Antisemitismo,
la intifada de las palabras
El antisemitismo no empieza con balas. No irrumpe de golpe con bombas, un cuchillo o un fusil. El antisemitismo empieza mucho antes, de manera bien planificada y, por eso mismo, más peligrosa: empieza con palabras.
Empieza cuando se normalizan discursos que deshumanizan. Cuando se reciclan viejas mentiras con un lenguaje nuevo y aceptable. Cuando el odio se presenta como conciencia social, como militancia moral o como supuesto compromiso con los derechos humanos. Empieza cuando se llama a una “intifada global” como si fuera una consigna abstracta, casi poética. Pero la intifada nunca fue una metáfora: es violencia, es terrorismo, es muerte.
La feroz ola de antisemitismo que atraviesa hoy a Occidente no es casual ni espontánea. No es el resultado de un “clima social” difuso. Es la consecuencia directa de años de ingeniería social cuidadosamente diseñada y financiada, con Qatar como uno de sus principales impulsores, y ejecutada por una alianza antinatura: el Islam radical y la izquierda woke, unidos por un enemigo común, el Estado de Israel y el pueblo judío.
Esta alianza encontró en el lenguaje su principal arma. Universidades, parlamentos, organizaciones sociales, medios de comunicación y redes sociales fueron colonizados por un relato que no busca la paz ni la justicia, sino la demonización sistemática de Israel. Bajo el rótulo de “antisionismo”, se promueve en realidad la negación del derecho del único Estado judío a existir.
Y no se trata de expresiones marginales. Diputados, legisladores y referentes políticos repiten sin pudor consignas que llaman abiertamente a la desaparición del Estado de Israel. No hablan de fronteras, ni de políticas, ni de gobiernos: hablan de borrar del mapa a un país entero. Eso no es crítica política. Es odio ideológico.
El antisionismo contemporáneo es el nuevo disfraz del antisemitismo clásico. Cambia el vocabulario, pero conserva el objetivo. Señalar al judío como opresor absoluto, como mal encarnado, como culpable colectivo. Y cuando ese discurso se legitima desde bancas legislativas, cátedras universitarias o tribunas militantes, la violencia deja de ser una excepción para convertirse en una consecuencia previsible.
Nada de lo que vemos hoy ocurre en el vacío. Los atentados terroristas antisemitas, los ataques a sinagogas, escuelas y personas judías en distintas partes del mundo son el punto final de un proceso que empieza con palabras. Palabras repetidas, amplificadas y protegidas por el silencio cómplice de quienes prefieren no incomodar a sus propias filas ideológicas.
La historia es clara y brutal al respecto: cada vez que el antisemitismo fue tolerado en el discurso público, terminó expresándose en sangre. Cada vez que se permitió que el odio avanzara bajo la excusa de la libertad de expresión, el resultado fue violencia.
Combatir el antisemitismo no es una cuestión de seguridad, sino de coraje moral. De animarse a decir lo que muchos saben y pocos se atreven a afirmar: que los discursos de odio matan, que la intifada empieza en las palabras y que quienes hoy la promueven desde la política y la militancia cargan con una responsabilidad directa sobre lo que vendrá después.
Porque cuando el odio se normaliza, el terror no sorprende. Se anuncia. Y ya lo estamos escuchando.


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