando lo irracional del sentido humano tomando en cuenta todas las violaciones dadas durante el Holocausto, esto confirmaría y mantendría en pie la teoría de Freud acerca de la existencia de estas fuerzas irracionales bajo la capa de aparente normalidad de la mente. Esto se vio exponenciado con la cantidad de soldados que regresaban con experiencias traumática después de este gran enfrentamiento mundial, los mismos necesitaban de cierta forma poder sobrellevar aquello y es en ese momento en donde la hija de Freud, Anna se convierte en uno de los mayores exponentes del psicoanálisis concentrándose sobre todo en esta temática de los soldados anteriormente mencionada. Después de la Segunda Guerra Mundial con las teorías de Anna se comenzó a buscar la creación de un individuo perfecto, pero las sociedades y sobre todo los grupos de poder, buscaban crear un consumidor modelo. Conjugaron las teorías hasta ahora conocidas de Freud, su hija y Bernays para estudiar al consumidor. Durante esto también se dio la guerra fría y era necesario manipular a los individuos parte de esta guerra, en este caso a la sociedad estadounidense, Bernays propuso hacerlo mediante el miedo, y el mismo se aumentó. Es sorprendente como las estrategias planteadas por Bernays funcionaron incluso para derribar un gobierno guatemalteco y mantener una guerra civil que duraría aproximadamente 30 años. Durante estos años, como se muestra en el documental, el psicoanálisis fue tomando fuerza, sobre todo en el ámbito político, pero se desmorona en el momento en el que se busca manipular las mentes y recuerdos de personas utilizadas para la experimentación, así también con el suicidio de Marilyn Monroe quien estaba siendo tratada por Anna Freud, desmorona esta teoría y sorprende a la opinión pública, la misma que se pregunta acerca de la eficiencia de la misma o si tan solo es una forma de mantener cierto control social. Se evidencia en esa época, que el psicoanálisis había sido utilizado como un medio para un fin corrupto y de manipulación de los individuos y de la sociedad, comienzan a aparecer detractores de esta teoría que plantean que pudo haberse utilizado de la manera incorrecta y que están manejando emociones y sentimientos que son la esencia del ser humano.
  3. Un policía en nuestras cabezas que debe ser destruido: centra sus ideas en lo planteado por Wilhelm Reich, antiguo alumno de Freud pero que comenzó a plantear que el hombre por naturaleza era bueno pero que la sociedad lo reprimía y distorsionaba. Si bien sus ideas fueron rechazadas en un principio, en la década de los 60 y 70, justamente en la caída del psicoanálisis sus ideas fueron tomando fuerza y defendidas por grupos liberales de la sociedad estadounidense. Las ideas se centraron en derrocar al Estado, a las grandes corporaciones e instituciones, al ver que esto no se podía realizar debido a la represión se fundamento la idea de que el individuo debe de reprimir este “policía dentro de su cabeza”. Se comenzó a dar el desarrollo del “yo” y esto se pudo ver reflejado para las grandes compañías, ya que no tenían la posibilidad de predecir a su consumidor. El capitalismo tuvo que adecuarse a esto tanto a nivel económico, así como a nivel político ya que los individuos eran impredecibles y no existía un solo “yo”. En los 70 se da una caída económica y quien se preocupa de la reconstrucción de esta son las personas que protestaban contra el Estados y las instituciones. Las corporaciones y las instituciones decidieron darles la importancia necesaria y promover la idea de la individualidad y de ser únicos. Los individuos se dieron cuenta de que era una gran oportunidad de hacer negocios, así como también de expresar su individualidad por lo que podría decirse que es en este punto en donde el siglo del yo comienza a afianzarse, tomar forma y ser un paradigma fuerte a lo largo de los siguientes años hasta la actualidad.
  4. 8 personas brindando: dentro de este, la idea principal que gira en torno a la problemática es la de un yo consumista. Esto se ve expresado en un principio en la economía con las empresas y su marketing para unas adecuadas relaciones públicas, pero pronto comienza a expresarse fuertemente en la política, su mayor ejemplo sería Margaret Thatcher. Ella lideró estas ideas acerca de individualismo y la expresión del individuo, esto no solo favoreció en la parte política ya que la votante tenía en la actualidad otro perfil, sino que las empresas comenzaron a florecer mediante el marketing que tuvo un empujón gigantesco, creando productos para ayudar al individuo a expresarse y ser singular. El concepto de relaciones públicas comenzó a ser fundamental y a ser parte de mundos sumamente grandes como el del periodismo, en donde el marketing dictaba que se debía de dar un espacio a celebridades y políticos si es que ellos a cambio del espacio, publicitaban productos, pero productos que se originaran en los deseos y satisfacciones individuales. Solo de esta manera se podría tener éxito, esto funcionó tanto en el periodismo como en la política, ya que primeramente se averiguaba los deseos individuales de las personas para luego buscar un candidato que se adecuara a las mismas.

El Siglo Del Individualismo 1º Máquinas De Felicidad 1 de 4 DOBLADA ESPAÑOL

martes, 17 de marzo de 2026

CUENTO Y PELÍCULA "EIGHT O´CLOCK IN THE MORNING" y THEY LIVE (ESTÁN VIVOS) por RAY NELSON y JOHN CARPENTER, RESPECTIVAMENTE.


They Live (título traducido como Están vivos en España y como Sobreviven en Hispanoamérica) es una película estadounidense de acción-ciencia ficción de 1988 escrita y dirigida por John Carpenter. Carpenter escribió el guion bajo el pseudónimo de Frank Armitage. La película está basada en un relato de 1963 de Ray Nelson titulado Eight O’Clock in the Morning.
Al final de la demostración, el hipnotista dijo a los presentes: “Despierten”. Algo inusual ocurrió. Uno de los presentes despertó del todo. Aquello era un hecho sin precedentes. Su nombre era George Nada: parpadeó ante el mar de caras de los presentes en el teatro, al principio sin ser consciente de que hubiera algo fuera de lo habitual. Luego se percató: estaban ahí, entre la muchedumbre, eran rostros no humanos. Eran los rostros de los Fascinadores. Ellos habían estado ahí todo este tiempo, por supuesto, pero solo George estaba realmente despierto, así que solo él podía reconocerlos como lo que realmente eran. Entendió todo en un instante, incluyendo el hecho de que si era demasiado obvio, ellos lo notarían y de inmediato le darían la orden de volver a su estado habitual, y entonces él volvería a obedecer.

Por intervalos, George observaba los carteles que colgaban y mostraban fotografías de los Fascinadores y sus múltiples ojos a lo largo de la calle. Debajo de ellas, inscritas, aparecían varias órdenes, tales como “trabaja ochos horas”, “juega ocho horas”, “duerme ocho horas” o “cásate y reprodúcete”. Una televisión colocada en el aparador de una tienda captó la atención de George, pero él desvió la mirada de inmediato. Si no veía al Fascinador en la pantalla, podría resistir la orden: “siga sintonizando esta emisora”.
George vivía solo en un pequeño dormitorio. Tan pronto como llegó a casa, desconectó el televisor. A pesar de ello, podía escucharse el rumor de los televisores encendidos de sus vecinos. Las voces eran humanas, la mayor parte del tiempo, pero ahora, de un momento a otro, él podía escuchar las voces arrogantes, los extraños graznidos de los alienígenas, semejantes a los de un ave. “Obedece al Gobierno”, decía uno de los graznidos. “Somos el Gobierno”, decía otro. “Somos tus amigos. Tú harías cualquier cosa por un amigo, ¿no?”. “Obedece”. “Trabaja”.

De repente sonó el teléfono. George contestó. Era uno de los Fascinadores. “Hola”, chilló. “Habla tu control, el Jefe de policía Robinson. Usted es un hombre viejo, George Nada. Mañana a las ocho en punto, su corazón se detendrá. Por favor repítalo”. “Soy un hombre viejo”, dijo George. “Mañana a las ocho en punto mi corazón se detendrá”. El jefe de policía Robinson colgó.
“No, no pasará”, susurró George. Se preguntó por qué lo querían muerto. ¿Sospechaban, acaso, que se encontraba despierto? Era probable. Alguien podía haberlo notado, darse cuenta de que George no actuaba como el resto de las personas. Si al pasar un minuto después de las ocho él seguía vivo, entonces estarían seguros. “No tiene caso esperar el final aquí”, pensó.

Salió de nuevo a la calle. Los pósters, los televisores o las órdenes ocasionales dictadas por los extraterrestres parecían no tener ningún poder definitivo sobre él, aunque todavía se sentía tentado a obedecer, a ver las cosas de la misma forma en que su amo deseaba que las viera. Entró a un callejón y se detuvo. Uno de los alienígenas se encontraba allí, solo, apoyándose en la pared. George caminó hacia él. “Sigue caminando”, gruñó la cosa, enfocando sus letales ojos sobre George. George sintió que su dominio de conciencia vacilaba. Por un momento la cabeza reptiliana se desvaneció, dejando ver en su lugar el amable rostro de un anciano ebrio. Por supuesto, el borracho era amable. George tomó un ladrillo y golpeó al anciano en la cabeza con todas sus fuerzas. Por un momento la imagen pareció difuminarse, luego brotó un tenue hilo de sangre azul-verdosa de la cara del reptil que cayó al suelo, retorciéndose. Después de un rato, el reptil estaba muerto.

George arrastró el cuerpo hacia las sombras y lo revisó. Encontró una pequeña radio en su bolsillo, además de un cuchillo tallado cuidadosamente y un tenedor. De la radio brotaba un audio incomprensible. Dejó la radio junto al cuerpo inerte del reptil, pero conservó los utensilios para comer. “Es probable que no pueda escapar”, pensó George. “¿Por qué combatirlos?”. Pero quizá él podía. ¿Qué pasaría si él podía despertar a otros? Valía la pena intentarlo.
Caminó doce manzanas hasta llegar al apartamento de su novia, Lily. Llamó a la puerta. Lily abrió, enfundada en una bata de baño. “Quiero que despiertes”, dijo él.
“Estoy despierta”, respondió Lil. “Adelante, pasa”. Entró. La televisión estaba encendida y George la apagó. “No”, dijo él. “Quiero que despiertes de verdad”. Ella lo miró sin comprender, entonces George chasqueó los dedos y gritó: “¡Despierta! ¡Los amos te ordenan que te despiertes!”. “¿Acaso estás loco, George?”, preguntó ella, sospechosa. “Estás actuando muy raro”. Él la abofeteó. “¡Lárgate!”, gritó ella. “¿Qué demonios haces?”. “Nada”, dijo George, derrotado. “Solo estaba bromeando”. “Darme una bofetada no es una broma”, chilló Lily.

Alguien llamó a la puerta. George abrió. Era uno de los extraterrestres. “¿Podrían mantener el ruido a un nivel más bajo?”, dijo. La imagen de los ojos amarillos y la carne reptiliana se difuminó un poco y George pudo ver el rostro vacilante de un hombre gordo en mangas de camisa. Todavía era un hombre cuando George le cercenó el cuello con el cuchillo de cocina, pero volvió a ser alienígena antes de tocar el suelo. Lo arrastró hacia el departamento y cerró la puerta de una patada. “¿Qué ves ahí?”, le preguntó a Lily, señalando aquella cosa, semejante a una serpiente con muchos ojos en el suelo.

“Señor... Señor Coney”, susurró ella, con los ojos llenos de horror. “Tú... Acabas de matarlo como si no tuviera importancia”. “No grites”, dijo George, avanzando hacia ella. “No lo haré, George. Te juro que no lo haré... por favor, solo suelta ese cuchillo, por el amor de Dios”. Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared. George vio que era inútil.
“Voy a atarte”, dijo George. “Pero primero necesito que me digas en qué habitación vivía el señor Coney”. 
“La primera puerta a la izquierda, yendo hacia las escaleras”, dijo ella. “Georgie... Georgie, no me tortures. Si vas a matarme haz que sea rápido. Por favor, Georgie, por favor”.
La ató usando las sábanas de la cama y la amordazó. Luego buscó en el cuerpo del Fascinador. Encontró otra radio pequeña de la que brotaba un idioma incomprensible y otro par de utensilios de cocina. Nada más.

George fue hacia la puerta de al lado. Cuando llamó a la puerta, una de esas cosas-serpiente contestó: “¿Quién es?”. “Un amigo del señor Coney. Quiero verlo”, dijo George. “Ha salido por un segundo, pero volverá”. La puerta se abrió con un crujido y de ella se asomaron cuatro ojos amarillentos. 
“¿Quiere entrar y esperar?”. “Claro”, respondió George sin mirarle a los ojos. “¿Vives solo aquí?”, preguntó él mientras aquella cosa cerraba la puerta, dándole la espalda. “Sí, ¿por qué?”.
George se abalanzó sobre él y le cortó la garganta desde atrás, luego revisó el departamento. Encontró huesos y cráneos humanos, una mano a medio comer. Encontró tanques con babosas gigantes y gordas flotando en ellos. 
“Las crías”, pensó y las mató a todas. También había armas, de un tipo que nunca antes había visto. Disparó una por accidente, pero por fortuna no hacían ruido. Parecían disparar dardos venenosos.

Tomó la pistola, guardó todos los dardos que pudo y volvió al apartamento de Lily. Cuando ella lo miró, se retorció en una mueca de horror indefenso. “Tranquila, cariño”, dijo él. “Solo quiero tomar las llaves de tu auto”. Tomó las llaves y bajó las escaleras hasta estar de nuevo en la calle. El auto estaba estacionado en el mismo lugar de siempre. Pudo reconocerlo por la abolladura del lado derecho. 
George se introdujo en él, lo encendió y comenzó a manejar sin un rumbo fijo. Condujo por horas, pensando con desesperación en busca de una salida. Encendió la radio para ver si podía encontrar un poco de música, pero no había nada más que noticias. Eran todas sobre él: 
George Nada, el maníaco homicida. El locutor era uno de los Jefes, pero sonaba un poco asustado. ¿Por qué debería estarlo? ¿Qué podría hacer un solo hombre?
George no se sorprendió cuando vio el camino bloqueado. Se detuvo a un lado de la calle antes de llegar al punto de control. 
“No hay más viajes para ti, pequeño Georgie”, se dijo. Ellos ya habían descubierto lo que había ocurrido en el departamento de Lily, probablemente estarían buscando su auto. Lo estacionó en un callejón y tomó el metro. No había extraterrestres en el metro, por alguna razón. Tal vez se consideraban demasiado buenos para tomar el metro, o tal vez ya era demasiado tarde en la noche.

Cuando finalmente uno de ellos abordó el metro, George descendió. Salió a la calle y fue hacia un bar. Uno de los Fascinadores estaba en la televisión, diciendo una y otra vez: “Somos tus amigos. Somos tus amigos. Somos tus amigos”. El estúpido lagarto sonaba asustado. ¿Por qué? ¿Qué podría hacer un solo hombre contra todos ellos?
George pidió una cerveza. Entonces, repentinamente, le impactó la idea de que el Fascinador de la televisión ya no parecía tener ninguna fuerza sobre él. Lo miró de nuevo y pensó: “Tiene que creer que puede dominarme para realmente hacerlo. El menor indicio de temor por parte suya, y el poder de hipnotizar está perdido”. Mostraron la foto de George en la pantalla de la televisión y él se retiró a una cabina telefónica. Llamó a su control, el Jefe de policía Robinson.

“Hola, ¿Robinson?”, preguntó. “Él habla”. “Soy George Nada. He averiguado cómo despertar a las personas”. “¿Qué?… George, espera. ¿En dónde estás?”. Robinson sonaba casi histérico.
Colgó, pagó y abandonó el bar. Probablemente intentarían rastrear la llamada. Tomó otra línea del metro y fue hacia el centro de la ciudad.
Ya estaba amaneciendo cuando entró en el edificio que alojaba al más grande de los estudios de televisión de la ciudad. Consultó con el portero del edificio y luego tomó el elevador. El policía del estudio lo reconoció: “Eh, usted es Nada”, jadeó. A George no le gustó dispararle con el dardo envenenado, pero tuvo que hacerlo.

Tuvo que matar a algunos más, antes de poder entrar en el estudio, incluyendo a todos los técnicos presentes. Afuera había un montón de sirenas de policía, gritos y pasos que corrían por las escaleras. El extraterrestre estaba sentado frente a la cámara de televisión mientras decía: 
“Somos tus amigos”, y no había visto a George acercarse hacia él. Cuando le disparó con la pistola de dardos, el alienígena se detuvo a media oración y se quedó sentado, muerto. George se quedó cerca de él y dijo, imitando el graznido del extraterrestre: “Despierten. Despierten. ¡Vean lo que somos y mátenlos!”.
Fue la voz de George la que se escuchó en la ciudad aquella mañana, pero era la imagen del Fascinador. La ciudad despertó por primera vez y la guerra comenzó. George no vivió para ser testigo de la victoria que se alcanzó finalmente. Murió de un ataque al corazón exactamente a las ocho en punto.

1963

* En este cuento se basó la película They live (Viven) de John Carpenter



Los del sistema quiere verte pobre suena demasiado a conspiración y ya esta muy manido. Lo que dejas entrar en tu cabeza no te hace mas inteligente solo te hace tener mas o menos conocimiento. 

LO QUE HAY QUE VER: 
Somos una parte energía, es cierto, pero lo único que se sabe es que esa energía son pensamientos y sentimientos, lo del alma solo es una creencia, nada mas (una película tampoco me va a decir nada nuevo sobre una creencia que tiene miles de años en cuanto a la tercera película lo único que te dice es que busques un mentor, que normalmente deberían ser tus padres (eso si no lo sabes ya, mal vamos). 
Y luego en el documental sobre como funcionan las redes, en vez de la solución obvia (dejarlas o limitar mucho su uso) tu lo que dices es básicamente que sigamos usándolas pero escuchando tus historias en vez de las de otros.

VER+:




 
They Live: Están Vivos de John Carpenter (1988 ) | Película Completa en Español


jueves, 12 de marzo de 2026

LIBRO "101 ARGUMENTOS CONTRA LA IZQUIERDA" por MARCELO DUCLOS

101 
ARGUMENTOS 
CONTRA LA 
IZQUIERDA

MARCELO DUCLOS

El debate político nunca ha sido tan dinámico como lo es en la actualidad. Parte de este fenómeno tiene que ver con las posibilidades de mayor participación del público; lectores o espectadores, antes pasivos, que son ahora más protagonistas que nunca. La contracara de esto —que es, en sí mismo, algo muy positivo— es que el mundo de las noticias y del debate de ideas puede resultar caótico, demasiado caudaloso y con sobreabundancia de información difícil de jerarquizar; un mundo en el que, a veces, las discusiones se disfrazan de intercambios virulentos de eslóganes y falacias que no conducen a ningún lado.
En este libro, Marcelo Duclos selecciona 101 de sus artículos con el criterio señalado desde su título: dar argumentos para la batalla cultural, sencillos, de lectura ágil pero no por eso menos sustanciosos. En ellos nos encontraremos con un desarrollo analítico profundo de conceptos clave, que contribuirán al sano debate, no solo para el liberalismo y quienes lo suscriben, sino para toda persona interesada en la discusión seria y bienintencionada; porque, cuando se tienen los argumentos, ni los gritos ni las chicanas alcanzan para acallar las ideas.
La invitación a leer estas páginas es un llamado a repensar el mundo que nos rodea y a entender de qué manera, mediante el cambio de paradigma que propone el pensamiento libertario, desde una mirada basada en la ética y el respeto más acérrimo a todos los individuos, se puede aspirar a salir de la destrucción a la que nos llevaron, en Argentina y en el mundo, las ideas colectivistas.

Bienvenidos a su lectura.

PRÓLOGO

Marcelo Duelos escribió La revolución que no vieron venir, junto a Nicolás Márquez, libro que fue traducido al polaco, al inglés, al portugués, al japonés y al hebreo, y del que-a más de un año de su publicación- siguen hablando en todos los medios. En él, hace una síntesis precisa de las ideas de la libertad, contribuyendo a explicar la hoja de ruta del gobierno para cuyo ejercicio los argentinos me han contratado como presidente.
Sin embargo, no fue este su inicio como escritor. Es periodista en un medio que no recibe ni recibió nunca pauta del Estado y escribe desde hace más de una década, ofreciendo artículos de coyuntura tanto como de análisis, difundiendo el ideario de la libertad. Digamos que hace llorar a los zurdos al mismo tiempo que ofrece herramientas conceptuales a los argentinos de bien que, día a día, cada uno desde su lugar, luchan la batalla cultural.

Esta nueva publicación es una selección de columnas a través de las cuales el autor busca contrarrestar al periodismo ensobrado del mainstream. Lo hace con armas humildes, propias de un medio pequeño que no cuenta con los recursos ni el financiamiento de los poderosos, pero donde se encuentran principios y contenidos que los medios pauteros, por más grandes que sean, no tienen. Las redes sociales, libres, equiparan el debate y cada persona elige libremente lo que leer. Aunque digan que el capitalismo beneficia a los más grandes, la evidencia empírica confirma otra cosa: que beneficia a los mejo­res, sean grandes, medianos o pequeños.
Enfocado en escenarios clave de esta batalla cultural-economía, filosofía, educación, cuestiones de género, cultura, arte y espectáculos, entre otros temas-va analizando hechos y personajes a fin de echar luces sobre asuntos de los que no se habla en los grandes medios, desmitificando tanto a las si­tuaciones como a sus protagonistas.

El proceso político que se vive en Argentina y que está empezando a contagiarse a muchos países del mundo necesita de este tipo de lecturas. Se necesita conocer los conceptos que van apareciendo en este libro. Se necesita el compromiso de todos para que pequeños medios, incluso streams y redes sociales, puedan pararse frente a las mentiras de los grandes, que hasta hace poco monopolizaban la comunicación. Se necesita de argumentos sólidos, que puedan soportar las embestidas de las falacias y de la construcción de relatos mentirosos, que son los últimos manotazos de ahogado de los zurdos empobrecedores, que buscan perpetuarse, criminalmente, a costa del sufri­miento de quienes con su trabajo sostienen a la casta.

El autor expone en sus columnas los principales conceptos de la Escuela Austríaca de Economía, en la cual está formado. Esta tradición había sido, hasta hoy, la gran ausente de los planes de estudio y de cualquier mención en medios de comunicación masiva. Las ideas de la libertad -a las que me dediqué durante años como conferencista y visitando cuanto programa en los medios podía para darles visibilidad- necesitan de más defensores. Los argentinos me pusieron en el lugar que hoy ocupo porque prefirieron como presidente a alguien que les decía una verdad incómoda antes que una men­tira confortable. El camino comenzó con dificultades. Nos habían dejado una bomba a punto de estallar. Pero estamos saliendo del infierno porque estamos del lado correcto de las ideas. Ideas que se expresan a través de los artículos que reúne este libro, que se suma a las voces que dan la batalla cul­tural, junto con la mía. Son artículos que ofrecen argumentos, que inspiran, que abren preguntas que incomodan y piden a gritos respuestas.

El lector encontrará en estas páginas una invitación a pensar y a defender las bases que definió muy bien nuestro prócer, Alberto Benegas Lynch (h), que siempre repito y seguiré repitiendo porque son nuestro faro: 
«El libera­lismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo y la cooperación social». 

Léanlo sabiendo que cada uno de ustedes es tan protagonista de la batalla cultural como el propio autor, o como yo mismo, que no soy más que un empleado de ustedes.

¡Viva la libertad, carajo!
Javier Milei
Buenos Aires, junio de 2025


"LA MENTIRA PUEDE MANTENER LA PAZ...
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD". 
DOSTOIEVSKI

PALABRAS PRELIMINARES

Luego de un primer libro de bibliografía extensa y marco teórico nutrido -la segunda parte de Milei: La revolución que no vieron venir, cuyo primer bloque escribió Nicolás Márquez-, quise continuar la aventura literaria li­beral con un texto un poco más ligero, liviano en la forma, pero no en el contenido: con la fundamentación y el análisis que la materia requiere, por supuesto, pero más accesible (característica valorada -a veces en exceso­ en los tiempos que corren, tan condicionados por la inmediatez que impera en las redes sociales de las que todos participamos).
Debo reconocer que siempre fui reacio a las compilaciones y antologías. Probablemente porque, como lector, he notado muchas veces que, con la excusa de publicar una obra, se amontonan escritos sin un sentido que los amalgame de modo consistente.
Creo que este no es el caso. Con más de ocho mil artículos publicados en más de una década como periodista, este es el breve puñado que considero que merece ser rescatado del mar de notas de coyuntura política, que se leen en el día o la semana y luego pierden trascendencia. ¿Por qué? Porque los temas que se abordan aquí son conceptuales, históricos y analíticos; apun­tan a cuestiones de fondo y resultan útiles para dar la batalla cultural contra el estatismo.

En medio de esta batalla, agradezco infinitamente la generosidad del pre­sidente, que se tomó el tiempo de sumar su voz a través del prólogo de esta edición. En este sentido, dada la mala intención que caracteriza a la crí­tica opositora, vale aclarar que las opiniones que se leerán a partir de aquí me pertenecen y no todas tienen, necesariamente, que ser compartidas por ambos. No me llamaría la atención que busquen imputarle mis palabras como si fueran suyas. Si bien coincidimos en lo central, ciertos temas nos encuentran en disonancia, una disonancia que bien entendida enriquece el debate de ideas, filosófico, conceptual. Si uno presta atención a los detalles, puede encontrar diferencias con algunas posiciones del mandatario, y muchas más con algunas políticas públicas de su gobierno -que, más allá de purismos ideológicos, se desarrolla en un marco de restricciones propio de las prerrogativas del Poder Ejecutivo-, un gobierno al que apoyo de manera abierta y rotunda, ya que las coincidencias superan ampliamente las diferen­cias.

Hecha esta aclaración, solo me resta contarles que repasar los miles de ar­tículos publicados en diversos portales fue un trabajo agotador. Sin embargo, cada vez que encontraba alguno de los que podrán leer en este libro, la tarea cobraba sentido. Ninguno forma parte de esta obra por azar. Estoy conven­cido de que cada uno de ellos, desde su lectura rápida y sencilla, aporta algo valioso a la batalla cultural.

Los textos que habitan las siguientes páginas están separados en bloques temáticos y ordenados cronológicamente, de modo tal que resulte evidente el contexto en el que fue escrito cada uno. Aun así, pueden ser leídos en el orden que cada lector prefiera, ya que son columnas independientes entre sí. Incluso puede optarse por abordar algunas y dejar de lado aquellas que se consideren menos relevantes.
Cada palabra de este libro está enmarcada en la tradición liberal. Por eso, su publicación tiene una finalidad humilde, pero encierra, al mismo tiempo, una aspiración un poco más ambiciosa: que los tópicos tratados despierten el interés del lector, que abran puertas para profundizar el estudio de estos asuntos y que brinden argumentos sencillos para tener a mano en la discu­sión política.
Con esas ideas en el horizonte, está dedicado a la nueva generación liberta­ria. 
A los jóvenes - que ya son muchos más que nosotros, los que peinamos canas-, para que muy pronto superen a sus antecesores.

Los argumentos están de este lado de la biblioteca y de la historia. Si de­dicamos algo de tiempo al estudio y a la reflexión, el enemigo colectivista y estatista no tendrá chances en la batalla cultural.
Para que esta lucha continúe desarrollándose de forma exclusiva en el ámbito conceptual del debate público civilizado -garantizando nuestra li­bertad física, nuestra integridad, nuestra propiedad y nuestros derechos individuales-, los argumentos tienen que ser sistemáticos, permanentes, aplastantes y abrumadores.

Vamos por eso.

La realidad, la verdad, la lógica, 
las falacias y los datos

Una cosa es que una proposición sea falsa o verdadera, otra es que su razonamiento sea lógica o ilógico


Comencemos con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David Hackett Fisher quien se refiere a 114 falacias. Aquí nos referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.

Primero, la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad. 
Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo, que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque pertenece a tal o cual religión. 
Tercero, la falacia de generalización que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.

Cuarto, la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo país o grupo partidario. 
Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas que apoyan la idea del opinante. 
Sexta, la falacia de autoridad que es la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo dicen. 
Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por quedar huérfano.

Octava, la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el hecho de no poder constatar su veracidad. 
Novena, la falacia de causa falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho que un acontecimiento precede a otro. 
Y por último en nuestro inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la premisa.

Respecto al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato. Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.

¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.

Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado «The Facts in Social Sciences» donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.

Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos. Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible».

Por último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que, paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro, situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la afirmación del no-realismo).

Por otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace tiempo.

Por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos, propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

Cuando se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna investigación científica puesto que no habría nada que investigar.

Paul Watzlawick en su libro titulado «¿Es real la realidad?» concluye que “la tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta, sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.

Nos parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.

Lo dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.

Pero esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante para que imponga su visión.

Para poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o totales permiten el avance en el conocimiento.

La duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda, no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos capaces de distinguirlo de la verdad.

El realismo -también crítico- profesa la existencia del mundo exterior al sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de procesos complejos.

Nicholas Rescher en su obra «Objetivity» escribe que “La independencia ontológica de las cosas -su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la mente- constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto, nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de captar fragmentos de lo que existe.

Entonces y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente, pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.

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jueves, 15 de enero de 2026

LIBRO "PRIVATIZAR LAS MENTES": POR UN CONTRATO CON ESPAÑA 😵 por ENRIQUE DE DIEGO


PRIVATIZAR LAS MENTES:
POR UN CONTRATO CON ESPAÑA

ENRIQUE DE DIEGO

En tiempos profesionalmente convulsos, zaherido por las trapisondas torticeras y traidoras de dos mediocres, Joaquín Vila y José Antonio Vera Gil, dio a luz este libro “Privatizar las mentes” para avisar a la sociedad española de su segura marcha hacia el abismo. Corría el año de la Encarnación del Señor de 1996. Desde entonces, una gran cantidad de lectores han mostrado interés en acceder al libro, dado su dificultad. Por último, Germán lo ha conseguido y me ha hablado admirado de su rabiosa actualidad. Hoy lo pongo a disposición de los lectores a través de Amazon. No he hecho ninguna modificación. Está tal como lo escribí en 1996. Tiene como finalidad dar a conocer que el desastre era perfectamente claro y que yo lo diagnostique con tiempo y acierto.
Enrique de Diego Villagrán, es Licenciado en Ciencias de la Información. Periodista político, teorizó en 1985 acerca de la doble ruptura, generacional e ideológica, del centro derecha. En ABC ha ostentado la jefatura de diversas áreas. Colaborador habitual de periódicos iberoamericanos y de La Gaceta de Negocios. Miembro del Club de Tomás de Mercado. Es autor, entre otros, de los libros La ofensiva neoliberal, Por la Europa de la libertad y Nuevos tiem­pos: de la caída del Muro a Maastricht.

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A mi esposa Assumpta. A mi hijo Fran. Mis dos amores

Prólogo

Al contemplar el panorama económico y social que nos rodea, la actitud más común es el desconcierto. Cuando las prédicas de los políticos auguraban un aumento de bienestar para todos, las economías, incluso cuando, oca­sionalmente, se muestran de signo creciente, no logran hacer decrecer un desempleo que se hace de larga duración y que afecta especialmente a los jóvenes que, por primera vez desde la segunda guerra mundial, tienen peo­ res expectativas que los de la generación anterior. A pesar de la atonía que, a lo largo de dilatados períodos, afecta a la producción, el aumento de los precios se mantiene, tercamente, a ritmos que perjudican el nivel de la vida del ciudadano medio que, ante la incertidumbre del empleo y del salario, se retrae del consumo. 

Los gobiernos, con el pretendido propósito del bien común, incrementan sus gastos y, aunque aumentan los impuestos, generan constantes déficit que financian con emisión de deuda, cuyo galopante creci­miento obliga a mantener tipos elevados de interés que, directamente y a tra­vés de la elevación del tipo de cambio de la moneda, inciden negativamente en el crecimiento de la economía, realimentando el proceso de aumento del paro. Toda esta situación induce a pensar que nos hallamos en el fin de etapa de un modelo de organización económico-social que no funciona. Cada vez son más, en efecto, las personas que entienden que algo está fallando, sin que, sin embargo, lleguen a formular un diagnóstico de lo que está pasando, porque los mensajes que reciben son contradictorios y, en la mayoría de los casos, no van en la dirección correcta.

Descubierto lo que había tras el Muro, todos estuvimos de acuerdo, aunque algunos a regañadientes, en criticar al sistema que ciertos pensadores, para dejar a salvo las «esencias socialistas», se empeñaron en calificar de socia­lismo «real». Pero la verdad es que, a pesar de esta crítica, nuestras socieda­des democráticas occidentales se han seguido alimentando de los principios que informan el socialismo, con el consiguiente mantenimiento y expansión del Estado intervencionista que, de hecho, es la causa última de ese andar va­cilante de nuestras sociedades. Si bien esto es así, los estatistas se empeñan en seguir defendiendo el intervencionismo gubernamental porque, incluso desde posturas en apariencia encontradas, dicen que se trata de un bien, aunque precise de continuas reformas para mantener el objetivo buscado. De esta forma, estas «buenas intenciones» ponen en marcha un círculo vicioso en el que los «efectos perversos» que estas buenas intenciones producen se «corrigen» con más intervencionismo que, a su vez, produce nuevos efectos perversos.

Este proceso imposible, intelectualmente angustioso, que Enrique de Diego analiza directamente y sin subterfugios en el libro que el lector tiene entre sus manos, acaba en lo que el autor llama la «estatalización de las mentes», que se produce porque prácticamente todos los aspectos materiales de la vida de los ciudadanos dependen de los fondos públicos y su pensamiento está influenciado por una enseñanza y una cultura que, en grandes porcenta­jes, han pasado a ser de obediencia estatal.

Se engañan y engañan a los demás los que consideran que la defensa de la intervención estatal es fruto de una posición ética de la que carecen los partidarios de la libertad económica. La verdad es exactamente lo contrario. Los liberales establecen sus propuestas en búsqueda del interés general, pero lo hacen tras el análisis racional de la realidad, cuya ausencia constituye el fallo fundamental de las soluciones socialistas. Es decir, los partidarios de la libertad económica entre los que se encuentra el autor de este libro que, con gusto prologo, creen, con notable fundamento en la realidad, que con menos Estado habrá menos pobreza, menos paro y menos marginación. Y que, por contra, habrá más progreso, más libertad y más riqueza para todos; no para un grupo determinado, porque las posiciones que denominamos liberales no defienden privilegios, que suelen ser el efecto precisamente de la interven­ción y la arbitrariedad del poder estatal.

Los grandes pensadores liberales han respetado habitualmente las buenas intenciones que, a pesar de los errores intelectuales en que incurrían, ani­maban a los oponentes socialdemócratas de su tiempo. Friedrich A. Hayek consideraba que los intervencionistas se contaban entre las personas de mayor calidad intelectual y sensibilidad moral. Karl R. Popper indicaba que si la utopía socialista fuera posible, y no degenerara en una de las más per­niciosas tiranías de la historia, seguiría siendo socialista. Incluso Ludwig von Mises, más polemista, consideraba el error científico del estatismo como una enfermedad intelectual de almas nobles. Robert Nozick, al defender las virtudes morales del Estado mínimo, lamenta tener que abandonar la com­pañía de personas de buena educación y apertura de espíritu.

Sim embargo, lo que era probablemente predicable de los primeros socia­ listas -tanto de izquierdas como de derechas, como reitera el autor necesita ser revisado cuando existe ya la evidencia del fracaso práctico, tanto de las fórmulas más terribles y más coherentes de socialismo, como de las más moderadas y democráticas. Enrique de Diego cree que esas buenas intencio­nes, en el momento presente, deben ser puestas en duda, porque han sido sustituidas por el interés personal y gremial en los sentidos más radicales y fundamentalistas. 

El intervencionismo se ha hecho profunda e instintiva­ mente conservador y, de hecho, no persigue otra cosa que la defensa política de grupos de presión que viven del presupuesto público. Es la mentalidad del que denomina «buen salvaje socialdemócrata», que, a la vista del fracaso de su modelo, no propone su revisión sino su intensificación. Para llegar a esa conclusión, el autor echa mano de la filosofía clásica y considera que el socia­lismo es el estadio en el que los principios intervencionistas se han llevado hasta sus últimas consecuencias, con los resultados que todos conocemos, pero que muchos, en el fondo, aparentan ignorar.

Enrique de Diego vuelve su mirada hacia los individuos concretos, hacia los parados, y específicamente hacia los jóvenes, que son en buena medida los sacrificados del sistema, y considera que la ética y la lógica imponen adoptar aquellas medidas que resulten más beneficiosas para sus vidas. La crítica di­recta no oculta que la radicalidad anida precisamente entre quienes obligan a los ciudadanos a contratar su pensión con un sistema estatal que no cum­ ple sus compromisos; a confiar su salud a una sanidad pública que ofrece un servicio deficiente; y, sobre todo, a acudir a un sistema público de enseñanza que transmite la adoración al Estado, que reproduce el error y que estataliza las mentes.

Este es el punto en el que el libro plantea mayor número de cuestiones para el debate. Por de pronto, Enrique de Diego califica de totalitario este proceso de estatalización de la enseñanza, que sólo pueden romper unos pocos a costa del sacrificio de una doble imposición. Ese proceso se ha realizado en nom­bre de la igualdad de oportunidades y de la neutralidad de los contenidos docentes del sistema estatal. El autor desmonta ambos mitos. La enseñanza estatal, dice, no es neutral: es la gran legitimadora del intervencionismo, toma partido permanente a favor del Estado tutor y omnipresente. Es una de las armas más eficaces de esa dictadura adormecedora de los espíritus que describe proféticamente Alexis de Tocqueville. Además, lejos de ser una fór­mula justa, se convierte en una trampa para los jóvenes, a los que el Estado ya no puede asegurar la lógica última del sistema: un puesto funcionarial.

Enrique de Diego, respetuoso con los esfuerzos docentes de tantas personas vocacionalmente entregadas, establece su crítica sobre una fórmula que mata el espíritu crítico y desalienta la iniciativa personal. Y, partiendo de la convicción de que, frente a la estatalización del intelecto, la primera priori­ dad de la defensa de la sociedad abierta es proceder a la privatización de las mentes, concluye que es más decisivo privatizar las escuelas y las universida­des que sacar al mercado un organismo autónomo o un monopolio estatal.

Sin embargo, al revés de lo que sucede cuando se habla de la empresa pública industrial, sobre cuya ineficacia hay amplio acuerdo, la realidad es que no se avanza por esa senda cuando se trata de la cultura o de la enseñanza. Es más; ni siquiera se debate un aspecto tan crucial. Los planes de estudio han elimi­nado contenidos humanistas que se habían considerado fundamentales en la docencia occidental. Los poderes públicos consideran el proceso estatali­zador de la enseñanza como una especie de campo de experimentación y se resisten a devolver el protagonismo a los padres y a la sociedad civil. Desde la óptica liberal, el autor expone con acierto que si son beneficiosos los efectos de la privatización de las líneas aéreas mucho más lo sería la privatización de la enseñanza. Para ello propone un método que, puesto en marcha en algu­nas naciones, se abre paso en el debate internacional: el cheque escolar.

Si son visibles las consecuencias negativas del intervencionismo en la enseñanza y en la cultura, ¿por qué son minoritarias aún las voces que diag­nostican el hecho y que propugnan alternativas? 
El autor da una respuesta explicativa: la razón es que intelectuales, artistas y profesores dependen del presupuesto público. La enseñanza y la cultura se han funcionarizado, y han pasado a tener la virtud que Max Weber definía como clave del funcio­nariado -la lealtad y no la que se suponía al mundo intelectual- la crítica. Aquellas funciones y profesiones pedagógicas, cuya misión era el libre pen­samiento y el análisis de las alternativas posibles, han adquirido el status de legitimadoras de lo existente, de defensoras de la expansión del Estado.

Pero la sociedad dual, con su entramado de privilegios legales, y su conse­cuencia de expoliación fiscal, no es viable. Ese es el drama último que puede pasar a ser tragedia vital. Y puede serlo precisamente porque los ciudadanos, que son las víctimas del sistema, no sólo parece que no se dan cuenta de ello sino que defienden a ultranza una situación que erróneamente estiman ventajosa e irrenunciable. Enrique de Diego, comparando la revolución de mayo del 68 con la protesta de funcionarios, sindicalistas y estudiantes de diciembre de 1995, dice que estos manifestantes por la defensa a ultranza de lo establecido, deberían enarbolar la esfinge de Bismarck, como los de 25 años antes esgrimían la de Mao, y organizar barricadas con las cartillas de la seguridad social y las pensiones. La izquierda acratoide -dice- ha dado paso a esta izquierda que se niega al cambio y que adora los trenes públicos a pesar de los cuatro billones de déficit.

Esta esquizofrénica actitud de unas personas que, por otro lado, no se cansan de hablar de libertad, no es otra cosa, como acertadamente señala Enrique de Diego, que la drogo dependencia del favor estatal, resultado de la política del subsidio, criticable no sólo en términos de eficacia, sino sobre todo por sus componentes negativos desde el punto de vista ético. Desalentando el estímulo, expandiendo la «Cultura de la subvención», el socialismo, a través del Estado de bienestar, extiende el Estado como costumbre, hace que los hombres consideren normal la invasión de sus vidas, la fiscalización de sus herencias, la organización de su ocio, y la expropiación de sus derechos de propiedad. El ciudadano, devuelto a la condición de súbdito previa a la revo­lución industrial, limitado el Estado de Derecho, roto por todos lados el principio de igualdad de todos ante la ley, pasa a considerar normal un estado de cosas que, en términos racionales, debería repudiar.

Enrique de Diego, en un interesante recorrido histórico que arranca en Alfonso X el Sabio, antes de la unidad nacional, bucea en las raíces del intervencionismo estatal en España, que, con escasísimas excepciones, llega hasta nuestros días, pasando por el modelo político que sigue a la Res­tauración, cuyo artífice, Cánovas del Castillo, alardeaba de no haber mili­tado nunca en el librecambismo, y después de hacer escala en el turnismo decimonónico, en el cual-dice-las dos cabezas del sistema, Eduardo Dato y José Canalejas, polemizan sobre la convicción intervencionista de cada uno, pujando ambos en orgullo por la reivindicación del término como seña de identidad definitoria. Y cuando Joaquín Costa levanta la bandera del regeneracionismo lo hace para pedir más Estado, propiedad comunal y colectivismo. 

La conclusión es que, en España, las distintas formas de intervencionismo de derechas y de izquierdas se han experimentado sin éxito. Lo único inédito es el liberalismo. Y Enrique de Diego apuesta claramente por su introducción. Sólo la fórmula de la sociedad abierta, pensando la so­ciedad desde el individuo y el Estado desde la sociedad, puede considerarse hoy capaz de ofrecer las soluciones a los graves problemas del momento y del próximo futuro. Tras años de estatismo, la situación reclama la solución liberal. Pero, puesto que son las ideas las que a la postre gobiernan, esta so­ lución no podrá ser implantada por ningún político sin antes privatizar las mentes de los ciudadanos. 

Tal es el mensaje de este libro que, decididamente, recomiendo. Resultará difícil al lector mantenerse indiferente ante los retos intelectuales que se lanzan en las páginas que siguen. Son, en cualquier caso, fundamentales en el horizonte del tercer milenio hacia el que nos en­ caminamos. Son los jóvenes los que habrán de definir ese futuro. 
El Estado ha invadido nuestras vidas, nuestras escuelas y por ende ha estatalizado el pensamiento. Por ello, la espada con la que la alternativa liberal será capaz de cortar el nudo gordiano del fracaso intervencionista es precisamente: priva­tizar las mentes.
Rafael Termes Madrid, enero 1996

Introducción

Desde la estatalización de las mentes a los estertores del mundo socialista « Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes, y en ningún caso constituye obstáculo la pobreza... La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los actos de nuestro vecino, dejándolo que siga su propia senda... Pero esta libertad no significa que quedemos al margen de las leyes. A todos se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y a las leyes. y a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles. Y también se nos enseña a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción sólo reside en el sentimiento universal de lo que es justo...

Nuestra ciudad tiene las puertas abiertas al mundo; jamás expulsamos a un extranjero... Somos libres de vivir a nuestro antojo y, no obstante, siempre estamos dispuestos a enfrentar cualquier peligro... Amamos la belleza sin dejarnos llevar de las fantasías, y si bien tratamos de perfeccionar nuestro intelecto, esto no debilita nuestra voluntad... Admitir la propia pobreza no tiene entre nosotros nada de ver que sí consideramos vergonzoso es no hacer ningún esfuerzo por evitarla. 

El ciudadano ateniense no descuida los nego­cios públicos por atender sus asuntos privados... No consideramos inofen­sivos, sino inútiles, a aquellos que no se interesan por el estado; y si bien sólo unos pocos pueden dar origen a una política, todos nosotros somos incapaces de juzgarla. No consideramos la discusión como un obstáculo colocado en el camino de la acción política, sino como un preliminar indis­pensable para actuar prudentemente... 
Creemos que la felicidad es el fruto de la libertad y la libertad, el del valor, y no nos amedrentemos ante el peligro de la guerra... 

Resumiendo: sostengo que Atenas es la Escuela de la Hélade y que todo individuo ateniense alcanza en su madurez una feliz versatilidad, una excelente disposición para las emergencias y una gran confianza en sí mismo».