EL Rincón de Yanka: LIBRO "PRIVATIZAR LAS MENTES": POR UN CONTRATO CON ESPAÑA 😵 por ENRIQUE DE DIEGO

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jueves, 15 de enero de 2026

LIBRO "PRIVATIZAR LAS MENTES": POR UN CONTRATO CON ESPAÑA 😵 por ENRIQUE DE DIEGO


PRIVATIZAR LAS MENTES:
POR UN CONTRATO CON ESPAÑA

ENRIQUE DE DIEGO

En tiempos profesionalmente convulsos, zaherido por las trapisondas torticeras y traidoras de dos mediocres, Joaquín Vila y José Antonio Vera Gil, dio a luz este libro “Privatizar las mentes” para avisar a la sociedad española de su segura marcha hacia el abismo. Corría el año de la Encarnación del Señor de 1996. Desde entonces, una gran cantidad de lectores han mostrado interés en acceder al libro, dado su dificultad. Por último, Germán lo ha conseguido y me ha hablado admirado de su rabiosa actualidad. Hoy lo pongo a disposición de los lectores a través de Amazon. No he hecho ninguna modificación. Está tal como lo escribí en 1996. Tiene como finalidad dar a conocer que el desastre era perfectamente claro y que yo lo diagnostique con tiempo y acierto.
Enrique de Diego Villagrán, es Licenciado en Ciencias de la Información. Periodista político, teorizó en 1985 acerca de la doble ruptura, generacional e ideológica, del centro derecha. En ABC ha ostentado la jefatura de diversas áreas. Colaborador habitual de periódicos iberoamericanos y de La Gaceta de Negocios. Miembro del Club de Tomás de Mercado. Es autor, entre otros, de los libros La ofensiva neoliberal, Por la Europa de la libertad y Nuevos tiem­pos: de la caída del Muro a Maastricht.

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Copyright 1996. Enrique de Diego ISBN: 84-87155-62-6 Depósito legal: NA 195-1996 Cubierta: Javier Molina & SCV Imprime: Line Grafic, S .A .. Hnos. Noáin, sin. Ansoáin (Navarra) Printed in Spain - Impreso en España

A mi esposa Assumpta. A mi hijo Fran. Mis dos amores

Prólogo

Al contemplar el panorama económico y social que nos rodea, la actitud más común es el desconcierto. Cuando las prédicas de los políticos auguraban un aumento de bienestar para todos, las economías, incluso cuando, oca­sionalmente, se muestran de signo creciente, no logran hacer decrecer un desempleo que se hace de larga duración y que afecta especialmente a los jóvenes que, por primera vez desde la segunda guerra mundial, tienen peo­ res expectativas que los de la generación anterior. A pesar de la atonía que, a lo largo de dilatados períodos, afecta a la producción, el aumento de los precios se mantiene, tercamente, a ritmos que perjudican el nivel de la vida del ciudadano medio que, ante la incertidumbre del empleo y del salario, se retrae del consumo. 

Los gobiernos, con el pretendido propósito del bien común, incrementan sus gastos y, aunque aumentan los impuestos, generan constantes déficit que financian con emisión de deuda, cuyo galopante creci­miento obliga a mantener tipos elevados de interés que, directamente y a tra­vés de la elevación del tipo de cambio de la moneda, inciden negativamente en el crecimiento de la economía, realimentando el proceso de aumento del paro. Toda esta situación induce a pensar que nos hallamos en el fin de etapa de un modelo de organización económico-social que no funciona. Cada vez son más, en efecto, las personas que entienden que algo está fallando, sin que, sin embargo, lleguen a formular un diagnóstico de lo que está pasando, porque los mensajes que reciben son contradictorios y, en la mayoría de los casos, no van en la dirección correcta.

Descubierto lo que había tras el Muro, todos estuvimos de acuerdo, aunque algunos a regañadientes, en criticar al sistema que ciertos pensadores, para dejar a salvo las «esencias socialistas», se empeñaron en calificar de socia­lismo «real». Pero la verdad es que, a pesar de esta crítica, nuestras socieda­des democráticas occidentales se han seguido alimentando de los principios que informan el socialismo, con el consiguiente mantenimiento y expansión del Estado intervencionista que, de hecho, es la causa última de ese andar va­cilante de nuestras sociedades. Si bien esto es así, los estatistas se empeñan en seguir defendiendo el intervencionismo gubernamental porque, incluso desde posturas en apariencia encontradas, dicen que se trata de un bien, aunque precise de continuas reformas para mantener el objetivo buscado. De esta forma, estas «buenas intenciones» ponen en marcha un círculo vicioso en el que los «efectos perversos» que estas buenas intenciones producen se «corrigen» con más intervencionismo que, a su vez, produce nuevos efectos perversos.

Este proceso imposible, intelectualmente angustioso, que Enrique de Diego analiza directamente y sin subterfugios en el libro que el lector tiene entre sus manos, acaba en lo que el autor llama la «estatalización de las mentes», que se produce porque prácticamente todos los aspectos materiales de la vida de los ciudadanos dependen de los fondos públicos y su pensamiento está influenciado por una enseñanza y una cultura que, en grandes porcenta­jes, han pasado a ser de obediencia estatal.

Se engañan y engañan a los demás los que consideran que la defensa de la intervención estatal es fruto de una posición ética de la que carecen los partidarios de la libertad económica. La verdad es exactamente lo contrario. Los liberales establecen sus propuestas en búsqueda del interés general, pero lo hacen tras el análisis racional de la realidad, cuya ausencia constituye el fallo fundamental de las soluciones socialistas. Es decir, los partidarios de la libertad económica entre los que se encuentra el autor de este libro que, con gusto prologo, creen, con notable fundamento en la realidad, que con menos Estado habrá menos pobreza, menos paro y menos marginación. Y que, por contra, habrá más progreso, más libertad y más riqueza para todos; no para un grupo determinado, porque las posiciones que denominamos liberales no defienden privilegios, que suelen ser el efecto precisamente de la interven­ción y la arbitrariedad del poder estatal.

Los grandes pensadores liberales han respetado habitualmente las buenas intenciones que, a pesar de los errores intelectuales en que incurrían, ani­maban a los oponentes socialdemócratas de su tiempo. Friedrich A. Hayek consideraba que los intervencionistas se contaban entre las personas de mayor calidad intelectual y sensibilidad moral. Karl R. Popper indicaba que si la utopía socialista fuera posible, y no degenerara en una de las más per­niciosas tiranías de la historia, seguiría siendo socialista. Incluso Ludwig von Mises, más polemista, consideraba el error científico del estatismo como una enfermedad intelectual de almas nobles. Robert Nozick, al defender las virtudes morales del Estado mínimo, lamenta tener que abandonar la com­pañía de personas de buena educación y apertura de espíritu.

Sim embargo, lo que era probablemente predicable de los primeros socia­ listas -tanto de izquierdas como de derechas, como reitera el autor necesita ser revisado cuando existe ya la evidencia del fracaso práctico, tanto de las fórmulas más terribles y más coherentes de socialismo, como de las más moderadas y democráticas. Enrique de Diego cree que esas buenas intencio­nes, en el momento presente, deben ser puestas en duda, porque han sido sustituidas por el interés personal y gremial en los sentidos más radicales y fundamentalistas. 

El intervencionismo se ha hecho profunda e instintiva­ mente conservador y, de hecho, no persigue otra cosa que la defensa política de grupos de presión que viven del presupuesto público. Es la mentalidad del que denomina «buen salvaje socialdemócrata», que, a la vista del fracaso de su modelo, no propone su revisión sino su intensificación. Para llegar a esa conclusión, el autor echa mano de la filosofía clásica y considera que el socia­lismo es el estadio en el que los principios intervencionistas se han llevado hasta sus últimas consecuencias, con los resultados que todos conocemos, pero que muchos, en el fondo, aparentan ignorar.

Enrique de Diego vuelve su mirada hacia los individuos concretos, hacia los parados, y específicamente hacia los jóvenes, que son en buena medida los sacrificados del sistema, y considera que la ética y la lógica imponen adoptar aquellas medidas que resulten más beneficiosas para sus vidas. La crítica di­recta no oculta que la radicalidad anida precisamente entre quienes obligan a los ciudadanos a contratar su pensión con un sistema estatal que no cum­ ple sus compromisos; a confiar su salud a una sanidad pública que ofrece un servicio deficiente; y, sobre todo, a acudir a un sistema público de enseñanza que transmite la adoración al Estado, que reproduce el error y que estataliza las mentes.

Este es el punto en el que el libro plantea mayor número de cuestiones para el debate. Por de pronto, Enrique de Diego califica de totalitario este proceso de estatalización de la enseñanza, que sólo pueden romper unos pocos a costa del sacrificio de una doble imposición. Ese proceso se ha realizado en nom­bre de la igualdad de oportunidades y de la neutralidad de los contenidos docentes del sistema estatal. El autor desmonta ambos mitos. La enseñanza estatal, dice, no es neutral: es la gran legitimadora del intervencionismo, toma partido permanente a favor del Estado tutor y omnipresente. Es una de las armas más eficaces de esa dictadura adormecedora de los espíritus que describe proféticamente Alexis de Tocqueville. Además, lejos de ser una fór­mula justa, se convierte en una trampa para los jóvenes, a los que el Estado ya no puede asegurar la lógica última del sistema: un puesto funcionarial.

Enrique de Diego, respetuoso con los esfuerzos docentes de tantas personas vocacionalmente entregadas, establece su crítica sobre una fórmula que mata el espíritu crítico y desalienta la iniciativa personal. Y, partiendo de la convicción de que, frente a la estatalización del intelecto, la primera priori­ dad de la defensa de la sociedad abierta es proceder a la privatización de las mentes, concluye que es más decisivo privatizar las escuelas y las universida­des que sacar al mercado un organismo autónomo o un monopolio estatal.

Sin embargo, al revés de lo que sucede cuando se habla de la empresa pública industrial, sobre cuya ineficacia hay amplio acuerdo, la realidad es que no se avanza por esa senda cuando se trata de la cultura o de la enseñanza. Es más; ni siquiera se debate un aspecto tan crucial. Los planes de estudio han elimi­nado contenidos humanistas que se habían considerado fundamentales en la docencia occidental. Los poderes públicos consideran el proceso estatali­zador de la enseñanza como una especie de campo de experimentación y se resisten a devolver el protagonismo a los padres y a la sociedad civil. Desde la óptica liberal, el autor expone con acierto que si son beneficiosos los efectos de la privatización de las líneas aéreas mucho más lo sería la privatización de la enseñanza. Para ello propone un método que, puesto en marcha en algu­nas naciones, se abre paso en el debate internacional: el cheque escolar.

Si son visibles las consecuencias negativas del intervencionismo en la enseñanza y en la cultura, ¿por qué son minoritarias aún las voces que diag­nostican el hecho y que propugnan alternativas? 
El autor da una respuesta explicativa: la razón es que intelectuales, artistas y profesores dependen del presupuesto público. La enseñanza y la cultura se han funcionarizado, y han pasado a tener la virtud que Max Weber definía como clave del funcio­nariado -la lealtad y no la que se suponía al mundo intelectual- la crítica. Aquellas funciones y profesiones pedagógicas, cuya misión era el libre pen­samiento y el análisis de las alternativas posibles, han adquirido el status de legitimadoras de lo existente, de defensoras de la expansión del Estado.

Pero la sociedad dual, con su entramado de privilegios legales, y su conse­cuencia de expoliación fiscal, no es viable. Ese es el drama último que puede pasar a ser tragedia vital. Y puede serlo precisamente porque los ciudadanos, que son las víctimas del sistema, no sólo parece que no se dan cuenta de ello sino que defienden a ultranza una situación que erróneamente estiman ventajosa e irrenunciable. Enrique de Diego, comparando la revolución de mayo del 68 con la protesta de funcionarios, sindicalistas y estudiantes de diciembre de 1995, dice que estos manifestantes por la defensa a ultranza de lo establecido, deberían enarbolar la esfinge de Bismarck, como los de 25 años antes esgrimían la de Mao, y organizar barricadas con las cartillas de la seguridad social y las pensiones. La izquierda acratoide -dice- ha dado paso a esta izquierda que se niega al cambio y que adora los trenes públicos a pesar de los cuatro billones de déficit.

Esta esquizofrénica actitud de unas personas que, por otro lado, no se cansan de hablar de libertad, no es otra cosa, como acertadamente señala Enrique de Diego, que la drogo dependencia del favor estatal, resultado de la política del subsidio, criticable no sólo en términos de eficacia, sino sobre todo por sus componentes negativos desde el punto de vista ético. Desalentando el estímulo, expandiendo la «Cultura de la subvención», el socialismo, a través del Estado de bienestar, extiende el Estado como costumbre, hace que los hombres consideren normal la invasión de sus vidas, la fiscalización de sus herencias, la organización de su ocio, y la expropiación de sus derechos de propiedad. El ciudadano, devuelto a la condición de súbdito previa a la revo­lución industrial, limitado el Estado de Derecho, roto por todos lados el principio de igualdad de todos ante la ley, pasa a considerar normal un estado de cosas que, en términos racionales, debería repudiar.

Enrique de Diego, en un interesante recorrido histórico que arranca en Alfonso X el Sabio, antes de la unidad nacional, bucea en las raíces del intervencionismo estatal en España, que, con escasísimas excepciones, llega hasta nuestros días, pasando por el modelo político que sigue a la Res­tauración, cuyo artífice, Cánovas del Castillo, alardeaba de no haber mili­tado nunca en el librecambismo, y después de hacer escala en el turnismo decimonónico, en el cual-dice-las dos cabezas del sistema, Eduardo Dato y José Canalejas, polemizan sobre la convicción intervencionista de cada uno, pujando ambos en orgullo por la reivindicación del término como seña de identidad definitoria. Y cuando Joaquín Costa levanta la bandera del regeneracionismo lo hace para pedir más Estado, propiedad comunal y colectivismo. 

La conclusión es que, en España, las distintas formas de intervencionismo de derechas y de izquierdas se han experimentado sin éxito. Lo único inédito es el liberalismo. Y Enrique de Diego apuesta claramente por su introducción. Sólo la fórmula de la sociedad abierta, pensando la so­ciedad desde el individuo y el Estado desde la sociedad, puede considerarse hoy capaz de ofrecer las soluciones a los graves problemas del momento y del próximo futuro. Tras años de estatismo, la situación reclama la solución liberal. Pero, puesto que son las ideas las que a la postre gobiernan, esta so­ lución no podrá ser implantada por ningún político sin antes privatizar las mentes de los ciudadanos. 

Tal es el mensaje de este libro que, decididamente, recomiendo. Resultará difícil al lector mantenerse indiferente ante los retos intelectuales que se lanzan en las páginas que siguen. Son, en cualquier caso, fundamentales en el horizonte del tercer milenio hacia el que nos en­ caminamos. Son los jóvenes los que habrán de definir ese futuro. 
El Estado ha invadido nuestras vidas, nuestras escuelas y por ende ha estatalizado el pensamiento. Por ello, la espada con la que la alternativa liberal será capaz de cortar el nudo gordiano del fracaso intervencionista es precisamente: priva­tizar las mentes.
Rafael Termes Madrid, enero 1996

Introducción

Desde la estatalización de las mentes a los estertores del mundo socialista « Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes, y en ningún caso constituye obstáculo la pobreza... La libertad de que gozamos abarca también la vida corriente; no recelamos los unos de los otros, y no nos entrometemos en los actos de nuestro vecino, dejándolo que siga su propia senda... Pero esta libertad no significa que quedemos al margen de las leyes. A todos se nos ha enseñado a respetar a los magistrados y a las leyes. y a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles. Y también se nos enseña a observar aquellas leyes no escritas cuya sanción sólo reside en el sentimiento universal de lo que es justo...

Nuestra ciudad tiene las puertas abiertas al mundo; jamás expulsamos a un extranjero... Somos libres de vivir a nuestro antojo y, no obstante, siempre estamos dispuestos a enfrentar cualquier peligro... Amamos la belleza sin dejarnos llevar de las fantasías, y si bien tratamos de perfeccionar nuestro intelecto, esto no debilita nuestra voluntad... Admitir la propia pobreza no tiene entre nosotros nada de ver que sí consideramos vergonzoso es no hacer ningún esfuerzo por evitarla. 

El ciudadano ateniense no descuida los nego­cios públicos por atender sus asuntos privados... No consideramos inofen­sivos, sino inútiles, a aquellos que no se interesan por el estado; y si bien sólo unos pocos pueden dar origen a una política, todos nosotros somos incapaces de juzgarla. No consideramos la discusión como un obstáculo colocado en el camino de la acción política, sino como un preliminar indis­pensable para actuar prudentemente... 
Creemos que la felicidad es el fruto de la libertad y la libertad, el del valor, y no nos amedrentemos ante el peligro de la guerra... 

Resumiendo: sostengo que Atenas es la Escuela de la Hélade y que todo individuo ateniense alcanza en su madurez una feliz versatilidad, una excelente disposición para las emergencias y una gran confianza en sí mismo».